Capítulo 5

Despertar en brazos de dos bellezas es algo de lo que pocos hombres pueden alardear. Personalmente creo que es una sensación increíble el sentirse amado, deseado por una mujer pero esa mañana eran un par las que abrazadas a mí, dormían exhaustas tras una noche de pasión.
«Me podría acostumbrar a esto», pensé mientras observaba extasiado a esos dos monumentos durmiendo. Eran dos hembras de bandera pero distintas.
Patricia con sus treinta y dos años era un espectacular ejemplo de espectacular rubia que conjugaba un cuerpo perfecto con una fogosidad a explorar. Jamás se me hubiese pasado por la cabeza que esa amiga de juventud escondiera en su interior una amante ardiente, pero ahora que lo había descubierto pensaba explorar esa faceta a fondo. Sus pequeños y duros pechos eran ya de por sí una tentación pero si a eso le uníamos una cintura de avispa y unas piernas bien moldeadas, supe que de dejarla libre no tardaría en conseguir que un hombre que la adorase.
María, mi criada y amante, no le iba a la zaga. Morena de revista y con cara de no haber roto un plato, parecía sacada de un desfile de modas y para colmo durante los años de servicio en mi casa, esa veinteañera de grandes senos se había revelado como una fiera en la cama.
Mirándolas me di cuenta que no podía perder a ninguna de los dos aunque eso supusiera tener que modificar la rutina en la que llevaba instalado tantos años. El tema no era sencillo porque no podía olvidar que Patricia era todavía oficialmente la esposa de Miguel y nuestro entorno no entendería que de primeras esa monada pasara a ser públicamente mía. Y qué decir de mi relación con mi compañera de los últimos cinco años, relación que por su bien mantuve oculta a los ojos de su pueblo para que no sufriera las insidias de la gente.
«Debo de tomar una resolución equitativa para ambas», medité. Sabía que no podía hacer del conocimiento general que habían aceptado voluntariamente formar parte de un trio pero tampoco se merecían que las escondiera como si fueran apestadas.
Estaba todavía pensando en ello, cuando aún somnolienta María abrió los ojos, sorprendiéndose de ver que yo que estaba despierto.
-Buenos días- me empezó a decir.
Pero entonces cerrándole la boca con un beso le dije:
-Quiero verte haciéndole el amor.
La muchacha sonrió al escuchar mi orden y dándose la vuelta, se concentró en la mujer que tenía a su lado. Sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo desnudo y aun dormido de mi amiga mientras yo permanecía atento a sus maniobras. Cogiendo un pecho con sus manos, empezó a acariciarlo mientras Patricia seguía soñando. Sin poderlo evitar sus pezones se erizaron al sentir la lengua de mi criada recorriéndolos, y en su sueño se imaginó que era yo el que lo hacía.
Sin abrir los ojos se fue calentando e inconscientemente entreabrió sus piernas facilitando la labor de la morena. Desde mi privilegiado puesto de observación vi como ésta le separaba los labios y acercando su boca se apoderaba de su clítoris. La rubia recibió las caricias con un gemido mientras se despertaba. María, al notarlo, usó su dedo para penetrarla mientras seguía mordisqueando el botón del placer. Al abrir sus ojos, me vio mirándola y fue por primera vez consciente que quien la estaba masturbando era mi amante.
-Disfruta-dije pasando mi mano por un pecho: -Me encanta ver cómo te posee-.
Un tanto cortada se concentró en las sensaciones que estaba sintiendo en ese momento a estar siendo acariciada por dos personas de distinto sexo. Y es que aunque la noche anterior había participado en un trio por primera vez, no pudo dejar de darse cuenta que le gustaba la forma en que esa jovencita le estaba haciendo el sexo oral.
«Nadie me lo ha hecho con tanta delicadeza», murmuró para sí al notar que la chavala metía el segundo dedo en el interior de su coño.
Esa experiencia jamás disfrutada provocó que el placer empezara a florecer en su interior y con un jadeo, presionó con sus dedos la negra melena contra su sexo exigiéndole que la liberara. María no se hizo de rogar y usando su traviesa lengua, se dedicó a minar la resistencia de la ex de Miguel jugando con su clítoris.
-¡Por favor! ¡No pares!- aulló Patricia experimentar la caricia de una yema recorriendo su ojete.
Mi criada al escuchar que no se oponía sino que deseaba ver su esfínter desflorado, introdujo una primera falange en ese hoyuelo sin anticipar que con ello la mujer estallara en un orgasmo que empapó sus mejillas. Entonces completamente dominada por la pasión y con su propio coño hirviendo de placer, se lanzó en cuerpo y alma a satisfacer a la rubia.
Ese renovado afán llevó a Patricia a alcanzar un clímax tras otro retorciéndose sobre el colchón y justo creía que no iba a poder más, me oyó decir mientras las cambiaba de posición:
-Es hora que le devuelvas el placer.
No hizo falta que le aclarara nada más, en cuanto vio el coño de mi criada, se lanzó como una fiera sobre él y separando con los dedos los labios inferiores se apoderó de su clítoris.
-Ahí tienes el premio a tu fidelidad – dije a María dejándolas solas mientras desaparecía rumbo al baño…

Llevaba diez minutos en el jacuzzi cuando las vi entrar radiantes. La alegría de sus rostros era muestra suficiente de lo satisfechas que les había dejado ese encuentro lésbico por ello no me sorprendió que, sin que yo tuviese que pedírselo, las dos me empezaron a enjabonar con cariño. No tuve que ser premio nobel para advertir en esas tiernas caricias una entrega que rayaba en la devoción y disfrutando del momento, cerré los ojos para que nada empañara el momento.
Durante largo tiempo, permanecí inmóvil mientras me bañaban y curiosamente al salir de la bañera, la más dispuesta para secarme fue la ex de Miguel que melosamente me rogó que la dejara a ella ese honor. Ni siquiera escuchó mi respuesta y cogiendo una toalla, me esperó en mitad del baño con una sonrisa en su boca.
Me hizo gracia su disposición y por eso no me quejé cuando agachándose sobre las baldosas de mármol, me empezó a secar los pies. Sus manos y la tela fueron recorriendo mis piernas sin que nada en ella delatara que sentía incomodidad alguna por mostrarse tan servil e incluso cuando llegó a mi sexo, demostrando una profesionalidad digna de alabanza se entretuvo secando todos y cada uno de mis recovecos sin que en su cara se reflejara ningún tipo de disgusto.
Y solo cuando mi pene reaccionó a ese contacto endureciéndose, la treintañera sonrió diciendo:
-Al igual que María, soy y seré siempre tuya.
Esa frase escondía un significado evidente y que no era otro que si en ese momento deseaba una mamada solo tenía que pedírselo. En ese instante comprendí que me encontraba frente a un dilema que no era otro más que definir el tipo de vínculo que me uniría con esa mujer en el futuro. Sabía que si le ordenaba hacérmela, Patricia aceptaría sellando con ello su subordinación a mí pero no sabía si eso era lo que le convenía después de un matrimonio opresivo. Por eso mi respuesta levantarla del suelo y besarla.
La ex de Miguel recibió mis besos con una pasión desconocida en ella y mientras recogía mi verga en sus manos, murmuró:
-Hazme el amor.
La urgencia con la que me lo pidió, me obligó a cambiar de planes y llevándola en brazos hasta la cama, la besé nuevamente. Contra toda lógica era ella la más necesitada cuando apenas unos minutos antes había disfrutado de María y sin esperar que terminara de tumbarme, me ofreció sus pechos diciendo:
-Necesito entregarme a ti.
Comprendí que sus palabras eran mitad suplica y mitad orden. Se sabía hermosa pero necesitaba sentirse deseada y por ello decidí complacerla mordisqueando uno de sus pezones. Patricia, totalmente contagiada por la pasión, se quedó quieta mientras mi lengua jugaba con su areola. Su mutismo permitió que mis caricias se fueron haciendo cada vez más obsesivas sabiendo que ella estaba disfrutando de ese ataque.
-Eres un cabrón- gimió al sentir que con mis dedos le regalaba un dulce pellizco al pezón libre. Olvidando su recato dejó de disimular y comenzó a gemir como una loca.
Haciendo caso omiso a su turbación, profundicé mi asalto bajando por su cuerpo con mis manos hasta llegar a su entrepierna. No sé qué me resultó más excitante, si oír su aullido o descubrir que llevaba el tanga totalmente empapado.
-¡Quiero ser tuya!- imploró con los ojos inyectados de lujuria al notar que mis yemas se habían apoderado de su clítoris.
Totalmente desencajada, tuvo que sufrir en silencio la tortura de su botón mientras como un depredador acorralando a su presa, yo disfrutaba al certificar que no poco a poco mis toqueteos estaban elevando el nivel de la temperatura de su cuerpo.
-Córrete para mí- susurré en su oído.
La rubia que había estado reteniendo sus ganas de correrse al escuchar mi deseo, se liberó dejando que su cuerpo siguiera su instinto y dando un grito se desplomó sobre las sábanas. Me encantó comprobar que también cuando la amaba tiernamente se excitaba y por ello cuando cogió mi sexo con sus manos la dejé continuar.
-Me vuelves loca- exclamó al comprobar mi erección y abriendo sus labios fue devorando mi polla lentamente hasta que la acomodó en su garganta.
Entonces y solo entonces, empezó a meterlo y a sacarlo de su interior con un ritmo endiablado. Su pericia y la tensión acumulada desde que me desperté provocaron que mi cuerpo reaccionara violentamente y exploté derramando mi simiente en su boca.
La ex de mi amigo recibió su regalo con satisfacción y en plan goloso fue devorando mi simiente al ritmo con el que mi pene la expulsaba hasta que habiendo comprobado que ya me había ordeñado, con su lengua limpió los restos y sonriendo, me soltó:
-¿Quieres que llame a María para que me ayude a levantarlo otra vez? ¡Necesito que me hagas tuya!
Supe que me estaba retando y haciendo tiempo para recuperarme, hundí mi cara entre sus piernas. Su sexo me esperaba completamente mojado y al pasar mi lengua por sus labios, su aroma de mujer inundó mis papilas.
-Para ser tan zorra, tienes un coño riquísimo- comenté muerto de risa al ver lo bruta que estaba y recreándome en su sabor, recogí su flujo en mi boca mientras mis manos se apoderaban de sus pechos.
Patricia colaboró separando sus rodillas y posando su mano en mi cabeza, me exigió que ahondara en mis caricias diciendo:
-Fóllame y seré eternamente vuestra.
Que incluyera a mi criada y amante en esa promesa me volvió loco y pellizcando sus pezones, introduje mi lengua hasta el fondo de su sexo. Patricia al experimentar esa nueva incursión aulló de placer y casi llorando, me rogó que la tomase. Obviando sus deseos, seguí enredando con mi lengua en el interior de su cueva hasta que nuevamente sentí cómo el placer la dominaba y con su cuerpo temblando, se corría en mi boca.
Su enésimo orgasmo, azuzó mi lujuria y tumbándola boca abajo sobre las sábanas, de un solo empujón rellené su coño con mi pene. Ella al experimentar el modo con el que mi glande chocaba contra la pared de su vagina, gritó presa del deseo y retorciéndose como posesa, me pidió que la diera caña. Obedeciendo me apoderé de sus senos y usándolos como apoyo, me afiancé con ellos antes de comenzar un galope desbocado sobre ella.
Lo que no me esperaba fue que berreando entre gemidos, la ex de mi amigo me gritara:
-Júrame que vas algún día vas a preñarme. Quiero que seas el padre de mis hijos.
No lo había pensado pero la idea que mi semilla fertilizara su vientre, me hizo enloquecer y fuera de mí, incrementé el ritmo con el que la penetraba. La rubia premió mis esfuerzos chillando que me corriera en su interior porque sentía que le había llegado la hora de ser madre.
Su confesión espoleó mi lujuria y cogiéndola de los hombros, profundicé mis embestidas hasta que completamente descompuesta se corrió nuevamente. Si estar satisfecho, convertí mi galope en una desenfrenada carrera que tenía como único objetivo derramar mi simiente en su útero pero mientras alcanzaba mi meta llevé a mi amante a una sucesión de ruidosos orgasmos.
Cuando con mi pene estaba a punto de explotar, la informé que me iba a correr. Ella al oírlo, contrajo los músculos de su vagina y con una presión desconocida por mí, obligó a mi pene a vaciarse en su vagina.
Agotado por el esfuerzo, me deje caer a su lado. Patricia me recibió entre sus brazos con alegría y comportándose como la más tierna amante, murmuró dichosa:
-Te tengo que dar las gracias por hacerme tan feliz. Llevaba años sobreviviendo y jamás pensé que volvería a recobrar las ganas de disfrutar de la vida.
Sus palabras me hicieron recordar el suplicio que había pasado en su matrimonio y comprendí que había llegado la hora que lo dejara atrás.
-Tenemos que hablar- respondí y tras lo cual le pedí que llamara a María.
Sin preguntar el motivo y cogiendo una bata, salió corriendo por la muchacha mientras en la cama me ponía a ordenar mis ideas. La morena debía de estar preparando el desayuno porque todavía llevaba el delantal al volver con ella al cuarto. Se notaba en sus rostros que eran conscientes de la importancia de lo que quería decirles y por ello no pusieron objeción alguna a sentarse en el sofá cuando se los pedí.
«Son preciosas», pensé mirándolas y queriendo dar una cierta formalidad, me vestí mientras ellas esperaban en silencio sin quejarse.
Una vez vestido, cogí una silla y tomando asiento frente a ellas, comenté a la que llevaba siendo mi amante desde que cumplió los dieciocho:
-María, me acabo de dar cuenta que he sido injusto contigo…- la cara de la cría empalideció al oírme quizás creyendo que ahora que tenía otra mujer la iba a echar de mi lado, al no querer que sufriera directamente le dije: – Me has dado tu amor sin pedirme nada a cambio y por ello te pregunto si quieres ser mi esposa a todos los efectos.
Lo último que se esperaba era que le pidiera matrimonio y por eso tardó unos segundos en lanzarse a mis brazos respondiendo que sí. Habiendo dado su lugar a la persona que durante años había colmado mis necesidades de cariño, miré a Patricia.
La rubia permanecía hundida en el sillón casi llorando sin decir nada pero temiendo por su futuro porque no en vano había albergado esperanzas en vivir con nosotros. Al notar mi mirada, comprendió que debía felicitar a María y levantándose de su asiento, se acercó a darle la enhorabuena.
Para su sorpresa y su regocijo al hacerlo, la veinteañera la besó en los labios. La ex de Manuel perdió la compostura y se echó a llorar como una Magdalena mientras la felicitaba pero entonces la morena me miró y al encontrar la aceptación en mis ojos, le soltó:
-Cuando llegaste a esta casa, vi en ti una competidora pero después de conocerte sé que eres el complemento que necesitábamos. Por eso te pido en mi nombre y en el de mi futuro marido, si quieres ser nuestra mujer.
Sonreí al escuchar que tal como había previsto María no la iba a dejar en la estacada y confirmando sus palabras, comenté:
-Legalmente, no podremos formalizarlo pero si aceptas entre estas paredes todos tendremos los mismos derechos. María será tu esposa y yo tu marido. Los hijos que te engendre serán de los tres al igual que los que nazcan de su vientre.
Contra todo pronóstico, Patricia salió corriendo sin contestarnos y tuvo que ser María quien la alcanzara en el pasillo. Al preguntarle el motivo de su huida, la rubia contestó que aunque formar parte de nuestra vida era lo que más deseaba en el mundo, no podía porque antes tenía que romper con su pasado y divorciarse de Miguel.
Muerta de risa, la morena contestó:
-Deja eso en manos de Manuel, estoy seguro que no tardará en conseguir que ese cerdo te firme los papeles del divorcio – y girándose hacía mí, me soltó: -¿Verdad que lo harás?
-¡Por supuesto!- y adelantándome a sus deseos, con una sonrisa vengativa, concluí: -Nadie toca a mis mujeres y el primero en saberlo será él. Te prometo que si todavía le queda algo de patrimonio será tuyo…

CONTINUARÁ