Sexo en Madrid.
Apenas son las nueve de la mañana cuando despierto. La verdad, nunca he dormido demasiado. Me visto para salir a correr, aunque, la verdad, sin ganas. Al bajar, me encuentro a madre en la cocina. Está vestida para salir.
―           Tu padre y yo vamos a Urdales, al mercadillo medieval. Nos llevamos a Gaby. En el frigorífico hay de todo, pero si no queréis complicaros la vida, compráis unos pollos asados – me dice. La excelente noticia me acaba de espabilar.
Padre está fuera con Gaby, cargando unos esquejes y unas macetas. Sin duda lo que piensan vender en el mercadillo.
―           ¿Dispones de un puesto en el mercadillo? – le pregunto.
―           Si, Pepe Camps me ha cedido el suyo. Está enfermo. A ver si podemos vender estos sobrantes y algunas de las plantas de tu madre.
―           ¿Cuándo estaréis de vuelta?
―           A media tarde, creo.
―           Vale. Suerte – exclamo, alejándome.
Me propongo ir a la cañada y volver. La vuelta la hago andando, pero estoy satisfecho. En unos pocos días más, notaré los resultados. Voy directamente a la ducha. Casi me dan ganas de cantar bajo el agua caliente. ¡Estamos solos en casa! ¡Un regalo!
Me calzo unas viejas pantuflas de paño, un pantalón de pijama que apenas uso, amplio y cómodo, y una camiseta cualquiera. Bajo a la cocina y enciendo la vieja estufa de leña, que acaba ardiendo con fuerza. Pongo la cafetera en el fuego y voy a la habitación de Pam.
Las dos están desnudas, tal y como las dejé anoche. Pam abraza a Maby por la espalda, pegando su pubis a las redonditas nalgas de su amiga.
―           ¡Arriba, dormilonas! – grito, apartando las cortinas de la ventana. Se quejan y rebullan en la cama, pero no abren los ojos. — ¡Vamos! Necesitáis despejar esa reseca. Tengo buenas noticias.
―           ¿Qué pasa? – pregunta Pam, alzando la cabeza y abriendo un solo ojo.
―           Estoy preparando el desayuno. ¡A la cocina, las dos!
―           ¡Yo no quiero una mierda! ¡Quiero dormir! – gruñe Maby, sin ni siquiera abrir los ojos.
―           Vale. Entonces, me iré a ver una película o algo así. Me aburriré, solo en casa – y salgo de la habitación. Ya en el pasillo, las oigo saltar de la cama.
Pongo pan a tostar y preparo la mesa. Ellas aparecen. Pam se ha puesto una de las batas de madre y Maby se ha enfundado un pijama que le queda algo corto, o puede que sea así. No lo sé.
―           ¿Qué es eso de que estamos solos? – pregunta Pam, intentando acomodar los rebeldes rizos de su cabeza.
―           Padre y madre han marchado al mercadillo mensual de Urdales. Se han llevado a Gaby. Saúl no aparecerá hasta la noche, como siempre. Solos. La casa para nosotros. ¡Y tú pretendías dormir! – cosquilleo el costado de Maby.
―           ¡Aayy! ¡No, eso no! Piedad… me dueleee la cabeza – se queja, retorciéndose.
Sube el café y Pam coloca la cafetera sobre el viejo protector de cáñamo que madre siempre utiliza. El aroma a café y pan tostado despierta el apetito de las chicas, a pesar de sus embotadas mentes.
―           Ah, eso es vida – suspira Maby. – Un desayuno que nos espera, alguien que nos mima. Se me despejan las telarañas del cerebro.
A continuación, me besa el brazo, por debajo de la manga de la camiseta.
―           El pobrecito se quedó ayer esperando – sonríe Pam.
―           Es cierto. Ni siquiera recuerdo haberme quitado la ropa. Estaba bastante borracha.
―           Ninguna de las dos lo hicisteis. Os desnudé yo – me río. — ¿Os acordáis de haber meado delante de los picoletos?
―           Dios… — se tapa los ojos Pam, al parecer recordando en ese momento.
―           ¿Te multaron? – me pregunta Maby.
―           ¿Por qué? ¿Por llevar a dos hermosas chicas borrachas? No bebí nada en toda la noche.
―           ¿A qué es un encanto? – pregunta mi hermana, al mismo tiempo que desliza uno de sus pies, descalzo, hasta mi regazo.
―           Vale, fieras. Puedo oler aún el alcohol en vosotras. Mientras recojo todo esto, ¿por qué no os dais una duchita? Os espero en el desván.
―           Claro, amorcito – me lanza un beso Maby, al levantarse de la mesa. Mi hermana la sigue, haciéndole cosquillas.
Tardo un minuto en limpiar la mesa y dejar las tazas y platos utilizados en el fregadero. Reduzco el tiro de la estufa y subo al desván. Dispongo de una pequeña catalítica que apenas utilizo, salvo en los días más húmedos. Es para secar el ambiente, más que por frío. Para mí, con la manta de la cama, tengo suficiente. La enciendo para caldear un poco el ambiente. El desván es muy grande y está muy vacío. Puede dar mala impresión a Maby.
Diez minutos más tarde, es la primera que aparece. No ha estado aquí arriba nunca. Trae una gran toalla enrollada y está descalza. Su pelo está húmedo. Parece casi una niña, sin maquillaje ni artificios. Yo estoy echado sobre la cama, solo con el pantalón.
―           ¡Que de sitio para ti solo! – exclama, paseando sus ojos por la gran estancia.
―           No tengo grandes hobbys – digo, abriendo las manos. — ¿Y Pam?
―           Se está secando el pelo. Ella tarda más – explica mientras se acerca a una de cuatro ventanas que perforan el desván. – Esto tiene un gran potencial…
―           Si. Puedo montar un laboratorio estilo Frankenstein – quiero sonar irónico, pero no estoy seguro de haberlo entonado bien.
―           No, en serio. Me refiero a una buena mesa de trabajo. Quizás, maquetas, o aeromodelismo. Un taller de…
―           Anda, déjalo. Ven aquí – la llamo, palmeando el colchón. – Te va a dar frío ahí de pie.
Con una risita, salta a mi cama, y rebota. No la espera tan dura.
―           ¡Joder! ¡Peazo cama, tío!
―           Ventajas de ser grande y pesar tanto – bromeo, abrazándola.
―           ¿Podemos empezar ya? Recuerda… las normas – me dice, mirándome, risueña.
―           Tonta…
Tengo muchas ganas de besarla. Llevo deseándolo desde que la vi en el tren. Sus labios son suaves y enloquecedores. Sabe besar muy bien, bueno, al menos, mejor que yo. Sus dedos acarician mi cara, mi nuca, se enredan en mi pelo. Aflojo la toalla, que queda olvidada sobre el colchón. Su esbelto cuerpo me enciende. De una manera diferente a Pam, es igualmente bellísima. Sus menudos senos no tardan en coronarse con sus inflamados pezones. Casi podría tragarme uno de esos montículos de carne, de un solo bocado. Pequeños, traviesos, enervantes.
Su vientre se curva ligeramente, mostrando un alto y pequeño ombligo. Tiene barriguita de niña, que termina en un pubis algo prominente, totalmente depilado. Todo en ella, invita a protegerla, a mimarla y abrazarla, y yo no puedo evitarlo.
―           Veo que lleváis prisa.
Pamela ha subido las escaleras en silencio. También va descalza y totalmente desnuda. La toalla está en su cabeza.
―           Ven, amor – tiende una mano Maby.
Mi hermana arroja la toalla que lleva en la cabeza al suelo. Agita sus rizos, que se pegan a su espalda, y se sube a la cama, abarcando la cintura y vientre de su amiga. El juego de los besos ha comenzado. Se alternan indiscriminadamente, enervándonos cada vez más.
Ah, ¡que recuerdos me trae esto!
“Tú, viejo, calla y disfruta, que me distraes.”
Maby se lleva mi mano a su entrepierna, deseosa de un contacto más prolongado. Está loca por meterse mi rabo. Yo toqueteo ese coñito que no parece haber roto un plato, y sus caderas bailan sobre mis dedos, mientras sus gemidos se vierten en la boca de Pamela.
―           Métesela ya – susurra Pam. – Se va a volver loca…
Tumbo a Maby sobre el colchón. Pam mete la almohada bajo sus riñones y mordisquea sus tiesos pezoncitos. Maby abre sus brazos, llamándome con urgencia. Me coloco sobre ella. Tengo miedo de aplastarla. Se ve tan frágil bajo mi cuerpo, pero su boca entreabierta y deseosa me atrae demasiado.
Está empapada cuando rozo mi glande contra sus labios mayores, abiertos e hinchados. Sus caderas buscan aumentar el frotamiento.
―           Por favor… hazlo ya… — suplica bajito.
Empujo suave. Se abre como una flor bajo el rocío. Su pelvis empuja a su vez. Su boca se abre más, impresionada, intentando soportar la presión. Sé que no ha entrado nada tan grande en su coño. Me freno; Maby engancha sus brazos a mi cuello y se empala, ella sola, varios centímetros más, y, de repente, se corre sin remedio. Pone los ojos en blanco y aferra, con una mano, la cabellera aún mojada de Pam, quien la besa ardientemente.
Aprovecho para sacársela y tumbarme en el colchón, boca arriba. Maby no está dispuesta a dejarme. Ese orgasmo la ha pillado por sorpresa y quiere seguir. La dejo que se empale lentamente ella misma. Pam la sujeta por detrás, aprisionándole los pequeños pechos. Esta vez, mi polla entra más profunda. Ese coñito es más hondo de lo que pensaba, aunque no alcanza a meterse todo el nabo.
Emprende un ritmo que, antes de un minuto, se vuelve frenético. Maby pierde las fuerzas y deja caer su espalda contra el pecho de Pam, quien la sostiene amorosamente, observando su rostro contraído por la lujuria.
―           Oh… Pam… ¡Dios… PAM! ¡Otra vez! Esto es la… lecheee… — consigue decir, la boca llena de saliva.
―           ¡Como se corre la cabrona! – musita mi hermana.
Pamela tiene que desempalar a su amiga, que se ha quedado inerte tras el segundo orgasmo. La miro y trago saliva.
―           Pam, por favor… voy a reventar – susurro.
―           En mi boca… lo quiero en mi boca – me advierte, tomando mi polla con ambas manos.
Con un par de meneos y frotando el glande contra sus húmedos labios, me dejo ir con pasmosa facilidad. La queda una buena lechada sobre sus mejillas y boca. Maby la limpia rápidamente con su lengua. Parecen desatadas. Mi hermana parece dispuesta a seguir mamando su gran biberón, así que se instala más cómodamente, de bruces y sobre sus codos, entre mis piernas. Mi polla pierde algo de su tersura, quedando más manejable para los lametones de Pam.
Maby, con una traviesa sonrisa, se acopla entre las nalgas de Pam, sobando y apretando a placer, antes de bajar y buscar con su lengua los orificios de su amiga. Pam se queja nasalmente, deseosa de gozar ella también. No tarda demasiado y me muerde, sin querer, en el glande, cuando le llega su orgasmo. No me quejo, apenas me ha dolido.
Maby trepa por la espalda desnuda de Pam y le susurra algo al oído, que la hace sonreír. A los pocos segundos, las dos están a cuatro patas, ofreciéndome sus nalgas, agitando sus culitos, mirándome por encima del hombro.
―           Ahora, como perritas – me incita Maby.
―           Si, si… como perras salidas – repite Pam, con la voz pastosa.
Entro en mi hermana, sin prisas, pero sin detenerme, un largo pollazo. Grita cuando le abro el coño de esa manera. Entonces, la saco y se la cuelo a Maby, a su lado, de la misma manera. Su coño está más dilatado y aguanta mejor. Sin embargo, le hago el mismo tratamiento, un largo empujón y la saco.
Tomo de nuevo a Pam, quien agita las caderas. Esta vez no hay quejas. Se la saco cuando llego a su límite y la emprendo con Maby. Así, una y otra vez, sin descanso. Un solo pollazo cada vez. Sus coños gotean largamente sobre la sábana cada vez que se la saco. Gimen tanto que podrían emular un coro. Dios, están totalmente salidas. Se devoran las bocas, una a la otra, con solo girar el cuello. Sus brazos tiemblan, cansados de soportar su peso y mis embistes, pero no se quejan, ni se rinden.
Decido que ha llegado el momento para ellas. Empujo todo lo que puedo en Pam y, al mismo tiempo, meto un dedo en el culo de Maby, sin lubricar y de una vez. Las dos gritan, pero las siento estremecerse. Bombeo fuertemente en Pam. Su grito se transforma en un balbuceo, sin pies ni cabeza, y acaba enterrando la boca en la ropa de cama cuando se corre.
Maby, desde que le he metido el dedo en el culo, no deja de dar suaves hipidos, agitando las caderas. Le saco el dedo del culo y le meto la polla en el coño. Casi consigo metérsela entera esta vez. Alarga el cuello como si mi miembro amenazara con salir por ese extremo, y emite un largo y extraño ululamiento, que considero una buena señal. Empiezo a empujar con ritmo.
Pam, a nuestro lado, se ha girado, quedando boca arriba y mirándonos, las piernas abiertas. Le toca sentir ese dedo en el culo. Mi hermana ignora que se lo he metido a Maby. Agita sus nalgas cuando siente mis dedos rebuscar por allí. Cree que es una de tantas caricias. Cuando mi índice la perfora si miramientos, su cuerpo empieza a botar, intentando sacar el cuerpo extraño, pero, ni sus saltos, ni sus manos, que no dejan de tironear, consiguen algo.
Maby, quien se ha corrido otra vez con la enculada, se lame los labios, mirando como bota Pam. Tiene los ojos entornados. Seguro que se acerca otro goce.
―           Tócate el coño, tonta – musita a mi hermana. – Aprovecha ese dedo…
―           Y tú… córrete otra vez, putón – sonríe mi hermana, aferrando un pezón de Maby con dos dedos, mientras que su otra mano se pierde en su propio coño.
No sé como lo consiguen, pero las dos empiezan a agitarse y a suspirar con fuerza. Yo también estoy a punto. Pego un par de puntadas más, profundas, secas, y descargo casi en el útero de Maby, quien encadena otro orgasmo al sentir el semen en su interior.
Por su parte, Pam ha levantado su pie izquierdo y me lo ha metido en la boca. Chupo esos deditos pintados mientras aumento la presión de mi dedo en su ano. Se retuerce prácticamente bajo tantos dedos, los suyos y el mío. Acabar arqueándose, formando un puente en la cama, espalda alzada, y piernas dobladas, sucumbiendo.
Me dejo caer de bruces, de través en la gran cama. Ellas ruedan hasta abrazarse a mi amplia espalda. Las oigo jadear, exhaustas. Besan mis hombros, mis omoplatos, soban mis glúteos, agradecidas, felices.
―           Duérmete, campeón – susurra Pamela, soplando sobre mi oreja.
―           Si… descansa… te lo has ganado – murmura Maby por el otro oído, lamiéndolo.
Buen trabajo, Sergio. Serás un digno sucesor…
Me despierta una suave y húmeda esponja. Pam y maby están arrodilladas en la cama, desnudas, manejando unas esponjas, que mojan en un barreño lleno de agua tibia y jabonosa.
―           Ssshhh… no te muevas. Te estamos lavando. No queríamos despertarte para ir a la ducha – me dice Pam, con una maravillosa sonrisa.
―           Que buenas que sois – respondo, frotándome los ojos.
―           No te creas. Te estamos aseando para enviarte al pueblo. Queremos comer – se ríe Maby.
―           Zorras…
―           Sip – asiente Pam. Le toca el turno a mi miembro de recibir el roce de las esponjas.
―           ¿Pollo? – pregunto.
―           Con muchas patatas, por favor – contesta Maby.
―           Sus deseos serán cumplidos, mes dames – digo, levantándome.
―           Mientras, cambiaremos las sábanas y pondremos la mesa – me informa Pam mientras me visto.
Mientras conduzco, pienso en lo diferente que se ve la vida cuando uno tiene a alguien que le espera, que comparte. Bueno, en este caso, dos. Todo parece nuevo para mí. La esquina de una calle, el césped de un parquecillo, la forma de una nube… Bueno, ya sabéis, todas esas cosas que dicen los poemas de los enamorados…
¡Pues claro que estoy enamorado! ¡Como para no estarlo! ¿Es que vosotros habéis conseguido algo mejor que unas chicas como ellas? Ya me parecía a mí…
Cuando regreso. La mesa está puesta y las chicas han reavivado la estufa de la cocina. Están desnudas, sin ningún pudor, pero Pam no tiene cara de felicidad. En ese momento, un móvil suena. Un mensaje.
―           El número dieciséis – comenta Maby, mirando de reojo el móvil que está en el alfeizar de la ventana. – La bronca tuvo que ser gorda, ¿no?
―           Eric – responde Pam a la muda pregunta de mis ojos. – Tengo un ciento de llamadas perdidas y muchos mensajes. Parece que me ha estado buscando todo el fin de semana.
―           Bueno, ya nos ocuparemos de eso – digo. – Ahora, a comer, que se enfría…
Nos reunimos alrededor de la mesa, sintiendo el calorcito de la estufa. Me dan ganas de desnudarme también, pero es muy tarde, casi las cuatro de la tarde. Padre y madre pueden volver en cualquier momento. No es una buena idea.
Intento contar algo que alegre el almuerzo, pero no lo consigo. Pam está mustia. El problema ha vuelto a su mente. Maby, por simpatía, se mantiene seria, aunque no sabe lo que sucede. Yo no me atrevo a forzar el momento. Casi al acabar su plato, Maby no lo soporta más y, manos en jarra, pregunta:
―           ¿Es que no me lo vas a contar, Pam?
Mi hermana deja caer el tenedor y estalla en lágrimas. Ya se ha liado el follón. Al verla así, Maby comprende que lo que sea, es realmente jodido. Abraza a Pam e intenta consolarla.
―           Me… ha… vendido… — intenta explicar mi hermana, por encima de sus lágrimas.
―           ¿Qué te ha vendido? ¿Droga? – intenta comprender su amiga.
Pam niega con la cabeza y sus hipidos aumentan.
―           ¡Por Dios! ¿El qué? – Maby se impacienta, nerviosa.
―           A ella. La ha vendido a ella – digo, muy serio.
La mirada totalmente asombrada de Maby cae sobre mí. Se ha quedado anonadada.
―           Pam ha huido de Madrid, de Eric. Es un vulgar alcahuete chantajista – explico. – La ha ofrecido en la última fiesta a la que asistió, y luego ha llevado un cliente a vuestro piso, un tipo enfermo y sádico que la ha maltratado, humillado y vejado.
Maby sigue sosteniendo la cabeza de mi hermana sobre su pecho, calmándola, mientras ella misma asimila lo que le he dicho. Finalmente, alza el rostro de Pam, le limpia las lágrimas, y le pregunta:
―           ¿Qué tiene sobre ti? ¿Con qué te chantajea?
―           Grabaciones… guarras…
―           ¿Muy guarras?
Pam asiente, sorbiendo.
―           Es un círculo vicioso. Primero era algo entre ella y Eric, algo que no era demasiado perverso, pero que podía ser vergonzoso. Pero al obligarla a realizar más cosas, obtiene más y más pruebas que la comprometen. Es un experto en estas cosas. Por lo visto, tiene a muchas más chicas en el ajo, ¿verdad, Pam?
―           Si, Sergi. Algunas son conocidas nuestras, de otras agencias.
―           ¡Que pedazo de hijo de puta! Con esa carita de bueno que tiene…
Empiezo a recoger la mesa y pongo la cafetera. Se nos ha quitado las ganas de comer.
―           ¿Por eso viene Sergi a Madrid? – cae Maby en la cuenta.
―           Si.
―           ¿Y la policía?
―           No. Todo sería subido a Internet. No soportaría que mi familia lo viera – crispó las manos Pam.
―           ¿Entonces…?
―           No lo sabemos. Necesitamos más información primero – digo, llenando el fregadero de agua.
―           Yo conozco gente que se puede encargar de un tema así. Costaría un buen dinero, pero podemos… — insinúa Maby.
―           Es una opción que le recomendé, pero, apartando que Pam no desea su muerte, implicaría meter a más gente en el asunto. Al final, no es una buena idea. Si hay que matar a alguien, siempre hay tiempo.
Lo dije con total frialdad, sin pasión alguna. Era como si ese tema estuviera totalmente asumido.
―           Subid y vestíos. Mis padres están a punto de regresar. Yo fregaré todo esto.
El viaje a Madrid resulta menos alegre de lo que había imaginado. Me encuentro al volante de mi camioneta. Pam y Maby, sentadas a mi lado, visionan todos y cada uno de los mensajes de Eric. Son intimidantes en su mayoría:
“dnde stas puta? No t sirve dna esconderte. T voi a encontrar zorra y t vas enterar. Como l lunes no stes en casa subire to a la red. E perdio 2 clientes x tu culpa puta!!.” Todo por el estilo.
De verdad que tengo unas ganas de echármelo a la cara…
Sin embargo, a medida que nos acercamos a la capital del reino, las chicas empiezan a recuperar parte de su jovialidad. Charlando sobre donde van a llevarme, todo lo que van a enseñarme de la ciudad, y lo que se van a reír cuando me presenten a sus amigas y compañeras.
Nunca he estado en el piso de Pam y Maby, ni tampoco en Madrid. Padre y madre, que si han estado, me dijeron que era un estudio muy coqueto, pero pequeño, en un ático.
―           ¿Cómo nos las vamos a arreglar? Creo que vuestro pisito es pequeño – pregunto.
―           Tranquilo, peque. Es suficiente para nosotros – dice mi hermana.
―           Si, hemos pensado pasar la cama de Pam a mi habitación, que es la más grande. De esa forma tendremos una cama grande donde dormir los tres juntos.
―           Bueno. Seré vuestra mula de carga – las dos se ríen.
―           ¡Qué hambre tengo! – exclama Pam.
―           Claro, no comiste nada al mediodía – le pellizca la barbilla su amiga.
―           Normal, con el berrinche…
―           Bueno, madre nos ha metido unos cuantos tupperware en una bolsa. He visto albóndigas, croquetas, algún guiso casero, y un par de postres. Solo tenemos que meterlos en el microondas – las informa.
―           ¡Bendita sea tu madre! – suspira Maby.
Gracias a Dios, no tengo que entrar en Madrid con la camioneta.la M30 me lleva a un desvío y una rotonda, desde la cual tengo el barrio de mis chicas a un tiro de piedra. Encuentro un buen aparcamiento en un parquecito. Las calles están tranquilas y bien iluminadas.
―           Es un buen barrio – me dice Pam. – No es que sea exclusivo, pero la mayoría de vecinos son de mediana edad.
―           Si, aquí abundan los oficinistas y los burócratas – puntualiza Maby.
―           Entonces, esto estará tranquilo, ¿no?
―           A veces, demasiado – rezonga la morenita.
El edificio donde se ubica el piso tiene menos de diez años. No es glamoroso pero es funcional y está limpio y bien pintado. Tiene diez plantas. Dos estrechos ascensores, uno para los pisos pares, otro para los nones. La verdad es que el ático me encanta. El pisito es pequeño pero muy bien distribuido. Un salón multifuncional, con cocina, comedor, sala de estar, y despacho. Dos amplios dormitorios con el cuarto de baño en común, y un cuartito donde se amontonan el calentador, la lavadora y la secadora, así como los utensilios de menaje, y de donde partían unas escalerillas metálicas que conducían a una pequeña terraza, de uso particular. En ella, las chicas solían tomar el sol en las dos hamacas dispuestas. Todo un lujo, desde luego.
Las paredes del pisito, pintadas de varios tonos, obtienen buenos contrastes relajantes y todo el suelo es de auténtico parquet de madera.
―           ¿Es caro? – pregunto.
―           500 € al mes.
―           Está muy bien. ¿Cómo lo conseguisteis?
―           Era de una tía solterona de una compañera – explico Pam.
―           Si, una de esas viejas chifladas con muchos gatos. Se puso enferma y estaba en el hospital. Su sobrina nos dijo que no creía que saliera con vida. Así que vinimos a hablar con el casero.
―           Al principio, no le gustábamos. No quiere gente joven en sus pisos, por eso de las fiestas y demás. Pero en cuanto le sugerimos que nos encargaríamos de repintarlo, de sanearlo, y de deshacernos de los gatos, aceptó.
―           La señora murió en quince días. Cuando mi madre estaba con nosotros, mantuvimos la otra habitación que había, donde ella dormía. Pero, cuando se marchó, hicimos una pequeña reforma y la anexionamos al salón. Así ha quedado – explicó Maby, orgullosa.
―           Mola – alabo. – Bueno, ¿qué hacemos? ¿Cenamos o movemos muebles, primero?
―           ¡¡Mudanza!!
Una vez que las chicas ven como queda una cama enorme en una habitación, deciden que así debe quedar, aunque yo no este. Desde ahora, dormirán juntas. Comentan que encargarán un cabecero común para las dos camas, y que la habitación de Pam queda como el vestidor común. Yo les prometo que desarmaré los dos armarios, el de Pam y el de Maby, para usarlos como estanterías para el vestidor. Iba a parecer el de una estrella de cine. Palmean, encantadas.
Calentamos un poco de sopa de verduras y devoramos las benditas croquetas de madre. No hay nada interesante en la tele y las chicas deben madrugar. Así que nos vamos a la cama antes de las doce. Hay que estrenar la cama.
Las chicas se empeñan en jugar con mi polla de todas las maneras, usando manos, axilas, piernas y, finalmente, pies. Con cada una de ellas sentada a lado, con las piernas extendidas, sus pies masajean, frotan y soban mi polla. Me la han pringado de aceite Johnson y resbala que da gusto. No paro de gemir y ellas se esfuerzan aún más. No tardo mucho en correrme con un berrido.
Me dejan recuperarme mientras ellas se afanan en rodar abrazadas, besándose y morreándose. No sé lo que tiene dos tías besándose y frotando sus cuerpos desnudos, pero consiguen ponerme a tono en menos de lo que canta un gallo. Ni siquiera las separo. Aprovecho para meter de nuevo mi polla tiesa entre sus cuerpos, entre sus pubis apretados. La longitud de mi miembro me permite hacerlo.
Las chicas se ríen de mi juego y se acoplan a la perfección. Rotando sus pelvis, alcanzan a rozar sus vaginas contra mi polla o entre ellas, dependiendo del movimiento y del impulso. Pronto, los movimientos se convierten en una carrera desenfrenada para alcanzar un anhelado orgasmo. Maby es la afortunada, ya que es quien se encuentra encima de todos, y puede acelerar sus movimientos de pelvis hasta venirse largamente.
Pam se la quita de encima y se pone a cuatro patas. Parece frenética. Ella misma coge mi rabo con la mano y se lo mete, sin demasiados miramientos, en el coño. Se introduce el dedo corazón en el ano y se estremece. Creo que eso le ha gustado. Acelero mientra siento las manitas de Maby sobre mi pecho, desde atrás, pellizcándome los pezones.
―           Hermanito… la quiero por el culo… — jadea Pam. Creo que no la he entendido bien.
―           ¿En el culo? ¿Ahora?
―           Cuando quieras… Sergi…
Le harás daño. Nuestra polla es demasiado grande y gorda. Hay que entrenarla primero.
―           Te prometo que te lo haré, cuando estés preparada – gruño a causa del dedo que Maby me mete en el culo.
―           A mí también – susurra en mi oído la morenita. – Nadie nos lo ha hecho… somos vírgenes de culito.
―           Os follaré a las dos por el culo… hasta dejaros sin mierdaaaa… aahhhaaa… her… manita… m-mm corroooo… — la voz de Maby y sus palabras me excitan totalmente.
―           Ssiii… ¡Dame tu leche, Sergi!
―           ¡¡PUTA GUA…RRA…INCEST…U…OSA!! – aúllo al soltarlo todo en su vientre.
―           ¡¡¡SI…. TE A…AAMO… SERGIII!!! – grita Pam, sin control.
―           Y yo os amo a los dos – susurra Maby, apretándose fuertemente contra mi espalda.
Despierto como todos los días, a las siete y media de la mañana. Las chicas están dormidas, abrazadas a mí. No sé si tienen que ir a trabajar o no, ayer no las llamaron. Diciembre no es un mes bueno para trabajar como modelo, según Pam. Todas las campañas ya se han hecho y las de verano, no empiezan hasta febrero. Como no sea algo muy puntual, un desfile privado, algún anuncio, o algo así, la cosa está tranquila.
Me levanto con cuidado de no despertarlas. Me pongo mi ropa para correr. No es de lo más fashion para ir por las calles, pero no tengo otra cosa. Esto no es la granja, me obligo a recordar.
A pesar de lo temprano que es, hay bastante movimiento en la calle. Gente que se dirige a la parada de autobús, que sacan sus coches, que caminan presurosos y abrigados. Muchos me miran, asombrados de la poca ropa que llevo puesta.
Recorro un gran cuadrado imaginario, cortando calles, una avenida, un parque, y un acceso a la autovía. Compruebo donde se encuentran ciertos comercios que puedo necesitar. Un supermercado, una ferretería, una panadería, dos tiendas de chinos, y una farmacia. Con eso estoy cubierto. También he visto un bingo, varias peluquerías, un veterinario, una librería… ah, y un sexshop. Interesante este último.
Regreso al piso y subo a la azotea. Allí puedo hacer mis rutinas de flexiones y abdominales. Ya no me canso tanto. Tengo que acordarme de pesarme y medir mis contornos, sino no puedo controlar mi avance. Las chicas deben tener algún peso de confianza.
Me ducho y me visto. Miro en el frigorífico y hay poca cosa, pero me permite hacer un desayuno imaginativo. Habrá que ir al super más tarde.
―           ¡El desayuno, chicas! – grito al quitar la cafetera.
―           No había por qué madrugar hoy tanto – se queja Maby, enfundándose la camiseta de un pijama rosa.
―           Si. No tenemos nada programado para hoy – se une Pam, quien sale del dormitorio solo con las braguitas.
Las miro, sirviendo unas tazas.
―           ¡Estáis guapísimas recién levantadas! – piropeo. – Atractivo natural.
―           Tonto – saca la lengua Maby.
―           He hecho tortitas con un resto de harina que había y una extraña mantequilla que aún no estaba rancia. Hay que ir a reponer víveres. ¿Desde cuando no vais a comprar?
―           Nunca vamos – alza los hombros Pam. – Pillamos de paso lo que nos hace falta, y una vecina nos compra el pan todos los días. La mayoría de las veces comemos fuera, en el trabajo, o pedimos algo por teléfono.
―           Con razón os encanta la cocina de madre – las regaño, colocando ante ellas sus tazas de café. – No hay leche, así que tiene que ser solo.
―           Es igual.
―           Ahora que estoy aquí, comeréis algo mejor.
Mientras desayunamos, les pregunto por su trabajo. No sé mucho sobre lo que hacen. Pam me explica que ella se dedica más a publicidad que a moda, pero que acepta lo que caiga. También hace presentaciones de bebidas en discos y pubs, o de azafata en convenciones, salones de automóviles y cosas así. En cambio, Maby se decanta más por las pasarelas y las sesiones fotográficas de moda, aunque, al igual que mi hermana, no rechaza nada. Han tenido un buen otoño, así que tienen la cuenta cubierta dos o tres meses, pero no pueden dormirse en los laureles.
Cabeceo. Se ganan bien la vida y eso que no son modelos célebres.
―           Me gustaría encontrar un trabajo aquí y quedarme una temporada – digo. – Pero no me atrevo a dejar la granja. Padre no puede solo y no creo que pueda costearse un trabajador a tiempo completo.
―           No puedes estar toda la vida con ellos, Sergi. Tienes que hacer tu vida – me dice Pam, poniéndome una mano sobre el hombro.
―           Creo que has acostumbrado a tu padre a trabajar demasiado. Haces el trabajo de varios jornaleros – me regaña Maby.
―           ¡Eso se lo he dicho más de una vez! – la apoya Pam.
Me encojo de hombros, dándoles la razón.
Tienes que salir de esa granja. No crecerás más en ella.
Todos en contra. Gracias.
Intentaré buscar la mejor manera de hablar con padre. Va a ser duro.
―           Otra cosa. ¿Tenéis herramientas?
―           No. Ni una sola.
―           Vale. ¿Nos vamos de compras? – les pregunto para animarlas.
―           ¿Compras? – levanta una de sus graciosas cejas Maby.
―           Pues si. Tenemos que ir al super. Hay que reponer la nevera. He visto una ferretería cerca y un par de chinos. Si tengo que haceros el vestidor necesito herramientas, puntillas, un metro, alambre, unas barras metálicas…
―           Uy, que de cosas…
―           Venga, vestiros, monísimas, que ahora me toca invitar a mí.
―           ¿Nos vas a invitar a herramientas? – se altera Pam.
―           Si, y voy a llenaros esa nevera vacía.
―           Pshhhé… eso nos pasa por traernos un cateto a Madrid – Maby tiene que salir corriendo, antes de que la atrape.
Coloco la lona de la caja de la camioneta y nos vamos, en primer lugar, a la ferretería. Compro un martillo, unos cuantos destornilladores, un metro extensible, un nivel, un maletín con un taladro y varias brocas, una pequeña sierra y una barrena para madera, varios paquetes de puntillas de distintos tamaños, tacos, tornillos, presillas, cárcamos y alcayatas, alguna escuadras metálicas, varios ganchos de acero, y diez barras metálicas de cuatro metros.
Deslizo todo bajo la lona y mi próxima parada deja a las chicas con la boca abierta. Abro la puerta del sexshop y les pido que entren.
―           ¿Qué hacemos aquí? – me pregunta Pam, dándome un pellizco en el brazo.
―           Me pedisteis algo anoche, ¿no os acordáis?
Pam enrojece y Maby se ríe por lo bajito.
―           No creeréis que voy a usar el rodillo de la cocina o algo así, ¿no? Hay que ser profesionales – dejo caer, con una gran sonrisa. Quien me haya visto la semana pasada…
Mira por donde, hay una chica joven despachando. Lleva varios piercings en la ceja y en la oreja izquierda. Los ojos furiosamente pintados de morado y el pelo naranja. Podría ser atractiva sino usara esas tonterías.
―           ¿Buscáis algo en especial? – nos pregunta, con una bonita sonrisa.
La tienda es amplia y está vacía, así que puedo hablar en confianza.
―           Pues si. Necesito un juego completo para dilatarles el culito – señalo con el pulgar a las chicas.
―           ¡Sergi! – exclaman, avergonzadas.
―           Bueno, el esfínter. Es más delicado, ¿no?
La dependiente se ríe. Ella tampoco se esperaba mi frescura, y si os tengo que decir la verdad, yo tampoco. Me siento otro en la ciudad.
―           Bueno, tengo dilatadores intercambiables, y todo un set de equipo anal. Todo depende del tiempo que se disponga – responde, pasando su mirada de las chicas a mí.
―           El tiempo siempre está en contra últimamente.
Vuelve a reírse.
―           Entonces te aconsejo un cinturón reversible – pasa a tutearme.
―           Explícame la jerga.
Me saca uno para que lo vea. Es como uno de esos cinturones fálicos que se ponen las lesbianas, para disponer de un pene falso, solo que ese pene puede apuntar tanto hacia fuera como hacia dentro.
―           El dildo es intercambiable a cualquier tamaño y el cinturón está equipado con baterías recargables y mando a distancia.
―           Interesante – digo, dándole vueltas en mis manos. – Pues entonces necesito dos de estos y dos vibradores anales, de tamaño medio.
La chica saca dos cajas sin abrir, con la foto explícita de lo que trae en el interior.
―           Ah. Un bote de lubricante con buen sabor también.
―           Por supuesto, eso va de regalo.
―           Muy agudo, gracias – guiño un ojo. — ¿Veis algo que os gusta?
Las chicas están curioseando por toda la tienda. Maby levanta un largo consolador doble, una de esas cosas monstruosas de dúctil textura, que dan tanto morbo en las escenas porno. Es como si un alquimista loco hubiera unido a dos grandiosas pollas roseas, por su base, cada glande apuntando en dirección opuesta.
―           Mira, Sergi, es más o menos de tu tamaño.
La dependiente vuelve a reírse cuando se da cuenta de que ella es la única en hacerlo. Sus ojos me atraviesan.
―           Ponlo también en la cuenta – le digo.
El sexshop es el tema de conversación de toda la mañana. Las chicas han alucinado con lo que han visto. Creo que se han hecho la promesa de probar más cosas. Al menos, las enseño a comprar en un supermercado cuanto es básico en una casa. La verdad es que nos divertimos comprando.
Después de almorzar, Maby se marcha. Dice que tiene que resolver ciertas cosas para empezar de cero. Tanto Pam como yo no sabemos a qué se refiere, pero no preguntamos; ya hablará cuando lo necesite. Me dedico a sacar la ropa del armario de Maby, mientras que mi hermana vacía el suyo. Suena el timbre de la puerta y Pam abre. Una voz burlona hace vibrar mis tripas. Asomo un ojo por la puerta a cuchillo.
―           ¿Así que te has tomado unas vacaciones? – pregunta con indolencia un chico rubio y bien plantado, que entra en el piso como si fuera suyo. Lleva el pelo muy cortito, salvo el flequillo, peinado casi en una cresta. Tiene los ojos muy azules, aunque suele entrecerrarlos con su pose chulesca. Mide cerca del metro ochenta y su cuerpo parece trabajado. Sin duda es el famoso Eric. Pam tiene razón. Es muy guapo, casi femenino.
Pamela retrocede, disculpándose con un balbuceo. Hace un esfuerzo para no mirar hacia el dormitorio y delatarme.
―           Te has portado muuuy mal, zorra. Me has hecho perder buenos clientes al no poder contactar conmigo. Vas a tener que compensármelo.
―           No, Eric… eso se ha acabado – el cuerpo de Pam se yergue, dispuesta a luchar.
―           Se acabará cuando yo lo diga. Tienes todavía mucho jugo que dar, pelirroja.
―           No. Le he contado todo a mi familia. Estoy haciendo las maletas – miente, señalando toda la ropa que tiene ya fuera. – Me marcho de Madrid. Regreso con mis padres.
Eric le da una patada a una silla, enviándola contra la pared.
―           ¿Te crees que te vas a escapar así y ya está? He invertido mucho tiempo en ti, puta. La familia es lo de menos, perdona cualquier cosa.
Eric atrapa los brazos de mi hermana y la sacude fuertemente.
―           Si subo el archivo que tengo sobre ti, perderás tu trabajo y estarás marcada como modelo, tonta del culo. Afectará a tus relaciones, a tus amistades, a cuanto eres. Incluso pueden acusarte de prostitución. No te creas que el escándalo pasaría en unos meses. Me encargaré de actualizar el asunto cada cierto tiempo. Te haré la vida muy difícil, puta barata.
Me arden los puños de apretarlos. Ya no puedo seguir escuchando a esa comadreja. Sus bellos ojos casi se salen de las órbitas cuando le sorprendo, surgiendo del dormitorio.
―           ¿Quién…? – trata de preguntar, pero no le doy tiempo.
Avanzo hasta él con rapidez, los ojos encendidos de ira. Intenta escabullirse, pero soy más rápido de lo que aparento. Le estampo de boca contra una pared, arrancándole un gruñido. Mi puño se incrusta en sus riñones. Cae de rodillas, jadeando. Le pateo duramente, aplastándole contra el suelo.
―           ¡Sergi! – grita mi hermana, tratando de frenarme.
―           Veras, capullito – le digo al oído, poniéndole en pie con una mano. – Soy su hermanito. Ya sabes, un palurdo de pueblo… De donde vengo, a los tipos como tú se les llama chulos resabiados, y no tenéis buena fama, ¿sabes?
Le dejo recuperarse un poco para que intente algo, y lo hace. Me lanza su codo con fuerza, alcanzándome en el pecho, pero no me inmuto. Le aplasto aún más contra la pared y sus pies ya no tocan el suelo. Eric gime, asustado. Patalea, golpeando mis espinillas. Ni caso.
―           ¡Sergi, por Dios, le vas a matar! ¡Déjalo! – tira de mi Pam.
Lo lanzo de nuevo, como un muñeco. Rebota contra la mesa de comedor y cae al suelo, sin aire.
―           Me va a costar poco trabajo partirte como una caña – me mira desde el suelo, acobardado, cuando me acerco. – O puede que no te mate. No, creo que no…
Veo la esperanza en sus ojos, ya que mi hermana sigue enganchada a mi brazo, tratando de frenarme.
―           No, definitivamente, no te mataré – mi bota se alza, proyectando su sombra sobre su rostro. – Te machacaré la cara a pisotones, mejor. Lo haré tan bien que ningún cirujano podrá recomponer esa dulce carita de maricón. Así no podrás seducir a ninguna chica más…
Aúlla como un condenado con el primer pisotón, que le fractura algo. No sé qué, pero oigo el chasquido del hueso. Se cubre la cara con los brazos. Piso con más fuerza, ahora estoy seguro de que es una muñeca la que chasquea. Gira por el suelo, entre lastimosos gemidos. Le lanzo un par de patadas a las costillas, que le hacen toser. Se aferra, como puede, a mi pierna. Creo que balbucea unas disculpas, pero no le escucho bien. Mi hermana suena histérica detrás de mí. Piso su cara, pero mi bota resbala y cae finalmente sobre un hombro. Cuando aumento la presión, patalea, frenético. Seguro que siente como el hueso se sale de su alveolo.
El dolor debe ser de cojones, pero sigo poniendo más peso y presión. Sus gemidos se convierten en alaridos que apenas resuenan en mis oídos, concentrado como estoy en hacer daño. Los ligamentos ceden con un crujido. Puede que la cabeza del hueso esté astillada. Mejor. Su bello rostro está crispado, sudoroso. Tiene los ojos fuertemente apretados. Le escupo y mi pie se alza de nuevo, preparado para seguir con el castigo.
En ese momento, la puerta de entrada se abre y aparece un hombre en camiseta, de unos cincuenta años. Entra gritando algo, pero su voz se pierde cuando contempla lo que sucede. El hombre, seguramente un vecino, consigue apartarme de mi objetivo. Pam le ayuda.
Eric se arrodilla en el suelo, tosiendo y lloriqueando. Jadea y me mira con verdadero terror. Se pone en pie y sale corriendo por la puerta abierta. Mal asunto. Una babosa como él no es nada bueno estando suelto. Levanto las manos para indicarle al hombre que ya estoy bien y él se aparta. Mira a Pam y le pregunta que ha pasado.
Pam no responde, solo llora, aterrorizada.
―           Está bien, está bien, vamos a calmarnos – digo, sentando a mi hermana en el sofá. – Soy su hermano, ¿y usted?
―           Soy el conserje. Estaba arreglando una cañería en el piso de abajo cuando escuché el estrépito. Me llamo Carmelo.
―           Sergio – me presento, ofreciéndole mi mano. El hombre tiene fuertes manos. Lleva un tatuaje dela Legiónen el hombro.
―           ¿Qué ha pasado? ¿Hay que llamar a la policía?
―           Era el novio de mi hermana. Un niñato prepotente y creído. Pam se marchó al pueblo la semana pasada para confesarnos los maltratos de su novio.
―           Madre mía – musita el hombre, agitando la cabeza.
―           Así que me he venido con ella, más que nada para tratar de mediar. Pero no me ha dado tiempo, el cabrón. Se ha presentado por sorpresa, mientras arreglaba el armario del dormitorio. Se ha puesto a vocear y a pegarle, sin ton, ni son. Le juro que lo he visto todo rojo. Creo que me he empleado bien con él. Si no llega usted a llegar, no sé lo que hubiera pasado.
Creo que me ha salido todo muy natural, mezclando mentiras y verdades. Lo cierto es que no he perdido los nervios ni un solo momento. No es que estuviera frío y calmado, pero sabía perfectamente qué estaba haciendo y qué quería hacer.
Hay que tener los nervios templados en cualquier momento. Puede que sea una ventaja tenerme en tu cabeza.
Asiento para mí y lleno un vaso de agua para Pam.
―           Puede que sea mejor que presentéis una denuncia antes que lo haga él. Le has machacado toda la boca. El hospital al que acuda presentará un parte de lesiones – el conserje parece saber de lo que habla.
―           Si, creo que tiene razón. No vaya a ser que encima, ese cabrón me haga pagar por sus gastos clínicos.
―           Si me necesita como testigo, no tiene más que decírmelo.
―           Gracias, señor Carmelo.
―           Solo Carmelo. Pegas duro, chaval – me sonríe, antes de marcharme.
Me siento al lado de Pam y la abrazo, una vez a solas. Ya no llora, pero su cuerpo tiembla, como si estuviera aterida. Necesita desahogar tensión.
―           ¿Estás bien?
Asiente. Me mira y musita:
―           ¿Y tú?
―           Perfecto. Ni me ha tocado.
―           Creí que le matabas, Sergi.
―           Es lo que quería hacer en ese momento. Menos mal que ha llegado el conserje. ¿Hay una comisaría cerca?
―           Más allá del parque. ¿Vamos a denunciarle?
―           Tenemos que hacerlo. Puede darnos problemas.
―           Pero… subirá los archivos a Internet.
―           No creo, Pam, al menos, no de momento. Ahora, está acojonado por la paliza. Habrá acudido a un hospital. Calculo que tendemos unas cuarenta y ocho horas, antes de que decida algo coherente. Los calmantes que le pondrán para el dolor le tendrán grogui bastantes horas.
―           Entonces, ¿qué hacemos?
Tienes que actuar de inmediato. Atrápalo en su propia casa…
“No es tan fácil, viejo. Está época es muy jodida. Las autoridades tienen la capacidad de reconstruir los crímenes con las meras partículas que deje atrás un criminal. Además, no sé si ese mal nacido está solo en esto o tiene cómplices. Eso es lo primero que debo averiguar, su implicación.”
Está bien. Tú sabes más que yo de tu época, pero, recuerda, una acción directa y rápida, sigue siendo lo más eficaz.
―           Vamos a la comisaría, pero antes… lo siento, Pam.
Y le arreo dos ostias bien fuertes en la boca, rasgándole el labio inferior. Se queda mirándome, atónita, con la sangre manchando su camiseta. Repito los golpes, pero, esta vez, más arriba, sobre sus pómulos, enrojeciéndolos enseguida. Cae sobre su costado, el cabello tapándole el rostro. La ayudo a levantarse. Las lágrimas brotan de sus maravillosos ojos. Examino las marcas. Perfectas, saldrán moretones.
―           ¿Sabes por qué lo he hecho, cariño? – le pregunto, acariciándole el pelo.
Ella asiente y suspira cuando le seco la sangre que le resbala por la barbilla.
―           Marcas para la policía… — musita bajito.
―           Chica lista – sonrío y la beso en la nariz.
Por el camino, ensayamos lo que tenemos que declarar. Ella está más calmada. Cuatro ostias hacen milagros. Le digo que debe fingir un poco de histerismo, que siempre queda mejor.
―           Soy buena actriz – gruñe, pero sonríe levemente.
Nos pasamos casi tres horas en la comisaría. Nos toman declaración y un médico forense toma nota de las lesiones de Pam. Recibo una llamada de Maby, quien está preocupada por como ha encontrado el piso, al llegar. Le cuento lo sucedido y le digo que vamos para allá. Cuando llegamos, las chicas se abrazan y lloran juntas, como magdalenas. Maby la besuquea sin parar, tratando de sanarle así las marcas de la cara. Las siento a las dos y las pongo al corriente de lo pienso hacer.
―           Es urgente que sepa si Eric lleva solo ese negocio o tiene más socios.
―           No lo sé. No he visto a nadie más con él, en las dos ocasiones – cuenta mi hermana.
―           Puede que lo sepa alguna de las otras chicas – insisto.
―           Puede. Pero solo conozco de vista a dos de ellas, de otra agencia de modelos.
―           ¿Sabes cómo se llaman?
―           Si, además, Maby las conoce también. Podría ir contigo.
―           No me gusta que te quedes sola – niego con la cabeza.
―           No me pasará nada. Echaré el cerrojo y la puerta es bien resistente. Además, Carmelo estará al cuidado si se lo pides.
―           Está bien. Mañana haremos de investigadores, Maby – le digo, tomándola de la barbilla.
―           ¡Guay! – exclama, alegre.
―           Anda, Pam, échate un rato en la cama mientras preparamos la cena – aconsejo a mi hermana.
Cuando se marcha al a dormitorio, pongo a Maby a cortar los ingredientes de una ensalada, mientras yo hiervo pasta.
―           ¿Qué piensas hacer con Eric cuando llegue el momento? – me pregunta en voz baja.
―           Seguramente matarle. Es peligroso dejarle suelto.
―           Eso pensaba.
―           Debo actuar enseguida. Cuanto antes mejor. Así evitaré represalias de cualquier índole.
―           Pero no puedes hacerlo a lo loco. No deben descubrirte.
―           Por supuesto, no soy ningún mártir. Eric no parece ser quien ha ideado un negocio tan organizado, ni tan grande, con tantas chicas. Él podría llevar a un par de ellas, a lo sumo. Se necesita mucho tiempo y recursos para prepararlas, educarlas, y chantajearlas. – en realidad, todo eso me lo había dicho Rasputín, aquella misma tarde, en comisaría. – Creo que solo es uno de los pececillos de la pecera, un gancho. Eso puede ser bueno o malo, aún no lo sé. Si las pruebas que tiene sobre Pam las retiene él, todo irá bien, pero si las tiene un socio, o un superior, puede complicarse.
―           Pero, a las malas, Pam puede vivir con ese escándalo, ¿no? – pregunta Maby, con ansiedad.
―           Eric dijo una gran verdad cuando la amenazo, aquí mismo – suspiré. – No solo romperá su trabajo, sino toda su vida social y familiar. Una cosa así, removida constantemente en la red, puede arruinar toda tu existencia: amigos, relaciones amorosas, familia, sin hablar de la vergüenza propia. Estoy dispuesto a evitarle todo eso a Pam, aunque tenga que ir a la cárcel, ¿comprendes?
―           Si – y me da un fuerte abrazo. – Cuenta conmigo para lo que sea. Mañana, te llevaré a esa agencia y encontraremos a esas chicas. A ver que nos cuentan.
Pam aparece una hora después. Nos besa a los dos y nos da las gracias por todo. Le doy un azote cariñoso en el culo. Sus labios se han hinchado, así como un pómulo, el cual ha tomado un color amoratado. Va a tener que pasarse unos días en casa, seguro.
Cenamos, casi en silencio. Pam está muy retraída, quizás rumiando todo el embrollo. Sin embargo, se come la ensalada de pasta y los canapés gigantes y calientes que he sacado del horno, con gran apetito. Maby se chupa los dedos y tampoco habla.
Después de cenar, nos sentamos a ver la tele. Maby se sienta sobre mis piernas, aunque tiene sitio en el sofá. Dice que le gusta abrazarse a mí. Pam, al contrario, no se acerca a mí. Tiene las piernas recogidas y se apoya en uno de los brazos del mueble. Sin embargo, si ha cogido mi mano, a la que sostiene contra su regazo. Maby no deja de rozar su culito contra mi entrepierna, buscando levantar a la bestia dormida, y lo está consiguiendo. Ellas llevan puestos sus pijamas, pero yo aún llevo ropa de calle.
Mi mano libre acaba en la boca de Maby, quien se deleita chupando y lamiendo cada uno de mis dedos. Pam nos mira y sonríe.
―           Iros a la cama, tontos. Ahora iré yo… — nos dice.
―           No, vámonos todos – dice Maby con un mohín.
―           No, no estoy de humor ahora. De verdad – se incorpora más y acaricia la mejilla de su compañera. – Os doy permiso… follad sin mí. Os quiero.
Retozar a solas con Maby, puede ser toda una experiencia. Aunque más joven que mi hermana, tiene más cama que ella. Nada más desnudarla, le como el coño con mucha lentitud, profundizando todo lo que puedo. Maby acaba saltando en la cama, rodeando mi cabeza con sus piernas, casi asfixiándome.
―           ¡Joder… joder! ¡Me vas a mataaaar! – chilla a placer. — ¡Eres un puto animal… de granja, cabrón! ¡Diossss… como co… comeeess!
Tras el orgasmo, se queda jadeando en la cama, con la mano sobre su pecho desnudo. Yo apoyo la barbilla en mi mano, tumbado entre sus piernas, y la miro, embelesado. Me encanta observar como recupera el resuello, su rostro arrebolado.
―           Cualquier día me da un infarto – dice, entre un jadeo y una risita.
Ella toma el relevo. Me hace tumbarme y se ocupa de mi miembro con real pasión. En un minuto, me la pone tan rígida que no le cabe en la boca. Deja caer ingentes cantidades de baba sobre mi glande, restregándolo por su pecho, su carita, e incluso su pelo. Lo usa como una gran brocha, para pintarse el cuerpo entero de humedad. Me tiene loco.
―           Me voy a ensartar – me susurra. – Hoy me la voy a meter entera, ya verás…
Se arrodilla sobre mí, su rostro a pocos centímetros del mío, mirándome. Su manita tantea atrás, apuntalando mi miembro contra su vagina. No deja de mirarme mientras mi polla se cuela, centímetro tras centímetro. Cada vez entreabre más la boca, traspuesta por la presión en su coñito. Finalmente, un hilo de baba surge lentamente entre sus labios. Lo atrapo con mi lengua, tragándomelo.
―           ¿Aún… falta? – pregunta, arrugando el ceño.
―           Solo un poco… ánimo…
―           No puedo sola… empuja tú – me dice, lamiendo mi nariz.
―           ¿Seguro?
―           Empuja, mi amor… rásgame toda…
La verdad es que falta muy poco. Un movimiento de pelvis y tiene toda mi polla dentro. Se queda estática, los ojos cerrados, las aletas de su nariz ventilando rápidamente. Empieza a moverse con suavidad, sintiendo a la perfección cada arruga de mi pene, cada vena dilatada. Ese coñito me aprieta tan bien que no voy a aguantar mucho.
―           Me voy a correr, Maby…
―           Yo ya estoy temblando… ¿no lo notas?
Es cierto. Su cuerpo ha empezado a estremecerse. Apenas se sostiene sobre sus manos.
―           Vamos a hacerlo los dos a la vez… ¿vale? – susurro al aferrarle los pezones con los dedos de ambas manos.
―           Si… si… aprieta… apriétalos fuerte… oooohhh…
Retuerzo los pezones con saña mientras ella baila sobre mi polla, arrancando los primeros chorros de esperma. Ella cae sobre mi boca, sin fuerzas para besarme. Los espasmos la vencen. Susurra algo en mis labios. Creo que ha dicho que me quiere. Sigo follándomela sin parar, aún después de descargar en ella. Sus gemidos no se detienen ni un momento. Vuelve a hablarme, en medio de un lametón.
―           ¿Puedo ser… tu novia?
―           ¿Acaso no lo eres ya? – contesto.
―           Te quiero… novio mío…
―           Yo más, Maby – atrapo sus labios. No es momento de hablar.
En ese momento, Pam entra en el dormitorio. Se mete en la cama, a nuestro lado, y se medio tapa con la manta, sin dejar de mirarnos. Medio sonríe y nos observa, tumbada de costado, casi en posición fetal. Alarga una mano y me acaricia la mejilla.
―           Seguid… seguid… hermosos míos – susurra, sin dejar de acariciarme.
Le meto un dedo en el culo a Maby, quien gime aún más fuerte al sentirlo. Bombeo más deprisa. Mi polla entra perfectamente el dilatado coñito. Maby parece un juguete entre mis manos. Su cabecita sube y baja a toda velocidad, impulsada por mis embistes. Intenta mirar a Pam pero el meneo no la deja.
―           Te amo… Pam… — consigue articular.
―           Y yo a ti, amiga.
―           Me… voy a correr… Pam – se queja.
―           Hazlo, mi amor, hazlo por mí.
Hundo un dedo más en su culo.
―           ¡CABRÓN! – grita a pleno pulmón. El orgasmo la alcanza, la rebasa, la inunda. Tiembla, con la mirada perdida en el techo, la boca abierta.
Bajo ella, me arqueó, enviando una nueva descarga contra su útero, mientras giro la cabeza para mirar a mi hermana. Sus bellísimos ojos no se apartan de los míos mientras gozo.
Estoy en el paraíso.
Maby tira de las mantas para taparnos, sin bajarse de encima de mí.
Pam se acurruca contra nosotros.
El sueño llega.
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