JEFAS PORTADA2El precio de la guerra.

Nota de la autora: Pueden enviar sus comentarios y opiniones a janis.estigma@hotmail.es Prometo contestar,

Sin título― Sergio… Sergio…

Es como un canto de sirena. Una cálida y sensual voz que repite mi nombre, ente las brumas oníricas. Mis labios se curvan en una cómoda sonrisa.

― Sergio…

Si, esa voz me pone… Es la de Denisse, nuestra preciosa abogada francesa… voy a soñar con ella…

― ¡SERGIO! ¡Despierta, coño, que Denisse está aquí!

“¿Aquí? ¿Cómo que aquí?”. Me incorporo en la cama. Maby está abrazada a mí, desnuda, con una de sus piernas cabalgando mi cadera y, gracias a Dios, tapando mi desnudo miembro. Katrina, acostada de bruces contra mi otro costado, murmura algo y me acaricia el pecho, en sueños. Denisse, vestida como para ir a la oficina, está a los pies de la cama redonda, mirando el cuadro. Sigo la dirección de su mirada y me encuentro con mi hermana y Elke, durmiendo abrazadas, acopladas como cucharas en un cajón.

Bueno, supongo que la abogada habrá escuchado rumores sobre como dormimos, pero no ha podido verificarlo hasta ahora, lo que le costará asimilar, seguramente. Quedarse a los pies de una enorme cama, contemplando un tío desnudo roncando, rodeado de cuatro macizas, también desnudas, pues… impone, ¿qué queréis que os diga?

― Sergio… ¿podríamos hablar un segundo en el pasillo? Es algo preciso y urgente – musita Denisse, con ese acento que me derrite, y tratando de mirarme a los ojos.

Asiento y le indico que voy a ponerme algo. Ella sale sigilosamente de la habitación de Katrina. Compruebo la hora y se me escapa una maldición al comprobar que solo son las cinco y media de la mañana. Busco mis gayumbos por el suelo y los rescato. Aferro una de las batas de mis chicas y me la enfundo con tanta rapidez que creo que le salto las costuras. Denisse está caminando, arriba y abajo, en el pasillo, lo que no es una buena señal, sin duda.

― ¿Qué ocurre, Denisse?

Alza una de sus albinas cejas al contemplar la sedosa bata que está a punto de reventar, ridícula, sobre mi cuerpo. Estoy seguro de que ahoga una carcajada por como se lleva la mano a la boca. Se repone enseguida y sus ojos vuelven a estrecharse. Otra mala señal. Pero la peor de todas es que haya entrado en el dormitorio a estas horas de la madrugada para despertarme.

― El señor Vantia ha muerto.

Y la jodiá lo suelta así, como si hablara del valor de las acciones de Ruiz Mateos. Me quedo atónito, los ojos muy abiertos, la boca floja.

― ¿C-cómo… dices?

― Han encontrado al señor Vantia muerto en su celda, hará apenas una hora. Al parecer, no hay señales de violencia. Ya sabes que estaba en una celda unitaria.

― ¿Un infarto o algo así?

― No lo sabremos hasta que le hagan la autopsia. Solo he recibido confirmación del alcaide de que ha fallecido.

― ¡Joder! ¿Lo sabe Anenka?

― Si, ya se lo he comunicado antes. Solo queda decírselo a Katrina.

― Yo lo haré – le digo, poniendo mi mano sobre su brazo. – Ya no hay remedio. Dejémosla que descanse un rato más.

Ella asiente y aprieta mi mano, antes de alejarse por el pasillo. En silencio, vuelvo al dormitorio y atrapo una camiseta limpia y un pantalón de chándal. Tengo que hablar con Anenka. Sé que es una mujer dura y capaz, pero, a lo mejor, necesita algo de consuelo, un achuchón de alguien que aprecie. Bueno, bueno, ya sé… hemos retomado la amistad desde el asunto de Lisboa. No es que sea de nuevo una amante, pero, al menos, no nos tiramos las cosas a la cabeza.

Toco en la puerta de su boudoir y su voz apagada me da permiso para entrar. Está sentada a su pequeño escritorio, envuelta en un oscuro kimono, con los ojos rojizos e hinchados y las mejillas húmedas por las lágrimas. Se pone de pie al ver que soy yo, y se arroja en mis brazos, sollozando.

― Ooohh, Sergio… Víctor… — su voz se pierde, al hundir su rostro en mi camiseta.

Le acaricio el pelo y trato de serenarla. Parece que le amaba más de lo…

El reflejo de la brillante luz del flexo que ilumina el escritorio, comienza a hacer extraños arabescos ante mis ojos. Parece como si las partículas lumínicas perdieran su cualidad de ir en línea recta y dibujaran caprichosamente rizos en el aire, ante mis ojos. Sin dejar de abrazar a la sollozante Anenka, llevo una mano a mis ojos, frotándolos, intento recuperar la visión, pero el boudoir pierde su tridimencionalidad. Otras imágenes se superponen sobre lo que mis ojos reciben de la habitación; imágenes que no pertenecen a este momento, ni a este entorno, que ni siquiera son mías.

¿Qué coño me está pasando?

Procuro moverme lo menos posible. Me dejo caer sobre uno de los sillones, manteniendo a Anenka contra mí. Siento mis piernas flojas, como de goma. ¿Me he mareado? Puede, pero esas imágenes que veo no son consecuencia de un mareo. Más bien sería al revés. Me he mareado a consecuencia de lo que veo en mi mente. Pero… eso significa…

― Vamos, vamos, Anenka… serénate – mascullo, parpadeando y tomándola de los brazos. – Voy a subirte una tila…

Ella sorbe por la nariz y asiente. Me levanto y me encamino a la puerta.

― Sécate esas lágrimas. Enseguida vuelvo…

“¡Puta!”

Me apoyo en la pared, al salir al pasillo. Tengo que controlarme, todo mi cuerpo tiembla de odio, con rencor.

― ¿Lo has visto? ¿LO HAS VISTO?

― Si… no chilles – murmuro. — ¿Qué es eso que he visto? Es como soñar despierto…

― Ya sabes por aquello que era famoso, en San Petersburgo, ¿no? ¡Mis visiones! Sergio, pedazo de alcornoque con patas… ¡Era vidente! Ya sé que la mayoría de las veces no era más que pura charlatanería, pero tuve algunas muy reales, que se cumplieron. ¡Yo vi mi propia muerte y la de los zares!

― Entonces… ¿He tenido una visión?

― Así es.

― Ella es la culpable – musito, muy, muy bajo.

― Si.

“He visto como daba las órdenes para asesinar a Víctor.” Efectivamente, esa era la escena que se había clavado en mi mente, superponiéndose, con total claridad al mundo real. Anenka hablaba por teléfono y daba la orden de ejecutar a Víctor. La voz que le contestaba, con feroz alegría, era la de… ¡Konor! Eso tan solo significaba que…

― Ras… ¿Qué garantías hay de que esa visión sea cierta? – pregunto, echando a andar por el pasillo.

― Para mí fueron totalmente ciertas. No esperaba ya que hubieras heredado más rasgos míos, pero cada día, contigo, es una sorpresa. ¡Ahora tienes mis visiones! Eso me da esperanzas…

― ¿Por qué? – me deja intrigado.

― Veremos a ver cuanto tardas en mostrar mi elocuencia y carisma… entonces si que nos divertiremos…

Siempre pensando en su beneficio, como es natural. Pero creo que tiene razón. ¿Por qué he tardado tanto en mostrar otra faceta del poder de Rasputín? ¿Surgirán más?

Intento alejar esos pensamientos. Ahora no es el momento de preocuparme sobre eso.

― ¿Qué piensas hacer ahora?

― ¡Voy a tirarla por la ventana! – mascullo, dando la vuelta y dirigiéndome de nuevo al boudoir.

― ¿Estás loco? ¡No puedes hacerlo!

― ¡Claro que si! Entro, la atrapo del cuello y la lanzo por la ventana. Si queda viva, le pisaré el cuello cuando baje, y ya está. Diré que se ha suicidado por la pena…

― ¡No, idiota! ¡Piensa! No sabemos nada de sus garantías. Si ha ordenado matar a su esposo, es que lo tiene todo bien atado. No temerá tomar el control por la fuerza, o bien sus aliados. Puede que todos los hombres que hay en la mansión estén a sus órdenes. ¡Debemos planificar opciones!

― Tienes razón, viejo – me detengo en medio del pasillo, apretando mis grandes manos con furia. – No puedo poner en riesgo a las chicas. Necesitamos información.

― ¿Dónde vamos? – me pregunta Ras, al moverme rápidamente hacia las escaleras principales.

― Tengo que hablar con Basil.

Camino con sigilo hasta el ala de servicio. La mansión está envuelta en silencio. Me detengo ante la puerta de las dependencias de Basil y llamo suavemente.

― Pase.

Basil está despierto y sentado a una pequeña mesa, vistiendo un largo y viejo batín Burdeos. Es como si estuviera esperándome. Me señala la otra silla.

― ¿Te ha despertado Denisse? – le pregunto, sentándome.

― No, Sergio, pero una de mis peyorativas es estar enterado de todo – huérfana sobre la mesa, una estrecha agenda de tapas de cuero destaca. La empuja hacia mí, llevándose un dedo a los labios. – Es una terrible noticia y una gran pérdida.

Con un gesto, me indica que abra la agenda y me encuentro una nota escrita en un post-it amarillo: “Hay micrófonos. Disimula.”

― Si. Estoy destrozado. Apreciaba mucho a Víctor – le sigo la corriente.

― ¿Sabe cuando traerán el cuerpo? – me indica que pase unas páginas.

Me encuentro con varios números de teléfono, así como direcciones de correo electrónico, hasta llegar a una anotación de puño y letra de Víctor, encabezada con un “Para Sergio”.

― No, Denisse no me ha dicho nada aún. Supongo que ya estará averiguándolo.

― Es posible que tengan que hacerle la autopsia. ¿Muerte natural?

― Eso parece, Basil.

Leo con avidez.

“Sergio, si lees esto es que no he conseguido salir de la cárcel. Mala suerte. No podré ver como crece esta organización, “mi pequeño imperio”, pero confío en ti para continuar. Puedes apoyarte en Basil, es de la familia. Es mi hermanastro.”

Levanto la cabeza y miro a Basil. Enarco una ceja y él solo me sonríe, para después asentir.

“Lo primero que deberás hacer es buscar seguridad. No puedes confiar en los hombres que te rodean. No sé a que bando pertenecen, pero no será el tuyo, seguro. Lo mejor sería contratar mercenarios o alguna banda local. Lo segundo, peina la mansión y activa contramedidas. Está plagada de micrófonos, cámaras y todo tipo de cacharros de espionaje. Solo entonces, puedes empezar a recomponer la línea de defensa. Basil te ayudará con ello.

Te ruego que te ocupes de Katrina. Se que cuidarás de ella. Gracias de todo corazón, Sergio.”

Claro y directo. Así era Víctor. Es la actuación más sensata. Hojeo la agenda mientras Basil y yo divagamos sobre tediosos detalles del funeral. La agenda me informa sobre un par de cuentas secretas que contienen fondos para una emergencia. También está la dirección de un depósito de armas, y toda una detallada descripción de los socios de Víctor; quienes son leales, quienes no, y de cómo hacer tratos con ellos.

Es un buen comienzo. Le hago una señal a Basil de que está bien y me pongo en pie. Nos damos un abrazo y le comento que debería subir y despertar a Katrina. Es el momento de ponerla al corriente. Le susurro que tendremos que hablar en otro lugar y en otro momento.

Al subir por las escaleras de servicio, entro primero en la habitación de Sasha y Niska, que despiertan al escucharme. Les comunico que el señor Vantia ha muerto y que preparen café e infusiones. Se mueven rápidamente, sin aspavientos. Cruzo la puerta que comunica con nuestro dormitorio y despierto suavemente a Katrina, con tiernos besitos. Odio esta parte. Ella me sonríe al abrir los ojos, pero la sonrisa le dura poco. Mi serio semblante y el fruncimiento de mi ceño le hacen saber que algo malo ocurre.

― ¿Qué sucede, Amo? – me pregunta, sentándose en la cama.

― Lo siento, Katrina, tu padre…

Sus manos aferran mi rostro, obligándome a levantar los ojos y mirarla.

― ¿Qué le ha pasado a mi padre? – exclama, despertando a las demás.

― Ha muerto, pequeña – le digo, contemplando como sus ojos se desorbitan.

― Pero… pero… ¿Cómo? ¡Si ayer estaba bien! – su tono es desesperado. Katrina ama realmente a su padre.

― No lo sabemos aún. Creen que ha sido un infarto. Habrá que esperar a la autopsia.

Ni siquiera llora, solo se derrumba en mis brazos, fulminada por la noticia. Mis niñas, ya despiertas, nos rodean y la consuelan con pequeños roces de sus dedos, con suaves besos, hasta que la abrazan entre las tres.

― Cuando se tranquilice, quiero que la ayudéis a bañarse y la vistáis. Algo clásico, elegante y sobrio. Estamos de luto y seguro que tendremos ilustres visitantes – les digo.

― No te preocupes. Nos ocupamos de ella – me contesta Pam, con gesto grave.

Al bajar al comedor, me encuentro con Denisse, quien se está tomando un café. Me sirvo otro y le pregunto qué pasará ahora.

― Intentaré que realicen la autopsia en algún momento del día de hoy y así poder disponer de los resultados mañana. Dependiendo de esos resultados, intentaré que repatríen el cuerpo lo antes posible, pero, aún con suerte y sin problemas, no creo que lo consiga antes de tres días.

― No creo que Anenka intente algo hasta que no se celebre el entierro. No le interesa indisponerse con sus posibles nuevos socios. Así que habrá que aprovechar esos días – me susurra Ras mientras yo asiento a Denisse.

Aprovecho una de las entradas de Basil para sugerirle que salga conmigo hasta el helipuerto. Hay que bajar las banderas que hay allí hasta media asta, en señal de duelo por el dueño de la mansión. Inclina la cabeza cortésmente, dándome la razón. No creo que haya micrófonos allí, en mitad del gran aparcamiento.

― Ha tenido una buena idea, Sergio – me dice, mientras trasteamos con las cuerdas de los tres mástiles.

― ¿Cuántos hombres hay en la mansión?

― Una docena.

― ¿Confías en ellos?

― No, creo que son leales a la señora – me dice, con una mueca.

― ¿Y nosotros? ¿Tenemos gente de confianza?

― Puedo conseguir un par de hombres por los que pondría la mano en el fuego, pero eso es todo.

― ¡La hostia puta! ¡Creo que Anenka va a dar un golpe de fuerza en cuanto sepultemos a Víctor! ¡Disponemos apenas de unos días para reforzarnos y emparejar nuestras fuerzas!

― Estoy de acuerdo, Sergio, pero no sé a quien recurrir. ¿Alguno de los socios del señor Vantia?

― Están demasiado lejos y demasiado atrincherados para ser efectivos. Creo que nos hemos quedado aislados y, por eso mismo, Anenka ha decidido actuar.

Basil asiente, conciente de nuestra debilidad.

― ¿Podemos contratar guardias o mercenarios? – le pregunto, como última solución.

― Los guardias no servirán de mucho contra gente tan preparada. Los mercenarios son una buena idea, pero, para movilizarlos, se requiere un tiempo que no tenemos…

Es el mismo razonamiento al que he llegado yo. De pronto, tengo una idea. Es poco más que agarrarse a un clavo ardiendo, pero es lo único que nos queda.

― Tengo que hacer una llamada – le digo, dejándole con las banderas. – Si preguntan por mí, diles que estoy dando un paseo para calmarme.

Cubierto por la vegetación de los jardines, busco en mi agenda el olvidado número de la señora Paula, la seducida madame que trabajaba con Eric. Tras dos llamadas, no contesta nadie. Miro la hora. Quizás es demasiado temprano para una madame. Decido dejarle un mensaje, con cierto tono de urgencia.

Durante toda la mañana, Denisse no cesa de contestar al teléfono. La noticia de la muerte de Víctor se está extendiendo. Llamadas de ejecutivos bancarios, del ayuntamiento de Aravaca, dela Comunidadde Madrid, de gestores inmobiliarios,… De todo un poco, hasta que empezaron a llegar las condolencias desde el extranjero, de las que se ocupa Anenka, personalmente. Todos los socios de la organización llaman para expresar su pésame, tanto los aliados de Víctor, como también sus enemigos. Eso me pone de mala leche, porque es un recochineo, pero Ras me obliga a portarme como un diplomático, guardándome mis emociones.

Tras tomar un refrigerio al mediodía, – nadie tiene ganas de almorzar en firme – me llevo a Katrina al dormitorio, para que descanse. Está demacrada y pálida. La he observado durante la mañana y se está derrumbando. Mejor que lo haga en la intimidad, pienso. Maby me acompaña, como apoyo. De hecho, se ha convertido en la mejor amiga de Katrina. Le quitamos el vestido y la sentamos en la bañera. Maby y yo tomamos suaves esponjas y refrescamos su piel, buscando relajarla. Estamos a principios de octubre y aún hace una buena temperatura.

― ¿Qué voy a hacer ahora, Amo? – gime de repente.

― Tranquila, Katrina – le susurra Maby.

― No conocí a mi madre… y ahora papá ha muerto. ¡No tengo más familia! ¡Estoy sola!

― No lo estás – le contesto, cortando su histeria. – Nos tienes a nosotros. Ahora somos tu familia.

Me mira con ojos de cervatillo. Alza una mano y me acaricia la mejilla.

― Tiene razón, Amo… es muy bueno conmigo… y tú también, Maby.

― Escúchame bien, Katrina – mi voz sigue siendo suave, pero mi tono se endurece. — Quiero que dejes de llamarme Amo. Tenemos que dar por terminado todo este asunto. Ahora eres la heredera de tu padre. No puedes ser la esclava de nadie.

― Pero… pero yo…

― Pero nada. ¡No más Amo! ¿De acuerdo?

― Si, A… Sergio.

― Eso es. Tienes que reponerte pronto. Debes llorar a tu padre y enterrarlo, como ley de vida.

― Si, pero… tengo que verlo… no puedo llorarle así. Necesito despedirme de él – lloriquea.

― Denisse está trabajando en eso. Hace lo que puede – dice Maby.

Katrina asiente y acaricia el rostro de mi morenita.

― Lo sé.

― Pronto tendrás que tomar decisiones importantes y te necesito firme y despejada. ¿Me comprendes, Katrina?

― Si, desde luego, pero yo no sé nada de los asuntos de papá…

― No importa, para eso estoy aquí y… Anenka – añado, pensando en los micrófonos.

Necesito limpiar la mansión, ¡maldita sea!

― Gracias, Sergio… gracias por todo lo que haces por mí – me dice, atrayéndome hasta posar un suave y tierno beso sobre mis labios.

Joder, está muy sensible. Esa no es Katrina, es apenas una sombra. Se duerme en cuanto la acostamos en la cama. Maby se queda con ella, a vigilar su sueño.

Me cruzo con Anenka al bajar las escaleras. Se dirige a sus aposentos a cambiarse. Inspiro lentamente para controlarme y, deteniéndome ante ella, le tomo las manos, mirándola desde un escalón más alto.

― ¿Cómo te encuentras, cariño? – le pregunto, con un tono tan dulce como la miel.

― Mal, Sergio. Aún no me hago a la idea – me muestra la línea de su esbelto cuello, al levantar la cabeza para mirarme. Sería tan sencillo…

― Ni yo. Aún tiemblo cuando me detengo y la idea me asalta.

― Me casé con él por amor. ¿Lo sabías?

“Claro. Por eso me dejabas seco follando. ¡No te jode!”, pienso.

― Sé que le amabas, Anenka. Yo también le apreciaba mucho, casi como a un padre. Ahora, no nos queda otra que llorarle y honrarle, antes de seguir con nuestras vidas. He dado órdenes de cesar toda actividad, en los clubes. Víctor se merece un luto digno del rey que era – le comento. No es totalmente cierto. He detenido la actividad de los clubes porque no me fío de ella.

― Estaba orgulloso de ti – me sonríe.

La dejo continuar. He intentado obtener otra visión al coger sus manos, pero no sé cómo funciona eso, ni si soy capaz de volver a hacerlo.

― Estoy orgulloso de ti. Has sabido controlarte.

― No puedo dejarme llevar por un impulso. Nos tiene acorralados.

― Ya llegará nuestra ocasión…

Mi móvil acaba con la conversación. Es la señora Paula. Ya hemos hablado antes, esta mañana, y le he pedido ayuda. Supongo que será su contestación.

― ¿Jesús?

― Si – aún cree que ese es mi nombre.

― Ha aceptado entrevistarse contigo.

― Perfecto. ¿Le ha planteado el hecho de que no puedo dejar la casa?

― Si, ya pensé en eso. Dentro de una hora estará ahí, con una furgoneta con el rótulo de floristería, preguntando por el encargo de coronas florales.

― Muy astuto – la felicito. – Muchas gracias, señora Paula.

― Te eché de menos, Jesús, pero me ha alegrado saber que estás trabajando para Vantia. Deberíamos vernos algún día, semental – su risita cosquillea mi oído.

― Puede que hagamos negocios pronto, Paula.

Me despido de ella. Espero que sus contactos me sirvan de algo. Creo que he tenido una buena idea al pensar en ella. Dentro de una hora lo sabré. Mientras espero, espío los movimientos dela ViudaNegra.Se la ve demasiado serena y concentrada. Esto no ha sido un paso al azar. Lo tiene todo controlado. Debo tener cuidado.

― Mucho cuidado…

Maby sale conmigo hasta el aparcamiento cuando Basil me avisa de que el repartidor de una floristería pregunta por mí, sobre unas coronas… Mi morenita sabe que tiene que cubrirme para que pueda hablar tranquilo. La furgoneta, azul celeste, con grandes flores pintadas, como si estuvieran revoloteando, es lo más parecido ala Wolswagenclásica de Scooby Doo, pero en moderno. “Floristería El Jardín”, se lee en los costados. Un tipo con mono está repasando un manifiesto, tras la puerta del vehículo.

Es un hombre joven, de unos veintitantos, moreno y con el pelo largo, que lleva recogido en una frondosa coleta. Tiene la piel cobriza y tostada y de uno de sus lóbulos cuelga una pequeña cruz ankha.

― Hola, ¿te envía madame Paula? – le pregunto.

― ¿Tú eres Jesús? – responde con otra pregunta.

― Si.

― Bien, yo también soy Jesús – sonríe, manifestando su acento sudamericano.

― Coño con las coincidencias. Entonces, llámame Sergio.

― Está bien, Sergio. Mucho gusto – me ofrece su mano.

Le presento a Maby, que se ha situado de manera que puede ver las escalinatas de la mansión.

― ¿De dónde eres, Jesús?

― De Colombia, pero llevo ya viviendo tres años en Madrid, con unos paisanos. ¿Qué puedo hacer por ti?

― Necesitaría cubrirme las espaldas…

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He salido con Katrina a montar a caballo. Necesito distraerla. Mientras, Basil aprovecha para vaciar de muebles y estorbos la biblioteca grande, donde se va a instalar la capilla ardiente. Es mejor que Katrina no vea tal movimiento de enseres. Durante todo el paseo, no abre la boca, pero me sonríe en un par de ocasiones.

Regresamos para la hora del almuerzo y Denisse me espera, con más noticias. Antes de que me diga nada, la tomo del brazo y, casi en volandas, la llevo al invernadero. Es lista, tengo que reconocerlo. No pregunta nada hasta que estamos bajo las vidrieras.

― En voz baja – le indico.

― ¿Qué ocurre? – sus extraños ojos grises se clavan en los míos.

― Micros por todas partes.

― ¿Nos espían?

Asiento mientras ella se mordisquea el nudillo del dedo índice.

― Si tienes que comunicarme algo importante, intenta hacerlo fuera de la mansión o en la sala de juegos deLa Facultad.Yahemos limpiado esa zona.

― Bien, así lo haré.

― Y ahora, ¿qué ocurre?

― Los resultados preliminares de la autopsia indican que el señor Vantia ha sido envenenado con cloruro de mercurio, lo que le produjo grandes hemorragias intestinales y un fallo renal masivo. A la vista de esto, se ha abierto una investigación, con lo cual, no puedo reclamar el cadáver hasta que lo disponga el juez instructor.

Esperaba algo así. Por supuesto, la investigación no servirá absolutamente de nada. Anenka no es tan tonta como para deja pistas incriminatorias.

― ¿Quién nos espía, Sergio? – me pregunta Denisse, sacándome de mis pensamientos. — ¿La policía?

Asiento. No quiero que se ponga nerviosa al cruzarse con Anenka y nos delate.

― Solo debemos tener cuidado de no hablar de nada raro en casa. Todos los implicados lo sabemos ahora, así que no hay cuidado – le digo. – Sigue solicitando el cuerpo de Víctor. Tengo que irme enseguida, Denisse. Comunica que no almorzaré con ustedes.

― Está bien, Sergio.

La demora del entierro puede ser de ayuda para mis planes, pero también puede significar que todo se precipita. Tengo cosas que hacer, de inmediato.

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Llevamos ya siete días esperando el cuerpo, sin apenas noticias. Como ya me esperaba, la investigación en marcha, no está arrojando nada en claro. Solo han sacado en claro que alguien inyectó el cloruro de mercurio en la magdalena que Víctor solía tomarse cada noche, junto con un vaso de leche, antes de dormir. No hay manera de saber si ha sido un interno, uno de los funcionarios, o bien ya venía así desde el exterior.

Todos estamos nerviosos y malhumorados. Katrina parece un alma en pena, dando paseos por la mansión de madrugada, como un puto fantasma desolado. Al menos, por mi parte, he tenido tiempo para iniciar ciertos planes defensivos que pueden salvarnos la vida, en un momento dado, pero necesito más información para garantizar mis esfuerzos.

Sasha entra en mi despacho de la galería y me entrega una nota.

― Me la ha dado uno de los niños de arriba – me dice, antes de marcharse.

Es de Denisse, citándome en la sala de ocio deLa Facultad.¿Nuevas noticias? ¿Buenas o malas?

― Solo lo sabrás acudiendo, tonto.

Debido a mi papel de director del orfanato, no es extraño que suba varias veces al día. Saludo a Juni, como hago siempre, y entro en la sala de ocio. Denisse está bastante nerviosa porque no deja de dar vueltas como una leona enjaulada, meditando.

― ¡Sergio! – exclama al verme entrar.

Por un momento, parece que se va a arrojar en mis brazos, lo cual me confunde un montón, pero, no. Finalmente se frena y toma mi mano. Parece ansiosa.

― Tranquilízate, Denisse. A ver, cuéntame…

― He recibido un informe de la cárcel…

― ¿Algún avance en la investigación?

― No, no es nada oficial. Se trata de un informador, un funcionario debidamente sobornado para que sirviera de enlace entre Víctor y yo, y que le suministrara todo cuanto necesitase – me explica, apretando mi mano.

― Comprendo.

― Hará un mes, a petición del señor Vantia, llevé a Chateauroux un notario. Víctor quería cambiar su testamento. Me han informado de que ha desaparecido la grabación de la cámara que controla la sala donde se reunieron.

― ¡Mierda! Eso quiere decir que ya conocen los cambios del testamento. ¿Sabes tú de que se trataba?

― No exactamente. Firmé como testigo, pero solo sé que el señor Vantia anuló los contratos que tenía con su esposa, dejándole ciertos bienes y una cantidad estipulada.

No me hace falta más. Víctor la ha dejado fuera de sus planes, quitándole la posibilidad de controlar su fortuna. Eso ha debido dolerle.

― Si Anenka se ha enterado, sería el detonante perfecto para dar el paso, e intentar quedarse con todo, a la fuerza.

“¡Exacto! ¡Ya tenemos la causa! Pero, para eso, necesita un firme apoyo. ¿Nikola Arrubin? Podría ser… ¡De ahí el por qué Konor está en Francia! ¡Hace de enlace!”

― Todo encaja.

Sin embargo, hay algo rondando por mi cabeza, que no me gusta ni un pelo. Conozco la ambición de Anenka, y su firme voluntad; entonces, si dispone de cuanto necesita… ¿Por qué no actúa de una vez? Con la suspensión del traslado del cuerpo de Víctor, ni siquiera necesita esperar a enterrarlo. ¿A qué espera? Aún hay algo que se me escapa.

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Sin esperarlo, dos días después, un aviso del ministerio francés del Interior, nos avisa de que el cuerpo de Víctor Vantia se dirige a España, para sus exequias fúnebres. Todos nos alegramos, Katrina vuelve a llorar, pero sonríe, a la misma vez. Es el final de una tensa espera. Nos dejamos llevar por nuestros sentimientos y pecamos de ingenuos. Menos mal que Basil no pierde nunca la calma, ni la perspectiva. Me lleva al invernadero, con una excusa, y allí me pregunta si no me parece extraño que, sin previo aviso, el ministerio francés nos haya entregado el cadáver.

― Bueno… Denisse lleva muchos días insistiendo.

― ¿Dónde opera Nikola Arrubin? – me pregunta de sopetón.

― En Franci…a… — se me sube la cara de capullo.

― Exacto. El señor Vantia también tiene políticos en nómina.

Me muestra las confirmaciones de la asistencia de todos los aliados de Víctor al sepelio. Todos los jefes de la organización van a estar presentes, Joseph Krade, Najjert e Yrkham, Tossan Meldner, y Olmar Gravedyan.

― ¿Qué se necesita para que todos ellos estén juntos? – me pregunta.

― Joder, el entierro – me ilumino. — ¡Pretende cargárselos a todos!

― Y Anenka a usted. Todo en el mismo paquete. Es una jugada maestra.

― Seguramente esa maldita intentará controlar a Katrina para que quedarse con toda su fortuna sea algo legal.

― ¿Te explicas ahora el sutil juego que llevaba a cabo Anenka contigo y con Katrina? ¿Por qué la manipulaba de esa manera?

“¡Siempre ha querido controlarla! Era su as en la manga…”

― Si le da matarile a todos los jefes, de un solo golpe, sus organizaciones se vuelven frágiles y fácilmente asimilables. Es un buen plan. Esa zorra es lista.

― ¡Cometimos el fallo de creer que Konor era un hombre a su servicio, cuando, en realidad, había sido enviado por Nikola Arrubin para ayudarla! – me doy cuenta de que estamos a un paso de caer de cabeza en una maldita y bien elaborada trampa.

No tengo apenas tiempo para cambiar la estrategia. Lo primero de todo es impedir que los socios se presenten al entierro, aunque eso sería alertar a Anenka que sus planes se han descubierto… ¡No puedo dejar que los cambie! ¡Conocer lo que planea es la única ventaja de la que disponemos! La agenda de tapas de cuero que me entregó Basil es la clave. En ella, viene anotado lo que se debe hacer para una comunicación de emergencia entre los jefes, pactado en secreto entre ellos. Basil y yo realizamos esa comunicación y les informamos de todo. Tras el desconcierto esperado, me preguntan qué necesito, y, entonces, es cuando sonrío y me relajo, trasladándoles todo cuanto Ras me dice. Es un viejo cabrón de ideas sádicas e intrigantes. Le adoro.

Ese mismo día, como confirmando nuestras suposiciones de que Anenka no permitirá que nada suceda en el entierro, sino que esperará a dar su golpe de efecto en la mansión, donde no hay ojos curiosos, nos anuncia que ha pensado organizar un banquete de despedida, tras el funeral, en la mansión. Es imperativo asegurar la finca, como primer paso de nuestra defensa.

Menos mal que Jesús Mazuela, alias Gato Bala, mi nuevo amigo, el florista, está apostado son sus hombres, desde hace varios días, en la finca vecina que he alquilado. De esa forma, si fuera necesaria, su respuesta llegaría en minutos, sorprendiendo a cualquier enemigo.

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No he pegado ojo en toda la noche, nervioso y ansioso, lo que me ha llevado a follarme a cuantas se han puesto a tiro, salvo a Katrina. A las cinco de la mañana, he tenido que salir a correr, para quemar energía. Hoy es el día de entierro. Dentro de un rato, nos reuniremos para sepultar los restos de Víctor Vantia en el cementerio local y pasará lo que tenga que pasar. Según Ras, lo que experimento es la ansiedad del guerrero, la fiebre previa a la batalla.

Será eso, digo yo, pero me está volviendo loco tanta espera.

Regreso casi a las dos horas. Me ducho y bajo a la cocina, en donde ya están preparando el desayuno. Tonteo un rato con Niska, haciéndola reír, antes de sentarme a la gran mesa. Tomo un café mientras espero. Las chicas empiezan a aparecer, en pijama o en bata. Maby, antes de sentarse a mi lado, me da un delicioso mordisquito en el cuello. Se lo agradezco, apretando una de sus nalgas.

― ¿Cómo estás, Katrina? ¿Te sientes con fuerzas? – le pregunto, mientras se sienta frente a mí.

― Si, Am… Sergio – le cuesta tanto dejar de llamarme Amo, como tardó en aprender a hacerlo. – Quiero acabar con esto de una vez.

― Lo comprendo. La vida debe seguir. Tu padre tuvo una vida plena y conoció la gloria y la riqueza – respondo.

― Si, pero… no hice nada por conocerle bien. Estaba más preocupada por necedades adolescentes y pijas… — se lamenta.

― No te preocupes de eso. Víctor te quería más que a nada y estaba orgulloso de ti, aunque fueras la reina de las pijas.

Katrina sonríe, y le da un bocado a la manzana que ha cogido del frutero.

― Ahora, vamos a desayunar — Anenka entra en el comedor, con aire grave y sereno. Su lenguaje corporal me dice que ya esta paladeando las mieles de su triunfo. Espero que se le indigesten. – Después, nos prepararemos y nos vestiremos, todos bien elegantes. Hay que estar guapos para despedir a tu padre, bien guapos, Katrina. ¿Verdad, Anenka?

― Por supuesto, Sergei, elegancia y belleza, sobre todo. Es lo que más admiraba Víctor.

― Exacto. La ceremonia durará una hora, más o menos – comento.

― Los socios europeos del señor Vantia se reunirán allí con ustedes – confirma Basil, depositando una tetera humeante sobre un protector metálico, en el centro de la mesa.

― Ah, muy bien. ¿Está todo preparado para el banquete? – le pregunta Anenka.

― Si, señora. Todo estará listo para cuando regresen. Todos los invitados importantes han confirmado su presencia.

― Bien – la sonrisa de hiena la delata aún más, pero hago como si no la hubiera visto.

― Basil… ¿asistirás al funeral, no es cierto? – le pregunto al hombre de confianza de la familia.

― Por supuesto, me despediré de mi patrón como Dios manda.

Eso quiere decir que ya ha entrenado a quien debe sustituirle en la mansión, en su ausencia. Cuanto menos se queden aquí, más relajados estarán los vigilantes, pero es muy importante que alguien, en el interior, controle el sistema. Las puertas del castillo se van a abrir desde el interior…

Hacia las once de la mañana, comienzan a salir vehículos de la mansión. En una oscura limusina, viajamos Katrina, Anenka y yo. Me las he arreglado para acompañarlas, pues no quería dejar a solas a Katrina con el pendón. No me fío. Detrás nuestra, un Jaguar negro, de línea clásica, con mis chicas a bordo. Después, en un bólido sin capota, un Mercedes SLS AMG Roadster de un argentado espectacular, Denisse al volante, pues el coche es suyo, y, a su lado, Basil. Finalmente, cerrando la marcha, un 4×4 de la mansión con cuatro hombres como escolta. Eso significa seis hombres menos, contando con los chóferes, allí dentro.

Se ha elegido un rito baptista – no tenía ni idea de que esa fuera la religión de Víctor – para la despedida. La fosa está abierta bajo la sombra de un gran olmo, en un parterre de mullido césped. Un sitio realmente idílico. Hay un reverendo o pastor, como se le diga, esperando que todos los asistentes lleguen y se sitúen. Parece que va a asistir mucha gente. Hay prensa esperando ya, fotógrafos y cámaras. Basil se ha asegurado de que asistan, sobre todo para garantizar que no sucederá nada en el cementerio. Muy sutil el hombre.

Anenka recibe una llamada y la escucho contestar en ruso. Le han avisado de que los socios europeos han llegado, desde sus hoteles en Madrid. Nos estamos reuniendo todos ante el ataúd, los más allegados sentados en las varias filas de sillas dispuestas, y los demás rodeando la fosa, cuando escucho a Anenka mascullar.

― ¿Qué coño está pasando aquí?

La gente que viene caminando por el sendero de losas, no es la que ella espera. Desde lejos, se parecen a los dirigentes de la organización, pero no son ellos. Sonrío disimuladamente. Han buscado dobles que dan muy bien el pego. Se gira hacia mí.

― ¿Tú sabías algo de esto? – me susurra, furiosa.

― ¿Algo de qué?

― ¡Esos no son los socios de Víctor!

― ¿No? ¿Entonces… quienes son? – me hago el inocente. – Yo no los conozco más que por unas fotos.

Maldice en ruso durante un rato, hasta que el primero de los recién llegados se acerca a ella y se inclina, dándole el pésame con un par de besos en la mejilla. Después, hace lo mismo con Katrina, que está a su lado. Todos los demás cumplen con el gesto. Me levanto y me acuclillo a su lado, aprovechando que se queda libre.

― ¿Qué sucede, Anenka? ¿Qué te han dicho?

― No sé… algo sobre rumores de un posible atentado – me contesta, humedeciéndose los labios. Sus ojos miran a todas partes, detrás de los cristales oscuros de sus gafas. – Han decidido no venir en el último minuto. Estos son embajadores… enviados especiales de sus amos.

― Bueno… ¿Qué más da? – digo, encogiéndome de hombros, y me vuelvo a sentar un par de sillas más allá.

Anenka hace una llamada. No puedo escuchar nada, pero noto que está preocupada. Guarda el móvil en el bolso al acabar y se sienta, bien recta, alisando, con una negra mano enguantada, los pliegues de su falda. Comprueba que la gran pamela oscura esté bien inclinada sobre su cabeza. Parece tranquilizarse. Con quien haya hablado le ha infundido calma.

Mi teléfono vibra en mi mano. Lo miro con disimulo. Es un SMS que espero con ansias. “Mansión asegurada. Caravana detenida.” Escueto pero esperanzador. Dejo escapar un poco de presión. Presto atención a lo que dice el reverendo. Maby me coge la mano. La pobre no sabe lo que ronda por mi cabeza, pero me conoce y trata de calmarme.

Finalmente, el entierro termina y Katrina arroja un ramo de nardos y rosas al profundo agujero. Está llorando plácidamente; una negra figura de plañidera al borde de una fosa. La aparto, tomándola de los hombros y susurrándole que todo ha acabado. Me abraza con fuerza y me da un piquito. Después, se abandona en los brazos de Maby, quien la conduce hacia el coche.

En el mismo momento en que busco a Basil con la mirada, me llega otro mensaje de texto. “Limpieza total. esperamos.” Estoy a punto de saltar de alegría. Me encanta que los planes salgan así de bien. El nudo del estómago empieza a deshacerse. Basil me sonríe desde donde se encuentra. Él ha recibido los mismos mensajes. Hipócritamente, le ofrezco el brazo a Anenka y nos dirigimos a la limusina, para regresar a la mansión y participar en el banquete de despedida. La viuda no tiene buena cara, y menos cuando le comento:

― ¿Esperabas comentar algo con los otros jefes, durante el banquete? – la pregunta es perfectamente inocente.

― Pues… si. Era un buen momento para comentar ciertos… cambios…

― Si, tienes razón. Bueno, tendrás que esperar a la reunión de emergencia que se ha convocado – le digo, refiriéndome a la que se ha solicitado a la muerte de Víctor.

― Si, evidentemente – responde, subiéndose a la limusina.

Katrina ya está más serena, esperándonos. Me da la mano para que me siente a su lado, frente ala ViudaNegra, y apoya su cabecita en mi hombro. Anenka nos mira y sonríe. Más que una sonrisa, es una mueca. Creo que odia a Katrina.

Al llegar a la verja de entrada de la finca, Anenka empieza a ponerse nerviosa, cuando no ve a sus hombres en el control de la entrada, sino a cuatro latinos armados. Saca el móvil pero se lo quito en cuanto intenta llamar.

― ¿Qué pasa? ¡Devuélvemelo!

― Más tarde, cuando lleguemos a la mansión – le digo.

Katrina nos mira, extrañada de nuestra actitud, pero no pregunta. En el aparcamiento, nos está esperando Jesús, portando una escopeta recortada. A su lado, está el hombre de confianza de Basil, Misha, cercano a los cincuenta años y con un lado de la boca, el izquierdo, paralizado. Gato Bala se acerca rápidamente a nuestro chofer, que no es otro que Waslo, y le apunta con la escopeta, pidiéndole que salga. Anenka está muy pendiente de cuanto pasa. Su rostro está congestionado.

― Salgamos a estirar las piernas – le digo, con una sonrisa.

Varios hombres se acercan rápidamente. Unos controlan a Anenka y a Waslo, otros interceptan, con total eficacia, el coche de cola, con los escoltas. El chofer que lleva a mis chicas sale con las manos en alto, por su cuenta. Basil se une a nosotros.

― ¿Todo bien? – pregunta.

― Como la seda – responde Misha. – Me hice con el control de cámaras y abrí la puerta exterior, antes de que los hombres de Arrubin llegaran. Los hombres de Jesús no tuvieron problemas para ir atrapándoles a todos.

― Fue como pescar peces en un barril – se ríe Jesús. – Misha nos radiaba donde estaban y los atrapamos por sorpresa. Así da gusto, compadres.

― ¿Qué pasó con los refuerzos de Arrubin? – les pregunto, mientras envío a las chicas al interior de la mansión.

― Teníamos las dos carreteras que llegan hasta aquí vigiladas. La suerte nos sonrió – nos cuenta Misha. – Cuando les detectamos, nuestros propios refuerzos, o sea los hombres que la organización ha traído, se encontraban en un cruce cercano. Los emboscaron.

― ¿Dónde están? – pregunta Basil.

― Los tenemos a todos en las caballerizas, maniatados y amordazados – se ríe Jesús.

― Veo que te ha gustado el juego – bromeo.

― Ha estado chévere, man. ¿Cuándo repetimos?

― Encontramos rápidamente los explosivos al registrar la mansión. Tenía razón en sus suposiciones. Pretendían volar la planta baja con C4 – interrumpe Misha. – Prácticamente la habían minado. Todos habrían muerto durante el banquete.

― ¿Os habéis asegurado? – pregunta Basil.

― Por supuesto. Incluso hemos hecho cantar a unos cuantos, por seguridad. Todo está limpio, tanto de explosivos como de escuchas electrónicas – asegura Gato Bala, con una sonrisa que muestra su incisivo de oro.

― Está bien – Basil y yo nos dirigimos a la escalinata de la mansión, donde nos está esperando Anenka, custodiada por dos hombres.

Si las miradas matasen, me habría fulminado ya. Es puro odio lo que leo en sus ojos. Alzo las manos al llegar ante ella, pidiéndole que se calme.

― ¿Qué significa todo esto? – exclama.

― Mera precaución – le contesto.

― ¿Precaución? ¿Contra qué?

― Contra ti, por supuesto. Hemos quitado los explosivos y los sistemas de escucha, por si no lo sabías. Tanto tus hombres como los que envió Nikola Arrubin están a buen recaudo, por el momento.

Me encanta como sus ojos se desorbitan, debido a la sorpresa. Pero se repone con rapidez, apretando los dientes.

― Has perdido la oportunidad, Anenka.

― ¡No sé a qué te refieres! ¡No pienso escuchar nada más! Me retiraré a mis aposentos y…

― ¿Tus aposentos? – la freno súbitamente, empuñándola por el pelo. — ¿Tienes la caradura de hablar de tus aposentos? ¿Después de ordenar la muerte de Víctor?

― ¡Suéltame! ¿De qué me hablas, patán? – forcejea.

― Hablo de la orden directa que diste en cierta conversación telefónica. Tus palabras exactas fueron: “¡Acabad con él en silencio! No merece seguir viviendo.” ¿Las recuerdas?

― ¿Cómo…? – parpadea, confundida.

― ¿Qué cómo sé eso? Oh, querida. No eres la única que sabes espiar.

― ¡Tengo derechos como viuda de Vantia!

― Tendrá que esperar a la lectura de testamento, señora – interviene Denisse, que está siendo testigo de todo.

No es nada tonta, la chica; sin duda, se imaginaba algo de esto. Una traición o una venganza, pero no que fuera la propia esposa.

― Ya la has escuchado, perra del KGB. Vas a salir ahora mismo de esta mansión, junto a todos tus soldaditos. ¡Sasha!

La rubia sirvienta se acerca, portando una gran maleta. Detrás de ella, Niska y otras sirvientas, arrastran más maletas y hasta un baúl. Lo depositan todo a los pies de Anenka, quien, con la boca abierta, apenas puede creer lo que está pasando.

― Ahí tienes toda tu ropa, zapatos y joyas. Abandona ahora, que solo pesa la sangre de tu esposo sobre tu cabeza. No ha habido más derramamiento, así que pretendo que te marches. Regresa con Konor y Arrubin, a Francia, o donde quieras. Aquí has perdido todo lo que habías conseguido. No perteneces a nuestra organización, ni tienes más control sobre ella – le digo, con mucha calma.

― Cuando se haga la lectura del último testamento del señor Vantia, – expone Denisse – le enviaré los títulos pertinentes, así como un recibo del ingreso de la parte que le corresponda. Aunque usted ya sabe perfectamente lo que le ha tocado, ¿verdad?

Anenka alza su nariz con desdén, apartando la mirada.

― Imputaré ese testamento – dice con tesón.

― Haz lo que quieras, pero lejos de aquí, puta – la atrapo de nuevo por los pelos, haciendo que respire mi aliento. – Si te encuentro cerca de esta finca, o de algunos de mis seres queridos, no diré lo más mínimo. Me limitaré a quebrarte el cuello, sin ningún remordimiento. ¿Captas el mensaje?

― Si.

La suelto e indico que los echen a todos. Liberan a los prisioneros. Cuento veintidós tíos. Casi un ejército. Les obligan a caminar hasta la puerta exterior. No disponen de armas, ni teléfonos. Cargan las maletas de su jefa, que camina, muy tiesa, casi a la cabeza de ellos. No les permito disponer de un solo vehículo. Todos los coches eran de Víctor y no se merecen más que destrozar los zapatos sobre el asfalto. Tendrán que recorrer, al menos quince kilómetros, en cualquier dirección, antes de encontrarse con una gasolinera o un núcleo habitado.

Mientras les miramos como marchan, Basil me alarga su mano. Se la estrecho y le digo:

― Nos hemos librado de una buena, ¿eh?

― No tiene que decirlo, Sergio. Creí que seríamos historia – sonríe.

― Tuve ayuda de un buen estratega.

― No he estado jamás en el ejército.

― Y, además, nuestro enemigo estaba tan confiado de haber minado nuestra autoridad, que se olvidaron de comprobar una última vez su plan.

― Amén a eso – se ríe Jesús.

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Mis dedos vuelan sobre el teclado. A mi lado, Maby me dicta datos, haciendo, de vez en cuando, infantiles comentarios que nos hacen reír a ambos. Nos encontramos en nuestra sala de ocio, ante uno de los ordenadores, actualizando fichas de los nuevos hombres que se han presentado.

Una vez desmantelado el plan maestro de Arrubin y Anenka, se celebró una reunión de emergencia de la cúpula de la organización, mediante videoconferencia. Por supuesto, todo a través de un servidor de alta seguridad. Tanto Basil como yo fuimos invitados a tal reunión. Se nos felicitó por nuestra rápida actuación y por la forma de proceder.

Concientes de que nuestra infraestructura había quedado arrasada, decidieron prestarnos, cada uno de ellos, algunos hombres, así como unos entrenadores, con los cuales empezar a reorganizar nuestras filas.

Debo decir que he asumido el control de la organización de Víctor, por imposición legal. Me refiero a la sorpresa de la lectura del testamento, a la que, por supuesto, Anenka no asistió. Faltarás más…

El notario, un tipo que parecía un ratoncillo con gafas, se pasó por la mansión, dos días después del entierro. Nos reunió a Katrina, Basil y yo mismo, en la biblioteca. Denisse asistió como consejera legal. Basil, como hermanastro, obtuvo la propiedad de una finca en Talavera de la Reina. Anenka recibió unos apartamentos en la capital y una renta de cien mil euros al año. Manifesté que era demasiado para una zorra como ella, sobresaltando al ratoncillo del notario, pero Katrina puso su mano sobre la mía, calmándome.

Yo no esperaba nada, os lo juro, pero aún así, me dio una sorpresa, dejándome dos de sus coches, a elegir, y una serie de requisitos a cumplimentar. Me explico: Katrina quedó como heredera universal de una fortuna valorada en varios cientos de millones de euros, pero bajo un fidecomiso mío de tres años. O sea, tenía que estar bajo mi supervisión durante tres años para poder disponer libremente de su fortuna. Además, Víctor me responsabilizaba, a través de su última voluntad, de la proyección de su parte de la organización, así como de sus proyectos personales, léase La Facultad. Me quedé con la boca abierta, que Katrina me cerró con un dedo y una risita. Me había nombrado el jefe, el “boss”, a mí, a mis escasos dieciocho años… ¡y, lo mejor de todo, es que me siento totalmente capaz de ello!

Así que lo primero que hice fue nombrar a Basil mi segundo y a Denisse mi consejera legal. Ras estaba que no cabía en mi mente de orgulloso, ufano, y, todo hay que decirlo, puro coñazo. Ya estaba montándose toda una película sobre derechos de pernada y una reunión anual de todas las putas que trabajan para nosotros. ¡Dios, que insufrible debió de resultar allá, en la corte del zar!

Por otra parte, firmé un acuerdo con Jesús, el Gato Bala, en el que les cedí el control de las nuevas cooperativas agrícolas, que empezaríamos a desarrollar en breve, a cambio del apoyo estratégico de sus chicos colombianos. Estas cooperativas le permitirían traer legalmente a su gente y a la mía, así como ser un vehículo perfecto para repartir la cocaína que traía desde su país. Sin embargo, fui muy claro con él. No permitiría que contaminara la organización con las drogas. Las cooperativas no tenían nada que ver con nosotros, a pesar de que la idea era mía. Dejaría que las pusiera en marcha él, con una inversión inicial nuestra, por supuesto, pero, cuando tomaran impulso, se autofinanciarían perfectamente.

A lo que me dedico, en este momento, es actualizar las fichas del personal que mis socios me han enviado desde sus países. Esto es una pequeña torre de Babel. Tenemos ingleses, escoses e irlandeses, así como holandeses, alemanes y austríacos, además, de daneses, suecos, noruegos y finlandeses. Por las fichas que he rellenado, diría que, al menos, dos o tres chicos de cada país, que forman la base de nuestra estructura, totalmente desvastada por las deserciones y los despidos.

No he dejado apenas eslavos, salvo cinco que el propio Basil apadrinó, Misha entre ellos. Ya no puedo fiarme de ellos. Así que les he despedido o se han pasado a las filas de Anenka.

Estoy en pleno proceso de elegir a mi propia gente, y, para eso, me he puesto en contacto con El Purgatorio. Entre todos, hemos diseñado un nuevo juego, que se lleva a cabo tanto en el club, como en jornadas especiales en distintos puntos de España. Es una especie de juego de habilidad, con pruebas que destaca realmente a los mejores. De esta forma, entre diversión premiada y evaluación psicológica, conseguimos buenos candidatos a los que tentar con buenas ofertas y oportunidades de trabajo. Estos son los que envío a los entrenadores y que son preparados para formar nuestra élite. Confío que, en un par de años, tendremos unos soldados excelentes, y los hombres prestados podrán regresar a sus países.

Katrina entra en la sala. Lleva una toalla al cuello, con la que se seca el sudor. Se coloca detrás de Maby y le pone una mano en el hombro. Mi morenita le acaricia los dedos.

― ¿Cómo ha ido esa clase de kempo? – le pregunta.

― Agotadora. Creo que el instructor me tiene manía – responde Katrina, con un suspiro.

― O puede que esté loco por ti – insinúo.

Me golpea con la toalla, lanzando un bufido.

― ¿Qué hacéis?

― Rellenando fichas de los recién llegados. Nombres, edades, procedencia, historiales médicos… — recita Maby.

― ¿Puedo ayudaros en algo?

― ¿No tienes otra cosa que hacer? – le pregunto.

― No hasta dentro de una hora, en que tengo clase de Economía.

― Bueno, siéntate y te explicaré el nuevo sistema de elección de personal que hemos diseñado – le digo.

― Te va a encantar, ya verás. Es como un Gran Hermano – bromea Maby, haciéndole un sitio para que acerque una silla.

Se me ha olvidado comentaros que Katrina ha mostrado un fuerte interés por el negocio familiar, y ha aceptado estudiar en la mansión, con una serie de profesores. Está demostrando que es toda una Vantia.

_____________________________

Ha pasado un mes de la muerte de Víctor Vantia. Todos empezamos a recuperarnos, tanto las personas como la organización. Es un lento proceso de cicatrización que me mantiene muy ocupado. Tanto es así, que aún no he decidido nada con respecto a la compra de Lisboa. He encargado algunos proyectos al equipo que diseñó el Purgatorio, más que nada para hacerme una idea. No hay noticias de Anenka. Es como si se hubiera marchado del país. Mejor. No quiero esa víbora cerca.

Estamos acabando de cenar, Maby, Katrina y yo, en el anexo de la cocina. Pam y Elke están en el ático de la capital. Han decidido vivir un tiempo solas e incluso han hablado de una posible boda.

Denisse está de viaje, en Londres. Así que nos encontramos solos en la mansión, llevando ropa cómoda, de andar por casa. Cuando esto ocurre, no nos gusta utilizar el gran comedor. Comemos en el anexo de la cocina, que ya de por sí, es enorme, con una mesa para doce comensales o más, o bien, subimos a La Facultad y comemos con los niños. Me relaciono con ellos, cada vez más. Los conozco por sus nombres y sé todo cuanto han pasado hasta llegar aquí. Creo que estoy empezando a apreciarles de verdad.

Niska nos trae el postre. Deposita una naranja cortada en gajos ante Katrina, así como una taza con una humeante infusión. Katrina levanta la mano y acaricia dulcemente la mejilla de la romaní.

― No, cariño, tráeme sacarina, por favor… ¿No querrás que engorde? – dice, con una sonrisa.

― Por supuesto que no, Ama Katrina.

― Gracias, Niska… eres una delicia – le dice, inclinándola sobre ella hasta besarla fugazmente en los labios.

Le da una palmadita en las nalgas, que apenas lleva cubiertas por el corto uniforme, cuando se gira para marcharse. ¡Cuánto ha cambiado Katrina!, me digo.

― Cuesta recordar sus pasadas rabietas de niña mimada.

“Es verdad. Parece que han pasado años desde entonces, cuando, en realidad, solo han transcurrido meses.”

― No creí que pudiera cambiar de esa manera, sinceramente.

“Sorpresas que nos da la vida.”, me encojo de hombros mentalmente.

― ¿Nos vemos una película? – propone Maby. – ¿Los tres solos, como en los viejos tiempos?

Sonreímos, ya que se refiere a cuando Katrina se pasaba todo el día en bragas, tumbada a mis pies, en el ático. Le doy una última cucharada a mis natillas y me pongo en pie, tomando de la mano a Maby. Katrina, taza en mano, nos sigue. Subimos a la sala de ocio y nos instalamos en el gran diván curvado, instalado frente al gran televisor plano. Elegimos algo en el canal de pago, y nos acomodamos, en espera de que empiece.

― Debo daros las gracias, ahora que estamos solos – nos sorprende Katrina, aún con la taza entre las manos.

― ¿Las gracias? – pregunto, sin saber por dónde va, sentado entre las dos.

― Por hacer que me sienta tan feliz en estos días.

― Para eso están las amigas – sonríe Maby.

― Es algo más que eso. Todos me llenáis de buenas sensaciones, pero, sobre todo, vosotros dos. Sois mi guía, mi luz, mi ancla… — noto sus ojos húmedos.

― Estás muy poética esta noche – le digo, inclinándome sobre ella y quitándole la taza de las manos. Me acaricia la cara, con una sonrisa. – Precisamente, antes estaba pensando en cuanto has cambiado, en estos meses.

― Si, es cierto – me respalda Maby. – No queda nada de la vieja Katrina.

― Si queda, yo lo sé – responde, echándose el lacio pelo rubio hacia atrás con una mano. – Está aquí dentro, pero bajo control. Tan solo, la educación y la disciplina le han puesto cadenas y mordaza.

― Buena respuesta – cabeceo.

― He llegado a comprender, ahora, al mirar hacia atrás, que me comportaba como una tirana tan solo por despecho, por un terrible sentimiento de abandono que no comprendía. Estaba furiosa con todo lo que me rodeaba, con mi padre por atender a sus negocios antes que a mí; con mi madre, por morirse en el parto; con mis doncellas, por ser tan serviles; con mis amigas… que no lo eran en absoluto – nos confiesa, vertiendo sus sentimientos con una pasión que nunca antes ha demostrado. – Sentía que todo era un complot, a mi alrededor. Así que me endurecí e hice daño antes de que me dañaran. Si tenía que poseer algo, era de una forma totalitaria y dañina. No me servían las medias tintas.

Le tomo las manos, trasmitiéndole mi afecto. Maby está echada sobre mi espalda y alarga también una mano, tocándole la cara, por la que ya corren las primeras lágrimas.

― Os hice daño a todos, pero sobre todo a ti, Sergio. He llegado a entender que solo buscaba que me prestaran atención, que me hicieran sentir que pertenecía a una familia, que derribasen el muro solitario en el que me había encastrado…

― No podíamos saberlo, dulzura – musito. – No dejabas que nadie se acercara a ti…

― Tú lo hiciste. Tú comenzaste a derribar ese muro, cuando te ofreciste voluntariamente como mi esclavo. No sabes la envidia que me dabas y cómo deseaba domarte a golpes…

― ¿A qué te refieres? – pregunto, extrañado.

― Al entregarte así, me demostrabas que eras capaz de sentir algo que me estaba negado. Me pertenecías, pero yo no lo sentía. ¡Seguía estando sola! ¡Te odiaba!

― ¿Por eso le castigabas tanto? – pregunta Maby.

― Si – asiente, secándose las lágrimas con el reverso de una mano.

― ¿Por eso nos torturaste? – le pregunta de nuevo, haciendo que me estremezca. Nunca hemos hablado de esto.

― ¡Siiii! ¡Estaba celosísima! ¡Loca de celos y de envidia! ¡Vosotras teníais todo cuando me estaba negado… amor, familia, amistad! ¡Le pertenecíais a él y yo solo podía pegarle y pegarle, tratando de encontrar una pasión que se escabullía! – Katrina se alza sobre las rodillas, acoplándose contra mi pecho, para alcanzar los hombros de Maby. La acaricia, limpiando las lágrimas que mi morenita suelta por empatía. – Oh, cariño mío… ¿podrás perdonarme? ¿Podrás olvidar aquella indigna afrenta?

― Tonta… hace mucho tiempo que te perdoné… que todas te perdonamos – le contesta Maby, besándola en los labios, por encima de mi hombro.

― Dulce Jesús… gracias… gracias de nuevo…

Me quedo un tanto descolocado, convertido en el olvidado relleno de un sándwich. Así que sigo ahondando en la conversación.

― Entonces, te convertí en mi perrita… ¿Todo eso que veía cuando estabas con ellas, que nunca te rebelabas con ellas…?

― Ay, mi enorme osito… tan listo y torpe a la vez – me aprieta las mejillas con sus manos, riéndose. – Con ellas, me sentía aceptada por una familia, por un círculo de amistad. no me importaba ser humillada, porque formaba parte del proceso que estaba derrumbando mi maldito muro. Cuanto más me rebelaba contra ti, más sentimientos maravillosos afloraban. Solo mi orgullo me mantuvo callada… aunque estuve a punto, muchas veces…

― ¿A punto?

― Tonto – me mordisquea la oreja Maby — ¿Qué es lo único que no dispones de ella?

― Joder. ¡Tu virginidad! Per… pero…

― Sergio, Sergio… – esta vez se cuelga de mi cuello, en un fuerte abrazo; sus labios muy cerca de los míos. Noto el aliento de Maby en la nuca, mirando muy de cerca. – Te amaba cuando me vejabas, te amo ahora, por respetarme, y te amaré siempre, por ser mi dueño absoluto.

Sus labios se fusionan con los míos, tiernamente, expandiendo su calor por mi boca y rostro. Ha sido toda una declaración de amor que, en verdad, me ha tomado por sorpresa.

― Ay, que bonito – susurra Maby. – Os dejaré solos, que necesitareis un poco de intimidad…

Katrina deja de besarme y alarga la mano, tomando a mi morenita del brazo.

― ¡Ni se te ocurra! Maby, eres mi mejor amiga y lo que le he dicho a Sergio, va también por ti. Has sido mi maestra, mi educadora, el verdugo que más placer me ha otorgado. Te quiero a mi lado, a nuestro lado, para todo lo que nos depare esta vida.

― Katrina… yo… yo – noto el nudo que se le ha formado en la garganta a Maby.

― Por favor… Maby… quédate…

― ¡Yo también te quiero mucho, Kat! – explota Maby, rodeándome y abrazándose a Katrina.

El beso es igual de apasionado que el que nos hemos dado. Desde luego, Katrina siempre ha tenido más confianza con Maby que con ninguna otra. No es que se lleve mal con Pam o Elke, pero no alcanza el grado de intimidad que con la morenita.

― Eh, chicas, que ya empieza… ¿No vamos a ver la película? – bromeo.

― ¡Que se joda la peli! – exclama Maby.

― No, no vamos a ver la película – responde Katrina. – Esta noche, vas a desflorarme, tú y Maby…

― Katrina – me deja patitieso.

― Eres el hombre que siempre he esperado. El príncipe azul digno de mí. El hombre con el poder para regir el mundo… eres tú, Sergio… hazme una mujer completa, cariño…

― ¡Al fin! ¡Ni se te ocurra decirle que no, mameluco! ¡Que estoy llorando de emoción!

No me queda otra que sonreír y abrazarlas para llevármelas a la cama.

Podría estar horas hablando sobre el sexo de Katrina y su desfloramiento. Es normal después de esperar tanto. Pero sería tener muy mala leche con los lectores, ¿no creéis? Lo que si tengo que contaros es que tanto Maby como yo, nos unimos para brindar a nuestra búlgara rubita, el mejor homenaje que se le pueda dar a una mujer a la hora de desprenderse de su virginidad.

La desnudamos entre los dos, la besamos y acariciamos todo su cuerpo, con una lentitud exasperante, haciéndola gemir y estremecerse. Nos alternamos al lamer todo su cuerpo, de la cabeza hasta los pies.

― Hacedlo ya… no seáis malos… por favor – gemía sin pausa.

― Sin prisas, princesa – soplo sobre su cuello.

― ¿Ahora soy princesa? Antes… era solo… perrita – susurra, con los ojos cerrados.

― Para que veas lo rápido que se asciende con este hombre – bromea Maby, metiéndole un dedo en el culo.

― ¡Por Dios, Sergio! ¡Rómpeme con ese tarugo!

Creo que es hora de atenderla. Maby se ocupa de que me pene esté bien tieso, y lo lleva, ella misma, hasta la vagina de Katrina, la cual me espera, más abierta que una gimnasta en las Olimpiadas.

― ¿Lo harás… despacito? – me pregunta, con un puchero.

― No.

Sonríe al comprobar que mi brusco trato no ha desaparecido. Espero que la mano de Maby me lubrique el miembro con su propio flujo y algo de saliva. No espero más y punteo varias veces el sexo de Katrina, haciéndola botar de ansiedad, hasta que le cuelo el capullo de un tirón. La verdad es que no noto nada que me frene. Empujo algo más. Nada. La miró a los ojos y contemplo como se retuerce, aferrada a mi cuello. Mi polla sigue entrando sin resistencia.

― Tanta historia para nada… — jadeo. – Si había un himen, era poco resistente. Ni siquiera lo he notado…

― Puede que algún momento de ardor – deja caer mi morenita.

― O en uno de esos “dedos profundos” que se suele hacer. Vete tú a saber – le digo. – Yo esperaba fuegos artificiales…

― Callaros ya, cotorras – nos dice Katrina, atrapándome con sus pies a la espalda. – A ver si puedes metérmela entera…

Lo intento pero no es posible. Algo más de la mitad y se acabó. Bueno, está muy bien para ser la primera vez, me digo. Sin embargo, Katrina no deja de empujarse contra mi cuerpo, en un vano intento de conseguir penetrarse más. Está enloqueciendo con la presión y la sensación de plenitud. No estoy seguro con tantos estremecimientos, pero creo que se ha corrido un par de veces, de forma muy suave. Sin embargo, ahora se acerca un orgasmo de gran intensidad, porque no deja de decir barbaridades que me ponen frenético.

― ¡Siiii! ¡Vamos, con fuerza! SergiooooOOOOOO… ¡Préñameeeee!

― La muy guarra – masculla Maby.

― Estabas deseando sentirla, ¿eh? La querías entera dentro de tu coñito pero no te atrevías a pedirla, putilla – le digo, apretando el ritmo.

― DIOOOSSSSS… ¡SIIIII! – chilla, alcanzando el cénit.

Tiembla completamente, desde los pies, pasando por las caderas, hasta llegar a las aletas de su nariz. Aprieta fuertemente mi cuello con sus brazos, pegando todo su cuerpo al mío. Pasado unos segundos, en que me quedo muy quieto, comienza a aflojar y abre los ojos. Me sonríe y besa mis labios y mi nariz.

― He sido tonta esperando tanto tiempo – musita.

― Ahora puedes recuperar el tiempo, uno detrás de otro.

― Dí que si, semental – y la muy puta me muerde el labio.

Se la saco de un tirón. Ella protesta, pero no le hago caso, y atrapo a Maby por los tobillos, dándole la vuelta y colocándola a cuatro patas. Mi morenita menea las nalgas, feliz por llamar mi atención.

― Ahora le toca a tu amiga del alma, zorrón – le digo para acallar sus protestas.

Efectivamente, se calla, pero se sitúa muy cerca para no perderse ni un detalle. Traspaso a Maby lentamente, arrancándole bufidos y meneos de trasero, hasta que casi entra toda. Tiene que enterrar la cabeza entre sus brazos, abrumada por la sensación de plenitud.

― A ella le entra toda. ¿Por qué a mí no?

― Katrina, es tu primera vez, deja que tu vagina se acostumbre – le digo, iniciando un lento vaivén.

― ¿Y si me pongo en la misma posición que Maby? ¿Probarías?

No sé si es que le aflora de nuevo la vena mimada y caprichosa, o lo que quieres es que le enchufe la polla otra vez, pero se coloca en cuatro justo al lado de Maby, dándose fuertes palmadas en sus perfectas nalgas.

― ¡Vamos! Haz la prueba – me anima.

Con un gruñido, la saco del cálido estuche que me ofrece Maby y se la incrusto literalmente a Katrina. Aúlla con fuerza, pero me da igual. Si me busca, me encuentra, y ella lo sabe. No entra toda, pero si un poco más que antes. Topo con la cerviz y le doy un par de buenos embistes, antes de sacarla.

― ¡Nooooooo!

― Te jodes – escupo por un lateral de la boca, mientras penetro de nuevo a mi Maby, quien está más que loca ya, demasiado ansiosa. Se está pellizcando el clítoris con fuerza.

La dejo al borde del colapso y vuelvo a insertarla en Katrina. Esta vez, no tengo que tomar precauciones para enfundarla, ya que entra suavemente, aunque no entera.

― Que cabrón eres… mira como nos tienes – masculla Katrina. – Mira a Maby… está babeando… la pobre…

― Si… está a punto… ¿La quieres, Maby? ¿Te correrás si te la meto de golpe?

― Como una… fuente, cariño…

Dicho y hecho. Con un fuerte empuje, empalo a Maby hasta el fondo, levantándola a pulso y apoyándola contra mi pecho. Es un chillido animal el que brota desde su diafragma, al mismo tiempo que empieza a soltar líquidos por su vagina, mojando mi pierna y la cama.

― Dios mío… que hermosura – susurra Katrina, aferrada a mi brazo y contemplando el éxtasis de su amiga.

Dejo a Maby con suavidad sobre la cama y, como si fuera una simple muñeca, tumbo a Katrina de espaldas, sosteniendo sus dos pies en alto con una de mis manos. Tanto su coñito como su ano se muestran a mis ojos. Pero hoy no es un día para taladrarle el culito… La penetro sin miramientos, con las piernas cerradas, y mi ariete roza perfectamente sus paredes vaginales, encrespándola enseguida. No puede aferrarse a mí, no puede tocarme, ni apenas moverse. Es solo un coño taladrado, un agujero caliente que me estoy follando, un coño domado… y sé que eso le encanta.

Maby, tumbada a su lado, la observa de cerca, la cabeza apoyada en una de sus manos. Katrina le devuelve la mirada. No puede ni hablar, a causa de los fuertes envites que acusa, sin embargo, mi morenita la entiende y se inclina sobre ella, besándola ardientemente. No puedo dejar de admirar la maravilla que forman sus bocas unidas, el contraste de sus tan distintos cabellos. Mi novia y… No sé, ya no es mi esclava, pero todavía no he decidido en qué se convertirá. Sea como sea, en este momento, soy el tipo más feliz dela Tierra, pues poseo a las dos mujeres más hermosas que hayan nacido de humanos.

Creo que esa noche, batimos un record, los tres. No sé si por las veces que hicimos el amor, o bien por el tiempo que estuvimos liados, sin descansar, pero, os aseguro que ninguno nos levantamos de la cama al día siguiente. Por algo lo llaman la pequeña muerte, ¿no?

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Epílogo.

Han pasado seis meses. Ciento ochenta días en los que hemos disfrutado de paz y armonía. Los negocios van bien, tenemos buenos hombres para entrenar, y no hay noticias de Anenka ni de Nikola Arrubin. Como digo, paz y armonía.

Pam y Elke hablan cada vez más seriamente de casarse, y el nexo que compartimos Katrina, Maby y yo, es cada vez más fuerte. Katrina se ha puesto casi al día sobre los negocios de su padre, su naturaleza, y su desarrollo. Tiene buenas ideas que he decidido usar. Así mismo, tras desechar varias ideas del equipo que se encarga del club de Lisboa, hemos decidido, Katrina y yo, desarrollar una idea suya. Por lo menos, darle forma para que los expertos opinen.

Asistimos a una obra de teatro, en la que Irene y Patricia actúan, como programa de final de curso. Es un evento del que Patricia está muy orgullosa, ya que representan “El sueño de una noche de verano”, de Shakespeare, y nos ha invitado personalmente para que la veamos. Además, el director de la obra ha conseguido que se represente en las ruinas del anfiteatro romano de Torrejón de Ardoz, al aire libre.

Hay bastante gente. No solo padres y familiares de los alumnos que actúan, sino burócratas de la diputación y del ministerio, invitados y antiguos alumnos del ilustre colegio privado, así como varios cronistas de diferentes gacetas. Hace una noche ideal, un poco fresca, pero como no hay que ir de gala, las chaquetas son apropiadas.

Patricia interpreta a Helena, la enamorada del príncipe Demetrio, y está radiante. Irene tiene un papel más modesto e interpreta a Puck, el duende, fiel sirviente del rey de las hadas, Oberón.

Hacia el final de la obra, me han llegado tres mensajes, que me han obligado a poner el móvil en vibración para no molestar. Al parecer, La Villa de Basauri, se ha incendiado. He tenido que llamar a Basil para que me mantenga informado. Por lo que hasta ahora sé, las dependencias de las chicas están ardiendo sin control, pero el club está controlado por los bomberos. Maby me mira con malos ojos, por salirme tanto de la fila y atender el teléfono. Me encojo de hombros. “Son negocios”, le susurro. Katrina, sentada a mi otro lado, desliza su mano por mi muslo, cuando me siento. Aún muchos padres me siguen con la mirada, después de haberme visto llegar con mis dos bellezas del brazo. ¡A joderse todos! ¡Son mías!

Cae el improvisado telón y se alzan los aplausos en la noche. Los padres se ponen en pie, orgullosos de los jóvenes actores. Sube el telón, mostrando al elenco de participantes cogidos de las manos. Nos levantamos para aplaudir y demostrar así cuanto nos ha gustado, cuando llega un nuevo mensaje a mi móvil. Me quedo en pie, abriendo el mensaje mientras las palmas atronan mis oídos. No reconozco el número, pero puede ser de cualquiera que trabaje enLa Villa. Enun primer momento, no comprendo lo que dice, y parpadeó, confuso:

“Me quitaste lo que más deseaba, ahora te quitaré a las que más te desean.”

― ¿Qué cojones…?

Alguien grita, a mi izquierda. Me giro y veo rostros tensos y asustados. Otra mujer grita, llevándose una mano a la boca, los ojos clavados en algo que hay a mi lado. Bajo la vista y solo veo a Maby, que está sentada en su asiento de piedra… ¿Por qué no está en pie, aplaudiendo como todos?

Tiene la cabeza inclinada sobre el pecho, como si estuviera dormida. Su cuerpo está extrañamente quieto, con los brazos entre sus piernas. Está demasiado quieta… joder…

La sangre empieza a empapar su bonito vestido rosa, manando bajo su chaquetilla de pelo artificial. Katrina, con la cara descompuesta, reacciona antes que yo, arrodillándose ante su amiga y tratando de contener la hemorragia. Aún no comprendo lo que ha pasado. Estoy en pleno shock, el teléfono en la mano, la mandíbula floja. Finalmente, la idea me alcanza, penetrando hasta lo más profundo de mi ser. Un gemido surge de mi garganta, un sonido lastimoso que pone los pelos de punta.

― ¡Le han disparado!

El público se asusta en las ruinosas gradas y se empuja, unos a otros, para salir de la posible línea de tiro. Hay gente que rueda por el suelo escalonado y la confusión aumenta, generando más gritos.

― ¡NO RESPIRA, SERGIO! – me grita Katrina, mirándome y mostrándome las manos ensangrentadas.

No puede, está muerta, piensa una parte de mi mente. El francotirador ha acertado de pleno. Le ha partido el corazón. Caigo de rodillas, apoyando mi mano en la aún cálida rodilla de mi morenita, y, en ese momento, me doy realmente cuenta de que no volveré a acariciar nunca más aquellas maravillosas y suaves piernas… que ya no escucharé su pegadiza risa… que no gozaremos nunca más de sus atrevidas chanzas… mi adorable María Isabel…

Nos quedamos allí, arrodillados y hundidos, arrasando con lágrimas el polvo de unas ruinas milenarias, en donde se empieza a enfriar el amor de mi vida. En mis oídos solo resuena la voz chirriante, como cristal molido, de Rasputín.

― Ha sido ella, ¿verdad? Esa puta perra de Anenka… Ha sabido esperar… nos ha confiado… le quitamos el imperio de las manos y ahora va a por las chicas… a hacernos daño… ¡PERRAAAA!

FIN DE LA PRIMERA PARTE.

P.D.: Dejaré aparcado un tiempo El Legado, para montar guiones necesarios, pero lo retomaré en unos meses. Mientras tanto, iré subiendo nuevos relatos. Muchas gracias por vuestro apoyo y por vuestra paciencia.

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