El miércoles posterior a la boda, recibí una llamada del abogado avisándome de que el sábado daba Ana una fiesta de presentación a la familia y que debía asistir. Cuando pregunté de por qué no me lo decía ella, me dijo que pasaba de todo. Que la estaba organizando él para evitar que la familia realizase preguntas no deseadas o revolviese ante los tribunales por la herencia.

El abuelo tenía dos hermanos, ya fallecidos, con dos hijos cada uno. De los cuatro sobrinos, uno murió joven sin hijos, otro se casó pero no tiene hijos y los otros dos, uno tiene hijo e hija y el otro, dos hijos y una hija. Todos estaban deseosos de que Ana no consiguiese la herencia para ser ellos los herederos.

Le pregunté qué debía decirles y me contestó que nos habíamos conocido por una página de contactos donde yo buscaba esposa y ella marido, que nos habíamos gustado y nos encontrábamos muy afines y nos habíamos casado. Que de la herencia me había enterado después y del resto de preguntas sobre mi vida y familia, que dijese la verdad.

La cena y fiesta era en un lujoso restaurante de la ciudad a las 9 de la noche. Yo debía pasar por su casa a las ocho para ir juntos y me avisó que, además de la familia, estarían las amigas que ya conocía y sus maridos, para que me sintiese más acompañado.

Ajusté los cambios de horario con los compañeros y el sábado a las ocho en punto, perfectamente vestido con mí esmoquin, llamaba en el tercer piso de la casa que me había dicho el abogado. Toda la casa pertenecía a la herencia del abuelo. Él se había reservado la tercera planta toda entera y era donde vivía hasta su muerte, teniendo el resto alquilado. Me abrió una muchacha con uniforme de doncella, que se me quedó mirando unos segundos con admiración.

Yo, al ver que no hablaba, le dije:

-Buenas tardes, vengo a buscar a Doña Ana.

Cuando se recuperó, me preguntó directamente:

-¿Don Jomo? ¿Es usted Don Jomo?

-Sí, yo soy.

-La señora ha dejado dicho que la espere en el salón. Que puede tomar lo que quiera con total libertad, o pedírmelo si no lo encuentra. –Me dijo mientras me guiaba.

Solamente tomé agua. Tras una breve espera de tres cuartos de hora, salió ella. Antes, el suave sonido del roce de prendas, detenido cerca de la puerta, me anunció que me estaba observando antes de entrar.

Llevaba un vestido negro, largo hasta los pies, con un escote delantero que llegaba casi hasta el ombligo, cruzado por una cinta, justo bajo las tetas , que impedía que se saliesen o mostrar más de lo debido. Un collar de perlas, imagino que buenas, pendientes a juego y un bolso pequeño y negro, ultimaban su conjunto. En sus manos, un anillo con piedras brillantes, seguro que diamantes y el de casada en la otra.

¿Que qué tal estaba? Psché. El pelo tan corto no la favorecía y los colores de labios y uñas, de color negro también, no me gustaban. El hecho de estar casada y tener más dinero, no la había mejorado.

-Ya estoy. Siento haberte hecho esperar.

-No te preocupes, porque ha merecido la pena. Estás preciosa. –Le dije, como cumplido por un lado y para que no fuese a cambiarse y me tuviese un par de horas más esperando.

-Muchas gracias, eres muy amable.

-¿Nos vamos? –Continué.

-Sí, vámonos. ¿Quieres conducir mi coche?

-Prefiero que no. Todavía no tengo homologado mi carnet de conducir en España. Es una cosa que quiero hacer en los próximos días, y tampoco sé dónde está el restaurante. Si quieres conducir tú, bien, si no, vamos en un taxi.

-Mejor en taxi. Con estos zapatos no puedo conducir. –Dijo mientras me enseñaba unos zapatos negros de altísimo tacón.

Se notó más cuando, al cogerse de mi brazo, quedó su frente casi a la altura de la mis ojos, siendo que el día de la boda apenas me llegaba a la boca. Llegamos al restaurante quince minutos después de la hora prevista, y ya estaban todos allí esperándonos.

Me fueron presentando a la familia, todos tratados como abuelos, tíos y primos. No recuerdo nada de ninguno, excepto de sus dos primas, de 26 y 24 años. Dos bellezas esculturales que me hicieron lamentar el no haberlas conocido antes o ser alguna de ellas la nieta del abuelo.

Los maridos de las amigas, me trataron con amabilidad, pero no podían ocultar su desprecio hacia mí, como si me consideraran un negro africano de algún poblado salvaje de la selva al que le acaban de quitar el taparrabos y vestido para la fiesta. Al final, se quedaron haciendo corrillo, hablando y echándome fugaces miradas seguidas de comentarios por lo bajo, que los hacían reír con fuertes carcajadas.

Los mayores hicieron muchas preguntas sobre nosotros y sobre mi vida, quedando impresionados por mi currículum. Ana no debía de saber nada, porque ponía cara de ignorancia, mezclada con maliciosas sonrisas hacia sus familiares.

Más tarde, pasamos al comedor, donde la cena transcurrió con normalidad, si exceptuamos el comportamiento de los maridos de las amigas, que no pararon de soltar gritos del tipo “Vivan los novios” y “Que se besen los novios” entre comentarios, risas y vasos de vino.

Acabada la cena, hubo baile, que inauguramos mi mujer y yo. Me comentó que bailaba muy bien, a lo que contesté que era una de las cosas que se aprendían en colegios y universidades americanas. También la alabé a ella por lo bien que seguía mis pasos.

Luego bailé con las tías, más tarde con las amigas, de las que Marisa, en último lugar, se encargó de ponérmela bien dura. Llevaba un vestido, corto, negro, de tirantes, con una chaquetilla torera que se había quitado para bailar, y mostrando los tirantes y parte de un sugerente sujetador. Cuando más caliente estaba, interrumpió nuestro baile una de las primas jóvenes que debía de estar mirando y que, en una de las aproximaciones, se me acercó demasiado y pudo comprobar la dureza de mi bulto.

Al terminar de bailar, me excusé y me fui al baño. El baño de caballeros era una habitación alargada, en la que, a la derecha, estaba un lavabo de pila doble, con un expendedor de toallitas de papel, seguido de los urinarios para hombres, y al otro las cabinas.

Al momento, se abrió la puerta y volví la cabeza al notar que no había movimiento, encontrándome a la prima en la entrada, mirando directamente a mi polla, que se veía perfectamente al estar algo separado del urinario.

Al mirarla dijo:

-Perdón, me he equivocado de baño. Pensaba que era el de señoras.

Pero no se movió hasta que vio que terminaba, entonces se dio media vuelta y cerró la puerta. Estaba secándome las manos cuando volvió a abrirse la puerta, y entró Marisa en tromba, arrastrándome hasta una de las cabinas y cerrando la puerta.

Seguidamente, bajó mis pantalones y calzoncillos, bajó la tapa del inodoro y me hizo sentar, todo eso en un momento, sin darme tiempo a reaccionar. A lo que me quise dar cuenta, se había subido la falda y se estaba empalando en mi polla. Venía preparada, pues no llevaba bragas y el sujetador ya suelto.

Había perdido algo de dureza, pero inmediatamente volví a estar a pleno rendimiento.

Me puse a magrear sus tetas con torpeza, pues sus frenéticos movimientos metiendo y sacando mi polla impedían la permanencia de sus pezones en mi boca. Los dos íbamos muy calientes, por eso, no tardé más de diez minutos en correrme, mientras que a Marisa le conté dos orgasmos.

Cuando me corrí, esta vez en su interior y sin condón, ella se levantó, se arregló la ropa un poco y salió corriendo, dejándome con la polla goteando todavía. Me lavé como pude, me vestí correctamente y salí de allí, encontrándome con Ana que iba buscándome porque ya se iban algunos de los parientes y querían despedirse.

-¿Dónde estabas? Te he estado buscando por todas partes.

-En el baño. Creo que algo me ha sentado mal, ha debido ser una copa de vino que me han obligado a tomar, y como no tengo costumbre…

Me miró de forma un tanto rara, pero no dijo nada. Me tomó de la mano y fuimos a despedir a los que se marchaban. El marido de Marisa se había quedado dormido en la mesa y los de las otras dos, no se tenían de la borrachera que llevaban.

Ellas habían hecho un aparte y Marisa les estaba contando algo que debía ser sobre mí, ya que les pillé alguna vez mirándome.

Cuando las primas se marcharon, se despidieron ambas con un beso en la comisura de mis labios, una a cada lado y tanto ellas como sus padres, nos desearon mucha felicidad.

Cuando nos quedamos solos, ofrecí a Ana el tomarnos una última copa, que aceptó, así pudimos tener unos momentos de intimidad, mientras nos tomábamos unos gin-tonics.

-¿Cómo tienes pensado nuestro futuro como pareja? –Le pregunte.

-Nosotros, como pareja, no tenemos futuro, en menos de seis meses revisarán nuestra situación, me haré heredera y nos divorciaremos. A partir de ahí, seremos dos desconocidos.

-¿Y nuestras relaciones?

-Si te refieres al sexo, no tendremos relaciones de ningún tipo. Puedes irte a la cama con quien quieras. Lo único que te pido es que seas discreto y no se entere nadie. Otras relaciones serán las mínimas y generalmente, procura que sea a través del abogado.

Hasta terminar la bebida, seguí hablando con ella sobre su familia, que los esperaba más ariscos, pero que me habían resultado amables, etc., etc. Aproveché para preguntar a qué se dedicaban sus tíos, que tenían sus propios negocios, qué hacían sus primos, trabajaban en el negocio de los padres, unos vagos con estudios sin terminar y colocados en puestos de dirección que no servían para nada ni intervenían en el funcionamiento de la empresa. Y por fin, lo que más me interesaba, sus primas. Tampoco habían terminado sus estudios. Su trabajo era el gimnasio, las tiendas de ropa cara y las salidas hasta el amanecer o el mediodía siguiente. Estuvo saliendo con ellas hasta que falleció el abuelo y se había casado conmigo.

-Son unas putas. Todas las noches que salíamos, tenía que irme a casa sola, y aunque no lo creas, la muerte del abuelo me afectó bastante, a pesar de la mala relación que teníamos. La soledad me angustiaba y por eso dejé de salir con ellas. ¿No se te han insinuado?

-No sé qué decirte, cuando he bailado un poco con la mayor, que no recuerdo su nombre…

-Cristina. –Me dijo ella.

-Eso, Cristina, parece que se apretaba y frotaba un poco conmigo, pero ya hemos dejado de bailar y no me ha dicho nada, sin embargo tanto ella como tu otra prima…

-Carmen. –Volvió a ilustrarme.

-Eso, Carmen, al marcharse me han dado un beso en la comisura de los labios, y no me ha parecido casual.

-Si, como te he dicho, son muy putas. Es posible que no tarden en llevarte a la cama.

-Te importaría.

-No, pero preferiría que fuese cuando estemos divorciados, para evitar los comentarios entre la familia.

Una vez enterado de lo que me interesaba, continué con preguntas y respuestas menos importantes, para mantener la conversación. A pesar de su sequedad habitual y lo ácida con su familia, era agradable a la hora de conversar y el tiempo se nos pasó volando.

Al terminar, me preguntó si quería que me llevase a casa en su taxi, pero rechacé la oferta y me fui en otro.

Las semanas siguientes fueron bastante normales. Venían las cuatro por la discoteca, a veces un día, otros dos en la misma semana, invitándolas yo a las bebidas, y dándoles un poco de conversación. Marisa me citaba para follar, pero siempre le ponía excusas del trabajo. También Sonia y Marta intentaban resultarme más agradables, lo que me daba una cierta idea de sus intenciones.

Pasó el primer mes y cobré mi segunda paga de manos del abogado, que pasó a incrementar los ahorros, puesto que el sueldo de la discoteca ya me daba para vivir y ahorrar algo.

Ese mes, uno de mis compañeros de piso se iba a vivir con su novia y el otro a trabajar a otra ciudad, por lo que me quedaba solo en el piso. Como no me apetecía buscar nuevos compañeros, le pregunté al abogado si seguía en pie la oferta de vivienda, confirmándomelo e informándome que la propia Ana le preguntaba todas las semanas si sabía cuándo me iba a mudar.

En dos mañanas hice mi mudanza. Mi nueva casa era parte de la de Ana. Era un apartamento con entrada independiente en el mismo rellano y comunicado por el interior con el resto de la vivienda mediante una puerta cerrada. Su uso era como vivienda de invitados, y constaba de dos dormitorios, un baño, cocina y salón de estar con televisión, equipo de música y bar bien surtido.

No coincidía con Ana en las entradas y salidas. Ella trabajaba de día y yo de noche. No hablábamos ni nos molestábamos, la puerta era una barrera infranqueable. Ninguno de los dos teníamos interés por el otro, pero mi vida mejoró en el sentido de que me hacían la limpieza y la cama, tenía la nevera llena y comida preparada cuando me levantaba a medio día.

En la discoteca, mis días festivos los tenía entre semana, durante tres semanas seguidas, y un fin de semana en la que hacía la cuarta. Unos guardaba fiesta sábado y domingo y otros viernes y sábado.

Ese mes lo pasé haciendo gestiones en mi tiempo libre y follándome en la oficina a la que caía por allí. Atendí a las cuatro amigas cuando venían los viernes, invitando como siempre a las consumiciones. Marisa estaba cada vez más insinuante, las otras dos, expectantes y Ana… indiferente.

El sábado del primer fin de semana que estaba en mi nuevo domicilio me tocaba fiesta. Serían sobre las 11 de la mañana cuando llamaron insistentemente a la puerta. Cuando conseguí despertarme y darme cuenta de que era el timbre, me puse unos pantalones, porque duermo desnudo, y fui a abrir.

Me encontré con la sorpresa de que era Marisa la que llamaba, y que nuevamente empezó avasallando. Cerró la puerta y me llevó de la mano directamente al dormitorio, mientras me decía:

-Vamos rápido. Tenemos quince o veinte minutos antes de volver a casa. Le he dicho a mi marido que iba a mirar para ver si encontraba un vestido que necesito.

Rápidamente, se quitó la camisa y la falda, quedando totalmente desnuda. Cuando la dejó en la silla donde había dejado el bolso, vi que de este asomaban las bragas y tirantes del sujetador.

Se lanzó sobre mí a besarme y frotarse, mientras me decía:

-No aguantaba más. Después del otro día, nada es igual. Necesito follar contigo más que el aire para respirar.

Intentó llevarme a la cama, pero yo quería otra cosa. Puse mis manos sobre sus hombros e hice presión hasta que se arrodilló ante mí.

-No me gusta. No he querido hacerlo nunca. Ni siquiera a mi marido.

-Pues vístete y vete. A mí no me gusta que me manipulen y utilicen. Si quieres follar hoy, será a mi manera, como yo quiera y hasta que yo quiera.

-No sé si sabré, pero voy a intentarlo.

Se quedó parada, esperando, hasta que le dije:

-¿A qué esperas? Quítame los pantalones y sácamela.

No tuvo problemas para quitármelos, pero se quedó parada mirando mi polla semi-erecta

-¿Que tengo que hacer?

-Métela en la boca y chúpala como si fuera un helado o un caramelo, también puedes pasarle la lengua a lo largo y lamer el borde del glande…

-No sé hacerlo, me da asco.

O me haces una buena mamada o ya te estás largando y dejándome en paz.

La excitación le podía más que el asco. Cogió mi polla y la empezó a dar besos, dando a la vez pequeños toques con la lengua.

Poco a poco fue pasando su lengua más tiempo y disminuyendo sus besos, hasta que probó a meterse el glande en la boca.

-Así vas bien, pero tienes que metértela entera.

Probaba a meterlo y sacarlo, intentando que cada vez entrase un poco más, aguantando arcadas y náuseas.

Intentaba chuparla como si fuera un helado, tal y como le había indicado, pero no pasaba de meterse poco más del glande. Cogí su cabeza y la obligué a meterse cada vez más trozo, en sucesivas envestidas. Por fin, entre arcadas y gemidos de asco, le entró hasta más de la mitad.

La metía, la dejaba un par de segundos y la volvía a sacar, repitiendo la operación hasta que dejó de tener arcadas, entonces la dejé que continuase sola.

-Hmmm, ¡sí! …así, así, sigue así. Lo haces muy bien. ¡¡Trágatela toda!! – Le decía para animarla.

Me doblé ligeramente para alcanzar sus pezones y acariciarlos rodeándolos con mi dedo y aprisionándolos. Marisa, que ya venía sobreexcitada, añadía gemidos de placer a los ruidos de succión y hacía que incrementase el ritmo.

Yo sentía cómo mi polla llegaba hasta el fondo y la volvía a sacar, como si usase la boca como un coño y se estuviese follando ella misma.

De repente detuvo su acción por un momento para sujetarla con su mano por la parte que quedaba fuera y extrajo el resto de su boca hasta que sólo el glande quedó aprisionado entre sus labios y dejando de succionar.

Movió su cabeza metiendo y sacando el borde del glande de su boca, al tiempo que lo recorría con la lengua. Luego se la sacó totalmente, la recorrió varias veces con la lengua en toda su longitud, terminando con besos en la punta que se llevaron el líquido preseminal que salía y volvió a seguir chupando.

No era ni de lejos la mejor mamada, pero me estaba dando mucho morbo verla arrodillada ante mí, chupándomela, mientras recordaba las risas de su marido y los otros a mi costa.

Solo de pensar que volvería con él y le daría un beso o que se acostaría con él dejando que metiese su polla donde yo me había corrido antes, me llevó al climax. Sujeté su cabeza para meterla bien adentro y me corrí con ganas, haciéndole tragar hasta la última gota.

Fue una magnífica corrida. No solamente por el hecho en sí de correrme, sino por las connotaciones que lo acompañaban. Notaba como salía toda mi leche y como se vertía dentro de su garganta y boca en los intentos que hacía para retirarse y que yo volvía a compensar con más presión sobre su cabeza

Cuando la saqué, ignoré la nueva sesión de arcadas, y babas con restos de mi corrida que caían sobre sus pechos y la tomé como si fuese una pluma para depositarla sobre la cama, lanzándome entre sus piernas para comerle el coño con ansia.

Náuseas y babas se le calmaron de inmediato. Se puso a gemir y luego a gritar, siendo ella ahora la que presionaba mi cabeza contra su coño, aplastando mi nariz contra su clítoris, mientras mi lengua entraba todo lo que daba de si, a la vez que la agitaba pidiendo que no parase y que siguiera .

Crucé mis brazos sobre los suyos para alcanzar sus pechos, acariciarlos nuevamente y frotar sus pezones, ahora erectos y duros como piedras. Su coño era un manantial. Su flujo y mi saliva escurrían por su perineo y ano hasta la sábana, donde formaban ya una gran mancha.

Poco después se corría incrementando sus gritos de placer, que confié en que no fuesen escuchados por los vecinos, pero un vistazo a la puerta, donde se encontraba la criada con una bandeja, que desapareció inmediatamente, me hizo darme cuenta de que por lo menos una persona se había enterado.

Con todo esto, mi polla seguía dura, así que, en cuanto terminó su corrida y me soltó, la agarré de los tobillos, la abrí bruscamente de piernas y la arrastré hacia mí. De un solo empujón le clavé toda mi polla en su coño, donde entró como si fuese un vaso de agua, de lo mojada que estaba.

-Ohhhh Me vas a reventar. No seas tan brusco.

No le había entrado toda, aunque más que la primera vez, pero fui moviéndome despacio y rápidamente se adaptó a mi tamaño.

Entonces fue cuando empecé a machacarla con ganas.

-Ohhh. Siiii. Cómo me gusta. Más fuerte. Rómpeme el coño con ese pollón.

Yo seguí dándole sin parar, mientras la besaba y acariciaba su pecho, hasta que alcanzó su segundo orgasmo. Entonces la hice ponerse a cuatro patas, levantando bien el culo, para volver a clavarla en su coño.

Nuevamente me pareció ver algún movimiento en el pasillo, al otro lado de la puerta, pero no le presté mucha atención.

Conseguí sacarle un nuevo orgasmo, pero no me detuve y me puse a acariciar su ano con mi dedo, echando saliva y frotando en círculos, a la vez que hacía presión para meterlo. Estaba muy apretadito, señal de que nunca había sido usado. Al rato, entraba y salía de su ano con la misma facilidad que mi polla de su coño.

-No puedo más. Necesito descansar. –Me dijo.

-Aguanta un poco más. Yo estoy a punto de correrme. Acaricia tu clítoris. Quiero correrme a la vez que tú.

Los movimientos de su mano rozaban mi polla en sus entradas y salidas, llevándome a borde del placer que ya de por si estaba próximo.

-Me corroooo. –Le anuncié.

-Siiii. Yo tambiéeeen. -Me anunció al sentir mi corrida en su interior.

Unos segundos después, caímos sobre la cama, ella agotada y yo satisfecho y cansado.

Miré hacia la puerta y no vi nada. Debió de ser la criada otra vez, porque Ana tenía que estar en la empresa y nunca venía a comer, y por la hora y el haberla visto con la bandeja, la criada debía haber traído la comida.

-¡Dios mío!, tengo que irme inmediatamente. Que le digo ahora a mi marido. Llevamos casi dos horas y cuarto aquí.

Y salió corriendo al baño. Volvió corriendo, sacó las bragas y el sujetador del bolso y se los puso con rapidez, se vistió, repasó su maquillaje y se marchó con un “te llamaré”.

Me quedé en la cama y dormí media hora más. Luego fui a la cocina, donde extrañamente, todavía no estaba la comida, por lo que me fui a la ducha con la intención de comer algo fuera, pero conforme salía secándome, oí golpes en la puerta que comunicaba ambas casas y después de ponerme la toalla a la cintura, abrí la puerta, que no estaba cerrada.

-Perdone señor, le traigo la comida.- Me dijo la sirvienta, roja como un tomate.

-Pasa, pasa. Cuando vengas, no es necesario que llames. Entra con toda confianza.

-Sssi, Gracias, señor.

Para confirmar mis ya más que claras sospechas, le pregunté.

-¿Ha venido la señora a comer?

-No, señor, no vienen ningún día.

Estaba claro que había sido ella también la segunda vez.

La seguí hasta la cocina, admirando su culo y sus movimientos, algo que ella debió de sospechar. Sea por eso o por lo visto anteriormente, se le notaba nerviosa mientras dejaba todo preparado para mi comida.

Le anuncié que me iba a vestir mientras ella terminaba y cuando volví, ya se había marchado.