dueno-inesperado-1ESTA ME LA PAGAS

 

sin-tituloMamen y yo somos como hermanas. Mucha gente lo cree, al vernos juntas, pero nuestra relación comenzó en la universidad, en primer año de carrera. No sólo nos caímos bien, congeniamos enseguida y nos convertimos en inseparables.

La verdad es que no me extraña que nos consideren familia. Físicamente, tenemos fisonomías parejas, aunque Mamen tiene más cuerpo que yo, una talla más de sujetador y media más de pantalón, lo que no nos ha impedido compartir ropa en más de una ocasión.

Nuestros gustos y mentalidad también son cercanos, aunque yo siempre he sido más promiscua que ella, sobretodo de pensamiento, pues de facto no sabría decir cual le lleva la delantera a la otra. Nunca me he preocupado en contar los rollos que hemos tenido. Ella tampoco, pero debo reconocer que Mamen siempre ha fantaseado con encontrar un Príncipe Azul, es más romántica, mientras yo nunca he sentido ese anhelo.

Hasta ahora, que acercándome a la treintena, he encontrado en Jorge al compañero ideal con el que tal vez pueda construir un futuro. Mi amiga, sí ha tenido varias relaciones largas, la tercera de las cuales parecía la definitiva. Pero se rompió, dejándola hecha unos zorros una temporada.

Desde entonces, ha vuelto al acostumbrado estilo de aquí te pillo, aquí te mato, exceptuando un argentino con el que queda periódicamente para que le pegue un buen repaso. Sin compromisos.

Ambas nos licenciamos a la vez en Administración y Dirección de Empresas y nos incorporamos al mercado laboral con distinta suerte los primeros meses, yo tardé menos en situarme, pero al poco tiempo estábamos bien colocadas en compañías solventes que nos recompensaban con salarios dignos.

Aunque Mamen nunca rehuyó el ambiente laboral para sus escarceos, a mí nunca me ha gustado liarme con compañeros pues creen poder tomar sobre ti derechos que no tienen. ¿Tan difícil es de entender que estás bueno, como lo estoy yo, y solamente me apetecía una cana al aire? Pues no todo el mundo lo tiene tan claro.

No haré un repaso de mi vida profesional ni de la de mi amiga, pero al poco de cortar con Eduardo, el que debía convertirse en su Príncipe Azul, Mamen cambió de trabajo. Suponía un ascenso en su carrera, además de encontrase con un ambiente laboral bastante majo, según decía.

Si el cambio la ayudó a superar sus problemas afectivos, la llegada de un nuevo jefe que estaba buenísimo, según su fiable opinión, supuso para ella un aliciente añadido para su jornada profesional diaria. Cuando confirmó que el tío estaba soltero, no se lo pensó más y decidió concentrar sus ataques en conquistar aquel castillo. Un buen par de tetas, un culo ceñido, su seductora sonrisa y simpatía a raudales fueron sus armas. Caerá antes de quince días, afirmó convencida.

Pero no caía. Dos meses después ya no sabía qué hacer para que el tío se le tirara encima. Tal vez sea gay,  le dije, pero ella lo negaba.

-Si lo fuera no me miraría como lo hace. Le gusto y sé que me desea, pero creo que es de los tuyos. No quiere líos en la oficina o algo así.

Hasta que me llamó hace tres días eufórica, pues había encontrado el acceso que le permitiría cruzar la muralla. Pero para ello, necesitaba de mi concurso. El problema vino cuando no me gustó nada el plan que había trazado. En primer lugar porque me situaba en una situación incómoda, en segundo, porque tuve un mal pálpito desde el momento en que éste salió de sus labios.

El jueves por la tarde, Mamen debía acompañar a su jefe a una reunión con un cliente importante. Al acabar, solos, esperaba atacar como una poseída, pues estaba convencida que la invitación tenía segundo plato. El problema vino cuando éste le explicó que su hermano llegaba a Barcelona aquella tarde-noche y que debía ir a buscarlo al aeropuerto. Viendo cómo su estrategia se venía abajo, le planteó salir a cenar los cuatro. El tío aceptó de inmediato.

Así que a las 9 de la noche un Mercedes clase C blanco me recogía cerca de mi casa. Mi labor era muy sencilla, quitarle de en medio al carabina para tener cancha libre con Quim, que es como se llama su jefe.

Si había sentido cierta incomodidad los tres días precedentes, al montarme en el asiento trasero del vehículo sentí pavor. Inesperadamente, mi compañero de asiento no era mi amiga, sino un tío de unos 45 años que, a pesar de la educación con que me recibió, me repasó de arriba abajo sin ningún pudor, acosándome con aquellos sucios ojos de rata.

Delante, Mamen actuaba ya como la señora de, a pesar de que no había ocurrido nada aún entre ellos.

La cena transcurrió con relativa calma, degustando platos exquisitos, pero en todo momento me sentí como una ofrenda maya lista para el sacrificio. Quim estaba bueno, muy bueno, más teniendo en cuenta que rondaba los cuarenta. Debía medir 1,80 y se notaba que se cuidaba. Castaño de ojos almendrados y labios carnosos, sus facciones eran muy agradables, así como sus maneras, educado y divertido en todo momento.

Antonio, en cambio, era la antítesis de su hermano, aunque sorprendentemente eran muy parecidos de facciones. Pero lo que era armonía y belleza en un rostro, en el de mi emparejado era disonancia, como si hubieran tomado las piezas prestadas y las hubieran pegado mal. Además, debía pesar unos veinte kilos más y el cabello, casi rubio en su caso, ya raleaba en buena parte de su cráneo.

Llegando a los postres tuve claro que la noche no había hecho más que empezar. Mamen y Quim habían entrado ya en aquella fase de charla íntima por lo que a mí me tocó aguantarle la chapa al invitado. Después de habernos contado que llevaba años viviendo en Madrid, que dirigía el departamento de operaciones de una multinacional holandesa y que era la viva imagen del éxito personificada, eso nos vendió con la colaboración de su hermano, ahora se estaba lanzando a por mí sin disimulo. Me halagó de todos los modos que él conocía, sin mala educación, aunque era un tío tan transparente que podía leer claramente su mente, a esta hoy me la follo.

Habíamos bebido vino cenando, dos botellas de un excelente Ribera del Duero que eligió Antonio, siempre atento a llenar mi copa, y ahora pedimos cava para celebrar el encuentro, en otra burda estatagema para ponernos contentas y ser presas fáciles.

El tío había visto claramente que su hermano iba a cepillarse a Mamen en cuanto quisiera, algo que veíamos todos, pues estaba siendo tan descarada que si se hubiera arrodillado debajo de la mesa del restaurante no nos hubiera sorprendido, así que daba por sentado que también yo me abriría de piernas en un rato. Pero mi actitud no era esa, algo que le dejé claro cuando pasó su brazo por mi hombro al brindar con el cava, preguntándole por la alianza que llevaba en el dedo anular. Su respuesta no me sorprendió, pues he visto, incluso me he acostado con casados a los que su pareja les importa una mierda, esta noche soy libre y tú eres mucho más guapa que mi mujer. Pero yo sí respondí como debía, mostrándole la mía, aunque no estoy casada Jorge me regaló un fino anillo de oro blanco que para mí tiene ese significado, para dejarle claro que yo no estaba por la labor. Como era de esperar, mi gesto tampoco le frenó.

Fuimos juntas al baño antes de salir del restaurante, tratando de poner las cartas sobre la mesa. Me parecía bien que Mamen quisiera tirarse a Quim, tenía que reconocer que la pieza lo valía, pero no estaba dispuesta a aguantar mucho más al baboso de su hermano.

-Tía, aguanta un poco más…

-¿Cuánto más?

-No sé, una hora, un par como mucho.

– ¡Una mierda! Sabes perfectamente que en cuanto dejemos el restaurante se me echará encima como un troll. Y no pienso pasarme toda la noche parándole los pies. Mejor me dejáis en casa.

-Tía, hazlo por mí. Ya has visto lo bueno que está Quim, lo tengo a punta de caramelo, en un par de horas como mucho lo tendré bebiendo de mi mano.

-La que bebe de su mano eres tú, que pareces una adolescente salida…

-Pues sí, estoy salida, ¿y qué? Pienso tirármelo esta noche, en su casa, en la mía, en el coche o en la calle. Pero me lo merezco, después de que el mierda de Eduardo me dejara no he estado con ningún tío como este y no pienso dejarlo escapar –sentenció con lágrimas en los ojos fruto de la rabia.

La abracé con fuerza, pues que más de medio año después aún recordara a su casi Príncipe Azul demostraba que aún no lo había superado, prometiéndole aguantar un par de horas más, pero sólo un par de horas.

Como no podía ser de otro modo, propusieron ir a tomar una copa y bailar para que bajara la comida. Un jueves no hay tanto ambiente como en fin de semana, pero los locales de moda suelen estar bastante concurridos. Fue Mamen la que propuso el destino, una mini discoteca que habían inaugurado hacía pocos meses y a la que yo aún no había ido.

La música era agradable y cerca de la barra se podía charlar, pues el volumen quedaba amortiguado al estar en un ambiente distinto. Nos invitaron a la primera copa, gin-tonic de precio prohibitivo para cada una, mientras los acercamientos se sucedían. Bastó que tomara la bebida que Antonio me tendía y le pegara el primer sorbo, para notar por primera vez su mano en mi cintura. La aparté con educación y seguimos charlando.

Pero como me temía, no iba a detenerse porque fuera educada, pues él no era educado. No sé las veces que tuve que quitar su mano de mi cuerpo. Cintura, muslo, cadera, hombros, brazos. Incluso me tomó de la mano para sacarme a bailar. Sin duda, esperaba que yo reprodujera con él el comportamiento de Mamen con su hermano, la diferencia estribaba, a parte que yo no quería acostarme con él, en que Quim no era tan agresivo con ella, como Antonio lo era conmigo.

Curioso comportamiento. El que tiene la puerta abierta de par en par se frena, mientras el que la tiene cerrada la aporrea sin compasión.

Pasé el peor momento cuando me entregó la tercera copa. Ya llevábamos hora y media en el local, no dejaba de mirar la hora mientras mi compañero me decía a milímetros de mi oído que no me preocupara por la hora, que lo noche es joven, cuando se negó a soltarme la cintura. Volví a apartar su mano como había hecho decenas de veces, pero me sujetó con más fuerza, dejándola allí. Se lo dije, que la quitara, pero su respuesta fue que estaría loco si dejaba escapar un tesoro tan valioso como yo.

Ni me gustó el gesto, pues incluso tuvo la desfachatez de bajar la mano y tocarme la parte superior del culo, ni me gustó el comentario, pues era evidente que iba con segundas y me estaba avisando de que se acostaría conmigo sí o sí.

Necesité un manotazo en su antebrazo para liberarme, a la vez que iba en busca de mi amiga para largarnos de allí. Casi se habían cumplido las dos horas y el cerdo con ojos de rata comenzaba a tornarse muy desagradable, incluso peligroso. Justo llegué a la altura de Mamen cuando se daban el primer beso. No me importó. Tiré de ella para que me acompañara al lavabo. Y allí, como había hecho en el restaurante, la informé de que yo me iba.

-Va tía, aguanta un poco más. Justo ahora que empezábamos a besarnos.

-Pues ya está, ya lo has conseguido. Yo no aguanto más al baboso del hermano.

-Va, tómate la última copa, porfa, que lo tengo a punta de caramelo.

-No, Antonio ya está desatado. Me ha metido mano varias veces y ya estoy harta, no tengo porqué aguantarlo más.

Entonces me descolocó.

-¿Por qué no te emborrachas?

-¿Qué?

-Sí, como en aquella fiesta de la universidad que ibas tan borracha que no recuerdas prácticamente nada. –Abrí la boca sorprendida, los ojos como platos. ¿Me estaba diciendo lo que creía que me estaba diciendo? Sí, porque a continuación añadió: -Te liaste con un tío del que ni recuerdas la cara. Yo sí lo recuerdo y te aseguro que era más feo y gordo que Antonio.

-¡Vete a la mierda! –grité.

-Joder, no te pongas así.

-¿Qué no me ponga así? Me recuerdas una burrada que hice hace casi diez años, como si dejarse follar borracha fuera lo más normal del mundo, sin pararte a pensar en mí o en Jorge. ¿Recuerdas que por fin tengo un novio que me quiere, al que quiero?

-Vale, vale, tía, perdona. No quería decir eso, aunque yo no se lo iba a contar a nadie…

-Me largo. Aquí os quedáis. Si tan fácil es, ¿por qué no te montas un trío con los dos?

Diez minutos después me las prometía muy felices cuando montábamos en el coche para volver a casa. Antonio a mi derecha, en el asiento posterior, mientras los tortolitos iban delante, acaramelados. El baboso siguió dándome conversación pero mis respuestas no pasaban de monosílabos.

Las alarmas sonaron cuando cerca de mi barrio, el Mercedes se desvió tomando el camino de la playa. Pregunté dónde íbamos, mirando a Mamen, a lo que me respondió girando la cabeza hacia mí, que Quim quería enseñarle a su hermano las vistas desde el acantilado, que echaba de menos el mar pues en Madrid no tenía ese privilegio y ya hacía más de un año que no lo veía.

Miré a mi amiga asesinándola, pobre de ti que pasemos allí más de cinco minutos, la amenazaron mis ojos, pero no lo vio o no me hizo caso, cada vez más cariñosa con su jefe al que me pareció que acariciaba por encima del pantalón mientras conducía.

La verdad es que el lugar era precioso, más de día a mi parecer, pero la noche permitía ver todo el puerto deportivo y la cala sur iluminadas, así como el faro anunciando el final del espigón. Yo había ido muchas veces, sobretodo de adolescente, pues solíamos frecuentarlo buscando intimidad.

Detuvieron el coche al final del camino, desde dónde podía divisarse el espectáculo luminoso y bajaron. Yo preferí quedarme en el vehículo, a pesar de la insoportable insistencia de Antonio. Mamen saltaba como una chiquilla a la que han llevado a los autochoques por primera vez mientras los hombres la secundaban hasta el límite del litoral. Al final resultará que acabará haciendo un trío, pensé asqueada.

Pero si llevaba días con un mal pálpito, horas con muy malestar, ver a Antonio volviendo solo al coche encendió todas las alarmas. La parejita se había quedado al filo del acantilado, besándose apoyados al único pino que se atrevía a acercarse al mar.

Cuando entró en el coche, los ojos de rata me confirmaron que iba a tener que defenderme con todas mis armas, pues aquello había sido una encerrona con todas las letras. ¡Ojalá resbaléis y caigáis al mar, cabrona!

-Aquí estamos -me dijo al entrar en el coche acercándose a mí, ávido como un oso ante un tarro de miel. Le pedí que se detuviera, pues sus manos ya habían tomado mi muslo y su rostro se acercaba al mío. –Venga, ¿qué tiene de malo pasar un buen rato?

-Ya te he dicho que tengo novio y no voy a engañarlo.

-No se va a enterar, venga, no te hagas la estrecha.

-No me hago la estrecha. Te he dicho que no –levanté la voz apartándole la mano de mi cintura.

-A ver preciosa, -su tono era amenazante –si no querías nada, ¿por qué has venido?

-Porque me lo ha pedido mi amiga, para acompañaros, pero no pienso acostarme contigo.

Su mano había vuelto a mi cintura, pero a pesar de mis esfuerzos, ascendía hacia mi pecho, mientras la izquierda me tomaba de la nuca.

-Yo creo que sí te acostarás conmigo. Sois un par de guarrillas que llevan toda la noche pidiendo polla. –Negué, agarrando la mano que ya había llegado a mi pecho. El comentario era descriptivo del comportamiento de Mamen, era innegable, pero no del mío, que no le había dado pie en ningún momento a nada. –Venga, no te hagas la espléndida ahora, que según tu amiga te has comido más pollas que ella.

¡Hija de puta! Pensé mientras trataba de apartar las ocho manos del pulpo de mi cuerpo. He dicho que no, grité, suéltame. Entonces la mano de la nuca, me acarició el rostro con suavidad, la otra me tenía el pecho bien sujeto y, calmado, me escupió.

-Si pretendes bajar de este coche sin vaciarme los huevos, lo llevas claro. No he pagado la cena y las copas a dos putillas para que me dejen a dos velas, así que yo de ti, aprendería de tu amiguita -señaló con la vista hacia el acantilado donde la sombra de Mamen agachada movía la cabeza a la altura de la cintura de sus jefe. –Así que tú misma…

-Por favor, tengo novio –imploré.

-Y yo tengo mujer, y no está ni la mitad de buena que tú –respondió metiéndome la mano del pecho por dentro del escote.

Si trataba de quitar la mano, que ya había superado el sujetador, me acabaría rompiendo el vestido, así que opté por empujarlo a la altura del pecho, manteniendo el por favor Antonio, no puedo hacerlo.

-¿Quieres que te pague? ¿Es eso? ¿Cuánto quieres? ¿100, 200?

-No, por favor Antonio, suéltame.

Pero no escuchaba. Acercó su cara a la mía para besarme. Giré la cabeza instintivamente, por lo que sus labios acabaron en mi cuello, bajando hacia mi pecho. ¡Joder, puta encerrona! Si no encontraba una solución rápida aquel cerdo me iba a violar, así que opté por un término medio que me permitiera salir indemne y a él medio satisfecho.

-Espera, espera, así no –rogué mirándole a los ojos mientras mis manos lo empujaban. Se apartó un palmo, sin soltarme, mirándome ávido, hambriento ante el apetitoso manjar. –Mira, entiendo la situación y quiero ayudarte, poner de mi parte, pero tengo novio y no quiero engañarle. Es muy buen tío y le quiero mucho. Así que si quieres, te hago una paja. –Sonrió suavemente, sus ojos me inspeccionaban dubitativos, recorriendo mi cuerpo, pensando, supongo, que no podría comerse una parte del pastel, así que añadí, bajándome los tirantes del vestido: -Puedes sobarme todo lo que quieras mientras te la hago.

También bajé los tirantes del sujetador para que mis tetas aparecieran orgullosas, la izquierda aún cubierta por su mano derecha. Acercó la otra y también tomó a la gemela, con afán renovado, pellizcándome el pezón, alabándolas en forma y tamaño.

Acaba con esto lo antes posible, me dije, alargando los brazos para desabrocharle el pantalón y sacarla. Cuanto más me sobes, antes te correrás, pensé, iniciando la masturbación de un miembro de escaso tamaño, más largo que ancho.

El juego duró un par de minutos, hasta que decidió acercar sus labios a mi cara de nuevo. Volví a girarme, pues el tío me daba más asco a cada segundo que pasaba, así que sus gemidos invadieron mi cuello, babeándome, del que descendió hasta mis pechos, lamiéndome el derecho pues es el que tenía más cerca, chupándome el pezón.

Aceleré el movimiento de mi mano, esperando que se derramara rápido, deseando que se manchara la camisa como prueba de lo cerdo que era. Pero no había manera. El tío estaba aguantando más de lo que esperaba.

Coló la mano derecha entre mis piernas, buscando mi sexo, pero las cerré. Eso no, repetí una frase ya gastada aquella noche.

-Venga, así tú también te lo pasarás bien. –No, insistí apartándola.

Parecía haberse dado por satisfecho, pues la quitó para posarla en mi cintura mientras sus labios cambiaban de pezón. Miré al frente, aunque no vi a Mamen ni a Quim, pues ver su escasa cabellera cerca de mi cara me incomodaba más que sentir sus sucios labios babeándome, así que opté por cerrar los ojos. Me relajé, el cansancio de la noche me estaba atenazando, e involuntariamente, relajé mi mano, que resbalaba demasiado en un pene viscoso. Craso error.

Se apartó, sentándose bien en el asiento, alargó la mano hasta mi nuca y ordenó. Chúpamela. Eso no, repetí por enésima vez.

-Mira putilla, hasta ahora me he comportado como un caballero, -¿un qué? Pensé –pero ya estoy harto de niñerías. O me la chupas o te follo, porque es evidente que así no voy a correrme.

De la nuca, su mano había pasado a tomarme del cabello, sin hacerme daño pero decididamente. Tuve claro que no tenía escapatoria, pero no sabía que me daba más grima, meterme esa mierdecilla en la boca o abrirme de piernas para que el cerdo me jodiera.

El instinto decidió por mí. Y la fuerza de su mano también, claro. Pajear a un tío me parecía una traición a Jorge, pequeña, chupársela la aumentaba, pero dejarme posees me parecía culminarla.

No recuerdo haberme metido nunca en la boca una polla tan fina y el tío tenía razón en que me he metido unas cuantas. No sabía especialmente mal, ni tampoco desprendía un olor desagradable a pesar de saber y oler a polla. Al menos el tío era limpio. Pero por la forma de mis labios en la succión, rodeando una circunferencia tan estrecha, me daba la sensación de estar besándole, más que chupando.

Acaba rápido, volví a repetirme, vacíalo ya y salgamos de ésta. Lamí, sorbí, chupé. Eso es zorrita, chupa, hazme un buen trabajo, oía, pero opté por no escuchar.

Su mano izquierda había abandonado mi cabello para sobarme una teta, sopesándola, pero había sido sustituida por la derecha que me empujaba la cabeza marcando el ritmo que más le convenía. Me dejé dirigir, esperando el sucio bautismo. Incrementó los gemidos, acompañados de adjetivos calificativos que no me importan en un buen amante, aunque Jorge nunca los ha utilizado conmigo, pero que hoy me asqueaban. Traga guarra, come putilla, eso es zorrita.

Acaba ya, pensaba. Pero se detuvo, ordenándome que le comiera los huevos. No me quedó otra. Mírame, me ordenó, para taladrarme con sus ojos de rata y su asquerosa lengua. Ves como eres una puta, una zorra calientapollas, eso es límpiame los huevos furcia, toda la noche haciéndote la digna y no eres más que una puta de carretera que sale a follar mientras deja al novio en casa.

Se me llenaron los ojos de lágrimas que no quise que viera, así que cambié de tarea. Me la metí de un golpe, profundamente, y sorbí con decisión. Córrete ya hijo de puta.

Di en la diana. Mejor dicho, él disparó abundantemente contra mi garganta. Me retiré instintivamente, pero su mano me lo impidió. No me importa que se me corran en la boca y me trago el semen si no me queda más remedio, pero no pude evitar la arcada al notarlo bajar por mi tráquea.

Logré abrir la puerta del coche para escupir el trago más amargo de toda mi vida, pero sólo solté saliva. Un millón de asquerosos antoñitos ya debían estar llegando a mi estómago. Ese pensamiento me provocó el vómito, decorando el precioso acantilado de ostras, vieiras, carpaccio de salmón y trufas, regado todo con vino, cava y gin-tonics.

Cuando me incorporé, estaba muy mareada. Apoyé la espalda en el asiento de nuevo, tratando de detener mi cabeza que no paraba de rodar. Así las tiras del vestido para cubrirme e intenté relajarme, pero la lengua de aquel cerdo seguí percutiendo. Qué bien me la has chupado, ves como no ha sido para tanto, y otras lindezas por el estilo que prefiero no recordar.

No perdí el conocimiento en ningún momento pero sí la energía, por lo que no pude evitar que el tío descubriera de nuevo mis pechos y volviera a sobármelos. Basta, pedí, déjame, pero solamente respondía con sucios cumplidos. Tampoco tuve fuerzas para oponerme cuando volvió a inspeccionar entre mis piernas. Las cerré, pero no con la suficiente fuerza. Llegó a mi sexo y me lo acarició, incómodamente, pero tuve que escuchar como me llamaba zorra por estar empapada como una perra. Algo de flujo debía haber, seguro, pues chupar una polla siempre me ha excitado, pero juro que no había sido el caso.

Oí voces en ese momento. La parejita había vuelto, sin duda. Entreabrí los ojos, pero no vi a Mamen. Quim le dijo a su hermano que se había quedado meando. ¿Qué tal esta le preguntó? Ambos de pie fuera del coche charlando de mercancía como si yo no estuviera allí.

-La chupa de vicio, pero no me ha dejado follarla. ¿Y tu zorrita?

-Una auténtica zorra. Le he hecho lo que me ha dado la gana y seguía pidiendo más. Me parece que me he llevado el premio gordo de la empresa.

-¡Qué cabrón! Y yo con esta calienta pollas.

-¿Quieres que cambiemos? –Hubiera abierto los ojos como platos si hubiera tenido fuerzas, pero no pude. ¿Ese era el mismo Quim que se había comportado como un galán toda la noche, educado, divertido, afable, que parecía que no quería ir rápido con mi amiga? –Si quieres me quedo con ésta –me sobó un pecho –y tú te tiras a Mamen. Ya tendré tiempo de hacerlo en la oficina.

-Por ahí viene.

Ahora sí los abrí. Se había vestido y caminaba decidida, contenta hacia su amado. Una buena amiga la habría prevenido de la catadura del sujeto, pero estábamos allí por su culpa. Lo abrazó fogosa, besándolo hambrienta, mientras su jefe la tomaba de las nalgas. El beso se tornó obsceno hasta que oí a Quim preguntarle si aún quería más. Contigo siempre quiero más, respondió la idiota.

Violentamente, el hombre la giró sobre sí misma, la empujó contra el capó del coche al que se apoyó estirando los brazos, le levantó la falda del vestido, se ensalivó los dedos, hurgó entre sus piernas, estás empapada y sin bragas, sí, ¿dónde están tus bragas? Las tienes tú. Se sacó un tanga negro del bolsillo, se lo mostró mientras Mamen gemía, para metérselo en la boca a continuación. ¡Qué cerdo! ¡Qué puta!

Sin duda Quim estaba protagonizando un espectáculo para su hermano. Al menos lo miró un par de veces, como guiñándole un ojo aunque no pude ver si lo hizo, la segunda al bajarle el vestido hasta la cintura para que el pedazo de par de tetas de mi amiga se mecieran obscenas.

Cerré los ojos, harta de la velada, cuando noté las manos de Antonio moviéndome. No, no, repetí tratando de huir gateando por el asiento. Pero no me quedaban fuerzas. Tiró de mis caderas hacia atrás, quedando mi culo levantado. Apartó mi ropa, ladeó la tira del tanga y me metió los dedos, no sé cuántos. Rogué, pero sabía que era en balde.

Sorprendentemente, noté más polla de la que esperaba. Supongo que debido a mi escasa lubricación sentía la fricción más intensamente, pero su pollita me llenaba. Me dejé hacer. No me quedó otra. Mis rodillas habían quedado al filo del asiento, mientras mis caderas se asomaban al acantilado. Hundí la cabeza entre los brazos tratando de mitigar el malestar cuando sucedió. No, eso no, no me hagas eso, repetí pero lo hice para mí, incapaz de verbalizar ni una sílaba.

Un dedo había entrado en mi recto. El cerdo aquel, involuntariamente, había dado con mi punto débil. Mi anillo anal se abrazaba a aquel intruso como un naufrago a un flotador, lanzando descargas eléctricas a todo mi perineo, encendiendo mis labios vaginales, incendiando mi clítoris. No pude detener los jadeos. Ese doble juego, esa doble penetración, me perdía. Lo había probado con dos hombres, pero no funcionaba pues era demasiado agresivo. Pero una polla en el coño y un dedo o un vibrador pequeño en el culo me llevan al paraíso.

Traté de silenciar mis gemidos, de disimular mis sensaciones, pero me fue imposible. Cuando mi sexo se activa, cuando el orgasmo se acerca, dejo de ser yo, para convertirme en una fiera descontrolada.

Lo peor no fue que me follara contra mi voluntad, que su lengua me insultara de nuevo llamándome puta, zorra y perra.

Lo peor fue sentirme como una puta, una zorra, una perra, mientras pensaba en Jorge esperándome en casa.

 

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  • : ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar para ayudar a una amiga?