Ya estamos en nuestra nueva residencia.

Carlos vino a la estación del Ave a recogernos. Facturamos el equipaje por una empresa de transporte y ya estaba en casa. Nosotras solo llevábamos una pequeña maleta de mano y el bolso.

En la estación, presentamos Charo a Carlos, no la conocía, a Silvia sí, de verla por casa con Gaby.

Nos llevó a Sarriá, la nueva casa es realmente acogedora, espaciosa, con un porche a la entrada, donde se aparcaba el coche y un jardín trasero con piscina. Todo muy cuidado y limpio. La vivienda de dos plantas, con cuatro dormitorios arriba y dos baños. Un gran salón en la planta baja con chimenea, cocina comedor, un aseo y una habitación, que Carlos había acondicionado como despacho.

Las chicas estaban encantadas.

Algunas manifestaciones de alegría no le cayeron bien a mi marido. Yo lo observaba, arrugaba el entrecejo, en señal de desaprobación. Me hacía gracia, sobre todo tenia curiosidad por ver su cara cuando le explicáramos lo que pasaba. Me miró, hizo un gesto interrogante, con la cara y las manos, cuando vio a Gaby y Silvia besarse en la boca. Le hice un gesto con las manos para que se calmara. Se encaró conmigo.

–¿Qué me he perdido? ¿Qué pasa aquí?

–Nada querido, es solo que, Gaby y Silvia son pareja. Comprendo que estés sorprendido, pero, es lo que hay. Yo lo acepto y lo apruebo, solo quiero la felicidad de mi hija. ¿Y tú?

–¡Cojones, Eva! ¡Esto es muy fuerte! Y sin anestesia.

Todas lo mirábamos, expectantes. Me planté delante de mi marido.

–Carlos, vamos a poner las cartas sobre la mesa. Tu hija es gay, lesbiana, como quieras definirla. Yo, me acuesto con Charo y nos damos mucho gusto. Pero tú no puedes reprocharnos nada, ni a tu hija ni a mí, que te he sido fiel, desde que empezamos a salir, hace casi veinte años, hasta que supe que tenías una amante. ¡Tú sí me engañabas! Yo lo hice con dos amigos y con Gaby, después de saber lo tuyo.

–¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Qué has hecho con quien? ¿Cómo has sabido….?

–No te voy a decir nada más. Tienes pista libre, para follar con quien quieras, pero yo también, y tu hija. Tú no te metes con nosotras y nosotras te dejamos en paz. Ah, otra cosa, puedes traer a tu novia a casa, incluso puede vivir aquí, tenemos espacio de sobra. El ofrecimiento es sincero. Puedes dormir con ella, no te molestaremos en absoluto y podrás reducir los gastos. Porque ¿Dónde vive ella? ¿Para qué pagar dos viviendas, si tenemos aquí espacio de sobra? Piénsatelo.

–¡Buufff! ¡Joder! Estoy descolocado. No sé qué pensar. Todo esto es muy precipitado y lo tengo que meditar y consultar. Dame tiempo, ahora tengo que marcharme, tengo una reunión. Esta noche hablamos.

–Como quieras querido. Pero danos un beso de bienvenida, al menos. Sigues siendo mi marido y el padre de Gaby, pero ahora eres suegro de Silvia, o sea, familia también, de Charo, nuestra consuegra. No me burlo, Carlos, solo pretendo que aceptes las cosas como son, sin malos rollos. Sé que lo nuestro acabó hace tiempo, te quiero como a un amigo, pero ya no estoy enamorada de ti y por lo que veo, tampoco tú de mí, solo te pido que trates de entendernos y nos llevaremos bien, nada más.

–Bien. Bien, esta noche hablamos.

Nos besa en la mejilla a todas y se marcha.

–Mamá, has sido muy brusca. ¿No crees?

–Era mejor así, Gaby. Los malos tragos, cuanto antes mejor y tu padre me lo ha puesto en bandeja, al ver vuestros besos se ha asustado. Ahora ya sabe a qué atenerse.

–Pero ¿Ofrecerle que se traiga a su amiguita a vivir aquí?

–Jajaja. Tiene casi vuestra edad, encajará bien con vosotras, ya lo veréis. Tu padre es muy tacaño, por ahorrarse el alquiler de donde esté la chica, se la trae. Jajaja. Vamos a ver donde hay un supermercado para comprar algo para comer. Tenemos que organizarnos. Tú Charo, quédate aquí, aún no estás bien del todo, niñas, vosotras conmigo.

Preguntamos a las personas con las que nos cruzamos en la calle, nos miran con curiosidad. Nos dirigen hasta un mercado de barrio, empiezan los problemas. Nos atienden en catalán, no los entendemos, notamos en algunos dependientes un claro rechazo, sobre todo al notar nuestro acento andaluz. Una chica, en la caja, nos sonríe.

— ¿Zon uztedez andaluza?

–Pues sí, ¿Se nos nota?

–Zi que ze nota, yo zoy de Cai. Tambien ze me nota ¿No? No ze preocupen uztede, en er fondo, lo catalane, zon buena gente, un poco tocaiyos con la independencia, pero na ma.

Nos hace gracia el fuerte ceceo, típico acento gaditano, pagamos y volvemos a casa. Charo ha deshecho el equipaje y está subiendo ropa a las habitaciones.

–Charo, por favor, deja esto, te vas a lastimar.

Las chicas llevan a Charo al salón y la obligan a sentarse.

–Me siento inútil. Necesito hacer algo. No podemos vivir a expensas de Eva para siempre, tenemos que encontrar un trabajo y aportar algo a la casa.

Me siento a su lado y acaricio su cabello.

–Tú aportas amor a esta casa. Con eso tengo suficiente. Quiero tenerte aquí, a mi lado. De lo demás no te preocupes. Ya nos encargamos nosotras, tú, a ponerte bien, échate un rato hasta que esté la comida.

Beso su frente y la dejo recostada, el brazo enyesado le pica y se lo rascamos con una aguja de punto.

–Vamos niñas, a la cocina, vamos a preparar unos platos de rechupete.

Preparamos la mesa y comemos, comentamos la cara que puso Carlos cuando le dije lo de las niñas. Nos reíamos, pero yo me temía que se podían complicar las cosas. Obligamos a Charo a acostarse a dormir la siesta, mientras, organizábamos la casa. Dejamos libre el dormitorio principal, las niñas en otro y Charo y yo en otro. El dormitorio principal tiene baño y cama de 1.50m, mientras los demás tienen dos camas de 90 cada uno, juntamos las camas pequeñas en dos de la habitaciones, las que ocuparán las niñas y nosotras.

Se nos hizo de noche, casi media hora antes que en Sevilla, Silvia nos explicó el motivo. Amanece y anochece, casi media hora antes, en la costa este que en el oeste del país.

La temperatura es agradable, nos sentamos en el porche trasero, junto a la piscina a tomar un refresco, oigo hablar, me levanto y miro dentro de la casa. Ha llegado Carlos, pero no viene solo, alguien le acompaña.

–¡Carlos ¿Eres tú?!

–¡Si Eva ¿Dónde estáis?!

–¡Aquí, en el jardín!

Se acercan, le acompaña la chica que vimos, con él, en el aeropuerto. La muchacha esta cohibida, muy nerviosa.

–Hola a todas, esta es Ainoa, mi secretaria.

Carlos nos nombra a todas. Me acerco a la chica.

–Hola Ainoa, no te quedes ahí, ven que te veamos. Eres muy guapa, es lógico que tengas loco a Carlos, ven dame un beso.

La chica se acerca tímidamente, cojo sus manos y le doy dos besos. Está sorprendida, Gaby y Silvia se acercan a ella y le besan las dos mejillas. Charo está acostada en una tumbona y trata de levantarse, Silvia la sujeta, es Ainoa quien se acerca y le da dos besos. Se sienta en una silla, por indicación de Carlos. Se ve que lo está pasando mal.

–Bien Ainoa, eres muy tímida ¿No? No temas, si le he dicho a Carlos que podías venir con él, no era con mala intención, sé que estáis juntos y no me importa, de hecho, casi me alegro. No sé lo que te habrá contado de mí, solo puedo decirte que entre nosotros no quedaba nada, compartíamos casa, cama e hija, nada más. Ahora solo compartiremos casa e hija, puedes venirte aquí a vivir, si quieres. Ésta también será tu casa. Será más fácil para vosotros dos y para nosotras.

–Yo, la verdad, no me esperaba esto. Es cierto que llevamos un tiempo saliendo juntos, Carlos y yo, le quiero y creo que él a mí. Pero vivir aquí con su mujer, su hija. Se me hace difícil de aceptar.

–Ainoa, yo también quiero a Carlos y deseo que sea feliz. Sé que conmigo ya no lo era, las mujeres sabemos esas cosas. Si contigo es dichoso, bienvenida seas. Te ofrezco mi amistad incondicional. Podemos llevarnos bien entre todos, seremos una familia, atípica, bueno y qué. Pero dejémonos de charla y vamos a comer. La cena está preparada.

Nos dirigimos todos hasta el comedor, las chicas ponen la mesa, Ainoa, al principio tímidamente, ayuda. Carlos me mira de forma rara. No tiene muy claro lo que ocurre.

–Carlos ven, tengo algo que decirte.

Me llevo a mi marido al jardín.

–Me das miedo Eva, no entiendo nada. ¿Por qué haces todo esto? ¿Dónde está la trampa?

–No hay trampa, Carlos, soy sincera. Estuve enamorada de ti y creo que tu de mí, pero eso acabó. Te quiero como a un hermano, un amigo y no quiero hacerte daño. ¿Eres feliz con Ainoa?

–Vaya, pues sí. Tengo que confesarte que desde que estamos juntos veo la vida de otra forma. Me sentía mal por estar engañándote, no podía imaginar que reaccionarias así, como lo has hecho. Y te lo agradezco. Pero tengo miedo a lo que pueda pasar, Ainoa es muy joven y frágil, aquí con vosotras no sé cómo se sentirá.

–No te preocupes, yo me encargaré de que se sienta bien. Vamos a la mesa.

Nos sentamos y cenamos. Se notaba algo la tensión, Gaby no aceptaba de buen grado la presencia de Ainoa. Me levanto con la copa en la mano.

–Quiero proponer un brindis por nosotros, por todos nosotros, pero sobre todo por la presencia de nuestro nuevo componente familiar, Ainoa, a quien, estoy segura, terminaremos queriendo, como nos queremos nosotras. Por Ainoa.

Se puso roja como un tomate, estaba a mi lado, me volví hacia ella y la estreche entre mis brazos, me miró, lloraba.

–No llores criatura. Tendrás en nosotras más que amigas, hermanas.

Carlos no salía de su asombro, le dirigí una sonrisa.

–Siéntate cariño. Carlos, tengo algo que confesarte. Algo que me ha hecho sentir mal desde que nos conocimos. Algo que descubrió Gaby, por casualidad y que nos ha afectado a todas, después de veinte años. Antes de conocerte, tuve relaciones con una mujer, tú no llegaste a conocerla, Lara, estuvimos enamoradas un tiempo, hasta que te conocí y rompí con ella. Ella era, actriz porno, una pornostar, como las llaman ahora, y con ella, participé en tres películas del género. Gaby las encontró en internet, me las mostró y desde ese momento supe que nuestra vida ya no sería la misma. Después, cuando descubrimos lo que había entre Ainoa y tú, me sentí aliviada, en paz, después de veinte años.

Carlos, sentado, apoyado los codos sobre la mesa, con su cabeza, inclinada, entre las manos, mirando el mantel.

–¡No me lo puedo creer! ¿Tú estabas harta de follar antes de conocerme? Entonces. ¿Lo de tu virginidad era una farsa?

–¡No! ¡Jamás antes lo había hecho por delante! ¡Tú fuiste el primero! Y el único, hasta que supe que también me engañabas. Puedo probarlo. Aún conservo el contrato en el que se especificaba que no me penetrarían vaginalmente. Solo anal. ¿Entiendes ahora por qué me sentía aliviada al saber lo vuestro?

Ainoa tenía mi mano cogida. Me miraba, ya no dudaba. De alguna forma me sentí unida a ella y me besó, en la mejilla. Carlos echaba chispas por los ojos. Bebió un trago de vino. Respiró hondo, puso las dos manos sobre la mesa.

–¿Entonces no tengo más remedio? ¿Tengo que aceptarlo y ya está? ¿Hay alguna sorpresa más?

Gaby, que había permanecido callada hasta entonces se dirige a su padre.

–Hay algo más, papá.

–¡¡¿Más?!!

–Cuando vi los videos en internet, los utilice para chantajear a mamá. La amenace con enseñártelos si no hacía el amor conmigo, la obligué y lo hicimos. Y me gustó, mucho, por eso cuando Silvia se sinceró conmigo y me confesó lo que sentía por mí, lo supe, ahora lo sé. Soy bisexual, disfruté con dos hombres. Lo pasé muy bien, pero nada comparado con lo que me hace sentir Silvia.

Silvia abraza a Gaby y se besan con pasión. Carlos está desconcertado

–Pero ¿Sabéis lo que habéis hecho? ¡Eso es incesto!

–¡Y qué, Papá! En aquel momento fue un bálsamo para mí, que había sufrido una violación. Mamá, con su comprensión, me ayudo a superar el trauma y me alegro de haberlo hecho. Nos hizo comprendernos mejor, superamos nuestras diferencias. Nos queremos más. Incluso me ayudó a comprenderte a ti, a quererte a ti también. Y a entender que los tabúes, sobre todo este del incesto, son prohibiciones caducas, obsoletas. Nunca me he sentido tan feliz como cuando nos sinceramos mamá y yo. Cuando rompimos las barreras, impuestas por la sociedad, que nos separaban. Cuando conocí a mi madre, la real, no la imagen falsa que tenia de ella. Y me ayudó a conocerme a mí misma, mis emociones, mis sentimientos. Y no hablo más coño, que me vais a hacer llorar. Vámonos arriba Silvia, ahora te necesito.

Se marchan las dos. Nos quedamos pensativos. Ainoa acariciaba el dorso de mi mano con ternura, me miraba y miraba a Carlos.

–Carlos ¿Podemos quedarnos aquí esta noche? ¿Podemos Eva?

–Claro que si, cariño. ¿Tú qué dices Carlos?

–Qué voy a decir. Estoy hecho un lio. No entiendo nada, mi familia era una total desconocida para mí, mi mujer actriz porno, mi hija violada se acuesta con su madre y ahora se va con su novia a la cama, Tú y Charo dormiréis juntas ¿No? Bueno. Que sea lo que dios quiera, nos quedamos. ¿Dónde dormiremos Ainoa y yo?

–En el dormitorio principal, Carlos. Es el vuestro. Vamos Charo, te ayudo.

Subo con Charo, parece que se encuentra mejor. Se mueve con más soltura y casi no necesita ayuda. Los golpes del pecho ya casi no le duelen y están desapareciendo los moratones. Le ayudo a desnudarse, sus caderas, anchas, me atraen, las acaricio desde atrás, se gira y me sonríe.

–Ámame Eva. Esta noche lo necesito más que nunca, quiero follar contigo hasta desfallecer.

Me desnudo y nos acostamos juntas, mi brazo izquierdo bajo su cuello, acaricio su hombro, con la mano derecha acerco su cara a la mía para besarla, besos ligeros, piquitos, mis dedos en su mejilla, el pulgar acaricia los labios, los entreabre y lo chupa, paso la mano por su boca y la deslizo por su cuello hasta el pecho, aprisiono su pezón derecho entre el índice y el pulgar, siento como se endurece, con mi mano izquierda, cojo su teta izquierda y la sobo, acaricio, las areolas se tornan rígidas.

–Eva, eres muy linda. Me gusta hacer el amor contigo. ¡Cómeme toda!

Me incorporo y me siento en la cama, beso sus pechos, con suavidad, bajo lamiendo su vientre hasta el pubis, me encanta enredarme entre los vellos, separa las piernas, se abre como un libro y me zambullo entre los labios, rojos, calientes, que bañan mi cara con su humedad, mi lengua, como un pene, entrando en su cueva, arrastrándose a lo largo de los belfos hasta tocar el mini pene que sobresale de su coño, mi boca cubre su vulva, aspiro y siento su carne entre los dientes, juego con ellos, mordisqueo el clítoris.

Tiembla, sus piernas se mueven como sacudidas por descargas eléctricas, con su mano aprieta mi cabeza contra su coño, se mueve y restriega mi cara entera por su vagina, me falta el aire, me separo y respiro.

–Me encanta el aroma de tu coño, Charo, tu sabor. Mmmm.

Hundo mis dedos en su coño que se abre como una flor, dos dedos, masajeo su interior, con suavidad, tres dedos, añado el meñique y son cuatro los dedos dentro de su vulva, adentro, afuera, otra vez, muchas veces. Sus gemidos llenan la habitación.

Con la mano libre recorro su cuerpo, pellizco los pezones, anchos gruesos, me acerco a lamerlos, sigo con, casi la mano entera, dentro de su cuerpo.

Un grito que seguro ha oído toda Barcelona, sale de su garganta.

–¡¡Aahhhhhgggg!!

Se retuerce, no le importa el dolor que siente, tiembla todo su cuerpo y se estira, brazos, piernas, abierta. Me mira con los ojos llorosos, me acerco a besar su boca. Pasa su brazo por mi espalda y me aprieta con fuerza.

Acaricio su cara, nuestras bocas se unen y las lenguas se entrelazan.

Me subo sobre ella, abro mis piernas y aprisiono su muslo entre los míos, mi coño roza su carne, me muevo, su mano acaricia mis pechos, pellizca, salta de uno a otro, no es suficiente, me levanto y la atravieso en la cama, sobre ella, arrodillada, con su cabeza entre mis muslos, me inclino hasta llegar a chupar su coño.

Separo las rodillas y mi sexo baja hasta llegar a su boca, siento su aliento en mi ingle, sus labios besan mis pétalos, su lengua en mi interior, su naricilla cosquillea mi culo, Baja la lengua hasta mi botoncito, aspiro el aroma de su coño y lo chupo, cojo entre mis labios su clítoris, duro y tieso, como un pequeño pene.

La lengua hace estragos en mi vulva, no puedo más, un calor invade mi bajo vientre, sube, me atraviesa hasta la garganta, se me eriza el cuerpo entero, el placer irrumpe, en oleadas. ¡Joder, qué gusto! En silencio, solo para mí. Me separo y me tiendo a su lado.

Escuchamos los gemidos de nuestras hijas. ¡Atención! ¡Carlos está bramando y Ainoa gritando! No aguantamos la risa. Esta noche es especial, el estreno de la casa ha sido un éxito. Como dicen los catalanes. ¡Follar, follar, que el món s’acaba..! Nos abrazamos en la cama y el sueño nos invade.

Me despierta el ruido de un motor, me levanto, Charo duerme. En su habitación duermen las niñas. Carlos y Ainoa ya se han marchado.

Hoy trataré de contactar con los antiguos conocidos de la productora porno. ¿Encontraré a Lara? Un hondo suspiro hincha mi pecho, por cierto, me cojo las tetas, un pelín caídas, pero no mucho. Aún están apetecibles. Miro mi cuerpo desnudo en el espejo del baño, me gusto. ¿Cómo sería volver al cine porno? ¿Me aceptarían? Y a Carlos. ¿Cómo le sentaría? Ya veremos. Me dispongo a preparar el desayuno, para todas.

Llamo a las chicas y se presentan todas desnudas en la cocina. Charo está mejor, más alegre. Desayunamos. Comentamos lo que ocurrió anoche, los gritos de Carlos y Ainoa follando. Gaby riéndose.

–¡Papá tuvo que pillar anoche un calentón! Nos escucharía a nosotras y se pusieron a cien.

Silvia mira a su madre.

–Mamá, tu también gritabas. ¿Cómo te lo pasaste?

–Eva me dio mucho gusto, es una maestra comiendo….

–¡Coños, mamá! Dilo sin vergüenza. ¡Co-ños!

Nos reímos todas. Charo algo sofocada.

–Vale Silvia. No me riñas más. Seré buena y follaré y me comeré el co-ño de Eva, cuando ella quiera. Por cierto sabe muy bien.

Soltamos, todas, una sonora carcajada. Me encanta la risa de Silvia.

–Bien chicas. Propongo que nos arreglemos y salgamos a ver Barcelona, a pasear por la ciudad Vieja, el barrio Gótico y ver el mar en La Barceloneta.

Pasamos la mañana paseando por las calles de Barcelona. Son las doce, recuerdo la dirección de la casa donde me llevó Lara la primera vez. Esta cerca, me siguen. Subo al piso y llamo. Contesta una mujer y le pregunto por el dueño. Don———-

–Ese señor ya no es el propietario de este piso. Pero espere, tengo su dirección actual.

Me enseña una tarjeta y tomo los datos. Son del promotor de los videos. Tomamos un taxi y vamos a la dirección que nos han dado. Es en una zona residencial, mansiones cerradas con altas vallas. Al llegar, casualmente, abren la cancela para que entre un coche de alta gama y aprovecho para entrar, las chicas se quedan fuera. Una ligera pendiente y un camino de gravilla, llevan a la puerta principal de la casa. Al acercarme se interponen dos hombres vestidos con traje gris.

–¿Dónde vas? ¡Esto es propiedad privada y no puedes entrar!

–¡Perdón! No lo sabía. Busco a don Mario.

–Y ¿Para qué le busca?

En ese momento se está apeando del coche don Mario. Casi no le reconozco, han pasado veinte años, pero es él, estoy segura. Me mira y les hace señas a los dos gorilas para que me dejen pasar.

–Don Mario. Perdone que le moleste, soy Eva X. Hace veinte años firme un contrato con usted para tres películas.

–¿Y?

–Conmigo estuvo Lara. ¿La recuerda?

–¿Y bien?

–Pues verá, estoy tratando de encontrarla, es importante. ¿Sabe usted dónde está? ¿Cómo puedo ponerme en contacto con ella?

–Dele su nombre y el número de teléfono a mi ayudante, si ella quiere, se pondrá en contacto con usted.

–¿Está aquí? ¿En Barcelona?

–No puedo decirle nada más. Buenas tardes.

Y se marcha hacia la casa. El hombre de gris, con libreta y bolígrafo en mano toma mis datos y me acompaña hasta la puerta que se ha cerrado y abre con una tarjeta. Mis chicas me esperan en la acera de enfrente, la calle desierta, me acerco a ellas.

–Tenemos que encontrar un taxi para volver a casa.

Andando en dirección a una avenida cercana, donde pueden pasar taxis suena mi móvil. Contesto.

–¡Hola! ¿Quién eres?

–¿Eva?…..Soy Lara.

¡¡No puedo creerlo!! ¡¡Es su voz!! ¡¡Es ella!! No puedo hablar, la emoción me embarga, Gaby me mira asustada.

–¡¡Mamá ¿Qué te pasa? Estas pálida!! ¿Qué ocurre?

La voz a través del teléfono me devuelva a la realidad.

–¿Eva? ¿Sigues ahí? ¡Háblame, dime algo! ¡Hace tanto tiempo que no escucho tu voz!

–Pee..perdona, Lara. Es la emoción, yo también deseaba oír tu voz, verte, estar contigo. No te imaginas cuanto. ¿Dónde estás?

–¿Y tú? Me ha dicho Mario que estabas en la entrada de su casa.

–Sí, y aquí sigo, estoy buscando un taxi.

–¡No te muevas de ahí! Estoy cerca, voy por ti.

–No estoy sola, somos cuatro.

–No importa, voy para allá.

Apenas pasan cinco minutos cuando vemos aparecer un vehículo y hace sonar el claxon. Es ella, llega a nuestra altura, lo detiene y se apea. Esta preciosa, no se ha maquillado, no le ha dado tiempo, algo más rellenita, pero sigue siendo preciosa.

Siento un nudo en la garganta, mis ojos se llenan de lágrimas.

¡¡Ella está aquí!!

Se acerca, se detiene, fija en mí su mirada, nos cogemos de las manos, nos abrazamos. El corazón golpea mi pecho, su pelo en mi cara, aspiro, sigue usando el mismo perfume, se separa y me acerca para besar mis labios, que apresan los suyos con ansia.

Cuando nos separamos seguimos con las manos unidas, mira a las chicas.

–¿Y vosotras? ¿Quiénes sois?

Mira fijamente a Gaby.

–¿Es tu hija, verdad? No puede negarlo. Eres tú misma, con su edad. Es muy guapa.

–Sí, es Gabriela, Gaby. Mi hija, mi niña.

–No tan niña. Ya soy mayor de edad. Tú eres Lara, mi mamá me ha hablado tanto de ti, que me siento como si te conociera de toda la vida.

Se abrazan, Lara besa ligeramente sus labios y acaricia su pelo. Gaby acepta el beso. Se miran fijamente. Me siento algo celosa.

–Tienes el pelo tan suave como tu madre. Usas el mismo perfume que ella. Lo conozco desde hace veinte años. Hay costumbres que cambian poco. Y ¿Esta chica tan guapa? Bueno, ¿Estas chicas?

–Son Charo, madre de Silvia, pareja de Gaby.

Les besa las mejillas, se gira hacia mí.

–¿Cómo nosotras?

–Si, Lara, como nosotras. Se aman.

–Vamos, subid al coche, iremos a mi casa, está cerca y hablaremos más tranquilas.