portada narco3Pasé dos semanas sin volver a tocar siquiera a Mariana. El Sin títuloasunto con Katia fue peor; y comprendí entonces lo ruin que podía llegar a ser esa muchacha.

Me miraba con desprecio, como si el malo de la película fuese yo pero, al mismo tiempo me provocaba con miradas furtivas, con su precioso cuerpo deambulando de aquí para allá, mirándome fijamente cuando hablaba con mi hija y atrapándome con una sonrisa maliciosa en los momentos en que mi debilidad hacía que mis ojos se posasen sobre su cuerpo. No sólo nos había extorsionado, sino que ahora trataba de torturarme.

Andrea, por su parte, ya no aparecía en los videos, pero seguía asistiendo a las grabaciones de los videos. A veces llegaba a extrañar las veces en que Mariana y yo hacíamos aquello solos, y follábamos entre los aparatos de ejercicios. Ahora todo había cambiado, ella no se atrevía a mirarme, y cuando lo hacía era con un extraño dejo de temor. De Katia, ni hablar; de manera que sólo Andrea me rescataba del aburrimiento en las horas de grabación. Era claro que notaba que algo sucedía, pero no parecía capaz de comprenderlo.

“No lo entenderías nunca, Andrea”, pensaba. Pero sus conversaciones comenzaron a arrojarme indirectas extrañas que me hacían creer que sus sospechas se acercaban mucho a la realidad. Me preguntaba que tanto había platicado a aquellas alturas tanto con Mariana como con Katia, y una sensación de nervios me atrapó.

Los días pasaban, y comentarios fuera de tema, aleatorios, como “creo que un padre puede querer demasiado a su hijas” o “Mariana me ha contado sobre lo mucho que le gusta estar junto a ti”, me hacían pensar que Andrea sabía más de lo que su tranquila actitud reflejaba. A veces tenía ganas de preguntarle directamente a mi hija qué tanto le había dicho a Andrea, pero no era capaz de atreverme por temor a parecer molesto de nuevo. Tenía ganas de pedirle perdón, de volverla a tener en mis brazos y hacerla mía.

Pasaron las semanas, los días en los gimnasios me parecían eternos. Mi hija seguía yendo, pero yo sólo la miraba. Cuando Andrea y su hijo iban, era peor, porque Gael comenzaba a llevarse demasiado bien con ella y el hecho de que su madre y yo nos encerrásemos en mi oficina no disminuían los celos que me atormentaban de pensar que Mariana y él pudieran terminar en alguna especie de romance juvenil. ¿Qué me pasaba? ¿No era acaso esa la mejor solución? ¿No era esa la manera de dar por cerrado el asunto? ¿No me facilitaba aquello el olvidarme de mi hija?

Un día Mariana no apareció, y cuando llegó Andrea lo hizo sola. Aquello me hizo pensar en la peor de las posibilidades.

– ¿Cómo estás? – saludé, con unos ojos inquisitivos

– Bien – me dijo Andrea, con una reserva poco común

– ¿Pasa algo?

Ella me miró durante unos segundos, sus ojos parecían prepararse para observar mi reacción.

– He estado hablando con Mariana – dijo, con una seriedad que me puso nervioso al instante – y con Katia – agregó, al tiempo que sentía como el suelo se desplomaba para tragarme.

– ¿A qué te refieres? – pregunté, con una mal disimulada tranquilidad que hubiese matado de risa a cualquiera

– Lo poco que es por sí solo mucho – dijo

Saboreé sus palabras, confundido.

– En realidad no importa – agregó, poniéndose de pie – Las explicaciones me las darás después, antes tenemos que hacer algo.

– ¿Qué?

– ¿Podrías llamarle a Tomás? – dijo, refiriéndose al subgerente del gimnasio

Me subí a su camioneta, y avanzamos directo al departamento donde ahora vivía. Gael, incluso, se había inscrito en un colegio local. A veces me preguntaba cómo su esposo permitía eso. Hasta donde sabía, él era una especie de hombre de negocios que se movía mucho en el ámbito político. Era un hombre muy mayor, de más de sesenta años a quien por lo visto no le interesaba mucho si su esposa y su hijo se mudaban a otra ciudad de un día a otro.

Salimos del gimnasio, mientras las miradas de los usuarios se desviaban inmisericordemente hacía las perfectas curvas de aquella mujer, vestida con un apretado vestido de mezclilla sin nalgas. La gruesa tela cubría apenas la mitad de sus piernas debido al efecto que sus enormes nalgas tenían sobre el dichoso vestido. Para hacerlo más interesante, la prenda se cerraba y abría de principio a fin mediante un cierre.

Durante el viaje Andrea me habló de temas banales. Yo estaba desconcertado, seguía preguntándome dónde podía estar mi hija al tiempo que la curiosidad – y el temor – sobre las palabras de Andrea me martirizaban.

Había entendido que ella no me diría nada hasta que llegáramos a su departamento. Pero por momentos, durante los semáforos, tenía la sensación de que lo mejor era salir de auto y alejarme corriendo de ahí.

No me di cuenta que ya habíamos llegado hasta que su auto no descendió hasta el estacionamiento subterráneo de un precioso edificio de departamentos. Subimos por el elevador, donde un anciano casi muere de un infarto al estar encerrado con semejante ejemplar de mujer.

Al llegar al quinto piso, nos dirigimos directamente a su puerta. Debía ser un departamento, porque sólo había dos puertas por piso. En efecto, me invitó a sentarme en la sala y desde ahí pude contemplar la gran cocina al fondo, y pude imaginar el amplio tamaño de las tres recamaras que había.

Fue hacía su recamara, y regresó descalza. Yo estaba inmóvil, como un niño castigado. Ella, no obstante, parecía estarse tomando muy a la ligera el tremendo tema que estábamos tratando – o que debíamos tratar, porque ni siquiera habíamos llegado a tocar el tema realmente -.

Se acercó toda sonrisa. Su brillante y oscuro cabello, liso hasta la exageración, retumbaba en cada paso. Su imponente presencia hacía que no tuviera más remedio que mantenerme en mi lugar. La vi arrodillarse ante mí, y el único musculo que moví mientras desabrochaba mis pantalones fue el de mi verga alzándose. Tenía las manos frías cuando rodeó mi tronco con sus dedos, pero enseguida se templaron mientras comenzaba a bombear mi falo.

Si antes estaba confundido, ahora sí que no entendía nada. Parecía divertida y curiosa, mientras observaba mi expresión. Continuó mirándome aún cuando su rostro descendía, cuando su boca se abría y cuando sus labios se cerraban en el cuello de mi pene. Cerré los ojos cuando su lengua se deslizó hábilmente alrededor de mi glande.

Fue alejándose lentamente, y entonces dio un último beso a la punta de mi verga antes de incorporarse y girar ligeramente el cuello.

– ¡Pasa! – gritó entonces

Aquello me tomó completamente por sorpresa. ¿A quién le había dicho eso? Fue entonces cuando Mariana atravesó la puerta. Yo me quedé congelado.

Se acercó un par de pasos y sólo entonces reaccioné e intenté cubrir mi verga con las manos, como si ella no la hubiese visto así decenas de veces. Andrea sonrió dulcemente, tranquilizándome, y llevó su mano sobre las mías, para que yo volviera a descubrir mi pene. Obedecí sus movimientos, sin entender aún qué sucedía.

Con sus rubios cabellos recogidos en una coleta, mi hija vestía una pegada blusa negra de tirantes, que dibujaba perfectamente su silueta, abajo, llevaba un cortísimo y estrecho short para dormir, color rosa con puntos negros, que demostraban lo mucho que habían valido la pena las rutinas de glúteo. Despegué la vista de Mariana cuando escuché de nuevo a Andrea.

– Mariana me ha dicho que ustedes han tenido ciertos problemas – siguió diciendo Andrea, con toda tranquilidad, mientras tomaba el tronco de mi verga y comenzaba a masajearlo, asegurándose de no perdiera rigidez.

– No sé… – comencé a decir

– No vamos a hablar de eso por el momento, ¿de acuerdo? – continuó Andrea, mientras con un ademan invitaba a mi hija a que se arrodillara junto a ella – Creo que tú y yo tenemos más en común de lo que creíamos. Y me alegro de eso.

Yo no entendía nada de lo que decía, aquello era como un sueño y una pesadilla al mismo tiempo.

– Pero antes de continuar deberás prometerme algo – dijo, en el momento en que mi hija caía a su lado

– ¿Qué? – pregunté, ansioso de saber qué seguía

Se acercó a mi oído, sus cabellos lisos y sedosos acariciaron mi oreja.

– Me contaras todo – susurró – sin secretos.

– De acuerdo – respondí, suspirando

Entonces sentí los labios frescos de mi hija rodeando mi glande. Extrañaba de verdad sentir su boca húmeda alrededor de mi verga.

La traviesa risa de Andrea se despidió de mi oído, y entonces descendió. Llevó su boca a mi entrepierna y besó mis testículos en el momento en que Mariana se elevaba con mi verga dentro de su boca. Se separaron, y en sincronía volvieron a acercarse. Mariana a mi izquierda y Andrea a la derecha, besaron mi glande y se deslizaron sobre mi tronco hasta lamer ligeramente mis huevos. Era como si lo hubiesen estado practicando.

Era increíble, el gran amor de mi juventud y mi propia hija, me chupaban la verga al unísono. Mi mente flotaba en el placer que emanaban sus bocas cálidas y dulces. Los rubios cabellos de Mariana y los oscuros lisos de Andrea generaban un contraste espectacular. La mujer no sólo era más grande sino más experimentada, de modo que mi hija a veces se detenía a observar los movimientos de Andrea, para después intentar ella misma igualarlos.

Acariciaba sus cabellos, como si se tratara de mis fieles mascotas. Mariana evitaba verme, y cuando lo hacía parecía apenada de que mi mirada chocara con la suya. Andrea, en cambio, estaba más relajada, y me lanzaba miradas fugaces y cachondas. Me mostraba sus dientes mordiendo juguetonamente mi esponjoso glande o se metía mi verga hasta el fondo de su garganta sin despegar su mirada de la mía.

El sonido de alguien aclarándose la garganta me hizo girar la vista, y entonces me encontré a Gael recargado tranquilamente sobre el marco de la puerta.

Intenté levantarme enseguida, pero las manos de Andrea me detuvieron.

– ¡Tranquilízate! – me dijo – No hay problema.

– Andrea… – intenté decirle

– Vas a tener que ser paciente con las explicaciones – me dijo, en un tono más serio – No lo arruines, y disfrútalo.

Yo no entendía absolutamente nada, ¿Andrea pensaba seguirme chupando la verga así como así frente a su hijo? Y Mariana, ¿Mariana por qué seguía tan tranquila?

La presencia del muchacho me puso realmente nervioso. Vestía un pantalón de algodón blanco, de dormir, y una camiseta amarilla. Parecía recién levantado de la siesta, y miraba la escena como si se tratara de la repetición de un partido de futbol.

Su madre y mi hija seguían chupándome la verga en equipo. Eran un dúo dinámico y talentoso, Andrea lideraba y daba indicaciones concretas con pequeños menos de cabeza y miradas fugaces a Mariana, que obedecía sus instrucciones como si se tratara del ensayo de un baile. Cuando Andrea alzaba las cejas mirando hacía mis testículos, mi hija respondía bajando hasta mis huevos y llevándose cada una de mis bolas a su cálida boca.

Un ligero lengüeteo bastaba para que Mariana y Andrea deslizaran sus preciosas lenguas desde la base de mi tronco hasta la punta de mi verga; sus lenguas entrechocaban al final del viaje, y faltaba poco para que hubieran terminado en un acalorado beso.

Aquello me estaba poniendo realmente cachondo, me pregunté cuál sería la expresión de Gael cuando su madre se tragó completamente mi verga, tosiendo al borde de la asfixia antes de volverla a liberar, pero el muchacho se había movido de lugar. Entonces lo encontré sentado tranquilamente sobre uno de los sillones individuales. Sólo le faltaban un refresco de medio galón y unas palomitas para que pareciera un muchacho típico ante una película. Pero pese a su tranquilidad, su mirada fija en la escena comenzaba a tener repercusiones en su entrepierna, donde el volumen de su verga iba aumentando.

¿Qué rayos estaba pasando? ¿Y qué seguía?

Pude haber hecho un montón conjeturas acerca de lo que claramente se acercaba, pero la voz de Andrea invitando a mi hija a repetir su hazaña me sacó de mis pensamientos.

Mariana se mordió suavemente los labios; miró mi verga como quien mira el fondo de una piscina desde una plataforma de clavados y después me miró a los ojos como si estuviese pidiéndome permiso para proceder. Aquella mirada tenía tantos matices, tantos posibles significados para mí que no pude soportarla; llevé mi mano hacía su nuca y atraje su rostro contra mi entrepierna.

La hice tragarse mi erecto falo por completo, pude sentir su lengua luchando por abrir espacio a aquel pedazo de carne invasor que se clavaba en su garganta. Mantuve mi pesada mano durante unos segundos sobre la cabeza de mi hija, a pesar de las ligeras convulsiones de su cogote. Andrea miraba la escena con una sonrisa completamente fuera de lugar, casi mirando a Mariana con ternura.

Entonces hice a un lado mi mano y mi pequeña pudo por fin alzarse y respirar. Me dirigió una expresión que me hizo entender que todo lo demás podía enterrarse en el pasado. Y entonces tomó mi tronco y volvió a repetir lo mismo, aguantándose las gárgaras, demostrándome lo bien que podía mamar mi verga.

Como una asistente social satisfecha de otro buen trabajo, Andrea se puso de pie y se retiró lo más discretamente que su cuerpazo lo permitía. Iba a dirigir de nuevo la mirada al rostro de Mariana cuando de pronto el sonido de un cierre abriéndose llamó mi atención. Alcé la vista y vi cómo Andrea se acercaba a su hijo, lentamente, mientras dejaba caer tras de sí el vestido de mezclilla. Quedó ante él, con un conjunto anaranjado de lencería de lo más cachondo. Sus glúteos masticaban ya una buena parte de la tela de sus bragas.

Se acercaba lenta y sensualmente a su hijo, quien había comenzado a deshacerse de su ropa. Cuando su madre llegó, la verga erecta de Gael ya estaba más que lista.

– Necesito que me hagas un favor…después veremos, pero antes…tengo cierta urgencia… – fue lo único que alcancé a escuchar en los confusos murmullos de aquella mujer antes de que colocara sus rodillas sobre el sillón donde Gael la esperaba.

Entonces rodeó a su hijo con sus piernas. Él jaló de los tirantes laterales de las bragas de su madre, y estas cayeron, dejándome ver los perfectos glúteos de aquella mujer.

Regresaba a mirar de reojo a mi hija, de vez en cuando, pero esta no pudo sonreír con cierto placer mi sorprendido rostro. Supuse que, si ella sabía lo que yo estaba viendo, su sorpresa había sido igual al enterarse.

Andrea hubiera parecido una gigantesca belleza frente a su hijo de no ser por el fornido cuerpo que el muchacho había obtenido a base de ejercicio.

Miré cómo las nalgas de la mujer descendieron, haciendo desaparecer lenta pero progresivamente la gruesa verga de su hijo entre sus piernas. El muchacho acarició el culo de su madre una vez que esta se tragó su tronco, y ahí permanecieron sus manos, apretujando aquellos deliciosos glúteos una vez que la mujer comenzó a mover sus caderas.

Miré de nuevo hacía mi hija, como esperando que ella tuviera la explicación completa de lo que estaba sucediendo. Ella se sacó mi glande de su boca y sonrió graciosamente, alzando sus hombros. Parecía tan sorprendida como yo de aquello. Comprendí que no era entonces el momento para explicaciones, e invité a mi hija a que se levantara.

La desnudé, con la paciencia de alguien que juega a las muñecas. Retiré su blusa e hice descender su short. Debajo llevaba unas bragas rosas que desentonaban con su pequeño sostén amarillo. Antes de continuar desvistiéndola, mis manos acariciaron su cuerpo, recorriendo cada centímetro de su piel, deteniéndose en su cintura, su rostro, sus piernas y sus nalgas; parecían rememorar aquel cuerpo que alguna vez les había pertenecido y que hoy recuperaban.

Los gemidos de Andrea comenzaban a inundar dulcemente el departamento, como música de fondo mientras mis dedos desabrochaban los ganchillos del sostén de Mariana. Mis labios saludaron los oscuros pezones de mariana, mientras mis manos jugueteaban con la tela de sus bragas. Mi boca continuó su recorrido, mi nariz olió el natural aroma de su cuello y mis labios se encontraron entonces con los suyos. El tiempo pareció detenerse mientras nuestras bocas prometían no volverse a separar nunca.

Sin dejar de besarla, hice caer sus bragas. Ella dio un paso, y después otro. Otro liviano movimiento hizo que sus piernas rodearan mi cuerpo, y uno de mi parte colocó la cabeza de mi falo a las puertas de su concha.

Un espasmo agitó su cuerpo, y sus dientes mordieron mis labios cuando mi verga la penetró. La calidez de su interior llevaron la locura a mi mente, su mojado coño parecía acariciar con lentas fluctuaciones a mi tronco.

Mi sangre corría emocionada por las venas de mi falo, mientras Mariana comenzaba a moverse lentamente. Separó sus labios de los míos, para tener la suficiente libertad de cabalgar sobre mi verga mientras me miraba fijamente con deseo, con pasión, con amor.

Al inicio se movía con aquella gracia que la caracterizaba. Tenía aquella expresión que usaba en los videos durante la muestra de los ejercicios. Una sonrisa cruzó mi rostro cuando me imaginé uno de sus videos titulándose “Salto en cuclillas sobre la verga de mi padre”.

Sus saltos comenzaron a aumentar su intensidad y entonces también mi cuerpo comenzó a moverse. En seguida nuestros cuerpos se adaptaron uno al otro, entonces el placer fue tal que los gemidos de Mariana cubrieron por completo a los de Andrea. Sus gritos agudos escapaban cada vez que su clítoris se arrastraba sobre mi vientre y cada vez que mi grueso tronco se deslizaba dentro de su concha.

Poco a poco, ella se fue agotando, pero mis movimientos fueron sustituyendo a los suyos sin que se perdiera el ritmo. La ayudaba a subir a bajar empujando su colita hacía arriba. Y mis caderas habían tomado la suficiente velocidad para infligir en mi hija una tormenta de placer.

Entonces se corrió, sentí cómo su coño vibraba; percibí sus jugos siendo expulsados y vi sus ojos apretándose de placer. Su respiración se detuvo y su boca se abrió. Su cuerpo se desplomó sobre mi pecho pero yo seguí embistiéndola. Mi verga salía y entraba entre los temblores de su concha. Sus manos rasguñaron mi espalda, sus gritos se alojaron sobre mi oreja y su dientes mordisqueaban mis cabellos. Mis manos apretujaban sus glúteos, sudorosos, mientras mi falo seguía castigándola con embestidas duras y firmes.

Entonces me detuve, y ella cayó rendida sobre mi falo. Su cuerpo perdió solidez y sus manos se colocaron sobre mis pechos. Sudaba de la frente, y me regaló una dulce sonrisa antes de abrir la boca para respirar.

Apenas Mariana había comenzado a recobrar el aliento, la imponente escultura de Andrea apareció tras de ella.

– ¡Uf! – exclamó a mi hija, alzando las cejas – Eso debió haber estado bueno.

Mariana la miró, con una apenada sonrisa. Después bajó su rostro hacía mi pecho, aún agotada.

Andrea me miró con aquella típica cachondez. Abrió la boca, a punto de decir algo, pero se detuvo a meditarlo unos segundos. Finalmente pareció resolver sus pensamientos.

– ¿Cambio de pareja? – dijo entonces, con naturalidad.

Pero no funcionó de mucho, enseguida mi rostro debió ensombrecerse pues la sonrisa de Andrea se borró. Cambió entonces a una expresión más seria, y se lamió los labios antes de continuar con su oferta.

– Heriberto – me dijo, mirándome mientras mí hija, aun clavada en mi verga, descansaba sobre mi pecho – podemos discutir esto o podemos tomárnoslo con calma.

– O podemos olvidarnos de esto.

Suspiró.

– Yo no creo poder olvidarme de esto – llevó sus manos a los hombros de Mariana, y comenzó a masajear suavemente su espalda – Además, tenía pensado iniciar una bonita relación, ¿tiene eso algo de malo?

Yo arrugue los labios. Entendía perfectamente de lo que hablaba. Y efectivamente, lo que ofrecía era por demás atractivo, el sólo morbo de pensar que ambas parejas podríamos encontrarnos y repetir una orgía como aquella me parecía de lo más morboso y excitante. No era un problema moral el que me detenía, eso ya había quedado tan atrás que apenas y lo recordaba. No, era Mariana, eran mis celos, era la idea de pensarla en manos de otro hombre. ¿Sería realmente mía? ¿De verdad se olvidaría para siempre de la existencia de otros hombres para pertenecerme sólo a mí? ¿O aquello terminaría por alejarla de su padre? ¿No sería compartiéndola la mejor manera de conservarla?

Eran cuestiones que ya me habían quitado el sueño varias noches y que no me habían llevado a ninguna conclusión. Ahora la propuesta de Andrea me obligaba a tomar una decisión. Tragué saliva.

Bajé la vista, me encontré con los dulces ojos de Mariana. Me miraba con una expresión neutra. No parecía intentar convencerme de nada, sino simplemente esperaba cuál sería mi respuesta.

– No creo que tenga nada de malo – dije entonces – es sólo que…

– ¿Es sólo que qué? – preguntó Andrea, mirándome fijamente

– No sé si sea lo correcto.

Andrea lamió sus labios, pensativa. Entonces dejó los hombros de Mariana y acarició maternalmente mi rostro.

– Nunca lo sabrás…

Dejó mi rostro.

– …¿sabes? – continuó – Tú y yo nunca sabremos qué es lo correcto y qué no. Ya no podemos saberlo. Por eso para mí ha dejado de importar.

– No entiendo bien qué me quieres decir.

– Quiero decir que dejes de preguntarte por “lo correcto” y comiences a pensar en “lo bueno”. Si lo piensas, son dos cosas distintas.

Andrea terminó por convencerme, y un minuto después vi a mi hija avanzar hacía donde Gael la esperaba. La mano de Andrea desvió mi mirada hacía la de ella, y vi sus labios acercarse a mi rostro. Me besó en la frente, en la nariz y finalmente en los labios.

Los besos de Andrea me confundían. Estaban llenos de sensaciones extrañas que me hacían preguntarme cuales eran las verdaderas intenciones de aquella mujer. Su misteriosa belleza acentuaba aún más su extraño comportamiento y sus caricias y palabras dulces contribuían a volverme loco. Nuestros labios se separaron, y ella se acomodó de la misma manera en como lo había hecho con Gael hacía unos minutos. Sus piernas rodearon mi cintura y nuestras partes se acercaron peligrosamente.

A lo lejos, escuché murmurar a los muchachos mientras platicaban. Aunque Mariana ya tenía experiencia en estas artes, y Gael evidentemente también, ahora parecían un par de novios en su primera vez. Apenas y se atrevían a mirarse, y parecían apenados con lo que estaban a punto de hacer. Supongo que Mariana tomó la decisión, pues empujó al chico para que se sentase sobre el sillón. Jugueteó un momento con el falo erecto del muchacho, como si estuviese evaluándolo. El chico tenía una buena herramienta, y aunque no tenía las dimensiones de la mía, sí que le deparaba un buen futuro.

Mi hija se colocó de cuclillas sobre aquella verga, dándole la espalda al muchacho y ofreciéndonos el espectáculo de su morbosa desnudez. Su coño abierto y goteante se tambaleaba sobre aquel falo endurecido mientras terminaba de acomodarse. Gael la sostuvo por las caderas, apuntó su falo y preparó sus caderas.

Entonces la penetró. Con lentitud, pero con firmeza. Con el cuidado y determinación con el que se administra una vacuna. Un espasmo impulsó a mi hija hacía el frente, pero las manos del muchacho la sostuvieron con sus manos sobre sus tetitas. Los blancos dientes de Mariana aparecieron, mordiendo su labio inferior, saboreando la textura y el tamaño de aquel nuevo habitante de su coño.

Seré sincero. Alguna vez llegué a imaginarme a mi hija siendo follada por alguien más. Era una especie de fantasía que no dejaba de parecerme una mala idea, como algo que supuestamente no tendría que desear. No imaginaba ahora cómo aquello se volvía realidad, cómo tan rápido, y cómo de aquella manera.

Mi hija comenzó a saltar lentamente sobre aquel tronco. Aquella escena me causaba una extraña combinación de excitación y celos. Andrea debió notarlo, puesto que empujó mi barbilla para que la mirara. Tenía una cálida sonrisa de madre.

– Todo está bien – dijo

Moví la cabeza afirmativamente. Mi respiración se normalizó, y mi atención comenzó a concentrarse en su cuerpo. Se acercó a mí, ofreciéndome su pecho. Mis manos se apropiaron enseguida de aquellos preciosos melones; mi verga sentía el roce húmedo de su coño. Sus pechos firmes y voluminosos se acercaron más, y entonces mi boca comenzó a explorar la textura de sus oscuros pezones. Mi nariz rozaba la sus senos mientras mi lengua jugueteaba con aquellas tetillas que se endurecían en mi boca.

Cayó lentamente, y mi verga se instaló en su cálido coño. Comenzó a cabalgar enseguida, mientras yo guiaba sus caderas, aunque poca falta le hacía. Follaba con la profesionalidad de una estrella porno, y sus movimientos tenían esa capacidad de satisfacerse así misma al tiempo que enloquecía de goce a su acompañante.

Mis manos se divertían de lo lindo con sus formidables glúteos, sus movimientos hacían que sus tetas chocaran contra mi rostro y sus manos despeinaban mis cabellos. Su hermosa cabellera danzaba ligeramente al ritmo de sus movimientos. Su blanca piel se enrojecía de placer.

Sentía su coño contrayéndose contra mi verga; ella sonreía cuando miraba mi expresión complacida cuando aumentaba la intensidad de sus rebotes. Yo comencé a moverme más, embistiendo mi verga contra su coño. Entonces sus agitadas respiraciones se convirtieron en gemidos de placer que se combinaron con los agudos gimoteos que Mariana lanzaba a lo lejos, mientras saltaba como conejita sobre el agradecido tronco de Gael que, embadurnado con los jugos de mi hija, reflejaba los rayos de luz.

El muchacho besaba la espalda de Mariana, mientras sus manos se deslizaban sobre las tetitas de la chica. Aquella posición me dejaba ver a detalle el dilatado coño de mi hija. Podía ver su pequeño clítoris enrojecido, y los labios vaginales abriendo paso para engullir el falo del muchacho. Una sensación extraña se instaló en mi mente, y pronto comprendí que era cualquier cosa menos enojo. No me molestaba, ¿por qué no me molestaba?

Mariana cruzó por un segundo sus ojos con los míos, parecíamos vernos en cámara lenta, aunque en realidad ella vibraba por las embestidas que el muchacho le provocaba. Sus ojos parecían preguntarme si yo me encontraba bien. Supongo que los míos respondieron algo tranquilizador, porque ella sonrió satisfecha y cerró los parpados, entregándose al placer.

Andrea acercó sus labios a los míos, y me perdí no sé cuánto tiempo en aquella boca. A veces, mientras mis manos recorrían su figura, yo me preguntaba cómo un cuerpo era capaz de mantenerse en semejante estado. ¿Cómo se podía ser tan hermosa?

Los gemidos de Mariana de pronto me parecieron más cercanos, y lo estaban. Ahora los chicos habían cambiado de posición. Con la cabeza recostada sobre uno de los sofás grandes y con las piernas extendidas, Mariana recibía las embestidas del muchacho. Aquella escena parecía aún más guarra, porque de no ser porque todos sabíamos lo que sucedía, cualquiera hubiese dicho que Gael estaba violando a mi hija.

Aquello, lo admito, me calentó. Me hizo recordar la intensidad con la que antes me la había follado, y me hacían pensar en que sería cuestión de tiempo para que se repitiera. Me gustaba, de cierta manera, dominarla; me gustaba transmitirle esa sensación, de mi enorme cuerpo sobre su pequeña figura. Ver cómo aquel muchacho la tomaba de las caderas y la rebotaba sobre su verga como una muñeca de trapo, hizo que mi falo se endureciera aún más.

Andrea se puso de pie entonces, y se acomodó de la misma forma que Mariana. Sólo que parecía algo injusto, el tierno culito de Mariana apenas y se acercaba a el enorme culazo que aquella morena ostentaba. Pude ver el ojete de Andrea, no había que ser un experto para saber los kilómetros de verga que habían pasado por ahí. Debajo, su húmedo coño parecía susurrarme que me acercara.

No necesitaba una invitación para colocarme tras aquella yegua. Sus preciosas nalgas fueron conquistadas con las caricias de mis manos, mientras mi verga se enfilaba acomodándose en el canal entre sus glúteos. Entonces penetré hasta lo más profundo de su coño.

Cara a cara, a menos de quince centímetros, los enrojecidos rostros de aquellas preciosidades se compartían gemidos y suspiros al ritmo de los embates de nosotros. Andrea de vez en cuando giraba a verme, y me regalaba una sonrisa pícara que parecía preguntarme “¿te gusta todo esto?”. Sólo entonces entendía que, después de todo, aquella mujer era la gran ganadora de todo aquel embrollo. Era una tipa lista, más inteligente que bonita.

El placer se expandió por la sala. De alguna manera, la temperatura debió haber aumentado, y el aroma a sexo se notaba en cada respiración. Nuestras pieles brillaban por el sudor, y los gemidos y respiraciones agitadas habían dejado de tener un solo dueño. En todos mis años, aquella era la primera orgía en la que participaba, y no me imagino cómo alguna podría ser mejor.

Minutos después, los gritos de Mariana recorrieron toda la casa; fue un orgasmo tan magnifico que la propia Andrea se inspiró. Sentí su coño contrayéndose, y a ella misma ejerciendo fuerza contra mi verga. Su respiración agitada y sus nalgas vibrando invadieron la escena durante unos segundos, antes de que su cabeza cayese rendida sobre el sofá.

Cesé un poco mis embestidas, al igual que Gael. Las dos mujeres estaban recostadas, como desmayadas, sobre los asientos. Nuestras vergas seguían ensartadas en ellas.

Mi pollas estaba agotada y adolorida. Había estado conteniéndome pero cada vez era mucho más complicado. Mariana despegó su rostro del sofá, su sudor parecía lágrimas y una sonrisa agotada me explicó que estaba contenta.

Entonces sentí que estaba a punto de eyacular. Me detuve, mientras Andrea recobraba el aliento sobre el sofá. Bajé mis labios hasta su oído.

– Debo correrme dentro de ella – dije

Ella asintió. Alzó la vista y con la mirada le indicó a su hijo que se acercara. El muchacho sacó su verga de mi hija, y se dirigió hacía su madre, quien engulló su falo como compensación. Mirando aquella escena, me coloqué detrás de Mariana, que me esperaba pacientemente, como una vaquilla esperando a su toro. Mi verga sobó el exterior de su mojado coño, y sin más aviso la penetré.

Estaba tan húmeda que no hacía falta ninguna preparativa. La embestí a un ritmo acelerado, y sus gemidos no tardaron en presentarse. Giró el cuello y me miró con una expresión de feliz dominada. Juntamos nuestros ojos, recordándonos que yo la follaría y la protegería para siempre, y que ella estaría siempre ahí para recibir mi verga y saborear mi leche.

Mis manos rodeaban su cinturita, sus nalgas chocaban contra mi entrepierna, mi tronco se deslizaba entre sus labios vaginales al tiempo que mi respiración aumentaba su ritmo y sus gimoteos se transformaban en gritos de placer.

Vi cómo la verga de Gael salía de la boca de Andrea. Vi cómo se corría, embadurnando el rostro de su madre con su leche y salpicando el de mi hija. Vi como Andrea se llevaba a la boca, complacida, el glande del muchacho. Vi cómo su rostro se acercaba al de mi hija, y vi como se besaban, mientras se compartían con sus lenguas el esperma de Gael.

Entonces me corrí. Me corrí como no lo recordaba, mi verga se instaló hasta el fondo de aquel precioso coñito pero eso no evitó que por los costados mi leche se desembocara. Saqué mi falo, me incliné y besé sus nalgas, y su esfínter, y su coño derramando mi leche, agradecido por la bendición de poder follarme aquel precioso culito.

La casa tenía tres regaderas; yo me bañé sólo en una, y mi hija en otra. Madre e hijo se bañaron juntos. Vestidos y limpios, nos encontramos en la sala. Andrea y yo salimos primero. Estaba vestida con el mismo vestido, y actuaba como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Me invitó a sentarme junto a ella.

– ¿Por dónde empezamos?

– ¿Puedo elegir? – pregunté

– Bien.

La miré, preguntando qué tanta sinceridad podría esperar de ella. Sus ojos no parecían tener la intención de mentir. Pensé que aquella tarde, ella me había mostrado una confianza que no dejaba espacio a dudas.

– ¿Cómo te enteraste? De lo de Mariana y yo.

– Una se las huele – dijo, acomodándose sobre el sofá – Platicando con Mariana y con Katia, fui confirmando mis sospechas. El caso de Katia me preocupa, pero después hablaremos de ella. Yo me di cuenta de que Mariana y tú estaban peleados, de una forma un tanto extraña. Una tarde se lo pregunté directamente a Mariana. Tu pobre hija se puso tan roja que sus mentiras pésimas daban risa. Finalmente lo admitió.

– Comprendo – dije, apretando los labios

– Por experiencia – me dijo, con un tono más serio – te puedo decir que esto es muchísimo más delicado de lo que crees. Mariana debe aprender a mantener esto en secreto. Pero Katia…

– ¿Qué sabes de Katia?

– Sé que lo sabe, sé que tuvo algo que ver contigo, sé que intentaste ponerla de tu lado y sé que fallaste. Entiendo que los tiene tomados por el cuello.

Yo respiré, incomodo. Andrea tenía razón, pero no me gustaba recordar aquello.

– Creo que sí lo sabes todo, ¿qué es entonces lo que querías que yo te explicara?

– Algo sencillo – sentenció Andrea, mirándome con una malicia que no le conocía – Quiero que me expliques cómo puedes permitir esto.