En el auto iban hechos un escándalo. Los tres ebrios iban atrás gritando tonterías y riendo a carcajadas por asuntos muy triviales. Ignacio parecía el maestro de ceremonias de aquella borrachera y cada cosa que se le ocurría hacia que Gina y Lucia se murieran de la risa. Rocío y yo solo sonreíamos de aquellas bobadas.
Finalmente llegamos al departamento, bajamos a los tres del auto y a lucha los logramos subir al departamento. Rápidamente oculté las botellas de licores que teníamos ahí aunque no parecía tan necesario porque, apenas llegamos, Ignacio cayó rendido en el sofá y se quedo dormido. Gina y Lucia no fueron la excepción, entre Rocío y yo las llevamos a la cama de Ignacio donde las dos se quedaron dormidas, no sin antes entonar una canción de la manera más desentonada.
Con aquellos tres durmiendo Rocío se sentó en el comedor y me pidió un vaso de agua.
– Menos mal que se han dormido – dijo – creí que esos locos iban a hacer su escándalo.
– De hecho, aquí los vecinos son un poco sensibles.
– Ándale.
– Por cierto, en cuanto quieras te llevo a tu casa. No sea que te vayan a regañar.
– Calma Pablo, no corre prisa. – dijo con una sonrisa tranquila.
– ¿Y ustedes desde cuándo que viven aquí?
– Ignacio me parece que desde el segundo semestre, yo desde el tercero.
– Oh, no tiene mucho entonces. ¿Aquel es tu cuarto? – preguntó señalando la que efectivamente era la puerta de mi recamara.
– Si – le respondí.
Se puso de pie y se dirigió a mi cuarto. Yo la seguí. Entró y encendió la luz.
– Terriblemente desordenado – dijo sonriendo.
– Lo sé – sonreí apenado.
– Tal como me lo imaginaba – agregó – pero mira que el tuyo destaca por algo.
– ¿Qué cosa?
– Pues que no tienes ninguna sola imagen de alguna chica en traje de baño al menos.
Efectivamente, estaba acostumbrado a no pegar nada en las paredes. Ignacio, por ejemplo, si tenía su recamara abarrotadas las paredes de su recamara con toda clase de posters de revistas. Le expliqué a Rocío la razón por la que no había esas cosas en mi cuarto y ella pareció creerme solo a medias.
– Vale – me dijo ella bromeando – te creeré. Pero no vaya a ser la de malas que no te gusten las chicas.
– En lo absoluto – le respondí – me gustan mucho.
– Perfecto – dijo – ¿y como que tipo de chicas?
– Esa ya es una pregunta más compleja.
– ¿Como yo? – Preguntó sonriente.
– Bueno, pues me pareces muy linda ahora que lo preguntas.
Efectivamente, Rocío era muy linda. Alta y delgada tenía una nariz respingada y unos ojos muy grandes que le iban bien a sus cabellos largos y lisos. Tenía el cabello teñido de rubio lo cual le iba bien a su piel clara. No tenía mucho busto y su culito era más bien firme pero en general daba una especie de sensación de que era una chica un tanto delicada lo cual, para ser sinceros, me parecía atractivo. Si bien en mi salón de clases casi, por lógica, todas las chicas tenían cuerpos atléticos, el de Rocío le agregaba ese aire juvenil y fresco.
Al escuchar mi respuesta Rocío sonrió un poco apenada. Parecía que en su intento de ponerme nervioso había sido ella quien terminó apenada. Completamente nerviosa comenzó a hacer como que modelaba y se empezó a sonreír bromeando que no era tan bonita. Yo le respondí que si y esto la ponía todavía más nerviosa. Finalmente comprendí aquella situación, que quizás no era efectivamente esa pero que se prestaba para pasar un rato con Rocío. Sin más ni más decidí arriesgarme, quizás avalentado un poco por el escaso aunque efectivo alcohol que había ingerido en la playa. Tomé una mano de Rocío y de un jalón la traje hacia mí. Sin mayor aviso acerque mi rostro al suyo y sin ponernos de acuerdo nos dimos un beso.
Terminamos de darnos el primer beso, nos miramos un poco y sin decirnos ninguna palabra, como para no arruinarlo, no dimos el segundo, más largo y que después desencadeno una serie de besos apasionados. Ella me besaba sin pensarlo dos veces y poco a poco nos íbamos poniendo más cachondos. No conocía del todo a Rocío y realmente no me la imaginaba como alguien con quien algún día tuviese sexo pero por el otro lado la situación y la actitud de ambos parecía encaminada a eso.
No paso mucho tiempo para que las palmas de mis manos abarcaran y apretujaran sus preciosas nalgas. Después ella se abrazaba a mí y finalmente levanto un poco mi camisa y comenzó a desabotonarla. Cuando terminó comenzó mi turno y comencé a desbotonar su pantalón de mezclilla, ella comenzó a bajárselo pero en ningún momento dejamos de besarnos. Parecía que si dejábamos nuestros labios separados por más de cinco segundos todo aquello terminaría. Como pude cerré la puerta de mi cuarto y lentamente llevé a Rocío a mi cama.
Se acostó boca arriba y de un vistazo pude ver sus braguitas blancas humedecidas, lo que daba a entender que la chica venia caliente desde hacía rato. Me saqué mi pantalón y me acosté sobre ella, quien me recibió con las piernas abiertas. Nos seguimos besando mientras ella se quitaba su sostén. Comencé a sobar su entrepierna con mi pene erecto bajo mis calzoncillos y ella empezó a soltar unos gemidos suaves. Conforme pasaba el tiempo rocé con más fuerza y esto parecía volverla loca. Sus braguitas estaban mojadas ya y habían humedecido también la tela de mis calzoncillos, era evidente que la estaba haciendo esperar mucho. Sin embargo me mantuve un momento así hasta que la hice romper el silencio.
– Carajo Pablo, cógeme ya.
Al momento saqué rápidamente mis calzoncillos y mi verga erecta, Rocío la tomó y la apretó bruscamente mientras yo le retiraba sus braguitas a través de sus hermosas piernas. Finalmente dirigí la cabeza de mi verga a su coñito y sin mucha dificultad, por lo mojada que estaba, se la clavé hasta el fondo. Ella cerró los ojos y su cuerpo pareció levantarse mientras emitía una especie de ronroneo.
– Es grande – dijo sonriendo – me gusta.
Le respondí con otra sonrisa y comencé a bombearla. Parecía que le había quitado un gran peso de encima porque cada recibía cada embestida con todo el placer del mundo. Cerraba sus ojos y sus dos dientitos incisivos se asomaban en una situación de placer total. Levanté sus piernas y las puse sobre mi hombro izquierdo, lo que debía parecerle bien porque sus gemidos aumentaron. Comencé a embestirla con más fuerza y esto la llevó a soltar gemidos más fuertes que para mi sonaban encantadores.
– Pablo – gritó – ya me vine.
– ¿Sigo? – le pregunté.
– Para tantito.

Me detuve un segundo pero apenas comenzaba a respirar cuando le solté una embestida muy fuerte, pareció asustarse y así continúe, soltándole embestidas que hacían que sus tetas chocaran con su barbilla. Comencé a aumentar la velocidad de aquellas embestidas más no la fuerza y a ella solo le quedaba lanzar gemidos ahogados que ni siquiera lograba terminar. Su boca se abrió totalmente como tratando de respirar lo más posible. Pude notar que al menos se vino otras dos veces y mi entrepierna estaba completamente mojada de sus jugos. Seguí embistiéndola un rato más hasta que sentí que estaba a punto de venirme; entonces avancé de rodillas hasta llegar a la altura de su cara y cambié mi posición un poco, de modo que clavé mi verga mojada en su boca que no se resistió para nada sino que más bien la recibió con gusto.

Literalmente me follé su boquita y ella, al no poder moverse con mucha libertad, se limitó a succionar mi pene, lo cual, por cierto, se sentía bastante bien. Finalmente solté mi leche en su boca y ella pareció tragarla con tal majestuosidad que ni una sola gota salió de su fresca boquita e incluso alcanzó a limpiar mi pene con movimientos magistrales de su lengua. No pude evitar comentarle aquello.
– Das buenas mamadas – le dije.
Me iba a decir algo pero la pena debió ganarle por que solo sonrió y miró hacia otro lado. Miró un reloj que está en mi cuarto y me dijo que debía irse, traté de insistirle que se quedara un rato más pero me dijo que no podía.
– Yo también quisiera Pablo – dijo – pero mis padres se van a preocupar de más.
Sin más opción la llevé a su casa. Afuera del cuarto seguían todos durmiendo profundamente. Salimos con mucho silencio y bajamos por el auto. Llegamos rápido y antes de bajar me sonrió provocativa y se acercó a mi oído, le dio un beso a mi oreja y me susurró algo.
– Te faltó cogerme por un lado – susurro.
– Después será – le respondí mientras con mi mano le daba dos suaves nalgadas.
Ella sonrió y rápidamente, como siempre, bajo totalmente apenada. Solo hasta entonces me pudo quedar en claro que había pasado algo que jamás me hubiera imaginado. Me follé a Rocío, pensé, quien lo diría. Algo que me llamó la atención de ella fue, en realidad, sus comentarios; me parecía realmente simpático como de repente decía algo muy candente e inmediatamente se apenaba, eso es muy lindo a mi parecer. Realmente cansado me dirigí al departamento de nuevo.
Estacioné el auto y subí. Entré al departamento y lo primero que noté fue algo: Ignacio ya no estaba en su sofá aunque había dejado la luz de la sala prendida. Me dirigí a mi cuarto y ahí seguía la mancha de humedad que había dejado el sexo que tuve con Rocío. Entonces fue cuando pensé, “bien, si aquí no está Ignacio, ¿dónde está?”. Después supuse que estaba en su cuarto pero entonces recordé que ahí era donde estaban Gina y Lucia. Fue entonces cuando por fin comprendí que Ignacio era un verdadero cabrón. Fui directamente a su cuarto y ahí estaban, los tres.
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