Despierto al amanecer, tengo algo de frio, Charo, a mi lado, boca arriba, sus tetas desparramadas sobre su pecho, la mata de pelo negro de su coño resalta sobre la piel blanca, suave. Acaricio su vientre y se estremece, no quiero despertarla, subo la sábana y cubro su cuerpo, al contacto se gira de lado se encoge, sigue durmiendo.

Me levanto. Voy a preparar el desayuno para Carlos y Ainoa, que se marcharan temprano al trabajo. Oigo la descarga de la cisterna del WC de Carlos. Poco después aparecen los dos en la cocina, se sorprenden al verme.

–¿Qué haces tan temprano? ¿Por qué no sigues en la cama?

–Me he despertado y no tenia sueño, me he dicho…Baja y prepara el café. ¿Te parece mal?

–¡No! Qué va. Me haces un favor, el café del bar donde lo suelo tomar es malo, malo. Lo llamamos siete pasos. Son los que hay desde la barra del bar al wáter.

Nos sentamos los tres a la mesa. Carlos me mira fijamente.

–Eva ¿De verdad vas a hacer películas porno? Por el dinero no lo hagas, podemos vivir bien, todos, aquí, sin necesidad de hacer esas cosas.

–Lo siento Carlos, es algo que dejé pendiente hace veinte años. Es el momento de seguir, no sé hasta cuando, pero lo necesito. En aquel momento me dio vida, me gustaba y me sentía realizada. Lo dejé por la presión de la sociedad. Por el miedo a que se enteraran mis padres, mi familia. A mí me gustaba, me hacía sentir bien. Luego te conocí y me diste fuerzas para dejarlo, contigo intente llevar una vida normal, pero me faltaba algo. Ahora lo sé. Hoy llamaré a Daniel, nuestro abogado, para que prepare la documentación del divorcio. ¿Te parece bien?

–Bien. Tú sabrás lo que haces. Vámonos Ainoa.

Se levantan, Carlos se acerca a darme dos besos en las mejillas y sale, Ainoa se acerca y deposita un suave, dulce beso en los labios, mientras sujeta mi barbilla. Me mira a los ojos, se da la vuelta y se marcha con Carlos. Voy a asearme y hacer mis necesidades. Gaby está en la ducha, me llama.

–Mamá. ¿Crees que papá aceptará que hagamos pelis?

–No lo sé. Supongo que lo pasará mal, sobre todo por ti. Por eso no es conveniente que lo hagas, por ahora. Más adelante, ya veremos. A todo se acostumbra una. Además, sé por experiencia, que estar lejos de tu ambiente habitual te facilita estas cosas. Estoy segura que si las películas que hice se hubieran rodado en Sevilla, yo no hubiera participado. La presión de la familia, amigos, conocidos, es muy fuerte, te incapacita para muchas cosas.

–Supongo que sí, mamá. Pero me gustaría probar, sentir la emoción de verme desnuda, rodeada de gente desconocida, mirándome, tocándome. ¡Buufff! ¡Qué morbo!

Suena un móvil en algún bolso, parece la melodía de Charo. Lo encuentro y se lo llevo. Ya han colgado, ella recupera el número y llama. Hablan. La dejo a solas. Sigo con Gaby que ya ha salido y me muestra su precioso cuerpo desnudo, sonríe con picardía.

–Mamá ¿Te gustaría comerte este chochito?

Abre su tesoro con las dos manos. Húmedo, rosado, totalmente afeitado. Los labios son como pétalos de rosa. Parece el de una muñequita. La verdad se ve delicioso y me lo comería, pero no. Soy su madre y esto no está bien, aunque intente convencerme de lo contrario. Quiero ir a ver a Lara.

–No seas traviesa Gaby, que nos conocemos. Ahora ya no tienes argumentos para hacerme chantaje y obligarme. Soy tu madre y si lo hacemos alguna vez será por exigencias del guión. Jajaja.

Bajo a preparar el desayuno para las dormilonas. Charo está seria, se sienta en la cocina.

–Era mi abogado. Tengo que ir a Sevilla, para ratificar la denuncia por agresión y firmar la documentación para el divorcio. Me espera mañana por la mañana en su despacho.

–Pues no lo pienses más, nos vamos a Sevilla. ¡¡Gabyyy!!

–¿Qué pasa mamá?

–Charo y yo nos vamos a Sevilla. Sácanos dos billetes por internet, para hoy ida y pasado mañana por la tarde vuelta.

–¿Dos días, mamá?

–Si, hija. Yo también veré a nuestro abogado, para que inicie el proceso de divorcio con tu padre.

Llamo a Lara y le informo lo que ocurre. Me dice que ella también viene. Hace años que no va por su tierra y quiere ver los cambios.

–¡Gaby! Que sean tres billetes de ida y vuelta, Lara nos acompaña.

–Vaya juerga os vais a correr las tres zorritas. Lo que daría por ir con vosotras.

–No, Gaby, lo que vamos a hacer es serio y no es conveniente que vengáis. Pero si quiero pedirte un favor. No os lieis con Ainoa, no está preparada y podría convertirse en un problema, sobre todo por tu padre. ¿De acuerdo? Por favor.

–Ya me imagino lo que tramas, quieres hacerlo tú. ¿No?

–Si hay que hacerlo lo haremos, pero con mucho cuidado. No te precipites. ¿Vale?

–Vaalee. No le meteré mano, la dejaré para ti. ¿Contenta?

Abrazo y beso a mi hija, cojo su naricilla entre los dedos índice y pulgar, eso le da mucha rabia.

–¡Suéltame! ¡No me cojas la nariz, sabes que me da coraje!

Me rio de su mohín. Ella también se ríe.

–Mamá, ya tengo los pasajes. Tienes la salida a las cuatro menos diez. Tenéis tiempo de hacer la maleta y comer algo. Desde Sevilla saldrá a las tres menos diez, pasado mañana. Toma, está todo impreso aquí, lo he pagado con tarjeta.

Llamo a Lara para que venga a casa, saldremos desde aquí hacia la estación. Carlos no contesta a mi llamada, localizo a Ainoa y le digo todo lo que pasa para que se lo comente a Carlos cuando lo vea. Las chicas nos ayudan a Charo y a mí con el equipaje, una maleta pequeña, cada una. Preparamos algo para comer temprano. Llega Lara en un taxi, mi corazón se desboca. ¡Cada día está más linda! Nos abrazamos. Besos, besos, aspiro profundamente, el olor de su pelo, de su cuerpo, su perfume, me enloquece. Entramos en la casa, las chicas se la enseñan.

–¡¡Vamos chicas, a comer!!

La comida se realiza en un ambiente distendido y alegre. Solo Charo está preocupada. Terminamos y llamamos un taxi, dejamos a Gaby y Silvia en casa.

El viaje transcurre sin incidencias, excepto alguna mirada extraña, por parte de algún que otro viajero, sorprendido, al ver cómo nos besamos Lara y yo.

Llegamos a Sevilla a media tarde. Desde Santa Justa, en taxi, vamos a mi casa. No he dado de baja los servicios, tenemos luz, gas y agua, dejamos los equipajes y salimos a tomar algo por los bares del centro.

Soy inmensamente feliz, vamos cogidas del brazo. No dejo de mirarla. Lara, está aquí. No puedo creerlo, mi amor, a mi lado. Es un sueño, de años, hecho realidad. Charo nos mira, comprende, por un momento una sombra cruza su rostro, ¿recuerdos? asoma una lágrima, sonríe.

Paseamos por las mismas calles que recorríamos veinte años atrás. Lara se asombraba del cambio en las construcciones nuevas, donde antaño solo había solares abandonados y ratas, el nuevo centro peatonal, el moderno tranvía. Compartía conmigo el desagrado por la “cosa”, llamada Setas, de la Plaza de la Encarnación. Regresamos tarde a casa.

Fuimos directas a la cama, las tres. Desnudas. Las copas que habíamos tomado nos daban un puntito achispado, calientes, nos acariciábamos, arrodilladas enfrentadas, nuestras manos acariciando a las otras, los pechos, las espaldas, las nalgas. Lara sonríe traviesa mientras me mete dos dedos en el coño y con el pulgar masajea mi guisantito.

–La primera que se corra paga la comida de mañana. Jajaja.

–¡Pero qué zorra eres, Lara! Sabes que estoy en desventaja. Contigo y coon Charo tocaaaándome, no podre ¡resistiiiiir! ¡Aaaa!

Y me corrí. Por mis muslos resbalaban los fluidos de mi coño. Era imposible aguantar tanta excitación. Las muy putas se reían. No era para menos. Lara me conocía muy bien y sabía que con su mano en mi almeja, me correría enseguida. Le di un empujón y me encaramé sobre su vientre.

–¡Charo, cómeselo!

Charo obedece, se sitúa entre las piernas de Lara y hunde la cara entre sus muslos. Yo doy palmadas a sus tetas, que bambolean con los golpes, pellizco y tiro de sus pezones, duros como piedras. La muy zorra se ríe, se mueve bajo mi cuerpo rozando su vientre con mi coño, abierto, entregado. Charo no se conforma con comerle el coño a Lara, siento como mete un dedo en mi culo. Me giro para verla, levanta la cara y me sonríe con gesto lujurioso.

Me inclino hasta llegar a besar, morder, lamer la cara de Lara que responde de la misma forma. Estamos desatadas. Nos movemos con furia las tres. Lara se rinde, llega su orgasmo como los que yo recordaba, brutal, se tira del pelo, me abofetea, coge mis cabellos y tira de ellos para aprisionar mi boca con la suya. Cae desmadejada, inerte, sin fuerzas.

Queda Charo, la tiendo junto a Lara, y me coloco entre sus piernas, una mano en su coño mientras un dedo entra en su culo, mi lengua se pasea entre el ano y el pubis. Lara se incorpora, unen sus bocas, acaricia el vientre, los pechos, pasa la lengua por la garganta. Yo sigo con dos dedos en su culo, el pulgar en su cueva y mi lengua en el clítoris. Los movimientos convulsos de sus piernas no se hacen esperar. Su cuerpo me recuerda una lavadora desestabilizada centrifugando a la máxima velocidad. Es inevitable, llega el orgasmo….Sus ojos reflejan agradecimiento. Sin palabras. Con las yemas de los dedos, acaricia mi mejilla, beso sus labios.

Me dejo caer junto a Lara y abrazo su cuerpo. ¡Dioos! ¡Soy muy feliz! ¡Lara está a mi lado! Su calor, los latidos de su corazón, sus labios…..Mesando sus cabellos me vence el sueño.

Un nuevo día. Voy a la cocina para hacer café. ¡Coño! Olvidaba que casi no tengo nada aquí, esta todo en Barcelona. Voy al baño. Oigo a las chicas hablar. Entran. Lara esta divina. Su pelo alborotado le da un aire de niña mala, traviesa y lo es, vaya si lo es. ¡Cómo te quiero! No puedo decirte nada. Lo pienso, miro sus ojos, lo sabe. Estoy sentada en la taza del WC, se acerca y me da un beso en los labios ¡Mmmm! Me sabe a gloria. Charo nos mira y se sonríe, no habla mucho, pero su mirada lo dice todo.

–No hay nada para desayunar, chicas, vámonos al bar de abajo, por café y unas tostadas con “manteca colorá con tropezones”. Hoy nos saltamos la dieta.

Entre bromas y risas bajamos a desayunar. El camarero me conoce desde que vivimos aquí.

–¡Hola Eva! ¿Cómo está usted? ¿Y su marido y su hija?

–Todos bien Alfredo. Ahora estamos en Barcelona, hemos venido a arreglar unos papeles.

–Muy bien ¿Qué van a tomar?

Le pedimos café y tostadas para las tres.

–Por cierto Eva. El otro día se armó un follón con un chaval aporreando su puerta. Los vecinos llamaron a la policía y se lo llevaron por armar escándalo. Decía que era el novio de su hija.

–Pues no sé qué querría. Hace más de un año que Gaby lo dejó. Será cosa de la juventud, se fuman un porro y pierden los papeles.

–Eso será. Bueno que les aproveche.

Lara me mira con gesto interrogante.

–Ya te contaré. Vamos a terminar que llegamos tarde.

En el despacho del abogado de Charo, le confirman que su marido está en la calle y que la busca. Nos acompaña hasta el juzgado, donde después de un tiempo de espera, la recibe el juez, en su despacho. Finaliza el trámite, nos despedimos del letrado, tras informarnos del procedimiento que se va a seguir y nos vamos al despacho de Daniel. Le extraña que hayamos tomado la decisión de divorciarnos. Le presento a las chicas.

–Eva, no lo entiendo. ¿Qué ha pasado entre vosotros? ¿Por qué queréis divorciaros?

–Son cosas que pasan Daniel. Nuestro matrimonio ya no funcionaba, Carlos ha encontrado una buena chica y posiblemente se case con ella. Yo no se lo voy a impedir, le tengo un gran cariño, es el padre de mi hija. Pero nada más. Sin peleas ni mal rollo.

–Bien, el que la lleva la entiende. Tengo la documentación preparada, firma aquí y aquí. Bien pues ya está. Estos documentos te los llevas para que los firme Carlos y me los enviáis por correo certificado. Ya os llamaré para que vengáis al juzgado, eso será rápido.

Nos despedimos y seguimos de marcha por la ciudad. Como me corresponde pagar la comida, vamos a un distinguido restaurante, muy cerca de los Juzgados, entre los Jardines de Murillo y la Calle San Fernando. Los platos son excelentes. Charo no frecuentaba estos ambientes y estaba algo cohibida, pero tras la segunda copa de manzanilla su semblante cambió. Alegre, dicharachera, contaba chistes, la mayoría verdes. No conocía esa faceta suya. Era muy distinta a la Charo adusta, recatada casi monjil, de hace solo unas semanas. Tras los entrantes de ibéricos, a base de jamón, caña de lomo, chorizo etc. Unas gambas blancas de Huelva, regadas con vinos blancos del condado, fríos. El plato estrella, bacalao gratinado con salteado de setas y base de crema de pimientos del piquillo, dieron paso a los postres, tiramisú, tarta de queso acompañados de cava, brut nature, del Penedés…

–Eva ¿pedimos café?

–No, Charo, vamos, paseando, a tomarlo en el centro. ¡Señorita, la cuenta!

Tras pagar la comida, paseamos por los jardines de Murillo, cruzamos el barrio de Santa Cruz hasta llegar a la catedral, al pié de la Giralda. Seguimos hasta la Avenida de la Constitución, entramos en una cafetería de renombre, sentadas en una de las mesas pedimos tres cafés solos.

En una mesa cercana hay una muchacha, de nuestra edad, que mira insistentemente a Charo. Se levanta y se acerca a nosotras.

–Rosario, ¿Eres tú?

–¿Isabel? ¡Dios mío! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Estás guapísima!

–¡Tú, también estas muy bien! ¡Hace tantos años que no nos veíamos! Desde…

–Puedes hablar, son mis amigas, Eva y Lara. Lo saben todo sobre mí. Es Isabel, una buena amiga del colegio. Pero. ¿Estás sola? Siéntate con nosotras.

Trae su taza de café y nos acompaña.

–Cuéntame, Charo. ¿Qué es de tu vida?

–Pues…Bien, ahora no puedo quejarme. He firmado, esta mañana, los papeles para el divorcio. Mi hija es pareja de la hija de Eva, Gaby. Lara y Eva, también son pareja, la única soltera soy yo, ya sabes por qué.

Las lágrimas acuden a sus ojos. Isabel la abraza. Besa su frente.

–No llores, chiquilla, aquello ya pasó, eres muy joven y tienes toda la vida por delante. Mírame a mí. Sola, cuidando a mis padres hasta su muerte, ya no me queda nadie y soltera, toda mi vida enamorada de un imposible… ¡De ti, Charo! Cuando te he visto entrar por la puerta, mi corazón ha dado un vuelco. Han vuelto a mi mente las noches en vela pensando en ti. Te vi con Alma, abrazadas en aquel edificio en ruinas y lloré, mucho. Estabas enamorada de ella y yo no tenía posibilidades contigo. Me aparté de ti, pero nunca dejé de amarte.

La confesión de Isabel nos deja perplejas. Habló atropelladamente, como si le faltara tiempo para decir las cosas. Lloraba.

Charo se separa de la chica para mirarla fijamente a los ojos.

–Lo que estás diciendo ¿Es cierto? Isabel, lo he pasado muy mal, no te burles de mí.

La muchacha se cubre la cara con las manos, su pecho se estremece con los sollozos. Se recupera, coge las manos de Charo.

–No me burlo Charo. Te juro que es cierto lo que te digo. Tampoco te pido nada. Después de la….muerte de Alma, quise verte, lo intenté muchas veces. Quería acompañarte en tu dolor, consolarte. Pero no logré saber dónde estabas. Habías desaparecido. Años después supe que te habían recluido en un sanatorio, que después te habías casado y deje de buscarte. Pero al verte hoy mis esperanzas han vuelto. No espero que me correspondas, pero te lo tengo que decir. ¡Te quiero! Charo. ¡Con todo mi ser! Ahora, si he metido la pata, abofetéame. Me lo merezco.

–¡Nooo! ¿Yo abofetearte? Lo que me acabas de decir, es lo más hermoso que me han dicho en mucho tiempo. No puedo decir que esté enamorada de ti, pero te recuerdo con mucho cariño. Eras la única que hablaba con nosotras. Tú no eras de las que se reían al pasar Alma y yo por los pasillos del colegio.

–No podía, envidiaba lo que os unía. Vuestro amor era tan hermoso.

Hablaban mirándose fijamente, Lara y yo también llorábamos con nuestras manos unidas.

–¡¡Venga ya!! ¡¡Joder!! Dejémonos de lágrimas, bastante hemos sufrido ya en el pasado. ¿Estamos juntas? ¡¡Vamos a celebrarlo!! ¡Viva el amor!

Tras el discurso Lara se levanta, me levanta, me besa. Charo no se reprime, acerca sus labios a Isabel, tímidamente se unen en un beso dulce, tierno, con los ojos entornados, las manos en las mejillas de la otra.

Se rompe el encanto cuando se derrama un café por el impulso, al levantarse, de Lara.

–¡Vaya por Dios! ¡Qué patosa soy! ¡Te he manchado Isabel! ¡Lo siento!

Mi mente se traslada al pasado. Una mancha de vino, Lara. Otra mancha de vino, Pablo. Y ahora esto, una nueva mancha. ¿Qué cambiara en nuestra vida ahora?

Hace algún tiempo leí sobre la “Teoría de la Sincronicidad” De Karl Gustav Jung. Ateniéndonos a la teoría, esto que ocurre, deja de ser pura casualidad. Pasa a otro nivel, son fenómenos sincrónicos. Esto sucede por alguna extraña y desconocida razón, pero de alguna forma, las tres manchas, están relacionadas.

–Isabel, no te apures, vamos a mi casa y te limpiamos el vestido.

Pagamos la consumición y vamos a mi casa en un taxi. En el trayecto paramos en un supermercado para comprar un producto limpiador. Isabel, por no molestar, quería irse a su casa, pero yo estaba convencida de que aquello no era una casualidad, debíamos ir juntas, a mi casa. Insistí en ello.

Isabel vivía en un piso en Sevilla Este, alejado del centro donde estábamos.

Ya en el ascensor, Charo e Isabel se besaban. Al parecer se gustaban, sus miradas eran cálidas. ¿Qué las empujaba a besarse, acariciarse, mirarse de aquella manera? ¿El amor surge de pronto, como cuenta la mitología? ¿Cupido lanza las flechas y atraviesa los corazones aleatoriamente? ¿Existe algún fluido desconocido, que, al ser absorbido por la pareja, altera sus mentes y las fuerza a amarse?

En el salón de mi casa, Isabel se quita el vestido, para limpiar la mancha, le dejo un viejo albornoz, que apenas le cubre las caderas, su cuerpo era sexi, algo metidita en carnes, pero atractiva, sus curvas harían girarse a los hombres por la calle para admirarlas. Morena, como Charo, su piel pálida contrasta con su cabello oscuro. Siento un cosquilleo en mi estómago, Lara detecta mi mirada, sonríe, se acerca y me habla quedamente al oído.

–Zorra, te gustaría follártela ¿Verdad? ¿A que estas mojada?

–Cállate, no sigas hablándome al oído, que me enciendo. ¿No sabes lo sensible que estoy?

–Vamos a la cama, déjalas solas. Veras lo que tardan en liarse.

Dejamos a las dos en el salón y nos vamos al dormitorio. Lara con cara de picarona.

–Nos vamos a echar una siestecita, si necesitáis algo, ya sabéis donde estamos.

Nos tumbamos vestidas, solo nos quitamos los zapatos. No me canso de mirarla, de lado, frente a frente, acariciando lentamente su brazo desde el hombro a la mano. La suavidad de la piel, sintiendo como pequeñas descargas eléctricas en las yemas de los dedos. Sube la temperatura, siento calor en todo mi cuerpo. Lara lo percibe, acaricia mi mejilla y retira un mechón de cabello de mi cara, lo pasa tras mi oreja, al rozarla con sus dedos me provoca un delicioso escalofrío, que recorre todo mi cuerpo.

Es un universo de sensaciones, de emociones mezcladas, sentimientos, amor, placer, dolor por celos cuando Lara mira a otra, de nuevo placer.

–Eva, te necesito. Ven por favor.

Es Charo está en la puerta, suplicante.

–¿Qué ocurre, Charo?

–Isabel está llorando, no puedo consolarla.

–Pero ¿Por qué?

–No lo sé, no habla, no dice nada, solo me mira y llora.

Vamos al salón, Isabel tiene la cara bañada en lágrimas.

–Pero chiquilla ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? ¿Te hemos hecho algo?

Consigue tranquilizarse, Lara se sienta a su lado y le pasa un brazo por la espalda atrayéndola. Ella inclina la cabeza y la apoya en su hombro.

–No, Eva, pero no sé qué me pasa. He deseado tanto este momento y ahora lo estropeo con este llanto absurdo.

Lara le habla con ternura.

–Lo que te ocurre es muy normal. Las emociones que has vivido hoy, han sido tan intensas, que no las has podido asimilar y han provocado tu llanto. Pero no ocurre nada, estas bien, solo necesitas que Charo esté a tu lado y te recuperaras enseguida, ya lo veras. Tengo mucha experiencia en esto Isabel, te lo aseguro, has sufrido una crisis nerviosa, pasajera, lo he presenciado muchas veces en platós, durante las grabaciones. Pasará enseguida. Charo, ven, abrázala.

Charo no duda, se sienta a su lado y se abrazan las dos. Charo consuela a su amiga con palabras dulces. Se besan, se acarician.

Lara, las mira, sentada frente a ellas. Yo me acomodo sobre ella, en su regazo. Nos acariciamos y nos besamos. Desabrocha los botones de mi blusa, para introducir la mano bajo el sostén y acariciarme el pecho, siento la dureza de mi pezón al tocarlo, suspiro profundamente.

La otra mano se dedica a acariciar mi muslo, bajo la falda, hasta llegar a la ingle, roza mis labios sobre la braguita. Pasea el dedo arriba y abajo, a lo largo de mi raja, se detiene sobre mi bultito del placer. La caricia me vuelve loca. Muerdo su labio inferior. Pellizca mi pezón. Paso mi mano para arañar su nuca, hundo mis dedos en su pelo, atraigo su cabeza para poder llegar más profundamente con mi lengua en su boca.

–¡Charo, por favor, no sigas, no puedo más! ¡Me muerooo!

Charo esta acariciando a Isabel, ha subido el albornoz y apartado la tela de la braguita acariciando el clítoris de su compañera, que, tras el grito, cierra sus piernas temblando como una paloma asustada.

–¿Qué has hecho, Charo? Me sentía morir. ¿Qué me has hecho?

Charo mira a su amiga con incredulidad.

–¿Ha sido tu primer orgasmo? ¿No lo habías sentido nunca, antes?

–¡Noo! Lo que me has hecho, lo que me ha pasado ahora, no lo había sentido nunca.

Lara también la miraba incrédula.

–¡Dios mío! Pero ¿Cómo es posible que no te hayas corrido nunca? ¿Aun eres virgen?

Isabel, algo asustada.

–No lo sé. Cuando oía hablar de los orgasmos, yo creí que era lo que yo hacía. Apretaba con fuerza los muslos, hasta que notaba un gustito en mi cosa. Pero lo de ahora ha sido muy fuerte, creía que me iba a morir. Y si te refieres a si ha entrado algo por ahí, pues no, soy virgen. No me han interesado nunca los hombres, ni he estado con ninguna mujer, no me he atrevido nunca a proponérselo a nadie. Pero estar contigo Charo, besarte, es lo más hermoso que me ha pasado nunca. Antes lo creía, ahora lo sé. ¡Te quiero Charo! ¡Con toda mi al…… corazón!

–No te preocupes. Puedes hablar del alma, de tu alma y de mi Alma, la herida se cerró hace tiempo.

Charo acariciaba sus cabellos.

–Pero, no puedo creerlo ¿Cómo has podido vivir sin saber estas cosas?

–No lo sé. Solo que, cuando terminé el graduado, me dedique a cuidar a mis padres, enfermos de toda la vida. Me necesitaban. Siempre pendiente de ellos. No tenía amigas ni me relacionaba con nadie. Hace dos años, mis padres, tuvieron un accidente, en la ambulancia, que los llevaba regularmente al hospital y una semana después, como consecuencia, murió mi padre y al mes mi madre. Me dejaron un dinero que tenían, vendí unas tierras y tengo suficiente para vivir. Pero estoy muy sola. Por eso, al verte en el café, no puedes imaginar lo que he sentido. Ha sido como ver a mi Virgen de la ——.

Charo mira a Isabel.

— Isabel. Si tú quieres, me quedo a vivir contigo. No sé qué pasará con el divorcio, si me quedaré con mi piso, ni con qué voy a vivir, aún no tengo nada claro. Pero encontrarte, para mí, también ha sido como un milagro. Eva me ha ayudado mucho, en un momento de mi vida muy complicado. Su vitalidad, el cariño que me ha demostrado, me dio fuerzas para vivir y le estoy muy agradecida, pero ella tiene a su lado a Lara, yo me sentía como una carga. Y ahora seré, si quieres, una carga para ti, Isabel.

–¡No, cariño! ¿Cómo vas a ser una carga? ¡Hoy has dado sentido a mi vida! Si no hubiera sido por mis convicciones religiosas…. ¡No quiero pensar en ello! Si lo hubiera hecho, ahora no estaría contigo.

Se refugia en los brazos de Charo, que acoge amorosamente a su amiga.

¿Sincronicidad? No lo sé. Pero ya son muchas las casualidades. Asociaciones extrañas, manchas en la ropa y cambios en nuestras vidas. Raro, muy raro.

–Chicas, os propongo que salgamos a tomar unas copitas, luego cenamos y nos quedamos a dormir aquí. Para Isabel y Charo, puede ser toda una experiencia estar juntas.

Isabel no está agusto con el vestido, se nota un poco la mancha.

–¿Vamos a mi casa para cambiarme? Así veréis mi piso, donde vivo. Donde viviremos, Charo.

–Buena idea, así quedamos, con mis amigas, en un bar al que solía ir con Carlos y que ellas conocen bien.

Llamo a Nati y a Carmen, les digo que estoy en Sevilla con Lara y quedamos en vernos en El Templo, un bar de copas en Sevilla Este.

Isabel nos lleva hasta su casa, un piso en una urbanización con pocos años y piscina común. La decoración es sobria pero de buen gusto. Nos ofrece un refresco mientras se cambia. La ropa que llevaba antes no le favorecía, pero al salir nos sorprende. Un vestido azul cielo, escote palabra de honor, entallado, resaltando unas curvas mareantes. El pelo recogido en un moño estilo italiano, ligeramente maquillada. Habían desaparecido los rastros del llanto. Estaba guapísima.

Charo queda deslumbrada, se acerca a su amiga, coge sus manos para darle un giro y poder admirarla.

–¡Isabel, estás preciosa!

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