CAZADORFabricio estaba completamente harto de hacerse cargo de Juliana. Alguna vez pensó que ser padre soltero no sería tan complicado, pero JulianaSin título se había encargado de ser lo más insoportable posible. Había empezado a ser así desde tan chica que su padre comprendió en parte porque su madre se había borrado de la faz de la tierra cuando la niña tenía apenas ocho años.

Adicta al chocolate y a los videojuegos, insoportable profesional, grosera e inmadura. Así era su hija. No podía creer, que a su edad, aún lloriqueara por el hecho de que su padre le ocultara el azúcar. Fabricio tampoco podía dejarla sola, y mucho menos dejarla salir sin su cuidado. Normalmente los padres se preocupaban por que sus hijas salieran solas a la calle, pero tenían que ceder; en su caso era lo contrarío, deseaba algún día que la chica fuera lo suficientemente cuidadosa como para no ser atropellada a plena luz del día.

Hacia un par de años la psicóloga de la secundaría le dijo que la chica podría sufrir un trastorno de inmadurez. Pero Fabricio lo descartó; su hija seguía siendo, ante todo su pequeño ángel. Pero pronto entendió la gravedad del asunto. Ahora era insoportable, y ningún psicólogo le daba una respuesta que no tuviera que implicar permanecer al lado de la chica las 24 horas del día. Había algunos, los peores y más estúpidos, que señalaban un posible retraso mental en la chica. Los psiquiatras, por su parte, le recomendaban un sinfín de medicamentos, pero eran costosos y tenían otro sinfín de efectos secundarios.

Un día, un médico general, un poco más práctico y sensato, le sugirió que la inscribiera a algún centro deportivo o que practicara algún deporte de alto rendimiento. La terminó inscribiendo a las clases de basquetbol femenil, pues era una chica alta y ágil. Aquello funcionó, y mejoró el rendimiento escolar de la chica. Pero aún había que soportarla en casa. Le había comprado una caminadora elíptica pero la chica ignoró el aparato por monótono. Los videojuegos funcionaban, pero sólo por momentos; antes de que apagara el televisor de un botonazo y saliera a subir y bajar los escalones.

Juliana corría de aquí para allá por la casa. No pasaba casi ningún día sin que rompiera algún recipiente de vidrio o cerámica, de manera que poco a poco todas las vajillas fueron siendo sustituidas por trastes de plástico. Un día, mientras Fabricio preparaba la cena, un golpe seco se escuchó, haciéndolo girar el cuerpo de inmediato. Seguidamente, los particulares lloriqueos de Juliana estallaron.

– Pappaaaaaaaaaá – gritaba la chica, mientras su padre corría hacia la entrada de la casa.

La encontró sentada sobre el suelo, con las manos en su espalda baja. No tuvo que usar mucho su imaginación para saber que había caído de sentón por estar jugando en la escalera. La chica tenía la costumbre de bajar los escalones deslizándose por el pasamano, de modo que lo inevitable había terminado por suceder.

– Te has caído – dijo Fabricio, mirando a su hija como quien intenta dar una lección.

– ¡Me duele! – chilló la chica

El hombre sonrió divertido. La chica no se veía tan mal, pero seguramente se llevaría un buen moretón. Le tendió la mano y la ayudó a ponerse de pie.

– Agradece que tienes buenos amortiguadores – comentó divertido Fabricio, refiriéndose a las grandes posaderas de la chica.

La chica no pareció entender la broma, y sólo le dirigió una mirada adolorida.

– Vamos a tu cuarto, tendré que echarte alguna pomada para que el moretón no sea tan grande – resolvió Fabricio, he ahí una nueva tarde con su hija hiperactiva.

La chica subió los escalones sin problemas, lo que fue un respiro para su padre, que comprobó que no había daño en los huesos. Pasó por un ungüento anti golpes e hinchazones al cuarto de baño antes de dirigirse a la recamara de su hija.

La encontró boca abajo sobre la cama, y se sentó en una orilla del colchón.

– ¿Dónde te duele? – preguntó, y la chica le señaló la zona de su culo.

Fabricio suspiro.

– Juliana, Juliana…eso te pasa por estar corriendo.

– No estaba corriendo – reclamó la chica, haciendo girar los ojos de su padre

– Me refiero a bajar las escaleras como no se debe – dijo Fabricio, mientras miraba las instrucciones de aplicación de la pomada.

La chica guardó silencio un momento.

– Es más rápido – explicó

– Es más rápido y pasa esto

Fabricio pareció entender todas las indicaciones del medicamento.

– Quizás tenga que darte algún analgésico – dijo, suspirando – Bájate el short.

La chica obedeció de inmediato, y deslizó su short deportivo hacia sus rodillas. Sólo entonces Fabricio cayó en la cuenta de que su hija ya no era una niña, sino prácticamente una mujer, por lo que no pudo evitar sentir una sensación extraña cuando las carnosas nalgas de Juliana, cubiertas por una tanga azul de algodón que no recordaba haberle comprado, aparecieron vigorosamente ante sus sorprendidos ojos.

Sobreponiéndose a aquella repentina imagen, el hombre enfocó su mirada a la zona donde un leve moretón tatuaba la piel de la chica. Colocó un poco de ungüento sobre sus dedos, y se preguntó si era correcto colocar sus manos sobre aquella zona tan privada de Juliana. Miró a la chica, que parecía completamente ajena a ese dilema, y supuso que no existía problema: ella era su hija, y él su padre, ¿qué había de malo?

Sus dedos tocaron la suave piel de su hija. La tocaba casi con miedo, como si se tratara de algo prohibido. Sus dedos se deslizaban por toda la redonda superficie de aquel glúteo no sólo grande, sino bien formado. Sintió que la temperatura había aumentado de pronto, pero comprendió que el problema era él. “¿Qué me pasa?”, pensó, y decidió que aquello era suficiente.

Se puso de pie.

– Ya puedes pararte – dijo, con una voz entrecortada sobre la que Juliana no hizo ningún comentario – Sentirás caliente y luego frio.

La chica rio.

– ¡Sí! – dijo – ahorita está caliente

Fabricio sonrió paternalmente.

– Bueno, baja a cocinar conmigo.

Aquella noche fue extraña para Fabricio. Era un hombre solo, dedicado por completo al cuidado de su hija. Se había vuelto a enamorar, por supuesto, pero todos sus intentos de volver a casarse se habían venido abajo debido al comportamiento de su hija. Nunca la había culpado, sino que prefirió llegar a la conclusión de que no podría retomar su vida hasta que su hija no iniciara por sí sola la suya.

Pero, hombre al fin, la sensación de tocar el precioso trasero de su hija había despertado en él un deseo carnal que se instaló en su mente como un pensamiento insignificante y que al paso de las horas terminó por quitarle el sueño. Pensó en las mujeres que conocía, en la idea de con cuál de ellas podía iniciar su papel de Don Juan. Pero cada vez que pensaba en una u otra, la repentina imagen de su hija aparecía de nuevo. Aquello estaba mal y la cima del colmo llegó cuando se descubrió a sí mismo a las tres de la madrugada, con su mano sobre su endurecida verga y la imagen del trasero de Juliana en su mente.

Horas después, por la tarde, las cosas no fueron mejor. Recogió a su hija en el entrenamiento de basquetbol. No tenía muchas ganas de hablar con ella, pero Juliana hablaba con normalidad. Desde niña había sido muy parlanchina, y pocas cosas habían cambiado. Tenía una curiosidad infantil que a veces preocupaba a su padre. Nunca antes le había parecido tan irritante.

La chica había traído un montón de materiales. Le había comentado que debía construir un plano en 3d de su casa ideal. Estaba en los últimos cursos del bachillerato, y era obvio que lo que más le atraía era la decoración, el urbanismo y la arquitectura. Fabricio supuso que aquello requería de la concentración, la energía y el tiempo que la chica tenía de sobra; por lo que quizás tendría una tarde tranquila.

Mientras la chica se bañaba, el sonido de la regadera hacía pensar a Fabricio en el cuerpo de su hija. Detestaba no poder sacarse la idea de la cabeza. Tenía que olvidarlo, tenía que pensar en otra cosa. Minutos después la chica bajó las escaleras, mientras terminaba de secar su cabello. Fabricio la miró y cerró los puños, como si deseara estallar en mil pedazos.

Juliana había tomado la oportuna decisión de vestirse con el más corto de todos sus shorts de dormir; ¿eran cómodos?, sin duda, pero Fabricio pensó que debía ser ilegal salir con ellos a la calle. Para empeorarlo, una camiseta recortada a la mitad – de las que solía usar en los entrenamientos de basquetbol sobre las blusas, para diferenciar los equipos -, sin sostén a la vista, era lo único que cubría las ya bien desarrolladas tetas de la chica. ¿Qué no era obvio que, aún tratándose de su casa, debía cubrirse los senos? Estaba claro que la falta de una guía femenina había hecho estragos en los modos de Juliana.

Aquello estaba haciendo una de las más pesadas pruebas que su padre podría soportar. Pensó en ordenarle que se vistiera inmediatamente de otra forma, pero la dulce voz de la chica fue suficiente para hacerlo olvidar todo.

– ¿Qué hay de comer? – preguntó la chica, con total despreocupación.

Aquello despertó a su padre de sus pensamientos.

– ¿Qué te parece pizza? – resolvió el hombre, antes de desear llevarse la mano a la cara. La pizza ponía insoportablemente activa a Juliana.

– ¡Sí! – gritó la chica alegremente – ¡De pepperoni! – exigió

La chica subió feliz de nuevo a su recamara; su padre sabía que, sin motivo alguno, volvería a bajar en minutos. Subir y bajar escaleras era el extraño pasatiempo favorito de Juliana. “Con razón tiene ese culo”, pensó Fabricio, en la seguridad de su mente, mientras marcaba el teléfono de la pizzería.

Ordenó dos pizzas de pepperoni, mientras por su mente desfilaba una y otra vez el recuerdo de las nalgas de su hija. “¡Maldita sea!”, pensó, mientras la locura volvía a invadirle. Al colgar el teléfono, una idea comenzó a instalarse en su mente. Su rostro se volvió serio, y entonces grito:

– ¡Juliana!

La chica tardó algunos segundos en contestar.

– ¡Voy! – dijo, mientras bajaba las escaleras.

Su padre la esperaba sentado en una de las sillas del comedor.

– Ven, quiero revisar tu golpe.

La chica obedeció sin problema. Su padre la colocó recargada sobre la mesa del comedor, como si se tratara de una revisión policiaca a un sospechoso, con aquella inclinación el culo relucía aún más.

– Veamos – dijo Fabricio, tratando de contener su emocionada voz

Sin embargo sus manos temblaban mientras hacía descender la tela del short morado de su hija. Poco a poco, el precioso culo, vestido con unas bragas de encaje, que no tenía idea de dónde habían salido, apareció esplendorosamente ante él.

– ¿Qué tal está? – preguntó la chica

– Bueno – murmuró su padre, mientras su mano palpaba el culo de Juliana – Apenas y se distingue el moretón. ¿Te duele?

– No – dijo la chica, despreocupada

Él notó que la chica parecía no alterarse ni siquiera con aquello, por lo que se animó a ser un poco más atrevido. Su mano acarició la nalga que no estaba golpeada. La chica no dijo nada. La palma de su mano se cerró, apretujando un poco del carnoso glúteo. La chica no dijo nada. A esa altura, su verga estaba irremediablemente erecta. Sentía un impulso tremendo por besar aquel precioso culo. El deseo lo estaba matando.

Se puso a pensar en lo que estaba haciendo. Mientras ya sus dos manos acariciaban sin motivo alguno el culo de su hija. ¿Aquello era correcto? ¿No estaba acaso abusando de la condición de su hija? Porque era obvio que su hija no era ya una niña, pero estaba claro que no era del todo “normal”. Pero, ¿y si no lo hacía él, alguien más lo haría? Entonces era inevitable, ¿no era acaso lo mejor que él mismo lo hiciera? Era su padre, ¿quién amaba más a su hija que él, que la había cuidado totalmente sólo desde que era una niña? ¿No era acaso justo? ¿No se lo había ganado?

Su perturbada mente se había enroscado tanto en aquel conflicto, que no se percató de lo que sus manos estaban haciendo. Fue un fuerte suspiro de su hija quien lo despertó de sus pensamientos. Entonces miró sus manos, y una gota de sudor surgió de su frente.

Quien sabe desde hacía cuánto, pero su mano izquierda acariciaba impunemente el coño de Juliana a través de la delgada tela de sus bragas. Estaba claro por qué la chica había comenzado a suspirar, deleitada ya por aquel magreo que había terminado por humedecer la tela de su tanga.

Alejó su mano como si estuviesen quemándose en fuego, y la chica giró el cuello para lanzarle una mirada que parecía más un “¿por qué paras?” que un “¿qué rayos estás haciendo?” Sintió entre sus dedos la humedad de su hija, y una extraña vergüenza cayó sobre su espalda.

Quería explicar aquello de la manera más adecuada para poder salir librado de aquello y continuar con la normal relación padre-hija que ambos tenían. Pero no tenía idea de cómo se podía explicar aquello. Su hija lo miraba, confundida, mientras él se sumía nuevamente en sus pensamientos.

De pronto su alterada mente casi estalla, y su cuerpo se sobresaltó en el momento en que el timbre de la puerta sonó.

Fabricio corrió hacia la entrada de la casa, su verga endurecida no cedió ni un poco, así que la ocultó como pudo.

Abrió la puerta, donde el adolescente repartidor lo esperaba con una mirada algo grotesca, Fabricio sonrió.

– ¡Dos pizzas de pepperoni! – anunció el chico

Algo molesto por la repentina interrupción, Fabricio miró el reloj.

– ¿Son recalentadas, o por qué tan rápido?

El chico lo miró con extrañeza.

– Son recién hechas, señor.

Fabricio afirmó con la cabeza.

– Voy por el dinero – dijo entonces, desapareciendo

El muchacho permaneció en la entrada de la casa, extrañado. Su confusión aumentó cuando apareció frente a él la preciosa hija de Fabricio, en bragas y con su short enrollado a media pierna.

Se asombró realmente; no todos los días aparecía ante él una exuberante morena, con la piel clara y el cabello liso hasta la mitad de la espalda. Con las bragas a mitad de sus piernas, el muchacho pudo distinguir las contorneadas piernas de la chica, que se elevaban hasta llegar a unas anchas caderas que denunciaban el enorme trasero que poseía. Pudo ver las curvas inferiores de sus tetas, su hermoso cuello y su rostro, maldita sea, ¡qué rostro!

Una nariz recta, ni grande ni pequeña, se dibujaba entre dos preciosos ojos oscuros de tamaño mediano. Estos parecían más hermosos de lo que ya eran gracias a las cejas, perfectamente dibujadas bajo su amplia frente. Su boca no tenía vergüenza; plana y ligeramente dibujada, dejaba sin embargo ver la carnosidad que poseían. La ovalada forma de su rostro parecía diseñada por algún artista; había dos expresiones que multiplicaban la belleza de aquella cara, y el afortunado repartidor tuvo la suerte de ver una de ellas: la de extrañeza, casi molestia, que provocaba que unas preciosas líneas de expresión se dibujaran en su frente y que su labio inferior aumentara su tamaño respecto al superior.

– ¡Papá! – gritó la chica, mirandoserenamente al boquiabierto muchacho – ¡La pizza!

Fabricio apareció de pronto.

– ¡Metete! – gritó, con una mano en la cabeza apretujando su cabello.

La chica obedeció.

– ¡Bueno! – la detuvo Fabricio, rendido – Llévate esto, ¡y súbete eso! – dijo, arrebatándole las pizzas al pobre chico y señalándole sus short a su hija.

Miró al repartidor, que aún miraba sorprendido la escena.

– Se cayó de las escaleras – le intentó explicar Fabricio, nervioso, aunque el chico no parecía entenderlo del todo – Bueno, ¿y cuánto es?

– Son… – reaccionó el muchacho, pero la mano de Fabricio con un billete lo calló.

– Quédate el cambio.

– Gracias – alcanzó a decir el chico, antes de que la puerta casi golpeara sus narices.

Fabricio corrió al comedor. La chica ya tenía puesto su short. Estaba molesto.

– ¿Por qué sales así?

– Creí que ibas a seguir – explicó ella

– ¿Seguir qué?

– Curándome.

Fabricio comprendió de golpe. Y su rostro se ruborizó.

– Quiero que sigas – dijo la chica – Se siente bien. Creo que está funcionando.

A Fabricio casi se le despega la quijada del cráneo. Su hija le estaba pidiendo que continuara sobándole la zona de su coño. Una palpitación en la entrepierna le recordó lo endurecida que estaba su verga. No sabía qué decir, pero lo que dijera de ahora en adelante iba a cambiar su vida.

– ¿Me los bajo? – preguntó la chica, tomando la orilla de sus pantalones cortos.

Fabricio se rindió.

– Sí – dijo, su mente estaba hecha añicos por el alocado deseo que sentía por su hija.

Fueron a la sala. Ahí Juliana se deshizo de su short. Fabricio la colocó de rodillas sobre el asiento del sofá, con las manos de la chica apoyándose sobre el respaldo.

– ¿Así? – se inclinó, ofreciéndole el culo a su padre.

Fabricio asintió con la cabeza. Llevó su mano a la entrepierna de su hija, y palpó un par de veces el abultado coño de la chica.

– ¿Teeee – dijo, con la voz entrecortada – gustataría aprender algugugunas cosas?

– ¿Aprender qué? – preguntó extrañada Juliana.

– Bueno – explicó Fabricio – Hay maneras de que sientas, em, mejor ahí – dijo, tocándole la entrepierna.

La chica rió.

– Sé a qué te refieres – dijo, como si lo hubiese descubierto infraganti, pero entonces un pensamiento de duda apareció en su rostro, que se endureció en seriedad – ¿Tú y yo podemos tener sexo?

El corazón de Fabricio se apretujó. Lo había escuchado claramente, pero no salía de su asombro. ¿Qué clase de pregunta era aquella? ¿Y por qué Juliana la hacía con tanta tranquilidad? Sin saber qué responder, su endurecido pene tomó el control de su lengua.

– Bueno – dijo, tartamudeando – No es lo más…normal. Pero sí podemos.

La chica no pareció muy complacida con la respuesta. Estaba claro que todo aquello le generaba más dudas.

– Lo padres no tienen sexo con sus hijas.

– Por lo general, no.

– ¿Y por qué no?

– Por que la mayor parte de la gente cree que eso está mal.

– ¿Y está mal? – preguntó la chica, mirándolo, como si exigiera de él la más sincera respuesta.

Fabricio calculó bien su respuesta.

– Si nadie se entera nadie dirá si está bien o está mal – aquello parecía convincente, pensó

La chica saboreó la respuesta, pensativa.

– ¿Crees que muchos padres tienen sexo con sus hijas sin que nadie se entere? ¿Cómo un secreto?

Fabricio encontró en aquella inocente pregunta la solución de su argumento.

– ¡Exacto! – dijo, casi emocionado – Seguramente todos lo hacen, pero no se lo dicen a nadie.

La chica suspiró pensativa. Fabricio aumentó la intensidad de los magreos de sus manos sobre la ya mojada entrepierna de la chica. De alguna manera funcionó, porque la chica pareció sentirse interrumpida en sus reflexiones ante el repentino placer que sentía.

– ¿Y qué me harías? – suspiró, con la voz entrecortada por el placer.

Fabricio, ajeno ya a cualquier concepto moral, respondió ansioso.

– No puedo explicártelo, tendrías que sentirlo tú misma.

La chica pareció pensarlo de nuevo. Mientras las manos de Fabricio se cansaban de tanto rozarle el exterior de su coño. “¡Decídete ya, maldita perra!”, pensó Fabricio, completamente fuera de sí. Estaba dispuesto a violarla ahí mismo si la chica no respondía afirmativamente a su insinuación; para Fabricio, ya no había vuelta atrás.

– Está bien – resolvió decir la chica, entonces.

Su padre sintió como si un frio recorriera rápidamente su cuerpo, sólo para ser invadido de nuevo por la tremenda calentura que lo estaba enloqueciendo. No necesitaba ya nada más, su propia hija se lo había pedido y él estaba completamente ansioso. Se desabrochó el pantalón y la camisa, mientras la chica permanecía inmóvil y a la espera, como si tan sólo estuviese esperando la administración de una inyección. Aunque sus enrojecidas mejillas revelaban que su cuerpo estaba perturbado por las nuevas sensaciones que las manos de su padre habían provocado en ella.

Lanzó su camisa lejos, al tiempo que se sacaba los zapatos mete y saca sin agujetas. Tras esto, dejó caer sus pantalones y enseguida hizo lo mismo con sus calzoncillos. Esto dejó libre su endurecida verga, que apuntó directamente al precioso culo que se hallaba enfrente. El ruido hizo que Juliana, curiosa, volteara hacía atrás. Fabricio nunca olvidaría la manera en que los preciosos ojos de su hija parecieron salírsele, al mirar por primera vez la viril y excitada desnudez de su padre.

El rostro de su hija palideció de pronto, y un estremecimiento recorrió su piel. Aquella visión fue una verdadera belleza para su padre, que azotaba suavemente su verga, como mostrándole a su pequeña hija la buena follada que le esperaba. Se le empequeñecieron los ojos, lo que le recordaba a Fabricio los ojos rasgados, casi orientales, que la madre de Juliana tenía.

– Te qui-quitaste la-la ropaa – dijo Juliana, con la voz discontinua por el repentino temor

– ¿Qué esperabas? – dijo Fabricio, con un tono de voz que ya no coincidía con la del cariñoso padre – Esto es tener sexo.

La chica tragó saliva. Tenía una vaga idea de lo que era el sexo, pero la teoría no hacía que verlo en vivo fuera menos imponente.

Fabricio ni siquiera lo sabía, pero su verga estaba muy por arriba del promedio. El grosor hacía juego con los veintiún centímetros de longitud que alcanzaba cuando la fogosidad lo tenía a punto de reventar.

– ¡Bien! – gruñó, a sí mismo, mientras se colocaba detrás de su hija.

Deslizó sus bragas, humedecidas de los jugos de Juliana, hasta hacerlos descender a las rodillas. El ojo del ano de Juliana fue lo primero que llamó su atención, más abajo, unos vellos púbicos en pleno crecimiento y oscuros, estaban salpicados por los líquidos de su hija. Era increíble que un tesoro como aquel estuviese esperándolo todo ese tiempo entre aquellas imponentes nalgas.

Apuntó su verga, pues imaginó que podía penetrar a la muy zorra de una sola tajada, pero entonces un recuerdo lo detuvo: la chica era virgen, era su hija y era virgen.

Tendría que hacerlo lentamente, pensó. Y entonces tomó de la a la chica, con una mano, mientras que con la otra apuntó el glande de su falo.

La punta de su pene sintió los cosquilleos de los vellos púbicos, la completa humedad de los labios vaginales, la resistencia inútil de sus dilatados labios vaginales y el calor del interior de su coño. Avanzaba lentamente, sintiendo cada milímetro de su hija, que entre quejidos y suspiros iba soportando aquellas nuevas sensaciones. Entonces la resistencia del himen detuvo el avance de Fabricio. Sonrió, porque aquella era la primera vez que tenía la oportunidad de desflorar a una chica y, lo mejor, se trataba de su propia hija.

Aguardando la respiración, como si fuese un francotirador en plena zona de guerra, Fabricio apretó los labios en el momento en que embistió de golpe el coño de su hija. Sintió como la delgada membrana se destrozaba al paso de su verga, y el cuerpo de su hija se tensó, teniendo que tranquilizarle con las manos sobre sus caderas. La chica gritó, antes de expirar aliviada por el dolor que se disipaba.

– ¿Qué fue eso? – preguntó la chica

– Nada – dijo él, mientras se acomodaba para seguir penetrando aquella conchita

La chica comenzó a quejarse conforme Fabricio intentaba clavarle la verga hasta el tope, pero el ignoró los lloriqueos, y no paró hasta que las apachurradas nalgas de su hija no le permitieron avanzar ni un centímetro más.

Lo había hecho; tenía su verga completamente clavada en el mojado coño de su hija. De un día a otro su vida había cambiado, y ahora las posibilidades parecían infinitas. Aquello era un milagro inesperado, un verdadero golpe de suerte. Le importaba un bledo cualquier aspecto moral y todo eso, podía follarse a su hija y esta era preciosa.

– ¿Te duele? – preguntó entonces, con la respiración pesada por la emoción

– Poquito – dijo la chica, con una voz tan quedita que Fabricio no pudo evitar recordarla cuando aún era una chicuela

Decidido, comenzó un lento meneo. La chica trataba de acercar sus manos a la zona donde su padre la penetraba, en un intento de detener el dolor que punzaba en su coño. Pero su padre le respondía clavándose sobre ella, provocándole tales sensaciones que la chica volvía a regresar sus manos sobre el respaldo del sofá.

– Tranquila…tranquila – susurró él – Tranquila, perrita.

– ¡Ahhh! – suspiró ella – Papá, duele, duele un poquito.

– Aguanta – exigió él

– Papi, papi, papi – continuaba ella, como si aquella palabra disminuyera un poco el placer.

Pero entonces su dolor comenzó a transformarse en un extraño y desconocido hasta entonces sentimiento de placer. Los ojos de la chica comenzaron a iluminarse conforme los arrebatos de su padre le iban provocando más y más de aquel extraño regodeo. Fabricio sonrió, satisfecho de saberse el primero en mostrarle aquel goce a su hija. Embestía a su hija con fuerza y firmeza, asegurándose de que aquella chica no olvidara quién le había follado primero. Recorrió el cuerpo de su hija, y cerró los ojos en agradecimiento de tener a semejante diosa en sus manos.

– ¡Así! ¡Así zorrita! Mira que culo precioso tienes.

– ¡Papi!

– ¡Eso! Soy tu papi, y tú mi hijita. Y de ahora en adelante te voy a dar tus buenas folladas. ¿Entendido?

– ¡Sssssiiiií!! – fue lo último que pudo alcanzar a decir

– ¡Eso! – continuó él, sin dejar de embestirla – Eso perrita, gime como la zorrita que eres. Gime, perra, gime…

Y cada vez que Fabricio le llamaba “perra”, la chica respondía con un coro de gemidos provocados por las tremendas arremetidas contra su coño.

– Joder, ¡pero qué precioso coño tienes! ¡Me encanta!

Fabricio aumentó la velocidad de sus embestidas; aquello hizo más escandalosos los graves gemidos de su hija. Pero ya le importaba, los gritos de placer de Juliana se estaban convirtiendo en música para sus oídos. Tras aquel arranqué, el agotamiento lo hizo disminuir el ritmo de sus movimientos.

– ¿Te gusta, Juli? – dijo extasiado, Fabricio

La chica recuperó el aliento.

– Si papá – dijo la chica, con el rostro descompuesto por el placer – ¿Por qué no habíamos hecho esto antes?

Fabricio sonrió, lanzando una pequeña risa.

– No lo sé – dijo su padre – Pero estamos corrigiéndolo.

Aceleró de nuevo sus embestidas, provocando nuevos aullidos de placer en su hija. Bajó la mirada, no había imaginado escena más bella en el mundo que la de su verga saliendo y entrando en el coño de Juliana.

Pero sus movimientos habían hecho efecto en él y, con aquella posición, estaba a punto de correrse. Pero no tenía la intensión de parar eso. Aguantó su pasión y sacó su falo de su hija.

– Vamos a mi cuarto – dijo entonces

Subieron, su alterada mente buscaba la forma más excitante de follarse a su hija, y hacerlo en su recamara sin duda le ponía mucho encanto, como si se tratara de una puta de paso.

– Ahora tú serás quien se mueva, ¿de acuerdo?

La chica sonrió, algo nerviosa. Aquella expresión, recordó Fabricio, se parecía a la que la chica había puesto la primera vez que él le dijo que le enseñaría a conducir el auto.

– Creo que lo harás bien, yo te guiaré – la tranquilizó

Se recostó de espaldas en medio de la cama. La llamó para que se acercara. Hizo que la chica se pusiera de rodillas, alrededor de su pelvis, con su erecta verga rozándole el exterior de su coño.

Con la punta de su verga, magreó un poco el exterior del coño de su hija. Juliana se mordió los labios y sonrió. Entonces una idea cruzó su cabeza y se colocó de cuclillas, ante la sorpresa de su padre.

– Así es más cómodo – dijo, sonriente

Entonces ella misma tomó la verga de su padre y la apuntó hacía su coño. Entonces se dejó caer, clavándosela hasta la mitad antes de detenerse con un gritó de dolor.

– ¡Ouch! – dijo

Pero su padre hizo caso omiso, y con un movimiento de caderas terminó por clavarle su verga por completo.

Juliana cerró los ojos, apretándolo para resistir el repentino dolor. Pero entonces su coño reconoció el placer que aquel tronco proveía, y la chica comenzó con unos torpes y lentos saltitos sobre la verga de su padre.

Poco a poco, la chica fue reconociendo los movimientos adecuados de piernas y caderas, y con el tiempo fue generando los movimientos adecuados para satisfacer el deseo de su coño con el tronco de Fabricio.

Sonrió satisfecha cuando se dio cuenta de que había logrado el libro correcto para satisfacer a su ansiosa concha.

– Salta perra – susurraba Fabricio – salta perrita, ¡así, que rico!

Ella sonrió, con una especie de orgullo.

– ¿Qué quiere decir “perra”? – preguntó la chica, sin dejar de saltar sobre la verga de su padre

Fabricio se sorprendió con aquella pregunta, y sólo entonces recordó como el placer de embestir a su hija había debilitado sus modales. No sabía que responderle, pero cada cosa que su hija decía no parecía hacer otra cosa más que endurecerle más y más la verga. Pensó en qué responder, pero ni siquiera a él se le ocurría una definición adecuada.

– Creo que se le dice a una mujer que hace todo lo que un hombre desea – dijo al fin, sin sentirse muy convencido de sus palabras.

La chica detuvo sus movimientos para analizar la respuesta; Fabricio se asomó para disfrutar de la hermosa visión de su verga a medio camino del coño de Juliana.

– ¿Como una esclava? – preguntó

– No porque, una “perra” lo hace porque quiere. Le gusta hacer lo que su hombre desea – Fabricio se impresionó con la naturalidad con la que comenzaba llevar todo aquello

– ¿Eres mi hombre? – preguntó entonces Juliana

La sangre de Fabricio se congeló. Entendió que aquella pregunta era determinante. No se arriesgó.

– Si tú quieres sí – dijo

La chica dejo caer su culo, haciendo que su coño tragara por completo el firme palo de su padre.

– Bueno, entonces yo seré tu perra – resolvió la chica

Fabricio correspondió aquello con movimientos de cadera que sacaban y metían su verga de aquel hermosa concha.

De pronto Juliana rió, como si hubiese recordado algo muy chistoso.

– También me dijiste “zorrita”, ¿es igual?

Su padre asintió con la cabeza, concentrado en lo que su verga estaba sintiendo.

– ¿Y puta?

Fabricio hizo memoria.

– Nunca te dije puta.

La chica se sintió atrapada.

– Bueno, pero así dicen

– ¿Quién dice?

La chica se sintió aún más atrapada, así que puso la típica expresión de cuando estaba a punto de admitir una falta.

– Una vez vi un video, de sexo, y así les decían a las mujeres

– ¿Viste una porno? – preguntó Fabricio

La chica pareció pensar en esa palabra, como si fuera la primera vez que la escuchaba. Pero movió la cabeza afirmativamente.

– Sí – dijo, con la sonrisa dulce de quien espera ser perdonada

Fabricio sonrió.

– El punto es que ahí les decían putas a las mujeres, pero mis maestras dicen que esa palabra es mala.

– Es una grosería – admitió Fabricio – También perra y zorra, son groserías – se le escapó

La mirada de su hija se extrañó.

– Entonces, ¿por qué me las dijiste?

Fabricio detuvo sus movimientos, se enjuagó los labios. Llevó sus manos a las preciosas tetas de su hija, donde apretujó sus pequeños pezones.

– Bueno… es que durante el sexo ya no son groserías.

Aquella respuesta no pareció convencer del todo a la chica, por lo que su padre tuvo que esforzarse más.

– Te ayudan a quitarte el estrés – dijo

– ¿Qué es estrés?

– Bueno, es como un cansancio que se acumula cuando tienes que hacer todo el tiempo lo correcto.

– No entiendo.

– Em, bueno, ¿alguna vez no has tenido ganas de gritarle algo malo a tus maestras?

Juliana rió.

– A la de inglés – admitió

– Bueno, pero no debes decirle groserías. Así que las ganas que tienes de decirle malas palabras las “sacas” gritándolas durante el sexo.

– ¿Pero por que en el sexo?

– Porque es un momento intimo.

La chica meditó, aquello parecía tener sentido. Fabricio ni siquiera estaba convencido de sus propias palabras, pero hablaba en función de que aquello no se desmoronara.

– Creo que tienes razón, pero también el puro sexo es des estresante, ¿no?

– Sí – dijo su padre, hallando una oportunidad en aquella frase.

La chica pareció solventar sus pensamientos.

– Entonces, cuando estés estresado me dices.

– Y tú también – ofreció Fabricio, con una sonrisa enorme

Aquella conversación debió inspirar a la chica, que habiendo aprendido la técnica aumentó el ritmo de sus saltos.

La intensidad de sus propios movimientos hizo que sus gemidos aumentaran hasta el límite, sus agudos gritos inundaban el cuarto, mientras unas gotitas de sudor comenzaban a bajar por su pecho. Las manos de Fabricio se apoderaron de sus tetas, y con sus dedos apretujó los pezones de la chica.

Entonces, tras un coro de descontrolados gemidos, Fabricio sintió los espasmos que empezaban a ocurrir entre las piernas de su chica. Sintió como la nena se corría sobre su verga, y la recibió en sus brazos cuando su cabeza cayó rendida sobre sus pechos.

Lejos de dejarla descansar, Fabricio decidió tomar el control, y de inmediato comenzó a taladras la concha de su hija. Aquello fue algo que la pobre Juliana apenas podía controlar, sentía desmayarse por el excesivo placer que su padre le otorgaba.

– Puta… – le dijo al oído, mientras con sus movimientos embestía su coño

– Sí – dijo ella, como si aquella palabra le gustara

– …puta, puta…

– Siiiiií – dijo ella, mientras sentía como un extraño calor se distribuía en su coño.

Fabricio se corrió en el coño de su hija, sin dejar de susurrarle a su oído su nueva realidad. Sentía las tetas de su hija descansando sobre su pecho. Cuando se detuvo, sintió como el esperma recién vertido escapaba lentamente entre las grietas de su verga y el coño de Juliana.

Juliana se incorporó, un poco, sólo lo suficiente para que sus labios cayeran sobre los de su padre. Y ahí se besaron, mientras la verga de Fabricio perdía lentamente la rigidez dentro del cálido interior de la muchacha.

Así comenzó una nueva vida para ambos. Fabricio llegaba feliz a casa, donde sabía que el suculento cuerpo de su hija lo esperaba para satisfacerlo. Realizaban verdaderas locuras.

Una vez, tras una reunión de padres de familia en la escuela de la chica, Fabricio y Juliana se escabulleron al salón de clases vacio, mientras el resto de los alumnos y sus padres escuchaban los sermones y las quejas de los profesores.

Con los nervios de punta y la excitación a flor de piel, Fabricio buscó la mochila de su hija, la colocó ahí, de pie con las manos temblorosas sobre el respaldo de su asiento. Le alzó la falda escolar a la chica y, haciendo a un lado sus braguitas, insertó su verga en el mojado coño de su hija.

– Cuando estés en clases quiero que recuerdes lo mucho que me gusta follarte, ¿eh putita?

– Si papi – dijo ella, con la respiración agitada – Fóllame duro para que no se me olvide.

La chica gemía, tratando de ahogar sus gritos para no llamar la atención de nadie.

Minutos después, tras una intensa corrida, regresaron tranquilos a la junta, sin que nadie pudiera sospechar que Juliana guardaba en su coño la leche aun caliente de su padre.

Otro día se detuvieron a media carretera, en camino a la casa de su abuela, y follaron en la oscuridad de la noche. La chica vestida con un sencillo y corto vestido floreado, estaba saltando sobre su verga, rodeándolo sobre el asiento del conductor, cuando un par de golpecitos los tomaron desprevenidos.

La chica regresó asustada a su asiento, y el policía tuvo que esperar paciente a que Fabricio se guardara de nuevo su verga y abriera la ventanilla.

– ¿Todo bien? – preguntó el policía, sin poder ocultar una sonrisa pervertida

– Todo bien, oficial – dijo Fabricio, nervioso

El hombre echó un vistazo a las piernas de la chica, manchadas de sus propios jugos.

– No pueden estar haciendo estos actos aquí – dijo entonces – me temo que tendré que invitarlos a la comisaria.

Aquello puso de nervios a Fabricio.

– ¡No!

– ¿No, qué? – le espetó el policía, con un semblante serio

– Perdón – se disculpó Fabricio – Es solo que yo…

– Soy una puta – intervino Juliana

Aquello llamó la atención del policía, que le regaló una sonrisa a la chica.

– ¡Sí! – dijo entonces Fabricio – Pagué y…y realmente soy un hombre desesperado, si en mi trabajo se enteraran.

Su semblante debió parecer lo suficientemente patético, por que el policía llevó su mano al puente de su nariz y suspiró.

– De acuerdo – dijo – Pero, ¡hey! – dijo, dirigiéndose a la chica – ¿tienes algún número? – le preguntó, con un ademan de teléfono

La chica se lo dio, y él lo marcó en su celular ahí mismo. El tono del celular de la chica comenzó a sonar. El policía colgó la llamada y sonrió.

– Nos vemos pronto, putita – se despidió, alejándose de la ventanilla.

Fabricio y su hija arrancaron, entre risas nerviosas.

En casa de la madre de Fabricio, a mitad de la madrugada, Juliana salió a puntillas de su cuarto. Se dirigió sigilosa a la recamara de su padre, donde Fabricio la esperaba. Ella entró, y él se asomó al pasillo vigilando que su madre no se hubiese despertado.

Cerró con seguro, y se deslizó entre la oscuridad, hasta la cama, donde las tetas desnudas de su hija esperaban a sus labios y a sus dientes.

Follaron cuidadosamente, con el chirrido nervioso de la cama amenazando con despertar a la anciana. Terminó corriéndose en el coño de su hija, con una apasionada lentitud. Juliana besaba la frente de su padre y olía extasiada su cabello sudoroso mientras su coño se pasmaba al momento de recibir la leche de Fabricio.

Despertaron temprano, casi al mismo tiempo, con unas ganas locas de repetir lo sucedió en la noche. Juliana se abalanzó sobre su padre, quien ya tenía su verga lista para penetrar a la chica.

Entonces, mientras su hija cabalgaba sobre sus caderas, una idea cruzó por su mente.

Hizo que la chica se colocara de rodillas sobre un pequeño sofá, como la primera vez que la había penetrado.

Entró al baño y salió con una pequeña botellita de crema humectante.

– ¿Me dolerá? – preguntó, como si aquella fuera su única y ultima duda al respecto

– Un poquito – admitió él

Untó lo más posible aquel cerrado ojete, metiendo delicadamente un dedo para preparar el interior. Él también se engrasó el tronco de su verga, y puso especial énfasis en su esfínter. Se preguntó si Juliana estaría preparada para aquello, pero le parecía que era una chica tan nalgona que le pareció una situación para la que estaba hecha.

– Con cuidadito – pidió Juliana, mientras sentía la cabeza de su padre pujando contra su arrugado culo.

Fabricio no respondió, completamente concentrado en su esfínter desapareciendo a través del apretado pliegue.

– ¡Uyyy! – suspiró la chica – Cuidado papi.

Fabricio acarició cariñosamente los glúteos de la chica, tranquilizándola como si se tratara de una yegua. Siguió penetrándola, veía cómo la chica apretaba en sus puños la tela del sofá, pero ello no lo detuvo en su avance.

– Joder, papiiiiiii – insistió la chica, mientras la verga de su padre recorría los últimos centímetros

Entonces el sonido de una puerta abriéndose en el pasillo les recordó que no estaban solos. Juliana convirtió sus gemidos en respiraciones agitadas, mientras escuchaba lentos pasos bajando las escaleras.

– No pasa nada – la tranquilizó Fabricio, sin dejar de bombearle el orto – No pasa nada perrita.

Ella se entregó de nuevo, estudiaba la estructura del tronco de su padre atravesando su apretado esfínter, mientras se acostumbraba a la extraña convinación de dolor y exagerado placer que aquello provocaba.

Se esforzaba por mantener en voz baja sus gemidos y en la recamara se escuchaban más las respiraciones agitadas de su padre. Entonces él disminuyó el ritmo de las embestidas, y se inclinó para susurrarle al oído:

– ¿Te gusta, mi perrita?

– Sí – admitió la chica

– ¿Qué sientes?

La chica pareció meditar divertida su respuesta.

– Tendremos que hacerlo más seguido, para poderte dar mi opinión.

– Eso me gusta, zorrita – dijo él

– ¿A ti te gusta?

– Mucho.

– ¿Por qué?

– Me gusta como tu culito aprieta mi verga.

Ella sonrió, estaba a punto de decir algo.

Fue entonces cuando un par de golpes secos chocaron contra la puerta.

– ¿Fabricio?

Juliana giró a ver a su padre, abriendo la boca y ahogando sus ganas de reírse. Él estuvo a punto de salir corriendo de ahí, pero con su verga bien enterrada en el culo de su hija aquello no era factible. Trató de mantener la calma, y enseguida respondió.

– ¿Qué pasa mamá?

– Bueno – dijo – que no he visto a Juli, no está en su cuarto.

– ¿No? – preguntó, en un pésimo tono de sorpresa

– Ya la busqué por toda la casa.

– Bueno, debió haber salido a correr – le dijo, mostrándose despreocupado

– ¿Corre la niña?

– Para mantener la figura, dice ella – dijo, al tiempo que sus manos apretaban juguetonamente las tetas de la chica – ya sabes cómo son las chicas de hoy – Juliana giró la vista y le lanzó una divertida mirada acusadora

– ¡Ahhhh! – la confundida voz de la vieja pareció aceptar aquello como un argumento bastante valido – Bueno, es que quería que me ayudara en la cocina.

– Bueno – le ofreció – puedo marcarle para que regrese pronto.

– ¡No, no! – insistió entonces – Déjala, es que yo no sabía que corría, déjala.

– Vale – dijo Fabricio, esperando que se retirara

Pero seguía ahí, podían ver su sombra bajo el umbral de la puerta.

– ¿Estas ocupado?

– ¿Eh?

– Que si estás ocupado.

– ¡Ah! – se estaba desesperando, su verga perdía rigidez aún dentro del cálido recto de Juliana, ella también comenzaba a aburrirse – Bueno, mamá, cosas de hombres. También nos ponemos guapos.

Esperó que aquella respuesta fuera lo suficientemente extraña para mi madre.

– ¡Ay!, bueno, no me des más detalles. Sólo apúrale para el desayuno.

Por fin se retiró.

Regresó hacía su hija, pensó en que quizás era mejor dejar aquello por el momento. Pero sus intenciones fracasaron, miró la espalda de su hija, recorrió las pecas de su blanca espalda; sentía el ojete de la chica contrayéndose y dilatándose, como si estuviese respirando. Aquello fue suficiente para que su tronco se ensanchara entre aquellas paredes. Juliana lo invitó a continuar, con una mirada morbosa a la que él respondió de inmediato.

Las embestidas reiniciaron. Juliana sentía el éxtasis entrar y salir por su culo. Sentía que su coño se hacía agua, y se preguntaba cuantas veces se había corrido ya sin haberse dado cuenta siquiera.

No podía gritar, pero que ganas sentía. Su padre le estaba machacando el orto y ella convertía todo ese placer en gritos ahogados. Sus piernas se debilitaron, y su recto comenzó a vibrar lentamente, en espasmos que contraían y dilataban desordenadamente su esfínter. Sintió la inconfundible leche de su padre fluyendo sobre las lisas paredes de su culo. Aquel calor familiar la elevó al cielo, y por un momento sintió que flotaba, y que la verga de su padre no era más que un fuego instalado en lo más sensible de su ser.

FIN

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