Capítulo 11: Furia Ciega.

Cuando arrancó el coche se dio cuenta de lo rápido que había sucedido todo. Para él había pasado una eternidad, pero apenas había salido el sol cuando llegó al lugar donde Sunday había establecido su cuartel general, en la parte baja de la ciudad.

Hércules pasó por delante del bloque de tres pisos y redujo la velocidad para echar un vistazo. La fachada era de un sucio ladrillo rojo y todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto. En la puerta había tres hombres negros con enormes collares de oro y sospechosos bultos en la cintura. Consciente de que no debía llamar la atención aceleró de nuevo y dobló la esquina.

El edificio estaba aislado de los del resto de la manzana y por los laterales y la parte trasera no había tampoco ninguna vía de acceso. Aparcó el coche en una calle lateral y se acercó al edificio más cercano. Procurando hacer el menor ruido posible embistió la puerta de entrada y la rompió. Subió las escaleras hasta la azotea. El edificio de Sunday era un poco más bajo y podía ver la parte superior dominada por una gran claraboya.

Calculó la distancia, debían ser unos treinta y pico metros de vacio entre él y el edificio de Sunday. Se asomó por el borde un instante, pero no dudó. En su adolescencia, a menudo se escapaba de madrugada de la habitación que tenía en la mansión de sus abuelos para pasarse toda la noche corriendo y saltando en el bosque.

Recordaba como si fuera ayer aquellas carreras persiguiendo ciervos en la oscuridad y adelantándolos a la carrera o recorriendo la finca de un extremo al otro sin tocar el suelo como si fuese una ardilla.

Se retrasó cinco pasos para coger impulso y con una sonrisa cogió carrerilla y se lanzó al vacío. Hacía mucho tiempo que no pegaba un salto así. Se había acostumbrado a ser normal, a no arriesgarse a llamar la atención y lo había hecho tan bien que ya no recordaba la última vez que había hecho algo parecido.

Sintió el aire frío de la mañana golpeándole mientras balanceaba los brazos para estabilizarse en el salto. Sintió los ojos llenarse de lagrimas y una increíble sensación de libertad, cercana a la euforia, se apoderó de él.

Tras dos escasos segundos que le supieron a muy poco, encogió ligeramente las piernas y rodó en cuanto tomó contacto con el suelo de la azotea.

Se incorporó y se sacudió la ropa. Por un instante miró hacia atrás, a la lejana azotea de la que había saltado y casi se le escapó una sonrisa antes de recordar lo que había venido a hacer.

Miró a su alrededor. La azotea estaba totalmente desierta y vacía salvo por las antenas, la chimenea y una claraboya de la que salía un trémulo halo de luz. Se acercó a la claraboya, estaba ligeramente abierta. El primer impulso que tuvo fue dejarse caer por ella y matar a aquellos hijos de puta, pero la razón se impuso y se asomó para saber mejor a que se enfrentaba.

Debajo de él cinco hombres y tres mujeres charlaban y se acariciaban en un gran habitación con una cama redonda de enormes dimensiones por todo mobiliario. Eran tres hombres negros entre los que destacaba uno alto y con el cráneo afeitado que no había abandonado las gafas de sol ni en la penumbra que dominaba la sala; debía ser Sunday. Junto a él había dos negros, uno obeso y otro que parecía una montaña de músculos. Los dos blancos, de pelo oscuro y mirada vacía, tenían aspecto de ser albaneses, matones capaces de hacer cualquier cosa por dinero… o por un buen polvo.

Entre las chicas destacaba una rubia y alta con una melena corta que dejaba a la vista un cuello largo y delgado. Vestía un conjunto de lencería que apenas podía contener unas enormes tetas de origen inequívocamente quirúrgico y que destacaban en un cuerpo esbelto y deliciosamente torneado. La joven estaba tumbada y gemía ligeramente mientras los tres negros la manoseaban de la cabeza a los pies.

Los albaneses estaban cada uno con una prostituta de color, seguramente propiedad de Sunday. Una era gorda, con unas tetas grandes de pezones oscuros y enormes y un culo colosal, redondo y grueso como un queso de bola y la otra era delgada y musculosa como una corredora de atletismo con unas piernas esbeltas y prodigiosamente largas.

Podía haber intervenido en ese momento, pero decidió esperar; sería más fácil acabar con ellos con la guardia baja.

Tumbándose boca abajo se acodó en el marco de la claraboya procurando que no se le viera desde abajo y se dedicó a observar pacientemente.

La rubia ya estaba desnuda, solo conservaba las medias y los zapatos de tacón. Sunday y sus dos colegas estaban frotando sus pollas contra el cuerpo y la cara de la joven que se estremecía y acariciaba los huevos de los tres hombres alternativamente.

Las pollas de los tres negros eran grandes pero la de Sunday era enorme. Hércules tuvo que contenerse al imaginar aquella enorme herramienta torturando a Akanke. Respiró profundamente y observó como la mujer se tumbaba boca arriba con la cabeza sobrepasando el borde de la cama y abría la boca dejando que aquel monstruo entrase en ella. Hércules vio claramente como la punta del glande hacia relieve en la garganta de la joven. Gruesos lagrimones caían de sus ojos haciendo que el maquillaje se corriese, pero la joven no se resistió y cogió las pollas de los otros hombres con las manos comenzando a masturbarlos.

Mientras tanto los dos albaneses se desnudaban y observaban como las otras dos mujeres hacían un sesenta y nueve con la más gorda encima. Cuando terminaron de desnudarse se acercaron y comenzaron a acariciar los cuerpos de las mujeres, el más alto se acercó a la gorda y le dio un sonoro cachete en las nalgas que la mujer saludo con una sonrisa satisfecha.

Hércules fijó su atención en Sunday que seguía metiendo y sacando su polla de la boca de la rubia. Mientras tanto, sus amigos exploraban con rudeza la entrepierna totalmente depilada de la joven. Las muestras de placer de Sunday eran evidentes y a punto de correrse se apartó de la joven dejando que un colega le tomase el relevo. La rubia no se inmuto y siguió chupando la nueva polla con la misma intensidad que la primera.

Cuando se giró hacia los albaneses estos arrastraron a las mujeres sin que cambiasen de postura de forma que la más delgada quedara al borde de la cama y uno de ellos, el más alto, la penetró mientras su compañero se subía a la cama y separando las grandes nalgas de la más gorda la follaba sin miramientos. En otras circunstancias hubiese observado alucinado como las dos mujeres eran folladas con empujones rápidos y secos mientras seguían lamiendo y besando el pubis de su compañera.

A los gritos de las prostitutas negras se unieron los de la rubia al verse elevada en el aire y penetrada por Sunday. Los músculos del hombre se tensaban por el esfuerzo de levantar el cuerpo de la mujer para dejarlo caer sobre su polla. La rubia gritaba al sentir la enorme polla dilatando su coño hasta límites insospechados. Los otros dos hombre se acercaron y uno de ellos se pegó a la espalda de la mujer. Con una sonrisa parcialmente desdentada cogió su polla y la dirigió al ano de la mujer.

La rubia soltó una alarido sintiéndose invadida por ambas aberturas y su cuerpo se crispó unos instantes ante las duras acometidas de los dos hombres, pero se adaptó con rapidez y el intenso placer que sentía hizo que olvidase el dolor. Sin dejar de gemir y jadear, emparedada por dos cuerpos negros y brillantes de sudor alargó la mano y asió la polla del tercero acariciándola con habilidad, satisfecha de ver como hacia gemir de placer a tres hombres.

Mientras tanto los albaneses se seguían follando a las dos negras alternado el coño de una con la boca de la otra, estrujando culos y acariciando y pellizcando muslos.

Con el rabillo del ojo vio como Sunday se tumbaba en la cama con la mujer encima mientras el otro hombre se subía encima de ella para seguir sodomizándola. La mujer abrió la boca para gemir de nuevo, pero se encontró con la polla del tercer hombre. Hércules observó como los tres hombres se turnaban para penetrar a la mujer por todos sus orificios naturales, alternativamente, como tres herreros sobre un hierro al rojo.

La coreografía era tan perfecta que Hércules sospechó que no era la primera vez que hacían aquello. Repentinamente los tres hombres a la vez se separaron y tumbaron a la joven boca arriba mientras se masturbaban. En pocos segundos los albaneses se les unieron rodeando a la joven rubia que jadeaba expectante con el cuerpo cubierto por el sudor de tres hombres.

Con sorprendente coordinación los tres negros eyacularon sobre la cara y los pechos de la mujer mientras que los albaneses lo hacían pocos instantes después. La lluvia de cálida semilla cubrió a la joven que la cogió con sus dedos y se masturbó con ella hasta lograr (o fingir) un intenso orgasmo.

Las otras dos mujeres se acercaron y lamieron el cuerpo estremecido de la joven unos segundos más hasta que hombres y mujeres se derrumbaron juntos en la cama en una confusión de cuerpos brazos y piernas.

Hércules no tuvo que esperar mucho hasta que todos quedaron profundamente dormidos. Sin esperar más tiempo arrancó la claraboya de un tirón y se dejó caer. Los cuerpo salieron despedidos al caer Hércules sobre la cama.

Antes de que supiesen qué diablos pasaba los dos esbirros de Sunday estaban muertos con el cráneo roto. Los albaneses fueron un poco más duros. Acostumbrados a combatir no se dejaron llevar por el pánico y sobreponiéndose a la sorpresa se dirigieron a su ropa entre la que estaban sus armas. Al primero le incrustó la nariz en el cerebro de un golpe mientras que el otro que ya sacaba la pistolera de entre la ropa le lanzó un gigantesco plasma que había adosado a la pared. El hombre se derrumbó inconsciente y Hércules le remató de dos golpes en el cuello.

Mientras tanto, Sunday se había puesto en pie y se encaraba a su agresor.

—No hace falta llegar a este extremo. Podemos llegar a un acuerdo. —dijo el proxeneta— Tengo dinero y mujeres, todas las que quieras.

—La que quería me la has arrebatado. —respondió lacónico. Deberías haber dejado en paz a Akanke. Ahora no hay nada que puedas hacer para compensarlo.

—Lo siento tío, no es nada personal. —replicó Sunday— No podía dejar marchar a la chica. Si lo hubiese hecho, todas las demás hubiesen querido hacer lo mismo…

Mientras hablaba el hombre se había acercado poco a poco y cuando estuvo lo suficientemente cerca le arreó dos brutales derechazos que impactaron en la nariz y el pómulo de Hércules.

Los golpes hubiesen derribado a cualquier hombre, pero Hércules solo giró ligeramente su cabeza. Sunday observó nervioso como su rival había encajado los golpes sin apenas inmutarse. Con un gruñido de frustración se lanzó de nuevo dándole tan fuerte que se rompió la mano, pero con el mismo resultado.

Hércules volvió a encajar nuevos golpes sin aparentes daños y alargando la mano agarró el cuello del chulo y comenzó a apretarlo poco a poco, cada vez más fuerte, observando con deleite como le reventaban los finos capilares de su esclerótica, como sus labios adquirían un oscuro tono violáceo, los pulmones hacían vanos esfuerzos por respirar y los golpes y los forcejeos se hacían más débiles hasta cesar por completo.

Para cerciorarse de que estaba muerto le rompió el cuello y cogiendo la pistola de uno de los albaneses le pegó un tiro en el corazón.

Los hombres que vigilaban la puerta oyeron el estruendo del disparo y entraron por la puerta con las armas en ristre. Hércules los estaba esperando con el arma amartillada de forma que de los cuatro solo uno tuvo la ocasión de apretar el gatillo antes de que Hércules les volase la tapa de los sesos.

Las mujeres que se habían amontonado temblorosas en una esquina salieron a una orden suya cuando finalizó el tiroteo. Súbitamente agotado Hércules se sentó sobre la cama y dejó caer la pistola a sus pies. Ya no quedaba nada más por hacer.

NOTA: Esta es una serie de treinta y seis capítulos, cada uno en una de las categorías de esta web. Trataré de publicar uno cada tres días y al final de cada uno indicaré cual es la categoría del capítulo siguiente. Además, si queréis leer esta serie desde el principio o saber algo más sobre ella, puedes hacerlo en el índice que he publicado en la sección de entrevistas/ info: http://www.todorelatos.com/relato/124900/

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