Al día siguiente, durante las prácticas, miraba desde las gradas como las muchachas jugaban; en ese momento se enfrentaba por un lado Leticia y por el otro Grecia, aunque los equipos eran aleatorios y no estaban con sus respectivas amigas la rivalidad entre ambas chicas era evidente. Yo me encontraba hasta la parte más baja de las gradas y en ese momento, un tanto molestas, Karla y Dulce, las gemelas negras, bajaron y se sentaron cada una a mi lado.
– Profesor, ¿se vale hacer eso? – preguntó Dulce.
– ¿Qué cosa?
– Sacar así, esta de Leticia saca bien mal.
– Hace trampa. – agregó Karla.
En ese momento Leticia estaba haciendo unos saques no de la forma común sino lanzando al aire el balón, saltando y arrojándolo con fuerza al otro lado de la cancha con un manotazo bastante firme, lo cual, desde luego, era totalmente valido y hacia los saques también que anotaba muchos puntos debido a el azoro del equipo contrincante.
– No – respondí – si se puede hacer eso, de hecho es un saque muy bueno. Leticia es muy buena jugadora. – agregué.
Esto no les agrado mucho a las chicas que sacaron aire por sus narices en señal de molestia. En ese momento, infundida por el mismo enojo, Karla reveló.
– Es una zorra.
El comentario me cayó de sorpresa pero sonriente, para dar confianza, pregunté el por qué de aquel comentario. Quien me respondió fue Dulce, ella me comentó que la rivalidad entre Grecia y Leticia se debía a una especie de guerra por los chicos, en especial, basaban su posición en el hecho de que curiosamente los chicos con quien Grecia salía terminaban con Leticia. Según las gemelas, Leticia era una roba novios que molestaba constantemente las relaciones de Grecia.
– Como esta tan fea – declaró Karla – no le queda más que andar de zorra para que los chicos le hagan caso.
Acabado el partido, en el que desde luego ganó el equipo de Leticia, seguía el equipo de las gemelas quienes de inmediato entraron. De la cancha venia Grecia, visiblemente molesta y a unos cuatro metros de mí ya me comenzaba a cuestionar si aquella manera de hacer saque era válida a lo que, para su desilusión le respondí que era completamente valido.
Finalizada la clase me quedé un poco retrasado debido a que uno de los balones se había extraviado y solo después de diez minutos logré encontrarlo detrás de unos arbustos. Ya con todo arreglado me dirigí a toda prisa al estacionamiento porque esa misma noche había quedado de salir con Paola, al cine.
Mientras salía me encontré con Leticia que miraba molesta su celular. Ella me miró y enseguida se acercó a mí con un comportamiento ligeramente infantil, como queriendo causar ternura. Vestía aun su ropa deportiva, la misma con laque entrenaba: una falda blanca con un short de licra blanco debajo, arriba llevaba una blusa con un escote amplio que dejaba ver bien el tamaño de sus voluminosos senos, el cabello lo llevaba suelto, como siempre, a fin de ocultar un poco su no muy agraciada cara.
– Oiga profesor, ¿de casualidad no me podría llevar a mi casa? – me preguntó.
– Disculpa. – dije un poco ofuscado.
– Si, es que mi papa no va a poder venir hoy y no me gusta irme en taxi.
Ese día llevaba el auto, no muy elegante que digamos pero que era lo mejor que entre Ignacio y yo habíamos podido comprar. La situación era compleja, por un lado quería hacerle el favor a Leticia pero por el otro llevaba un poco de prisa por la cita con Paola. Sin embargo, apurándome quizás daba tiempo y decidí arriesgarme. Leticia me agradeció encantada y nos dirigimos a su casa.
Durante el viaje me contó otra versión sobre la rivalidad entre ella y Grecia y negaba que ella fuese la culpable.
– Aquí la única problemática – dijo – es Grecia.
Seguimos platicando de otras cosas y ella me comentó algunas cosas sobre su rival. Según ella, Grecia era todo lo contrario de la niña bien que aparentaba.
– Los hombres no persiguen a un chica que no les da sexo, entonces dígame profesor, ¿por qué a ella la siguen tanto?
– No lo sé – respondí un poco nervioso.
– Pues porque es de lo más perra, Grecia es la mayor puta de la universidad. Y no es que yo sea perfecta – dijo en un tono diferente, como si se sintiera expuesta – pero ella lo hace con el fin de molestar a la gente. Es normal que la gente tenga sexo, ¿no cree profesor?
– Supongo que sí – respondí.
– Así es – dijo – lo malo es cuando se tiene sexo para molestar a la gente, eso es lo que hace ella.
Cuando finalmente llegamos, a la entrada de unas villas con unas casas blancas muy similares todas y bastante bonitas, le abrí la puerta y ella salió sonriente. Me despedí y le dije que se cuidara pero ella me detuvo.
– ¿No quiere pasar profesor? – me dijo, sonriendo.
Su ofrecimiento me puso un poco nervioso y traté de decirle que llevaba algo de prisa pero ella insistió en que pasara aunque fuera por un vaso de agua. A mí me parecía algo atrevido tomando en cuenta que ahí estuviese alguno de sus padres y yo tan solo soy su entrenador de volibol.
Volvió a subir al auto y me señalo que casa era, dejé el auto estacionado en su porche y noté que no había otro auto. Entramos a la casa y me dirigió a una sala. Me senté en el sofá y ella se dirigió a la cocina y su manera de caminar me hizo imposible no mirarla con todo el deseo del mundo.
Leticia tenía un cuerpo increíble, una piel morena y unos cabellos muy negros, muy largos y muy lisos; era algo alta, quizás de un metro setenta centímetros; su cuerpo esbelto y firme le daban un aire de atleta mientras que sus tetas y su culo, enormes y más que desarrollados, separados por una cintura escultural le daban un aspecto que la hacía parecer hecha para el sexo. Era increíble como un cuerpo tan perfecto podía tener una cara tan extraña pero también sonaba justo que fuese así porque de lo contrario hubiese sido poco natural tanta belleza.
Su casa era, aunque grande, muy sencilla, en el aspecto de que carecía de alguna decoración complicada y más bien daba la impresión de tratarse de alguna muestra de blancos y negros, no obstante, aquella decoración tan simple era elegante a mi gusto y esto gracias en parte a la limpieza cuidadosa de la casa.
Leticia regresó con dos vasos de agua mientras curiosamente me comentaba a modo de disculpa lo poco que le gustaba la decoración. Le dije, entonces que a mí me parecía agradable. Ella, para ese momento tenía el cabello agarrado por un listón lo que dejó ver bien su rostro, después de todo no era fea sino más bien extraña, tenía la cara muy limpia de modo que sus únicos defectos parecían ser su nariz un tanto grande y unas cejas planas que le daban a su rostro bastante peculiaridad, fue entonces cuando por fin pude concluir que el rostro de Leticia tenía algo que ver con el de las mujeres árabes o hindúes que si bien no siempre irradiaban belleza si daban una sensación de misterio.
Siguió hablándome sobre la decoración y me dijo que quizás yo tenía el mismo gusto que su padre que había realizado toda la decoración; de un tema a otro me comentó que su madre trabajaba en la capital del país donde tenía un prospero restaurante mientras que su padre también tenía un restaurante pero en esta ciudad.
– Y otra vez – dijo Leticia – mi papa se dio el lujo de quedarse más días allá. Supongo que es lo bueno de ser tu propio jefe. Pero bueno, que mis padres no estén puede ser ventajoso, ¿no cree entrenador?
Ni siquiera alcancé a responderle, en primer lugar porque no tenía idea de que responderle y en segunda porque ella desapareció hacia otro cuarto. Miré la hora en mi celular y solo hasta entonces me di cuenta de lo tarde que era ya. Me puse de pie para despedirme de Leticia en cuanto regresara y justo en ese momento entró de nuevo a la sala y se dirigió directamente a mí, estaba por decirle que me tenía que ir cuando de pronto me empujó hacia el sofá y se puso sobre mí piernas abiertas. Ni ella ni yo dijimos nada y ella entonces se acercó a mi boca y comenzó a besarme; solo hasta entonces comprendí todo y, sin más comencé a besarla también.
Nos besamos apasionadamente, de la forma en la que ella parecía estar acostumbrada y mis manos no tardaron en llegar a su cintura. Su cintura era perfecta y mis manos la recorrían con la seguridad de estar tocando el cuerpo de una diosa. Entonces Leticia se detuvo y sin mayor aviso se quitó rápidamente la blusa dejando ver un par de senos de lo más hermosos, grandes, redondos y bien formados, tanto así que ni siquiera había advertido antes el hecho de que se había quitado el sostén puesto que sus senos tenían tal firmeza que quizás no necesitaban sostén alguno.
Quedando frente a mí sus enormes tetas no pude más que dirigir mi boca a uno de sus pezones rosados solo para encontrar en ellos una suavidad perturbadora combinada con el sabor de su sudor. Mis labios se perdieron en toda el área de sus pechos mientras mis manos se dirigían lentamente a las nalgas de Leticia. Entraron por debajo de su falda y fue hasta entonces que me percate que el shortcito de licra ya no estaba y el culo de Leticia estaba completamente expuesto.
– ¡Huy! – dijo con coquetería al sentir mis manos apretar sus glúteos – me descubriste.
Seguí chupando sus pezones mientras mis manos tocaban encantadas las suaves nalgas de Leticia, mi mano izquierda bajó a su vagina y comencé a sobarla con mis dedos y percibí que esta estaba totalmente húmeda. Cuando se percató que mi mano estaba debajo de su vagina comenzó a mover sus caderas con tal de restregar su vulva contra mis dedos.
– Estas toda caliente, ¿verdad? – le pregunté.
– Como no tienes idea, cógeme ya por favor – dijo casi con desesperación.
En ese momento la volteé y la senté sobre el respaldo del sofá y Leticia se recargó sobre la pared que estaba cercana. Acerque mi cara a su vagina pero esta estaba tan mojada que decidí mejor subir sus piernas a mis hombros para que sus líquidos se resbalasen entre sus nalgas como un lubricante natural que me serviría después dado que no iba a desaprovechar esta oportunidad.
Bajé momentáneamente sus piernas y mientras yo me quitaba mi uniforme y calzoncillos Leticia me miraba con lujuria mientras se pellizcaba ambos pezones, una de sus manos soltó el listón de su cabello y estos cayeron suavemente hasta un poco arriba de su cadera.
Mi verga estaba totalmente erecta y Leticia pareció no poder evitar entusiasmarse con mi falo por que, apenas lo miró, acercó una de sus manos y apretó y masajeó ligeramente mi pene. Mientras ella hacia esto una de mis manos alzó una de sus piernas y en seguida se dirigió a sus nalgas y mi dedo índice buscó su ano. Comencé a untar sus fluidos alrededor de su culo pero una mano de ella la detuvo.
– Por ahí no, – me dijo con una sonrisa nerviosa – pero por lo demás soy toda tuya – finalizó como queriéndome dar confianza.
Yo no le respondí nada, cosa que pareció no ser lo que esperaba y solo se quedó en silencio y mantuvo su mirada hacia mi pene, como apenada. Entonces, sin mayor aviso, tomé su otra pierna, la subí sobre mi hombro y casi en automático clavé mi pene en el coño de Leticia quien estaba tan mojada que no dio ningún trabajo penetrarla por completo y lanzó un grito. Comencé a cogérmela y ella, como recobrando los ánimos, comenzó a moverse también mientras reanudaba la tarea de apretarse sus rosados pezones. A los tres minutos solo me pedía más.

Duramos varios minutos y ella parecía muy satisfecha con los varios orgasmos que le había provocado, le pedí que cambiáramos de posición y la puse boca abajo en el apoyabrazos del sofá, con sus piernas colgando un poco la posición dejaba ver perfectamente su encantador trasero. Por primera vez pude mirarlo con detenimiento, su culo de piel suave eran tan voluminoso y redondo que incluso en aquella posición de ofrecimiento había que separar sus nalgas para poder ver su ano, este se encontraba mojado por los fluidos vaginales que se habían dirigido hacia ahí por el canal formado por la línea de su culo; el aro de su ano, un poco oscuro y evidentemente virgen, se transformo entonces en una especie de provocación poderosa para mí. Tomándola de las nalgas inserté mi falo de nuevo en su coño y volví a bombearla. Ella lanzaba en todo momento unos gemidos encantadoras que a veces venían acompañadas por frases en las que solo me pedía que no parara.

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