Navidad, Navidad, dulce Navidad.
El viaje a Salamanca es un tanto silencioso. Hemos salido de Madrid casi al mediodía, decidiendo parar en algún punto del camino para almorzar. Las chicas están meditabundas, reservadas, incluso algo tristes. No solo piensan en cuanto ha sucedido en estos días, sino que, a pesar de que nos queda una semana, más o menos, para estar juntos, regreso a la granja.
De repente, Pam empieza a hablar.
―           He visto, mientras hacía la maleta, que solo hay un cinturón con vibrador en el cajón. ¿Alguno de vosotros ha cogido el otro?
―           No, yo no – contesta Maby.
―           Lo he cogido yo – digo, mirando la carretera.
―           Ah – ese simple sonido expresa todas las preguntas del mundo. ¿Sumisas? ¡Una mierda!
―           Se lo he dejado a una vecina – murmuro.
―           ¿Una vecina? – Maby me mira, totalmente sorprendida.
―           Si, Almudena, del tercero B.
―           Pero… pero… — Maby no consigue acabar la frase.
Pam, que también me mira, parece más serena, y eso no me gusta demasiado.
―           ¿Puedes explicarnos por qué? – pregunta calmadamente.
Asiento y relato cómo conocí a Dena, y cómo congeniamos enseguida. Mi primera amiga en Madrid.
―           ¿Así que quieres ingresarla en el círculo también? – la pregunta de Maby es áspera, la verdad.
―           Maby, recuerda que ya no hay círculo – la corta Pam, callándola.
―           No, os lo juro. Nunca he pensado en unirla a vosotras. No siento lo mismo, ni parecido siquiera.
―           ¿Entonces? – Pam parece querer comprender.
―           Ha sido mi primera sumisa, antes que vosotras incluso. Es una forma de experimentar hasta donde puedo llegar.
―           ¿Tendremos que confraternizar? – pregunta Maby, con un mohín de enfado.
―           Eso depende exclusivamente de vosotras – intento zanjar el tema.
―           Es vieja – a Maby le bastan dos palabras para definir todo el asunto.
―           No es vieja. Tiene treinta y tres años. Tiene una hija de catorce. Esta divorciada y trabaja en casa, haciendo algo en Internet, no sé…
―           Te la has follado, ¿verdad? – Pam es más directa con sus preguntas.
―           Si. Ahora se está entrenando para la sodomía, con uno de los cinturones.
―           Está bien. Ya la conoceremos cuando volvamos – murmura Pam, antes de cerrarse en un tenso silencio.
Hacemos un buen centenar de kilómetros, en medio de un silencio opresivo, y ya empiezo a buscar un sitio para parar cuando Maby hace la pregunta:
―           Oye, Pam… ¿La del tercero B es esa que tiene un culo estupendo?
No tengo más remedio que soltar una carcajada. Pam mira a Maby y luego a mí. Se echa a reír también. Acabamos riéndonos tanto, los tres, que tengo que parar a un lado de la carretera. Me seco las lágrimas antes de regresar a la calzada, mientras Pam besa a Maby, llamándola “tontina”.
Los nubarrones de celos se han alejado, por el momento.
Llegamos a Fuente del Tejo justo para el momento del café. Si, somos como los ingleses. No tomamos té, pero si café, aunque no a las cinco, sino a las cuatro, y con dulces de Navidad, por cierto.
Como ya habíamos avisado antes, está toda la familia esperándonos. Desde el más pequeño al más grande. Madre nos abraza con fuerza y cariño, padre besa a las chicas y, mirándome atentamente, me ofrece, por primera vez, su mano. Después, mi madre me toma por los brazos y también me mira, con ojos asombrados.
―           ¿Qué habéis hecho con mi niño grande? – pregunta, tocando mis mollas.
―           He adelgazado, madre – le digo.
―           Ya lo veo, Sergio, pero… ¡has perdido mucho! ¡En solo una semana!
―           No tanto, madre, es la ropa.
―           Y llevas un nuevo peinado… y esos pantalones… ¡Estás muy guapo! – se ríe. — ¿Ha sido cosa vuestra, chicas?
Ellas asienten, también sonrientes. Saúl se acerca y me golpea un hombro, un gesto muy suyo. Le palmeo la espalda. Así son los gestos cariñosos de mi hermano. Gaby, como siempre que puede, está subido a los brazos de Pam. Tonto no es el niño.
Mientras tomamos el café, padre me pone al corriente de lo que ha sucedido en la semana. Como yo había previsto, no mucho. Las cosas están tranquilas. Los pedidos de Navidad están casi todos preparados, y Saúl está ayudando bastante. Me giro hacia él, con una muda pregunta en los ojos.
Saúl nunca ha gustado demasiado de la granja, y se ha quitado del medio cada vez que ha podido. Últimamente, con su trabajo en el taller de su suegro, ni siquiera se planteaba echarnos una mano en las cosechas.
Se encoje de hombros.
―           Mi suegro ha vendido el taller mecánico. Van a construir un centro comercial o algo de eso.
―           Vaya, lo siento – le digo. Es un palo para él, pues estaba esperanzado a tener esa salida.
―           Bueno, ya buscaré algo.
―           Deberías echar el forraje de las vacas, antes de que se haga más tarde – le dice padre.
―           Si, voy.
―           Te acompaño y te ayudo, Saúl – me mira, extrañado. Nunca hemos tenido demasiado compañerismo.
Pero estoy dispuesto a dorarle la píldora si me salgo con la mía. Una pequeña idea está rondando mi cabeza. Bueno, al menos, creo que es mía.
Llenamos los pesebres de las vacas y controlamos el nivel del agua que tienen para beber. Al menos, están servidas para dos días. A padre le gusta tenerlas siempre así. Saúl se apoya contra la cerca, fuera, y enciende un cigarrillo.
―           Estás muy cambiado, Sergio. Es como si te hubieras arrancado la grasa… ¿No habrás ido a una de esas clínicas…?
―           Ssshhh… no quiero que madre se entere – le chisto, dejándole creer lo que él quiera.
―           ¡Ya decía yo! Es imposible perder tanto peso así de rápido. Se te ve bien, hombre. Más fuerte y más hombre, y ese corte de pelo es muy chulo.
―           Gracias.
―           ¿Qué tal Madrid?
―           Otro mundo, Saúl. Tremendamente activo y diferente a esto.
―           Si, eso dicen.
―           ¿Qué perspectivas tienes ahora? – le pregunto.
―           No sé nada seguro. Le he pedido a varios colegas que me avisen si surge algo, pero no creo que vaya a encontrar nada con futuro en Fuente del Tejo – me confiesa. – Tendré que ir a Salamanca, o Valladolid, y no quiero alejarme de mi novia.
―           Entiendo. Es una pena que nunca te haya gustado trabajar en la granja.
―           ¿Por qué lo dices?
―           Pues porque podrías quedarte con padre y madre, en mi lugar.
―           ¿Y tú? – se asombra.
―           Quiero volver a Madrid. Tengo ciertas oportunidades a la vista.
―           ¿Lo saben papá y mamá?
―           No, aún no. Por eso te lo decía. Ya que tengo que hablar con ellos, si tengo a alguien que me sustituirá, será más fácil.
―           No sé…
―           Bueno, conoces las tareas y manejas bien toda la maquinaria, además de saber repararlas. Eres perfecto.
―           La verdad es que la faena no es pesada y estaría en casa – le estoy obligando a reconsiderarlo y no he tenido que clavarle la mirada.
―           Lo que padre me da al mes será para ti y creo que puedo conseguirte algo más.
―           Hace años, las tareas de la granja me parecían pesadas e ingratas, ¿sabes? – me confiesa. – Pero, comparado con los trabajos que tienen algunos de mis amigos, e incluso con el que hacía en el taller de mi suegro, ya no me lo parecen.
―           Una vez que te acostumbras al horario, se está bien. Tienes muchos días libres cuando llega el invierno fuerte, e incluso en verano.
―           Nunca habíamos hablado de esto, tú y yo. Te tenía por un crío…
―           Si, un crío que te saca dos palmos – bromeo.
―           Jeje. Si – tira el cigarrillo a un charco. — ¿Sabes, Carla y yo hemos empezado a buscar un pisito. A ella le va bien en su trabajo y queremos vivir juntos. Si puedo aportar algo a eso, sería un buen comienzo.
―           Puedes hacer más que eso, tonto.
―           ¿A qué te refieres, Sergio?
―           Padre siempre nos ha dicho que cedería un pedazo de terreno a cualquiera de nosotros que quisiera hacerse una casa aquí. Dispones de buena madera propia y de amigos emprendedores. Puedes hacerte una bonita cabaña detrás de los bosquecillos o en otro lugar que te guste, por poco dinero. Espacio hay de sobra.
―           Tienes razón – dice, mirando el horizonte. – Ahorraríamos comprar el terreno y puedo tener una cabaña en pie, de lo más moderna y cómoda, en cuarenta días. Los costes municipales no son demasiados…
Saúl se estaba emocionando con las ideas que le doy. Le planteo la posibilidad de criar setas en la zona umbría del norte de la finca, o volver a abrir el viejo aserradero de Berno. Solo tendría que arrendar la finca al ayuntamiento y plantar más árboles.
Al final, se decide y me da incluso las gracias. Esto de la manipulación, mola.
Esa misma noche, cuando las chicas suben al desván, les cuento lo que Saúl y yo hemos hablado. Pienso hablar con mis padres al día siguiente y decirles que quiero volver a Madrid con ellas, y buscar un empleo. Ellas se alegran muchísimo y me lo demuestran fervorosamente. Dejo sus culitos en paz, por el momento. Aún es pronto para volverlas a sodomizar, pero tienen otros agujeros para jugar y llenar. Ni siquiera nos importa que mis padres nos descubran.
Al día siguiente, lunes, reúno a padre en el taller de madre, y allí les expongo mis ideas. Al principio, madre llora un poco, diciendo que su hijito se marcha de casa, pero a padre le parece bien. Dice, poniéndome una áspera mano sobre el hombro, que Madrid me ha sentado bien, que me ha espabilado. Madre se preocupa por cómo me voy a ganar la vida. Les hablo de la gente que Pam y Maby conocen, en algunos sectores. Que no se preocupen, que algo encontraré.
Hablamos y hablamos, como nunca hemos hecho. Madre se da cuenta que su niño ha crecido. Ha hecho falta que me fuera una semana para que lo aceptara. Sigue llorando, pero noto que está orgullosa. Comentamos la necesidad que tiene Saúl de disponer de un sueldo, ya que él y Carla están buscando casa. Mis padres son cabales y reconocen que lo que me daban a mí como estipendio era una miseria, pero, como yo no tenía apenas gastos y no pedía más, pues se acomodaron a ello. Serán mucho más generosos con Saúl.
También comentamos la posibilidad de construir una casita para la pareja en la finca y eso los anima más que nada. Están muy contentos con la idea de que Saúl acepte quedarse a vivir a su lado. Les dejo haciendo planes sobre la mejor ubicación de la nueva casa.
Uno de dos.
Con esto, me refiero a los asuntos que pretendo dejar solucionados en Fuente del Tejo, antes de marcharme. La verdad es que he tenido mucha suerte de encontrarme con Saúl parado y dispuesto a asumir responsabilidades. En apenas, dos días, el asunto que más me molesta, ha quedado solucionado.
El otro asunto trata sobre una satisfacción personal y puede ser un poco más complicado. Por la noche, solo Pam sube al desván. Al parecer, Gaby está pasando mala noche y madre no hace más que dar vuelta a su habitación. Maby se ha quedado cubriéndonos.
―           Pero me ha dicho que nunca ha hecho el amor en un granero, sobre la paja – me dice, besando mi cuello, los dos desnudos bajo las mantas.
―           Mañana la llevaré al granero y tú nos cubres.
―           Claro, peque.
Es un buen momento para hacerle los dos agujeros a mi hermana, el delantero y el trasero. Le dejo tanta leche dentro, que tiene que sentarse en el pequeño lavabo que tengo en el desván y sacársela, antes de bajar a acostarse con Maby.
Martes. Me levanto temprano y salgo a correr, como todos los días. Ya no me cuesta ningún esfuerzo recorrer diez o doce kilómetros. Mi cuerpo pide más esfuerzo, quizás ejercicio violento. Tendré que ir al gimnasio y escoger algo nuevo.
Ayudo a Saúl con las tareas y le informo de todos los pequeños trucos que siempre he utilizado. Me lo agradece sinceramente.
Después de comer, Pam convence a padre para que la lleve a Parrada, un pueblo cercano, a escoger unas velas y unos centros de mesa para la cena de Noche Buena. Padre farfulla sobre las aparentes locuras que les da a las mujeres.
Que buenas ideas se le ocurren a Pam. Tomo de la mano a Maby y la llevo al viejo granero. El amplio altillo está lleno de alpacas de paja. Tiendo una vieja manta y nos desnudamos. Le lleno sus tres hoyitos, una descarga para cada uno. Nos pasamos más de dos horas follando. Maby pide una tregua al final, riéndose, el pelo lleno de briznas secas.
―           ¡Que la que quiere quedarse preñada es tu hermana! – exclama.
Esa noche no sube nadie, me han enviado un mensaje que si las dejo jugar solas. ¿Qué voy a hacer? Soy un Amo demasiado bueno…
Miércoles. Día de compras. Navidad es el viernes y la cena de Noche Buena, mañana.
Llevo a madre y a las chicas a Salamanca. Tenemos que comprar los mariscos, la bebida, y todo lo necesario para organizar una magnífica comilona. Madre me dice que, como todos los años, van a venir mis tíos de Málaga. No hay forma de escapar a eso, por mucho que uno quiera. Son un peñazo total. ¡Verdaderos beatos!
Padre se encargará de matar al lechón que han reservado en la granja mientras estamos fuera. Le he dicho que Maby es casi vegetariana – la única carne que come es pescado –, y pretendo que no se entere de ese “crimen”. Durante toda la mañana, madre y las chicas me tienen de mulo de carga, recorriendo, primero, el mercado de abastos, y después un gran supermercado Mercadona. ¡Por Dios! ¿Cuántos vamos a comer? ¿El Tercio de Melilla?
Me escapo una hora con las chicas, justo después de almorzar, y las llevo a la laguna Abel. Conozco un par de agujeros en la valla de tela metálica que nos permite acceder al interior de la comuna. No se ve a nadie en la laguna, así que nos tumbamos en la orilla, sobre la suave hierba, tomando los oblicuos rayos de sol de diciembre.
Maby nos pregunta por los hippies, pero sabemos poco sobre ellos. Viven en las grandes barracas de más abajo, y andan desnudos si el tiempo es bueno. La jovencita me mira y me dice que le encantaría estar en una colonia nudista conmigo, y disfrutar viendo como todas las mujeres desean mi badajo.
Esta niña está totalmente salida. El caso es que, entre las dos, me hacen una maravillosa felatio, con lo cual debo devolverles el favor, masturbándolas largamente, una con cada mano, para tenerlas contentas. ¡Después, cuando se mosquean, me echan a la cara que yo soy su Amo! ¡No te jode!
Esta noche, hay tema con las dos. Se arriesgan y suben las dos al desván. En previsión a estas sesiones, he engrasado bien mi dura cama, y apretado todos los tornillos. Apenas hace ruido. No creo que tengamos ocasión durante las fiestas para estar juntos. Deberé compartir el desván sin duda. Así que hay que aprovechar esta noche.
Pam me suplica que la tome analmente, nada más meterse en la cama. Viene ardiendo. Han estado jugando entre ellas mientras todos se acostaban en casa. Le digo a Maby que le lubrique el culito y lo hace muy bien, con saliva y jugos del propio coño de Pam. Mientras, mi hermana me chapa el miembro con real maestría, dejándolo lo suficientemente mojado para intentar la sodomía.
Estas perras ya son maestras en el arte. Pronto podrán meterse lo que sea por el culo, sin hacer figuras raras con la cara. Me prometo visitar de nuevo el sexshop del barrio. Aquella deliciosa dependienta seudo gótica tenía muy buenas ideas…
Penetro a mi hermana por el culo. La tengo tumbada bajo mi cuerpo, sus piernas apoyadas en mis hombros, su ano traspasado. Maby se sienta sobre su cara para ahogar, con su coñito, sus gritos. Nos pasamos jugando buena parte de la noche. Descargo por quinta vez, esta vez, en sus bocas, mientras Maby me mete uno de sus deditos en el culo.
Jueves. Noche Buena. Madre y yo nos pasamos gran parte del día en la cocina. Pam y Maby nos echan una mano, cortando, pelando, emplatando, montando canapés… hay tareas para todos, incluso para Gaby, que es el encargado de colocar las servilletas de tela en los aros. Las chicas juegan a atormentarme. Cada vez que pasan cerca de mí, me pellizcan o me soban, procurando que madre no se de cuenta, pero no estoy yo muy seguro de que madre sea tan despistada.
Nos escapamos en muchas ocasiones, para besarnos unos a otros, fuera, en el porche, o bien en el patio del pozo. Besos fugaces, ávidos lengüetazos, salivas calientes… ¡Delirio navideño! Jajaja…
Mi tía Nati llega, con su familia, a media tarde. Le explico a Maby la historia de tal personaje.
Natividad es la hermana menor de madre. Menor en apenas dos años, hay que puntualizar. En su juventud, fue la oveja negra de la familia. Cuando madre se quedó en estado de Saúl, tenía diecisiete años y no le quedó más remedio que casarse con padre, dejando sola ante sus estrictos padres a Nati. Durante dos años, las cosas fueron muy mal entre ella y sus padres, los cuales estaban muy pendientes de sus andanzas. La coartaban completamente, llegando a encerrarla en varias ocasiones. Finalmente, Nati se fugó y acabó enla Costadel Sol. Allí conoció a Valerian, un joven pastor metodista francés, que estaba construyendo su iglesia. Estaba a cargo de una pequeña comunidad gala e inglesa, en Estepona.
Según Nati, Val – como llama a su ahora esposo – supo ver en ella la angustia que sufría su alma. Más bien creo que le impactó el tremendo cuerpazo que tenía mi tía y que aún mantiene. Hay que reconocer que mi madre es aún atractiva a sus cuarenta años, un tanto ajada por las duras faenas, pero su hermana es incuestionablemente mucho más hermosa que ella, más joven, y mucho mejor cuidada, ya que no le pega ni un palo al agua.
Mi tía Nati es una de esas mujeres atemporales. Con veinte años tenía el mismo cuerpo y el mismo rostro que ahora, dieciocho años más tarde. Y, por cierto, que lo deja en evidencia en el mismo momento en que me abraza. Un poco más y sus pezones me perforan un pulmón. ¡Que pedazos de senos!
Bueno, que me voy por los cerros de Úbeda. Retomando lo que estaba diciendo. El pastor metodista franchute la tomó bajo sus alas, se enamoraron y se casaron. Tía Nati pasó de ser una activista revolucionaria a la perfecta esposa del pastor de una comunidad casi cerrada. Aprendió buenas maneras, dos idiomas, a cocinar, a ayudar a su esposo con su iglesia, a dirigir los asuntos femeninos y sociales de la comunidad, y, sobre todo, a criar hijos.
El matrimonio tiene seis criaturas y ninguna de ellas es ciertamente suya. Tía Nati no puede tener hijos, así que los adoptan. Si, como el que compra ovejas. Por el momento, acogen dos asiáticos, niño y niña, un negrito, una niña saharauis, un jovencito rubio, autóctono y digno de un póster, y otra chiquilla sudamericana. Ni idea de los nombres, en este momento, pero ninguno pasa de los diez años. Es como tener un colegio permanente en casa.
Pero nada de eso es el verdadero problema. No, señor. Aún me acuerdo de la pasada Navidad… Donde los señores Gueran sitúan sus pies, tiene que florecer el espíritu metodista por narices. Durante cinco días, hubo que aprender a rezar según el evangelio metodista, a repetir sus sagradas consignas, y llevar una vida recta y digna. Las chicas se encogen de hombros. Habrá que aguantarse. Solo vamos a quedarnos hasta el domingo.
Pero creo que aún hay una oportunidad de diversión. Cuando mi tía Nati se bajó de la gran furgoneta Espace, que tío Val conduce como si fuera un portaaviones escorado, noté un par de miradas que no me esperaba. ¿Asombro? ¿Interés? ¿Admiración? ¿Morbo? No estoy seguro, pero creo que oscila entre estos cuatro estados. Quizás el gran abrazo que me dio, aplastando sus tetas contra mi pecho, pretendiera decir algo más. Me tironeó de las mejillas, palpó mis brazos e hizo un comentario sobre los kilos que había perdido, mientras pasaba su mano por mi cada vez más plano vientre.
Si mi olfato no me falla, diría que mi tía me ha metido mano.
El que si estuvo muy contento con la llegada de mis tíos, fue Gaby. De pronto, tenía seis amiguitos con los que jugar y perseguir por toda la granja. Pam les presenta a Maby, y ambas reciben una pequeña charla de advertencia sobre los pecados de la soberbia y de la lujuria, por parte del cada vez más calvo tío Val, cuando este averigua que las dos son modelos. Tía Nati está a su lado, asintiendo con la cabeza, pero noto sus ojos clavados en mí.
Si. Cada vez estoy más seguro de su interés. El tabú del incesto ya no me asusta. Me convierto en la sombra de mi tía. Cada vez que se vuelve, estoy ahí, mis penetrantes ojos clavados en ella. Pero no solo eso. Procuro rozarme contra ella, en la cocina, en el pasillo, ante la chimenea, dándole pistas sobre lo que hay escondido en mis pantalones. Creo que la tengo medianamente cachonda a la hora de la cena. Entonces, me siento a su lado. Mis chicas, sentadas frente a mí, no dejan de sonreír maliciosamente. Se han dado perfectamente cuenta de mi juego y se muestran totalmente de acuerdo con la idea de pervertir a una dama hipócrita.
La cena resulta ser tan típica como una estampa navideña. Brindis y buenos deseos, sonrisas que, sin ser falsas, no resultan del todo creíbles. Saúl es el que no bebe de todos los adultos, pues debe conducir tras la cena. Sin embargo, tío Val parece que se ha aficionado bien al vino de la sacra misa, porque ya es la tercera botella que abre y reparte.
En una de esas espontáneas celebraciones, tía Nati se inclina sobre mí y me da un beso en la mejilla, colocando una de sus manos sobre mi muslo, algo perfectamente natural. Lo que no es natural, es que mi polla descansa en la pernera y reacciona al roce de sus dedos. Tía Nati abre la boca, con sorpresa. Sus ojos me miran, como queriendo asegurarse que lo que ha tocado no es el bote de Ketchup. Sonrío débilmente, haciéndome el tímido, pero tía Nati ya ha mordido el anzuelo.
A veces busco comprender el conmutador que la mayoría de las mujeres tienen en el cerebro. Todas dicen que el tamaño no importa, que no gustan de musculosos tipos de gimnasio, que los ligones de playa son una especie a extinguir, pero, en el momento, en que tienen a uno de estos especímenes al alcance, hay como un chispazo en su mente, una liberación de carga positiva o negativa, que genera una inusual sensualidad y libertinaje y las convierte en lobas.
En el caso de mi tía, es un tic, un espasmo muscular que activa su brazo, lanzándolo hacia mi pierna, una y otra vez, apretando tanto la pierna como mi pene, entre risas flojas que trata que coincidan con cualquier comentario jocoso que se diga en la mesa. En uno de esos “incontrolados” movimientos, atrapo su muñeca, metiendo la mano debajo de mi servilleta, justo sobre mi paquete sorpresa. Casi se atraganta con el vino que está a punto de ingerir. Sonrío a mis chicas, las cuales están muy divertidas con nuestro juego, y prendo mi mirada en los ojos de tía Nati, que me mira por encima del borde de su copa.
Mi miembro está cada vez más hinchado y duro, casi no cabe en la pernera. “Jesús divino”, la oigo murmurar. Parte del vino que debe llegar a sus labios, se derrama sobre su pechera. Reacciona malamente, retrayendo su mano y volcando aún más la copa.
―           Ay, ¡que torpe soy! – exclama, intentando secar el vino que empapa sus senos.
―           Pamela, ve con tu tía y ayúdale a ponerse algo mío – dice madre, haciéndome pensar sobre la extraña disponibilidad del destino. Pam me sonríe, al levantarse.
A los tres minutos exactos, también me levanto y murmuro una excusa, fingiendo un retortijón de estómago que me ayuda a esconder el tremendo bulto. Escucho a Pam en su dormitorio.
―           Creo que este sujetador te estará bien. Los de mamá son más pequeños. Sécate bien, tía.
Pam la deja cambiarse y sale al pasillo. “Toda tuya”, marcan sus labios, Regresa al salón y, entonces, me deslizo en busca de mi impresionada tía Nati. Se gira cuando me ve reflejado en el espejo del armario de Pam. Se está abrochando un sujetador de copa suelta, blanco, el único que le puede servir, ya que tiene mucho más pecho que mi hermana. Intenta taparse con los brazos.
―           No deberías estar aquí, Sergio.
―           Yo creo que si – susurro, desabrochando mi pantalón.
Tía Nati contiene la respiración mientras me saco el miembro. Suelta el aire de golpe cuando lo contempla en toda su magnitud.
―           Es un regalo de Dios, tía – le digo.
―           ¿No te duele? – se olvida de su senos casi desnudos, alargando una de sus manos hacia mi polla. Se detiene a unos centímetros.
―           Solo si la muerdes, tía Nati – bromeo. – Tócala, verás que suave y caliente está…
―           No… no… puedo…
―           Vamos, la has estado tocando por encima de mi pantalón toda la cena. Ahora tienes la oportunidad – digo muy suavemente, tomando su mano y depositándola sobre mi polla.
―           Dios bendito…
No dice nada más. Su mano acaricia muy suavemente mi pene, como si quisiera asegurarse de su realidad. Acerca su otra mano, cubriendo más piel. La dejo que manipule, que explore, que experimente cuanto quiera. Noto que respira agitadamente, concentrada en repartir el líquido preseminal que surge del meato. Yergue mi pene contra mi estómago y ella se pega más a mi. La abrazo y ella alza sus ojos oscuros para clavarlos en los míos. Le acaricio los grandes senos con la otra mano. Entreabre la boca, buscando más aire. La siento estremecerse, pero continúa con la paja.
―           No hay tiempo. No tenemos tiempo – musita.
―           Quizás más tarde, tras la cena – le digo.
―           Si, si, mejor – pero no suelta mi polla.
―           Acaba de vestirte, tía Nati – alzo su barbilla y paso mi lengua por sus labios.
Se queda desencantada cuando me marcho. En toda la velada, no volvemos a tener una oportunidad clara. Los niños son enviados a la cama tras los turrones. Gaby comparte su habitación con Jerome, su primito rubio. Todos los demás dormirán en las camas plegables que hemos instalado en el desván. También he colocado dos viejos biombos que teníamos en el cobertizo, para separar los niños de mi espacio, ya que el desván está diáfano. No me preguntéis, cosas de mis tíos. Espero que no armen mucho escándalo.
La velada se alarga, se cuentan anécdotas divertidas, se comparten recuerdos, y se habla de nuevos proyectos. Tía Nati no deja de lanzarme miradas intensas. Maby no deja de poner ojitos, burlándose. Sobre las cuatro de la madrugada, empezamos a rendirnos y retirarnos. Mañana será otro día.
En efecto, la brumosa mañana trae sus propias sorpresas. El reloj digital de mi mesita marca las 7:45, cuando un ruido me despierta. Al principio, creo que es uno de los niños rebullendo, pero acabo dándome cuenta que es el peso de un cuerpo adulto pisando las tablas. El susurro de una mujer tranquiliza a uno de los niños, haciéndole dormir de nuevo. Mi tía ha subido al desván, a echar un vistazo a sus retoños, ¿o a algo más?
Echo para atrás la manta, mostrando mi desnudez, antes de que ella pase entre los biombos de tela. Viste un corto camisón, blanco y semitransparente, de esos que las beatas no suelen llevar. ¿Es en mi honor? Se detiene a los pies de la cama, contemplándome. Yo hago lo mismo. Esas tetas inmensas me hacen salivar, apenas contenidas por el escote del frágil camisón.
―           ¿Tienes tiempo ahora? – le pregunto bajito.
―           Cállate, Satanás – gime, subiéndose a la cama y avanzando a gatas hasta mí.
Cae en mis brazos y la estrujo. Muerdo sus labios y lamo su cuello. Tía Nati acopla su pelvis justo sobre mi polla y empieza a frotarse con ansias. Parece poseída por una extraña fiebre, presa de una compulsión que no puede refrenar. ¿Podría clasificarse esto como caso de posesión?
Al menos, eso es lo que pretende, poseerme.
―           Oh, Dulce Jesús, no me dejes caer en esta tentación… — musita, apartándose y mirándome a los ojos. Deslizo con facilidad su camisón, por encima de su cabeza.
La dejo con sus dudas mientras, con dos dedos, bajo sus braguitas a lo largo de sus potentes piernas. Tampoco es lencería propia de la esposa de un pastor metodista.
―           Sergio, por el amor de Dios, en silencio, por favor… que no despierten mis niños…
―           Claro, tía, pero… a lo mejor tengo que meter tus bragas en tu boca, para que no grites cuando te la meta – susurro en su oído, haciendo que sus caderas se estremezcan.
Llevo una mano a su coño. Joder, es como una fuente, debe de estar goteando sobre la cama. Le meto dos dedos con facilidad, de lo mojada que está. Me come la boca con ferocidad, gimiendo en el interior de ella. Basta de juegos, está más que preparada para recibirme. Coloco a mi tía debajo, y ella se abre de muslos para recibirme. Se aferra a mi cuello y empuja, nada más sentir el glande abrirse paso entre sus labios mayores.
―           ¡Dios! Joder… coño… ¡Puto niñato de mierda! ¡Vas a hacer que… me corra… sin metérmela completamente… — su boca se descontrola; parece un camionero irritado.
Empujo sin demasiados miramientos. Le cuelo más de media polla. Su cuerpo se envara, sus piernas se estiran.
―           ¡Sergi… Sergiiii! ¡Para… para… por Dios! ¡Es como si me estuvieran desvirgando otra vezzz!
Alargo una mano y cojo sus braguitas, haciéndolas una bola. Se las meto en la boca, cortando sus exclamaciones. Quiero follar, no escuchar plegarias marianas. No empujo más, pero si me muevo rápido, dentro de ella. Sus ojos se desorbitan, clavados en mí. Su pelvis empuja instintivamente, tragando más polla de la que puede soportar. Es lo que suele pasar cuando te corres… que no piensas.
Ni se la saco. Ruedo en la cama, dejándola a horcajadas sobre mí. Ella misma se saca las bragas de la boca. Ya está más calmada. La muy puta sonríe, inclinándose para comerme la boca. Ahí tienen una hembra satisfecha. Inicia un ritmo lento y adecuado, estrujando mi polla con los músculos de su coño.
Poso mis manos sobre esos senos desafiantes y mórbidos. Los tiene aún durísimos, la cabrona, con unos pezones grandes y oscuros. Eleva el rostro, cerrando sus oscuros ojos, captando la esencia del goce que obtiene con la penetración. En ese instante, con aquella luz, y con su espléndida cabellera azabache arremolinada sobre parte de su rostro, me recuerda a aquella tentación llamada Sofía Loren, en sus mejores años.
Sus poderosas caderas se agitan, sin perder el ritmo, buscando arrancar el objeto que las enloquece y, quizás, guardarlo en si interior como trofeo. Son caderas de hembra acostumbrada a follar, de una mujer que sabe usar su sexualidad, y, la verdad, me cuesta mucho trabajo unir, en mi imaginación, a tío Val sobre ella.
Me aferro a ellas, hundiendo mis dedos en las prietas carnes. Se queja, pero no hace nada por apartarlas; solo sigue botando sobre mí, agitándose cada vez más. Deja de apoyarse en mi pecho para tomar sus pezones con los dedos, estirazándolos cuanto puede. Está a punto de gritar cuando le meto tres dedos en la boca, acallándola. Su lengua los relame. Babea sobre ellos. Se inclina para besarme. Aprovecha para susurrarme.
―           Sergio… me estoy corriendo… otra vez… niñato…
―           Lo sé, tía, y vas a hacerlo otra vez más, dentro de un ratito – le digo, sonriendo.
―           Cabronazo – jadea. – Quiero que vengas a visitarnos este veranoooo…
―           ¿De verás?
―           En julio… Val organiza una convivencia… en colonia… se lleva a los niños… podríamos follar todo el día… — plantea ella, aún febril por el orgasmo.
―           Pero tú dispones de tus propios amantes allí – me arriesgo a decirle.
Me mira muy atentamente, totalmente quieta.
―           ¿Cómo sabes…?
―           Mi querida tía Nati. No follas como un ama de casa, y menos como la esposa de un pastor como Val. Eres una zorra follando. Eso significa práctica y mucha…
―           Eres un joven muy experto – sonríe. – Pertenezco a un pequeño… club de amigos y conocidos… organizamos amenas veladas culturales…
―           Ya veo. Y ahora, ¿qué prefieres boca o culo? – la sorprendo.
―           ¡Dios! Boca, por supuesto. ¡Esa cosa no va a entrar entre mis nalgas!
Entrar no entró, pero solo porque no insisto. A final, mi tía está más que dispuesta a dejarse hacer. Pero yo quiero dormir un poco más. Tía Nati la chupa como los ángeles, hay que reconocerlo. Hace que me corra en su boca, y luego, me la follo de nuevo, largamente, arrancándole otros dos orgasmos que la dejan para el arrastre.
Cuando se aleja para bajar en silencio las empinadas escaleras, camina con las piernas muy abiertas, el coño irritado. Me duermo con una sonrisa.
―           ¡Navidad, Navidad! ¡Blanca Navidad! ¡Lalala…la la la…!
El villancico berreado me despierta tanto como los saltos en la cama de mis dos chicas y de Gaby. Los barro a los tres con un brazo, derribándoles sobre mí. Miro el reloj. Han pasado tres horas desde que mi tía se ha marchado. Las chicas y mi hermanito, los tres en pijama, juegan a aprisionarme contra la cama. Las niñas tienen más mala leche, porque me aferran la polla con disimulo.
―           ¡Sergi, Sergi! Saúl nos ha dicho que los chicos de último curso de Bachiller organizan un baile, esta noche, en el pabellón municipal – exclama Pam, exaltada.
―           ¿Nos llevarás, cariño? – pregunta, a su vez, Maby.
―           ¡Eso, eso! ¡A mí también! – se apunta Gaby.
Todos nos reímos con el renacuajo.
―           ¿Un baile del Insti? ¿En Navidad? – pregunto, abrazando a Maby.
―           Si, por lo visto es para su viaje de graduación.
―           Vaya, estamos ya como los yankees. ¡Un puto viaje de graduación!
―           Uuuy… Sergio ha dicho un tacoooo – ríe Gaby, señalándome con el dedo.
―           Sea para lo que sea, el caso es que han tenido la idea de organizarlo en Navidad, aprovechando que cae en viernes – explica Pam. – Es una buena idea, ¿no?
―           Está bien, está bien. Iremos a ver a mis antiguos compañeros de clase. ¿Hay que ir de etiqueta? – pregunto cínicamente.
―           Tú tendrías que ir desnudo – me dice Maby, dándome un pico.
―           Uuuuyyy… ¡Maby ha besado a Sergio! ¡Maby ha besado a Sergio! – cacarea Gaby, hasta que Pam le hace cosquillas.
Las chicas van a vestirse y se llevan a Gaby. Yo me pongo el chándal, pienso hacer algo de ejercicio antes de almorzar. Bajo antes de que las chicas estén listas. Madre me sirve algo de café. Tía Nati me mira, sonriente. Se muestra relajada y feliz.
―           Hace frío para correr, Sergio – me dice madre.
―           No importa, ya me calentaré – respondo, sorbiendo el café y mirando, con toda intención, a mi tía, la cual enrojece levemente.
Aparco la camioneta en la puerta de la ferretería del señor Serros. Las chicas, al bajarse, estiran sus falditas y recolocan sus medias. Están de muerte, las dos. Pam viste de rosa y verde, rosa la blusita y verde la faldita, con mucho énfasis en el “ita”, y unas sandalias de alto tacón, a juego con su blusa. Porta unas medias transparentes con reflejos plateados, y un enorme collar de filigranas metálicas al cuello. Maby ha optado por un vestido rojísimo, con hombros al descubierto y escote redondo. La falda se ensancha al pasar de las caderas, cubriendo unas cortitas enaguas plisadas, que dejan al descubierto todas sus endiabladas piernas, enfundadas, a su vez, en unas oscuras medias. Porta unos largos guantes, a juego con su vestido, que terminan por encima de sus codos, sobre los que muestra varios juegos de pulseras. Los zapatos, también a juego, poseen unos vertiginosos tacones de diez centímetros.
Yo aún me pregunto por qué llevaban esos trapitos en la maleta. ¿Es que ya sabían lo del baile o esperaban que las llevara a algún sitio en particular? Creo que aún no he captado lo de la mente previsora de las mujeres. El caso es que, cubiertas con dos largos abrigos de paño oscuro y cuello de cuero, se pegan a mis costados, en cuanto cierro la camioneta.
Yo voy más normalito. Vuelvo a repetir la indumentaria de mi noche en Kapital. De todas formas, no tengo otra… jejeje.
―           En esta ferretería trabajaba, de forma temporal – le digo a Maby.
―           Oooh, ¿mi nene vendía tornillos? – se ríe.
―           No, descargaba en el almacén. Asustaba a los clientes.
―           ¡Gggrrrr! – gruñe, antes de besarme.
La verdad es que, aunque las dos estén para comérselas, Maby está espectacular, digna de una revista de modas. Pam había insistido en ello. Yo debo dar la nota en el baile con mi novia.
Son las diez de la noche y ya hay bastante gente en el pabellón municipal. El aparcamiento y las calles de los alrededores están abarrotados de coches. Hay mucha gente joven, pero también de mediana edad. Matrimonios jóvenes, padres, e incluso abuelos. Es por una buena causa, claro.
―           A ver, Pam, ¿me puedes explicar por qué coño me saluda la gente cuando antes ni sabían que existía? – pregunto, después de responder con varias inclinaciones de cabeza a los atentos saludos de mucha gente.
―           Fácil, tonto. Primero, ya no pareces el palurdo que ellos recuerdan. Ahora eres… interesante, digamos.
―           Segundo, nos llevas a nosotras del brazo – acaba la explicación Maby.
―           Sobre todo a ella… “tu novia”, ¿recuerdas?
―           Si… si, lo sé. No me gusta llamar la atención.
―           Tarde para eso, cariño. Creo que vas a ser el centro de atención – se ríe Maby.
Pago la entrada de los tres. Los dos chavales que están a ambos lado de la gran puerta, no dejan de mirar las piernas de mis chicas. Las dos jóvenes que me venden las entradas, sentadas en dos sillas de jardín ante una mesa, sacada seguramente de la oficina del pabellón, me examinan, de arriba abajo. Conozco a una de ellas. Estaba conmigo en Segundo de ESO.
Pam y Maby reaccionan de inmediato, cuando se lo susurro, componiendo esa sonrisa encantadora, que irradia suficiencia y superioridad, a partes iguales, y que todas las modelos aprenden a mostrar lo primero. A un paso detrás de mí, mis chicas esperan que me guarde la cartera, enfundadas en sus abrigos, para cogerse de nuevo a mis brazos.
Los chicos porteros deben abrir las dos puertas para que podamos pasar, ya que las chicas se niegan a soltarme, ni a entrar, ninguna de ellas, de segundona. Es una entrada en toda regla, envuelta en los murmullos y comentarios de quien está cerca de nosotros.
Dos de dos.
Creo que he cubierto esa satisfacción personal que buscaba. Un pequeño reconocimiento — ¿venganza? – con el que siempre he soñado. Restregar lo que puedo llegar a ser sobre aquellos estupefactos rostros.
¡Ah, me siento genial!
El público que asiste va bien vestido. Para eso es Navidad, pero nadie se puede comparar al porte que saben adoptar mis niñas. Llaman la atención como rosas entre cardos. Algunos chicos intentan acercarse a ellas, ya que conocen a Pam, cuando las dejo solas para ir a por unas copas. Ellas les despiden con una sonrisa y un movimiento de mano. Pura fashion. Bailamos, bebemos, charlamos con conocidos y vecinos. Incluso varias antiguas compañeras de instituto tratan de entablar conversación conmigo.
Ya he visto que Luis Madeiro me mira con malos ojos. Está en uno de los laterales de la pista de parqué, rodeado de Pedro y sus imbéciles amigos. Varias chicas conforman la reunión, sentadas en sillas. Por el momento, ninguno de ellos se ha acercado y lo prefiero. No creo que sea capaz de soportar nada más de ellos.
Dudo que Luis se haya olvidado del conato de la estación, pero nunca se sabe. Dejo de pensar en todo eso y me dedico a divertirme con mis chicas. Pam pretende quedarse en segundo plano. No puede besarme ni tocarme como quisiera, porque todo el mundo sabe que somos hermanos, pero disfruta viendo la representación de Maby, la novia perfecta.
Al cabo de un rato, me doy cuenta de que la pandilla de Luis Madeiro ha formado un extraño círculo cerrado. Gracias a mi estatura, puedo ver que encierran en el interior a dos hombres menudos y muy morenos. Son latinos, de unos treinta años, y parecen acobardados. Los chicos bailan, se ríen, y, disimuladamente les empujan, quizás le insultan, aunque no puedo escucharles. Pienso que los sudamericanos son trabajadores de la zona, inmigrantes, que tan solo quieren pasarla Navidadsintiendo un poco de calor humano. Mala suerte para ellos, han ido a caer en toda una pira de ocio e incomprensión, me parece.
Me muevo, intentando acercarme con disimulo. Pam le indica a Maby que me acompañe y esta se cuelga de mi brazo. No puedo dejarla atrás. Sin embargo, me topo con quienes no me esperaba, antes de llegar más cerca del círculo de chicos.
Loli Guzmán e Indiana. La novia de Luis y, posiblemente, la de Pedro.
―           Hola, Sergio – me sonríe Loli.
Viste elegante, con una camisa blanca, con encajes en puños y pechera; el tejido muy tenso sobre sus imponentes senos. Una larga falda de cuero, de un tono vino tinto, con una gran apertura lateral por la que asoma su pierna izquierda, enfundada en una media de rejilla, complementa su indumentaria.
―           Hola, Loli. Hola, Indiana.
―           Hello – contesta la simpática rubia, que lleva unos shorts de liviana pana marrón, y un suéter cortito, con escote en pico, y nada más debajo, al parecer. Altas botas, tan blancas como su suéter, cubren sus piernas.
―           Nos habían dicho que te habías marchado a la ciudad.
―           Si, estoy en Madrid, con mi hermana y mi novia – les presento a Maby, quien no se separa de mi brazo, ni para darles un beso en la mejilla. Escucha, posa con su hermoso cuerpo, sonríe, y bebe con una delicadeza digna de la realeza. Creo que todas las chicas del baile la envidian rabiosamente, estas dos incluidas.
―           ¿Modelo también? – pregunta Loli, sabiendo que mi hermana lo es.
Asiento. Maby no se digna contestar, mirando altivamente a su alrededor. Su expresión indica, sin lugar a dudas, que está allí solo por mí, que no está acostumbrada a reuniones tan vulgares. ¡Magnífica actriz!
―           Así que has conseguido dejar la granja – Loli intenta un tono despectivo. Se le habrá pegado de su novio.
―           Si, se estaba quedando un poco pequeña – sonrío.
―           Te habrá sorprendido la capital. Mucha gente – me dice, como si ella fuera muy experta, vamos.
―           Si, claro. Pero tengo una magnífica mentora, ¿verdad, cariño?
Maby gira la cabeza hacia nosotros, prestándonos atención. Asiente y sonríe maravillosamente, sin necesidad de contestar.
―           No habla demasiado, ¿no? – dice suavemente Indiana, señalando a Maby, quien ahora mira hacia Pam.
―           Ya se sabe… Modelos… — se ríe Loli.
Suficiente. El círculo se está abriendo. Los chicos tienen a los dos hombres cogidos por los brazos. Intuyo que se va a liar.
―           Ya sé lo que se dice sobre las modelos, Loli, sobre todo de las rubias. Que apenas tienen amueblado el cerebro – digo, mirándola fijamente.
―           Hombre… — intenta retraerse.
―           Si, salgo con una modelo y tengo amistad con varias. Sé lo que son… Sin embargo, por muy tontas y superficiales que sean – ahora Maby si nos está prestando toda su atención –, ninguna de ellas estaría más de un minuto junto a unos subnormales profundos como esos.
Señalo el círculo, que se ha convertido en una especie de procesión, llevando a los dos hombres, posiblemente muy asustados, hacia la calle.
―           Podrían ser compatriotas tuyos, incluso familiares, ¿no, Loli?
Ella se muerde el labio y aparta la mirada, avergonzada.
―           Lo sé… lo sé – suspira.
―           Entonces, discúlpame, debo impedir que esos capullos lleguen más lejos, porque, al parecer, a vosotros os va eso del racismo.
Me doy la vuelta y envío a Maby con Pam. Intenta decir algo, pero no tengo tiempo de hacerle caso. Sigo al grupo de chicos y veo, como al pasar por delante de la mesa que hace de taquilla, Pedro pide a las chicas encargadas un par de billetes, que mete en los bolsillos de los hombres latinos. Estos ni siquiera se quejan, admitiendo cualquier humillación que los jóvenes quieren causarle. Sin duda, no disponen de documentación legal, por lo que no quieren atraer la atención sobre ellos. Tampoco es que les quede otra opción. Han sido expulsados del baile por ocho tíos o más.
Luis, Pedro y tres amigos más, son los encargados de empujarles fuera, riéndose de ellos.
―           Este es un baile para recaudar fondos para organizar un viaje, no para traer a pelados aquí – se ríe Pedro, tan bocazas como siempre.
―           Esos señores han pagado su entrada como cualquiera de los que estamos aquí, Pedro. Apostaría que eso es algo que tú no has hecho. Tienen todo el derecho de entrar y divertirse. No hay ningún cartel que indique un derecho de admisión, ni un motivo para esta discriminación social – expreso en voz alta, detrás de ellos.
Se giran hacia mí, molestos. Soy consciente que puedo tener a más de ellos detrás de mí, pero también ha salido más gente, entre ella, Maby y Pam, para ver lo que ocurre. Si hay problemas, vendrán de cara, me digo.
―           ¡Estaban metiéndose con las chicas! – me grita uno de ellos, llamado Santiago.
―           No me tomes por tonto, Santiago Corberón. No me trago los cuentos. Yo no fui el que se la meneó a sus compañeros en el campamento de Hinojosa, para que no le dejaran solo en el bosque. ¿Qué tenías? ¿Trece años?
Se queda blanco, sus amigos atónitos. Detrás de mí, escucho los murmullos elevarse. Es el momento en que todo puede liarse. Veamos, si puedo controlar todo esto.
―           Señores – me dirijo a los dos hombres, que me miran con agradecimiento –, yo de ustedes, optaría por marcharme de aquí, ahora que pueden.
―           Si, señor – cabecean a la vez. – Gracias. Es usted un caballero.
Todos les miramos alejarse. Apunto a mi siguiente víctima.
―           Eres muy dado a expresar tu opinión por encima de los demás, Pedro, siempre y cuando estés rodeado y protegido por tus amigos.
Sus ojos relampaguean, furioso, al igual que lo están sus compañeros. Pero les estoy increpando en público; deben tener cuidado con lo que contestan. Además, son muy conscientes de mis dos metros y de que ya no parezco un muñeco Michelín.
―           ¿Quieres expresar ahora lo que piensas sobre mí? Creo recordar que siempre lo has hecho. Cuanto más hiriente, mejor, ¿verdad?
―           ¿Qué quieres, Sergio? – pregunta suavemente Luis, con los puños apretados.
―           ¡Vayaaaa! ¡Si sabes como me llamo y todo! Yo creía que no, Luis. Me había acostumbrado a que me conocieras solo como el Chico Masa o Goliat… pero, ya ves… Solo quiero que nos dejéis en paz, que os llevéis vuestras estúpidas bromas de quinceañeros retrasados a otra parte… no sois los amos de este pueblo, aunque vuestros papis os hayan dicho lo contrario.
―           Te estás pasando, Sergio – me advierte Luis.
―           ¿Si? ¿De veras? ¿Cómo tú te has pasado tantos años, conmigo y con otros muchos? ¿Qué diferencia hay, idiota?
―           ¡Cállate! – grita Pedro, dando un paso.
―           Ven aquí, muñequito y me callas tú. Podéis venir todos juntos, si os da miedo. Me pienso quedar aquí y garantizo que, al menos, dos de vosotros, capullos engreídos, pasarán el resto dela Navidaden una cálida cama de hospital – mi voz sube una octava, dura, precisa, casi indiferente. Todo el mundo ha podido oír mi advertencia.
Inclinan la cabeza, derrotados por mi actitud, sin necesidad de violencia. No les he dejado espacio para enfurecerse, para buscar una digna salida. ¡Pum, pum ¡ Machacados desde el principio, con pública retribución. Así se hace, Sergio, me digo, aunque me gustaría que alguno intentara tocarme…
Cuando estoy seguro que ninguno va a responder, me doy la vuelta y entro de nuevo en el pabellón. Maby se cuelga de mi brazo, como si no estuviera preocupada lo más mínimo por mí, aunque yo noto que está temblando.
La gente me mira y cuchichea. Creo que hablaran de esto al menos hasta Año Nuevo.
Al pasar por delante, Loli e Indiana apartan sus miradas, las mejillas rojas.
                                                                            CONTINUARÁ.
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