-Hola me llamo Caterina, pero puedes llamarme Cat, soy tu nueva psicóloga. –dijo la mujer mientras cogía una carpeta del respetable montón que había encima del escritorio.
-Hola –respondió hosco el hombre mientras valoraba a aquella mujer.
Sus gafas de pasta negra agrandaban los ojos verde oliva y le daban una ligera expresión de sorpresa. Vestía un traje chaqueta de un  discreto color negro, pero que se ceñía a su figura como una segunda piel. Los botones de su camisa inmaculadamente blanca estiraban la tela entorno a su generoso busto creando finas arrugas y pequeños huecos  entre ellos por los que se adivinaba el suave tejido de su sujetador. El hombre sintió una punzada de deseo y cambió de postura en la silla haciendo tintinear sus cadenas.
.¿No sabes que aquí somos todos inocentes?
-Odio a los gallegos, no hay cosa que más me jorobe que me respondan con otra pregunta.
-Si lo prefieres puedo responder con silencios y omisiones como nuestro querido presidente, también gallego por cierto.
La mujer se levantó  y sin soltar el informe lo ojeó mientras se apoyaba en el frente del escritorio. Su falda de tubo, ligeramente por encima de la rodilla y sus largas piernas rematadas en unos tacones de aspecto barato pero vertiginosos, provocaron un nuevo tintineo de cadenas.
-¿Estas nervioso? –pregunto Cat que se ahora si se había percatado del gesto de incomodidad de Mario -¿O es más bien tu manera de ser? Por lo que veo llevas aquí apenas tres semanas y ya te has visto envuelto en dos altercados.
-¿Altercados?
-Otra vez, otra pregunta, se te da bien este jueguecito –dijo la mujer levemente irritada.
-¿De veras? –replico Mario cachondeándose.
-Vale, basta de jueguecitos, esto es serio, mis informes pueden ser muy importantes para que consigas la condicional en un futuro,  así que colabora un poco más o te pudrirás en este antro. Cuéntame que paso en las duchas..
-Yo no tuve la culpa. Ya lo sabes, soy inocente. Defensa propia. –Respondió Mario con sorna.
-¿Llamas defensa propia a dos codos dislocados y una muñeca fracturada? –inquirió con dureza la psicóloga mientras tiraba el informe sobre la mesa –y lo del comedor, ¿También fue defensa propia?  Lástima que haya diez testigos que aseguran haber visto como lo atacabas sin mediar palabra y le rompías la mandíbula.
-No quiero hablar de eso.
-¿Cómo que no quieres? ¿Te crees que esto es una consulta de cien euros la hora? –gritó Cat enfadada. –Me parto el culo trabajando con vosotros por un mísero sueldo de mierda. Intentando recuperaros para la sociedad, luchando contra vuestras   insinuaciones y tratando de hacer ver a la gente que sois personas.
Cat se había acercado mientras hablaba hasta que su cabeza estuvo justo encima de la de él. El aroma de un perfume fresco y caro invadió sus fosas nasales a la vez que minúsculas gotitas de saliva de la enfadada joven escapaban de aquellos labios rojos y sensuales que no dejaban de gritarle y provocarle. Finalmente no pudo más y se irguió de la silla. Su metro ochenta y cinco y su cara ruda con la nariz de boxeador hicieron que Cat diera dos pasos atrás.
-Tu que coño  sabrás. –Le interrumpió él con desprecio haciendo tintinear las cadenas –Por si no te habías dado cuenta,  esto no es un jardín de infancia. La vida en la cárcel es dura, y en esta más. O eres de los que dan o de los que reciben y en todos los sentidos.
-¿Quieres saber?  -pregunto Mario con un tono frio como el hielo y arrinconando a la joven contra el escritorio –Muy bien.  Ahí va. El primer día cuando estaba en la ducha, llego el comité de bienvenida a desearme una feliz estancia. Tres tipos entraron desnudos acariciando sus vergas mientras que con una sola mirada despejaban el lugar. Y en efecto, no hice lo que debía. No me deje sodomizar y les zurre. Les pegué metódicamente. Sin piedad. Haciéndoles daño a conciencia para no tener que volver a hacerlo otra vez.
La respiración de Cat era agitada, el cuerpo robusto de aquel hombre le arrinconaba obligándola a mantener una postura incómoda apenas equilibrada por las manos que tenía apoyadas tras ella en el escritorio. Su rostro estaba tan cerca del de él que podía oler la mezcla de aftershave barato, pasta de dientes penitenciaria y sudor que desprendía. Pensó en dar la alarma pero las palabras de Mario y  su mirada hipnótica y furiosa  interrumpieron el hilo de sus pensamientos:
-Hace tres días, un tipo me dijo que el Gordo Cabrón, así le llaman,  quería darme una paliza. Seguramente era mentira, pero en el trullo no hay tiempo de pedir pruebas, contrastar declaraciones y hacer careos, así que fui al comedor dispuesto a todo. Al entrar,  los pocos que estaban comiendo se giraron.  Gordo alzo sus dos metros y sus ciento cincuenta quilos de la silla y se dirigió hacia mí. Los guardias en la puerta se mantenían quietos y miraban la escena con una mezcla de desdén y curiosidad.
-Di otro paso más y esperé –continuó el preso dando otro paso delante haciendo que el áspero tejido de su mono rozara sus largas piernas – De repente con un movimiento sorprendentemente rápido para su tamaño se abalanzó sobre mí y me dio un puñetazo en la boca del estómago. Resoplando y boqueando retrocedí y le lance una bandeja de comida. Aquella bestia de puré de verdura vaciló un  instante, el tiempo justo para reponerme y sacudirle dos derechazos que impactaron en su cara. El tipo, al igual que los guardianes, ni siquiera pareció enterarse. Me lanzó dos puñetazos que esquive sin problemas y avanzó hacia mí intentando arrinconarme en una esquina, pero yo le golpeaba y me escurría hasta que una patada afortunada le alcanzo la rodilla. Gordo Cabrón vaciló e hincó una rodilla en tierra…
Cat estaba hipnotizada por el relato de aquel hombre, su cuerpo temblaba ligeramente no sabía si por la intensidad del relato o por la incómoda postura que él le obligaba a adoptar.
-… Gordo Cabrón bajo las manos para, apoyándolas en la otra rodilla  poder levantarse y no desaproveche su error.  Mi pie impacto de lleno en su mandíbula con   un escalofriante crujido. Eso sacó a los guardias de su aparente desinterés y me impidieron estrangularle…
Cuando  Mario terminó el relato sus manos rodeaban el suave cuello de Cat. Eran unas manos rudas y ásperas, acostumbradas al trabajo duro, pero acariciaban el cuello de Cat con la suavidad de un pulidor de piedras preciosas.
Sin pensarlo dos veces se puso de puntillas y le besó.
Los labios cálidos y suaves de aquella mujer estaban rozándole.  Con el apremio de meses sin tocar una mujer le devolvió el beso con violencia, introduciendo la lengua en su boca y saboreando todo su interior. Sabía a humo y a caramelos de menta. Retiró las manos de su cuello y con las cadenas tintineando entorno a su muñeca, las paso por encima de su cabeza y le rodeo la cintura.
Sus cuerpos se unieron en un estrecho abrazo, los pechos de ella vibraban contra el torso de él y el miembro de él palpitaba erecto contra la pierna de ella.
Cat interrumpió el beso para coger aire, todo su cuerpo vibraba anhelando aquel hombre.
-No deberíamos… -dijo Cat entre jadeos.
-¡A la mierda! ¿Te crees que estoy aquí por ser un tío responsable?  -replicó Mario mientras se agachaba y le levantaba la falda.
Cat reaccionó e intento bajarla pero apenas había empezado el gesto cuando los labios de él se cerraron sobre su sexo.
La fina seda del tanga apenas mitigó la avalancha de sensaciones.  Su sexo hervía de lujuria  y su cuerpo se arqueaba con el placer.
 De un violento empujón Mario la elevó por el aire y la depositó sobre el escritorio. Cat abrió sus piernas y se dejó hacer.
Los labios y las manos de Mario recorrían el interior de sus piernas acercándose poco a poco a su sexo mientras ella se desabrochaba la camisa. Su cuerpo entero ardía de deseo cuando el apartó la húmeda tela del tanga para lamer su interior con glotonería.
Aquella mujer sabía a gloria, su sexo inflamado y húmedo destacaba bajo su pubis  desvergonzadamente rasurado. Al intentar levantar un poco más su falda, la cadena de los grilletes, fría y dura, rozó su clítoris arrancándole un respingo. Como disculpándose Mario lo envolvió con el calor de su boca y la vida de su lengua.
Cat jadeaba y se retorcía con cada lametazo de aquella lengua diabólica. Sus manos se agarraron con fuerza a la cabeza de Mario cuando los dedos de este resbalaron en su interior.
Los dedos de Mario  entraban y salían de su vagina sin dejar de acariciar aquel  sexo rojo y tumefacto con la lengua. Cat jadeaba y maldecía en bajo meneando las caderas al ritmo de las manos del malhechor.
-Déjame, –Dijo Cat incorporándose, apartándole con un suspiro y agarrando los grilletes de Mario por la cadena –ahora me toca a mí.
Con un par de tirones arrastró a Mario y lo sentó en el cómodo sillón reclinable del escritorio. Se inclinó sobre él y le volvió a besar.
Intento acariciarle los pechos pero la postura y los grilletes entorpecieron la maniobra. Cat, al percatarse se apartó y se quitó la camisa y el sostén lentamente, dejando a la vista unos pechos grandes erguidos y blancos. Mario intento incorporarse para tocarlos pero ella le empujo con el zapato de tacón y le hizo caer de nuevo en la silla mientras se acariciaba los pezones con un  con un gesto travieso. La falda y el tanga desaparecieron dejando aquel cuerpo sinuoso y turgente desnudo a la vista de él.
No hizo falta que volviese a incorporarse porque ella se inclinó sobre él dejando unos pezones rosados y duros a escasos centímetros de su cara. Ella jadeo de nuevo cuando él los introdujo en su boca y los chupó y mordisqueo con lujuria mientras Cat frotaba su sexo contra la áspera tela del mono penitenciario.
Con los ojos humedecidos por el deseo bajó la cremallera del mono y le saco el miembro erecto y duro como una estaca del bóxer para metérselo en la boca. Con delicadeza recorría el glande con su lengua y con sus labios, sorbiendo ligeramente y arrancándole palabrotas a Mario mientras con la mano libre se acariciaba el sexo con suavidad.  Cuando le pareció que Mario ya no podía aguantarse más se apartó. El pene erecto se movía espasmódicamente buscando un lugar suave y húmedo. Se inclinó y lo golpeó con sus pechos, lo introdujo entre ellos y subió arriba y abajo toda su longitud hasta que un jugo caliente y espeso corrió entre ellos.
Antes de que Mario pudiese hacer nada volvió a coger el pene aun duro entre sus manos y  lo chupo con energía. Cuando noto que la excitación y el deseo volvía a correr por él     trepo por la silla y lo introdujo  en su interior. Era como si un hierro duro y candente se clavara en sus entrañas. Mientras subía y bajaba por el jadeando de placer, él manoseaba  sus pechos y la acosaba con besos bruscos y apresurados.
Su pene palpitaba y se retorcía cada vez que Cat se deslizaba por él. Ella jadeaba y continuaba subiendo y bajando aquel esplendido cuerpo, ahora sudoroso y jadeante por el esfuerzo y por el placer.
Cat se dio la vuelta y volvió a introducir el pene de Mario en su interior. Ahora con cada empeñón los huevos de Mario aprisionados por la cremallera del mono y por el calzoncillo golpeaban la parte externa de sus genitales abiertos como una flor.  Estaba tan excitada que no pudo contenerse más y se corrió. El placer,  como un fuego incontrolable proveniente de su sexo, prendió y se expandió por su cuerpo agarrotándola e impidiéndola respirar por un segundo.
Mario no le dio ninguna oportunidad, apenas recuperada del orgasmo, se irguió  y empujandola contra la mesa la volvió a penetrar. Al principio creía que se iba a resistir pero lo que hizo fue separar las piernas y apoyar mejor los brazos para ponerse un poco más cómoda. Mario a su vez fue desplazando las manos desde su culo hasta su espalda sin dejar de embestirla a un ritmo frenético.
 El sudor de él caía sobre el suyo derramándose por su cuerpo, haciéndole cosquillas y excitándola aún más. Su vagina vibraba y le atormentaba con nuevas oleadas de placer cada vez que aquel miembro duro penetraba con violencia en su interior obligándola a morderse los labios para no gritar.
Mario interrumpió un momento el vaivén esperando que Cat echase un poco la cabeza hacia atrás para poder respirar un poco de aire extra. Mario, con un movimiento fulgurante paso las manos esposadas por encima de la cabeza  y tiro hacia atrás de modo que las esposas se apretaron en torno al cuello de Cat. Todo el cuerpo de Cat se puso rígido.
-Vil, cruel e fementido. –le susurro Mario al oído sin dejar de follar aquel cuerpo agarrotado por el miedo.
Cat se asustó al sentir la falta de aire pero Mario aflojo ligeramente la presa  sin dejar de penetrarla . Nunca había sentido nada así, aquel hombre incansable, la falta de oxígeno y el subidón de la adrenalina le ayudaron asentir cada sensación, la polla de aquel delincuente abriéndose paso en su vagina, los testículos chocando contra el exterior de su sexo, las piernas sudorosas golpeando las suyas con un ruido húmedo, la cadena de las esposas clavándosele en el cuello cada vez que tiraba de ella para poder penetrar más profundamente en su interior… Los brutales empujones del atracador le hacían retorcerse de placer. Todo su cuerpo temblaba y vacilaba  con las embestidas. Llegó un primer orgasmo agudo y rápido como un relámpago  seguido de un segundo instantes después más largo y perturbador como un trueno lejano.
Mario no pudo más y con un último empujón su polla se retorció y con una serie de espasmos que parecían no tener fin derramo el contenido de sus testículos en el interior de aquel espléndido cuerpo arqueado por  sucesivos orgasmos.
Con cierta dificultad se desenredaron jadeantes. La polla de Mario yacía exhausta pegada contra la pierna, mientras que por los muslos de Cat  corrían, ayudados por la gravedad, una mezcla de semen y secreciones orgásmicas.
Cat le dio un beso largo y dulce antes de adecentarse un poco con unos kleenex y vestirse de nuevo.
Mario se quedó mirando cómo se vestía. Intentando grabar cada lunar y cada gesto en su memoria de lobo solitario.
 
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