Maby.
  Despierto a Pamela cuando dan las ocho de la mañana. Nos hemos dormido en mi cama. Le indico que regrese a la suya, antes de que se despierte madre. Estaría bueno que nos pillaran en nuestra primera vez. Se pone la ropa, algo ruborizada, y me da un beso antes de marcharse.
  Me quedo pensativo, bajo la manta. Ahora, las cosas se ven de otra perspectiva. Mi polla está calmada, satisfecha, y mi corazón está feliz. No hay espacio para remordimientos, ni falsas preguntas morales. Soy lo que soy.
  Eres como yo.
  Me niego a creer eso. Soy mejor.
Mi vida debe cambiar. Ya no estoy solo, no soy un paria. Debo aprender a moverme socialmente. Debo cambiar mi cuerpo para agradar a Pamela. Por mucho que ella diga, parezco un Quasimodo a su lado. Hay que mejorar la imagen.
  Con un gruñido, me pongo en pie. Abro el armario, saco unos pantalones de chándal y una sudadera, busco unas viejas zapatillas. Mierda, están destrozadas. Me calzo las botas. Si los soldados lo hacen, yo también.
  Lo primero, forraje para las vacas y las ovejas. Segundo, revisar la máquina de ordeñar. Tomo el camino que me lleva a la carretera secundaria, la que lleva al pueblo, pero me dirijo en sentido contrario. Hace mucho que no corro. Mi cuerpo no está acostumbrado a ello, pero me mantengo bien los dos primeros kilómetros. Después, me falla la respiración. No fumo, pero arrastro demasiada grasa. Habrá que eliminarla.
  Camino a grandes pasos, a través del pinar, aplastando la hojarasca seca. Corto camino hacia la granja. Llego cuando madre está poniendo la mesa para el desayuno. Le doy un beso y los buenos días.
―           Solo café y una tostada – le digo. Ella me mira con la ceja alzada. Está acostumbrada a hacerme huevos, salchichas, o media docena de tortitas para el desayuno. — ¿Puedo comprar leche desnatada y pan integral para mí?
―           ¿Estás a dieta? – me pregunta.
―           Si. Pam me ha dado un régimen de los suyos. Es hora de que deje atrás unos kilos.
―           Está bien, hijo. Ya me dirás lo que puedo hacerte para comer.
―           Alcachofas – dice padre entrando en la cocina. Nos ha oído.
―           ¿Alcachofas? – es mi turno de levantar una ceja.
―           Buenísimas para expulsar líquido. Ideales para una dieta. Tenemos la huerta sembrada de ellas y hay que recogerlas. Así que aprovecha – sonríe.
Brrr… las odio, pero hay que joderse. ¡Sean las alcachofas! Engullo mi tostada con aceite y el café con leche. Es como si no hubiera desayunado nada, pero tengo suficiente acumulado como para estar dos meses sin comer. Es hora de tirar de las reservas, cuanto más mejor. Sé que mi cuerpo aguantará lo que sea.
  Me paso dos horas cortando leña. Tengo que dejar muchas cosas hechas si quiero dejar a padre solo una semana. Pamela aparece, enfundada en un viejo anorak de madre. Me sonríe al llegar a mi lado.
―           ¿Es que no piensas parar? – me pregunta, gritando.
―           Quiero dejarle suficiente a padre para irme. Puede que la semana que viene vengan dos o tres clientes a comprar – dejo la motosierra al ralentí.
―           ¿Así que te has pensado lo de venirte a Madrid?
―           Si.
―           Perfecto. Mamá me ha dicho que te has puesto a régimen.
―           Algo así. Tengo que bajar peso. Necesito que me escribas uno de esos planes para modelos, de los agresivos.
―           Eso no es para ti. Necesitas calorías para trabajar como lo haces. Te quedarías hecho polvo.
―           Tengo muchas reservas. Así será rápido.
―           ¡Pero no puedes mantenerte con una ensalada al día y dos piezas de fruta!
―           Si, puedo.
―           Cabezota – se gira y antes de marcharse, me comunica. – Maby llegará a la estación en un par de horas. Ve a ducharte y la recogemos.
―           Vale – respondo, acelerando la máquina.
  El estómago me gruñe mientras esperamos el tren de Madrid. La sensación de vacío en él es extraña, aunque, en verdad, no es molesta. Me hace sentirme más despierto, más dinámico. Quizás sea bueno estar famélico, jeje.
  La estación de Fuente del Tejo es pequeña y huele a rancio. Pamela prefiere esperar en el andén. Se ha levantado viento de poniente, frío y desagradable. Mi hermana se acurruca contra mi brazo, buscando esconderse del viento. La envuelvo tiernamente con él, abrazándola.
  Más allá, fuera de la alambrada de la estación, se encuentra el aparcamiento del supermercado del pueblo. El Ford Scorpio de Luis Madeiro entra, chirriando ruedas. Lo aparca mirando hacía mí. Él se baja del coche. Está solo. Nos mira. Sin duda, destacamos en la soledad del andén. Puedo ver su sonrisa. Tengo ganas de machacarle esa cínica risita.
  Tranquilo, ya le llegará el turno. Ahora, tenemos otras cosas que hacer.
No sé si es una reacción de mi subconsciente, o si, en verdad, tengo el espíritu de Rasputín en la cabeza, pero, cada vez estoy más contento de que esté ahí. Ya no me siento solo. Tengo alguien que me aconseja, que me comprende, que me alienta, aunque sea un tío como ese ególatra. ¡Que más da! Tiene todo la razón del mundo. Ya habrá tiempo de poner las cosas en su sitio.
―           ¿Qué planes tienes para Maby, peque? – pregunta Pam, de sopetón.
―           ¿Peque? — así me llamó en el sueño.
―           Si, eres menor que yo, así que peque.
―           Tú te drogas últimamente – bromeo. – Aún no lo sé, Pam. Recuerda que soy muy nuevo en todo esto. No tengo experiencia en hablar con chicas, y menos con modelos.
―           Pero me tienes a mí, que soy una maravilla de socia – ríe, haciéndome cosquillas, las cuales simulo sentir.
―           Eso es cierto. Tendrás que mover tú los hilos.
―           Lo intentaré. De todas maneras, disponemos de tres días para sentar las bases de lo que suceda. Lo bueno de la granja es que no hay distracciones imprevistas.
―           Cuéntame algo más de los tíos con los que sale Maby.
―           Veamos. El último es Víctor Vantia, un promotor búlgaro que está empezando a sonar bastante. Es un hombre de unos cuarenta años, refinado, culto y elegante. Posee una agencia de modelos en Bulgaria, ya sabes, chicas del este, preciosas todas. Está intentando introducir su propia línea de ropa en Europa, concretamente en España y Francia.
―           No suena mal, aunque un poco mayor para ella – digo, encogiéndome de hombros.
―           Es un mafioso, Sergi. Su agencia es una tapadera para la prostitución y aún no sé qué piensa hacer con la ropa. Lleva siempre guardaespaldas. Maby ya ha probado varias drogas desde que sale con él. Siempre hay fiestas en su casa de campo.
―           No tiene buena pinta, no.
―           Maby ha salido con narcotraficantes, con un conde alemán dedicado a la pornografía, con dos industriales españoles, padres de familia, y hasta con una estafadora.
―           Vaya, le van los malos…
―           Los malos, los complicados, los perversos, pero, principalmente, todo aquel que la encandile con su seguridad y su poder.
―           Pero, Pam, yo no tengo nada de eso.
―           Lo sé, pero eres el primer chico, digamos normal, por el que ha mostrado interés. Maby no mira ni siquiera a los chicos guapos que conocemos en nuestro trabajo, pero se le van los ojos detrás de los viejos poderosos cuando salen del despacho. No sé qué ha visto en ti, pero tenemos que aprovecharlo antes de que se disipe.
Yo sé lo que ha visto en ti. Yo también lo tenía. Se llama magnetismo animal y se ha incrementado en ti desde que me he aferrado.
  ¿Qué coño está diciendo el monje? ¿Magnetismo animal?
―           Además, estoy casi segura de que no se resistirá cuando vea lo que tienes ahí abajo – acaba con una risita.
―           Está bien. Seguiré tus indicaciones.
―           Recuerda, debes ser cortante, seguro de ti mismo. Un buen conocedor de lo que le digas. Si no estás seguro, no le hables. Ella está perdida aquí, no conoce nada, así que aprovecha eso.
―           Lo intentaré. ¿Qué hay de nosotros?
―           Bueno, habrá que buscar el momento adecuado – me dice, alzando la mirada para contemplar mis ojos – pero sé lo que quiero hacer…
―           ¿El qué?
―           Quiero follarte mirándote a los ojos. Me encantan.
Enrojezco y aparto la mirada. Distingo el tren que se acerca. Dejo de abrazarla en el momento en que el tren frena para entrar en la estación. Antes de que se detenga, una mano saluda desde la puerta de un vagón, por encima del hombro del encargado de vías. Me pongo en marcha, cogiendo a Pam de la mano.
  Maby está preciosa. Va vestida como si fuera a una estación de esquí. Gorrito de lana sobre su cabeza, dejando salir algunas oscuras guedejas sobre su frente y nuca. Un grueso jersey de lana, tejido a mano con divertidos colores, y unos leggins invernales que contornean diabólicamente sus largas piernas. Para rematar, unas gruesas botas de pelo cubren sus pies. No deja de agitar la mano y sonreír hasta que estamos ante ella, sin aún bajarse del tren. Da un gritito de placer cuando alargo el brazo y la tomo de las caderas, bajándola a pulso, manteniéndola contra mi cuerpo.
―           Ponla en el suelo, Sergi – ríe mi hermana.
  Ambas se abrazan, como si llevaran varios meses sin verse. Tras esto, Maby me da dos húmedos besos en las mejillas. Atrapo las dos maletas que trae con ella y echo a andar. Ya no queda nadie en el andén.
―           Eric ha estado en el piso esta mañana, preguntando por ti – escucho comentar a Maby, detrás de mí. Las dos van cogidas del brazo. – Quería saber donde estabas…
―           ¿Qué le has dicho?
―           Que tenías una sesión de fin de semana en Portugal. Ya sé que la granja es tu refugio y que no quieres que nadie sepa de ella.
―           Gracias, Maby – Pam la besa en la mejilla.
―           ¿Habéis discutido? Parecía enfadado.
―           Ya veremos. Debo pensarlo detenidamente.
―           Vale, me callo – cierra su boca con una imaginaria cremallera y Pam se ríe de nuevo.
Mala suerte. Luis está echado sobre el lateral de su coche, justo al lado de mi camioneta, cuando salimos. Ya no está solo, el insufrible Pedro enciende un cigarrillo, aspirando del encendedor que sostiene otro amigo.
―           Veo que las bellas te tienen de criado, Goliat – escupe nada más verme, soltando una bocanada de humo.
No respondo y dejo las maletas de Maby en la parte trasera de la camioneta. Pam me mira y enarca una ceja, en una muda pregunta. Agito la cabeza, restando importancia al asunto. Abro la puerta a las chicas y las ayudo a subir, las dos en el amplio asiento delantero. Rodeo la camioneta y paso justo delante de Luis, el cual me susurra:
―           Te vemos con muy pocas chicas, pero las pocas con las que te juntas, son de primera… modelitos follables.
Reacciono malamente, sorprendiéndole. Su propio coche le impide echarse atrás. Mi mano le aferra del pecho, tirando de su camisa, del jersey, e, incluso de la piel de su pecho, en un doloroso pellizco. No puede impedir que le acerque hasta mi cara. Sus pies casi se levantan del suelo. Ha perdido el color de cara. Sabe que sus colegas no llegaran a tiempo para impedir el primer golpe. Seguro que no se imaginaba que fuera tan fuerte, ¿verdad?
―           ¡Sergi! – exclama mi hermana, con voz seca. — ¿Qué te he dicho de jugar con los proletarios?
  Sonrío. Es un viejo chiste personal. Sé lo que pretende Pam.
―           Que después te huelen las manos y no te puedes quitar la peste – recito, soltándole. Luis se desmadeja contra su coche. Sus amigos ya le cubren los flancos. Les miro con intención.
Ya llegará el día y será fantástico…
  Me subo a la camioneta y arranco. Les dejo atrás, insultándome.
―           Veo que tienes fans en tu pueblo – sonríe Maby, con un inusual brillo en los ojos.
―           Esos capullos han visto demasiadas veces Rebeldes – mascullo.
―           Pues ninguno se parece a Patrick Swayze – bromea Pam.
―           Parece que tu hermanito tiene mala leche – comenta Maby, casi a su oído.
―           ¿Qué te esperabas con el cuerpo que tiene y con el trabajo que realiza? ¿Qué les diera un discurso sobre buenos modales?
 Conduzco hasta la granja. Ninguno hablamos, pero noto los ojos de Maby que no se despegan de mí. Seguí el consejo de Rasputín al cogerla para bajarla del tren. Le gustó el gesto. Ahora, ha visto el conato de violencia. Se ha excitado, lo sé, no sé cómo, pero lo percibo. Ha sido un buen primer paso.
  Llegamos a la granja. Mientras Maby saluda a mi madre, llevo sus maletas a la habitación de Pam. Siempre duermen juntas cuando viene, y ahora sé por qué. La cama de Pamela era antes mía, una cama de matrimonio que se me quedó pequeña cuando di el último estirón (la verdad es que espero que sea el último). Disponen de espacio para ellas.
  Imaginármelas jugando entre las sábanas, agita mi polla, que ha estado muy tranquila esta mañana. Quieta, quieta.
  Madre me ha preparado una ensaladera repleta de lechuga, tomate, cebolla, zanahoria, y diversas frutas troceadas. Saúl me mira con sorna, pero, por una vez, no dice nada. Padre comenta que debería reparar la alambrada de la cañada. No quiere que entren zorros por allí.
―           No has visto esa parte de la granja, Maby – le dice mi hermana. – Es muy bonita y salvaje. ¿Por qué no acompañas a Sergi? Tardará poco y así me dejas planchar a gusto.
―           Vale – responde. Lo de salvaje no sé por quien iba…
Parece mentira lo que despista que ella diga algo así, a que lo diga un hombre. Si yo hubiera siquiera insinuado que Maby me acompañase esa tarde, me hubiera caído la del pulpo por parte de madre, sobre todo. Pero como ha sido su mejor amiga la que la ha literalmente empujado al paseíto, no pasaba nada; es perfectamente lógico. ¡Jodida hipocresía!
  De todas formas, lo más difícil queda para mí. Fíjense que he dicho lo más difícil, no lo más duro, o lo más penoso. Hombre, soy tímido, no tonto. Un buen flirteo gusta a todo el mundo, ¿no?

Acabo el primero de todos de almorzar. La lechuga entretiene poco, la verdad. Mientras se toman el postre, yo preparo un termo de té y rapiño unas pocas galletas caseras. Nunca lleves a una dama de gira campestre sin llevar algo para picotear, proverbio autóctono. Cargo la camioneta con un rollo de tela metálica y la gran caja de herramientas. Añado un par de guantes extra y toco la bocina. Maby aparece, sonriente. Parece que el sol va a seguir luciendo toda la tarde. Mejor.

―           ¿Qué pasó en la estación? – me pregunta cuando me alejo de la granja.
―           Bah… residuos de historias de colegio. Nada importante.
―           Pues lo parecía. Si Pamela no interviene, le abres la cabeza al tío ese.
  Me encojo de hombros, pero es cierto. Recuerdo los consejos de Pam. Seco, directo, seguro. Vale, como Van Damne.
―           Normalmente, no le hago caso. Pero me jodió que os nombrara. No puedo permitir algo ofensivo hacia mi familia o un invitado.
  Maby me mira intensamente.
―           ¿Fue por nosotras?
―           Si.
 Coloca su mano en el antebrazo de la mano que aferra el volante.
―           Gracias, Sergio.
―           No fue nada. Cualquier día tendré que partirle la cara al chulo ese y, después, como si fueran fichas de dominó, se la tendré que partir a sus amigos, a su hermano mayor, y, a lo mejor a su padre.
―           ¿Así y ya está? – ríe ella.
―           Si, es la costumbre del pueblo – sigo con la broma.
―           Estás loco.
―           Puede.
  Rodeamos un bosque de encinas y robles, que aunque está en nuestra propiedad, no nos pertenece, porque forma parte de una reserva natural. El suelo del bosque está recubierto de hojas marrones, pardas y grises. Según la luz y el momento del día, parece embrujado.
―           ¿Te has peleado alguna vez, Sergio? – me pregunta, de sopetón.
―           Le he dado un par de sopapos a algún imbécil, pero no he causado a nadie ningún daño serio. Vivo en un sitio muy pacífico, Maby.
―           Así que no estás seguro de cómo podrías reaccionar frente a una amenaza real, ¿no es eso?
Asiento. No sé donde quiere llegar a parar.
―           He conocido a gente peligrosa, incluso a asesinos – musita.
―           ¿Tú? – me hago el asombrado.
Reclina la cabeza contra el asiento, el cuello girado hacia mí. La siento estudiándome.
―           Me atrae la firmeza de su carácter, como saben soportar la presión de la vida. La mayoría están colgados, sea por las drogas o por problemas emocionales, pero hay una minoría que saben mantener a raya las pasiones, afilando su instinto.
―           Supongo que esos son los verdaderamente peligrosos, ¿no?
―           Si. Tienen la misma mirada que tú…
Me deja sorprendido. No sé qué responder. No me esperaba esa respuesta.
Nos ha calado, la niña.
  Detengo el coche junto a un picudo risco. Estamos en la parte más agreste de la finca. Un par de montes de matorrales se unen para formar una cañada donde aflora la roca caliza. La alambrada está destrozada. Un ternero de varias decenas de kilos ha quedado atrapado y ha muerto tironeando para escapar. Nos bajamos de la camioneta.
―           ¡Está vivo! – exclama Maby cuando el animal levanta la cabeza, al escucharnos.
Me acerco, estudiando el embrollo del alambre. Maby me sigue de cerca. Chisto varias veces para tranquilizar el animal y le coloco la mano en el hocico. Tiene sangre en la boca y un ojo vaciado. El alambre rodea su cuello por varios sitios, se ha desgarrado mucho con los tirones. Una de las patas traseras está mordida, quizás por algún zorro o perros.
―           Mal asunto – digo.
―           ¿Qué?
―           No va a sobrevivir, aunque lo saque de esta trampa. Ha perdido mucha sangre. Tiene coágulos en la saliva. Mala seña.
―           ¿Entonces?
  Me dirijo a la camioneta y saco el machete de montería que llevo bajo el asiento. Sin decir una palabra, corto la yugular del ternero, que se desangra en segundos. Ya está muy débil.
―           Se acabo sufrir, pequeño – digo, mientras limpio la sangre del machete contra uno de sus flancos.
  Levanto la cabeza y Maby me está mirando, con las manos sobre su boca, los ojos muy abiertos.
―           Le has… le has matado… — balbucea.
―           Le he ahorrado sufrimientos. Ya estaba muerto.
Guardo el machete en su sitio. Abro la caja de herramientas y tomó unos grandes alicates y unos recios guantes. Tengo que liberar el cuerpo para llevarlo al veterinario. Hay que dar parte. Con rapidez, corto el alambre y paso una de las cadenas que llevo en la camioneta, por debajo del vientre del animal. La aseguro con un gancho. Clavando bien los pies en el suelo, arrastro el ternero hasta la camioneta. Debe de pesar unos ciento cincuenta kilos, más o menos.
―           Maby, ayúdame – la llamo.
―           ¿Ayudarte? ¿A qué?
―           Voy a subir el ternero al cajón de la camioneta. Voy a tirar de la cadena para izarle. Necesito que estés atenta a que no se enganche un cuerno en los bajos del coche. Eso es todo – le digo, subiéndome de un salto.
―           ¿Lo vas a levantar tú solo?
―           Con la cadena.
―           ¡Estas loco! Ese bicho pesa al menos 200 Kg.
―           No tanto. Es cuestión de palanca. Ya lo he hecho otras veces. Tú mira que no se enganche.
  La verdad es que el mostrarme duro no se me pasa por la cabeza, en ese momento. Solo estoy haciendo lo que padre me ha enseñado. Ese ternero se le ha escapado a alguien y, quizás, lo estarán buscando. Hay que llevarlo al veterinario, que compruebe si está marcado y si está sano. Él se ocupará de dar parte a las autoridades. Después, el matarife lo descuartizará y lo meterá en el congelador. Si el ternero está sano, esa carne vendrá muy bien en la granja. Pero, para hacer todo eso, hay que darse prisa.
  Tiro con fuerza de la cadena. Los guantes me permiten mantenerla fija entre mis manos. Primero subo los cuartos traseros del bicho. Con un gruñido, recojo más cadena y agarro una de las patas. Ahora, tengo dos puntos de fuerza. Encajo los dientes y exprimo mis músculos. Solo queda el flácido cuello fuera del portalón de la camioneta. Maby me mira como si fuera un héroe mitológico. Arrastro el cuerpo de la res muerta hasta el fondo y salto al suelo para cerrar el portalón. Siento las manos de ella en mi baja espalda.
―           Ha sido increíble – susurra.
―           Te dije que era fuerte. ¿Captas ahora porque no quiero pelearme con nadie?
Asiente con la cabeza, dejando que sus ojos celestes demuestren un candor que me parece totalmente falso. Es una buena actriz. Recojo el alambre cortado. Ella se ha puesto otros guantes y lo lleva a la camioneta. Recoloco el poste caído y extiendo nuevo alambre. Con su ayuda, tardo poco, apenas una hora, en dejar la cañada todo otra vez cerrada.
―           Buen trabajo, Maby – la felicito al subirnos a la camioneta.
―           Me ha gustado – sonríe. — ¿Eso ya me convierte en una paleta?
Suelto la carcajada y arranco hacia la ciudad.
  Casi con orgullo, Maby cuenta, durante la cena, nuestra hazaña. Como habíamos desenganchado la res, como la subimos a la camioneta, y como reparamos la alambrada, todo en plural, claro está. Le sonrío a Pam mientras la chiquilla relata los terribles pinchazos que se ha llevado con el alambre de espino. Padre me palmea el hombro por lo acertado de mi decisión y Pam me asegura que de esa carne puedo hartarme, dos veces en semana.
  El pescado a la plancha que me sirve madre casi es una recompensa, desde la taza de té y la galleta que Maby y yo nos tomamos en la consulta del veterinario. Es un buen momento para comentar a la familia mi idea de irme a Madrid una semana, antes de las vacaciones de Navidad.
  Padre reflexiona, pero llega a la misma conclusión. Es una de las temporadas más flojas del año. Puede arreglárselas solo. Saúl gruñe porque sabe que me tendrá que suplir en ciertas faenas. Madre exclama que, de esa manera, volveremos Pam y yo para las vacaciones. Lo que en verdad quiere decir es que se alegra de que haya decidido salir del desván.
  Me quedo poco mirando la tele. Pam y Maby parecen estar de confidencias. Prefiero irme a la cama. Necesito pensar en todo. Además, quizás Pam se pueda escapar, en la madrugada. Esperanzas, que bonito.
  Maby me desea buenas noches y me lanza un beso. ¿Qué coño pasará por su cabecita?
  Me lavo los dientes y me tumbo en mi cama, desnudo y a oscuras, como siempre. Como si estuviera esperando la ocasión, la voz de Rasputín susurra en mi cabeza. Es una voz melosa, convincente, llena de matices extraños, cargada de evocaciones. No me extraña que enganchara a la gente cuando estaba vivo. Es la hora de escucharle, de aprender de su experiencia, de hacerle preguntas.
Te has ganado a Maby con la res muerta.
―           No fue algo planeado. Simplemente actué.
Lo sé, pero fuiste capaz de sentirlo, ¿verdad?
―           Si. Parece que mi percepción ha aumentado. ¿Es cosa tuya?
Yo era así y mi espíritu recuerda esas cosas, así que tu cuerpo aprende lentamente de mí. Pronto conseguirás verdaderos poderes.
―           ¿Cómo cuales?
Ya los irás descubriendo. Es más divertido así, por sorpresa. Por ahora, no hace falta que me hables en voz alta. Puedo escucharte pensar. No sería bueno que te escucharan hablar solo.
Su risa es suave, como la de un cómplice en las sombras. “¿Por qué me escogiste?”
Me he negado a marcharme de este Plano desde que me asesinaron. Amo demasiado la vida para quedarme muerto. Mi espíritu se ha mantenido atado a diversas hebras de la vida, buscando una oportunidad de encarnarme…
“¿No ha habido otra ocasión en todos estos años?”
Si, las ha habido, pero sabía que no podía ser una posesión. No pretendía usurpar un cuerpo; el anfitrión debe compartir su cuerpo conmigo, voluntariamente.
“Pues yo no me presenté voluntario para esto.”
Créeme, lo hiciste, solo que aún no eres consciente de ello. Pero te lo pregunto de nuevo ahora, ¿quieres que me vaya?
“No”, respondo tras meditarlo.
Está bien. Durante estos cien años vagando al margen de la humanidad, busqué alguien que me recordara a mi mismo; que tuviera mis principios, que se pareciera a mí. Nadie me satisfacía. Quizás era demasiado exigente, o bien, la naturaleza no haya vuelto a moldear alguien como yo. Hasta que te encontré, estuve solo.
“¿Sabes que tengo tus ojos?”.
Si. ¿Casualidad o destino? No lo sé, pero me alegro. Te vendrán bien en el futuro, por su cualidad hipnótica.
Sonreí. Así que podría hipnotizar. Bien, bien. Ahora, la pregunta del millón: “¿Esta polla es la tuya?” Le escuché reír de nuevo.
Por supuesto. ¿Crees que me conformaría con otra cosa después de haber tenido un miembro así? Me costó bastante convencer y desarrollar tus células hasta conseguirlo, pero, ya ves, todos contentos…
“¿Desde cuando llevas conmigo?”
Te encontré cuando cumpliste cinco años. Tu mente se alejaba de esta realidad y era impresionante para tu corta edad. Era grandiosa, llena de rincones, y con mucho espacio para mí. Te mantuve aquí, conmigo, cuando los médicos pensaron que no lo conseguirías.
“¿Qué médicos?”
Tendrás que preguntárselo a tu madre para más detalles. Hay cosas que no entiendo de esta época, ni tenía, en aquellos días, un contacto tan estrecho con el entorno del cuerpo. Solo sé que dijeron que habías nacido con una enfermedad de la mente llamada autismo, que te impedía relacionarte con lo que te rodeaba y preferías quedarte en tu interior, para siempre. No te deje que te hundieras en las profundidades de tu mente, pues los dos no habríamos cabido en ella, entonces.
Estoy alucinado. Mis padres nunca me comentaron que yo fuera autista, ni tuviera problemas cuando pequeño. Ahora entiendo de donde me viene la afición a la oscuridad y a la soledad, mi propia timidez, y mi escasa habilidad para relacionarme.
Desde entonces, he estado condicionando tu cuerpo, preparándolo para el día en que me aceptaras. Me abstuve de tocar tu mente, básicamente por dos motivos. Primeramente, siempre has sido lo suficientemente fuerte como para levantar poderosas defensas, y, segundo, necesitaba que fueras completamente conciente de lo que ello implicaba.
“¿Y mi moral? ¿La estás modificando? Porque anoche, me sugeriste que me follara a mi hermana, y lo hice.”
Estás equivocado. Nunca has tenido moral, ni ética.
“¿Qué?”
Después de que te ayudara a mantenerte mentalmente estable, pude conectar más con nuestro entorno. Me dí cuenta que aprendías rápido, pero que no comprendías muchas de las normas sociales. No parecías distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal. Solo respondías a los impulsos de los instintos o de la empatía. Eso podía resultar ser un problema para los dos. Además, debía tener cuidado porque ya empezabas a tomar pequeñas porciones de mis recuerdos y conocimientos. Yo siempre he sido otro ser amoral y mis experiencias eran demasiado traumáticas para que un niño las tomara como modelo. Así que…
“¿Qué hiciste?”, pero yo ya sé lo que me va a decir.
Te obligué a memorizar conductas sociales, como si fueran lecciones de colegio. Esto es correcto y esto no, noche tras noche, en esta misma habitación. Por eso, no recuerdas ningún sueño, porque no lo eran. Eran lecciones de modales, de etiqueta, de civismo, de urbanidad…
“Entonces…”
Entonces, si te paras a pensar sobre un acto reprobable, de forma lógica, descubrirás que, posiblemente, pienses de forma diferente a lo que tu cuerpo pretende hacer. En verdad, eres totalmente libre con respecto a esta sociedad, a poco que lo pienses.
“¡Lo sabía! ¡Sabía que no era normal!”
¿Y no te alegras de ello? ¿De no ser un borrego más? ¿De ser tú el lobo disfrazado?
“Si, claro que si.”, y sonrío ferozmente en la oscuridad. Mi cuerpo se relaja totalmente, al conocer muchas respuestas que, en verdad, ya intuía. No creo que me vaya a ser difícil aceptar al otro pasajero de mi mente. Es como tener una conciencia propia audible y una magnífica fuente de información.
Dejemos esta charla de sinceramiento para otra ocasión. Ahora, hay otras cosas sobre las que quiero hablarte. ¿Qué cosas consideras más importante en la vida?
Buena pregunta. No he pensado demasiado en ello. Me limito a trabajar y a comer. Ahora que sé que mis prioridades constituyen una lista memorizada, debo obligarme a pensar concienzudamente en diversas facciones de la vida. “El bienestar personal. La familia. El amor…”
Vamos mejorando. Has colocado el interés personal en primer lugar. Hace unos días, no lo habrías hecho. Pero no es cierto. Piénsalo de nuevo. ¿Qué el lo que más te motiva en este momento?
“El sexo.”
Exacto. Ese es el verdadero motor que mueve el mundo. El sexo y el poder, las verdaderas dos claves. Si analizas todos los actos que impulsan a la gente, a la sociedad, llegas a esta respuesta. Las personas forman una familia por un solo impulso: tener compañía segura para obtener sexo. Los hijos son una meta secundaria, a posteriori. Cuando buscan un empleo mejor, es solo para escalar puestos en la manada humana, buscando conquistar mejores ofertas sexuales. Los fracasos matrimoniales son el fruto de desear otras compañías sexuales. Si a esta constante búsqueda sexual, añadimos el poder, entonces, los resultados se amplifican exponencialmente.

 

“No lo había visto nunca así.”
Ese es el auténtico poder de la humanidad. Su capacidad para, en una vida tan corta, expandir su semilla y sus instintos por doquier, a cualquier precio.
En verdad, si se piensa detenidamente, es lógico y acertado. Todo proviene de ese primario impulso sexual. El amor es una consecuencia derivada de una fuerte atracción sexual. Si no aparece esta atracción en primer lugar, difícilmente surgirá el amor. Con la familia, ocurre lo mismo, o bien actúa el otro principio básico, el ansia de poder. Boda por pasta, jajaja. ¿El dinero? el dinero es otra forma de poder, está claro. La caridad, el decoro, la compasión, y todas las demás virtudes, no aparecen si, al menos, una de estas dos necesidades primarias, el sexo o el poder, no son satisfechas. Sin embargo, también parecen atraer, con igual fuerza, todos los pecados capitales.
¿Te das cuenta cómo trabaja tu mente? Si frenas el condicionamiento de tu mente, entonces alcanzas una claridad que te permite analizar cualquier situación, por muy caótica que sea. Claro que el resultado puede ser muy diferente al que esperabas…
La risa de Pam se filtra a través del suelo. Van a acostarse. La polla reacciona al pensar en ella y en Maby. La fuerza del sexo. Jajaja.
Bien, veamos si puedo enseñarte uno de mis trucos preferidos. Lo usaba a menudo con la zarina…
¿Truco?
Mi mente, al igual que la tuya, es muy cognitiva y retenía muchos datos que absorbía de forma inconsciente. Sin embargo, a solas, era capaz de reactivar esos datos, darles una consistencia casi real. Tú lo has hecho en ocasiones, aunque no te hayas dado cuenta. Has vuelto a tener en tu boca el sabor del pastel de limón de tu madre, analizar, paso a paso, el dolor y la sensación de tus dedos quebrados, o contar todos los cuadritos de las medias de red de la profesora de Mates.
Es cierto. Siempre he creído que cosas así podemos hacerlas todos los humanos y, ahora, resulta que no, solo yo. ¡Viva yo!
Bien. Dispones de dos ayudas fundamentales. Una, conoces la disposición de la habitación de tu hermana, así que puedes imaginarte perfectamente que estás allí. Dos, busca el sabor del cuerpo de Pamela, el tacto de sus labios, de sus senos, cómo es de dulce su lefa… Sabes perfectamente lo que ocurrirá entre ellas y yo sé las ganas que tienes de verlo. Busca todo eso con tu mente, imagínate que estás allí; conviértete en un invisible espectador, en un mudo testigo de su lujuria… cierra los ojos… imagina que bajas las escaleras, que caminas por el pasillo… te detienes ante la puerta… entras en silencio… ¿Qué están haciendo?
   Me es muy fácil seguir sus indicaciones, como si fuera lo más natural del mundo. Enseguida me viene a la boca el sabor de mi hermana, salado, con un regusto a lima, fruto de su desodorante. El calor que emana de ella, diferente en distintos puntos de su cuerpo. El aroma que desprende al excitarse. Recreo sus suaves quejidos, en los que intenta condensar inútilmente cuanto siente… Rasputín tiene razón. Toda esa información no la puede analizar otro humano que no sea yo. No sé como funciona, pero lo hace.
  Me encuentro empujando la puerta de su habitación. Mi cuerpo está allí, pero, al mismo tiempo, no lo está. Puedo visionarlo, casi traslucido, etéreo, cual fantasma imaginario, pero con la suficiente sustancia como para poder girar un picaporte, aunque sea en mi imaginación. ¿Será esto lo que llaman un viaje astral?
  Las chicas ya están bajo las mantas y están de costado, mirándose. La lámpara que le regalé a mi hermana hace dos años, un auténtico candil árabe reacondicionado a luz eléctrica, está encendida, colgando sobre el cabecero. Me quedo a los pies de ellas, ingrávido. El placer de espiar me embarga.
―           Creo que no has contado todo lo que pasó esta tarde – la pincha mi hermana.
Maby abanica con sus párpados. Sus ojos celestes chisporrotean, alegres, y abre su boquita como si estuviera sorprendida. De repente, se queda seria y baja la mirada.
―           ¿Sabes que me da miedo tu hermano? – musita.
―           ¡Venga ya! – exclama Pam, con una risita.
―           En serio. Cuando estoy con él, mi cerebro se bloquea. No puedo pensar. Solo hago que mirarle y escucharle, como una boba.
―           Vaya… mi hermano, el gurú – se asombra Pam. No sé si esta vez es de broma.
―           ¡No me digas que no has notado su fuerza, y no me refiero solo a la física!
―           Bueno, si, pero…
―           Hoy le he visto cortarle el cuello a ese ternero, con absoluta tranquilidad, convencido de que estaba haciendo lo correcto, y ni siquiera protesté. ¡Yo, que he participado en protestas y revueltas en contra de los mataderos! Su mano no tembló, ni sus ojos no se cerraron en el momento de asestar la cuchillada. Me quedé aterrada por su frialdad. Solo pude taparme la boca. Lo hizo rápido y limpio, de forma eficiente, y, enseguida, dispuso los pasos siguientes. Subir la res a la camioneta, llevarla al veterinario, avisar al matarife… ¿Sabes que movió, él solo, el ternero? ¡Pesaba por lo menos 150 Kg!
―           Sergi es un burro. Papá siempre le está regañando por hacer esas cosas.
―           No es un burro, Pamela, es otra cosa. Tú mejor que nadie sabes que, a veces, me muevo en círculos extraños…
―           Si, y me preocupa – le dice Pam, cogiéndola de la mano.
 
―           He visto a duros guardaespaldas – continua Maby, sin hacerle caso. – Les he visto entrenando y he visto proezas de todo tipo, apuestas, y burradas. Tíos tan grandes como Sergio, con cuerpos cincelados, levantando pesas y hasta moviendo pianos… No, ni comparación con lo que he visto hacer a Sergio. Tiró de una cadena que sujetaba a un ternero muerto, con el cuerpo desplomado. Ni siquiera disponía de una polea para compensar el peso. Lo hizo directamente, con todas las trabas que supone el arrastrar la cadena por la chapa de la camioneta, sin apoyo para los pies, ¡y de dos tirones, subió el bicho!
  Compruebo también la sorpresa en los ojos de Pam. No he pensado en cómo pudo ver aquello Maby; lo hice y punto.
―           ¿Y por eso te da miedo?
―           Me da miedo porque no he conocido a nadie como él – se detiene y lame sus secos labios –, porque temo enamorarme de él. Tiene algo que me embruja.
  Pam se muerde el labio. Creo que no se esperaba tal velocidad en los hechos. No sabe muy bien cómo actuar.
―           ¿Y eso te parece malo? – le pregunta a Maby
Maby asiente. Sus ojos parecen preocupados, clavados en los de mi hermana.
―           Esta tarde he hecho algo que nunca hice antes – confiesa.
―           ¿El qué? – pregunta Pam.
―           Pensar en el futuro.
―           Joder.
―           He pensado que si me enamoro de él… ¿qué pasaría? Tengo una tremenda sensación de que sería algo fuerte y sincero, más duradero de lo que conozco, y ahí está la dificultad. Trabajo en Madrid, me muevo por toda España. ¿Qué sería de una relación condenada a unos pocos fines de semana cada dos o tres meses? ¿Tendría que venir yo a la granja? ¿Podría escaparse él a Madrid o a otra ciudad?
―           Tienes razón. Es algo para pensar. Tú aún eres menor de edad y él también.
Como se desmadra la niña. Aún no me ha besado siquiera y ya está pensando en pedir mi mano. Pero tengo que reconocer que lleva razón, y, para ser Maby, lo ha pensado muy bien. Cada vez me cae mejor la niña, a pesar de que es vegetariana.
―           Creo que Sergio es un incomprendido – comienza a hablar Maby, tras un silencio. – Ni su familia le entiende.
―           ¿Por qué dices eso?
―           Le pregunté sobre lo del chico de la estación. Me dijo algo sobre el colegio, una tontería, según él. ¿Lo pasó mal en el colegio, Pamela?
  Mi hermana asiente y desvía la mirada de su amiga. Aunque Pam es apenas un año mayor que yo, nunca supo protegerme. Veía como los compañeros suyos se metían conmigo y me humillaban, como me convertía en el hazmerreír de todos los recreos, y apartaba la mirada, igual que hace ahora. Miraba a otro lado, fingiendo no ver lo que me ocurría, demasiado preocupada por su popularidad, por lo que pensarían sus amigas si me defendía.
  Nunca la he culpado por ello. La comprendo. Tenía demasiado que perder, pero eso no quita que ella tenga remordimientos ahora. Pam se muerde el labio con más fuerza. Maby le acaricia la mejilla.
―           ¿Qué pasa, Pamela? Suéltalo.
―           Le llamaban el Chico Masa – un sollozo corta la frase. Maby la abraza y la consuela. Esa chica delgada y de piel pálida conoce muy bien a mi hermana. – Era tan gordo y torpón que me daba vergüenza acercarme a él. No le protegí nunca, ¡ni una sola vez!
Me sorprende la intensidad con la que Pam se sincera. Es como un grifo abierto, ya no puede parar.
―           ¡Todos nos hemos portado así con él! Mi padre y Saúl, sobre todo… mamá es la única que le arropa cuando puede. No ha encontrado consuelo ni en su familia… ¡y me siento muy mal por eso!
―           Por eso le mimas tanto ahora, ¿no?
―           Siii… — Pam hunde su rostro en el cuello de su amiga, con grandes sollozos. La deja desahogarse hasta que Pam se aparta, secando sus ojos con la sábana. – Sergi ha tenido una infancia difícil y no hemos sabido comprenderle. Era y es tan raro, que fue más fácil acceder a sus peticiones, por más raras que fuesen, que tratar de cambiarle.
―           ¿Por qué duerme arriba, en el desván, aislado?
―           Tenía once años cuando lo planteó. Quería el desván para él. Solo había trastos viejos en él y se mudó allí. A todos nos pareció bien, cada uno con sus motivos. Por mi parte, conseguía un vestidor con su antigua habitación. Nadie sube al desván desde entonces. Sergio hace su cama, limpia su habitación, repara las goteras, y mantiene todo perfecto. A cambio, mamá le lava la ropa y todos le damos la intimidad que desea.
―           No es intimidad, es soledad. Es muy diferente – comenta Maby, con una percepción que no creía que tenía.
Pam asiente con fuerza. Ella también lo sabe, ahora.
―           Tu hermano no tiene ni un amigo, ¿cierto?
―           No, jamás tuvo alguno. Celebra sus cumpleaños con nosotros.
―           ¿Y eso no os pareció raro?
―           Siempre ha sido así – se encoje de hombros mi hermana. – Ya te he dicho que nos era más fácil aceptarlo como era. Sin duda, quitaba preocupaciones a mis padres.
―           ¡Dios! Lo que me extraña es que no se haya convertido en un psicópata. Pamela, tu hermano está marginado, totalmente. sin amigos, sin familia que le comprenda, sin nadie con el que poder desahogarse. Completamente solo en su atalaya.
Pam enrojece y cierra los ojos.
―           Me dí cuenta cuando le pregunté que si no se había peleado con nadie, dado la fuerza que tenía. Me respondió que no, naturalmente, sabía lo que pasaría si se peleaba con alguien. Le haría daño de verdad, no solo una nariz rota. Tu hermano controla sus sentimientos cada día, desde que se levanta; se controla absolutamente para no dañar a nadie.
―           Entonces, ¿lo de la estación? – recapacita Pam, al mismo tiempo que sorbe por la nariz.
―           Le pregunté lo mismo. Con tristeza, me dijo que a él no le importaba que le dijeran cosas, que estaba acostumbrado, pero que no podía permitir que nos insultaran. Perdió los estribos por nosotras. Si no lo llegas a frenar, no sé lo que habría ocurrido…
―           Santa Madre… María Isabel, te juro que no he pensado nunca en todo eso, jamás hasta ese extremo… Has tenido que venir tú, una desconocida para él, para abrirme los ojos… te lo agradezco mucho, mucho – le habla con pasión, besándola por toda la cara, una y otra vez, lo que hace reír a Maby.
  Finalmente, la besa una, dos, tres veces, en los labios, hasta que la morenita le devuelve los besos, ardientemente. Se separan, sonrientes, y se miran, sin hablar.
―           ¿Le quieres o deseas compensarle? – pregunta Maby, después de un rato de silencio.
Pamela tarda un buen rato en contestar, como si estuviera recapacitando.
―           Creo que cuando me fui a Madrid, cambié. Lo que vi y experimenté allí, me hizo abrirme algo más. Empecé a mimarlo cuando volvía de visita y creo que fui la que más se acercó a él. Pero no era amor. Como tú bien has supuesto, era una forma de compensarle por los años que le había fallado. Sin embargo…
Pam se gira, quedando boca arriba, sus ojos mirando el techo, como queriendo atravesarlo con la mirada y buscarme. Nada de cuanto está confesando me sorprende. Ya hace tiempo que he llegado a la misma conclusión.
―           Sin embargo, ¿qué? – la insta Maby tras el silencio de Pam.
―           Hace unas semanas que ese sentimiento se ha incrementado. Creo que se ha convertido en algo más profundo…
―           Bueno, es normal. Es tu hermano.
―           No – suspira Pam, sin querer mirarla. En ese momento, sé lo que va a decirle. Se lo va a jugar todo a una sola carta. De hecho, es el mejor momento. – No como hermano… como amante. Ayer, nos acostamos juntos…
Maby no dice nada, pero su expresión es suficiente. Asombro, sorpresa, y algo de decepción llenan su gesto.
―           Pamela… no sé que decir, yo…
―           Me vine a la granja con un fuerte bajón. Tengo problemas con… Eric. Me desahogué con mi hermano. Llevamos un tiempo recuperando nuestra fraternidad – cuenta Pam, secando nuevas lágrimas. – Fue tan comprensivo, tan atento, y tan protector que me quedo dormida entre sus brazos, por la tarde. Sentí como si mis problemas pesaran menos al compartirlos con él, que me protegería de todo con sus rotundos brazos.
―           Es bonito, pero…
―           Si, ya sé. Eso no justifica lo otro. El hecho que cuando me fui a la cama, aquella noche, estaba sola. La sensación protectora de aquella tarde quedaba lejos, desvaneciéndose. Necesitaba otro chute de seguridad. Así que, en silencio, subí al desván. Él estaba a oscuras, en la cama, pero no dormía. Estaba desnudo y era como si me estuviera esperando, te lo juro. No me importó. Me abracé a él y volví a sentirme bien. Estuvimos hablando otro buen rato, hasta que me quedé dormida, abrazada a él.
―           No es ningún pecado. Es raro, pero no estrictamente malo. Tampoco puedo decirlo con seguridad, soy hija única.
―           No, el pecado vino después. Desperté un rato después. Me había movido en sueños y le estaba acariciando el pene…
―           ¡Ostias!
―           Yo exclamé algo más fuerte cuando comprobé el tamaño. Sergi estaba dormido y no se enteraba de nada, pero tuve que comprobar de nuevo el tamaño de esa polla y decirme que no estaba soñando. Maby, por Dios, mide más de dos de mis manos abiertas…
―           Vamos, ¿qué dices?
―           Te lo juro. Es la cosa más grande que he visto nunca. Ni siquiera en películas o en Internet. Estaba alucinada y seguía paseando un dedo por ella, más como comprobación que por otra cosa, pero eso le despertó. No dijo nada, solo me miró. Nos avergonzamos y me fui a mi cuarto. Pero no podía quitarme de la cabeza sus ojos y la decepción que reflejaron cuando me marché.
―           ¿No sería el tamaño de la polla? – bromea Maby.
―           ¡Que no! Es como si le hubiera partido el corazón, otra vez. Así que volvía a subir y me metí en la cama, dispuesta a todo. Entonces, fue cuando terminó de darme la puntilla, cuando le estaba besando.
―           ¿Qué hizo? – pregunta Maby, muy interesada.
―           Me dijo que no sabía besar, que nunca lo había hecho.
―           Uuu… ¿No me digas que…?
―           Si, Maby, era absolutamente virgen… inmaculado…
―           Joder, Pamela, te comprendo muy bien, amiga mía – Maby le dio un tremendo abrazo, por sorpresa, echándose encima de ella. – Es el colofón perfecto para una historia dramática. Tú, arrepentida por como te has portado con él, además con bajón emocional. Él, virgen y con un pene tremendo, terriblemente necesitado de afecto. ¡Lo que me extraña es que no te haya dejado preñada!
―           Buff… no quiero hablar de detalles, pero jamás he sentido nada parecido. Es tierno, considerado y esforzado, como amante. Es potente y valiente. Te hace lo que le pidas y el tiempo que necesites. Para ser su primera vez, me hizo llegar cinco veces, y dos de ellas, de desmayo, te lo juro.
―           Joder, que envidia… cállate ya. Me apartaré de él. Aunque sea tu hermano, tanto tú como él, os merecéis ser felices – la tranquiliza Maby, besándola en la mejilla.
―           No, tonta, no es eso lo que quiero – se gira hacia ella Pam, abrazándola. – Yo quiero que salgáis juntos. Me has dicho que él te hace tilín…
Maby asiente una vez, mirándola a los ojos, aún sin comprender.
―           Tú también le gustas, así que no hay problema.
―           ¿Por qué lo haces?
―           Piensa, cabecita despeinada. Antes te referiste a la incapacidad para veros si salíais juntos. En mi caso, sería lo mismo.
―           Pero tú vienes a la granja más que yo.
―           ¿Para meterme en la cama de mi hermano? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que nos pillaran?
―           Vale, comprendo.
―           Pero si sale contigo…
―           Sigue, guarra.
―           Puede ir a Madrid a verte… a vernos…
Los ojos de Maby se abrieron, comprendiendo.
―           ¡Claro! Podría dormir en el piso y tus padres estarían tranquilos porque…
―           Yo estaré de carabina.
―           Y cuando estemos aquí, tú me servirás de coartada. ¡Perfecto! Dobles oportunidades.
―           El único problema que queda…
―           ¿Cuál? – pregunta la morenita, besándola de nuevo en los labios.
―           Nosotras hemos compartido cama y, de hecho, lo seguimos haciendo en ocasiones.
―           Como ahora – la interrumpe Maby, lamiendo sus labios.
―           Pero, ¿estarías dispuesta a compartirle a él? – pregunta Pam, señalando con el pulgar el techo.
―           Si es contigo, si… incluso estoy dispuesta a establecer un trío estable, sin celos – musita Maby, acercando de nuevo sus labios a la boca de Pam.
―           Zorra – responde esta, metiéndole la lengua.
 Ya no hay más palabras. Las lenguas se atarean en otras funciones más amenas. Me quedo contemplándolas, dejando que mi rabo se estirase lentamente. Las muy putas han vendido la piel del oso antes de cazarlo, aunque hay que decir que, en esas condiciones, el oso se rinde voluntariamente.
Ya ha comenzado tu iniciación. Te auguro grandes placeres, mi joven compañero. En apenas dos días, has seducido a tu hermana, y esta, a su vez, ha buscado una novia para los dos. No puedes quejarte.
  La única queja que tengo, en este momento, es no poder meterme en medio de esas dos que se están devorando, con ansias. Las mantas no tardan en ser retiradas, los pijamas arrojados lejos. Sus cuerpos son suficientes para caldear la habitación.
  Se lamen, se chupan, se besan, y se frotan, todo entre dulces gemidos agónicos que erizan todo mi vello. El cuerpo de Maby me atrae sensualmente, tan esbelto, tan elegante y pálido. Sus pechitos son como dos dulces manzanas que aún tienen que madurar, pero que ya atraen la atención de cuantos pasan por delante de ellas. Tiene el sexo completamente depilado, otorgándole una belleza prístina, casi como una estatua de mármol.
  La roja cabellera de Pam cae en cascada sobre el ombligo de Maby, cuando mi hermana desciende con su lengua, buscando un pozo en llamas donde saciar su sed. El rostro arrebolado de la dulce morena es toda una estampa, digna de una beatificación, cuando un largo gemido brota, casi sin fuerza, de sus labios.
  Mi polla alcanza unas dimensiones impresionantes cuando ambas entrelazan sus largas piernas, uniendo los dedos de una de sus manos, la otra hacia atrás, sosteniéndose. Sus pubis rotan en un baile largamente ensayado, sus vaginas convertidas en ventosas que intentan atraparse mutuamente. Regueros de amoroso líquido salpica la cara interna de sus muslos, sus nalgas y pubis, mientras sus labios desgranan palabras de puro ardor.
―           Siempre te he… amado, Pam… tú me hiciste… mujer…
―           Eres como… una hermanaaa… así, une más tu coñito…
―           Pam…
―           ¿Si?
―           Eres una… folla hermanos… te tiras a Sergiiii… y me dices que soy como una herman… aaaaah, diosssss… me voy a correrrr…
―           Si… si… soy un putón inces…tuoso…
  No lo soporto más. No puedo tocar mi polla. Necesito una paja. Si estas se portan así conmigo, voy a necesitar vitaminassss…
Me voy a mi dormitorio, a cascármela al menos tres veces.
Dios existe.
                                                    CONTINUARÁ
 
 
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