DE LOCA A LOCA PORTADA2El día del entierro del Coronel fue uno de ésos que me encantaría olvidar. Tuve que formar parte de la recepción junto con el resto de la familia por expresa petición de Herman, que estaba pendiente en todo momento de su madre y tampoco quería perder de vista a Berta. Nunca antes había tenido que recibir ningún pésame por alguien a quien había matado. Casi me da un ataque de risa cuando la mujer de un General de campaña me dijo que el Coronel había recibido una muerte tranquila, lejos del campo de batalla. <>, pensé mientras la afligida mujer me soltaba su ensayado discurso.
Pero hice lo que Herman me pidió y aguanté el tirón. Su padre era un capullo como pocos, pero eran momentos difíciles para la familia Scholz.
Cuando la última de las visitas que había acudido para apoyar a la viuda abandonó la casa me dirigí a mi habitación y me tumbé en cama durante unos quince minutos. Casi consigo dormir pero entonces una sensación de vértigo recorrió mi estómago. ¡El cabrón de Furhmann! No lograba desligarme de ese pensamiento que me agobiaba. Sabía algo, pero, ¿el qué y hasta qué punto? No podía saber que yo había matado a Scholz, eso era imposible. Aparte del servicio, en la casa sólo estábamos el Coronel y yo aquel día pero, ¿no andaría él por allí cerca? Bueno, ¿y qué si andaba? En ese caso, no se había percatado de nada, de lo contrario hubiese acudido en su ayuda… ¿o es que sospechaba de mí y la repentina muerte de Scholz le había ayudado a confirmar lo que sospechaba?
Me levanté y me dirigí furtivamente al despacho del Coronel para asegurarme una vez más de que no había dejado ninguna pista de lo que había ocurrido allí.
La alfombra estaba peinada, la había recolocado con el pie para que no se apreciasen los arañazos que el Coronel había dibujado en el tapete antes de morir. No había sangrado… el cojín seguía en la misma posición en la que yo lo había vuelto a colocar. Debajo del otro y dejando a la vista el lado que no había ahogado a Scholz, para evitar que nadie reparase en el charquillo de baba que su boca había perdido cuando seguramente intentaba boquear para coger aire. Pero ahora ya se había secado, no había nada incriminatorio en aquel cojín. Ni tampoco en el vaso que alguien había recogido ya y que yo había dejado a medio beber sobre su mesa por si le habían visto ir a por él… no, no podía saber nada, el médico dictaminó ataque cardíaco, ni siquiera le habían hecho una autopsia por petición de la viuda. ¡Joder! ¿Qué coño sabía Furhmann?
-Erika… – la tenue voz de Herman me sobresaltó – lo siento, no quería asustarte. ¿Qué haces aquí? – Preguntó desde la puerta.
Suspiré y dejé caer mi cara entre mis manos. Hacerme la compungida me daría unos segundos para pensar algo.
-No sé… yo iba a mi habitación… pero… se me va a hacer muy raro no verle aquí, ¿sabes? Tu padre y yo no teníamos una gran relación, pero era alguien que estaba en casa y que ya no volverá… no sé si me entiendes.
¿No teníamos una gran relación? ¡Vaya! Ojalá mis instructores me viesen ahora, ¡menuda pieza habían cincelado!
-Sí, claro que te entiendo… – dijo lentamente entrando en la estancia y dirigiéndose hacia la mesa.
-Oye, voy a estar aquí un par de días más. ¿Qué te parece si mañana llevamos a Berta hasta el lago?
Si hubiese sido sincera le hubiese dicho que podía llevarse a Berta hasta el fin del mundo y después, cuando regresase sin ella, iría a donde le diese la gana. Pero asentí con mi mejor cara.
-No lo está llevando muy bien, ¿me equivoco? – pregunté con fingido interés suponiendo que una institutriz se interesaría por esos temas.
-Bueno… dentro de lo que una niña de doce años puede asimilar… supongo que lo está llevando normal…
Me importaba entre poco y nada como lo llevase aquel engendro del diablo. Ni siquiera había tenido que ver cómo el cretino de su padre sucumbía a su propio óbito sin derramar una gota de sangre. Al mío le habían volado los sesos delante de mis narices y de las de mi madre. Y todo por no pensar como los demás, por ser un disidente en una tierra de cerebros alienados. A Berta se le pasaría en cuanto le comprasen un par de vestidos y unos zapatos nuevos.
-Vete a cama, mañana te esperaremos después del desayuno. ¿Sigues montando a Bisendorff?
-Sí. Creía que me habías dicho que podía hacerlo cuando quisiera.
-Claro, y me alegro de que lo hagas. Sólo quería asegurarme para hacer que lo ensillen mañana a primera hora – me dijo con una de esas amables sonrisas que no había esbozado desde que había tenido que regresar -. Gracias por todo, Erika – concluyó antes de que yo desapareciese por el umbral de la puerta dejándole a solas con el recuerdo de su padre.
Dormí plácidamente a causa del cansancio, sin reparar apenas en lo que Furhmann quería comentarme. No podía saber nada sobre lo del Coronel. El hecho de que hubiese advertido algo rozaba la imposibilidad.
El día siguiente amaneció despejado. El ambiente en la casa era sobrio pero todo el mundo se afanaba por seguir con su rutina. Desayuné en la cocina, en la mesa destinada al servicio, como de costumbre. Estaba terminando de ojear los titulares de un periódico cuando la señora Scholz asomó por la puerta todavía ataviada con una bata de casa.
-Señorita Kaestner, puede usted desayunar con nosotros en el comedor, si lo desea.
Intenté no mirarla con mis ojos a punto de salirse de sus órbitas, tal y como sus primeras palabras del día los habían dejado.
-Muchas gracias, pero ahora ya casi he terminado. Mañana les acompañaré a la mesa.
Creí que se iba pero se acercó y tomó asiento a mi lado. No pronuncié ni una sola palabra mientras atendía de soslayo a cómo pedía que le sirviesen el desayuno allí mismo, ¿en serio la muerte de un marido como el Coronel podía desestructurar tanto a una gran dama como la señora Scholz?
-Da igual. De todos modos sólo estaríamos usted y yo. Herman y Berta ya la están esperando en las caballerizas, me ha comentado que van a llevar a Berta hasta el lago – asentí con cierta pena por la reciente viuda -. Está bien. Le agradezco enormemente su ayuda en estos momentos.
-No se preocupe, es lo mínimo que puedo hacer.
Me miró de un modo que me desarmó por completo. Hasta el punto de arder en la necesidad de pedirle perdón por haber tenido que matar a su marido. Era la primera vez que alguien me daba tanta pena. Claro que también era la primera vez que tenía que quedarme con los familiares de alguien a quien había matado. Todo era nuevo y no me gustaba, era más fácil matar y desaparecer por la puerta trasera.
-He pensado en darle vacaciones la semana que viene. Berta necesita un descanso con todo esto y creo que me la llevaré a Berlín en cuanto Herman se vaya de nuevo. ¿Se quedará en casa o necesita un coche para que la lleve a algún lugar?
-Supongo que me quedaré aquí si no le importa. No es un buen momento para visitar a mi padre, está demasiado enfermo – mentí asumiendo la historia de Erika Kaestner.
-Lo sé, lo sé… Herman me había contado que esperan lo peor… lo siento, créame… – divagó mientras ponía un par de cucharadas de azúcar en su café -. Mi padre también sufrió una larga enfermedad, yo tampoco tenía coraje para verle en el estado en el que estaba los últimos meses, es duro… ¿le cuida alguien?
-Mi cuñada – mentí de nuevo repitiendo la misma mentira que le había contado a Herman – mi hermano y ella viven con él.
Todavía no podía creerme que estuviese contándole “mi vida” a la señora Scholz, era la primera vez que hablaba de un modo tan largo y tendido con ella.
-Está bien… ¡en fin! Casi prefiero que se quede, por lo menos habrá alguien en casa… no la entretengo más, vaya con mis hijos, la están esperando…
Probablemente estuviese bajo los efectos de alguno de esos tranquilizantes que le habían recetado pero me escabullí en cuanto me dio la oportunidad. Tampoco era cuestión de prodigar amabilidades con ella. En cuanto regresase de Berlín seguramente volvería a ser la misma cínica y altiva persona de siempre.
Acudí al encuentro de Herman y Berta, que me esperaban listos para la excursión y salimos hacia el lago que había dentro de la finca de la casa. Malgasté el día fingiendo disfrutar con los juegos de Berta y preguntándome una y otra vez qué cojones querría Furhmann, pero cuidando de no exteriorizarlo. A la caprichosa de Berta se le antojó ir hasta “la cabaña” tras corretear por las inmediaciones del lago durante un par de horas. Herman me había hablado de esa cabaña, estaba dentro de la finca, en la parte del bosque. Poderosa razón para que el servicio no fuese hasta ella a menos que se lo pidiesen, pues había más de una hora de camino a caballo desde la casa principal. Mencionó que su padre la usaba cuando organizaba alguna batida de caza dentro de la finca con sus amigos. Yo nunca había ido hasta allí, pero me sorprendió cuando la tuve delante. Era mejor que la mayoría de las viviendas de cualquier familia alemana normal e incluso tenía un pequeño recinto con obstáculos para saltar a caballo en donde –según Herman- el Coronel les había enseñado a montar. Los Scholz nadaban en dinero gracias al régimen.
Observé cómo Herman ajustaba alguno de los obstáculos, haciendo un recorrido para que Berta los saltase a lomos de su caballo. Cuando terminó, despejó la pista y acudió a mi lado. Ambos teníamos que mirarla desde la valla y elogiar su destreza como amazona, ése era el nuevo juego de “la adorable Berta”.
-¿Qué tal por Francia? –pregunté sin apartar los ojos de la niña.
-No lo sé – contestó Herman escuetamente de un modo casi taciturno. Su respuesta me obligó a mirarle con cierta curiosidad -. Francia es de los franceses, Erika. No acabo de entender qué coño hacemos allí, aunque a todo el mundo le encanta…
-¡Claro que les encanta! C’est France! ¡El país inconquistable!
-Bueno, permíteme que dude de que esté conquistado… sólo hemos conseguido ocupar la capital y un buena parte del territorio. Eso sólo sirve para poder campar a nuestras anchas por París la mayor parte del tiempo y para que las fotos de nuestros militares a pie de la Torre Eiffel, a orillas del Sena o pidiendo cerveza en los cafés parisinos mientras entablan conversaciones con las francesas aparezcan en los periódicos de medio mundo. Pero también hay revueltas. Y no les culpo, quieren lo que es suyo, ¿entiendes?
Asentí en silencio ante la aplastante lógica de Herman.
-Voy a pedir el traslado. Hablaré con alguno de los amigos de mi padre y pediré que me devuelvan mi antiguo cargo con la excusa de estar con mi madre en estos momentos tan delicados para ella.
-¿Y qué hay detrás de la excusa? – pregunté por acto reflejo arrancándole un suspiro mientras se cruzaba los brazos sobre el pecho.
-Todo un sinfín de razones. Pero la primera es que no estoy de acuerdo con nada de lo que están haciendo allí. Eso no es Alemania, no hay necesidad de ir a imponer nada. Simplemente no están de acuerdo con nosotros, ni lo estarán nunca. Incluso para mí es difícil estar de acuerdo con la mayoría de mis superiores… prefiero no saber nada acerca de la campaña del “nuevo estado”. Para ser sincero, no me creo nada acerca de esas tonterías conspirativas que según el Führer nos empujaron a perder la Primera Guerra Mundial. Ni tampoco que todo esto de la Nueva Alemania vaya a darle al mundo una buena imagen acerca de nosotros. Estamos en el siglo XX, ya no se puede ir por ahí tomando países como quien llega a una playa y escoge un lugar para edificar un castillo de arena. Se nos irá de las manos, Erika. Toda esta mierda nos va a traer muchos problemas…
Guardé silencio de nuevo mientras repasaba el agraciado perfil de Herman. Necesitaba un afeitado, pero aun con la tenue barba de un par de días era arrolladoramente guapo.
-¿Te he escandalizado, verdad? – Preguntó sin mirarme y continuó hablando sin dejarme tiempo para contestar a su pregunta – estarás pensando que soy el soldado más inútil de toda Alemania, que ni siquiera merezco servir a este país o que no estoy a la altura de mi padre ni a la de mis abuelos, ¿no?
-Estoy pensando que debería haber millones de soldados como tú en una guerra como esta… – susurré sin meditarlo demasiado tras unos segundos.
Herman clavó sus ojos en los míos con abrumadora sinceridad y se incorporó levemente para decirme algo.
-Si supieras sólo la cuarta parte de lo que he tenido que hacer allí… – dijo con un débil hilo de voz antes de que su hermana hiciese lo que mejor sabía hacer.
-¡Herman! ¡No estás mirando! – La voz de Berta resonó de un modo molesto en medio del claro en el que se ubicaba la cabaña, acaparando toda la atención.
-¿Qué has hecho tú que no hayan hecho los demás, Herman? – le pregunté tras un par de minutos, consciente de que la llamada de Berta ya lo había echado todo a perder.
-Supongo que nada. Eso es lo peor, que no he hecho nada que no hayan hecho los demás…
Después de eso volvimos a casa. Herman no volvió a sacar el tema en todo el día a pesar de que tuvimos ocasiones de sobra para hablar a solas, pero se notaba que el tema le incomodaba y aunque sabía perfectamente que no debía compadecerme de él, consideré oportuna una tregua informativa teniendo en cuenta que había tenido que matar a su padre y que el informe de esa semana ya estaría lo suficientemente nutrido.
Sólo un día después de que Herman regresase a territorio ocupado, la señora y Berta partieron a Berlín. Las acompañé con el pretexto de visitar a ese amigo de la familia que llevaba mis cartas a casa. Y aunque esa semana llevaba un maletín, nadie consideró necesario preguntar nada acerca del tema. Cuando llegué a la taberna -tan desierta como de costumbre -, dejé todo en el mismo sitio de siempre y regresé a la vivienda de los Scholz pensando que podría hacer una visita al desván para hacerme con unos cuantos documentos más. Herman había ordenado llevarlo todo allí hasta que viniesen a recogerlo, pero esas cosas llevaban su tiempo y una semana en aquella casa daba para mucho.
Decidí no agobiarme y concederme un merecido descanso durante los dos primeros días y al tercero cumplí con mi propia promesa de hacerme con más información. A primera hora de la mañana subí al desván y llené mi maletín con nuevos documentos. Pretendía seguir con mis vacaciones por la tarde pero recibí una inesperada visita; el cabrón de Furhmann.
Le informé de que la señora estaba pasando unos días en Berlín con Berta. Pero para mi sorpresa, ya estaba al tanto. Había estado con ella y le había dicho que yo me había quedado en casa, así que se había ofrecido caballerosamente para acercarse hasta allí y cerciorarse de que todo iba bien. Además, necesitaba unos papeles del Coronel.
-En realidad, también he venido porque tenemos una conversación pendiente. ¿Puede acompañarme al despacho del difunto Coronel Scholz? Lo que tengo que decirle es extremadamente delicado – dijo mientras una de las criadas le servía el whisky que había pedido.
Me asusté hasta el punto de sentir leves retortijones en el estómago. De todas las estancias que tenía la casa, había escogido precisamente el despacho, ¿pero qué coño sabía Furhmann? Le seguí hasta allí intentando que no me fallasen las piernas, y por la misma razón, me senté en el sofá del despacho en cuanto llegamos. Cerró la puerta con la llave que había en la cerradura y arrastró la silla del Coronel hasta la parte central de la estancia, arrimando la mesilla auxiliar a uno de sus lados para dejar el whisky. Antes de sentarse, se quitó la chaqueta del uniforme y la dejó sobre el respaldo, después se sentó y se sacó tranquilamente el cinturón con la funda de la pistola para dejarlo sobre la mesa y recostarse cómodamente en la silla, sin quitarme el ojo de encima. Mi corazón latía vertiginosamente, pidiéndole a mis piernas que saliesen corriendo. Pero no podía hacerlo.
-El Coronel y yo éramos grandes amigos, ya lo sabe, ¿verdad? – Asentí ante la imposibilidad de pronunciar algo sin delatar mi nerviosismo -. Bueno, podría malgastar el tiempo con absurdos rodeos pero, ¿sabe qué? No tengo ni tiempo, ni ganas, así que iré al grano. Lo sé todo.
Mis piernas se encogieron involuntariamente con sus últimas palabras. No podía saberlo, ¡era imposible! Y si lo sabía, ¿por qué se lo había callado? ¿Por qué no había tomado medidas? ¡¿Por qué seguía viva?!
-Scholz me contó lo de sus escarceos, muñeca. Estoy al tanto de que es usted una fresca de cabo a rabo y de que fuera de aquí no tiene nada más que un padre moribundo y una familia muy humilde que espera con agonía la mayor parte de su salario para salir adelante. Así que eso me deja en una muy buena posición, ¿no cree?
Asentí desahogada. ¡Sólo sabía que me tiraba a Scholz! Nada más. El resto sólo era un montón de mentiras sobre la vida de Erika Kaestner.
-¿Ah, sí? ¡Qué lista! Eso no me lo había mencionado Scholz… Bueno, entonces póngase de pie y quítese la ropa.
-¡¿Perdón?! – Exclamé absolutamente descolocada y ofendida.

-Creí que lo había pillado, preciosa, pero veo que voy a tener que explicárselo. Si usted quiere ese sueldo para que su padre coma caliente durante los últimos días de su vida, va a tener que seguirme el juego. No debería costarle tanto teniendo en cuenta que se cepillaba al carcamal de Scholz. Pero si le costase hasta el punto de negarse, supongo que tendré que contarle a la señora qué clase de mujer tiene en casa, dando clases a su hija pequeña.

Medité mi situación. Podía irme, ya no me ataba nada allí. Me habían mandado mantener mi posición porque no podían procurarme una vía de escape segura, y menos ahora, que París estaba sitiada. Intentar llegar a territorio no ocupado sería una locura porque para ello resultaba casi imprescindible atravesar el ocupado, pero… no, bien mirado, no podía irme. Si me quisieran fuera una vez que el Coronel no estaba en escena, me remitirían la orden a la semana siguiente y me llevarían a donde fuese, pero intentar hacerlo por mi cuenta era una verdadera locura. Si me saltaba las órdenes y dejaba de enviar informes, Erika Kaestner desaparecería del registro civil con el mismo misterio con el que había aparecido y yo sería una persona sin nombre ni documentación. Se lo pondría demasiado fácil al primero que me pidiese el pasaporte.
-A ver, ya le he dicho que no tengo tiempo ni ganas para andar perdiendo el tiempo, ¿qué hacemos? ¿Se quita la ropa o hablo con la señora?
Me levanté y comencé a desabrochar mi blusa en silencio, me la quité y a continuación hice lo mismo con la falda.
-Siga, por favor, no se detenga – dijo Furhmann mientras se desabrochaba el pantalón y comenzaba a masturbarse lentamente en la silla.
-Me sorprende que no haya tenido usted la misma sinceridad con el Coronel. Supongo que no le comentó nunca que se beneficiaba a su señora – le espeté furiosa mientras me desabrochaba el sujetador.
Furhmann estalló en una carcajada tras dar un sorbo a su vaso.
-¡Vaya con la gatita! No me gustan nada esas zarpitas, encanto… Vamos a tener que cortárselas, ¿no? – hizo una pausa mientras seguía acariciándose y continuó hablando cuando me deshice de la pieza inferior -. Tiene la lengua muy larga, veamos qué sabe hacer con ella, señorita Kaestner.
Obedecí a su mano izquierda, que me indicaba que me acercase a él y me arrodillé entre sus piernas cuando me lo pidió con un gesto de cabeza. Me quedé allí, mirándole con desprecio a la cara mientras seguía frotando su erección a centímetros de mi cara.
-Vamos, ya sabe lo que quiero… – Suspiró tras unos segundos ante mi falta de respuesta y continuó hablando – está bien, señorita Kaestner. Por favor, chúpemela. ¿Está bien así? Lo ve, no soy tan grosero como parezco, puedo obligarla con mucha sutileza… – dijo bajando el tono mientras rodeaba mi cabeza con su mano acercándola a su entrepierna – o también puedo ser más rudo si es necesario. ¡Chúpemela con gracia o haré que la manden de vuelta a ese puñetero pueblo en las montañas! – Exclamó en voz baja estampándome la cara en su pubis.
Saqué la lengua y comencé a lamer la base de su miembro en cuanto su mano me dejó maniobrar. Lamí de arriba abajo un par de veces, sin parar pero sin apurar demasiado, y luego abrí la boca para albergar dentro su glande, recorriéndolo con mi lengua mientras dejaba que mis labios avanzasen y retrocediesen, chupando con gracia, como me había pedido el muy cabrón antes de descoyuntarme las cervicales.
-¿Ve qué bien puede hacerlo si se lo propone? Scholz no me mintió, la come usted como pocas… en serio… tómeselo como un piropo. No pare…
Su voz me daba arcadas. Ni siquiera hice algún gesto que diese a entender que le había escuchado. Preferí cerrar los ojos e imaginarme que estaba agasajando a mi querido soldado francés de Besançon, que esta vez había sacado un lado más autoritario al que no me tenía acostumbrada.
Sí, mejor de ese modo, la verga de mi soldado resultaba mucho más atractiva. Sus placenteros gimoteos caían sobre mí con un efecto casi reconfortante, invitándome a hacérselo todavía mejor, su gozo era el mío porque él bien lo merecía. No sólo por ser incuestionablemente guapo, sino por dejar atrás a su familia para debatirse en un conflicto que no era el suyo propio. Mi soldado era el que se merecía una felación de órdago, no el cabronazo de Furhmann del que me quería olvidar a toda costa.
Sujeté el sexo de mi soldado firmemente cuando dejó que sus caderas se cayesen hacia delante en un inconfundible síntoma de dejadez, abandonándose a mi boca y a mi mano, que le halagaban con coordinación y con la mayor gracilidad que era capaz de conferir a mis movimientos.
-Más rápido, vamos…
Su voz era severa, no concordaba con la imagen que yo me había hecho de él pero llevábamos demasiado tiempo viéndonos en mi cabeza, así que me aferré a la idea de que éramos como un matrimonio que necesita asumir otros papeles de vez en cuando. Esa idea me resultaba más atractiva. Era algo a lo que yo me había prestado porque me gusta que disfrute todo lo que le hago y yo disfruto haciéndoselo. Si esta vez le apetecía olvidarse del resto del mundo mientras mi boca subía y bajaba entre sus piernas, lo haría, iría más rápido, o haría cualquier otra cosa que me pidiese por poder ver su cara retorciéndose en infinito y plácido agradecimiento por el colosal tributo de mis labios a sus genitales.
Su tenue gimoteo aumentó de intensidad con el ritmo de mis caricias, le gustaba lo que estaba recibiendo y a mí me encantaba dárselo. Comenzó a moverse tímidamente, propiciándome leves toques en la campanilla cada vez que mis labios bajaban hasta la base de aquel miembro con el que ya me había familiarizado. Repitió la operación algunas veces más antes de que una de sus manos apartase la mía y su voz me pidiese algo de nuevo.
-Ahora métasela hasta el final… venga señorita, sé que puede hacerlo…
Ahora ya no me lo pedía como si le estuviese pidiendo a un niño que le recitase una tabla de multiplicar. Lo estaba haciendo demasiado bien como para que me tratase de un modo parecido, así que el placer atenuaba su voz, modulándola a una frecuencia que casaba mejor con la voz de mi soldado.
Lo hice. Atendí su petición e inspiré todo el aire que pude antes de dejar que su glande avanzase por mi boca hasta albergarse en la entrada de mi tráquea. Aguanté unos pocos segundos mientras se deshacía en profundos suspiros y me retiré recorriendo con mis labios el camino que me llevaba de nuevo al extremo opuesto. Su mano abarcó la parte posterior de mi coronilla pidiéndomelo de nuevo y repetí la operación un par de veces más.
-Siga así, más rápido…
Obedecí sin planteármelo, siguiendo su debilitada voz como si fuese una guía incuestionable y de nuevo dejé que toda esa verticalidad que empezaba en su cuerpo, terminase en mi garganta. Pero no esperé nada, me retiré nuevamente para repetirlo en cuanto me fue posible liberarme del aire contenido e inhalar de nuevo. Me marqué enseguida un ritmo para no ahogarme y lo aumenté progresivamente hasta que su voz me interrumpió de nuevo.
-Joder, señorita Kaestner… lo hace usted tan bien que voy a concederle el honor de correrme en su boca durante la primera mamada… ¿qué le parece?
No tenía intención de contestar. Simplemente mengüé un poco la frecuencia con la que mi boca engullía su sexo, pero su mano ejerció una leve presión en mi cabeza obligándome a seguir de la misma forma.
-No hace falta que me conteste, era una pregunta de cortesía. Sabe que voy a hacerlo y usted va a tragárselo todo… si veo que una gota, por minúscula que sea, termina en otro lugar que no sea su boca, volveremos a empezar de nuevo, ¿me ha entendido?
Asumí que ésa última también era una pregunta de cortesía así que me dediqué a seguir con lo mío. Me afané en dejar que mis labios recorriesen cada milímetro de aquello que no tenían más remedio que rodear y seguí así hasta que sus dos manos sujetaron mi cabeza presagiando lo inminente junto con unos ahogados alaridos y un par de empellones antes de que su lefa inundase mi boca. El primer hilo estampó su viscosidad contra la bóveda de mi paladar. Nunca me ha gustado el sabor y no creo que algún día vaya a hacerlo, así que lo mejor que puede hacer una es intentar tragar rápido y salivar mucho para diluirlo y empujarlo hacia la boca del estómago con más facilidad.
Tras un par de sacudidas más lo peor ya había pasado y la mayor parte de la “gran deferencia” que el hijo de puta de Furhmann había tenido conmigo estaba nadando en el ácido clorhídrico de mi estómago mientras yo ardía en odio hacia aquel bufón que se reía mientras me acariciaba el óvalo de la cara.
-¿Ve qué bien lo ha hecho? ¡Cuánta devoción! Tendremos que repetirlo, en serio… no creo que vuelva a cruzarme con nadie capaz de chuparla de esta manera…
-Si lo desea, puedo darle un par de consejos a la señora Scholz… – solté con rebeldía.
Antes de que pudiese añadir nada más, una brutal bofetada que me hizo caer hacia un lado me cruzó la cara con un sonoro golpe que reverberó durante un par de segundos más dentro de mi cabeza.
-Veo que le cuesta asumir que aquí soy yo el que jode. Pero de todos modos, hágalo si lo desea… ¿sabe qué hará la señora? ¡Mandarla a esa aldea suya a limpiarle el culo a su padre impedido!
Opté por guardar silencio mientras Furhmann se colocaba de nuevo el uniforme y finiquitaba su whisky. Sumida aún en la sordera parcial que me había causado su manotazo y que ahora comenzaba a remitir dejando paso a un dolor de cabeza. No me esperaba el golpe, de haberlo visto venir no lo hubiese evitado, pero lo hubiera encajado mejor para que mi cuello no se viese arrastrado cuando mi cabeza había salido despedida con el impacto.
-Vístase, mujer… por hoy no voy a incomodarla más – dijo con aires de grandeza mientras recolocaba la silla detrás del escritorio y devolvía la mesa auxiliar a su lugar -. Todavía tengo casi una semana para hacerlo, ¿no es cierto?
Mantuve mi silencio mientras me levantaba y me vestía, a la vez que observaba a Furhmann rebuscando en el mueble bar del Coronel. Cuando terminé de ponerme la ropa caminé despacio hasta ponerme a sus espaldas y le vi agachado delante del espacio central del mueble, sacando todas las botellas que estaban allí. Me acerqué para comprobar qué estaba haciendo y me quedé petrificada al ver que desmontaba el panel vertical del fondo dejando al descubierto la puerta de una caja fuerte empotrada en la pared que cubría el mueble.
-¿Sabe que la curiosidad mató al perro?
-Al gato – le corregí con seguridad olvidándome de que aquel capullo casi me había partido el labio hacía un par de minutos escasos.
-Me importa una mierda a qué cojones mató la curiosidad… ya me entiende…
-Ya, pero dígalo bien. Quedará mejor delante de sus superiores.
Furhmann se irguió con un rápido movimiento que me hizo retroceder un paso ante la posibilidad de que fuese a caerme otra hostia como la de antes. Pero no se movió del sitio, se quedó mirándome con el panel que conformaba el falso fondo del mueble bar.
-Está bien, institutriz, lo diré correctamente la próxima vez. Sujéteme esto, hágame el favor.
Sujeté el panel mientras pensaba que el Coronel había sido un capullo, la señora era una zorra petulante, Berta un demonio encarnado en una niña de doce años y ahora también sabía que Furhmann tenía desórdenes de personalidad. ¡Por Dios! ¡Herman tenía que haber sido adoptado!
-¿Qué busca? – quise saber.
-La curiosidad mató al gato, señorita Kaestner… – canturreó de un modo juguetón haciendo girar la rueda de la caja fuerte. Yo no tenía ni idea de que el despacho tuviese una caja fuerte y el muy cerdo se sabía hasta la contraseña – necesito unos papeles que Scholz guardaba bajo llave.
Por un momento pensé que iba a darme los papeles cuando sacó el montón de hojas de la caja, pero el muy hijo puta los dejó bajo su rodilla y me pidió con un gesto que le devolviese el panel que cubría la caja fuerte. Se lo acerqué intentando ojear rápidamente lo que había cogido, pero no vi nada ni tuve oportunidad de hacerlo más tarde. Volvió a montarlo todo y me ordenó recolocar las botellas antes dejarme a solas con mi tarea.
-¡Furhmann! – Le llamé antes de que llegase a las escaleras – Herman ha llevado todos los papeles del Coronel al desván, ¿no se los lleva? – le pregunté cuando apareció de nuevo por la puerta.
-¿Tengo pinta de repartidor? Yo vengo a por lo único que importa – dijo con prepotencia sacudiendo los papeles que había cogido de la caja fuerte –. Pero ahora que lo dice, hágame otro favor. Quémelos durante sus días de asueto – me ordenó con despreocupación mientras se iba de nuevo.
<<¡Seguro!>> me dije a mí misma antes de quedarme colocando las botellas. Lo primero que hice cuando todo el mundo se fue a dormir aquella noche fue levantarme para mover toda la documentación a mi armario y rellenar las cajas con papeles de periódico para quemarlas al día siguiente, para dejar constancia de que lo había quemado todo por petición de Furhmann. Ahora sólo me quedaba ir remitiendo poco a poco los informes que ocupaban más de la mitad de mi armario. A partir de ahora tendría que cerrar mi habitación con llave.
Furhmann me visitó prácticamente a diario. Le seguí el juego, segura de que la próxima vez que me acercase a Berlín para llevar el informe de la semana me estaría esperando sobre la mesa la orden de abandonar mi posición y regresar a territorio no ocupado. Pero la única hoja que me esperaba en aquel cuchitril me comunicaba que mi labor al conseguir todos aquella documentación había sido extraordinaria y que mis órdenes eran ahora –en vista de que también había tenido el detalle de incluir en el informe de la semana anterior que Herman iba a pedir que lo trasladasen de nuevo- quedarme en casa hasta su regreso y “marcarle”. Rompí la hoja en mil pedazos y me fumé un pitillo con la mayor impotencia que jamás he sido capaz de acumular. ¡No tenía ni idea de cuándo iba a volver Herman! ¡Y para seguir cumpliendo con mis órdenes tenía que follarme al asqueroso se Furhmann sin rechistar! Las cosas andaban mal, nunca me habían prorrogado una misión de un modo tan inverosímil como aquél. Eso sólo significaba que no podían sacarme de allí con vida.
Estuve a punto de prenderle fuego a toda la pila de dossiers que había cogido del desván cuando terminé mi cigarrillo. Ya no quería seguir con aquello. Pero me guardé el encendedor y adjunté el sobre que contenía mis observaciones en la casa.
El verano transcurrió de un modo tortuoso entre un encuentro y otro con Furhmann, que siempre encontraba algunas horas a la semana para mortificarme con sus apariciones en casa. Sólo tuve tres de semanas de “descanso”, durante las cuales acompañé a Berta y a la viuda Scholz a la residencia vacacional que la familia tenía en Berchstesgaden, lugar en el que gasté infinidad de carretes por ser el epicentro de veraneo de la jet del partido nacionalsocialista. Pude reportar fotografías de la mayoría de los peces gordos y de sus casas, sólo tenía que salir a buscar el pan y los cretinos más grandes que jamás había visto el mundo inundaban las calles. Se suponía que Herman iba a visitarnos durante unos días pero la alegría por su inminente llegada a casa duró tres días. Exactamente lo que tardó en llegarnos una carta en la que se disculpaba por no poder acudir finalmente y que hizo que Berta llorase durante aproximadamente seis horas. A la muy idiota se le antojó ir a verle a Francia y aunque a mí no me desagradaba en absoluto llevarla y soltarla en medio del frente, la señora Scholz prometió que la llevaría a París en cuanto las cosas “se calmasen”. Me gustaría saber cuándo pensaba esa mujer que iban a “calmarse las cosas” en una ciudad sitiada a la fuerza, pero creí más sabio no preguntar nada a alguien como ella.
Regresamos a casa a mediados de septiembre, antes de que el clima se volviese intratable en los Alpes. Y en menos de una semana, Furhmann ya había encontrado otra ocasión para hacerme una visita. Lo supe incluso antes de que se presentase en casa, la situación era demasiado obvia; la señora se llevaba a Berta a una merienda en casa de una de sus amigas a las que había desatendido tras enviudar. Esas cosas solían alargarse y eso me dejaba una tarde entera a merced de Furhmann. Por eso tenía la intención de salir a dar un paseo a lomos de Bisendorff, el hermoso ejemplar de hannoveriano que Herman me había cedido amablemente. Salí casi a galope de las cuadras pero el caballo frenó en seco cuando la figura de Furhmann se plantó en la entrada.
-¿Sabe Herman que monta este caballo cuando él no está? – Preguntó acercándose al animal mientras daba una calada a su cigarro.
-Lo sabe todo el mundo. Tengo su permiso.
-¡No me joda! ¡¿Acaso se la chupa a él también?! – Exclamó despectivamente entre risas. El caballo retrocedió violentamente cuando el humo del tabaco le alcanzó pero lo controlé enseguida.
-¿Qué quiere, Furhmann? – Le pregunté molesta.
-¿Usted qué cree? Hace mucho que no nos vemos, las vacaciones le han sentado bien.
-¿No ve que iba a salir?
-Bueno, no la culpo por querer montar esta preciosidad. Pero si quiere seguir haciéndolo ya sabe lo que tiene que hacer… ¿hay caballos así en su aldea? Apuesto que no…
Estuve a punto de escupirle pero en lugar de eso rebasé su posición haciendo que Bisendorff trotase con elegancia a su lado. Estaba a punto de dejarle atrás cuando su voz me detuvo.
-¡Señorita Kaestner! ¡Si no se detiene ahora mismo le disparo al caballo! – disminuí la velocidad echando una mirada hacia atrás y le vi con la pistola en la mano. ¡Joder! ¡Estaba de atar! No podía arriesgarme, me paré allí mismo -. ¡Vuelva aquí! – Obedecí con resignación y regresé -. Una sabia elección por su parte, ¿tiene idea de lo que cuesta un caballo así? ¡Me imagino que el payaso de Herman estaría encantado de decírselo cuando se enterase de que uno de sus caballitos recibió un tiro mientras usted paseaba con él! – Añadió riéndose de algo que sólo le hacía gracia a él.
-Yo creo que le encantaría más patearle la cara a usted.
¡Mierda! ¡Con Furhmann tenía que controlarme! No sólo porque me podía soltar una de sus hostias y dejarme sorda durante algún tiempo, sino porque el muy loco sacó de nuevo la pistola y agarró las bridas del caballo para encañonarle la frente.
-¡Bájese del puñetero caballo y acompáñeme al despacho del difunto Coronel!
-Tengo que pedir que lo desensillen – dije para ganar algo de tiempo después de meterlo en la cuadra.
-¡Déjelo así!
Le seguí hasta el despacho y cerré los ojos con fuerza cuando escuché la llave girar dentro de la cerradura. Su mano me arrebató la fusta que todavía llevaba bajo el brazo y recorrió uno de mis muslos con ella.
-¿Sabe que esta semana me han contado un chiste buenísimo? ¿Quiere que se lo cuente? – Asentí tratando de respirar controladamente mientras la fusta recorría distintas partes de mi anatomía. Para ser sincera, esperaba un latigazo de un momento a otro. Con el cabrón de Furhmann una nunca sabe cuándo hace las cosas bien y a lo mejor tenía que haber dicho que no quería escuchar el jodido chiste. Pero esa vez no fue el caso, Furhmann siguió hablando mientras continuaba jugando con la fusta -. Verá, ¿sabe por qué un hombre que se revuelca con muchas damas es digno de admiración y por qué una dama que se acuesta con muchos hombres deja de llamarse “dama” para convertirse en un “pendón”?
Negué con la cabeza augurando que el chiste iba a ser tan perspicaz como el propio intelecto de Furhmann.
-Es muy fácil – continuó – basta con hacer una sencilla comparación para explicarlo. ¡Una llave que abre muchas cerraduras es una llave maestra, mientras que una cerradura que se abre con cualquier llave es una porquería de cerradura!
Su risa fue la única que resonó en la estancia. Yo simplemente imploré para que cayese un rayo sobre la casa, pero parecía que no iba a estar de suerte.
-Bueno, no importa si no le ha hecho gracia. Sólo se lo he contado porque inevitablemente, me acordé de usted cuando lo escuché. Nada más…
-¿Y de usted no se acordó? ¿Quién podría resistirse a semejante portento de cerrajero?
Ahora sí, la fusta impactó con una fuerza sobre mis piernas, anestesiándome la parte posterior de los muslos en el punto exacto sobre el que había caído.
-Mire, luego no me culpe si cada vez que intento entablar una conversación con usted acabo pidiéndole que se quite la ropa y que me coma la polla, porque eso lo hace muy bien pero lo que es hablar… es usted peor que una víbora…
-Con todos mis respetos, yo no dejaría que una víbora me comiese la polla… – contesté en tono cortés.
Esperaba que la fusta me golpease de nuevo pero Furhmann se plantó delante de mí y me sujetó las mandíbulas con firmeza obligándome a mirarle.
-A lo mejor hoy le hago caso, mire usted por dónde…
Su boca se inclinó sobre mí para besarme en los labios con absoluta descoordinación. Claro que yo tampoco ponía nada de mi parte para que fuese distinto, ni siquiera me moví mientras su lengua pujaba por separar mis labios y se topaba de bruces con mi inamovible dentadura más allá de ellos.
-Cuántas veces voy a tener que decirle que ponga algo de su parte o acabaré rompiéndole algún hueso… – me susurró con desprecio a pocos centímetros.
Me rendí. Siempre procuro aguantar, mantener mi orgullo intacto. Pero Furhmann resulta tan aplastantemente dañino y asqueroso que termino convenciéndome de que lo mejor es follármelo de una maldita vez y perderle de vista. Por lo menos hasta la siguiente ocasión.
Sin pensarlo demasiado cerré los ojos y le besé tratando de esconder mi absoluta desgana mientras sus manos comenzaban a desnudarme. Las mías hicieron lo mismo con él para ganar tiempo y en apenas un par de minutos yo le masturbaba rápidamente sin ningún impedimento. Me arrastró hasta el sofá y me manejó a su antojo para colocarme con las rodillas apoyadas sobre el asiento y las manos sobre el respaldo. Casi nunca me hace esperar pero se incorporó antes de que sus manos me ensanchasen las piernas un poco más y me instasen a bajar la grupa, dejando que mi cara descansase a la altura de mis brazos, apoyada también sobre la parte alta del respaldo y a poca distancia de la cortina que cubría la ventana que había detrás del sofá.
-Me encanta la temática que ha escogido para hoy… – dijo sosegadamente mientras el frío cuero de la fusta trepaba lentamente por la parte interior de uno de mis muslos.
Dejé que mi cabeza se escondiese entre mis brazos y respiré profundamente. El cabrón tenía ganas de jugar, debía tener tiempo de sobra y para mi desgracia, pensaba pasarlo conmigo. < > me repetí una y otra vez mientras obviaba la voz de Furhmann a la vez que la fusta comenzaba a explorar cada uno de los pliegues de mi sexo.
-Eleve un poco las caderas… no veo bien…
Por debajo de mi axila llegué a ver su pistola en el suelo y automáticamente mi cabeza armó unas treinta formas de llegar a cogerla antes que él. Claro que también pensó en las innumerables consecuencias que ello conllevaría, acabase como acabase. Si no le mataba y utilizaba el arma sólo para coaccionarle y marcharme de allí, su venganza sería bíblica y si le mataba, al menos dos de las asistentas sabían que yo estaba con él en el despacho, supuestamente ayudándole a encontrar unos papeles que no aparecían. No tenía elección, elevé las caderas.
Furhmann se acercó despacio a mi retaguardia sin decir absolutamente nada mientras seguía moviendo la fusta entre mis piernas y comenzó a recorrerme la columna con la mano que no la sujetaba.
-Definitivamente, creo que voy a hacerle caso, ¿sabe? No dejaré que una víbora me chupe la polla, hoy haremos algo nuevo… – sus palabras me desconcertaron un poco pero enseguida supe a qué se refería.
Y lo supe exactamente cuando su dedo terminó de recorrerme la columna y desembocó en lo que a él debía parecerle en esos momentos un agujero frágil y oprimido, que aunque no era la preferencia habitual, no sería él quien me iniciase en el sexo anal. Tenía ganas de dejar salir la risa que estaba conteniendo al imaginarme que el muy imbécil esperaría que gritase como una loca, que me resistiese y que forcejease cuando intentase metérmela por detrás. Seguramente era eso lo que más le atraía de la idea. Pero a lo sumo, quizás se encontrase con un poco de resistencia al principio, debido al tiempo que hacía que yo no lo practicaba.
Un pegote de líquido frío y resbaladizo cayó con aplomo cerca de mi ano, apenas unos milímetros arriba. Su dedo lo esparció con falsa delicadeza sobre su objetivo mientras probablemente él se deleitaba ya en su triunfo al verme con la cabeza escondida entre los brazos.
-No se mueva. Pórtese bien y le ahorraré el trabajo de tragárselo todo. Esta vez me correré directamente en sus intestinos… – dijo mientras sujetaba su glande con firmeza, empujándolo contra mi trasero mientras me sujetaba las caderas con la otra mano. La fusta me rozó, todavía la tenía en una de sus manos.
Le rehuí un par de veces arqueando la espalda y fingiendo no soportarlo sólo por concederle unos segundos más de ilusión. Pero uno de sus antebrazos aplastó mis omóplatos y tras empujar sin pizca de compasión logró entrar. Sentí un dolor agudo que me recorrió las piernas y parte de la espalda cuando me penetró. No me lo esperaba, pero tampoco constituía nada que no pudiese soportar y en apenas unos segundos la verga de Furhmann se movía con total libertad mientras yo me acomodaba y elevaba mi cara, dejándole percibir mis gemidos. Creí que no lo interpretaría como una provocación, me parecía demasiado tonto como para eso, pero lo cogió al vuelo. Su mano me apretó el cuello torciéndome la cabeza hacia atrás, a donde él estaba, pero apenas podía enfocarle porque estaba a punto de ahogarme.
-¡Joder, con la institutriz! ¡Si no le queda ni la puerta de atrás por estrenar! Menuda zorra está hecha, ¿no?
-¿Creía que iba a estar esperándole a usted? – pregunté como pude tratando de coger aire cuando me soltó por fin.
Me hubiera gustado añadir que le hubiese dejado estrenar “mi puerta de atrás” a un judío antes que a él, sólo para provocarle, pero ya no me quedaban ganas como para jugarme el tipo de semejante forma. Furhmann me embestía de una manera brutal, me hacía daño, tenía que intentar relajarme o el dolor iría a más. Lo intentaba una y otra vez, pero resulta difícil relajarse cuando el que está detrás empuja hasta hacerte temer por tus paredes internas. No lograba hacer que el dolor cesase, mi cuerpo constreñía aquel agujero de forma involuntaria, como un acto reflejo que no se puede evitar y que hacía que yo me retorciese en un agónico suplicio, intentando no mostrar ningún signo de debilidad que hiciese las delicias de Furhmann.
Sus caderas se detuvieron después de un tiempo indeterminado durante el cual creí que el dolor estaba a punto de empujarme a otra dimensión. Intenté retocar mi posición de modo que me fuera más favorable pero no tuve apenas tiempo, su peso cayó sobre mí y su cara se quedó al lado de la mía.
-Ahora ya no tiene tantas ganas de hablar, ¿eh? – No dije nada, solamente esperé a que siguiese hablando y que al hacerlo no moviese demasiado esa erección con la que todavía me ensartaba -. Si se hubiese portado bien desde el principio nada de esto hubiera sido necesario, ¡pero claro! La señorita Kaestner no puede simplemente callarse, ¿verdad? – eso último lo dijo mientras me propiciaba un empujón que llegó a desplazarme dolorosamente-. ¿Qué coño le veía al Coronel? Porque no termino de creerme que se lo tirase desinteresadamente y que conmigo le cueste tanto…
De nuevo preferí castigarle con mi silencio, era lo único que me quedaba a esas alturas. Suspiró con desgana al comprobar que no obtendría respuesta y continuó en su empeño por hacer de mi esfínter un músculo vago e inútil. Quizás fuese mejor así, quizás si lo conseguía, el puñetero músculo dejase de ofrecer resistencia contra mi voluntad. Intenté no pensar demasiado en el dolor, buscar una distracción. Estiré una mano a ras de mi vientre con la vaga esperanza de que si mis dedos estimulaban mi sexo, mi cuerpo prestaría menos atención a lo que ocurría a unos centímetros de allí.
No fue muy efectivo pero Furhmann debió apiadarse de mí en algún momento dado porque su pelvis dejó de torturarme ferozmente para torturarme, simplemente. Y tras un tiempo que me pareció interminable, el vaivén que hacía que su instrumento de tortura se deslizase adentro y afuera, discurría con una moderada sutileza que me permitía comenzar a disfrutar de mis caricias. Me afané en mi trabajo, me agarré con fuerza a mi norma, a mi única norma que tanto me costaba seguir con aquel individuo. Masajeé mi clítoris con insistencia, deslicé un par de dedos dentro del húmedo agujero que normalmente acogía lo que ahora notaba deslizarse dentro de mi recto anal, tan sólo separado de aquella cavidad por lo que yo sentía como una fina membrana que nunca creí capaz de soportar la furia con la que Furhmann me había penetrado al principio, pero aún estaba allí.
Comencé a gemir, dejando que mi cara cayese sobre el brazo que agarraba con fuerza el respaldo del sofá, desempeñando la difícil tarea de proporcionarme un punto de apoyo mientras intentaba ahogar con mis propios sonidos los de Furhmann. Llevé mis dedos sobre mi clítoris de nuevo, buscando con la yema del dedo corazón el punto más sensible dentro del mar de insensibilidad que en aquel momento era toda aquella zona. Hurgué en mis pliegues con avidez, intentando no desaprovechar el único ápice de excitación que acababa de nacer en mí, busqué con auténtica desesperación esa zona que todavía podía llevarme a algo que había supuesto imposible hacía unos minutos. Y no sé si realmente la encontré o si la necesidad de sacar un mínimo provecho de aquella situación a la que me prestaba deliberadamente coaccionada hizo que mi mano despertase una de esas zonas, pero mis dedos encontraron de repente un lugar que todavía era capaz de responder a mis atenciones. Me negué a perderlo y me entretuve en él hasta que el placer se condensó para caer en un orgasmo vacío, insatisfactorio y vano. Un orgasmo que sólo constituía una pequeña victoria en medio de todo un elenco de vejaciones, pero orgasmo al fin y al cabo.
Mi torso resbaló exhausto sobre el respaldo mientras Furhmann sujetaba mis caderas para que no siguieran al resto de mi cuerpo. Ahora no era capaz de sentir nada, si acaso los últimos coletazos de mi minúscula conquista, que morían desatendidos por los mismos dedos que los habían reclamado ante la completa imposibilidad de que mis tendones respondiesen. Me quedé inmóvil hasta que aquel maldito falo escupió hasta la última gota de su presunta virilidad dentro de mi cuerpo, poco antes de que Furhmann cayese sobre mí apoyándose con una de sus manos a poca distancia de mi cara y su voz me fustigase de nuevo cuando la última sacudida de su miembro cesó enterrada entre las maltrechas paredes de mi ano, que ahora comenzaban a palpitar febrilmente.

 

-Ve como no era tan difícil… si hasta le ha gustado, preciosa…

 

 

Hundí mi cara en el asiento del sofá, esperando a que se fuese de una puta vez. Fue el único golpe de suerte que se me presentó en toda la tarde. Se incorporó enseguida y me dejo sola en cuanto estuvo vestido. Sus únicas palabras antes de irse fueron; “Vístase rápido, no sea que suba alguien. Voy a dar una vuelta mientras no llega la señora…”
Me incorporé sobre unas piernas entumecidas y me vestí con mucho más trabajo de lo normal. Me tomé unos minutos para recomponerme y tras poner todo en su lugar, abrí la ventana del despacho para airear la estancia. La visión de Furhmann caminando implacable hacia las caballerizas logró que mis piernas recuperasen la mayor parte de su coordinación y corrí escaleras abajo para seguirle. Demasiado tarde, cuando llegué a las cuadras, Bisendorff casi me arroya al salir como alma que lleva el diablo en medio de una tormenta de golpes de fusta que Furhmann le propiciaba para apremiarle. ¡Joder! ¡A ese caballo no le hacía falta ni un leve toque de talón para hacerle galopar!
-¡Hijo de puta! ¡No puede pegarle de esa manera! ¡¡Va a romperse una pierna si le deja correr así!!
Y yo tendría que explicarle a Herman por qué uno de sus sementales más caros había sufrido tal percance. Pero a él le importó una mierda. Ni siquiera hizo ademán de que me hubiese escuchado, el caballo siguió corriendo imparable a través del camino que llevaba al bosque de la finca.
Después de aquella tarde, procuré pasar todo mi tiempo libre fuera de casa. Salía a menudo a dar largos paseos a caballo que con frecuencia – y especialmente si Berta se ausentaba con su madre – me entretenían toda la tarde. Aunque Bisendorff tuvo que guardar reposo más de una semana después de que Furhmann lo hiciese galopar por todo el bosque durante más de una hora. El caballo había llegado casi reventado, roncando al respirar y completamente empapado. Tuve que llamar al mozo de cuadras para que lo lavase y lo secase antes de meterlo en su cuadra cubierto con un par de mantas para que no se resfriase. Se lo comenté a la señora, en un tono correcto que para nada dejaba entrever mi visceral odio hacia su amante, sólo quería que ejerciese la autoridad que tenía en casa para que Furhmann no volviese a coger un caballo de Herman, su hijo. Pero sus palabras fueron; “¡Por favor, señorita Kaestner! Herman tiene más de veinte caballos, si algo le hubiese ocurrido a ése, ni siquiera lo hubiera echado en falta…”
¡Aquella era una maldita casa de locos! Un suplicio en vida, un averno sobre la Tierra y un sinfín de improperios más. Cualquier macabro adjetivo era válido para describir la residencia Scholz. Conseguí sobrellevar mi existencia allí a base de tila alpina y tras más de tres semanas dándole largas a Furhmann, un día llegó una carta a casa dirigida a mí. Supe enseguida que no era de mis superiores, ellos jamás me remitirían correspondencia allí. Cuando abrí el sobre en la más estricta intimidad, las palabras escritas a máquina sobre el papel hicieron que mi sangre bullese en mis venas.
Estimada señorita Kaestner:
Tenga la bondad de acudir la tarde del próximo viernes a la cabaña de caza de la residencia de la familia Scholz. No será necesario que lleve comida o ropa, solamente le robaré unas horas de su tiempo.
Mis manos espachurraron la hoja tras leer el breve mensaje que me citaba en la cabaña la tarde del viernes, justo cuando la señora Scholz se llevaba a Berta a Berlín para pasar el fin de semana. Así que el cabrón de Furhmann había decidido hacer de la cabaña del Coronel el nuevo lugar de encuentro… ¡claro! ¡Temía que el servicio comenzase a sospechar!
Pasé los dos días que me separaban del viernes cavilando acerca de la artimaña de Furhmann para que no pudiese escabullirme, ¡citarme por carta! ¡Comenzaba a rozar el surrealismo! Decidí que ese cerdo no me jodería nunca más, en ninguno de los sentidos del verbo. La tarde en la que debía reunirme con él, al terminar de descansar la comida y antes de que Berta y la señora subiesen el equipaje en el coche, pedí que me ensillasen a Bisendorff, solicitando expresamente que añadiesen una alforja a la montura porque pensaba ausentarme durante toda la tarde. Me vestí con la ropa de montar a caballo y justo antes de partir deslicé mi pistola dentro de la alforja.
Lo tenía claro. En cuanto Furhmann se me pusiera delante le metería una bala entre ceja y ceja y luego… luego ya vería qué podía hacer con el cuerpo.