Sonó el teléfono mientras salía del baño con el recién colocado albornoz. Tras descolgar con el clásico “dígame” escuché su voz.

Hola, Víctor. ¿Qué tal?.
Hola Isa. Muy bien ¿y tú qué tal?
Bien pero necesito un favor. Es acerca de lo de mañana. Mi marido trabaja y Ángel no me coge el móvil. El problema es que aun no hemos comprado la comida ni la bebida; y necesito que me acompañes a comprar para luego acercarme al campo. ¿Me recoges a las 18:00?, ¡por favor!
Perfecto. No tenía nada que hacer. Hasta las seis.

Es probable que haya iniciado este relato de una forma que haga despistar al lector. Imagino que agradecerán unas pequeñas explicaciones que los sitúen lo mejor posible. Intentaré hacerlo breve y claro, para poder volver a lo que quiero compartir con todos ustedes cuanto antes:
Mi nombre es Víctor y tengo 29 años. Estoy casado con Ana. Ana tiene dos hermanas, Isa y María, y un hermano, Ángel. Mi mujer es la menor de los hermanos. María es la mayor con 48. Isa tiene 45 y Ángel tiene 38.
El día en el que ocurrió lo que voy a contar fue el sábado 24 de enero de 2009. El lugar no es importante. Pero si debéis saber que al día siguiente tuvimos una comida familiar en la casa de campo del marido de Isa. Dicha casita se encuentra a algo menos de 1 hora en coche de la ciudad. Tiene en propiedad una pequeña finca. La casa es discreta pero lo suficientemente confortable y amplia. De vez en cuando hacemos comidas familiares allí, y aquel domingo teníamos una a lo grande; pues no solíamos coincidir todos muy a menudo.
Isa estaba muy ilusionada y se había llevado toda la semana recaudando el dinero que habíamos estipulado pagar cada uno. Pero necesitaba a su marido para que le acompañara a comprar y llevar las cosas, pues no tiene carné de conducir. Al marido no poder, y estar el hermano Ángel desaparecido; yo fui el primer cuñado en el que pensó. Lo cual me llenó de orgullo en aquel instante, y en estos momentos me llena de erecciones cada vez que lo recuerdo.
Salimos del supermercado más tarde de lo esperado, ya era noche cerrada. Cargamos el coche de bebidas y comida en abundancia y nos dirigimos a la casa de campo. A mitad del camino se puso a llover después de todo un día de amenazantes nubes negras.

Pues vaya tela, al final vamos a tener que prepararlo todo en el salón en lugar de en el porche. –Dijo Isa-
Bueno, así encendemos la chimenea ¿no?. Queda todo como más familiar y calentito.
Jajajaja. Tu todo lo ves positivo, hijo.

Al llegar a la finca ya llovía a mares, y serpientes de plata partían el cielo en dos a cada poco. Me cubrí la cabeza con el abrigo para abrir la cancela. El camino de tierra que separa la cancela de la finca de la puerta de la casa estaba embarrado. Dejé el coche justo ante la puerta y nos bajamos corriendo, cargados de bolsas. Al entrar en la casa ambos resoplamos al unísono.

Uff, Isa, a esto se le llama llover ¿eh?
Madre mía. Voy a ponerme cómoda. Cuanto antes acabemos aquí antes nos vamos. No está la noche para bromas.

Llevé las bolsas a la cocina, aledaña al salón donde se suponía que íbamos a almorzar todos al día siguiente. Al poco apareció Isa. Se había puesto el pantalón de un viejo chándal azul marino de andar por casa, y un chaleco, de cuello alto, color negro.

– ¡Manos a la obra!

Metimos el hielo en el congelador, las bebidas en el frigorífico y despensa. Guardamos la comida, y colocamos las mesas con manteles y las sillas. Todo listo para el día siguiente. Isa cocinó algunas cosas para guardarlas hechas en el frigorífico. Finalmente limpiamos un poco la casa y dejamos lista la chimenea, con la madera a su lado a salvo del agua.
Cuando terminamos todo eran las 22:00 horas. Fuera no paraba de llover y la tormenta era más intensa.

La tenemos encima.
Sí. Venga cámbiate, que mientras antes nos vayamos mejor; no tiene pinta de parar

Isa abrió la puerta de entrada y se asomó al porche. Hacía mucho frío y viento. El agua iba en todas direcciones. La solitaria finca dejaba ver sus olivos, encinas y naranjos cada vez que el brillo de un relámpago derramaba su luz muerta. De nuevo cerramos la puerta y entramos. Isa se dirigió a mí.

El fango del camino es muy peligroso, no sería la primera vez que un coche se queda ahí. Ahora mismo no podemos salir.
Esperemos un poco. Dije yo intentando calmar su evidente falta de tranquilidad ante la situación.

A las 23:15 se fue la luz. La lluvia, incesante, parecía anunciar el fin del mundo. Y los relámpagos atravesaban la casa como un fantasma. Ayudada por la luz del móvil, Isa sacó velas de un cajón del viejo mueble de la televisión, encendiendo algunas con un mechero que sacó del mismo cajón. Las colocó distribuidas por el salón. La noté más temerosa, así que tomé la iniciativa de la situación.

Viendo la hora que es lo mejor es que nos quedemos aquí a dormir. Así mañana ya estamos cuando vengan todos. Llamemos a nuestras casas y comentemos la situación, seguro que lo entenderán.
Pero………
No te preocupes, yo duermo en la habitación de tu hija y no necesitaré ropa. Con que me dejes una manta me bastó. Cenemos algo de lo que hemos comprado y a dormir. Mañana amanecerá un buen día.
Llevas razón, es lo más lógico. No se puede salir. Llamemos.

Tras la comprensión de su marido y su hermana, mi mujer, nos relajamos un poco al ver que ya no teníamos que enfrentarnos al temporal con el coche.
Cenamos algo de la comida fría que compramos y abrimos un par de cervezas. Tras la cena decidimos abrir una de las tres botellas de ron que habíamos comprado para el día siguiente.

¡Por qué no, leñe!. Que para eso nos hemos currado toda la comida de mañana. –Recuerdo que dijo ella cuando se lo propuse-.

Bebimos en el sofá, ante la mesita de diseño rústico, a un lado de la gran mesa en la que íbamos a comer al día siguiente, y frente a la chimenea. La luz de las velas nos daba un ambiente lúgubre a la par que cálido. Habíamos encendido unos troncos en la chimenea. De vez en cuando todo se iluminaba por la tormenta. Mientras más bebíamos más se adentraba dentro de mí la luz de flash que llegaba a través de la ventana. Hablábamos sin parar. Primero sobre las pasadas navidades, luego sobre su nuevo trabajo como limpiadora, luego sobre política local….. En algún momento de la conversación me detuve a observarla mientras hablaba.
Pensé en que siempre nos habíamos llevado bien, le tenía cariño y estaba seguro que ese cariño era mutuo. No sentía ese afecto por los demás hermanos de Ana.
No voy a decir que nunca había pensado cómo sería acostarme con ella, pues mentiría. Pero algo me hizo clic en mi interior tras un flash de tormenta, me quedé callado y la observé mientras ella hablaba y hablaba.
Saboreando mi tercera copa pensé en que no era una mujer espectacular, ni falta que le hacía. Ahí, sentada a mi lado en el sofá de tres plazas, con el pantalón de chándal y el chaleco abrigado, supe entender el valor de sus piernas, algo gruesas en los muslos, pero bellas. Adoré imaginar el calor maduro de sus anchas caderas; no demasiado anchas, solo lo justo para una mujer de 45 años. Mi vista iba desde sus ojos, a los que asentía para que supiera que quería seguirla en su conversación, a su cuerpo.
Quizá me detuve demasiado en sus pechos. No por ser grandes, que no parecían serlo; más bien porque trataba de imaginarlos comparándolos con los de su hermana. Se veían más gorditos pero más o menos igual de grandes, una 90; de todos modos debía tenerlos bien sujetos porque eran dos bolas perfectas bajo la abrigada prenda. Cuando volví la vista a sus ojos ella ya no hablaba. ¿Llevaría callada mucho rato?. ¿Cuánto tiempo llevaba mirándole los pechos?….

Oye, guapo, ¡que estoy aquí!.

Es posible que una de las razones por la que Isa me caía tan bien es porque le gustaba tomar cubatas de vez en cuando y pasarlo bien. Cuando cenábamos en su casa, o ellos con nosotros, siempre acabábamos tomando una copita de más y pasándolo en grande jugando al trivial o a las cartas.

– Perdona cuñada. Es que las copas me tienen ya medio dormido.-Dije intentando esforzar una sonrisa inocente-.

Bueno, oye venga vamos a tomarnos otra y a jugar a algo ¿no?.

Si no llega a ser por la naturalidad con la que hablaba, hubiera jurado que la forma en la que se echaba la nueva copa era diferente a las anteriores. Lo único que vi seguro es que se la llenaba más de la cuenta.

Oye que casi nos hemos acabado ya la botella Isa. Mejor decir que solo hemos comprado dos y tirar esta.- Miré el reloj, eran las 2:42 horas.

Estábamos bastante bebidos, pero nos encontrábamos bien. Teníamos esa sensación de euforia cuerda que da el alcohol, pero que siempre deja en herencia dolor de cabeza al día siguiente. Sobre la mesa se desperdigaba una baraja de cartas a las que ya no teníamos más ganas de dar juego.
Con la quinta copa de cada uno vaciamos la botella. Nos echamos hacia atrás en el sofá. Se estaba muy agradable a la luz de las velas, y el calor que manaba de la chimenea había creado un clima cálido en todo el salón. Por primera vez estábamos ajenos al temporal de fuera. La luz, eso sí, seguía sin volver.

Bueno a ver cuñado, cuéntame.¿qué tal te va con mi hermana?
Muy bien, ya sabes…..
No me refiero a lo feliz que se os ve, jajaja. Es que como antes me mirabas los pechos pues es posible que no vaya la cosa muy bien.
No seas mala, no te miraba los pechos, solo….
Si, sí- Me interrumpió, en tono bromista- Ahora dime que estabas quedándote dormido o que solo mirabas al vacío, justo aquí- Se las señalo.
Desde luego como eres Isa. ¿Qué quieres que te diga que me va mal y que estoy necesitado? Jajaja, no es tu día de suerte lo siento.

Las risas desembocaron en un silencio que se hizo incómodo por alargarse demasiado. Ella apuró la copa y se levantó diciendo que iba a mear. La observé hasta que desapareció por la puerta que comunica el salón con el pasillo del baño y las dos habitaciones. Se tambaleaba ligeramente por el alcohol y su voz sonó estropajosa cuando dijo “voy al baño”.
Cuando regresó le propuse irnos ya a dormir, pero ella se sentó y me dijo que todavía no. Propuso un juego y sacó una botellita de licor de bellota. Intenté rechazarlo pues ya estaba mareado, pero dijo que solo un poco mientras jugábamos a algo. Le pregunté que a qué le apetecía jugar.

A verdad o prenda.
Jajaja, Isa que no tenemos 15 años.
Bueno pues juega, me gusta ese juego y nunca juego.

Finalmente accedí a jugar. Tiramos un dado y me tocó preguntar a mí. Me eche hacia atrás con el chupito de licor de bellota y pensé.

Veamos, ¿Eres alcohólica? Jajajaja
Plas -me azotó en el antebrazo-
Pues claro que no, un día es un día, he tenido una semana muy dura. Ya verás como tampoco es para tanto mañana, tonto. Voy yo….. ¿desde cuando no te la mama mi hermana?.

La rapidez y la sorpresa de la pregunta me hizo escupir el licor que bebía en ese momento. La miré sorprendido y ella me respondió con una mueca cómica.

¿¿¿A que viene esa pregunta????
No estás obligado, puedes pagar una prenda.
¡Que te lo crees tu!. Pues hace tiempo que no, ea ya está me toca a mí….
¿Cómo?- me interrumpió- ¡No me lo creo!, que mi hermanita no te la chupa?
Ya ves, imagino que eso es algo que no le gusta demasiado y con el tiempo lo ha dejado de hacer. Pero nos va bien en la cama eh.
Que clasiquita es la pobre.
Bueno me toca venga, no te vas a librar. ¿cómo es tu vida sexual?
¿Qué te has creído?, ¡prenda!
Anda, eres tu la que haces esas preguntas, yo ni quería jugar. Está bien te tienes que quitar…….. el pantalón.
Como me resfríe es tu culpa. -dijo con voz de dibujos animados-

Se levantó y se quitó el pantalón del chándal. Solo tenía una braguita, más pequeña de lo que esperaba, de color blanco. Se dio la vuelta para dejar el pantalón sobre una silla que estaba al lado de la chimenea. Las braguitas le llegaban hasta poco más de la mitad de cada nalga. Sus nalgas eran blanquecinas y bailonas, un poco celulíticas. Sus muslos gorditos y brillantes por la luz de la chimenea. Se le veía bastante depiladita. El conjunto era bello de ver, me gustó. Sin querer mi pene despertó. Cuando se sentó de nuevo, como siempre sonriente, el alcohol había provocado una erección enorme y descontrolada. Intenté disimularla, pero el pene me palpitaba bajo el pantalón vaquero.

– Me toca. ¡Que eres un peligro!. ¿alguna vez has sido infiel a mi hermana?.

Pensé en Rocío y me quedé en blanco. Aquel desliz repetido durante una semana. Intenté disimular diciendo prenda en tono de broma, pero me salio fatal

Prenda jajajaja.
Muy bonito. ¡Eres un capullo!. Ya hablaremos de eso. Quítate el pantalón, golfo.

El dulce recuerdo de Rocío había reanimado la erección. Si me quitaba el pantalón se iba a notar muchísimo. Quise resistirme, me daba mucha vergüenza.

Me voy a la cama…. Creo que ya sí es hora de dormir.
Oye que me tienes en bragas nene. ¡Vamos!.

Pude haberme negado en redondo pero me lo quité. El pene apretaba el calzoncillo hacia arriba dejando parte de los huevos fuera. Me senté de nuevo intentando que no se me viera mucho. La miré. Ella estaba cortada, rápidamente se le fue la gallardía con la que afrontó el juego.

Llevas razón Victor, es hora de irnos ya a la cama. Son las 3:30 y mañana hay que estar listos a las 12:00. Duerme en la cama de mi hija, ya te he dejado una manta. Hasta mañana.
Hasta mañana.

Se levantó y se fue. Yo me quedé un rato sentado apurando lo que me quedaba de licor. Después me fui también.
Antes de entrar en la habitación donde iba a dormir miré la puerta cerrada de la habitación de matrimonio. Suspiré y decidí no darle más vueltas, no debía sentirme abochornado; solo había sido un juego inocente, en el que no había pasado nada.
Al entrar en la habitación me alegré, no recordaba que la cama de su hija era grande y cómoda. Me desnudé y me metí en ella. La manta abrigaba lo suficiente. Puse el despertador del móvil a las 11:00 y apagué la luz.
No supe cuanto tiempo había pasado, pero me despertó el ruido de un trueno, volvía la tormenta. Cuando me movía para cambiar de postura un relámpago iluminó la habitación. Como una aparición, vi a mi cuñada a los pies de la cama justo en el momento en el que dejaba caer el camisón que se había puesto para dormir.
Nuestros ojos se cruzaron en ese instante pero ninguno dijimos nada. Aparté la manta para facilitarle el acceso. Se echó encima mía sin llegar a tumbarse. Puso una de sus manos sobre mi pene. Éste descansaba sobre mi ombligo. Al sentir el calor de sus manos me estremecí y sentí que aun estaba un poco larga. Esto, unido al mareo que tenía, me indicaba que no había pasado mucho tiempo desde que me quedé dormido. Empezó a masturbarme lentamente, la sentía de lado, apoyada en la almohada, su cara estaba cerca de la mía. Solo pronunció una frase, que aun hoy en día despierta mis deseos más salvajes y primitivos:

Esto queda aquí, solo es un sueño.

El calor de su cuerpo calentaba el mío más que la manta, que ya reposaba en el suelo. Mi pene no tardó en llegar a su máximo tamaño, ella siguió masturbándome un poco más; ahora besándome. Nuestras lenguas se entrecruzaban como las de dos adolescentes enamorados.
Sentí su lengua recorriendo mis pechos y abdomen. La sentía húmeda y se movía traviesa. Noté como poco a poco bajaba a la par que ella se acomodaba más hacia los pies de la cama. Me agarró el paquete por los huevos, dejando la polla muy erguida. Notaba el capullo muy vivo; de repente, sentí un baño húmedo que recorrió la polla lentamente desde el capullo hasta abajo del todo. Lentamente sentí como el calor húmedo subía y luego vuelta a bajar. En unas de las subidas la lengua se quedó dando vueltas por el capullo. Apenas se veía nada, solo su sombra. Otro flash de relámpago volvió a iluminarnos. Pude ver sus ojos posados sobre los míos, como si ella sí pudiera verme en la oscuridad de la noche, mientras movía la lengua en torno a mi punta enrojecida. La imagen de su cara viciosa se me quedó grabada en la mente como una foto, hecha por la naturaleza con ese flash de tormenta.
Mi excitación se multiplicó. Ella se levantó y se sentó sobre mi vientre. Con una mano me levanto un poco la cabeza y me la metió entre sus pechos. Sentí la dureza de los pezones. Los lamí ávido, recorriendo con la lengua lo que intuí como aureola en cada uno de ellos.
-Eso es nene, cómeselos a Isa. Eso es cariño, así muy bien. Ahora son tuyas. Ummmmm.
Al poco tiempo se levanto un poco, quitándome los pechos del alcance de mi boca. Me agarró la polla y la clavó en su cueva húmeda. Se acomodó un poco y empezó a moverse. Notaba su aliento cerca de la nariz. Así que supuse que estaba con cada codo apoyado sobre la almohada, a ambos lados de mi cara. Se empezó a mover como nunca una mujer ha sabido moverse encima mía. Planté las manos sobre sus nalgas y apreté. Noté como sus caderas subían y bajaban con destreza. Ella gimoteaba casi en silencio, yo dejaba escapar algún gemido entre los de ella. De repente cambió la posición y se quedó erguida sobre mí. Ahora se movía arrastrando el coño sobre mi pene hacia delante y hacia detrás. Sus manos reposaban en mi vientre. De nuevo un rayo. Ahora pude verla con los ojos cerrados y los pechos, ni pequeños ni grandes, bailando al compás que se marcaba en la follada. Continuamos a oscuras, ahora agarraba sus pechos
Y empecé a empujar desde abajo con fuerza, acompañando su movimiento. Ella empezó a gemir con fuerza y yo a jadear como un pobre perro. Solo se le oía a ella. Sus gemidos debían estar retumbando por toda la casa, en mitad de la tormenta, en mitad, del campo, en mitad de la soledad del invierno.
Se levantó y nos movimos con sincronización. Como si todo estuviera ensayado. Se coloco de rodillas. Noté, tocando su espalda, que se arqueaba hacia abajo, dejando la cara sobre la almohada y solamente el culo levantado para ser follada. Me situé detrás, busque su coño con las manos y lo lamí un rato. Trabajé su botoncito durante un rato, tragué todo lo que salió. Acompañando un gemido atronador noté un poco de pis en mi paladar.
Luego me situe detrás. Y se la metí. Entró como un cuchillo en mantequilla. Un nuevo relámpago me la descubrió en todo su esplendor. Una buena hembra se me presentaba como en bandeja. La cabeza sobre la almohada y la espalda curvada hasta dejar a mi alcance un amplio culo y un sexo hambriento. Sobreexcitado por esa última fotografía que me brindaba la tormenta, empujé y empujé con todas mis fuerzas. Entregué el resto en esa follada. Alternaba azotes con el mayor ritmo de follada que podía. Ella gemía a voces y pedía más. Yo también empecé a gemir como un oso.

Me….. me viene…… me viene Isa…… – Logré decir-
Espera.

Se libró y me hizo ponerme de pie al pie de la cama. Se acomodó apresuradamente y tanteó hasta localizar mi pene. Noté como lo masturbaba con una humedad constante. Justo en ese momento sonó un ruido electrónico acompañado de luz. La luz había vuelto y la del pasillo estaba encendida, colándose por la puerta entreabierta.
La miré, ella estaba de lado, apoyada sobre la almohada. Con una mano sosteniéndome la polla mientras me masturbaba fuerte, dejando el capullo entero dentro de su boca, donde lo golpeaba con la lengua a la vez que masturbaba. La otra mano se la refregaba por el sexo con una rapidez casi violenta. Me miró y continuó mirándome hasta que me corrí. Toda el semen cayo en su boca, cuando lo sintió la soltó y la abarcó entera con la boca. La chupó hasta tragarse la última gota.
Me tumbé en la cama, no hablamos durante un rato. Ella miró la hora en mi móvil. Eran las 5:02 de la madrugada.

Es hora de dormir, Víctor. Recuerda, eso ha sido solo un sueño.

Me besó, pasándome un poco de semen que aun conservaba en la boca. Después se fue con una naturalidad, que hasta me hizo dudar de si todo había sido un sueño.
Esto es lo que ocurrió en una casa de campo de España la madrugada del sábado 24 de enero al domingo 25 del 2009. No pensaba contarlo. Todo quedó ahí. Tanto en aquella comida como después. Nuestra relación era la de siempre.
Pero hoy he recibido un correo electrónico de ella. La única forma de superar la excitación que me ha producido el leerlo ha sido escribir esto, y compartirlo anónimamente con quien quiera leerlo.
 
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