NUERA1Al día siguiente nos despertamos tarde. Cuando salimos de la habitación el padre de Sin títuloBrooke ya tenía preparada una montaña de tortitas. El rodaje había concluido así que teníamos dos semanas libres por delante.

—Bien, ¿A dónde me vas a llevar ahora que tienes unos días libres? —le dije a Brooke con una sonrisa de desafío.

—No sé, tendré que pensarlo. —respondió ella dubitativa.

—Vamos, no me digáis que no se os ocurre nada. —intervino el padre de Brooke con la boca llena de tortitas.

—Pues se me ocurren miles de cosas, pero…

—Na, na, na. Menos mal que me tenéis a mí. Haced las maletas chicos, nos vamos a Las Vegas.

—Papa, la verdad es que pensaba más en un viaje en pareja, ya sabes.

—Tonterías, tu chico y yo tenemos que conocernos y además tengo que enseñarle a divertirse. Cogeremos la ruta 66, pararemos en los bares de carretera a comer hamburguesas y palitos de queso, beberemos y nos haremos fotos en el desierto. Vamos, será divertido.

—Papa…

—Prometo dejaros follar todo lo que queráis. —dijo James poniendo cara de bueno.

—Está bien —dijo Brooke después de echarme una breve mirada de disculpa.

Hicimos las maletas y en un par de horas estábamos de camino en el Camaro de Brooke conmigo al volante. En un par de horas habíamos salido de Los Ángeles y nos internábamos en el desierto. La carretera no era muy ancha y se notaba que había pasado tiempos mejores. En cuanto pasamos las colinas que rodeaban Los Ángeles se convirtió en una estrecha cinta que partía el desierto en dos con rectas que parecían interminables. A las dos de la tarde, el calor era tan intenso que paramos en una estación de servicio para comer y beber algo.

Comimos hamburguesas y aros de cebolla y bebimos unas cervezas esperando a que el sol bajase un poco y amainase el intenso calor.

Tras un par de horas la temperatura se volvió soportable, salimos del restaurante y continuamos el viaje. Con ciento ochenta kilómetros de rectas interminables había tenido suficiente así que deje conducir a Brooke mientras dormitaba en el asiento de atrás. El sol empezaba a caer cuando las luces de Las Vegas empezaron a verse en el horizonte. Sin embargo no nos dirigimos hacia allí si no que mis guías se desviaron del camino y se dirigieron a la presa Hoover.

Paramos en un bar de carretera justo al pie de la presa y tomamos unas cervezas mientras admirábamos la puesta de sol sobre el desierto. Me hubiese quedado allí toda la noche pero James ya estaba ansioso por llegar a las mesas de juego, así que tras apenas veinte minutos ya nos estaba apurando para que terminásemos nuestros refrescos y nos pusiésemos en movimiento.

Cuando pasamos por el Strip tuve que sujetarme la mandíbula para no atravesar toda la longitud de la calle con la boca abierta como un pueblerino. La ciudad entera parecía un gigantesco parque temático en el que las luces, las fuentes y los estrambóticos monumentos me hacían retorcer el cuello de un lado a otro alucinado.

Como no podía ser de otra forma, James había reservado una habitación el Caesars Palace. Para él había reservado una habitación en Nobu mientras que para nosotros había elegido una spa suite lo suficientemente lejos de él como para que no nos sintiésemos vigilados aunque sospeché que era para estar a su aire.

La suite era una pasada, estaba en una de las torres y en el interior tenía una pequeña piscina con hidromasaje en la que cabíamos nosotros dos y cuatro o cinco personas más si hacía falta. En cuanto entramos las maletas y nos refrescamos un poco, bajamos al casino donde James ya nos estaba esperando en uno de los restaurantes con una hamburguesa y una cerveza en la mano.

Cenamos rápidamente y nos dirigimos a las mesas de juego. El ambiente era alucinante, había maquinas tragaperras por todas partes y ancianitas con enormes cubos de cartón llenos de monedas. Cada vez que me quedaba parado detrás de una más de quince segundos, volvían la cabeza y me miraban con una mala leche que daba miedo.

Nunca he sido fan de esas máquinas así que cambié unos cuantos billetes y me dirigí a la mesa de Black Jack. No llevaba más de cinco minutos jugando cuando una camarera se me acercó y me ofreció una copa gratis.

Al parecer la táctica del casino era enturzarte hasta que no supieras lo que hacías y te gastases el sueldo del mes, la pensión de la abuela o el seguro de vida. Yo ya estaba avisado así que me lo tome con calma y fui prudente en las apuestas.

El resultado fue que perdí cerca de mil pavos en menos de hora y media. Cuando me sentí lo suficientemente escocido me levante de la mesa con las pocas fichas que me quedaban y me dirigí a la ruleta donde padre e hija estaban mano a mano. Brooke había ganado quinientos dólares pero su padre había perdido casi tres mil y estaba de un humor pésimo. Eran casi las tres de la mañana cuando logré convencerlos de que el día siguiente habría más suerte y nos fuimos a la cama.

El día amaneció luminoso y despejado, como se esperaría en una ciudad que está en medio del desierto. Desayunamos con lo que pudimos sacar de unas maquinas expendedoras que había en el pasillo y fuimos a buscar a James. Al parecer el padre de Brooke había seguido la fiesta por su cuenta y cuando llamamos a la habitación dos rubitas nos abrieron la puerta y se despidieron de nosotros con una sonrisa traviesa.

El padre de Brooke aun estaba en la cama con una sonrisa satisfecha pintada en la cara.

—¿Y qué hacemos hoy? —preguntó él poniendo los brazos tras la cabeza.

—Había pensado que podíamos dar un paseo en helicóptero por el gran cañón. —dije yo enarbolando un tríptico que había encontrado en la recepción del hotel.

—Estupenda idea —dijo James— Dadme veinte minutos y estaré listo.

El paseo en helicóptero fue corto pero intenso, Chet, el piloto, era un cincuentón que para combatir el tedio de hacer siempre el mismo recorrido procuraba acercarse a las paredes del cañón lo suficiente para que pudiésemos ver como subían por ellas las hormigas.

El paseo fue espectacular. Las dimensiones del tajo que el rio Colorado había hecho en el desierto eran difíciles de describir y los colores de las paredes y las líneas de sedimentos lo hacían aun más impresionante.

Apenas pude contener el impulso de besar el suelo cuando salí del helicóptero. El tipo volvió a llenar el helicóptero y se largó despidiéndose con un grito de guerra que no debió de sentar nada bien a los nuevos pasajeros.

De vuelta, después de comer decentemente por primera vez desde que salimos de Los Ángeles, volvimos al hotel.

Brooke y yo decidimos disfrutar de un baño de lodo que venía con el precio de la habitación mientras James volvía a la mesas de juego. Yo me mostré un poco preocupado, pero Brooke no le dio importancia y me dijo que su padre se corría ese tipo de juergas muy de vez en cuando y nunca había tenido problemas con el juego.

Entramos en el Spa y nos atendieron dos jóvenes que nos introdujeron desnudos en una gran bañera de lodo templado dejándonos solos. En pocos minutos estábamos totalmente relajados. Mi mano se extendió inconscientemente buscando el cuerpo de Brooke que sonrío y cogiendo un poco de barro lo extendió por mi cara.

Yo hice lo mismo y cuando terminé ella se levantó en la bañera dejando que el lodo escurriese de su cuerpo hasta que quedó una fina capa oscura y resbaladiza recubriéndole como una segunda piel.

—¡Puaj! —exclamé al besarla—recuérdame que nuestra próxima sesión de este estilo sea en chocolate.

Brooke sonrió y sin decir nada me quitó el barro de los labios y me besó.

—Esto me recuerda a cuando hacía con mi prima postres con la tierra de los tiestos. — dijo Brooke separándose.

—Pues a mí me recuerda a cuando como almejas de Carril traídas por furtivos —repliqué apartando el lodo de su sexo con los dedos y dándole un lametón.

La joven gimió y separó las piernas excitada. Escupiendo lodo divertido, acaricié su cuerpo resbaladizo haciendo dibujos con mis dedos en sus piernas y su culo. Luego fui subiendo poco a poco por él hasta que llegué a sus pechos. Acaricié sus pezones y simulé apartar el barro para darles un par de buenos pellizcos. Brooke gritó y me insultó pero yo no le hice caso y me metí los pezones erizados en la boca. Sabían horriblemente deliciosos. Brooke gimió y apretó mi cabeza contra ella animándome a seguir.

Tras unos segundos con un movimiento rápido me dio un empujón para volver a sentarme en el fondo de la bañera. Antes de que pudiese recuperar el equilibrio se sentó encima mío y tras frotar su sexo contra mi polla erecta la guio con sus manos a su interior.

Mi polla entró con un apagado ruido de succión que nos hizo reír a ambos. En cuestión de un instante se clavó hasta el fondo del coño de Brooke que la recibió con un fuerte gemido.

Sorprendido sentí como mi polla resbalaba con facilidad en el interior de la joven. Las arenillas del lodo se interponían entre nuestros sexos provocando una ligera sensación de fricción muy placentera. Brooke intentaba agarrase a mi cuello, clavándome las uñas para no resbalar mientras subía y bajaba por mi polla.

Yo abracé su cuerpo resbaladizo como el de un pez y me limité a gemir extasiado. A punto de correrme la levante en el aire, pero se me resbaló y cayó en el interior de la bañera produciendo una explosión de lodo. Empezamos a pelear en el interior de la bañera, ella quería volver a colocarse encima de mí, pero yo la agarraba y la empujaba hasta que logré colocarla a cuatro patas y la penetré por detrás antes de que pudiese escurrirse.

Agarrándole por las caderas comencé a empujar en su interior disfrutando de su cálido interior. Tras unos momentos Brooke dejó de resistirse y volviendo su cabeza hacia mí comenzó a acompañar mis empujones cada vez más fuertes y rápidos con el movimiento de sus caderas.

Como pude la cogí por el cuello y sin sacar mi miembro de su interior me eché hacia atrás dejando que ella quedara sentada encima de mí. Cada vez más excitada comenzó a saltar sobre mi polla con violencia mientras yo acariciaba su sexo y sus resbaladizos pechos hasta que noté como todo su cuerpo se paralizaba atravesada por relámpagos de placer.

Incapaz de contenerme saqué mi polla de su interior y tumbándola boca arriba me corrí adornando con mi crema sus pechos bañados en aquel oscuro chocolate.

Jadeando nos sumergimos en el barro caliente y nos besamos sintiendo como nuestro deseo se calmaba al menos por un rato.

—¿Dónde coño habéis estado? —preguntó James cuando finalmente aparecimos casi a las ocho de la tarde.

—Estuvimos en el spa y luego nos pegamos un baño en la piscina para quitarnos un poco el barro. ¿Nos has echado de menos papa?

James había pasado toda la tarde jugando así que nos dirigimos a uno de los restaurantes del casino y cenamos algo.

Salimos del restaurante con la tripa llena y unas cuantas copas de vino y nos dirigimos a las mesas. Antes de empezar a jugar le pedimos una copa de champán a la camarera y tras beberla de un trago cambiamos unas fichas y nos dirigimos a la mesa de Black Jack. Esta vez parecía que la suerte estaba de mi lado y gane quinientos pavos en las dos primeras manos. Pedí un Whisky y me dispuse a disfrutar de una larga noche de juerga con una preciosa mujer a mi lado.

***

Desperté a la mañana siguiente con una resaca horrible y totalmente vestido. Me giré en la cama notando como mi equilibrio me seguía un par de segundos después, pero Brooke no estaba a mi lado.

Tras unos segundos mis sentidos volvieron a funcionar y oí como la joven trasteaba en la otra habitación de la suite.

Con un mareo considerable me levanté y me miré al espejo. Llevaba un absurdo mono de color blanco adornado con un águila de lentejuelas y una capa con el forro rojo. ¡Joder! ¡Alguien me había vestido de Elvis! Cuando levanté las manos para frotarme las sienes intentando recordar la vi en mi dedo anular y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

—Hola maridito —dijo Brooke entrando en la habitación con su alianza en alto.

—¡Joder! Menos mal, creí que me había casado con tu padre.

—¿De veras que no te acuerdas de nada? —preguntó mi flamante esposa incapaz de contener las carcajadas al ver mi cara de desconcierto.

—El último recuerdo que tengo es cuando pedí el bourbon para celebrar lo de los quinientos pavos.

Con un nuevo escalofrío, una terrible sospecha empezó a abrirse paso en mi mente.

—¡Dios mío! ¡He picado! ¿Cuánto he perdido? ¿Cuándo vienen a partirme las piernas?

—¿Tampoco te acuerdas de eso? —dijo Brooke riendo cada vez más fuerte.

—Por favor cuéntamelo todo. Y por Dios bendito, no te rías tan fuerte, me va a estallar la cabeza.

—Está bien, —dijo ella sonriendo—El caso es que tras beberte el bourbon de un trago y pedir otro te jugaste todo lo que habías ganado hasta ese momento y… volviste a ganar. A continuación volviste a jugártelo todo varias veces ganando cada vez y tomando una copa cada vez, hasta que terminaste totalmente borracho, incapaz de pedir una carta más y con ciento cincuenta y siete mil dólares en fichas.

—¿Ciento qué? —pregunté intentando digerir todo aquello.

—Entre papa y yo te acompañamos a la caja donde te cambiaron las fichas por dinero en efectivo —continuo mi esposa señalando un maletín— y dijiste que la noche tenía que terminar de una forma apoteósica así que, delante de la caja del casino, te arrodillaste y me pediste que me casara contigo. A pesar de lo borracho que estabas me dijiste unas cosas tan bonitas que no pude resistirme y te dije que sí.

—¡Joder! ¡Qué patético! Y yo sin acordarme de nada.

—Te dije que sí y James, tu suegro, nos llevó a la capilla dónde se había casado con mi madre. Tu insististe en que ya que nos casábamos en las vegas lo mínimo era casarte disfrazado de Elvis.

Antes de que Brooke pudiese decir nada más mi nuevo suegro apareció por la puerta con aire complacido.

—Aquí está el Elvis más afortunado que conozco. —dijo con un vozarrón que casi me parte la cabeza— Gana ciento cincuenta mil machacantes y encima se lleva una joya de regalo. —dijo dando a Brooke un beso en la mejilla.

—Hola James.

— Espero que trates a esta mujercita como se merece. —dijo mi flamante suegro mientras hurgaba en los bolsillos de su chaqueta de cuero.

—Como padre de Brooke esperaba que hubieses sido más razonable y hubieses intervenido para evitar una boda de la que nunca tendré un recuerdo.

—Lo siento, tío, pero yo estaba solo un pelín menos cocido que tú. De todas maneras estoy seguro de que era lo que querías.

—Sé que me he casado prácticamente inconsciente, pero tienes razón quiero a su hija de verdad… por eso quería una boda que pudiese recordar.

—Estupendo —me interrumpió él — porque si no iba a quedar como un estúpido al regalaros este viaje de luna de miel a Hawái. Espero que de esto si te queden recuerdos.

—Boda en Las Vegas y luna de miel en Hawái, y luego dicen que España es el país de los tópicos. —dije yo sonriendo por primera vez y abrazando a Brooke.

—Espero que hayáis sacado unas cuantas fotos, me gustaría poder recordar algo de mi boda…

FIN