Me encanta el trabajo duro y al aire libre. El sol y el viento en la cara, la parsimonia con la que pasa el tiempo. Todo invita a la reflexión y a la paz interior.
 Pero hoy tengo un trabajo físico y violento. El hacha esta afilado y mis músculos preparados para ello.
Lo primero es encontrar una adecuada, esbelta, recta, no demasiado fina para que pueda resistir la humedad, el calor, el frío y el viento. Recorro el bosque y lo inspecciono con detenimiento. El viento, suave y cálido susurra entre las hojas y envuelve mi torso secando mi sudor. Agarro con fuerza el hacha. Odio las motosierras, son ruidosas, apestosas, se calan, te llenan la ropa de serrín y son peligrosas. La única sangre que quiero que corra es la de la esbelta acacia que he elegido.
Tengo la herramienta preparada, todos mis músculos se tensan anticipándose a la acción. Paso mis manos por su corteza lisa de árbol joven. La acaricio y la inspecciono, buscando el mejor lugar para hincar mi hacha. Una fina hilera de hormigas sube hasta las ramas más altas. ¿Sentirán las acacias cosquillas?
 Se la hinco con fuerza, sin contemplaciones, ella tiembla y se estremece, pero se mantiene firme. Dos nuevos golpes y la corteza salta, la savia empieza a fluir de la grieta humedeciendo el filo de mi hacha. Sin un objetivo definido acerco mis dedos a la grieta y recojo un poco. La repaso entre mis dedos índice y pulgar, es densa y huele a fresco. Me acerco los dedos a la boca y me los llevo hasta la punta de la lengua. Saben a tierra.
Con un movimiento brusco vuelvo a atacarla sacando un gran pedazo de madera.
-Bien –pienso  –por este lado ya esta. 
Ahora la rodeo y le hinco el hacha por detrás. Esta vez no me entretengo, dos, tres, cuatro, cinco embates seguidos, duros y rápidos hasta que la hoja queda atascada profundamente en el corazón del tronco. Maniobro con un suave movimiento de vaivén y la saco poco a poco de su interior.
-¿Esta no te ha gustado, eh? –digo con la respiración agitada por el esfuerzo. –Pues eso no es todo.
Los pedazos de madera vuelan ante la fuerza de mis brazos y la dureza del acero hincándose cada vez más profundamente. La madera cruje por primera vez indicando el principio del fin.
Una rama vieja tiembla y se desgaja cayendo sobre mí  y arañando mi brazo con sus púas. Me quito la camisa y restaño la sangre que brota de las finas líneas que las agudas púas han marcado sobre mi piel.
-Me encanta que te revuelvas y te resistas, -pienso –sigue así nena.
Vuelvo por delante, le doy otros dos hachazos, me paro y la miro para asegurarme dónde la voy a tumbar. Apoyado en el hacha me quedo admirando la recta línea de su tronco y su abultada y redonda copa acariciada levemente por el viento.
Mi cuerpo esta sudoroso y cansado pero nada puede detenerme, vuelvo a atacarla con furia y ella se estremece cruje y restalla, primero suavemente pero en unos pocos instantes los crujidos se hacen más frecuentes y sonoros hasta que la acacia se bambolea ligeramente en todas direcciones y comienza a caer, justo donde quería, con un  último y sonoro lamento.
Me paro encima de la acacia sedente y jadeo por el esfuerzo. El sudor cae de mi frente y resbala en forma de gruesas gotas por la corteza de mi amiga.
La cabaña es una sencilla construcción de madera de forma rectangular, no tiene luz ni agua pero tiene todo lo que necesito, calor, comida, refugio, un porche para admirar las puestas de sol  con un whisky en la mano y a Eudora.
Eudora es pelirroja como el fuego, blanca como el hueso, azul como el agua glaciar, flexible como un junco y menuda y vivaracha como una ardilla y por eso y mucho más la amo.
Eudora sale a recibirme corriendo, siempre lo hace y sospecho que le gusta hacerlo tanto como a mí. Me tira el hacha al suelo y me abraza solo un momento antes de darse cuenta de que estoy cubierto de sudor.
-¡Puaj! –Exclama -¡Apártate de mí! ¡Sudas como un búfalo! Me mancharás el vestido, puerco.
-No hay problema  -replico yo tirando del lazo que lo cierra dejándola desnuda y esplendida bajo la luz del ocaso.
-Eres un salido –me recrimina con una mueca divertida mientras contonea su cuerpo.
La cojo entre mis brazos y ella envuelve mi cintura con sus finas piernas. El blanco lechoso de su cuerpo contrasta con el curtido moreno de mi piel. Noto como su sexo desnudo golpea contra mi cintura a cada paso que doy hacía la cabaña. Cuando paso al lado del vestido caído se dobla y con la elegancia y precisión de una bailarina lo recoge.
La ayudo a erguirse de nuevo y la beso el cuello, la barbilla y la nariz de camino a la cabaña. La deposito con delicadeza sobre la barandilla del porche y me quedo extasiado mirando esos ojos profundos.
-¿Eso es todo? –Me desafía – yo que creí que había algo debajo de esos pantalones.
Aparto su mano de mi bragueta y le beso con violencia, meto mi lengua en su boca profundamente mientras que con las manos sujeto su cabeza y le acaricio el pelo.
Ella no se arredra y comienza un batalla de lenguas, saliva suspiros y jadeos. Me bato en retirada y le mordisqueo el cuello. Con sus manos me coge la cabeza y la dirige hacia sus pechos. Agarro sus pezones con mis labios y los estiro. Ella refunfuña y jadea, yo chupo y acaricio.
Mis dedos se han adelantado a mi boca y ya están acariciando su sexo. Me encanta su pubis, con esos pelos rojos y desordenados, parece que su sexo está ardiendo permanentemente, hoy desde luego lo está.
Envuelvo su sexo con mi boca arrancándole un profundo suspiro. Sus manos pequeñas y sus dedos finos y largos aprietan mi cabeza contra ella.
Yo respondo acariciando sus labios mayores y menores con  la punta de mi lengua haciendo que se retuerza de deseo. La penetro con mis dedos y ella tira de mi pelo con los suyos y gime.
-Vamos cabrón -dice con urgencia –te necesito dentro de mí.
Me desabotono la bragueta y la penetro sin contemplaciones, ella ronronea como una gata satisfecha y se aprieta contra mí.
Siempre me sorprende la facilidad con que su sexo se adapta admitiendo el respetable tamaño de mi miembro sin la menor señal de incomodidad.
Eudora gime y se mueve al ritmo de mis acometidas. Aferrada con sus piernas a mis flancos y sus brazos en mi cuello me recuerda a un jinete que cabalga a pelo y se  agarra desesperadamente a su caballo encabritado para no caer.
Me besa y deja que le introduzca mis dedos húmedos con los jugos de su propio sexo en la boca. Me los muerde y me vuelve a besar. La cojo en el aire y ella sube y baja por mi pene duro y resbaladizo gritando de placer. Ligera como una pluma sigue deslizándose por mi polla dura y caliente intentando domarme, clavando sus talones en mi culo para hacer más fuerza al bajar.
A una señal suya la deposito en el suelo. Eudora se apoya en la barandilla boqueando y se queda mirando la puesta de sol. No soy capaz de distinguir dónde termina la luz del sol y donde empiezan sus rizos rojos. Los insectos y las motas de polvo reverberando en la luz del ocaso me distraen solo un segundo de este culo pequeño y respingón que me está esperando. Admiro su cuerpo sudoroso y jadeante. Sus costillas brillantes se expanden y se contraen con cada bocanada.
-Vamos leñador, -gime aún sofocada separando las piernas y retrasando las caderas –hazme pedazos con tu hacha.
La gloriosa visión de su sexo, húmedo y congestionado me saca de mi parálisis fascinada y me acerco a ella. Con mi polla en la mano rozo ligeramente el interior de sus muslos, su clítoris y la entrada de su vagina haciéndola estremecer. Me recreo haciendo dibujitos con el pincel de mi glande en el lienzo ardiente de su sexo. Meto la punta y me retiro sonriendo ante el chaparrón de insultos que me lanza una mujer en llamas. Sin hacer el menor caso de sus movimientos incitantes me inclino sobre ella y le agarro los pechos sobándolos indecentemente. Ella ve los arañazos de mi brazo, los besa y los recorre con su lengua. Eudora retrasa el culo y mi pene sobrepasa el grosor de sus muslos y rozando su clítoris se introduce en la rizosa espesura de su pubis.
No puedo contenerme un segundo más e introduzco mi verga profundamente, Eudora gime y se pone de puntillas para poder adaptarse a mi altura.
Cada vez más excitado aumento el ritmo y la violencia de mis empujones. Eudora aguanta firme gimiendo lujuriosamente. Yo empujo y ella gime, hinca las uñas pintadas de negro y aguanta sobre la punta de sus dedos como una leona. Mis dos últimos empujones son tan fuertes que sus pies pierden contacto con el suelo y se corre en el aire con un grito tan fuerte que espanta a varias cornejas que nos vigilan desde en un árbol cercano.
Antes de que termine se da la vuelta y con sus labios cubre mi  glande dejando  que me corra. Mi polla escupe el semen con movimientos espasmódicos mientras Eudora la acaricia y la besa como si tratara de apaciguarla.
 -Idiota ya has conseguido que la carne se enfríe.
 -Así  es la vida  -pienso estirándome como un oso satisfecho y siguiendo a mi ardilla de pelo rojo al interior de nuestra cabaña.   
 
               
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