TODO COMENZÓ POR UNA PARTIDA2Casi tres meses después del bombardeo de Düsseldorfel doctor dijo que quizás fuese hora de retirar el aparatoso yeso. No pude evitar sonreír ilusionada al escucharlo, ¡se habían terminado los días de dependencia! Dispuse mi mano en la posición que me indicó, dispuesta a aguantar estoicamente cualquier daño que pudiesen infligirme para liberarme de aquel armazón, pero no dolió lo más mínimo. Me lo habían enyesado cuando el brazo todavía estaba hinchado, así que ahora quedaba espacio suficiente entre el yeso y mi piel como para obrar con cierto margen.
Cuando vi mi brazo la ilusión se disolvió rápidamente. Era amorfo. Todavía tenía una hinchazón pronunciada en la zona circundante a lo que debía ser el punto exacto de la rotura, y la piel allí estaba roja y brillante. Un verdadero asco de brazo. El doctor lo miró y le indicó a la enfermera que me practicase un “vendaje de sujeción”.
-La zona todavía está un poco fresca. El vendaje le proporcionará cierta sujeción – me explicó.
-¿Y cuánto tiempo tendré que llevarlo?
-Quizás un mes o dos… depende de cómo evolucione a partir de ahora.
-¿Pero los huesos ya están? – Insistí en lo principal.
-Están. Pero el hecho de que le haya cambiado el yeso por la venda no quiere decir que pueda volver a hacer lo que hacía antes de romperse el brazo. La hinchazón localizada en estos puntos indica que la unión todavía no está completamente asentada – su pronóstico me obligó a hacer un mohín mientras la enfermera terminaba con el vendaje -. Tenga paciencia. Se rompió el cúbito y el radio, y lo cierto es que tiene muy buena pinta.
-Lo dirá usted en base a otras lesiones que haya visto, porque comparado con el otro brazo, no tiene buena pinta… – bromeé desganada por la prórroga de restricciones que había dictado el buen hombre.
-Sea paciente y no mueva demasiado el brazo o tendré que fijárselo de nuevo – me advirtió con más seriedad.
Se supone que ya debería estar curtida en eso de la paciencia, pero me repateaba la idea de que Herman tuviese que trocearme la carne una temporada más, o que las chicas de casa tuviesen que añadir a sus tareas la de ayudar a vestirse y a peinarse a la señora.
Mi gran desventura, sin embargo, fue para Herman algo así como un regalo de Navidad por adelantado. Cuando me vio con el vendaje al llegar a casa y me examinó el brazo no hacía más que sonreír. Cosa que me provocaba cierto cabreo porque seguramente estaba pensando que me lo tenía más que merecido por desatender sus “sabios consejos”. Pero cuando le pregunté por qué coño se reía de mí, su reacción me sorprendió.
-¡No me río de ti! Estoy echando cuentas… un mes o dos con esa venda con la que tampoco debes mover el brazo – dijo devolviendo mi lesionada extremidad al cabestrillo que el médico me había ordenado llevar -. ¿Sabes hasta cuándo tendrás que llevar eso como muy poco?
-Hasta finales de diciembre o principios de enero – contesté sin dudar. Yo también había hecho mis cábalas.
-Muy bien. ¿Y eso quiere decir…?
-Que tendrás que trocearme la cena de Nochebuena y la de Nochevie… – la palabra se me quedó a medias cuando vi a dónde quería llegar – ¡joder! ¡No tenemos que ir a la fiesta de los Walden! – Exclamé mucho más encariñada con mi nuevo vendaje de sujeción.
-Estoy deseando que llegue la invitación para rechazarla, querida – añadió Herman mientras se sentaba a la mesa.
Desde lo del bombardeo estaba mucho más tratable. Se mostraba paciente conmigo y habíamos recuperado aquello de comer y cenar juntos. Incluso desayunábamos juntos de vez en cuando. Alguna mañana que no me apetecía dar demasiado trabajo a las chicas, madrugaba con él y así me vestía mi marido. <> eso decían los votos del matrimonio, ¿no?
Herman me contó durante la cena que les habían llevado a los prisioneros de Krüger una mesa de pimpón. Pasaba mucho tiempo con los prisioneros de Krüger. Supongo que era porque el resto del campo le asqueaba y – según lo que me contaba – en aquel recodo destinado a la falsificación, las cosas eran muy distintas. Relataba con una triste y pensativa sonrisa cómo se habían jugado el tabaco con los prisioneros. En un principio decidieron tácitamente dejarles ganar, pero los pobres, temiendo las consecuencias de lo que les podía hacer un oficial enfadado, lo hacían todavía peor que ellos. De modo que ambas partes terminaron enzarzadas en un bucle de torpeza autoinducida.
-Tenías que ver su cara cuando les dije que me habían dejado ganar y que me tocaba a mí repartir mi tabaco. Todavía no se creen dónde están… – reflexionó con un suspiro.
<>, aquella frase activó un resorte en mi sesera mientras Her me pasaba el plato con mi cena debidamente troceada. ¿Y dónde se suponía que estaban?>> me pregunté inmediatamente. Porque hasta donde yo sabía, Sachsenhausen era un lugar que le desquiciaba. Y razones no le faltaban: las listas de bajas de un solo subcampo eran interminables, los doctores probaban sus avances médicos con los prisioneros y la industria se beneficiaba de la explotación de los mismos. Pero Berg había mediado interesadamente para que los prisioneros que Krüger había ido recogiendo por toda Alemania hubieran terminado allí, en un “campo atípico donde a uno no le peguen un tiro por ir a mear…”, él mismo lo había dicho. Pero entonces, ¿qué pasaba realmente en el resto del territorio? ¿Era Sachsenhausen un lugar mejor que los demás en términos generales, o sólo lo era para aquellos falsificadores de Krüger? Se me ocurrían multitud de respuestas a mis propias preguntas, pero seleccionar las válidas se me antojaba imposible. Yo sabía que en Sachenhausen había al menos dos grupos de prisioneros con preferencia sobre los demás, los de Krüger y nuestros empleados. Ahora bien, el resto era un entramado de hectáreas recién ampliado donde les habían dividido según su trabajo y en el que Herman tenía que implantar un plan que las SS llamaban en clave: “Solución Final”. ¿Y en qué demonios consistía ese plan para que Herman prefiriese hablarme de una operación de falsificación de divisas – que supuestamente era tan ultrasecreta que sólo los Comandantes estaban al tanto de que aquellos hombres estaban allí y ni siquiera podían meter las narices – en lugar de hablarme de lo que pasaba en el resto del campo? ¿La “Solución Final” era más secreta que la “Operación Krüger”? ¿Entonces por qué llevar una segunda operación secreta a un campo en el que se está llevando a cabo una gran operación secreta a mayor escala? No parecía un plan brillante aquello de concentrar las maniobras secretas en un solo lugar. Pero aquellos papeles que hablaban de la Solución Final no parecían solamente destinados a Sachsenhausen, estaban dirigidos a los “oficiales de campo”. Es decir, a ningún campo en especial.
-¿Erika? – Me llamó la voz de Herman como si fuese la enésima vez que mencionaba mi nombre en los dos últimos minutos -. No te habrán quedado secuelas en el oído, ¿verdad? – Negué con la cabeza. Lo de los oídos había sido una de las peores experiencias de mi vida y ahora me planteaba con cierto recelo la vejez y sus posibles sorderas, pero había recuperado por completo mi capacidad auditiva -. Entonces, ¿en qué pensabas? Te estaba hablando.
-Estaba pensando en la suerte que tienen esos hombres de Krüger – mentí -. Pero si os tomáis tantas confianzas, van a perderos el respeto… – comenté dejando que mi voz decayese hasta apagarse antes de mencionar lo que tendrían que hacer si les perdían aquel respeto que les hacía intocables.
Herman hizo una mueca de disgusto como si no le gustase lo que acababa de decir, pero el vendaje le causaba el mismo efecto que el yeso y todo cuanto hizo fue suspirar.
-Ningún otro prisionero sabe que están allí, y los soldados del campo tienen prohibida la entrada en esa área. Ellos y su opinión de nosotros están completamente aislados – me confesó con una mínima sonrisa que le había costado mostrar -. Krüger les trata de “usted”, y ellos le miran como si tuviese tres ojos. Les hemos dicho que podrán celebrar una fiesta por cada diez mil libras que pasen los controles de un banco suizo. Están completamente inmersos en su trabajo – dijo con un gesto que parecía esperanzador -. Nos han explicado que la mayoría de los ingleses no utilizan cartera. Llevan los billetes sujetos con un alfiler y enroscados en el bolsillo, de modo que cuando terminan de elaborarlos, los agujerean y se los meten en el bolsillo para que parezcan billetes de tránsito.
-¡Qué astutos! – reconocí asombrada.
-Sí. Sí que lo son. Krüger habla mucho con ellos, les ayuda a ajustar la maquinaria o a hacer pequeños cambios que se les ocurra para lograr una mayor calidad. De mí no se fían mucho… saben que soy un Comandante y creen que voy allí a recortar su estrecho margen de libertad.
-No sabía que Krüger entendía de máquinas… – comenté sin querer hacer hincapié en el temor que él le inspiraba a los prisioneros.
-¿No? Pues es ingeniero mecánico.
Aquello me sorprendió durante algunos segundos. Luego me imaginé a Krüger ataviado con ropa de calle, y lo cierto era que me encajaba bastante en el perfil. Herman también me dijo que estaban a punto de enviar el segundo grupo de prisioneros. Tenían pensado aprovechar las Navidades para ello y esta vez iban a intentar aumentar el número de personas que enviarían. Berg estaba al tanto de todos los movimientos que se coordinaban en las oficinas centrales y había ejercido alguna que otra discreta influencia para despejar un poco el camino hasta Breendonk. Les admiraba por aquello, pero no podía evitar temer lo que pudiese pasarles – sobre todo a él – por muy seguros de sí mismos que estuviesen.
No obstante, aquellas Navidades también sucedió algo que rivalizó con el desvío de prisioneros hacia suelo inglés en cuanto a importancia – aunque en un plano “familiar” -. Mi querida suegra regresó a aquella casa a mediados de diciembre con la intención de pasar aquellas fechas con nosotros. El bombardeo me había librado de los Walden a cambio de aguantar a la viuda, a Berta y a su institutriz, pero tenía que fingir una enorme alegría ya que Herman estaba deseando volver a ver a Berta.
Creí que quizás el hecho de que la viuda anunciase su regreso de un modo voluntario fuese un indicio de que no le desagradaría arreglar las cosas con su hijo. Pero en cuanto la vi bajarse altivamente del coche que las trajo supe que no olvidaba que Furhmann había terminado su pobre existencia en aquella misma entrada hacía ya dos años, y lo había hecho en circunstancias muy cuestionables y poco claras. Quizás Marie ya le hubiese dicho algo a estas alturas, o quizás ella no fuese tan idiota como aparentaba ser y siempre lo hubiera sabido, aunque – como todos en aquel mundo de apellidos elitistas – prefiriese jugar a interpretar su papel.
-Erika, hija – dijo dirigiéndose a mí antes que a su propio hijo. Y sí, llamándome “hija” para mi gran asombro -. Me alegro de ver que estás bien. Hemos estado muy preocupadas aunque siempre dijeses que te estabas recuperando perfectamente – continuó diciendo mientras acariciaba con suavidad los dedos que me asomaban al final del vendaje -. Sigo pensando que no debiste haber ido sola. Pero no lo repetiré más.
Bueno, era cierto que me había llamado un par de veces por semana desde que Herman le había dicho lo de Düsseldorf, y que – según me dijo él mismo – le reprochó encarecidamente que me hubiese dejado ir a París sola sin enviar a alguien de confianza conmigo. Pero no le di importancia ni lo achaqué a que le preocupase realmente mi estado. Ella sólo obraba en base a lo que la gente diría, por eso supuse que le había parecido algo inadmisible que Herman me dejase ir sola en tren y llevando mi propio equipaje, o no llamarme como si realmente le preocupasen los pormenores de mi recuperación.
Después del escueto saludo que le dedicó a Herman, entró en casa como si simplemente regresase tras haber ido a Berlín por alguno de sus recados e inmediatamente le indicó a una de las chicas que comenzase a llevar sus maletas a la habitación. Mis temores se confirmaron al ver la mirada que le dedicó a la sirvienta. No servía de nada cambiar sus inhumanos trajes rayados por ropa de servicio mientras les fuese obligatorio llevar aquellas estrellas que les identificaban como “judíos”. La gente como mi suegra jamás vería una persona bajo aquel símbolo. <> me dije a mí misma.
Con el devenir de los días mi inquietud se acrecentaba. La viuda se había propuesto salvaguardarme de cualquier amenaza que me rondase. Y aunque dicho de esta manera pudiese parecer que no tenía mucho que hacer, lo cierto es que estaba hasta arriba de trabajo porque para ella, toda criatura estigmatizada por el Reich era una amenaza. Así que no paraba de repetirme que era insultante que Herman me tuviese en aquellas condiciones – y “aquellas condiciones” no era más que el eufemismo del siglo para evitar decir “rodeada de judíos” -. Me alentaba para que me fuese a la casa de Berlín y me contaba que ella también había tenido sus “tira y afloja” con el difunto Coronel. Hablaba del matrimonio, del respeto conyugal y del derecho a rebelarme dentro de mi propia casa siempre que el asunto no trascendiese, por aquello de la opinión pública. Y yo aguantaba el tirón como podía mientras envidiaba a Berta, que – convertida ya en una jovencita – se mantenía ocupada de diversas maneras con tal de no estar mucho tiempo con su madre. Había entrado en aquella etapa en la que los adultos pasan de ser un modelo a seguir, a no tener ni idea de lo que ocurre a su alrededor y ser sólo un modelo de lo que uno no quiere ser, así que la rehuía con bastante eficacia.
Pero Berta acertaba con aquella actitud, ser como su madre probablemente no tuviese futuro. Como poco, estaba reñido con la evolución psicológica personal y social. Mi suegra era imbécil. Aunque debo decir que la muy puñetera conseguía hacerme sentir mal por pensar aquello, ya que se notaba que me daba aquellos consejos con el mayor de sus cariños.
Sin embargo las cosas dieron un giro cuando comenzó a dejar caer que le encantaría tener nietos. Herman y yo no habíamos vuelto a mencionar aquel tema desde que me había soltado que “yo me quedaba en casa soñando con tener hijos y que creía que todo iba a ir bien porque tenía visados extranjeros mientras que él estaba haciendo cosas que marcarían su existencia”. Era algo que habíamos apartado tácitamente porque sabíamos que, en el fondo, era mejor no plantearnos tal reto. Todos los doctores habían dicho lo mismo y probablemente el hecho de peregrinar por algunas consultas más no cambiase nada. Pero la viuda era ajena a todo aquello y sus comentarios no hacían más que incrementar nuestras ganas de perderla de vista.
-Siento terriblemente que tengas que soportar esto – se disculpó Herman mientras me ajustaba el camisón una de tantas noches en las que el tema predominante de la cena fue la imperiosa necesidad de bendecir nuestro matrimonio con hijos -. ¿Te dice algo durante el día? – Se interesó con cierto temor a lo que yo pudiese contestarle.
-¿De qué? ¿De los hijos, de los “empleados” o de la lección que Alemania le está dando al mundo entero? – Herman me miró extrañado cuando escuchó aquello.
-Los estadounidenses están bombardeando todas las bases aéreas de la Luftwaffe, Alemania está aguantando el tirón solamente de cara a la galería, pero las cosas empiezan a ir oficialmente mal en el mando… – me explicó bajando el tono de voz hasta hablar en un susurro -. Las SS van a incorporar gente de a pie, ya no hay tiempo para el entrenamiento. Están tan desesperados que se están creando unidades especiales para ciudadanos de territorios ocupados. Las SS, el cuerpo de seguridad creado para mostrar al mundo el potencial militar de la raza aria. Consecuentemente, algunos en la cúpula comienzan a discrepar, y el resultado es que ya no se entienden ni entre ellos – añadió con una resignada preocupación.
 Era lo que él quería, pero había que tener en cuenta ese odio visceral que le profesaba a los americanos, el hecho de que no dejaba de ser su país y también que eran nuestras propias vidas las que estaban a merced de todo aquello.
-Hoy no ha hablado mucho de nietos – le confesé -. Está muy enfadada porque ha escuchado en la radio que España y Portugal han firmado un pacto para no mostrarse partidarios con ningún bando. Dice que el Führer en un principio había recibido el visto bueno del Caudillo español aunque España no podía permitirse entrar en la guerra porque acababa de atravesar tres años de guerra civil.
-¿Pero qué más le da lo que diga España? Si lo único que consiguió el Führer hace un par de años fue que el Caudillo le mandase un lote de presos políticos que hizo durante la guerra civil.
-Es que a tu madre le parece que ese pacto ibérico es un visto bueno para quedar bien con los británicos y los americanos. Lo ve como una especie de traición aunque nunca hubiesen arrimado el hombro activamente – le aclaré mientras me sentaba en cama.
-¡Claro que lo es! – me confirmó Herman -. El mundo está empezando a darse cuenta de quien lleva las de ganar, ¡te lo he dicho! El Caudillo no tardará mucho antes de permitir que la flota inglesa se posicione en la costa mediterránea para iniciar una ofensiva más eficaz contra Italia.
Aquello me dejó ligeramente descolocada. Era el momento que había estado esperando, pero no había imaginado que me produciría tal conflicto de intereses. Las cosas iban “oficialmente mal” en el mando alemán. El mundo ya no nos veía como la fuerte potencia capaz de soportar el ataque de los Aliados y los países afines al pensamiento del Reich – independientemente de que hubiesen colaborado con él – comenzaban a retractarse de sus opiniones. Aquello era con toda probabilidad el comienzo del declive del Eje.
-¿De verdad está todo tan negro? – Reflexioné en voz alta. Herman me miró sin saber qué decirme mientras dejaba sus pantalones sobre el sillón que había al lado del armario -. Quiero decir… que creí que las cosas tardarían más. ¿Se supone que deberíamos prepararnos para dejar Alemania a corto plazo?
-No. No a corto plazo – contestó Herman metiéndose en cama -. Las cosas no están tan mal, pero empieza a ir mal – se corrigió.
-¿Y en el campo de prisioneros? ¿Cómo están las cosas allí? – Quise saber. Pero él me miró con cierta desconfianza -. Me refiero a cómo está el ánimo de la gente allí, los soldados tienen que saber cómo está la cosa.
-No, ¡claro que no saben cómo está la cosa! No te estoy hablando de información militar que se prefiere no divulgar a la prensa para no alertar a la población civil. Te estoy hablando de valoraciones de la oficina central que ni siquiera salen de allí porque desalentarían a los soldados – me explicó acomodándose a mi lado -. Pero no quieras saber cómo están las cosas en el campo. ¿Qué te ha dicho mi madre exactamente sobre los niños? – Preguntó volviendo convenientemente al tema principal.
-Nada. Sólo que no deja de preguntar por qué no llegan. Me paso el día fingiendo que el brazo me duele a horrores para echarme un rato en cama… – contesté sin mucho entusiasmo.
-¿Quieres que hable con ella? – Me propuso con cierta cautela -. En la cena de Nochebuena me puso tan de los nervios que estuve a punto de decirle que tú y yo jamás tendríamos un hijo.
 

Suspiré al recordarlo. Durante el postre de la cena de Navidad había insistido tanto que Herman se había levantado repentinamente para ir al despacho a tomarse una copa y fumarse un cigarro. Creí que aquello empeoraría notablemente la deteriorada relación que había entre ambos, pero lo único que la viuda dijo de la reacción de Herman fue: “Sé perfectamente lo que es estar casada con un puñetero oficial. Nunca tienen tiempo para nada.” Y después se aquello siguió con el postre como si nada hubiera pasado. Y lo preferí así. Lo preferí porque por un momento creí que me iba a decir que me buscase un amante de un rango más bajo, como ella había hecho. Fue Berta la que salió en defensa de su hermano; “entonces no le culpes, madre. Sabías en qué se iba a convertir y todos le alentasteis para que fuese como padre”, comentó con ponzoñosa ironía sin ni siquiera apartar la atención del postre. “Termina de comer y vete a la cama”, fue el último e inane cartucho que pudo permitirse la viuda antes de que el silencio volviese para quedarse hasta que todos nos retiramos.

-Dile lo que quieras. Es tu madre – respondí con desinterés.
-Pero no le diré nada que tú no quieras. Eres mi mujer – susurró acercándose para besarme la sien. Sopesé sus palabras y me encogí de hombros sin saber qué decir.
-¿Crees que sería mejor que supiese lo que pasa? – Herman me miró con dulzura y extendió una mano para acariciarme el pelo.
-No lo sé. Hace tiempo que no conozco a esa mujer… pero sé que seguramente esté armando una teoría que explique por qué no es abuela todavía y me ha dado a entender con algunos de sus comentarios que “cree saber” que las cosas no están bien entre nosotros y que carecemos de vida conyugal – aquello me hizo gracia porque a mí también me había intentado sonsacar finamente si era feliz allí. Pero a juzgar por la expresión de Herman, a él le mortificaban las teorías de su madre.
-¿Qué te ha dicho? – Quise saber.
-Se coló en mi despacho hace un par de días y me echó un sermón sobre lo que una buena mujer espera de su marido. Dice que no puedo tenerte aquí encerrada y rodeada de ésos parásitos que te están haciendo infeliz. Y además cree que te fuiste a París porque discutimos o algo de eso… no sé, me vuelve loco, Erika.
-Haz lo que veas. Total, se irá en unos días y probablemente tarde en volver…
-A menos que seamos padres – puntualizó él con una diversión que no alcanzaba a entender mientras me acercaba su cara para besarme.
-¿Cómo narices pretendes que seamos padres si ni siquiera tenemos vida conyugal? – Bromeé sujetando su cuello con mis manos.
Ambos nos reímos a la vez mientras él cogía suavemente mi brazo vendado.
-En serio, no sé de dónde se saca esas tonterías… – dijo poniendo el momificado apéndice cuidadosamente sobre el colchón – ¿te duele? – Preguntó con suavidad mientras recorría la venda con la mirada. Yo negué con la cabeza e intenté moverlo, pero él volvió a inmovilizarlo en el mismo sitio -. Supongo que te lo sacarán pronto y entonces volverás a ser el mismo torbellino de siempre… ¿qué será lo primero que hagas? ¿Echarle un pulso a un soldado, quizás? – Inquirió resignado.
Yo me reí de sus conjeturas y miré al techo para pensar en alguna idiotez mientras sus labios besaban mi cuello cariñosamente.
-No. Nada de pulsos, lo primero que haré cuando no tenga esta venda será ponerme a cuatro patas sobre cama para que me hagas eso que tu madre cree que no hacemos – pude sentir el calor de su risa produciendo un agradable cosquilleo sobre mi piel cuando dije aquello -. Aunque también podrías hacer eso ahora… – le invité moderando el tono hasta emitir la melosa vocecilla con la que me había acostumbrado a pedir mis caprichos durante los últimos meses de convalecencia.
Herman levantó su cara y me miró con una media sonrisa mientras desplazaba el brazo que rodeaba mi cintura, dejando que su mano reptase a través de mi muslo hasta dar con el bajo del camisón para elevarlo bajo las sábanas y rozar sin rodeos la parte baja de ropa interior. Poco a poco fue aumentando la presión en aquella zona al tiempo que la fila superior de sus dientes mordía su labio inferior tímidamente y yo comenzaba a demandar aire de una manera más profunda.
Poco a poco apartó el tejido y hundió sus dedos entre los labios de mi sexo al mismo tiempo que seguía amasando mi placer con el mismo tino que siempre había tenido. Acercó su cara a la mía y cuando yo preparaba mis labios para recibir los suyos, su mano se frenó y su rostro se detuvo sobre mi barbilla.
-La verdad es que hoy estoy muerto de cansancio… – se quejó débilmente antes de dejar caer su mandíbula inferior y morder mi mentón mientras yo intentaba retener una mueca de incredulidad.
Intuía que no hablaba en serio, pero nada de lo que le constituía el entorno que nos rodeaba aquellos días estaba siendo fácil, y durante los últimos meses, él había tenido que encargarse de todo en la cama. Siempre que yo quería tomar partido, él me recordaba que tenía un brazo en proceso de curación y me obligaba a dejarme hacer. Quizás mi comodidad me iba a pasar factura aquella noche.
Fue el cálido rastro de humedad que su lengua dejó al recorrer con sutileza el óvalo de mi cara el que me indicó que no iba a ser aquella noche.
-Pero lo he pesado mejor – susurró acomodándose parcialmente sobre mi cuerpo y reanudando el ritmo de sus dedos.
No tardó en deslizar un par de ellos a través del umbral cuyo perímetro recorrían una y otra vez haciendo que desease aquello. Abrí las piernas mientras su boca surcaba las inmediaciones de mi yugular y mi oreja, acariciando mi lóbulo con el aire que exhalaban sus labios y mordisqueando juguetonamente parte de mi piel entre algún que otro beso. Me gustaba el calor que desprendía cuando me hacía eso, porque a veces respiraba profundamente sobre mi cuello y la escalofriante sensación del aire que rozaba mi dermis para ir a parar a sus pulmones me excitaba de un modo desproporcionado. Sentía que quería respirarme, y yo hacía lo mismo con él. Hundía mi nariz en su pelo revuelto, aspiraba el incomparable aroma que siempre le acompañaba, y entonces temblaba al imaginarme inconscientemente que por alguna extraña razón, me veía en la tesitura de tener que identificarle por su olor. Temblaba porque sabía que nunca podría equivocarme si tuviese que hacerlo. No importaba entre cuántos hombres tuviese que buscarle, sabría exactamente cuándo mis manos se hundirían en su cabello y no en otro, de la misma manera que sabría al acercarme cuál era el matiz exacto del aroma de su cuerpo.

Bajé mi mano hasta su costado y me acomodé mejor, haciendo uso de un explícito lenguaje corporal para pedirle que remontase una de mis piernas y ocupase con sus caderas el espacio que había entre ellas. No hacía falta pronunciar ninguna palabra para que entendiese lo que quería, él llevó a cabo la maniobra que mi cuerpo le había demandado sin ninguna necesidad de interrumpir el beso que ahora ensamblaba nuestros labios salvaguardando la húmeda danza que mantenían nuestras lenguas.

Gemí con ahogado disgusto cuando su mano abandonó mi sexo para ir hasta mi hombro y retirar el tirante de mi camisón y mi sujetador hacia abajo con un movimiento que sincronizó perfectamente con la otra. Las rígidas copas de mi sostén se negaban a abandonar tan fácilmente su lugar, pero él enseguida las desplazó hacia abajo mientras se inclinaba sobre mí para apoyar su frente sobre mi busto. Sentí mis pechos brotando como si se hubiese derrumbado todo lo que los mantenía sujetos, a pesar de que la prenda mantenía su presión sobre mi contorno, aunque incapaz de sujetar los senos que ya habían caído en la dulce tortura de sus manos.
Cerré los ojos y relajé la cabeza sobre la almohada mientras su lengua disparaba mis pezones antes de que sus dientes los atrapasen a cortísimos intervalos de tiempo, luego succionaba la punta y seguía deleitándose en ellos como si nunca más fuese a tenerlos. Cómo lo conseguía seguía siendo un misterio en parte para mí, pero a aquellas alturas, yo casi siempre codiciaba avariciosamente cualquier roce de su erección. Y para ello, lo solía tener fácil. Moví mis caderas de arriba abajo, serpenteando con mi columna para acariciar con mi ropa interior la suya entre el mínimo hueco que su cuerpo dejaba bajo el mío y acrecentando la quemazón que me hacía apoyarme en mis omóplatos para intentar desesperadamente escurrirme todavía un poco más hacia él.
Levantó la vista y me miró a los ojos antes de dirigir sus pupilas hacia mi brazo. Sonreí con malicia, no podía decirme nada, no lo estaba utilizando.
-¿Por qué no te quitas la ropa? – Le susurré antes de que volviese a sus quehaceres.
Se desprendió enseguida de la camiseta y me dedicó un par de caricias antes de hacer lo mismo con las prendas inferiores. No estaba en el guión que yo había propuesto, pero también tomó mis muslos para juntar mis piernas delante de él y estirarlas hasta apoyarlas sobre uno de sus hombros. Sabía lo que iba a hacer, ya me había quitado las bragas con aquella abusiva nota dictatorial en otras ocasiones. Y la fracción de segundo que mi mente tardó en brindarme las imágenes anteriores, fue suficiente para que un trémulo cosquilleo recorriese mi cuerpo de norte a sur, acentuando el deseo que latía entre mis piernas cuando él comenzó a elevar la prenda hasta que llegó a la altura de su cabeza. La dejó caer a su espalda sin apartar sus ojos de mis nalgas y recorrió mis muslos con sus manos hasta acariciarlas antes de abrir mis piernas de nuevo y colocarlas a ambos lados de su cuerpo. Luego sujetó mi cintura con firmeza y me atrajo hacia su pelvis de manera que mis glúteos quedasen cómodamente apoyados sobre regazo.
Apoyé la parte alta de mi espalda en el colchón y me dejé llevar hasta sentir el suave y cálido primer contacto de mi sexo con el suyo. Esta tan firme como siempre, y yo anhelaba tenerlo dentro, pero él sólo me lo restregaba mientras sujetaba mis caderas con una mano y comenzaba a masajear mi clítoris con la otra. Me mordí el labio inferior y cerré los ojos para recrearme en lo mucho que me complacía aquello mientras intentaba frotar aquel duro garrote que los labios de mi sexo tenían el placer de besar.
-La tienes durísima, Her – murmuré entre gemidos. Él simplemente sonrió como si yo acabase de darme cuenta de algo obvio.
-Culpa tuya, querida – se burló sujetándome a su antojo hasta dejar que la punta de su miembro se posase osadamente sobre mi entrada.
Empujó tenuemente, entreteniéndose aparentemente complacido cuando comenzó a entrar lentamente. Ambos suspirábamos intensamente mientras nuestros cuerpos se iban fundiendo con paciencia. Yo desde mi colchón, y él en la lejanía, formando un delicioso ángulo recto con mi cuerpo que me dejaba más espacio del que tenía habitualmente. Pero sin renunciar al estimulante contacto visual para no desperdiciar el exuberante incentivo de vernos inmersos en nuestro mutuo recreo.
Dejó que sus manos cayesen hasta mi trasero y elevó desde allí mis caderas hasta que mi posición fue de su agrado para comenzar a moverse. Entraba y salía con pasmosa facilidad, mientras recorría mi cuerpo con sus ojos sin dejar de empujar una y otra vez entre mis piernas, y yo me movía con él. Procuraba imprimir a mi pelvis el mismo ritmo de sus embestidas, buscando que mi cuerpo tragase por completo al suyo en la medida de lo posible, para luego no dejar que se escapase más de lo que era necesario. Retándonos con la mirada a intentar propiciarnos más placer mientras rompíamos el silencio gimiendo al compás de nuestros cuerpos.
Me abandoné sobre la cama. Relajé mis piernas y dejé que él me sostuviese por completo mientras me arremetía cada vez más rápido, como si mi dejadez le excitase. Me abstraje completamente de todo lo que no fuera él, dedicándome únicamente a disfrutar de sus idas y venidas en el interior de mi cuerpo, en lo infinitamente bien que hacía que quisiera más. Deslicé mi mano hasta mi clítoris ante su atenta mirada y comencé a agraciarlo con suaves movimientos para obtener incluso más de lo que a cualquiera le bastaría. Pero Her, apartó mi mano sacando una de las suyas de mis nalgas para hacer lo que yo estaba haciendo. Casi nunca me deja que yo lo haga. Puede interpretarse como si fuese el colmo de la atención, pero yo prefiero pensar que es el colmo del egoísmo. Me gusta imaginarme que no quiere que nadie más me toque mientras él está dentro de mí, como si se retorciese en una infantil e infundada rabieta provocada por un gesto que hago sin que él me lo permita. Me excita la autoridad con la que retira mi mano. No quiere compartirme, ni siquiera conmigo misma. Me encanta que no me deje tocarme, y me encanta que me penetre de esa forma tan frenética y dulce mientras él se ocupa de hacerlo.
Pero aquello no duró demasiado, él se dejó caer sobre mí y coló sus brazos bajo mi espalda para elevarme con él hasta dejarme sentada sobre su cuerpo, e inmediatamente me demandó que me moviese, guiando mis movimientos con sus manos mientras él se entretenía besándome por todas partes.
Gemí descontroladamente cuando el gesto de su cara me indicó que estaba a punto. Me resulta absorbente la forma en la que parece desligarse de todo aunque no haga más que buscar mi piel con sus labios, es una mezcla de ternura y pasión que me seduce y casi siempre logra precipitar mi orgasmo antes que el suyo. Comencé a moverme rápidamente mientras él me besaba con esfuerzo al tiempo que me instaba a ensartarme una y otra vez su miembro, sin dejarme otra opción que la de galopar desbocada hacia un clímax que no tardó en llegar y que nos sacudió violentamente en medio del abrazo que nos mantenía unidos.
Me relajé al cabo de un instante, sujetándome agotada y satisfecha a su cuerpo mientras él me acariciaba los pechos antes de volver a colocar mi ropa sobre ellos.
-Te quiero mucho – ronroneó sobre mi esternón.
-Y yo a ti – contesté ipso facto mientras intentaba abarcar su espalda.
Después de aquella noche, que yo supiese, él optó por no decirle nada a su madre, puesto que ella siguió con sus estúpidos comentarios hasta el mismísimo día que se fueron. No me molestó en absoluto su decisión, le había dejado escoger y él había escogido ahorrarse una molestia. Seguramente yo hubiera hecho lo mismo.
El primer mes del año 1943 parecía discurrir tranquilamente después de que todo volviese a la normalidad en casa. Sin embargo, la última semana de enero fue algo agitada. Berg telefoneó a Herman una tarde de domingo cuando regresamos de dar un paseo en el que nos habíamos demorado más de lo normal.
Yo ya me había acostumbrado a precisar la atención de Herman a todas horas cuando aquella llamada de Berg hizo que aquélla recayese de nuevo en la insalubre guerra. Herman se sobresaltó durante los dos primeros minutos al teléfono, parecía no creerse lo que le estaban contando cuando yo entré en el salón con el libro que estaba leyendo y me encendí un cigarrillo para retomar la lectura cómodamente sentada en el gran sofá central. Siguió al teléfono un buen rato, hablando con Berg de alguna locura o algo similar. Algo que les había desencajado a ambos y que además, había sucedido en el frente ruso que a aquellas alturas se reducía a intentar no perder Stalingrado para que el Führer pudiese presumir de haber sacado algo de aquella idiotez de ofensiva. Aquello me tranquilizó. Si hablaban de Rusia, por lo menos no era nada que tuviese que ver con los prisioneros que habían enviado a Inglaterra con éxito una segunda vez.
Pero su conversación pareció volverse incómoda para Her, que – aunque yo fingía estar entretenida con mi libro y mis cigarrillos – empezó a abusar de frases cortas, monosílabos y muletillas antes de despedirse de Berg, quien seguramente intuyó por aquella escueta forma de expresarse que yo andaba cerca.
-El General Paulus ha solicitado al Führer permiso para capitular ante el ejército soviético. Dice que la situación en Stalingrado es insostenible – dejó caer de un modo taciturno mientras se servía una copa.
Yo le miré incrédula, recapacitando sobre lo que aquello significaba: ¿estábamos ante la primera rendición oficial de las tropas alemanas en un frente? ¿Cuánta guerra podía quedar después de algo así, en caso de que sucediese? Un escalofrío atravesó mi espalda e inmediatamente hice un gesto para encender la radio que había al lado del sofá.
-Déjalo – me pidió Herman sentándose a mi lado -. La noticia no ha salido del Gobierno Central. Han decidido callárselo para no minar los ánimos y porque el Führer le ha ordenado aguantar como pueda. No le importan las bajas. Simplemente, no quiere más capitulaciones en la Historia de Alemania.
No sabía qué decir ni qué hacer. Estaba de los nervios intentando controlar el torrente de ideas que se me venía a la cabeza mientras que Herman observar tranquilamente algún punto del espacio.
-Berg dice que Paulus no aguantará – continuó diciendo tras el primer trago -. Y cuando Stalingrado caiga, será para el resto del mundo, la primera patada oficial a la Nueva Alemania.
-Pero los rusos no rebasarán la frontera de momento. Todavía tienen que restablecer el orden en el territorio liberado, les llevará algún tiempo… – reflexioné.
Herman asintió vagamente. Pero me miró con seriedad y después de pensar durante un par de minutos, rompió su silencio.
-No importa. La caída de Paulus generará más desconcierto y división de opiniones en el mando. Las decisiones que resultan acertadas nunca se cuestionan, ¿pero y si no lo son? El Führer ya no será ese incuestionable conquistador tras su primera derrota oficial. Empezarán a cuestionarle, y Berg quiere aprovechar eso.
-¿Que Berg quiere hacer qué? – Inquirí con sorpresa.
-Berg sabe de sobra a qué sombra arrimarse. No le falta razón en eso de que el desencanto entre los oficiales será proporcional a las condiciones de la derrota oficial en Rusia. Nosotros no somos los únicos en desacuerdo con la política del Reich, pero a partir de ahora, seremos más – confesó con cierta preocupación.
-¿Y qué pretende con eso? – Me pregunté en voz alta -. No puede hacer que todos los campos de prisioneros desvíen gente hacia suelo aliado. Acabaría echándolo todo a perder.
-No sé lo que pretende. Pero las cosas empiezan a ponerse verdaderamente feas, Erika. Deberíamos empezar a preocuparnos seriamente por cómo abordar las posibles situaciones que puedan presentársenos a partir de ahora, querida – comentó con solemnidad mientras acariciaba mi mano.
Las “posibles situaciones que pudiesen presentarse” eran aquellas en las que tuviésemos que salir corriendo sin dejar rastro. Lo intuí en el mismo momento en que me lo comentó y lo confirmé a lo largo de los cuatro días siguientes, cuando él no hacía más que organizar nuestra posible huida. Sin embargo, en ningún medio de comunicación se habló de Stlingrado ni de Paulus hasta que la ciudad cayó con honores una semana después. Y si Berg esperaba que la cosa sembrase la duda entre los oficiales, entonces seguramente saltó de alegría cuando se hizo de dominio público que en la caída de Stalingrado había sido hecho prisionero el General que había pedido una rendición pacífica hacía seis días, y que solamente quedaban algunos batallones de laWehrmacht sitiados en puntos estratégicos que de nada les servían ya. Paulus fue el primer oficial alemán capturado por un ejército enemigo. Algo que, tras soportar tres años de desafiante guerra sin registrar una derrota, caló en el orgullo alemán como nada lo había hecho desde que el mundo conocía el Tercer Reich. Y por si fuera poco, un par de días después, los batallones que quedaban firmaron la rendición. Nadie lo decía, pero todos temían que aquello fuese el primer capítulo del final de la guerra. Y a nadie le agradaba que las cosas se hubieran torcido.
Pero aquello no sólo le supuso al Gobierno una acusada discrepancia dentro de la propia Alemania. Los Aliados también supieron aprovechar el golpe moral para incrementar sus bombardeos en cantidad y en potencia, llegando incluso a obligar al Führer a trasladarse durante unos días a su búnker en las montañas después de que un enorme ataque aéreo cayese sobre Berlín en marzo.
Herman no volvió a hablarme de Berg ni de nada que tuviese que ver con Sachsenhausen. Intenté sonsacarle algo, pero se mantuvo completamente hermético y sólo volvió a hablar de la guerra cuando, un par de días después del bombardeo de Berlín, se tomó una tarde libre y me llevó a pasear por una parte del bosque perteneciente a la zona de caza a la que yo no había ido nunca. Sabía que algo ocurría por su comportamiento, pero no me encajó el hecho de que él accediese a hablar sobre la guerra cuando le pregunté cómo estaban las cosas en Berlín. Entonces me dijo que Berg sabía de al menos diez oficiales que recelaban del Führer, pero sólo un par de ellos parecían ser de confianza. Se trataba de dos hombres que habían servido en las SS desde el principio, y con los que Herman había coincidido en la anexión de Polonia. También dijo que le costaba creer que uno de ellos pudiese llegar a dudar del mando, pero luego declaró que en Varsovia todos habían actuado como animales de guerra a los que habían liberado tras retener durante un largo tiempo, y yo tuve que esconder el gesto de mi cara mirando hacia otro lugar. Ya había escuchado demasiadas referencias a lo que quiera que hubiese pasado en Varsovia.
Creí que Herman había interpretado mi reacción de todos modos cuando su voz guardó silencio. Pero justo en ese momento, el repentino saludo de Frank proveniente de algún lugar del bosque me sobresaltó obligándome a buscarle inmediatamente con la mirada. Creí estar soñando cuando le vi salir de un agujero en el suelo, pero Herman se bajó de su caballo y se dirigió a él para preguntarle qué tal iba todo “allí abajo”.
-Bien, señor Scholz. Estaba todo tal y como su abuelo lo dejó. Apenas hemos tenido que hacer nada.
-Mejor, Frank – contestó Herman apoyando sus manos sobre las caderas mientras Frank emergía a la superficie. Luego se inclinó para echar un vistazo hacia el agujero y miró hacia mí -. ¿Por qué no bajas del caballo y te acercas, querida? Quiero enseñarte algo – me pidió cuando Frank se dirigió a donde yo estaba para ocuparse de los animales.
Hice lo que me pedía y me acerqué con cierta cautela adelantándome mentalmente a lo que quería enseñarme. Debí haberme imaginado que los Scholz tendrían, al menos, un búnker. Todas las familias mínimamente pudientes tenían su refugio, y nosotros éramos fuertemente pudientes e importantes.
-Mi abuelo lo mandó construir durante la Gran Guerra – me explicó -, pero nunca se usó de verdad. Mi abuela se encerró aquí con el servicio en una ocasión, cuando un avión fue derribado cerca de la parte delantera de la casa.
-¿De verdad crees que a nosotros podría resultarnos útil? Los últimos ataques de los ingleses y americanos han sido realizados con al menos trescientos aviones, Herman. Durante la Gran Guerra no había esa cantidad de aparatos por ataque. Y eso sin mencionar lo que han mejorado los sistemas y los explosivos desde entonces… – dije con preocupación.
-Lo sé. Pero no es exactamente un búnker antiaéreo. Mi abuelo lo hizo para que, aun siendo localizado, fuese impenetrable – le miré sorprendida cuando me dijo aquello, aunque apenas tuve tiempo para preguntarme el por qué de aquella desproporcionada construcción. Herman me invitó a descender con un gesto -. Podría resistir cualquier ataque directo, echemos un ojo.
Bajé por la escalerilla que había anexionada a la pared de hormigón y llegué a un húmedo suelo tras descender unas cuatro o cinco veces mi propia altura. Me hice a un lado para dejar que Herman recorriese delante de mí el angosto pasillo y le seguí hasta llegar a una enorme puerta metálica del grosor de mi antebrazo que estaba abierta y dejaba ver el interior de una habitación de cemento en la que trabajaban un par de prisioneros bajo una potente iluminación de techo. El mobiliario era el de un salón, había incluso alfombras en el suelo, y los empleados estaban desempolvando el tapizado del sofá.
-Mi abuela insistió en amueblarlo como si fuese una pequeña casa porque temía que tuviesen que pasar mucho tiempo aquí. La guerra la impresionaba mucho – comentó caminando hacia un estrecho pasillo indicándome que le siguiera -, así que me alegro de que no haya vivido para ver esta guerra – añadió con una nota de melancolía.
Recorrimos el corredor pasando entre las distintas puertas que se hallaban abiertas para facilitar la labor de los empleados. Había una angosta cocina, un baño de reducidas dimensiones y tres habitaciones. Sólo una contaba con una cama de matrimonio, un par de cómodas y armario. Las otras dos tenían literas individuales distribuidas a lo largo de las paredes. El espacio estaba realmente bien distribuido, y contra todo pronóstico, ni siquiera había humedad y había una buena ventilación. El refugio debía haber supuesto todo un reto de ingeniería en la época de su construcción. Pero claro, los Scholz podían pagarlo.
-De personas ajenas a la familia, solamente Berg sabe que “esto” existe en algún lugar de la finca. Pero ni siquiera él sabe dónde está situado – me reveló al final del pasillo -. Erika, las calles de Berlín comienzan a parecer las de Varsovia. Me encantaría que si te pidiese que no fueses por allí, lo hicieses. Aunque ni siquiera me molestaré en pedírtelo. Pero por lo menos, júrame que si consideras que hay algún peligro, cogerás a las mujeres de la casa y vendrás aquí.
-Me encantaría jurártelo, pero tendré que ensayar mucho el camino para no perderme en el bosque con las chicas… – dudé seriamente. Ni siquiera podía imaginarme en qué dirección habíamos estado caminando.
-No te preocupes. Ven – me pidió extendiéndome una mano.
Le di mi mano sin pensar y él deslizó la pared del fondo del corredor hacia un lado para salir a una galería subterránea de hormigón que discurría formando un ángulo de noventa grados con la puerta que, cerrada de nuevo, quedaba perfectamente camuflada entre dos pilares. Con la tenue luz que había allí, era totalmente imposible imaginarse que aquella pared se pudiese deslizar para dar acceso a un espacio habitable.
-Por ahí se llega a la orilla del río – me explicó señalando la dirección contraria a la que nosotros tomamos -, y por aquí al sótano de casa. Si alguien encontrase el corredor y lo siguiese, pensaría que es un camino de salida.
-¿Por qué tu abuelo… se molestó tanto? – Pregunté con gran curiosidad.
-Mi abuelo fue un héroe durante la Gran Guerra, partidario de luchar hasta el final y quitarse la vida antes que capitular. Siempre estaba hablando de invasiones por parte de los franceses, que según él, envidiaban y temían el potencial alemán como los pueblos débiles han recelado siempre de los fuertes. Así que cuando Alemania se rindió y Francia e Inglaterra nos desarmaron y nos obligaron a comprometernos a no armarnos de nuevo… imagínate cómo se sintió. Vivía completamente obcecado con las supuestas ansias de conquista de nuestros vecinos, por eso decidió conservar este “refugio”.
-¿Llegó a conocer al Führer? – Herman se rió ante mi pregunta.
-Sí. Cuando protagonizó aquel ridículo levantamiento en una cervecería en el 23. Le encantaba charlar con él, por supuesto. Lo preguntas porque estás pensando que tenían mucho en común, ¿verdad?
-Obcecado con las pretensiones de sus vecinos, acomplejado porque pertenece a un pueblo tan fuerte que todo el mundo quiere destruirle y partidario de morir matando… – recapitulé – Her… tu abuelo bien podría haber sido el Führer.
-Cierto. La edad le ganó la partida a la hora de dar la cara en política, pero no hace falta mencionar que fue uno de los primeros afiliados al partido nazi – confesó con resignación.
Caminamos en silencio hasta salir a una enclenque portezuela sita en la pared del sótano de la casa. No estaba propiamente camuflada con ningún ingenioso diseño, simplemente era tan pequeña que para atravesarla era imprescindible arrodillarse, y estaba situada en un lugar donde la luz casi no llegaba.
Salimos al sótano y observé cómo Herman volvía a cerrar la puerta mientras cavilaba con admiración sobre el secreto que me acababa de revelar. Todavía no podía creer que de verdad tuviese aquella opción de desaparecer de la faz de la Tierra sólo bajando al sótano.
-¿No regresamos? – pregunté cuando vi que Her tenía la intención de subir a casa.
-No. Frank tenía orden de devolver los caballos a las cuadras – me informó despreocupado.
-Oye… – musité con reparo – ¿esto es estrictamente necesario? ¿Crees de verdad que nos podría hacer falta?
Herman suspiró mientras se acariciaba la nuca con un ademán pensativo y retrocedió posiciones para acercarse a mí.
-Me gustaría decirte que no. Que los Aliados no van a sobrepasar la distancia que nos separa de Berlín y que, por lo tanto, ninguna de sus bombas llegará aquí. Pero sus escuadrones aéreos son cada vez más numerosos y nosotros cometemos auténticas barbaridades fuera de nuestro territorio. No veo por qué no iban a hacerlo ellos.
Contuve la respiración mientras él me besaba la coronilla tras rodearme con sus brazos y le seguí hasta el piso superior de la casa pensando en aquello que acababa de decirme.
Nunca he creído en ninguna fuerza superior más que en la vanidad y el egoísmo del hombre, por eso no puedo decir que rezase para que no tuviésemos que utilizar el refugio, pero sí deseé con todas mis fuerzas que aquello no ocurriese. Lo deseé cada uno de los días en los que se sucedió frenéticamente el resto del año. Cada vez que se anunciaba un nuevo ataque, o que Herman se recogía herméticamente sin querer hablarme de nada de lo que le preocupaba, dejándome la única opción de verle consumirse a solas con sus deberes de guerra mientras era incapaz de imaginarme qué demonios le atormentaba tanto en cada momento, o qué le hacía rescatar de vez en cuando algún atisbo de buen humor.
Con el paso del tiempo también comencé a sentirme inútil. Berg mantenía contacto con el cura que les ayudaba en todo lo que necesitaban, y nunca volvieron a contar conmigo después de aquella entrevista que les concerté a pesar de que yo sabía que seguían desviando a gente desde Sachsenhausen. Pero Herman dejó de hablarme de aquello poco a poco, hasta que un día a principios de verano me informó de que Krüger insistía en organizar una cena en casa para celebrar que, poco a poco, habían logrado hacer desaparecer a un millar de prisioneros de un país en guerra. Mi corazón se encogió al escucharlo. ¡Mil personas! Comencé a hacer cuentas, pero no lograba establecer una media coherente, ¿cómo lo habían hecho? ¿Habían aumentado el ritmo de salida o el número de prisioneros por viaje? ¿Y si alguien se percataba? Sería cada vez menos difícil que lo hicieran si seguían aumentando la escala de la operación. Pero intenté no mostrar mis inquietudes.
La cena nunca llegó a celebrarse por aquel motivo. Lo único que Herman me dijo fue que mil personas era insignificante comparado con el número de bajas de un solo mes. Sin embargo, la cena sí se celebró cuando se supo que Mussolini había sido derrocado a mediados de julio. Aquello suponía que perdíamos nuestro principal aliado, todo un motivo para una furtiva celebración en casa. Pero la alegría por aquello duró poco, Italia se sumió en una guerra civil que enfrentaba a quienes querían seguir apoyando el Reich y a quienes querían un cambio de política y de bando. Al final, las tropas alemanas fueron enviadas a Italia para acabar reponiendo a un castrado líder del fascismo en el gobierno antes de que terminase el año. Las cosas incluso empeoraron, ya que la operación de devolverle el mando, ponía a Mussolini a prestar un ilimitado apoyo y respeto al Reich, que obraba a sus anchas distribuyendo soldados alemanes por Italia como si se tratase de un nuevo país anexionado al territorio.
Yo por mi parte, seguía haciendo mi trabajo. Elaboraba informes cada vez más rutinarios que hablaban de un Comandante que se levantaba a primera hora de la mañana para ir a su trabajo, volvía para comer, regresaba a su trabajo y luego volvía de nuevo al caer la noche para cenar y encerrarse en su despacho un par de horas antes de irse a cama. Cada vez que entregaba uno de ésos informes, era inútil intentar no tener la sensación de que su vida se me escapaba por completo. ¿Qué sabía de Herman Scholz tras dos años de matrimonio? Todo lo que sabía ya lo había dicho, y también sabía que él se guardaba cuidadosamente para no dejarme saber más, ni para dejar una mínima pista a mi alcance. Pero no podía mencionarlo allí.
Pasaron meses enteros de creciente confusión, durante los cuales las continuas e inquietantes entradas y salidas de Herman se incrementaban o reducían según necesidades que me eran ajenas. Pero dejando aquello de lado, la situación a finales de año era completamente distinta. Resultaba increíble recordar en noviembre cómo habían sido las cosas en enero. Berlín acusaba la llegada de una cruenta guerra. Ya no había avisos, los Aliados habían abandonado los tímidos avisos de antaño para someter el territorio alemán a continuos bombardeos que causaban serios daños. La puerta de Brandenburgo había sido tocada en uno de sus pilares exteriores, un raid aéreo con más de mil aviones había arrasado calles enteras, parte del edificio de las oficinas de la Gestapo, y hasta una porción del de las SS se había visto tocado y Berlín se quedaba incomunicado al menos un par de veces al mes. Ir allí era cada vez más peligroso.
En diciembre las palabras de Herman se cumplieron. Yo no hubiese ido voluntariamente a refugiarme al búnker, pero Herman llegó un día mucho más tarde de lo normal y entró en casa casi sin aliento indicándome que corriese al refugio mientras subía las escaleras a toda prisa. Su actitud logró asustarme, pero los aviones se escuchaban a lo lejos, no había nada que indicase que aquella vez fuese a ser distinto.
-¡¿No me has oído?! ¡¡Vete al refugio de una puta vez!! – Me gritó desde el piso de arriba mientras yo le miraba incapaz de reaccionar.
-¿Y tú? – Logré preguntar finalmente.
-¡Yo tengo que llamar a Berg y luego ir a por Frank y su mujer! – Vociferó desde su despacho.
Subí las escaleras tras sus pasos y entré en el despacho para encontrarle prendido al teléfono. Apretó la mandíbula al verme, como si fuese a tirarme el aparato a la cabeza, pero Berg debió contestar en ese preciso instante porque pidió un segundo y tras dejar el auricular sobre la mesa se dirigió a mí.
-Por favor. Tienes que irte ahora – me pidió con preocupación -. ¡Los Aliados han descubierto que parte de las reservas de armamento se han desviado a los pueblos de las afueras, Erika! ¡Los bombardeos probablemente lleguen a Strausberg!
-¿Strausberg? – Repetí con incredulidad. Eso estaba a una media hora a caballo siguiendo el camino principal que pasaba por delante de la casa.
-Strausberg, Erika. ¡Strausberg! ¡¡Vete!! – Insistió –. Escucha, hablaré con Berg, no será más de un minuto. Luego saldré a por Frank y a por su mujer e iremos al refugio. No pongas el cierre a la puerta que da al paso subterráneo, yo lo haré cuando vayamos. La otra ya está cerrada – me explicó paso por paso mientras me dirigía hacia las escaleras al comprobar que yo no me había movido cuando me lo había pedido -. Estaré bien. Todos estaremos bien si actuamos con rapidez – añadió antes de besarme -. Y ahora corre. Te veré en unos diez minutos.
Bajé las escaleras con rapidez, me dirigí al sótano para ir directa al apartado rincón en el que se ubicaba el portillo y me abalancé sobré él sin apenas pensar. Lo atravesé con rapidez y corrí a través de aquel pasadizo oscuro, tropezando al menos un par de veces hasta que mis ojos se acostumbraron a aquella húmeda penumbra. Me quité los zapatos y traté de caminar aprisa en lugar de correr, era más seguro llegar de una pieza de aquella forma. Las yemas de los dedos se me habían dormido de tanto deslizarlas sobre las paredes para procurarme una segunda percepción del lugar en el que estaba a medida que iba andando, pero la angustia comenzó a embargarme cuando barajé la opción de haberme pasado la puerta deslizable en medio de aquella oscuridad. Sentía ganas de llorar, mis pies se hundían en el fango del suelo, debía estar ya cerca del río y aquella maldita puerta no había aparecido tras caminar lo que a mí me habían parecido horas. Tenía que volver atrás.
Me senté en aquel lodazal que había a mis pies e intenté respirar profundamente para calmarme. Estaba inspirando por quinta o sexta vez cuando el ruido de los aviones comenzó a acercarse paulatinamente. No se parecía a lo de Düsseldorf, nunca había vuelto a escuchar un avión tan cerca como aquella noche, pero sabía que aquellos también estaban muy cerca, y que la sensación de seguridad era sólo una ilusión acústica provocada por la tierra que me separaba de la superficie. Apreté mis manos sobre mis oídos para pensar con claridad, intentando desligarme de aquel zumbido que me producía taquicardias. Herman ya debía estar en los pasadizos con Frank y su mujer Agneta. Llegarían al búnker en cualquier momento y yo no estaría, quizás me creyese tan idiota como para estar fuera y saliese a buscarme. Un hombre vestido con uniforme de oficial en medio de un campo sobrevolado por aviones enemigos… demasiado fácil para los americanos.
El pasadizo se iluminó con una tenue luz al mismo tiempo que se escuchaba el primero de los estruendos que las bombas producían. Me levanté rápidamente y eché a correr asustada en dirección contraria. Tenía que impedir que ellos llegasen al refugio antes que yo. Tenía que encontrar esa puñetera puerta y quedarme donde Herman me había mandado. Pero el pasillo era interminable, las curvas y los ángulos de noventa grados se sucedían cada cortos tramos sin dejarme ver el final, y yo había recorrido todo aquello sumida en la penumbra. Estaba desorientada. No sabía ni dónde estaba, ni cuánto faltaba para llegar a dónde quería. El ruido de las explosiones era cada vez más continuado y decidí parar para apoyarme un solo minuto sobre la fría pared de hormigón en la que se condensaba la humedad para mirar a mi alrededor vencida por el cansancio.
-¡Herman! – Grité sin demasiadas esperanzas – ¡¡Herman!! – Repetí con más fuerza.
Mis piernas se relajaron dejándome resbalar sobre la pared hasta sentarme sobre la tierra cuando la voz de Herman me contestó. No podía creer que hubiese funcionado, pero él apareció al cabo de un instante vociferando mi nombre.
-Erika, querida, ¿qué haces aquí? ¿Te ocurre algo? – Inquirió preocupado acuclillándose ante mí mientras yo escondía mi cabeza tras mis manos, derrotada y aturdida por no poder distinguir dónde demonios me hallaba – Erika… – susurró cogiéndome las manos.
-Me he perdido… – musité apartando mis manos con rabia. No sé por qué, pero en aquel momento me sentí idiota. Él me había idiotizado por completo y la culpa era sólo mía.
-Bueno, no pasa nada… ya estamos aquí, te llevaremos al refugio y nos pondremos a salvo los cuatro… – dijo pacientemente tomando mis manos de nuevo y pasándolas sobre sus hombros para recogerme en brazos.
Frank y Agneta llegaron al punto en el que estábamos en el instante en el que mi marido cargaba conmigo para levantarme del suelo sin ningún esfuerzo a pesar de todo el peso que había perdido desde hacía algún tiempo. Les miré con cansancio por encima del hombro de Herman, también venía con ellos su pastor alemán. El perro que le habían regalado al Coronel y que la viuda no había querido en casa. Her me había contado aquella historia. El matrimonio me sonrió con respetuosa condescendencia, casi con lástima. Sabía lo que pensaba Agneta. Que yo era la típica señora acostumbrada a no hacer nada que se saliese de la vida de una señora y que ni siquiera era capaz de encontrar una jodida puerta. Pero se equivocaba… yo, sin ir más lejos, había asfixiado con mi propio cuerpo al difunto Coronel Scholz. Y si lo confesaba allí mismo, se reirían de mí y procurarían llevarme a cama lo antes posible. Como si fuese una niña con fiebre. Más dependiente que el propio perro que nos seguía intranquilo por el ruido del exterior.
-He recogido tus zapatos – murmuró Herman cerca de mi oído mientras caminábamos hacia delante -. Me tropecé con ellos a los pocos metros de entrar aquí, ¿por qué no encendiste la luz?
Tardé en responder. Lo que me faltaba para sentirme todavía más ridícula era aquella última pregunta de Herman.
-No contaba con el suelo embarrado, y tampoco me dijiste nunca dónde se encendía la luz de aquí. Cuando me trajiste estaba encendida… – le expliqué en voz baja para que nadie más nos escuchase.
-Es verdad. Lo siento. Debí traerte más de vez en cuando, la única vez que vinimos por aquí fuimos hablando todo el tiempo y aun así creí que no te supondría ningún problema recordar el camino casi un año después… Ha sido culpa mía, querida – se disculpó.
En realidad no lo había sido. Yo sabía que la culpa era mía y no dejaba de reprocharme el que me hubiese acomodado hasta un punto en el que me estaba llevando en brazos al lugar al que me había pedido que fuese. En otro tiempo, el número de la damisela en apuros hubiese sido sólo un oportuno truco que utilizaría a mi antojo, ahora era una verdadera damisela en apuros incapaz de sobreponerse a los problemas por sí misma. Suspiré con resignación y dejé caer mi cabeza sobre su hombro para no montar ninguna escena.
Llegamos al búnker tras caminar durante unos minutos más. Herman me dejó de pie con cuidado y abrió la puerta coincidiendo con lo que parecía ser un descanso en medio de los bombardeos.
-Parece que ya han cesado – comentó Agneta mientras entrábamos en el espacio amueblado.
-Puede que haya cesado la primera ronda. Pero por el número de aviones que se habían avistado, habrá por lo menos dos más durante la noche. Van a por los arsenales y no se andan con tonterías – informó Herman sin parecer muy preocupado por ello -. Prefiero que pasemos la noche aquí. La Luftwaffe intentará impedir más ataques y las baterías antiaéreas también harán su trabajo desde tierra. Eso supondrá algún que otro derribo y proyectiles desviados de su trayectoria. Y si ocurriera en Strausberg, podrían ir a parar peligrosamente cerca.
Nadie rebatió nada de lo que él dijo. Todos guardamos silencio y caminamos hacia la estancia con sofás mientras él revisaba las habitaciones y le ayudaba a Frank a dejar la bolsa que traía a su espalda. Iba a sentarme, pero reparé en toda la suciedad que acumulaba mi ropa y decidí no hacerlo.
-¿Quieren cenar algo? – Preguntó la mujer de Frank.
-¿Hay comida? – Inquirí con asombro.
-El señor ordenó abastecerlo todo hace meses. He tenido personal ocupándose semanalmente de que este lugar tuviese todo lo necesario para su uso siguiendo las indicaciones de su marido – me explicó Frank con una respetuosa entonación.
Frank parecía de los que comparten absolutamente todo con su mujer. ¡Fantástico! ¡La propia Agneta sabía más que yo!
-Bien. En cualquier caso yo no deseo cenar nada. Estoy agotada, creo que intentaré dormir algo mientras sea posible – contesté mostrando mi disposición de retirada.
Ambos me dieron las buenas noches a pesar de la utopía que aquello suponía, pero les agradecí el gesto y caminé hacia la habitación de cama doble. Herman estaba allí sacándose sus botas al borde de la cama. Su ropa estaba llena de barro, seguramente había sido por llevarme en brazos hasta allí.
-Hay ropa limpia aquí, he ordenado…
-Lo sé – dije interrumpiéndole -. Frank acaba de decírmelo.
Me miró frunciendo el ceño ligeramente al notar mi cortante tono de voz, pero no dijo nada. Se levantó y abandonó la estancia. Busqué la ropa de la que hablaba. Era la de los inviernos anteriores. No estaba muy gastada porque él insistía en renovar el armario para cada estación, una soberana tontería a la que yo también me había acostumbrado al disponer de dinero ilimitado. Sin embargo deseché la idea de coger uno de mis camisones y busqué entre su ropa unos calzones y una camisa de invierno. Si alguien me viese de aquella guisa, terminaría en un abrir y cerrar de ojos con la reputación social de los Scholz. Sin embargo, era lo más cómodo y abrigado para dormir bajo tierra durante una noche de bombardeo. Me metí en cama e intenté dormir. No fue difícil. Allí abajo no se escuchaba apenas nada, el suelo debía ser mucho más alto sobre el búnker, porque para bajar desde el bosque habíamos tenido que descender por una escalerilla casi interminable, y si se recorría el camino de vuelta al mismo nivel, terminabas en un sótano que sólo tenía la altura de un piso bajo tierra. No había sido casualidad que el chiflado abuelo de Herman escogiese aquel lugar para situar su búnker defensivo.
El sueño me había vencido mientras me preguntaba de nuevo cómo era posible que Her hubiese salido tan normal proviniendo del seno de aquella familia. Pero los ladridos del pastor alemán me despertaron pocas horas después. Me revolví en cama comprobando que Herman estaba a mi lado y me incorporé ligeramente.
-Están atacando de nuevo. El perro lo escucha muchísimo mejor que nosotros – me informó con pereza.
-No tenía tantas ganas de radiar el combate cuando llegó aquí con el rabo entre las piernas – comenté dejándome caer sobre la almohada de nuevo.
Herman se rió suavemente y se inclinó sobre mí en aquella oscuridad total. Cuando Frank logró que el perro se callase, pude escuchar el casi imperceptible ruido de los aviones.
-Estás preciosa con este atuendo – bromeó abarcando mi cintura -. Cuando me metí en cama creí que estaba soñando – añadió sin poder contener la risa.
-Vete a la mierda, Her – respondí molesta – ¿qué hora crees que será?
-Las tres de la madrugada como mucho.
-¿Vas a ir a trabajar mañana?
-No. Claro que no iré. Ya he informado de mi situación y de las medidas que pretendía tomar. Saldremos de aquí cuando lo considere seguro y entonces iré a la oficina central para retomar mis funciones.
“Sus funciones”. Suspiré mientras lo repetía mentalmente y sujeté el brazo que todavía abrazaba mi cintura.
-¿Y si no las retomas y nos largamos de aquí en cuanto salgamos?
-¿A dónde quieres ir? – Preguntó con infinita paciencia aunque sabía de antemano que rechazaría cualquier destino que no fuese la guerra que había en la superficie.
-A España – contesté cerrando los ojos e imaginándome bajo el sol de aquel país que recientemente nos había retirado el apoyo para declararse neutral -. Dicen que allí hace calor casi todo el año.
-No es verdad. Yo he estado en el norte y allí llueve más que aquí – dijo suavemente mientras se inclinaba hasta dejar sus labios sobre los míos.
-¡Eso sí que es una gilipollez! En París conocí a algunos españoles y todos decían que el sol no calienta en ninguna parte como en España.
-Querida, te digo que en España llueve a mares. Al menos en el norte – repitió con insistencia -. Cuando todo termine te lo mostraré, ¿de acuerdo?
-De acuerdo – acepté acomodándome para dormirme de nuevo.
Herman me abrazó en silencio y aquello fue lo último que recuerdo antes de dormirme por última vez aquella noche.
La primera noche en el refugio terminó cuando lo abandonamos a la mañana siguiente. Las trágicas consecuencias del bombardeo fueron radiadas durante todo el día, las pérdidas en armamento habían sido atroces, y Herman me confesó que en realidad habían sido mucho peores de lo que se decía en los medios. Íbamos de mal en peor, y si las cosas seguían degradándose a aquella velocidad, comenzaba a plantearme en serio la posibilidad de que todo terminase durante el año que estaba a punto de entrar.
No tardamos demasiado en regresar al búnker. Los intensos bombardeos que llegaron a alcanzar la inverosímil duración de dos horas ininterrumpidas sobre nuestra capital, nos obligaron a recibir 1944 bajo tierra, con la única compañía de Frank  y Agneta. Los Walden habían abandonado Berlín tras el verano y ni siquiera se pronunciaron para decir que su afamada fiesta de fin de año se suspendía por motivos evidentes. Se habían recogido a su casa de los Alpes, como habían ido haciendo casi todas las familias pudientes del territorio alemán sin ligaduras militares. Sólo nosotros quedábamos allí, no teníamos otra opción debido al rango de Herman.
Sospechaba que las cosas iban mal, pero supe que iban potencialmente peor de lo que Herman me contaba cuando éste le planteó a Frank la necesidad de enviar los mejores caballos a cuadras suizas durante una noche de bombardeos. Hablaron durante horas de las posibilidades que tenían y finalmente, a mediados de febrero del nuevo año, Frank comenzó a llevarse a los mejores caballos a unos establos con hectáreas de prado que habían sido adquiridas a su nombre cerca de un pequeño pueblo suizo. Evidentemente, Frank no había aportado ni un solo marco para comprar aquello, ni tampoco para comprar cada uno de los campeones que con tanto mimo habían salido de las ganaderías Scholz. Pero Herman le procuró toda la documentación para que no saliese a la luz que los caballos de los Scholz estaban siendo evacuados al extranjero. Las SS no tardarían en ponerle en el punto de mira por aquello.
Frank se ocupó de todo, viajó durante algunas temporadas siguiendo las instrucciones de Herman, y consiguió arreglarlo todo en Suiza para que se las apañasen sin él. De aquella forma sólo tenía que cruzar la frontera una vez cada dos meses.
Me despedí de Bisendorff una tarde-noche de principios de marzo. Recuerdo que le saqué a pasear y le hice galopar casi sin recoger sus riendas. Después lo llevé a su cuadra y lo cepillé durante casi una hora queriendo convencerme a mí misma de que sólo era una separación temporal. En el fondo, con cada caricia de mi mano que recorría su lomo negro como el azabache, sabía que era muy probable que nunca volviese a ver a aquel caballo, y aquello, inexplicablemente, me hacía sentir unas enormes ganas de llorar.
-Señora Scholz, no tiene por qué hacerlo. El señor ya le ha dicho que puede quedárselo aquí – dijo la pausada voz de Frank mientras yo estrechaba la enorme cabeza de Bisendorff contra mi pecho.
-¿Bromea? Bisendorff es el mejor, Frank – contesté apartándome de él para que le pusiese la cabezada –. Si se llevase a los mejores y no se llevase a éste, estaría haciendo la mitad del trabajo.
Observé conmovida a mi caballo mientras Frank le ponía la cabezada y le prendía la cuerda para llevárselo de allí. Mi amigo debía olerse algo, porque se mostró reacio a salir de la cuadra y no me sacaba sus vivarachos ojos de encima, buscando una última caricia al pasar por mi lado cuando se lo llevaron al camión. Tenían que llevarse a los caballos durante la noche y rellenar las cuadras con ejemplares corrientes que conseguían en cualquier sitio para no quedarse sin la excusa de la que Herman se valía para tener tantos empleados en casa.
-Le tomaré fotografías en su nueva cuadra cuando vaya la próxima vez. Verá que allí también estará perfectamente atendido – se ofreció Frank con muy buena voluntad.
Sonreí con agradecimiento mientras el camión abandonaba la casa, pero aquello no me consolaba en absoluto. No era solamente el caballo, era todo. Me creía a salvo en el palacete de los Scholz, escudada tras un apellido de peso que siempre había funcionado. Pero las cosas se estaban torciendo endiabladamente, era como si la guerra de la que tanto había oído hablar ya hubiese llegado de verdad. Herman estaba preparándolo todo para una posible retirada, y no teníamos ni la más remota idea de cuándo iba a suceder aquello, porque lo cierto era que podía suceder en cualquier momento.
Las cosas fueron un insulso devenir de cortantes sucesos a partir de aquel momento. Los prisioneros de Krüger habían estado a un paso de volver a ser deportados a sus respectivos campos de origen cuando la operación peligró. Afortunadamente, entre Berg y él consiguieron prorrogarla para falsificar también dólares americanos. Herman me dijo que sabían que los prisioneros se demoraban a propósito, o estropeaban tiradas enteras de billetes ante el conocimiento de su situación. Habían logrado entender que mientras desempeñasen aquel trabajo, eran lo suficientemente útiles como para permitirles aquellas condiciones y necesitaban seguir siéndolo, así que se mostraban más cautelosos que con la producción de la libra esterlina. Krüger lo sabía, por supuesto, pero les dejaba que se tomasen su tiempo dentro de unos límites admisibles por el mando superior.
También continuó el furtivo éxodo de prisioneros. Yo no sabía exactamente cuándo se producían los goteos, Herman se negaba a ser demasiado explícito  a la hora de dar detalles de aquella operación que yo misma había ayudado a poner en marcha. Pero sí me daba continuamente instrucciones que yo tenía que seguir en supuestos casos de emergencia, y a veces, mencionaba por casualidad que habían conseguido desviar otro grupo hacia Inglaterra.
Sin embargo las cosas cambiaron hacia el verano de 1944. Los Aliados comenzaron a atacar activamente el territorio ocupado en Francia hasta abrir una línea de seguridad para poder desembarcar un poderoso ejército en las costas francesas a principios de junio. La noticia fue acogida con gran revuelo, y no era para menos, después de todo, si se pensaba bien, los Aliados estaban pisando ya el mismo suelo que nosotros.
La operación trajo de cabeza a Herman. Se reunía con Berg en numerosas ocasiones o se reunían en lugares que no quería decirme con Krüger y Berg. Aquel puñetero e incesante desembarco que estaba comenzando a abrirse camino a través de nuestro territorio desde la costa oeste de Francia le apartó casi por completo de mí. Sobre todo cuando tuvieron que detener el traspaso de prisioneros a Breendonk cuando los ataques de los Aliados llegaron allí. Entonces su mundo pareció eclipsarse.
Se dirigió a mí amablemente sólo una vez en aquel verano. Cuando una noche cogió unas maletas después de llegar a casa y me pidió que le acompañase al refugio. Le pregunté al menos mil veces qué demonios ocurría, ya que ni siquiera había aviso de ataques ni bombardeos. Habían disminuido un poco desde que los Aliados se concentraban en avanzar por Francia.
No me contestó. Sólo me pidió una y otra vez que no hiciese preguntas y que me quedase en el refugio hasta que él me lo pidiese. Le miré con miedo. No por mí, sino por lo que le había llevado a pedirme que hiciera aquello y no quería decirme.
-Escúchame. Esta vez te hablo completamente en serio. Más de lo que nunca te he hablado – me avisó ya en el corredor que llevaba al búnker. Ahora me sabía de memoria cada detalle de aquel endiablado pasillo -. Quizás tengamos que largarnos de aquí mañana mismo – sus palabras me produjeron un escalofrío, pero intenté disimular y seguir escuchando -. Sé lo que vas a preguntarme, sé que quieres saber un montón de cosas y sé que me odias porque no puedo decírtelas. Lo único que debes saber es que la guerra no ha terminado, que no debes salir de aquí y que, sólo si es necesario, sabrás por qué te pido esto.
Intentar sonsacar algo más fue totalmente inútil. Repitió lo mismo una y otra vez hasta que llegamos al búnker y lo único que conseguí fue que se quedase a dormir allí. Aunque se fue al poco tiempo de creer que me había dormido.
Aquello me tenía al borde del ataque de nervios. No tenía ni idea de lo que ocurría y las horas allí abajo pasaban extremadamente lentas a pesar de tener de todo cuanto necesitaba. No sabía nada del exterior, sabía que no había ataques cerca porque no se escuchaba nada. Creí que podía ser que Berlín fuese duramente atacada, así que me armé de valor y abrí la puerta del pasillo para recorrerlo hasta el río. Me asomé a la orilla, pero el mortuorio silencio que reinaba aquel día de verano me pareció incluso inusual para el campo. No estaban atacando nada, entonces, ¿qué demonios hacía yo allí?
Aguanté un día bajo tierra, con la única excepción de mi salida hasta el río. Pero ante la imposibilidad de conciliar el sueño sin saber nada de Herman ni de lo que pasaba, me obligó a salir de madrugada. El corazón me latía aceleradamente, sabía que no debía hacer aquello, Herman me había prevenido más que nunca, y esta vez, hasta mi propia intuición me decía que me la estaba jugando de una manera muy bruta. Pero de todas formas lo hice. Salí de allí y caminé hasta el sótano de casa. Me costó abrir la portezuela y por un momento creí que Herman podía haberla atascado, pero luego caí en la cuenta de que si teníamos que huir y él tenía que venir a por mí, entonces hubiera sido una idiotez atascarla. Sólo estaba más dura de lo normal, él confiaba en mí, cosa que me hizo sentir todavía peor cuando me incorporé en el sótano y me dirigí hacia el primer piso.
La puerta que daba a la cocina se abrió sin más esfuerzo del normal, así que caminé hacia las escaleras tras quitarme los zapatos para no hacer ruido. Pretendía ver si Herman estaba en cama, pero la luz del salón llamó mi atención.
-Nadie sospecha de momento, pero si se nos relaciona con esto podemos darnos por muertos… – dijo de repente la voz de Berg desde la estancia. Mi mandíbula inferior se cayó en un gesto de disgustada sorpresa mientras me paraba en el pasillo.
-Tenemos que tener los ojos bien abiertos, eso es todo – apostilló Krüger mientras me acercaba a la puerta. No se percibía movimiento, así que supuse que debían estar sentados -. A la primera señal de que alguien sigue una pista que pueda conducirle a cualquiera de nosotros, tenemos que desaparecer – añadió.
-¿Quiénes se han largado ya? – Quiso saber Herman.
Berg recitó una lista de nombres y puntualizó que al menos un par de ellos habían sido ya detenidos mientras que no le había sido posible saber si el resto estaba fuera del territorio o no. ¿Qué demonios ocurría? ¿Se estaba fugando gente de las SS?
-No pueden relacionarnos, es prácticamente imposible… nosotras no nos implicamos tanto como los demás – dijo Herman con resentimiento -. ¿Pero qué cojones salió mal? ¡Ahora tendremos que detener a un puñado de gente que estaba de nuestra parte! ¡Nos quedaremos solos, joder!
-Cálmate. Nosotros siempre estuvimos solos – repuso Krüger -, sólo mostramos nuestras cartas cuando ellos se pusieron en contacto con Berg… sabían lo que iban a hacer, y aun así decidieron hacerlo, así que no van a revelar nombres… son de tanta confianza como tú o como yo…
-¿Y qué? Si hubiesen apuntado más bajo, probablemente hubiesen tenido más éxito. ¡El mando ya ha ordenado una criba de oficiales! ¡La Gestapo debe estar trabajando a toda máquina ahora mismo! – Insistió Herman.
-Basta – les pidió Berg -. Poned la radio, quizás se haga público algo más.
Aquello me extrañó. ¿Qué pretendía escuchar Berg a aquellas horas? Era cierto que se aportaban noticias de la guerra a cada hora, pero las de madrugada solían ser avances que luego se desplegaban en las horas de máxima audiencia.
Sin embargo, para mi sorpresa, la radio emitía un programa especial dedicado a una noticia que había impactado a toda Alemania menos a mí, que había permanecido bajo tierra voluntariamente. El Führer había sufrido un atentado contra su vida en su propio refugio. Los hechos habían tenido lugar durante una reunión con los oficiales de más alto rango y uno de ellos había introducido en la sala de reuniones un maletín cargado de explosivos, lo que destapaba el verdadero alcance de la traición. Él había salido ileso, pero había heridos y ya se auguraban duras represalias y castigos para los involucrados.
El mundo se me cayó encima de repente al comprender lo que pasaba. Herman tenía razón, iban a ir a por todos. Me faltaba el aire, ellos seguían hablando allí dentro, pero yo no podía oír nada más que mi propio corazón. Lo que habían hecho era firmar su sentencia de muerte. Era mucho más grave que nada de lo que hubiesen hecho antes, era imperdonable de cara al régimen, si les descubrían no tendrían tiempo para poner un pie fuera de Berlín, no iban a salir vivos de allí. Y si ellos no lo hacían, yo tampoco lo haría. Apoyé una mano en la pared y caminé taciturna hasta el umbral de la puerta sin importarme descubrir mi presencia.
-¿Habéis conspirado contra el Führer? – pregunté débilmente con mi garganta absolutamente seca y a punto de desmayarme ante lo que aquello suponía. Los tres me miraron impávidos al ser conscientes de mi hallazgo. Herman se levantó rápidamente y se dirigió hacia mí, pero su imagen se me dibujaba difuminada y borrosa. Comencé a sentirme mal, todo me daba vueltas y las piernas me temblaban ante el sinfín de maquiavélicos desenlaces que mi mente no paraba de barajar -. Estáis locos. Van a matarnos a todos… – balbuceé antes de desfallecer en brazos de Herman.
 
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