La sala de conferencias de una cárcel de alta seguridad es un puñetero asco, la mayoría de los teléfonos o no funcionan o están tan pringosos de todo tipo de detritus que preferiría acercar su oreja al culo del puto más tirado del correccional.  Además había que olvidarse  de tener cualquier tipo de  intimidad para decir nada y menos para concretar un plan de fuga.
Pero gracias a San Internet y un corrupto funcionario venezolano Ingrid consiguió un título de derecho por la universidad de Caracas en cuarenta y ocho horas, eso sí, previo pago de dos mil quinientos dólares USA. El titulo no le permitía  ejercer,  pero con ese papel y un justificante de que había comenzado los trámites para convalidar el título podía solicitar una visita abogado-cliente.
La sala que les proporcionaron no era muy grande pero era mucho más cómoda. Tenía una mesa de formica y dos sillas de oficina que obviamente provenían de una sustitución de mobiliario que se habría producido hace tiempo en administración. Se las veía baqueteadas pero bastante cómodas. El único adorno de la habitación era un colorido poster que advertía de las consecuencias de practicar el sexo “consentido” sin protección y un gigantesco espejo en la pared de la derecha que obviamente ocultaba una ventana para vigilar discretamente a los asistentes y que no hubiese contactos no autorizados.
Cuando llegó, Ingrid aún no estaba allí, así que se dedicó a inspeccionar detenidamente las aviesas fotografías del poster y a saludar al tipo que estaba detrás del espejo,  antes de tantear las sillas y esparrancarse cómodamente en la que le pareció mejor, a espaldas del espejo.
La paciencia nunca había sido una de sus virtudes pero reconocía que los cuatros meses que llevaba en este pútrido agujero le habían ayudado a cultivarla con esmero, de forma que los veinte minutos que pasó allí sentado no le resultaron demasiado pesados. Cuando estás planeando una fuga todos los tiempos muertos  los ocupas dándole  vueltas al asunto y  pensando en todo lo que puede fallar y en cómo prevenirlo.
La puerta se abrió finalmente e Ingrid entró en la sala precedida por un funcionario que se dedicó a escudriñar todos los rincones de la vacía estancia antes de irse y dejarnos solos.
El aspecto de Ingrid le hizo sonreír. Como siempre, a todos los disfraces les tenía que aportar su nota. Sólo ella podía arreglárselas para que un gris traje chaqueta de buena marca, pero de lo más convencional me provocara una erección. Había recortado la falda casi un palmo de manera que en vez de estar ligeramente por encima de la rodilla le llegaba únicamente a la mitad del muslo y se ceñía tanto a su culo que Mario, el guarda que acababa de irse, el tipo del espejo y  hasta un ciego podían notar el relieve que marcaban en el fino tejido las trabillas del liguero. Las medias de un color claro, con un dibujo en forma de costura negra adornando  la parte posterior de sus piernas largas y flexibles,  acababan en unos zapatos negros con tacones de aguja y la suela color rojo corazón aplastado. La chaqueta era dos tallas pequeña y sólo llevaba los dos botones inferiores abrochados apretujando y juntando sus pechos que se podían entrever a través del escote de una fina blusa blanca cerrada en la parte superior por un pomposo lazo. Para más inri se había pintado la cara a conciencia y sus labios destellaban con su habitual rojo cereza.
En cuanto el guarda cerró la puerta tras de sí, ella, ignorando a Mario por completo, posó el maletín que llevaba en la mano sobre la mesa y se dirigió directamente al espejo, se colocó el pelo  se apretujó la chaqueta inclinándose ligeramente para que los mirones del otro lado pudiesen tener una buena panorámica de sus pechos y se dio la vuelta:
-Hola querido, soy Conchita, tu nueva bogada. Estoy encantada de conocerte. –comenzó alargándome la mano para simular un saludo profesional.
El contacto con aquellas manos de dedos largos suaves y delgados, desprovistos de anillos pero con las uñas largas, afiladas y teñidas de intenso color rojo desbordaron su cerebro con recuerdos. Ella lo notó y sonrió frunciendo los labios con descaro para  desesperación de Mario.  En ese momento, su único anhelo era levantarle las faldas y sodomizarla haciéndola gritar de dolor y deseo.
Después del saludo, él se volvió a sentar pero ella siguió de pie y dio una vuelta por la habitación examinando todos los recovecos con atención buscando cualquier cosa sospechosa de ser un micro  o una cámara. Mientras ella inspeccionaba, él lo hacía también. Seguía igual que el día que la conoció, sus movimientos elásticos y contundentes desde lo alto de esos tacones le recordaban lo mucho que le gustaba follarle con ellos puestos. Mario seguía hipnotizado por la superficie aterciopelada y roja que recubría la parte inferior, entre el tacón y la suela.
Finalmente se dio por satisfecha y se sentó frente a él. Abrió el maletín y saco un block y un lapicero y se puso a hacer dibujitos mientras hablaba en voz baja y escondía su cara de los mirones detrás de mi cabeza:
-Bien cariño, ahora cuéntame.
-Me ha surgido una oportunidad que quizás podamos aprovechar. –Respondió él –resulta que han contratado una nueva psiquiatra, es una buena chica, recién salida de la facultad, pero un poco inocente. La verdad es que no me ha costado demasiado seducirla.
-¿Y hará ese bicho todo lo que le mandes?
-Por las buenas o por las malas. El caso es que está jodida. Puede hacerlo porque yo se lo pida o puedo chantajearla. Además no le voy a pedir nada excesivamente comprometedor. Estos días me estoy portando de la forma más inestable posible. Le sugeriré que pida una evaluación psiquiátrica de mi personalidad con vistas a llevarme a un bonito sanatorio y poder visitarme todos los días y no sólo un día por semana como hasta ahora. Probablemente eso sea suficiente. Ese tipo de reconocimientos se suele hacer siempre en el mismo lugar, no te costará mucho encontrarme. Tenemos dos opciones, uno, que me liberes en el viaje de ida o de vuelta del lugar de reconocimiento o dos que me saques de allí en mitad del reconocimiento.
-Creo que la primera opción tiene más riesgos, habrá más personal pendiente de mí, sin embargo en la clínica donde me realicen el reconocimiento, lo difícil será entrar,  pero una vez dentro será todo coser y cantar.
-No parece mala idea, -aprobó Ingrid – yo y otras dos personas disfrazados de personal, con armas cortas… Podemos interceptarte en uno de los traslados por el interior del complejo, vestirte de paisano y salir por una puerta lateral. Si vemos que la cosa se pone un poco dura siempre podemos activar la alarma de incendios. De todas maneras, para estar seguros deberíamos llevarnos a la chica como rehén.
-Ya lo había pensado pero no sé, quizás nos retrase en nuestra huida. Y luego ¿Qué haríamos con ella?
-Matarla, por supuesto ya sabes que no me gustan los testigos. –Dijo fríamente Ingrid – ¿O le estás cogiendo cariño?
Antes de que pudiese responder note como su zapato se había colado entre mis piernas y me acariciaba con suavidad el paquete.
-Quizás ahora esa furcia te gusta más que yo. –me reprochó Ingrid haciendo un mohín.
-Sabes que eso es una tontería –respondió  ofendido bajándose la bragueta disimuladamente.
 -Más te vale,  -replicó ella clavándome con una fuerza cuidadosamente calculada el tacón de aguja en el escroto –porque lo más probable es que tenga que morir.
Mario soltó un respingo pero no dijo nada, concentrado únicamente en su erección.
Con su habitual maestría, se las arregló para introducir el pene en el puente del zapato y empezó a acariciárselo con suavidad. De vez en cuando giraba el tobillo y haciendo palanca con el tacón presionaba y doblaba su polla erecta para luego soltarla de un golpe y dejarla moviéndose sola, dura y desconsolada en busca de sexo.
Con un movimiento lento y aparentemente casual separó un poco la silla hacía atrás lo suficiente como para que pudiese verle las rodillas y el principio de las piernas desde el otro lado de la mesa. Poco a poco y sin dejar de observar la expresión ansiosa de Mario, fue separando las piernas milímetro a milímetro. La suave banda elástica de las medías adornada con motivos vegetales daba paso a la pálida piel del interior de sus muslos. Cuando termino de abrirse para él, descubrió que no llevaba bragas y Mario pudo ver como de su sexo rojo e hinchado escapaba una gota de líquido claro que resbalaba poco a poco por su piel en dirección a la silla.
Le costó horrores contenerse y no tirarse encima de ella como un animal. Sus manos se agarraron al canto de la mesa hasta que los nudillos se pusieron blancos. La visión del coño húmedo y cuidadosamente arreglado de Ingrid tan cerca y tan lejos le devolvió a los salvajes encuentros que habían tenido en el pasado.
Ingrid volvió a acercarse a la mesa y quitándose el zapato comenzó a acariciarle la polla con sus dedos y con sus medias de seda.
-¿Recuerdas mis polvos? –Comenzó sin parar de recorrer toda la longitud de aquel pene con sus pies -¿Recuerdas cómo jugaba con tu pene en mi boca? ¿Cómo me lo metía entero y me lo sacaba poco a poco atrapado entre mis dientes?
-Si recuerdo alguna vez las marcas de tus dientes en mi glande, recuerdo tu cuerpo retorciéndose cada vez que te penetraba, recuerdo tus gritos, tus arañazos y tus mordiscos cada vez que mis bolas golpeaban contra tu sexo… -continué yo, intentando apretarme contra sus pies calientes y agiles.
-Quiero que cuando te folles a esa mosquita muerta rememores las veces en que me penetrabas por detrás y me follabas sin contemplaciones, cubriéndome con tu cuerpo y mordiéndome la nuca y la espalda como si fuese una leona…
El movimiento de sus pies se hizo más rápido, lo mismo que la respiración de Mario. Ingrid con sorprendente habilidad engancho la punta del pene con su media y tiro hacia abajo envolviendo parte de la polla con el suave tejido. Cada vez que tiraba hacia abajo la malla de seda se le clavaba con deliciosa suavidad en el pene, cuando subía los dedos de Ingrid recorrían su verga y jugaban con sus partes más sensibles mientras que con el otro pie le acariciaba los huevos.
Incapaz de contenerse por más tiempo Mario se corrió empapando la punta de la media y los dedos con su semen espeso y caliente.  Ingrid siguió acariciándole unos segundos más hasta que el pene termino de moverse y comenzó a contraerse lentamente.
Sin decir una palabra se puso los zapatos, recogió el block metiéndolo en la cartera, se levantó y colocándose la ropa le saludo con formalidad mientras que con sus ojos de gata le decía todo tipo de guarradas.
Sin levantarse de la silla, Mario la vio alejarse maravillándose de cómo podía mantener aquel paso ágil y felino con aquellos zapatos húmedos y aquellas medias pringosas de sexo.

Pasaron los días sin que Cat tomase ninguna decisión. Finalmente lo dejo pasar y se juró a sí misma que no volvería a cometer ninguna locura parecida en su vida… 


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