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HISTORIAS DE ASCENSOR 01: TE MENTÍ…
–          Francisco, pásate por mi despacho un poco antes de salir, a las menos cuarto más o menos – me dijo Gloria, la jefa.
Sin-t-C3-ADtulo31Olé. Ya estaba. Dos años de trabajo de esclavo en la agencia de publicidad por fin habían dado fruto. La jefa iba a cumplir lo prometido y me iba a ofrecer un contrato fijo. Ya estaba bien de contratos de mierda de aprendiz, de becario, de estudiante… de puta para todo, vaya.
Aún recordaba con cuanta ilusión había comenzado a trabajar en la agencia dos años atrás, para encontrarme de bruces con la realidad. Cuántos cafés servidos, cuántas fotocopias hechas antes de que me permitieran trabajar en aquello que había estudiado, antes de poder mostrar mi talento.
Pero había merecido la pena. Meses atrás Gloria me había encargado un trabajo: colaborador junior en una importante campaña publicitaria. Madre mía, jornadas de 12 horas en el curro, para después continuar trabajando en casa. Sin vida social, sin poder ver a mis amigos, sin salir a divertirme…
Había sido un infierno, pero la campaña había sido un éxito y por fin Gloria iba a cumplir su palabra y la empresa me iba a contratar como publicista. La cosa iba a cambiar: ahora sería yo el que dispusiera de becarios a los que explotar, el que se marchara todos los días a su hora para casa, mientras los demás pringados echaban horas extra, el que iba a ganar pasta gansa por disponer de porcentaje de ganancias en las campañas…
Podía sentir en mi espalda las miradas de envidia de mis compañeros… por fin abandonaba el rebaño de los borregos y me iba a convertir en el pastor, ya no tendría que aguantar que el imbécil de Mario me mandara hacer todos los recados que se le ocurrían aunque yo estuviese hasta el cuello de trabajo y por fin podría borrar la sonrisilla condescendiente del careto de Espe, la puta secretaria del dueño de la agencia, que nos miraba con aire de perdonavidas a todos los pobres curritos de la agencia.
Y lo mejor… iba a trabajar codo con codo con Gloria, de igual a igual con el pivón más impresionante de la agencia… y por allí pasaban muchas modelos, ya saben.
Cómo estaba la tía… morena, ojos verdes, medidas de infarto, y con esa sensual manera de vestir, siempre con trajes sastre, faldas entalladas, dando imagen de jefa responsable de cara a la galería… pero con ropa de secretaria porno en mi calenturienta imaginación…
La de veces que había fantaseado con encalomármela a lo bestia, allí mismo, en el trabajo. Entrar en su despacho, barrer todos los papeles de su mesa de un manotazo, retreparla en la mesa, subirle la falda y clavársela hasta el fondo…
Aquel viernes iba a pasar a la historia, iba a firmar el contrato… iba a irme a mi casa… iba a llamar a mis colegas… iba a salir de juerga… iba a cogerme la borrachera más grande desde los tiempos de Boris Yeltzin…
¡¡¡¡¡Y UN MOJÓN!!!!!…………………………………………………….
A las dos y media de la tarde, con la oficina completamente vacía me encontraba en mi cubículo vaciándolo con expresión perpleja (con cara de gilipollas para los de la LOGSE) sin acabar de creerme lo que acababa de pasar.
Gloria, la muy cabrona, había esperado adrede a última hora para convocarme a su despacho, así la oficina se quedaba vacía y yo no podría montarle una escena delante de los compañeros. Allí sólo quedábamos ella, yo y Esteban, el viejo guarda de seguridad que se encargaba de cerrar las oficinas… y con mi suerte, seguro que si llego a montarle algún pollo a la jefa, el vejete de manos temblorosas era capaz de pegarme un tiro.

La madre que la parió. Me había despedido… bueno, eso no es exacto, en realidad “se había decidido la no prorrogación de mi relación contractual con la empresa, toda vez que se trataba de un acuerdo hasta final de obra y servicio y ésta ya había terminado”.

Vamos, que como conforme a la ley ya no era posible seguir haciéndome contratos temporales, pues habían pensado que era más beneficioso para la empresa echarme a la puta calle antes que hacerme fijo con la correspondiente subida de sueldo. Con mi salario podrían contratar a otro gilipollas recién salidito de la escuela al que podrían darle igualmente la patada tras 2 años de cruel explotación, mangoneo y humillación.
En resumen, que además de puta… apaleada.
En estado de shock, repasaba mentalmente la entrevista que acababa de tener con Gloria, recordando cómo me había manipulado, cómo me había utilizado en los últimos meses, usando su atractivo físico para tenerme de perrillo faldero, atento a cualquier cosa que ella necesitara, ofreciéndome siempre voluntario para todas las tareas chungas de la campaña, pensando, imbécil de mí, que aquello me haría ganar puntos para lograr el contrato…
Estaba cada vez más rabioso, enfadado conmigo mismo por haber sido tan inocentón, pero sobre todo con ella, por perra y manipuladora. Y lo que más me cabreaba eran sus palabras cuando le recordé su promesa de hacerme fijo en la empresa:
–          Te mentí – me dijo lisa y llanamente la muy puta mientras me miraba con aires de superioridad, como si no entendiera cómo un capullo como yo podía siquiera soñar con aspirar a trabajar junto a una elegida de los dioses como ella.
Cabreado, seguí metiendo mis tristes pertenencias en una caja de cartón de Ikea. Los muy cabrones, ni se habían dignado en hacerme un regalo de despedida, sólo una puta caja de cartón que cogí del almacén de material… y encima había tenido que montarla yo.
Los muy puercos… incluso me había dicho que, con el fin de no tener que pagarme las vacaciones no disfrutadas, me daban 2 semanas libres en las que seguiría cobrando el sueldo, pasadas las cuales podía pasar por la gestoría a firmar el finiquito. ¡Y lo había dicho con una sonrisa en los labios! ¡Como si me estuviera haciendo un favor!

Poco a poco fui calmándome, a medida que lo abrumador de la situación me fue superando. Madre mía, otra vez al paro… y con lo jodida que estaba la cosa… A punto de echarme a llorar, acabé de meter los pocos objetos personales que había acumulado en mi mesa y cerré la caja. Con un súbito ataque de melancolía, eché un último vistazo a mi alrededor, mirando por vez última el sitio donde había pasado la mayor parte de los últimos dos años, consciente de que, al final, todo el esfuerzo y el trabajo no habían servido para nada.
Apesadumbrado, caminé arrastrando los pies hacia la salida de la agencia, sin apenas prestar atención a lo que había a mi alrededor, cargando con la maldita caja de cartón en la que se agolpaban las fotos, agendas y las cuatro putas mierdas que podía decir que eran mías. No quise ni llevarme un triste boli que perteneciera a la empresa; no iba a darles el gusto de decir que había cogido algo que no fuera mío.
Como un zombie, llegué al rellano de la escalera, y me quedé contemplando el cartel de “AVERIADO” que había en la puerta de uno de los dos ascensores.
–          Como siempre – pensé – No sé por qué me preocupo tanto. Esto es lo mejor que me podía pasar. Abandonar esta cutre agencia de mierda que no tiene pasta ni para instalar un ascensor que funcione.
Con total desgana, alargué una mano y pulsé el botón de llamada del otro ascensor, provocando los típicos chirridos y crujidos que indicaban que el cacharro se ponía en marcha. Por suerte, el ascensor tardó poco en venir, pues a esas horas estaba libre ya que, siendo un edificio de oficinas, a las tres de la tarde de un viernes no pillabas allí ni al Tato.
Justo entonces, escuché unos tacones a mi espalda resonando en el suelo enlosado. Me giré para mirar, aunque estaba bastante seguro de quién era su dueña. Al hacerlo, mi mirada se encontró con la de Gloria, que llevaba unos papeles en las manos, por lo que hasta ese instante, no se había apercibido de mi presencia.
–          ¡Oh! Aún estás aquí… – dijo con voz un tanto incómoda.
–          Tenía que recoger las cosas de mi mesa – respondí.
En ese momento, la puerta del ascensor se abrió. Lentamente, entré en él y me di la vuelta para pulsar el botón, encontrándome con que mi exjefa no se decidía a entrar.
–          Vamos, Gloria – dije dando un suspiro – que no te voy a comer. El otro ascensor está roto y ya sabes lo lentísimo que es este cacharro. Te vas a quedar esperando por lo menos cinco minutos entre que este trasto baja y vuelve a subir. Y a patita son 12 plantas de escalera con esos tacones.
Aún dudando, Gloria se miró los pies, como para verificar que yo había dicho la verdad y llevaba tacones puestos (gilipollas). Se veía incomodísima con la situación, podía leer perfectamente en sus ojos lo que estaba pensando su cerebrito: que cómo había podido ser tan tonta de no darse cuenta de que yo estaba esperando el ascensor. Si hubiera estado atenta se habría podido ahorrar aquella violenta situación.
Por fin, pareció armarse de valor y asintió con la cabeza. Entró en el ascensor y yo me retiré hasta el fondo, apoyándome en el espejo que había, mientras ella me daba la espalda quedándose junto a la puerta, sin duda rezando para que el trayecto fuera lo más rápido posible y que yo no me volviera loco y le dijera algo que la hiciera pasar vergüenza.
 Gloria pulsó el botón del sótano (teníamos nuestros coches en el garaje) y el cacharro se puso en marcha con un crujido. Lentamente, comenzamos a descender, ambos en silencio, sin ganas de decirle absolutamente nada al otro. Por un momento consideré la posibilidad de montarle una escena, pegarle cuatro gritos y acojonarla un poco, pero con mi suerte, seguro que sacaba un spray anti-violación del bolso y me daba una buena rociada. Aquella puta tenía pinta de llevar uno seguro y yo sabía que no le daría ningún escrúpulo utilizarlo.
Pensando gilipolleces semejantes, me dediqué a observar su prieto culito enfundado en aquella faldita entallada que tan bien dibujaba sus curvas. Como estaba de espaldas a mí, podía contemplarla a mi antojo sin que se diera cuenta, aunque a esas alturas me importaba una mierda que se diera cuenta o no.
¡Joder, qué culo! Los cachetes se dibujaban perfectamente, apretando y tensando al máximo la negra tela de la falda. Si tuviera cojones, lo ideal sería aprovechar la postura y agarrarle los mofletes con las manos. Aunque me llevara una ostia, que después me quitaran lo bailado. O mejor, agarrarle la tetas por detrás, seguro que no se esperaba algo como eso y podría incluso arrancarle la blusa de un tirón y dejarle las domingas al aire.
Con semejantes pensamientos el viaje hasta el sótano se me hizo más corto que nunca (y eso que duraba cerca de 2 minutos, cronometrado por mí y por un compañero en cierta ocasión) hasta que por fin, el  display de la pared marcó -1.
Justo entonces, se escuchó un monumental crujido y el ascensor pegó un brinco. Pareció detenerse y, de repente, se hundió un poco, dando una especie de bote.
–          ¡Ahhh! – Gloria profirió un gracioso gritito, tirando el bolso y todos los papeles que llevaba por los suelos y se volvió hacia mí, mirándome con ojos desorbitados.
Yo, más acostumbrado a los caprichos de aquel viejo cacharro, no me alteré en absoluto y mi lado altruista y magnánimo me hizo intentar tranquilizar a aquella zorra, aunque no se lo mereciera en absoluto.
–          No te preocupes – le dije – ya estamos abajo; habrá sido un fallo del motor. Como esta mierda es tan vieja…
–          ¿Y por qué no se abre la puerta? – me respondió con los ojos como platos.
¡Coño, la verdad es que tenía razón! Las puertas seguían cerradas, a pesar de que el display indicaba que habíamos llegado al sótano. Fue entonces cuando me fijé que el -1 que aparecía en la pantallita temblaba, como dudando en si marcar -1 o -2.
–          ¡Joder! – exclamé, me parece que a este cacharro le han fallado los frenos y nos hemos pasado de planta.
–          ¡PERO, ¿CÓMO COÑO VA A PASAR ESO? ¡SI NO HAY MÁS QUE UNA PLANTA DE SÓTANO! – aulló Gloria con expresión aterrorizada.
–          Mira, tía, a mí no me chilles – le espeté bastante cabreado – En el hueco del ascensor queda siempre un espacio, para que entren los técnicos y eso. Ahí es donde están los amortiguadores. Seguro que el bote de antes fue porque estamos apoyados sobre ellos.
La chica se había quedado paralizada, no atinó ni a contestarme. Intuitivamente, comprendí que aquella mujer debía sufrir de claustrofobia, pues si no, no se explicaba tanto follón por quedarse encerrada en el ascensor. Me sorprendió un poco que Gloria, habitualmente tan fría, tan dura, tan segura de sí misma, tuviera una debilidad tan común (y tan intensa), pero la verdad es que me importaba un huevo y lo único que quería era salir de allí.
–          A ver, aparta, que voy a intentar abrir la puerta.
La mirada de loca agradecida que me dirigió me estremeció, hasta me compadecí de ella y todo a pesar de lo que me había hecho. Decidido, dejé la caja con mis cosas en el suelo y aferré las hojas de la puerta, tratando de separarlas. Mis músculos (no demasiado fuertes) se tensaron bajo mi camisa mientras yo apretaba los dientes por el esfuerzo… Nada, las puertas no se movieron ni un centímetro.
–          ¡Joder! – exclamé – ¡Qué duro va esto! ¡Esto no hay quien lo abra!
–          ¡APARTA DE AHÍ! – chilló Gloria empujándome a un lado.
Como loca, se colocó en mi lugar y forcejeó con las puertas, tratando de introducir las uñas en la ranura que quedaba entre ambas. Cuando se convenció de que no iba a lograr nada, se puso histérica y comenzó a dar golpes y patadas en la puerta, gritando pidiendo auxilio.
–          ¡SOCORRO! ¡EEEHHHHH! ¡ESTAMOS ATRAPADOS EN EL ASCENSOR! ¡SACADNOS DE AQUÍ!
–          Sí, sí, tú grita, puta – pensé – Que a estas horas de un viernes va a venir Superman a sacarte.
 Un poco aturdido y soliviantado por los gritos (hasta los cojones de tanto chillido para los de la LOGSE), la agarré por los hombros y la obligué a volverse hacia mí. Pensé en calzarle un par de buenas ostias, que según sale en las pelis es mano de santo para curar el histerismo, pero mi caballerosidad innata provocaba que me resultara incómodo pegar a una mujer, así que me limité a agitarla con fuerza tratando de que se calmara.
–          ¡Deja ya de dar golpes, que estamos en el sótano y no te va a oír nadie! ¡Usa el puto telefonillo, cojones!
El ascensor, como ahora obliga la normativa, tenía instalado un comunicador con la central de emergencias (me parece que con la de la empresa de ascensores) y bastaba con pulsar el botón 5 segundos para establecer comunicación con ellos (o eso decía el cartelito que había junto a los botones). Por desgracia, aquello no bastó para tranquilizar a la tía.
–          ¡ESA PUTA MIERDA NO FUNCIONA! ¡EL MES PASADO CUMPLIÓ EL CONTRATO Y LA JUNTA AÚN NO HA DECIDIDO RENOVARLO! ¿TE CREES QUE SOY GILIPOLLAS O QUÉ? – me aulló en la cara.
Joder, menuda empresa de mierda, en menudo edificio de mierda, rodeada de menudo montón de empresas de mierda era la agencia en la que había estado trabajando. Serían cutres. Tendría que haber probado los malditos extintores antes de salir de la oficina. Seguro que estaban todos vacíos y habría podido denunciarles por incumplir la normativa de seguridad en el trabajo.
–          Pues usa el maldito timbre de llamada – dije, encogiéndome de hombros – Esteban debe andar por ahí y a lo mejor lo oye.
Una repentina luz de esperanza brilló en los ojos de Gloria que, de un tirón, se libró de mí, abalanzándose sobre el cuadro de botones. Como una fiera, hundió su dedo índice en el botoncito amarillo con una campanita dibujada (ya saben cual), y una especie de sirena parecida a un pollo esquizofrénico comenzó a atronar en el ascensor.
–          ¡PIOPIOPIOPIOPIOPIOPIOPIOPIPIOPIO! – resonaba la alarma.
–          ¡SOCORROOO! ¡AYUDAAAA!  – aullaba la loca, con el dedo blanco por la fuerza con que apretaba el botón.
Yo, tapándome los oídos con las manos para proteger mis tímpanos del ruido, intenté (sin éxito) calmarla un poco.
–          ¡Gloria! – grité tratando de hacerme oír por encima de la barahúnda – ¡Que te lo vas a cargar!
Joder, si llego a saber antes que tenía dones proféticos hubiera jugado más a la Primitiva. En cuanto hube dicho esas palabras, al pollo le dio un infarto y se quedó mudo.
–          ¡PIOPIOPIOPIOPIOOOGUAJ…………!
Gloria, ya histérica del todo, comenzó a pulsar una y otra vez el botón, tratando de que volviera a chillar.
–          ¡VAMOS CABRÓN DE MIERDA, SUENA! ¡SOCORROOOOO!
–          Sí, tú dale, dale, que así lo vas a arreglar – dije yo, aunque no creo que ella me oyera.
Siguió chillando y dando golpes por lo menos diez minutos más. Yo, ya bastante cansado de tanto jaleo, me senté en el suelo y me apoyé en una pared, meditando sobre nuestra situación. Al principio yo también esperaba que el viejo Esteban alcanzara a escucharla pero, cuanto más tiempo pasaba, más comprendía yo de que el tipo debía haberse instalado ya en su cuartito de la planta baja, tras haberse asegurado de que las oficinas estaban cerradas y estaría ya viendo la mierda de programación de Tele 5, como yo sabía que hacía en cuanto se vaciaba el edificio. Entre sus obligaciones estaba hacer la ronda un par de veces, pero, estando solo y sin supervisión, quién coño sabía si la haría o no. Y si la hacía ¿para qué cojones iba a bajar al sótano, si allí no había nada?
Aburrido, saqué mi móvil del bolsillo, sólo para comprobar lo que ya sabía; dentro de aquel ascensor no había cobertura. Si habitualmente ya era mala en todo el edificio, ni les cuento cómo era dentro del ascensor, enterrado en lo más profundo del sótano. Al verme, Gloria se abalanzó sobre su bolso y, como loca lo registró en busca de sus dos (el personal y el de empresa) teléfonos móviles. Y una mierda. Ni gota de cobertura. Asustada, arrojó los teléfonos al bolso y volvió a reanudar sus golpes contra la puerta.
Poco a poco, fui haciéndome a la idea de que íbamos a tardar en salir de allí y, al parecer, mi forzosa compañera también, pues cada vez gritaba menos y golpeaba con menos ganas. Por fin, siguió mi ejemplo y se sentó en el suelo, apoyándose en la puerta del ascensor, cosa nada fácil debido a la falda que llevaba. Se abrazó las rodillas y comenzó a sollozar, meciéndose levemente adelante y atrás.

Aquello me conmovió un poco, pero enseguida otro tipo de pensamientos  ocuparon mi mente. Para poder sentarse con aquella falda había tenido que subírsela un poco, por lo que una pequeña parte de sus muslos quedaba expuesta, deliciosamente enfundados en unas medias negras con pinta de caras.
Así funciona la mente masculina, era perfectamente posible que me viera obligado a pasar unas cuantas horas encerrado en un ascensor (hasta que en mi casa me echaran en falta), sin agua ni comida, y me distraía pensando en lo buena que estaba la puta que acababa de despedirme.
La verdad es que Gloria me daba un poco de pena, la poderosa mujer de negocios reducida a una triste criatura sollozante, pero su voz todavía resonaba en mi cabeza, diciéndome:
–          Te mentí… – Justificando con dos simples palabras, la gran putada que me habían hecho.
Fue justo entonces cuando se hizo la luz y la inspiración me inundó de golpe. Mis pupilas se dilataron ante la brillante idea que se me había ocurrido. Me acordé de la charla que había tenido un par de meses atrás con Raúl, un amigo que había estudiado Ingeniería Industrial.
–          Espera, Gloria – dije – Acabo de acordarme de algo.
No me hizo ni caso y siguió abrazada a sus rodillas, meciéndose obsesivamente.
–          Quizás sea capaz de abrir la puerta – continué.
Al decir esto, logré captar por fin la atención de la chica. Bruscamente, clavó su mirada en mí, haciéndome estremecer por la cara de loca que tenía.
–          ¿Cómo? – exclamó con ansia – ¿Qué dices?
–          Recuerdo que un amigo me contó que es posible abrir estos ascensores desde dentro, si se sabe cómo. Por lo visto tienen un seguro interior para evitar este tipo de incidentes. Es sólo cuestión de soltarlo y las puertas quedan sueltas, con lo que se puede abrir con las manos.
–          ¿En serio? – dijo incorporándose – ¿Y a qué esperas?
Mientras hablaba, tironeaba de mi brazo, tratando de obligarme a ponerme en marcha.

Obediente, me puse en pié y me aproximé a las puertas.

Justo encima de las mismas, había un embellecedor medio suelto. Con un par de certeros golpes, logré soltarlo y quitarlo, dejándolo en el suelo. Apareció un amasijo de cables eléctricos, que yo examiné con aire entendido. Por fin, di con la clave.
–          ¡Ah! – exclamé – Ahí está.
–          ¿Ya sabes cómo abrirla? – exclamó Gloria con gran ilusión.
–          Sí, ya he visto el mecanismo. Se trata simplemente  de cortar el manguito del cierre hidráulico de las puertas. Con eso se suelta el cierre y las puertas pueden abrirse.
–          ¿Y a qué esperas? – repitió – ¡Hazlo!
–          Bueno… – dije titubeante – Falta una pequeña cosa.
–          ¿El qué? ¡Dime! – respondió ella, expectante.
Tras hacer una pequeña pausa dramática (siempre he sido muy amante de los efectismos) le espeté:
–          Que me hagas una buena mamada…..
Juro que me costó horrores no descojonarme de la risa al ver cómo su expresión pasaba de la ilusión y alegría más desbordantes a la estupefacción más absoluta.
–          Pero… ¿qué…? – atinó a balbucear.
–          Creo que me has oído perfectamente. Quiero que me la chupes aquí, en este ascensor, para que me lleve al menos un buen recuerdo de esta maldita empresa. Te has pasado dos años chupándome la sangre y ahora, como fin de fiesta, quiero que me chupes otra cosa.
–          Pero ¿qué coño te crees gilipollas? – escupió con furia – ¿Te crees que voy a chupar tu… tu asquerosa polla sólo para salir de aquí?
–          Bueno…  pienso que sí, pero, si no quieres, no hay problema. Hacemos otra cosa.
–          ¿El qué? – exclamó ella con sequedad, supongo que barruntándose mi respuesta.
–          Podemos quedarnos aquí sentaditos hasta que la peña regrese el lunes. Aunque sin comida ni bebida lo tenemos algo chungo.
–          Hijo de puta – siseó Gloria, con el odio refulgiendo en su mirada.
–          Y no hablemos de cuando tengamos que mear – dije agitando la cabeza – Yo todavía podré apañarme, pero lo tuyo va a ser un espectáculo.
Las películas dirán lo que quieran sobre dar ostias para quitar el histerismo, pero les aseguro que el cabrear a la gente es un remedio muchísimo mejor.
–          Te crees muy listo, ¿verdad? – dijo sonriendo – Pero ahora que sé que se trata de cortar un cablecito puedo hacerlo yo misma.
–          ¿De veras? – respondí con suficiencia – ¿Y sabes cual de todos es el que tienes que cortar?
–          Me importa una mierda. Si hace falta los arranco todos.
–          Ya – respondí asintiendo – Y con 1,65 que mides ¿cómo vas a llegar hasta los cables? Porque si crees que te voy a aupar sin algo a cambio… Y el precio ya lo sabes…
Joder. Qué gustazo. Borrar de un plumazo su expresión chulesca fue un placer difícil de olvidar. Poco a poco percibí como el brillo del miedo volvía a asomar en sus ojos.
Bruscamente, Gloria se puso en pié y se arrojó contra la puerta, dando torpes saltitos intentando alcanzar los cables. Tras uno de ellos, pisó mal con los tacones por lo que cayó al suelo con estrépito, quedando de rodillas, la cabeza hundida contra el pecho.
Pronto, su cuerpo se estremeció con los sollozos, mientras yo permanecía de pié a su lado, inconmovible.
Seguimos así unos minutos, mientras ella se hacía a la idea de cómo estaba la cosa. A medida que la situación penetraba en su mente, los sollozos disminuían de intensidad, con lo que comprendí que estaba a punto de salirme con la mía. Un escalofrío mitad excitación y mitad expectación recorrió mi columna.
Por fin, Gloria alzó la cabeza y clavó en mí sus ojos llorosos. La verdad es que estaba muy guapa a pesar del llanto.
–          Eres un cabrón – me dijo mientras se derrumbaban sus últimas defensas.
–          Pues anda que tú – respondí – Dos años, hija de la gran puta, dos años esclavizado en esta puta agencia mientras me mentías prometiéndome un contrato. He tragado mierda por un tubo… y ahora te toca a ti tragarte otra cosa.
–          Hijo de puta.
–          Sí, eso ya lo has dicho. Y bien, ¿nos ponemos a ello o me siento otra vez a esperar que nos rescaten?

–          …………………………..
–          O si lo prefieres puedes empezar a gritar y a dar porrazos otra vez, aunque te noto un poquito afónica – (era verdad).
Aún tardó un par de minutos en ceder, pero, por fin el miedo pudo más que sus escrúpulos.
–          Está bien – concedió – Al menos espero que no le cuentes esto a nadie.
Aquellas sencillas palabras consiguieron que mi pene comenzara a endurecerse dentro del pantalón. No podía creerlo, mi jefa iba a chuparme el nabo (bueno, exjefa, pero quien pensaba en esos detalles).
A regañadientes, Gloria se agachó frente a mí, mientras mi corazón amenazaba con salírseme por la boca de puro nerviosismo.
–          Vamos, sácatela – dijo Gloria evitando mirarme.
–          De eso nada, nena – respondí – Tú te encargas de todas las operaciones. Yo me dedico sólo a disfrutar del momento.
La chica me miró con un acerado brillo de odio en los ojos. Un escalofrío me recorrió la columna, al imaginarme que ella decidiera vengarse de mí cuando tuviera mi polla en la boca. Sacudiendo la cabeza para librarme de esos tétricos pensamientos, le metí un poco de prisa.
–          Aligera, Gloria. Que es para hoy. Y esa polla no se va a chupar sola.
Ella siseó una respuesta cortante, “hijo de puta” creo. Pero no estoy seguro al cien por cien.
Por fin, la chica se acuclilló delante de mí y llevó las manos a la bragueta. Al abrirla, se topó con un bulto ya bastante notable apretado contra la tela del slip. Con manos expertas (se notaba su profundo conocimiento en esas lides), Gloria sacó a mi pequeño general de su encierro, que quedó enhiesto mirando al techo del ascensor mientras la chica le daba unos suaves apretones, para lograr la máxima excitación.
Un tenue rubor teñía las mejillas de Gloria, lo que le confería un aspecto si cabe todavía más erótico. Sus ojos estaban clavados en mi falo y pude detectar un ligero brillo de admiración en su mirada, lo que provocó que mi ego alcanzara las más altas cotas de orgullo masculino. No me malinterpreten, no la tengo como un actor porno, pero no estoy nada mal equipado.
–          Venga, ¿a qué esperas? – la exhorté.
Gloria aún dudó un segundo más antes de decidirse a actuar. Incluso ese segundo se me hizo eterno, hasta que, finalmente, sus labios se entreabrieron para recibir mi ardiente barra entre ellos.
Un ramalazo de placer sacudió mi cuerpo cuando la boquita de zorra de mi exjefa se apoderó de la punta de mi instrumento. Sentir cómo mi verga se deslizaba entre sus carnosos labios me produjo tal placer que la cabeza me daba vueltas. Como pude, mantuve los ojos abiertos, para no perderme detalle de la mamada.
Gloria, queriendo acabar con rapidez, había atrapado la punta con la boca, mientras que su mano derecha me pajeaba el falo con intensidad, para provocarme un orgasmo veloz, y claro, yo no estaba dispuesto a permitirlo.
–          Pero, ¿qué clase de mamada de mierda es ésta? – la interrumpí – ¿Qué te crees? ¿Que estamos en una peli porno y me vas a chupar sólo la punta? De eso nada guapa, lo que yo quiero es una MA-MA-DA, bien a fondo y con sentimiento. No una mamada de puta de 20€.
Gloria me clavó una mirada de odio insondable tan intensa que me hizo temer por la integridad de mi pene, pues, a pesar de todo, la tía no se lo había sacado de la boca. Afortunadamente, decidió claudicar y hacer caso de mis deseos. Para estar más cómoda, se arrodilló directamente en el suelo, en vez de permanecer en cuclillas, con lo que su postura se hizo más firme.
–          Así, mucho mejor – asentí cuando Gloria comenzó a deslizar su lengua lentamente a lo largo de todo el tronco – Eso es, chúpame los huevos. ¿Ves cómo sabes hacerlo? Ni por un momento he dudado de tu habilidad como chupapollas.
Gloria decidió ignorar mi pulla y siguió con su tarea. Su mamada era ahora infinitamente más placentera, su lengua recorría toda mi polla, vibrando levemente provocándome estremecimientos de placer. Al llegar arriba, se entretenía jugueteando con el glande, que absorbía con los labios, haciéndola deslizarse en el interior de su boca, de forma que la punta se apretara contra su mejilla, provocando que ésta se abombara por el exterior de forma harto erótica.
Poco a poco, fue acostumbrándose al grosor del intruso, por lo que cada vez se introducía en la boca una porción mayor de chorizo.
Yo disfrutaba inmensamente de aquello, pero estaba decidido a disfrutar todavía más.
–          Gloria – siseé entre gemidos de placer – Enséñame las tetas.
Ella se sacó mi polla de la boca un instante, lo justo para contestarme.
–          De eso nada, eso no entraba en el trato.
El hecho de que siguiera chupándome la polla con tantas ganas me indicó que sus barreras estaban cayendo.
–          Vamos – insistí – Déjame verlas… Piénsalo, cuanto más cachondo me ponga, antes acabaremos.
Pensé que iba a tener que insistir un poco más, pero no hizo falta. Además, Gloria obedeció mis instrucciones de un modo muy excitante… Sin sacarse mi verga de la boca.
En pocos segundos Gloria desabrochó los botones de su camisa, revelando un encantador sujetador de encaje gris y negro. Sin hacerse de rogar (y sin dejar de paladear mi nabo), la chica desabrochó el broche del sostén y lo dejó caer al suelo, permitiendo así que mis ojos se regalaran con la magnífica visión de sus exquisitos senos.
Qué tetas, madre mía. Rotunas, redondeadas, de piel suave y aterciopelada, con un tono ligeramente moreno, sin duda fruto de sesiones de rayos uva, con areolas redondas, bien delimitadas y unos hermosos y enhiestos pezones que se mostraban desafiantes.
Me hubiera encantado sobar aquellas maravillas, pero en la postura que estábamos, conmigo de pié y con ella arrodillada frente a mí era imposible. Pensé en pedir tiempo muerto y sentarme en el suelo, pero la mamada estaba resultando demasiado buena como para interrumpirla.
A no ser que fuera por obtener un bien mayor…

Gloria ponía cada vez más intensidad en la tarea. Yo sabía que, poco a poco, había empezado a disfrutar de la situación. Era consciente de que aquella furcia se follaba al dueño de la empresa, y el tipo andaba más cerca de los sesenta que de los cincuenta, por lo que debía resultarle un agradable cambio el tener una polla joven y salerosa que llevarse a la boca (y nunca mejor dicho).
Por esto, decidí tentar a la suerte y tensar un poco más la situación.
–          Gloria – le susurré – Quiero ver tus piernas, tu ropa interior, súbete la falda.
Ahí estaba. Si lo lograba iba a sacar mucho más de allí.
–          ¿En serio? – dijo ella con una increíble voz de zorra – ¿Quieres verme las braguitas?
Mientras hablaba, Gloria deslizaba lentamente su cálida mano sobre mi ensalivado falo.
–          Sí, por favor – asentí – Si lo haces seguro que acabo antes…
Sonriendo, Gloria abandonó mi pene, dándole un respiro que les aseguro era muy necesario a esas alturas. Con algo de torpeza por estar de rodillas, Gloria tironeó de su falda entallada hasta subírsela por encima de la cintura. Mientras lo hacía, fue dejando al aire un sexy liguero a juego con el sostén, pues, obviamente, semejante bomba sexual no iba a usar panties corrientes.
Por fin, pude comprobar que sus bragas (tal y como había imaginado cientos de veces) eran de tipo tanga, extraordinariamente sensuales y, por supuesto, parte del mismo conjunto del sostén y el liguero.
Una vez satisfecha mi petición, Gloria intentó reanudar su faena. Hasta el momento se había ganado las dos orejas, pero yo iba a intentar que se llevara también el rabo.
–          Tócate – le dije – Sé que lo estás deseando. Quiero que te masturbes mientras me la chupas. Si lo haces, estoy seguro de que no aguanto ni un minuto.
A esas alturas el argumento de conseguir que me corriera deprisa carecía por completo de peso, pero hay que tener en cuenta que la pequeña Gloria había dado muestras evidentes de estar ya bastante caliente. Así que decidió seguirme la corriente.
Sin decir nada, volvió a enterrar su cara en mi entrepierna, con sus labios apoderándose ansiosamente de mi polla. Mientras, deslizó una de sus manos en el interior de sus braguitas, comenzando a toquetearse entre los muslos justo como su mamá le había dicho que no hiciera.
Yo me daba discretos cabezazos contra la pared del ascensor, para intentar que mi nivel de excitación descendiera. Y es que el espectáculo era para morirse. Tener a la tía más buena que conoces comiéndose tu rabo mientras se hace una paja es uno de las cumbres más altas a las que puede aspirar cualquier hombre. Y si esa mujer es tu superior, mejor…
Gloria ya estaba completamente entregada, disfrutando tanto de la polla que se estaba comiendo como de la paja que se estaba haciendo. Justo entonces se me ocurrió una pequeña idea que me ayudó a centrar mi mente en otras cosas.
Con cuidado, deslicé una mano en el bolsillo del pantalón, agarrando el objeto que buscaba: mi móvil.
Con mucho disimulo, activé la cámara y comencé a grabar en vídeo el tórrido encuentro que estaba manteniendo con mi exjefa. Ella no se daba cuenta, porque, dedicada al máximo a su tarea, tenía los ojos cerrados. No sé por qué, pero verla comerse mi nabo a través del visor del móvil, me excitó todavía más.
Ya no aguantaba, sentí como mis pelotas iban a entrar en erupción. Por un instante, pensé en hacerle caso al diablillo de mi conciencia y pegarle un buen lechazo en la boca a la muy zorra, sabiendo que no le daría tiempo a evitarlo, pues mantenía más de la mitad de mi nabo hundida en la garganta. Sin embargo pensé que era mejor no cabrearla, pues así quizás obtendría algo más.
–          Glo… Gloria – balbuceé – Ya me viene…
Con la rapidez y la habilidad de mil pollas comidas, Gloria sacó mi instrumento de su boca y lo pajeó con destreza, apuntando hacia un lado. Y lo hizo justo a tiempo, pues enseguida mis pelotas comenzaron a derramar su carga. Bueno, a derramar no, más bien a disparar a cañonazos de semen que cruzaron el ascensor de lado a lado, impactando sonoramente contra la pared de enfrente. En mi vida me había corrido tanto.
–          Joder, Francisco. Ibas bien cargado ¿eh? – dijo una sonriente Gloria sin soltar mi polla que expulsaba los últimos lechazos.
–          No es eso – respondí – Es que estás muy buena… y la chupas divinamente.
No estoy del todo seguro, pero creo que Gloria se sintió un poco halagada por mi obsceno piropo. Zorra como pocas, ya lo he dicho antes.
–          Bueno – continuó – Ahora cumplirás con tu parte, ¿no?
Sí, como que se me iba a escapar viva de allí.
–          Claro, Gloria – asentí – Un trato es un trato. Pero sería una lástima que lo dejáramos aquí. Vamos, no me negarás que tienes ganas de un poquito más de marcha ¿eh?
Ella me miró unos segundos con expresión divertida, tratando de decidir si se rendía a su libido o si me mandaba a la mierda por lo que le había hecho. Yo estaba a punto de explotar, pues la chica no había hecho intento alguno por taparse, por lo que seguía con la falda enrollada en la cintura y las domingas al aire.
–          Venga… si lo estás deseando – dije moviendo la cintura, para que mi todavía morcillona polla diera brinquitos de expectación.
Aquello hizo reír un poco a Gloria, mientras negaba con la cabeza con aire divertido. Eso fue suficiente para mí y, como un animal en celo, me abalancé sobre ella, pudiendo por fin echarle mano a su escultural anatomía.
–          ¡UF! Cabrón – siseó Gloria – Me has puesto cachonda. Al final te vas a llevar un finiquito de puta madre, ¿eh?
–          Sí, como se corra la voz en la empresa la mitad de la plantilla se despide mañana mismo.
–          Como se te ocurra contárselo a alguien te la corto en rodajas…
Mientras charlábamos de esa forma, no parábamos de magrearnos el uno al otro. Yo me había situado pegado a la espalda de Gloria, apretando mi levemente mustio miembro viril contra su prieto trasero. Mientras, mis manos se habían apoderado de sus espléndidas mamas, y me dedicaba a amasarlas y estrujarlas con lujuria, provocando que Gloria gimiese quedamente, fruto de la excitación y el deseo.
Jugueteé y tironeé de sus pezones, palpándolos y excitándolos todavía más. Con pasión, besé su cuello y lamí y mordisqueé el lóbulo de su oreja, elevando cada vez más la excitación de la mujer. Justo entonces, una de mis manos se deslizó por su plano vientre y se introdujo en sus braguitas, encontrándose con un enorme charco de humedad y calor entre sus piernas.
Gloria, sorprendida por la súbita intrusión, apretó con fuerza los muslos, atrapando mi mano entre ellos, aunque me daba igual pues mi mano estaba justo donde yo quería que estuviera.
Mientras, Gloria movía sus caderas rítmicamente, frotando su delicioso culito con mi cada vez más duro cipote. Pronto tuve el hacha completamente en pié de guerra, dispuesta a perforarla y horadarla hasta el fondo, pero estábamos disfrutando demasiado del magreo, así que seguimos así unos segundo más.
En ese momento, así la barbilla de Gloria y la giré hacia mí, con intención de hundirle la lengua en la boca y buscarle las amígdalas, pero ella apartó bruscamente el rostro, impidiéndome besarla.
–          Déjate de besos, cretino – me espetó – A ver si te crees que esto va ser algo más que un polvo con el zángano de turno.
La madre que la parió. Hasta allí, con las tetas al aire y el coño empapado, la muy puta se las arreglaba para ser arrogante y autoritaria. No sabéis cómo me tocó los cojones.
Un poquito enfadado, empujé a Gloria apartándola de mí. Sorprendida, estiró las manos para evitar darse de morros con la pared del ascensor. Agarrándola por las caderas, tiré un poco hacia atrás, obligándola a quedar inclinada hacia delante con las manos apoyadas en la pared.
De un tirón, le bajé las bragas hasta los tobillos, dejando al aire su espléndida grupa. Me agaché tras ella y agarré una nalga con cada mano, separándolas para echarle un vistazo a su apretadito ano. Tenebrosos pensamientos circularon por mi mente y la posibilidad de romperle el culo cobró fuerza en mi cerebro. Sin embargo, fue como si ella fuera telépata, pues me dijo:
–          De eso nada, amiguito. Lo que tienes que hacer es comérmelo bien comido.
Mientras decía esto movía el culo de un lado a otro, manteniendo sus muslos bien abiertos, lista para que yo le comiera el coño desde atrás. Pensé en obedecer, pero mi orgullo masculino prevaleció.
Metí una mano entre sus muslos, empapándola bien de sus fluidos vaginales, que luego extendí sobre mi ardiente falo, completamente listo para la acción.
Con habilidad, me incorporé a espaldas de Gloria y deslicé la polla entre sus piernas, colocándola en posición. De un viaje, le clavé el cipote hasta las bolas, sorprendiendo bastante a la chica que esperaba otra cosa por mi parte.
–          ¿PERO NO IBAS A COMÉRMELO? – aulló mientras mi polla la perforaba sin piedad.
No me digné ni a contestar y, con fuerza, comencé a bombearla desde atrás. Para que no se soltara, me agarré a sus caderas y seguí propinándole certeros pollazos a su encharcado coño.
Gloria, desequilibrada, sólo podía apoyar las manos en la pared y dejarse hacer, pero pronto comprendí que eso no le disgustaba en absoluto.
–          ASÍ CABRÓN, ¡FÓLLAME! ¡MÁS DURO! ¡DALE MÁS DURO!
Joder, a eso sí que le hice caso. Pronto me encontré con mi culo bombeando a toda velocidad en la grupa de la chica, hasta creo que se oyó un ruido cuando alcancé el mach uno y rompí la barrera del sonido. En mi vida había echado un polvo más salvaje.
Normalmente, cuando estoy con una chica, me preocupo por ella y por no hacer nada que le desagrade o le moleste, pero con Gloria me desinhibí por completo y me la follé a lo bestia, pues a aquella tía parecía no haber nada que no le gustara.
Pronto se acomodó al ritmo de mis embestidas y afianzándose en su posición, levantó un pié del suelo para apoyarlo en la barandilla que había al fondo del ascensor, donde estaba el espejo. Al hacerlo, quedó con un único pié apoyado en el suelo y con el otro en alto, ofreciéndose completamente abierta a mí.
Giré la cabeza y nos vi a ambos en el espejo; una guarra medio loca despatarrada a lo bestia y un zángano zumbador agarrado a ella cual garrapata. Me acordé del móvil y, sin dejar de bombear, volví a cogerlo y nos grabé follando como conejos aprovechando el reflejo.
–          ¡MECORRO, ME CORRO! – aullaba ella a pesar de estar medio afónica – ¡ME VOY A CORRER HIJO DE PUTAAAAA!
Vale, vale, pensaba yo, pero eso sí, sin dejar de zumbármela.
–          Pero, ¿qué haces cabrón? – gritó de pronto – ¿Nos estás grabando?
Y estallé. Mis huevos volvieron a explosionar justo en el instante en que Gloria, cabreadísima, Me daba un empellón hacia atrás, apartándome de su cuerpo serrano. Desequilibrada por la inestable postura, cayó despatarrada al suelo, en un confuso montón de tetas, coño, piernas y ropa.
Mi mente no daba para más, agotado y confuso por la increíble sesión de sexo, puse la guinda  a la fiesta de la manera más brillante. Agarrándome el nabo, esta vez fui yo quien dirigió los disparos de leche, pero escogí un blanco mucho más excitante que la pared del ascensor.
Gruesos pegotes de semen comenzaron a impactar contra el sudoroso cuerpo de Gloria, que en la confusión, no acertaba a levantarse del suelo. Le impacté en la cara, en las tetas y la visión de su cuerpo pringoso de mi corrida hacía que me corriera todavía más. Y todo esto sin dejar de grabar. Como un profesional.
Finalmente, Gloria logró incorporarse y ponerse a salvo de mis descargas, aunque para ese entonces no me quedaba munición. Con los ojos en llamas, se volvió hacia mí hecha una furia.
–          ¡Hijo de puta, ya estás borrando el vídeo inmediatamente!
–          Vamos, Gloria, que es sólo un recuerdo, no voy a enseñárselo a nadie y me servirá para recordar que, por una vez, conseguí a la más guapa.
No sabía ni qué cojones decía, pero me daba igual. El móvil ya estaba seguro dentro del bolsillo y mi verga volvía a estar a salvo dentro del pantalón.
Gloria, comprendiendo que no podría quitarme el móvil a las bravas, cambió de táctica.
–          Bueno, ya hablaremos de eso luego – dijo mientras se limpiaba mi leche con un pañuelo – eres un cerdo, no veas cómo me has puesto.
–          Lo siento, ha sido la excitación del momento. La verdad es que yo pretendía correrme en tu coño, pero como me has empujado y te has caído delante de mí… Ni me lo he pensado.
–          Qué hijo de puta – masculló con expresión de hastío.
Gloria tardó unos minutos en adecentarse un poco, aunque era imposible hacer milagros. Se echó una mirada en el espejo, lo que aprovechó para eliminar una manchita de semen que le brillaba en el pelo. Por fin, mínimamente satisfecha, se dirigió hacia mí.
–          Bueno, espero que ahora me invites a una copa. Normalmente sería al revés, primero la cita y después el sexo, pero te las has apañado muy bien para liarme.
Esa era su táctica. Iba a intentar recuperar el móvil con un acercamiento pacífico.
–          Claro, nena, te invito a una copa cuando quieras – respondí.
–          Vale, pues vamos, ¿y a qué esperas?
–          ¿A qué te refieres?
–          ¡A la puerta! ¡Ábrela de una vez!
–          Lo siento, Gloria, pero no tengo ni puta idea de cómo se abre.
–          ¡¿QUÉ?! – aulló.
–          Lo que has oído. ¿De veras te creíste lo del manguito del cierre hidráulico? Que esto no es un autobús…
–          Pero tú dijiste… – balbuceó la pobre chica con incredulidad.
–          Te mentí…
Y me quedé más ancho que largo.
……………………………………………….
Nos rescataron un par de horas después. Mi familia se inquietó por mi tardanza y, como no contestaba al móvil, mi hermano vino hasta el trabajo y junto con Esteban bajó al aparcamiento a comprobar si mi coche seguía allí.
Cuando nos sacaron, yo presentaba cortes y magulladuras de diversa especie. Nunca he visto a nadie más parecido a una gata furiosa que a Gloria en aquel ascensor.
Sólo 3 cosas más:
–          Por si se lo preguntan la charla que tuve con mi amigo Raúl fue sobre un polvo que había echado en un ascensor de su facultad.
–          He descubierto una cura infalible contra la claustrofobia.
–          El móvil lo tengo en el bolsillo a buen recaudo.
Un saludo.
FIN
PD: A todos los fans del gran Goyo Jiménez (cuando hace monólogos, no presentando programas cutres), un saludo especial y les pido perdón si les ha molestado el chistecito copiado del genial humorista.
TALIBOS
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