SOMETIENDO 4Espero que mis ocupaciones diarias me permitan seguir el ritmo de publicación diaria.

Agradezco todos los comentarios. Saludos.

 

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Sin títuloEse día, como todos los lunes, miércoles y viernes, Carolina tenía entrenamientos de atletismo: la fuente de su espectacular cuerpo. Agotada, apenas y pudo realizar actividad alguna. Pertenecía a un grupo de deportistas semiprofesionales y ya había participado en varias competencias locales. Además de ir por su pasión deportiva su inspiración era su entrenador; Marco, un trigueño claro de treinta años de edad, con un rostro tan fino que le hacia parecer más joven a pesar de su robusto y deportivo cuerpo. Sin embargo la negrita tenía que conformarse con verlo puesto que, además de la clara diferencia de edades, este ya tenia un noviazgo de varios meses con otra de las deportistas del grupo. Una rubia espectacular de 25 años, llamada Clara, cuya especialidad era el lanzamiento de jabalina.

Marco se acercó a Carolina, que estaba sentada en el pasto con un evidente cansancio. La chica vestía con su acostumbrado short de licra, que además de su utilidad deportiva le resaltaba las dimensiones reales de su cuerpo de manera simplemente abrumadora. Su blusa, también pegada, remarcaba sus senos en crecimiento y su fina cintura.

– ¿Cansada?

– Si, entrenador, hice mucho ejercicio en la escuela – mintió.

– Bueno, entonces descansa – dijo, con una sonrisa que encantaba a la chiquilla – siempre te esfuerzas y no pasa nada si hoy descansas.

El hombre se retiró a los entrenamientos y la chica se quedó en el mismo sitió; inspirada y pensativa. Se preguntaba si algún día seria posible que alguien como ella tuviese oportunidad con él. Pero lo sucedido esa mañana le hacia dar vueltas a su cabeza en pensamientos distintos a los que hubiese tenido con su anterior inocencia. Por su mente, desfilaban ideas que le hacían ver que la oportunidad estaba muy cerca, en ella, en su cuerpo.

Al siguiente día, durante las clases, Jade hizo una seña a Carolina para que salieran. La profesora supuso que iban al baño y nadie les dio importancia cuando se retiraron juntas. Efectivamente, Jade se dirigió a los baños, pero no los que usualmente eran utilizados sino unos más lejanos que eran utilizados principalmente para eventos deportivos o sociales y que se hallaban atravesando la cancha de futbol. Carolina se extraño pero por su mente ya empezaban a dibujarse las razones de aquel comportamiento.

Entraron al baño juntas y, como era de esperarse, estaba completamente vacío. Una pared interna dividía en U el pasillo de los lavamanos y el espejo con el pasillo de los sanitarios. Jade cruzó, jalando de manos a su amiga, el pasillo de los lavamanos, giro hacia la derecha al pasillo de los sanitarios hasta llegar a la pared del fondo. Apenas llegó se recargó de espaldas sobre la pared y recibió en una bella sincronía los labios de la negrita. Era obvio que no necesitaban explicaciones, ambas habían pasado la noche en vela pensando en las ganas que tenían de volverse a tener una con otra. Era una especie de cariño distinto el que se tenían desde el día anterior y que se iba convirtiendo en una desesperación constante por amarse. Se besaron confiadas de que, si alguien llegaba a ir a esos baños, ellas se enterarían con tiempo antes de que llegara al pasillo de los sanitarios.

– Si alguien entra – interrumpió Jade – nos metemos cada una a un baño. ¿Si?

Carolina asintió con la cabeza y en un santiamén volvía a besar apasionadamente a su amiga. Se besaron un par de minutos hasta que sus cuerpos sufrieron una repentina elevación de temperatura. Sin comunicación de por medio más que la de sus propios instintos, una a otra se iban desvistiendo, primero la parte de arriba y después la de abajo. Se tocaban, acariciaban y besaban con fervor cada parte posible de su piel.

Cuando fue el turno de Jade, para desabrochar la falda de Carolina y retirarles sus bragas, se arrodilló y, como una especie de pago por el día anterior, comenzó a besar las entrepiernas de la negrita para, eventualmente, llegar a los labios del coño de su amiga que ya venia humedeciéndose desde hacia un rato. Jade comenzó besando suavemente aquella conchita, pero las manos de la negrita empujaron desde su nuca y se vio obligada a aumentar la intensidad de sus besos y lengüetazos. Carolina disfrutaba el sexo oral que tanto había ansiado por la noche. Jade se acostumbraba sobre la marcha a aquel sabor mientras realizaba los movimientos que creía convenientes.

Pero parecía funcionar, las piernas de Carolina perdieron fuerza y sus manos se sostuvieron de los hombros de su amiga mientras el primer orgasmo llegaba. No tuvo manera de darle aviso por lo que un chorro de líquido salió expulsado desde su entrepierna y manchó el rostro de Jade. Carolina se avergonzó por eso pero Jade la tranquilizó dirigiéndose a su rostro para unir sus labios. Ambas cayeron de rodillas sobre el piso del baño; se besaron todo lo que quisieron hasta que Carolina comprendió que era el turno de disfrutar para su amiga.

Suavemente empujó a Jade para que esta se pusiera en cuatro. Se colocó tras ella y con sus manos alzó el culo de su amiga, obligándola a que esta se apoyara sobre sus codos y antebrazos. Carolina, con el culo abierto de su amiga frente a su rostro, comenzó a lengüetear dulcemente la entrada de aquel coño. Poco a poco fue sumergiéndose más entre aquellas nalgas. Besaba los labios del coño de su amiga con el mismo fervor con el que lo había hecho el día anterior. Su lengua se clavaba dentro de aquella vagina y sus labios apretaban suavemente el clítoris que estaba a punto de reventar de placer.

Para Jade, la situación se tornaba en una combinación de deseo y dudas. Le extrañaba, desde luego, encontrarse en aquella situación tan distinta a lo acostumbrado. Le extrañaba aun más el comportamiento de su amiga y el nivel de atrevimiento al que ambas habían llegado. Pero lo deseaba, lo deseaba desde el mismo día de ayer, durante toda la noche y por fin, por fin se estaba realizando. A Carolina, desde luego, le sucedía algo similar. Ninguna se detendría.

La pasión de aquel momento era tal que a ninguna de las chicas le perturbaba todo aquello. De un momento a otro, Carolina comenzó a besar con verdadera pasión el coño, las nalgas e incluso la entrada del culo de su amiga que gemía lentamente, con una pasión que se desbordó en cada uno de los dos orgasmos que la negrita le había provocado hasta el momento. Había pasado casi media hora desde que habían salido del salón de clases y el sonido de la campana anunciando el recreo las interrumpió. Era muy probable que alguien entrara, así que se vistieron rápidamente antes de que sucediera cualquier cosa. Vestidas, se lavaron la cara y manos en los lavabos y sellaron el momento con un rápido y tierno beso en la boca.

– Yo salgo primero – dijo Jade – Tu metete a un baño y  sal dentro de unos cinco minutos. ¿Va?

– Sí – respondió la mulata.

En efecto, afuera se encontraban ya todos los alumnos. La situación parecía completamente normal. Jade se acercó a sus compañeras de clases ya actuó con naturalidad, sin que ninguna de sus amigas pudiera tener la menor de las sospechas del alocado sexo lésbico que acababa de protagonizar. Cinco minutos después salió la negrita con la misma naturalidad y la vida continuó su curso con normalidad.

Ese día ambas estuvieron pensando en la una a la otra. Se preguntaban si era amor lo que estaban comenzando a sentir, pero preferían no pensar en ello y darlo simplemente como una situación de la vida; algo que habría que disfrutarse más que explicarse.

Al día siguiente, miércoles, Carolina se extrañó de no encontrar a Jade, quien normalmente llegaba antes que ella, pues vivía más cerca. El día pareció caérsele encima cuando las clases iniciaron sin que su amiga llegara. No podía estar tranquila sin ella, la extrañaba y la necesitaba. La realidad de le cayó como un balde de agua fría cuando recibió un mensaje de texto a su celular: “Se accidentó mi tía de la capital; iremos con ella, no es nada grave pero yo te extraño mucho. Te quiero. Espero volver pronto”.

La depresión se apoderó de la negrita. Las clases le parecieron eternas y salió sin la misma emoción con la que había llegado a la escuela. Al llegar a su casa se encerró en su cuarto por diez minutos: lloró todo lo que pudo. Comió sin ganas, y con menos ganas aun y con una desesperación terrible se preparó para ir a los entrenamientos.

Los días pasaron y el viernes terminó su esperanza de ver a Jade esa semana. Tendría que esperar hasta el lunes. La tristeza y la desesperación eran profundas. Sus deseos de verla, de besarlas y de sentirla eran inmensos.

Ya era viernes. Le cansaba incluso la idea de ir a los entrenamientos; no estaba muy de buenas para tanto ejercicio durante tres horas. Tenia que tomar un autobús y después subir más de seis cuadras para llegar al complejo deportivo. Con pasos lentos, y sin el menor de los ánimos, subía las inclinadas calles. Llevaba puesta sus lycras blancas deportivas hasta la mitad de sus espinillas de largas. Su torso la cubría una pegada blusa deportiva, de lycra también, color  azul. Vestía de tal forma que su estético cuerpo se remarcaba; especialmente la redondez de su altivo culo que, vestido con la lycra blanca, dejaba ver sus calzones infantiles blancos que cubrían lo más que podían de aquel suculento manjar.

El sonido de un claxon la regresó a la realidad; volteó por que reconoció el automóvil del que provenía. Se trataba de Marcos, su entrenador de atletismo. No era la primera vez que coincidían y él le ayudaba a subir en su automóvil. Sin siquiera saludar, y visiblemente deprimida, la mulata subió al automóvil. Marco notó esto de inmediato y, suponiendo que algún problema de adolescentes aquejaba a la chica, avanzó hacia el complejo deportivo.

– Deténgase – dijo segundos después la chica, ante el asombro de Marco.

– ¿Por qué?

– De vuelta en esta calle – dijo sin mediar respuesta

El hombre obedeció, extrañado. Se orilló en aquella calle frente a un viejo almacén abandonado. La chica miró a su alrededor, sin decir palabra alguna.

– Podemos pasar a la tienda de la calle del deportivo si es que necesi…

La chica interrumpió de pronto. Se inclinó sobre el hombre y posó su mano izquierda sobre la entrepierna de su entrenador. Marco se alejó de inmediato y tomó las manos de la chica evitando aquello. Pero la negrita insistió. Su mano regresó a la entrepierna del entrenador y esta vez apretó la verga durante el suficiente tiempo como para notar como esta perdía su flacidez para endurecerse. Consternado, el hombre abrió la puerta del automóvil con la plena intención de irse de ahí.

– ¡Espere! – dijo por fin la chica – Espere. – repitió, mientras alejaba lentamente su mano.

– No debes hacer eso – resolvió a decir el hombre – ¿Por qué haces esas cosas?

– Me gusta – dijo la negrita, con la fingida inocencia de niña reprochada.

Bajo su aparente tranquilidad, los latidos del corazón de la chica estaban a reventar. La adrenalina corría en su torrente sanguíneo mientras se preguntaba a si misma si era prudente continuar con aquella locura. No obstante, inspirada por el atrevimiento inicial y las profundas ganas de su cuerpo por el sexo, la chica decidió continuar con aquello.

– Quisiera – dijo, con la voz entrecortada por los nervios que la comenzaban a invadir – Quisiera tener sexo con usted, entrenador.

– No – resolvió de inmediato el hombre, completamente anonadado.

– Solo hoy – dijo la negrita, apostándolo todo a una ultima mirada angelical y voz dulcificada.

– Tienes que entrenar – dijo el entrenador, dejando ver su debilidad que la chica adivinó de inmediato.

–  Ándele – insistió, segura ahora de que terminaría por ceder.

La conversación siguió por poco más de cinco minutos. El hombre recurrió a  todos los argumentos: las diferencias de edades, la ilegalidad, su carrera profesional, los padres, todo lo que podía. Pero la chica insistía y el entrenados, hombre al fin, iba entregándose a su libido. De un momento a otro, tras un silencio final que sepultó aquella discusión, el hombre arrancó el automóvil y avanzó en una dirección contraria al complejo deportivo. Ese día, para ellos, no habría entrenamiento.

Manejó por diez minutos hasta llegar a la entrada de un motel; se detuvo unos segundos.

– Necesito que te sientes atrás que esta polarizado – le dijo el hombre – Sal hasta que yo te avise.

Pero la chica no contestó, estaba perdida en sus pensamientos. Sentía un deseo compulsivo por salir corriendo de aquel lugar; se lamentaba demasiado tarde el haberse metido en aquella situación. ¿Pero que podía hacer? Aunque se fuera de ahí, sus intenciones, sus sucias y vergonzosas intenciones ya estaban descubiertas. A Marco no le importaba ya preguntarle si deseaba continuar; era ahora él el que no dejaría pasar aquella oportunidad. Tocó suavemente el hombro de la chica y esta, con un movimiento agresivo de adolescente contrariada, saltó a los asientos traseros. El hombre arrancó el automóvil; momentos después platicaba con uno de los encargados y pagaba. Al llegar a uno de los espacios del estacionamiento, bajó del automóvil y apretó el botón que cerraba la cochera. La sangre de Carolina estaba helada.