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Día cuatro.
    El aroma a café la despertó y le resultó delicioso. Se estirazó en la cama, algo cansada y embargada de una sensual laxitud. Gimió al tensar las nalgas. Su culito aún pulsaba, obligado a mantenerse dilatado. Estuvo a un tris de llamar a sus guardianes, pero recordó a tiempo cuanto sucedió el día anterior. ¡No tenía derechos! ¡Era una esclava!
  Se sentó en la cama, dispuesta a orinar en el dichoso cubo, cuando la puerta se abrió. Rómulo la miró, tan sonriente como siempre.
―           Espera. Te quitaré el dilatador – dijo el hombre.
  Ella se tumbó de bruces en la cama y Rómulo, con suma delicadeza, retiró el ingenio de su trasero.
―           ¿Cómo está? – preguntó ella, preocupada.
Se llevó una dura palmada en una nalga, que le arrancó un gritito. No debía hablar; tenía que recordarlo. Rómulo salió un momento y regresó con una esponja mojada. Lavó bien toda la raja y el esfínter, y luego aplicó una pomada que le aplacó un poco el ardor que sentía.
―           Está bien. No hay ningún desgarro. Solo está un poco irritado – le dijo él, en un susurro. Ella asintió, agradecida.
  La condujo al cuarto de baño y permitió que Carmen se duchara y aseara, sin prisas. Después, la sentó desnuda a la mesa del comedor, donde Remo les esperaba, con el desayuno puesto. Las tostadas se habían quedado ya frías, pero el café quemaba. Carmen comió con apetito. Parecía que hacía una eternidad que no desayunaba, pero, al hacer memoria, comprobó que solo llevaba cuatro mañanas en la cabaña. El dolor y la humillación parecían dilatar el tiempo.

Remo se puso en pie.

―           Suficiente, esclava. ¡Al suelo, a cuatro patas! – exclamó, dando una palmada en la mesa.
  Carmen tragó lo que le quedaba de tostada y se deslizó de la silla, adoptando una postura de perra en el suelo de madera.
―           ¡Venga! Gatea hasta tu cama – le ordenó.
  Carmen gateó sobre rodillas y manos con cierto garbo. Poseía una gracia felina casi innata, que las horas de gimnasio habían puesto a punto. Notaba los ojos de Remo prendados en su ondulante trasero. Sonrió interiormente. Su coño empezaba a humedecerse. ¿Cómo era posible que, en apenas tres días, ya aceptara – y deseara – todos los abusos y humillaciones? ¿Acaso no tenía dignidad?
  “No, soy una esclava”, se contestó ella misma.
Al llegar ante su cama, recibió un pequeño puntapié en las posaderas, más una señal que un golpe.
―           Súbete a la cama.
 Remo la colocó de bruces y le puso la almohada bajo las caderas, alzándole las nalgas a conveniencia.
―           Ahora, vas a estarte quieta. No quiero atarte. ¿Sabes lo que voy a hacerte?
Carmen asintió.
―           Contesta, puta.
―           Vas a romperme el culo – dijo ella, sintiendo las lágrimas aflorar.
―           Exacto. Voy a desfondarte. De ti depende que lo haga suave o a lo bestia.
―           No me moveré, señor.
―           Eso es. Buena perrita – dijo el hombre mientras se desnudaba.
  Carmen se abrió de piernas cuando los dedos de Remo manipularon sus nalgas. Sobó aquellos duros globos de carne, reafirmados por el ejercicio y una buena dieta. Se pasó largos minutos disfrutando de ellos, agitándolos como si fuesen flanes de gelatina. Los amasaba con fuerza, dejándole los dedos marcados. Finalmente, bajó su rostro hasta ellos y dio unos cuantos mordiscos que hicieron gemir a Carmen.
  El hombre separó sus cachetes, con fuerza, y ella respingó al sentir el contacto de la lengua sobre su ano. Levantó más el culo, casi por instinto, y dobló el cuello para arriesgar un vistazo. Remo se atareaba entre sus nalgas, lamiendo de arriba a abajo, sin prisas, humedeciendo bien tanto el ano, como la vagina. Carmen empezó a suspirar.
  Vibró aún más cuando Remo introdujo la punta de su lengua en su ano. Cuando la lengua bajó hasta su vagina, un dedo la reemplazó en el culo. En contra de lo que se esperaba, Carmen no sintió dolor cuando aquel dedo entró todo lo que pudo. Era más bien una sensación de deslizamiento, de presión vencida. El dilatador parecía haber hecho bien su tarea. Otro dedo se unió al primero, explorando a dúo. Carmen sentía como su esfínter acataba la intrusión de aquellos dedos, abriéndose como una flor.
  Un tercer dedo. Se le escapó un pequeño gruñido. Un extraño pensamiento cruzó su mente. ¿Estaría limpia? No había defecado cuando la llevaron al baño, así que su cena tenía que estar por ahí… Apartó aquella loca idea. Ya no había remedio. Sentía el glande apoyado en la puerta, como un ariete medieval en busca de su finalidad. Parecía mojado, algo pringoso. Carmen pensó en lubricante, al mismo tiempo que el badajo de carne se abría paso. Retuvo inconscientemente la respiración. Bien, el primer empujón no había sido demasiado duro,
  Remo la estaba dejando adaptarse a sus medidas. Sin duda, ahora venía lo peor, cuando la polla pasaba del terreno que el dilatador había ejercitado, territorio virgen. Carmen apretó los dientes a medida que el cipote separaba las paredes de su recto. Dejó escapar un bufido cuando sintió los huevos del hombre golpear contra sus nalgas. Se sintió orgullosa de no haber chillado.
  Remo empezó a moverse, sin prisas, como una locomotora que sale de la estación, cogiendo su ritmo. El pubis resonaba sensualmente contra sus nalgas. La fricción de la polla en su interior era muy candente, aún a pesar del lubricante. Carmen se llevó un dedo a la boca, evitando un primer gemido. No quería dejarle ver que la puta había regresado.
  De vez en cuando, se escapaba una nalgada que la enervaba totalmente, haciéndole levantar la cabeza. ¡Dios! ¿Cómo había sido tan tonta durante todos estos años? Se había negado a que la sodomizaran, tanto en la universidad, como con su esposo, e incluso Carlos. Todo lo más, alguna caricia con los dedos. ¡No tenía ni idea que pudiera sentir tanto gusto al machacarle bien el culo!
  Agitaba frenéticamente sus nalgas cuando, por inercia, intentó llevar un dedo a su coñito. Recibió una impresionante nalgada, que le cortó el resuello.
―           ¡Nada de tocarte, puta!
  Dejó escapar un quejido, pero cerró los ojos y arreció el movimiento de sus glúteos. Sudaba como una cerda. El calor interno de sus tripas enviaba oleadas a todo su cuerpo. Notaba su orgasmo en el horizonte, pero no tenía prisa por acercarse, al parecer. El ardor y el placer se mezclaban, generando una extraña sensación que la tentaba a gritar palabrotas.
  Cierra la boca… cierra la boca… cierra la boca… se convirtió en una cantinela mientras el deseado orgasmo se acercaba más y más, reptando por su espalda, por la piel de sus muslos, en las plantas de sus pies. Nunca había sentido algo así y casi le dio miedo.

¡Joder, que pedazo de orgasmo me va…!

 

  No pudo acabar el pensamiento. La alcanzó de lleno, de abajo a arriba, como una ola que lo arrastraba todo. Ni siquiera sentía ya a Remo culeando frenético. Mordió la sábana mientras su garganta emitía un chillido agudo, casi histérico. Los dedos de sus pies se engurruñaron en un fuerte espasmo. Sus manos se aferraron al cabezal, tensando los músculos de los antebrazos como cables. Sin poder remediarlo, su esfínter se abrió y cerró en varias contracciones que mascaron literalmente la polla de Remo. Con un grito inesperado, este acabó soltando todo su esperma en el interior del trasero femenino.
―           ¡Aaaah! Puta… putaaaa… me la vas a arrancar… — gimió, cayendo sobre la espalda de ella.
Carmen no pudo responderle; intentaba recuperar su respiración tras haberla contenido demasiado tiempo, al menos dos minutos, según creía ella. En realidad, solo habían sido veinte segundos, pero el orgasmo había consumido todo el oxígeno de su cuerpo. Remo se salió de ella y se sentó en la cama.
―           ¡Rómulo! – llamó, alzando el tono.
El guardián de los ojos azules asomó, con su eterna sonrisa.
―           Creo que hemos creado una bestia – le dijo Remo, señalando a la marquesa. – Ten cuidado, que te la arranca…
―           Perfecto – se frotó las manos Rómulo.
  Se desnudó en un santiamén, relevando a su compinche. Remo se marchó. Rómulo indicó a Carmen que se diera la vuelta. La marquesa se tumbó boca arriba. El hombre situó la almohada bajo sus riñones y le alzó las piernas hasta colocarlas sobre los hombros masculinos. En esa postura, el ano de Carmen quedaba perfectamente al alcance del miembro de Rómulo.
―           ¿Suave o duro? – preguntó el hombre, casi con una sonrisa.
―           Como desee, señor – susurró Carmen, abandonándose.
  Rómulo se la metió de un tirón. Carmen tenía el culo suficientemente abierto y encharcado como para andarse con sutilizas. Además, la polla de Rómulo era la mitad de la de su compinche, aunque más gruesa.
―           Uuu… uuuuhh… muu… gorda… — se quejó Carmen, sin apenas abrir los labios.
―           Puta zorra.
―           ¿Puedo tocarme, señor? – preguntó ella, mirándole con los ojos entornados, llenos de lujuria.
―           Solo las tetas, guarra. Pellízcate los pezones.

Carmen pellizcó tan fuerte sus pezones que le saltaron las lágrimas. Rómulo empezó un ritmo fuerte, que bamboleaba todo el cuerpo de ella y la hacía gemir sin parar. Los hinchados pezones le dolían, le ardían, pero ella seguía apretándolos y retorciéndolos. Carmen había descubierto la lujuria del dolor y ya no podía frenarse.

  Cuanto había cambiado su vida en apenas cuatro días. Aunque pudiera, no volvería a su vida anterior. Se le antojaba vacía e insulsa, llena de falsos propósitos e hipócritas ideales. Mientras le follaban el culo a toda velocidad y su columna vertebral traducía todo cuanto sentía su cuerpo en micro orgasmos que la mantenían en la cresta, su mente tuvo una epifanía; una revelación inesperada.
  ¡Se habían acabado todos los problemas para ella! ¡No lo había visto de esa forma, pero así era!
  Ya no tendría que pensar, otro lo haría por ella. No tendría que disimular, ni comportarse de forma hipócrita. Ya no tendría que alabar a pusilánimes y sonreír a anoréxicas zorras operadas. ¡Solo debía obedecer a su amo! Se sentía como si hubiera entrado en el paraíso.
  Rómulo se corrió, descargando dos fuertes chorros en su culo, mientras le mordía el dedo gordo del pie derecho. La dejó tirada sobre la cama, jadeando y aferrada a sus pensamientos.

A partir de este momento, Alejandro de Ubriel tomaría todas las decisiones que afectarían a su vida, así como sus responsabilidades. Carmen solo debía dedicarse a sonreír en público y responder a lo que le preguntaran. Ni siquiera tenía que escoger la ropa que debería llevar. Su esposo se encargaría de ello cuando la deseara vestida, sino, acabaría sus días, desnuda y feliz.

  Carmen solo debía limitarse a obedecer y gozar; a vivir simplemente el momento, sin preocupaciones. Llevaba tiempo pensando en ser madre, así que si quedaba embarazada, se dedicaría a criar a su hijo, a amamantarle – puede que incluso también a su padre. Sonrió ante la idea – y a follar.
  Nada de reuniones de falsas amigas en el club. Se acabaron los escándalos de prensa. Se acabó la presión de seguir siendo la más guapa de la foto. Solo estaría ella y… su nuevo placer.
  Remo entró de nuevo, con el falo erguido. Traía un consolador de buen tamaño en la mano. Carmen sonrió a la máscara de su marido.
―           ¡Arrodíllate en el suelo, puta, y apoya el pecho en la cama!
  Carmen obedeció al instante, dejándose guiar por la voz.
―           ¡Alza el trasero!
  Remo deslizo el consolador en el interior de su mojadísima vagina. Carmen se estremeció totalmente, mentalizada en disfrutar exclusivamente del momento. Había decidido que esa iba a ser su filosofía. No pensaría jamás en el futuro, solo de media hora en media hora. Remo le abrió el culo con dos dedos y la sodomizó nuevamente. Carmen quedó doblemente penetrada y empezó a babear sobre la sábana, los ojos casi vueltos.
  Ni siquiera era ya una mujer, solo un trozo de carne sensible, ardiente, que ni atinaba a decir su propio nombre. Ella eraLa Esclava,La MásPuta…
  La polla de Remo entraba libremente en su culo, sin freno alguno. El consolador estaba amasando un nuevo y duro orgasmo, pero el hombre acabó antes de poder experimentarlo.
―           ¡Santo Dios! ¡La puta está en pleno trance! – exclamó, al sacarle y mirarle el rostro. Carmen tenía una expresión de éxtasis total, como esas fotografías de santos que experimentan un éxtasis mesiánico.
  Rómulo acudió a observar el fenómeno y tuvo que darle la razón.
―           Bueno, no sé si ha descubierto a nuestro Señor, o si se le ha ido la olla – dijo. – Pero seguro que voy a aprovechar la circunstancia,
  Con esas palabras, se tumbó en la cama, boca arriba, y tomó la barbilla de Carmen con los dedos, alzándole el rostro. Ella le miró, sonriendo flojamente, aún arrodillada en el suelo.
―           ¿Puedo tocarme? – le preguntó.
―           ¡Nada de eso, putón! ¡Súbete a mi polla, venga!
  Remo no se marchó de la habitación. Cogió una silla y se sentó, dispuesto a observar el comportamiento de ella. Carmen estuvo a un tris de empalarse el coño con la gruesa polla de Rómulo. Este la atrapó por los pelos, obligándola a alzar la pelvis y usar el ano.
―           ¡Nada de coño! Tu marido lo dejó muy claro – Rómulo ya no sonreía. Parecía enfadado. — ¡Vamos, cabalga! ¡Que no lo haga todo yo, joder!
  Carmen apretó las rodillas contras las costillas del hombre, como buena amazona. Sonriendo, se llevó un dedo a la boca, humedeciéndolo. Luego, lo bajó hasta tocar su pezón izquierdo, retorciéndole suavemente. Su otra mano subió hasta enredarse en su melena. Toda una pose erótica para Remo, digna de una escena de cine.
  Cabalgaba con alegría, con elegancia; ascendía muy alto para dejarse caer lo más lento que podía, y vuelta a empezar. Sus manos ahora se cebaban en el pecho de Rómulo, frotándole los duros pezones, enredándose con el vello rubio que cubría su pecho, metiéndose en su boca, buscando la saliva masculina.
  Finalmente, muy cerca del glorioso final, Carmen se inclinó y buscó la boca del macho. Le besó con pura lascivia, enredando su lengua, lamiendo sus encías, mordiendo sus labios. Rómulo se corrió con un largo gemido, que tuvo la virtud de motivar a su compañero.
―           Que pedazo de perra… — musitó Remo, levantándose de la silla y tumbándola sobre Rómulo.
  La ensartó por detrás, sin dejar que su compañero abandonara la cama. De todas formas, Rómulo parecía fuera de juego y no dijo absolutamente nada. La folló con toda su alma, con feroces embistes y dolorosos pellizcos. La folló como una máquina, sin consideración alguna. Gritó y tiró fuertemente de su melena con reflejos rojizos cuando inundó su recto con su semen. Cayó en la cama, de costado, mirando como ella recuperaba el aliento, aún recostada sobre Rómulo.
  La marquesa tenía la mirada turbia, febril, y le sonrió.
―           ¿Puedo tocarme, señor?
Durante el resto del día y todo el día siguiente, Carmen fue sodomizada, azotada, y humillada, casi sin descanso. Apenas surgían quejas de su boca y acataba cualquier orden con presteza, sin demostrar desaprobación alguna. Rómulo y Remo estaban realmente sorprendidos. Ninguna hembra domada por ellos, había reaccionado de aquella manera, aceptando su acondicionamiento tan rápidamente.
  De hecho, los dos machos estaban realmente agotados tras la intensa labor. No les quedaba ni una gota de semen en sus cuerpos y las pilas de los diversos consoladores estaban agotadas.

  Era hora de volver a casa.

Y al séptimo día…
  El marques de Ubriel esperaba ansiosamente en su despacho. La traían de vuelta, tras una semana. Miró de nuevo su reloj de muñeca. Faltaban aún diez minutos para la hora de la cita. Tenía que calmarse, no era nada bueno para su tensión arterial.
  Miró de pasada los paneles de oscura caoba que recubrían las paredes, los anaqueles llenos de textos históricos que no le importaban a nadie, y los lustrosos muebles, heredados de su abuelo. Su reino.
  Lo había pasado mal todo el tiempo que Carmen estuvo fuera. Casi le había estallado una vena del cuello cuando recibió aquella llamada dela AgenciaMilton.Creyó, por un momento, reconocer la sibilante voz de monseñor Padua, aunque después recapacitó. No podía ser posible, el obispo no podía estar implicado… aunque lo que se decía dela Agenciapor ahí…

El hecho es que le presentaron las pruebas del adulterio de su esposa. Firmes, indiscutibles. Ese maldito Carlos Cabrera y su elegante bronceado. Pudo escoger el castigo y lo hizo. Antes de casarse, Alejandro advirtió su esposa que lo podía perdonar todo, salvo la traición. Era el momento de demostrarle que no necesitaba una esposa, sino una perra, a la que vestir y mostrar a la sociedad. Una simple esclava. En eso la convertiría.

  Sin embargo, al paso de los días, la furia se había convertido en morbo. No dejaba de soñar con todo lo que pensaba hacerle a esa bella esclava sin derechos que pronto le traerían. Carmen había pasado a otro nivel para él. Ahora era una criatura a modelar, a explorar, tan bella como siempre, pero con otros matices que le enervaban. Ese culo, que siempre había deseado, ahora sería suyo, debidamente entrenado para acceder fácilmente.
  ¡Cuánto iba a gozarla!
Pensaba preñarla al menos tres veces. Si era de forma consecutiva, mejor. El marquesado necesitaba descendencia. Además, Alejandro tenía cierta debilidad por las embarazadas, y si podía azotarles las nalgas, mucho mejor.
  Su mayordomo, Anselmo, abrió la puerta del despacho, impecablemente vestido, como siempre.
―           La señora está aquí – anunció.
―           Que pase — ¡Por fin! El júbilo se quedó dentro, para después.
Rómulo y Remo traían, cada uno de un brazo, una figura cubierta por una larga y oscura capa, ofreciendo una extraña estampa. Se detuvieron ante el escritorio y retiraron la capa, diciendo:
―           Traemos a su esposa, señor marques.
  Carmen apareció en todo su esplendor, dejando a su marido con la boca abierta. A pesar de todas sus fantasías, Alejandro no estaba preparado para verla con aquella aura de fatalidad, de entrega absoluta. Representaba ala Esclavapor excelencia.
  Estaba absolutamente desnuda y descalza, salvo por un ceñidor de cuero que abarcaba su cintura y un flamante collar de perro, también de cuero, que rodeaba su cuello. De él pendía una argolla por la que pasaba una delgada cadena que acababa uniendo el ceñidor.
  Carmen mantenía los ojos bajos, las manos a la espalda, y los ojos en el suelo, inclinando su rostro. Tenía la boca entreabierta, dejando asomar la punta de su rosada lengua, casi con timidez. Sus párpados estaban ligeramente maquillados, así como sus labios.
  ¡Dios! Era un sueño. Carmen no abría la boca, no decía nada, no se quejaba en absoluto. Solo se limitaba a estar allí de pie, ofreciéndose para lo que quisiera su dueño.
―           ¿Habéis…? – apenas podía hablar. Tenía la garganta reseca.
―           La marquesa ha sido advertida y condicionada. Ha firmado y aceptado completamente el contrato de sumisión – dijo Rómulo.
―           Ha sido entrenada bajo su autoridad y usando su modelo. El tratamiento de sodomía se ha completado con éxito.
  Alejandro rodeó el escritorio y se acercó a su esposa. Los hombres dela Agenciadieron un paso atrás, dándole espacio. Contempló los muslos abiertos de su esposa, ofreciendo su sexo. Notó como aumentaba su erección. ¡Que bella era!
  Acarició levemente las nalgas. Distinguió las casi desaparecidas marcas de los azotes. Estaba deseando azotarla él. Sobre cada nalga, casi en su nacimiento, Carmen llevaba tatuados dos blasones circulares, ambos del tamaño de una moneda. El de la derecha era el suyo, el emblema del marquesado de Ubriel; el de la izquierda, era la marca dela AgenciaMilton.Carmen estaba marcada para toda su vida, tatuada por adúltera y como esclava.
―           Perfecto, perfecto – murmuró, mientras volvía a su escritorio y firmaba un cheque a nombre dela Agencia.Eldinero no importaba, solo los resultados.
 Carmen miró de reojo a Rómulo y Remo cuando se marcharon. Salían de su vida, pero dejaban buenos recuerdos. Su marido parecía excitado, como nunca le había visto. Casi podía oler el sudor de su miembro, llamándola. Alejandro se detuvo ante ella, recorriendo cada centímetro de su cuerpo con una ávida mirada, y se apoyó en el borde del escritorio.

―           ¿Te han explicado las normas que quiero aplicarte?

―           Si, amo. Todas ellas.
―           ¿Qué piensas de ellas?
―           Yo no pienso, amo. Eso es cosa tuya. Yo soy solo carne.
Alejandro apretó su pene fuertemente, por encima del pantalón. En verdad, no estaba preparado para ese cambio tan brusco. De cornudo a amo, hay un trecho muy grande.
―           ¿Por qué? – musitó el marques.
―           No comprendo, amo.
―           ¿Por qué me engañaste?
―           No fue amor. Carlos me retó a engañarte, simplemente.
―           ¡Cabrón! ¿Quieres saber dónde está Carlos ahora?
―           Si es tu deseo, amo.
―           Su esposa le ha enviado a controlar sus minas de azufre en Bolivia, en las montañas.
  Carmen no dio muestra alguna de que le importase. Seguía mirando el suelo, aunque, en realidad, lo que miraba era la erección de su marido.
―           Puedes ir a refrescarte – le indicó Alejandro con un gesto. No sabía que hacer con ella para empezar. Necesitaba pensar algo.
―           Si, amo.
  Carmen se giró, moviendo elegantemente sus caderas, y se encaminó hacia la puerta. Admiró, una vez más, el jarrón Ming, una de las joyas preferidas de su esposo, situado sobre el escabel romano, casi a la entrada. Desvió ligeramente su trayectoria y, con un nada disimulado golpe de cadera, desplazó el milenario escabel. El valioso jarrón cayó al suelo y se hizo añicos. El berrido de su esposo se alzó, furioso.
―           Ups – exclamó ella. – Lo siento muchísimo, amo. Ha sido sin querer…
―           ¿Sin querer? ¿SIN QUERER? ¡PUTÓN! ¡GUARRA TRAIDORA! ¡VEN AQUÍ!
  Su esposo desenganchó una larga fusta de una de las panoplias que había en la pared y le indicó que pusiera las manos sobre el escritorio y que alzara las nalgas. La iba a despellejar viva, por puta descastada.
―           Por favor, amo…
―           ¡Que te calles, esclava!
  Carmen asumió la posición indicada, inclinando algo la cabeza, los brazos extendidos sobre la gran mesa de nogal, las nalgas bien expuestas, temblorosas. Una gran sonrisa curvó los labios de la marquesa, ahora que su esposo no podía verla.
―           ¿Puedo tocarme, amo?
                                                                                FIN
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