Cuando salí de la carpa y dejé la playa, caminé largo rato meditando sobre lo que acababa de ocurrir y lo que me estaba pasando.  ¿Era posible?  ¿O era un sueño?  Unas chicas adolescentes pasaron en un auto y me gritaron cosas de un modo totalmente desinhibido y desaforado:

                    “Mmmm…, ¡Bombón!  ¿Cómo hacés para ser tan lindoooo????”
                    “¡Guauuuu! ¡Te bajo el pantalón con los dientes, preciosooo!!!”
                    “¡Haceme un hijo!!! ¡O dos!!! Jajaja….”
                     Eran las típicas adolescentes de veraneo que no escatiman absolutamente nada cuando se trata de piropear a un chico porque están de vacaciones y nadie las conoce; es la desinhibición que otorga el anonimato.  En otro contexto, la actitud que con tal descaro exhibían me hubiera parecido desagradable e histérica.  Sin embargo, en ese momento, hasta me produjo una sonrisa.  Era algo totalmente nuevo que la gente se fijara en mí y que incluso me deseara abiertamente.  De pronto recordé a la camarera.  Introduje mi mano en el bolsillo del jean y extraje el ticket con el número telefónico; recién entonces recalé, al mirar el reverso, que además había escrito: “salgo a las trece”
              Miré el reloj.  Faltaban sólo quince minutos para esa hora.  Justo en ese momento entró un mensaje de texto en mi celular.  Era Paula; claro, ya era la hora del almuerzo y debía estarme extrañando.
             “¿Qué onda, turra?  ¿Por dónde andás” se leía en el mensaje, expresado, demás está decirlo, en un tono cariñoso propio de dos amigas que comparten casi todos los códigos.  ¿Qué tenía que hacer?  ¿Cómo explicarle que no podía volver al departamento porque mi nuevo aspecto…, en fin, la shockearía un poco?  Finalmente contesté, también en mensaje de texto: “Pintó algo con alguien y me tengo que encontrar a la una.  No voy a estar para almorzar, locura.  Comé solita… ¿No te enojás, no?”  Pasó algo así como un minuto y llegó la respuesta: “Aaaaah bueeeeno!!!!! Jajajajaaa… miramela… Mmmmmmmm…. con quién te estarás viendo, yegüita??? Jaja… No, hermosa, ¿cómo me voy a ofender?  No me extrañes muchoooooo, jajaja… ¡DISFRUTAAAÁ!”
              Pau es un encanto.  Se alegra cada vez que interpreta que puede haber buenas noticias para mí en el terreno afectivo o sentimental.  Se pone mal de saberme sola todo el tiempo y, a veces, gasta esfuerzos en presentarme chicos que, por supuesto, jamás están interesados en mí.  Es tan buena persona y tan excelente amiga que, si algo me alegró en ese momento, fue no haberle mentido: era totalmente cierto que me vería con alguien a la una del mediodía.
              Llegué, una vez más, a la puerta del bar de la playa.  No fue necesario entrar porque me topé con la chiquilla camarera en la entrada.  Ella justo salía.  Lucía una falda muy corta y una remera color violeta, sumándole, sobre su cabeza, una boina en el mismo tono que le quedaba maravillosamente bien.  Lindos ojos, de un marrón profundo y casi negro; tez muy blanca y algún que otro lunarcito que sólo contribuía a embellecer aún más su rostro juvenil.  Por cierto, no debía pasar de los dieciocho o diecinueve años.  Me sentí una pedófila, ja, pero la sensación era extraña porque yo, es decir Abigail, tendría, en todo caso, su misma edad o tal vez a lo sumo un año más, pero Abel…, Abel le llevaría unos seis o siete.  La chica, sosteniendo un bolsito que le caía desde el hombro por la espalda, se me quedó mirando mientras mascaba chicle.
                “¿Y?  ¿Qué pasó con la putita ésa?” – preguntó, con un fuerte tono de desprecio que, interpreté, no era para mí.
                   Su acceso de celos me divirtió.  Después de haber sufrido durante tanto tiempo el que nadie me viera como objeto de deseo, no podía dejar de disfrutar el hecho de que, de repente, una hermosa muchacha me celara de tal modo, al punto de aborrecer a cualquier “rival”.  No contesté su pregunta; amagué hacerlo pero no me salió ninguna palabra sino que sólo gesticulé estúpidamente.  Ella, con un movimiento de cabeza, me invitó a seguirla.
                   “Dale… vamos para mi casa” – dijo.
                   Y así fue.  Caminamos unas diez o doce cuadras por la calle inmediatamente paralela a la que bordeaba la costa y de pronto me encontré entrando con ella en una casa que estaba muy lejos de ser opulenta pero que era lo suficientemente digna y estaba amueblada con buen criterio.  Al momento de trasponer la puerta, ella me apoyó una mano en el pecho:
                 “Aguantame un toque” – dijo, y desapareció por un pasillo.
                  Apenas unos instantes después regresó con cara de fastidio.
                 “La pelotuda de mi hermana está con el novio y tienen la pieza ocupada.  La de mi hermano tampoco se puede usar porque el boludo está fumando porro con los amigos… Vení, seguime” – me tomó por la mano y prácticamente me arrastró hacia otro ambiente, que no fue difícil de reconocer como la cocina: era estrecha y sólo dejaba un pequeño corredor para no más de una persona entre la heladera y la mesada.  La realidad era que no se veía como el lugar más propicio para tener sexo, pero la chica se las arregló.  Arrojó su bolso sobre la mesada y luego se apeó a ella, sentándose sobre el borde y de frente a mí.
                    Echó sus brazos en torno a mi cuello y, sin darme más chance de nada, me atrajo con fuerza hacia ella.  Su lengua entró larga y húmeda por entre mis dientes y, al hacerlo, me dejó prácticamente sin aliento ya que me estrujaba contra su rostro con tal fuerza que hasta aplastaba mi nariz.  Una vez más, yo no podía terminar de creer el camino que seguían las cosas: estuve toda mi vida sin ser besada por una chica; y ahora llevaba dos en poco más de una hora.  Levantó mi remera con ambas manos y se dedicó a recorrerme la espalda, clavándome prácticamente las uñas.  Dolía pero debo reconocer que era excitante.  Decidí que siendo ya mi segunda vez, debía empezar a asumir un rol algo más activo que el que había tenido con la chica de la carpa; no era fácil porque la camarera, de quien aún no sabía el nombre, era una tigresa decidida a apropiarse de lo que consideraba suyo.  Estaba, además, sedienta de venganza después de que yo le fuera arrebatado por esa “putita” en el bar.  Tal vez venganza contra ella, tal vez venganza contra mí, tal vez ambas…, o, quizás se trataba simplemente de salvar su autoestima.  Aun dentro del ataque furiosamente pasional del que yo estaba siendo objeto, busqué esta vez ir con mi propia lengua dentro de su boca y, al hacerlo, empujé inevitablemente la suya hacia adentro.  Ella hacía esfuerzos denodados por recuperar el control pero no lo lograba y, en algún momento, decidió simplemente entregarse, mientras con su espalda derribaba algunos de los frascos y utensilios que poblaban la mesada.  Su venganza, más bien, fue clavar aún más sus uñas sobre mi espalda, tanto que me arrancó un alarido y debí interrumpir el beso.  Se notó que lo disfrutó.  Me miraba fijamente, sus ojos a escasos centímetros de los míos.  Sus uñas siguieron recorriéndome la espalda hacia abajo hasta llegar al borde del pantalón.  Trajo una de sus manos hacia adelante para aflojármelo y, una vez, logrado su objetivo, volvió a concentrar la acción de ambas manos sobre la base de mi espalda, pero ahora descendiendo claramente por debajo de mi pantalón y de mi bóxer en busca de mis nalgas: las encontró, las sobó, las frotó, les enterró las uñas y las pellizcó varias veces.

“Qué hermoso culo que tenés” – me dijo, entre dientes, justo antes de introducir una vez más su lengua en mi boca; la pendeja había recuperado el control.

                Su mano jugueteó en mi zanja hasta que un dedo encontró mi orificio y se introdujo dentro del mismo como una alimaña en su cueva.  Di un respingo: estaba ante otra sensación nueva.  Hurgó con el dedo trazando círculos entre mis plexos y fue cada vez más adentro, más adentro, más adentro… Comencé a jadear y volví  a sentir que mi verga se ponía dura.
                 De repente quitó su dedo y se bajó de la mesada de un brinco.  Giró alrededor de mí y ello me provocó una cierta incertidumbre, acompañada por inseguridad.  No dejaba de mirarme con ojos terriblemente lascivos y, extrañamente, posesivos, como si ella fuera una cazadora y yo su presa.  Una vez que estuvo a mi retaguardia, me bajó pantalón y bóxer de un solo tirón y, besándome sobre el omóplato, me apoyó una mano en el centro de la espalda de tal modo de obligarme a inclinarme sobre la mesada, cuyo borde de acero se clavó en mi estómago en toda su longitud.  Yo no sabía realmente qué me esperaba; eché una mirada de reojo por encima del hombro y pude ver cómo la chiquilla se acuclillaba.  Con ambas manos separó bien mis nalgas y luego, sin aviso alguno, me enterró la lengua.  La impresión fue tan fuerte que eché la cabeza hacia atrás y dejé escapar una exhalación tan profunda que se mezcló con algún gritito agudo que no encajaba con mi flamante masculinidad.  Después me dejé caer hacia adelante, con las palmas, el pecho y el mentón contra la mesada, desplazando otra vez varios utensilios, algunos de los cuales cayeron dentro de la pileta y otros al piso.  Su lengua no se detuvo y siguió jugando en mi agujero: afuera y adentro, afuera y adentro…, y cada vez más adentro.
                  Ya para ese entonces tenía yo la verga durísima y, de hecho, la muchacha pasó una mano por debajo de mis testículos y la tanteó.  Aun sin decir palabra, dio la sensación de estar plenamente conforme o, al menos, eso creí interpretar porque dejó de penetrarme con la lengua y, tomándome por los hombros, me giró hacia ella.  Me estaba invitando claramente a recuperar la iniciativa y así lo hice, pero sólo podía yo aportar como experiencia lo que había visto en las películas.  Así que la tomé calzando mis manos en la base de sus glúteos y la levanté en vilo, llevando su espalda contra la heladera, la cual corcoveó a tal punto que pareció a punto de caer.  Manteniéndola aprisionada  entre mi cuerpo y la heladera ella no podía caer, así que aprovechando esa situación solté uno de sus sabrosos glúteos e introduje una mano por debajo de su falda hasta bajarle la bombachita, la cual ella misma se encargó luego de hacer deslizar hasta el suelo ayudándose con sus pies.  Rodeó entonces mis caderas con sus piernas y yo sabía que, a partir de ese momento, sólo quedaba una cosa: cogerla.  Pensé que iba a tener más problemas para ensartarla pero no fue así: una mujer sabe bien en dónde está la concha de otra.  Ya no podía, por lo tanto, escaparle a  mi verga, así que comencé a penetrarla con un salvajismo que me resultaba nuevo y desconocido en mí, todo ello acompañado por el tintinear de botellas, frascos y estantes sacudiéndose rítmicamente dentro de la heladera.  Hacía menos de dos horas que yo había tenido dos polvos: uno por vía oral y otro vaginal, ambos con la chica de la carpa.   Considerando eso, bien podía esperarse que mi rendimiento sexual mostrara alguna merma, pero no fue así.  La cogí implacablemente hasta arrancarle frenéticos aullidos de placer.  El hechizo de la bruja no sólo me había convertido en un varón ermoso sino también en una máquina sexual imparable.  No estaba nada mal por veinte pesos…
                 Fue, en parte, una salvación el hecho de que Gabriela (así fue como me dijo finalmente que se llamaba) me hubiera llevado a su casa puesto que desde el momento en que las circunstancias derivadas de mi nuevo aspecto me habían convertido en una paria, yo no tenía dónde parar in dónde quedarme.   Durante un par de horas permanecí allí y hasta me invitó a almorzar: una pizza de delivery, por supuesto, ya que allí no daba la impresión de que ninguno tuviera muchas intenciones de cocinar.  A la hermana apenas la vi: pasó un instante con su novio por la sala de estar, saludaron sin demasiada efusividad, comieron alguna porción de pizza y luego se fueron sabe Dios con qué destino, pero lo cierto es que se los veía terriblemente embobados el uno con el otro.  En cuanto al hermano y sus amigos, se acercaron también para dar cuenta de las pizzas pero se los veía tremendamente idiotas, riéndose de cualquier estupidez seguramente por efecto del cannabis.  En algún momento pedí permiso para ducharme y Gabriela me lo concedió.  Ignoro si había padres en aquella casa y, de ser así, en dónde estarían, pero daba la impresión de que los tres hermanos se movían con una libertad bastante importante: una traía a su novio a coger a la casa y el otro a fumar a sus amigos, en tanto que Gabriela se aparecía de la nada con alguien a quien acababa de conocer con el único objetivo de tener sexo.  Ducharme fue también una experiencia nueva, ya que ello implicó recorrer con la esponja cada centímetro de un cuerpo nuevo, que aún me resultaba extraño y que estaba en etapa de exploración.   Lo peor fue tratar de hacer pis: el método de los hombres de hacer parado requería, al parecer, una cierta práctica y me convencí de seguir haciendo sentada apenas las primeras gotitas me cayeron en la pierna.
               “Yo tengo que volver al bar…, hasta las nueve de la noche – anunció Gabriela apenas salí de ducharme -.  Vos qué vas a hacer?”
              La pregunta me tomó desprevenido.  Verdaderamente no había plan alguno, sólo seguirme escondiendo de Paula.  Pero…, a la vez era una contradicción: se suponía que aquel don que había recibido por un día y una noche servía para acercarme a ella y, paradójicamente, sólo había hasta entonces escapándole y haciendo el amor con mujeres que eran absolutas desconocidas.  En un momento, incluso, ella me llamó al celular pero obviamente no contesté, no con mi nueva voz.  Respondí al rato con un mensaje de texto pidiéndole disculpas por estar ocupada.
                “Aaaaaah trolaaaaaa… ¿en qué andarás??? Jajajajaa” me contestó Pau.  La forma de escribir evidenciaba su irrefrenable alegría por saberme acompañada.
                “Creo que voy a ir a la playa” – anuncié finalmente, respondiendo a la pregunta de Gabriela.
                “Ok – dijo la chica mientras se calzaba y acomodaba una vez más la boina que tan bien le quedaba -.  Ya sabés dónde encontrarme”

Me guiñó un ojo, se me acercó y me besó delicadamente en los labios.  Luego se fue y yo, obviamente, también tuve que hacerlo ya que la compañía en el lugar no se avizoraba como muy interesante.  La acompañé algunas cuadras y luego me desvié.  Tuve que comprarme un short de baño en una tienda; supongo que no vendría incluido en el pack del hechizo.  Pasé por la única librería que encontré en Mar del Tuyú para hacer unas compras y luego me dirigí a la playa… Y caminé en busca del lugar donde siempre solíamos estar Paula y yo… En efecto, allí estaba: sola, desde ya.  Su figura grácil y armoniosa se la viese por donde se la viese, se recortaba contra la arena como si fuera alguna deidad marina.  Saqué del bolso una esterilla y me ubiqué a unos cuatro metros de ella, algo fastidiado por la presencia molesta de varios jóvenes alrededor que no le sacaban el ojo de encima.  Desplegué la esterilla y dejé caer mi bolso sobre ella para, a continuación, pasar a desvestirme.  Y fue, en ese momento, al alzar la vista hacia la playa, que noté que todas las miradas femeninas estaban sobre mí.  Ya tenía, para esa altura, que empezar a acostumbrarme, pero sin embargo no paraba de sorprenderme.  Absolutamente todas me miraban con ojos hambrientos y las que estaban con sus esposos o novios escudriñaban de soslayo con muy mal disimulo, pero también miraban.  Y sin embargo, la peor noticia posible era que la única mujer en la playa que parecía ni darse cuenta que yo estaba ahí era Paula, quien estaba dedicada a tomar sol con sus auriculares puestos y sus ojos cerrados.  Lo bueno del asunto era que, con tal actitud, también ignoraba a las aves de presa que le revoloteaban alrededor.

                Una vez que quedé sólo con mi short de baño, reciente adquisición, me senté sobre la esterilla de perfil a Paula que aún seguía en su mundo.  El sol realmente picaba.  Yo sabía que en algún momento ella dejaría de escuchar música: la conozco bien y sé que, llegado cierto punto, guarda su i-pod y se dedica a leer un libro.  Nunca hace las dos cosas juntas porque dice que la música la desconcentra al leer y sobre todo si está cantada en español.  Por lo tanto, había que ser paciente.  Se hizo larga la espera, más larga de lo que hubiera pensado; tardó mucho más que de costumbre en deshacerse de sus auriculares y, cuando lo hizo, ya el sol estaba empezando a caer hacia el oeste y unos cuantos comenzaban a desalojar la playa.  Ése era mi momento; la miré de reojo pero ella seguía sin anoticiarse de mi existencia.  Tomó el celular  e hizo un llamado; en ese momento el ringtone resonó dentro de mi bolso y me quise morir: ella me estaba llamando a mí.  Temerosa y paranoica, le dirigí una mirada de reojo pero lo cierto fue que ni siquiera pareció percatarse de la coincidencia: o no escuchó sonar mi celular o, si lo hizo, lo dejó pasar como un dato más: uno de los tantos ruiditos que se podían llegar a escuchar en una playa en verano.  Después de todo y pensándolo fríamente, ¿cuál era mi miedo?  ¿Qué Pau se diera cuenta de que ese hermoso muchacho que estaba a unos metros de ella era, en realidad, su amiga Abigail pero que había sido transformada en hombre por el conjuro de la bruja de un parque de diversiones?  Mi paranoia, claro, no tenía la menor razón de ser…, porque era justamente la realidad que yo estaba viviendo la que parecía carecer de todo sentido.  De todas formas, puse en silencio mi celular y, obviamente, no contesté.  Aprovechando haber abierto mi bolso extraje mi MP3 y me calcé los auriculares.  Escudriñaba de tanto en tanto para ver si Paula miraba hacia mí pero nada… Me puse de pie a los efectos de conseguir un mayor impacto, pero la realidad es que éste se produjo en todas las demás chicas que había en la playa pero no en ella: Pau, ahora, estaba concentrada en leer una novela.
              Agotados mis esfuerzos por llamar su atención, jugué una última carta.  Me senté una vez más sobre la esterilla y, fingiendo moverme al ritmo de lo que fuera que estaba saliendo por mis auriculares, comencé a canturrear y de a poco fui subiendo el volumen de mi voz:
              “He oído que la noche es toda magia…y que un duende te invita a soñar”
             Con disimulo, le eché una mirada por el rabillo del ojo y pude comprobar que… ¡me miraba!  ¡Por fin!  Claro, lo que había cantado no era otra cosa que un fragmento de “Maldito Duende” de los Héroes del Silencio y mi estrategia… había funcionado.  Bien, ahora que había conseguido captar su atención, tenía que defender el terreno conquistado.  Extraje del bolso un libro de Anne Rice, el único de ella, por cierto, que había podido conseguir en la librería y, deliberadamente, me ubiqué leyendo de tal modo que ella pudiera, desde donde se hallaba, visualizar sin problemas la cubierta del volumen.  Sabía que me estaba mirando embelesada… y que no podía creer haber encontrado a alguien a quien le gustaran los Héroes del Silencio y Anne Rice; por cierto, no era mi única carta por jugar: tenía algunas más en la manga.  Siempre de reojo, pude ver que ella se ponía en pie y caminaba hacia mí; fingí concentrarme en el libro, aparecer como que estaba en mi mundo.  De pronto su silueta me ensombreció.

“Perdoname que te moleste… – dijo, con una educación digna de una auténtica señorita; levanté los ojos hacia ella y me estremecí: tuve la sensación y el temor de que ella iría a reconocerme, que se daría cuenta de quién era yo con sólo mirarme a los ojos, pero claro: tal cosa era, por supuesto, absolutamente imposible.  Una vez más busqué alejar mi paranoia -.  ¿Vos escuchás a los Héroes? – me preguntó, con el rostro iluminado y la mirada extasiada -.  ¿Y leés a Anne Rice?”

                  Gol.  Estaba subyugada.  Y yo disponía aún de más armas para aumentar tal efecto.
                     “Sí, sí – dije -.  Me gustan mucho los Héroes.  Son mi banda favorita”
                     Abriendo la boca enorme, se llevó a ella una mano cerrada en puño hasta casi tragársela, aun a pesar de lo cual se le escapó una exclamación ahogada.
                    “No te puedo creeeer… ¡La mía también!”
                    “Jaja, qué casualidad – intentaba sonar seguro pero temía que mis miedos y nervios me jugaran una mala pasada -.  También me gustan los Doors, Led Zeppelin…”
                    Los ojos se le abrieron tanto que parecieron estar a punto de escapársele de las órbitas.  Abrió aún más la boca, cosa que hasta un segundo antes hubiera parecido imposible.
                    “Nooooo… ¡Me estás matandoooo!!!” – exclamaba Paula.
                     En ese momento, fingiendo una cierta indiferencia, eché un vistazo en derredor y me di cuenta de que Pau estaba concentrando todas las miradas de envidia femenina de la playa por estar hablando conmigo, pero no sólo eso: también me percaté de que los muchachitos me miraban a mí con una envidia muy semejante.
                      “¿Y te gusta leer?” – le pregunté, enseñándole la cubierta del libro.
                       “Sí – dijo ella sin salir del limbo al que parecía haber sido transportada… – Y Anne Rice es… una de mis escritoras favoritas”
                      “Mía también – acoté -, lo mismo que Larsson o Le Guin”
                      “Nooooooooo… – aulló – ¡Sos mi Í- DO – LOOOO!  ¿De dónde saliste???  ¿Del mar? Jajajaja….”
                       Festejé, desde ya, su ocurrencia y quedamos un instante mirándonos a los ojos.  Esa mirada que ahora veía en Paula era el tipo de mirada que de ella había yo esperado recibir durante toda mi vida.  Gracias, brujita…
                         “¿Te querés sentar?” –le espeté, haciendo un gesto con la cabeza de tal modo de invitarla a compartir mi esterilla.
                         Su rostro se iluminó aún más, tal la alegría que hizo presa de ella ante mi invitación.  Se ubicó junto a mí y pasamos el resto de la tarde charlando.  Me preguntó, desde ya, todo sobre mi vida, cómo pensaba y cómo sentía.  Pero si algo sabía de sobra era lo que ella deseaba escuchar así que todo fue sobre rieles y su expresión fue luciendo cada vez más embobada.  El sol fue cayendo y la playa despoblándose mientras los últimos que se retiraban con sus lonas y esterillas nos miraban llenos de envidia.  Es que era tan rara la sensación que yo misma sentía envidia…, envidia de Abel desde ya y, a la vez, agradecía en el alma a la bruja o a quien fuese por estar disfrutando de la mejor tarde de mi vida.  Ella también me habló de sus cosas, por supuesto, incluso de mí… Perdón, je, es confuso y no sé cómo decirlo: o sea, habló de Abigail.
                         “Es mi mejor amiga y es lo mejor que me pasó en la vida – el corazón me saltó en el pecho porque me estaba poniendo por encima de cualquier novio o amante; de hecho, sus palabras siguientes confirmaron eso -.  Otros amigos van y vienen, lo mismo que las parejas, pero ella siempre estuvo y siempre está.  Me da pena que esté tan sola: a la gente, a los hombres sobre todo, les cuesta mucho ver a una mina por su interior.  Y ella, en su interior, es la persona más bella que existe…”
                   Asentí, pensativo (o pensativa).  Me quedé pensando en cuán bueno sería que ella misma algún día desdeñara mi exterior y se olvidara que soy mujer…, o bien, al menos, que lo aceptase.  Pronto las sombras fueron poblando la playa y sólo quedaban, como siempre, algunos niños metidos en el mar bajo la recelosa mirada de sus padres.  La temperatura era agradable y el viento soplaba desde el continente y no desde el océano, con lo cual no se sentía para nada el clásico fresco que acompaña la llegada de la noche en la costa.  Un deje de tristeza se apoderó de mí en la medida en que muy posiblemente el final de la luz marcara también, no el final del hechizo (ya que según había dicho la bruja, tal cosa ocurriría con el amanecer) pero sí el final de la charla.  Ella se quedó un rato mirando su celular.
                        “¿Vos qué hacés ahora? – me preguntó.
                        La pregunta me tomó desprevenida y la realidad era que no tenía nada para hacer, sólo dejar pasar la noche hasta que el embrujo terminase.  Me encogí de hombros.
                        “¿Querés venir a mi departamento y tomamos unos mates?” – me dijo, ante mi falta de respuesta.
                          La invitación hizo aumentar el ritmo de mis latidos.  No podía creerlo.
                         “Hmm, no sé – contesté -, o sea, yo encantado, pero…¿ no será molestia?  ¿Y tu amiga?”
                          “Hace rato que no me está contestando los mensajes – respondió, mirando su celular -.  Se nota que está muy entretenida, jaja”
                          Me quedé pensando que, en definitiva, tenía razón: su amiga estaba muy entretenida.
                           Sólo tuvimos que caminar unos cien metros.  Un sendero ascendía desde la playa serpeando entre algunos médanos y matorrales para llegar hasta un conjunto de dúplex, uno de los cuales era, por supuesto, el “nuestro”.  Primero nos sentamos a tomar unos mates afuera, en una mesita y unas sillas que se hallaban sobre el césped, apenas a la salida del porche y allí fue donde nos sorprendió la noche con los cantos de los grillos; luego nos fuimos adentro y todo fue compartir charlas, risas y miradas que podían ser, a veces sugerentes y otras pícaras; en ocasiones, incluso, ella bajaba la vista y se sonrojaba con vergüenza ante algún comentario.  Era una situación muy particular y curiosa porque cada vez que me contaba algo, yo ya lo sabía…, y sin embargo, me quedaba en silencio siguiendo atentamente su relato: quería oír sus historias una y otra vez porque, además, cada una de ellas era para ambas, un recuerdo compartido, aun cuando Pau, en ese particular contexto, no lo supiera.  Me vino a la cabeza una vieja canción que decía “invítame a ver tu historia; nunca diré que ya la sé”: era eso…, exactamente eso.  De todos modos, Pau jamás me dijo que tenía novio: je, pilla la niña.  No fue que me hubiera mentido; no dijo que no tenía: sencillamente no lo mencionó.
                         En un momento le pedí permiso para ir al baño y me llevé el celular conmigo tratando de que Paula no lo advirtiera.  Una vez dentro le envié un mensaje de texto: “Pau, querida , ¡no me mates!  Lo mío va para largo y hoy no vuelvo… ¡Te quiero, locura!  Pasala bien de todas formas… No te prives de nada, ja… ¡Besitooossss!!!! ¡Muack!!!”  No sería hasta el otro día que leería la respuesta.  De hecho, al salir del baño, hallé a Paula sentada en el sillón de mimbre mirando al celular con el rostro sonriente.  Un instante después la vi enviar un mensaje.  En lugar de tomar asiento en el sillón que se hallaba transversal al de ella como haciendo una “ele”, lo hice a su lado.  Al principio denotó una cierta sorpresa o bien se puso algo nerviosa, pero siguió atenta al celular durante un momento más, tal vez para esquivar el asunto; y así, cuando finalmente dejó el teléfono, se comportó como si todo estuviera normal.
                        “Mensaje de Abi – me dijo -.  No viene esta noche, ja… Así que voy a estar solita”

Me quedé mirándola a los ojos y ella también; una vez más la noté nerviosa y bajó la vista.  La conozco demasiado bien; supe que ése era mi momento y que debía explotarlo.  Llevé mi mano hacia su regazo y tomé una de las suyas: era impactante ver la diferencia en el tamaño de una y otra, sobre todo considerando que entre Paula y yo no había diferencia en ese aspecto.  Se la notó turbada.  Fue como que intentó levantar la mirada pero desistió y, más bien, la desvió hacia algún punto indefinido en el piso.  Con la otra mano tomé suavemente su mentón y giré su cabeza hacia mí, con lo cual nuestros ojos quedaron enfrentados y ella ya no podía escaparse.  Su mirada estaba como perdida y el labio inferior le caía flojo, seguramente por estar superada por la situación.  Momento de flaqueza, ya lo sé (¡la conozco!) y fue entonces cuando aproveché para llevar mis labios hacia los de ella; lo hice despaciosamente, como disfrutando de un momento que había esperado durante toda mi vida y que no tenía sentido estropear por ansiedad.  En el momento en que mis labios se apoyaron contra los suyos sus ojos se cerraron…, y yo la imité.  Entreabrió algo más sus labios y ello me permitió juguetear con mi lengua por sobre ellos: recorrí primero el superior, luego el inferior, luego el superior otra vez y así sucesivamente…, para después, sí, entrar en su boca.  No fue una arremetida feroz como las que había tenido con la chica de la carpa o con la camarera: esto fue totalmente distinto porque estaba besando a la mujer que siempre había querido besar.  Estaba ante un evento único y seguramente irrepetible en mi vida y, como tal, quería disfrutarlo.  No busqué, por tanto, enterrarle de entrada la lengua hasta el fondo sino que procuré que nuestras lenguas quedaran jugando entre sí apenas a la entrada de su boca.  Ambas se tocaron, se rozaron, se acariciaron, se entrelazaron: parecía que eran en realidad dos cuerpos dotados de vida propia en lugar de extensiones de los nuestros.

             Ella apoyó una mano sobre mi pierna y lentamente la fue desplazando hacia la zona de mis genitales.  Cuando tocó mi pene por encima del pantalón, lo hizo con tal suavidad que pareció, paradójicamente, que no lo tocara.  Otra vez volvió el hormigueo en esa región de mi cuerpo pero puedo asegurar que lo hizo de un modo distinto a cualquiera de las oportunidades en que lo había sentido durante el día.  Yo seguía aún sosteniéndola por el mentón y, muy despaciosamente, mi mano bajó desplazándose a través de su cuello y se detuvo un instante danzándole sobre el esternón para luego, ya sólo con dos dedos, deslizarse por entre sus senos de la misma forma que si estuviera tocando una obra de arte preciosísima.  Ella llevó una pierna por sobre la mía y, decidida pero no descontroladamente, se me echó encima sin dejar de besarme, con lo cual mi espalda y mi cabeza quedaron apoyadas contra los almohadones del sillón de mimbre.  Masajeó largo rato mi pene y luego, tan sólo con el extremo de su índice, subió a lo largo de mi pecho llevando, al hacerlo, mi remera hacia arriba.  Supe que sólo debía entregarme y así lo hice.  Nos besamos largo rato, sin prisa alguna, sabiendo que teníamos toda la noche por delante.  Y, sobre todo en mi caso, lo sabía particularmente bien.  Antes de que nuestras bocas se separaran, tomé su rostro entre mis manos y lo besé de tal forma que a nuestros labios les costó despegarse.  Luego la tomé por los hombros y la hice girar un poco.  Ella tenía aún puesto el bikini con el cual había ido a la playa y lo único que llevaba aparte de eso era un pareo atado a la cintura haciendo las veces de falda.
                  Apartándole el cabello hacia un costado con suma delicadeza, apoyé mis dos pulgares en su nuca y se notó que acusó el impacto, ya que dejó caer su cabeza hacia adelante como vencida, sin fuerzas.  Masajeé con mis pulgares en el centro de su nuca a la vez que mis manos describían círculos danzarines sobre su cuello y omóplatos, casi como si se tratase de una mariposa que estuviera rozando una bella flor con sus alas.  La besé en el cuello: una, dos, varias veces.  Su cabeza se ladeó hacia un lado y hacia otro; emitió un sonido semejante al ronroneo de un gato.  Luego mis dos pulgares bajaron a lo largo de su médula espinal mientras el resto de mis dedos seguían acariciándole la espalda.  Al llegar hasta el bretel de la parte superior del bikini lo solté; yo estaba muy atento (o atenta) a cuál sería la reacción de ella pero la realidad fue que no opuso la menor resistencia.  La parte de arriba del traje de baño, por lo tanto, cayó y se depositó sobre su regazo mientras mis manos, deslizándose como serpientes por sobre sus costillas, fueron hacia sus senos.  Los capturé.  Tomé sus pezones con ambas manos entre mis dedos pulgar e índice; jugueteé un poco con ellos y luego comencé a describir círculos en derredor.  En escasos instantes noté que se le ponían duros.  Su respiración comenzó a hacerse más audible a la vez que llevaba su cabeza hacia atrás apoyándola contra mi mentón.  En un gesto casi reflejo llevó una mano hacia su sexo y comenzó a masajearlo.  Solté uno de sus pezones y bajé hacia esa zona hasta tomar su mano con la mía; se la aparté con delicadeza para, luego, deslizar la mía por debajo del pareo y dedicarme a hacer con ella el mismo trabajito que Pau había iniciado.  Su respiración ya pasaba de ser sólo audible: directamente había pasado a ser jadeo.  Aun a pesar de que tenía la parte inferior del bikini todavía puesta, noté cómo se iba humedeciendo, casi al mismo ritmo en que su pezón, el único que mantenía aprisionado, se iba endureciendo.  Echó su cabeza aún más hacia atrás y la ladeó un poco de tal modo de apoyarla sobre mi hombro derecho.  Su rostro quedó junto al mío; sus ojos seguían cerrados, entregados a un éxtasis que gobernaba cada uno de sus sentidos.  La besé nuevamente, varias veces…
                De pronto se puso en pie.  No lo hizo de modo presuroso ni ansioso; hasta en eso fue grácil: lo hizo como si su cuerpo flotara ascendiendo en el aire.  Se giró y sus hermosos pechos quedaron a la altura de mi rostro.  Yo seguía sentado sobre el sillón y ella me miraba desde lo alto.  Me tomó la cabeza con ambas manos.  Me dio un par de besos cortos y luego me empujó hacia su seno.  Mi rostro se sumergió en él y cerré los ojos como tratando de archivar en mi interior para siempre ese recuerdo, pues sencillamente no podía creer lo que estaba ocurriendo.   Rodeé con mis manos su perfecta cintura y la atraje aún más hacia mí de lo que ya ella me había atraído hacia sí.  Solté el pareo que la cubría y bajé la parte inferior del bikini, dejándola desnuda, como en aquellos juegos y apuestas infantiles de cuando teníamos doce años.   De ese modo yo conservaba toda mi ropa puesta (a decir verdad, sólo mi remera y mi short de baño) en tanto que ella estaba ante mí pura y etérea como cuando había venido al mundo.  Me puse en pie porque la situación ameritaba buscar su boca una vez más y así fue.  Y mientras nuestros labios volvían a encontrarse mis manos bajaron por su espalda en dirección hacia su perfecta cola; pasé con suavidad las palmas de mis manos por sus bellamente redondeadas nalgas y puedo decir que el contacto con su piel era tan celestial que daba la impresión de que la misma ni siquiera existiese, que estuviera tratando de asir alguna sustancia de naturaleza vaporosa pero a la vez extrañamente tangible y maravillosamente real.  Encontré la zanjita entre sus nalgas y bajé por ella buscando aprovechar y sentir cada segundo de contacto, cada milímetro de ella que caía bajo las yemas de mis dedos.
                 Ella, al parecer, decidió que yo estaba, ya para esa altura, demasiado vestido.  Tomó mi short de baño y lo llevó con ambas manos hacia abajo, haciéndolo con algo más de rudeza que la mostrada hasta el momento o que la que yo había exhibido al momento de desnudarla; de hecho, en el mismo instante en que me dejaba sin short, me mordió el labio inferior provocándome un dolor que, extrañamente, fue placentero.  Su mano encontró mi aparato sexual y envolvió cuanto más pudo pene y  testículos para, luego, zamarrearlos suavemente de tal modo de describir círculos con ellos.  El pene, “mi” pene, se fue parando cada vez más.  Su otra mano se encargó de llevar hacia arriba mi remera hasta por encima de mis tetillas; cuando me las acarició e insistió particularmente en juguetear con ellas entre sus dedos, me pareció que yo dejaba de ser Abel y volvía a ser Abigail: en ese momento sentía que Pau me estaba acariciando los senos.  Fue sólo una sensación, desde ya; el hormigueo creciente acompañado por la erección de mi miembro hablaban a las claras de que todo seguía puesto en su lugar y de que yo, por efecto de un conjuro, seguía siendo para ella un hombre…Si algo deseaba más que nada era que el sol no saliera nunca más: por suerte había aún unas cuantas horas de sombras por delante.

Pau bajó con una de sus uñas por mi pecho y pareció como si trazara un surco.  No lo hizo con suavidad pero, sin embargo, tampoco con rudeza; todo era muy particular, todo único y difícil de comparar con cualquier otra cosa.  Jugueteó con sus dedos por sobre mi pecho describiendo caprichosos e imaginarios dibujos como si pugnara, inútilmente, por atrapar mi vello, el cual era, por cierto, ínfimo e insignificante.  Una vez que dejó de recorrerlo con sus dedos y mientras la otra mano seguía ocupada en mi pito y mis testículos, bajó su rostro a la altura de mi pecho y fue ahora su lengua la que se dedicó a recorrerlo.  Al llegar a mi ombligo la enterró casi como queriendo llegar a mi estómago y ello me hizo dar un respingo rayano en la excitación.  A continuación, siguió su camino hacia abajo y así su lengua llegó hasta mi pene; sin dejar de sostenerlo en su mano, se dedicó a lamerlo como si en ello dejara la vida, tal la profundidad, el deseo y el amor que le puso al acto.  Los primeros hilillos de mis fluidos comenzaron a impregnar la cabeza de mi miembro y pude sentir como ella me iba dando besos y, cada vez que se separaba nunca lo hacía del todo, pues sus labios y mi pene quedaban unidos por algún hilillo de fluido seminal; era como si el puente entre ambos se negara a romperse, como si cada vez que ella se alejara de mi cuerpo, por más que lo hiciera durante unos segundos y no más de unos pocos centímetros, tuviera que seguir operando algo que la mantuviera unida a mí o que me mantuviera a mí unido a ella.  Era una química perfecta, impensable e incomparable con ninguna de las dos experiencias sexuales que había tenido en ese día.  Quedaba más claro que nunca que éstas habían sido el prólogo, la preparación para lo que se venía, como si fuera necesario que yo llegara a Paula con alguna mínima experiencia en el campo de las relaciones.

                 Levantó la vista hacia mí y sentí que sus ojos irradiaban deseo, pero un deseo diferente, muy especial, lindante con algún otro sentimiento.  Ella estaba ahora acuclillada frente a mí y, sin moverse de tal posición, me tomó por las caderas y me giró.  Mi cola quedó, de ese modo, totalmente expuesta ante su rostro y, por si fuera necesaria alguna forma de hacérmelo saber, sentí en ella un mordisco.  Me causó dolor, sí, porque lo sentí como si me hubiera querido arrancar un pedazo pero,  a la vez, esa misma sensación era infinitamente placentera.  Repitió el mordisco varias veces en distintos puntos de mis nalgas y luego abrió su boca de modo de envolver con sus labios secciones enteras de piel como succionando: exacto, ésa era la sensación; era como si me estuviera chupando.  Sin abandonar su labor ni por un momento, me terminó de quitar el short por los pies y luego, de manera no prevista al menos por mí, me propinó un largo lengüetazo que recorrió toda mi zanja cuan profunda y larga era.  Me hizo dar tal respingo que no pude evitar emitir un jadeo que fue casi un gemido y hasta tuve, una vez más, temor de que hubiera sonado muy femenino.  Paula repitió el lengüetazo varias veces, no sé cuántas, tal vez seis o siete y luego introdujo sus manos por el hueco entre mis piernas, justo donde mi cola terminaba; empujó hacia afuera separándome ambas piernas y así su lengua logró llegar hasta mis huevos: otra vez una serie de largos lengüetazos se encargaron de ponérmelos a mil y luego abrió la boca tan grande que prácticamente los envolvió.  Me los chupó, tironeó de ellos y…, me dolió: por primera vez tomé contacto con lo que los varones llaman “dolor de huevos” pero debo decir que la experiencia, al menos en este caso, no por dolorosa dejaba de ser hermosa, placentera y disfrutable.
             Una de sus manos pasó, desde atrás, por entre mis piernas y capturó mi erecto miembro; tironeó de él hacia abajo y fue dolorosísimo porque mi verga quería seguir horizontal.  Temí incuso que se me fuera a quebrar y no pude evitar que de mi garganta brotara un grito de dolor del cual ella hizo, sin embargo, caso omiso.  Llevó mi pene del mismo modo que si moviera un pico de manguera hasta introducirlo en su boca, la cual, ávida por devorarlo, se abría hambrienta por debajo de mis testículos.  Y una vez que lo atrapó, ya no lo soltó, por mucho que mi pito pugnara por regresar a su posición horizontal.  Ella chupó y chupó, sin prisa pero también sin pausa, aunque fue de a poco incrementando el ritmo en la medida en que la excitación, tanto de ella como mía, iban en aumento.  Ya no pude detener mis jadeos y volvió esa sensación de estarme haciendo pis, pero yo ya hacía rato que sabía que no era eso: que lo que empezaba a viajar hacia la garganta de Pau era la hermosa leche con la cual iba a llenar su boca para descender luego en busca de su estómago.  El momento de acabar fue tan intenso que creí estar en las nubes: mi grito se prolongó tanto que pensé que me quedaría mudo (o muda) y hasta temí que nada volviera a salir de mis cuerdas vocales por el resto de mi vida.  Mientras tanto Pau, con toda dedicación, tragó toda la leche como si no hubiera posibilidad de no hacerlo, como disfrutando cada gota que iba llenando su interior.
              Me sentía extenuado (o extenuada); el goce alcanzó tal grado de intensidad que hasta me costó mantener el equilibrio.  Mi cuerpo se venció y comencé a caer hacia adelante; intenté sin éxito aferrarme a mis rodillas pero ya el viaje hacia el piso era un proceso irreversible.  Caí sobre palmas y rodillas, con lo cual quedé, literalmente, a cuatro patas, pero lo más sorprendente de todo era que Paula no había liberado en ningún momento mi verga sino que la mantenía atrapada en su boca.  Terminé apoyando la frente contra el piso, perdida mi ambivalente sexualidad en un inmenso mar que ahogaba mis sentidos.   Recién entonces Pau soltó mi pito y, poco a poco, fui recuperando la respiración y la cordura.  Apoyando ambas palmas de mis manos en el piso volví a levantar mi caja torácica y así quedé, otra vez, perfectamente en cuatro patas.  Caminando sobre sus rodillas, Paula se acercó a mí por la derecha; su rostro lucía una radiante sonrisa.  Lo acercó al mío.
                “¿Estás bien?” – me preguntó y recalé entonces en que eran las primeras palabras que alguno de ambos pronunciaba desde que toda la escena sexual diera comienzo.
                  Yo apenas asentí con la cabeza; aún jadeaba por el intenso momento vivido y no era capaz aún de articular alguna palabra que pudiera resultar medianamente inteligible.  Ella se acercó aún más a mí y sentí su respiración sobre mi oreja; primero sólo me besó en el lóbulo pero luego introdujo su lengua.  En un gesto más bien reflejo, encogí mi cabeza contra mis hombros pero ni aun así logré evitar que la lengua de Pau recorriera cada curva y circunvolución de mi oreja.  Y fui entendiendo, entonces, que no tenía sentido alguno resistirme.  Ella, a su modo, me estaba penetrando.  Luego de hacerlo durante algunos minutos pasó una mano por debajo de mi vientre y volvió a acariciar mi miembro, el cual casi no tuvo tiempo de llegar a colgar fláccido porque comenzó a erguirse nuevamente apenas recibido el estímulo.  En pocos minutos ya tenía otra vez una nueva erección: realmente no podía creer el buen trabajo que había hecho la bruja con su conjuro.
                   Paula abandonó mi oreja y se echó al piso apoyando contra él tanto espalda

como nuca y, así,  estando yo en cuatro patas, se introdujo por debajo de mi cuerpo de un modo que me remitió a la imagen de un mecánico echándose debajo de un auto.  Volvió a envolver mi pene con su boca y recomenzó con la tarea de recorrerlo con su lengua.  ¡Oh, Dios!  ¿Otra vez?  ¿Sería así como Paula se comportaba con sus novios habitualmente?  Cierto era que, en esas eternas charlas en que ella me contaba absolutamente todo, siempre manifestó practicarle sexo oral a sus parejas, pero… estaba muy lejos de pensar que sus habilidades llegaran a tal extremo.  De ser así, menos podía entenderse por qué los novios no le duraban o, incluso, la engañaban.  ¿En dónde podrían conseguir una joven que fuera capaz de mamar con esa intensidad y a la vez con tanta dulzura?  A menos, claro, y esa idea me pegó particularmente en mi cabeza, que Paula estuviera conmigo actuando de una manera muy distinta al modo en que lo hacía con los demás.

                    En algún momento debió considerar que mi verga estaba ya otra vez lo suficientemente dura y la soltó, pero eso no significó, en modo alguno, el final de algo sino que, muy por el contrario, se desplazó sobre sus palmas y sus rodillas por el piso del departamento hasta ubicarse a cuatro patas por delante de mí.  Su conchita, provocativa y apetecible, se abrió allí, por delante de mis ojos y nunca estuvo más claro qué era lo que quería.  Me incorporé sobre las palmas de mis manos y quedé de rodillas; avancé sobre ellas hasta ubicarme exactamente por detrás de Pau.  Primero acaricié el montecito y el tajo que tan generosamente se ofrecía; ella dio un respingo y se notó que la excitación la poseyó de la cabeza a los pies.  Luego, simplemente, introduje mi verga.  Lo hice con el mayor cuidado y delicadamente; nada podía estar más lejos de mis intereses que dañar a Paula.  Apenas mi miembro entró en ella lanzó, no obstante, un suspiro que, a medida que salía de su garganta, se fue transformando en gemido.  La  tomé por las caderas y, sin más preámbulo, bombeé y bombeé.  Ella comenzó a despedir una serie continuada de interjecciones que fue aumentando cada vez el ritmo en la medida en que, justamente, mi bombeo se iba haciendo más intenso.  Entré y entré en ella.  Disfruta el momento, pensé, es lo que siempre soñaste: y está ocurriendo; quizás no ocurra nada más.  Sólo cógela y cógela, que te sienta dentro suyo, que tu presencia allí la marque de por vida.  Ya la tenía: se notaba en el ritmo de sus jadeos que estaba al borde del orgasmo y yo también; fue entonces cuando cambié de plan.  Con cuidado, retiré mi verga de adentro de ella.
                   “¿Qué… pasó?” – preguntó, entre sorprendida y decepcionada.
                   La tomé por la cintura, prácticamente la levanté en vilo aprovechando mi prestada masculinidad y la giré completamente hasta hacerla caer de espaldas contra el suelo.
                    “Cuando llegue a mi orgasmo – le dije – y vos llegues al tuyo, quiero estarte viendo a la cara”
                    Sus ojos se iluminaron y sus labios dibujaron otra vez esa tan preciosa sonrisa de la cual era dueña.  Apoyé los puños en el piso a ambos flancos de ella y estiré mi cuerpo cuan largo era hasta que mi pecho se tocó con el suyo.  Intenté ensartar su preciosa conchita en mi verga pero esta  vez se me hizo difícil: aquél sí que parecía un trabajo de hombre y, como tal, se me complicaba siendo mujer.  Pero Paula, sonriendo, me dio la ayuda que me faltaba: capturó mi pene con dos dedos y lo llevó hasta la puerta de su sexo.  Y, una vez allí, todo fue fácil.  Como si se tratara de hacer flexiones de brazos pero de un modo infinitamente más sublime para los sentidos, me balanceé de forma ascendente y descendente moviendo mi cintura una y otra vez.  Y así la fui penetrando: más adentro, más adentro, más adentro… Su cara adoptó un color que nunca le había visto y que no podría definir: era, seguramente, el color del placer extremo, el cual no es posible hallar en ningún arco iris ni en la paleta de pintor alguno; era como si una luz divina y celestial bañase su semblante.  Ladeó su rostro un poco, entrecerró los ojos y gimió, gimió y gimió… Sonidos guturales, irreconocibles en mí, brotaron de mi garganta, esta vez inequívocamente viriles.   Y la cogí, la cogí, la cogí… Supe que ella se acercaba al orgasmo por el crescendo de sus gemidos… y también supe que yo también estaba llegando.
                “Mirame… – le dije, entre dientes y sin parar de jadear -.  Mirame, Pau…”
               Ella volvió a dirigir su rostro hacia mí y, con gran esfuerzo por el momento que yo la estaba haciendo pasar, me miró a los ojos.  Y yo miré a los suyos.  Y supe que ese solo instante, único, irrepetible, le estaba dando sentido a toda mi vida, que ya no importaba qué viniera después en los años que me quedaban en el mundo.  Ese rostro hermoso, esa mirada dulce, era lo que me quería llevar a la tumba…
                El doble orgasmo estalló en un dúo de incontenibles gritos de placer y, por mucho que costara, ambos buscamos mantener los ojos abiertos… Hasta que todo terminó… Y supe que mi semen ya estaba dentro de ella.  Agotado por el esfuerzo caí sobre ella aunque lo hice lo más suavemente que pude y siempre buscando sostenerme con las palmas de mis manos para no aplastar al más hermoso pimpollo que pudiera existir en este mundo.  Ladeé mi rostro y apoyé mi cabeza sobre su hombro: finalmente mi vida, esa vida apagada, sin expectativas y sin satisfacciones, acababa de encontrar su sentido.  Por fin entendía que el camino recorrido en esos diecinueve años había, al fin y al cabo, valido la pena.
                    Quedamos abrazados (o abrazadas, no sé), uno contra el otro (o una contra la otra) durante un largo rato en el que no hubo palabras.  También ésa fue una escena que busqué valorar como irrepetible: con la llegada del día, el hechizo se iría y yo volvería a ser su amiga.
                 Pasaron  los minutos y las palabras siguieron faltando.  Finalmente ella me besó sobre la mejilla y apoyó la palma de su mano como impeliéndome a levantarme un poco para lograr liberarse de mi peso
                   “¿Te molesta si pongo música?” – me preguntó, sonriente.

Negué con la cabeza y ya sabía, por supuesto, que se venían los Héroes del Silencio.  Se dirigió hacia el i-pod que tenía conectado a un par de parlantes, seleccionó algo y de inmediato, tal como preveía, comenzaron a sonar los españoles.  Ella volvió hacia mí y prácticamente se me dejó caer encima de un salto, haciéndome incluso temer por sus costillas.  Entrecruzó las manos sobre mi pecho y se me quedó mirando, su rostro siempre iluminado por una permanente sonrisa.

                 “¿Te puedo decir algo, Abel?”
                “Abi…” – la corregí
                 Soltó una risita.
                 “Jaja, así es cómo le digo a mi amiga… Bueno, te hablé de ella un montón… Abigail, Abel – sacudía la cabeza y revoleaba los ojos -: claro, Abi, jaja… por los dos caminos se llega a lo mismo”
                 Acompañé su comentario con una sonrisa y le pasé una mano por la mejilla.
                 “¿Qué era lo que me querías decir?” – indagué.
                  “Bueno, es que… no sé cómo decirte esto sin que suene hipócrita o como algo que bien puedo decir para este momento como para cualquier otro, pero…”
                   “Sé que no sos hipócrita – la interrumpí, aunque con amabilidad -.  Simplemente decime lo que querías decirme…”
                    Se mordió el labio inferior y sus ojos se desviaron por un instante, dándome la impresión de que destellaban un pequeño toque de vergüenza; luego volvió a clavarlos en mí y, aunque la sonrisa nunca parecía desaparecer del todo, fue como si se hubiera puesto algo más seria de repente, como si quisiera darle, sobre todo, autenticidad a sus palabras.
                     “Bueno… es que, esto que me ocurrió hoy con vos, no me pasó jamás  con nadie.  No es chamuyo, Abi – me saltaba el corazón cada vez que me llamaba de ese modo -, no te estoy mintiendo: es la pura verdad.  Me hiciste el amor de un modo, hmm…, no sé, diferente; ésa es la palabra.  Ningún hombre me produjo algo así…”
                     Y sigue sin producírtelo ningún hombre, pensé para mis adentros.  Continué acariciándole la mejilla y llevé mi mano por detrás del lóbulo de la oreja.
                     “Me alegra oír eso – le dije -; el secreto para que el momento de hacer el amor sea único es entender que la persona con quien lo estás haciendo es también única…”
                       “No podés ser taaan divino” – dijo ella, notablemente afectada por mis palabras.
                      Besó mi pecho mientras en el departamento seguían sonando los Héroes del Silencio: “No es la primera vez que me encuentro tan cerca de conocer la locura y ahora por fin ya sé qué es no poder controlar  ni siquiera tus brazos… Y sientes que están completamente agotados y no entiendes por qué.  Antes o después, debería intentarlo, someterme a su hechizo, olvidando mentir en otro nivel, no querer recordar ni siquiera el pasado que está completamente agotado…”  Era la canción preferida de Pau y la cantamos a dúo, como tantas veces lo hicimos siendo yo Abigail, aumentando el volumen de las voces en crescendo hasta terminar, prácticamente, gritando el estribillo: “… Vámonos de esta habitación al espacio exterior…”  Y yo realmente sentía, teniéndola en mis brazos sobre el piso del departamento, que no había más nada, que no había pasado ni futuro, ¿a quién le importaba si ayer había sido Abigail o si volvería a serlo con el amanecer?  Sólo había presente, y mi presente estaba con ella allí, ¿dónde más sino?  Y asimismo tampoco parecía haber un mundo allá afuera: aquel departamento de veraneo ya no estaba en Mar del Tuyú ni en ningún lugar del mundo que conocíamos, no: viajábamos quién sabe adónde, lejos de todo, lejos de las miradas, de los prejuicios, de los temores…
                      “¿Sabés que Abi… – comenzó a decir ella; se interrumpió y rió -, ja, la otra Abi, o sea… tiene un bolso igualito al tuyo?”
                       Y sí, claro, podría al menos haber comprado otro pero…, ¿qué se podía temer?  ¿Que Pau se diera cuenta de que ese chico tan hermoso e increíble que acababa de hacerle el amor de una forma, según ella, nueva en su vida, era en realidad su amiga Abigail transmutada en varón?
                      “¿Ah, sí? – fue lo único que atiné a decir.
                      “Sí… ¿qué será de ella? – súbitamente tomó su celular de arriba del sillón de mimbre que ocupáramos antes de que el sexo nos llevara al desenfreno -.  Ya ni me contesta los mensajes la guacha, tampoco me llama, jiji… ¡Qué bueno!  ¡Ojalá la esté pasando bárbaro!  Se lo merece, la quiero mucho…”
                      “Se nota que es así – dije -, se nota que es… muy especial para vos…”
                        “Mmmmmuuuuy especial – remarcó, y luego me miró, sonriendo de oreja a oreja y guiñando un ojo – Como vos…”
                        De pronto una sombra se posó sobre su rostro.
                       “¿Sabés qué? – dijo -.  Hay… algo que no te dije”
                       “Me imagino.  Tenés novio”
                       Su rostro acusó recibo; adoptó una expresión algo tonta y la mandíbula se le cayó.
                       “¿Cómo sabés?” – me preguntó.
                        “¿Qué otra cosa podía ser tan importante como para omitir decírmela?” – repregunté.
                       “S… sí, es cierto…” – balbuceó, advirtiéndose en su tono y en su expresión algo de culpa.
                        “¿Cambia algo?” – pregunté.
                        Estaba totalmente descolocada.  Movió la cabeza en señal de negación.
                         “Para mí no – respondió -.  Lo que te dije sigue siendo totalmente cierto y si de algo me doy cuenta ahora es de que estoy y estuve siempre con tipos que… no me dieron nada, o…, como vos decís, no me hicieron sentir especial”
                        “No tenían que hacerte sentir especial – le retruqué -, sólo darse cuenta de lo especial que sos, como antes te dije”
                         Se acodó en el piso y apoyó su sien contra la mano.
                         “Y para vos cambia algo?”
                         Acerqué mis labios a ella y la besé.

“No cambia nada.  Por el contrario, el hecho de que me lo hayas reconocido me termina de confirmar que no sos una mina hipócrita…”

                        “Pero antes no te lo dije…” – replicó ella, culposa.
                         “Porque… no surgió el tema” – respondí con un encogimiento de hombros.  Ambos reímos; la abracé y nuestros cuerpos se estrujaron con fuerza uno contra el otro, dando varias vueltas en el piso.  Un larguísimo beso dio la impresión de no querer terminar nunca.  Ella, en un momento, llevó una mano hacia mi pito y comenzó a acariciarme.  En ese momento el beso se interrumpió; fui yo quien lo hizo en realidad.  Me miró algo sorprendida.
                         “¿Vamos de vuelta?” – le pregunté.
                         “Jiji, si te la aguantás, sí” – respondió ella con tono de invitación y de provocación a la vez, al tiempo que exhibía una amplia sonrisa que mostraba toda su blanca dentadura.
                          “Está bien – dije -, pero… te propongo algo diferente – llevé mi mano hasta la que ella tenía sobre mi pene y, tomándola con la misma delicadeza que a una pieza de porcelana, se la aparté -.  No vamos a usar esto…”
                         Su rostro mostró sorpresa.
                        “¿Usar qué…? – preguntó, intrigada.
                       “Esto…” – le di un par de cachetadas a mi pito.
                       Su sonrisa se hizo aún más amplia y se convirtió en risa.
                       “Me estás jodiendo, ¿no?”
                      “Para nada – respondí, con la mayor seriedad posible en mi rostro -.  Acordate de lo que te dije: quien te hace el amor verdaderamente tiene que entender que sos especial… VOS sos especial.  Por lo tanto, hasta se puede prescindir de un miembro; sólo alcanza con que estés vos y te dejes llevar…”
                      Estaba perpleja; su rostro sólo rezumaba confusión.
                      “No puedo creer lo que estoy oyendo – dijo -.  Un hombre… me está diciendo que no hace falta usar el pene…”
                      “Es que es así, Pau, para hacerte el amor no hace falta… Alcanza con la mente… y con el espíritu”
                        Sus ojos se entornaron tanto que parecieron a punto de cerrarse.  Me besó suavemente en los labios.
                       “A ver… – dijo -, quiero que me muestres cómo es eso…”
                        Mis manos, muy despacio, la tomaron por la cintura y la hicieron girarse.  Una vez que quedó boca abajo mis pulgares fueron hacia el centro de su espalda, tal como lo habían hecho cuando todo empezara.  Otra vez  volvió el movimiento de mis manos trazando semicírculos alrededor de mis pulgares como si se tratase del batir de las alas de una mariposa.  Luego las llevé hacia arriba y mis pulgares se instalaron sobre su nuca mientras el resto de mis dedos de ambas manos se deslizaba por la parte de atrás de su cabeza levantando cascadas de cabello a su paso.  Ella cerró sus ojos y se entregó.  Cuando hube terminado con la cabeza, la mariposa volvió a bajar por la espalda como si en ningún momento quisiera levantar vuelo ni desprenderse de su cuerpo siquiera por un segundo.  Bailó sobre sus nalgas sintiéndolas como si fueran el aire mismo y luego siguió a lo largo de sus hermosas piernas, primero una, luego la otra.  Me arrodillé para poder trabajar mejor e incliné mi cuerpo hasta que mis labios tomaron contacto con sus tobillos.  Recién entonces la mariposa levantó vuelo y mis manos se retiraron, al menos por un momento, como si el puente estuviera ahora restablecido de otra forma.  La besé allí y se sacudió como si sintiera un cosquilleo pero aun así no hizo demasiado ademán de querer zafarse ni dijo absolutamente nada: sólo me dejaba hacer, entregada como estaba con total confianza a mis designios sobre su cuerpo.  Recorrí una de sus piernas con mi lengua tratando de no dejar pulgada alguna de piel sin humedecer y luego hice lo propio con la otra.  Viajé entonces hacia su preciosa cola y me dediqué a lamer sus nalgas; se notó que un escozor muy especial le recorrió el cuerpo cuando mi lengua se desplazó por la delicada zanjita, como separando las nalgas con su empuje.  Una vez que hube llegado al final de la zanja en la parte superior de la cola, me seguí desplazando como si la misma se continuara y fui trazando un húmedo surco a lo largo de toda su espalda por sobre la columna vertebral hasta llegar a su cuello y detenerme ahí por largo rato.  Envolví la piel con mis labios y tironeé, aunque siempre delicadamente.  Le besé el cuello por todas partes y se lo chupé.
                    Mis manos se ocuparon después de girarla nuevamente y así dejarla boca arriba.  No pude evitar, por supuesto, pasar una vez más por su boca y besarla, pero luego mi lengua la siguió recorriendo en sentido descendente y, bajando por el esternón, viajó hacia sus preciosos senos.  Tracé círculos con la lengua todo alrededor de cada uno de ellos y, en la medida en que iba lamiendo, los círculos se fueron haciendo cada vez más pequeños, como si se tratara de una sensual espiral descendente.  Cuando mi lengua se desplazó en derredor de sus pezones y los rozó sutilmente, pude sentir cómo se endurecían.  Fui luego hacia el centro, hacia el lugar en el cual sus tetas se juntaban y, bajando por entre ellas, seguí camino hacia su ombligo y de ahí, sin más paradas, derecho a su conchita.  En ese momento abrió las piernas y la invitación quedó así formalizada.  Entré en ella del mismo modo que si me hubieran abierto las puertas del cielo y Pau no pudo evitar soltar una interjección en forma de gemido.  Una de sus piernas se flexionó y se apoyó sobre mi hombro mientras una de sus manos me tomaba mi cabeza por los cabellos, muy suavemente pero a la vez con mucha pasión.  Y mi lengua entró…y entró… y entró.  Y ella gimió y pataleó mientras mis manos volvían a hacer el movimiento de mariposa sobre su vientre, pudiendo notar yo al hacerlo cómo su piel se erizaba por debajo de las yemas de mis dedos.  Y mi lengua siguió, siguió y siguió… Hasta que el orgasmo llegó… y el grito de placer que escapó de ella fue la música más hermosa que escuché jamás…  Durante un rato quedó allí, tendida de espaldas sobre el piso, perdida en algún mundo que sólo ella y yo habitábamos.
                     Eché hacia atrás mi cabeza retirando mi lengua de su hendidura.
                  “¿Ves?  Te lo dije… No hace falta” – apunté, con tono triunfal.
                  A ella le costaba recuperar la respiración; estaba casi muerta tras el momento vivido.
                  “S… sí, pero… te quedaste sin tu orgasmo” – se lamentó.

“No, no, no… te equivocás – le repliqué -.  El orgasmo se siente aquí – me golpeé con un dedo la sien – y aquí – hice lo propio sobre mi pecho – y tu orgasmo fue el mío.  No hay placer máximo que saber que lo disfrutaste… Si eso ocurrió, es suficiente para mí, suficiente para sentir un placer que excede lo fisiológico…”

                   “N… no lo puedo creer… – balbuceaba ella -.  No puedo creer ni lo que me hiciste ni lo que me estás diciendo.  ¿De dónde saliste, nene?  Vení, dame un beso…”
                     Me incliné hacia ella y nuestras bocas se confundieron nuevamente.  Y así quedamos, extenuados, abatidos y llenos de placer hasta que el sueño hizo presa de nosotros.  Nunca, pero nunca en mi vida me había dormido con tanta paz encima.  La apreté fuerte entre mis brazos y así nos fuimos entregando…
                      De pronto me desperté.  Ella seguía profundamente dormida.  Eché un rápido vistazo alrededor.  ¿Qué hora sería?  Con mucho sigilo, quité su cuerpo de encima del mío y deposité uno de los almohadones de los sillones de mimbre debajo de su cabeza.  Fui hasta mi bolso y tomé el celular para ver la hora.  Había un mensaje sin leer y, obviamente, era de Paula, pero… la hora… ¡Dios mío, la hora!  Eran las cinco y media.  Era verano y el sol asomaría de un momento a otro… No podía permanecer allí; tenía que largarme.  Presurosamente junté mis cosas y me vestí.  Eché un último vistazo al ángel que dormía en el piso.  No pude contenerme: planté rodilla en suelo y le besé la mejilla.  Me quedé mirándola un rato más tratando de capturar para siempre la imagen, no porque no volviera jamás a verla ya que era mi amiga, pero lo que sí era cierto era que nunca volvería, seguramente, a verla de ese modo, entregada y durmiendo en paz como un angelito luego de haber disfrutado la noche de su vida conmigo.  Me marché: bajé por el sendero hacia la playa, no había nadie.  El cielo estaba empezando a clarear y el sol estaba al asomar… Y finalmente ocurrió.  El círculo rojo amarillento comenzó a despuntar  a lo lejos, mucho más allá de las olas; me dejé caer de rodillas sobre la arena y sentí que mi cuerpo volvía ser más liviano; otra vez lo percibía como familiar aunque la verdad era que después de un día completo ya me había familiarizado con el otro.  Miré hacia mis piernas y otra vez vi ese blanco lechoso; mis manos eran pequeñas una vez más.  Me llevé el antebrazo hacia mi pecho y comprobé que mis tetas estaban otra vez allí; luego bajé para constatar que, en efecto y tal como suponía, no había ninguna protuberancia alargada colgando entre mis piernas.  Era yo nuevamente: Abigail… Y estaba prácticamente desnuda.  Mi remera y mis zapatillas, que habían venido con el hechizo, habían desaparecido y sólo quedaba el short de baño, el cual yo misma había comprado en la tarde anterior cuando aún era Abel.  Por suerte no había nadie en la playa y supe que tenía que vestirme de un modo más presentable para una dama; había alguna que otra prenda dentro de mi bolso.  Y, en ese momento, mientras rebuscaba en el interior del mismo, una lágrima me corrió por la mejilla y cayó a la arena dejando un pocito.  La noche más hermosa de mi vida, la que le había dado sentido a todo, había llegado a su fin.  Ahora todo volvería a ser como antes y ello me producía una sensación en la cual se mezclaban felicidad y congoja.  Felicidad porque lo vivido en la noche previa lo llevaría por el resto de mi vida como una marca y congoja porque no hay nada peor que volver a tu vida de siempre cuando has conocido la felicidad aunque más no sea por un día… o por una noche.
                    Ese mismo mediodía volví al departamento.   Paula estaba en un estado muy especial.  Primero, por supuesto, se preocupó por mí: cómo lo había pasado y todo eso.  Quería detalles pero no se los di: fui directamente a lo que me interesaba:
                   “Pero… ¿qué te pasa a vos, Pau?  Se nota en tu carita que no viviste una noche cualquiera…”
                      Y me contó todo.  Con lujo de detalles.  Tal como me lo había dicho cuando yo era Abel, volvió a decir que había vivido algo que no tenía parangón con ninguna experiencia con hombre alguno en su vida.  Me dijo que eso la había llevado a replantearse un montón de cosas y que ahora sabía que no quería realmente a su novio (tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para que los músculos de mi cara no dibujaran una sonrisa) y que tenía que cortar con él.  Estaba convencida de que ya nada volvería a ser lo mismo, pero por otra parte…
                     “Él se fue, Abi – me dijo tristemente, sentada sobre el sillón de mimbre con las piernas recogidas y el mentón enterrado entre sus rodillas -.  No sé en qué momento lo hizo… Se fue; ni siquiera llegué a pedirle su celular.  Y ahora tengo la sensación de que no lo voy a volver a ver nunca…”
                    Durante los días que nos quedaban en Mar del Tuyú, el semblante de Paula siguió invadido por las mismas sombras de tristeza.  Se la veía ida; cada tanto parecía que viajara hacia algún momento vivido en aquella noche y cuando eso ocurría se advertía un brillo de ensoñación, dibujándosele incluso una ligera sonrisa.  A veces intentaba leer, pero se notaba que se desconcentraba muy rápido, así que terminaba abandonando la lectura.  Deambulaba por la playa sin rumbo, ajena totalmente a las miradas de los babosos y libidinosos y, por momentos, se quedaba acuclillada mirando hacia el mar por largo rato.  ¿Buscando qué?  En algún momento, cuando yo era Abel, ella me había llegado a preguntar si no había venido del mar…
                   Y llegó nuestro último día en Mar del Tuyú.  En la mañana siguiente ya teníamos que tomar el micro que nos llevaría de vuelta a la rutina de nuestras vidas.  Yo sentía una especie de hueco en el pecho al saber que todo terminaba pero, por otra parte, no podía sacarme de la cabeza cada segundo que había pasado con Paula en ese departamento.  Era el atardecer y la noche estaba cayendo sobre la playa; las primeras sombras iban expulsando a los turistas que, aquí y allá, se dedicaban a cerrar sombrillas o a recoger lonas o esterillas.  Pau estaba echada sobre la arena con el rostro entre las palmas de las manos, perdida su mirada en una ensoñación que viajaba hacia lo lejos, mucho más allá de las olas.  Su espalda, por tanto, estaba expuesta ante mí e inclusive se había soltado momentáneamente el bretel de la parte superior del bikini como modo de que no le quedara marca al broncearse.  Y fue entonces cuando, no sé cómo ocurrió, pero ocurrió…
                   Mis pulgares se posaron en el centro de su espalda y ella dio un respingo.
                     “¡Abi! – exclamó – ¿Qué hacés?”
                      “Relajate – le contesté -, simplemente dejate llevar…”

Se la notó tremendamente sorprendida y turbada por la situación; echó hacia mí una mirada de reojo por encima del hombro pero en ese momento mis manos comenzaron a trazar el movimiento de mariposa por sobre su espalda y pude ver entonces cómo su cabeza se vencía y caía hacia adelante.  La seguí recorriendo, centímetro a centímetro y pulgada a pulgada.  Mis pulgares se posaron en su nuca y juguetearon con su cuero cabelludo.  Bajé una vez más a lo largo de su espalda y llegué hasta su cola.  Dio otro respingo cuando, sin previo aviso y sin importarme si había alguien observándonos, le bajé la parte inferior del bikini.  Pero cuando mis manos comenzaron a recorrer sus nalgas volvió a relajarse nuevamente, tanto como cuando hicieron lo propio con sus piernas deteniéndose en sus tobillos.  Una vez allí apoyé mi lengua y la besé; volvió el cosquilleo.  Fui subiendo con mi lengua a lo largo de sus piernas hasta llegar a su cola pasando por entre sus nalgas y luego por la espalda hasta llegar a su cuello, el cual le besé envolviendo su piel con mis labios varias veces, como queriéndosela arrancar pero a la vez con dulzura.  En ese exacto momento Paula se removió y se giró hacia mí.  De pronto su mirada volvía a ser la de aquella noche, pero… ¡ahora yo era Abi!  ¡Y no Abel!  ¡Abigail!

                    Me besó en los labios.
                     “Abi – me dijo -.  Llevame al departamento.  Quiero que me hagas el amor…”
                    Esta vez fui yo la desconcertada.  Un súbito arrebato de vergüenza me invadió:
                    “Pero… ¡Pau!  ¿Qué decís?  ¿Yo…?  ¿Hacerte el amor?”
                     Su mirada se mantuvo serena y ensoñada, a la vez que su boca sonriente.
                     “¿Sabés qué aprendí en este verano?  Que no hace falta un pene para hacer el amor… Alcanza con esto… – apoyó un dedo en mi cabeza – y con esto” -; lo apoyó sobre mi pecho.
                       Y ya no había nada más par a decir.  Todo lo demás ocurrió en el departamento y, perdónenme si me consideran descortés, pero esta vez no ahondaré en detalles.  Éste es el momento en el cual, incluso para ustedes, tengo que correr la cortina.  Lo que hicimos esa noche es entre ella y yo… Sólo dos personas, dos mujeres, en una habitación…, yendo hacia el espacio exterior.
                      Me dio pena, al otro día, despedirme del departamento, porque, en definitiva, las cosas más importantes de mi vida habían ocurrido allí dentro.  Antes de ir a tomar el micro, dimos unas vueltas por Mar del Tuyú y, por momentos, no tuvimos ninguna vergüenza en caminar de la mano o, incluso, en besarnos, sin importarnos en absoluto las miradas de los demás.  Pasamos por el parque de diversiones y lo estaban desmontando, seguramente con destino a alguna otra localidad balnearia de la costa.  Por más que busqué entre las cosas que estaban cargando en los camiones, no logré identificar las planchas de aglomerado del puesto de Circe.  Lástima no haberla visto: me hubiera gustado agradecerle aunque lo más posible era que ella ya lo supiera.
                    “Qué pena… – se lamentó Pau -.  Al final nos colgamos y no vinimos nunca a este parque; ahora se va…”
                     No hice comentario, por supuesto.  ¿Qué iba a decirle?  ¿Qué podía explicarle?  Nos detuvimos a tomar algo en el bar de la playa y se acercó a atendernos Gabriela, la camarera que se había convertido en la segunda mujer en mi vida pero que en realidad no lo sabía.  Se me quedó mirando, intrigada…
                     “Yo…  Te conozco, ¿no?” – preguntó con el ceño fruncido y los ojos achinados.
                       “No, no creo – respondí sonriendo -. Bah, puede ser que me hayas visto por la playa…”
                         Se quedó pensativa.
                        “Hmmm, no, no… no sé, es como si te conociera de otro lado pero… no me doy cuenta” – dijo.
                      Hicimos nuestro pedido y nos besamos en la mesa ante las miradas azoradas de todos los asistentes.  Luego fuimos a recorrer una pequeña feria de artesanos a la cual habíamos ido casi todos los días a comprar chucherías.  Nos detuvimos en un puesto que estaba lleno de pequeños duendes y hadas que pendían de hilos atados a los maderos del escaparate.  Y me llamaron, particularmente, la atención dos brujitas… Eran hermosas, delicadamente realizadas, como volando sobre escobas… y con ojos rojos.
                      “¿Te gustan?” – preguntó Pau.
                      “Sí – respondí acariciando las figuras -.  Mucho.  Voy a llevar dos…” – le dije luego a la mujer que atendía el puesto.
                       Cuando nos marchábamos de la feria, abrí el paquete que me habían dado, extraje de su interior una de las dos brujitas y se la tendí a Pau:
                        “Vamos a quedarnos con una cada una – le dije -.  Y cada vez que alguna de las dos no esté, va a alcanzar con mirar a la brujita y estaremos ahí, una junto a la otra, como siempre va ser”
                        Pau sonrió y su rostro lució maravillosamente hermoso.  Tomó la brujita y luego me besó:
                        “Siempre” – dijo.
                          Y eso es todo, queridos lectores.  Así fue cómo un verano cambió para siempre mi vida y me hizo descubrir quién era yo realmente… Ah, y si les dicen que las brujas son malas, no lo crean; sólo tienen mala prensa…

¡SEGURO QUE TE GUSTARÁ!