Soy inmigrante en este país. Nací en Johannesburgo, ciudad de Sudáfrica, cercana a Pretoria, la capital. Tengo 32 años, soy muy alto, mido 2,10 metros, herencia de mis bisabuelos. Él, un guerrero Masái que se casó con una mujer médico alemana que había ido a su poblado como misionera. Su hijo estudió también medicina en Alemania y volvió casado con otra alemana. Luego emigraron a Sudáfrica. Todos eran muy altos.

Mi padre, también muy alto, estudió medicina en España y se casó con una compañera de la facultad de medicina, de origen americano, que coincidieron en los finales de la carrera, volviendo ambos, al terminar los estudios, a Johannesburgo.

He estudiado en dos universidades americanas y una española. Soy doctor en ciencias químicas, biología y biomedicina. Durante mis estudios, he trabajado en algunas de las más importantes empresas y laboratorios americanos, que me proporcionaban los suficientes ingresos, para que, junto a las becas deportivas, pudiese mantenerme totalmente, sin ayuda de mis padres.

Al terminar, volví a mi casa para poner en práctica mis conocimientos, encontrándome que, en mi país, no hay prácticamente nada sobre ello, y menos en biomedicina, que es mi pasión.

Cuando mis padres decidieron ir a las zonas donde el ébola estaba más activo, decidí que me marcharía yo también. Ir a Estados Unidos, no me llamaba mucho, pero fui para probar y fue una experiencia poco gratificante. Más tarde, mis padres fallecieron víctimas de la enfermedad, aproveché que tuve que volver a Johannesburgo para dejar el trabajo que no me gustaba.

No tengo problemas económicos, porque mis padres me dejaron una herencia, que si bien no era multimillonaria, si era importante y estaba invertida en sitios donde obtenían buena rentabilidad.

Desde pequeño y durante muchos años, pasaba mis vacaciones en España, en casa de amigos de mis padres, donde hice grandes amistades, tanto entre los hijos de éstos como con otros conocidos y que fueron los que me convencieron para venir y dejar mi soledad.

Entré en el país con un visado de turista, que limitaba mi estancia a 6 meses. Mi intención era casarme con alguna mujer que se aviniese a ello y adquirir la nacionalidad. Gracias a mi altura y corpulencia, no tardé mucho en encontrar trabajo de relaciones públicas en una discoteca a la que acude gente de nivel medio alto y entre 20 y 40 años, por supuesto, sin contrato de trabajo.

Y aquí empieza mi historia, la que quiero contar. Ah!, se me olvidaba, el rugby y el taekwondo me han dado una corpulencia no excesiva y una elasticidad cuando me muevo, que junto a una cara que gusta a las mujeres, me hace tener mucho éxito entre ellas.

Ya en las universidades no tenía problemas para llevarme compañeras a la cama y ahora, en este lugar, mucho menos. Raro es el día que no me llevo a casa a una u otra. O a la oficina, donde tenemos preparado un hueco para follarnos a las que se ponen a tiro.

El jefe, al verme ya desde la primera vez, me encargó de la seguridad y hacer de relaciones públicas, animando a la gente, sobre todo mujeres, a beber, bailar y volver otro día. Esto me permitía buscar entre ellas a una posible candidata a un matrimonio temporal.

Frases como: “No conocerás a alguna que esté dispuesta a casarse conmigo para conseguir la nacionalidad”, “Estarías dispuesta a hacerlo, para divorciarnos en unos meses” , “Podríamos llegar a un acuerdo económico”, “Podría calentarte en la noches frías”, sobre todo a solteras mayores o viudas, muchas de las cuales habían catado mis 25 centímetros.

A los cinco meses, seguía sin encontrar pareja, incluso me anunciaba en las páginas de contactos con fines matrimoniales, pero nada.

Desde el principio de mi estancia, venían con cierta periodicidad un grupo de cuatro amigas, todas cercanas a la treintena, que gustaban de beber mucho, bailar mucho y calentar a los hombres mucho, para luego irse solas a su casa.

De mis conversaciones con ellas, me enteré de que Marisa, una rubia teñida, de buenas tetas y mejor culo, muy machacada en gimnasio y que no me hubiese importado follarme, estaba casada con un gestor administrativo, al que no le gustaban mucho esas salidas “de amigas” y que por eso se iban temprano (una o dos de la madrugada). Lo ayudaba en su despacho en un horario bastante cómodo entre las 10 y las 17 horas.

Sonia, buen cuerpo, también de gimnasio, pero menos espectacular que Marisa, casada con un director de banco.

Marta, casi gemela de Sonia, amigas porque los maridos trabajaba en la misma sucursal y secretaria a media jornada en una empresa de importación de no sé qué.

Y por último, Ana, soltera, no fea, pero tampoco guapa, del montón. Con el pelo cortado a lo chico, que perjudicaba su imagen en lugar de beneficiarla, seca, parecía estar siempre de mala leche, a la que prestaba atención solamente por cortesía.

Prácticamente terminado mi quinto mes de estancia y justo cuando empezaba mi trabajo, nada más abrir la sala, entró un tipo de esos que te hacen preguntarte “¿Qué hace aquí, si no pega con nada?”

Vi cómo se dirigía al camarero más cercado, le decía algo y éste señalaba hacia mí. Lo primero que pensé es que se trataba de alguien que venía a anunciarme que debía volver a mi país, y me dispuse a capearlo como pudiese.

-¿Jomo Metzler? –Es mi nombre. El apellido lo tomó mi abuelo de su madre cuando fue a estudiar a Alemania.

-Sí, yo soy. ¿Qué desea?

-Soy Alfredo Martín, abogado. ¿Me permite unas preguntas?

-Usted dirá.

-¿Es usted Jomo Metzler, de Johannesburgo, Sudáfrica, hijo de…, estudios en…, etc., etc.?

Me quedé alucinado. Sabía mis notas, los sitios donde había vivido, con quién, hasta los partidos de rugby que había jugado, los campeonatos de taekwondo que había ganado.

Tuve que confirmarle todos ellos, aunque algunos no tenía ni idea de si eran correctos. Sabía más de mí que yo mismo. Tras confirmarlo, preguntó:

-¿Está usted buscando una esposa con intención de conseguir la nacionalidad española?

Eso me mosqueó. Pensé que era un inspector de algo

-¿Por qué me pregunta eso?

-Porque tengo una oferta que hacerle. ¿Le interesa que hablemos?

Le dije que sí y lo llevé hasta la oficina, mucho más discreta que la sala, donde me expuso el motivo de su visita.

-Mi cliente me envía para concertar con usted un matrimonio. Al igual que usted, ella tiene necesidad de contraer matrimonio, aunque por causas distintas.

-Y qué causas son esas. No me estará metiendo en un lío.

-No, no se preocupe. Todo es legal. Su abuelo, fallecido recientemente y con el que no mantenía muy buenas relaciones a pesar de que vivía con él, la ha nombrado heredera de su fortuna, al ser huérfana desde muy joven. Pero para recibir la herencia, debe de cumplir una serie de condiciones.

-La primera, que ya está cumpliendo, es que tiene que trabajar en el negocio para cobrar un sueldo y poder vivir gratuitamente en la casa familiar, debiendo ser evaluada cada seis meses en su trabajo y por tanto su continuidad en la empresa.

-La segunda es que debe casarse antes de dos años de la apertura del testamento, y ahí entra usted. Mi cliente le hace la siguiente oferta. Si se casa con ella, recibirá una paga mensual de mil euros, limpios, sin ningún tipo de gasto, y compatible con su trabajo. El contrato durará seis meses, hasta la siguiente evaluación, donde ella, si la pasa, quedará libre y si no y si le sigue interesando, negociaremos un nuevo contrato con las instrucciones del notario.

-Podrá vivir en su vivienda habitual o en la vivienda adjunta a la casa de ella, en este caso gratis, durante el tiempo que dure el matrimonio y dos meses más para que busque nueva vivienda.

-No tendrán contacto entre ustedes, salvo el estrictamente necesario en salidas sociales o familiares, que son pocas, y las de la boda y visitas al notario.

-No buscará acercarse a ella ni forzarla a relaciones. Si se pasa lo más mínimo, será acusado de acoso o violación, terminará el contrato y será expulsado del país o encarcelado.

-Además…

-Mire, no siga. Acepto. No puedo dejar pasar la oportunidad. ¿Cuándo es la boda?

-Puesto que acepta, firme estos documentos, que son el contrato de separación de bienes y su renuncia a pedir indemnizaciones, los documentos para del divorcio, sin fecha por el momento y algunos otros documentos legales, porque no me ha dejado decirle que le tramitaremos la nacionalidad española desde mi despacho, sin coste para usted.

-Hoy es lunes y la boda podría ser el próximo lunes en los juzgados. Si me da su número de teléfono le indicaré cual en un par de días y le confirmaré todo. ¿Alguna pregunta?

-Pueeeessss… ¿Cuándo conoceré a la novia?

-El día de la boda, si no es necesario antes. Y preséntese con traje y corbata.

Y así quedó todo. Yo seguí trabajando, aunque en una situación extraña. Mi mente estaba divagando sobre mi futura esposa, a la que imaginaba de mil formas, desde la más guapa y sensual, hasta las más horrorosa y cutre.

Recibí la información de la boda. Podía llevar a dos o tres familiares o amigos, la boda era a las 14 horas, exigiendo puntualidad, y luego habría una comida en un famoso restaurante.

Yo acudí con mis dos amigos de correrías, con los que compartía piso y, algunas veces mujeres, para que actuasen de testigos. No sabía si existía algún familiar mío, por parte de mis abuelos.

Llegamos muy pronto y nos sentamos a esperar entre bromas y elucubraciones sobre mi futura esposa. Estaban al tanto de las circunstancias y se alegraban de que por fin podría dedicarme a la profesión para la que estaba preparado, aunque eso significaría el tener que separarnos.

Estábamos mirando a la puerta de entrada, viendo pasar a unos y otros, cuando aparecieron Marisa, Sonia, Marta y Ana, perfectamente vestidas y arregladas. Lo que menos esperaba.

Marisa estaba preciosa. A la luz del día era más impresionante que en la semioscuridad de la discoteca. Su vestido verde, ajustado a sus curvas y por encima de la rodilla, sus altos zapatos de tacón, su peinado terminado con un precioso sombrero Desee que no estuviese casada y fuese ella con la que me iba a casar. Las demás, también estaban muy bien.

-Hola, ¿Qué os trae por aquí? –Pregunté a Marisa.

-JAJAJAJAJAJAJA Lo mismo que a ti. –respondió.

-Vienes a alguna boda.

-JAJAJAJAJAJAJA Siii, a la tuya.

-Pero… Si no os había dicho nada.

-JAJAJAJAJAJAJA Qué torpe eres. Venimos de parte de la novia.

-¿Sabéis quién es?

-JAJAJAJAJAJAJA –La carcajada fue general, excepto Ana, que solo sonrió.

-Por supuesto. ¿Tú todavía no? No te preocupes, que ya falta poco.

En ese momento, llegó el abogado y estábamos saludándonos cuando nos llamaron para entrar a la sala. Mientras las mujeres terminaban de hablar con el abogado, nosotros entramos para ir a nuestros sitios.

En la sala había numerosas sillas ordenadas en filas y separadas por un pasillo de entrada. Había cuatro más al frente, delante de un pequeño estrado. Uno de mis amigos me acompañó hasta mi sitio, sentándome en el centro y dejando a mi derecha dos sitios libres, sentándose mi amigo en la de mi izquierda.

Si no hubiese estado sentado, seguramente me hubiese caído al suelo cuando Ana se sentó a mi lado y Marisa al otro.

Ana contenía la sonrisa, pero para Marisa era imposible. Aunque intentaba ocultarlo, se le escapaba de vez en cuando, y en todo momento, su cuerpo no dejaba de agitarse. Me volví ligeramente, para encontrarme con que Marta y Sonia estaban igual que Marisa.

Estaban sentadas en el lado del pasillo detrás de la novia, y el abogado detrás de mí.

Apareció el Juez, echó su discurso, nos hizo las preguntas de rigor, preguntó si llevábamos anillos. Yo dije que no. Ni lo había pensado. Pero el abogado se acercó he hizo entrega de un par de anillos nuevos. El de ella, le iba perfecto, el mío se me caía si no lo sujetaba. Por fin, nos declaró marido y mujer y firmamos los papeles.

A la salida, las mujeres nos echaron arroz y como no sabía el por qué, me explicaron que era una costumbre para atraer la suerte y la abundancia a la nueva pareja.

De ahí fuimos a tomar unas cervezas y descubrí que el abogado era muy buen conversador, y que junto a Marisa, Marta y Sonia, hicieron que el tiempo pasara rápido y de forma amena. Solamente Ana permanecía como apartada, con escasas intervenciones y sonrisas casi forzadas ante las frases y comentarios hilarantes.

La comida en el mismo tono, alargándose la sobremesa, para terminar en la discoteca, donde las obsequié con barra libre, que mis amigos aprovecharon al máximo, desapareciendo de mi vista durante toda la noche.

Inicié un baile con Ana, y luego estuve bailando con Marisa, Marta y Sonia, sobre todo con la primera, hasta altas horas de la madrugada. Al principio, bailes muy separados, luego nos fuimos aproximando. Marisa se daba vueltas y frotaba su culo contra mi polla, consiguiendo que rápidamente se me pusiese dura. En cuanto la sintió, ya daba igual el ritmo de la música. Echaba manos a mi culo y se apretaba bien, obligándome a poner mis manos por encima de sus hombros o su culo.

Cambiaban de vez en cuando con Marta y Sonia, que no se apretaban de forma tan escandalosa, pero también les gustaba sentir mis 25.

Ya cerca de las cuatro de la madrugada, anuncié que me iba a mi casa, pues al día siguiente volvía a trabajar y tenía que estar descansado. Marisa dijo que ella también se iba y que, puesto que iba a tomar un taxi, me acercaba a mi casa. Marta y Sonia dijeron que se venían con nosotros, pero Marisa les dijo que mejor acompañasen a Ana.

Ana, por su parte, me dijo la primera frase del día:

-Si quieres, mi casa tiene un ala independiente que está preparada para ti.

A lo que le contesté.

-Gracias. Te lo agradezco mucho. Cuando tenga empaquetadas mis cosas, me cambiaré.

Y cogiendo a Marisa suavemente por la cintura, salimos de allí, camino de mi casa. Cuando llegamos, pagó el taxi y se bajó conmigo.

-¿Dónde vas? ¿Vives por aquí?

-No, yo vivo en el otro lado de la ciudad. Tira para arriba, que hace rato que lo estoy esperando.

-¿No tienes que ir pronto a casa?

-Hoy he dicho a mi marido que me quedaría con Ana, por si intentabas acercarte a ella. Pero date prisa que no puedo más.

No me hice rogar y subimos a nuestro piso compartido. Mis amigos no estaban todavía. Se lanzó sobre mí, comiéndome la boca mientras me quitaba la chaqueta, me iba desabrochando la camisa, los pantalones y deshaciendo el nudo de la corbata. Yo hacía lo mismo con la cremallera de su vestido y el broche del sujetador, al tiempo que la empujaba hacia mi habitación.

Caímos sobre la cama, pero me puse en pie inmediatamente para dejar caer toda mi ropa en un instante y terminar de sacarle el vestido a ella y las bragas.

Desnudos ambos, nos ubicamos juntos en la cama acostados de lado, siguiendo con nuestros besos, mientras la abrazaba y le hacía sentir la presión de mi polla, ya dura de nuevo, contra su vientre.

Llevó su mano hasta ella y la frotó con la palma y dedos mientras decía:

-Mmmm. Estoy deseando sentirla dentro de mí. Bailando se notaba de buen tamaño, pero en directo es impresionante. Nunca había tenido una así. Pero no pienses mal, no he sido infiel a mi marido muchas veces.

Mis manos recorrieron su cuerpo tocándole los duros pezones, acariciándolos, jugando con ellos e incluso pellizcándolos. Luego pasaba a sus pechos, de tamaño ligeramente mayor que lo que abarcaba mi mano, y bajando hasta acariciar sus muslos por fuera , intentando volver por su interior, mientras ella se giraba hasta ponerse boca arriba, para permitirme llegar hasta su entrepierna, separándolas mientras me iba acercando a su centro.

Mi boca atacó sus pezones, que habían quedado libres, lamiendo y chupando con ganas, hasta que, poco a poco, fui bajando para llevar mi boca a su coño recorriendo con mi lengua los bordes de su raja, abiertos y húmedos,

Levantaba su pelvis para intentar dirigir mi lengua al punto que a ella le interesaba y que yo impedía que alcanzase. Sin embargo, ese gesto me vino bien para meterle primero un dedo y luego dos en su encharcado coño y moverlos dentro y fuera hasta que alcanzó su orgasmo en menos de un minuto, gimiendo con fuerza y alzando más su cuerpo.

Mientras se relajaba, mi lengua seguía su recorrido, dando vueltas por la parte que mi mano me permitía y que quedaba limitada a algo más de la zona de su clítoris. En cuanto se relajó un momento, puse mis labios sobre su clítoris y primero con mi lengua y luego succionándolo, volví a excitarla de nuevo. Varias veces me pidió:

-Por favor. Métemela ya. La necesito dentroooo.

Pero la ignoré, hasta que su coño fue otra vez un mar de líquidos. Entonces, cuando me lo volvió a decir, tomé un preservativo del cajón, me lo puse y fui metiéndosela despacio.

-Pfff. Pfff.

Soplaba mientras sentía como la iba llenando. No me detuve hasta que no pude meterla más. Todavía quedaba algún centímetro fuera. Esperé a que se acostumbrase…

-Ufff. Me siento llena. Nunca había tenido algo tan enorme.

-¿Ni tu marido ni los amantes tienen algo parecido?

-Todas han sido muy normalitas. La de mi marido casi ni me acuerdo, viene tan agotado a casa que se va a la cama directamente, bastantes noches hasta sin cenar, sobre todo cuando tiene que quedar con clientes, que muchas veces hacen que llegue de madrugada.

Ya más relajada, empecé a moverme, sacando y me tiendo mi polla despacio, pero empujando al llegar hasta el fondo, consiguiendo que al poco nuestras pelvis chocasen, dejando oír el plas, plas del choque, solamente apagado por los gemidos y frases de ella, que no callaba.

-Uhaaauuuu. Cómo la siento.

-Siiii. Sigue, sigue.

-Ohoooo. Me voy a correr otra vez

-Siii. No pareess. Me corroooo. Ahaaaaaaaaaaa.

A pesar de su corrida, yo no paré y seguí machacando su coño. Me arrodillé entre sus piernas, levanté su cuerpo colgándolo poniendo sus piernas sobre mis hombros, y coloque mi dedo junto a su clítoris para dar vueltas a su alrededor, bien próximo a él.

Metía mi polla con fuerza y eso hacía que mi dedo presionase más, como si golpease, para luego sacarla despacio.

Seguía lanzando las mismas frases repetitivas, añadiendo de vez en cuando:

-Jodeeerr, Cabróoonn. Me voy a correr otra veeeez.

No se las veces que se corrió, pero fueron bastantes. Cuando yo estaba listo para correrme, le avisé:

-Yo estoy a punto también. Voy a correrme ya.

-Siiii. Córrete. Hazme llegar contigo.

Aguanté un poco, aceleré los movimientos y ataqué directamente su clítoris. No tuve que esperar nada. Pronto dijo:

-Siii. Me corrooo. Córrete conmigo. Lléname de leche.

Le hice caso y me corrí. Fue una corrida larga, proporcional al tiempo que había estado follándola. No le hice caso en lo de llenarla de leche. Se la saqué y retiré el preservativo, luego fui al baño, lo tiré, me lavé y volví junto a ella.

Estaba boca abajo y parecía dormida, pero cuando me acosté junto a ella, giró la cabeza y me miró con una sonrisa en los labios. Acaricié su espalda hasta llegar a su culo, lo que le producía gratos estremecimientos. Así estuvimos un buen rato.

Más tarde, me puse a recorrer con besos su espalda con intención de follarme su culo. Ella alargó su mano y tocó mi polla, dura otra vez.

-¿Ya estás en forma otra vez? Yo estoy que no puedo más. Nunca me había corrido tantas veces. De hecho, solamente una vez por polvo. Tampoco había disfrutado de una polla como la tuya ni tanto rato…

Entonces miró el reloj de mi mesita y dijo:

-Huy, las cinco y media. Me voy. Aún llegaré antes de que mi marido se levante.

-¿Y si está despierto?

-Le he dicho que me quedaría con Ana por si acaso, para que no intentases aprovecharte de ella. Le diré que hemos estado hablando y bebiendo y como tú te has ido a tu casa, no era necesario quedarme más y me he vuelto a casa.

Riéndome, la tomé de la mano, tiré de ella y nos fuimos a la ducha juntos, donde volví a acariciarla y a dejar que mi polla pasease por su raja. Volvió a calentarse y pretendió echar el último, pero en venganza por lo anterior, le di una palmada en el culo y la mandé a vestir.