SEGUNDA PARTE DE “Pillé a mi vecina recién divorciada muy caliente “
Sabiendo que debía tener cuidado para que mi esposa no sospechara que me había acostado con su amiga, no toqué el tema de buscarle un novio a nuestra vecina. Cualquier interés por mi parte ya fuera a favor o en contra de hacer de celestino, haría despertar sus alertas y me sería más difícil, repetir la experiencia pero sabiendo que debía avisar a Paloma que María me había pedido ayuda para conseguirle pareja, esperé a que volviera y aprovechando que mi mujer se estaba duchando para contárselo.
Esa morena al verme entrar en el salón solo, creyó que mi presencia se debía a mi interés por ella y saltando a mis brazos, me besó mientras frotaba mi sexo con el suyo intentando animarlo. Durante unos segundos mis manos recorrieron su trasero, deleitándose con su dureza al recordar la promesa que me había hecho de darme su virginidad como regalo. Mi vecina por su parte me demostró que el polvo que habíamos echado esa mañana no le había resultado suficiente y metiendo sus dedos dentro de mi pantalón empezó a pajearme mientras me preguntaba cuando la haría nuevamente mía.
-Tenemos un problema- contesté. –Mi mujer te vio espiándonos mientras le  hacía el amor.
-¿Se ha  enfadado?- avergonzada preguntó.
Muerto de risa, le contesté que al contrario, que le había dado pena descubrir su calentura y que me había pedido que le ayudara a buscarle un novio.
-Pero…- dudó antes de contestar- …si  yo no quiero. ¡Soy mujer de un solo hombre!
Sus palabras y la confesión que encerraban me hicieron saber que Paloma asumía que era mía y que teniéndome como amante, no necesitaba a nadie más.  Tratando de mantener una cordura que no tenía porque esa confesión había hecho que mi pene se pusiera erecto, le hice ver que al menos tenía que mostrarse de acuerdo cuando María se lo propusiera:
-Así no sospechará de nosotros.
Mi vecina se quedó pensando unos instantes y volviéndome a sorprender, me soltó:
-¿Y si me busco una novia?
Descojonado, le pregunté si era bisexual a lo que sonriendo, me respondió:
-No pero, por ti,  lo sería. 
-Entonces, no entiendo.
Sin dejar de sonreír y poniendo cara de puta, me explicó:
-Tu mujer al verme espiándoos, pensó con razón que me había puesto bruta… ¿Y si le digo que fue por ella?- hizo una pausa antes de seguir: -Piénsalo, si cree que soy lesbiana no desconfiará de ti y nuestro máximo riesgo es que intente seducirme.
Partiéndome de risa al imaginarme la escena, susurré en su oído mientras pellizcaba uno de sus pezones:
-¿Y qué harías? ¿Te acostarías con ella?
Con una determinación que provocó que todos los vellos de mi cuerpo se erizaran, ese monumento de mujer contestó:
-¡Por supuesto!, pero le exigiría que me tomará frente a ti. Recuerda que para ella fui abandonada por un marido infiel, comprenderá que no quiera repetir sus errores.
-¿Me estás diciendo que le propondrías un trio?
-Claro, ¡Tonto! –y con un extraño brillo en sus ojos, prosiguió diciendo: -No creo que ocurra pero no me importaría pagar el precio de comerle el coño a tu mujer por la felicidad de tener tu compañía.
Os reconozco que en ese momento, la hubiera desnudado y me la  hubiese follado contra la mesa del comedor porque me calentó de sobre manera el imaginarme una sesión de sexo entre los tres pero haciendo acopio de cordura, me separé de ella y mientras iba a por una cerveza que me enfriara, contesté:
-Bien pensado. Creyéndote de la otra acera,  se fiará de mí.
La carcajada que soltó mientras me iba retumbó en mi mente durante horas porque tuve que reconocer que más que tener una esposa y una amante, lo que realmente me apetecía era ampliar mi matrimonio y que ese bombón se integrara en él….
Paloma inicia su ataque sobre María.

 

No sabiendo a qué atenerme ni cómo iba a resultar el plan de mi vecina, no me quedó más remedio que esperar y observar cómo se desarrollaban unos acontecimientos que aunque me interesaban no debía intervenir en ellos.
Mi espera no fue larga porque al salir del baño, mi mujer nos preguntó si nos apetecía ir a una cala cercana a tomar el sol. Paloma alabando como le quedaba el bikini que llevaba puesto, se acercó a mi mujer y susurrando en su oído, le dijo:
-No me extraña que traigas loco a Raul. ¡Eres bellísima!
María abrió los ojos escandalizada por el tono sensual con el que la alabó pero, creyendo que había malinterpretado a su amiga, no dijo nada. Riendo en mi interior al ver la reacción de mi esposa, azucé a ambas a salir del chalet. Ya en el coche, al mirar por el retrovisor, la zorra de Paloma sonreía en plan putón y aprovechando que solo la podía ver yo se pellizcó uno de sus pezones mientras le preguntaba a mi mujer  como era la playa a la que íbamos.
-Es un pequeño saliente que conocemos y que nunca hay gente. No creo que nos encontremos con nadie, estaremos solos- contestó María sin saber que nuestra vecina usaría la soledad de esos parajes para iniciar su ataque.
La determinación que descubrí en el rostro de Paloma me terminó de poner nervioso al suponer que de lo que ocurriera entre esas dunas, dependería no solo ese verano sino el resto de nuestras vidas.
«Si la aborda en plan bestia, la mandará a Madrid y tendré que esperar a septiembre para tirármela», sentencié menos preocupado al saber que eso solo supondría un retraso pero que luego María nunca sospecharía de mí al creer que la morena era lesbiana.
Ya en la cala y mientras bajábamos hacia la arena, mi vecina aprovechando que mi esposa se había adelantado unos metros me preguntó si María tenía algún punto débil:
-Le pone como una moto que le acaricien en culo- respondí en voz baja. Su pícara sonrisa me informó de antemano de lo que iba a hacer.  
Por eso, aguardé con interés sus siguientes pasos. María involuntariamente colaboró en su caída cuando extendiendo la toalla, me pidió que le echase crema. Antes de que pudiera decir algo, Paloma sacó un bote de su bolso y sentándose junto a ella, comenzó a esparcirla por sus hombros mientras le decía:
-Tienes mucha tensión acumulada. ¿Quieres que te dé un masaje?
Mi esposa no quiso o no pudo negarse y asintiendo con la cabeza, permitió que la morena se recreara poniéndose sobre ella. Usando sus dos manos, comenzó a masajearle los músculos de su cuello sin que nadie pudiese observar nada erótico en ello. Hundiendo sus yemas en los trapecios de su amiga fue relajándola lentamente mientras desde mi toalla no perdía detalle.
-¡Qué gozada!- gimió  María al sentir que los nudos de su cuello se iban disolviendo gracias al masaje.
Guiñándome un ojo, Paloma me anticipó el inicio de su ataque y poniendo un tono despreocupado, le dio un azote en el trasero mientras le decía:
-¿Estás mejor? Si quieres te relajo las piernas.
-Por favor- susurró su víctima inocentemente.
Cogiendo el bronceador fue dejando caer un hilillo de crema por las piernas de mi mujer con la intención de extenderla a continuación. Al hacerlo, observé que María se mordía los labios al sentir derramarse ese líquido por sus nalgas y por vez primera empecé a albergar esperanzas que el plan de Paloma tuviese éxito.
Actuando en plan profesional, nuestra vecina comenzó por los tobillos de mi mujer y presionando con sus dedos duramente los gemelos de su amiga, fue subiendo por sus piernas mientras desde mi sitio me empezaba a calentar al ver la cara de placer que María ponía al notar las manos de Paloma relajándola. Con los ojos cerrados, estaba disfrutando del masaje sin saber que ese era el plan. Paloma estaba esperando a que se confiara para terminar amasando su trasero con oscuras intenciones.
-¿Te he dicho que tienes un culo precioso?- preguntó mi vecina mientras sus manos ya recorrían los muslos  de mi esposa.
Esa pregunta hubiese sido inocente si no fuera porque en ese momento estaba acariciando con sus yemas el inicio de las duras nalgas de María.  La cara de sorpresa de mi mujer al notar que esa caricia se prolongaba más allá de lo normal me divirtió y no queriendo que se cortara al descubrirme mirándome, desvié mi mirada y me puse a observar las olas aunque de reojo seguía atento a lo que ocurría en la toalla de al lado.
Paloma obviando la tirantez de su amiga, siguió masajeando dulcemente su culo con caricias cada vez más atrevidas. Si en un principio María creyó que estaba equivocada y que ese masaje de nuestra vecina era inocente y por eso no se levantó al sentir esos dedos amasando sin parar sus nalgas, cuando los notó recorriendo los bordes de su ojete por encima de su bikini ya estaba tan mojada que no  pudo evitar un gemido de placer.
Al oírlo, la morena le dio un nuevo azote y levantándose, nos avisó que tenía calor y que se iba a dar un chapuzón al agua. Acababa de irse corriendo hacia la orilla cuando incorporándose María me preguntó:
-¿Te has fijado?
Haciéndome el despistado y aunque la humedad que lucía mi mujer en su entrepierna era evidente, contesté:
-No, ¿A qué te refieres?
Durante unos segundos, mi esposa dudó si decirme que Paloma le había metido mano teniéndome a un escaso metro de ella pero tras pensárselo bien, decidió no hacerlo y en vez de ello, me pidió que la acompañara a pasear por la playa. Su calentura me quedó patente cuando al pasar por unas rocas, tiró de mi brazo y sin darme tiempo a reaccionar, comenzó a frotar su sexo contra el mío mientras me rogaba que la tomara.
-Tranquila- le dije riendo – Paloma puede vernos.
Su respuesta me convenció de que las maniobras de esa morena le habían afectado de sobre manera porque pegando un grito, me respondió:
-Si nos espía, ¡Qué se joda!
Tras  lo cual, me obligó a tumbarme sobre la arena y  me bajó el traje de baño mientras me decía:
-¡Te voy a hacer una mamada que nunca olvidarás!
Como comprenderéis no me quejé cuando mi mujer cogiendo mi sexo entre sus manos, lo acercó a escasos centímetros de su boca y relamiéndose los labios, me soltó antes de  antes de metérsela en la boca:
-¡Te voy a dejar seco!
De rodillas sobre la arena, se fue introduciendo mi falo mientras sus dedos recogiendo mis huevos con ternura los acariciaba. Desde mi posición, vi como mi esposa abría sus labios y pegando un gemido, se introducía la mitad de mi rabo en la boca. Con una expresión de lujuria en su rostro, sacó su lengua y lamiendo con ella mi glande, se lo volvió a enterrar pero esta vez hasta el fondo de su garganta.
-¿Por qué estás tan cachonda?- con recochineo pregunté al sentir la urgencia de sus actos.
En vez de contestarme, siguió a lo suyo y ya con mi verga completamente embutida en su boca, comenzó a sacarla y a meterla a un ritmo constante. Comprendí al notar la presión que ejercía su garganta sobre mi glande que mi esposa estaba desbocada y por eso presionando con mis manos sobre su cabeza, hice que esa penetración fuera total y que la base de mi pene rozara sus labios.
-Eres una mamona de lujo- sentencié al notar que María incrementaba la velocidad de su mete-saca mientras llevaba una de sus manos entre sus piernas y dejándose llevar por la calentura,  metía los dedos dentro de su tanga, se empezaba a masturbar.
La excitación que se había acumulado en su cuerpo durante el masaje provocó que a los pocos segundos de torturar su clítoris, mi esposa pegando un grito se corriera y no contenta con ello, se sacó mi polla de su boca para acto seguido usándola como pica, empalarse con ella mientras aullaba pidiéndome que la tomara.
La belleza de sus pechos rebotando arriba y abajo al compás con el que su dueña acuchillaba su sexo con mi miembro, me obligó a cogerlos y llevando sus pezones hasta mis labios, ir alternando en ambos mordiscos y lametazos. Los berridos de mi mujer fueron muestra elocuente de la lujuria que la consumía y mientras no paraba de galopar sobre mí, fue uniendo un clímax con el siguiente.
-¡Sigue! ¡No pares!- aulló descompuesta.
El enorme riachuelo de flujo que  brotaba de su entrepierna y que empapaba mi cuerpo cada vez que mi estoque se hundía en su interior, elevó mi calentura hasta que agarrando sus nalgas con mis garras presioné su vulva contra mi cuerpo mientras con una serie de explosiones de mi pene, me derramé en su interior. María al notar en su intimidad la calidez de mi semilla, se dejó caer sobre mí y retorciéndose obtuvo y mantuvo su enésimo orgasmo mientras todo su cuerpo temblaba de placer.
Abrazada a mí,  con mi pene todavía incrustado en su coño, mi mujer apoyó su cabeza en mi pecho y sin levantar su mirada, me preguntó:
-¿Sabes que te amo?
-Lo sé- respondí mientras con mis dedos acariciaba su melena.
Fue entonces cuando me reconoció que ese masaje la había puesto bruta y casi llorando, me pidió que la perdonara. Conmovido, la consolé diciendo que era lógica su reacción porque en su interior quería ayudar a su amiga:
– ¿Tú crees que ha sido eso?- insistió.
-Claro- con ternura contesté – Sabiendo lo sola que está, tu cuerpo ha reaccionado cómo reaccionaría el mío. Piensa que Paloma es una mujer muy bella…
No me dejó terminar y plantándome un beso, buscó reanimar nuestra lujuria justo cuando escuchamos que gritando nuestra vecina nos llamaba. No queriendo que nos pillara en pelotas, acomodamos nuestras ropas y fuimos a su encuentro. Al llegar a su lado, nos explicó que algo le había picado en el pie.
Preocupada, mi mujer se agachó y al comprobar que se le estaba hinchando, me pidió que cogiera a Paloma en brazos porque teníamos que llevarla a la cruz roja para que la atendieran. Mientras la llevaba hacia el coche, mi vecina aprovechó que  María se había quedado recogiendo sus cosas para preguntarme si su masaje había conseguido excitarla.
-Sí- reconocí.
Fue entonces cuando ella respondió con una sonrisa:
-Aunque no me lo esperaba,  yo también. Me he puesto brutísima al meterla mano frente a ti.
Al analizar brevemente sus palabras comprendí que ambas compartían un mismo sentimiento y que solo tenía que conseguir que ambas lo aceptaran para cumplir mi fantasía de compartir con ellas dos un trio. Dando por seguro la aceptación por parte de mi vecina, supe que me tenía que concentrar en mi esposa y por eso, una vez en el hospital y mientras hacían la cura a Paloma traté de tantear el terreno, diciendo:
-¿Recuerdas cuando en la playa, me has reconocido que te excitaste cuando te tocó?
-Sí- respondió muerta de vergüenza.
Con la imagen de ese masaje en su mente, le confesé que a mí me había ocurrido lo mismo y que en ese momento, me hubiese encantado follármela mientras Paloma la tocaba.
-Eres un pervertido- contestó soltando una risotada.
Al no haberse enfadado por mi indirecta, concebí esperanzas que durante ese mes se hiciera realidad y dando tiempo al tiempo, cambié de tema no fuera a ser que al insistir mi mujer se encabronara. Como a la media hora, Paloma salió de la consulta y nos comentó que estaba bien pero que le había recomendado que no pisara con el píe enfermo.
-Te toca cargarme- soltó con una pícara sonrisa en sus labios.
Maria y Paloma se confabulan en mi contra.
Al llegar a casa, las dos me hicieron saber que querían descansar y por eso mientras ellas se quedaban viendo la tele, decidí irme a dar una vuelta por el pueblo. Esa huida era para darles la oportunidad de hablar entre ellas sin tenerme a mi merodeando por la casa por eso antes de salir, cogí por banda a Paloma y le pedí que sin ser muy directa, tratara de sonsacar a mi mujer.
-Deja eso de mi cuenta- respondió mientras aprovechaba para dar un buen magreo a mi paquete con sus manos.
Descojonado, la dejé hacer y cuando ya tenía una erección entre sus dedos, le di un azote mientras le decía:
-A mí no hace falta que me persuadas. Es a María a quien debes de convencer.
Mi “orden” le hizo gracia y poniendo cara de puta, contestó:
-Cuando vuelvas, te tendré una sorpresa.
La lujuria de su mirada al despedirse de mí me hizo saber que tenía una estrategia planeada y conociéndolo de antemano, eso no sé si me dio confianza o miedo.
« ¿Qué se traerá entre manos? », pensé ya en la acera.
No tenía duda que esa mujer era inteligente pero aun así, me fui cabizbajo a tomarme una copa. Tras la barra del bar donde me metí, mis dudas solo hicieron más que crecer y por eso cuando a la hora creí que era el momento de volver, pensé que me encontraría en una situación bastante desagradable. Lo extraño fue que no estaban en la casa y eso me puso todavía más nervioso.
« ¿Dónde se habrán metido?», mascullé entre dientes cuando con el paso de las horas no volvían.
Eran cerca de las nueves cuando recibí una llamada de mi esposa avisándome que estaban esperando que les terminaran de preparar un pedido en el chino de la esquina y me pidió que fuera poniendo la mesa mientras tanto. El buen humor con el que me habló y las risas de Paloma que pude oír por detrás me confirmaron que todo había ido bien. Deseando que llegaran, coloqué los platos, abrí un buen vino y esperé. En cuanto las vi entrar me percaté que habían bebido. Su tono desenfadado y el volumen de su conversación eran el de alguien con unas copas y por eso les pregunté que celebraban.
-Pronto lo sabrás- me soltó María y sin importarle la presencia de su amiga, me besó con lujuria.
La manera en que con su lengua forzó mis labios y el modo en que restregó su sexo contra el mío me anticiparon que esa noche iba a dormir poco pero lo que confirmó que iba a ser así fue cuando uniéndose a nosotros, Paloma unió sus labios a los nuestros. Durante un minuto, dejé que mi lengua fuera de la boca de mi mujer a la de mi vecina mientras ellas no paraban de reír hasta que contagiado de su alegría, pregunté a que se debía tal saludo:
-He hablado con Paloma y hemos llegado a un acuerdo.
Sabiendo el contenido de ese trato, tuve que disimular y preguntar de qué hablaban. Fue entonces cuando mi vecina soltando una carcajada, me soltó:
-Como sabrás estoy divorciada y por eso hace mucho que no hago el amor. Al contarle a tu mujer que soy bisexual y que me siento atraído por ella, me ha explicado que nunca sería capaz de ponerte los cuernos.
-Y ¿Qué tengo que ver yo en eso?
Interviniendo, María hizo un puchero y con tono inocente, me dijo:
-Si participamos los dos, ¡No serían cuernos!
Alucinado por su descaro, insistí:
-¿Me estáis proponiendo un trio?
En vez de contestarme las dos al unísono se arrodillaron frente a mí y sin darme posibilidad de opinar, me bajaron la bragueta.  Mi pene reaccionó al instante y por eso cuando mi mujer metiendo la mano lo sacó de su encierro, esté apareció ya totalmente erecto. Al verlo Paloma comentó:
-Se ve que tu pajarito está de acuerdo- para acto seguido acercar su boca y sacando su lengua, darme un lametazo.
Aunque María fue la que me informó de ese trato, aun así busqué con la mirada su reacción y en sus ojos descubrí que lejos de enfadarse, mi mujer estaba excitada. La calentura que sintió al ver mi miembro en la boca de su amiga la hizo levantarse y desnudarse para acto seguido poniendo uno de sus pechos en mis labios, preguntar:
-¿Te gusta la sorpresa?
Sin contestar, mi lengua recorrió el inicio del pezón que puso a mi disposición y al hacerlo, pegó un gemido mientras su areola se retraía claramente excitada.  Paloma al verlo, incrementó su mamada embutiéndose mi falo hasta el fondo de su garganta. Pero entonces, María pidió que siguiéramos en la cama, nuestra vecina a desgana se sacó mi verga de su boca y se quejó diciendo:
-¿No podías haber esperado a que se corriera?
María ayudándola a levantarse, la consoló diciendo:
-¿No prefieres ser la primera en ser follada?
La carcajada de Paloma evidenció que el cambio le gustaba y quitándose la ropa, nos guio ya desnuda hasta nuestra habitación. Al llegar a mi cama, las atraje con mis manos y alternando de una a otra, me puse a mamar de sus pechos. El saber que tendría para mi esos dos cuerpos me hizo avanzar en mis caricias y les pedí que se acostaran junto a mí. Fue entonces cuando escuché que Maria me decía:
-Tranquilo, machote. ¡Tú relájate y déjanos hacer!
La mirada cómplice que descubrí en mi vecina me hizo suponer que ya lo tenía planeado y por eso cuando entre las dos  me terminaron de quitar el pantalón, supe que debía de quedarme quieto.
Paloma fue la que tomó la iniciativa y deslizándose  por mi cuerpo, hizo que su lengua fuera dejando un húmedo rastro al ir recorriendo mi cuello y mi pecho rumbo a su meta. Cuando su boca llegó a mi ombligo, sonriendo me miró y al ver que en ese momento estaba mamando de los pechos de mi mujer, pegó un gemido y con sus manos comenzó a acariciar mi entrepierna.
-¿Te gusta lo putas que somos?- preguntó mi esposa al sentir mis dientes mordiendo sus pezones.
-Mucho- respondí más interesado en sentir que en hablar porque en ese instante mi vecina se había agachado entre mis piernas.
Al sentir la humedad de su boca  alrededor de mi pene, gemí anticipando el placer que ellas me iban a otorgar. Mi gemido fue la señal que esperaba mi esposa para unirse a la otra y compartiendo mi pene con su amiga, besó mi glande mientras la morena se apoderaba de mis huevos, introduciéndoselos en la boca.
Su coordinado ataque me terminó de excitar y chillando les grité que se tocaran entre ellas. Curiosamente fue María la que tomó la iniciativa y seguía lamiendo mi polla, llevó una de sus manos hasta el trasero de Paloma.  Nuestra vecina se agitó nerviosa al sentir una mano de mujer recorriendo su culo y tras un momento de indecisión, imitó a Maria usando sus dedos para recorrer los pliegues del coño de mi mujer.
Las dos mujeres compitieron entre sí a ver cuál era la que conseguía llevar a la otra al éxtasis mientras se coordinaban para entre las dos apoderarse de mi falo con sus bocas. Alucinado me percaté que sin buscarlo mi esposa y su amiga se estaban besando a través de mi miembro. Sin darse apenas cuenta, los labios de ambas se tocaban mientras  sus lenguas jugaban sobre mi piel.
La visión de esa escena y el convencimiento que esas dos me iban a regalar muchas y nuevas experiencias, aceleraron mi excitación y tanto María como Paloma al notarlo buscaron con un extraño frenesí ser cada una de ellas la receptora de mi placer. Os confieso que era tal el maremágnum caricias que no pude distinguir quien era la dueña de la lengua que me acariciaba, ni la que con sus dientes mordisqueaba la cabeza de mi pene hasta que ejerciendo su autoridad María se apoderó de mi pene para ser ella primera en disfrutar de mi simiente.
-¡Yo también quiero!- protestó nuestra vecina.
Compadeciéndose de ella, mi esposa dejó que ambas esperaran con la boca abierta mi explosión, de forma que al eyacular fueron dos lenguas las que disfrutaron de su sabor y ansiosas fueron dos manos las que asieron mi extensión para ordeñar mi miembro y obligarlo a expeler todo el contenido de mis huevos.  La lujuria de ambas era tan enorme que no dejaron de exprimir mi pene y de repartirse su cosecha como buenas amigas.
Os confieso que jamás disfruté tanto  como cuando ellas iban devorando mi semen  recién salido hasta que convencidas que habían sacado hasta la última gota, me preguntaron que si me había gustado.
-Ha sido la mejor mamada que nunca me han hecho- respondí sin mentir en absoluto.
Al oírme alabar sus maniobras, sonriendo se tumbaron a mi lado y se abrazaron besándose. La pasión que demostraron y el modo en que entrelazaron sus piernas me hizo saber que no habían tenido suficiente y  que querían amarse entre ellas. Sobre todo me sorprendió el modo en que mi esposa se comió con los ojos los pechos de nuestra vecina y viendo su indecisión decidí ayudarla:
-¿No te apetece darle una probadita?- pregunté mientras pellizcaba los pezones de Paloma.
María se estremeció al verme masajeando esas dos tetas y sin poder aguantar más las ganas que la consumían se acercó y metió una de sus areolas en su boca mientras con su mano recorría el cuerpo de esa mujer.
-¡Qué gozada!-, gimió Paloma al notar que mi mujer iniciaba  el descenso hacia su vulva.
María, al comprobar que su amiga separaba sus rodillas para facilitar sus maniobras,  no se hizo de rogar y separando con los dedos los labios inferiores de  nuestra vecina, acercó la lengua a su botón de placer. Ella al sentir su respiración cerca de su sexo, sollozó de placer y por eso cuando notó el primer dedo dentro de su vagina, pegó un grito y le rogó que no parara.
-¡Pídemelo! ¡Putita! – respondió mi mujer al tiempo que usaba sus yemas para torturar el botón erecto de su amiga.
-¡Fóllame!- rogó Paloma ya completamente excitada.
Su confesión  fue el inicio de una sutil tortura y bajando entre sus muslos, sacó la lengua para saborear por vez primera del fruto de su coño. La humedad inicial que lucía ya se transformó en un torrente que empapó la cara de mi mujer, la cual habiendo dado el paso se recreó lamiendo y mordiendo su clítoris. Al hacerlo, su trasero quedó a mi disposición y  sin pensármelo dos veces, cogí mi miembro entre mis manos y  la  ensarté metiendo en su interior toda mi extensión.
Esa postura me permitió usar a María mientras ella seguía devorando con mayor celeridad el chocho de Paloma, la cual me sonrió al ver como empalaba a mi mujer. Metiendo y sacando mi pene lentamente me permitió notar cada uno de sus pliegues al ir desapareciendo en su interior y disfrutar de como mi capullo rozaba la pared de su vagina al llenarla por completo. Nuestra vecina al verla así ensartada y sentir su boca comiendo de su coño, no pudo reprimir un chillido y llevando las manos hasta las tetas de mi mujer, le pegó un pellizco mientras le decía al oído:
-Eres tan puta como yo.
Al oírlo, María bajó la mano a su propia entrepierna y empezó a masturbarse al tiempo que respondía:
-Lo sé- mientras totalmente excitada por ese doble estímulo me pedía que acelerara el ritmo de mis penetraciones.
Al obedecerla e incrementar el compás de mis caderas, gimió pidiendo que no parara para acto seguido desplomarse presa de un gigantesco orgasmo. Paloma al comprobar que mi mujer había obtenido su parte de placer y mientras todo su cuerpo se retorcía como poseído por un espíritu, me obligó a sacársela y actuando como posesa, sustituyó mi polla por su boca.
María al notar el cambio, unió un orgasmo con el siguiente mientras Paloma me pedía que me la follara sin parar de zamparse el coño de su amiga. Demasiado excitado por la escena, la agarré de los hombros y de un solo empujón acuchillé su vagina. No llevaba ni medio minuto zambullido en mi vecina cuando mi pene estalló sembrándola con mi blanca simiente.
-¡No me jodas!- protestó al comprobar que me había corrido y buscando obtener su placer antes que mi pene hubiese perdido su erección, me obligó a tumbarme y saltando sobre mí, se empaló totalmente insatisfecha.
Menos mal que mi mujer acudió en mi ayuda y mientras con los dedos la masturbaba, se puso a mamar de sus pechos hasta que pegando un aullido obtuvo su dosis. Agotada cayó sobre mí y con sus últimas fuerzas,  rompió el silencio diciendo:
-¡No me lo puedo creer! ¡Me habéis dejado caliente insatisfecha como una mona!
Sabiendo que era parcialmente mentira, María soltando una carcajada la besó diciendo:
-Tranquila, tenemos un mes para recompensarte.
Paloma, sonriendo, aceptó sus besos mientras me guiñaba un ojo.
 
 
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