LA OBSESION 2– Dime hija, ¿cuáles son tus pecados?

imagen05 (1)– Pues… ayer a la noche me sentí mal porque llegué a casa un poco más tarde de lo que prometí a mi madre y ella se enfadó.

El sacerdote suspiró al otro lado.

– ¿Nada más?

– No, he obrado correctamente desde ayer a la tarde que vine a confesarme, nada que se desvíe del camino del Señor… – contó la chica al otro lado del confesionario.

– Es que no creo que pueda considerar eso un pecado, Iria. Pero para que te quedes más tranquila te lo confesaré y te mandaré la penitencia de un Ave María.

Al cabo de un minuto, la chica recién confesada estaba de rodillas en uno de los bancos de madera de la parroquia, con las manos cruzadas sujetándose la frente mientras rezaba en silencio. Parecía muy concentrada, y la cara reflejaba también que estaba arrepentida y que quería quitarse la sensación de dolor que había hecho ante Dios cuanto antes.

El cura la miraba desde el interior del confesionario. Aquella chica, Iria, era con toda probabilidad la creyente más piadosa de la Iglesia. Mucho más que las abuelas más tradicionales. Iria, a sus 20 años, iba a diario a la iglesia a asistir a la misa y se confesaba siempre que los confesionarios estaban disponibles, con lo cual la chica se confesaba casi todos los días. No daba tiempo a que los pecados se acumulasen, como él bien sabía porque la confesaba, pero es que además la rectitud del alma de Iria hacía que se alejase del pecado de una forma firme, no la solía ver pecar y casi todas las confesiones eran tan absurdas como la de aquél día.

Iria había terminado la oración, se echó para atrás y se sentó en el banco, allí, en silencio, mientras charlaba con Dios. A esas horas sólo ella y el sacerdote estaban en la parroquia. Iria solía quedarse unos minutos así, sumida en sus pensamientos.

El sacerdote sabía que, en aquél barrio desestructurado, Iria era casi un milagro. Llevaba siendo encargado de la parroquia varias décadas, y había visto como la zona había ido a peor por culpa de las drogas, del sexo generalizado y de otras conductas que alejaron a los jóvenes y no tan jóvenes de la religión. De manera que la Iglesia se había quedado al margen de la realidad, allí iban sólo en las misas oficiales algunas familias y muchas personas de la tercera edad. Y por supuesto, Iria. Pero nadie más.

Era curioso ver entre gente tan mayor o entre niños tan pequeños que asistían a la misa a la única chica joven que allí estaba sentada en el banco hablando con Dios. Iria cumplía incluso con tareas litúrgicas, daba catequesis y leía en los sermones. Iria se sentía muy integrada en la fe, como no paraba de contarle al sacerdote, y era el alma, casi el signo de la parroquia.

De esa forma, las visitas diarias de Iria a la parroquia, sus confesiones, sus preguntas al sacerdote y sus favores ofrecidos habían ocasionado que el cura conociese a Iria tan bien como lo hacían sus padres. Sus padres no eran tan devotos como ella aunque acudían los domingos, y sabían que era frecuente que su hija pasase la vida entre las paredes sagradas del Señor, cosa que sí les dejaba tranquilos, era decididamente una afición mucho mejor que seguir a la juventud del barrio en sus orgías y hábitos de drogadicción que cada vez iban a más. Pero Iria era muy diferente a los de su quinta, esas cosas no parecían ir con ella pese a que tenía amistades de ese tipo. Ella pasaba el tiempo que los otros dedicaban a la fiesta y a las relaciones sexuales desordenadas a pasar el tiempo en la Iglesia, mejorando cada día su fe.

Y allí, mientras Iria seguía sentada en el banco mirando al sagrario, el mientras el sacerdote alababa su ejemplaridad en la mente, otro tipo de pensamientos aparecieron también en la mente del cura. Otros que ya habían aparecido otras veces, y a los que un cura debía resistirse, pero como hombre no siempre podía. Al fin y al cabo, él vivía dentro de la Iglesia, un lugar casi incomunicado, y como ya se ha dicho, la ejemplar Iria era la única chica de buen ver que había cerca. Bueno, la única chica en realidad. Pero estaba de muy buen ver, y eso hasta Dios tenía que reconocerlo. Era algo enfermizo, sí, pero el cura sabía bien que Iria era la única pieza del deseo que había a su alcance, la única que se acercaba allí donde él echaba casi todas las horas de su vida, y uno no podía quedarse de piedra ante aquella mujer que aún lucía la belleza de una adolescente.

Cuando Iria entraba en la Iglesia, el padre sabía que era ella. Era su forma de andar y de moverse. Había en Iria algo espectacular que se dejaba entrever hiciese lo que hiciese. La chica vestía siempre de una forma muy recatada, no en vano pasaba su vida metida en la Iglesia, pero aun así, la belleza de su cuerpo era tan tangible como la belleza de su rostro. El padre conocía a la perfección los rasgos físicos de la creyente y se la imaginaba sin problemas incluso cuando ella no estaba delante de él.

Iria era una preciosa chica de piel bañada por el sol, con un pelo largo y oscuro que le caía por la espalda y que solía ir recogido en forma de coleta. Destacaban ya desde la distancia unos preciosos y brillantes ojos verdes de tonalidad clara combinados con unas armoniosas facciones en el resto de elementos de su rostro: una boquita fina que escondía unos dientes blancos relucientes, una nariz también pequeña y unos pómulos suaves que le daban una cara angelical y tierna, denotando la juventud y la pureza de Iria. De cuerpo esbelto y recto, la chica era también alta y andaba meneando sus caderas de una forma muy sensual y femenina. Pese a ser una figura tan estilizada, estaba dotada de unos pechos enormes que no conseguía disimular bajo su ropa por muy recatada que vistiese y por mucho que intentara apretarlos contra ella, unos pechos que deberían pesar los suyo. Aunque vistiera siempre con pantalones anchos, era evidente el culo que sobresalía y que también era de considerables dimensiones, y las piernas que lo sostenían eran largas y fornidas. Iria era una preciosa muñeca morenita de piel, aunque el sacerdote se preguntaba si ciertas partes de su cuerpo serían igual de morenas. Un ángel materializado en la Tierra.

Iria poseía también una preciosa voz dulce de terciopelo con la que era capaz de derretir a cualquiera. Y el padre sabía, por su condición de sacerdote confesor, cosas prohibidas sobre Iria. Pese a todas las confesiones, Iria jamás había mencionado el sexo entre sus pecados. Pero ni siquiera mencionó nunca pensamientos impuros. Iria había ido a una escuela donde sólo había chicas, por lo cual parecía probable que ni se hubiese enamorado nunca ni conociese a los chicos de cerca. El sacerdote incluso imaginaba que no sabía apenas nada del cuerpo de los hombres. Tampoco Iria mencionó haberse tocado alguna vez para darse placer. Todas estas cuestiones, que extrañaban al sacerdote, habían sido objeto de preguntas por parte del cura, pero Iria las negó constantemente. Sabía que Iria no mentiría al dar testimonio ante Dios, por tanto, Iria se conservaba virgen y estaba totalmente alejada del sexo y los pensamientos impuros.

Y eso, se quiera o no, excita. Que una mujer de la edad de Iria, pudiendo ser una gran zorra con ese cuerpo, que una chica así se cierre al sexo, llama la atención. Y al padre que la ve todos los días también le llama la atención. Iria, inconscientemente, daba un mensaje hacia la sociedad trazando una línea para protegerse del sexo, y eso era muy excitante. Daban ganas locas de poseer aquél cuerpo virginal y casto de Iria y sacrificarlo, pensaba el sacerdote, daban ganas de desvirgarla y derramar su sangre virgen como ofrenda ante Dios…. Sí, unos pensamientos así inundaban la mente de aquél sacerdote, que no podía soportar tampoco la presión de mantener juramento de celibato durante el resto de su vida. Tenía sus propios deseos sexuales, inherentes a cualquier hombre.

Y tenía a Iria delante de él cada día. Probablemente, la tenía más cerca de él de lo que cualquier otro hombre la tendría jamás. Y a veces por ello pensaba que debía aprovechar la oportunidad, que Iria tarde o temprano se desviaría del camino sagrado y perdería su virginidad tan bien guardada, y que él podría lamentar no haberla aprovechado entonces cuando era tan creyente y estaba tan cerca de él. Y esos pensamientos, acumulados en su mente, golpeaban con fuerza la aburrida mente del sacerdote y le hacían revivir su deseo, su juventud incluso. Causaban que su miembro, cansado del desuso, reviviera y se irguiese con fuerza por debajo de su sotana imaginándose el cuerpo desnudo de Iria, sus gritos de dolor al sentirse penetrada por primera vez y sus gritos de placer al disfrutar de un hombre.

Y que ese hombre pudiese ser él…

El sacerdote no pudo aguantar más y decidió que cuando llegase a la cama tocaría otra paja. Pero ese día, decidió tomar acciones y dejar de tratar a Iria como un deseo y tratarla como una realidad… Y mañana daría los primeros pasos para hacerlo.

Al día siguiente, cómo no, Iria volvió a entrar en el confesionario y el sacerdote estaba allí, por lo que la confesión volvió a repetirse.

– Padre, estoy algo preocupada… – y visiblemente lo estaba – Anoche estaba muy cansada y me dormí de repente, sin quererlo, me olvidé de rezar la parte del rosario.

El sacerdote volvió a suspirar ante la “grave” preocupación de Iria, que no tenía por qué ser tanta. Hasta él, que vivía para rezar, olvidaba hacerlo frecuentemente. De manera que volvió a imponer una penitencia simulada para que Iria se sintiese tranquila. Pero antes de que saliese a cumplirla, le dijo a la chica:

– Una cosa, Iria, quiero que reces esa penitencia y vuelvas aquí, quiero comentarte algo – en la mente del sacerdote había ya un plan en marcha para iniciar a Iria…

Iria se sintió feliz al ver que la confesión de ese día incluía una parte que no esperaba.

– Sí, padre, como ordene, no tardaré.

Iria salió de la cabina y se dirigió a la zona de los bancos, donde quedó arrodillada rezando de nuevo, con su cara de preocupación y sus manos fuertemente entrelazadas. Desde luego, a la chica no le faltaba fe.

Tras unos tres minutos, Iria se santiguó y se levantó, con una cara visiblemente más tranquila tras haberse librado del terrible pecado de no haber rezado la noche anterior. Se dirigió de nuevo a la cabina donde le esperaba el sacerdote.

– Hola de nuevo, esta vez sí que no me ha dado tiempo a pecar – sonrió Iria por detrás de la placa con agujeros.

– A alguno seguro que sí le hubiese dado tiempo… – comentó el sacerdote pensando en algunas cosas poco cristianas.

– Es raro, nunca he estado aquí para algo que no sea confesarme. Cuénteme, ¿qué quería decirme? – dijo Iria, presa de la curiosidad.

– Simplemente te he dicho que vengas porque es un lugar donde no puede oírnos nadie – aseguró él. – Mira, Iria, en primer lugar quiero darte las gracias, eres una mujer muy devota de Dios como apenas quedan en este barrio. Al menos, de tu edad no quedan, habría que buscar chicas piadosas entre las niñas que hacen ahora la comunión.

Iria se sintió halagada.

– Gracias, Padre, me hace muy feliz que esa sea su opinión. La verdad que tiene razón, de mi franja de edad no hay chicas creyentes, yo he intentado que haya, he intentado convencer a amigas de que vengas a sentirse plenas con Dios, pero tienen otros intereses. A veces me siento la rara, ¿sabe? Pero cuando estoy aquí soy tan feliz…

– Eres una hija de Dios ejemplar, Iria – le felicitó el sacerdote y al momento Iria sonrió por el otro lado de la cabina – Pero quería comentarte también otra cosa.

Iria estaba impaciente por escuchar todo sobre aquella variación de la confesión de todos los días.

– Escucha Iria, deberíamos probar tu fe ante Dios- tras esas palabras del sacerdote siguió un silencio sostenido.

Iria acabó replicando, tras pensárselo un poco.

– Pero Padre, si creo que está bien probada. Bueno, dígame cualquier cosa que pueda hacer para mejorarla…

– No, hija, quiero decir, tu fe es sólida ahora, y eso es fácil de probar. Pero habría que ver si sería igual en otras condiciones más peligrosas.

Iria se quedó sorprendida ante esas palabras.

– ¿Más peligrosas? – preguntó atónita.

– Sí, claro – contestó el padre – me refiero a si tu fe se mantendría igual de recta cuando estuvieses expuesta al pecado.

– ¿Al pecado? – Iria se mostró intranquila y corrió a disculparse – Bueno, yo sé que peco casi todos los días, no sé si es mucho o poco, pero mantengo mi fe, mis creencias, mi temor a Dios, yo estoy aquí para servirle y me mantengo recta, padre. Dígame que lo consigo

– Claro, no lo pongo en duda, pero hablamos de pecados blandos hasta ahora. Dios se pregunta si una chica como tú resistiría con él a pecados que distorsionan mucho más la naturaleza humana…

– El Señor… ¿el Señor pregunta eso sobre mí? – Iria casi se queda muda del susto – Dígale por favor que haré lo que sea para probarlo, que mi fe es firme y él es mi camino diario… Pero, ¿de qué pecados está hablando?

El sacerdote vio que la preocupación de Iria ante sus palabras tenía efecto e introdujo más el tema.

– Iria, el pecado carnal es la vara de medir la devoción hacia Dios.

– ¿El pecado carnal? Se… se refiere usted a los actos impuros…

– Así es, a los pecados del sexo. El Señor se pregunta si tú nunca sucumbiste ante el sexo, al menos en nuestras confesiones el sexo no figuró como pecado nunca, ni en acto ni en pensamiento. El Señor se extraña.

Iria corrió a justificarse.

– Padre, no juraré porque es pecar, pero prometo que nunca he tenido actos de ese tipo, que me conservo virgen como cuando nací y que nunca he pensado en hombres, no tengo tales deseos, sólo respondo ante Dios. Nunca los confesé porque nunca los tuve.

Ahora que el tema estaba bien planteado, el sacerdote podía manejar a la sumisa Iria como quisiera, ella obedecía a la voluntad de Dios a través de sus palabras, dijera lo que dijera a esa piadosa mujer.

– No dudo de ti, y sé que dices verdad. Es admirable en esta sociedad corrupta encontrar un alma como la tuya de pura, y Dios está satisfecho. Pero al no haberte expuesto nunca a este tipo de faltas, querida Iria, Dios no conoce la verdadera fuerza de tu resistencia.

Iria parecía comprender lo que el padre quería decirle.

– ¿Está usted diciendo que debo someterme al precipicio de los actos impuros para probar mi fe? ¿Cómo Jesús cuando se expuso a la tentación del Demonio en el desierto?

– Exacto, ese es el ejemplo. La duda es si con el pecado delante de ti, darías marcha atrás o dejarías la senda del Señor para sucumbir a la tentación. Sólo si tu cuerpo y tu mente se resisten ante tales tentaciones serás digna. Pero aún no lo has demostrado, Iria, no te has encontrado con el deseo carnal. El Señor duda porque tu cuerpo es digno de deseo y eso puede hacerte caer en la tentación.

Iria se quedó asustada ante tal revelación.

– ¿Mi cuerpo? ¿Mi cuerpo tiene la culpa?

– Efectivamente – siguió razonando a su manera el cura, maravillado por lo bien que conducía a Iria – Dios diseñó tu cuerpo, como iba a ser en el futuro, y debido a su gran inteligencia, te puso en un brete. El brete de que tu cuerpo te pondrá en una situación de pecado carnal donde tendrás que demostrar que tu convicción religiosa es verdadera y no se queda en la apariencia, esa es la prueba que Dios está esperando de ti. Tu cuerpo es una trampa para tu fe, tu cuerpo tenderá a disfrutar del sexo allá donde esté, pero si superas la trampa de tu cuerpo, si aguantas el deseo sexual y lo rechazas, tu fe con Dios será por siempre insuperable.

El sacerdote calló y durante unos segundos Iria tampoco contestó. Su mente estaba pensando, como chica avispada había entendido lo que querían decirle, pero no había entendido tanto las conclusiones finales del razonamiento que el padre no había mencionado. Sin embargo, el padre estaba bastante satisfecho por su exposición y por el resultado visible del silencio de Iria, que parecía haber comprendido.

– Sí, ya me había dado cuenta, mi cuerpo es llamativo – comentó Iria con voz de preocupación rasgando el silencio. – Bueno, no para mí, claro, pero algunos hombres impuros me miran de una forma nada cristiana, padre, tiene usted razón. Por tanto, ¿usted cree que mi cuerpo me acabará poniendo contra mi voluntad? ¿Usted cree que es mera cuestión de tiempo que esto me ocurra?

– Es bien probable. Querida Iria, deberías estar atenta, tu cuerpo te pondrá a prueba…

Antes de que Iria dijese nada más, el sacerdote dijo:

– Iria, seguiremos esta charla en la sacristía, ¿te importa?

– No, está bien…- la pequeña Iria jamás había sido invitada allí.

El sacerdote salió del confesionario e instó a Iria a seguirla. Iria dirigió la mirada al sagrario y se metió en el cuarto casi secreto.

Era un pequeño almacén de objetos litúrgicos, aunque también había una cocina y una mesa. Allí pasaría el padre las horas entre misas, pensaba Iria. Al fondo había una puerta entreabierta donde se veía la pata de una cama, también era parte del dormitorio del sacerdote.

-¿Quieres café, Iria? – el sacerdote sacó del armario una cafetera, café y leche.

– Ahhh… yo no quiero molestar…

– No molestas, guapa. Te pondré una taza con mucho azúcar – a la vez que decía esto el padre extrajo del mismo armario un bote cilíndrico sin etiqueta, cuyo contenido conocía bien él… Recordaba a aquél farmacéutico que se las procuró mientras él pedía algo para una ocasión aquí.

El café se estaba calentando y la cafetera bullía. Sacó también dos tazas, una más rústica y otra blanca con retazos rosas que claramente se destinaría a Iria.

Iria tomó asiento, sin dejar de observar todo alrededor de ella, era desconocido para la joven. El padre, al ver la mirada de Iria dirigirse a la habitación del fondo sintió una llamada poderosa de su imaginación, con el cuerpo desnudo de Iria tumbado en su cama, dispuesta a acomodarse su miembro… “Mmmm… no queda mucho” pensaba él, mientras miraba lascivamente a una inocente Iria que no se daba cuenta de lo ocurrido. Todo estaba planeado.

Al silbar la cafetera, el sacerdote la apartó del fuego.

-Muchas gracias Padre.

– Iria, no me llames así aquí… – decía él mientras enigmáticamente ocultaba la taza blanca y rosa de Iria detrás de su cuerpo. – No estamos en dependencia sagrada, llámame David.

– Ah… ¿señor David? Se me hace raro…

– Simplemente David, incluso.

Mientras Iria esperaba la taza del café, el sacerdote deslizó una de las pastillas del farmacéutico en la cerámica de la tacita rosa. “Al principio, con una es suficiente, las próximas veces podrás darle más, cuando su cuerpo pida cada vez más…” recordaba las palabras del profesional perfectamente. Echó encima la leche y después el café.

También echó algo de azúcar al café sin preguntar a Iria cuánto dulce quería, y con una cucharilla apretó la pastilla enigmática hasta disgregarla y disolverla en la bebida, mientras agitaba con la cucharilla para remover el azúcar y el medicamento que anónimamente suministró a Iria.

La taza blanca y rosa miraba a Iria ya en la mesa. Ella cogió el asa y dio un sorbo.

– Mmmm, está muy dulce señor David. Pero el café es muy rico.

– Me alegra que te guste, Iria – dijo el sacerdote, hirviendo de alegría por dentro al ver cómo el cuerpo de Iria tragaba su droga dócilmente.

– Iria… respecto a lo que hemos hablado, no tengo mucho más que decirte. Sólo que tu cuerpo puede aprovechar cualquier momento para hacerte caer en la trampa del sexo.

– ¿Es la prueba de la que hablaba antes?

– Sí, intuyo que puede estar cerca. Tu fe y tu determinación siguen bien vigentes, pero la prueba puede estar al caer, creo que el Señor se preocupa por ti más que nunca ahora, y debe ser por eso…

Iria se encogió con miedo y dio otro sorbo a la taza. Ante su preocupación, David añadió:

-Pero no tengas miedo, no hay nada que tu fuerte fe en Dios no pueda superar. Es sencillamente superarla para seguir siendo quien eres. Ahora, Iria, debes ser valiente, la prueba que nace de tu cuerpo no es algo que puedas evitar.

-¿No se puede evitar? – dijo Iria con un hilo de voz, que apagó con más café. Ya casi no quedaba en la taza nada…

– No eternamente, es mejor oponerse a ella y derrotarla, como sé que vas a hacer. Confío en ti y en tu valor.

Iria pegó el sorbo final a la taza y miró fijamente a David, dejando la taza vacía en la mesa.

El cuerpo de Iria empezó a asimilar el fármaco mientras hablaban. “El efecto es casi instantáneo, con unos pocos minutos de retraso…” le dijo quien se las vendió, por lo que David aprovechó para dejar las cosas claras.

– ¿Cómo te sientes?

– Emm, pues no sé, como siempre. Aunque con calor, algo de calor, no sé si es por este cuartito… – la sangre de Iria comenzaba a acelerarse y a acumularse en zonas donde su dueña no le daba la oportunidad de hacerlo, normal que la joven estuviese extrañada.

-¿Puedes describir mejor ese calor?

– Mmmm, no sé, es como un hormigueo, tampoco es calor, es como si tiemblo un poquito…

David se levantó de la silla y agarró a Iria por los hombros, mirándola fijamente.

-Corre, vete a casa. Túmbate en la cama y no dejes que nadie te moleste hasta que esa vibración se vaya.

-¿No será esto la prueba? – dijo Iria abriendo los ojos mucho, pero la mirada del sacerdote le confirmó sus temores.

– Puede ser un vago inicio. Haz lo que te he dicho y, sobre todo, sigue las indicaciones de tu cuerpo.

– ¿De mi cuerpo? ¿Y cómo sé lo que me quiere decir? – dijo una Iria cada vez más acalorada.

– Vamos, ve, lo sabrás…

David sacó a Iria del sagrario.

La joven, confusa, con el corazón latiendo a pasos agigantados y la sangre moviéndose sin parar por su cuerpo, salió casi corriendo hacia su casa…

Al llegar, no había nadie esperándola, estaba sola.

Subió a su cuarto y cerró la puerta. Se tiró sobre la cama y esperó, en silencio.

¿Qué ocurría? El corazón le latía muy rápido y hacía mucho calor, parecía un ataque de ansiedad. Incómoda, Iria decidió desprenderse de su ropa, como solía hacer cuando tenía fiebre. Se quitó las prendas: el pantalón y la camiseta quedaron en el suelo mientras una Iria en ropa interior miraba al techo, en un intento de calmarse y analizarse…

Su sangre fluía con rapidez, su cuerpo estaba en una tensión tan grande que a su mente le costaba analizar…

En ese momento, Iria se dio cuenta de que el sujetador le hacía daño. No era exactamente la prenda que cubría sus grandes pechos, como ella vería luego. Tras aflojar la presión abriendo el broche, Iria vio que la razón era que sus pezones estaban muy duros.

No era la primera vez que los notaba así, a veces también pasaba por el frío, pero esta vez estaban muy duros, como si nunca más volviesen a su estado original. Iria los apretó pero no pudo cambiar su forma. Al presionarlos, Iria sentía otra sensación que entraba en conflicto con su cuerpo… Era de alguna forma placentero hacerlo, el resto de sus sensaciones se orientaban hacia ahí. Iria tocó sus pechos de forma generosa, como si los estuviese enjabonando en la ducha.

Pero la verdadera fuente de calor era otra, cuando Iria experimentaba con sus senos se dio cuenta de que sus braguitas se sentían muy incómodas. Una simple mirada le reveló que estaban mojadas, como si se hubiese orinado encima sin quererlo.

Y al momento de retirar las braguitas, Iria notó lo que llevaba un rato sintiendo: que su entrepierna almacenaba una gran cantidad de responsabilidad sobre el estado que recorría su cuerpo. Estaba extraordinariamente sensible, lo notó al ver cómo de ella caían unos líquidos que se daban placer de solo resbalarse por su rendija femenina. Y también estaba caliente, ardiendo, pues no solo los fluidos sino también la pelvis estaba a gran temperatura.

Con sus dedos analizó los fluidos que estaban adheridos a la tela de la ropa interior. Iria vio claramente que no era pis, que tenía un tacto espeso y olía muy diferente. Sacó las braguitas por sus piernas y las dejó a un lado.

Aún seguía casi en estado de marearse por el calor y las sensaciones, pero deslizó un dedo por la rajita. Sólo con rozar la superficie, se mojó de secreciones similares a las de la prenda que habían salido inequívocamente de su interior.

Iria sabía que esto estaba relacionado con el sexo, con la prueba. “Sigue las indicaciones de tu cuerpo” que decía el padre hace unos minutos. ¿Indicaciones? Meterse en la nevera, entonces, ¿para bajar la calentura? Pero mientras pensaba estupideces, Iria sintió un estallido de sensaciones que le cegó la mente.

Había estado provocado por su dedo, que había recorrido el sexo de la joven de abajo arriba, siguiendo el flujo, hasta alcanzar una parte carnosa que coronaba la entrada, una especie de botón fibroso cuyo tamaño crecía. El rozar esa parte hacía que Iria se sintiese de una forma espectacular, como si las sensaciones desordenadas se alineasen en una sola dirección. Es más, el apartar las manos de su entrepierna le hacía caer en una momentánea frustración, como si se interrumpiese algo importante.

Temerosa pero decidida a poner fin al calor, Iria se tumbó tranquilamente en la cama, boca arriba. Con su mano seguía explorando los pliegues de su sexo, al que nunca había prestado atención nada más que para higienizarlo. El botoncito de carne se sentía realmente bien, pero los líquidos provenían del interior de la concha. Cada movimiento era tan placentero, tan beneficioso, que resultaba una locura impedirlo… Iria sentía el calor dentro de ella y en su mano exploradora, y no quería que se apagase de momento.

Curiosa, introdujo el dedo índice por su cavidad, adentrándolo y haciéndolo desaparecer entre los labios vaginales. El roce que experimentaba contra las paredes era tan bueno que le hacía retorcerse, arquear la espalda. Si con la misma mano estimulaba un poco más arriba, el clítoris transmitía una sensación sinérgica que llevaba a que Iria moviese nerviosa las piernas y a que empezase incluso a musitar gemidos.

El tierno coñito de Iria se encontraba humedecido por la excitación del fármaco, pero ahora era Iria quien revolvía la humedad e iba preparando una nueva oleada… El frote, el roce de sus dedos habilidosos era capaz de incrementar la sensibilidad de su entrepierna mucho más de lo que jamás se hubiese concebido, aquello era completamente nuevo… y completamente bueno.

Iria ya movía nerviosa un dedo dentro de su vagina virgen, aún con cuidado, pues en una acometida notó que al fondo el gesto era algo doloroso. Como sus pechos se sintieron bien antes, decidió moverlos y aplastarlos con la mano que le quedaba libre.

La temperatura que Iria padecía era tan bestial que no podía más, era como si su cuerpo fuese a arder… Y todo se focalizaba entre sus muslos, todo crecía y se multiplicaba allí. Iria sentía estar recorriendo un termómetro cuyo fin era impredecible.

Y al alcanzar un punto, todo se desmoronó.

Iria, que ya gemía en voz alta y se tocaba los pechos con una mano mientras con la otra estimulaba su vagina y el clítoris, sentía que algo se extendía por su cuerpo, que la dejaba sin fuerzas…

Una ola la recorrió mientras la velocidad de roce era máxima… Iria cerró los ojos y se concentró en el infinito.

Y pegó un grito muy alto…

Al cabo de unos segundos, Iria estaba, pero el orgasmo se había ido. Lo único que había dejado era un rastro húmedo. La mano de Iria estaba manchada de un líquido caliente y de olor penetrante. Había tanto fluido que había mojado ligeramente la cama…

Y la respiración de Iria intentaba retomar el tono normal mientras su dueña no podía creerse lo sucedido…

Al día siguiente…

Iria se reclinaba en el confesionario, con la cara entre las manos, parecía como si estuviese a punto de llorar. Frente a él el padre David escuchaba pacientemente a su creyente de siempre, que ese día parecía muy distinta.

El pecado a confesar ya no era una simple tontería, una invención estúpida de la niña, sino que por fin ese día confesaba un auténtico pecado carnal.

– Yo… ¡lo siento mucho! Pero ayer lo hice por primera vez… y… ¡lo hice hasta el final! No podía detenerme… – musitaba Iria.

El padre escuchaba con la mayor atención que había prestado a Iria en su vida. No en vano su cuerpo estaba muy receptivo, y una erección se desarrollaba en su sotana escuchando a Iria.

– El caso es que… no podía parar, mi cuerpo me llevaba al desastre y yo no podía hacer nada… Me toqué mucho, mucho, hasta que acabé empapada, chillando del placer… Me he masturbado por primera vez y no he podido oponer ninguna resistencia. ¡Me siento muy mal!

– Ey, Iria, tranquila, estoy aquí para escuchar tus pecados y elevarlos al Señor- Él, que todo lo perdona, ¿cómo no perdonará a una santa seguidora como lo eres tú? Nunca le has fallado.

Iria pareció algo más convencida con sus palabras. Internamente, quería confesarlo para olvidarlo cuanto antes, alejarse de aquella prueba de sexo y de sus vivencias…

Pero Iria tenía algo más que explicar…

– Padre, debo confesarle, además del pecado que me duele reconocer y que acabo de exponer, que estuve reconociendo mi sexo por dentro por primera vez. No sé si esto es muy apropiado contarlo aquí…

– Haremos una excepción, cuéntame – dijo el sacerdote, relamiéndose al otro lado de la cabina, donde Iria no podía ver su cara de excitación.

– Ah, bien, gracias, nada, es un momento. Estaba reconociendo mi sexo por dentro, suave, con paredes estrechas y que me daban placer… Y, bueno, encontré una zona más profunda que no era nada placentera.

Iria no podía ver cómo el sacerdote tenía ya su polla vieja pero de buen calibre en la mano mientras le escuchaba y la estaba meneando, ya estaba bien erecta.

– ¿Cómo, Iria? Explícame eso – decía el sacerdote moviendo su falo mientras la escuchaba.

– Es una especie de pared, bueno, una telita que había al fondo, justo donde ya no quise pasar más adentro… Tenía un tacto distinto al resto del sexo. La rocé y la empujé un poco con el dedo, y de inmediato me dolió al tocarla.

El sacerdote se alarmó de repente y le preguntó:

– No habrás seguido tocándola, ¿verdad?

Iria lo negó.

– No, me dolía, ya le he dicho, no volví a tocarme tan adentro. Me pregunté si eso era mi virginidad.

– Efectivamente Iria. El dolor es un signo de tu protección frente a la prueba del sexo, ten cuidado de no traspasarla. El juego debe quedar sin que esa parte se vea involucrada.

Iria asintió, aunque era difícil de comprender.

– Iria, por favor – dijo el padre – pasa de nuevo a la sacristía, cuando acabes de rezar tu penitencia. – El sacerdote David llevaba una erección que intentó disimular mientras se adentraba en el cuarto. Iria se quedó un rato arrodillada delante de un banco mientras pedía perdón…

De nuevo, la misma habitación.

Iria, sentada en la mesa, aguardaba a que el padre le preparase un café en la cocina de la sacristía. Y de nuevo, la pastilla del farmacéutico se disolvió anónimamente en el café de la creyente, en la taza con trazos rosas. El padre vertió parte del café en otra taza para él que se llevó azúcar pero no tenía la misma pastilla.

Mientras Iria tomaba el café en la taza blanca y rosa sin sospechar nada de lo que contenía, el padre volvió sobre el tema:

– No te asustes Iria, obraste bien, hay que caer en la tentación para vencerla por dentro. En ese sentido, yo te apoyo.

– Ya, pero Dios… no puede aprobar mis actos… – dijo Iria dando el sorbo final.

– Todo volverá a la normalidad muy pronto, ya lo verás.

Silencio.

Y al cabo de un rato, Iria se quejó:

– ¡Ya siento de nuevo lo de ayeeer! ¡El calor, el sexo! – se levantó de repente, alterada.

David sonrió, ahora podría iniciar a Iria perfectamente, tenía el cuarto a disposición de ambos… Quedaban minutos para desflorarla, el sacerdote bien lo sabía y casi se corre de la excitación de solo pensarlo.

-Iria… ¿te importaría…? – dijo David abriendo la puerta de la habitación.

Pero la chica salió de la sacristía como una exhalación, por la puerta que da a la iglesia y a la calle, sin mirar atrás. Solo dijo:

– Debo ir rápido… ¡Le contaré mañana!

David no esperaba que Iria se marchase así… ¿Estaba haciendo algo mal? Quería excitarla, pero que ella se quedase con él…

Aquella tarde finalizó con dos personas haciendo exactamente lo mismo pero en distintos lugares.

Una Iria sudorosa en su habitación se tocaba nerviosamente el sexo para apaciguar el calor que de él provenía, como ocurrió la noche anterior. El segundo orgasmo de la vida de Iria llegó a raudales, dejando casi paroxística a Iria, que mordía la almohada para que en casa no la oyesen pecar. La humedad manchó la mano de Iria y se deslizó por sus muslos…

Y casi al mismo tiempo, David practicaba una violenta masturbación, harto por el hecho de que la joven de piel morena se le hubiese escapado. El semen manchó el suelo de la alcoba donde tenía pensado acostarse con la tímida jovencita…

La mañana había comenzado soleada como venía acostumbrando durante aquella época. Iria ya estaba levantada y desayunaba en la mesa, el aroma a café envolvía la habitación.

Sus padres ya se habían marchado, así que desayunaba sola. Iria dirigió un momentáneo vistazo a las tazas que sus padres habían bebido hace una hora cuando se habían levantado antes que ella.

Y se quedó paralizada.

Vio la taza de su madre. Era blanca, con una filigrana rosa…

Le recordó momentáneamente a la misma taza de la que bebía café cuando el padre se lo preparó durante los dos días anteriores. No era exactamente el mismo modelo de taza, pero ello sirvió para disparar una deducción en su mente.

Curiosamente, las dos veces que se había tocado el cuerpo, producto de una excitación inconmensurable, había acabado de beber café en aquella taza, en la sacristía.

¿Podía ser una coincidencia? ¿O no?

De cualquier forma, Iria tenía algo que averiguar durante ese día.

Se preparó para ir a la iglesia a confesar de nuevo su pecado masturbatorio, y esta vez, a esclarecer algo más sobre el tema. El pijama estaba descansando sobre la cisterna del váter, mientras la joven morena giraba el grifo de la ducha y una corriente de agua templada caía sobre su cuerpo desnudo y virgen… Las gotas de agua caían sobre los hermosos pechos de la joven, donde hacían cosquillas en su piel. El agua también se deslizaba por sus curvas de infarto hacia su entrepierna… Iria, con las manos llenas de jabón, se abalanzó a frotar las partes más íntimas de su cuerpo para limpiarlas, las mismas que desde hace un par de días habían cobrado un protagonismo inesperado en aquella chica tímida y temerosa de su cuerpo.

Mientras se daba una buena ducha, Iria era incapaz de imaginarse lo que estaba a punto de suceder ese día…

De nuevo, el padre David escuchaba a Iria excitado tras la pantalla del confesionario. La creyente volvió a describir cómo había tocado su cuerpo de nuevo, presa de la excitación del momento…

– Otra, otra vez… Padre. Volví, bueno, volví a hacer lo mismo de ayer, ¡con idéntico final! Ojalá se me perdone, de verdad me arrepiento… – confesaba Iria.

Le emocionó pensar que al mismo tiempo que Iria, aquella jovencísima virgen devota, había estimulado su cuerpo, él había hecho lo mismo con el suyo. Que quizás se habían corrido a la vez. Añoraba el momento en el que ambos pueden disfrutar no sólo al unísono, sino compartiendo un mismo espacio, piel contra piel…

Era difícil para el padre David contener la dureza de su miembro mientras la escuchaba arrepentirse.

– Tranquila, chica. No pasa nada. Estás aquí para confesarte y bien arrepentida que estás… Queda perdonado.

Iria suspiró tranquila, aunque seguía nerviosa. No sólo por el pecado, sino porque ese día debía adivinar la verdad que se escondía tras el padre David. ¿Era él quien la estaba excitando, con algún juego sucio?

De nuevo, el padre le sugirió:

– Hablémoslo en la sacristía. Reza de nuevo tu penitencia, te espero allí – y salió del confesionario.

Iria, tras rezar en el banco, dedicó dos minutos más a pensar cómo se enfrentaría al sacerdote que tan bien conocía… El amable padre David, bien conocedor de las escrituras y animador de aquella parroquia, era capaz de algo tan perverso cómo preparar un café estimulante para despertar la sexualidad de una creyente…

Esperaba no equivocarse en atribuirle algo así… pero debía descubrir la verdad.

Ahora.

Iria se levantó, sus grandes pechos botaron con el movimiento. Comenzó a andar en dirección a la sacristía, y con decisión entró dentro, donde el padre le aguardaba…

David estaba muy ilusionado, quería que aquél día tuviese lugar la iniciación de Iria al verdadero juego sexual. Masturbarse ella solita seguro que había ayudado a Iria a descubrir un nuevo mundo, pero lo mejor debería mostrárselo él. En su mente no podía deshacerse de la imagen de la preciosa Iria desnuda, con su cabello desparramado en la cama de la habitación de David, con los ojos verdes color naturaleza clavados en él mientras una erección de caballo abría los virginales labios del sexo de la joven… En la imagen, con la que tantas veces se había masturbado, Iria chillaba al sentir cómo su virginidad se resquebrajaba, cómo un sexo masculino llenaba el vacío de su intimidad….

Mientras preparaba el café, se dio cuenta de que aquél día no debía escatimar en recursos. Una pastilla excitaba a Iria, estaba comprobado, pero aquél día estaba dispuesto a añadir tres o cuatro comprimidos al café de Iria, no quería dejar ni siquiera que la muchacha tuviese dudas… Iria estaría tan drogada y atontada que sería muy fácilmente manipulable…

La puerta se abrió e Iria apareció.

– Pasa, Iria, siéntate. Estaba preparando café para ti y para mí.

Iria cerró la puerta tras de sí y se sentó en la mesa mirando fijamente al sacerdote. Así que de nuevo un café…

Iria observó al padre David mientras la cafetera hervía y preparaba su taza. De nuevo aquella taza blanca con tonos rosados… ¿Echaría algo sin que ella se diese cuenta? No quería desconfiar, pero la casualidad era tan evidente… Ya eran dos días en los que acababa caliente perdida a raíz de ese momento…

La taza apareció llena de café ante Iria. Ella la observó sin decir nada, mientras el padre se servía otra para él.

Contemplaba a Iria ante la taza preparada con cuatro pastillas afrodisíacas que harían volverse loca a la pequeña. No aguantaba más, debía ser aquél el día en el cual ella cayera entre sus brazos…

Pero…

– Padre David, no pienso beberme esto.

Iria declaró con decisión, mientras alejaba la taza de ella.

– Pero… pensaba que te apetecería… – dijo David, sorprendido e incluso empezando a sudar del nerviosismo.

– Tengo razones para creer que este café está adulterado – Iria miraba con sus penetrantes ojos al declarar su postura. – No es casualidad que en dos ocasiones en las que lo he tomado he acabado… tocándome.

Silencio.

– ¿Realmente crees que eso tiene algo que ver, Iria? Estás lanzando una acusación seria ante un ministro de Dios.

– Mmm… no puedo estar del todo segura. Pero no lo voy a beber por si acaso.

El sacerdote David vio con desazón como su plan se iba al traste. Quizás había pecado de confiado, después de todo, era fácil que la chica lo pillase… No lo había pensado bien.

Pero no estaba todo perdido, pensó él.

Aún de pie, le preguntó:

– ¿Dirías que es el café el que te hace sentir ganas de caer en la tentación de caer en el sexo?

– Bueno… o quizás estar aquí. Nunca antes entré a la sacristía – admitió Iria desconcertada.

El padre David anduvo por la habitación sin dirigirse a ella. Mientras, comentaba.

– Es algo grave la acusación que lanzas contra este espacio, el cual al estar dentro de la parroquia, no deja de ser santo. Mmmm… Iria, me temo que estamos llegando a una situación de no retorno en tus recidivas hacia el sexo, y deberíamos comentarlo cuidadosamente.

-¿Eh?

Acercándose hacia la joven sentada, el padre acabó agarrando a Iria por los hombros. La chica no hizo nada por desasirse, pues se encontraba sorprendida, y más al escuchar…

– Durante estos dos días, la sensación que has sentido salir de ti y que ha acabado lanzándote al onanismo compulsivo… podría estar sólo empezando. La prueba que salió de tu propio cuerpo y que a tu cuerpo impone no puede haber acabado aún. Por tu sangre aún fluye ese deseo por seguir en el reconocimiento del sexo que no puedes evitar…

– Eso… eso no es verdad, estoy segura, sin café no volverá a ocurrir – afirmó Iria.

– ¿Segura?

Y el padre rozó con su dedo la barbilla de la joven… Un roce lento, arrastrado pero decidido, que unió más dedos y acarició con calidez la mejilla de Iria.

Su piel se sonrosó ligeramente, y sus ojos adquirieron un resplandor tenue, distinto al de unos segundos antes. La mano descansaba ahora en el cuello de la pequeña, notando como el ritmo aumentaba lentamente.

– Yo… yo no… – dijo la joven – no entiendo muy bien esto…

Miró con sus bellos ojos verdosos a David. Sus facciones de hombre ya maduro nunca le habían resultado toscas, sino que tenían el fragor del día a día, y para ella resultaba en alguien en quien podía confiar.

E Iria no pudo evitar pensar en los momentos compartidos, tantos instantes durante tantos días… De confesión, de catecismo, de acercamiento a la verdad bíblica… Iria había pasado tantos momentos en la iglesia, cerca del sacerdote David, que se sentía muy cómoda con su presencia, todo había que decirlo…

David manipulaba con cuidado a la niña, despertando en ella los sentimientos casi románticos que ni siquiera él esperaba…

Y sin casi esperar a que ella aclarase su mente, con rapidez, le robó un beso.

El primer beso de la joven Iria…

Los labios puros de Iria recibieron los gastados labios del sacerdote en ellos, imprimiendo con fuerza el sello de un deseo. Iria, aún atónita, tuvo que ver cómo entre sus labios se colaba una lengua que quería chuparla por dentro, que quería todo lo que ella guardaba en la boca. Era una sensación asfixiante en cierto sentido, pero no mala. Era su primera vivencia, y su primer beso era una tórrida exploración con lengua que la dejó exhausta. La saliva de la boca ajena inundó la suya, y lejos de ser desagradable, le pareció comprensiblemente estimulante…

El cura se separó de su doncella, que abrió los ojos lentamente. Sus mejillas encendidas y su tartamudeo revelaban el estado de Iria. Se encontraba confusa, y sentía algo similar a lo que había sentido los días anteriores…

– Ay, ¡eso ha sido inesperado! Qué vergüenza, padre, hacer aquí algo así…

El cura explicó con paciencia.

– Iria, tu deseo sexual no corresponde sino a tus dulces sentimientos, que son perfectamente explicables. Tu cuerpo plasma con intenciones carnales lo que tu mente lleva clamando ofrecer. Eso explica tus calentamientos de ayer y anteayer…

– Pero… no me parece bien esto aquí, en un lugar supuestamente santo…

– Iria, no temas. Esto no tiene nada que ver, se trata de ti, de tu lucha contra el sexo.

– …

– No ocurrirá nada que tu cuerpo no desee. Podrás controlarlo. Y controlándolo lo vencerás.

Iria miraba insegura

– Ama. Ofrécete – le aconsejó el padre.

El cura repitió el beso a Iria le gustó muchísimo más esta vez. Ella seguía sentada, pero el padre se fue inclinando hacia arriba y ella se levantó siguiéndole… Las figuras se entrelazaban, y el cura no tardó en rodear a su joven vestal por la espalda con sus brazos. La figura de Iria se pegó más al calor del sacerdote, cosa que a Iria no le pareció mal.

El propio David se sorprendió al ver cómo Iria abría su boca con libertad para recibir el beso, cómo ella se pegaba a él y – oh, sorpresa – cómo las piernas de Iria se separaban un poco, elevando la pelvis contra la sotana del sacerdote. Iria sabía por instinto lo que nunca había probado en la vida real… Sentir aquella insinuación inconsciente de la adolescente, como si quisiera ser follada de inmediato, fue excelso para el clérigo.

Tomó a esa joven escultural por la mano, y la atrajo hacia él. Le indicó que le siguiese. Iria descubrió que iban hacia la puerta del fondo.

Ambos cruzaron el umbral y se encontraron en un cuarto minimalista a oscuras: una cama, un armario y un escritorio contra la pared. Un crucifijo dominaba el cuarto. Iria se quedó algo paralizada, sin saber cómo reaccionar.

El cura, que tanto soñó con mancharse de sangre virgen de Iria en aquella habitación, por fin vería logrado su sueño.

Suavemente, el padre cerró la puerta, y sin que Iria lo advirtiese por la tenue luz, uno a uno los botones de su sotana empezaron a desabrocharse… Las manos de él la impulsaron hasta la cama, donde casi cae de no ser por reaccionar a tiempo. Se quedó sentada en ella, mirando con sorpresa a David…

David ya no tenía la sotana encima. El cura, prácticamente calvo de no ser por algún pelo suelto a los lados de la coronilla, de nariz aguileña y piel áspera, mostraba más piel que nunca. Su torso desnudo tenía una tonalidad pálida, pero de aspecto era bastante fuerte, algo que ni Iria ni nadie habría previsto. Velludo en el torso y en las piernas, llevaba un bóxer negro…

Iria jamás había visto a un hombre tan desnudo.

Y menos aún cuando él se quitó la ropa interior…

Lo que apareció lo recordó Iria como el órgano reproductor masculino de las clases de sexualidad que recibió con pudor en clase. Pero aquella imagen de un sexo débil y flacucho no se parecía a la que exhibía el cura. Era un pene ciertamente grande y de grosor considerable, que se encontraba aparentemente tieso y soportando fuerza. En su base había mucho pelo y dos testículos grandes. Daba algo de miedo…

El cura, siendo consciente de cómo miraba Iria a su sexo, preguntó:

-¿Qué sientes al ver esto?

– Mmm, aaah, yo…

El cura estaba a su lado, en el borde de la cama, el miembro erecto miraba a Iria… El padre sujetó a Iria por la barbilla, como si fuese a darle un beso. Era una muñeca en sus manos… La mano desnuda del padre se deslizó hasta quedar en la entrepierna de Iria, y señaló su pubis.

– ¿Verdad que sientes algo aquí?

Y después, tocó con decisión entre los pechos de la joven.

– ¿Y aquí?

Para a continuación besar de nuevo a Iria, pero esta vez no en la boca, sino en el cuello… Un beso dirigido a excitar al máximo la libido ya renaciente de la joven. Aspiró, lamió y por último mordió mientras Iria gemía, pero a la vez disfrutaba.

Se separó de ella y sin dilación, cogió el borde la camiseta de Iria. No hizo caso a sus débiles quejas, el cura desnudo levantó la camiseta y la sacó por los hombros, dejando el torso de ella al descubierto.

Un precioso sujetados blanco de encaje escondía los senos de Iria. Muy grandes, ya se adivinaba esta faceta cuando ella buscaba llevarlos cubiertos tras sus camisetas sin escote.

Iria se dio cuenta de que era cuestión de minutos acabar tan desnuda como David… No sabía muy bien qué hacer.

Pero el padre si parecía saberlo.

Rodeó a la chica con sus velludos y fuertes brazos y desabrochó con habilidad el broce de su sostén, y se lo retiró…

David quedó maravillado.

Los pechos de la dulce Iria eran de un tamaño inesperado para la timidez que solía lucir. Unos senos bien centrados, que tenían pinta de ir apretados en el sostén de su dueña. Liberados, lucían unos pezones de color tostado, con una aureola grande. Aparentaban estar duros…

Esa visión desató la lujuria del hombre hacia la inexperta chica cubierta solo por sus bragas. Las manos de él se abalanzaros sobre aquellos pechos descaradamente perfectos, sin que Iria pudiera casi evitarlo. Las palmas de las manos amasaban la piel de aquellos trozos de carne tan deseables para un hombre, sintiendo Iria la presión sobre su anatomía.

David jugó primero con uno, luego con otro, luego con ambos, recorriéndolos, palpándolos y apretándolos como si quisiera exprimirlos…

– ¡Aaaah! ¡Con cuidado, con cuidado! –imploraba Iria, al sentirse tan abusada.

Pero el juego era muy adictivo para el hombre que la dominaba, que quería hacer de las tetas reprimidas de Iria algo suyo. Cuando tocó los pezones oscuros de la joven comprobó que estaban bien duros como piedras, y el padre sabía muy bien que eso significaba que Iria comenzaba a excitarse, como muy bien lo había hecho drogada los dos días anteriores al tocarse. Al presionar los botones de la joven, ella se retorció disimuladamente, pero lo suficiente para que él supiese lo que ella quería internamente.

Sin dejar de manosear sus pechos, llevó uno de ellos a su boca de hombre mayor y chupó del pezón como chuparía el futuro niño de Iria. Con fruición, lamió le pezón y estiró de él marcando un poco los dientes, mientras sobaba sin parar los generosos senos.

La expresión de Iria en la cara y la dejadez de movimientos para impedirlo dejaron todo claro. Ella disfrutaba del hombre que jugaba con sus pechos, mucho mejor de lo que ella sola podría hacer… Sus pechos empezaban a emitir como chispas de calor que también reverberaban en su entrepierna, y le hacían sentir tan bien…

Se dejó hacer, se reclinó más en el lecho, con el padre mamando encima de ella, intentando extraer leche materna de sus pechos vírgenes. A cada cambio de movimiento ella se volvía loca y pedía más y más…

Se sentía sometida a presión, pero no le importaba lo más mínimo.

Quizás para aligerar la presión, mientras el padre seguía con la cabeza entre los pechos de la chica, sus manos pasaron por las estilizadas cinturas de Iria y fueron al pantalón de ella, y con habilidad, desabrochó el cinturón. Liberada la hebilla, bajó sin dificultad la cremallera y el pantalón casi salió solo de las piernas de la joven. Claro que ella levantó su trasero, arqueándose, para permitir en medio del arrebato sexual quedarse casi desnuda delante de él.

Los muslos de la joven, brillantes y bien depilados, sorprendieron al sacerdote. Eran de un vigor sorprendentemente inesperado, claro que todo estaban siendo sorpresas positivas. Debajo de sus ropajes, Iria exhibía un cuerpo de modelo que ponía mucho empeño por cubrir en público.

No pudo evitar recorrer con las manos la extensión de las extremidades bien talladas… Hasta que llegó a la braguita blanca de Iria, de aspecto infantil, que cubría con pudor la zona más privada de su creyente.

Le excitó tanto la idea de que a Iria sólo le quedase una prenda puesta, que se lanzó a la boca de la joven como un poseso. Y ella respondió, con aceptación… El beso profundo fue de tal intensidad que paralizó a ambos amantes mientras lo realizaban.

Y fue precisamente en aquel beso tan lascivo, tan profundo, cuando el sacerdote, movido por la máxima excitación, agarró el lateral de la braguita de Iria y comenzó a bajarla. Se moría de ganas de librar a la joven de su última prenda y ver su tesoro virginal…

Iria, mientras disfrutaba del beso que la ahogaba, se fijó en la estrategia y trató de impedirlo. Pero sus brazos cayeron rendidos, pues ahora el padre masajeaba la cara interna de los muslos bien tallados de ella y el tacto era también tan placentero que la joven no quiso privarse de aquello. Y fue así, con el despiste o consentimiento de Iria, cómo las dos manos con vello del padre agarraron las cintas laterales de la braguita y la bajaron suavemente, recorriendo los muslos sinuosos de ella que no parecían oponerse. Cuando el beso terminó, Iria vio con alarma cómo el padre sostenía sus braguitas entre sus manos y se acercó para oler el aroma de la intimidad de Iria que reposaba en ellas.

Una Iria totalmente desnuda yacía ahora en la cama…

Temerosa de mostrar su parte más íntima, se llevó por impulso la mano sobre el sexo.

Notándolo el padre, lanzó lejos la ropa interior de la joven y se abalanzó sobre su presa indefensa. Clavó sus brazos a ambos lados de la nerviosa Iria, quedando ella simbólicamente atrapada. La mirada de ambos se cruzó, con ella el padre parecía pedir la retirada de la mano mientras Iria imploraba no hacerlo. David dirigió una mano a su vientre y empezó a masajear cerca del ombligo, la sensación era rica para Iria… Al mismo tiempo le pasó sus torpes dedos por la fina nariz y le hizo cosquillas en su mejilla. Ensimismada Iria por toda esa delicadeza, se vio a ella misma consentir cuando el brazo portentoso de él agarró los dedos que cubrían el sexo de Iria y le hizo apartar su mano, revelando al sacerdote el secreto más protegido de su figura.

Iria sufría gran vergüenza mientras David procedió a admirar la tierna rajita de Iria, en consonancia con el resto de su ser.

Con sus dedos, palpó la superficie del monte de Venus de la majestuosa chica. Tenía una pequeña mata de vello púbico, que imaginó que la joven no rasuraba porque ni pensaba aún en mantener relaciones sexuales, ni sabía apenas lo que era aquello. Debajo de ella se encontró el preciado sexo cerradito de Iria, signo de su pureza.

Introduciendo un dedo en aquella estrechita ranura de Iria, notó la suavidad de los prietos labios vaginales. Ciertamente, tenía un coñito delicioso…

Iria, al sentir un tacto que no era el suyo en su sexo, se puso muy roja. Sus sentidos se acrecentaban… Un dedo del sacerdote se posó en su escondido clítoris, un pliegue de carne que lentamente iba creciendo, como si quisiera ser descubierto. Iria sentía las caricias en su parte más placentera como algo propio de otro mundo…

El padre bajó más la cara hacia el dulce sexo de la joven, y con sus manos separó los potentes muslos de la joven. Se deslizaron hacia los lados, dejando más expuesta la cavidad pélvica, lo cual avergonzó más a la chica al sentirse más observada. Con ambas manos, los dedos hábiles de aquel sacerdote separaron los pliegues de la entrepierna de Iria. Con resistencia, propia de un coñito inexperto y nunca explorado por una mano masculina, los pliegues revelaron el interior rosado y lleno de belleza de la joven…

– Ay, David, yo… me está dando mucho corte esto… – Iria se había puesto una mano en la cara y observaba muerta de vergüenza entre sus finos dedos la operación que ocurría entre sus muslos. A la vez sentía un calor, impulsado por el pudor, que iba a más…

– Iria, no solo eres preciosa por fuera, sino también por dentro… – decía melancólicamente el padre, mientras sus dedos recorrían las partes más celosamente guardadas de la anatomía de la niña. Se paseaban por aquellas paredes esponjosas de aspecto sano y vigoroso, hasta que tras abrir completamente su interior vislumbró la esperada membrana virginal de Iria… – Oh, mi pequeña, esto es fabuloso… – dijo tocándola con la punta del dedo.

El sostenido placer de la jovencita quedó interrumpido por un gesto de dolor en su rostro, y un gemido lastimero llegó a los oídos del sacerdote.

– ¡Ay, ay, eso es lo que me duele que le comenté!

Iria suplicaba que se detuviese, incluso llegó a apartar la mano del sacerdote del interior de su sexo. David se dejó llevar por ella mientras en su mente ansiaba el momento de tomar el himen de la jovencita para él… Parecía dolerle una barbaridad, la penetración de Iria comenzaría seguramente con dolor y sangre…

Su sacrificio debía entonces ser acompañado con un intenso placer.

Rápidamente, sin dejar reaccionar a Iria, acercó su cabeza a la rajita que se abría ante él y con un lametón, de arriba abajo, recorrió la casta abertura. Dejando su saliva en ese cascarón vestal, culminó revolviendo la lengua en círculos en torno al clítoris de la muchacha.

– Mmmmm – fue la respuesta de Iria, quien había olvidado el dolor ya.

Y allí comenzó un ritual lento y elaborado a disposición del deleite de la jovencita, quien sintió a cada segundo cómo la temperatura de su entrepierna se elevaba sostenidamente y sin pausa. A cada movimiento de la lengua, ya fuese sobre la piel externa o colándose entre las paredes sagradas de su vagina, Iria ronroneaba a placer. Sus tejidos vaginales comenzaban a sudar un extraño líquido que parecía lubricar el sexo con una nueva fragancia…

Incluso el padre, tan excitado, mientras con sus manos amasaba las generosas nalgas y comía de la deliciosa almeja intacta de Iria, se atrevió a hundir con ligereza sus colmillos en las carnes trémulas, juntando al placer emanado una sensación exponencial que llevó a Iria casi al paroxismo.

– ¡Aaaahhh! ¡Ah, sí, de nuevo, por favor, se siente tan bieeeen!

David, enloquecido por ver a la niña disfrutar del buen sexo, al verla transformada y ya lejos de la pureza que solía lucir, aumentó el ritmo de sus lengüetazos y mordisquitos dentro de los labios internos. El padre ya sentía el flujo vaginal de la joven humedecer el espacio y sabía que la gran descarga orgásmica estaba cerca. Con su lengua recogía la gotitas de líquido de la excitada joven…

Iria ya se sentía casi descontrolada, sudaba enormemente por el calor que provenía de su vulva y que ya afectaba seriamente a su cerebro. Era una sensación que ascendía, que se revolvía no sólo en su entrepierna, también en lo alto de sus pechos… Iria con sus propias manos masajeó los pechos que casi nunca tocaba por considerarlos sucios, y retorciéndolos entre sus manos se preparó para el viaje final.

La saliva se volvía a remover por obra del maduro en torno al clítoris impaciente y latiente de libido mientras un dedo reconocía las paredes vírgenes y casi rozaba el himen… El calor de Iria ofuscaba sus pensamientos, se sorprendió pensando que ojalá el dedo hubiese desgarrado su virginidad y se sacudió ese pensamiento de la cabeza con fiereza. Pero no podía ya hacer nada, era imparable…

Apretó sus senos con fuerza, tocando sus pezones especialmente firmes, mientras sintió como el máximo grado de calor la invadía, como se fundía entera…

– ¡mmmMMM! ¡Ya, yaaaaaaa! ¡Ayyyyyyyyyyy! – se deshizo entre gemidos, mientras su cuerpo lo hacía en líquidos…

De las paredes internas vaginales empezaron a emanar repentinamente chorritos de flujos que empaparon el sexo de Iria… El padre vio cómo esos líquidos de olor intenso y color brillante se deslizaban en cascada y manchaban los labios mayores y se deslizaban hacia el ano. También recorrían radialmente las ingles y parte de los muslos del deseo… era tal la humedad de Iria que pensó que la cascada nunca acabaría de brotar. Y de mientras Iria gemía sin parar disfrutando de su orgasmo…

Se tomó la libertad de lamer un poco del néctar que sólo esa chica fabricaba, excesivamente caliente, fruto de salir recién horneado de aquella virgen…

El sacerdote se mostraba más que satisfecho del resultado conseguido en el cuerpo de la fogosa joven.

La excitada jovencita seguía respirando con profundidad, exhalando aún lentamente el placer de su orgasmo, mientras los jugos vaginales de su tierno sexo salían de aquel ángel, manchando los candentes muslos de la joven del deseo…

Viendo que la dulce Iria ya se encontraba preparada, David no dudó en emprender la iniciación total de la chica.

David reconoció el valor de su noble tarea.

Él, como jardinero de Dios en la Tierra, tenía la misión en aquél momento de cortar la bella flor de Iria, la vestal más pura que había florecido jamás.

Sin dilación, su duro miembro apuntó contra la vagina de la joven. Iria, con sus ojos bien abiertos, observó como el sexo masculino se acercaba a su intacta cavidad y al segundo siguiente sintió su tacto, el tacto del glande rozar a sus sensibles labios externos. Iria no sabía si reaccionar con decisión o con temor a aquel encuentro de órganos prohibidos…

El padre David agarró con una mano su pene para guiarlo dentro de la jovencita, suavemente lo empujaba para adentrarse entre esos labios vaginales. Iria por vez primera sintió un escozor en su sexo y, temerosa, se reclinó hacia atrás en el lecho, alejando el coñito de su invasor.

– Ay, David, yo no sé si esto irá bien, me gusta pero me duele al mismo tiempo… – se excusaba Iria, intentando cerrar sus piernas para proteger su estado virgen.

David comenzaba a impacientarse, debía desvirgar cuanto antes a Iria para evitar su reticencia.

Se echó encima de ella, palpando uno de sus pechos con suavidad mientras acercaba sus labios a su boca y la besó de forma muy romántica. Acabó mordiendo ligeramente el labio inferior de Iria, lo cual emocionó tanto a las células nerviosas de la adolescente que cerró los ojos para disfrutar más de esa sensación, al tiempo que su pezón era presionado y retorcido…

Mientras, el sabio padre tomó a Iria por la parte inferior de sus impresionantes muslos, y frotándolos con decoro los hizo suyos. A su voluntad agarró los muslos de la provocadora Iria y los separó cuidadosamente pero sin opción a resistirse por parte de ella, con lo que su sexo quedó de nuevo expuesto. Dejó caer el peso de sus velludas piernas para inmovilizar las piernitas de Iria, para que la mujercita no pudiese de nuevo cerrarlos…

La portentosa polla del sacerdote quedó de nuevo enfilando la conchita cerradita. Hábilmente, el padre dejó caer el miembro sobre el clítoris de la joven y lo empujó en movimientos muy pausados, que hicieron que Iria experimentase las ricas sensaciones que sintió antes al ser estimulada. Casi inconscientemente, la pelvis de Iria se levantaba como queriendo besar al miembro viril que le daba placer. David notó que era el momento de penetrar a la joven.

Siendo ya consciente de la estrechez del conducto virginal de su compañera de cama, procedió a separar con sus torpes dedos la entrada de la entrepierna femenina. Los carnosos labios se abrieron al máximo por culpa de la fuerza ajena ejercida y la tierna intimidad rosadita de Iria quedó expuesta. Al fondo la telita del himen se acomodaba entre tejidos vaginales aún vírgenes y de aspecto delicioso.

El glande nervioso y duro del sacerdote se introdujo entre la conchita abierta y empezó a presionar las paredes vírgenes mientras se hacía sitio dentro de Iria…

La casta jovencita notaba como su sexo era invadido por primera vez y por un órgano sexual demasiado grande. A medida que los centímetros avanzaban dentro de ella, la vagina, cerrada por costumbre, se contraía no sin dolor…

– Ay, David, esto me está escociendo… – exclamó Iria…

El miembro tenía dificultades para ensanchar el sexo de la niña a su paso, pero el sacerdote no tembló ni pausó su avance. La humedad de la chica ayudaba ligeramente a la invasión. La gruesa verga arrasaba la pureza de Iria y se acomodaba en su cálida vagina, hasta que topó con la ya conocida resistencia de la inexperta Iria.

La jovencita, al sentir que el pene que la abría por dentro llegó a la zona más sensible, no pudo evitar un gemido de sufrimiento:

– ¡Ayyyyy! Señor mío, ¡eso es doloroso!

– Sshhh, mi querida Iria… – le intentó calmar el excitadísimo padre David. – Como bien habías descrito, he llegado ya a la parte que confiere fuerza a tu voluntad. Tranquila, Iria, tu virginidad resistirá al sexo porque tu pureza siempre ha sido ejemplar…

Nerviosa, con los tejidos de la vagina separados al máximo dado el grosor de la verga y la virginidad siendo presionada, Iria miraba a David con gran sufrimiento:

– No, no te entiendo… David… Por favor, me está haciendo daño… Para – decía mientras se retorcía. Pero el hombre tenía bien agarrado el cuerpecito de la joven y no permitía que su miembro dejase de tocar su himen.

– Esta zona que te produce dolor intenta protegerte del deseo carnal, es fuerte, como lo fue la virginidad de la Virgen María, que nunca desapareció. Tú puedes ser así de resistente también, cariño, tu himen resistirá la tentación…

– Ayyyy, no sé, yo no estoy segura, sólo sé que me está doliendo, como si me fuesen a cortar… – dijo Iria con una expresión poco agradable en su cara de niña.

El roce del miembro contra la telita sagrada de Iria era cada vez más pronunciado. Con sorpresa, el padre recordó que en su juventud, en las pocas ocasiones que tuvo de acostarse con nenas vírgenes, nunca había encontrado un himen tan fuerte, tan difícil de romper como el que Iria presentaba…. Pero para ser sincero, tampoco había encontrado nada igual a Iria: ninguna chica era tan pura e inocente, ni tenía tan buena figura como esta virgen.

El cura no podía aguantar las ganas que tenía de desvirgar a esa tierna muchachita, más aún tras echar una nueva ojeada a su anatomía desnuda: unos pechos grandes y pesados, unos muslos bien jugosos a juego con unas nalgas respingonas y un conejito cerradito e intacto; un cuerpo cubierto con la exótica tonalidad de piel de Iria, una preciosa tonalidad tropical bañando en ébano su cuerpo y coronado con una carita angelical que parecía esculpida.

Y no pudo más, empujó con todas sus fuerzas contra la membrana virginal de Iria. Agarrándola de las nalgas, penetró con un embiste furioso el resistente himen de su fiel devota.

Los ojos verdosos de la dulce Iria se abrieron al máximo al sentir el brutal empuje contra su profundidad virgen. El intensísimo dolor era un eco por todo el cuerpo de Iria, la lucha contra el miembro era en vano. La joven chiquilla sentía cómo en su entrepierna la delgada membranita era resquebrajada, como sus tejidos virginales estaban cada vez más rotos…

El miembro por fin venció la resistencia del himen y empujó hasta el fondo del conducto vaginal.

El himen de Iria había sido desgarrado.

-¡¡¡NooooooooOOOOOO!!! ¡¡AAAAAAAAAHHHHH!! – se quejó Iria en un grito estruendoso.

La polla ya intentaba introducir sus últimos centímetros en la desvirgada vaina de la adolescente. Los restos del bien cuidado himen de Iria dieron paso a un sangrado lento que fue cubriendo la vagina y el miembro que la asolaba por primera vez.

– ¡aaaaaaAAAAAHHH! – gritaba Iria, con sus verdes ojos llorosos y rota por el dolor – Maldito seas, me duele… ¡¡¡me duele tantoooo!!!

Mientras la polla se había introducido totalmente, las pelvis masculina y femenina quedaban pegadas y el sexo del varón chocaba contra el fin de la desflorada vagina, haciendo más daño a la joven al herirle las puertas del fértil útero.

Su espalda se arqueó y de sus ojos cerrados con violencia salieron lágrimas. Iria era consciente de que en ese momento su coñito había quedado destrozado y sentía como la sangre caliente le brotaba.

– Tranquila, Iria, tranquila, mi niña… – decía un ilusionadísimo David, desvirgador oficial de la creyente más joven de la parroquia. – Tu cuerpo no ha resistido la prueba del sexo… Pero vamos a hacer que quede satisfecho. Mmmm, mi dulce niña, qué placer el desvirgarte, que sexo más apretadito tienes…

Iria entre sollozos se revolvía en el lecho de consumación. Entre sus piernas, el grueso mástil que la había estrenado le hacía daño, paralizando sus sentidos. El himen, aquella membranita divina que no pensó perder tan temprano, se había ido, con no poco sufrimiento, a manos de un párroco, ni más ni menos.

Y la firma de aquél acto era patente. A medida que David extrajo con dificultad su polla del pequeño coñito de Iria, arrastró una fina capa de sangre virgen que salpicó la sábana del lecho coital. Una mancha que quedaría para siempre en el lugar santo donde se desvirgó a una tierna muchacha, una sangre que el sacerdote tocaría todas las noches para recordar cómo él fue el que sacrificó la virginidad de la pequeña y tímida feligresa…

Al ver Iria como el sacerdote se separó de su cuerpo de deseo, de su pubis vio nacer el descomunal miembro que le causó dolor con algo de sangre en él y la joven emitió un sonido quejumbroso.

Sin dejar que se quejase más, David acercó su boca a la tierna boquita de Iria y la besó suavemente. Para su sorpresa, ella le aceptó casi sin rechistar… Y en el baile de labios y lenguas, David amasó los generosos senos que la Naturaleza le dio, y sintió la tersa piel de Iria excitándole siempre hacia el infinito. Los pezones no habían perdido la dureza que también conservaba un miembro que avanzó de nuevo entre los carnosos labios vaginales…

La chica sintió que el sexo ocupaba de nuevo su feminidad, y se resintió un poco. Pero hasta ella sabía, y quería sentir, que de todo ello debería salir algo bueno. Sus apretadas paredes vaginales sufrían por algo que debía merecer la pena.

El sacerdote puso ambas manos en las caderas sinuosas de Iria, como si la fuese a cabalgar.

Con gran sorpresa, la posición cómoda hizo que su miembro abandonase el sexo de la joven para volverlo a abrir. Martilleaba el cáliz aún inmaduro de la joven desvirgada con mucha habilidad…

– Ay, por favor, ¡por favor! –gemía Iria, suplicando que se detuviese.

– Iria, poco a poco, irás acostumbrándote… Ya verás – dijo el padre sin dejar de moverse dentro y fuera de la joven con expertos movimientos de cópula…

El roce del miembro viril contra las paredes vaginales aún escocidas de la joven no mejoraba el dolor interno de Iria. A cada embiste, con una fuerza que imprimía potencia en las caderas de ella, el cuerpo de Iria era empujado casi contra el cabecero de la cama para bajar de nuevo, a gusto de su amante. La repetición de movimientos dejaba a Iria casi sin aliento, no podía hacer nada contra aquella fuerza bruta que la asfixiaba contra la cama.

Pero, de repente, Iria comenzó a sentir un calor que nunca antes había experimentado… O al menos nunca antes de empezar a tocarse esa semana. De su entrepierna taladrada rítmicamente empezaban a surgir ciertas sensaciones que la invadían, sensaciones que acompañaban a cada empujón y no eran ya tan dolorosas, sino que incluso empezaban a ser placenteras.

Las paredes vaginales de Iria ya no se resentían tanto, pese a ser estrechas y prietas se iban poco a poco ensanchando con el paciente trabajo de David, es como si ya dejasen deslizar sin oposición a aquel miembro masculino que estaba cambiando la concepción del cuerpo de Iria. A cada empujón del corpulento sacerdote, el cuerpo de Iria recibía la fricción del miembro y el choque en el útero con sensaciones cada vez más lejos del dolor. El ritmo que imprimían a su pelvis empezaba a ser comprendido por el cuerpo de la inexperta niña, y se sorprendió anticipándose a las embestidas de aquel miembro, intentando que la vagina profundizase más, ayudando a la penetración a alcanzar la plenitud dentro de ella.

David notó que la recién estrenada putita ya comenzaba a comprender y a compartir el juego.

Iria, llevada por el impulso, cerró sus bellas piernas en torno a la espalda de su amante, confirmando así que no quería escaparse. Los preciosos muslos de la nena chocaban contra la piel velluda y tosca de aquel sacerdote salido que con sus potentes brazos estrujaba las caderas de la delicada chica, en los intentos de meterle el miembro más y más adentro en cada follada.

Iria tenía las piernas bien abiertas para facilitar la penetración y recibía con ilusión cada uno de los embistes de su follador. La zona pélvica de la joven se contraía y se estiraba de una forma perfectamente elástica y la vagina ya se había acostumbrado casi por completo a la huella que dejaba en ella el portentoso miembro tras cada zarandeo del sacerdote.

Y mientras todo eso ocurría, mientras la habilidosa forma de hacer el amor iba causando estragos en la mente y en el cuerpo de la joven, Iria comenzó a experimentar un placer delicioso, semejante al que había sentido al tocarse los dos días anteriores pero elevado al infinito.

– ¡Ah! ¡Ahhhh! – gemía la nena sin quererlo evitar.

Quizás fuera por el olor a hombría de David, por lo corpulento de su cuerpo, por sus movimientos… David escuchó con delicia los chillidos de la joven sometida a él y su cara de placer, que comenzaba a asemejarse a la de las mujeres adultas sexualmente libres.

– Mmm… Iria, me encanta oírte y verte con esa cara – decía David mientras Iria se mordía el labio inferior y se agarraba a las sábanas fuertemente con sus puños.

El sexo seguía bien duro para la inocente jovencita, que no tardó en excitarse más de lo debido.

Sentía la sangre correr a raudales por sus venas, su sudor mezclarse con el intenso olor corporal de él, la boca de él de nuevo chupando uno de sus pezones… Y la sensación tan exquisita que estaba a punto de desbordarse por su entrepierna, ya casi ciega de dolor y de placer y penetrada con ansia por el perverso eclesiástico.

En la cálida vagina de la adolescente, la sangre virgen se mezclaba con el líquido preseminal de aquél miembro, y una nueva humedad femenina estaba también cobrando mucho protagonismo…

Iria tembló entera, de pies a cabeza, al ser invadida por la inminencia de su orgasmo.

– ¡¡Siiiiiiiii!! –echó la cabeza hacia detrás como loca – ¡AAAAAAHH! ¡Dios, síiiii!!!

El interior de su vagina secretó un jugo lubricante en grandes cantidades mientras Iria no paraba de gemir de placer. El padre David recibió con inmenso deseo la corrida de Iria, fruto del buen trabajo sexual que estaba tallando en ella. Sintió como se escabullía entre su sexo y el de ella y llegaba a cubrir las pelvis de ambos con un fluido caliente, tanto como la temperatura de ambos.

Aún durante unos cuantos segundos Iria permaneció jadeando, cerca de la inconsciencia, mientras el miembro devoraba su intimidad, deseo de expulsar también otro preciado líquido en esa mezcla ardiente…

Ya el padre David sentía que no podía seguir taladrando eternamente a la hasta hace poco intacta Iria… Comenzaba a sentir cada vez más ese intenso calor que indicaba que llegaba al máximo.

– ¡Aaaahhhhhhhh! ¡Pequeña Iriaaaaa! Yo ya noooooo…

Iria, que sentía como las invasiones a su feminidad eran cada vez mayores, con movimientos más rápidos que la clavaban contra la cama, no tuvo reflejos ni fuerza para impedir la invasión final a su sexo…

En la cabeza del padre David, el pensamiento de que no debería dejar embarazada a Iria pasó con fuerza. Su mejor creyente, la chica más pura que había conocido, la joven más inocente… Pero al quedar opuesto el respeto hacia la imagen angelical de Iria con la imagen real en esos momentos, esa chica de piel y pelo oscuros desnuda siendo follada por primera vez con una tremenda sonrisa al sentirse estimulada; y, más aún, sentir en sus venas el deseo orgásmico inmediato, el padre no pudo respetar a su fiel creyente.

Tras tres durísimas estocadas que dejaron casi rota la pelvis de Iria, mientras la polla casi violaba el útero sagrado de la adolescente, el padre anunció su final:

– ¡Iriiiaaaaaa! ¡AAAAHHH! ¡Toma mi leche amoooor! ¡¡AAAHHHH!!

La gruesa polla, clavada hasta lo más profundo de la intimidad de la joven Iria, alcanzó su mayor grado de temperatura antes de retorcerse y convulsionarse mientras la carga se almacenaba en su glande. Y de la polla del cachondo sacerdote salieron disparados varios chorros densos de semen, que con una rapidez que sólo mueve el deseo, impactaron contra las paredes vaginales ardientes de Iria y se colaron por la cavidad que lleva al útero.

– ¡¡Aaaahhh!! ¡NOOOOO! ¡Dentro de mí nooooo! – protestó Iria al sentirse llena de leche de macho, en contra de su deseo. Recordó esas clases de educación sexual que recibía con pudor, donde se hablaba del semen del hombre que fertilizaba a las mujeres…

El útero de Iria se vio mancillado por la mezcla de esperma que entraba sin parar dentro de ella. El líquido manchó la anatomía intacta de la jovencita, una densa masa que fluía sin cesar por el inexplorado laberinto femenino y a cada centímetro humedecía el terreno fértil de Iria, acompañada de un sofocante calor que sólo puede provenir de un esperma bien expulsado. Mientras, la polla en éxtasis seguía soltando líquido, vaciándose entera en las profundidades de la cristiana, sin dejar de oírse las blasfemias producto de la excitación que sufría el sacerdote…

Finalmente, la eyaculación acabó, y el jadeante padre David dejó caer su extenuado cuerpo encima de la frágil figura de su discípula. La desvirgada jovencita de piel bronceada era víctima de una mezcla de sensaciones: la polla seguía dentro de su cavidad sexual, aunque empezaba a perder vigor; el corpulento padre aplastaba su cuerpo pero a la vez ella se sentía muy cómoda con su contacto, de su maltrecha vagina salía un reguero prohibido de sangre que había dejado paso a una cascada de placer sin límites. Y cómo olvidar que la habían llenado por dentro con una espesa crema masculina que ardía como el demonio y abrasaba su cáliz, que era la sustancia bioquímicamente responsable de la fecundación de las mujeres en edad fértil como ella; pero a la vez era para Iria todo un gozo sentir esa semilla como parte de ella, jamás se había sentido tan satisfecha en su aburrida vida…

– Aaaaaahhh – suspiró Iria, dejando exhalar el placer.

El sacerdote la oyó y procedió a besarla, los labios de esos dos cristianos se enlazaron en un mórbido beso que perduró casi un minuto.

El cuerpo del sacerdote se irguió sobre la joven desflorada, y el miembro, surcado de líquidos sexuales, salió de la ahora destrozada vagina santa de Iria. Ella notó como en su entrepierna había una danza de fluidos que interactuaban con su anatomía, y advirtió como empezaban a deslizarse suavemente hasta aparecer por el exterior de su sexo, en una especie de cascada. El semen que el sacerdote había soltado dentro de la exuberante creyente se dejó caer sobre las sábanas, justo al lado de las manchas frescas de sangre que indicaban cómo Iria había sido una chica virgen hasta hace bien poco…

– Mmm Iria… yo tenía razón, eres puro deseo…

Iria escuchó esas palabras y de repente recordó todas sus reacciones encadenadas durante el encuentro, y también las de los días anteriores… El sexo había atacado a Iria y la había vencido, pero a ella no le importaba lo más mínimo en ese momento.

– Dios… digo, padre David, o sea… David… te quiero – dijo casi sin darse cuenta.

Su cuerpo se sentía genial, había tocado el cielo en la Tierra. Es como si un cambio brusco hubiese cambiado su mente para siempre…

Mientras Iria cavilaba mirando hacia el techo, David agarró su miembro, del que se sentía orgulloso por haber roto el himen de la hermética Iria, y lo notó pringoso de su esperma. Acercó el pene aún algo duro a la cara de Iria, mientras con otra mano tocaba un pecho de la joven, deleitándose con su tamaño.

– Iria, amor, abre la boca. Límpiame, y siente el sabor que ahora discurre por dentro de ti…

A Iria ya nada le parecía extraño.

Seguía tumbada, así que levantó su cabeza. Sin dejar de mirar a su sacerdote con sus ojos verdes de mirada penetrante, la jovencita abrió la boca para acoger el sexo que se le ofrecía. Sus labios se abrieron al máximo y el glande entró dentro de su cavidad, la lengua saltó curiosa a lamer al invasor de carne…

El sabor que recubría al miembro humedecido tras la penetración llenó la boca de Iria en pocos momentos. El padre retiró el miembro para ver su reacción.

Iria mezcló el intenso sabor a semen y algunos rastros de sangre que ahora estaban en su boca con su saliva, y tragó la mezcla. Mirando a David, le dijo:

– Es extraño… es raro beber tu… bueno, aunque… – confesó una Iria con la cara enrojecida, en parte por la vergüenza, pero también por la excitación.

– ¿Es de tu gusto? – pregunta él, mientras su miembro recobra una poderosa erección…

– Sí… es algo dulce, no sé… me gusta beberlo…

Sin dejarle continuar, el maduro David agarró a la joven Iria por las sienes y atrajo su cabeza a su lanza.

Iria abrió obediente la boca para acoger el sexo… Lo notó duro como una roca, la misma sensación que sintió al tenerlo entre su piel íntima cuando le había rasgado el sexo. Los labios se cerraron sobre la polla, y la joven sintió como si aquella verga fuese excesivamente grande para su boca, si David seguía introduciéndola llegaría un momento en el que no entraría más… Por ello, cuando topó el inicio de la garganta, Iria tuvo una arcada que el sacerdote vio con disgusto.

– Tranquila, Iria, estás aquí para aprender, cariño… Poco a poco, chúpala con tus labios y tu lengua, y deléitate también con mis testículos…

Iria comenzó el proceso de aprendizaje por ella misma. Descubría con sus sentidos los misterios de aquél órgano largo y de grosos considerable, surcado de venas y que resistía con gran dureza. Con sus dedos de yemas suaves recorrió la extensión y lo abrazó con el puño, agitándolo incluso. Notaba cómo el órgano palpitaba, tenía vida, y su dueño gozaba con cada sacudida. Bajó la otra mano hacia la zona de la base, llena de pelos rizados donde encontró dos testículos grandes, que con sus dedos podía palpar, y se atrevió a agarrarlos. Su tacto era esponjoso… Iria escuchó a David decir que se cargaban de semen para liberarlos por el miembro cuando la excitación fuese suficiente.

Iria se metió el sexo del sacerdote en la boca y lo recorrió con su lengua, de arriba abajo. El calor que desprendía aquella polla iba cada vez a más. Notó una sensación extraña al acaparar tanta extensión de la polla en su boca, y cuando casi llega hasta los pelos de la base sintió de nuevo que no le entraba toda, de manera que se dedicó a recorrerla de forma exploratoria, entrando y saliendo de su boca al tiempo que ella tocaba con la lengua la piel de la herramienta que la desfloró. No dejaba de revolver los testículos durante la operación.

El sacerdote, que se había dado cuenta de la pericia de Iria pese a ser el primer pene con el que jugaba, estaba maravillado. Su excitación volvía tan vigorosa como se había ido hacía unos minutos… Tener a aquella inexperta Iria comiendo tan ricamente su sexo le hacía enloquecer, nadie hubiera dicho que era la misma chica pudorosa y estúpidamente cerrada que acudía cada día a la iglesia.

Iria ya había encontrado cómo ella disfrutaba más agasajando el miembro: mientras retorcía los testículos con una mano con la otra se servía de apoyo para hacer que el miembro entrase y saliese de su boca hasta la mitad, de una forma rítmica. Su lengua servía para recorrerlo en círculos a la vez que la saliva se agolpaba y se vertía por encima de aquella barra de carne. A cada segundo que pasaba estaba más caliente el miembro – y también la propia Iria -, y su propietario comenzaba a producir unos gemidos cada vez más audibles y penetrantes.

Incluso la polla se empezaba a convulsionar como loca. Su propietario no tardó en dar un gemido y una indicación:

– ¡¡Yaaaaa me vengo, Iriaaaa!! ¡Trágateloooo!

De nuevo, el miembro del cura explotó por culpa de Iria. Esta vez fue tan rápido que la sorpresa de la chica fue mayúscula, la explosión de esperma se produjo en la boquita de Iria de forma casi inmediata. Al momento estaba llena de semen denso que salía sin detenerse del orificio de la polla que aún seguía entre sus labios. El esperma mojó sus dientes, su lengua, con un sabor intenso y una temperatura por encima de la esperada.

Cuando el semen se resbaló por la garganta, Iria casi tose desesperada, pero el cura levantó su barbilla para impedirlo. Una vez hubo acabado de verter la semilla en la boca de su fiel, David sacó el miembro y admiró la expresión de Iria. Su cara era de sorpresa pero también de regocijo, su boca entreabierta estaba rellena a presión de semen y su lengua nadaba entre el mar de lefa.

Y cómo olvidar esos preciosos ojos verdes, que brillaban por el deseo ardiente…

En un gesto de agradecimiento sin palabras, Iria, sin dejar de mirar a la cara del desnudo padre, tragó el líquido… Lentamente, se fue deslizando por su garganta, dejando el sabor a hombre en su tracto digestivo. Cuando se lo tragó aún quedaban restos espesos en su boca, y el olor se sentía dentro de ella…

– ¡Ayyy!, es tan rico… – dijo Iria, sin dejar de gozar….

El padre cayó por cansancio, pero también por locura de alegría, sobre la cama, al lado de Iria. ¿Era posible que un ángel tan recto y puro albergara tal nivel de lujuria? Iria comenzaba seriamente a disfrutar y a amar cada parte del sexo que el sacerdote le ofrecía.

El padre rodeó con su brazo peludo el torso de Iria y lo atrajo hacia sí, en un abrazo. Iria respondió positivamente al gesto, introduciéndose por debajo hasta quedar tocando con su cuerpo desnudo el torso del sacerdote. Junto a él todo se sentía tan bien… No era solo su cuerpo, sino también su mente la que se relajaba, ambas estaban en perfecta comunión y sintonía.

El olor a sexo asfixiaba la habitación, y las respiraciones aún alteradas del maduro sacerdote y la adolescente no acababan de apagarse mientras se fundían en un cálido beso. La saliva de ambos se intercambiaba de boca gracias al movimiento de sus lenguas…

Y una vez más, el padre David, insaciable, recorrió el cuerpo de la nena con sus dedos, sin dejar de sorber la boquita tierna de Iria. Los turgentes pechos de ella descansaban cómodamente en el pecho del sacerdote, y los muslos depilados comenzaban a la altura del ombligo de él. David, ya buen conocedor y casi poseedor de Iria, escurrió su mano por la entrepierna femenina, buscando el acceso al tesoro de aquella pequeña mujer. Con la otra mano agarraba fuertemente una nalga perfecta de Iria, moldeándola y sintiendo todo su volumen y su grosor.

Iria, que ya ronroneaba, como musitando lo que quería que hiciese David, acogió con gran aceptación que sus dedos viriles se adentrasen en su todavía excitado coñito. El movimiento del cura, de hurgar en el sexo de la jovencita mientras excitaba su clítoris, arqueó la espalda de Iria y llevó a que separase las piernas, preparándose para otra oleada de placer…

En lo alto de la pared, una figura de madera muda observaba el acto. La cruz mantuvo su neutralidad sobre la imagen que transcurría en la habitación, inerte frente a aquel padre descarriado que buscaba la excitación del cuerpo de una feligresa muy joven, impávida ante la sangre de la desvirgación que seguía patente en las sábanas del juego sexual…

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