Gracias a todos por vuestros comentarios y por vuestros ánimos. 
Para Xan, Eric era un proxeneta que chantajeaba a sus compañeras de profesión. Su muerte fue solo una cuestión de lógica defensiva, o quizás una venganza de Sergio. ¿A quien le gusta que chantajeen de esa forma a su hermana? De todas formas, ya verás como no es lo mismo, a medida que continúe la historia. Sergio es dominante por naturaleza, pero justo y atemperado por su humanidad.
Para german_becquer, Sergio puede tener 17 años, pero Rasputín ha volcado todo cuanto era en su mente. Estamos hablando de un tipo que perteneció a una furiosa secta destructiva como los jlystýs (totalmente cierto), que recorrió Europa y Asia (también cierto), y que fue capaz de embaucar a los zares de Rusia (aún más cierto), ¿crees que unas mujeres, de más o menos edad, con una experiencia limitada, en una sociedad de parabienes como la nuestra, pueden escapar a sus sutiles manipulaciones,a toda su experiencia? Sergio no es ya conciente del magnetismo que posee, de sus nuevos conocimientos, ya no tiene la voz dándole consejos, sino que es algo que surge directamente de él, sea como un recuerdo o como puro instinto. Lo utiliza tal y como nosotros accionamos un interruptor eléctrico. Necesitamos luz e, inconscientemente, alargamos la mano.
¡Hiiiiii! ¡Me encanta esto de comentar y discutir! Muchas gracias, de nuevo por cuestionar tan elegantemente.
Chronos, el morbo, como tal, es un poderoso aliado para una escritora. Me place que te guste.
Jubilado, la sumisión es el paso más lógico para su relación. Al menos, yo lo pienso así.
Shadow, estoy encantada de que leas mis fantasías. Fuiste uno de los escritores que me convencieron para mostrar lo que escribía en privado. He leído todo lo que tienes aquí, en TR, y me encanto tu serie “Hasta el día de hoy” y la saga de Val. Ahora estoy disfrutando con tu chica quince.
Besitos a todos.
Janis.
P.D.: el mail que puse tuvo un problema. El nuevo (ya probado) es janis.estigma@hotmail.es
Pura sodomía.
Hoy es sábado, penúltimo día en Madrid. Me he levantado más tarde que otros días, pero aún así, las calles están casi vacías tan temprano. Repaso cuanto hemos hablamos las chicas y yo en la cama, mientras corro. ¿Tan evidente son los cambios por los que estoy pasando? Mis niñas se han dado cuenta de muchas cosas, pero han reaccionado muy bien. Se han convertido en sumisas sin que yo fuera consciente de ello.
¿Me parece mejor que sean sumisas o bien, prefiero que sean mis novias?
No lo sé, esa es la pura verdad. Todo esto me toma un poco de sorpresa. No es lo mismo tratar a Dena que a mis niñas. Me viene a la cabeza un pensamiento que no puede ser mío. “Todas las mujeres son unas putas, solo han nacido para servirme”. Es como un axioma, un versículo sagrado, grabado a fuego. Me río mentalmente. Es una de las cosas típicas de Rasputín y, ahora, Rasputín soy yo.
Me entretengo en el parque, haciendo ejercicios antes de pasar por la farmacia. Saludo a la señora, que me echa un buen vistazo, y me peso. ¡Ciento doce kilos! ¡He perdido veinte y dos kilos en apenas quince días!
¡La ostia bendita! ¿Será bueno perder tanto en tan poco tiempo? Ya no hay remedio. Rasputín me dijo que había tocado mis glándulas o no sé qué cosa, para hacerlo más rápido. Con razón me siento más ágil. Si esto sigue así, estaré en un peso adecuado a mi estatura en un par de meses como mucho. Regreso al piso con los pies muy ligeros. Casi se podría decir que bailando.
Paro en el tercero y llamo a la puerta de Dena. Me saluda con una bonita sonrisa. Le comunico que voy a ducharme y que bajo enseguida con el desayuno. Ella asiente y me besa. Antes de salir a correr, he dejado fermentando la masa de los buñuelos y los rosquillos. Hay que hacer algo especial en estos días previos ala Navidad.Mepongo a ellos, aún sin vestirme. Les dejo a las chicas, más dormidas que una marmota enferma, un buen surtido de buñuelos con miel y tiernos rosquillos bañados en azúcar. Bajo de nuevo al tercero, con una pequeña olla llena del surtido navideño.
No es Dena quien me abre. Unos ojazos impresionantes, de largas pestañas y color azul verdoso, se alzan para mirarme. Es una mirada dulce e inocente, muy tímida, casi asustada.
―           Hola, preciosa, tú tienes que ser Patricia, ¿verdad?
―           Si – titubea un segundo. — ¿Y usted?
―           Yo soy Sergio, pero no me digas de usted. Solo tengo tres años más que tú.
Veo el asombro en sus ojos. Me mira de nuevo, desde arriba abajo. Su pelo está tan cepillado que casi reluce, rubio pajizo. Lleva el cabello recogido en una larga trenza que, en esta ocasión, parte de la parte superior de su cabeza. Viste la chaqueta de un chándal celeste y blanco, que le está un poco corto, dejando entrever su ombligo. No parece llevar camiseta debajo. Cubriendo sus piernas, unas viejas mallas que ya no son negras, pero deben de ser muy cómodas, y unas Adidas rosas. Las viejas mallas ponen de manifiesto que su esbelto cuerpo está moldeando sus formas femeninas, aunque sin prisas. Se pasa la lengua por los labios al aspirar el aroma que surge de la olla, tapada con un paño. Es muy bonita. Demasiado, quizás, pienso.
―           Patricia, cariño, ¿no le dejas pasar? Mira que trae cosas muy buenas para el desayuno – bromea su madre, abriendo más la puerta.
―           Si, claro, pasa – murmura la chiquilla, apartándose.
Le indico a Dena que no me llame Amo delante de su hija, y me siento a la barrita de la cocina americana. Patricia se sube a otro de los taburetes, a mi lado. La noto como me contempla fijamente. Baja la mirada en cuanto me giro, las mejillas rosadas. Encantadora. Su madre llena su taza y la mía, y sirve un batido de chocolate a su hija. La veo un poco aniñada para tener catorce años. No sé, tampoco soy un experto.
Destapo la olla y coloco un surtido sobre un plato.
―           ¿Te gustan los buñuelos? – le pregunto a Patricia. — ¿Con miel?
―           Si. Los roscos también. Mi abuela los hacía.
―           Perfecto, pues, ale, a comer, tía…
Ella sonríe, al escuchar la jerga de sus propios amigos. Devora un buñuelo como una ratita, a pequeños mordiscos y mirándome, casi de reojo.
―           Este chico se llama Sergio y vive con las chicas del ático. Nos conocimos en una clase del gimnasio y solemos desayunar juntos.
―           ¿Vives con las modelos? – pregunta, abriendo los ojos.
―           Si, la pelirroja es mi hermana.
―           Son muy guapas – musita.
―           Si, por eso son modelos – me río. — ¿Qué quieres tú ser en la vida?
―           ¿Qué eres tú? – me contesta con otra pregunta.
―           Un brujo – le soplo, guiñando un ojo.
Parpadea, sorprendida por la respuesta. Su madre se ríe y ella acaba haciéndolo también. Apoya la cabeza en una mano, inclinándose sobre la barra. Me mira.
―           Aún no lo sé. Algún trabajo en el que no tuviera que tratar con la gente… — responde.
―           Es muy tímida – aclara su madre.
―           Ya lo he visto. Suele mirar de reojo, casi por sorpresa – alargo una mano y le tiro de la trenza. Patricia sonríe y se sonroja.
Le comunico a su madre que mañana nos iremos a Salamanca a pasar toda la semana de Navidad. Le digo que no sé exactamente cuando volveré. Todo depende de unas cuantas decisiones familiares. Dena hace un puchero, aprovechando que su hija mira atentamente mi perfil.
―           ¿Qué clase de brujería haces? – me pregunta de repente Patricia.
―           ¿Cuál crees tú? – le devuelvo la mirada.
―           Alguna que tenga que ver con tus ojos. ¿Hipnosis? – tiene buena intuición.
―           Algo así. Yo cambio a la gente. Las convierto en lo que más desean – miro de reojo a su madre, quien sonríe feliz.
―           ¿Cómo? No comprendo.
―           Aún eres demasiado joven para eso…
―           No soy una niña – dice, bajándose del taburete y cogiendo los servicios de café. Se ha molestado, al parecer.
Cuando se iza sobre sus pies para dejar todo en el fregadero, sus mallas ponen de manifiesto un bello trasero, redondo y erguido. Dena ha visto mi mirada y su sonrisa se ha esfumado. Me mira, intranquila. No es el momento de decir nada.
―           ¿Tienes un cacharro para dejarte todo esto? – le pregunto, señalando los buñuelos y los roscos. – Así me llevo la olla. Me hará falta…
―           Claro – contesta, levantándose del taburete.
―           ¿Cuánto mides? – pregunta Patricia, enjuagando las tazas.
―           Dos metros.
―           ¡Que alto!
―           Si, a veces era jodido. Se me veía demasiado. Yo también he sido tímido. Ser alto y llamar la atención no es muy divertido si todos se burlan.
―           ¿Se burlaban? ¿Por qué?
―           Porque estaba muy gordo, porque era diferente. ¡Que sé yo! – Dena me entrega un Tupper grande y paso los dulces.
―           Pero, ¿si eras más alto, también serias más fuerte? ¿Por qué le dejabas burlarse?
―           Por la misma razón que tú te escondes de los demás en el recreo.
He acertado. Se muerde la lengua y vuelve la cara. Su cuerpo se envara. Alza la cabeza, sacudiendo su trenza, y mira a Dena.
―           Madre, estaré en mi habitación si me necesitas. Adiós, Sergio.
―           Adiós, Patricia.
―           ¿Me ha llamado madre? – se asombra Dena, una vez que la chiquilla se ha marchado.
―           Tiene carácter a pesar de la timidez.
―           Si, es muy cabezota. No suele dar su brazo a torcer.
―           Bien. Es hora de que vayas al dormitorio, te desnudes, y me esperes con el culo en pompa – la tomo por sorpresa.
―           Si, Amo – responde ella, con un bello resplandor en sus ojos.
Dejo la puerta entornada y subo al piso, a buscar uno de los cinturones. Cuando entro de nuevo, Dena observa lo que traigo en la mano. Sus nalgas se estremecen de temor. Está bellísima, desnuda y asustada, con las nalgas en alto, en espera de ser azotadas o usadas. Paso un dedo por su coño. Ya está muy húmeda.
―           ¿Siempre te habías mojado así?
―           Nunca, Amo Sergio. No sé lo que me ocurre contigo. Parece que te hubiera esperado siempre.
―           Puede que eso sea lo que realmente ocurre. ¿Temes lo que voy a hacerte?
―           Si, Señor, pero también lo deseo mucho…
―           Te aseguro que vas a gozar. ¿Tienes crema lubricante?
―           No, Amo.
―           Compra un tarro mañana. El aceite hace el apaño, pero mancha – le digo.
―           Si, Amo.
Me dirijo a la cocina y me fijo en la puerta de Patricia. No está completamente cerrada. Sonrío. Busco la botella del aceite y regreso. Me despojo de mi pantalón y de los boxers, y embadurno el vibrador y el esfínter de Dena. Me dedico completamente a dilatarlo con mis dedos, sin prisas. Disfruto metiéndole un dedo, después dos, y al final, tres. Sus suspiros cambian de intensidad, primero en gemidos, y después en grititos cortos y suaves.
Dena tiene un buen culo, a pesar de no haberlo usado. Es esfínter es muy elástico y lo he dilatado tanto que le cabría un brazo por él. Sin embargo, lo que importa son sus paredes intestinales, y eso no da tanto de sí.
―           Amo, por favor… méteme… algo…
―           ¿Qué? – me pilla por sorpresa, atareado con su culo.
―           Por el… coño… por favor… algo para… calmarlo… Amo.
En verdad, está tan anegado que chorrea sobre la cama. Dena lleva agitando sus caderas un buen rato y no se ha corrido ya porque sabe que no le he dado permiso.
―           Sin prisas, zorra, no me había olvidado de tu coño. Ahora mismo, te lleno ese agujero.
―           Gracias, Amo.
Mi polla lleva un rato bien armada, preparada para todo. Sin tener que subirme a la cama, se la cuelo lentamente, abriéndole bien el coño. Dena casi rebuzna al sentir el pollazo. No quiere hacer ruidos, pues su hija está en la otra habitación, pero el problema es que el placer le hace olvidarse de eso. Tiene que desfogar, tiene que gemir y chillar; el tremendo gustazo la obliga.
―           Ooohh, Amo Sergio… no más… demasiado… dentro… — articula como puede. Creo que se la he metido demasiado.
La dejo que ella lleve el ritmo de su penetración y sigo metiéndole dedos en el culo. Ya no se estremece, sino que son verdaderos espasmos los que sacuden sus caderas.
―           Amo… ¿puedo?
―           Si, Dena, hazlo…
Con un hondo suspiro, se relaja, dejando que las trepidantes sensaciones que soporta la arrastren, gozando largamente. Muerde la sábana para no gritar, y los dedos de sus pies se crispan fuertemente. Su ano no deja de palpitar, e incluso se ha cerrado durante el orgasmo, colapsado por el placer. Sin embargo, ha vuelto a dar de sí, al relajarse Dena. Es el momento de ponerle el cinturón.
―           ¿Quieres que te meta el vibrador ya, zorra? – le pregunto, dándole un fuerte cachete en las nalgas.
―           ¡Aaay! Si, mi Amo.
―           Desde el momento en que te ponga este cinturón, estás libre de gozar cuando se te antoje, puta, todas las veces que quieras. Siempre que lleves puesto el cinturón, podrás correrte sin desobedecerme. Tienes que ponértelo seis horas al día. Te aconsejo que te lo pongas de noche, para dormir, es más efectivo.
―           ¿Cuánto tiempo, Señor?
―           Hasta que regrese a Madrid. Entonces, te la meteré por el culo, hasta el fondo.
―           Si, Amo.
Le doy un nuevo cachete, aún más fuerte, y le introduzco el vibrador. No da ningún problema para quedar alojado en el recto. Coloco las tiras con el velcro y el cinturón queda asegurado. Tomo el control y lo activo. Primera velocidad.
―           ¿Qué sientes, zorra?
―           Oh, Amo… es algo nuevo… diferente…
―           Buen, vamos a animar entonces la cosa – y me arrodillo en la cama, ante su rostro.
Mi erguida polla queda a escasos centímetros de su nariz, aún llena de sus jugos vaginales. Se la meto en la boca de un envite, haciéndola toser. Cuando la retiro, lo acompaño de otro duro azote en las nalgas. Vuelta a meterle mi miembro en el estuche bucal. Otro azote. Otra embestida.
Guardo los tiempos entre las acciones, alargando el proceso. Dena gime cada vez más fuerte. La baba escapa de sus labios, mezclada con las lágrimas que derrama. Sus nalgas están muy rojas y, seguramente, con un fuerte picor. Esta vez, entierro mi polla hasta su garganta, dejándola allí unos segundos, mientras aprieto sus firmes nalgas con mis dedos, dejándolos marcados.
Cuando se la saco, tose y escupe sobre la sábana.
―           Otra… vez… Amo… — jadea.
―           Guarra…
La introduzco de nuevo, aún más profundamente, si puede ser. Tiene una arcada cuando se la saco y parte de los buñuelos brota de su garganta. Alza los ojos y me mira. Sonríe.
―           Puta caliente – la digo y noto como se estremece.
Activo la segunda velocidad, lo que la toma por sorpresa. Agita sus nalgas con fuerza, acostumbrándose al movimiento del vibrador.
―           Aaahh, Amo… me quema…
―           Eso es bueno. Está frotando tus paredes intestinales, agrandándolas. Sigue mamando…
Justo en el momento en que entierro de nuevo mi polla en su boca, elevo mis ojos y descubro, en el espejo de la cómoda, situada en el rincón más alejado de la cama, los inocentes y curiosos ojos de Patricia. Está espiando, oculta por la entreabierta puerta del dormitorio, a través del espejo. Solo distingo su asombrado y hermoso rostro. Se encuentra de cuclillas, asomando solo su cabecita entre la puerta. Desde donde está, puede ver el enrojecido trasero de su madre y mi pecho desnudo, pero no lo que está haciendo la boca de su madre con mi polla.
No sé cuanto tiempo lleva allí, ni lo que ha visto, pero estoy dispuesto a darle un buen espectáculo. Me tumbo en la cama, haciendo que Dena se de la vuelta sobre las rodillas.
―           Cómemela, zorra mía.
Dena se tumba de bruces entre mis piernas, descansando de la anterior postura, y se atarea sobre todo mi tallo. De la forma que me he puesto, Patricia puede ver todo el esplendor de mi miembro y como su madre traga. Sin embargo, yo ya no puedo verla a ella. El espejo queda detrás de mi cabeza, pero puedo notar sus ojos clavados en mí.
Activo la tercera velocidad y Dena baila involuntariamente. Sus nalgas y caderas no pueden quedarse quietas, aún estando tumbada de bruces. Sus lametones se vuelven frenéticos y, en muchas ocasiones, tiene que dejar de chupar, para gemir y morderse el labio. Está muy cerca de un tremendo orgasmo que nunca ha experimentado.
Se pone de rodillas, incapaz de permanecer tumbada. Aprisiona sus nalgas sobre sus talones y gime, los ojos cerrados, el rostro levantado. Comienza a realizar un baile que contonea su cintura y su pelvis, apenas sin mover las caderas, casi como un ondulamiento de su cuerpo. Ha aferrado mi polla, frotándola contra su vientre sudoroso.
Es como una sacerdotisa pagana en trance, bailando sobre víctima a sacrificar. Su rostro muestra tal placer que no aguanto más, y me corro con fuerza sobre su vientre y sobre sus pechos, arqueando mi espalda. Restriega el semen que me ha arrancado sobre su piel ansiosa. Esta vez, ha abierto sus ojos y me mira, con todo el vicio del mundo en ellos.
Entreabre su boca y sonríe. Se está corriendo, lo sé, lo noto. Se corre y me mira. Quiere que sea testigo de lo puta que se siente.
―           Amo Sergio… te quiero… te quiero más… que a mi vida…
―           Sigue, puta mía, cuéntamelo todo…
―           No lo comprendo, pero… te quiero más que a… mi hija… ¡Quiero que me emputezcas!
Otro orgasmo la estaba alcanzando, casi sin descanso.
―           ¡Confiesa todo lo que sientes, lo que deseas, zorra descastada!
―           ¡No… no me atrevo… Amo! Me da vergüenza… confesarlo… Oooohhh, Dios… otra vez… me corroooo… ¡Para ese cacharro! Me vas a matar…
―           Pararé cuando me digas todo lo que deseo escuchar, esclava.
Jadea y se aquieta, retomando algo de control. Apoya sus manos en mi pecho y sus ojos quedan atrapados en los míos.
―           He visto como tratas a mi hija, Amo. Eres muy dulce con ella… Sé que te gusta… es muy bonita…
―           Si, zorra, lo es.
―           Quiero que la hechices… como a mí… Hazla tuya, atráela a nuestra cama… edúcala…
―           En verdad, tú eres la que la deseas, ¿verdad, putón?
―           Si… — cierra los ojos, avergonzada.
Reduzco una velocidad, permitiéndole recobrarse más. Le meto los dedos en la boca, obligándola a mirarme y a chuparlos.
―           ¿Desde cuando piensas en el incesto?
―           No lo sé… desde hace un par de años… desde su primera regla… he soñado con ello…
―           ¿La has tocado?
―           Solo roces. A veces, acaricio sus piernas mientras vemos la tele… pero no me atrevo a más… Amo… ¿Lo harás?
―           Dependerá de ella, Dena. No la intimidaré, ni la obligaré. Si decide entregarse, será por su propia voluntad.
―           Como quieras, Amo Sergio, según tus deseos…
Cuando me levanto, Patricia ya se ha marchado. Creo que será divertido jugar con esas cartas. Me marcho tras darle las últimas instrucciones a Dena.
Contemplo como mis chicas arrebañan el último trozo de fruta, regada con miel, del plato. He hecho una macedonia especial con las frutas que había en el frutero. Vamos a estar una semana fuera y se pudrirían todas.
―           ¿Estaba buena, cariñitos?
―           Mmm… peque, de vicio – responde mi hermana, relamiéndose.
―           Bien. Ahora, os vais a la cama, las dos. Os quitáis la poca ropa que lleváis y os aplicáis cremita en esos culitos – les comunico, divertido. Sus rostros se iluminan. – Yo mientras, fregaré los platos y haré café.
―           ¿Qué hacemos nosotras? – se extraña Maby.
―           Me esperáis, la mejilla sobre la sábana, los culitos alzados, los brazos estirazados. Si queréis, podéis dormir cinco minutos de siesta, pero sin bajar las nalgas. Tienen que estar dispuestas para mí – mi tono cambia de registro.
―           Si, Sergio – baja la cabeza Pam, dándole la mano a su compañera y marchándose las dos al dormitorio.
Sin prisas, recojo los platos de la mesa, limpio las migas, y pongo la cafetera sobrela Vitro.Mientrasfriego lo poco que hay en el fregadero, el café sube. Vierto una parte del contenido de la cafetera en una taza y dejo el restante para Pam. Maby no suele tomar.
Apoyado contra la encimera de piedra sintética, café en mano, pienso en lo mucho que me está gustando ordenar y controlar. Es una sensación poderosa y nueva; algo que se mete en la sangre, como una enfermedad que necesita supurar cada cierto tiempo. Por el momento, no estoy actuando de forma depravada, ni humillante. No creo que eso vaya conmigo, al menos con las personas a las que quiero, pero si me estoy volviendo muy controlador. Deseo que las cosas se hagan como yo digo, a mi manera, y no soporto críticas idiotas, ni excusas insulsas.
¿Irá a peor con el tiempo? Debo recordar que llevo a mi propia bestia en el interior. Rasputín no es ciertamente famoso por sus obras sociales. ¿Es esto resultado de su fusión? ¿A quien quiero engañar? Por supuesto que si. Llevo al Monje Loco en mi interior; en algo se debe notar.
Entro en el dormitorio, quitándome la ropa. Las dos están postradas en la gran cama, con los brazos estirados hacia el cabecero, los muslos separados y las nalgas bien alzadas, tanto que las rodillas tiemblan. Puedo ver la crema brillando sobre la piel de sus traseros. Sin despegar la mejilla del colchón, ellas me miran.
―           ¿Estamos bien así? – pregunta Maby.
―           Si. Ahora, silencio… es momento para gemir o gritar, no para hablar. Quiero que os miréis…
Solo deben cambiar de mejilla, pues están una al lado de la otra, para conectar sus miradas. Maby le lanza un beso a Pam, y esta le sonríe.
―           Acercaros más, la una a la otra, vuestras caderas tienen que tocarse.
Acercan sus posiciones, quedando muslo contra muslo, y sus labios muy cercanos, pero no al alcance de sus lenguas. Ya desnudo, me acerco a sus grupas y las azoto con un golpe a cada una.
―           Solo podréis mover una mano – las advierto. – Quiero que os lubriquéis los coños, la una a la otra, preparándolos para mi polla. Quiero que os miréis mientras lo hacéis.
Tragan saliva. Creo que es más debido al morbo que sienten, que a un posible temor. Sus manos se mueven en busca de sus objetivos. El brazo de Maby por debajo del cuerpo de Pam, y el de esta, bajando por la espalda de la morenita, y bajando por sus húmedas nalgas. Casi no parpadean, admirando sus mutuas expresiones. Las bocas entreabiertas, embargadas por los primeros jadeos; los ceños que se fruncen, expresando el ansia de sentir; las aletas de sus preciosas naricitas que aletean, sin saber si buscan más oxígeno o deliciosos aromas enloquecedores.
Acaricio sus glúteos, comprobando que la crema lubricante está bien esparcida sobre los esfínteres.
―           ¿Cómo están ya esos coñitos, queridas mías?
―           Muy mojados, Sergi.
―           Si, peque, a punto…
―           Seguid así – y las rodeo para poner mi polla ante sus bocas.
Aún no está lo suficientemente alzada para traspasarlas. Llenarla de sangre cuesta cierto tiempo y calentamiento, no os creáis. Pero para eso están mis chicas, que, levantando la cabeza, se encargan de levantarla. Sus lenguas la palpan, la recorren, la atrapan, sin usar aún los labios, pasándosela de la una a la otra con diversión y pericia.
―           Mojadla bien. Hoy no habrá preliminares, ni juegos. Os la voy a meter del tirón, entera. Tanto por un lado como por el otro. Así que, cuanto más humedad, tanto en vuestros coños como sobre mi polla, mejor entrará – las aviso, y veo perfectamente como se estremecen. Ni siquiera contestan. Siguen lamiendo.
Las dejo sorber, lamer y succionar cada centímetro de mi polla. Escupen sobre ella y babean, se dan la lengua entre ellas para aumentar su salivación. Cuando creo que es suficiente, les pregunto:
―           ¿Creéis que está bien o queréis seguir más tiempo?
―           Está bien, Sergio – jadea Maby. Sus brazos tiemblan.
―           ¿Alguna preferencia para empezar?
―           Hazlo con Maby, Sergi… está a punto de correrse – me avisa mi hermana.
En los ojos de la morenita, puedo ver que es cierto. No aguantará mucho más.
―           Está bien. Os advierto que no pienso utilizar mis manos, solo empujaré. Tenéis que dirigir vosotras el acoplamiento, os permito ayudaros mutuamente – digo, poniéndome de nuevo detrás de Maby.
Pam se gira rápidamente, cogiendo mi polla con la mano, para ayudar a su amiga amante. Con pericia, introduce parte del glande en el ansioso coño de Maby. Un goterón de lefa cae sobre mi miembro, desde su vagina. Está inundada completamente. Empiezo a empujar y mi polla se desliza fácilmente en el cálido túnel de carne, separando sus carnes. El chillido de Maby nos toma por sorpresa, tanto a Pam como a mí.
―           ¡Jodeeeeeeeerrr!
Sé que se está corriendo, aunque no esperaba esa intensidad. Agita tanto sus caderas que casi me parte la polla. Pam le acaricia el pelo.
―           Es cierto que te corres cada vez que te la mete – le susurra mi hermana.
―           Siiii… con solo… deslizarla… dentro – jadea, sonriendo. – Deja que me recupere, Sergio, y…
―           No.
Empiezo a follarla fuerte, empujando un poco más en casa embiste, martilleando con mi polla, cada vez más cerca de su útero. Grita algo que no entiendo. No le hago ni caso y aumento el ritmo. Soy una máquina en ese momento, sin piedad, sin descanso. Mi hermana no sabe qué hacer. Trata de consolarla, de amortiguar mis embates. No sirve de nada, así que solo le queda mirarnos, sentada sobre sus talones, sin ser consciente de que tiene una de sus manos en el coño.
―           ¡AAAAHHAHHAAA! ¡SERGIIIIII! – grita Maby. — ¡Para, para… por favoooorr! ¡Que me meoooo! ¡TE JURO QUE ME MEOOOOO…! ¡CAGO EN DIOOOSSS!!
Sonrío y empujo más. Enseguida, un líquido caliente se desliza por mi polla, por sus muslos, salta a la sábana, manchando el colchón. Tiene los ojos cerrados y se muerde el labio inferior, la frente apoyada sobre la sábana.
―           ¡Meona! ¡Guarra! ¡Cerda! – a cada insulto, le doy un fuerte cachete en las nalgas, usando ambas manos.
Maby se estremece y agita las caderas, intentando escapar al castigo. Tiene el rostro congestionado por la vergüenza y no abre los ojos, como si no quisiera ver lo que ha hecho. Un fuerte gemido desvía mi atención. Pam se está corriendo, contemplando mi azotaína. Sus caderas sufren un espasmo a cada vez que dejo caer un azote sobre las nalgas de nuestra amiga. Cuando descubre que me he dado cuenta, quiere parar, pero su cuerpo sigue corriéndose, así que no le queda más que seguir agitándose, también roja como un tomate.
Meto uno de mis dedos en el culo de Maby, abriéndolo. Es un brusco cambio tras el último azote. Alza su rostro, abriendo la boca, pero se resiste a abrir los ojos. Pam se inclina sobre ella, e intenta besarla, pero mis embistes no la dejan apenas.
Dos dedos. Su boquita hace un mohín de ansiedad. Se acerca a un nuevo orgasmo. Pam la sujeta por los hombros.
―           Avísame cuando llegue – le silbo a Pam y ella asiente.
Tres dedos y aumento el ritmo de follada. Mi polla entra al completo ya en su coño, sin impedimentos.
―           Ya está llegando, Sergi.
Se la saco de un golpe. Su coño hace un sonido huevo al quedar vacío. Llevo uno de mis dedos a su clítoris, pellizcándolo fuertemente.
―           ¡Ay, mi rey…! Mi niño… me muero otra vezzz… — gime.
Le cuelo todo el glande y un poco más, en el culo, por sorpresa. Le corto el orgasmo. Maby boquea, sin poder pronunciar palabra. Mi polla es un poco más ancha que el vibrador y acabo de meterle algo más de diez centímetros de golpe. Me quedo quieto, sintiendo como las paredes de su ano me oprimen la polla con fuerza. ¡Dios, que bueno!
―           ¿Duele, amor? – le pregunta Pam, limpiándole las lágrimas que resbalan por su cara.
No responde, pero silba, dejando que su culo se adecue a mi tamaño. Mis dedos empiezan a jugar de nuevo con su clítoris. Su coño sigue goteando y pulsando.
―           ¿Puedo seguir, putilla? – pregunto.
―           Siii… mi señor… — contesta, apretando los dientes.
―           Así me gusta, que seas valiente. Pam, aprende lo que es una buena zorra – me río.
―           ¿Qué puedo hacer para ayudarla, Sergi?
―           Ven aquí y escupe en su culo. Me he llevado casi toda la crema en los dedos.
Pam se apresura a escupir varias veces sobre mi polla y su esfínter. Saco de nuevo la polla y empujo la saliva al interior. Esta vez, con más lentitud, lo que Maby agradece. Tras repetir tres o cuatro veces esta misma operación, su esfínter aparece tan dilatado que solo es visible un buen agujero entre sus nalgas. Me parece encantador y terriblemente hermoso. Ese ano rojizo palpita, como si estuviera furioso. Ya no aprieta tanto como al principio.
―           ¿Estás preparada para que entre toda? – le pregunto.
―           Soy tuya. Haz lo que desees conmigo – me responde. Pam me mira con ojos implorantes. “Con cuidado”.
Lo hago muy lentamente, con dulzura. Su recto se abre a mi paso, casi con delicadeza. Con exasperante lentitud, introduzco tres cuartas partes de mi miembro, mientras Pam abre las nalgas de su compañera con las manos, intentando dejarme más espacio.
―           Creo que estoy empujando tu mierda hacia arriba – le susurro con malicia. – ¿Quedarás estreñida?
―           No creo, demonio… con lo que me has abierto… no podré parar de cagar…
―           ¡Jajajaja! – me río con fuerza, casi con maldad. Hasta yo me asombro de la insana pasión que me llena.
Sin embargo, no parece que las chicas me tengan demasiado miedo. Más bien, creo que le tienen más miedo a lo que están sintiendo. Temen entregarse al desconocido torbellino que las atrae. Se han corrido a pesar de la vergüenza y del asco, y saben que aún no han acabado.
―           Vamos a ponernos en la otra cama. Aquí hay demasiada humedad – digo con sorna y me levanto, alzando a Maby entre mis brazos, como una pluma, sin sacársela.
La deposito un metro más allá, en la misma posición.
―           Ahora, te voy a follar el culo, sin prisas. Hasta aquí, no has sangrado nada. El entrenamiento ha dado sus frutos. No te haré más daño, tesoro mío. Procura gozar… — le susurro, casi al oído.
―           Si… si, mi cielo…
―           Pam, únete a mí, dame tu boca, anímanos con tus caricias – la llamo.
Viene rápidamente, con una amplia sonrisa, y se abraza a mi cuello, ofreciéndome su lengua. Ella misma se encarga de acariciar el clítoris de Maby para hacer más soportable la enculada. El caso es que parece disfrutarla. Me muevo lento y tranquilo, sin prisas. Pam no para de lubricar su culito con saliva y acariciarle el coño. Maby sigue apoyando la cabeza sobre sus brazos cruzados. Apenas la distingo, hundida entre sus hombros.
―           Maby, princesa… ¿Estás bien? – le pregunto.
―           Ya… no duele… pero escuece – contesta, con voz nasal por la posición.
―           ¿Paro?
―           ¡No! Es… demasiado lento… no alcanzo el orgasmo… ¡Dale de una vez, Señor!
Pam, que está lamiendo mis pezones, levanta los ojos y me mira. Nos sonreímos. En sus ojos, puedo ver la envidia… desea pasar ya por las mismas condiciones.
―           Tranquila, Pam. Pronto te tocará a ti y chillaras igual – ella solo siente, los ojos bajos. – Prepárate para limpiarme la polla ahora, cuando nos corramos. Habrá mierda y leche por igual, pero lo harás, ¿verdad? Lo tragaras todo…
Alza los ojos y me sostiene la mirada durante dos segundos. Hay un conato de rebeldía en ese fondo avellana, pero pronto se disipa. Asiente y se lleva un dedo a su coño. Está alzada sobre sus rodillas, los muslos abiertos. Saca el dedo chorreando y se lo lleva a su boca. Vuelve a mirarme, sin sacar el dedo de la boca, y sonríe.
No hay nada más que hablar. Comienzo a culear y aumento la fricción. Los quejidos de Maby suben de tono, acompasados con mis golpes de caderas.
―           ¿Así te va mejor, puta?
―           Si, Amo – exclama Maby con fuerza. Creo que le está tomando gusto a llamarme con respeto. Es bueno que salga de ella, pues yo no se lo he pedido.
―           ¿Más fuerte mejor?
―           Como desees, Amo.
―           ¿Te quejarás?
―           ¡Jamás, Amo!
Pam gime largamente, aún en la misma postura que antes, pero con la cabeza apoyada en uno de mis hombros. Se bambolea con mis embistes, pero no deja de tocarse el coño. Agito mi hombro, levantándole el rostro. Me mira, con los ojos nublados. Está a punto de correrse.
―           ¿Te excita la sumisión de esa perra? – le pregunto.
―           Muuuucho… Sergi…
―           ¿Quieres dominarla también? – le muerdo la punta de lengua que asoma entre sus labios.
Niega con la cabeza, sin que yo suelte.
―           Quiero ser… como ella… — confiesa cuando la dejo libre.
―           ¿Tan puta con ella?
―           Mássss…
Maby se contorsiona ya sin pauta, abrumada por la mano de su amiga y por la larga sodomía. Solo emite un sonido quejumbroso que parece brotar de sus más profundas entrañas. Creo que se ha quedado en trance…
―           Entonces, ¿me tratarás con el mismo respeto?
―           Mi dulce… Señor… mi Amo…
―           Es tu voluntad, hermana, es lo que deseas, recuérdalo.
―           Siii… hermano mío, luz de mis ojos…
Maby, en ese momento, se derrumba de bruces, arrastrándome sobre ella para no salirme de su trasero. Agita sus nalgas como si tuviera un ataque de epilepsia, pero solo en esa parte. Su ano se contrae y se dilata en pequeños pulsos casi eléctricos, que atrapan mi polla en un delicioso tormento. Me corro en su interior mientras escucho sus balbuceos. Una pompa de saliva queda en la comisura de su boca y acaba estallando con su último jadeo.
Pam cae sobre nosotros, besándonos y acariciándonos hasta separarnos. Atrapa mi miembro al salir. Está enrojecido, tiene manchas de sangre, aunque poca cantidad, y grumos de materia fecal, todo ello impregnado con una buena ración de semen. Ni siquiera se lo piensa. Engulle cuanta polla puede, sin hacer ninguna mueca de asco, ni una arcada. No tarda en dejarlo todo limpio.
Sacudo a Maby por un hombro. Solo obtengo un gruñido. Me siento preocupado, nunca ha reaccionado así tras una sesión de sexo. Me incorporo y la tomo por el rostro. Abre un ojo y me mira.
―           ¿Estás bien?
―           En la gloria. Déjame dormir, por favor – dice en un suspiro.
―           Descansa, pequeña. Te lo has ganado – le contesto, acariciándole la mejilla.
Siento la mano de Pam en mi hombro. Repta hasta colocarse sobre mi espalda, y acaricia el pelo húmedo de su compañera.
―           Creo que ha sido demasiado para ella. Demasiadas emociones nuevas – dice.
―           ¿Te refieres a la sodomía?
―           No solo a eso. Creo que Maby, al igual que yo, ha aceptado sinceramente que es una sumisa. No solo de palabra, como lo hicimos ayer, sino como un hecho que se ha materializado con una fuerza virulenta, que somos incapaces de negar ya.
Comprendo lo que quiere decir. Maby necesita descansar para que su cerebro asimile lo que su cuerpo ya ha entendido.
―           Tiene que resetear, en una palabra – bromeo.
―           Algo así, cariño. A nosotros nos vendría también descansar algo. Esta sesión ha sido muy dura, y solo has desfondado a una de nosotras.
―           Tienes razón, hermanita.
Y la abrazo y la acuno mientras nos dormimos.
Despierto una hora después. Ellas siguen dormidas. No tienen mi resistencia. Me levanto y me meto en la ducha. Apenas cinco minutos. Desnudo y aún húmedo, me voy a la cocina. Abro un par de colas frías y pillo el plato con los buñuelos que sobraron del desayuno. Mis niñas necesitan hidratarse y un buen chute de azúcares. Las despierto con mimos y besitos.
¿Qué queréis? ¡Yo soy así! ¡Una de cal y otra de arena!
Maby me lo agradece, besándome todo el pecho. Está sedienta.
―           Gracias, amor mío – susurra Pam y se ríe cuando derramo unas gotas de cola sobre sus senos.
―           Vamos, niñas. Beberos la Coca y comeros un buñuelo. Después, ¡a la ducha, que apestáis!
―           Nuevo perfume – escupe Maby, junto con pedacitos de dulce.
―           ¿Te hice daño, preciosa? – le pregunto, alzándole la barbilla.
―           No importa, Sergi, al final me desmayé de gusto, ¿no?
―           Te juro que no quería llegar hasta ese extremo, pero no sé que me pasa… en cuanto me excito…
“Si lo sabes. No seas hipócrita. Compartes alma con el más grande libertino que dio la historia. Eso es poco para lo que puede llegar a hacer”.
―           Puede que no sepas lo que te ocurre – interviene Pam –, pero jamás estuve más cachonda. Era puro fuego lo que sentía.
―           Si. Dabas miedo, pero más me excitaba – admite Maby.
No sé que contestar, así que me enderezo y cruzo los brazos.
―           Así que sumisas, ¿eh? ¿Es algo espontáneo o habíais sentido algo antes?
Las dos apartan la mirada y niegan con la cabeza.
―           Eso no es algo que surja de la noche a la mañana. Es un comportamiento que se forja con abusos y maltratos, con una infancia bajo una férrea autoridad, y cosas así – mascullo.
“A no ser que el viejo loco se esté imponiendo, allanando, a su manera, el camino”.
―           Vale, ya veremos en que queda esto. ¡A la ducha! – y las chicas salen corriendo.
La cama apesta. Retiro toda la ropa y hago un lío con ella, llevándola a la lavadora. Me cuesta un poco llevar el colchón a la azotea, yo solo, más que nada por las dimensiones, pero, al final, lo dejo allí, aireándose hasta la noche.
Me acomodo, desnudo, en el sofá, viendo una de esas tontas películas que echan en la tele, la tarde de los sábados. Las chicas aparecen, tan desnudas como yo. Nunca me canso de admirarlas. No las dejo sentarse. Sitúo a Pam entre mis piernas, en pie, y le pido a Maby que la excite.
Obedece al instante, con una de esas sonrisas sibilinas que sabe componer. Se abraza al cuerpo de mi hermana, haciendo coincidir los enhiestos pezones, deseosos de entrar en contacto con algo. Las coloco de perfil a mí. No quiero perderme detalle del trabajo de sus bocas. Verlas besarse me pone a mil por hora.
Deslizo mis dedos por sus nalgas, comprobando que Pam ya tiene las suyas impregnadas en crema lubricante. Buena chica. Mis manos las unen aún más, empujando la una contra la otra. Entrecruzan sus muslos y comienzan a frotarse lánguidamente, con ese vaivén sensual y enloquecedor que toda hembra parece llevar en los genes, cuando se roza contra otra congénere.
A los diez minutos, ambas están locas por tumbarse y pasar a mayores entre ellas, pero esa no es mi intención, claro. Mis dedos no han dejado de dilatar el esfínter de Pam, haciéndola gemir y rotar las caderas, pero sin dejarla correrse. Ahora, es el momento de atraerla sobre mi regazo, sin dejar que las dos se besen. De espaldas, la conduzco hasta sentarla sobre mí. Enseguida, sus nalgas comienzan a frotarse contra mi enhiesto pene. Maby se inclina, sin dejar de mordisquear los labios de mi hermana. No la quiere dejar, pues ella sabe lo que le espera.
―           Ponte de cuclillas sobre mi regazo – le pido dulcemente al oído.
Pam coloca sus pies sobre el sofá, uno a cada lado de mi cuerpo, y alza su cuerpo, manteniendo sus nalgas pegadas a mi retozona polla. Echa sus brazos al cuello de su compañera, como un náufrago se agarraría a una boya. Sabe que ha llegado el momento, y, a pesar de cuanto ha entrenado su agujerito, tiembla.
La hago alzarse un poco más y apuntalo la polla contra su ano. Le meto un dedo en el coñito. Hay que aprovechar toda esa lefa. No me lo pienso y le meto media polla en la vagina, haciéndola gemir largamente en la boca de Maby. Muevo mi miembro lentamente, empapándole de jugos. Hora de cambiar de agujerito. Como siempre, introducir el glande cabezón es lo más duro, y, tras un par de intentos, lo consigo. Enseguida, el esfínter se contrae, atrapando mi polla con la fuerza de unas tenazas. Me hace gemir.
―           Relaja, Pam – escucho decir a Maby. – No te pongas tensa que es peor…
Su ano me libera. Buena chica. Maby se ocupa de chuparle los pezones, inclinándose aún más, y ha bajado también un dedo al clítoris de Pam. Es una buena ayuda. Noto como mi propia hermana se empala lentamente, presionando con su peso. La dejo continuar a su ritmo, que ella busque el camino más adecuado.
―           Lo estás haciendo muy bien, cariño – la animo.
―           ¡Es diez veces más gorda que el vibrador! – dice, con los dientes apretados.
―           No exageres, tonta – musita Maby, sin dejar de mordisquear sus pezones.
Pam gruñe y la empuja hasta ponerla de rodillas, ante su coño.
―           ¡Come! – le dice, con un nuevo gruñido, y Maby sabe que lo necesita.
Hunde su lengua en el mojado coño, haciendo que Pam agite sus caderas con ansias, y acaba descansando la espalda contra mi pecho. Aprovecha para poder usar una mano y apretar la cabeza de Maby contra su pelvis.
―           ¡Necesito correrme, Maby! ¡Necesito… correrme ya!
La pobre Maby pone todo de su parte, usando lengua, labios y dientes. Incluso le mete un par de dedos. Pam se estremece largamente, alcanzada por la fuerza del orgasmo. Al mismo tiempo, empuja su cuerpo para meterse varios centímetros más en el culo.
―           ¡Eso es, campeona! – aclamo, comprobando que ha conseguido meterse mucho más de la mitad de mi miembro. – Casi no te queda nada, hermanita.
―           Lo haré… te lo juro – jadea, los ojos cerrados. – Dame un… segundo…
La aferro por los olvidados senos. Aprieto con saña, haciéndola gemir de nuevo.
―           Muévete, nena. Ya todo depende de ti – le digo. – Impón tu ritmo.
―           Si… si.
Maby, de rodillas, las manos sobre sus muslos, nos contempla con pasión. Sé que está enfebrecida, cachonda a más no poder, pero es consciente de que no es su turno. Quien ahora cuenta es Pam, la dulce y tierna Pamela, horadada por un trepanador de grueso calibre. Jeje.
Mi hermana ha comenzado a moverse con un empuje que no me esperaba. Se inclina hacia delante, colocando sus manos sobre los hombros de su compañera. Esta le sonríe, orgullosa de ella. Pam sube y baja, como un pistón, con fuerza y ritmo, ni demasiado lento, ni demasiado fuerte. Sube hasta dejar casi toda mi polla al aire, y se clava con un pequeño gemido. Toma aire al alzarse y lo expulsa al caer. Es como un tantra, repetitivo y sensual.
Ya la tiene toda dentro, bien aceptada, pues su recto me opri

me con unas contracciones que… ¡Os juro que me está ordeñando!

―           Aaah, Pamelita… ¡Te estás corriendo! – exclama suavemente Maby, inclinándose un poco y recogiendo la emisión de fluidos de Pam con su lengua.
―           ¿Lo hagooo bien, Sergiiii? – me pregunta con un quejido.
―           Eres la mejor, Pam. Nunca una hermana ha demostrado tanto amor y entrega a su hermano – la adulo.
Ella sonríe, cierra los ojos y reanuda su cabalgata. Maby se pone en pie. Se queda ante nuestra, pellizcándose un pezón y con la otra mano metida en su coño, las piernas abiertas.
―           No aguanto más, coño… — murmura.
Se sube al sofá, de pie ante Pam, quien alza los ojos para mirarla. Mi fogosa pelirroja sabe lo que quiere su amiga del alma y está dispuesta a dárselo.
―           Ponme el coño en la boca, zorrilla – susurra.
―           Gracias, Pam – musita la morenita a su vez, colocando su pubis al alcance de la boca de su compañera.
De esa forma, los tres estamos conectados, pendientes de nuestros movimientos. Maby no tarda en dejarse caer hacia delante, para no doblar sus rodillas y quitar el coño de la boca de Pam. Así puede llegar hasta mi boca y hundir su propia lengua en busca de la mía.
En unos minutos, el culo de Pam vuelve a exprimir mi polla, de tal forma que detona mi orgasmo, llenándole el culo de leche. Maby, muy cerca también de su propio orgasmo, contempla, desde muy cerca, la expresión de mi rostro abandonado al placer. La saliva gotea de su entreabierta boca sobre mi barbilla y cuello. Cierra los ojos y se estremece, mientras sus dedos, engarfiados a la cabeza de Pam, tironean de sus rojos cabellos.
―           Uuuuhhh… ¡Joder con la… perra…! ¡Que lenguaaaaa…! – chilla.
Pam sigue con su ritmo, aprovechando que mi polla apenas ha menguado en su dureza. Maby se ha dejado caer sobre el sofá, jadeando y contemplándonos. Pam dobla una muñeca hacia atrás y mete sus dedos en mi boca. Su mirada me recuerda la de los fumadores de opio, soñadora, febril, las pupilas dilatadas. Pero, ¿cuándo he visto yo algún fumador de opio?
―           Llévame al cielo… otra vez, mi dueño – me suplica Pam.
―           ¿Cuántas veces te has corrido, putón?
―           Tres… vida mía… una por el coño… y dos por el culoooo…
―           ¡Joder! ¡Te voy a hacer sangrar, zorra! – me excita su capacidad de gozar. La taladro sin miramientos, lo más fuerte y rápido que puedo.
―           Si…. Oh, si… así Sergiiiiiiii… aaaaahhh…
―           Hijos de puta… — murmura Maby, llevándose de nuevo los dedos al clítoris, sin dejar de mirarnos.
―           ¡La madre que os parió, malas putas! ¡Vais a daros conmigooooo! – grito enardecido.
Tumbo tanto a Pam hacia delante que la tiro del sofá. Debe colocar sus manos en el suelo, la cabeza colgando, las piernas abiertas sobre mi regazo. Sus rizos pelirrojos barren el parqué. Debo acompañar su caída para que no me parta la polla, pero consigo ponerme de rodillas y la cosa mejora. Creo que a esta postura la llaman la carretilla, solo que se la estoy metiendo por el culo.
―           Aaayy, Sergi… me matas de gustooo… ¡Quiero follar cada día!
―           Zorrón – mascullo.
―           ¡Quiero que me folles hasta que… me preñes… hermano!
―           Calla…
―           Que me preñes… una y otra vez…
―           ¡Calla, puta!
Pero Pam parece que ha entrado en un nirvana particular. Se corre y balbucea locas ideas, sin parar. Solo puede gritarle que se calle, pero lo cierto es que solo pensar en lo que dice, hace que me corra, sin control.
―           Darte muchos… hijos… para que follen con… nosotros… también…
―           ¡CALLAAAA!
―           ¡Diosssss! ¡Queeee morbooooo! – aúlla Maby, corriéndose, casi al mismo tiempo.
Pam queda en el suelo, jadeando, la boca pegada a la madera, dejando surgir un hilo de saliva. Yo caigo sobre Maby que, a pesar de quedar aplastada, me lame la mejilla y la nariz, abrazándome.
Hemos tenido tres orgasmos simultáneos; tres intensos orgasmos, desaforados y perversos, pero con un solo pensamiento. Creo que se podría decir que ha nacido una nueva religión.
¿No?
                                    CONTINUARÁ.
Si queréis comentar algo, mi email es: la.janis@hotmail.es
 
 
 

 

 
¡SEGURO QUE TE GUSTARÁ!/