Capitulo 26. Arabela planta cara.

Las oraciones de Arabela no fueron escuchadas y Hércules se presentó puntualmente, vistiendo un traje de lino blanco y una sonrisa de desfachatez que casi le sacó de quicio. Con una naturalidad desarmante subió por las escalerillas del pequeño buque y saludó a todos los presentes antes de acercarse a ella.

—Hola, querida, te garantizo que esta travesía no la olvidarás. —dijo a modo de saludo.

Arabela le devolvió un frío beso en la mejilla, intentando mantener una imagen de profesionalidad. Tras pensar en cómo incluir a Hércules en la expedición, había pagado a uno de los chicos para todo el doble de sueldo y lo había despedido en secreto para sustituirlo por él. Para justificar su ausencia había dicho que el chico tenía la gripe A y debía guardar cama una semana mínimo. No sabía cuánto tardaría el equipo en darse cuenta de la mentira, pero la alegría que sintió al tener a Hércules cerca fue colosal.

El barco era un pequeño mercante reconvertido en buque oceanográfico. Arabela no había escatimado en gastos y lo había dotado de toda clase de instrumentos de rastreo. Hércules siguió a su amante que le enseñó orgullosa cada rincón de la nave antes de llegar a la sala de mando.

La capitana Goldman les esperaba con una actitud serena y profesional en el puente de mando, saludó a la jefa de la expedición y apenas le dirigió una mirada a Hércules, como si se tratase de un insignificante insecto. Arabela escuchó con interés de los sugerentes labios de la capitana las últimas previsiones para la travesía y observó como, ayudados por el práctico, abandonaban el puerto a un tercio de potencia.

El mar estaba tranquilo, olas de menos de un metro, eran apenas suficientes para balancear ligeramente el barco, lo que fue suficiente para que Hércules se sintiese ligeramente indispuesto las primeras horas de viaje, hasta que su cuerpo logró adaptarse.

En cuanto se sintió un poco mejor, salió del camarote y se dirigió al puente, donde encontró a la capitana charlando con Bela y poniéndole ojitos.

—Ahora que estamos en aguas internacionales podrás levantar el secreto y decirme cual es nuestra misión. —dijo él interrumpiendo la animada conversación.

La cara de satisfacción que puso Arabela al verle no pasó desapercibida a la capitana, que no pudo evitar fruncir el ceño antes de alejarse para dar unas supuestas instrucciones al timonel.

Bela le guio hasta la mesa de mapas donde, con una uña color vino, señaló una pequeño islote deshabitado en las Cícladas, a pocas millas de la isla de Tera.

Aquí, en esta isla, dentro de un enorme tubo de lava semiinundado, está escondida la reliquia más importante del mundo antiguo. Todos creyeron que estaba loca por creer que las leyendas eran ciertas, pero en un par de semanas le demostraré al mundo lo equivocado que estaba.

—¿Qué coños hace ahí el Arca de la Alianza? —preguntó Hércules haciéndose el tonto.

Arabela no pudo evitar soltar una carcajada ante la ocurrencia del joven. La verdad es que no se lo había planteado, pero quizás esa debería ser la siguiente reliquia que debería buscar.

—No, tonto, busco la caja de Pandora.

—¿La caja de Pandora? ¿Y para qué demonios la quieres? La última vez que la manipularon acabó jodida toda la humanidad y Pandora quedó como ejemplo de lo peligrosa que puede ser la idiotez. En mi opinión ese trasto debería seguir perdido. Lo que deberías hacer es hundir con explosivos el túnel de lava. —dijo Hércules haciendo un esfuerzo por disuadir a la mujer.

—Los textos dicen que al cerrarla quedó la esperanza dentro de ella…

—Y suponiendo que eso sea cierto y que no tenga la epidemia definitiva que acabe con esta mierda de humanidad. ¿Qué tiene de bueno la esperanza? —replicó Hércules recordando los sentimientos que había despertado Akanke en él y la profunda desesperación que sintió cuando esta apareció muerta— La esperanza es el deseo de los perezosos y los cobardes. Todos los que no quieren o no pueden conseguir algo, tienen la esperanza de conseguirlo… como si solo con esperar te cayese todo como maná del cielo.

Las palabras de Hércules la hirieron y la enfadaron. Ella no era una idiota, había estudiado todos los escritos de los antiguos filósofos griegos y romanos, logrando separar el grano de la paja y había seguido con determinación y minuciosidad las pistas que había dejado Epimeteo por toda la Hélade hasta conseguir encontrar el sitio donde la caja estaba enterrada y estaba segura al cien por cien de que era lo que contenía… ¿O tenía la esperanza de saberlo?

Enfadada por el fugaz pensamiento frunció el ceño y abandonó el puente de mando con paso rápido en dirección a su camarote.

Hércules la dejó ir. Por un momento vio con cierta esperanza (jodida esperanza, apareciendo una y otra vez) que la mujer vacilaba, pero rápidamente se impuso su orgullo y la vio salir de la habitación con gesto airado.

No volvió a verla hasta la hora de la cena. Se había sentado al lado de la capitana con quién charlaba animadamente. La oficial sonreía, rozaba el brazo de la millonaria y le lanzaba inequívocas miradas de interés a las que Arabela respondía con risas desinhibidas. Hércules se sentó en una esquina alejada y se limitó a observarlas con gesto taciturno. ¿Se habría pasado o solo quería darle una lección? Aquella mujer estaba acostumbrada a hacer lo que le daba la gana y si quería llevar a cabo la misión con éxito, eso debía cambiar radicalmente.

Una determinación comenzó a crecer en su mente cuando terminaron los postres y las dos mujeres abandonaron la mesa cogidas de la mano con descaro. Hércules las observó salir satisfecho.

Esperó unos minutos a que los presentes olvidasen el incidente e iniciasen la sobremesa y disculpándose abandonó el comedor atestado de humo y risas.

Se dirigió al camarote de Arabela y tal como esperaba vio luz saliendo por debajo de la puerta. Con cuidado sacó unas ganzúas y aprovechando una de las sesiones de adiestramiento de Afrodita, manipuló la cerradura en silencio hasta que consiguió abrir la puerta del camarote.

Las estancias de la millonaria parecían más la suite de un crucero que el camarote de un buque oceanográfico. Al traspasar el umbral se encontró en un pequeño recibidor adornado con un mueble de madera de cerezo, y una pequeña banqueta. Avanzó en silencio y atravesó una sala de estar de considerables dimensiones en dirección a una puerta entornada que había en el fondo. Ruidos apagados y respiraciones agitadas surgían del otro lado de la puerta.

Ahogando el ruido de sus pasos en la espesa moqueta llegó hasta el umbral, pero se lo pensó mejor y se volvió al recibidor para coger la banqueta y colocarla de manera que pudiese asistir al espectáculo arropado por la oscuridad y cómodamente sentado.

Cuando finalmente se sentó, las dos mujeres ya estaban desnudas. La capitana Goldman no estaba mal a pesar de que no era su tipo. Tenía el pelo rubio y bastante corto por la nuca y las sienes y más largo y de aspecto despeinado en la parte superior. Tenía el cuerpo esbelto y unas tetas pequeñas con unos pezones diminutos y rosados, uno de ellos con un piercing. Hércules bajó la mirada para observar el culo de la mujer, pequeño y respingón y las piernas delgadas, con las rodillas un pelín huesudas para su gusto.

Las dos mujeres, ignorando que eran observadas por una figura en las sombras, estaban besándose y abrazándose estrechamente. La tez pálida y el pelo rojo de Arabela contrastaban fuertemente con la piel morena de la capitana. La millonaria acarició el brazo de la oficial y fue recorriendo con los dedos toda su longitud hasta llegar al hombro y a los pechos. Rozó los pezones de la joven haciendo que la mujer suspirase suavemente. Arabela aprovechó el momento y se lanzó sobre los labios entreabiertos besándolos con un ansia que para Hércules resulto un pelín exagerado.

De un empujón la tiró sobre la cama, se sentó sobre el muslo de la capitana y comenzó a mover sus caderas restregando su sexo contra los muslos morenos de Goldman. En cuestión de segundos Arabela jadeaba y agitaba sus caderas mientras se estrujaba los pechos con fuerza. Hércules no podía separar la vista de ardiente pubis de la mujer hinchado y húmedo de deseo.

Con un movimiento sorpresivo, la capitana se giró tumbando a su jefa de espaldas para a continuación tomar el mando de las operaciones. Hércules vio como la joven enterraba su cabeza entre las piernas de Arabela que pronto comenzó a estremecerse gimiendo y gritando a medida que se acercaba al éxtasis.

La capitana se giró y sin separar los labios del hipersensible sexo de Arabela, puso las piernas a ambos lados de su cabeza. Las dos mujeres se acariciaron y besaron sus sexos mutuamente, moviendo las caderas como abejas furiosas. Los gemidos de ambas se mezclaban y confundían haciéndose cada vez más intensos hasta que ambas se vieron asaltadas por un intenso orgasmo.

Con el calor aun recorriendo sus cuerpos, Hércules se levantó de su asiento y aplaudió como si fuera un espectador satisfecho. La capitana Goldman se levantó como accionada por un resorte y se abalanzó sobre él, pero no era rival. Con la facilidad con la que se desharía de un mosquito, cogió a la mujer desnuda por las muñecas y sin ninguna contemplación la sacó de la estancia a rastras y la echó de allí mientras ella no dejaba de insultarle y decirle que iba a acusarle de amotinamiento y a colgarle del mástil dónde lo dejaría para que se pudriese a la vista de toda la tripulación.

Hércules cerró la puerta y deslizó el pestillo dejando que la mujer siguiera despotricando desnuda desde el otro lado. A continuación se dio la vuelta y se dirigió a la habitación donde Arabela seguía tumbada, desnuda, con la mata de pelo rojo que tenía entre las piernas llamando su atención de la misma forma que las llamas atraerían a un pirómano.

—¿Quién te crees que eres para tratarnos así?

Hércules no la hizo caso y cogiéndola por el pelo la obligó a levantarse estrellando su cuerpo contra el mamparo con una fuerza cuidadosamente calculada. La mujer soltó un suspiro ahogado sorprendida por la violencia de la respuesta de Hércules.

El joven se acercó a ella dominándola con su envergadura y obligándola a levantar la cabeza en una postura incomoda para mantener la mirada fija en el. Soltó el pelo de Arabela e inmovilizó su mandíbula para besarla. Ella, al principio se resistió, pero el sabor y el erotismo que exudaba aquel hombre eran enloquecedores y en cuestión de segundos se había olvidado de la capitana y estaba restregando su cuerpo desnudo contra la erección que abultaba los pantalones de Hércules.

Nunca se había sentido tan vulnerable y excitada a la vez. Se había llevado a la capitana del barco a la cama con la única intención de hacerle daño a Hércules. Creyendo que si ella no lograba desligarse de él, quizás él pudiese hacer el trabajo. Pero Hércules no era un tipo normal, irradiaba una fuerza y una confianza en sí mismo que la subyugaba. Cuando se dio cuenta se estaba comiendo su lengua golosamente, mientras él acariciaba sus pezones y los pellizcaba con suavidad haciendo que un escalofrío recorriese su espina dorsal.

Hubiese seguido besando a aquel hombre hasta que el tiempo se congelara, pero Hércules separó los labios para poder besar y mordisquear su cuello, sus axilas y terminar en sus pezones ya crecidos y erizados por sus caricias.

Arabela gimió y rodeó los rizos del joven con sus brazos sintiendo como cada caricia y cada lengüetazo amenazaban con hacerla perder el poco control que le quedaba.

Hércules sabía que la tenía a su merced y no esperó más. Cogiéndola por la cintura, le dio la vuelta y la obligó a ponerse de espaldas a él, con las manos apoyadas en la cama. Sin una sola palabra se abrió los pantalones y la penetró de un solo golpe. Todo su cuerpo se estremeció, conmovido por el salvaje empujón. Arabela gritó y se aferró al colchón clavando las uñas en él mientras Hércules le propinaba una brutal andanada.

Arabela se sentía abrumada por el placer primario y salvaje que sentía. Por fin sintió que su amante no se guardaba nada. Las manos de Hércules se agarraban a sus caderas hincándose dolorosamente en su carne y produciendo un delicioso contraste en comparación con el intenso placer que irradiaba desde su coño, de manera que no tardó demasiado en correrse. El orgasmo fue tan intenso que, indefensa, no pudo hacer nada cuando Hércules la obligó a arrodillarse en el suelo y le metió la polla en la boca obligándola a chupársela unos instantes antes de sacarla de nuevo y eyacular sobre su cara y su cuello.

Sin una palabra, ni una caricia, el hombre se tumbó en la cama con un gesto ausente mientras ella, aun estremecida y confusa, se acurrucó a sus pies limpiándose el semen que corría por su cara, consciente de que a partir de ese momento no sería capaz de respirar si él no se lo permitía.

NOTA: Esta es una serie de treinta y seis capítulos, cada uno en una de las categorías de esta web. Trataré de publicar uno cada tres días y al final de cada uno indicaré cual es la categoría del capítulo siguiente. Además, si queréis leer esta serie desde el principio o saber algo más sobre ella, puedes hacerlo en el índice que he publicado en la sección de entrevistas/ info: http://www.todorelatos.com/relato/124900/

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