Capítulo 14: El ángel negro.

Salió de las duchas sin intentar esconderse. Los funcionarios lo inmovilizaron inmediatamente y lo llevaron a las celdas de aislamiento mientras dos enfermeros se multiplicaban entorno a las figuras gimientes de la ducha.

Pasó en aislamiento dos días y de allí fue directamente al despacho del psicólogo, cargado de cadenas.

El despacho no era como lo había imaginado, más bien parecía la oficina provisional de un contable. Había una mesa de formica, una silla de oficina y una más sencilla al otro lado de la mesa. No había cómodos sofás reclinables ni lámparas que daban al lugar un ambiente más cálido y acogedor. Se sentó en la incómoda silla que le correspondía con un tintineo de cadenas y esperó pacientemente sin cambiar el gesto. Se estaba empezando a acostumbrar a que todo lo que tuviese que ver con la justicia fuese lento y caprichoso.

Tras diez minutos de espera, con dos funcionarios en pie, con las porras preparadas, vigilando de cerca sus espaldas, la puerta se abrió y entró una mujer discretamente vestida, pero indudablemente hermosa. Vestía ropa holgada e informe de colores apagados y escondía unos ojos grandes y grises tras unas horribles gafas de pasta negra, como si pretendiese esconder su belleza de la mirada inquisitiva de los presos.

Hércules sin embargo, no levantó la mirada, ni siquiera cuando la mujer obligó a los funcionarios a quitarle las esposas y a abandonar el despacho.

—Bien —dijo la mujer abriendo una carpeta— Soy Afrodita Anderson. Por lo que veo has sido bastante travieso últimamente y me han encargado evaluarte.

—Estoy perfectamente. —replicó Hércules sin levantar la mirada de la superficie de la mesa.

—Pues tus amigos no pueden decir lo mismo. Entre todos suman un brazo roto, dos codos dislocados, una conmoción cerebral y un fémur astillado. ¿Cómo demonios se puede romper un fémur con las manos desnudas?

Hércules no respondió y se limitó a seguir mirando hacia abajo, haciendo dibujos en la formica con el dedo.

—¿Has pegado una paliza de muerte a cuatro tíos y no tienes nada que decir? —le preguntó la mujer con un deje de indignación en la voz.

—Fue en defensa propia. —respondió escuetamente.

—¿También lo que pasó con los chulos?

—No, eso no tiene nada que ver.

—¿Me lo puedes explicar? —preguntó ella agachando la cabeza y obligando a Hércules a mirarle a los ojos.

—No.

La mujer siguió intentándolo un rato más hasta que se cansó y cerrando la carpeta se encaró con él.

—¿Sabes que con tu actitud te estás condenando? Si no respondes mis preguntas y renuncias a la defensa te puede caer la cadena perpetua. ¿Lo comprendes? —preguntó la psicóloga dando un golpe en la mesa intentando que el preso reaccionase.

—Perfectamente. —respondió él conteniendo su enfado— Soy culpable y me enseñaron que cada uno tiene que purgar sus pecados.

—¿Condenándote por el resto de tu vida?

—Si es lo justo, sí.

—Está bien, Ya veo que no voy a sacar nada más de ti. Espero que no te arrepientas de tu decisión el resto de tu vida…

—¿Qué vida? —susurró Hércules hastiado mientras la psicóloga llamaba a los funcionarios que entraban, le esposaban de pies y manos y se lo llevaban sin poder ocultar su curiosidad.

Cuando entró de nuevo en su celda. Inmediatamente percibió que el ambiente había cambiado. La atmósfera se podía cortar con un cuchillo y podía percibir el miedo en los ojos de sus tres compañeros de celda.

Hércules los ignoró, se tumbó en la parte inferior de una de las literas y cerró los ojos inmediatamente…

…La luna estaba en lo alto, brillando en todo su esplendor, bañando la llanura con su luz y tiñendo de plata la planicie. Hércules estaba tumbado, desnudo, sobre la hierba corta y fragante.

Una sombra pasó como una centella por delante de sus ojos, tapando por un instante la luz del astro. Hércules se incorporó e intentó seguirla con la mirada, pero era demasiado rápida. Cuando se dio la vuelta allí estaba, con las alas extendidas sonriendo y alargando su brazo mientras plegaba las alas a su espalda.

Estaba tal como la recordaba, esbelta, hermosa, dulce… Hércules se acercó a ella temiendo que se esfumase ante sus ojos, pero Akanke no se movió y sus ojos chispearon cuando la mano de Hércules acarició su mejilla.

—Te he echado de menos. —dijo él acercándose y abrazándola por la cintura.

—Yo también a ti. —respondió ella apoyando la cabeza en su hombro.

El aroma de la joven evocó imágenes que se arremolinaron en su cerebro, imágenes de placer y también de angustia. Inconscientemente la abrazó más fuerte para asegurarse de que no se esfumaba entre sus manos.

Con suavidad la cogió por la nuca y junto sus labios con los de la joven. El mismo sabor, la misma textura suave como el terciopelo. Sus lenguas se juntaron y su beso se hizo profundo e íntimo mientras ella le envolvía con sus alas ocultándoles del resto del universo. Unas alas grandes negras y sedosas.

Las manos de Hércules se deslizaron explorando el cuerpo de su amada recordando cada poro, cada curva y cada recoveco. Akanke gimió y le besó con más intensidad. La excitación hizo presa de ambos y Hércules la tumbó sobre la hierba.

Rompiendo el beso, comenzó a repasar su mandíbula y sus pequeñas orejas con su boca, mordisqueó su cuello y sus clavículas, aspiró el aroma de su piel y recorrió sus pechos con la lengua trazando una traviesa espiral hasta terminar en sus pezones. Los chupó y los mordisqueó haciendo que Akanke gimiese de placer.

Con un movimiento brusco se sentó a horcajadas sobre Hércules, acariciando y palpando los abultados músculos del pecho de su amante mientras restregaba el pubis contra su polla con lentos y largos movimientos.

Hércules la dejó hacer acariciando su torso y sus pechos y observando a la joven en todo su esplendor. Sus alas negras y bruñidas brillaban a la luz de la luna y su pelo largo y liso como lo recordaba, se mecía por efecto de la brisa nocturna.

Akanke se inclinó sobre él y le besó de nuevo. Incapaz de contenerse más Hércules cogió su miembro y la penetró con suavidad, concentrado en sentir de nuevo cada centímetro de su sexo. La joven interrumpió su beso y abrió las alas soltando un largo gemido.

Apoyando los brazos en los hombros de Hércules comenzó a mecerse metiendo y sacando la polla de su coño adelantando sus pechos para ponerlos al alcance de la boca de su amante para que los chupase y saborease. Sus movimientos se hicieron más intensos y profundos y sus uñas se clavaron en su pecho trazando rastros rojos en su piel mientras sus gemidos se hacían más ansiosos y sus besos más breves y violentos.

Hércules se limitó a mirarla a los ojos, sintiendo como su placer aumentaba dejando que ella lo cabalgara, observando cómo se aceleraba su respiración y sus flancos se agitaban brillantes de sudor.

Acercó su boca a los pechos, chupó sus pezones y saboreó el sudor que corría entre ellos. El sabor a sal y a hembra despertaron en él un hambre ansiosa y levantando a la joven se tumbó sobre ella. Sus sexos se separaron mientras el besaba y saboreaba su vientre y su ombligo hasta llegar a su pubis suave y depilado.

Se lanzó sobre su sexo húmedo y anhelante como un lobo hambriento, lamiendo y mordisqueando, arrancando a la joven gritos de placer. Introdujo los dedos en su cálido interior moviéndolos con urgencia haciendo que Akanke se estremeciese y doblase recorrida por un placer cada vez más intenso hasta que un brutal orgasmo se apoderó de su cuerpo.

Cuando se recuperó la joven se inclinó sobre él y repasó su polla con la punta de su lengua antes de metérsela en la boca. Hércules gimió y hundió las manos en el suave plumaje de sus alas mientras dejaba que Akanke subiese y bajase por su polla chupando y lamiendo su glande y acariciando sus hormigueantes testículos.

El placer fue tan intenso que no pudo contenerse más y se corrió dentro de la boca de su ángel. Akanke chupó con fuerza apurando hasta la última gota de semen mientras él sentía como todos los músculos se contraían y sus testículos se retorcían vertiendo todas su simiente.

Hércules se derrumbó exhausto, ella se tumbó un instante a su lado y jugó con su melena rubia mirándole como si intentase grabar cada una de sus facciones en su mente.

—Estoy muerta y nada de lo que hagas me hará resucitar. —susurró ella— No tienes culpa de lo que pasó. No tienes por qué castigarte.

—Yo… No sé que voy a hacer sin ti, no…

Akanke se levantó y desplegó sus alas. Hércules se incorporó e intentó acercarse a ella, pero ella levantó el vuelo alejándose de él, disminuyendo hasta que solo fue una sombra alejándose en la oscuridad de la noche.

Se despertó bruscamente al encenderse las luces de la celda. Sacudió la cabeza aun con el sabor de Akanke en su boca, sin poder creer que aquello hubiese sido un sueño. Un funcionario no tardó en llegar con unas esposas en la mano.

—Vamos, cariño, tienes visita.

NOTA: Esta es una serie de treinta y seis capítulos, cada uno en una de las categorías de esta web. Trataré de publicar uno cada tres días y al final de cada uno indicaré cual es la categoría del capítulo siguiente. Además, si queréis leer esta serie desde el principio o saber algo más sobre ella, puedes hacerlo en el índice que he publicado en la sección de entrevistas/ info: http://www.todorelatos.com/relato/124900/

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