El lunes avanzó con lentitud para Beatriz. Dejó el chat encendido todo el día y toda la noche, pero su Amo Alex no se ponía en contacto con ella.  Por los menos los pezones ya no le dolían y la piel de sus pechos se había recuperado después de que Silvia le pusiera las pinzas japonesas. Se moría de ganas de que su admirador secreto se conectara, que le siguiera dándole órdenes, que la siguiera usando y humillando en público. Aquello era una fuente de vergüenza, placer y dolor como nunca pudo imaginar.

Estaba escribiendo en el ordenador el martes a medio día, cuando por fin su Amo se puso en contacto con ella.
“Buenos dias, zorrita”
Beatriz notó como se le aceleraba el pulso al momento.
“Buenos días, Amo”
“El fin de semana pasado lo hiciste muy bien presentando las noticias. Fuiste muy sumisa y obediente, me gustó. Espero lo mismo, y más, el próximo fin de semana”
“Haré todo lo que quieras, Amo”
Mientras escribía, Beatriz sentía que era sincera con lo que tecleaba, era capaz de cualquier cosa, y aquello la excitaba más de lo que había vivido nunca.
“Bien, porque tengo planes para ti. Ya sabes que me encantan esos bodys negros que tienes. Ya te has puesto dos…pero queda el tercero…solo te lo he visto puesto una vez…seguro que sabes de cual te estoy hablando”
Beatriz cerró los ojos, de gusto y de pánico. Aquel tercer body era lo más indecente que  se había puesto nunca, comprado en un momento de calentura, fantaseando con la idea de ponérselo más que en ponérselo realmente. La única vez que se lo puso había sido todo un show. Toda la tela del body era simplemente un finísimo velo oscuro que se pega a su cuerpo, con algunos pequeños encajes negros en forma de arabescos que no ocultaban nada; apenas eran una excusa para disimular un poco los pezones. Aquello, e ir desnuda, era casi lo mismo. Todavía recordaba la única vez que se lo puso. Las miradas de su ayudante de cámara, del personal del estudio. Y lo mejor fueron luego los comentarios guarros e indecentes en los foros de mujeres guapas de televisión. Había cientos de capturas de fotos, y varios videos. Aquello hizo que su coño se inundara en sus propios jugos, sabiendo que su imagen casi pornográfica era vista y admirada por miles de hombre.
“Sí, Amo, se cual es”
“Perfecto. Pero quiero que vayas a tono con ese body. Así que esta tarde a la siguiente dirección, y preguntarás por Marcos. Él tiene instrucciones para ti. Las seguirás al pie de la letra. Ya hablaremos esta noche”.
Beatriz, con el corazón acelerado, anotó la dirección y se despidió de su Amo.
La cabeza le daba vueltas, entre excitada y nerviosa, ante la incertidumbre de lo  desconocido. ¿Debería seguir jugando a este juego tan peligroso? Pero ya casi no podía dar marcha atrás, menos después de los numeritos montados dando las noticias, después de dejar que su compañera Silvia la usara y la humillara, después de dejar que su jefe se la follara como a una perra en el camerino…no podía dar marcha atrás…no quería dar marcha atrás, porque en el fondo, todo aquello, su humillación, su entrega, el dolor….todo la excitaba y la daba un placer inmenso.
Así que no lo pensó mucho más. Se puso un tanga rojo a juego con el sujetador rojo que dejaba a la vista sus pezones y se puso una falda no muy larga. Se sentía excitada con  la situación desconocida que iba a vivir, y decidió ponerse una blusa suave y fina, lo suficiente para transparentar un poco sus pechos. Le gustaba como la tela rozaba ligeramente sus pezones. Cada vez le gustaba más exhibirlos.
Salió de su casa para cumplir con las instrucciones de su Amo.  Se montó en el coche y dejó que el GPS la fuera guiando. El coche avanzó por un barrio de las afueras de ciudad al que no solía ir nunca. Tenía que estar muy cerca, y llegó hasta la calle que buscaba. Aparcó en cuanto pudo y se puso las gafas de sol. No quería que la reconocieran, y se puso a caminar buscando el número. Menos mal que no se había vestido excesivamente provocativa porque habría desentonado allí.
Buscó el número 37, que era donde tenía que ir.
Primero pasó por un supermercado, luego por una tienda de animales, una agencia de viajes, un  negocio un poco estrafalario…No veía los números. Cuando llegó a un portal de una vivienda, vio que era el 39.
Se volvió. Pues entonces tenía que ser en el negocio raro…Miró la tienda, llena de dibujos en la cristalera, con un rótulo: Tattoo & Piercing.
Se mordió los labios, desesperada. Sí, su Amo la quería marcar de alguna manera. Se puso más nerviosa, pero su vagina seguía encharcada, y la sensación de nerviosismo la mataba de placer.
Abrió la puerta y entró.
No había ningún cliente, solo el dependiente. Un chico joven, de veintitantos años, con pinta de hippy, pelo largo y barba de dos días. Bastante atractivo, a pesar de todo, pensó Beatriz. El chico la miró con cara divertida, y le sonrió de manera insolente.
– ¿Sí, quieres algo?
– Verás, ¿es este el número 37?
– Si, pero la agencia de viajes es más atrás, por si te has equivocado.
– No, no me he equivocado, si este es el 37. Este es el sitio que me ha dicho mi…que me han dicho que venga…¿eres Marcos?
 


– Ah, una amiga de Alex….Te estaba esperando. Tú eras la de la tele el otro día, ¿verdad…zorrita?

Beatriz tragó saliva, enrojeciendo al momento, notando como otro desconocido también la humillaba…y la vergüenza que estaba pasando le encantaba.
– Si, Marcos.
– Bien, Alex me dijo que vendrías. Me dijo que tenía un encargo para ti. Ven conmigo…
– Pero, yo no se…
El chico la miró con cara de fingido disgusto.
– ¿No querrás disgustar a tu amo? Así que se obediente y sígueme.
Beatriz respiró profundamente. Su vida se le iba escapando de las manos poco a poco. Pero perder el control era tan excitante, que no quería parar.
– Si, Marcos.
El  chico abrió una puerta y entró una habitación pequeña, seguida de Beatriz. Parecía una extraña consulta médica.
El chico la miró con una sonrisa irónica y le habló con naturalidad.
– Quítate la blusa.
– Pero, es que….
Sin previo aviso, Marcos le dio un guantazo en la cara, y Beatriz se quedó sin habla, sorprendida, sin poder reaccionar.
– Mira, zorrita, las cosas las digo una vez, no me hagas repetirlas. Como no colabores, ahora mismo te vas, y luego le cuentas a tu amo lo que quieras, ¿me entiendes, esclava? Porque si estás aquí de parte de Alex es que eres su esclava, y que yo sepa, lo único que hace una buena esclava es obedecer a su amo.
Beatriz se mordió los labios desesperada. Sólo queda humillarse y entregarse a aquel muchacho que casi podía ser su hijo…pero empezaba a disfrutar de la sumisión, notando la adrenalina circulando alegre por su cuerpo. Bajó los ojos y contestó en voz baja.
– Lo siento, Marcos.
Mientras hablaba se fue quitando los botones de la blusa, notando como su vagina se iba humedeciendo. Un momento después, estaba en sujetador delante del chico, muriéndose de una vergüenza deliciosa al mostrar un sujetador tan sexy que no tapaba los pezones, y casi nada de los pechos; solo los sostenía, y poco más.
Marcos sonreía, disfrutando con lo que veía.
– Uhmm, que apropiado para venir aquí, Quítatelo.
Beatriz respiró aceleradamente. ¿Cómo podía estar haciendo esto? Era imposible, pero al mismo tiempo tan maravilloso. Con las manos buscó el broche de la espalda, y nerviosa lo soltó. Un segundo después sus pechos estaban completamente al aire, desafiantes, con los pezones oscuros y erectos. La vagina ya se le estaba poniendo a punto de caramelo.
Marcos, con manos expertas, se puso acariciar los pechos, notando su textura, su flexibilidad, jugó con los pezones y los acarició suavemente.
– Vaya, zorrita, parece que te gusta. Estás hecha una calienta pollas con los numeritos que montas en la tele.
Beatriz no decía nada, disfrutando de las manos del joven sobre su cuerpo, excitándose con las guarradas que le decía.
– En fin, los negocios son los negocios.
Marcos dejó de acariciarla.
– Tu Amo quiere marcarte, y para hacerlo más divertido lo va  a dejar al azar y en tus manos. Vamos a tirar una moneda, y si sale cara, te haré un tatuaje en el pecho con su nombre, y si sale cruz, te haré un piercing en los pezones. ¿Está claro, esclava?
Beatriz lo miró nerviosa. Aquello no podía estar pasando. Un tatuaje grabado en su piel era para siempre, y un piercing era algo que nunca se le había pasado por la cabeza. Pero ella ya cada vez controlaba menos su vida. Contestó antes de que la abofeteara otra vez.
– Si, Marcos.
El muchacho sacó una moneda del bolsillo y la puso en la mano insegura de Beatriz.
– Lánzala.
Beatriz suspiró, angustiada.  Le doy varias vueltas a la moneda en la mano, y por fin la lanzó al aire. La moneda cayó y rebotó un par de veces en el suelo.
Marcos miró la moneda.
– Cruz. Te han tocado dos preciosos anillos en tus pezones. Yo prefería hacértelo en el clítoris, pero tu amo piensa que se ve poco en la tele…al menos de momento.
Beatriz lo miró con los ojos abiertos. ¿Llevar dos anillos en los pezones? Pensó en cómo iba dar las noticias así, exhibiéndose con ellos, porque eso es lo que quería su amo. Aquello le desbordó el pánico y la vergüenza….pero sin poder evitar dejar de disfrutar del camino de destrucción de su personalidad, de entrega de su voluntad. ¿Y cuando fuera a la playa, a ella, que tanto le gustaba hacer topless? Aquello tendría muchas implicaciones en su vida. Todavía podía salir corriendo de allí, no obedecer, dejarlo todo, no seguir adelante…pero una parte dentro de ella decía que sí, que lo hiciera, y esa parte era cada vez más fuerte que el sentido común.
– Sí, Marcos, ¿qué hago?
– Túmbate boca arriba  en esta camilla.
Beatriz lo hizo, pensando en el dolor, en el mal trago que iba a pasar, mientras Marcos se ponía guantes quirúrgicos y cogía pinzas y agujas.
– Ahora relájate.
Marcos empezó a manosear uno de los pezones. Lo limpió y lo agarró con unas pinzas, haciendo que la punta del pezón erecto quedara bien accesible. Después clavó la aguja, en un movimiento rápido y decidido; Beatriz apretó los dientes y soltó un grito débil, sintiendo el pinchazo agudo, y luego el frío de algo metálico atravesando el pezón de parte a parte. Respiró hondo, mientras su cuerpo liberaba endorfinas para amortiguar el dolor.  Casi sin tiempo para darle tiempo a pensar, Marco cogió el otro pezón con los pinzas y lo atravesó con la aguja. Beatriz apretó los dientes con fuerza, pero no pudo evitar dar un grito largo y fuerte. Esta vez dolió más que la primera vez, porque Beatriz ya sabía lo que venía. De nuevo sintió el metal cruzando su pezón. Se mareó un poco.
– Ya está, me ha quedado perfecto. No te muevas.

Marco cogió unos alicates y apretó un poco los anillos de acero.

– Uhmmm, realmente estás preciosa. Espera un par de minutos a que se te pase el mal cuerpo.
Beatriz cerró los ojos. Al final, no había tan terriblemente doloroso como ella se temía.  El dolor  sordo estaría allí bastante tiempo, y sus pezones tardarían algunas semanas en curarse del todo, tendría que tomar antibióticos para prevenir infecciones… Pero su cabeza no dejaba de dar vueltas. ¿Pero que estaba haciendo? Aquello ya no era ponerse ropa más o menos sexy para un admirador, era modificar su cuerpo para su Amo. Notaba que había emprendido un camino sin retorno, sin saber todavía el final, pero tan excitante, que no quería dejar de recorrerlo.
– Siéntate en la camilla.
Beatriz lo hizo. Justo en frente, sin necesidad de moverse, tenía un espejo que cogía casi toda la pared.
Se quedó boquiabierta al mirarse. Sus pechos desnudos estaban tan espectaculares y hermosos como siempre; grandes y firmes,  inspirando el deseo de que se los cogieran y se los acariciaran. Pero ahora cada pezón oscuro estaba atravesado por un anillo de acero inoxidable brillante, grueso, y relativamente grande, de un centímetro de diámetro. Los extremos de cada anillo terminaban en dos bolitas de acero, juntas gracias a haberlas apretado con los alicates, situadas en la parte inferior de cada anillo. Sus pechos anillados tenían un nuevo aire de atrevimiento, de lujuria, de deseos perversos e inconfesables….los mismos que ella sentía. Eran como una declaración sin palabras de su nueva naturaleza de esclava, de sumisa obediente dispuesta a satisfacer las órdenes de su Amo.
Casi no había restos de sangre, solo irritación de la piel. Pero el dolor no se iba tan fácilmente. Marcos acarició los anillos ligeramente, comprobando que estaban en su sitio.
– Has quedado muy bien. Seguro que tu Amo se queda contento con el trabajo.
– Gracias, Marcos.
– No te pongas el sujetador. Es mejor que durante varios días la ropa los roce lo menos posible. Ven conmigo a la entrada.
Beatriz guardó el sujetador en su bolso y cogió la blusa. Se la fue a poner, pero decidió no hacerlo. Marco no le había dado permiso para ponérselo, y además le excitaba estar en la entrada con sus pechos desnudos…¿y si había alguien allí esperando a que saliera Marcos? De repente, tenía una necesidad imperiosa de exhibirse. Así que siguió al chico hasta la entrada.
Entre aliviada y decepcionada, vio que no había nadie. Marcos la miraba con cara divertida, viendo que Beatriz no se ponía la blusa.
– Bueno, zorrita, te tomas muy en serio esto de que nada toque tus anillos. Pero me tienes que pagar…son cien euros.
Beatriz, buscó en su bolso. Tenía solo 40 euros en billetes.
– No tengo mucho en efectivo, no sabía que iba a hacer esto. Pero tengo varias tarjetas…
Mientras hablaba sacó toda una colección de tarjetas de crédito. Pero Marcos negó con las manos.
– No, no, yo solo cobro en efectivo. Te tendré que cobrar parte en efectivo y parte en negro. Dame los cuarenta euros.
Beatriz se los dio, expectante. ¿Cómo que en negro? El joven se acercó y la agarró de la barbilla y la miró a los ojos, con una sonrisa de lujuria.
– Y ahora el resto me lo pagas en negro…
Beatriz tuvo solo un momento de duda, lo suficiente para que Marcos la abofeteara con fuerza. Marcos habló con dureza.
– Vamos, una esclava como tú sabe perfectamente lo que tienes que hacer. Me pagas con tu cuerpo. Desnúdate entera.
Beatriz sintió el pánico desbordándola, y el corazón empezó otra vez a latir desbocado…ahh, pero la excitación era tan intensa. Miró un momento a la puerta de cristal de la tienda, y al escaparate también de cristal, cubiertos por varios dibujos de tatuajes y letras de anuncio. La gente pasaba continuamente por delante. Cualquiera que se parase a mirar el escaparate fuera vería perfectamente lo que pasaba dentro. Aquello la excitó más, pero pensó en el morbo del riesgo, en el que entrara alguien, en que se parase alguien fuera, como si aquello fuera un escaparate del barrio rojo de Ámsterdam…y a pesar de todo, todavía se excitó más y más con lo que se imaginaba que podría ocurrir. Cada vez disfrutaba más humillándose, exhibiéndose y entregándose.
– Lo siento, Marcos. Ahora mismo te pago.
Sin decir nada más, se quitó la falda. Después se quitó el tanga, muerta de vergüenza y de agobio, mientras Marcos se la comía con la mirada, dejando su coño depilado a la vista.
El muchacho, siempre tan profesional, aprovechó para pasar una mano por su vagina, buscando su clítoris, y lo masajeó un poco.
– Uhmmm, grande y hacia fuera, te quedaría perfecto otro piercing. Ya lo hablaré con Alex más adelante.
Beatriz cerraba los ojos, estremeciéndose de placer con el tacto de los dedos acariciando su sexo, y disfrutando con lo que decía Marcos, llena de pánico por si entraba alguien…
Marcos la dejó de acariciar.
La miró, chasqueó los dedos y señaló el suelo. Sin que le dijera nada, Beatriz se arrodilló delante del muchacho, y fue desabrochando el cinturón y los botones del pantalón vaquero. Se los bajó hasta las rodillas. No llevaba calzoncillos, y la verga salió disparada en cuanto quedó libre. Cada vez le gustaba más su papel en su nueva vida, ser un objeto sexual para el disfrute de los demás. Con ansia se metió la polla en la boca, disfrutando su olor fuerte, la dureza extrema, el buen tamaño y grosor de aquella polla joven. El chico la agarraba del pelo, para poder metérsela en la boca bien hondo. La tuvo así varios minutos.
– Joder, zorrita, pero que bien lo haces. Además de una calienta pollas también eres una gran chupa pollas. Ponte a cuatro patas….
Beatriz se sacó la polla con cierto disgusto, todavía sin acabar de creerse lo que estaba haciendo allí a plena luz del día. Pero se puso a cuatro patas al  momento.
– Ponte mirando hacia el escaparate, zorrita….
Beatriz escuchó aterrada lo que decía, pero obedeció al momento. Con la luz de fuera, el cristal hacía a la vez un poco de espejo. Veía su imagen reflejada, su pelo corto rubio, su cara, su cuerpo desnudo… y sus pechos colgando, con los pezones perforados con los anillos plateados. Tenía que reconocer que estaba imponente. Y cualquiera que estuviera fuera también la vería así. Aquello la llenó de pánico…y de lujuria. Cualquiera vería lo zorra y puerca que era. La gente pasaba por delante; chicas solas, madres con niños, hombres, chicos jóvenes solos o pequeños grupos…Cerró los ojos un momento…No, no podía estar haciendo todo esto.
Pero reflejado en el cristal del escaparate vió que Marcos ya estaba colocado tras de él. Y un momento después sintió la polla apretando contra la entrada de su vagina  hambrienta de deseo, caliente y jugosa. Luego vio las dos manos del chico agarrando su cintura… Se abandonó a la sensación de aquella polla deliciosa penetrándola con decisión.
Marco la penetraba con brío, moviendo las caderas con movimientos bruscos, haciendo que su polla se fuera clavando con fuerza, cada vez más profundo en su coño. Con cada  envestida, los pechos de Beatriz rebotaban ligeramente, y el placer de su vagina llena era seguido al momento por el suave dolor de sus pezones perforados. Aquello era dolorosamente delicioso. Beatriz chorreaba de gusto, viéndose reflejada en el cristal, como si fuera ella la actriz de su propio número porno.  Deseaba que la usaran, deseaba que se la follaran sin piedad, deseaba que la exhibieran…
Cuando estaba ya al borde del orgasmo bestial que iba a tener, sucedió lo que temía y deseaba al mismo tiempo.  Un grupo de chicos, tres o cuatro, pasó por delante del escaparte. Uno de ellos miró hacia dentro y se quedó parado de golpe. La mirada sorprendida del chico atravesó el cristal y miró directamente a los ojos de la mujer que veía dentro desnuda a cuatro patas. Beatriz sintió morirse de pánico, de vergüenza…y de placer. El orgasmo empezó a crecer dentro de ella, listo para explotar en cualquier momento, sin que Marcos para de bombearla en ningún momento.
El  chico de fuera, parado, llamó a sus amigos. Al momento  aparecieron sus otros tres amigos que se habían pasado de largo. Todos se pegaron al cristal, con caras de asombro, de risas lujuriosas, de agradable sorpresa. Todos mirando a Beatriz a través del cristal; Beatriz, periodista, presentadora de televisión, a sus cuarenta años, desnuda, con sus pezones perforados, y siendo follada sin compasión.
Marcos seguía a lo suyo. Si se había dado cuenta que los miraban, o no lo sabía, o lo de daba igual.

Pero Beatriz se sentía realmente como una puta, degradada ante la mirada de los chicos, sin poder evitar aquello, y al mismos tiempo tan excitada que no quería que aquello acabara.  ¿Qué más podía ocurrir para excitarse más?

Como si le leyeran en el pensamiento, los chicos abrieron la puerta  y entraron todos dentro, entre risas y silbidos. Beatriz ya no podía ni pensar, entre lágrimas de frustración, pensando en lo poco que valía como persona, y una pequeña sonrisa de satisfacción por lo bien que se estaba comportando como una esclava sumisa.
Los chicos cerraron la puerta, dispuestos a disfrutar del show en directo.
– Joder, Marcos…vaya numerito que te estás montando con esta madurita.
– Eres un egoísta, tío, follando a lo grande sin avisar…
– Pero que perra tan buena te has buscado esta vez…seguro que es una de esas putas sumisas de tu amigo Alex.
–  Parece que hemos llegado en el momento oportuno, porque la puerca esta parece que se va a correr en cualquier momento.
Marco se rió en voz alta, negando con la cabeza, sin dejar de follarse a Beatriz ni un momento.
– Anda, dejadme que me corra a gusto…
Los chicos siguieron haciendo comentarios obscenos y silbando, jaleándolos. Beatriz se daba cuenta que para todos ellos, ella no era nada, ni una persona con una vida privada, con su trabajo, sus problemas, sus preocupaciones…no, no era nada, solo un  cuerpo, solo un coño que follar para que ellos se corrieran y disfrutaran…y le encantaba ser solo eso, aquello disparaba todavía más su deseo.
El primero de los chicos, el que se había dado cuenta de todo, tenía ganas de jugar.
– Déjame por lo menos que me folle su boquita.
Marco no estaba para muchas conversaciones, notando el placer que le mataba de gusto.
– Joder, haz lo que quieras, pero déjame en paaaaz….
El chico miró otra vez a Beatriz,  con los ojos vidriosos de deseo, y ella sostuvo un momento la mirada, pero luego la agachó, sabiendo que no tenía elección. El muchacho se desabrochó al momento el pantalón, se bajó los boxer, y se arrodilló delante de la cara de Beatriz.
– Seguro que a una zorra como tú, le encanta esto….
Beatriz abrió la boca, dispuesta a que otro agujero de su cuerpo estuviera lleno de polla. Eso era ella, así se sentía, solo como agujeros para dar placer. Seguro que no era la primera mujer que se  follaban en la tienda, ella era una más del montón. El chico le metió la polla ya tiesa en la boca, y Beatriz lamió, chupó, tragó…
Los otros amigos no paraban de jalearlos.
– Pero si están haciendo el trenecito….que bien engancha por delante y por detrás.
– Esta es de las más puercas que has tenido nunca, Marcos…joder con la cuarentona, que caliente está, no se cansa de tanta polla.
Cuanto más degradada se sentía Beatriz por lo que hacía, por los comentarios que escuchaba, más excitada se sentía. La polla de Marcos ya no podía más, y el muchacho apretó los dientes, y la penetró con violencia, bombeándola a toda velocidad, gruñendo de gusto en cuanto sintió que se estaba corriendo. Beatriz sentía el calor de su leche regándola por dentro. Le faltaba tan poquito para tener un orgasmo brutal…pero Marcos se la sacó, y ella se quedó desesperada chupando la polla que le llenaba la boca. No, no podían dejarla así…
– Pobrecita, parece que se ha quedado con las ganas.
– Pero eso se soluciona al momento.
Antes de que se diera cuenta, otro chico había ocupado la posición de Marcos, y una nueva polla dura e impaciente apretaba contra la entrada de su vagina, y al momento, entró entera, llenándola. Beatriz soltó un suspiro de alivio y de gusto.
– Pero que zorra…..solo quiere polla y más polla.
El chico de su boca estaba ya a punto. Beatriz sentía su polla rígida a punto de explotar, su glande hinchado entrando y saliendo de su boca con gula, y al momento, mientras el muchacho dejaba escapar un largo gemido, su boca se llenó de su leche pastosa y caliente. Beatriz fue tragando y chupando, mientras el joven seguía follándole la boca despacio, recreándose en el placer.  La polla nueva en su coño la taladraba sin piedad dándole un placer enorme, el dolor de los pezones anillados no se iba, pero se mezclaba con el placer, y la combinación era sencillamente maravillosa.
Los otros dos chicos que estaban mirando, también querían su porción de placer, así que se sacaron las pollas y empezaron a meneársela encima de la espalda de Beatriz, dispuestos a correrse por lo menos sobre ella.

Beatriz cerró los ojos, notando como el orgasmo llegaba en oleadas, una tras otras,  cada vez más grandes, y ella gemía con la boca llena, disfrutando de un placer tan intenso como no había tenido en su vida, todo su cuerpo estremeciéndose de gusto. Poco a poco el placer se fue apagando, y se quedó quieta, satisfecha, mientras el otro muchacho la embestía ahora con fuerza, y se corría también en su coño. Cuando pensaba que todo había terminado, de improviso, sintió también la leche caliente de los otros dos chicos que estaban de pié cayendo a chorros sobre su espalda, regándola de arriba abajo.

Unos momentos después, su boca y su coño se quedaron vacíos. Durante unos segundos nadie dijo nada. Beatriz no sabía que hacer, así que se quedó allí a cuatro patas, como si fuera un mueble más de la habitación, sin atreverse a hablar, ni a mirar ni a nada.
Los muchachos acabaron de vestirse. Es como si ella no estuviera allí, al menos como persona. Si, pensó Beatriz, realmente  no soy nada para ellos.
– Joder, Marcos, gracias por este rato tan bueno.
– Si viene otra vez por aquí esta zorra, avisa, que da gusto follársela.
– Si que da gusto encontrar una perra que le guste todo.
Beatriz seguía inmóvil. Nadie le habló a ella, nadie se preocupó por ella. Sí, se daba cuenta que para aquellos jóvenes, ella solo era una puta más a la que follarse. Nunca se había sentido tan degradada…y nunca se había sentido tan extrañamente feliz.
La puerta se abrió, y los chicos se fueron.
 El silencio seguía dentro de la tienda.
– Levántate, zorra.
Beatriz lo hizo, notando en dolor en las rodillas y los codos, con las embestidas de los chicos. La sensación de sumisión era tan grande que no se atrevía a mirar a Marcos. El muchacho le tiro la blusa.
– Mejor no te pongas el sujetador, solo la blusa.
Beatriz los hizo, notando como los pezones anillados  y doloridos se notaban a través de la tela. Al ponérsela notó como la tela de la espalda se manchaba con el semen que la cubría. La sensación era tremendamente desagradable.
Luego Marcos le lanzó la falda.
– No te pongas el tanga rojo…me lo quedo de recuerdo.
Beatriz no dijo nada, notando como el semen líquido le goteaba también de la vagina, formando un caminito que iba bajando lentamente por sus muslos. Se sentía sucia. Hasta un puta se limpiaría después de que se la follaran…pero ella era una esclava, menos que una puta. Así que se puso la falda y luego los zapatos y el bolso.
Pero no se fue. Se quedó allí quieta. Porque una esclava no tiene iniciativa, siempre espera órdenes.
Marcos la miraba satisfecho.
– Tienes buenas aptitudes para ser una buena esclava. Se ve que Alex está haciendo un buen trabajo contigo.
Beatriz sonrió agradecida.
– Gracias Marcos, por anillarme y por follarme tan bien con tus amigos.
No podía creerse lo que estaba diciendo.
– Espero que nos veamos algún otro día…me encantaría ponerte otro piercing en tu clítoris.
Beatriz sonrió otra vez. Se sentía atrevida y con ganas de seguir con aquel juego. Desde la puerta se volvió antes de salir.
– Y yo de pagarte…todo en negro.
Beatriz caminó hasta el coche, sintiendo sus muslos pringosos y húmedos mientras caminaba por la calle, siendo consciente de sus pezones perforados, mandando al caminar una pequeña señal de dolor a cada rebote de sus pechos. Sentía que todo el mundo la miraba, que todo el mundo notaba que iba llena de semen por su piel, por su vagina, por sus piernas, notaba que todo el mundo con el que se cruzaba notaba los anillos de sus pezones contra la blusa. Era una pesadilla caminar así hasta el coche, y a pesar de todo, la vergüenza era de lo más dulce que podía sentir. Notaba que ahora no era la misma persona que había entrado en la atienda. Ahora era capaz de aceptar cualquier orden sexual de alguien que la dominara.

Se montó en el coche y se fue hasta casa, con la mente como flotando en una nube, asimilando todo lo que había vivido. Cuando llegó, vio que el chat estaba encendido. Se seguía sintiendo sucia, con ganas de darse un buen baño. El semen se había secado, tenía los muslos pringosos hasta las rodillas. La blusa estaba para lavarla. La sensación era repugnante, pero le complacía estar así por orden de su Amo, que le había permitido tener una tarde única. No se limpió todavía y chateó con él.

“Hola zorrita”
“Hola Amo”
“¿Encontraste a Marcos?”
“Si, Amo. Se portó muy bien conmigo”
“Al final, ¿qué te hizo?”
“ Piercing en los pezones. Gracias por ponérmelos, Amo, son preciosos”
“¿Te cobró mucho?”
“Le pagué todo lo que me pidió…fue un buen precio, que yo pagué con gusto”
“Descansa estos días, zorrita. Espero que el dolor se baje un poco de aquí al sábado, cuando te toca dar la noticias otra vez”
“Amo…¿me podría duchar? Estoy llena de semen por toda partes…”
“Jajaja…este Marcos y sus amigos, son insaciables. Me gusta que me hayas pedido permiso. Es una buena cualidad en una esclava. Como premio, te dejaré que te duches….”
“Gracias, Amo”
“…que te duches mañana. Esta noche dormirás desnuda así”
Beatriz suspiró.
“Así lo haré. Gracias Amo”
El chat se desconectó.
Beatriz se desnudó, luchando contra el impulso de ducharse. Se tumbó en la cama, boca arriba, asqueada de si misma, pero poniendo a prueba su obediencia a su Amo. Lo último que recordó antes de quedarse dormida fue el dolor de sus pezones anillados.

 

(Continuará…)