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Hola a todos, continúo con las peripecias que tuve con María, la brillante psicóloga clínica que conocí en internet. María, la doctora Ortiz, tuvo que desplazarse a Madrid, mi ciudad, a dar una conferencia sobre la materia en la que ella era una personalidad notable. Yo aproveché la ocasión para pasar a la acción y llevar a la práctica algunos episodios sexuales con los que previamente habíamos fantaseado ella y yo por internet (ver relato anterior Mi Mejor Conferencia).
De las cosas que pasaron, algunas fueron por nuestra mente sucia, y otras por casualidad y, en concreto, una de las situaciones morbosas me dejó muy marcado hasta el punto que no podía quitármela de la cabeza. Sólo recordar que María, en el lujoso restaurante donde la llevé, se encontró por casualidad una elegante mujer a la que conocía de su ciudad, y lo que allí pasó, me ponía cardiaco. Me marcó tanto este suceso durante la cena en el restaurante que no podía quitarme de la cabeza la cara de la casada desconocida cuya ropa interior llevaba en mi bolsillo (ver relato anterior En el Restaurante). En las semanas siguientes al episodio, siempre volvía a mi mente, esa carita de mujer elegante, provocándome, y yo sin poder hacer nada al respecto.
Lo cierto es que la visita que había hecho María a Madrid había sido genial en todo su conjunto. Divertida en el plano personal. Brutal en el plano sexual y morbosa al máximo en el plano psicológico. Pero el episodio de la “casada desconocida” me tenía completamente captado. Pasé varias semanas excitándome sólo de pensar que ellas dos entraron al baño del restaurante y salieron sin sus braguitas que me dieron a mí. Ufffffffff. Le pedí mil veces que me contara lo que pasó allí, pero se siempre se negó. Jugaba conmigo. Por algo era una psicóloga brillante. Sabía que esa información me iba a tener siempre a sus pies… pidiéndosela. Pero yo también tenía mis recursos para la lucha psicológica.
Pero bueno, volvamos al siguiente episodio reseñable que me sucedió en mi relación con la doctora Ortiz. Y esta vez la situación la diseñé yo mismo. Le debía una a María y no se me ocurrió otra cosa que pedir una cita en su consulta (en su ciudad) para tratar mi obsesión acerca del episodio del restaurante. Por supuesto, tuve que pedir la cita con nombre simulado porque parte del plan era darle una sorpresa. Confieso que dinero que me costó la consulta con la Doctora Ortiz, María, fue el mejor empleado de mi vida.
Se trataba de un Centro Médico elegante y moderno, de esos que hay consultas de todo tipo. Llegué tranquilo, bien vestido pero informal. Sin corbata, pantalones marrones de marca, camisa a cuadros ligeramente abierta y americana de pana beige. Muy bien peinado y con el pelo levemente engominado me presenté ante la chica de recepción. Un chico bien en sus días libres pensó ella mientras me rellenaba la ficha por ser la primera vez que acudía a la consulta de la doctora. Por supuesto, todos mis datos eran falsos. Mientras estaba en la sala de espera, mi mente maquinaba lo que sucedería en el encuentro. Me provocaba tanto pensar en ella con una bata blanca con su nombre bordado, Doctora Ortiz, que no hice caso alguno a la recepcionista ni a las personas con las que compartía espera. Con todo, estaba tranquilo, repasando mentalmente mi plan. Todo iba a salir bien. Cuando dijeron mi nombre, me levanté sonriendo y esta vez sí me fijé en la recepcionista, era alta, morena, con el pelo largo, y contemplaba sus curvas según la seguía hacia la puerta de la consulta de la Doctora.
Llamó a la puerta, y me hizo pasar. Se puso en pié. No había bata blanca ni nombre bordado, pero aún así estaba preciosa. Llevaba unos leggins oscuros, unos zapatos de tacón discretos, una blusa holgada, azul con cuello de barco y una elegante gargantilla de perlas pequeñas a juego con los pendientes. Su pelo rubio recogido y poco maquillada. Ummmmmm. Durante unas décimas de segundo me miró sonriendo, pero en cuanto me reconoció le cambió el semblante y se apreció cierto nerviosismo en su voz cuando dijo a la recepcionista “Gracias Inma”, y ésta cerraba la puerta dejándonos solos y diciendo “en 45 minutos le aviso, Doctora”. La mesa era grande, de buena madera, larga y oscura, un poco clásica para el estilo de la clínica pero los elementos sobre la misma eran modernos. Las bandejas con dossieres, el vaso con bolígrafos, o el teclado y la pantalla de ordenador que quedaban en la esquina de la mesa más cercana a ella. Con decepción aprecié que no había diván. Coloqué mi americana sobre el perchero, y me senté en la silla de cuero frente a su mesa.
María comenzó hablando un poco tensa y educada, dijo que se alegraba mucho de verme, que me echaba de menos pero que allí, en la consulta “contaba con que mi comportamiento fuera correcto” y que, aunque se muera por tocarme “no podría permitirse un escándalo en la clínica” ya que ella se jugaba mucho allí”. Añadió que por la noche iríamos a tomar una copa y que allí “iba a compensarme”, esto lo decía un poco zalamera y provocadora, con una sonrisa pícara que le sentaba genial entre sus palabras serias. Yo, por mi parte, acepté sus argumentos pero comencé a desarrollar mi plan perverso. Como siempre, entre nosotros había una cierta competencia a ver quien se salía con la suya en el dominio de la situación. Dije “María, nunca he estado en un psicólogo, pero esta vez he venido para que me trates un pequeño trauma que no acabo de sacar de mi cabeza” movía mis manos pausadamente, tratando de aparentar sinceridad “de verdad, pensé que no habría nadie mejor que tú para ello, y por eso vine a la consulta”. Y continuaba con cierta inocencia “me apetece mucho verte, pero me preocupa lo que me pasa”.
A eso no se podía negar. En el fondo los psicólogos clínicos también tienen un juramento hipocrático y deben atender a la gente que lo necesita jajaja. Dijo “¿y bien? ¿Qué es lo que te pasa…?”. Estaba entrando en mi juego. Así que yo, con mi máxima seriedad, comencé a relatar mi “problema”. Conté cómo había asistido a la conferencia de una amiga especial. Conté como ella había decidido aceptar un juego morboso. Conté cómo hice que ella impartiese la conferencia sin las braguitas puestas bajo su falda. Conté cómo la cité en el aseo, lo excitada que estaba y, con detalle, describí cómo la hice llegar al orgasmo sólo con mi lengua, mientras ella estaba inclinada en el lavabo. Conté cómo quería continuar nuestro juego morboso en un restaurante…
Ella escuchaba, manejaba nerviosamente una pluma entre sus manos, sus mejillas se estaban poniendo coloradas. Sabía que se estaba excitando de recordar nuestros juegos sexuales. Había caído en mi trampa, pero aún me quedaba lo más difícil. Tenía que hacer que se entregase allí mismo, en su consulta, y el tiempo iba pasando.
Continué con mi relato pese a que ella lo conocía mejor que yo. Le conté cómo en el restaurante nos habíamos encontrado a una elegante mujer, conocida de ella, y que estaba acompañada de su marido y otra pareja. Cómo mi compañera (que era ella, María) se dejó tocar bajo el mantel pensando que no era observada, y que tuvo que ir al aseo. Cómo se levantó la elegante mujer y cómo salieron las dos al cabo de unos minutos. Cómo habíamos creado una excitación tal en la mujer casada, que sabía lo que estábamos haciendo, que había roto todas sus esquemas y convenciones, y … ufffffff no había podido mantener la compostura y había provocado entrar en nuestro juego yendo al aseo. Le dije que no sé lo que pasó en ese aseo de señoras, pero que fuese lo que fuese debió ser brutal y ambas, las dos chicas bien, salieron sin su ropa interior puesta y dispuestas a entregármela a mí.
Seguí con el juego de la consulta psicológica “Desde que eso ha pasado, me viene continuamente a la mente el episodio, y cada vez que eso ocurre me excito… Doctora, ¿qué puedo hacer?” y me levanté poniendo mis manos sobre la mesa, para que viera mi estado. Yo mismo me había excitado un montón y se notaba en mis pantalones. Pero ella, nerviosa, evitaba mirarme de frente y empleaba toda su tensión en el juego que hacía con su pluma en sus manos. Con un gesto rápido alargué mi mano y le arrebaté la pluma. Quería captar su atención directa, y eso fue lo que desencadenó todo. Lo logré.
María estaba ya muy inquieta, se levantó para pedirme casi en susurros “por favor, dame la pluma, anda, no hagas nada aquí…” mientras sus manos se movían nerviosas para intentar recuperarla. En un gesto rápido le cogí ambas muñecas con mis manos, sonriendo dije “tranquila, no haré nada si tú no quieres…”. A pesar de tener sus muñecas en mis manos, yo no actuaba violentamente, no era mi intención, pero sí la mantenía firmemente y nuestras caras estaban a pocos centímetros. Se notaba que ella estaba excitada, en una lucha interna por dejarse vencer por el deseo o mantener la compostura. Nuestros cuerpos se tocaban. No sé los segundos que transcurrieron pero pudo ser casi un minuto de pugna interna hasta que poco a poco fui guiando sus muñecas a su espalda, casi ella tiraba de mí en ese movimiento. Cuando las junté, sujeté ambas muñecas a su espalda con una de mis manos, dejando libre mi mano derecha.

Su cuerpo quedó totalmente expuesto para mí. Acaricié su cuello, y correspondió dirigiendo su boca a mi cuello y comenzó a recorrerlo, con movimientos cada vez más acelerados. Besándome y mordiéndome, como si hubiese estado esperando ese momento mucho tiempo. Con mi mano cogí sus cabellos y guié su cabeza hasta dirigir su boca hacia la mía. Estábamos desatados. Con todo y con eso, entre sus gemidos seguía diciendo “nooo, aquí noooo…” pero su propio cuerpo actuaba en contra de sus palabras.

Mi mano libre recorría su cuerpo, con pasión, con fuerza, impetuoso. No era delicado, apretaba sus pechos sobre la ropa, los músculos de sus brazos, sus muslos, su culo… pero a ella no le importaba mi rudeza, aplastaba su cuerpo contra mí en cada movimiento, gimiendo. Por encima de los leggins puse mi mano abierta sobre su sexo, lo agarraba a veces delicadamente, a veces con cierta brusquedad. Sabía que no lo estaba haciendo mal porque ella pivotaba todo su cuerpo sobre mi mano. Notaba cómo la humedad de su cuerpo me empezaba a impregnar, y continuábamos en nuestro beso apasionado. Una vez más me había salido con la mía. El ambiente era sexo, sólo sexo, puro, primitivo… olía a sexo. Ya había soltado sus manos y me arañaban la camisa, recorrían mi espalda y me tiraban del pelo.
No sé de dónde saqué la fuerza, pero con la mano que tenía entre sus piernas y con cuidado de no hacer fuerza sobre sus partes más sensibles sino sobre sus glúteos, elevé todo su cuerpo los centímetros necesarios para sentarla sobre la mesa de su despacho, a la vez que la empujé para tumbarla sobre ella. La mesa firme de de madera oscura iba a ser mi mesa de operaciones, y la doctora esperaba ansiosa su tratamiento. La despojé de los leggins recreándome con la visión de sus piernas de marfil. Su pequeño tanguita blanco, con encajes, mostraba claramente una mancha de humedad en la parte de abajo. María levantaba su culo, ayudándome a desprenderla de la ropa, mientras tiraba algunos objetos que le molestaban. Estaba ofreciéndose a mí, en la mesa de su consulta, muy guapa, excitada, ansiosa. Aproveché para hacer realidad una de mis fantasías y metí mi cabeza entre sus piernas, acoplando mi boca abierta sobre su tanga, y dejando que mi lengua recorriera la forma de su sexo sobre la tela. Uffffffff siempre me ha gustado este juego. Mi saliva se mezclaba con su humedad, sus caderas se movían adelante y atrás, contra mi boca, y mis labios apretaban el bultito de su clítoris.
Con las manos me quería impulsar hacia ella, pero yo no soltaba la presa entre mi boca. Su sexo era mío ahora y mi lengua marcaba su respiración. Estaba ansiosa y yo jugaba con ella. Con mis manos estiré su tanga introduciéndolo entre sus labios a la vez que pasaba mi lengua. Saqué mi móvil del bolsillo e hice una foto de su sexo así, a pesar de su cara de asombro y excitación. No sé porque lo hice. Puede que para seguir provocando una lucha interna entre la pasión y lo que nunca habría dejado hacerse. Quizá sólo para demostrarle que estaba completamente en mis manos, que su cuerpo me pertenecía y que hacía lo que yo quisiese con él. En todo caso, sólo salía su sexo en la foto. Dijo “no, por favor, no me hagas esto…” y yo “tranquila, es sólo de tu sexo y nadie sabe cómo es, no sale nada más de ti y es sólo para mí”. Yo estaba crecido. Crecido en todos los aspectos. Con mis manos rompí su tanga, que estaba completamente empapado y lo guardé en mi bolsillo. Ahora sí me subí yo también sobre la mesa y cubrí todo su cuerpo con el mío.
Sus manos me colocaron la polla, me ayudaron en la penetración y luego se situaron sobre mi culo, marcando el ritmo que debía seguir. Era muy rápido, y no me dejaba profundizar demasiado en su cuerpo, pero la sensación de sentir deslizarse mi miembro dentro de ella, mi polla dentro de su coño a velocidad de vértigo, era fascinante. Sus manos se desplazaban por mi espalda, arañándome, clavándome las uñas sobre la camisa. Se las cogí otra vez de las muñecas, y las sujeté de nuevo con las mías, esta vez sobre su cabeza. Un día tengo que preguntarle, ahora que es mi psicóloga, acerca de esa fijación mía de sujetarla, aunque creo que a ella le gusta aún más que se lo haga. Mis labios recorrían su cara, sus ojos, mi lengua, su cuello, sus oídos… sudábamos, pero el ambiente que predominaba era de sexo puro.
Al contrario que en otras ocasiones, yo decía “¿y esto era lo que no querías?, doctora, pues para no quererlo te has adaptado muy bien”, y la penetraba más vigorosamente. Seguía hablando, con una de nuestras fantasías acerca de si en determinados casos yo podría hacer con ella lo que quisiera. Le decía “¿ves? puedo hacer contigo lo que quiera…” y ella sólo contestaba “síiiiii, síiiiiii, soy tuya, soy tu puta, puedes hacer lo que quierasssss…”. Yo contestaba jadeando también “Esto es lo que quiero, follarme a la Doctora Ortiz” y repetía “follarme a la Doctora Ortiz” mientras seguía entrando y saliendo de su cuerpo.
Cuando notaba que estaba cerca de alcanzar su orgasmo, reducía mi ritmo, quería hacérselo desear, que supiera que llegaría pero cuando yo quisiese. Segundos después, cuando el momento de tensión había pasado, volvía a aumentar el ritmo, a lamer su cuello, a susurrar en su oído. Empleaba palabras rudas “Doctora Ortiz, ¿le gusta mi polla? ¿le gusta cómo la follo?”, y de nuevo sentía que se acercaba al climax y reducía mis estímulos. Lo había conseguido y estaba totalmente en mi poder. En su consulta, sobre su mesa, y en mi poder.
Yo estaba también muy excitado, me quedaba poco para vaciarme sobre ella y ya no le di más treguas. Comencé un ritmo al principio sostenido y luego lo incrementaba cada vez más. Notaba que se empezaba a contraer. SE iba a correr inminentemente y yo seguía, seguía sin parar. Sus gemidos eran cada vez más fuertes y puse mi mano sobre su boca. En ese momento noté como un escalofrío bestial recorría todo su cuerpo, y al tiempo lo agarrotaba pero sin tensión, convulsionaba sus músculos, su cabeza hacia atrás y su piel brillante de sudor. Tras varias contracciones de su sexo comencé a vaciarme dentro de ella, sentía cómo mi semen recorría el interior de mi miembro se impulsaba en su interior.
Me quedé tumbado sobre ella. Sobre su mesa. Notando cómo nuestros cuerpos se relajaban y nuestras respiraciones se hacían más regulares. Cómo las gotas de sudor resbalaban por nuestros cuerpos, y dándonos pequeños besos. Bromeando. Ella decía “te voy a matar, esta te la guardo”, pero yo sabía que estaba feliz con mi visita a su consulta. Un ligero “bip” en su ordenador la hizo darse cuenta de que quedaban 5 minutos para el fin de “mi consulta” y me levanté de mi posición sobre ella.
Rápidamente nos vestimos y nos recompusimos. Abrió la ventana aún a riesgo de coger una pulmonía con nuestro sudor. Se Ya, vestida, con sus gafas puestas y su pelo recogido, volvía a ser la doctora brillante y respetada. Y yo, volvía a estar loco por tenerla de nuevo debajo de mí, con los papeles perdidos y pidiéndome más.
Antes de irme, saqué un paquete de regalo del bolsillo de mi americana y dije con una sonrisa traviesa “Doctora, su tratamiento ha sido muy bueno, pero creo que voy a necesitar más sesiones, y con carácter urgente”, y añadí “por cierto, le he traído un regalo”, y le di el paquete, marchándome sin dejando a maría con cara de sorpresa y sin poder contestar ni una palabra.
En el próximo capítulo hablaré de lo que contenía ese paquete y de las instrucciones que en él iban. Muchas gracias por llegar hasta aquí y por los comentarios de ánimo. 
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