herederas3Gabriela… una adorable mujer casada 2 (vRD)

Sin títuloEl día era maravilloso, uno de esos pocos días en lo que piensas que nada puede salir mal, el sol brillaba en el cielo, los pájaros cantaban en cada rincón de la ciudad, era el día perfecto para salir de día de campo. Los adorables señores Guillen habían decidido que era un estupendo día para divertirse en familia.

Gabriela charlaba con su esposo, recostada en su pecho, con los brazos de él rodeándola, charlando de cosas vánales mientras veía como Jacobo jugaba con un cachorro que no sabía de donde salió. Le gustaba ese sentimiento de tranquilidad, de seguridad, de verdadero amor hacia sus hombres (refiriéndose a Cesar y a Jacobo). Veía como las familias que estaban cerca se divertían igual que ellos, sin preocupaciones, y sin problemas.

En eso su adorado hijito se acerco a ellos.

– Mami… Papi… miren- dijo Jacobo extendiendo sus manos para mostrarles el cachorro con el cual momentos antes jugaba.

– ¿Qué es eso amor?- preguntó Gabriela sabiendo la respuesta, sin embargo le gustaba seguir el juego con su bebé.

– Un perrito…! un perrito…!- decía Jacobo dando vueltas visiblemente emocionado.

La rubia extendió sus delicadas manos y cogía al cachorro, lo observó detenidamente, no sabía nada de animales y menos de perros, pero al parecer era de buena raza.

– Estaba solito… allí…- el niño señalo unas rocas que estaban a unos 15 metros- ¿Podemos quedárnoslo?… – Jacobo quería con todas sus fuerzas tener aquel perrito como mascota.

– No lo sé amor… Tal vez sea de alguien- decía Gabriela

– Pero no tiene collar… por favor mami- suplicaba el chico.

Gaby sabía que su resistencia ante el niño duraría poco, era tan dulce tan tierno, que le era difícil negarle algo, además que nunca lo había hecho.

– Está bien… por mí no hay problema… pero también debes convencer al gruñón de tu padre- dijo la rubia dirigiendo su hermosa mirada a Cesar quien hasta ese momento no había dicho palabra alguna, solo se había limitado a escuchar. Gabriela observo como la emoción del niño disminuyó, convencerla a ella era fácil, convencerlo a él era difícil.

– No Jacobo… lo siento… pero no podemos hacernos cargo de él- la voz del hombre era seria, pero demostrando cierta pena por no poder cumplir el capricho de su hijo.

– Mami… por favor…- el chico volteó a ver a su madre.

Cesar siempre había creído que Gabriela consentía en demasía a Jacobo, prácticamente cualquier capricho se lo cumplía, pero si para Gabriela era difícil decir que no a Jacobo, para Cesar era difícil negarle algo a ella.

– Cesar…- dijo Gabriela clavándole su mirada, con esa simple palabra se dio a entender.

– No… Lo siento querida… pero no podemos cuidarlo…, – en la cara de Cesar se notaba claramente como este realizaba un gran esfuerzo para no ceder.

Gabriela veía como su niño consentido estaba al borde de las lágrimas, quería hacerse el fuerte, demostrar que él era un niño grande pero no lo hacía muy bien.

– Cesar…- volvió a decir la rubia y acercándose a su oído (el de Cesar) y susurrándole: – por favor deja que se quede con el perro… Y te prometo que te daré una sorpresita- dijo esto en el tono más sensual que pudo.

Entonces Cesar supo que no podría resistirse más a su amada, perdió.

– Muy bien… muy bien… nos lo quedamos- dijo Cesar, Gabriela notó como se le iluminaba el rostro a su hijo.

– ¿De… de veras?- preguntó el niño no creyendo lo que escuchaba.

– Si… pero con una condición… Tú te harás cargo de la mascota… le darás de comer y todas esas cosas… si empiezas a fallar el perro simplemente se va… ¿me entiendes?

Gabriela sabía que Jacobo no podría hacerse totalmente con el cargo del perro, pero también sabía que con que lo intentara era suficiente para Cesar.

– Claro papi no te defraudaré… te lo prometo- dijo Jacobo quien rápidamente arrebató el cachorro a su madre y alejándose de allí gritaba nombres de perro.

Cuando ambos se quedaron solos siguieron hablando.

– Creo que lo consentimos demasiado…, – dijo Cesar quien aun abrazaba a Gaby.

– No… yo creo que tú me consientes mucho a mi…, – Gabriela sonaba coqueta, dulce, provocadora, en definitiva como era ella por naturaleza.

– Jajaja…!, claro… es que con esas proposiciones que me haces es imposible decirte que no…, – la mirada de Cesar no denotaba lujuria, sino verdadero y profundo amor. – Gaby… sabes que te amo verdad?

– Si lo sé.. Yo también te amo- la rubia se separó de aquel abrazo y tiernamente se besaron.

En ese momento pensaba que así debían ser todos sus días, sin preocupaciones, sin miedos, sin temores, sin problemas.

Cuando terminaron de besarse, se levantaron del césped con la intención de ir a servirse un refresco.

Fue cuando la Rubia se dio cuenta que algo andaba mal, las risas y el barullo que hacían las demás personas en al parque había desaparecido, buscó con su mirada y no vio a nadie más en ese parque, salvo a su esposo quien iba frente a ella. El luminoso sol que hasta hacía momentos reinaba fue sustituido por nubes negras, el viento soplaba fuertemente con amenazantes aires de lluvia, por lo visto habría una gran tormenta.

– Jacobo…! Jacobo…!!- gritaba Gabriela, el niño extrañamente había desaparecido junto con la demás gente.

La rubia en forma desesperada buscaba con su mirada, intentando dar con alguna pista del paradero de su bebé.

– Cesar…! Jacobo no está…! Cesar…!!, – por más que Gaby llamaba a su esposo este no volteaba a verla.

– Te estoy hablando…! Contestaaa…!!, – las lágrimas brotaron de sus bellos ojos azules, pero por alguna razón no podía ir en busca del niño, sus músculos no le respondían.

Cesar dio media vuelta quedando frente a ella.

– Gabriela… ¿eres feliz?, -le preguntó Cesar a su esposa con una mirada sombría, carente de expresión.

La casada no entendía que sucedía, ¿Por qué no podía mover sus piernas?, ¿Por qué Cesar preguntaba eso cuando su niño había desaparecido? Y lo más importante… a donde había ido Jacobo?

– ¿Por qué me preguntas eso?… debemos buscar a Jacobo…!, rapi…, – la voz de la chica fue abruptamente interrumpida por la de él.

– Te pregunto eso porque sé que me engañaste… sé que te acostaste con otro hombre…, – le dijo mirándola fijamente a sus ojos.

– De que me hablas…!? Por favor déjate de tonterías y busquemos a Jacobo…, – decía Gabriela, sin saber exactamente a qué se refería su esposo.

Como si no la hubiera escuchado, Cesar continuó hablando con una expresión de seria pasividad que ponía los pelos de punta a la rubia.

– No trates de negarlo Gabriela, ¿acaso no soy lo suficientemente hombre para ti?… ¿o puede ser que te guste más él que yo?… RESPONDE…!!!, -la voz del hombre tronó con autoridad.

– No se… no se de que me hablas… Te… te juro que no se dé que me hablas…, – decía la chica, quien a su mente le llegaban unos lejanos y borrosos recuerdos de verse a ella desnuda sobre una cama que no era la habitual en que ella dormía con su marido, aun así las imágenes eran muy difusas.

– RESPONDE…!!!- le gritaba nuevamente Cesar totalmente enloquecido.

La lluvia iba en aumento, el viento no cesaba de soplar, los arboles parecían querer salir volando, la chica podía escuchar tenuemente el aullido de un perro, no había duda era el cachorro que acababan de adoptar, quería seguirlo, para dar con su bebe, sin embargo una vez más sus músculos no le respondían.

Gabriela cayó de rodillas frente a su esposo, en forma desesperada se daba a pensar en lo que decía su marido, aun así creía no saber de que hablaba su marido pero debía recordarlo o no podría encontrarse con Jacobo, su mente ya conectaba esas brumosas imágenes que débilmente se le graficaban con las acusaciones que su marido le estaba bramando, sus delicadas manos tomaron su cabeza “Piensa…. piensa… ¿de qué rayos habla?”.

Para Gabriela parecía que las horas habían pasado muy rápidamente, pero ella seguía sin recordar.

– No me lo puedes ocultar…, -continuó diciéndole Cesar ahora con su voz más baja pero con convicción, – Tras esa cara de niña buena que no rompe un plato, está dormida una puta sedienta de verga… una verdadera mujerzuela que pide que le metan más verga, la verga de ese horrible viejo…, – la voz de Cesar tenia cierto toque fantasmal.

Hasta que la mente de Gabriela recordó todo, por fin entendía de lo que estaban hablando.

– Te… te juro que no fue mi intención…, – le reconoció la rubia con sincero arrepentimiento, sus bellos ojos parecían un mar de lágrimas, a la vez que cogía a Cesar con sus manos por los pies en forma suplicante.

– Te creo… pero no puedes negar que te gustó… te gustó más de lo que quieres aceptar…!, – Cesar retrocedió un poco evitando de esta manera que la infiel de su esposa lo siguiera tocando.

– No…! Eso… eso no es cierto…! fue un grave error…!! Por favor perdónameee…!!!

– Me gustaría… pero antes debes someterte a una prueba…

Gabriela completamente desconcertada no apartaba su mirada de su esposo, ¿a qué se refería con prueba?, pronto lo descubrió.

Una silueta oscura bastante ancha emergió detrás de Cesar, a medida que avanzaba hacia ellos la chica pudo reconocer de quien se trataba.

– JAJAJAJA…!!!! Estas bien apretadita pendeja…- para la sorprendida rubia esa voz ronca y aguardentosa eran inconfundibles.

– Doo… Don Cipriano…!, – atinó a decir la rubia ante la sorpresa de estar nuevamente frente a él.

– Así es querida… el viejo que te cogió… el viejo que te abrió de piernas y te hizo gritar como una perra en celo cuando yo estaba trabajando…, – le decía Cesar a su mujer.

La confusión de Gabriela era tal que no pudo articular palabra, solo se daba a mirarlos a ambos alternadamente, no entendía nada.

– Aquí está tu prueba… escoge… ¿qué prefieres?, a tu familia, los seres que más te amamos en el mundo…?, o prefieres la lujuria que te provoca el acostarte con este viejo?, – Cesar hablaba sereno, como un viejo sabio quien cree tener la situación controlada.

– Tú sabes que me escogerás a mi reinita… Jejeje… a mí y a mi amiguito claro…, – el viejo junto con decir lo último se agarro su miembro con ambas manos bamboleándolo a menos de un metro del lugar en que la rubia estaba arrodillada.

Hasta ese momento Gabriela no se había dado cuenta que Don Ciprino estaba completamente desnudo, lo veía claramente, ese horrible hombre lucía asqueroso, con su fofa pansa, su cara de depravado su piel bastante mal cuidada llena de bellos y aun así no pudo evitar bajar su mirada hacia el pene del hombre, el cual estaba completamente erecto apuntando al cielo, lucía tan espectacular como aquella vez en que se acostaron en el hotel.

– Rápido…! elige…!!, o no encontraras a Jacobo nunca más en tu vida…, – la apresuraba Cesar con aires de que según como fuera su respuesta marcaria el destino de la rubia.

No importaba la situación que fuese, ella siempre elegiría a su familia, aquella era una prueba estúpida, pero algo raro ocurría, la rubia se sentía como mera espectadora en una película, no controlaba ni su cuerpo ni su mente.

– Lo… lo elijo a él…!- dijo de pronto Gabriela levantándose del césped y apuntando a don Cipriano, sin despegar su mirada de la impresionante verga que el viejo se gastaba.

-“NOOOOOOOOO…!! NO QUISE DECIR ESOOO…!!!”, -pensaba la rubia ante la sonrisa de satisfacción de Don Cipriano y la mirada de derrota de su esposo.

– Acércate nalgona y mámamela- le ordenó Don Cipriano a Gabriela, el tono del vejete era de mucha confianza, Cesar así lo escuchaba al menos.

La chica irreflexivamente caminó lentamente hacia él, quería parar pero no podía, cuando estuvo junto al hombre se agachó, quedando de esta forma su linda boquita a la altura de su verga, sus cuidadas manos se posaron en las velludas piernas del asqueroso mecánico y subieron hasta quedar a escasos centímetros de su tremendo aparato. Involuntariamente vio a su marido, quien con lágrimas en los ojos movía su cabeza de manera negativa, se veía tan triste, tan afligido, tan decepcionado.

– Abre tu boca pendejaaa…!, – bufó al instante Don Cipriano.

La casada abrió lo más que pudo sus finos labios con la intención de guardar en el interior de su boca toda esa barra de carne caliente que como si fuera en cámara lenta se acercaba peligrosamente.

– NOOOO…! NO QUIERO ESTO…!! POR FAVOR NO ME VEAS CARIÑO…!!! POR FAVOR NOOOO…!!!, – gritó con todas sus fuerzas mientras era ella misma quien se la iba introduciendo a través de sus labios.

Y fue en este momento cuando despertó…

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Abruptamente abrió sus ojos, su corazón latía rápidamente, respiraba muy agitada, el diminuto baby doll con el que acostumbraba dormir se repagaba totalmente a su cuerpo debido al sudor que lo recorría, se levantó un poco de la cama para comprobar lo que era obvio, todo había sido una terrible pesadilla.

Sentía el calor que generaba el cuerpo de su marido, no necesito voltear a verlo, es mas no quería hacerlo, se sentía tremendamente culpable, había caído en el juego de ese hombre, había caído en la tentación, y había engañado a su marido.

Hacía una semana de aquello, pero no podía olvidarlo ¿Cómo fue capaz de fallar de esa manera ante su familia?, se dio la tarea de contarle todo lo ocurrido a Cesar, y afrontar las consecuencias de sus estupideces, pero al verlo recapacitó las cosas, no solo podía echar a la basura su matrimonio, sino también podría perder a su hijo. Era un riesgo que no estaba dispuesta a tomar, por lo cual su última decisión fue guardar el secreto solo para sí misma.

En su mente aun creía escuchar los ronquidos del mecánico, esos ronquidos que la despertaron y la hicieron regresar a casa a altas horas de la madrugada, afortunadamente ese día Cesar estaba fuera de la ciudad.

Lentamente se tranquilizaba, su respiración y su corazón se normalizaron, vio la hora en el reloj junto a su cama, eran las 3:47 am, mañana tenía trabajo, debía hacer lo posible por dormir, por la mañana seguiría reprochándose. Cerró sus ojos, cuando sintió algo extraño entre sus piernas descendió su mano y se quedo helada al descubrir que su vagina había segregado muchos líquidos, por lo visto estaba excitada.

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Esa era la mañana en que Gabriela se había propuesto que todo volviera a la normalidad, se suponía que hacía una semana debía volver al trabajo (recuerden que pidió sus 2 semanas de vacaciones para pagar la deuda de su camioneta), pero no lo hizo, se sentía tan mal por lo ocurrido con Don Cipriano que llamó a su jefe pidiendo una semana más, argumentando que no se sentía muy bien, el aceptó, mas para quedar bien con ella que por que le creyese.

Algo tenía claro la rubia, esa semana fue la peor de su vida, los remordimientos la atormentaban, no quiso salir prácticamente para nada de la cama, lo peor venía cuando Cesar verdaderamente preocupado le insistía por ir a ver a un doctor, a lo cual ella se negaba sabía que su malestar no se curaba con ninguna medicina. Y para acabarla de amolar, el viejo no dejaba de llamar a su celular o de mandar mensajes. Ella no respondía las llamadas, no creía ser capaz de hablar con ese sujeto, lo que si respondía eran los mensajes, en los cuales escribía que la dejara en paz, que no quería nada con él, y claro, todo esto a espaldas de su marido.

Por su mente pasó la idea de cambiar su número de teléfono celular, pero de alguna manera creía que si el hombre no tenía manera de localizarla podría pararse allí, en su casa y eso era muchísimo peor, prefería que el hombre la siguiera molestando por teléfono hasta que se cansara y dejara de buscarla.

En fin en algún momento su vida debía continuar y estaba dispuesta que ese día fuera hoy.

La rubia conducía su camioneta para llevar a su hijo al colegio, y después dirigirse a su trabajo como secretaria, por lo que decidió usar su mejor traje para trabajar, una pequeña falda blanca, con un saco del mismo color, coronado con unas medias también blancas, se veía apetecible, cogible, deseable.

Llegó a la escuela de Jacobo, y con un tierno beso en la mejilla se despidió de él, observando desde su asiento como entraba en la escuela, no fue sino hasta que lo perdió de vista que arrancó con dirección a su trabajo.

Tiempo atrás esos momentos de soledad le habrían encantado, le gustaba reflexionar sobre sus asuntos ahora los odiaba o para ser más claro les temía.

Temía recordar lo estúpida que fue, lo fácilmente que cayó en el juego del viejo, pero sobre todo temía recordar que lo disfrutó.

Hacía un esfuerzo sobre humano para controlar sus pensamientos, para no rememorar aquel fatídico día, y para colmo esa era la hora en que había más tráfico. El viaje parecía eterno, su camioneta no avanzaba, escuchaba los claxon de la gente que al igual que ella sufría el embotellamiento, “vamos… avancen…!”, – pensaba la rubia frustrada…

Entonces escuchó el timbre de su celular, lo cogió para revisar de quien se trataba, su sonrisa se iluminó al comprobar quien la estaba llamando.

– Bueno…. Gaby…. ¿Cómo estás?- Dijo una voz del otro lado del teléfono.

– Hasta que te dignas a llamar- respondió la rubia, denotando algo de indignación y cierto reclamo.

– A mí también me da gusto escucharte… jajaja- respondió en tono burlón.

– Eres una mensota… ¿sabías?, – preguntó Gabriela a la vez que fijaba su vista en el camino con la esperanza de que el trafico hubiese disminuido, no fue así.

– Claro que lo sé… ¿pero así me quieres verdad?

– Estúpida Lidia… sabes que no puedo enojarme contigo.

Se trataba de Lidia, la mejor amiga de Gabriela, más que su amiga era prácticamente su hermana.

– Y a que se debe que la reina Lidia se digne a llamar a la plebeya Gabriela, – dijo la rubia mofándose de la situación.

– Ya déjate de eso Gaby…. sabes que en verdad me duele no haber podido comunicarme contigo en estas semanas…. Pero aunque la mayoría de la gente no lo crea algunos sitios en verdad están totalmente incomunicados.

Lidia se desempeñaba como maestra de primaria, mejor dicho como maestra sustituta al no tener una plaza establecida, hace tres semanas le ofrecieron ser tutelar de un pequeño salón en un rancho a unas 3 horas de la ciudad. Al principio Lidia se mostraba indecisa, sabía que era un pueblo y como tal tendría carencias, al final aceptó pues ser maestra era su sueño desde pequeña y no lo dejaría pasar por niñerías.

– Disculpa comadre…- dijo Gabriela, aunque ellas no eran comadres en verdad así se llamaban a veces, actitud que tomaron desde preparatoria- pero no te quedes callada… cuéntame…. ¿cómo te va allá en el pueblo?… ¿cómo están?…, – preguntó la rubia en parte porque era la excusa perfecta para evadir sus pensamientos, y en parte porque era su amiga, en verdad le importaba.

– Ni sabes amiga… me siento la mujer más fracasada del mundo, -Gabriela notó que la voz de Lidia se hacía más pesada, con un tono melancólico.

– No seas exagerada… haber cuéntame… que pasó?- la animó Gabriela.

– Renuncié… abandoné la única oportunidad de cumplir mi meta en la vida… – Se notaba claramente como Lidia hacia esfuerzos para que su voz no se rompiera.

Esto tomó por sorpresa a la despampanante rubia, quien cerca estuvo de pasarse un semáforo en rojo de la impresión.

– Pero ¿Por qué?, – preguntaba Gaby extrañada.

– Anda… era horrible… pero cuando digo horrible lo digo en serio… traté de comunicarme contigo, lo juro por lo más sagrado, pero en el pueblo no existía señal de teléfono ni de celular, por supuesto tampoco internet y el colmo ni siquiera correo, ¿puedes creerlo no hay correo?, – decía Lidia indignada.

– ¿Y por eso te regresaste?… perdóname Lidia, pero eso es una gran estupidez- existía tanta confianza entre ellas, que Gaby podía regañarla cuando consideraba que no estaba haciendo las cosas bien, Lidia por su parte también lo hacía. Cuando la rubia cometía un error su amiga era la primera en señalarlo.

– No Gaby… sabes que si solo fuese eso no me importaría… pero es que… créemelo, algunas veces no teníamos para comer, allá en el pueblo la comida y el agua escasean… si viviese yo sola no habría bronca…. Pero debo pensar en Ricardito.

Lidia era madre soltera, tuvo a Ricardo 3 meses antes que Gaby tuviese a Jacobo, el padre la embarazó, no tuvo los pantalones para hacerse cargo de la responsabilidad y los abandonó, fueron los perores días de la vida de Lidia, pero salió adelante gracias al apoyo de su familia y de Gaby.

– ¿En serio?… ¿ni para comer?- preguntó la rubia.

– Exacto… se me partía el corazón cada vez que mi costalito pasaba hambre…, O sed… o frio… a la mierda con mis sueños… no hay nada más importante en mi mundo que mi hijo.

En esto Gaby estaba completamente de acuerdo, ella también era capaz de hacer lo que fuese por Jacobo. Siguieron hablando por minutos sobre las carencias de aquel pueblo hasta que Gabriela sin darse cuenta llegó al estacionamiento de su edificio de trabajo.

– Y ahora la pregunta del millón… ¿Cuándo regresas?, – preguntó Gabriela con sentimientos encontrados, por una parte en verdad odiaba que alguien tan querida para ella echara a la borda sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas, pero por otro lado se sentía feliz, en esos momentos necesitaba una amiga y quien mejor que Lidia.

– Ya estoy aquí… por suerte no pude vender mi depa…

– ¿En serio?… tenemos que vernos…, – la voz de Gabriela sonaba realmente emocionada.

– Por supuesto… de hecho por eso te hablaba… que tal si en la noche nos vamos de antro- decía Lidia

A Gabriela no le gustó la idea, no tenía ganas de salir a lugares como ese, no en este momento de su vida, se sentía culpable sobre todo con su esposo, había llegado a la conclusión que debía pasar el mayor tiempo con él, en su interior sentía que era una manera de recompensarlo.

– No creo amiga… Cesar no me va a dejar, – la rubia ponía excusas que ni ella se creía, de cuando acá obedecía las ordenes de su marido.

– Pues tráetelo… salgamos los tres… – Lidia no quitaba el dedo del renglón.

Mientras tanto Gabriela estacionó su camioneta, observó su reloj y se dio cuenta que ya era tarde, pero no le importó, qué más daba si llegaba algunos minutos después?, así que sin prisa estacionó su camioneta y se quedó unos momentos sentada sin intención de bajar.

– En verdad no creo que sea una buena idea amiga…. Tú sabes cuánto detesta bailar y esas cosas, – dijo la rubia refiriéndose a Cesar.

– Si y a ti te encanta…

– No sabes cuantas veces le he pedido que tome algunas clases…, pero dice que eso es de mujeres.

Por momentos continuaron hablando sobre el poco o nulo talento como bailarín de Cesar, y sobre lo mucho que Gabriela quisiera que el aprendiera.

Esa conversación hizo que la casada rememorara el día cuando conoció a Cesar, había asistido a un baile de su preparatoria. Como siempre ella era el alma de la fiesta, bailaba con cualquiera que se lo propusiera, en eso estaba cuando apareció Cesar, inmediatamente llamó su atención, a la vista de Gaby era encantador. La sacó a bailar, lo recordaba como si hubiese sido ayer, de fondo sonaba Once upon a December, aunque ella no se enteraría sino hasta horas después cuando preguntó el nombre de la canción.

Eran la pareja más hermosa del baile, aunque Cesar no bailaba nada bien, de hecho lo hacía horrible, y eso se debía a que el odiaba bailar, en verdad lo detestaba, pero el ansia por conocer a esa chica rubia hizo que venciera sus temores. Eso no se repetiría jamás, Cesar nunca volvió a bailar con ella, por mucho que ella le rogó, y le suplicó.

La rubia hubiese dado cualquier cosa por repetir ese momento, pero con la diferencia que Cesar aprendiera a bailar.

Lidia sentía que Gaby estaba evitando el tema del antro, daba vueltas al asunto y ponía excusas de porque no podía ir.

– Ni modo Gaby, otro día será, – le decía Lidia, estas palabras parecían dictar que su conversación estaba por terminar.

Gaby notó el tono tan melancólico con el que dijo esas palabras, tal vez Lidia creería que no quería verla, cosa que no era cierto, de hecho ansiaba contarle lo sucedido los últimos días.

– ¿Oye y que tal si vienes a mi casa a cenar?… ya sabes… cómo familia, – le preguntó Gaby con la esperanza de que su respuesta fuera afirmativa.

Lidia no esperó ni dos segundos para contestar afirmativamente.

– Bueno… te espero a las 8… y ahora te corto porque ya voy tarde y mi jefecito se va a enojar, – apresuradamente la rubia bajó de su camioneta y caminó lo más rápido que sus tacones altos se lo permitieron.

– Solo esperó que esta vez tu comida esté buena… porque la última vez que la probé estuvo infame… jajajaja, – bromeo Lidia.

– A tu plato le voy a poner veneno… sangrona…, – Gaby siguió con el juego.

– Adiós amiga… te veo en la noche…

– Adiós.

Por lo visto ese día había empezado bien en la vida de la espectacular rubia.

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La mañana transcurrió relativamente normal en la oficina, con la diferencia que sus compañeros de trabajo (en especial hombres) se habían acercado a ella más de lo normal, argumentando que hacía semanas que no la veían y querían ser atentos.

Esta era una vil escusa para estar cerca de su voluptuosa anatomía, cada hombre en esa oficina sentía como la lujuria los invadía al ver a la casada, y no era para menos verla allí sentada detrás de su escritorio con ese diminuto atuendo era de infarto.

Ella al ser muy educada y atenta respondía a las atenciones de sus compañeros, además en verdad le gustaba socializar, era una persona muy extrovertida. A parte de eso no tuvo mayores complicaciones hasta que el señor Martínez, su jefe la llamó para que tomara algunos apuntes.

La rubia entró en aquella oficina que conocía tan bien, era espaciosa, con una vista espectacular hacia el otro edificio, las estanterías llenas completamente de libros, muy lujosa, en medio se encontraba el escritorio del señor Martínez, todo esto adornado con masetas esparcidas cuidadosamente por la sala.

– Tome asiento señora Guillen…, – dijo el señor Martínez quien estaba sentado en la silla detrás de su escritorio.

– Gracias señor…, – dijo Gabriela, a la vez que tomaba asiento, y cruzaba sus torneadas piernas, con su libreta en mano y lápiz en otro se disponía a anotar lo que su jefe le ordenara.

– Ya le he dicho que usted puede llamarme Enrique…, – decía el jefe intentando que la rubia cogiera más confianza.

– Perdóname Enrique… – la rubia había olvidado por completo su acuerdo.

Enrique Martínez era un hombre de alrededor de los 45 años, de estatura normal unos 176, no era gordo, pero tampoco era flaco, aparentaba perfectamente su edad con esas canas que a muchas mujeres les parecen interesantes, aunque siendo honestos con el dinero de ese hombre siempre parecería interesante.

A Gaby no le gustaba llamarlo Enrique, sabía de antemano que muchas personas en la empresa creían que ellos (Gaby y el señor Martínez) eran algo más que Jefe y secretaria, cosa que era totalmente falsa. Solo lo veía como su jefe, al cual respetaba, pero notaba como la veía, la lasciva mirada que le lanzaba cada vez que entraba.

Esa era la razón por la que no le gustaba llamarlo por su nombre, no quería acrecentar los rumores, pero en privado podía hacerlo, a fin de cuentas nadie se enteraba y si eso hacía feliz a su jefe pues estaba bien para ella.

– No hay problema Gaby… solo recuerde soy Enrique… es mas usted puede llamarme como quiera, – se aventuró el señor Martínez.

– Como quieras suena muy feo… creo que te llamare Enrique… jajaja, – rio Gaby con su sonrisa coqueta, su jefe también lo hacía.

El señor Martínez comenzó a dictarle una serie de órdenes que esperaba se cumplieron a la brevedad.

– Eso es todo Gaby… puedes retirarte…, – ordenó el señor Martínez no separando su mirada ni un milímetro de la escultural figura de la rubia.

– Bien Enrique…, – la rubia se paró de su asiento y se dirigió a la puerta, cuando iba a abrirla su jefe volvió a llamarla.

– Espera…, tengo algo más que decirte… – La voz del señor Martínez sonaba indecisa.

Gabriela regresó y tomó asiento nuevamente.

– Dígame…

– ¿sabes acerca de los rumores que dicen que tu y yo somos algo más?…, – preguntó el jefe.

Esto tomó por sorpresa a la rubia, hasta ahora nunca había sido necesario tratar ese tema, tratando de aparentar la mayor calma que pudo respondió.

– Si… los he escuchado…

El señor Martínez se alejó de su escritorio y lentamente se ubicó por detrás de la rubia, rodeándola.

– No sé cómo decir esto…, – claramente se notaba el nerviosismo en el señor Martínez, sudaba en demasía e incluso tartamudeaba.

La rubia intuía que nada bueno podía salir de esta conversación, sus instintos femeninos se lo advertían.

– ¿Qué te parece si hacemos realidad los chismes?, – dijo el jefe a la vez que colocaba sus manos en los hombros de Gaby.

– ¿A… que se refiere?, – preguntó la rubia quien aun no le quedaba muy claro de que hablaba.

– Mira… te lo pondré así… tu eres una mujer muy hermosa y yo soy un hombre muy solitario…, – las manos del jefe comenzaron a masajear sus hombros.

Esta actitud asusto a la casada, quien como un rayo se levantó y tomó su distancia.

– Tranquila… tranquila… tomate tu tiempo ¿qué dices si nos divertimos juntos…?

Gabriela no tuvo ni que pensarlo, la respuesta brotó sola de sus labios.

– Noooo…!!, – su respuesta fue tajante y contundente, al parecer al señor Martínez no esperaba eso, su rostro que hasta el momento consistía en una sonrisa maliciosa cambió drásticamente, sus facciones se tensaron, su cuerpo se irguió, estaba indignado.

– Creo que no sabes lo que estás diciendo preciosa… tómalo por este lado… Soy un hombre muy rico, gano mucho más en un mes de lo que tú ganas en varios años… Si aceptas te compraría lo que tú quisieras… pero si no…, – el señor Martínez no terminó la oración.

– No… ya le dije que No…!!, – Gaby estaba completamente segura, no volvería a repetir lo que pasó con el viejo Cipriano, y en ese momento por alguna razón se imaginó que el hombre que estaba frente a ella era Cipriano, ese viejo con quien engañó a su marido.

– Si esa es tu respuesta final agarra tus cosas y vete… estas despedida, – le dijo el señor Martínez muy molesto pero guardando la compostura para evitar que alguien lo escuchase, además creyendo que al temer por su trabajo terminaría aceptando.

Gaby por su parte también estaba molesta, muy molesta los últimos días habían sido los peores de su vida, quería desquitarse con alguien y que mejor que esa oportunidad.

– Es un cerdo… aléjese de mi…, – decía Gabriela en voz alta sin importarle que alguien pudiera escucharla.

– Shhhhttt…!! Baja la voz…, – el miedo al escándalo invadió al hombre.

– No me callo…!!!, apoco creía que soy de esas mujeres que se acuestan con quien sea por dinero…, – su voz iba en aumento.

– Cállate por favor…!, has de cuenta que esto nunca paso…!! Vuelve a tu trabajo…, – dijo esto intentando que guardara silencio.

– ¿Qué?… claro que no… sabe que…!? Yo renuncio…!!, -la rubia abrió la puerta, salió por ella y la cerró de un golpe muy fuerte.

El señor Martínez se quedó allí petrificado, todo le salió mal, tanto tiempo que le tomó conseguir el valor para proponerle aquello y no sirvió para nada, jamás se imaginó que su secretaria reaccionaría así.

Le dolía su orgullo de hombre, sabía incluso que se pudieron escuchar los gritos de Gaby fuera de la oficina, estaba seguro de que sería un gran chisme, pero lo que más le dolía era que no se cogería a tan apetecible casada.

Gabriela caminaba hacia su escritorio, escuchaba el alboroto que había causado, los empleados no dejaban de hablar entre ellos, comenzó a recoger sus pertenencias para no volver nunca a esa oficina, ahora era desempleada, debería sentirse mal pero no era así, en el fondo sintió eso como una gran victoria moral contra todos esos viejos verdes que acosaban a las mujeres jóvenes, además había puesto en su lugar a su horrible jefe.

Sonrió.

………………………………………………………..

Hace mucho tiempo no se sentía así, segura, querida, en familia, de hecho hasta había olvidado sus preocupaciones.

Sentada a la mesa con su marido y su mejor amiga, charlaban acerca de tonterías, escuchaba las risas de los niños quienes jugaban en su recamara marital, se sentía triunfante nunca más le sería infiel a su esposo y la negativa hacia su jefe era prueba de ello.

– ¿Ya sabes lo que le vas a regalar a el cabezón de tu esposo?, – preguntó Lidia a la rubia.

Gabriela vio a su amiga recordando como era antes.

Lidia tenía la misma edad que Gaby 26 años, se conocieron en primero de secundaria, pero no fue sino hasta segundo que se hicieron amigas, todo gracias a que en clase de química durante todo el año debían trabajar en parejas.

Quizá fue el destino quien las unió pues ese día Gabriela no acudió a clases. Por lo tanto no pudo hacer equipo con nadie, de haber acudido no hubiese tenido problemas para que alguna de sus amigas la eligiese. Fue por eso que su maestra había decidido colocarla con la única niña que no tenía pareja (ni amigas) Lidia.

Al principio les costó congeniar, eran muy diferentes, Lidia era la típica niña nerd, de lentes, de frenos, con acné, pero también estudiosa y muy callada, que contrastaba enormemente con la belleza de la rubia, quien a esa temprana edad ya tenía un cuerpo que envidiaban muchas alumnas e incluso maestras, además era alegre, extrovertida y no muy estudiosa.

Cierto día cuando Gaby se quedó a dormir en casa de Lidia por motivos escolares descubrieron que tenían muchas cosas en común, su amor por esas bandas musicales de chicos bien parecidos, el odio por el futbol, el odio por la mayoría de maestros de su escuela, y el cariño por otros. A partir de ese día su amistad creció rápidamente, Gaby comenzó a acercarla para que se juntara con ella y sus amigas, aunque al principio le costó trabajo Lidia terminó encajando.

De esa relación ambas terminaron ganando, Gabriela le enseñó a ser más abierta con todo mundo, a ser menos callada, a divertirse, mientras Lidia le enseñó que para ser alguien debes estudiar, cosa que Gaby comprendió a regañadientes.

El paso a la preparatoria fue relativamente sencillo, a esas alturas ya eran mejores amigas, y sus atributos crecieron. En un afán por verse mejor ambas entraron al gimnasio, habito que conservan hasta estos días.

De aquella chica nerd que Gaby conoció en la secundaria no quedaba nada, Lidia se había vuelto hermosa, no al nivel de la rubia pero robaba miradas, con esa melena negra hasta los hombros, los lentes habían sido cambiados por lentes de contacto, sin rastros de acné, sus dientes se acomodaron gracias a los frenos. Su cuerpo no era voluptuoso en absoluto, pero si era firme gracias a las horas de gimnasio, quizá su mayor defecto era su nariz, un poco respingona.

– Tierra a Gaby… Llamando Tierra a Gaby, – dijo Lidia al ver que su amiga estaba como ida.

– Disculpa… ¿decías algo?, -estaba algo apenada por recordar esas cosas.

– ¿Qué si ya sabes que le vas a regalar a Cesar?

Gabriela recibió eso como un balde de agua fría, debido a tantos problemas y preocupaciones lo había olvidado por completo, faltaba una semana y media para su aniversario.

– No… aun no lo sé…, – dijo Gaby tratando de que no notaran su sorpresa por no recordar su aniversario de bodas.

– ¿Y tú?, – volvió a preguntar Lidia pero esta vez dirigiéndose a Cesar quien seguía disfrutando la deliciosa comida que preparó su esposa.

– Pues ayer se me ocurrió una idea… Pero es una sorpresa…, – respondió Cesar tratando de restarle importancia al asunto.

Hasta ese momento Gabriela no había contado lo sucedido en el día con su jefe, llegó a la conclusión de que era hora de hacerlo. Narró cada detalle de lo sucedido como cuando le contaba cuentos a Jacobo solo que esto era más pues su jefe se había convertido en su ex jefe. Cuando terminó, notó lo molesto que estaba Cesar el cual se paró de la silla y con los puños cerrados dijo:

– Ese maldito desgraciado… mañana mismo le parto la cara, – nunca en la vida Gabriela lo vio tan molesto, pensó que si lo tenía en frente era capaz de matarlo.

– Cálmate amor… No vale la pena ponerse así…, – dijo Gaby…

– Gaby tiene razón… a fin de cuentas no aceptó y no pasó a mayores- Lidia apoyó a su amiga.

– Pero es que… – Cesar no continuó, estaba muy enojado con ese hombre, pero a la vez estaba orgulloso de su esposa.

Cesar se acercó a su Gaby e incitándola a que se levantara de su asiento la abrazó, el apretón de cuerpos fue largo, muy cariñoso.

– Discúlpame Gaby… debiste estar muy asustada, – los musculosos brazos de Cesar rodeaban fuertemente a la chica.

Gabriela devolvió el abrazo, estaba muy feliz.

– Ya… no sean cursis…, – dijo Lidia con su enorme sonrisa.

Ni caso hicieron los esposos, se sentían tremendamente a gusto de esa forma, lamentablemente estos momentos nunca duran y este no fue la excepción, de repente el pequeño Jacobo jalo la pequeña blusa de Gabriela.

– Mami… – dijo el niño intentando que su madre le hiciese caso.

Gabriela posó su mirada en su bebe y con esa sonrisa que solo ella es capaz de hacer dijo:

– ¿Qué pasa mi amor?, – decía la rubia aun acurrucada en los brazos de su esposo.

– Ten mami…, – el joven Jacobo extendió sus manos donde llevaba el celular de su mamita, en este se anunciaba una llamada entrante.

– Gracia mi amor ¿Quién es?

– Me dijo que se llama “Cifriano”…, – el chico no pudo pronunciar el nombre de quien semanas atrás había tenido a su preciosa mami desnuda, con sus piernas completamente abiertas y recogidas en los momentos en que se la ensartaban, mientras él estaba en la casa de su abuelita y con su papi trabajando lejos de casa.

El cuerpo de Gabriela se tensó, sintió un escalofrió recorrer su voluptuoso cuerpo al comprobar que el niño no solo se había limitado a leer el nombre en la pantalla sino que contestó.

Podía observar como el tiempo de la llamada iba en aumento, abruptamente se separó de Cesar y prácticamente le arrebató el celular al niño.

Ni Cesar ni Lidia notaron lo desesperada que estaba Gabriela, quien hacía esfuerzos sobre humanos para que no lo notaran.

– ¿Qué hacer?, – era lo que se preguntaba la casada, – debía contestar?, ¿debía colgar?, -su mente su nubló, la respuesta no estaba muy clara, el tiempo pasaba, le pareció eterno aunque solo fuesen unos segundos.

– ¿No vas a contestar amor?, – preguntó Cesar sacándola de sus pensamientos

– Si… claro…, – Gabriela como si aquello fuese lo más normal del mundo comenzó a caminar con dirección a la recamara de su hijo, estaba decidida a contestar, a terminar con esa locura, a decirle que la dejara en paz, se sentía apoyada por el cariño de su familia, sentía que podía con él.

– Bu… bueno…, – respondió la rubia tomando asiento en la pequeña cama individual de Jacobo.

– Al fin te escucho mamacita… – la aguardentosa voz del viejo retumbó en sus oídos.

– ¿Qué quiere?, – le preguntó la casada con sus sentidos completamente agudizados, cuidando que nadie fuera a escuchar su conversación.

– No he dejado de pensar en ti y desde aquella vez… Quiero verte… eso…

Rápidamente la memoria de Gabriela se vio invadida por los recuerdos de esa lujuriosa noche, por la forma en que intentó desquitarse y por como nada le salió como esperaba y terminó siendo cogida por el horripilante mecánico.

– No… lo de aquella vez fue una equivocación… por favor ya deje de buscarme, – la nerviosa rubia hacía uso de toda su fuerza para no demostrar lo asustada que estaba.

– ¿Equivocación?… jajaja…!!! no mija, tu panochita no miente… me la apretabas bien chingón, ni mencionar lo sensacional que besas y te mueves cuando estas cogiendo… jeee…- el viejo ya había perdido toda la decencia que alguna vez pudo llegar a mostrar frente a ella, se creía con derechos, así que según él podía decir todas esas majaderías. (Y los tendría después de lo que paso entre ellos?.)

– Cállese…! Eso no es cierto…, – le decía Gaby en voz baja tratando de negar la verdad, y cuidando visualmente que nadie se acercara a la puerta de la habitación de su hijo, la había dejado entre abierta para poder notar si alguna sombra se acercaba adonde estaba ella, si eso pasaba tendría para solo cortar la llamada y fingir una normal conversación de trabajo con alguien.

– Claro que es cierto pendeja…! Y estoy que me muero por volver a saborearte entera…

Gabriela no sabía que estaba mal con ella, al inicio de esa conversación lo único que deseaba era poner en su lugar a ese viejo desgraciado que osaba a llamarla en momentos tan familiares, pero sin saberlo porque, como tampoco explicárselo a si misma esas palabras soeces sumadas a los recuerdos de lo que había sucedido en aquella mugrienta habitación de motel, en el fondo le gustaban, algo en su mente había cambiado, debía ser honesta con ella misma aquella noche con el viejo Cipriano fue el sexo más intenso que tuvo en su vida.

Pero eso no bastaba, en la vida había más que solo placer instintivo y carnal, existía el amor, el verdadero amor y ella lo sabía, lo sabía a tal punto que esto le ayudo a tranquilizarse un poco.

– Señor… le pido de la manera más atenta que ya no me vuelva a llamar… no importa lo que usted diga… Amo a mi esposo y a mi familia… y no la pondré en peligro por usted.

– Ps… no te creo mami, además que no tienes que porque ponerlos en riesgo a ellos, yo solo quiero cogerte a espaldas de tu marido… lo que sientas por debajo de tus tetotas me valen una verga… así que dime… cuando nos juntamos para que culiemos… jeje.

–Oiga… no sea pelado… y no hable de mi familia, además que ya le dije que yo no quiero nada con Usted, cu… cuando lo hicimos yo no sentí nada, solo fingí para que todo terminara rápido… así que por favor le pido que ya no me moleste masss…!!, -terminó por decirle la casada al vejete, aun así ella no podía dejar de sentir una extraña sensación tanto mental como física, al estar manteniendo aquel tipo de conversación con tantos tintes íntimos con el mismo vejete en que había caído en la infidelidad, sabiendo además que su marido estaba muy cerca de donde ella hablaba con el hombre que había sido muy en su contra su amante ocasional.

Sin embargo esas últimas palabras dichas por la rubia perforaron al viejo, esta era la primera vez que la notaba tan segura de sí misma y temiendo que cumpliera con su palabra y nunca más se la pudiera coger comenzó a gritar.

– Como te dije… la que me prueba repite y tú no serás la excepción zorraaa…!!! Esas nalgotas que te cargas, tus tetas y tu rajadura delantera ya son míassss…!!! Recuérdalo!!!

– Voy a colgar señor… esta es la última vez que le contesto, – fue lo último que dijo la rubia, sin más colgó el teléfono.

Su corazón comenzó a tranquilizarse, al igual que su respiración y su nerviosismo, sonrió para sí misma, sentía que había triunfado, que su vida podía volver a la normalidad que todo había terminado, de muy buen humor se levantó y se dirigió al comedor para encontrarse con Cesar y Lidia.

Llegó y no estaban, le pareció extraño pues en la casa solo se escuchaba el ruido de los niños al jugar, siguió buscando hasta que llego a su sala, fue entonces que los encontró.

Cesar y Lidia estaban sentados en el sillón, Gabriela notó como su amiga le decía algo al oído a Cesar y como este se reía, estaban muy juntos, tal vez demasiado.

Al percatarse de su presencia Cesar se hizo el desentendido y se separó un poco de Lidia, ella hizo lo mismo, a pesar de que intentaron hacerlo disimuladamente, Gabriela igual notó la reacción rápida de separación que toda pareja hace al verse sorprendidos en algo malo.

– ¿Quién era amor?, – preguntó Cesar algo nervioso.

– Era un cliente del señor Martínez…, – mintió la rubia aun pensando en la extraña escena de antes, – le dije que ya no trabajo para él.

Ambos le creyeron, y sin más siguieron hablando, esa noche no ocurrió nada más notable.

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A la mañana siguiente todo parecía haber vuelto a la normalidad, con la excepción que no tenía trabajo, en su mente estaba la idea de buscar alguno, pero no ahora, Cesar le dijo que se tomara su tiempo, que la experiencia de antes (con el señor Martínez) debía ser muy traumática, dándole permiso para tener unos días libres en lo que según él se recuperaba.

La rubia le tomó la palabra, deseaba unos días más para estabilizarse sentimentalmente.

Por la mañana Gabriela llevó a su hijo al colegio, como normalmente lo hacía, además aprovechó para pasar al gimnasio, llevaba días sin asistir y como toda mujer vanidosa no quería perder su figura. Al terminar, recogió a Jacobo y ambos fueron a una tienda de ropa, la rubia quería prepararse con anticipación para su aniversario.

Se probó todo tipo de vestidos, cortos, largos, baratos, caros buscando el que mejor se acomodase a su figura, mientras su pobre angelito totalmente aburrido jugaba con su consola de videojuegos.

– Mami… ya vámonos, tengo hambre- decía el niño sobándose la panza, sentado fuera del probador de mujeres.

– Espérate tantito amor… ya casi… creo que me voy a llevar este… necesito tu opinión, – dijo la rubia incitando a que el niño entrara en el probador de mujeres, cosa que hizo, -¿Qué te parece amor… ¿se ve bonita tu mami con este vestido?

Era un vestido de un rojo intenso, de mangas largas, unos 10 centímetros por encima de las rodillas, muy ceñido al cuerpo, sin escote por enfrente, pero tan pegado que se notaban a la perfección sus redondos pechos, el escote lo tenía por la espalda.

– Si mami… te ves muy bonita… pero ya vámonos…

– Solo espera un tantito amor, le dijo Gabriela observando su redondo y parado trasero en el espejo del probador a la vez que se lo tocaba con sus suaves y delicadas manos a sabiendas que con aquel vestido se veía soberbia.

– Creo que me lo llevo… a tu papi le gusta que me vea algo pomposa… jajaja…, -rio la rubia,

Al terminar salieron del probador, compraron el vestido y finalmente para fortuna de Jacobo se dirigieron a casa.

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Ya era entrada la noche, y Cesar no llegaba, la rubia estaba preocupada, el no era así, por lo general pasaba toda la tarde en casa y cuando no lo hacía siempre llamaba.

El nuevo trabajo de Cesar (el cual solo lo hacía los fines de semana), le permitía pasar mucho tiempo con su familia, y ahora que Gabriela había perdido el suyo quería aprovecharlo para pasar todo el tiempo con su marido, sentía que de esta forma lo compensaba por lo estúpida que había sido.

Seguía pasando el tiempo y Cesar no aparecía, -¿Dónde estás amor?, – Se preguntaba la sensual rubia, recostada en su cama solo vestía la bata que usaba para dormir, sin nada debajo, era un día caluroso.

Escucho unos ruidos que provenían de la entrada, rápidamente se levantó imaginando que se trataba de Cesar, cogió sus pantuflas y se dirigió a su encuentro.

Estuvo en lo correcto, se trataba de Cesar quien abría el refrigerador en busca de algún bocadillo.

– Mi amor…, – la voz de Gaby sonó tierna pero a la vez preocupada.

Abruptamente Cesar posó su mirada en ella.

– Ho… la cariño… deberías estar dormida, – era bastante obvio el nerviosismo con el cual hablaba Cesar, incluso para Gaby que nunca había sido buena para leer el lenguaje corporal.

– Debería… pero estuve preocupada por ti… ¿Dónde estabas?

Esa pregunta lo tomó por sorpresa, no esperaba encontrar a Gaby despierta.

– Buscando trabajo…, – Cesar continuaba buscando comida.

– ¿Trabajo?… a estas horas?

– Si Gaby… tú sabes que no me gusta dejarlos solos los fines de semana… si puedo encontrar un trabajo aquí mejor.

La sensual rubia era ingenua, pero no estúpida, sabía que no le decía la verdad, que ocultaba algo, pero también era consciente que su esposo nunca le mentiría por tonterías, así que lo dejo pasar, ya se enteraría a su debido tiempo.

– Tengo hambre…, – dijo Cesar, tomando una manzana y dándole un mordisco.

La sexi casada, lentamente se acerco a él , moviendo sus caderas de la forma más sensual que pudo, ese movimiento que volvía loco a cuantos hombres conocía, cuando estuvo muy cerca de él dijo.

– ¿No preferirías comerme a mí?, – la voz de la rubia sonaba tan sexi, tan provocativa, tan coqueta, tan llena de lujuria que ni un santo se hubiera resistido.

Gabriela deshizo el nudo de su bata y de un tirón se desprendió de ella, ante Cesar se encontraba en total esplendor su perfecto cuerpo desnudo, el marido veía esos enormes cantaros de miel que auguraban quitar la sed a cualquiera que tuviese la fortuna de probarlos.

– Aquí no Gaby… nos puede encontrar Jacobo, – decía Cesar, este cogió la bata del suelo y tapó a su esposa.

– Tranquilo… ya se durmió… y sabes que duerme como una roca, – Gabriela intentaba besar su cuello, lo cual Cesar impedía, alejándola un poco.

– No… no…, – su respuesta fue rotunda, a lo que Gaby lo cogió de la mano e incitó a que lo siguiera.

– Está bien señor enojón… vamos a nuestra habitación, – la rubia tenía tantas ganas de sentir dentro de ella a su esposo, lo amaba tanto, lo deseaba tanto.

– La verdad cariño es que hoy no tengo ganas… estoy muy cansado

Esto fue un balde de agua fría para Gabriela, en los años que llevaban de casados jamás se había negado a cumplirle, ni una vez, hasta hoy. Frustrada y algo molesta la rubia volvió a ponerse su bata, y sin dirigir palabra a su marido siguió su camino hacia su habitación, era hora de dormir.

Pasaron veinte minutos y Cesar aun no entraba en la habitación, la casada entonces sintió el antojo de un bocadillo, se levantó nuevamente.

Escuchó, el sonido del agua de la regadera, señal que Cesar tomaba una ducha, entonces la escultural y joven madre de familia vio la camisa de su marido tirada en el suelo de la sala, ese era una de las actitudes que menos le gustaban de Cesar, acostumbraba a dejar todo desorganizado.

La rubia cogió la camisa con la intención de llevarla al cesto de la ropa sucia cuando se percató de un olor extraño, instintivamente acercó su nariz para percibirlo mejor, era perfume, pero no del que usaba Cesar, era perfume de mujer, como tampoco era del que usaba ella precisamente, la esencia era inconfundible.

Los pensamientos inundaron rápidamente la mente de nuestra protagonista, comenzó a atar cabos ¿Por qué Cesar no quiso hacer el amor?, ¿Por qué llego tan tarde? ¿Por qué dio una excusa tan tonta? ¿Estaba cansado?, el siempre había sido un tipo muy activo, no era común en el usar esa excusa.

Y como todos sabemos 1 + 1 son 2, y Gaby llegó a la conclusión que cualquier mujer enamorada hubiese llegado, Cesar estaba viendo a otra.

Inmediatamente deshecho esto, no estaba hablando de cualquier hombre, estaba hablando de Cesar Guillen el hombre que mas la amaba en el mundo, seguramente eran coincidencias, su marido no podía engañarla.

-Por dios Gaby…!! ¿Qué tonterías estas pensando?, – se dijo así misma y con su sensual andar de caderas fue a dejar la camisa en el cesto de la ropa sucia para posteriormente ir a la cocina y prepararse un refrigerio.

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Los siguientes dos días fueron prácticamente iguales, para desgracia de la rubia tuvo la misma rutina por la mañana, ir a dejar a Jacobo en la escuela, gimnasio, recoger a Jacobo e ir a casa a descansar, eso no era tan malo, el problema venía porque Cesar siguió en la misma tónica, llegaba tarde y sin avisar, se excusaba con tonterías que nadie creería, y menos Gaby.

Igual que aquel día sus ropas estaban impregnadas de perfume femenino, Gaby ya no sabía que pensar, o mejor dicho no quería pensar, era cierto que solo habían sido 3 días, pero en ese tiempo apenas y cruzaron palabras.

Se sentía fatal, como toda mujer no importando lo segura que sea, las dudas la atormentaron y si estaba con otra mujer, y si la cambiaba por alguien más y si la engañaba como ella lo había hecho, estas preguntas la atormentaban, y ¿por qué ahora?, ahora que su vida empezaba a ir mejor.

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El viernes era el día que Cesar salía de la ciudad para trabajar, por lo tanto no podría llegar en la noche, así que se apresuró en hacer sus deberes para hablar con él antes de que se fuera. Por la mañana llevó a Jacobo al colegio, ese día no fue al gimnasio quería regresar lo más rápido posible.

Cuando regresó al apartamento, su sorpresa fue mayúscula al ver que Cesar tenía ya echa su maleta, no importando que fuera muy temprano aun.

– ¿Ya te vas…?- preguntó la rubia al momento de cerrar la puerta.

Cesar también se llevó una sorpresa, no esperaba verla allí.

– ¿No se supone que a esta hora estas en el gimnasio?, – Cesar era una persona muy transparente, compartía eso con Gaby, los dos no sabían mentir, ni ocultar su nerviosismo.

La rubia hizo caso omiso a la pregunta y continuo:

– ¿Pero todavía es muy temprano….?

– Sii… amor perooooooo…, – Cesar no pudo terminar la frase, su mente se nublo.

– ¿Pero qué?, -los bellos ojos de la rubia penetraban sobre la mentira de su esposo.

– Peroooo Martin (un amigo de Cesar) se cambia de casa, y quiere que le ayude… y pues terminando me voy, – fue lo único que se le ocurrió.

En el fondo Cesar sabía que Gaby no se tragaría eso, pero deseaba que aun así lo dejara pasar.

– Está bien cariño…, – respondió Gaby quien al no tener como probar que lo que decía no era cierto solo acercó sus carnosos y rojos labios a los él, Cesar los recibe pero parece que esta tan apurado que ni siquiera intenta besarla.

Este acto entristece de sobremanera a la casada, cuando fue que su esposo había dejado de quererla, quizá estaba siendo algo drástica pero así pensaba.

– Ahora si ya me voy…, – dijo Cesar quien rápidamente cogió su maleta, y como un rayo cruzó la puerta y la cerró.

-“Cálmate Gabriela…, estás haciendo conjeturas muy precipitadas… a lo mejor no es lo que crees”, – se decía así misma intentando creérsela, fue entonces cuando se le ocurrió buscar entre las cosas de Cesar, buscando algo que le indicara que sucedía.

Muy apresurada comenzó buscando en su ropa, pantalón por pantalón, camisa por camisa, nada, después siguieron los cajones, revisó absolutamente todos desde los de la recamara hasta los de la habitación de Jacobo, igualmente nada. Por una parte eso la tranquilizaba, al no hallar prueba de sus sospechas, pero por otro lado era más inquietante sabía que algo escondía, y el no saber que la ponía de nervios.

Pensó en revisar se Celular (el de Cesar), pero claro lo había llevado consigo, se le agotaban las ideas a la despampanante rubia, y como caída del cielo le llegó un pensamiento: su correo electrónico.

Gabriela nunca contó a Cesar que sabía su contraseña, a fin de cuentas quien pondría el nombre de su madre como tal, alguien como Cesar. Incluso algo tan insignificante como eso la molestaba, ¿por qué no uso su nombre?, ¿por qué no el de Jacobo?, porque idolatraba tanto a su madre?.

Afortunadamente no había tenido muchas noticias de ella en los últimos días.

Se sentó frente a la computadora, la prendió, por suerte era relativamente nueva por lo que no tardó mucho, abrió la pagina web, introdujo la dirección para posteriormente poner la contraseña, Romina Pérez, tecleo con cuidado cada letra para así evitar equivocarse.

La pagina web tardó un momento en cargar, el corazón de la rubia latía fuertemente temiendo lo peor.

Muy despacio observó los pocos correos que Cesar tenía, no veía nada raro, la mayoría eran de personas queriéndolo agregarlo al facebook, lentamente se iba tranquilizando, quizás todas las tonterías que le inventó todas las noches que llegó tarde eran ciertas, quizás en verdad la rechazaba porque estaba cansado y solo era una etapa pasajera.

Fue entonces cuando se percató de algo que no había hecho hasta entonces, hasta arriba de la página vio un correo que ya había sido abierto, de alguien muy conocido por ella: Lidia.

Sin pensarlo dos veces lo abrió, decía así:

“Sé que mañana te vas a trabajar por la tarde, pero tienes que venir a mi casa para aprovechar de hacerlo de nuevo ya que serán muchos días… la ultima vez estuviste genial”

Gabriela estaba en shock, su mejor amiga, ¿a qué se refería?, entonces recordó el olor a perfume en las ropas de Cesar, ahora sabía porque el olor le parecía tan familiar.

-“Tranquilízate… tranquilízate”, – se decía a si misma Gabriela mientras se golpeaba ligeramente la cabeza con sus manos “quizá se equivoco… si eso es…. Quizá se lo mandó a Cesar sin querer… a fin de cuentas no tiene nombre”, trataba de negarlo, no quería pensar que esos dos…

Sin embargo de algún lugar debía sacar fuerzas, no supo de donde, pero debía averiguar si lo que sospechaba era cierto, inmediatamente tomó las llaves de la camioneta y no importándole solamente llevar puesto un diminuto short que apenas contenía su espectacular trasero, y que dejaba a la vista de todos sus muy torneadas piernas, además de una pequeña blusa blanca de esas que usan para los campeonatos de camisetas mojadas salió en busca de la verdad, si su marido había ido a casa de Lidia, quizás aun podría alcanzarlo.

…………………………………………………….

El trayecto a la casa de Lidia era largo, vivía a las afueras de la ciudad, por esa razón no se veían tanto como quisieran, ya había pasado bastante tiempo de que Cesar salió de su departamento, si eran verdad sus sospechas aun debía estar allí. Estacionó su camioneta a unas cuadras lejos para evitar que la escucharan, camino el trayecto restante, ante la mirada de los hombres que no creían como eran testigos de ese espectáculo que les daba tan apetecible mujer, parecía una actriz porno con su diminuto atuendo.

Como siempre y más en esa situación los piropos no se hicieron esperar:

– En esa cola si me formo…- dijo un albañil que trabajaba al verla pasar

– Pues yo me meto… jajajaja- dijo otro haciéndole segunda al que al parecer era su amigo.

Ella ni cuenta se daba por estar sumida en sus pensamientos, en sus preocupaciones, cada vez se acercaba mas al edificio de Lidia solo le faltaba doblar en la esquina, rogaba al señor que solo fueran imaginaciones suyas que todo fuera una equivocación. Y cuando ya estuvo casi al frente de donde residía su amiga, de repente vio abrirse las mamparas de la entrada del edificio, y de ellas salió Cesar, visiblemente cansado, y tras él Lidia, la sorprendida rubia sin prestar atención al atuendo de su amiga solo advirtió por la brillantez de su rostro que estaba sudada con sus cabellos enarbolados.

La espectacular rubia inmediatamente se escondió detrás de un árbol, pudo escuchar como decían algunas palabras, que no pudo escuchar con claridad, hasta que vio a Cesar tomar su camino en dirección contraria de donde aun estaba ella escondida.

Lidia retrocedió hacia las mamparas de su edificio y se perdió entre ellas.

Gabriela no pudo mas, poco a poco fue quebrándose emocionalmente hasta que cayó al suelo y lloró.

Recordó aquella platica en la que hablaron sobre lo que les gustaba al hacer el amor, la manera en que Lidia le contó que desde que la había abandonado su ex prefería tener sexo ocasional y sin compromisos de vez en cuando. Ya no tenía ninguna duda, los rechazos, las excusas, el distanciamiento y ahora esto, definitivamente la estaba engañando, y con su mejor amiga.

Se quedó unos minutos pensando, reflexionando sobre la situación -¿Qué debía hacer?, -¿Cómo reaccionar?, pensó en ir y enfrentar a Lidia, a encararla pero no pudo, no era cualquier mujer, se trataba de su mejor amiga, casi su hermana de hecho la quería más que a estas. La chica se levantó, sacudió la tierra de su ropa, regresó a su camioneta y condujo hacia su departamento. Por el camino recordó que debía recoger a Jacobo de la escuela, secó muy bien sus lágrimas, no quería que su angelito la viera así.

……………………………………………………………..

La semana que siguió al desliz con el viejo Cipriano había sido horrible, pero no se comparaba en nada con lo que sentía en ese momento.

Su esposo y su mejor amiga estaban revolcándose quién sabe desde cuándo, y ella no sabía qué hacer. Ansiaba con todas sus fuerzas llamar a Cesar y contarle que lo sabía, que lo descubrió, pero… ¿con que calidad moral le reclamaba por serle infiel, cuando ella había hecho lo mismo?, la casada era un mar de dudas e inseguridades.

Jacobo trato de animarla, incluso para el niño era bastante notorio que su mami no estaba bien.

Gabriela lloró, lloró muchísimo, gracias al cielo Lidia no le llamó durante el fin de semana, de lo contrario no sabía de lo que sería capaz.

Llego a la conclusión de que le daría a Cesar una oportunidad, ambos fallaron así que podían empezar de nuevo.

……………………………………………

Por fin llegó el lunes, el día de su aniversario, tiempo atrás decidieron que tendrían una cena romántica en casa, ella tenía pensado seguir con eso. Trató con todas sus fuerzas de mostrarse lo más fuerte posible, por la mañana llevó a su hijo con su suegra, (lo acordaron previamente) no intercambiaron mas palabras que un simple hola y un adiós.

Se bañó, perfumó, se maquillo, y se aliso el pelo, para después enfundarse en el vestido rojo que compro días antes, después se puso unas botas negras hasta las rodillas que le quedaban perfectas.

Paso algún tiempo hasta que ya entrada la tarde escuchó que la puerta se abría, rápidamente fue a recibir a su esposo.

– Hola mi amor…, -dijo la rubia, intentando parecer lo más normal posible

– Hola cariño…, – respondió Cesar agotado por el viaje, inmediatamente dejó su equipaje en la sala y tomó asiento, junto a su bella esposa.

Ella tenía muchas ganas de que todo fuera lo mejor posible, a fin de cuentas era el día de su aniversario, y no solo eso, era un nuevo comienzo para la que antes fue una feliz pareja. Gabriela lo cogió del cuello y de forma muy cariñosa lo besó, primero en la mejilla, para después hacerlo en los labios, él la recibió gustoso, Gabriela se sintió feliz de que esta vez no la rechazó por lo que continuó haciéndole arrumacos.

– Por favor… prométeme que de ahora en adelante… nada ni nadie nos separará…, -la rubia no era clara respecto a lo que se refería, no deseaba serlo, no quería pronunciar en voz alta que ella le había sido infiel, ni que sabe que el también lo había sido, se conformaba con que Cesar supiera que ella estaba con él.

– ¿A… que te refieres…?, – le preguntó Cesar muy extrañado mientras se separa de su exuberante mujer.

– A nada… a nada en especial… pero prométemelo…, – esa era la manera que Gaby tenía para decir: Cesar, se lo que has estado haciendo con Lidia, te perdono, pero que no vuelva a ocurrir.

Cesar la veía en ese momento tan linda, tan bella, tan amorosa, tan sensible que a pesar de no entender le contestó afirmativamente, a lo que ambos se fundieron en un tierno y largo beso, que fue interrumpido por Cesar argumentando tener que ir al baño, Gabriela notó la sinceridad en las palabras de su esposo, estaba tremendamente feliz, hoy era el día en que todo volvería a la normalidad, estaba segura, se lo decía su corazón. De repente de la mochila de viaje de Cesar escuchó un ligero sonido, como si algo vibrara, rápidamente la hermosa casada comenzó a buscar (creyendo que se trataba del celular de Cesar), estaba en lo correcto, observó un momento de quien se trataba.

Para su total consternación se trataba de un mensaje de Lidia.

-“Así que esta zorra, no deja en paz a mi marido”, – pensaba bastante molesta, La curiosidad la venció y abrió.

-“Tengo la tarde disponible. Si quieres podemos vernos ahora mismo aquí en mi departamento, se que estas nervioso y que hoy es tu aniversario, pero si te apuras alcanzaremos a hacerlo nuevamente…”.

“Maldita seas Lidia” la rubia no entendía porque entre todos los hombres del mundo, su ex mejor amiga decidió acostarse con su esposo, si siempre le había dicho que no era su tipo, procedió a cerrar el mensaje y marcarlo como no leído, nuevamente lo guardo donde se encontraba.

Y entonces se le ocurrió la prueba final, la prueba que definiría probablemente su futuro, ¿Qué haría Cesar cuando leyera el mensaje?, ¿se quedaría con ella en su aniversario? O ¿saldría corriendo con Lidia?, no tardó mucho en averiguarlo, escuchó como Cesar se acercaba, tomó asiento, cruzó sus piernas de manera muy sensual.

– Estuvo sonando tu teléfono…, – la rubia seguía en la misma postura, intentando parecer serena, dando a entender que no lo había leído.

Inmediatamente Cesar, busco su celular, lo abrió y no tardó mas de unos instantes en leerlo.

– Lo siento querida… tengo que irme… vuelvo en unas horas…, – dijo Cesar haciendo ademán de retirarse.

Gabriela quedó atónita, había estado completamente segura que la elegiría a ella, -¿Dónde había quedado la promesa que hizo hace solo algunos momentos?, al parecer no le importaba o eso creyó Gabriela.

– ¿Qué…!? ¿A dónde vas?… recuerda que es nuestro aniversario, – hizo un último intento por hacerlo recapacitar, no lo logró.

– Lo siento… me dicen que un amigo esta en el hospital… pero no te preocupes… cuando vuelva celebraremos… te lo prometo.

La casada estaba harta, harta de mentira, tras mentira, tras mentira, si quería ir a revolcarse con Lidia no lo iba a detener, era demasiado buena como para rogarle.

– Está bien…, – Gabriela estaba muy molesta, Cesar lo notó e intento abrazarla, ella se negó y caminó cabizbaja hacia su habitación.

Sin más que decir, Cesar cruzó la puerta de salida y la cerró tras de sí.

……………………………..

Pasaron alrededor de 30 minutos desde el incidente con su esposo, estaba allí tumbada boca abajo en la cama, pensando en un aniversario que no celebraría, aunque su marido regresara no lo haría, ella no era segundo plato de nadie. Pensó que fue inútil todo el esmero que puso en verse bonita, a fin de cuentas su marido la había cambiado.

Aun así necesitaba hablar con alguien, desahogar sus sentimientos, lamentablemente no pudo comunicarse con su madre, ni con sus hermanas.

¿A quién acudir?, en esos momentos detestaba no tener amigas, amigas verdaderas, conocía mucha gente, pero eran de esas que cuando todo va bien están contigo y en el momento que algo va mal desaparecen.

Su única amiga, seguramente en ese instante estaría teniendo sexo con su esposo, y ¿si llamaba a su suegra?, se dio un golpe en la cabeza, fue una idea de lo más estúpida, estaba segura que apoyaría incondicionalmente a su hijo, y por alguna razón sospecho que agradecería que saliera con otra mujer. Cogió el teléfono y marco rápidamente, ya sabía a quién llamar, cruzo los dedos.

– Bueno…, – escuchó decir a una voz del otro lado del teléfono.

– Bueno… María…!?

– Si…! soy yo…! ¿Quién habla?, – era difícil escuchar, había mucho ruido.

– Soy Gaby… ¿apoco ya no te acuerdas de mí?

– Claro que si…!!! Hace mucho que te desapareciste…!! Cuéntame ¿qué has hecho!?

Gabriela no tenía tiempo para eso, ni siquiera quería hablar por teléfono, deseaba hacerlo cara a cara, quería desahogarse con alguien.

– Me… me…, – su voz se quebró, – me encuentro mal… necesito a una amiga… ¿podrías venir a mi casa…? por favor…!,- rogaba Gaby entre sollozos y con su dulce voz.

– Tu sabes que yo te quiero muchísimo Gaby, pero en este momento… si me voy de aquí mi madre y mi tía me matan, – a María en verdad le dolía no poder ayudarla.

– Está bien María… no hay problema…, – Gabriela estuvo a punto de despedirse y colgar, cuando al parecer sus sollozos conmovieron mas a María.

– Discúlpame… Gaby soy una egoísta… Si mi mamá con mi tía Ernestina se enojan que me importa, dime donde es y allí te veo…

– No… no tengo nada de que disculparte… A veces creo que todo el mundo gira a mi alrededor, y olvido que otras personas también tienen responsabilidades…, si quieres yo voy para allá… solo será un momento y no te quito de tus responsabilidades.

María terminó aceptando, mataba dos pájaros de un tiro, ayudaba a su amiga y quedaba bien con su tía y su madre, así que le dio la dirección de su casa.

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No fue muy difícil para la casada dar con el lugar, era unas cuadras más lejos de donde estaba el taller de Don Cipriano, aun así ya se notaba que era una colonia pobre, las calles estaban mal pavimentadas, algunas casas no estaban pintadas y otras pintadas con grafitis, en fin era una colonia de mala muerte como se suele decir. Agradeció que María la esperara fuera de su casa, y al ver el lugar supo porque de principio no había querido irse, mucha gente entraba y salía del lugar, hombres, mujeres, niños, ancianos todo parecía indicar que había una fiesta.

Estacionó su camioneta en la esquina, no queriendo que alguien la llamara puso su celular en modo silencio y lo guardó en la guantera, una vez que delicadamente descendió de su camioneta caminó hacia la casa donde María la esperaba.

Lo primero que hicieron al verse fue darse un gran abrazo, a simple vista se notaba que la rubia estaba bastante afligida, ni siquiera esperó a que María la invitara a pasar cuando comenzó a contar sus desventuras.

– Pues que estúpido es tu marido…!, – dijo María quien tomaba de los hombros a la rubia en señal de afecto.

– Muchísimas gracias… en serio no tienes idea lo mucho que agradezco que estés aquí escuchándome…, – las palabras de Gaby rebosaban sinceridad

Sin darse cuenta la noche cayó, habían estado charlando durante un largo tiempo.

– Y discúlpame… por no haberte llamado antes, ahora se quienes son mis verdaderos amigos.

– No tienes porque hacerlo… lo que te hicimos el chango y yo no tiene nombre… comprendo porque no me llamaste antes, – las mejillas de María enrojecieron, señal inequívoca de la vergüenza que sentía al recordar el incidente con su tío.

Ambas terminaron con una gran sonrisa, dando a entender que se perdonaban, que todo quedaba en el pasado.

– Bueno… me voy María…- dijo Gaby sin mucho convencimiento.

– ¿y a dónde iras?

La sexy rubia en verdad no lo sabía, no tenía ganas de regresar a casa y esperar a Cesar, mucho menos le importaba en ese momento celebrar su aniversario.

– Si te soy sincera… No lo sé…

– Te propongo que te la pases aquí… a fin de cuentas esto es una fiesta y tú necesitas despejarte un poco, olvidarte del desgraciado de tu marido, – cada vez que la rubia escuchaba que María hablaba de su esposo, su enojo crecía mas y mas, por lo que terminó aceptando la invitación.

Ambas chicas tomaron dirección rumbo a la casa de María, donde entraban y salían niños comiendo algodones y agarrándose a patadas, al parecer al interior de la casa había mucho alboroto, la música sonaba muy fuerte y las risas de los asistentes no se hacían esperar.

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Don Cipriano estaba sentado en una esquina, vistiendo una camisa de manga larga a cuadros, un pantalón de mezclilla bastante malgastado y unas botas vaqueras, bebía un vaso grande rebosante de vino tinto con frutas picadas, el viejo mecánico estaba visiblemente triste, hacía algunos momentos que discutió con su esposa debido a que el no quiso bailar, no estaba de humor, a decir verdad desde aquella última llamada con Gabriela no tenía humor para nada. En su mente ya se había hecho a la idea de que la espectacular rubia sería suya, se imaginaba convirtiéndola en su juguete sexual y es que aquella noche cuando se la cogió el la notó tan libre, tan entregada, tan sexy, creía saber lo mucho que le había gustado el haberse acostado con él, y ahora no entendía la razón por la cual decidió dejar de verlo.

Escuchaba la música, la cual según él era horrible, ¿Cómo era posible que a los jóvenes les gustara eso?, en sus tiempos en verdad había buena música no esas porquerías de hoy en día. De vez en cuando su mirada se posaba en alguna chica joven que pasaba por allí y porque no en alguna de sus sobrinas que no estaban de mal ver, pero sabe que ninguna siquiera se le acercaba a la rubia, y eso lo enfurecía, saber que nunca tendría la oportunidad de cogerse el apretado culito de la casada, se reprendía enormemente por no haberlo hecho cuando tuvo oportunidad.

– Ya despabílese compadre…, – dijo un viejo quien respondía al nombre de Ignacio, a la vez que le daba un ligero golpe en la cabeza y tomaba asiento junto a él.

– Deja de estar chingando…, – fue lo que el viejo Cipriano respondió, se notaba a leguas lo furioso que se encontraba.

En vez de asustarse por el comportamiento de su compadre, el viejo Ignacio soltó una carcajada, le causaba mucha gracia verlo así.

– A ver… cuénteme ¿Qué le pasa?…, – dijo Don Ignacio sin perder esa sonrisa burlona que le caracterizaba.

– ¿Cómo quiere que este?, si ya te conté que me cogí a la vieja mas buena que te puedas imaginar… y ahora ella no quiere ni verme.

– No te creo we… Te conozco y no me cabe duda que le pusiste los cuernos a tu mujer.

– Shhhhhhttttt… baja la voz pendejo… por aquí anda mi vieja, – Don Cipriano reprimió a su amigo, quien al parecer no le importó la opinión de su compadre y continuó hablando como si nada.

– Jajaja… Como te decía estoy seguro que si te chingaste a una vieja, pero para mí que estabas tan pedo que la viste bien buena… Cuando la neta es que era una pinche gorda flácida…, – volvió a reír.

El viejo Ignacio ya tenía unas copas de más. Cosa que molestaba de sobremanera a Cipriano, siempre que lo hacía se volvía demasiado impertinente y altanero.

– Me vale verga si me crees o no… Estaba riquísima… así que mejor no estés chingando y vete de aquí…

– Tranqui… tranqui… A ver… toma un poquito que te hace falta para desahogarte…, – el viejo Ignacio lo tomó del hombro y acercándose un poco le ofreció de su cerveza, el lo rechazó y siguió tomando su vaso de ponche.

– Mira por allí…, – el viejo Luciano apuntó a unas jóvenes que estaban en la otra esquina, – que tal si vamos con esas chicas y las convencemos de que nos acompañen a algún lugar más tranquilito, – el viejo Ignacio eructó fuertemente, ya estaba demasiado alcoholizado nunca fue bueno bebiendo.

– No seas imbécil… Como ya te dije, mi vieja anda por aquí…, – Don Cipriano entonces repasó con su mirada a aquellas jóvenes que su compadre había señalado, eran unas chicas dentro de lo que cabe atractivas, algo pasadas de peso, sin embargo aun jóvenes y deseables para el sexo opuesto, pero a pesar de todo no se comparaban con Gabriela, con su…! Gabriela.

El viejo incluso llegó a pensar que haber cogido con la sensual casada fue una especie de maldición, de ahora en adelante cualquier vieja le sabría a poco, nadie podía compararse con la sensualidad y con el cuerpazo de aquella mujer que lo tenía loco.

Continuaron hablando sobre lo que comúnmente hablaban, viendo pasar a la gente, viéndolos bailar, tomando como siempre cuando el viejo Ignacio muy sorprendido le habló:

– Mira Cipriano…! mira Cipriano…!!!, – dijo escandalosamente apuntando hacia la entrada, – esa pinche viejota que acaba de entrar…

– De que chingados habla…, – Don Cipriano no terminó la frase, pues volteo hacia la entrada, la vio, a esa mujer que le había proporcionado los mejores momentos de su vida, se veía tremendamente sexi, como siempre, con ese vestido rojo que no era tan corto como quisiera el viejo, pero si era demasiado pegado y resaltaba a la perfección su voluptuosa anatomía, además con esas botas altas, negras hasta las rodillas la hacían parecer una diosa, la diosa de la lujuria.

Le encantaba la manera en que parecía no notar que gracias a ella la fiesta se había paralizado, hombres y mujeres volteaban a verla, obviamente pensaban cosas totalmente diferentes. Los hombres deseando que sus mujeres fueran ella y las mujeres celosas de su belleza.

La veía sonreír, con esa boquita que el viejo estaba seguro había sido hecha para mamar, y no para mamar cualquier cosa sino para mamar su verga. Sin poder evitarlo su herramienta masculina cobró fuerzas al recordar la noche en que aquella sensual casada gemía y gritaba con su herramienta incrustada en la ajustada fisura que ella poseía entre sus piernas, no había duda de lo que tenía que hacer: debía cogérsela de nuevo.

…………………………………………………

El lugar era bastante amplio, más de lo que la rubia creyó antes de entrar, María la hizo pasar por la casa para después dirigirse al patio, que era donde la gente se encontraba reunida, unas doce mesas perfectamente alineadas hacían parecer que había más gente de la que en verdad era, y en una esquina un pequeño espacio donde la gente bailaba alegremente, se percató de que también había una entrada trasera, y de unos cuantos globos pegados a la pared. Sentía que todo mundo la observaba, no estaba muy lejos de ser verdad, pero ella ya estaba acostumbrada, por lo cual trató de no darle más importancia.

María estaba junto a ella, presentándole a mucha gente, la mayoría familiares, tíos, primos, incluso conoció a sus padres, unos señores mayores bastante agradables, no esperaba menos de quienes criaron a tan buena chica como María. Ambas pasaron a sentarse en una de las mesas del final, las cuales estaban pegadas a la pared.

Por momentos María debía dejarla sola, pues era hasta cierto punto anfitriona y no podía dejar sola a su madre con la responsabilidad. La rubia detestaba estos momentos de soledad, lo que menos quería en estos momentos era pensar, quería divertirse, olvidar sus problemas. En su mesa, no había personas de su edad, todos eran ya mayores, y debido a eso no tenía idea de cómo romper el hielo, por lo que esperaba pacientemente a que su amiga regresara.

Fue en uno de estos momentos, cuando se encontraba sola, que un chico se acerco y de manera muy caballerosa la invitó a bailar:

– Di… Dis… culpe… me permitiría esta pieza?, – dijo el chico bastante nervioso, era un muchacho de alrededor de 16 años, algo gordo, alto, con gafas, su cara aun de niño contrastaba con su estatura.

Gabriela soltó una ligera carcajada, le causó muchísima gracia como el chico se dirigió a ella de manera tan correcta, sin importarle que la música era moderna, no necesitaba ser tan formal.

– Claro que si…, – la casada estiró su mano, siguiendo el juego del muchacho, con su encantadora sonrisa, a lo que el joven respondió cogiéndola de la mano y llevándola a la pista.

Ya en la pista, desafortunadamente para el muchacho comenzó a sonar música de banda, la cual se le dificultaba para bailar, si a esto le sumamos lo nervioso que estaba pues, era un desastre en la pista.

– Tranquilízate muchacho… A ver… primero dime tu nombre, – Gabriela se mostraba segura, diferenciándose del joven.

– Arturo…, – respondió secamente el nervioso adolescente.

– Mucho gusto Arturo… mi nombre es Gabriela, puedes llamarme Gaby.

El chico bajó la mirada, asintiendo con la cabeza.

– Para ser un buen bailarín… debes relajarte, – las manos de Gaby cogieron de los hombros al chico, apretándolos, intentando darle valor.

Cualquier hombre en esa fiesta deseaba estar en el lugar de Arturo, tan cerca de la voluptuosa anatomía de Gaby, tan cerca de ese mujerón, pero había algo raro en el chico, en vez de tranquilizarse los roces con la casada lo ponían más nervioso e instintivamente retrocedía.

– ¿Te pasa algo?, – preguntó Gaby.

– Na…nada, -el joven volteaba para todos lados como buscando algo.

– A mí no me engañas Arturo… algo te pasa… cuéntame… Quizá yo te pueda ayudar, – dijo mostrando su encantadora sonrisa capaz de derretir a cualquiera, era impresionante como incluso en ese día que no era precisamente bueno la rubia encontraba un ligero espacio para intentar ayudar. Ese era uno de sus dones, la sinceridad y además saber expresarla y ganar la confianza de la gente en poco tiempo.

– Es… mi novia…, – respondió con dificultad el muchacho, – está atrás de mi y nos está viendo, debe de estar muy enojada.

Gabriela se separó del joven, no quería problemas con nadie, sobre todo porque en esa fiesta era prácticamente una colada.

– No deberías hacerla enojar…, – Gabriela dijo en tono contundente, algo molesta, – te ha de querer mucho.

– No lo creo señora, – a pesar de que Gaby le dio permiso para llamarla por su nombre no se atrevía. -Ayer la vi en el cine besándose con otro tipo, – la cara del joven que hasta ese momento se mostraba seria y nerviosa tomo un aspecto de tristeza.

Gabriela miro a los ojos a Arturo, e inmediatamente se dio cuenta que decía la verdad.

– Deberías dejarla… Te mereces alguien mejor, – la rubia puso su mano en el hombro del joven, en señal de solidaridad. A fin de cuentas ella estaba viviendo algo similar.

– Quiero… quiero hacerlo señora… Pero siento como si hubiera ganado, siento que no le afectaría en lo más mínimo si la cortara… y eso me enoja.

La rubia no entendía que estaba pasando.

– ¿Y entonces?

– Sé que no le importo… lo único que le importa es ella misma… Se cree la más bonita… Entonces la vi a usted… Usted si es la mujer más bonita que he visto, y sabía que si nos veía bailando se moriría de los celos…, su ego se iría por los suelos, – el joven estaba a punto de romper en llanto, – Le pido una disculpa si la estoy utilizando señora.

Gabriela veía con enorme ternura al chico como si estuviese hablando con su hijo.

– No te preocupes… te voy a ayudar… Pero para eso, – Gabriela tomó las manos de Arturo y lo obligó a que la tomara de la cintura, a escasos centímetros de su gran trasero.

La suerte estuvo del lado del joven, pues en ese momento comenzó a sonar una balada romántica.

– Tu solo sigue mis pasos, – susurró Gaby en el oído de Arturo.

Así lo hizo, a pesar de no ser un buen bailarín con el dominio de Gaby se veía decente, su aroma lo enajenaba, hasta ese momento se dio cuenta que estaba bailando con un monumento de mujer. Gabriela, curiosa como suele ser, buscó entre la gente a la chica de la que habló Arturo, hasta que se dio cuenta de quién era la chica, pues esta no dejaba de mirarlos, se notaba en su cara lo molesta que estaba, si debía ser honesta era una chica bastante bonita, la típica chica de porcelana, su cara prácticamente perfecta pero su cuerpo no tan hermoso.

Gabriela en esos momentos sabía que Arturo ya había ganado pues la chica totalmente furiosa abandonó su lugar y salió de la fiesta. Pero Arturo cada vez estaba más enajenado con aquel monumento de mujer, siente sus enormes pechos rebotar contra el suyo, por unos momentos y como sin querer sus dedos bajan más de lo debido rosando aquel espectacular trasero, sin proponérselo su virilidad cobra fuerza, Gabriela lo nota, siente el pequeño bulto que se le forma en la entrepierna.

El joven le cae bien, así que no lo empuja, espera a que termine la canción para hablar.

– Todo salió como querías… Tu novia se ha ido furiosa, – le dijo Gabriela mirándolo fijamente a los ojos, pasando por alto que el chico le repega su pene.

– Ahh… si … mi novia…, – Arturo se sentía tan bien que por un momento olvidó completamente porque hacía aquello, sin embargo volvió a la realidad, pues lentamente Gabriela ya se separaba de él.

– Fue en placer poder ayudarte…, – sonrió coqueta, como despidiéndose para desgracia del joven.

Arturo no quería que todo aquello terminara, pero debía aceptarlo, era lo mejor.

– ¿Puedo pedirle una última cosa?

– Dime…

– Puedo decirle a mi novia que la besé?

Gabriela no podía creer lo que escuchaba, le pareció muy tierno que un hombre pidiera eso, cualquier otro no lo haría, cualquier otro llegaría vociferando que se beso con tal, que se acostó con tal…, eso le agradó, que le pidiera permiso para hablar, pudo ver en su mirada que si le decía que no el chico no lo haría.

– Ummmmmmmmmm…! No sé…!, –Gabriela vio al joven y sabiendo que nunca más lo vería de nuevo aceptó, – está bien…, pero solo eso okay, – con su dedo tocó dulcemente la nariz de Arturo.

– Se lo prometo… No inventaré más cosas, – fue lo último que dijo Arturo, dio media vuelta y se retiró.

-“Que muchacho tan agradable”, – pensaba la casada, ojala que todos los hombres fuesen así, ella también dio media vuelta y se dirigió a su asiento, todo habría sido normal, de no ser que junto a su asiento se encontraba una señora, que mirándola seriamente la esperaba.

– ¿Puedo hablar con usted muchacha?, – preguntó seriamente la señora, la cual era una mujer ya entrada en años, Gabriela calculo que alrededor de los 50, chaparra, canosa, pasada de peso, en fin una típica mujer de su edad.

– Claro…! A sus ordenes señora…!, – la casada tomó asiento, cruzó sus piernas de manera muy sensual y empezaron a hablar.

– Veras niña…, – al parecer la señora no sabía cómo abordar el tema que quería tratar. Sin embargo inhalo aire y dijo: – Varias de las personas que estamos aquí estuvimos hablando y queremos pedirte que te vayas, – dijo la vieja sin siquiera dignarse a verla a la cara.

– ¿Qué…? ¿De qué me habla…? ¿Por qué…?, – la rubia no entendía porque esa señora le pedía eso, si solo hacía 5 minutos estaba en la pista divirtiéndose, y ahora sostenía una conversación de lo más extraña con una mujer que acababa de conocer.

– Nada personal chica… pero tú y yo sabemos que haces aquí…, y no te vamos a dejar.

– En verdad no tengo idea de que me está hablando señora, – Gabriela se mostraba tensa, preocupada, pero a la vez serena quería saber a qué se refería.

– Muy bien, quieres que me baje a tu nivel y lo diga con todas sus letras… bien así lo haré… lo único que una mujer como tu puede estar haciendo aquí es buscar macho… Y no de a gratis, sino por una cantidad, – la señora levantó su mano y con sus dedos empezó a moverlos, dando a entender que se refería a dinero, la vieja continuaba, – doy gracias a dios que ese pobre muchacho con el que hablabas sea pobre de lo contrario estoy segura que no te habría importado que fuera menor de edad.

– Jajajajajaja…!!!, – rio Gaby, a pesar de sentirse ofendida no lo pudo evitar, no había dado motivo alguno para que pensara eso, llegó a la conclusión de que las personas a las que se refería se trataban de mujeres, mujeres casadas, celosas e inseguras.

– No es motivo de risa nena… lo digo en serio… A leguas se te ve la clase… esa manera de menear las caderas… esa altanería que solo demuestran las zorras.

Gabriela no podía creerlo, había encontrado a alguien igual de odiosa que su suegra, de hecho se parecían bastante, usaban expresiones similares, se creían dueñas de la verdad absoluta, primero acusaban y después hacían preguntas, por un momento creyó estar frente a ella.

– Le informo señora… que María… la hija de los dueños de esta casa fue quien me invitó… Y hasta que ella no me corra no me voy a ningún lado… Entendido?, – Gabriela lanzó una mirada retadora, desafiante.

– Me da igual lo que hagas… siempre y cuando no te metas con mi marido, -la señora entonces se levantó de su asiento y colocándose frente a la rubia dijo en voz baja, pero lo suficientemente fuerte como para que con el ruido Gabriela entendiera, – PUTA…

Esto si la hizo enfurecer, conque derecho la llamaba así, de cuando acá el ser una mujer atractiva se convirtió en sinónimo de puta.

– Señora…. Ya sé lo que voy a hacer… acérquese…, – decía la chica con una sonrisa burlona en su cara, mientras con un dedo hizo la seña a la señora de que se acercara, cosa que hizo, no sin esfuerzo…

– Voy a averiguar con María quién es su maridito… y le voy a dar la cogida de su vida, – dijo Gabriela, cogiéndose el pelo, con su sonrisa coqueta, sin intención de cumplir su amenaza, solo quería enfurecer a esa señora, quien separándose de la chica dijo unas últimas palabras que no entendió debido al ruido y se alejó de allí.

– “Vieja amargada”, -Pensaba, quizá era mejor retirarse, llevaba algún rato sin ver a la única cara conocida que tenía en la fiesta, debía estar muy ocupada haciendo otras cosas, pero no quería sentir que esa horrible mujer ganaba, además estaba el hecho de que no quería ver a Cesar, no hasta decidir qué hacer, afortunadamente María no tardó mucho en volver y hacerle compañía.

– Veo que ya conociste a mi tía Ernestina, – dijo María, mientras entregaba un botella de cerveza a la rubia.

– ¿Esa señora era tu tía?, – preguntó Gaby, tomando la botella que le ofrecían sin darse cuenta de lo que era, algo decepcionada, como era posible que alguien tan buena como María tuviese un familiar así?.

– Así es…, es esposa de mi tío Cipriano, – María no se dio cuenta de el impacto que tuvieron estas simples palabras en su amiga, ella nunca supo lo que pasó después de contarle a Gaby sobre el plan de su tío, creía que ella simplemente dejó de frecuentarlo, la rubia acertadamente pensó que la pobre María ni se imaginaba que ella (Gabriela) con su tío Cipriano ya habían cogido.

La casada intentó aparentar calma, no lo logró muy bien, afortunadamente María estaba más ocupada viendo a las parejas bailar que no se dio cuenta.

– ¿Y tu tío… donde esta?, – le consultó la rubia algo curiosa y a la vez para aparentar normalidad.

– Por aquí anda…, – entonces María posó su mirada en Gabriela, – si te sientes incomoda… podemos ir a algún otro lugar, – propuso.

– No… no hay problema, – y en ese momento se dio cuenta que esas palabras dichas tan a la ligera eran verdad, ahora que reflexionaba se daba cuenta que la única razón por la que temía a aquel hombre, era su marido Cesar, se sentía tremendamente culpable por haberle fallado como esposa, pero ahora que sabía que su maridito no era tan santo como creía pues gran parte de sus miedos habían desaparecido.

– Qué bueno… porque esta fiesta apenas empieza… salud amiga, -dijo María, levantando su botella, queriendo hacer un brindis chocándola con la de la rubia.

Fue en ese momento que Gabriela se dio cuenta que en su mano tenía una botella de cerveza, no le gustaba beber.

– Lo siento María… pero yo no bebo, – dijo la rubia dejando la botella en la mesa.

– Ándale, no seas aguafiestas… necesitas despejarte y créeme no hay nada mejor para olvidar tus problemas que esto, – María cogió la botella de la mesa y la extendió hacia la sensual rubia.

– Pero es que…, – trato de protestar, pero su amiga no se lo iba a permitir.

– Nada… nada, y como dice el refrán… una al año no hace daño… además yo te cuido.

Gabriela vio el rostro de su amiga y notó sinceridad en sus palabras, tenía razón necesitaba despejar su mente, así que se la quitó de la mano y chocándola con la de María le dio un gran trago.

…………………………………………………………

Volvamos un poco en el tiempo, cuando Don Cipriano vio aparecer en esa fiesta a la mujer que protagonizaba sus fantasías más perversas, no se lo creía, se tallaba los ojos pensando que tal vez debido al deseo de volver a poseerla comenzaba a imaginar, pero su amigo corroboraba lo que veía.

– No mames cabron… pinche güerota esta re buena… – dijo Ignacio, este prácticamente gritaba, no importándole que la gente pudiera escucharlo, sin despegar su boca de la botella de cerveza.

La mente del mecánico comenzó a volar, al verla allí supo que tenía una nueva oportunidad de cogérsela, a la mierda con su esposa, con su familia, con sus amigos, esta era una oportunidad que no dejaría pasar.

Sin decir palabra alguna el viejo se levantó de su asiento, y fue a la puerta trasera, salió mientras su compadre lo veía extrañado, pero no le importó a fin de cuentas tenía todo lo que necesitaba allí, cervezas, una maravillosa vista y una buena música, el sueño de cualquier borracho, ese mismo borracho minutos más tarde caería dormido allí mismo.

Lo primero que debía hacer era averiguar que hacia allí, se imaginó que se quedaría por algún tiempo, pues iba muy arreglada, aun así debía estar seguro. Al salir de la fiesta, regresó, solo que esta vez lo hizo por la puerta de enfrente, creía que si Gaby lo veía, podría asustarse y a la mierda con sus planes. Se quedó por un momento expectante, tenía que hablar primero con María, y averiguar todo lo que pudiera, así que sacó su teléfono y le marcó indicándole que la esperaba en la entrada.

Esto le pareció extraño a María, pues su tío siempre fue bastante tacaño, y era raro que gastara saldo cuando pudo entrar y llamarla personalmente, de igual manera obedeció, pues era anfitriona.

– Dígame tío…, – dijo María al llegar.

Sin perder tiempo ni andar con rodeos el caliente viejo comenzó a hablar.

– ¿Qué está haciendo aquí Gabrielita?, – preguntó visiblemente emocionado.

– Pues… Esto es una fiesta…, -María ya sabía más o menos a lo que quería llegar su tío, para ella no era ningún secreto las ganas que le traía su viejo familiar a la rubia, pero no sabía que ya habían tenido relaciones.

– Necesito tu ayuda…, – el viejo volteaba para todos lados buscando que no fuese a llegar Gaby y lo viera antes de tiempo.

– ¿Para qué?.

– No te hagas la pendeja María… la quiero meter en mi cama, – le decía el viejo bastante molesto, tener a aquella Diosa tan cerca y a la vez tan lejos, era algo que no toleraba.

María se encogió de hombros ante el grito de su tío, era un estúpido si creía que le entregaría a su amiga.

– Nooo…, lo siento… pero no…, – María se notaba asustada, pero a la vez firme en su decisión.

No solía pensar mucho en esa tipo de cosas, pero para el viejo María era su sobrina favorita, no le gustaba hablarle de esa manera, pero debía intimidarla, debía jugar chueco.

– Mira sobrinita… te lo pongo de esta manera…. O me ayudas o le quito el trabajo a tu noviecito, – el viejo la miraba con actitud dominante.

– ¿Queee?, – María no creía lo que acababa de oír, la madre de Francisco aun estaba en el hospital, y si lo despedía estaba segura de que Francisco no podría encontrar otro trabajo para pagar el hospital, miró fijamente a su tío y vio en su rostro la determinación de alguien que está dispuesto a cumplir su amenaza.

– ¿En verdad sería capaz de matar a alguien por…?, – ni siquiera pudo terminar la frase, se sentía asqueada, sintió miedo, miedo de lo que los hombres eran capaces de hacer por una mujer.

– Será mejor no averiguarlo… pero solo si me ayudas…

Debía elegir, entre prácticamente matar a una persona o entregar a una mujer que ella aun consideraba fiel, y no cualquier mujer, sino una amiga, era una decisión difícil, pero para su fortuna su mente se iluminó al recordar la conversación que tuvo con Gaby al llegar, su marido estaba en ese momento engañándola con otra, ella era partidaria del ojo por ojo, así que decidió hacer lo que su tío le proponía, pero aun se sentía mal.

– Está bien tío… ¿qué quiere que haga?, – a pesar de las excusas que se daba María aun sentía que la traicionaba, pero no tenía de otra,

– ¿Sabes si es buena para beber????, -le pregunto el viejo en forma desesperada.

…………………………………………………………………….

Gabriela llevaba bailando con un sujeto alrededor de 15 minutos, sin darse cuenta ya había tomado algunas cervezas, no se podía decir que estuviese ebria, sin embargo eso contribuía a que se sintiera más relajada, más divertida, e incluso más atrevida. Aquel tipo por momentos como no queriendo la tomaba del trasero, ella podía sentir que esto no era accidental, sin embargo no lo detenía, en parte porque así se bailaba y en parte porque ese tipo era un buen bailarín y se estaba divirtiendo.

Veía como su amiga María, quien se supone debía estar cuidándola se besaba apasionadamente con un tipo que no era su novio, aunque esto era claramente debido a la cantidad exagerada de alcohol que ingirió, parecía una muchacha tan frágil, tanto que no imaginó lo buena que era para beber.

– Lo siento ricura… Me tengo que ir…. Mi esposa me espera….- dijo el hombre separándose, mientras discretamente sacó una tarjeta de su bolsillo, y volteando a ambos lados para estar seguro que nadie lo viera, y menos su mujer, se la dio a Gaby, – llámame cuando estés aburrida.

El hombre comenzó a caminar, y cuando estuvo a punto de perderse entre la poca gente que quedaba en la fiesta volteo a ver a Gaby quien aun estaba en la pista. La casada rompió la tarjeta, y la arrojó a la basura, ese hombre era buen bailarín, pero era horrible, jamás en su vida lo llamaría, regresó a su asiento en la mesa. De la fiesta lentamente la gente comenzaba a retirarse, hasta el punto de quedar pocas personas, se sentía un poco mareada, había perdido la noción del tiempo.

Su amiga en el rincón contrario a donde se encontraba Gaby se besaba con un tipo que acababa de conocer, Gabriela no lo podía creer, se veía tan modosita, tan seria que ahora que la veía allí, agasajándose con un sujeto cualquiera no se la creía. Estaba preocupada, preocupada de que sus padres la vieran y la reprendieran, era una escena bastante caliente, tenía que detener eso, estaba segura que unos minutos mas y su amiga aceptaría ir a algún otro lado con aquel tipo.

-“Amiga… se suponía que tu debías cuidarme”, – pensaba la rubia sonriendo, sin darse cuenta de cuando la figura de un hombre se sentó junto a ella.

– Hola ricura…, – dijo Cipriano quien confiando en que tal vez el alcohol ya hubiese hecho efecto se dio valor y se encontró con la rubia.

Fue una sorpresa encontrarse con ese hombre, aunque María ya le había dicho que estaba en la fiesta al no verlo durante toda la noche pensó que quizás se había ido, sin embargo a pesar de la sorpresa su sobresalto fue mínimo, en verdad no tenía motivos para temerle, y además pues con unas cervezas de mas todo se ve diferente.

– Hola… – respondió a secas la rubia, intentando no dar importancia a aquel hombre sin despegar la mirada de su amiga.

– ¿Quién viera a mi sobrinita…?, parece que se lo va a comer…, -Don Cipriano apunto hacia donde estaban los dos besándose, y era verdad, María lamía con desesperación la boca de aquel individuo.

Gabriela pensó lo mismo, y sin poder evitarlo soltó una ligera risa, que el viejo tomó como una aprobación para él seguir allí.

– ¿Cerveza?, – el viejo estiró su mano donde llevaba una botella.

La mareada rubia de reojo puso atención que a parte de la botella que le ofrecían, don Cipriano en otra de sus manos mantenía otra botella obviamente para él, o sea, aquel encuentro no era fortuito, pensaba la rubia para sus adentros, el viejo con toda seguridad la había estado mirando quizás desde hace cuanto rato hasta decidirse ir a hablarle llevando cervezas para ambos, extrañamente ese detalle como que le gustó, y sin decir palabra alguna Gabriela la tomó y comenzó a beber.

– Te ves mas buenota que la última vez que te cogí…- se aventuró a decir el viejo, al oído de la rubia, valiéndole un sorbete que su esposa estuviese por allí, y de hecho la señora Ernestina no perdía detalle de como su marido le hablaba al oído a aquella mujer que había llamado puta.

– ¿En serio?- preguntó coquetamente la rubia, después de lo pasado ese día con su esposo se sentía con derecho a jugar, a dejarse llevar un poco, o quizás hablaban por ella el alcohol que injirió.

La habilidosa mano de Don Cipriano se poso en la rodilla de la chica, tomando valor gracias a que su mesa estaba pegada a la pared, y al tener manteles lagos nadie podía ver lo que hacía.

– Ya va a empezar usted de mano larga… jijiji, – rio nerviosa la chica, retirándole la mano, el simple contacto había hecho que su piel se pusiera de gallina recordando la noche que pasaron juntos, además que después de todo ellos ya habían intimado que mas daba una simple tocada en sus piernas?, se decía.

– Es que no puedo evitarlo… eres una diosa… Daría todo mi dinero por cogerte otra vez, – nuevamente la mano de Cipriano se posó en la rodilla de la chica, solo que esta vez la masajeaba fuertemente y subiéndola al inicio de su suave muslo, evitando así que se la pudiera retirar, cosa que esta vez la rubia no pensó en hacerlo, solo lo dejaría un rato.

– Ay si… A ver démelo todo, – dijo Gaby incrédulamente.

– Por supuesto… vámonos a lo oscuro y te la dejo ir todita…, – dijo Cipriano en doble sentido, a lo que la casada no pudo más que reír, le sorprendía el ingenio que manejaba el viejo.

– Es usted un pelado…, – dijo Gaby tratando de reprender al viejo, pero su sonrisa no le permitió sonar intimidante.

Cada vez sintiéndose más confiado la mano de Don Cipriano subió un poco, ahora abiertamente masajeaba su muslo, sentía su tersa piel, y lo fuerte que tenía la pierna debido al ejercicio. La chica ahora si intentaba retirarla, pero sus esfuerzos eran en vano, quizás debió levantarse pero no quería hacer un escándalo, o quizás era que se la estaba pasando bien, de cualquier forma seguía allí, coqueteando con el hombre que la tuvo ensartada semanas atrás.

– ¿Dónde está tu marido?, – preguntó el viejo Cipriano, quien ya sabía la respuesta, María le contó lo que sucedió con Cesar y el viejo tenía planeado usarlo a su favor, sabía de lo que era capaz de hacer una mujer despechada.

– Probablemente teniendo relaciones con mi ex mejor amiga, – al parecer el alcohol también estaba haciendo que Gaby se sincerara, ese dato era bastante intimo y lo contó demasiado a la ligera, le dio otro trago a la botella, sin inmutarse.

– Que pendejo… teniendo a semejante viejota, eres una tremenda hembra reina, de verdad que no entiendo a ese idiota, – la mirada del mecánico reflejaba lujuria, una lujuria que inundaba su ser.

Por otro lado el morbo ya recorría el sensual cuerpo de la casada, era bastante evidente que estaba caliente por el solo hecho de que la mano del viejo que se la había cogido ya en una ocasión cada vez subía mas, en ese momento jugaba con su pequeña ropa interior, pensaba que solo era cuestión de tiempo para que avanzara hacia su intimidad, no intentó detenerlo, por el contrario abrió un poco sus piernas para facilitarle la entrada.

– Así me gusta pendejita, – dijo el viejo al notar como la chica dejaba de oponer resistencia.

– Ahhh…, – fue el ligero sonido que Gaby dejo escapar, al momento de sentir los callosos dedos del viejo que jugaban con sus labios vaginales apretándolos ligeramente.

Gaby no podía resistirse, la escena le parecía de lo más ardiente, por momentos abría sus ojos solo para ver como su amiga cada vez estaba más cariñosa con aquel sujeto, y esos dedos que la estaban volviendo loca, en esa fiesta, aun con gente, ¿Dónde estaba esa Gaby que jamás permitiría que alguien que no fuera su marido la tocara en su intimidad, y menos en un lugar público?, probablemente se fue cuando descubrió que su marido y mejor amiga la engañaban.

Sintiendo que otra vez la tenía en sus manos, el viejo le propuso que se fueran:

– Vámonos a otro lugar… a charlar, – dijo Cipriano, intentando convencerla, a lo que Gaby no respondió, se lo estaba pasando bien allí.

El viejo no cesaba en los jugueteos con la vagina de Gabriela, ahora los metía y sacaba rápidamente, queriendo excitarla más y que ya no se resistiera.

En eso una voz femenina los sacó del trance en el que estaban.

– Cipriano ¿qué estás haciendo?, – dijo la vieja Ernestina molesta, desde el otro lado de la mesa, en ese lugar no era capaz de ver que su marido masturbaba a la rubia, sin embargo se percató que estaban muy juntos.

Inmediatamente el viejo detuvo su labor y retiró su mano de la intimidad de Gaby, ella se dividía entre el alivio de que ya no la tocara y la frustración de querer seguir experimentando esas sensaciones.

– Cariño… ¿como estas?… mira ella es Gaby… Es la antigua edecán del “Pie grande”… y me pasé a saludarla, – quien hubiese imaginado que ese viejo tan ordinario, tan macho, y tan varonil sería un mandilón de primera, a leguas se veía lo nervioso que estaba.

La rubia, aun con su reparación agitada vio a aquella vieja fea, recordó lo mal que la trató sin siquiera conocerla, vio el tremendo parecido con su suegrita y entonces le vino a la mente, las palabras que le dijo momentos antes “me voy a coger a tu marido”, ¿sería tan malo volver esas palabras realidad?, pensaba en Cesar, cuando volviera a verlo quería poder decirle a la cara, si tú me engañaste en nuestro aniversario yo también, pensaba en esa vieja, quería darle una lección, y lo más importante pensaba en ella misma, desde la vez que probó a ese hombre supo que le encantó hacerle el amor, y ahora sí que tenía una buena excusa para repetir, iba a aprovecharla.

– Aja… si claro, – decía incrédula la señora – vámonos a casa, ya es tarde…, – ordenó tajantemente.

– ¿Qué hacer?…, – se preguntaba Cipriano, por un lado no quería desobedecer a su esposa, ella era la verdadera dueña del taller, y sabía que era capaz de divorciarse si algo no le parecía, en ese caso se quedaría en la calle, pero por el otro veía a la espectacular rubia allí, tenía tantas ganas de cogérsela de nuevo, en ese momento un pequeño incentivo le ayudo a decidir. La delicada mano de la rubia se coloco en la pierna del viejo y comenzó a darle ligeros apretones, masajeándola, como dándole a entender que no se fuera porque lo mejor vendría pronto.

El viejo incrédulo ante esto volteo a verla, mientras ella le regresaba la mirada con una sonrisa picara, coqueta provocativa.

– No… tengo unos asuntos pendientes con esta chica…, – respondió secamente Cipriano, disfrutando de las caricias.

– Mira pendejo… Vámonos o ya sabes de lo que soy capaz, – le amenazó la vieja, imaginando a que se refería con lo de “asuntos pendientes”.

– No me jodas estúpida…! Vete para la casa sola, o tú te vas a enterar de lo que yo soy capaz…!, – esta era la primera vez en toda su vida que Cipriano amenazaba a su mujer, ella se asustó, el hombre fue tan convincente que a ella solo le quedó bajar la cabeza y obedecer.

No quería armar un escándalo, se sentía humillada, odió que le hablara así, pero lo que más detestó fue ver la cara de esa mujer rubia quien esbozaba una sonrisa burlona como diciendo “te dije que me voy a acostar con tu marido”, sin más se retiró de allí, mientras a sus espaldas escuchaba las risas de ambos.

Apenas el viejo perdió de vista a su mujer volvió al ataque de la escultural casada:

– Ya no aguanto… vámonos de aquí, – susurró el viejo al oído de Gabriela.

– ¿Para qué?… jijiji, – reía la casada aun masajeando la pierna del viejo.

– Para charlar claro…

– ¿Y de que hablaríamos?, – preguntaba Gaby, con ese acento que a veces usaba de niña ingenua.

– Pus no se… quizás de lo bien que cogimos la otra vez… o no se… pero qué tal si lo averiguamos cuando estemos solos putita…, – a la rubia le calentaba escuchar ese tipo de insultos, el viejo ya se había dado cuenta y pensaba aprovecharlo.

Por un momento se quedó pensativa mientras se preguntaba si en verdad estaba dispuesta a volver a acostarse con ese viejo horrible.

– Ummmmmmmmm…!!! Está bien…!! Pero solo vamos a hablar…, – decir eso reconfortaba a la inquieta casada, aunque en el fondo ambos sabían que solo eran patrañas y que de cualquier forma habían muchas posibilidades de que lo volvieran a hacer.

Cipriano no creía lo sencillo que fue convencerla, pensó que sería más difícil, agradeció enormemente que el pendejo de su marido la engañara eso facilitó las cosas.

Gabriela se levantó de su asiento, y tomando de la mano al viejo ínsito a que la siguiera, el lo hizo sin protestar, a la vez que tenía su mirada clavada en el espectacular par de nalgas que tenía frente a él, no pudo evitarlo y con la mano que tenía libre le propinó una gran nalgada, que resonó en todo el lugar, para que quienes lo vieran salir con ese pedazo de hembra todos ellos supieran que de alguna forma ella le pertenecía.

Los pocos asistentes que aun quedaban vieron estupefactos esto, creyendo que la rubia reaccionaría agresivamente ante la sonora caricia, sin embargo su sorpresa fue mayor cuando ella simplemente rio de una manera muy sensual y siguió caminando.

De repente al percatarse que María aun se seguía agasajando con el mismo tipo, le pidió a Don Cipriano si podía meterla al interior de la casa para que durmiera, María estaba muy ebria y era su amiga no quería que alguien se aprovechara de ella. No quería que engañara a su pobre novio, que a pesar que no le agradaba mucho (por lo que le hizo), pues sabía que María se sentiría mal por una estúpida borrachera.

En ese momento el viejo haría cualquier cosa que la rubia le pidiese, así que fue, se la arrebató a aquel sujeto, no sin que este no se molestara, la metió a la casa, para después salir, reencontrarse con la casada, y ahora si salir por la puerta trasera.

……………………………………………………………………………

El viejo Cipriano abrió la puerta de su oficina (en el taller), había logrado convencer a Gaby que fueran allí. Era la primera vez que la casada entraba en esa oficina, durante el tiempo que trabajo allí nunca lo hizo, el viejo prendió la luz interior que era débil y amarillenta, y por primera vez Gaby se dio cuenta del horrible lugar que era.

Era demasiado extraño que en una oficina hubiese una cama, y no un escritorio, estaba pegada en la pared, y estas se encontraban totalmente cubiertas con muchos posters de mujeres semidesnudas y otras completamente desnudas y abiertas de piernas mostrándolo todo.

Esparcidas por todo el suelo había botellas y latas de cerveza, e incluso uno que otro preservativo usado, junto a antiguas revistas de comics porno mexicanos, alcanzó a leer en algunas “las chambeadoras”.

– Ponte cómoda nalgona, – dijo el viejo, separándose de la chica para ir a una esquina donde estaba un pequeño refrigerador, lo abrió e inspeccionó.

La rubia al no ver alguna silla, procedió a sentarse en la angosta cama la cual rechinó grotescamente debido a los gastados resortes de esta.

– Un lugar acogedor…- dijo Gabriela mientras sus manitas alisaban su rubio cabello, una costumbre que tenía cuando ella estaba nerviosa.

– A “cogedor” es la palabra…, – dijo el viejo riendo, a la vez que sacaba lo que parecía ser la última cerveza, para después sentarse junto a la casada.

– Usted siempre con sus albures señor…, – dijo coquetamente Gaby.

El viejo no respondió a eso, en su lugar cayó a la chica dándole a beber de su cerveza, ella dio un gran trago.

– Ahhhh… creooo… que me quiere emborrachar Don… jijiji- sus manos limpiaron las gotas que se le escurrieron de sus labios.

– No mamasita… Lo que quiero es cogerte…, -la excitación que sentía el viejo estaba por los aires, y ese pequeño juego que se traían lo volvía loco, – ve nomas lo que ocasionas…, – el viejo posó su mirada en su pantalón, mientras la chica seguía su mirada.

Era verdad, debajo de su pantalón de mezclilla se notaba el gran bulto.

– ¿Yo ocasione eso?, – decía coquetamente Gaby, dándole una ligera palmada en la rodilla, y mirándolo provocativamente.

– Claro que si… con ese vestidito… la manera en que te mueves… me sorprende que tu maridito te deje salir así por la calle, – nuevamente sus manos comenzaron a masajear las piernas de Gaby.

Gabriela no quería que la conversación girara hacia Cesar, en ese instante era lo último que deseaba, lo último que quería… Se levantó de la sucia cama, y paseo por la habitación, mientras el viejo mecánico esperaba, bebiendo su cerveza, disfrutando del sensual meneo de caderas y bamboleo de nalgas de la rubia.

– Lindas imágenes…, – dijo la casada refiriéndose a los posters en la pared de mujeres, en otras ocasiones le parecerían vulgares, pero no ahora, ahora tenía ganas de divertirse.

Puso especial atención en una imagen de una mujer que estaba sostenida de cabeza totalmente desnuda en una mesa, mientras hombres parecían aplaudir tras de ella.

El viejo notó ese interés, por lo que muy seguro dijo:

– Es una taibolera… de esas viejas que menean las nalgas por dinero… jajaja… me parece que tú también eres buena para eso, te caería re bien ese tipo de trabajo, Jejeje…

– ¿Usted cree?…, – la rubia posó sus manos en su grande trasero, se veía alegre, juguetona, traviesa.

– Por supuesto… es más… que tal si bailas un poquito para mi, reina?

Por un momento Gaby no respondió, mordía su doblado dedo índice con su boquita de rojos labios sensuales lo cual la hacía verse tremendamente deseable, pensando si hacer o no lo que le pedía el viejo.

– Ay no como cree… nunca he bailado así… Además que para eso se necesita música, – Gabriela no estaba muy convencida, una parte de ella se negaba, pensando que podía hacer el ridículo, pero la otra quería hacerlo, quería sentirse sexi, deseada, no importándole que solo la viera Don Cipriano.

– Por eso no te preocupes mamasita…, – el viejo se levantó de la cama y de debajo de esta sacó una vieja grabadora a cassette, bastante gastada y sucia, pero que aun funcionaba para sus propósitos.

– ¿Entonces qué chamaca… te animas?, – preguntó el viejo sacando un billete de 20 pesos y mostrándoselo, esto provocó una risa en Gaby.

– Está bien Don… ¿pero no le parece que me merezco más que 20 pesos?, – preguntó la rubia con esa sonrisa que invitaba al pecado.

– Te mereces esto y más putita… Pero primero debo ver el show… jajajaja- la estruendosa risa del viejo resonó en todo el cuarto, – además que como nosotros dos ya lo hemos hecho antes debes cobrarme más barato no crees?, -le seguía diciendo a la misma vez que le mostraba el arrugado billete.

En verdad a Gaby le valía un sorbete el dinero, lo que en realidad quería era jugar, divertirse, pasársela bien sin recordar nada de lo vivido ese día y hasta el momento lo estaba logrando.

-De verdad quiere que le baile solo por 20 pesos…?, – a la rubia le morboseaba jugar a ser la puta del vejete ya que así ella lo sentía en aquel momento, jamás en su vida había pasado por su mente bailar por dinero, y menos por tan poco, tan barato, pero ese al ser solo un juego la estaba calentando de sobre manera,

– Siiii… mami… si bailas y te portas bien te daré más dinero, jejejeje…, -el viejo estaba que enloquecía de calentura.

En ese momento comenzó a sonar la música, reggeton, Cipriano siempre la odió, le parecía estúpida y sin sentido, pero en ese momento agradeció pues Gabriela lentamente comenzó a menear sus caderas. El viejo entonces se acomodó en la orilla del colchón, disfrutando del espectáculo.

Gabriela se movía como una profesional, por momentos sus movimientos eran lentos, sexis, y por otros aceleraba el ritmo frenéticamente, mientras sin quererlo su vestidito se le subía un poco dejando a la vista del viejo por momentos esa zona donde las piernas continúan con las nalgas.

Gira, y gira, levanta sus brazos, toca su cuerpo de manera muy sensual, se siente, sexi, provocativa, deseada y quiere que el viejo también se caliente, lo logra pues se da cuenta como Don Cipriano frota su miembro por encima de su pantalón.

La casada camina lentamente hacia él, se da media vuelta, agacha la mitad de su cuerpo, de esta manera sus impresionantes nalgas quedan a escasos centímetros del rostro del viejo, el no aguanta, y con cada mano toma cada nalga de la chica, para después intentar besarlo como tanto lo ha deseado. Lo hubiese logrado de no ser porque Gaby fue más rápida, se separa unos metros, y sonriendo mientras con su dedo índice lo menea de forma negativa.

– No… no… no…! Recuerde que nada más se mira… no se toca, – Gabriela seguía sin perder el ritmo.

Esto no agradó mucho al mecánico, pero lo dejo pasar, la dejó llevar la situación por el momento, a fin de cuentas sabía que si estaba allí con él era porque ya había ganado. En tanto Gabrielita cada vez se volvía más atrevida, si hasta ya se agarraba sus pechos con ambas manitas y se los masajeaba, por instantes jalaba su vestido para arriba, para después volver a bajarlo dejando su trasero a la total vista de Don Cipriano.

No importando que ya lo ha visto antes es imposible no maravillarse ante esa visión, a pesar de su tamaño, está completamente limpio, sin rastro alguno de imperfecciones, y no solo eso también ve los grandes melones, que suben y bajan debido a lo bien que baila su dueña.

La sonrisa de Gabriela no se hace esperar, sabe que ese hombre la desea con todo su ser, y ella ya no puede ni quiere negarlo. Ella también lo desea. Por momentos su hermoso cabello dorado le impide la visión, a lo que muy sensualmente se lo retira de sus ojos. Nuevamente la rubia se acerca, coloca una de sus espectaculares piernas al lado de Don Cipriano quien no puede creer lo que está pasando. Sin perder su coqueta sonrisa ni el ritmo de la música, toma el cierre de su bota y lo desliza hacia abajo..

El viejo toma su mano y le dice:

– No te las quites… te ves bien buenota así… en un ratito te las quitaré yo mismo…

La rubia sonríe y vuelve a subir el cierre, si al viejo le gustan y quiere ser él quien se las quite en un rato, por ella no hay problema.

Entonces vuelve a separarse de él y continúa bailando, dándole la espalda tocándose sensualmente.

– Mucha ropa…! mucha ropa…!!, – gritaba el viejo sin dejar de masajear su verga por sobre la tela de mezclilla.

La casada sabe que el viejo tiene razón, ha llegado el momento de despojarse de su vestido, ese vestido que compró especialmente para tener una cena romántica con su marido, aun así comienza a sacárselo eso si muy despacio para que el viejo se caliente mas, y claro que lo logró, ya que don Cipriano al notar que el vestido ya había pasado de la cintura para arriba estiró sus dos manos encajándole el arrugado billete de 20 pesos contra el elástico de su diminuta ropa interior y sus suaves carnes de la cadera.

Gabriela a sabiendas que de alguna forma y con juego y todo el vejete ya le había pagado lo pactado por aquel erótico baile estuvo a punto de quitarse el vestido, sin embargo cuando ya lo llevaba a la altura de sus pechos la música dejo de sonar.

– Lo siento Don… pero ya le dije que sin música yo no bailo, jijiji- para posteriormente regresar su vestido a su posición y acercarse un poco al viejo, el billete aun se mantenía atrapado en su baja ropa interior.

El aguante de don Cipriano había llegado al límite, la cogió de la mano y forzándola la acercó ubicándola frente a él, poniendo más fuerza aun la obligó a que se sentara en sus piernas, quedando ella encima de él con sus piernas abiertas sintiendo el miembro del hombre en su vientre plano, su vestido en forma automática se le subió a la altura de su cintura, ambos estaban con sus rostros a escasos centímetros.

– Muy bien pendeja… Si no quieres bailar que quieres hacer?, – Las manos del viejo se habían metido por debajo de la tela del vestido y jugaban con la espalda de la chica, le encantaba la curva que ahí existía cuando las pasaba por sus caderas y bajaban a su trasero.

– No se… Usted me dijo que veníamos a hablar, – dijo Gaby fingiendo ingenuidad, intentando que ahora fuera él quien tomara la iniciativa.

Y así lo hizo, cuando tomándola con una mano la beso larga y duramente.

Gabriela sentía la rasposa lengua del viejo que buscaba los lugares profundos de su dulce boquita otra vez profanada, y los encontraba. La excitada hembra cerró sus ojos para abandonarse a aquel hombre. Sus lenguas se mezclaron nuevamente, solo que esta vez lo hacán de manera más frenética, la rubia distinguía el olor a alcohol que emanaba el viejo, o quizás aquella emanación era de su boca, no lo sabía, pero ya no le desagrada. Sus manos que hasta ahora se encuentran en el colchón suben y toman la cabeza de Cipriano con la sola intención de hacer mas efusivo aquel adultero beso con lengua, luego de un rato es el mismo don Cipriano quien toma las manos de la chica y las lleva hacia su miembro obligándola a que se lo masajee por encima del pantalón.

Incluso al sentir esa verga por encima del pantalón, su corazón se acelera al recordar lo que la hizo gozar la vez en que se habían acostado, y por sobre todo, lo que la haría gozar ahora. En el cuarto se respira sexo, está en llamas y aún faltaba lo mejor.

Gabriela de un momento a otro se despegó de aquel salvaje beso, necesitaba respirar, sus tetas subían y bajaban aplastándose con el pecho del viejo. Pero Don Cipriano aun no estaba satisfecho, por lo que otra vez la asalta besándola en forma apasionada y caliente esta vez por el cuello de la casada, por momentos dejaba de hacer esto para darle pequeños mordiscos en la oreja.

– Tie… tiene condones…!?, – pregunta Gaby sin dejar de masajear el miembro del viejo, ella ya quería acción.

– No…! no necesitamos condones mamasitaaaa… así al raz…

La rubia en ese mismo momento dejo de masajearlo.

– O lo hacemos con preservativo, o me voy…!, – sonó muy convincente, tanto que el viejo la pensó.

Gabriela por su parte a pesar de las ganas que tenía que la verga del viejo estuviera nuevamente entre sus piernas, no quería que todo eso se le fuera de las manos, no quería quedar embarazada de ese horrible hombre.

Era verdad que el viejo podría obligarla a tener relaciones sin condón, pues era más fuerte que ella, este mismo dudaba que la rubia pudiera acusarlo de violación, mucha gente los había visto muy cariñosos en la fiesta, pero por otro lado quería tenerla por las buenas, quería ver de lo que era capaz de hacer esa mujer casada ahora que la tenía completamente a su merced.

– Está bien, pero con una condición…

– ¿Cuál?, – Gabriela estaba expectante, sintiendo como el viejo aun le acariciaba la espalda.

– Quiero que me la mames…

– ¿Qué….?, – preguntó Gaby no por no haber entendido, sino que la petición la tomó por sorpresa.

– Como lo oyes… quiero que tu boquita se coma mi vergota…

No tuvo que pensarlo demasiado, a decir verdad ella lo deseaba, deseaba probar y chupar el grueso y largo miembro del viejo, y que mejor trato que ese.

– Muy bien… Recuéstese…, -ordenó Gaby, separándose del mecánico, tomando sensualmente su cabello con ambas manos, de la misma forma en que lo hacen las mujeres antes de chupar una verga.

Este inmediatamente obedeció, no sin antes deshacerse de su camisa, de su pantalón, y con dificultad de sus botas, quedando de esta forma semidesnudo, solo vestido con un bóxer verde.

La chica veía con un poco de asco al hombre, este estaba recostado boca arriba con su gran panza sobresaliendo, lleno de pelos plomizos, no era un hombre muy agraciado físicamente, pero lo que no tenía de belleza, lo compensaba con su miembro, el cual Gabriela veía con total deseo, el enorme bulto que se formaba debajo del bóxer estaba completamente a su disposición.

La rubia nuevamente subió a una cama ajena para serle infiel a su marido, y como una gata buscando a su presa gateó por el pequeño catre que rechinaba por cada movimiento que la hembra hacía quedando su bello rostro a pocos centímetros de la virilidad de Don Cipriano.

Sus manos cogieron los extremos del bóxer y aun algo indecisa lo bajó, con la ayuda del viejo que levantó sus velludas piernas, y fue entonces que nuevamente frente a ella se mostraba totalmente erguido, fuerte, aquel varonil miembro masculino mostrando esas hinchadas venas que a cualquier persona le parecerían asquerosas pero que a ella le fascinaban.

A escasos centímetros la rubia percibía el fuerte hedor a orina y a semen de esa barra de carne, lo cual provocó un poco de rechazo, pero no lo suficiente como para retirarse. Su experiencia en esos trabajos manuales era muy poca, alguna que otra vez lo había hecho con Cesar, pero no duraban mucho, debido a esto Gabriela no sentía mucha confianza de hacerlo bien por lo que por el momento se limitaba a masajearle las piernas muy cerca del pene.

– Vamos mamacita… ya no me hagas esperar… chupamelaa…!!, – bramaba Don Cipriano.

– Esperece tantito…

Sus dedos comenzaron a jugar con esos testículos que la chica sabía estaban llenos de líquido impuro, de manera muy tímida los masajeaba, les daba ligeras caricias, mientras su azulada mirada seguía sin apartarse de su verga. Don Cipriano sentía una extraña mezcla de dolor y placer pues las cuidadas uñas de la chica por momentos lo arañaban, pero no le importaba, el caliente mecánico estaba dispuesto a soportar eso y más.

En eso la tímida boquita de la casada comenzó a darle ligeras lamidas a la hinchada cabeza, esta le sabía salada, sus dedos gradualmente iban cobrando velocidad y confianza masajeándole las bolas al tiempo que ya introducía un poco esa verga en su cavidad oral, inmediatamente después la saca, le es muy difícil hacerlo, es muy grande. Pero el viejo la agarro violentamente de sus dorados cabellos y la obligó a hacerlo, primero unos centímetros, después unos pocos mas, dejándosela por momentos así obligada por sus dos manazas, su cara (la de la rubia) tiembla por la presión de su cabeza y la verga en su boca, en esta posición le es difícil respirar y aun falta una cantidad considerable.

– Mamacitaaa… Usa mas tu lenguaaa…, – le ordenaba entre alaridos don Cipriano completamente excitado.

Ella obedeció, y era capaz de percibir que esa herramienta al igual que su rostro vibraba en su cavidad bucal, por lo que avanzó un poco más, pero aun así no se la puede meter entera.

– Ahhhhahah…!!!, – se escuchaban los rugidos del enardecido viejo.

– “Dios mío… ¿Cuánto falta por meter?”, – pensaba Gabriela desorientada, excitada y algo temerosa.

– Vamos nena… ya te falta poco para que este toda dentro… Ohhhhhh…!!!

Pero Gaby no le hizo caso, estaba totalmente convencida que ya no entraría mas, poniendo resistencia ante la fuerza que el viejo ejercía sobre su cabeza intentando metérsela toda, mas sus esfuerzos no daban frutos, pues en un momento las piernas del viejo rodearon su cabeza y aplicando mucha fuerza ahora si la hacen avanzar más.

– Mnnnnfffffffffffffffff…!!!, – es lo único que se escuchó de la voz de la suculenta casada, sus manos estaban apoyadas y empuñadas sobre el colchón, estas trataban de oponer resistencia ante la violenta acción del viejo. Por un momento permanece inmóvil, intentando adaptarse al palo que la penetra oralmente, intentando adaptarse para poder respirar.

El viejo se sentía genial, estar allí, con su enorme verga cubierta y apretada por la dulce boquita de la sensual rubia, es una sensación inigualable, la presión ejercida por sus piernas disminuye, con esto intentó que por fin la casada comience a moverse, desde su posición podía ver como Gabriela abría enormemente su boquita, se veía tremendamente caliente y sensual, digna de ser inmortalizada en un cuadro del mejor pintor.

Por su parte la rubia pensaba que gracias a dios ya sentía que la presión sobre su cabeza disminuía, y en estas condiciones sus labios comenzaron con el mete y saca que el viejo tanto deseaba, sus preciosos ojos se clavan en el rostro del viejo, el cual con cara de gozo total miraba al techo completamente satisfecho, mientras resoplaba como bestia con toda su bocota abierta. En ese momento sus piernas la liberan completamente, cayendo en la cama.

El cuerpo de la chica siente sensaciones nunca antes experimentadas, por primera vez esta excitada por hacer una mamada, las veces que lo hacía con Cesar su esposo era más bien por compromiso, por querer que el sintiera bien, pero en ese momento en verdad disfrutaba todo eso porque ella deseaba esa verga para sí sola, había deseado mamársela desde el día que se la vio por primera vez al interior del motel.

Por momentos la casada necesitaba respirar y se la sacaba completamente, en esos momentos eran sus manos son las que lo masturbaban, pasaban de esos bolsudos testículos llenos de semen para casi en el acto pasar por el robusto y grueso tronco y seguir hasta casi llegar al glande, y así después volver a bajarlas y subirlas rápidamente frotando aceleradamente el miembro, lo estaba masturbando muy rico.

– ¿Le gusta como lo hago señor?, – le preguntó hincada en la cama masturbándolo rápidamente con sus dos manos.

El viejo no estaba para responder nada, pero sigue jadeando muy excitado.

– Lo voy a tomar como un si… Jijijiji, – ríe coqueta y sensual, tan excitada como el mismo vejete, e incluso tal vez mas que él.

Así continuaron por varios minutos más, ambos cada vez estaban más calientes. Gabriela estaba sorprendida por el aguante del viejo, a pesar de no querer pensar en su marido era imposible no caer en la comparación, si estuviese haciendo eso con Cesar hacía mucho rato que ya se hubiera terminado.

En tanto don Cipriano sentía que en cualquier momento iba a derramar todo su ardiente semen en esa boquita de ensueño, aunque le sonaba realmente tentadora aquella tarea no quería hacerlo, el desea penetrarla, meterle su verga firmemente por el coño como a ella le correspondía, y no estaba seguro que si se corriera una vez podría volver a levantársele la verga, así que ya no aguantándose más con sus dos manazas la jaló de sus cabellos haciéndole daño, obligándola a retirarse de su tranca.

– Espérate pendejita… ya déjala, me vas a dejar seco…, – el viejo le decía esto con su respiración muy agitada, su rostro estaba rojo.

Gabriela también estaba con su respiración agitada, de su boquita colgaban deliciosamente pequeños hilillos de saliva mezclados con semen que el viejo no pudo evitar que le salieran directamente de sus testículos, a la rubia le resultaba difícil creer todo lo que estaba pasando, semanas atrás no se hubiese planteado estar allí nuevamente, con el hombre que prácticamente arruinó su vida, increíblemente estaba disfrutando de darle una mamada, una mamada que con su esposo no disfrutaba.

Subiendo más en el colchón y apoyando su espalda en el respaldo el viejo se dio a decirle lo que ahora quería que hicieran:

– Ahora si… ven y ensártate tu solita…

La mirada de la rubia se posó en la virilidad del viejo, sorprendida al notar que a pesar de lo que ya había pasado, seguía allí, estoica, orgullosa, y erecta.

– Esperece… recuerde… sin condón no hay acción…, jijiji, – rio mientras se acomodaba de rodillas en el colchón, limpiando con su mano los hilillos de semen que le escurrían por los labios, los sentía deliciosamente salados. Tomó su minivestido, y haciendo como que iba a quitárselo, pero no lo hacía, dando a entender que debía obedecer o de lo contrario no sería capaz de seguir jugando.

Don Cipriano intento oponerse, negarse, sabía que las sensaciones disminuían con el preservativo, sin embargo algo en esa mirada oji-azul le advertía que debía hacerlo, le indicaba lo decidida que estaba la rubia a retirarse si no cumplía su promesa. No le quedó de otra más que estirar su mano y sin voltear a ver sacó del cajón cercano a la cama una pequeña caja que decía TROJAN.

Tiempo atrás el mecánico agradecía a los dioses la existencia de los condones, habían evitado que tuviera cientos de hijos regados por doquier, o al menos hasta donde el sabía, estaba consciente de que no eran 100 por ciento efectivos, pero en ese instante los maldecía, los odiaba hubiese dado cualquier cosa por que la rubia se retractara. -“Sabes que papito…? a la mierda con esas porquerías, quiero sentir toda tu vergota”, imaginaba el viejo decir a Gaby, lamentablemente no ocurrió así. No perdió el tiempo en pedir a la rubia que lo ayudara, estaba demasiado excitado como para perder más tiempo, rápidamente se lo puso.

Al ser testigo de esto la despampanante rubia lentamente se deshizo de su vestido, intentando ser lo más sensual posible, como en aquella película antigua que había visto de Demy Moore, con Cesar también viéndola, recordó como su pobre maridito se había sonrojado al verla, no por la escena en sí, sino porque no le agradaba que Gaby notase que se sentía atraído por otras mujeres, quien se hubiera imaginado que tiempo después estarían ambos teniendo relaciones sexuales con otras personas.

La prenda fue a dar a una esquina, aquel vestido rojo que con tanta dedicación había ido a comprar para sorprender a su marido en su aniversario de matrimonio terminó por caer encima de unos condones usados.

Que monumento de mujer era la casada, semidesnuda, con sus pezones visiblemente duros a través del brassier que hacía esfuerzos sobre naturales para mantener esos pechos dentro, esa diminuta tanga algo empapada y aun adornada con el arrugado billete de 20 pesos que parecía estar olvidado por ambos participantes, todo eso coronado con esas sensuales botas negras, en esa horrible habitación, a los pies de un hombre que en unos momentos se la cogería, la visión era morbosa… muy morbosa.

El viejo levantándose un poco de su lugar la jaló hacia él haciéndola gemir, la cama rechinaba morbosamente cada vez que los amantes hacían cualquier movimiento, la chica no lo sabía pero eso la excitaba aun mas.

Don Cipriano otra vez buscó su boca consiguiéndolo con mucha facilidad, sus callosas manos apretaban fuertemente los melones de Gaby,

– Ouuuooooo…!!!, – es el sonido que salió de entre los rojos labios femeninos ante el placentero dolor que experimentaba la rubia, mientras acariciaba tierna y apasionadamente esa incipiente calva, sintiendo en su estomago el miembro que muere por penetrarla, sin separarse del apasionado beso.

– No mamess… que buena estas…!!!, -le dijo el vejete separándose de sus exquisitos labios, ambas bocas quedaron unidas por tres puentes colgantes hechos de la mezcla de la saliva de ambos.

La rubia apresuradamente llevó sus manitas a su espalda y destrabó el broche de su brasier casi con desesperación, deshaciéndose de él y arrojándolo adonde fuera para quedar con sus tetas al aire, deseaba de sobre manera sentir las grandes manos del viejo masajeándolas sin tela de por medio.

Ni tardo ni perezoso el viejo entendió el mensaje, frente a él completamente desnudas aparecen nuevamente las tetas más grandes y suaves que haya visto y sentido en su vida, se sorprendió de cómo incluso siendo tan grandes no les afectaba la gravedad, estas brillaban y se mecían deliciosamente por cada movimiento que la casada hacia solo a centímetros de su ardiente mirada, como un verdadero poseso se las agarró para comenzar a masajearlas rudamente.

Antes de casarse su madre solía hacer burla sobre el exagerado tamaño de las mamas de su hija, diciendo que su futuro nieto sería un afortunado, seguramente estaban llenas de abundante leche, en ese momento no escurría una sola gota de ese liquido, pero el viejo se sentía el más afortunado del mundo cuando su áspera lengua las llenó con saliva, sintiéndolas, y saboreando ese sabor un tanto extraño pues las gotitas de sudor le resbalaban hasta los rosados pezones.

– AAAAAAAHHHHHHHH…!!!, – exclamó de calentura la rubia al ella misma tomar el miembro de Don Cipriano, colocarlo en la entrada de su vagina y comenzar a penetrarse lentamente, había hecho a un lado su pequeña tanga, y sentía como esa portentosa herramienta masculina se abría paso entre su húmeda intimidad, disfrutando con cada avance.

– Así pendejita… métetela tu solita…- le decía el viejo sin dejar de mamarle esas tetas que le encantaban.

Las caderas de Gaby comenzaron a moverse, primero muy despacio, para después ir adquiriendo velocidad, conforme su placer aumentaba, atraía desenfrenadamente con sus manos al asqueroso viejo con tal de que este no deje de chuparle las tetas, como a un niño que no se quiere despegar de su mama, y él lo hacía gustoso.

La rubia estando ya totalmente encajada en la verga del asqueroso mecánico hacía firmes círculos con su vagina intentando exprimirlo completamente, era impresionante el plock, plock que sonaba cuando sus cuerpos chocaban, pero algo no andaba bien, al menos eso pensaba la rubia, por alguna razón no estaba siendo tan satisfactorio como la última vez.

– Como se mata al gusano pendeja…!! Como se mata al gusano…!!!, – le decía el viejo sin esperar respuesta aludiendo a una canción que escuchó hace tiempo, a la vez que al ser testigo que mientras la rubia lo estaba cabalgando efusivamente, en el elástico de su calzón corrido hacia un lado aun se mantenía agarrado el billete de 20 pesos que él le había cancelado, esto extrañamente lo calientan hasta la estratosfera.

La casada se limita a seguir gimiendo y moviéndose, a la vez que el viejo la nalguea con rudeza prácticamente vuelto loco, loco de excitación.

– No… no sea tan salvaje señor…, – pide Gaby sin dejar ni un segundo de menearse, tras esta petición al viejo valiéndole madres la nalguea incluso más fuerte haciéndole vibrar las carnes de las nalgas dejando el rubio trasero marcado de un color rojo.

– Cállate zorraaa… aquí soy yo quien mandaaa…!!!, – en ese momento mordió ligeramente esos pezones rosados, causando un dolor en Gaby, que no pudo contener.

Que rápido cambiaban los papeles, hacía algunos momentos la casada sentía tener el control absoluto de la situación, estaba segura que si el viejo no la obedecía y no se ponía el condón se podría ir sin ningún problema, pero ahora no, ahora era él quien podía hacer con ella cualquier cosa que quisiera y de una manera desconcertante eso le agradaba más todavía, que macho era don Cipriano, se decía con los ojos cerrados, apoyándose con sus manitas en el pecho de él y galopándolo con energías.

La cama ardía de deseos carnales, ardía al ritmo de de los gimoteos, de los jadeos, de las palabras obscenas, del calor que sentían sus protagonistas, los resortes parecían querer ceder ante las embestidas de macho en celo del viejo, quien luego de unos buenos minutos de cabalgata femenina había tomado a la casada y colocándola en la típica posición del misionero, seguía penetrándola como un desquiciado. Ella desde su posición hacía esfuerzos tremendos por aguantar el peso, sufre con cada mete y saca, siente que se le va la respiración.

No está segura si eso vale la pena, a pesar de lo bien que está sintiendo, (mucho mejor que cualquier vez con Cesar no se asemeja en nada a la ultima vez y eso de cierta forma la molesta y se pregunta ¿por qué?, la respuesta no le llega inmediatamente aunque sea muy obvia (el condón).

Los siguientes minutos continuaron de forma similar, con la diferencia de que la chica ahora era como una muñeca, había dejado de moverse, de gemir, de disfrutar, ahora era el viejo quien en ese momento llevaba la batuta del acto sexual, penetrándola, y agasajándosela hacia adelante con su verga cuando se la embutía, impidiéndole que ella pudiera pensar con claridad, con la claridad que se necesita para levantarse, tomar sus cosas y retirarse, orgullosa como la mujer casada que se supone que es.

– Ya acabe Don…, – dijo en un momento la casada intentando terminar con aquello.

Era una estúpida si creía que el viejo terminaría así como así, este estaba frente a la mejor experiencia de su vida, y aun tenía suficiente cuerda como para seguir por horas. Cada vez que su verga se abría paso sobre esos labios vaginales se sentía en el cielo, pero sabía que las sensaciones se multiplicarían a cien si se quitaba el condón.

En eso una mejor idea atraviesa su mente, como una pluma levanta a la sexy casada quien aun vestía su pequeña tanga con el billete adornando sus caderas y sus botas a las rodillas, por lo que rápidamente la recuesta boca abajo.

El viejo como pudo estiró su mano para tomar el bolso de la rubia correr el cierre de este y ponerlo al lado de su cara:

– Toma tu dinero y guárdalo en tu bolso que con lo que te voy a hacer ahora te lo has ganado con creces… jajajaja…!!!

Gabriela mas por salir del paso que por darle la razón al viejo llevó una de sus manos hacia su estilizada y brillante cadera deslizando el billete de 20 pesos hasta sacarlo y guardarlo dentro de su bolso, como si ese fuera su estipendio económico por todo lo que le estaban haciendo, su corazón se aceleró aun mas al pensar de lo barato que estaría cobrando si todo aquello fuera real y no un juego entre ella y el ordinario mecánico.

– Ahora si chiquita… prepárate que te voy a abrir el culo… jajaja…!!!, – rió Don Cipriano sin imaginarse el horror que esas palabras le causaron a Gabriela, quien al escuchar esto hizo por separarse, claro que sin éxito pues el hombre se ha subido encima de ella con su gran verga entre el canal que separa sus nalgas.

– No…!, por favor… Noooooo…!!!, – suplicaba Gaby intentando patalear con el mismo éxito que un jugador de futbol cuando acaban de sacarle tarjeta roja.

Solo dos cosas evitaban el inminente enculamiento de la casada, una era la diminuta prenda negra que aun llevaba puesta y la otra la excitación que sentía el viejo teniéndola así, rogándole que no lo hiciera. Tenía pensado apiadarse un poco de ella, pues sus dedos fueron primero a su boca (la del viejo), y los humedece para después empezara a lubricar un poco el ano.

– Ahhhhhh…!!! Ahhhh…!!, – gritó la rubia al sentir esos dedos intrusos que ya jugueteaban en el interior de su conducto anal, la casada era capaz de sentir lo húmedo de esos dedos, sentía miedo y dolor, recordó vagamente como hace un tiempo hizo sexo anal con su esposo, lo mucho que le había dolido, tanto que empujó a Cesar hasta que este se cayó de la cama, pensó que si el tamaño del miembro iba en relación directa con el dolor ese viejo podía matarla.

– Aléjese señor…! No…!! Por favor…!!!

– Tienes un culazo espectacular yeguaaa… así que no mames… de seguro el estúpido de tu marido jamás te ha tocado aquí, – en ese momento sus dedos pellizcaron fuertemente las paredes del culo de Gaby, a lo que nuevamente ella reaccionó con un grito de dolor.

Como excitaba al viejo tenerla a su completa merced, rogando, temerosa, pero en el fondo sabía que también excitada, igual o quizá incluso más que el.

Don Cipriano estaba convencido de que Gabriela había nacido para ser una puta en celo y él se encargaría de despertarla. Por ahora solo disfrutaba de la vista, y de las sensaciones pensando cuantos hombres podían decir que se habían cogido a una mujer tan buenotota como ella, y no solo una vez, sino 2 veces.

-“Aléjese de mi viejo verde asqueroso”. – recordaba a todas esas mujeres que lo habían rechazado, sintiéndose superiores a él, por lo que llegó a la conclusión que ninguna de ellas no le llegaba ni a los talones a Gaby, a su Gaby.

A pesar de su oposición la rubia no podía negar que el mecánico era hábil, la hacía sentir sensaciones que nunca pensó experimentar, sin embargo sabe que el ancho de dos dedos no se comparaba con el de su miembro, ese descomunal miembro que la había hecho gemir.

– Le… le… propongo algo Don…!- dijo la rubia rápidamente intentando no demostrar sus gemidos.

El viejo ni siquiera respondió, por lo que Gaby continúo.

– S… si… si no me lo mete por allí… le dejo quitarse el c… co… con… condonnnn…!!!, – no pudo evitar gritar esta última palabra la sensación era muy placentera.

El viejo como no creyendo lo que sus oídos escuchaban paró de pronto, esto alegró un poco a Gaby pues lo tomó como una señal de que el mecánico se lo estaba pensando, aunque el tiempo que transcurrió así fue poco por que el viejo bramó al oído de Gaby.

– Trato hechooo…!, – y entonces tomó el preservativo y lo jalo, salió con dificultad, bañado del liquido de ambos, lo arrojó en la cama, y fue a dar a un lado de la cara de Gaby, quien aun estaba recostada boca abajo, eso la hizo sentir un poco mal, al ver ese condón pensó que tal vez no debía estar allí, que el hecho de que su marido la engañara no era motivo para dejarse coger por tan asqueroso sujeto, sin embargo sabía que ya no había vuelta atrás.

Ya mucho más tranquila la casada esperaba que se quitara de ella, para nuevamente poder acomodarse de tal forma que pudiesen tener un sexo mas “normal”, pero algo iba mal, el viejo no se quitó y cuando lo hizo rápidamente se recostó sobre ella, quedando su pene a escasos centímetros nuevamente de su ano.

– Noooooooooooo…!!!!, – gritó de dolor la casada cuando no importándole el trato realizado con la chica, el viejo le metió una pequeña parte de su descomunal falo por el pequeño orificio anal, no sin antes jalar un poco hacia un lado la tanga, la cual estaba tan estirada que una vez terminado aquello ya no se usaría mas.

El viejo tenía una cara de triunfo total, estaba enculando a Gabriela, y sin condón, estaba muy apretada como siempre se imaginó, sentía un extraño dolor, le era difícil avanzar, esas paredes ofrecían dura resistencia, eso sería por poco tiempo.

El sudor nublaba su visión, pero no le importaba, las sensaciones en su tiesa y gruesa verga eran mejores, la chica gritaba como loca, a la vez que recordaba los gritos de la primera vez que se la cogió, esos ni siquiera se le acercaban.

– Tranquilícese señora Guillen…, en un rato se acostumbrará y hasta aullará de placer…, – le dijo el viejo con cierto tono de sarcasmo, ya tenía la mitad de su herramienta clavada, pero pensó que ya no se podía mas, era todo lo que entraba, tal vez solo era cuestión de aflojarlo un poco.

Gabriela no podía creer lo doloroso que era eso, alguna vez había escuchado que el peor dolor era el de dar a luz, el que dijo eso debió ser hombre pues que se la metan por el ano era mil veces peor pensaría Gaby días después de terminado aquello.

Fue entonces cuando el viejo comenzó a sacarla y a meterla, muy lentamente pues no quería dañarse, poco le importaba la integridad física de la casada, en ese momento no era más que unas enormes nalgas que le proporcionarían un enorme placer.

– Quiteseeee…!!!, – volvió a gritar Gaby entre alaridos de dolor, y al igual que antes no tuvo efecto.

Tres cosas iban en aumento, el doloroso mete y saca, cada vez más rápido, el pavor de la enculada casada, ya totalmente ensartada y el placer del mecánico que había logrado meter toda su verga.

– Te voy a hacer adicta a esto putaaaa…, si tienes cara de que te encanta que te la metan por el culo…!!, – bramaba el viejo totalmente fuera de sí mientras todo traspirado no dejaba de meter y sacar su verga del ahora ensangrentado ano.

Gabriela hacía esfuerzos sobre humanos para no desmayarse, sus manos perfectamente cuidadas estaban sujetas con todas sus fuerzas al colchón, al igual que su boca que en un afán de aminorar el dolor lo muerde. Se ve espectacular con su bella melena rubia cubriendo en su totalidad su rostro, con sus enormes tetas aplastadas en una amarillenta sabana casi trasparente, y con sus enormes nalgas retumbando ante el peso del viejo, su piel se encontraba con un bello color rojizo debido al esfuerzo hecho, en fin se ve hermosa, a diferencia de él, su fofo cuerpo retumba, su cara de enfermo pero a la vez de placer contrasta enormemente con el bonito rostro de Gaby, este lleno de dolor.

Pasaron unos largos momentos así, hasta que el viejo sin retirar su verga se separó de ella obligándola a seguirlo para terminar poniéndola en cuatro patas, con mucho cuidado la despojó de sus botas, para luego de arrancarle bruscamente la diminuta tanga tomarla de los brazos, jalándoselos y sin dar tregua o descanso continuó penetrándola, ahora completamente desnuda, mas fuerte y más brutal que antes. El horrible dolor que la rubia había experimentado hace un rato a disminuido considerablemente, ahora solo sentía una molestia menor, pero molestia al fin y al cabo.

– Termine por favor…!!, – dice Gabriela muy exhausta, rogando a dios que el viejo se apiade de ella, pero eso no sucede.

En esa posición el viejo puede nalguearla las veces que quiera, y lo hizo muchas veces, y cada vez que lo hace vuelve a coger a su yegua, por el cuello o por los cabellos de su frente, esa impresión le da por la manera en la que la esta “cabalgando”, domando y mechoneando.

– Muge para mi yeguaaaa…!!!!- le ordenó don Cipriano sin saber que un mugido es un sonido que hacen las vacas, no las yeguas.

– MUUUUUUUUU…!!! MUUUUUUUUU…!!!!!, – gritó la rubia intentando que con esto el viejo termine, que la deje de martirizar, pero sin darse cuenta esto le agradó, le gustó sentirse meramente un animal, una bestia, hecha exclusivamente para su amo y si a esto le sumamos que el dolor había desaparecido por completo, ahora empezaba a asomarse lentamente el placer.

A Don Cipriano no le importó que ella haya hecho como una vaca y no como una yegua, lo importante es que le obedeció, como debía de ser, a fin de cuentas era suya, hasta que el viejo lo logró, logró domar a la yegua.

– Ahhhhhhhha…!!!, – ya no son gritos lo que sale de la dulce boca de la casada, ya son gemidos, y no de dolor, sino gemidos de autentico placer, placer que va en aumento.

– Así chiquita…!!! Demuéstrame que eres una puta barataaa…!!! Si me acabas de dar el culo por solo 20 pesos, jajajaja…!!!!

La chica afloja su cuerpo y se mueve al compas del mecánico como si estuvieran en un baile de enamorados, como si se conocieran de toda la vida, así al menos lo siente ahora ella. Don Cipriano otra vez la tomó con una mano de su sedoso cabello rubio y con fuerzas desmedidas la jaló hacia atrás haciendo que la rubia quedara enderezada a medias y con su espalda arqueada, solo para decirle:

– Eres mía… nena… me oyes… mía, – le dijo en el oído, para luego empujarla como si ella fuese cualquier cosa quedando a duras penas otra vez puesta en 4 patas recibiendo la verga por el culo.

-“No puede ser… esto se siente muy… pero muy bien”…, – piensa Gaby entregándose totalmente, ahora entendía porque las personas hacían ese tipo de cosas asquerosas, la sensación era increíble.

– Así…!! Así…!!! No pare…!!! No paseeee…!!!!, – gritaba Gaby fuera de sí, sus jadeos de caderas en retroceso eran los que ahora se comían la robusta y larga herramienta de don Cipriano, a ella le encantaba estar comiéndosela por el culo, sus tetas se movían circularmente al ritmo de los meneos de forma hipnotizante, también de atrás y hacia adelante ambas perladas de gotas de sudor, era impresionante.

La vagina de la rubia segregaba muchos líquidos, esta era la vez que mas lo había hecho e irónicamente se la estaban metiendo por al medio de las nalgas.

El viejo Cipriano otra vez la levanta, sin salirse de ella y nuevamente se recuesta en la cama boca arriba, quedando de esta forma con Gabriela arriba de espaldas a él. La hermosa rubia algo sorprendida voltea la cara hacia Don Cipriano, con ese rostro horrible, falto de la mayoría de dientes, solo para encontrarse con esa sonrisa burlona, es como si estuviese diciéndole, -“estoy exhausto… pero quiero seguir cogiendo… te toca hacer el trabajo pendeja”, – esa voz sonó tan clara en su cabeza que no le quedó más que obedecerla.

Ahora era ella quien se penetraba por si sola, le resultaba difícil, nunca lo había hecho en esa posición y mucho menos por el culo, Don Cipriano con una mano masajea y la sostiene por una de sus suaves nalgas y con la otra detiene su miembro para que la rubia se ensarte con mayor facilidad.

– ¿Te gusta que te culie?… ¿Te gusta?, – le preguntó Don Cipriano

– Siiiiiiiiiiiiiiiiiii…!!!!!!- gritó la señora de Guillen, tomando sus enormes tetas con sus manos, al ella vérselas todos los días no está consciente de lo grandotas que son, pero para cualquier otro esa visión era impactante.

– Dios mío…!!! No pare…!!! POR FAVOR NO PARE…!!!!!

El rostro de Gabriela estaba irreconocible, era de una vulgaridad absoluta, sin poder evitarlo hilillos de saliva le resbalan de su boca, sus perdidos ojos azules se clavaron en el techo, su mente estaba en blanco, parecía que no estuviera allí, solo se daba a disfrutar del placer anal que don Cipriano le otorgaba con su vergota.

Ahora Gabriela por cada minuto que pasaba se movía mas rápido que antes, más fuerte, más rico, realmente lo estaba haciendo mejor, se está volviendo realmente buena para hacer el amor, ese viejo la está instruyendo de maravilla.

-“Es tan bueno… se siente tan bien”, -es en lo único que es capaz de pensar la hasta hace poco pura casada, en ese momento no es más que un simple objeto sexual, ni las putas se comportan como lo estaba haciendo ella.

El tiempo pasaba y pasaba, y ninguno de los dos sabe cuánto tiempo había pasado desde que comenzaron a culear, y ni les importaba tampoco, son uno solo unidos por el placer que los baña, los inunda, los enamora.

El viejo sabe que está en sus límites, Gabriela sabe que está en sus límites, sus líquidos se juntan, escurren, se alean y se vuelven uno solo.

– Eres mía Gabrielita… dilo en voz altaaa…!- le ordenó el viejo.

– SIIIIIIIIII…!!! Soy…!!! Soy…!!!! SUYAAAAAAAAA…!!!!!!!!!- grita Gabriela, en ese momento hubiese dicho cualquier cosa, justo en ese momento tiene el mejor orgasmo de su vida y como si estuvieran sincronizados el viejo eyacula, lo hace de manera abundante y por primera vez en su vida la rubia siente ese liquido viscoso llenar su ano, aunque esta vez no sería la última.

El viejo por su parte siente los líquidos que emanan de la vagina de la casada, le encantan, a la vez que besa su espalda.

-“Que ricoooooo…”, – fue el ultimo pensamiento que tuvo antes de caer hacia adelante, completamente traspirada y exhausta, pero a la vez plena y feliz.

……………………………………………………………………….

– Cuando volvemos a culear muñeca…?, – le consultaba el viejo Cipriano, justo en el momento en que la rubia totalmente desnuda y por ahora sin ninguna gota de pudor recogía sus prendas para volver a vestirse, obviamente sus calzones al igual que la primera vez quedaron destrozados e inutilizables.

El mecánico también estaba desnudo y recostado en la cama masajeando su ya flácido miembro que aun goteaba pequeñas cantidades de semen, observándola con ese horrible rostro.

A Gabriela no le gustaba la manera en que la llamaba señora, la hacía sentir la mala de la película cuando la culpa de todo la tenia Cesar por engañarla. Aun así y estando todavía en estado de total encueramiento le respondió:

– No se preocupe… yo le llamo…- y era verdad ella tenía pensado llamarlo, después de esa noche no le quedaba duda que le encantaría regresar a acostarse con él.

– Oye culona que tal si te voy a encaminar, ya casi son las 2:30 de la madrugada, a esta hora andan weyes que se paran en los semáforos en rojo para ver si pueden asaltar los vehículos que se paran.

La rubia que ya estaba con su sexy vestido rojo puesto y terminado de ponerse sus botas lo miraba sonriente, si bien ella no tenía miedo de irse sola a esas horas sabía que era verdad lo que decía el viejo, eran muchos los casos en los noticieros de asaltos de ese tipo, pero más le agradaba que a pesar de ese aspecto vulgar y ordinario el viejo siempre la sorprendía con detalles halagadores.

– Ay no… si puedo irme solita, no vaya a ser que por ir a dejarme a Usted luego le pase algo malo, le dijo cuando ya se daba a ordenar sus cabellos y mirar el aspecto de su cara en un pequeño espejo que saco de su bolso.

– No te preocupes por mi pendeja, yo estoy acostumbrado a andar de noche, Jejeje… El viejo ya estaba casi vestido, ya que la respuesta negativa de la rubia era más un “si don Cipriano vaya a dejarme” que “no don… No se preocupe”, su sonrisa así se lo había demostrado.

……………………………………………

Gabriela conducía en forma serena hacia su casa, a un lado de ella iba el viejo con el cual se había acostado ahora por propia voluntad, pensaba en seguir acostándose con él, o al menos lo haría el tiempo en que Cesar lo hiciera con Lidia, – lo que es justo… es justo, – pensaba en cada semáforo en rojo que debía detenerse, donde el mecánico con sus callosas manos se daba a sobarle esos torneados muslos que solo hacían minutos habían estado completamente abiertos solo para él.

Cuando la camioneta ya llegaba a la esquina del edificio donde vivía la rubia fue el viejo quien le indicó donde detenerse:

-Estaciona bajo esos árboles pendeja…

La casada creyó saber porque el viejo le pedía que estacionara en ese lugar, a pesar de que este se encontraba prácticamente ubicado solo a unos metros de la entrada principal la oscuridad reinante era casi total de quien observara desde el edificio, lógicamente era para que el pudiera bajarse sin que nadie del edificio lo viera descender de su vehículo, ya que si eso ocurría la gente rápidamente empezaría a inventar cosas.

-Ok Don, ya llegamos…

-Si, que tal un besito de despedida reina, ya te dije que besas riquísimo…

-No don, como se le ocurre?, estamos prácticamente al frente de mi departamento, y al parecer Cesar ya está en casa… hay luz encendida en la sala principal.

-Solo un beso mi Diosa… para irme tranquilito para mi casa Jejeje…

-Ay no, una cosa es que lo hayamos hecho en su taller pero ahora estamos donde yo vivo con mi marido…

-Eso no te tiene que porque importar rubia, el también te engaña, no…

El vejete ya se había reclinado hacia el cuerpo de la casada buscando su boca, y si bien Gabriela ya no lo rechazaba tanto por lo bien que la había hecho sentir hace menos de una hora, le daba pánico besarse con otro hombre casi al frente de su hogar, por muy quebrantada que estuviera su relación en aquellos momentos.

-Don Cipriano, de verdad que no puedo besarme aquí con Usted, si quiere otro día nos juntamos…

-Solo un beso putita… ándale… que te cuesta?, si aquí en lo oscuro nadie nos verá…

Y la rubia sabía que nadie los vería ya que desde su ventana era imposible ver hacia el sector en donde estaban, pero aun así estaba indecisa, solo se daba a intentar esquivar los avances que el viejo insistía para poder besarla, fue en eso que sintió los dedos del hombre deslizándose por su vagina, claro que por sobre su vestido.

La rubia sin más le abrió su boca y sus labios para besarse con él mas por intentar calmarlo que por otra cosa. En el interior de la camioneta de la rubia a los pocos minutos don Cipriano ya no se conformaba solamente con un simple besuqueo ahora la sobaba en forma enardecida, el viejo de verdad quería aprovechar esos últimos minutos con aquella Diosa que él había logrado hacerla debutar por el ano aquella misma noche.

Por su parte Gabriela solo deseaba que el viejo quedara satisfecho con sus besos para que lo más pronto posible se bajara de su camioneta y se fuera, y no porque lo quisiera, sino por el horror que sentía al imaginar que algún conocido se acercara a su vehículo y la viera en tan comprometedora instancia con aquel sujeto, siendo que todos ahí sabían que ella era casada y que Cesar era su celoso marido.

Fue cuando la rubia abrió sus ojos para decirle que ya con eso bastaba, o que quizás el próximo fin de semana lo podrían hacer de nuevo cuando su esposo no estuviera, pero entre besos y sobadas sus ojos dieron con los iluminados ventanales de su departamento en donde claramente una figura masculina estaba de pie mirando hacia el exterior, lógicamente esa silueta era la de Cesar, esa sola situación hizo que su corazón empezará a latir fuertemente como si de verdad ella viniera recién de terminar de correr los 100 metros planos, y recordando como en aquella misma tarde ella lo había visto salir del departamento de Lidia, se dijo que también era justo que ella se besara con el viejo Cipriano justo al frente de su departamento.

El mecánico por su parte también se percató de ello, separándose por unos breves minutos y tras mirar hacia los ventanales le dijo:

-Parece que te están esperando ricura…

-Que siga esperando… el ya tuvo lo suyo esta tarde y antes de que nosotros nos encontráramos… béseme Don…

Ahora el viejo prácticamente se la estaba devorando, mientras no paraba de correrle mano por donde más pudiera, el saberse estar corrompiendo a la casada casi en las mismas narices de su esposo lo calentaron de sobre manera, y creía saber que su rubia también ya estaba caliente, se la iba a culear en la misma camioneta.

Gabriela por su parte seguía con lo suyo, mientras los dedos de la mano del viejo jugueteaban con su desnuda vagina ella entre gemidos y movimientos de acomodo en el asiento del conductor ya estaba reaccionando a los impulsos de las hormonas.

Don Cipriano jugándoselas todas a una empezó a subir muy, pero muy lentamente su vestido rojo ya arrugado y mugriento, cuando se lo tuvo subido hasta la altura de su ombligo metió 2 dedos en su vagina con Gaby dejándose y ambos mirando de reojo hacia los ventanales donde el hombre que ahí se veía a veces desaparecía para luego estar de pie en forma estática.

Todos los nervios y músculos de la rubia ya empezaban a participar del aquel morboso ritual de dura infidelidad en que estaba entregada, su vestido estaba más arriba de su ombligo con una de sus potentes piernas estiradas hacia el pedal del embrague, y con su otro muslo abierto y flexionado hacia el asiento en donde estaba el mecánico, este ahora abiertamente la masturbaba, en tanto eran varios vehículos que pasaban por el lado de ellos y esto mas excitaban a la casada, ahora el hecho de saber que alguien podía observarla y darse cuenta de cómo le sobaban la vagina ya casi la tenían vuelta loca de emoción calenturienta, aun así algunas de sus neuronas le hacían de a momentos entrar en razón:

-Noo… don… Detengaseeee… debo i.. ir… meeee…, -le decía mirándolo con sus ojos entrecerrados.

-Acaso no te gusta putaaa…!? o quieres otros 20 pesos para que te dejes hacer, jejejeje…

Gabriela luego de pasear su lengua por todo el contorno de sus delineados labios se dio a responderle:

-E… es… est… esto… esto no está bien, -aun así y a pesar de sus palabras la casada seguía meneando su vagina con los incrustados dedos del viejo muy adentro de ella.

Después de unos minutos, y cuando don Cipriano estimó que la rubia otra vez no le iba a negar nada de lo que él quisiera en esa larga noche metió su mano por el costado del asiento de Gaby bajando su respaldo hasta el tope quedando el cuerpo de la rubia completamente estirado y en forma horizontal,

-Nooo… q… que hace d… donnn… a… aquí Noooo…!

-Tranquilita lindura solo te voy a coger en las mismas narices de tu maridito… si mira nada mas el muy pendejo aun está parado en la ventana esperándote… recuerda que él hace lo mismo, jejejeje… y descuida que no podrá vernos, solo nosotros podemos verlo a él, Jejeje…

La rubia sin moverse de cómo la había dejado el mecánico vio que este ya se estaba bajando el pantalón de mezclilla hasta sacar su descomunal miembro que otra vez se manifestaba erecto y robusto ante sus incrédulos ojos, ella ahora solo se daba a mirar esa verga que tanto la enloquecía alternando con tímidas miradas hacia su departamento con la figura de su marido estampada en los ventanales.

Si otras fueran las circunstancias la rubia jamás se hubiera comportado en forma tan desvergonzada ni aunque hubiese estado acompañada del príncipe gendarme. Pero el viejo mecánico había causado estragos en su sensualidad, si bien la rubia tenía las intenciones de no dejarse hacer en su camioneta y con la imagen de su marido esperándola, el magnetismo recién aflorado de sus deseos hacia la verga del hombre eran superiores a cualquier cosa, ella deseaba negarse, pero simplemente no le podía decir no a esa verga, ni siquiera era a él, sino hacia el masculino aparato que este se gastaba.

El viejo viendo que no existía el menor signo de reclamo por parte de la rubia se fue cambiando de asiento, claro que con la rubia abajo y el montándose sobre ella en los mismos asientos delanteros reclinados.

La camioneta de Gaby se movía para ambos lados mientras el obeso hombre se acomodaba para cogérsela, al menos así se veía desde afuera del vehículo.

Cuando ya estuvo sobre su estilizado cuerpo fue el mismo don Cipriano que ante la pasividad de la chica destrabó sus sostenes sacándoselos y tirándolos en los asientos traseros liberándoles esas terribles tetasas que el tanto había estado chupando al interior de su taller, por su parte la casada a modo de demostrarle que ella otra vez estaba dispuesta para él, poco a poco fue subiendo la pierna que había estado estirada hacia los pedales, la fue flexionando y abriendo hasta dejarla tan abierta como la otra que se abría hacia el asiento del copiloto, pero esta quedó apoyada en el mismo vidrio del conductor, quedando así totalmente expuesta y ofrecida para que el asqueroso viejo otra vez la poseyera, ahora al interior de su propia camioneta.

-Ahora si Gabrielita… mira hacia las ventanas de tu departamento donde está el maricon de tu marido… esta cacha nos la pegaremos en su honor, jejejeje…

La rubia con su respiración a mil por hora sentía como don Cipriano le acomodaba su gruesa verga en la entrada de su ajustada vagina, esta vez ni se acordó del uso de condones, extrañamente deseaba ser penetrada mirando al desleal de su marido, y cuando el viejo junto su horrible cara al lado de su atractivo rostro de Diosa nórdica, se la metió de un solo empujón.

Los 25 centímetros de carne entraron en ella en forma impecable, por lo que las firmes embestidas no tardaron en llegar, estas eran rápidas y continuas, el grueso instrumento del mecánico entraba y salía libremente por la rendija intima de la casada quien al rato de esto ya no prestaba atención a la figura de su marido ahora estaba moviéndose rítmicamente y atenazada con piernas y brazos al fofo cuerpo obeso de don Cipriano, ni siquiera le importaba cuando a veces pasaban vehículos que claramente reducían la velocidad para poder mirar lo que sucedía en aquel oscuro estacionamiento al borde la calle ya que por la forma en que subían y bajaban la carrocería los amortiguadores de la camioneta estos daban clara señal de lo que estaban haciendo en su interior, pero a la rubia no le importaba, solo quería coger y ser cogida.

Por su parte don Cipriano estaba culeandosela encantado, el solo saber que estaba poseyendo a una joven hembra que era casada, la misma que el ya daba casi por perdida y que por esos extraños designios del destino esta había ido caer esa tarde a la casa de su sobrina lo tenían en un desquiciante estado de calentura que se negaba a abandonarlo al estar el tan cerca de la mujer que tanto había soñado esas dos últimas semanas, deseaba estar cogiéndosela hasta morir.

Ahora la penetraba casi con bestialidad, entraba y salía de ella con violencia, mientras Gabriela lo aguantaba con una extraña sonrisa en su rostro, la camioneta ya estaba hedionda a cacha ya que los vidrios estaban completamente cerrados y ahora también empañados.

En el vidrio del conductor desde afuera solo se lograba ver como una desnuda rodilla femenina se movía por dentro de un lado a otro rítmicamente desempañándolo con aquella desquiciante fricción.

Fue en el momento en que el parachoques del vehículo amenazaba con tocar la acera debido a lo firme que se movían en su interior, y estando Gabriela solo concentrada en el largo miembro que entraba y salía deliciosamente de su vagina sintió que esta misma se le derretía a la vez que un avasallador orgasmo le hacían explotar fenomenalmente, todo su cuerpo se erizó, sus piernas otra vez se atenazaron a la altura de las peludas nalgas del mecánico quedándose estática y disfrutando abrazada a las espaldas de su macho de las contorsiones de sus músculos, y sintiendo además como el viejo con un verdadero bufido animalesco descargaba en su interior un torrente de semen caliente.

La rubia con su mirada hacia los ventanales de donde otra vez estaba Cesar de pie según veía, sentía como el mecánico eyaculaba adentro de ella con potentes inyecciones de su espesa simiente, mientras ella le estampaba una serie de besos en su grasiento cuello, siempre mirando hacia su departamento.

El viejo al minuto de haberse corrido al interior de ella simplemente se salió dejándose caer en el asiento del copiloto, la rubia quedó tal como la habían dejado, solo su agitada respiración daba a demostrar que seguía viva, desde el interior de su vagina escurría una no menor cantidad de blanco semen el cual se desparramo en el asiento del vehículo filtrándose por la tela del tapiz. Aquella viscosa mancha quedaría por mucho tiempo estampada en el asiento del vehículo y demostrando la infidelidad de la casada.

-Bien nalgona ahora si me voy tranquilo… te deje bien cogida, y recuerda… tu prometiste llamarme, así que a penas tengas tiempo para que cojamos me avisas…

La rubia aun con su vestido subido por sobre sus tetas y totalmente abierta de patas tal como la habían dejado, vio cuando el viejo descendió de su camioneta y se largaba tras un sonoro portazo, dejándola a ella sola y en tan lamentables condiciones físicas.

Ella lentamente fue cerrando y bajando sus piernas de cómo las había tenido, a la misma vez que volvía su asiento a su posición normal de conducción, tras ponerse su brassier y recomponer su vestido se apoyó en el volante, estando toda sudada y con su cuerpo pegajoso recién caía en cuenta de lo descabellado que había sido todo eso, aparte de que la habían enculado en un ordinario taller mecánico, también ese mismo viejo se la acababa de coger al frente de su edificio y en su misma camioneta y con ella poniendo de su parte, su único consuelo era que todo lo ocurrido era por culpa de su marido y no de ella.

Cuando ya estuvo estacionada al interior de la zona de aparcamiento del edificio donde residía, por primera vez se le ocurrió revisar su celular, tenia 14 llamadas perdidas, todas y cada una de Cesar, quien probablemente debía estar preocupadísimo, poco le importó en ese momento, mas le importo dejar bien guardado el numero de don Cipriano que el estado en que debía estar su marido ante su ausencia.

Observo su reloj, faltaban 8 minutos para las 5 de la mañana, en otro momento de su vida estaría preocupadísima por lo que Cesar pudiese decirle, hoy no era uno de esos días.

– ¿Dónde estuviste Gaby… mi amor?- Cesar era un tipo extraño, algo inestable y un poco impredecible, capaz de gritar a su esposa por tonterías como verla con otro hombre, y días como ese cuando su mujer llegaba a tempranas horas de la madrugada, visiblemente alcoholizada en vez de enojarse se veía sinceramente afligido, se cambio de ropa, ahora lucía un elegante traje de gala en color negro.

– Una amiga mía esta en el hospital- responde Gaby repitiendo las mismas palabras que el uso antes de salir de casa en su aniversario, sugiriendo que sabía lo de su mentira.

– Ya entiendo… – Cesar la miró detenidamente, vio como ese vestido rojo que hacía unas horas estuvo espectacular ahora lucia sucio, mugroso e incluso húmedo, le llego el olor a cerveza. Eso lo preocupo Gabriela no tomaba, creía tener claro lo que pasaba, se sentía sola, y no lo culpaba habían estado muy desunidos las últimas semanas, el sabía que era por su culpa. En su mente hacía conjeturas acerca de lo ocurrido, imaginando lo que pasó.

Según Cesar cuando en la tarde tuvo que retirarse, ella se había sentido terriblemente mal, se sentía abandonada, así que llamó a alguna amiga y habían salido de fiesta, no estaba lejos de la realidad, pero nunca en su mente, nunca se asomó la idea de que venía de un lugar donde un asqueroso sujeto la enculó como el no pudo hacerlo, y que para rematarla se la había estado cogiendo al frente de su edificio casi por una hora y media.

– Gaby… Mi amor… te voy a dar mi regalo de aniversario un poco retrasado, – rió sin que esto tuviese efecto en Gaby, decidió pasar por alto la actitud de su mujer, a fin de cuentas era su culpa (la de Cesar) y no volvería a pasar.

Cesar caminó hacia la esquina del departamento y encendió el reproductor de música, ante los oídos de ambos sonó “Once upon a december”, canción que encantaba a Gabriela, ambos solían decir que era su canción, pues con ella se conocieron.

Gabriela estaba desconcertada, sobre todo cuando vio que su esposo se acercaba a ella inclinándose en una rodilla extendió su mano y dijo:

– Me permite esta pieza señorita…?

¿Qué sucedía?”, su mente daba vueltas, cuantas veces soñó con eso, con ese momento cuando Cesar se atreviera a bailar con ella. Incapacitada de pensar extendió su mano dejándose llevar hacia el rincón donde comenzaron.

Cesar se movía muy bien pensaba Gaby, demasiado para alguien que odiaba bailar más que nada en su vida.

– Discúlpame hermosa…. Te he descuidado bastante estos últimos días- dijo Cesar.

Gabriela no respondía, se limitaba seguir el ritmo, era un sueño, pero eso no quería decir que lo perdonaba, eso no.

– Lo hago bien?… –le preguntó Cesar, como respuesta solo obtiene una mirada fría, desafiante.

– Dale las gracias a tu amiga Lidia… ella me enseño y ayudó a ensayar.

Estas palabras pusieron los pelos de punta a la casada.

– ¿Qué….? ¿De qué hablas?…

– Hablo de que estuve yendo a escondidas a casa de Lidia, a que me diera lecciones de baile, no sabes lo humillante que fue… No sé si se burlaba de mi porque en verdad lo hacía tan mal o solo se divertía… Es mas hoy mismo fui a su casa… me sentía tan nervioso que tuve que ir…, y ahora mírame no lo hago tan mal, – dijo Cesar coquetamente, sonriendo como hacía años cuando conquistó a Gabriela. – Discúlpame si te dejé sola estos días, quería que todo fuera perfecto, – fue lo último que dijo Cesar.

Si en ese momento alguien hubiese preguntado por la peor mujer del mundo Gabriela de Guillen habría levantado su mano, y hasta se hubiese ofrecido de voluntaria si es que hubiese otra persona más tarada que ella, como pudo pensar que su esposo Cesar pudiera engañarla, había sido una estúpida, había sida más que una estúpida.

Cesar le regaló lo mejor que pudo haber pedido y como se lo pagó, revolcándose en ese mugroso cuarto con un hombre aun mas mugroso todavía, sus ojos se llenaron de lágrimas, no pudo más y estalló en llanto, quizá ya no había vuelta atrás, mientras bailaba en su vestido rojo y en la parte de su trasero se notaba una gran macha de semen secándose que había quedado pegado en el asiento y se había fusionado con la tela del vestido, en tanto desde su vagina varios ríos de semen aun tibio corrían por sus muslos y ella los sentía.

“Once upon a December”, de fondo seguía sonando “Once upon a December”.

(Continuará)