Capítulo 3: La Rendición de Diana

Hera no era tonta. Zeus estaba inusualmente alegre esa mañana. Lo vigiló como un halcón mientras pudo, pero no hizo nada fuera de lo común. Le hubiese gustado seguirle a todas partes aquel día, pero a pesar de ser una diosa y estar en el Olimpo tenía cosas que hacer y se vio obligada a dejarle.

Zeus esperó, consciente de que mientras su mujer le vigilase no podía hacer nada. Cuando finalmente se quedó solo fijó su atención en Angélica. La relación entre las dos jóvenes se había establecido tan rápida y con tal fuerza que necesitaba librarse de ella por unos días. Esta vez fue más sutil y generó una tormenta sobre la ciudad de los padres de Angélica, “desgraciadamente” un rayo impacto en la casa de los ancianos destruyéndola por completo y obligando a la mujer a acudir para ayudarlos a establecerse en su diminuto piso mientras el seguro les pagaba la indemnización. Diana se ofreció a acompañarla, pero Angélica prefirió hacerlo sola, asegurándole que estaría de vuelta en dos o tres días.

Zeus se levantó de su trono y sonrió satisfecho.

***

Angélica había recibido la noticia aquella misma tarde. Afortunadamente sus padres no estaban en casa y no les había pasado nada, pero su casa estaba prácticamente destruida y habían tenido que quedarse en casa de unos amigos hasta que Angélica fuese a buscarlos.

Diana se quedó de pie en el camino, mirando como la pick up de Angélica se alejaba. Apenas se había separado de ella y ya sentía como una abrumadora soledad le envolvía como la bruma que emergía del arroyo.

Estaba a punto de girarse y volver cabizbaja a la casa cuando algo se movió a la izquierda justo en la dirección de la cantarina corriente de agua. Entrecerró los ojos, intentando traspasar la tenue neblina con la mirada y lo que vio le hizo sentirse totalmente confundida. Entre la bruma creyó distinguir una figura que se desplazaba rauda como el viento, abriendo un tajo en la neblina.

Se dirigió corriendo hacia el lugar, pero el animal había desaparecido. Hubiese creído que todo era una alucinación, pero las huellas de cascos en la orilla del arroyo eran inconfundibles.

Se agachó y las tocó para asegurarse de que eran reales y tras incorporarse miró en todas direcciones. No había un alma. Suspiró y se dirigió a casa.

La enorme casa se le hizo más grande aun, ahora que estaba sola. Mientras recorría el pasillo intentaba encontrar una explicación a lo que había visto. En un primer momento pensó que sus padres le habían comprado otro caballo inmediatamente, pero estaban de vacaciones en Zúrich y no volverían hasta la semana siguiente y desde luego no creía a su padre capaz de comprar un caballo por internet.

Se tumbó en la cama y se quedó pensando con los ojos clavados en el techo. ¿Podía ser un animal extraviado? No lo creía. Sus vecinos no tenían ese tipo de animales y la finca estaba aislada por un cercado que rodeaba todo su perímetro. No había explicación y eso era lo que más le intrigaba.

Se sacudió la cabeza intentando librase de aquellos extraños pensamientos y se quitó la ropa. Se acercó desnuda al armario buscando un camisón para pasar la noche. Su cuerpo desnudo se reflejo en el espejo. Recorrió las marcas y chupetones producto de veinticuatro horas de intensa intimidad con Angélica. La echaba de menos horrores.

Finalmente eligió un vaporoso camisón gris perla de tirantes que le llegaba hasta los tobillos. Se miró al espejo y observó el efecto que producía la luz atravesando la fina tela y perfilando las curvas de su cuerpo desnudo y deseó que su amante estuviese allí para verla.

Un relincho interrumpió sus pensamientos. Diana se acercó a la ventana y esta vez no tuvo ninguna duda, un espectacular semental angloárabe de color negro piafaba y golpeaba el suelo bajo la ventana con uno de sus cascos.

Hipnotizada por la belleza del animal, Diana salió de la casa y se acercó a él. El semental resopló retrasando las orejas nervioso. Ella, fascinada, le susurró palabras tranquilizadoras y aproximó sus manos un poco. El animal dio dos pasos hacia atrás, contrayendo toda su espectacular musculatura dispuesto a huir al galope a la menor señal de peligro.

Diana volvió a intentarlo susurrando y mostrando con sus gestos que no quería hacerle daño. Finalmente consiguió posar las manos sobre su cuello. Las caricias y los susurros lograron calmar al animal que poco a poco estiró las orejas y las movió curiosas escuchando los suaves susurros de la joven.

Diana acarició el hocico, el cuello, y los musculosos flancos del animal. Con suavidad fue acariciando la pata delantera izquierda desde la espalda hacia el casco y con habilidad, tal como le habían enseñado, empujó con su cuerpo y tiró de la extremidad para examinar el casco. Estaba sin herrar, de allí no iba a sacar ninguna pista de quién podía ser su propietario.

Tampoco tenía ninguna marca que lo identificase. Lo único que pudo averiguar al examinar la dentadura es que tenía alrededor de ocho años, la plenitud de su vida.

Desplazó la mano por su dorso y sin saber muy bien por qué se subió al animal. Nunca había montado a pelo con su sexo desnudo sobre un caballo. El calor del cuerpo del animal unido al suave pelaje hicieron que un ligero hormigueo de placer recorriese su cuerpo.

Lentamente se inclinó sobre el cuello del purasangre y le golpeó los ijares con sus talones. El caballo empezó a trotar lentamente. Diana comenzó a saltar sobre el animal a medida que se iba adaptando a su ritmo. Su pubis desnudo golpeaba rítmicamente contra el lomo del semental. Diana se aferró a sus flancos con las piernas sintiendo con creciente placer cada golpe hasta que no pudo evitar un gemido.

El animal percibió su nerviosismo y aceleró el ritmo haciendo que los golpes se acelerasen. Su coño pronto comenzó a segregar jugos que escapaban de su vulva mezclándose con el sudor del animal y empapando el pelo de su dorso.

Con un grito se agarró al cuello, inclinándose aun más, invitando al animal a lanzarse al galope tendido. El animal soltó un relincho y se lanzó hacia delante levantando trozos de césped con sus pezuñas.

Aquel animal era rapidísimo, jamás había sentido nada semejante montada en un caballo. Sentía cada músculo contraerse desplegando toda su potencia. Con un grito salvaje se desembarazó del camisón y agarrada con una mano a las crines del animal lo levantó en alto dejando que el viento lo desplegase como una bandera.

La euforia y la excitación hicieron que casi perdiese el equilibrio al entrar en el bosquecillo. Soltó el camisón que quedó prendido en una rama mientras se agarraba al cuello del animal. Increíblemente, el animal aceleró un poco más justo antes de sortear dos enormes árboles caídos. El impacto de su cuerpo contra el animal cuando este aterrizó tras el portentoso salto hizo que su sexo hinchado y excitado vibrase emitiendo sensacionales relámpagos de placer.

Exultante, casi no se dio cuenta de que el animal se había detenido en un pequeño claro iluminado por la luna, justo después de los troncos caídos.

La joven se incorporó dejando resbalar su coño por el lomo del animal aun excitada hasta que finalmente desmontó. Acarició el animal hasta que descubrió su erección. Fascinada observó el miembro del animal grande y grueso balancearse hambriento.

El caballo se movió ligeramente y recorrió su cuerpo con el sensible hocico olfateando y acariciando. Diana sintió el contacto de los belfos y los ollares del animal con sus pechos. Sus pezones se erizaron hipersensibles obligándola a retorcerse de placer.

Bajando el hocico olfateó su sexo y probó su flujos frunciendo los belfos en un gesto típico de excitación sexual.

Con la cola en alto la rodeo mientras ella se mantenía quieta en pie, sintiéndose extrañamente observada y valorada.

Finalmente la empujó ligeramente por la espalda llevándola suavemente hasta el tronco caído. Llevada por un ardor que luego le resultaría inexplicable, se inclinó y apoyó las manos sobre el tronco caído, separando ligeramente las piernas.

El animal apoyó los cascos delanteros en el tronco y acercó su enorme polla al sexo de la joven que esperaba con sus piernas temblando victima de la excitación y el miedo. Dos ligeros golpes del glande del caballo sobre su pubis hicieron que el placer evaporase su temores justo antes de que el enorme pene entrase en su interior.

El miembro del caballo resbaló con más facilidad de la esperada en su coño colmándolo y estirandolo, produciéndole un placer increíble. La áspera corteza se le clavó en las manos al soportar los rápidos embates del animal. Diana gritaba extasiada recibiendo cada embate con una tormenta de sensaciones que la embargaban y amenazaban con hacerla perder el equilibrio.

Con un relincho el animal se corrió inundando su coño con una prodigiosa cantidad de semen cálido y espeso que le provocó un brutal orgasmo. Diana gritó al sentir como la monumental polla del caballo abandonaba su cuerpo y el semen caliente escurría por sus piernas como un torrente…

***

—Maldito gilipollas. —pensó Hera iracunda y decepcionada— No se podía fiar de ese viejo verde salido. Incluso después de tres mil años de promesas seguía siendo el mismo cerdo salido. Pero se lo haría pagar, tardaría un tiempo, pero sabía exactamente como hacer daño a ese viejo cabrón.

NOTA: Esta es una serie de treinta y seis capítulos, cada uno en una de las categorías de esta web. Trataré de publicar uno cada tres días y al final de cada uno indicaré cual es la categoría del capítulo siguiente. Además, si queréis leer esta serie desde el principio o saber algo más sobre ella, puedes hacerlo en el índice que he publicado en la sección de entrevistas/ info: http://www.todorelatos.com/relato/124900/

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