Cuando  pasó la furgoneta la primera vez ninguno le prestó atención. La segunda vez frenó y paso a nuestra altura casi arrastrándose, pero hasta que Ron no bajo la ventanilla de la vieja furgoneta Ford  y gritó ¡NOS VAMOS AL LAGO! no se dieron cuenta de que era él.

-¿Esto es todo lo que has podido conseguir? –preguntó Candy nada  convencida.

-Cuando quieres alquilar un coche con diecinueve años tienes dos opciones, o lo gastas todo en el coche o dejas un par de pavos para la bebida. –respondió Ron abriendo el portón trasero y mostrando un montón de bolsas de la licorería llenas de vodka, bourbon, varias marcas distintas de ginebra y refrescos varios.

-¿Y sabéis lo mejor? Esta belleza pertenecía a un veterinario y como no pudo pagar la factura dejo el depósito de semen. –dijo mostrando orgulloso un recipiente de aspecto mugriento.

-No sé tú, Ron –intervino Jack –pero yo no necesito ayuda para inseminar a mi chica.

-¡Calla estúpido! –Dijo Darla –sigue así y está noche te harás el amor a ti mismo.

-No idiotas, los depósitos mantienen las pajuelas de semen congeladas en nitrógeno líquido. Así que usaremos la cántara para hacer unos gin-tonics de muerte. Además el frío durara todo el fin de semana. Si llevásemos cubitos tendríamos que estar cada cuatro horas dando paseos a la gasolinera más cercana.

-¡Brillante! –Exclamó Terry- Podemos usar bolsas de cubitos del súper para congelarlas inmediatamente o incluso gajos de lima o limón para sustituir los cubitos…

-Sí, sí –dijo Ron volviendo a montar en la Ford y arrancando su asmático motor-ahora volved a clase mientras yo voy a buscar el nitrógeno.

Mientras el grupo se iba, Ron se quedó mirando cómo Jack, Candy, Darla y Terry volvían a la facultad de ciencias políticas. A pesar de que ellos le trataban como un igual, siempre que les veía alejarse se sentía un poco desplazado. Les había conocido en una cafetería dónde estaba arreglando el aire acondicionado. Justo al acabar de repararlo,  decidió tomar una cerveza mientras hacía la factura cuando Candy, Jack y Darla entraron por la puerta. El sólo se fijó en Candy, y la cosa no hubiese pasado de un par de miradas tan fugaces como lujuriosas si no hubiese sido porque Jack tropezó y le tiró un vaso a una de las estrellas del equipo de futbol de la universidad. El tipo se revolvió y a pesar de que Jack le pidió disculpas y se ofreció a pagarle otra copa, el futbolista lo derribó de un empujón dispuesto a patearle el culo.

Ron intervino y acostumbrado a salir adelante en su vida a base de pelea callejera y ganó  con un par de bofetones en los oídos y una patada en los testículos. El resultado final fue que perdió un cliente y ganó cuatro amigos.

Desde aquel momento se hicieron inseparables. Jack y Darla eran la pareja perfecta siempre juntos, siempre sobándose, siempre de buen humor. Terry  había tenido un rollo de una noche con Candy, pero no había pasado de ahí, y a pesar de fingir que seguían siendo amigos él seguía colado por ella y veía en Ron a un competidor y Ron sólo pensaba en divertirse y disfrutar  de cada momento antes de que ellos terminasen su carrera y abandonasen aquel lugar para siempre.

Con un suspiro arrancó la vetusta Ford y se alejó del campus.

En cuanto a Candy, Ron no se hacía ilusiones. Sabía que Candy lo admiraba por su capacidad para tener una amplia cultura a pesar de no tener estudios y trabajar como una animal desde los dieciséis años, pero una mujer así no estaba a su alcance. Su belleza era tan fría y perfecta con esos ojos azules y el pelo largo, rubio, casi blanco y lacio, que su sola presencia le amedrentaba y el desdén con el que respondía  a los acercamientos de los tipos más populares de la universidad no le animaba a decirle lo que sentía cada vez que la tenía cerca.  Porque a pesar de negarlo todas las noches cuando se acostaba, todas las mañanas amanecía con el rostro de Candy en su mente y reconocía que estaba total y estúpidamente enamorado de ella.

La gasolinera era tan antigua y mugrienta como el hombre que la regentaba. Tras ciento ochenta kilómetros los cinco amigos habían podido constatar que a pesar de su edad la furgoneta gozaba de un excelente apetito y se había ventilado tres cuartas partes del depósito.

Mientras el depósito se llenaba y el abuelo limpiaba el parabrisas los chicos entraron para curiosear en la tienda. El local no estaba en mucho mejor estado que los surtidores  aunque al menos estaba limpio. Por el pasillo central, una mujer menuda oscura y arrugada como una pasa barría el suelo del local con tanta lentitud como determinación.

-Hola chicos –dijo con voz chillona -¿Vais de excursión?

-Si –respondió Terry siempre dispuesto a comenzar una conversación –vamos a Groom Lake.

-Mmm, no es un lugar apropiado para pasar un fin de semana –dijo la abuela frunciendo el ceño. –deberíais ir a otro lugar, el Cerro del  Pino es muy bonito y dicen que hay restos de antiguas tribus indias.

-Vamos señora, -intervino Jack –No me diga que está intentando amedrentarnos. Ahora nos contará una vieja historia y los niñatos de ciudad saldremos corriendo a refugiarnos  bajo las faldas de nuestras mamas.

-¡Un respeto! –Exclamó la anciana –Lo que pasó en Groom Lake no es ninguna tontería. En la cabaña del lago vivía un hombre querido por todos en la comarca. Duke era un gigante bonachón que se desvivía por ayudar y le encantaba trabajar duro. Era leñador y decían que con su enorme hacha podía talar en una hora lo que diez hombres en un día. En cierta ocasión consiguió trabajo para talar una finca en el bosque a una milla del lago. Junto a él contrataron a otros cuatro hombres de los alrededores. Era la gran depresión y en aquella época tener un trabajo de más de dos semanas era un lujo así que, cuando vieron trabajar  a Duke y temieron por que se acortara la duración del contrato intentaron hablar con él para que no fuese tan rápido. Duke era todo corazón pero no era muy listo y no sabía trabajar de otra manera así que siguió al mismo ritmo. Aquella misma noche los otros leñadores le atacaron mientras dormía. –sólo querían hacerle unos cuantos moratones y así conseguir que entendiera, pero la cosa se salió de madre y acabaron a hachazos. Los cuatro leñadores murieron a manos de Duke, pero éste no salió indemne y aunque pudo arrastrarse hasta el lago terminó muriendo desangrado a pocos metros de la orilla.

-Una historia escalofriante, pero tiene tanto polvo como esa alacena. Gracias por la advertencia pero vamos a pasar un fin de semana perfecto en el lago –dijo Candy lanzando un enigmática mirada a Ron.

 El camino que llegaba hasta el lago estaba descuidado y lleno de baches pero una vez allí todos concluyeron que había merecido la pena. El lago era pequeño y tenía forma de lágrima y estaba rodeado  por un bosque ralo de robles y arces.  En el extremo más ancho de la lágrima había una pequeña bahía con un embarcadero y a diez metros de la orilla estaba la cabaña que habían alquilado. Para ser una cabaña de principios de siglo era bastante amplia tenía  dos habitaciones y una sala con una gigantesca chimenea que servía de salón y de cocina. Los muebles eran toscos y escasos pero suficientes y se completaban con  un campingas y un par de lámparas de petróleo.

Al entrar en la cabaña Darla no pudo evitar un escalofrío.

-¿No me digas que te has creído la mezcla de la leyenda de Bunyan y Viernes trece que te ha contado   la vieja? –le preguntó Jack.

-No, claro que no, pero eso no impide que se me pongan los pelos de punta con una buena historia de miedo.

Tras vaciar la furgoneta y repartir las habitaciones, salieron todos en bañador para aprovechar los últimos rayos vespertinos. Era un día caluroso pero una suave brisa venia del lago refrescando el ambiente y haciendo susurrar las hojas de los árboles, los rayos de sol caían sobre la superficie del lago reverberando e inundando los alrededores de una intensa luz dorada, pero Ron apenas se daba cuenta  y solo tenía ojos para el delicioso cuerpo de Candy enfundando en un minúsculo bikini rojo.

A los pocos minutos Jack y Darla habían desaparecido y quedaron Candy, Terry y Ron sentados en el embarcadero.

-¡Al agua! –dijo Terry lanzándose al lago rompiendo el incómodo silencio con el chapuzón.

Candy y Ron le siguieron, al principio de mala gana pero el agua estaba fresca y disfrutaron del baño. Como siempre Terry el famélico fue el primero en salir. Aunque quedaba más de una hora para que se fuese el sol se dirigió a la cabaña y les mandó ir en busca de los “dos monos salidos” como los llamaba siempre.

Ron y Candy se internaron en el bosque tras las huellas de los dos enamorados. Tras quince minutos de caminata Ron se paró extrañado.

-¿Seguro que se fueron por aquí? –preguntó Ron.

-Estoy totalmente segura de que no –respondió Candy cogiéndole de la mano.

-Pero entonces…

-¿No tienes nada que decirme?

-Yo… no se  a qué te refieres…

-Mira que llegáis a ser obtusos los hombres –dijo Candy poniéndose de puntillas y besándole.

-Yo… ¿cómo sabías que…? –dijo Ron.

-Creo que a estas horas todo el  mundo lo sabe.  Y creo que tú eres el único que no estaba enterado de que me gustas. –replicó Candy besándole de nuevo.

En esta ocasión Ron la abrazó y respondió al beso con entusiasmo. Su piel estaba fresca  y los pezones todavía erectos por el contacto con el bikini húmedo se clavaron en su pecho. Los labios de Candy se abrieron y  Ron exploró su boca con un deseo mil veces contenido.

-Besas muy bien –dijo Candy con voz ronca – ¿qué tal haces lo demás? –preguntó mientras acariciaba el paquete de Ron.

Ron no respondió sino que la empujó contra un árbol y entrelazando sus manos con las de ella, comenzó a recorrer su cuerpo con los labios. A cada beso de él, Candy respondía con un quedo gemido. Deshaciéndose de las manos de Ron tiro de los lazos y el húmedo bikini calló al suelo del bosque.

Ron se separó un poco para admirar aquel cuerpo antes de hacerlo suyo. Esta vez fueron sus ojos los que recorrieron su cuello largo sus senos turgentes, deliciosamente redondos con los pezones rosados, su cintura, su ombligo, sus caderas rotundas y sus piernas largas, y torneadas. Con miedo a romper el hechizo se acercó lentamente,  acarició su piel pálida y suave y jugueteó con los rizos rubios de su pubis. Candy suspiró y se apretó contra Ron. Los dedos de Ron resbalaron y rozaron el sexo de Candy provocando en ella un escalofrío de placer.

-Hazme tuya –dijo Candy volviendo a besarle.

Con rapidez Ron se sacó el bañador. Candy se acercó un poco más y le cogió la polla erecta y palpitante. El tacto duro y a la vez frío por el baño en el lago le hicieron sonreír y pensar que eso es lo que sentiría Bella al cepillarse a los Cullen.

Ron la agarró y le dio la vuelta sacándola de sus ensoñaciones. Cogiéndola por la cintura se pegó a ella, con lentitud fue besándole, primero la nuca y luego la espalda, bajando poco a poco hasta llegar a su culo. Instintivamente Candy separó las piernas y retrasó el cuerpo. Ron no se hizo de rogar y envolvió el sexo de ella con su boca. Candy dio un respingo y tembló extasiada. Recorrió los labios mayores con su lengua, disfrutando del calor y del ligero sabor acido de su sexo. Mientras tanto  Candy se acariciaba el clítoris y le pedía que le penetrase.

Ron entró en ella con un golpe seco. Candy gimió al sentir la polla de Ron abrirse paso dentro de ella dejando un rastro de ardiente placer a su paso. Ron la agarró por la mandíbula para besarla mientras la penetraba con deliberada lentitud disfrutando de cada centímetro de su coño como si no hubiese un después.

Candy jadeaba y le pedía que se apresurase. Ron la sujetó por el cuello y empezó a penetrarla con fuerza. Candy,  entre los salvajes empeñones y la suave presión de las manos de Ron en su cuello se sentía en las nubes y unos segundos después se corría con un grito estrangulado.

Ron se separó y la beso con dulzura. Estaba caliente y sofocada y por su mirada supo que deseosa de más.

Sin miramientos Candy se tumbó sobre la verde alfombra del sotobosque y se abrió de piernas mostrándole a Ron su sexo húmedo y tumultuoso con desvergüenza.

Ron se inclinó entre sus piernas y le penetró con los dedos, con rápidos movimientos circulares haciéndola gemir y revolverse como poseída.

Finalmente con un gemido Ron hundió  su miembro en Candy. Candy le abrazaba con fuerza y le susurraba al oído entre gemidos. Cuando se corrió de nuevo dejo que Ron siguiese con sus empujones aún más fuertes y rápidos hasta que sacó su polla y dos inmensos chorreones de semen salpicaron su vientre y su pecho.

Se quedaron allí unos segundos tumbados, juntos, jadeando…

-No te asustes, pero estoy enamorado de ti.

-¡Vaya! –Exclamó Candy jugando con el semen que bañaba su vientre –te ha costado decirlo.

Tras un par de minutos se incorporaron, se pusieron la ropa mojada y emprendieron el camino de vuelta a la cabaña. No habían recorrido cincuenta metro cuando un movimiento entre los arbustos les sobresaltó. Candy se agarró a Ron temiendo que apareciera un oso, pero en vez de eso la cara de Terry con un gesto raro apareció a su derecha.

-Hola Terry –dijo Candy un poco avergonzada –creo que nos equivocamos de camino.

Terry, sin aparentar haber escuchado siguió andando a trompicones hasta quedar abrazado a Ron.  Al sujetarlo Ron notó algo viscoso que brotaba de su espalda. Sólo cuando Candy vio la enorme herida de la espalda y grito aterrorizada se dio cuenta de que estaba tocando la sangre de su amigo.

-Yo… el leñador… ¡huid insensatos! –exclamó Terry antes  de exhalar el último suspiro.

Ron sabía que si se paraba a pensar todos morirían así que reaccionando por instinto, como en los viejos tiempos, agarró a una catatónica Candy por la muñeca y tiro de ella hacia la cabaña. Cuando llegaron a la cabaña no había ni rastro de Jack, Darla o el asesino.

-Bien aquí está todo en orden –dijo Ron después de registrar la cabaña -¿Te encuentras bien?

-Sí –respondió Candy aún escalofriada- ¿qué vamos a hacer?

-Yo voy a buscar a Jack y Darla –dijo cogiendo un atizador de  hierro forjado que había al lado de la  chimenea- tú llama a emergencias, coge las llaves de la furgo y espérame con el motor en marcha. ¿Podrás hacerlo?

-Sí, creo que sí –dijo enjugándose las lágrimas que anegaban sus bonitos ojos.-Ten cuidado.

-Descuida –dijo Ron guiñando un ojo y dándole un beso para tranquilizarla.

Jack nunca se explicaba como aquel cuerpo tan pequeño era capaz de acoger su gigantesco pene por completo. Mientras permanecía apoyado de espaldas contra el árbol con los ojos cerrados la pequeña Darla subía y bajaba por su polla con más que evidentes signos de placer. Otra cosa que le encantaba de ella es que nunca se cortaba a la hora de expresar lo que sentía y por eso se habían alejado para hacer el amor en la espesura del bosque donde solo los pájaros podían escandalizarse.

Darla estaba encantada con su novio. Además de sincero amable y tierno tenía un pollón que la ponía órbita. Incluso en la incomodidad de aquel lugar al que había ido sólo por él estaba disfrutando. El susurro del viento en los árboles, los insectos zumbando y moviéndose como motas de polvo a la luz del atardecer hacían de que todo fuera  casi  mágico. Deseosa por complacer a Jack se separó y arrodillándose y cogiendo su polla entre sus manos comenzó a metérsela en la boca poco a poco. El grosor del miembro de Jack obligaba a Darla a abrir la boca hasta casi descoyuntar sus mandíbulas pero no cejó en su esfuerzo hasta que  toda la polla de Jack estuvo alojada en su interior. Jack gimió y acarició el pelo de Darla mientras sacaba la polla de su boca para dejarla respirar. Sin darle tregua cogió su miembro de nuevo y lo lamió y lo chupó con fuerza, metiéndoselo de nuevo en la boca. Comenzó a subir y bajar rápidamente hasta que Jack se puso rígido y con un golpe que hizo temblar el árbol  se corrió en la boca de Darla.

-¿Qué coño haces? –dijo Darla enfadada mientras escupía la leche de Jack –ya sabes que no me gusta que te corras en mí…

La frase murió en la boca de Darla cuando ésta levanto la cabeza para seguir echándole la bronca y solo vio la hoja de un gigantesco hacha atravesando el cuello de su novio hasta quedar alojado profundamente en el tronco del árbol.

Darla se giró y grito con todas sus fuerzas, ante ella se erguía  un hombre de tamaño colosal con su cara oculta bajo un harapiento gabán. No pudo hacer más, en cuanto se volvió para salir corriendo, el leñador desencajó el hacha del árbol y descargó el instrumento sobre la cabeza de Darla con tanta fuerza que quedó enterrado en su pecho. Los dos amantes cayeron a la vez al suelo…

Ron estaba comenzando a desesperar cuando oyó el grito de  Darla veinte metros a su izquierda. Cuando llego al claro la escena era dantesca. El cuerpo de Jack estaba separado de la cabeza y el hacha del leñador estaba hundida profundamente en el frágil cuerpo de Darla.

El leñador se volvió sorprendido por el grito ahogado de Ron e intentó enarbolar el hacha de nuevo pero este estaba enganchado en las costillas de Darla y Ron no lo pensó, con todas sus fuerzas  clavó el atizador en cuello del gigante. El leñador trastabilló y dejo caer el hacha, con Darla aún prendida a él, al suelo pero ante la alucinada mirada del chico se arrancó el atizador y poniendo el pie sobre el cuerpo de su amiga  liberó el hacha y le dirigió una torva sonrisa.

Ron no se quedó para ver lo que pasaba. Con la fuerza extra que le proporcionaba la adrenalina salió corriendo en dirección a la furgoneta.

Cuando llego vio a Candy mirando estupefacta lo que antes había sido la furgoneta. El leñador la había partido por la mitad  a base de hachazos.

Sabiéndose sin tiempo  para pensar tiro de la chica y se metieron en la cabaña atrancando puertas y ventanas. Ron sabía que con eso sólo ganarían tiempo y se temía que no suficiente hasta que llegase la ayuda. Miró a su alrededor con desesperación buscando un arma y no encontró nada aparte de un vieja pala.

Los golpes en la puerta principal eran inequívocos, el leñador venía a cobrarse su deuda por haberse reído de su historia.

Al ver la cántara lo primero en que pensó fue en hacerse un último Gin-tonic pero enseguida un plan se fue formando en su mente.

-Candy, escucha, tengo un plan pero necesito que me ayudes. –dijo Ron agitándola para que reaccionase.

-Sí… sí, ¿qué quieres que haga?

-Necesito que te pongas al fondo, al lado de la chimenea mientras me escondo en esa habitación. Tranquila, no te pasará nada.

Candy accedió aún medio en trance y se colocó en su lugar, estremeciéndose con cada golpe que el leñador descargaba sobre la puerta.

Finalmente la puerta cayó y el leñador entró agachándose para no golpearse con el marco de la puerta. Enseguida vio a Candy y se acercó a ella con el hacha en alto. En ese momento Ron salió de la habitación como una exhalación y descargo el contenido de la cántara de semen sobre el cuerpo del gigante que se congeló en un par de segundos. Ron se volvió triunfante hacia Candy pero su sonrisa se le congeló en el rostro, justo antes de quedar paralizado, el asesino había lanzado su hacha acertándole a Candy en el pecho.

Ron se acercó y aparto la melena de la cara de Candy. Ya estaba muerta. Le acarició la cara con ternura por última vez y le cerró los ojos con sendos besos.  Tras unos segundos arrodillado se levantó y, sacando el hacha del pecho de Candy con suavidad la descargó con todas sus fuerzas una y otra vez llorando y riendo sobre el cuerpo congelado del leñador.

                                                                                      ***

-Cómo van a poder ver a continuación éste es el más sorprendente de nuestros pacientes –dijo el director del psiquiátrico ante los alumnos –sufre una elaborada paranoia. Durante una excursión a Groom Lake Mató a sus amigos. Le encontraron con el arma asesina en la mano. Un hacha enorme que según los dueños de la cabaña colgaba encima de la chimenea como recuerdo de un vecino fallecido y estaba cubierto de sangre de las víctimas de la cabeza a los pies. Aun así, a pesar de las evidencias insiste en que fue el leñador, el antiguo dueño del hacha, muerto durante la gran depresión. Cundo le preguntamos por el tipo en cuestión dijo que lo había matado en la cabaña pero la policía no logró encontrar restos de nadie más en el lugar del crimen. Por los demás razona perfectamente y su comportamiento es totalmente normal, cosa que casi le cuesta la vida en el juicio, pero afortunadamente para la ciencia, mi testimonio como psiquiatra experto nos permite estudiar este curioso caso. Creo Bernadette que éste sería un excepcional sujeto para su tesis ¿No le parece?