Juramento de sumisión.
La desaparición de Eric trae un espectacular cambio en el carácter de Pamela. Saber que ese hijo de puta no puede ya chantajearla, ni hacerle daño, la convierte en una chica mucho más animada, más alegre y vital, con enormes ganas de divertirse.
Cuando subo al apartamento, Pam ya está en pie, con el desayuno recién hecho, y con un plan de acción para todo el día. Sin querer revelar demasiado, despierta a Maby y cuchichean un buen rato en el dormitorio, antes de unirse a mí en la mesa.
Como no, todo eso implica mostrarme todos los monumentos importantes de Madrid, así como buena parte de sus museos y ofertas culturales. Pam quiere que conozca la ciudad, el asentamiento urbano que ha escogido para vivir su vida.
Salimos tras desayunar y nos pateamos la ciudad, desde la Casa de los Lujanes, en la plaza de la Villa, hasta la Puerta de Alcalá, en la plaza de la Independencia; desde el monasterio de las Descalzas Reales a la Puerta del Sol. Visitamos, así mismo, el observatorio astronómico, el Jardín Botánico, y el museo del Prado. Metemos los pies, en la fuente de La Cibeles, la de Apolo y la de Neptuno. Nos perdemos en el Palacio Real y tomamos un refrigerio en a Plaza Mayor.Jamás he tenido un dolor de pies como este.
Estamos tan cansados cuando llegamos a casa, que picoteamos algo de fiambre, un yogurt, y directamente a la cama. Solo pierdo el tiempo en ponerles a las chicas los cinturones vibradores, a velocidad lenta. No tardamos en dormirnos, abrazados.
Un nuevo despertar. Es viernes y amanece nublado y lloviznando. No tengo ganas de salir a correr. No con el tiempo tan desapacible y la paliza que nos hemos dado el día anterior. Apago los vibradores. Han tenido que correrse en sueños varias veces, pues los colchones están manchados.
Están listas ya.
Yo también lo creo.
Me tiro al suelo y comienzo a levantar mi cuerpo con mis brazos. Series de diez flexiones con diferentes posiciones de muñecas y dedos. Sigo un ritmo respiratorio pausado. Cada vez se me hace más fácil. La verdad es que no he pensado demasiado en esa facilidad, en la asombrosa capacidad de mi cuerpo.
Creo que siempre he contado con ella, desde niño. Los arañazos y los rasponazos de mis rodillas curaban muy rápidamente, en el mismo día. Podía levantar el doble o el triple de peso que los demás niños del colegio, o aguantar la respiración más de cuatro minutos, cuando los demás jugaban a los buzos en el patio. Me quedaba aparte y contenía el aliento cuando ellos, dando varias vueltas al gran patio escolar, sin que mis pulmones pidieran más oxígeno.
¿Eso me convierte en un bicho raro? ¿En algo que es más que humano? No tengo respuestas. No sé si soy algún tipo de mutación o que, simplemente, soy más fuerte que la gente normal y corriente. Sigo sosteniendo que provengo de algún rincón de este universo y que he sido depositado entre humanos por algún motivo desconocido. Jajaja.
En algún momento, Maby abre un ojo y me lanza uno de los cojines. “¡Fuera!”, exclama con ronca voz de bella durmiente. Me desplazo al salón, donde comienzo con abdominales de varias inclinaciones. Tras una hora de ejercicios, me ducho y me visto. Preparo café para las chicas y hago dos buenos platos de tortitas. Tomo uno de ellos y bajo a casa de Dena.
Hoy no ha ido al gimnasio. Le tocaba llevar las niñas al colegio y me explica el anárquico sistema rotatorio que usan varias madres para llevar a sus hijos al exclusivo colegio de pago de La Colegiata.Quizás por eso lleva vaqueros y un suéter de lana. Quito el papel de aluminio que cubre el plato.
―           ¡Tortitas! – exclama. — ¡Hace años que no como!
―           Tú pones el café y yo las tortitas – le digo con una sonrisa. – Después te haré otra propuesta.
Ella sonríe de forma pícara mientras saca unas tazas de un estante. Unos minutos más tarde, tras engullir algunas tortitas, me pregunta, realizando círculos con su dedo sobre la piel de mi brazo:
―           ¿Cuál es la proposición?
―           Que tú pongas el coño y yo el ariete – la digo, mirándola muy fijamente.
Se levanta de la silla y se atusa el pelo, como una diva.
―           Vamos a la cama, cariño.
―           No. Aquí.
―           ¿Aquí? – se asombra.
―           Sobre la mesa – la informo mientras quito lo que estorba y lo dejo sobre la encimera. — ¿No has fantaseado nunca con un inolvidable polvo en la cocina?
Se ríe y echa sus manos a mi cuello, besándome. Devoro su boca hasta hacerla gemir. Se derrite en mis brazos cuando mi mano se introduce bajo el suéter de lana. Alzo también la blanca camiseta de algodón hasta tocar piel. No lleva sujetador. Sus hermosos y grandiosos senos se mueven libremente bajo la lana camufladora.
Me encanta torturar sus pezones con pellizcos y tironcitos, hasta volverles tan sensibles que no soportan ni la ropa. Ella misma saca la camiseta y el suéter por encima de la cabeza.
Palmea sus tetas. Empieza suave pero aumenta los golpes al minuto.
“¿Otro truco?”.
No, ella es una sufridora. Está deseando que la controles, que la ordenes.
“¿Una masoquista?”.
Algo así, pero realmente, lo que quiere es obedecer y no tomar decisiones por su cuenta. Empieza con los pechos y veamos como reacciona.
Fustigo sus pezones con los dedos. Dena gime sordamente y eleva los senos, desafiantes. Entonces, dejo caer suaves palmadas desde arriba, haciendo bambolear sus grávidos pechos con fuerza. Me mira a los ojos y se muerde el labio. ¡Que mirada de puta!
Noto como aprieta sus rodillas, buscando presionar su sexo con las piernas. Cambio de ritmo mis palmetazos. Ahora, son bofetadas que inciden sobre los costados de los pechos, que bailotean de izquierda a derecha. Se están poniendo rojos. Dena entreabre la boca.
―           Más fuerte – gime, sin dejar de mirarme.
―           Está bien – dejo de azotar sus senos. – Trae las pinzas de tender, zorra.
Se le abren los ojos al comprender mi idea. Al minuto regresa con una pequeña cesta de plástico, llena de pinzas de todos los colores. La deja sobre la mesa e intenta besarme.
―           No, ahora no. Quítate el pantalón – ella sigue perfectamente el juego. – Siéntate sobre la mesa.
Acoge mi cuerpo entre sus piernas, las manos hacia atrás, apoyadas en la mesa, mostrando orgullosas sus tetas. Pinzo uno de sus pezones. Dena sonríe y agita el pecho, haciendo bailotear la pinza. Hago lo mismo con el otro. Después, en un artístico impulso, coloco pinza tras pinza sobre sus pechos, formando una cerrada espiral. Dena ya no sonríe, se queja y respira suavemente, para no hinchar demasiado el pecho, el cual está tomando un tono carmesí. De vez en cuando, se estremece toda. Deslizo un par de dedos sobre sus bragas. Totalmente encharcadas.
―           ¿Cómo te sientes? – le pregunto.
―           Avergonzada… pero a punto de correrme – confiesa muy bajito.
―           ¿Quieres que te las quite?
―           No… no… eso no.
―           Te sientes muy puta, ¿verdad?
―           Siii… toda una puerca… – me mira esta vez a los ojos. – Tu zorra.
―           Si, eso pretendo. ¿Vas a ser mi puta, mi perra?
―           Si, cariño.
―           ¿Para todo lo que desee? ¿Aunque pueda hacerte llorar y patalear?
Tarda un poco en contestar. Aprieto la pinza del pezón izquierdo.
―           ¡Auch! Si… si, aunque suplique.
―           ¿Comprendes que tendré el derecho y el placer de entregarte a quien me plazca? – la tomo del pelo, obligándola a mirarme.
―           Si…
Lo ha pronunciado en un jadeo. Está totalmente entregada. Por mi mente pasa cuanto he leído sobre dominación y esclavitud. No creí que algo así jamás me sucediera, por lo que siempre lo he mantenido reprimido, encerrado en lo más profundo de mi ser. No voy a psicoanalizarme ahora. No sé si es fruto de mi propia represión juvenil, o un terrible odio hacia mis congéneres, que he desarrollado en la soledad del desván, pero la revelación me golpea con una inesperada fuerza, como una divina epifanía. Tengo la seguridad de haber encontrado mi camino, mi destino.
La tremenda sensación de poseer la voluntad de otro ser, de tirar de los invisibles hilos de titiritero, de dominar todos y cada uno de los aspectos de su vida, me invade totalmente. En ese preciso instante, comprendo donde me ha llevado cada incierto paso que he dado en estos últimos meses; cómo el viejo me ha guiado por un tortuoso camino que solo tenía una meta; la serenidad que otorga la certeza de saber que es cuanto mi alma anhela y desea. La cada vez más evidente autoridad sobre mis chicas, la tremenda excitación que me embargó al manejar a Eric como un pelele, las enseñanzas controladoras de Rasputín… todo ello no es más que una forma de encaminarme a aceptar lo que en realidad deseo inconscientemente: conquistar y dominar a mi alrededor. Manipular profundamente mi entorno.
Es lo que deseo y, ¡por mis santos cojones, en eso me voy a convertir!
Voy a ser un Amo. El Puto Amo.
Bienvenido, hijo mío. Ahora estás completo. En pocos días, asumirás todos mis conocimientos, mis ideales, mis metas, y los proyectos que no he podido terminar. No habrá más dualidad, ni más consejos. Nos fundiremos para forjar una nueva entidad, una nueva alma mucho más poderosa y determinante de lo que pude ser por mí mismo. ¡No habrá más límites para nuestros anhelos!
“Si, viejo. Estoy dispuesto.”
Llámame Padre por una vez, pues aunque no seas carne de mi sangre, si eres heredero de mi mente.
“Es un honor serlo, Padre. Siempre lo ha sido.” Es evidente que Rasputín también me ha manipulado desde el principio. Siempre ha conocido mi pasión, pero ha sabido manejarme para que yo solo la aceptara y la fortaleciera, convirtiéndola en una ventaja y no en una debilidad.
No sé cuanto de esto ha asomado a mi rostro, pero Dena gime y tiembla, intentando bajarme el pantalón. Sonrío y le tiro del cabello, echando su cabeza hacia atrás.
―           ¿Quieres polla, eh, zorra mía?
―           Si… si… por favor.
Le escupo en su entreabierta boca. Dena respinga pero traga enseguida mi saliva.
―           ¿Si, qué? Busca una forma digna de dirigirte a mí.
―           Si… mi Dueño…
―           Dueño… suena bien. En público, me trataras de Señor, en la intimidad puedes usar Dueño o Amo Sergio. ¿Comprendes, puerca mía? – le comunico, agitando su cabeza para que asienta.
―           Si, mi Dueño – responde, apretándose ella misma uno de las pinzas de sus pezones.
La echo hacia atrás, sobre la mesa, y le arranco las bragas. Sus fluidos se escapan entre sus muslos. Creo que no se ha sentido jamás tan caliente. Su depilado coño casi aspira mi polla cuando la coloco sobre su palpitante entrada. Ni siquiera me he desnudado. No hace falta para follarse a una perra como ella.
Emite grititos contenidos cuando se la meto, en pequeños empujones. No osa mover su cuerpo, impresionada por el tamaño de mi polla. Solo traga y traga por su coño, mirándome con adoración. Se corre suavemente cuando ya no puede abarca más, y espera a que yo me mueva, respirando agitadamente.
―           Te he permitido que te corras esta vez, Dena – la digo –, sobre todo para aliviar tensión. Pero ahora no te correrás hasta que te de permiso. ¿Lo has comprendido?
―           No me correré…
Un buen sopapo en la mejilla la estremece.
―           Si, no me correré hasta que me lo digas, Amo Sergio.
Le sonrío y le meto un dedo en la boca que ella chupa inmediatamente. Saco mi polla un tercio y la deslizo de nuevo en su interior. Un quejido. La saco casi entera y me hundo otra vez. Otro quejido, más largo. Un pollazo, un quejido. Me gusta.
―           ¿Qué piensas de mi polla, putona?
―           Que es obra de Dios… me está matando de gusto, mi Dueño…
―           ¿Crees que te cabrá en ese culazo?
―           No… no lo creo… solo lo he hecho una vez por detrás, hace mucho tiempo, Amo Sergio…
―           Pues habrá que ensancharlo, zorra.
―           Lo que desees, mi Dueño – responde, cerrando los ojos y aferrándose a los bordes de la mesa. Traga saliva, intentando controlar los espasmos placenteros que amenazan con vencerla.
―           Mañana te traeré un cinturón especial para que lo uses durante toda la semana… ya verás como dilatamos ese agujerito…
―           Si… Amo Sergioooo… ¿Cuándo podré correrme?
―           Pronto, cariño, pronto. Ahora, aguanta… no se te ocurra correrte – aumento la velocidad con la que la penetro.
Para haber parido una hija, tiene el coño estrecho, o bien, hace mucho que no folla con nadie. Con una mano, la levanto de la mesa y la pego contra mi pecho. Ella se abraza a mí como a una tabla de salvación. Ahora, la follo con frenesí, notando como mi orgasmo se acerca. Ella solo emite un larguísimo quejido, entrecortado por mis embistes.
―           Ammoooo… ¿yaaaa?
―           Casi, puta, casi. ¿Tomas algo para el embarazo?
―           Noooo… miii… Dueñoooo…. Peroo… córreeeteee dentroooo si… quieres…
―           Otro día, quizás – digo, sacándola y tumbándola de costado sobre la mesa. Le meto la polla en la boca, asfixiándola casi. Ella aprieta mis pelotas y descargo en su boca, empujando.
―           Puta, córrete – la ordeno y, casi inmediatamente, ella agita las caderas como una bailarina exótica.
 Un chorro de fluido se desliza por el muslo que tiene debajo.
―           ¡Aggg…! Vaya corrida que hemos tenido, ¿eh, putona mía?
Dena asiente, tragando aún esperma, pero sus ojos chispean de alegría. Me inclino sobre ella y la beso tiernamente, saboreándome.
―           ¿Eres mía? – le pregunto.
―           Siempre, mi Dueño – responde, abrazándome.
 Las chicas me comentan, durante el almuerzo, que han pensado que salgamos esta noche. Me dicen que no conozco nada de la noche madrileña, ni me han presentado a sus amigas, ni nada.
―           ¡Es que eres muy soso! – Maby me golpea un hombro con su tenedor.
―           ¡Joder! Que solo llevo cinco días aquí y todos ellos follando con vosotras dos, zorras – contesto. – ¡A ver de donde saco tiempo!
―           Pobrecito. ¡Que trabajo más desagradecido! – pincha Pam.
―           Cuando quieras te das de baja, que ya verás la cola de voluntarios que apañamos en minutos – bromea mi morenita.
Dejo caer el tenedor sobre mi plato, con mala ostia. Las chicas levantan la vista, intrigadas.
―           ¿Qué pasa, Sergi? – pregunta Pam.
―           No tiene puta gracia.
―           ¿El qué?
―           Eso de que cuando quiera lo deje. No soy un puto consolador sin sentimientos.
―           Perdona, Sergi, solo era una broma – se disculpa Maby.
―           Si, hermanito. ¿O no te hemos dado suficientes pruebas de que te queremos?
―           Si, es cierto. Lo siento. Se me va algo la olla, no sé que me pasa… — pero sigo enfurruñado, dando vueltas a mi plato. Apenas he comido.
Me levanto y me pongo a recoger. Con ellas, no siento tanto ese impulso de dominarlas, pero estoy muy susceptible. Supongo que debe de ser a causa de la integración del alma de Rasputín. Debo controlarme un poco más. Las dejo acabar de almorzar y me siento en el sofá, a ver la tele. Minutos más tarde, Maby se acerca, mordiendo una manzana. A pesar de ir en pijama, es la misma imagen de Eva en el paraíso.
―           Sergi, ¿me perdonas, amor?
―           No hay nada que perdonar, pequeña. A veces soy desmedido con lo que siento.
―           Y yo, a veces, soy una bocazas – me dice con una sonrisa, sentándose a mi lado.
―           No, eres impulsiva, eso es todo. Como yo, te dejas arrastrar por tus pasiones y no piensas lo suficiente lo que vas a decir.
―           Pero aún sigues enfadado. ¿Qué puedo hacer para que se te quite?
―           No sé lo que me pasa hoy, Maby. Me siento disgustado con todo el mundo. Si estuviera en la granja, hoy sería un día de esos para encerrarme en el desván. Debe ser por la lluvia.
Pam se une a nosotros y se sienta a mi otro costado.
―           Sergi, hemos pensado que si hoy salimos, la sesión con los cinturones no podrá ser esta noche – me dice, apoyando su barbilla en mi hombro.
―           Hoy es el último entrenamiento. Mañana os follaré esos culitos – sonrío con una mueca. Noto como Maby se estremece, pegada a mi brazo.
―           Hemos pensado que podíamos hacer la sesión ahora – me sopla mi hermana en la oreja.
―           No me siento de humor. De verdad, es mejor que no os toque hasta que se me disipe este humor.
―           ¿Y para un espectáculo? ¿Estás de humor? – pregunta Maby.
―           ¿Un espectáculo? Bueno, no sé…
―           ¡Vale! ¡Quédate aquí, Sergi! Vamos, Pam…
Maby se pone en pie y le da la mano a mi hermana, desapareciendo las dos rápidamente en el dormitorio. Cuando regresan, vienen desnudas. Maby trae en sus manos los cinturones, la crema y el gran consolador doble que compramos en el sexshop. Pam arrastra una de las grandes mantas que cubren la cama doble.
Extienden la manta en el suelo, entre el sofá y la tele, y se instalan sobre ella. Maby se coloca a cuatro patas, meneando su culito con descaro, y Pam hunde sus dedos en la crema. Se dedica a aplicarle crema al trasero de su amiga, comenzando a dilatarlo. Parece que ya no hay mucha necesidad de preparativos. Pam no tarda ni cinco minutos en ajustarle el cinturón a Maby.
Tras esto, viene el turno de la morenita. Pam es aún más rápida que ella en aceptar el calibre del vibrador. Me confían, como siempre, los mandos de control. Decido empezar directamente con la velocidad media. Ambas respingan y me miran. Están de rodillas, frente a frente. Sonríen, acatando mi decisión, y comienzan a besarse.
Observo como ya han empezado a mover suavemente sus caderas. Sus lenguas se enredan groseramente, y sus dedos siguen caminos inequívocos. Pronto están jadeando, pero quieren alargar el espectáculo. Es de agradecer.
Se dejan caer de espaldas sobre la manta, sus cabezas en sentido opuesto, sus piernas casi entrelazadas. El pie de Maby busca la boca de Pam, quien atrapa rápidamente sus deditos con la lengua, succionándolos uno a uno. Su lengua se introduce entre ellos, lamiendo cada rincón, recreándose con su particular sabor. A su vez, uno de los pies de mi hermana remonta el cuerpo de su amiga, hasta detenerse sobre sus pequeños y suaves montículos con pezón. Los oprime con fuerza, los masajea y acaricia como puede, mientras los ojos de ambas se lanzan invisibles mensajes de pasión y lujuria.
Puedo ver lo guarras que son, entre ellas, fruto de la complicidad que comparten desde hace tiempo. Pam, tras humedecer bien el pie de su compañera, lo conduce hasta su coño, rozándolo a placer, hasta introducirse el dedo gordo. Maby hace lo mismo con el pie de Pam. Las dos acaban contoneándose, penetradas por una gruesa falange.
Están de nuevo tumbadas, boca arriba, atareadas en agitar delicadamente sus pies. Ya no se miran. Tienen los ojos cerrados y sus dedos ocupados sobre sus pechos.
Era cierto. Todo un espectáculo, pienso.
Pam, de repente, abre los ojos, gira el cuello, y me mira. Alarga la mano hasta atrapar el doble consolador. No es totalmente rígido. Es suave y flexible en sus manos, de un resplandeciente color rosa. Aparta el pie de Maby de su coño, y manipula el gran consolador hasta introducirse el artificial glande. Al contrario que un falo real, este consolador tiene los glandes más pequeños que los tallos, para que dos chicas puedan empujar simultáneamente desde direcciones opuestas, y así penetrarse mutuamente.
―           Ahora tú, cariño – le susurra mi hermana, teniendo el pene rosa bien sujeto.
Maby arrastra sus nalgas hasta quedar más cerca e intenta lo mismo. Se nota que es la primera vez que usan un juguete de esa clase y tamaño, pero ponen mucho interés, os lo garantizo. Finalmente, quedan conectadas por el aparato, cada una con un glande en su interior. Ahora es el momento de coordinar y empujar. No es fácil. Tienen que coordinar movimientos y músculos. Cuando Pam empuja, debe apretar los músculos de la vagina y la pelvis, para que el consolador no se hunda demasiado en su coño y resista la penetración de Maby. Ésta, al contrario, debe relajarse y solo levantar un poco sus caderas para recibir el impulso de su compañera. Sin embargo, en el momento de tomar ella misma el impulso para que sus caderas realicen el mismo movimiento, debe atrapar el consolador con los músculos de su coño, para que no se le salga.
Pero son chicas listas y ágiles. Le toman el punto enseguida y asisto a una magnífica follada lésbica. Sus caderas se agitan cada vez más, sus senos botan sin control, sus boquitas abiertas, llenas de húmedos gemidos, y sus miradas casi incendian donde se posan. Ya se han corrido un par de veces, con todo el proceso.
Por mi parte, mi mal humor se está alejando, a medida que mi polla ha crecido. Me la tengo que sacar, ya no cabe en el pantalón. Me la acaricio, cada vez con más pasión. Conecto la tercera velocidad y las chicas saltan y aúllan, sin freno ya. Conseguimos alcanzar uno de esos orgasmos comunes tan raros de conseguir, que nos deja muy relajados.
Desconecto los controles y les indico que se quiten los cinturones. No necesitan más entrenamiento. Recuerdo que debo bajarle uno de esos cinturones a Dena.
Mi primera esclava sumisa…
Las contemplo mientras brindamos. Me siento un sultán. Jamás he tenido la posibilidad de sentir algo así. Seis fabulosas mujeres rodeándome y tratándome como un compañero de diversión. Esta es una noche para recordar, seguro.
Las miro y repaso sus nombres.
La rubísima Elke, modelo noruega de veintidós años. Lleva seis meses en la agencia española, fruto de un intercambio laboral. Aún no habla muy bien el castellano, pero se desenvuelve bien.
Zaíma, la esbelta argelina, de ojos profundos y oscuros. Tiene veinte años y pretende comerse el mundo.
Sara, de pura raza gitana y largos cabellos ensortijados, tan negros como su vocabulario. Tiene veinticuatro años y lleva dos de ellos trabajando exclusivamente para una gran firma de trajes de flamenca.
Y, finalmente, Bego, la mayor de todas. Tiene treinta años. Lleva el pelo pintado de rubio ceniza, en un corte retro de los años 20, con las puntas pegadas al rostro. Fue modelo en sus días, pero ahora es la secretaria de uno de los socios fundadores de la agencia.
Estas son las chicas que forman la célula de amigas de mis chicas. Suelen salir siempre juntas.
Maby y Pam me han arrastrado hasta uno de los sitios más emblemáticos de la noche madrileña, la discoteca Kapital, en la calle Atocha. Es inmensa y llena de gente. En cuanto pasamos de la zona de cajeros y tiendas de souvenirs, la música me traspasa, vibra en cada rincón de mi cuerpo, y parece levantar mi espíritu por encima de todos aquellos bailarines. Giro en redondo, mirando hacia arriba, impresionado. Un espacio abierto, enorme. Una cubierta a decenas de metros. Plataformas metálicas crean una curiosa tela de araña llena de focos, efectos lumínicos desbordantes, y grandes cristales encierran a más gente, en distintos pisos. Las chicas me dicen que hay siete pisos, llenos de diversión.
¡Joder!
Mientras avanzamos entre la gente, me fijo en los cuerpos de las gogos, que se agitan sobre sus estratégicas plataformas. ¡Chicas de primera! Rozarme con tanto cuerpo cálido y vibrante me embota los sentidos. Debo serenarme. Rostros y más rostros desfilan ante mis ojos, maquillados, tensos, portando muecas que intentan enmascarar sus pérfidas intenciones. Nada es lo que parece allí dentro.
Las chicas se reúnen con sus amigas y, en cuanto me las presentan, las dispares emociones que parecía absorber del gentío, se disipan, se calman. Esas cuatro chicas, de alguna manera, las amortiguan. Aspiro sus personales aromas al besarlas en las mejillas. Noto sus miradas sobre mí, intentando averiguar mis puntos débiles, calibrándome cada una a su manera. El hecho es que parece que no les soy indiferente.
Espero el comentario de Rasputín, pero ya no es una conciencia independiente. Se ha fusionado. No obstante, mi imaginación me responde con uno de sus puyazos y sonrío.
Mis chicas salieron de compras, justo después de la última sesión de entrenamiento, para comprarme algo decente que ponerme, para salir de marcha. La verdad es que no tardaron demasiado.
Me hicieron probar mi primer pantalón estrecho. De un tono yema tostada, fino y elegante, con unas pinzas estratégicas al comienzo de las perneras para camuflar el miembro, aunque he empezado a pasarlo por mi entrepierna, para dejar la punta descansando entre culo, casi como un tanga de carne.
Es divertido, jajaja.
Me quedé sorprendido, ante el espejo, al comprobar lo bien que me sienta un pantalón así. Una camisa negra, de brillante satén, complementó perfectamente el pantalón. Pam me indicó que la llevara por fuera. Su caída disimula perfectamente mis abultados senos y los pliegues de grasa que aún quedan en mi cintura. Pero, al obligarme a mirarme al espejo, empezaba a estar muy satisfecho con mi nuevo aspecto.
Maby me pasó un grueso jersey de hilo, beige, con la marca bordada en color marfil sobre el lado izquierdo y en hombro derecho. Muy elegante. Pam me entregó los últimos complementos. Unos brillantes zapatos negros, de finos cordones, y un bonito reloj de caja y correa metálica.
―           El peque está perfecto para arrasar esta noche – me giró mi hermana, mientras Maby palmoteaba.
Sé que lo decía en serio. Para ellas, yo soy su macho alfa.
Ahora, por lo visto, las bellas amigas de mis chicas, piensan algo parecido. A lo mejor, no es tan primario, pero notan mi potencial. ¿Emito feromonas? Quizás, pero, sea como sea, ninguna de ellas me desprecia.
Tras bebernos la primera copa casi al coleto, las chicas deciden bailar en la grandiosa pista del primer piso, repleta de gente moviéndose de cualquier momento. La música que nos bombardea es muy rítmica, desconocida para mí, pero no exenta de atractivo. Hace que mis pies quieran moverse. Las chicas me dicen que se llama Megatrón, sea lo que sea lo que eso signifique. Entre todas, me empujan hacia la pista, riéndose. Observo como dos de ellas comentan algo al oído de mi hermana, que sonríe, divertida.
No sé cómo explicarlo. Nunca he sido un chico que tratara de llamar la atención. Al contrario, lo mío era pasar desapercibido siempre. Pero, estar rodeada de seis maravillosas chicas, bellas como diosas, que atraen la mirada de cuantos machos se cruzan con ellas – y no menos féminas –, me hace sentir muy bien. Eso sin contar el subidón que me da esa explosiva música. Me muevo con más o menos gracia, meneando mi cuerpo por primera vez ante los ojos de desconocidos, sin que me importe. No sé si es debido al nuevo carácter que estoy desarrollando o es que dispongo de una nueva y mejorada confianza en mí mismo.
Bromeo con Pam y Maby, creando pasos de baile divertidos y risibles, que ellas imitan. Mis chicas me dejan espacio, para que sus amigas participen de las bromas, y se rían también. Sara es la más loca de ellas, ideando muchas más locuras.
Dos latinos acaban pegándose a nosotros, acaparando a Bego y a Zaíma. Se nota que son asiduos a estos sitios porque bailan como profesionales, pero me irrita la ciega confianza en sus artes. Están totalmente seguros de que cualquiera de esas chicas caerá en sus redes. Cediendo a un impulso, imito los movimientos de uno de ellos, al parecer cubano, exagerando bastante. Incluso articulo las mismas muecas que él hace. Lo que en él es sensual, en mí es ridículo.
Las chicas no tardan en reír a carcajadas, hasta que los dos latinos se dan cuenta de la ofensa. Los tipos se quedan quietos, mirándome, mientras que yo sigo con la charrada. Pam me pellizca para que lo deje. Las sonrisas de todas se borran.
¿Qué queréis que os diga? Sé que las burlas nunca sientan bien, pero es mi oportunidad de probar, de reírme de otros. Así que la aprovecho. Me llevo una mano a la boca, simulando morderme las uñas de miedo, bajo sus furiosas miradas. Las chicas dejan de bailar, nerviosas. Uno de ellos hace amago de andar hacia mí, pero su amigo le frena. Con el mentón, señala a nuestra derecha. Dos tipos, de brazos inmensos, nos miran. Llevan una camiseta negra con la leyenda “seguridad” impresa. Los latinos se dicen que no vale la pena y se marchan.
―           Anda, vamos a beber algo – me empuja Pam.
Pero no nos dirigimos a ninguna de las barras del primer piso, sino que tomamos uno de los ascensores y subimos al tercer piso, a una pequeña sala de retro, acristalada como todas las demás, y desde la cual se puede ver la gran pista central, abajo. Sin embargo, está totalmente insonorizada, dejando el retumbante sonido fuera. Lo único que se escucha es la divertida y simplona música disco de los años 80. Se agradece darle un descanso a los oídos y poder hablar sin tener que gritar a la oreja del vecino.
―           Buff… creí la noche se acababa, ahí abajo – comenta Bego.
―           Si. Tenían cara de mala leche – agita los dedos Sara, divertida.
―           Bueno, chicas, ¿qué pido? – les pregunto, cortando los comentarios.
Tomo nota mental de los pedidos y me dirijo a una pequeña barra que se levanta en el rincón más alejado de la entrada. Las veo charlar entre ellas y, sobre todo, escuchar algo que mi hermana les dice. Después de eso, todas giran la cabeza hacia mí, con una extraña expresión en sus rostros. ¿Asombro? ¿Temor? Me gustaría saber que es lo que Pam les ha dicho.
Pago la ronda. ¡Joder! ¡A nueve euros la copa! ¡Ya les vale!
Doy un par de viajes hasta las chicas para llevar todas las bebidas. Bego me hace sitio para que me siente a su lado. Maby está al otro costado y me coloca bien el jersey que llevo echado sobre los hombros y atado al cuello.
―           Pam nos ha comentado que trabajas en tu granja ecológica – me dice Bego.
―           Ajá.
―           ¿Y no te aburres a solas, en una granja, en Salamanca? – acaba de exponer.
―           Que va. He llegado a convertir la contemplación del ombligo en todo un arte.
Todas se ríen, incluso Elke, con la ayuda del comentario que Zaíma le hace en inglés.
―           A veces, tengo que parar el tractor y echar un rato de conversación con el espantapájaros, para comentar los goles del Madrid y eso… pero, en general, es tranquilo, relajante.
Nuevas carcajadas.
―           ¿Sabéis? No sabía lo que era el bullicio y la aglomeración hasta que no he llegado aquí. Hay veces que me vuelve loco, pero, en general, me gusta – explico. Todas me prestan atención, volcadas hacia delante para no perderse mis palabras. – Por eso, he decidido dejar el gulag y quedarme aquí, en la capital del reino. Si estas dos bellas samaritanas están de acuerdo, claro.
―           Por supuesto – contesta mi hermana. – Todo el tiempo que desees.
―           Mientras sigas haciendo el desayuno todas las mañanas – me besa la mejilla Maby.
Sus amigas sonríen.
―           Hay que ver… Pamela nunca nos había hablado de ti – comenta Sara.
―           Es que no me fiaba de vosotras, ¡que sois unas lobas! – responde Pam.
―           No será para tanto – ríe Bego.
―           No, tú la peor, que te tiras a tu jefe día si, día no – suelta la puya Maby.
―           ¡Mentiraaaa! – exclama Bego, exagerando. Todas se tronchan.
―           Yo busco marido – informa Zaíma.
―           Eres muy joven aún – opino yo.
―           No para la media de mi país. Por eso lo busco aquí, para no tener que acatar lo que mi familia haya podido escoger en mi ausencia. Si puedo regresar casada con quien escoja, me libraré de un matrimonio impuesto – explica, con un gracioso acento silbante.
―           ¡Que triste que el amor no influya en nada en vuestra cultura!
―           A veces, si influye, Sergio, pero no es una constante. Tuve la suerte de poder estudiar y salir de mi país, alejarme de mi familia. No me gustaría volver sin un triunfo, aunque eso signifique renunciar al amor. Solo quiero un buen partido.
―           Te auguro un perfecto futuro, Zaíma. Con tu hermosura y tu mente, conseguirás al perfecto títere – la lisonjeo.
Noto el suspiro de Sara. Me mira con mucha intención.
―           Yo siempre creído que las modelos tenemos un problema general – comenta, por primera vez, Elke, en un casi entendible castellano marcado por un acento duro y nórdico. – Acostumbramos a ver belleza y vemos lo que esconde esa belleza. Celos, envidias, traición, venganza…
Todas asienten, pues todas han vivido esas historias de bambalinas.
―           Asociamos belleza con maldad. No fiamos de belleza, aunque, a veces, sucumbimos a ella – noto que se muerde el labio. – Las modelos buscamos otra belleza, pero difícil encontrar. El alma.
―           Eso te ha quedado precioso, Elke – le coge la mano mi hermana.
―           Gracias, Pamela. Pero belleza de alma puede estar en cualquier parte. En hombre o mujer, en joven o viejo, en blanco o negro. Nunca se sabe donde esta belleza de alma. Por eso siempre buscamos, en todas partes. Pero muy difícil resistir la tentación del robaalmas…
―           ¿El robaalmas? – pregunto, intrigado. Elke tiene una bella filosofía.
―           Si. Es dinero y poder. El lujo y las fiestas, los caros regalos, los hombres poderosos… todo eso te roba el alma y la oportunidad de encontrar alma gemela.
―           Vaya. Es una interesante manera de ver la vida – la alabo.
―           Son palabras de mi abuela materna. Fue gran mujer.
―           ¿Cómo ves tú la vida, Sergio? – me pregunta Sara.
―           Bueno, aún no tengo perspectiva. Soy joven e inexperto, pero ya he descubierto ciertas verdades inamovibles.
―           ¿Cómo cuales?
―           Que el odio es más fuerte que el amor, por ejemplo. Que los sentimientos impuros y retorcidos predominan en la humanidad y que suelen determinar el carácter de todo hombre y mujer…
―           Triste pero cierto – me da la razón Bego.
―           Pero, hasta ahora, lo más importante que he descubierto… es lo que mueve este mundo, lo que impulsa a la sociedad humana.
―           ¿Si? ¿Y se puede saber, según tú, qué es? – vuelve a preguntar Sara.
―           Es como un motor, ¿sabéis? Un motor potente, con un tremendo turbo inyector… ese motor es el Poder. Es lo que mueve todo. Desde las decisiones de una familia común hasta las grandes metas de un país. Poder para mejorar, para escalar, para negociar, para abarcar, para conquistar… para dañar. Pero es un motor tan potente que quema mucho combustible. Se alimenta, sobre todo, de emociones y de sueños. Cuanto más fuerte es la emoción, más ruge. Cuando más anhelado es el sueño, más velocidad adquiere. Pero, en muchas ocasiones, el motor necesita un empujón para vencer el duro recorrido. Entonces, hay que activar el turbo, el más importante refuerzo para el motor, y este se acciona solo con una cosa: el sexo – paseo mis fríos ojos por todas ellas. – Ese sexo sucio y degradado, sobre el cual todos soñamos, todos ansiamos. Esa parte del sexo que nos negamos a confesar, que crece en nuestro interior como un oscuro hermano siamés, que nos va devorando cada noche, en nuestros más íntimos sueños. Ese sexo fuerte y sin emoción que nos impulsa como un resorte hacia nuevas oportunidades o al interior de un profundo pozo. Es un impulso que no podemos controlar; ese turbo no tiene freno, ni volante, solo podemos ponernos de cara en la dirección que queremos ir y rezar al accionarlo.
Nadie habla cuando acabo con mi parrafada. Todas se quedan pensativas, analizando cada una de mis palabras. La primera en hablar es Bego. Coloca su mano en mi brazo.
―           Tío, jamás había escuchado una definición como esa. Tienes razón. Cuanto más lo pienso, más evidente resulta – sus ojos no dejan de buscar los míos.
―           Bego tiene razón – Sara echa hacia atrás uno de sus rebeldes rizos. – La próxima vez que me tire un tío bueno, lo llamaré “darle al turbo”.
Su comentario arranca nuestras carcajadas.
―           Que pena que no dispongas de dinero, Sergio. Serías un marido perfecto para mí – sonríe Zaíma.
―           A mi no importa dinero. Si quieres ser novio de mí, te llevo para Noruega – Elke le da un codazo a Zaíma.
―           ¡Eh, guarras! ¡Que es mi novio! – exclama Maby, aferrando mi brazo.
―           No pelearse, chicas. ¿Por qué no nos lo repartimos? Una semana cada una, estaría bien – bromea Sara.
Los cometarios jocosos surgen, a diestro y siniestro.
―           ¿Y yo qué? ¡Qué me lo parta un rayo, ¿no?! – bromea esta vez Pamela.
―           Bueno, puedo cambiártelo por mi jefe, si quieres – le ofrece Bego.
―           ¡Ni de coña! Te lo llevas nuevecito y a mí me dejas el usado.
Nuevas risotadas. Bego invita a la siguiente ronda y nos vamos de nuevo a bailar.
Dos horas después, Maby y yo nos encontramos en la planta sexta, en lo que ella llama el cine. Es una especie de anfiteatro lleno de cómodos y amplios sillones, frente a una gran pantalla. La película que exhiben es malísima pero no parece que nadie la esté mirando. La zona de los asientos está a oscuras e incita a las caricias y a los besos. Según Maby, la llama la sala del amor. Al parecer, las parejas vienen a relajarse.
Pam y sus amigas han bajado de nuevo al primer piso a bailar. Maby le ha pedido permiso para subir conmigo aquí. Ahora, está besándome y deslizando su lengua mi cuello. Tiene sus piernas recogidas bajo ella y me ha sacado la polla fuera, acariciándola lentamente. Se aparta y me mira a los ojos. Los contrastes de la pantalla permiten que nos veamos.
―           ¿Te has divertido esta noche? – me pregunta.
―           Si, claro que si. Tus amigas son divertidas.
―           Si, y guapas.
―           También – le respondo. La dejo plantear lo que le está royendo.
―           ¿Te gusta alguna?
―           En especial, no.
―           Pero ¿te las follarías?
―           Si, a todas.
―           ¿Sabes que lo que comentaron antes, en la sala retro, era de verdad? Lo de ser novias y eso…
―           Si, al menos eso pensé.
―           No te han tirado más los tejos porque saben que eres mi novio. Pero no estoy segura de que aguanten si salen con nosotros otra vez.
―           ¿Te da miedo que me ligue alguna?
―           No, Sergio. Nos da miedo que nos olvides, que te alejes de nosotras…
―           ¿Nos? ¿Has hablado de esto también con Pamela?
―           Si. Esta noche nos hemos dado cuenta que has madurado. Creces muy deprisa y pronto no podremos retenerte… eso es lo que nos da miedo – esta vez tiene lágrimas en los ojos.
Ha dejado de meneármela. La tomo de las mejillas con mis manos. Sorbo sus lágrimas.
―           Nunca os dejaré, ¿me entiendes? Jamás. Pero, tienes razón. Estoy cambiando.
―           Sergio… Vemos como las mujeres se fijan cada vez más en ti. Pam y yo hemos perdido todo control. Acatamos cualquier cosa que propones. Nos dominas totalmente, aún sin ser conciente de ello.
―           Pero… ¡yo no quiero dominaros! – protesto.
―           Si, si quieres, aunque no lo reconozcas. Has empezado a tratarnos de zorras y putas, y lo consentimos. Cada día más, caes en una actitud dominante que, sea dicho, nos pone frenéticas. No podemos negarte nada. Pronto seremos tus esclavas y lo asumiremos…
―           No… no.
―           Te digo todo esto porque creemos que el pacto que hicimos se romperá cualquier día.
―           ¿Qué hacemos, entonces?
―           Tenemos que hablarlo los tres, más tranquilamente. Bueno, ahora que se te ha aflojado la polla con todo esto, guárdatela y vamos con las chicas. Acabemos esta velada entre risas – me dice, dándome besitos en la cara.
Una hora más tarde, nos marchamos todos de Kapital. Nos despedimos en la acera, antes de tomar distintos taxis. Esta vez, las amigas de mis chicas se despiden de mí con un suave piquito en los labios. Pam y Maby me miran, sentadas en el asiento trasero del taxi.
Dos horas más tarde, estamos tumbados, desnudos y jadeantes, en la cama doble. El alcohol ha hecho que tardáramos en corrernos. Las chicas están cansadas, pero no quieren dormirse sin hablar. Mantenemos encendidas las lamparitas. No nos gusta follar a oscuras.
―           ¿Qué piensas de lo que Maby te ha comentado esta noche? – me pregunta Pam. Tiene su cabeza sobre mi pecho y alza el cuello, buscando mis ojos.
―           Creo que tiene razón. Estoy cambiando muy rápido.
―           Le comenté que lo que las chicas insinuaron no era ninguna broma – dice Maby, incorporándose sobre un codo.
―           Es verdad. Podrías haber salido con cualquiera de ellas esta noche, incluso iniciar una relación más seria con alguna. Estaban dispuestas a entregarse. Lo sé, las conozco – comenta Pam – y nunca las había visto así.
―           Os juro que no lo hice a propósito – las beso suavemente.
―           Lo sé y Maby también, pero es evidente que lo hiciste.
―           Tenemos que anular el pacto – dice Maby.
―           ¿Por qué? Yo creo que está bien así – refunfuño.
―           No, no lo está. Aún nos tratas con deferencia y planeas las cosas junto con nosotras, pero, estamos convencidas que, muy pronto, no tendremos voto – dijo Pam, muy calmada. – Tenemos que liberarte de él, para que puedas crecer totalmente.
―           Esto ya lo hemos hablado entre nosotras. Somos conscientes de que ya nos sentimos demasiado sometidas a ti. Solo pensamos en tu bienestar, en cómo te sentirás, en cómo podemos complacerte mejor…
―           Por mi parte, si me pidieras que hiciera algo vergonzoso o perverso, incluso ilegal, por ejemplo, lo haría, sin pensar en las consecuencias. Así me siento – confiesa Pam.
―           El pacto debe romperse. No podemos atarte a nosotras, porque entonces, te perderíamos irremediablemente – puntualiza Maby. — ¿Estás de acuerdo, Pam?
―           Si. Así no habrá remordimientos, ni protestas después – añade Pam.
―           Está bien. Pero, ¿por qué no repasemos las cuatro normas para ver si podemos modificarlas a gusto de todos? – las acabo convenciendo.
―           Está bien. La del periodo de un año puede mantenerse. No afecta para nada. Nosotras sabemos que es inútil. No creo que deje de quererte en mi vida, pero es inconsecuente – se encoge de hombros Maby. – Puede que sirva para calibrar a otras chicas que surjan… porque llegaran otras, ya verás.
―           Si, yo también lo creo – expone Pam.
Niego con la cabeza. ¿Desde cuándo se han convertido en sibilas?
―           Estáis hablando de tonterías – les digo, con mucha seriedad.
―           ¿Lo de no mantener relaciones serias fuera del círculo? Tampoco sirve. Ya no existe círculo, solo existe tu voluntad. No podemos forzarte a nada.
―           Explícate, Maby – le pido.
Pero no es Maby quien me responde, sino mi hermana.
―           Si te enamoraras de una chica, o te casaras por algún motivo, te estaríamos esperando, siempre. Maby y yo lo hemos estado hablando. Hemos renunciado a tener vida personal. Solo estás tú, solo cuentas tú. Siempre te amaremos.
―           Siempre te serviremos – acaba Maby.
Las dos están a punto de llorar por la emoción que contienen esas palabras. Debo reconocerlo, es un juramente que me están haciendo, de por vida, un juramente de servidumbre total.
―           Preciosas mías… os quiero más que a nada – las abrazo contra mí. – Nunca seréis siervas, ni esclavas. Sois mis primeros amores, jamás os abandonaré…
―           Gracias, cariño, nos consuela oír eso, pero es cierto. Ya somos tus siervas – me dice mi hermana.
―           Al igual que esta última norma, la de ingresar otras personas en el círculo, tampoco vale. Como te hemos dicho, ya no existe el círculo – razona Maby, dejando que sus lágrimas mojen mi pecho. – Aceptaremos otras personas que tú dispongas. Otras amantes, otras serviles, nuevos amigos o posibles familiares políticos. Como personas dignas de tu confianza, las aceptaremos con agrado. Esta noche, se nos han abierto los ojos, al verte rodeada de nuestras amigas. Nos sentíamos celosas, pero también orgullosas de pertenecerte.
―           Yo creo que ese será el futuro que nos espere. Compartirte con otras mujeres. Lo aceptaré si no me apartas – murmura Maby, apretándose contra mí.
―           Pero… — intenté decir, pero Pam me pone un dedo en los labios.
―           Hemos estado buscando sobre este tipo de acuerdos en Internet, y hemos descubierto que existen y se realizan. Se llaman contratos de sumisión. Maby y yo hemos llegado a esa conclusión. Somos sumisas a ti, a tu polla, a tu voluntad, y a tu autoridad – me confiesa.
―           No podemos resistirnos, no lo deseamos. Si quieres, firmaremos cualquier documento que desees – itera Maby, sorbiendo por la nariz.
―           No es necesario, Maby – me doy cuenta de que están totalmente decididas. Han debido hablarlo entre ellas largo y tendido, estudiando todas las implicaciones.
―           Como ves, ninguna de las normas tienen significado ya. Ni siquiera la norma que especifica que no podemos empezar el acto sexual si no estamos todos presentes, o, en su caso, disponer de permiso del miembro ausente – expone Pam, secándose las lágrimas. – Somos tus siervas, tus esclavas, dependemos de tus caprichos, de tu estado de ánimo, o de cualquier otra circunstancia. Así que puedes usarnos en el momento en que lo desees, estemos las dos o no.
―           No sé qué decir, chicas. Me habéis tomado por sorpresa – la verdad es que me han emocionado, aunque ya esperaba una reacción así, pero más tardía.
―           No digas nada, nene – susurra Maby, desando mi mejilla. – Solo recuerda que nos hemos ofrecido nosotras, por voluntad propia. Procura no humillarnos vanamente, porque te queremos de verdad…
―           Si, hermanito. Sabemos todo lo que se expone y se ofrece en uno de esos contratos. Si nos lo pides, lo cumpliremos, pero no nos gustaría llegar a esos extremos por imposición.
―           Jamás os humillaría de forma conciente, cariños míos.
―           Ssshhh – mi hermana me besa en la boca, callándome. – No sabes lo que nos depara el futuro. Puede que algún día, te beneficie entregarnos a otra persona…
―           O tengamos que prostituirnos para ti…
―           Incluso intercambiarnos para un trato… — Pam y Maby se alternan en los ejemplos.
―           Todas esas cosas pueden pasar y estamos dispuestas a aceptarlo, pero… déjanos…
Recuerdo las palabras de Rasputín. “Deja siempre una salida”.
―           … que nos hagamos a la idea, cuando llegue el momento; que nos de la sensación que podemos opinar, o aconsejar – acaba la frase Pam.
―           ¿Quieres que te llamemos de alguna forma en especial? – pregunta maliciosamente Maby. — ¿Amo? ¿Señor?
―           No, tontas, solo tenéis que llamarme como os apetezca en ese momento. ya sabéis que a veces os he insultado con palabras como “putas” o “zorras”, pero…
―           Es verdad, cariño – ronronea Pam. – Somos tus zorras.
―           Me refiero a que ha sido en el calor del momento, de la excitación.
―           Puedes llamarme puta todas las veces que quieras siempre que me sigas metiendo ese cacho de polla – susurra Maby, metiéndome la lengua en la oreja.
―           De verdad, chicas, puede que todo lo que habéis nombrado pase en un futuro, pero, os juro que vosotras nunca tendréis que hacer nada de eso. Al contrario, si algún día dispongo de más siervos o esclavos, seréis tan dueñas de ellos como yo – y lo dije muy en serio, tanto que ellas supieron que era cierto.
Lo cierto es que aquellas cuatro normas que ideamos con todo cariño y lujuria entre nosotros tres, duraron relativamente poco tiempo. Pero no hay mal que por bien no venga; había dado un paso más en el camino del Amo.
                             CONTINUARÁ.
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¡SEGURO QUE TE GUSTARÁ!/