Leticia seguía chocando su lengua contra la entrada de mi ano. Yo sentía su fresca saliva y debo admitir que no se sentía nada mal que aquella estudiante mía, que ya muy bien me había demostrado lo caliente que era, me limpiara a conciencia la zona de mi pene a mis nalgas. Estuvimos así un par de minutos más pero volví a recordar la cita con Paola y esta vez sí decidí que era momento de irme. Le explique a Leticia que tenía un trabajo de la facultad y entre dudas término por creerme. Le di un último vistazo y pude comprender que esa tarde me había follado a, quizás, la mujer con mejor cuerpo que pude haber visto. Sus tetas, sus nalgas y su cuerpo entero parecían despedirse de mí con el mismo esplendor con que me recibieron. Leticia se acerco a mí y me dio un profundo beso que me pareció la cereza del pastel, yo aproveché ese último instante para recorrer su cuerpo con mis manos una última vez. Alejó sus labios y me sonrió y miró profundamente.
– ¿Volverá a darme clases particulares?
Pensé rápidamente en que responderle y de pronto se me ocurrió una idea que quizás hubiese sido algo atrevida pero que poco importaba ya con lo atrevida que era Leticia de todos modos.
– ¿Qué te parece si vienes a tomar esas clases a mi departamento?
– ¿En serio profesor? – me dijo con una sonrisa incrédula.
– Si – le respondí – aunque debo admitir que mi departamento no cuenta con tantos lujos.
– Eso no importa profesor – me dijo – no hacen falta lujos.
Me despedí y salí. Habíamos quedado que viniera cuándo yo le dijese, y es que todo parecía tan poco probable que ni siquiera me vino a la mente una fecha posible. Subí al auto y me dirigí a toda prisa a mi cita con Paola. Al llegar me constate de la gravedad del asunto: media hora tarde y yo sin bañarme. Cuando llegué me encontré con Paola que estaba sentada. Me sonrió al verme por lo que comprendí que quizás era demasiada buena persona.
– Se le hizo tarde profesor, ya hasta inició la película.
– Perdóname Paola, ¿crees que aun vendan boletos?
– No creo profesor, y no importa, mejor vayamos a cenar algo.
En efecto, fuimos a cenar en uno de los restaurantes de aquella plaza. La pasamos bien y entre la charla justifiqué la tardanza con un problema del auto. Me creyó sin problemas. Durante la noche noté lo realmente linda que era. Paola en si era una mujer bonita en general. Tenía un cuerpo no delgado pero si bien proporcionado. La razón por la que no se veía delgada era porque no era muy alta, debía medir a lo mucho un metro cincuenta y cinco, y tenía, además, dos senos enormes en proporción a su cuerpo que esa noche no escondió para nada. Era de piel muy clara y cabellos oscuros y lacios. Tenía, quizás como virtud, una sonrisa de lo más simpática y llamativa que podía mantener siempre. Y era esa zona justamente la que aquella noche lucia de maravilla, su hermosa y gran sonrisa acompañada de sus tetas grandes en un escote de lo más provocativo.
Terminamos de cenar y seguimos paseando un rato. Ya más tarde nos dirigimos a su casa. Estábamos llegando cuando me pidió que nos detuviéramos y girara a la derecha. Le pregunté el porqué y ella no me respondió y a cambio sonrió. Seguí avanzando hasta que llegamos a una calle bastante solitaria me pidió ahora que entrara a una especie de terreno baldío. Yo estaba un tanto nervioso y por un momento llegué a pensar que Paola era una especie de criminal o algo por el estilo. Tras unos cinco segundos se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme. Estuvimos así hasta el punto en que comencé a tocarla pero no duré mucho así por que de inmediato se acomodó como pudo de modo que su cara estaba al alcance de mi para entonces erecto pene que no tenía que ser un genio para saber que recibiría otra inesperada mamada.
Evidentemente Paola se dispuso a sacar mi pene e inmediatamente lo introdujo en su boca. Apenas podía verla en la oscuridad pero su húmeda boca se sentía a la perfección en aquella bruma y la manera tan experimentada con la que chupaba mi verga me aclaró que Paola era una asidua mamadora. Seguía tragándose mi falo y parecía que nos habíamos puesto de acuerdo porque ningún comentario ni palabra había salido de nuestras bocas.
Yo ya estaba bastante excitado cuando de repente deje de sentir el frescor de aquella boquita para sentir el calor de dos suaves y enormes masas. Volteé hacia abajo y aun ante la poca visibilidad me percate de que aquello eran sus dos enormes senos aplastando mi pene; no debía ser tampoco la primera paja que Paola hacia en su vida porque lo hizo de tal manera que le bastó poco menos de un par de minutos para provocarme una erección que debió estallar en buena parte de sus tetas y su cara.
Por fin, se irguió y con la sonrisa de siempre se recargo sobré el asiento; la luz por fin mostró el resultado de aquella mamada, su cara estaba un poco manchada de mi semen pero sus tetas, aun desnudas al aire, estaban completamente mojadas con mi leche.
– ¿Te gustó? – preguntó
Le respondí que si con la cabeza y en seguida se alzó una teta con su mano y comenzó a lamer mis fluidos que en ella estaban pegados. Acabo completamente y siguió con la otra, lambia lentamente, como a propósito, y me miraba fijamente con una mirada de lo más sexy. Era curioso como una chica con aquel rostro tan angelical podía también ser una diablilla.
Cuando terminó de lamberse y comerse también el semen de su linda cara, Paola se alzó de nuevo la blusa y se sentó con toda normalidad, como si nada hubiese pasado. Mi mano se dirigió a su cintura y la llevé hacia mí, nos besamos largamente y de pronto mis manos se posaron y alcanzaron a darle un apretón a sus senos, grandes y hermosos ambos tenían una suavidad acorde a la angelical y tierna Paola. Al ver esto, Paola alejó mis manos.
– En este momento, profesor – me dijo sonriendo – me lleva a mi casa, ya habrá tiempo de hacer otras cosas.
No insistí, en parte para darle su tiempo y por otro lado porque mi pene estaba realmente cansado por la sesión de sexo con Leticia.
Dejé a Paola a su casa y, cansado, me dirigí a mi departamento. Allá estaba Ignacio viendo TV. Solo lo salude y después me acosté y dormí como un tronco.
Al otro día me levanté tarde, pero era sábado. Casi todos los sábados salía con mis compañeros de la carrera y obviamente iba con Ignacio. Esa tarde comenzamos yendo al cine; íbamos Ignacio, yo y, Federico, otro amigo. También iban cuatro de nuestras compañeras de clases. Después de la película platicamos un rato y después Federico y otra de nuestras compañeras, novia suya, se fueron por su lado.
También nosotros nos íbamos a ir, quizás a un bar a pasar el rato pero a alguien se le ocurrió la idea de ir a la playa a beber. Casi no me gusta ir a la playa y mucho menos de noche, pero la plática era tan entretenida que Ignacio y yo terminamos por quedarnos.
Nuestra relación con nuestras compañeras era muy de camarería, hasta donde sabia Ignacio a principios de la carrera fue novio de una de ella, Rocío, pero todos nos llevábamos muy bien. Aunque Rocío era un tanto introvertida sus amigas, Lucia y Gina eran más bien alocadas, les gustaba mucho ir a bares a cantar en el karaoke y les gustaba tomar alcohol todos los sábados. Era muy divertido salir con ellas aunque no quedábamos de salir con regularidad.
Aquella noche no fue la excepción y pasamos riendo y tomando en aquella playa por casi dos horas. De vez en cuando pasaban policías pero no nos decían nada, solo nos vigilaban un rato y al tiempo se iban. Lucia y Gina se pusieron un poco alocadas después de varias cervezas y decidimos mejor llevarlas a su casa. También Ignacio había tomado y los únicos que parecíamos consientes éramos Rocío y yo.
– Vale – dije – esto ya se está saliendo de control, las llevare a su casa.
Nadie me hizo caso pero Rocío se acerco un poco preocupada.
– Mira, Pablo – lo que pasa es que teníamos pensado ir a mi casa – pero así como están de tomadas no sé si sea buena idea. Vivo con mis padres.
– Pues no sé, ¿entonces dices que no las puedo llevar a su casa tampoco?
– Es lo que no se, así como están lo más seguro es que ni lleguen a entrar a sus casas, se van a ir a no sé donde a seguir pasándola.
Rocío, aunque exageraba, se veía preocupada. Entonces, después de mucho pensar planeamos que lo mejor sería llevarlas al departamento y que ahí pasaran la noche. Primero los llevaríamos a ellos y después yo pasaría a dejar a Rocío a su casa que estaba un poco más alejado. Por suerte aquellos se habían emborrachado rápidamente y no era tan tarde para Rocío. Con trabajo los subimos al auto y nos fuimos de ahí.
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