LA OBSESION 2Casi una hora después, Katia salió de la oficina con la Sin títulofrente altiva y el rostro enrojecido. No podía estar enojada, porque finalmente accedimos a sus deseos, pero tampoco creí que estuviese apenada, aunque debía. Nos tenía por el cuello, exigía la mitad del dinero generado por las visualizaciones y la publicidad, y aunque jamás quiso admitirlo, no había más que ido a extorsionarnos con el asunto del incesto.

Yo estaba realmente furioso, pero mantuve la calma, por Mariana. Después de todo, a Mariana, en su inocencia, le parecía justo que Katia se llevara la mitad. Pero yo sabía que no, Katia editaba los videos y su trabajo era sin duda valioso, pero ello no le daba absolutamente el derecho a llevarse la mitad del dinero. Pero no teníamos alternativa.

Segundos después de que la negrita se fue, Andrea asomó la cabeza, extrañada por lo sucedido, aunque no tenía realmente idea de qué había sucedido.

– ¿Quién es esa chica? – preguntó, mientras pasaba para sentarse al lado de Mariana.

Mariana, quien era su admiradora, no se emocionó mucho al tenerla frente a ella. Era obvio que sospechaba que algo había sucedido ahí antes de que llegara, y la idea no parecía agradarle mucho. Yo suspiré, un achaque de celos de mi hija era lo que menos necesitaba ahora.

El resto de los días se normalizaron, hasta cierto punto. Andrea terminaría por pasar una larga temporada en la ciudad, pues un congreso nacional de fitness se iba a celebrar el mes entrante, de manera que tuve la oportunidad de estar con ella varias veces y Mariana tuvo la oportunidad de participar a su lado en no uno sino tres programas.

Durante las grabaciones, Katia aprovechó para mostrarse de lo más arrogante. Mariana no lo notaba, pero estaba claro que la maldita negra no hacía más que poner a prueba nuestro temor a que revelara nuestro secreto. Con el tiempo, pareció comenzar a divertirse con aquello.

Tal era su actitud, que la propia Andrea pareció notarlo, e incluso durante la segunda grabación no soportó más las ganas de preguntarme.

– ¿Cuál es exactamente el papel de esa niña? – dijo, en un tono despectivo que revelaba su molestia

– Ella inició el programa con Mariana – intenté justificar – Siempre ha editado los videos.

– Pues es bastante arrogante, ni siquiera Mariana se porta así.

– Bueno – suspiré – tiene su carácter.

Andrea no pareció satisfecha con aquello, estaba claro que lo que fuera que ahí sucediera le intrigaba. Había pasado de ser un visitante ocasional a una parte fundamental en el programa, en mi vida y en la vida de Mariana. Ni siquiera yo me daba cuenta de lo mucho que comenzaba a pasar junto a su lado.

Respecto a Katia, sabía que tenía que hacer algo. Aunque las palabras de la negra parecían sinceras en el sentido de que guardaría el secreto, aquello no dejaba de representar una amenaza. Cualquier molestia o ataque de furia podía provocar que comenzara a hablar de más, y aquello era demasiado riesgo como para permitirlo. Además, ella no tenía el menor derecho a quedarse con la mitad del dinero.

Es común creer que quienes practicamos fisiculturismo somos un montón de tipos torpes sin cerebro. Y probablemente si tengan algo de razón, pero también somos decididos y hallamos en lo más mínimo la inspiración para hacer grandes cosas. Mi inspiración llegó de un viejo libro que me llegó a la mente. Me lo regaló uno de mis primeros entrenadores, cuando apenas iniciaba mis entrenamientos.

El libro combina la fisicultura con la filosofía china, o algo así. Recordé uno de los capítulos, en los que sugerían convertir lo negativo en nuestra fuerza. En poner a nuestros enemigos de nuestro lado. En hacer que aquellos que quisieran hacernos daños estuvieran tan inmersos en nosotros que su intento de hundirnos los hundiría también a ellos.

Fue entonces cuando se me ocurrió que la única manera de controlar a Katia, de asegurarme que jamás abriera su maldita boca, era atarla a nosotros. Que no pudiera causarnos daño sin causárselo también a ella. Decidí que tenía que hacerla parte de todo aquello, a cualquier precio.

No fue difícil. La chica siempre había mostrado interés en los tipos musculosos, y yo era uno de ellos. Aunque mucho mayor para ella, siempre me había percatado de sus miradas recorriendo mis brazos, mi tórax y mis piernas. Siempre la había ignorado, pero ahora esperaba que su interés en mi siguiera vivo de alguna manera.

Comencé a poner a prueba mi plan durante una de las grabaciones. Sentado en los aparatos, no quitaba la mirada de sus ojos. Ella se percató, y no tardó en sentirse perturbada por mi mirada. Trató de sonreírme y también trató de mirarme con desprecio, pero ninguna de las dos cosas sirvió para que yo parara. Quería hacerla sentir incomoda, porque sabía que en chicas como ella aquello era

En los entrenamientos del gimnasio. Comencé a acércame a ella, con el pretexto de ayudarle a sus entrenamientos. Ella no se atrevía a rechazarme entre tanta gente, de modo que tuvo que aceptar mi cercanía. Aquello me dio la oportunidad de platicar con ella, en conversaciones que se extendían cada vez más.

Mariana no tardó en percatarse de ello, y muchas veces discutimos “discretamente” en presencia de Katia. Aquello, sin embargo, funcionó con la negrita, pues la hizo sentir que su cercanía a mi comenzaba a hacer estragos en la relación con mi hija. Como toda zorra, estaba claro que aquella negreta se sentía adulada con los celos que provocaba. Cosas similares sucedían con Andrea, aunque esta tuvo la extraña razón de acercarse y platicar durante largas charlas con la negrita. ¿De qué podían hablar?

Mariana, por su parte, pareció comprender que yo era un tipo sin remedio, y aunque seguimos disfrutando sin problemas de nuestros encuentros sexuales, ella fue conociendo a otro chico: Gael, ni más ni menos que el hijo de Andrea, a quien ella había inscrito al gimnasio. Aunque era un tipo bastante bien parecido, digno de su preciosa madre, y aunque tenía la misma disciplina en el ejercicio que hacía que yo mismo me reflejara en él, no pude evitar un extraño sentimiento de celos; lo cual era irónico, pues así como el muchacho coqueteaba con mi hija, yo también actuaba como un adolescente calenturiento tras el bombón de Katia.

– Veo que Mariana tiene un nuevo amigo – me dijo una vez la chica, inquisidoramente

– Creo que es un buen muchacho – dije, alzando los hombros

– ¿No te dan celos? – preguntó Katia, maliciosamente – Celos de padre, me refiero – dijo, alzando las cejas

Ni siquiera le contesté.

Mis acercamientos con la negrita fueron aumentando. Y aunque ella a veces demostró desinterés – y un poco de asco hacía mi – la insistencia terminó por hacer estragos en ella. Charlábamos por horas, estuviese Mariana presente o no. A veces tenía duda de si Katia era lo suficientemente inexperta para caer en mi trampa o si estaba tramando algo. Pero si era así no lo demostraba.

A veces yo dejaba de buscarla, sólo para saber cuánto tardaba ella en marcarme por teléfono o enviarme un mensaje de texto. Y aquello me permitió saber lo mucho que representaba para ella, pues sus llamadas y mensajes no tardaban más que algunas horas en llegarme.

Cuando como parte del flirteo, comenzamos a intercambiarnos fotos, me llevé varias buenas sorpresas, especialmente cuando me enviaba auto fotos donde podía verse la perfecta figura atrapada en sus apretados conjuntos de entrenamiento.

Las horas de entrenamiento eran las mejores. Yo hacía como que la guiaba, mientras le miraba descaradamente su culo, y ella hacía como que me seguía, mostrándome atrevidamente las curvas de su cuerpo. Fue entonces cuando me di cuenta de que la trampa en la que la deseaba hacer caer era también una trampa para mí, que moría día a día por hacerla mía.

Fue hasta un domingo por la noche cuando la tensión entre nosotros estalló. Los domingos eran los únicos días en los que el gimnasio principal cerraba temprano, a las siete de la tarde. También era el único día en el que yo era el único encargado, pues mis empleados tenían que descansar. La había estado mirando durante toda la tarde y ella me lanzaba sonrisas cómplices de vez en cuando.

Había llegado tarde, al cuarto para la seis, y aquella fue la primera señal de que aquella tarde sería diferente. Mariana había entrenado en la mañana y debía estar descansando en casa.

Éramos ya los últimos, y aunque mi corazón latía al mil por hora preferí no hacerme ilusiones y mantuve la calma. Me acerqué a ella, que en aquel momento alzaba el peso en la máquina para isquiotibiales. Con aquella posición, boca abajo y mostrando las dimensiones de sus glúteos, el sólo hecho de mirarla era insoportable. Vestía un short deportivo morado y un sujetador deportivo rosado, que dejaba desnuda su cintura. Aunque solía alisárselo con plancha, su cabello natural tenía el rizado típico de la raza negra. Era una verdadera delicia, y yo no tenía idea de cómo comportarme ante tremenda diosa. Estaba tan excitado, que pensé que si no me la follaba a ella tendría que descargar mi apetito en mi hija.

– Ya vamos a cerrar – dije, sin saber qué tanto se notaban los nervios en mi voz

Ella detuvo su ejercicio y alzó la vista, incorporándose sobre sus antebrazos.

– Ya son las últimas – me dijo, mostrándome sus blancos dientes

Idiotizado, le dije que iba a ir cerrando el local en lo que ella terminaba. Era increíble que me estuviera comportando como un mocoso ante una adolescente como ella.

Subí a cerrar las ventanas del segundo piso y la puerta de la azotea; cuando baje, Katia estaba guardando sus cosas en su mochila. Me acerqué a ella cuando se estaba vistiendo su sudadera.

– Hace un poco de frio – me dijo, sonriéndome

Pude ver sus ojos deslizándose furtivamente a mi entrepierna, pero decidí no mencionar aquello. Esa chica emanaba sensualidad en cada acto.

– Bueno, debemos irnos

Ella se lamió los labios, y su rostro se tornó serio, como si hubiera esperado algo distinto de mi parte. Pero yo estaba tan confundido como ella, y no alcanzaba a pensar en qué debía decirle.

Salimos minutos después, la chica sólo se había colocado una sudadera, de modo que el frio viento debía estarle pegando directamente en sus piernas. Entonces supuse que podía tomar aquello como una oportunidad.

– Es algo noche, ¿no? – le pregunté, ella giró el rostro y me sonrió, de manera afirmativa, como diciéndome “qué remedio queda”.

Entonces me enjuague los labios con mi boca, y me atreví a preguntarle.

– ¿Quieres que te lleve a tu casa? – le dije, con la mayor serenidad posible – Me queda de paso.

Ella no me respondió de inmediato, miró hacia el horizonte, como confirmando una última vez de que el autobús no se hallaba cerca. Entonces me miró de nuevo y movió su cabeza afirmativamente.

Durante el viaje no hablamos más que los mismos comentarios sobre el clima. Le pregunté si no tenía frio con aquellos shorts tan cortos, y ella admitió entre risas que había cometido un error al elegir esa indumentaria.

Sacó su botella de agua, y suspiró al ver que se hallaba vacía.

– Yo también olvidé llenar mi bule de agua – le dije – Y tengo mucha sed.

– Casi siempre me da sed hasta que llego a mi casa – dijo, en un comentario que no entendí del todo

Seguimos charlando de cosas sin importancia hasta que el automóvil se detuvo frente a su edificio de departamentos.

No pudimos decirnos nada durante quince incómodos segundos en el que nos mantuvimos dentro del inmóvil vehículo.

– Te deben estar esperando tus padres – le dije

Ella me miró.

– Sólo vivo con mi mamá.

– ¡Oh! – exclamé

– Ella no está – continuó – Fue a cuidar a mi abuela.

Otros diez segundos de silencio se hicieron presentes. ¿Aquello había sido un comentario sin importancia o lo había dicho por alguna razón?

– ¿No tienes algo de agua? – me atreví a preguntarle

– ¡Sí! – dijo de pronto, como si aquella pregunta fuera la que estuviera esperando – Digo, sí, puedo darte algo de agua.

Le di mi botella de agua. Y ella bajó del automóvil. Se dirigió al edificio pero se detuvo en el primer escalón de la entrada principal. Regresó corriendo y se asomó por la ventanilla.

– Puedes subir, si quieres, vivo en el tercer piso. El 303. – me dijo rápidamente, antes de salir corriendo hacia el departamento.

Me quedé solo. En el auto. Completamente idiotizado. ¿Qué rayos había sido eso? Analicé todo de principio a fin. Entonces decidí que lo mejor sería subir. Estacioné el auto en un espacio bajo un árbol, y bajé del vehículo. Alcé la vista y vi cómo la luz del departamento de Katia se encendía. Miré a los lados, la calle estaba vacía.

Subí las escaleras a trompicones, y llegué al 303 del tercer piso. La puerta estaba entreabierta, y entré velozmente. Entonces la negrita chocó su cara contra mi rostro, iba de salida cuando yo entraba y nos encontramos violentamente. Dejó caer la botella con agua, y mis manos se dirigieron a su rostro, para revisar si el golpe no le había causado ningún daño.

Ella alzó los ojos y me miró, y yo no pude apartar la vista de sus oscuros y redondos ojos. Era como si nuestras pupilas fueran dos poderosos imanes incapaces de despegarse. Entonces nuestros labios chocaron.

Pensé en los labios de Mariana y en los de Sandra, pensé incluso en los de Verónica, pero no recordaba unos tan suaves, tan llenos de vida, tan cálidos y tan dulces como los que Katia tenía. Los rasgos africanos de su boca se notaban a la perfección en aquellos carnosos labios. Mis manos se dirigieron a su cintura y entonces ella rodeó mi cuello y se impulsó en mi firme cuerpo para alzar sus piernas y rodear mi cintura con ellas.

Parecíamos dos viejos amantes, aunque aquel era apenas nuestro primer beso. Podía sentir toda la pasión, todo el deseo y toda la excitación contenida en nuestros cuerpos. Su piel canela tenía un olor precioso, y mis manos recorrían sus piernas mientras sus pechos, mucho más evidentes que los de mi hija, se apretujaban contra mis pectorales. Era una verdadera diosa, una verdadera diosa.

Fui cargándola hasta donde me indicó que se hallaba su recamara. Me señalaba el camino rápidamente, para después regresar sus labios a los míos. Parecíamos dos locos enamorados después de mucho tiempo de no vernos. Caí sentado sobre la cama y entonces ella se acomodó sobre mí. Comenzó a levantarme la camiseta, pero yo lo hice por ella. Entonces ella se sacó rápidamente su sudadera y enseguida su sujetador; sus dos tetas saltaron a la vista. Eran redondas y bastante más grandes de lo que me imaginaba; sus pezones oscuros me recordaron a los de Mariana, sólo que sobre su piel morena apenas y se distinguían.

Incorporé mi espalda para que mi boca pudiera alcanzar aquellos suculentos pedazos de carne dura. Mi lengua exploró la rugosidad de sus pezones, y ella abrazó mi cabeza para soportar los intensos magreos que mi boca provocaba en sus tetas. Sus manos recorrieron mi ancha espalda, como si yo fuese un tesoro al que tanto había anhelado.

Separé mi cara de sus pechos y mi boca regresó a sus labios. Un minuto después, separó sus labios de los míos y me regaló una traviesa sonrisa, me invitó a recostarme, y yo me quedé recargado sobre mis hombros. Entonces ella desamarró la cuerda de mis pantalones deportivos y comenzó a deslizarlos, dejándome en calzoncillos. Se agachó, y desató mis zapatos deportivos. Volvió a subir, sonriente, y entonces dirigió sus labios hacía mi entrepierna. Besaba mi endurecida verga a través de la tela de mis calzoncillos

Si aquel era un ritual para excitarme, lo había logrado a la perfección, y se convenció de aquello cuando mordió suavemente la forma de mi tronco. Maldición, esa negrita me estaba volviendo realmente loco.

Entonces por fin deslizó mis calzoncillos, liberando mi endurecida verga. Me lanzó una mirada aprobatoria, y sonrió maliciosamente, mientras miraba mi tronco palpitando a unos centímetros de su rostro. Parecía evaluarlo, desde mi perspectiva, parecía una pequeña fiera, con sus cabellos rizados y desordenados, sus ojos brillantes y su boca gruesa, mostrando los blancos dientes en una sonrisa coqueta.

Entonces abrió la boca, y se acercó lentamente; sentí el calor de su aliento rodeando la punta de mi verga, pero ella aún no me tocaba. Entonces cerró suavemente la boca, y mi verga sintió la más hermosa sensación. Su húmeda y cálida boca agasajó a mi glande, mientras su lengua exploraba alrededor de mi tronco.

Sus labios se sentían igual de bien en mi verga que en mi boca. Los músculos de su boca rodeaban con firmeza mi grueso tronco, y su lengua iba lamiendo la piel de mi verga al tiempo que descendía hasta engullirla por completo. Lo hacía con una habilidad tal que me hizo preguntarme muchas cosas acerca de su experiencia en asuntos sexuales; pero mis pensamientos se disiparon cuando sus manos tomaron mi falo y comenzaron a masajearlo mientras su lengua se azotaba dulcemente sobre mi glande. Yo estaba flotando en el paraíso.

Siguió chupando mi verga de mil maneras, a veces rápido, a veces lento. A veces recorriendo todo el largo de mi falo con su lengua, y a veces engulléndola por completo hasta comenzar a sufrir arcadas. A veces también se deslizaba hasta mis huevos, donde saboreaba mis testículos metiéndose y chupando completo uno por uno. Si yo hubiese muerto en ese momento, hubiera sido con una amplia sonrisa.

Posó sus pies sobre el suelo del cuarto, sólo el tiempo necesario para bajarse su short deportivo y sus bragas. Entonces regresó sobre la cama y continuó mamándome la verga. Alzaba su enorme culo como un trofeo, al tiempo que su cabecita se mantenía baja para seguir chupándome el pene. En aquella posición, su trasero formaba realmente la figura de un corazón. Mi falo se endureció hasta el límite sólo de ver aquello.

Unos segundo más, y entonces ella avanzó con sus rodillas hacía mí, hasta que su coño perfectamente depilado le dio un coqueto beso a la punta de mi verga. Volvió a abrazarme, y sus labios se unieron de nuevo a los míos.

Entonces ella se alzó unos centímetros, sostuvo mi tronco y lo apuntó contra la entrada de su coño, y antes de dejarse caer, habló.

– Hoy dejaré de ser virgen – me susurró.

Entonces me besó.

Si realmente era virgen o no jamás lo sabré; pero mi verga entró con relativa facilidad y sin detenerse hasta lo más profundo de su mojada concha. Ella lanzó un suspiró fuerte cuando mi pene chocó contra el tope de su coño. Entonces yo abandoné sus labios y caí de espaldas sobre la cama. Ella me siguió, sosteniéndose con sus manos sobre la cama.

Mis manos se dirigieron a sus preciosas nalgas, desde donde me encargué de acomodarlas al ritmo de los movimientos lentos de mis caderas. Los primeros mete y saca sólo la hicieron respirar agitadamente, pero conforme aumentaba el ritmo de mis movimientos sus respiraciones fueron siendo sustituidas por auténticos gemidos llenos de placer.

– Te quiero – le dije, sin estar yo mismo seguro de que tan cierto era aquello

Ella sonrió, y me respondió comenzando a mover sus caderas. Entonces sus movimientos se unieron a los míos, y comenzamos a aumentar juntos la intensidad de aquel mete y saca. Ella parecía una maquina de jugos, y aquello provocaba una preciosa sensación combinada entre un coño bien lubricado pero a la vez muy apretado, lo que hacía que cada embestida valiera oro.

Seguimos así por minutos, sin ni siquiera cambiar de posición. A veces mi boca apretujaba sus pezones, lo que sumaba más placer al provocado por las arremetidas de mi verga. Yo movía mis caderas, pero eran sus sentones los que más ajetreo provocaban.

Sus gemidos se escuchaban justo en mi oído. A veces vengaba mis fuertes embestidas mordiéndome suavemente el cuello. Para mí era increíble follar con tanta pasión con una chica de su edad. Parecíamos una pareja de recién casados.

– Que bien lo haces – le tuve que decir

– Me encanta – dijo, con la voz entrecortada por el placer

– Lo haces bastante bien – seguí – Me encanta sentir cómo me abraza tu coño

Ella sonrió complacida con aquellas palabras.

– Sigue – dijo

– Me gusta cómo me muerdes, como me rasguñas cuando te la meto bien adentro. Eres como un animalito – seguí, entre respiraciones agitadas – una gatita en celo, una perrita mojada…

Ella cerró los ojos, como si quisiera imaginar mis palabras.

– Mierda, Heriberto – suspiró – Que bien se siente esto.

Aumenté la intensidad de mis embestidas con el pasar de los minutos; mis labios besaban su cuello, sus tetas y sus labios, como si estuviese tranquilizando a una criatura salvaje que no paraba de saltar y saltar para ensartarse de coño contra mi verga.

– ¡Ah! ¡Ahhhh! ¡Aahh! ¡Aaaaahhhhhhhhh! – gimió

Su cuerpo se arqueó, su coño comenzó a sentir convulsiones y sus brazos rodearon mi cuello. Sus manos arañaron mi espalda, mientras aquel orgasmo la volvía loca. Respiró durante segundos sobre mi cuello. Mis manos abrazaron sus glúteos, tenerlos apretujados entre mis dedos era una sensación preciosa. Entonces recuperó el aliento, al tiempo que los espasmos en su entrepierna cesaban.

– ¡Aaahhh! – gritó – ¡Que rico!

– ¿Te gusta? – murmuré

– Mucho – dijo – Me encanta tu vergota.

Aquello fue suficiente. Entonces yo tampoco pude resistir más, y mi glande comenzó a escupir un montón de esperma que llenó su coño hasta desbordarse. Nos seguimos besando, mientras su concha y mi verga continuaban aquel intercambio de fluidos.

Nos bañamos juntos, nos secamos y, desnudos, cenamos un guisado de pollo que ella había preparado. Regresamos a la cama, donde cubrimos nuestra desnudez con las sabanas blancas.

– ¿Quieres dormir aquí? – me preguntó, recostada sobre mi pecho – Mi mamá llega hasta mañana, después de clases.

Sonreí.

– Tengo que ir a casa.

– Sólo hoy – insistió

Decidí probar algo.

– Mariana me está esperando.

Como sospeché, el tono de Katia se volvió serio.

– ¿Y eso qué? – me espetó

– Pues que debe estar preocupada.

– Dile la verdad – me dijo, alzando la cabeza, con sus hombros recargados en mis pechos, mirando con interés la expresión de mi respuesta.

Apreté los labios.

– Creo que es muy pronto para que lo sepa.

Ella alzó las cejas, como si la respuesta no hubiera sido la esperada. Era extraño ver a una chica de su edad comportándose con el dramatismo de las actrices de telenovela, pero supuse que ese era un estrago más de la televisión nacional.

Por alguna razón, quizás la necesidad de regresar a casa antes de que fuese más tarde, me hizo apurar las cosas. Me pregunto ahora si ese fue un error de mi parte, pero más bien creo que no había manera alguna de convencerla. No importa cuánto tiempo hubiese esperado. Decidí entonces tocar el tema de las ganancias.

– Sabes, Katia, creo que, ahora que…comenzamos a entendernos más, quizás podríamos platicar con más calma el asunto de los videos.

Ella comprendió de qué iba aquello, pero prefirió parecer confundida.

– No te entiendo.

– Me refiero al dinero, a lo del cincuenta por ciento de las ganancias.

– ¿Eso qué tiene? – preguntó, como si no hubiera nada que discutir respecto a ello.

– Tú sabes que, el cincuenta por ciento no sería justo. Somos varios quienes participamos en eso, sería injusto que Ma…

– Participo tanto como ella, no entiendo qué es lo que me quieres decir, ¿Qué por haberte acostado conmigo voy a acceder a lo que quieras?

– No te estoy diciendo que accedas a nada – me estaba poniendo nervioso – Sólo te estoy diciendo que no es un reparto justo. Te estoy proponiendo que tomes lo que te corresponde, y no lo que crees que te corresponde sólo porque sabes que Mariana y yo…

Una mirada seria se dibujó en su rostro. Parecía molesta, ¿pero qué maldito derecho tenía de enojarse?

– Te follas a tu hija – dijo, extendiendo un dedo de su mano – vienes y me follas a mi – dijo, alzando un segundo dedo – y ahora quieres creer que puedes hacer lo que quieras.

– Te equivocas – dije, tratando de tranquilizarla

– ¿En qué me equivoco? ¿Crees que tengo ganas de decirle a alguien cómo te estabas follando a Mariana? Yo sólo pido lo que me corresponde – justificó

– ¡Hablas como si tú no nos estuvieras extorsionando! – estallé, ella se levantó de inmediato. La sabana cayó sobres sus piernas, y sus tetas volvieron a quedar al descubierto.

Se vistió rápidamente con un camisón, mientras yo apretaba mis ojos, pasmado de lo mal que había salido todo.

– Vete de aquí – dijo, casi como un susurro

– No puedes hacer esto – le dije – lo que estás haciendo está mal, y lo sabes perfectamente. No puedes ser tan mentirosa.

– Vete de aquí – repitió, era obvio que no necesitaba explicaciones.

Manejé tan rápido y tan peligrosamente sobre la vacía avenida que no supe ni cuándo ni cómo logré llegar hasta la casa. Eran las doce y media de la madrugada. Las luces del barrio estaban apagadas, pero la luz de la recamara de Mariana seguía encendida. Entré cegado por la ira.

Me dirigí directamente a mi recamara, y al encender la luz la imagen de Mariana sobre mi cama me sobresaltó. Estaba dormida, me debió esperar durante horas antes de caer dormida, como una ofrenda, sobre mi propia cama. De pronto, molesto aún, tuve la sensación de que todo había sido culpa de ella; nada de aquello hubiese sucedido si ella nunca me hubiese dado aquel beso. Era ella la que había provocado aquello, y era yo quien lo había empeorado. Ahora Katia nos tenía en sus manos, y así sería siempre.

Mariana estaba vestida con un pijama; la blusa blanca de mangas rosas tenía un estampado de Hello Kitty, mientras que sus pantalones suaves y rosas tenían también estampados de la marca. Me hubiese parecido tierna de no haber sido por mi terrible estado de ánimo.

Comencé a desvestirme, mientras la miraba. Su presencia no dejaba de molestarme, y un montón de ideas de odio, culpas y rencores comenzaron a desplomarse sobre mi mente. Noté entonces lo endurecida que estaba mi verga, ¿qué me pasaba? Miré su cuerpo, descansando tibiamente sobre la cama; su carita respirando por la boca. Me bajé los calzoncillos, quedando mi musculoso cuerpo completamente desnudo y con mi falo hecho un duro tronco.

Me dirigí hacía la cama y la tomé de uno de sus pies, jalándolo con fuerza. Ella despertó asustada mientras caía pesadamente sobre el suelo. Sus ojos me miraron congelados de terror antes de que mi mano la tomara del cabello y la jalara hacía el cuarto de baño.

– ¡Qué haces aquí! – espeté – ¿Qué quieres? ¡Eh! ¿Qué quieres?

– ¡Papá! – dijo ella, completamente confundida

La lancé contra el suelo del baño, mientras cerraba la puerta del cuarto tras de mí.

– ¿Quieres que te folle? Maldita perra – espeté – Eso es lo único que quieres, ¿no? Que te folle como la puta que eres.

Mariana miró mi desnudez; parecía querer dar una buena explicación, pero en realidad no sabía qué era lo que sucedía.

– ¿Qué pasa? – preguntó, completamente confundida, mientras mis manos la tomaban de los cabellos de nuevo y la obligaban a incorporarse.

– Estúpida zorra – le dije, dejando caer su pecho sobre la plataforma del amplio lavamanos, tal y como la había colocado hacía unos días, solo que sin ofrecerle el escalón esta vez.

Ella intentó ponerse de pie, pero entonces mi cuerpo cayó sobre ella, aplastando su vientre contra el lavabo; mi verga se colocó justo tras su precioso trasero, mientras una de mis manos le alzaba la cabeza de los cabellos y la otra manoseaba impunemente sus tetitas bajo la tela.

Acorralada, ella no pudo evitar que mis manos hicieran descender sus pantalones y sus bragas al mismo tiempo, dejándolas apiñadas en sus rodillas y exponiendo completamente su desnudo culo.

Con una precisión tremenda, le arranqué un desgarrador grito a Mariana en el momento en que mi verga atravesaba su apenas húmedo coño. Nunca había sentido su concha tan seca, y comprendí el dolor que debía estar sintiendo con aquel tronco rugoso en su pobre vaginita.

– Papaaaaaaaá – dijo, mientras el llanto se apoderaba de ella.

Aquello pudo haberme conmovido y hacerme parar aquello, pero su rostro destrozado por el dolor y las lágrimas no hizo más que vigorizar más mi pene. Permanecía largo rato viendo como lloraba, no le decía nada, pero mis ojos severos caían sobre su confundida mirada al tiempo que las lágrimas escapaban a chorro por sus parpados. Al pobre coñito de Mariana no le quedó más remedio que comenzar a expulsar los jugos vaginales necesarios para aliviar aquella repentina invasión.

Entonces comencé a moverme, en una rápida aceleración que mi hija no tuvo más remedio que soportar entre gimoteos y gritos de piedad.

Atacaba su indefensa concha sin piedad. Sólo me detenía para recuperar el aliento antes de reiniciar mis fuertes embates contra su coño. Si a ella se le escapaba el aliento por momentos, era algo que no me importaba. Tenía que coordinar sus suspiros, sus ruegos, sus sollozos y gemidos para poder seguir respirando.

– ¿Por qué? – me preguntaba a través del espejo – Papi, ¿qué hice? Dimeeee… – dijo, antes de que una nueva avalancha de embestidas la hicieran callar.

– Porque eres una maldita perra – le dije, tenía tantas ganas de decirle todas esas cosas, era como liberarme de algo que ni yo entendía – por que se que te gusta que te folle. Porque me gusta ver tu cara de guarra cuando te meto mi verga. No creas que no me doy cuenta, maldita zorra, tus ojos de puta cuando me chupas la verga. Puta, puta, puta… – continué, acelerando las embestidas de mis caderas sobre sus enrojecidas nalguitas.

– ¡Ahh!¡Ahh!¡Ah!¡Ahhhhh! – tuvo que seguir gimiendo ella.

– …puta, puta zorra de mierda. Guarra chupa vergas…

Ella me escuchaba, no era la primera vez que le decía esas palabras, pero siempre habían sido con cierto cariño. El tono con que ahora se las decía hacía que cada palabra fuera una punzada en su alma.

Un aceite para bebés, que Mariana solía utilizar para suavizar sus manos después de los ejercicios más rudos con las maquinas del gimnasio, apareció ante mi vista. Una idea cruzó rápidamente en mi cabeza y se instaló de lleno en mi mente. Tomé el bote y derramé algo de líquido sobre la plataforma del lavabo, todo sin dejar de seguir castigando el coño de Mariana, que seguía gimiendo de forzado placer. Mojé mis dedos con el aceite, hasta que quedaron completamente embadurnados.

– Papi, ya papi. Por favvoorrrr – pedía, con su voz confundiéndose entre gimoteos.

Todo fue tan rápido e inesperado para Mariana que no pudo resistirse cuando el primero de mis gruesos dedos atravesó la resistencia de su esfínter para insertarse entre las paredes externas de su ano. Menos aún pudo hacer cuando el segundo dedo se abrió paso. Gritaba de dolor, mientras seguía rogándome que parara. Pero era demasiado tarde ya. Aquello había endurecido mi verga hasta el límite, y mi mente nadaba ya en el mar de los más bajos deseos.

– ¡No! Ya, papá, vamos a la cama – me pidió, confundida de qué me sucedía – Papi, a la cama.

– ¡Cállate la boca, maldita puta! – dije, cegado por no sé qué sentimiento – Aquí es donde te gusta, aquí es donde te llené de leche la otra vez, no te hagas la inocente ahora. ¿Te acuerdas o no de cómo me corrí en tu coño? ¡¿Eh?!

Ella me miró asustada a través del espejo.

– ¡Te acuerdas o no!

– Papí – dijo, como si no me reconociese

– Respóndeme maldita zorra – le dije, metiendo aún más profundo mis dedos, provocándole un agudo dolor en su recto.

– ¡Sí! – dijo, con tal de que me detuviera – Sí, te corriste en mi, aquí, aquí te corriste en mí.

– Puta zorra – concluí

Saqué los dedos de su culo, y de un par de patadas abrí aún más las piernas de Mariana, lo suficiente para que mi verga pudiera abrirse paso hasta colocarse justo en la entrada de su apretado culo. Intentó resistirse, pero nuestras fuerzas no tenían punto de comparación.

– ¡No, no, no! – dijo, al sentir mi glande sobre la rugosa entrada de su ojete.

Un coro de gritos y sollozos acompañaron mi primer impulso contra su esfínter, sus lloriqueos se intensificaban a cada milímetro en el que mi duro falo avanzaba dentro de las paredes de su culo.

– ¡Papá! Papi, por favor – dijo, con la voz entrecortada por el llanto – Papi, dueeeeleeeeee…¡yaaaa aaahhhh! – gritó, sin poder seguir hablando.

Pero nunca me detuve, continué pujando hasta que la mitad de mi verga quedó ensartada en su hasta entonces virgen culo. Deslumbrado por el deseo, apenas le di algunos segundos para que recobrara el aire antes de continuar con el avance de mi falo. Un nuevo conjunto de alaridos salieron de su dulce boca mientras el resto de mi pene terminaba por penetrarla. En segundos, mi hija terminó completamente empalada por el culo.

Mi verga palpitaba a través de mi vena dentro de su apretado recto, mientras su temblorosa nariz aspiraba los mocos de su llanto. Una extraña calma apareció, y en el silencio, ella acomodó su adolorido culito. Parecía tratar de entender qué estaba sucediendo sin atreverse a mirarme. Miraba hacia los lados, enfocando su atención a los artículos de baño sobre el lavabo, como si nada de aquello estuviera sucediendo. Yo, en cambio, disfrutaba enormemente la bella imagen de mi verga desapareciendo entre sus nalgas. Le había roto el culo a mi hija, y era maravilloso.

Comencé a bombearla, entonces sus ojos me buscaron y encontraron en el espejo; su ojos brillaban por las lagrimas y me pedían que parara, pero yo no hacía más que meter y sacar más rápido y más intensamente mi verga en su apretado culo. Su recto palpitaba de dolor, y estaba comenzando a apretujarse aún más por la hinchazón causada por el dolor.

Pero también comenzaba a dilatarse, y pronto el dolor iba dando paso al placer que sus ojos blanquecinos iban revelando.

– Papi, papi, papi yaaa… – seguía pidiendo en vano, en una voz tan baja que sólo servía de fondo musical para mis embestidas.

Ella miraba sus lágrimas corriendo por su rostro mientras mis impulsos contra su recto la impulsaban hacia adelante y hacia atrás. Había terminado por rendirse pero aquello no mitigaba el dolor de su culo ni el de su corazón. Permaneció resistiendo los embates de mi verga atravesando furiosamente el anillo de su culo. Entonces el silencio fue sustituyéndose por sus primeros gemidos. Sentí como el anillo de su culo cedía, dejando que mi gordo tronco entrara y saliera con más facilidad.

Ella abrió su boca, en un círculo perfecto y oscuro que revelaba el placer que escapaba en cada uno de sus gemidos.

Entonces mi corazón se enterneció por aquella muestra clara de inocencia. Comprendí que lo que había hecho con ella era propio de barbaros, y que mi pobre hija no había tenido más remedio que soportarlo. Traté de ser más suave en mis movimientos, mirando su rostro para saber qué clase de movimientos le provocaban más placer.

Logré entonces el ritmo adecuado, pero a esas alturas ya estaba tratando de contener la corrida que se estaba desbordando en mis huevos. Ella aumentaba cada vez más y más sus gemidos. Entonces sus pupilas desaparecieron, y sus ojos quedaron en blanco antes de cerrarse con fuerza, aquello me hizo aumentar la velocidad de mis embates y una electricidad recorrió todo mi cuerpo.

Con una fuerza descomunal, un chorro de esperma salió disparado contra las paredes de lo más profundo del culo de Mariana. Ella había caído agotada sobre sus hombros; era como si en cualquier momento fuese a desmayarse.

El mundo daba vueltas a mí alrededor mientras mi verga seguía pulsando mientras más y más leche se descargaba en el ojete de mi hija. Sólo entonces desperté de aquella fase. Me miré al espejo y me avergoncé de mi mismo.

Salí al cuarto, abandonando a mi hija sobre el lavabo, completamente desfallecida. Sus pantalones y sus bragas aún colgaban arremolinados en sus tobillos, mientras mi esperma comenzaba a escurrirle por las nalgas. Me vestí rápidamente, cuando estaba listo, la vi saliendo lentamente por la puerta del baño, mirándome con ojos perdidos. Me recordó a esas veces en las que se asomaba en el cuarto de su madre y yo para decirnos que tenía miedo de dormir sola.

Salí de la casa, nervioso, extrañado. No supe a dónde dirigirme. No entendía qué había hecho, no podía coordinar mis pensamientos. Pensé en Mariana, mi pobre hija. Pensé en Katia, pensé en odiarla pero estaba muy cansado para ello. Saqué el celular, y marqué al primer número que me vino a la mente. El tono sonó tres veces, estaba a punto de colgar cuando de pronto una voz extrañada me contestó.

– ¿Heriberto?

– Andrea