Mayoría de edad.

Nota de la autora: gracias por todos sus comentarios y opiniones. Pueden escribir, prometo responder, a: janis.estigma@hotmail.es

Sin títuloNo puedo ver el atardecer desde la terraza de nuestro ático, pero si puedo admirar como los últimos rayos del sol acarician las fachadas de los dos altos edificios, cercanos ala M40. Parece que intentase aferrarse a ellos, en un intento de no hundirse en el horizonte, pero la millonaria rutina le arrastra hacia el otro lado del mundo, pintando así las nubes de un bellísimo fulgor de púrpuras y rojizos matices.

El verano está acabando. Ya ha pasado un año desde que me reuní con mi familia para comernos el famoso pastel de nata de madre. Un año frenético y lleno de sorpresas, en el que mi vida ha cambiado de una forma tan drástica que, al mirar, hacia atrás, al intentar recordar mi anterior cumpleaños, me resulta muy lejano.

Tantas cosas acaecidas, tantos cambios que asimilar, tanto físicos como mentales… La llamada de mi familia, para felicitarme, me ha puesto nostálgico. Escuchar las voces de Saúl y de Gaby me ha hecho reír y el tono de madre ha sacado mis lágrimas. Les he prometido que pronto les visitaremos.

Bajo mis pies, alguien sube el volumen de la música y escucho risas. La fiesta comienza a animarse. He querido celebrar mi mayoría de edad lejos de la mansión, en el ático, con mis amigas. Han venido todas: mis chicas, por supuesto, Dena, con Patricia e Irene, y me traje a Sasha y Niska, para que ayudarán a Katrina a prepararlo todo. Ah, y Maby ha invitado a Meli… Ahora mismo, hay diez mujeres hermosas en el apartamento; diez mujeres que, por ahora, representan mi vida, tanto social como sentimental, por el momento. Es extraño, no hay ningún chico que pueda llamar mi amigo. Quizás, el único hombre en conseguir ese apelativo no puede estar aquí, en la fiesta. Está encarcelado en Chateauroux…

Pensar en Víctor no ayuda, me deprime… Sobre todo tras conocer que Konor ahora trabaja para nuestro enemigo, Nikola Arrubin. Aún no sé qué hacer con esa información. ¿Comentarla con Anenka? No me gusta. Konor fue su hombre, antes del pacto, y no puedo saber qué tratos le unen a ella, pero, por otra parte, ella es la que se encarga de la seguridad de la organización…

Pienso que, quizás, debería haberla invitado a mi cumpleaños.

― ¿Estás loco? ¿Para que queremos esa bruja aquí?

“Creo que es hora de dejar de lado sentimientos y resquemores, viejo. Ya no disponemos de ese lujo. Ahora estamos a cargo de una organización que se dedica a la prostitución, a muy alto nivel, y Anenka es una socia. Así que tenemos que compartir con ella, información y preocupación.”

― Si, estoy de acuerdo en eso, pero… ¿Invitarla a esta orgía? ¿Para que lo joda todo?

Me río del tono del viejo. Está entusiasmado con todas las bellas mujeres reunidas. No me he dado cuenta, hasta verlas a todas reunidas, que constituyen un puto harén. ¡Soy un jodido sultán!

― Quizás deberías planteártelo en serio. Hacerlo oficial, digamos…

“¿De verdad? ¿Quieres que funda un serrallo de hembras?”, me asombro.

― Tienes que pensar en tu descendencia.

“Vaya, ¡ahora piensas en mi futuro! ¿O es en el tuyo? ¿Tu espíritu pasaría a un hijo mío, con parte de mis características, si yo muriese?” Sé que he dado en el clavo, pues Ras no me contesta. Es algo que he pensado en varias ocasiones. Ras se niega a desaparecer, a unirse ala MadreTierra, y busca continuar mi línea sucesora.

― ¿Qué haces, hermanito?

Pam acaba de subir las escalerillas de lavadero, con mucho cuidado. Los vertiginosos zapatos que lleva no son demasiado aptos para este tipo de ascenso.

― Estaba hablando con madre. Todos te envían recuerdos.

Se abraza a mí, con fuerza, apoyando su mejilla en mi hombro.

― Ah, mi hermanito es mayor de edad – exclama.

― Si, podré sacarme el permiso de conducir – me río.

― No es broma, pero, ahora eres totalmente libre de ataduras, de forma legal, y creo que te vendrá muy bien para tu trabajo. Al verte, incluso yo me olvido que no eres más que un niño. Tu colosal cuerpo, tu madurez mental… lo que aporta… Rasputín – le cuesta decirlo. – Todo eso hace que las personas que te rodean te vean de una forma que no te corresponde…

― O sea, que parezco mucho más mayor, ¿no? – finjo que me he ofendido y la aparto con mis manazas.

― Tonto – se ríe – pero, sí, eso es en suma. Nadie diría, al verte o escucharte, que estás saliendo de la adolescencia.

― ¡Que hermanita más inteligente tengo! – y la pego a mi cuerpo, aplastando sus senos contra mi pecho.

Pam me aferra del pelo y hunde su fresca boca en la mía. Degusto el ron en su saliva. Tras un minuto, me aparta y me besuquea los labios y la nariz.

― Ahora nadie podrá acusarme de corrupción de menores – me susurra. – Vamos abajo, las chicas preguntan por ti…

Sasha, nada más verme bajar, me pone un vodka bien frío en la mano, desplegando una magnífica sonrisa. La gran mesa del comedor ha sido relegada contra una pared, para dejar más sitio. Sobre ella, hay varias bandejas de ricos y elaborados canapés, de los cuales Katrina está especialmente orgullosa.

Lo cierto es que se ha esmerado bastante para organizar toda la fiesta. Se ha preocupado de buscar ciertas recetas originales, para los platos que nos va a presentar; ha exprimido y licuado personalmente varios litros de zumos naturales, para los cócteles, y, finalmente, ha cambiado la distribución de nuestro salón comedor para que pueda contener una docena de personas, de forma cómoda. Eso sí, ha dejado el tema de la limpieza de todo el ático en manos de Niska y Sasha, así como envió a Elke y Pam a por las bebidas, y a Maby a encargar una tarta. Debo decir que han hecho un buen trabajo.

Hay una gran pancarta de papel maché que cubre el ventanal, que dice: “Feliz 18, Sergio. Bienvenido a la zona legal”. Varias guirnaldas de colores cruzan el techo, así como algunos globos. Los dos sofás y la tele han sido replegados a un extremo, y las chicas han creado una zona de descanso, a partir de ellos. Han tirado al suelo, al menos, seis grandes colchones hinchables, cubiertos de sábanas multicolores y todos los cojines que han podido conseguir. Han dispuesto varias mesitas rinconeras, que juro que no sé de donde han venido, para que la gente se tumbe allí, con sus bebidas, y charle, cuando estén cansados de estar de pie. Por supuesto, todas las sillas y taburetes han desaparecido.

― ¡Felicidades, Sergi! – el torbellino Patricia salta a mis brazos. Sé que ha venido, a la fiesta, con su madre y su amiga Irene, pero aún no las he saludado.

― Gracias, canija – contesto, antes de que sus labios taponen mi boca, sus esbeltas piernas rodeando mi cintura.

La pongo en el suelo y Dena aprovecha para acercarse, felicitándome a su vez. También me besa los labios, pero con mucha suavidad. Hace tiempo que no nos besamos, Dena y yo. Irene, detrás de ella, me mira y me felicita, casi con timidez. No parece atreverse a acercarse, así que le hago un gesto para que se acerque y la alzo como a Patricia. Ella lleva una faldita, en vez de unos jeans, pero eso no la impide atraparme entre sus piernas, al mismo tiempo que le meto la lengua en la boca.

Hay risas y palmas. Maby silba como un camionero. A su lado, Meli no sabe qué hacer, ni que decir. Creo que nadie la ha puesto al corriente de lo que ocurre, y está aprendiendo por la vía dura.

Noto como mi novia la empuja hacia mí, al ver su indecisión.

― Muchas felicidades, Sergio – musita, plantándose ante mí. – No podía creer que cumplieras tan solo dieciocho años…

― Gracias, Meli – le contesto, abriendo mis brazos para darle un buen apretón. Sus labios saben a mora, muy dulces. — ¿Es que tengo aspecto de abuelo?

― No, por Dios – se ríe. – Pero tampoco de un chico menor. En la disco, te eché veinticinco.

― Solo en polla, tengo treinta – le susurro al oído.

Se muerde el labio, al apartarse. Creo que puedo oler el aroma de sus bragas mojadas. Katrina se me acerca e inclina la cabeza, al preguntarme:

― ¿Está satisfecho con lo que le he preparado, Amo?

― Si, perrita. Te has esforzado mucho para contentarme – le digo, dándole unas suaves palmaditas en su cabeza. – Te mereces un buen beso.

Mi brazo rodea su cintura. Hoy no va en braguitas, pero su vestidito amarillo limón no es que tape mucho más. Gime al apretarla contra mí. Sus labios se entreabren, temblorosos. Acepta mi lengua, succionándola con pasión. Sus dedos se clavan en mi pecho. Jadea al separarse y se ruboriza – aún no sé por qué – cuando Maby, riéndose, le pone las manos sobre los hombros, desde atrás.

Recomponiendo su postura, le indica a Sasha y Niska, que están un poco más atrás, portando dos bandejas con chupitos, que sirvan.

― ¡Un brindis por Sergio! – exclama Maby, tomando uno de los vasos.

Todas se apresuran a tomar el suyo, hasta las perritas. Las chicas levantan sus vasos, mirándome.

― ¡Por Sergio y su galantería! – propone Maby.

― ¡Por el mejor hermano del mundo! – recalca Pam.

― ¡Por un buen maestro! – murmura Patricia.

― ¡Por Sergio! – exclaman Elke y Meli.

― ¡Por la felicidad de nuestro Señor! – se ponen de acuerdo las perritas.

A ver si no es para emocionarse, coño. Les doy las gracias a todas, mientras Ras no para de proponerme guarradas para llevar a cabo con todas ellas.

Aún no ha llegado el momento de cortar la tarta, cuando la cosa ya se está desmadrando. Veo que hay conversaciones muy íntimas entre algunas chicas. Patricia e Irene mantienen a Dena de cara contra una de las paredes, con las piernas abiertas. Le han levantado la falda y han convencido a Katrina para que sobe las maduras y firmes nalgas. Maby y yo estamos sentados en un sofá, manteniendo a Meli entre los dos, y contemplando lo que ocurre a nuestro alrededor, comentándolo todo en sus oídos. Pam y Elke juegan a hacer cosquillas a Niska, a la par que le dan a probar canapés, con los ojos tapados. Sasha reparte más bebidas.

― ¿Qué te parece nuestra fiesta? – le pregunto a Meli.

― Digna de un rey – musita ella. — ¿Todas te pertenecen?

― No, solo me pertenece una, por el momento. Katrina… Las demás se han entregado voluntariamente. Otras, como Dena y su hija, han encontrado un nuevo camino.

― ¿De verdad son madre e hija?

― Si – responde Maby.

― Me siento temblar cuando me mira esa niña – susurra, mirando a Patricia, la cual está metiendo sus deditos en el ano de su madre.

― Será un ama poderosa en pocos años – asiento, comprendiéndola.

― Dios, que morbo. Me mojo al pensar que esa jovencita mantiene esclavizada a su propia madre. ¡Joder! ¡Si la está entregando ahora mismo! – señala la chica con un dedo.

La verdad es que Patricia está animando a Katrina a sodomizar a mamá, con un artilugio. Los gemidos de Dena llaman la atención de todo el mundo.

― ¿Y qué te gustaría hacer ahora mismo? ¿Qué te la ofreciera a ti? – le pregunta Maby, pellizcando suavemente su pezón.

― No – mueve la cabeza, los ojos chispeando de deseo. – Me gustaría cambiarme por ella… ser la zorra de su madre…

― ¡Katrina! – Pam llama la atención de la perrita. — ¡Es hora de cortar la tarta!

La tarta es un enorme cuadrado de 50x50cm, por 10 cm de altura, de bizcocho bañado en kirch, con varias capas de crema Chantilly y mermelada de fresa, y, finalmente recubierta por una gruesa capa de chocolate crujiente. Le han puesto dieciocho velas rodeando el perímetro, para no alterar la fotografía impresa en una capa de gelatina glaseada: los rostros de mis cuatro chicas, volando besos. No, si al final me van a hacer llorar, ¡ya te digo!

Todas corean la dichosita canción mientras me inclino y soplo todas las velas. Comparto el deseo que formulo con Rasputín, quien no puede estar más de acuerdo, pues tiene que ver con el estupendo cuerpo de nuestra abogada, Denisse Tornier. Me aplauden y Maby me pellizca una nalga, mientras Katrina y Sasha se dedican a cortar trozos y emplatar.

― ¿De quien ha sido la idea de la foto? – le pregunto a Maby, girándome.

― De Katrina. ¿Te ha gustado? – me guiña un ojo.

― Si, mucho. Realmente, se está portando muy bien.

― Pero… — Maby demuestra que me conoce.

― Pero no se ha entregado aún. Reconoce mi autoridad, la acata, y me obedece, pero no me teme. Solo soy su amo de palabra…

― Pero ya no es la niña mimada que conocimos al principio – contesta ella, mirando de reojo a Katrina.

― No estoy tan seguro.

La tarta está riquísima y la mayoría volvemos a repetir con otro trozo. La degustación acaba con todas jaleando a Irene, quien de rodillas, está tomándose su segundo trozo de tarta, embutido en el coño de Dena, sentada sobre la mesa. Con el orgasmo de Dena, llega el momento de abrir los regalos.

Meli es la primera en entregarme un alargado y estrecho paquete, que contiene una bella fusta de cuero. Con una risita, se alza la faldita para que la pruebe en su propio trasero. Todas se ríen. Meli se inclina sobre mi boca para que le agradezca el detalle con un beso.

Patricia y sus sumisas me regalan unos finos guantes de cabritilla, especiales para conducir, en un hermoso cuero marrón, además de una corta bufanda de cachemir. Aunque no sienta frío, se lo agradezco profundamente, con otros tantos besos.

Maby, Pam y Elke disponen un paño de oscuro terciopelo sobre la mesa, quitando antes platos y copas.

― Nos hemos puesto de acuerdo las tres para conjuntar nuestros regalos. No te diremos cual es de quien, pues la idea pertenece a las tres – dice Pam, convirtiéndose en la portavoz.

Despliego el paño, casi con reverencia, preguntándome que habrán ideado estas tres. Contemplo con atención los elementos ornamentales que aparecen en el interior. Un sello de dedo, un brazalete de cuero y metal, y un collar, también en cuero y metal. Me atrae su diseño pero intuyo que representan algo que no entiendo aún, así que miro a mi hermana.

― Pensamos que era hora que tuvieras tu propia marca como Amo – dice ella, muy seria. – Quizás un día quieras marcar tus propiedades y pensamos en una combinación de tu nombre y en alguna simbología.

― Después de darle muchas vueltas, llegamos a la conclusión que Sergio no sería nada sin Rasputín y viceversa. Así que decidimos aunar ambos – le ayuda Maby.

― La combinación que más nos gustó fue RASSE, de Ras y Sergio. Suene muy bien, ¿verdad? – musita Elke, con una sonrisa.

― Como un jodido rapero – estallo en una carcajada. – Rasse… no está mal. “¿Qué piensas, viejo?”

― ¿Así nos vamos a llamar ahora?

“No. Será nuestro logo, nuestra marca de propiedad.”

― A mi me vale.

― ¡Pues sea! – les digo a las chicas.

― Mira – dijo Maby, cogiendo el brazalete. – Esto es lo que hemos ideado como anagrama.

El brazalete, en realidad, una muñequera, consta de una base de suave cuero, bien curtido y trabajado, con dos pequeñas cinchas de hebilla en la parte interna de la muñeca, para ajustarlo. Sobre el dorso, una pieza metálica, al parecer de bronce, contiene el diseño de una R, con el rabito final más alargado, sobre el que descansa, tumbada, una S echa de diminutos eslabones de cadena; todo ello sobre un campo de estrellas cinceladas. Maby me coloca la pieza sobre la muñeca derecha y, la verdad, queda genial. El brazalete no es muy grande, como una muñequera de tenis, pero no tan gruesa, ni ostentosa.

Tomo el sello, y admiro el cincelado del anagrama. En él no está el campo de estrellas, solo las dos iniciales, una en pie, la otra como durmiente, recostada. Se ciñe perfectamente al dedo corazón de mi mano izquierda.

Al admirar el collar, me doy cuenta de lo atípico que es. Se trata de un diseño milenario, de uno de los famosos collares egipcios que portaban los faraones. Es una pieza de cuero, ancha y curvada, que cubre el inicio de mi pecho, salpicada de pedrería y tachuelas de metal irisado. En el centro, cuatro letras, de estilo gótico, entre dos Ojos de Ra: RASSE.

En verdad que me gusta este tipo de ornamentos, distintos a lo que suelen vender en joyerías. Tiene un toque bárbaro, primario, y totalmente distinto. Las abrazo, una a una, dándoles un bien ganado y largo beso. Las demás baten palmas y silban, entre risas.

Es entonces, cuando Sasha y Niska, posan una rodilla en el suelo, y me ofrecen sus regalos, dejándome atónito.

― No teníais que molestaros…

― Es nuestro deseo, señor – me contesta Sasha.

― Estamos muy agradecidas – comenta Niska, en Romaní.

Abro el regalo de la joven Niska y me encuentro con una preciosa funda de cuero, especialmente diseñada para quedar totalmente tumbada sobre la parte trasera del cinturón. Es lo que llaman una funda rápida, que permite sacar una hoja en un par de segundos. Pienso que me vendrá especialmente bien para el machete, que sigue bajo el asiento del Toyota. Al rozar la funda con los dedos, noto que hay unas letras grabadas. Es una inscripción en latín: “Lustus ire ad occidere”.

― “Solo saldré para matar.” Eso es lo que pone. Es una sentencia supersticiosa que los legionarios romanos grababan en las fundas de sus gladios.

― Muchísimas gracias, Niska – le digo, levantándola y besándola.

― La ha hecho ella misma, Amo – me dice Katrina.

― ¿De veras, pequeña? – tomo el mentón de la romaní entre mis dedos.

― Si, señor – responde en su cada vez mejor castellano. – Trabajaba cuero con mi familia. Basil conseguir cuero para yo trabajar.

Se gana un segundo beso por su trabajo y todas aplauden. Me dedico a abrir el de Sasha y descubro una edición preciosa de 1965, del Arte de la Guerra, de Sun Tzu. Un regalo que puede venirme bien en la tesitura en que nos encontramos. Esto demuestra que estas chicas saben escuchar, a pesar de ser consideradas simples sirvientas.

― Eres muy astuta, Sasha. Un regalo muy preciado, en este momento – la abrazo y la beso dulcemente.

― Espero que te sea útil, señor.

― Ya solo quedo yo, Amo – dice Katrina, de repente, y todas la miran. Por mi parte, no sé que esperar.

― ¿Has pensado en mí, perrita mía?

― Si, mi Señor. Siempre. Pero, al principio, no sabía qué regalarle. Quería que fuese algo personal, algo que nadie más pudiera regalarle… y, finalmente, me he decidido por entregarle mis secretos de juventud.

Creo que nos ha dejado a todos con la boca abierta. ¿A qué viene eso ahora? Me alarga dos tomos rojos y esbeltos, que acojo en mis manos.

― Empecé a escribir un diario con ocho años. Todo cuando pensaba, me ocurría, me enfurecía, y me embelesaba, está ahí descrito, hasta hace un año. Quiero que sean suyos, Amo, para que pueda conocerme mejor – me dice, con la mirada fija en mí.

Evidentemente, no se humilla, sino que está compartiendo algo conmigo. El motivo aún no lo sé, pero, sea como sea, siento un escalofrío que me recorre toda la espalda. No sé como interpretar su gesto, pero mi beso de gratitud es muy suave y muy cálido, quizás el más cálido de todos los que he dado hoy.

El ambiente está tenso; todos lo olemos. Patricia propone jugar a verdad o atrevimiento. La idea es aceptada de inmediato. Acabo, de un trago, una de las botellas de vodka. Es mi forma de colaborar. Se necesita una para la rueda, ¿no?

El resultado de ser diez mujeres y un solo hombre en este juego, es que todo el sistema debe basarse en el azar. Así que hay que hacer rotar la botella muchas veces, para que sea solo el destino quien escoja la pareja. Otros de los retos a superar es la cantidad de ingenio que hay que derrochar para que no sea insulso y repetitivo. Esto obliga a nuestras mentes a producir vapor de ideas, como dice madre.

No voy a describir todas las propuestas y preguntas que se han hecho, pero os resumiré las más candentes y sugestivas. Por supuesto, el juego empieza con fuerza y escasa mojigatería. Apenas se piden preguntas de verdad, pues casi todos nos conocemos o nos intuimos, así, ¿de qué sirve?

Las primeras prendas se pierden por negarse a hacer ciertas pruebas que, así, en frío, suenan un poco bestiales. Por ejemplo, Pam perdió su vestido cuando, tras anunciar que tenía que ir al cuarto de baño, quedó atrapada por la boca de la botella. Se le pidió que se orinara sobre Sasha, también elegida por el giro del vidrio. Sasha no abrió la boca, pero mi hermana se negó, teniendo que soltar una prenda. Pudo haberse quitado un zapato, pero seguro que pensó que tras haberse negado, podría animar el cotarro, y optó por el ceñido vestido de Zara.

Todos estamos sentados o tumbados en el área de las colchonetas y cojines. Los sofás se usan más como respaldares, que como asientos.

Al cuarto o quinto giro de la botella señaladora, me toca a mí. El gollete después muestra a mi partenaire, Irene, y, en último lugar, quien propone la prueba, Niska. La gitana no duda nada en sugerir, con un gesto de su mano y un movimiento de su lengua contra la cara interna de su mejilla, una felación. La jovencita, con la cara enrojecida, se levanta y me sigue hasta el sofá, donde nos sentamos.

Su ama le enseñó a chupar mi polla, pero solo lo ha hecho una vez, y acompañada. Le digo que tire de mis pantalones, pues no aguantaré mucho más tiempo con el miembro atrapado por la tela. Todas ponen mucha atención en como actúa la boca de la jovencita, quien, al final, debe quitarse la blusa para no mancharla de semen. Patricia la recompensa con un largo beso, con el que intenta arrancarle cualquier pizca de esperma de la boca.

A medida que pasa el tiempo, las peticiones se van haciendo más excitantes, más depravadas. La lujuria se apodera de las mentes, el alcohol relaja la moralidad y la vergüenza. Puedo leer el deseo en los ojos de todas ellas; la clara intención de gozar, de cualquier manera. Las pruebas se alargan, se vuelven confusas, y acaban por olvidarse. Las parejas rotan, los tríos se suceden, y, finalmente, se forman grupos completos, limitados solo por el espacio de las colchonetas.

No puedo dejar de fijarme en Meli. No para de morderse el labio. Una de las pruebas la ha dejado en braguitas y muy caliente. Sin duda, es su primera orgía, por lo que no deja de observarlo todo, con ojos muy abiertos. Su mano se dirige incesantemente entre sus muslos, con disimulo. Presta mucha atención a Patricia e Irene. Ya ha expresado, anteriormente, su interés por un ama tan joven. Cuando Patricia elige a Elke, para comerle el coño, Meli se rinde a la tentación. Se acerca hasta las levantadas nalgas de Patricia, la cual está en cuatro, apoyada sobre manos y rodillas, y hunde la nariz bajo su trasero, chupando con deleite. La jovencita solo gira la cabeza y la mira, luego vuelve a su tarea.

Aquello es de lo más erótico para mí. Conozco a Elke, la cual nunca habría dado el paso de ponerse bajo la boca de una chiquilla así, sino hubiera sido por el juego. Mientras goza de la lengua juvenil, no deja de mirar a Pam, como si le pidiera permiso para disfrutar. Mi hermana le devuelve la mirada, casi de chiripa, más atenta a los atormentadores dedos de Dena, que trata de nivelar la balanza emocional. Patricia, por su parte, está realizando uno de sus sueños, trajinarse a las modelos del ático. Así que está lamiendo y paladeando uno de sus coñitos soñados. Más de una vez me ha confesado que le encantaría espiar a mi hermana y a la noruega. Para ella, son la pareja perfecta y, ahora, se afana metiendo su lengua en la vagina de una de ellas.

Pero no solo eso la pone loca, sino que una macizorra morena, que no conoce de nada – solo le han contado que ha sido la protagonista de una rueda infernal en una disco – le está comiendo culito y coñito, con una maestría del copón. Ya casi no atina a atrapar el clítoris de Elke con su lengua, de los tiritones que está dando.

No sé lo que puede pensar Meli, pero la perversa expresión de su rostro, a cada lametón que da, con extrema lentitud, me hace pensar en deseos demasiado inconfesables. Patricia aparenta menos años de los que tiene…

Elke se corre, con ese desmadejamiento tan característico de ella. Es como si le hubieran cortado los hilos a una marioneta, desplomando su espalda sobre el asiento del sofá. Apenas puede respirar, agotada por el orgasmo. Sonrío al contemplar como Patricia se retuerce cuando Meli pone toda su atención en ella. Le aferra las nalgas con las dos manos, colocando su culito en posición para dedicarle su mejor lamida. Patricia tiembla y gime, sin fuerzas para mantenerse a cuatro patas. Su mejilla finalmente cae sobre la cadera de Elke, quien, aún con los ojos cerrados, alarga una mano para acariciar los labios de Patricia, la cual acaba tragándoselos, con ansias.

Con un gesto, envío a Sasha a que se ocupe de Meli, pues no da abasto a acariciar el culito de Patricia y su propia entrepierna. Sasha no se anda con chiquitas en cuanto comprueba lo chorreando que está la opulenta morena. Le clava dos dedos en la vagina, iniciando un rapidísima fricción, que la lleva a una explosión de líquidos. Junto con su placer, deja brotar un buen chorro de lefa olorosa que salpica las rodillas de Sasha.

Patricia, por lo que conozco de sus expresiones, lleva corriéndose un buen rato, encadenando orgasmos. Apenas puede gemir, aferrada a la cadera de Elke, quien la contempla, estupefacta por la capacidad de la joven. Cuando ella mira de nuevo hacia Pam, esta ya ha sucumbido a las caricias de Dena y de Irene, a escasos centímetros de donde estoy. Irene está instalada entre las piernas de mi hermana, lamiendo como una posesa, tragando todo lo que brota del coñito pelirrojo. Dena, con la espalda apoyada contra uno de los sillones, sostiene el torso de Pam levantado, la espalda contra su pecho. Mi hermana intenta llevar una de sus manos a la entrepierna de Dena, a la altura de sus riñones, pero apenas atina a mantenerla allí, debido a sus propios estremecimientos.

Sobre la gran mesa, justo a un lado del ya roto cuadrado dulce, Niska se yace tumbada, desnuda y expuesta a la lengua y dedos de Maby. Mi terrible novia ha demostrado sufrir una extraña debilidad por la romaní, desde el mismo momento en que nos trasladamos a la mansión. Según ella, desata su compasión, lo que la obliga a arrullarla allá donde la encuentra. Claro que una cosa lleva a la otra. En este momento, Maby se dedica a meter el dedo en la tarta y embadurnar el coño de Niska, para después lamer lentamente hasta limpiarlo todo, y vuelta a empezar.

Katrina está conmigo, a mi espalda. Lleva un rato rozando sus senos perfectos contra la piel de mi dorso, deslizándose sensualmente gracias al aceite que se ha untado sobre su cuerpo desnudo. Observa a todas las chicas, imitándome, y, de vez en cuando, vuelca un comentario susurrado en mis oídos:

― Míralas, como gozan… ¿a quien vas a elegir para apaciguar tu falo? Pamela se está derritiendo. Esa niña posee una boca muy dulce…

― Eso. ¿Cuándo vas a empezar a follártelas? Estoy como loco…

― ¡Maby! Trae a Niska, por favor – me decido.

Las dos se bajan de la mesa, desnudas y sonrientes. Noto como Niska me mira el miembro, que Katrina está acariciando lentamente, desde atrás.

― Niska, pequeña – le digo, indicándole que se siente ante mí. — ¿Aún eres virgen?

― Si, Amo.

― Solo le desvirgué el culito, Amo – confiesa Katrina, a mi oído.

― Entonces, te pregunto, Bereniska, ¿quieres entregarme el honor de desflorarte?

― Es usted mi Amo, solo tiene que tomarme – me contesta, con el rostro enrojecido.

― No, es tu privilegio, tu entrega, así que tú decides.

― Amo… me entrego totalmente… hágame suya – susurra en romaní.

Entendiendo mi mirada, Maby se acerca gateando hasta mi miembro, que, a pesar de cuando ha jugado y visto esa tarde, está aflojando por desinterés. Maby se encarga, con su boca juguetona, de volver a izar esa roja cabeza ciclópea. Le indico a Katrina que se ocupe de Niska, de tumbarla y de mantenerla mojada, aprovechando lo que le estaba haciendo Maby.

Contemplar a la diosa rubia introducir su lengua en aquel chochito que ella mantenía esclavizado, me la acaba de poner realmente dura. Niska me mira de reojo, jadeando por la caricia de su antigua ama, y deseando que la haga mujer. Lo noto en sus ojos, en el fulgor de sus mejillas, en el compulsivo jadeo de sus pulmones. Quiere follar.

― Cariño, ya la tienes bien dura – se yergue Maby sobre sus rodillas, los labios bien húmedos. – Métesela a la pobre…

― Si, eso, ¡hazlo ya!

Katrina rueda a un lado y atrapa uno de los cojines, metiéndolo bajo los riñones de Niska. Como un henchido sacerdote pagano, dejo que mi vestal Maby lleve mi miembro desflorador hasta la vulva virginal de la ofrecida. ¡Que bien se lo tenían que pasar esos cabrones, en aquellos bosques primigenios! Mi glande entra asombrosamente bien, casi con holgura, hasta ser frenado por un elástico y terco himen, que no cede. Empujo con más fuerza, sacando un quejido de la pobre Niska, sin resultado.

― ¡Joder! A ver si va a ser uno de esos que tiene que ser desflorado por un cirujano – masculla Maby.

― Amo… Amo, no se frene más – implora Niska. – Hágalo con fuerza, sin miramientos…

― Niska, no quiero que te duela.

― Por favor, Amo, quiero ser mujer ya… no me importa el dolor…

― Quiere ser una de sus perras – afirma Katrina, acariciándole un seno con suavidad.

Bueno, si me lo piden así… Me tumbo sobre la romaní, manteniéndome sobre las manos. La presión de mis caderas se incrementa y Niska tiene que echarme las manos al cuello y cruzar las piernas a mi espalda para no ser arrastrada.

― Mmmmffff… — gruñe, con los dientes apretados y los ojos fuertemente cerrados.

Noto como algo cede, en su interior, y tengo que frenarme para no empalarla. Chica valiente. No ha gritado y ha tenido que dolerle. Me quedo quieto, dejando que la ola de dolor pase. Ella me mira y me sonríe débilmente.

― Lo ha roto, Amo…

― Si, Niska, lo he relegado al olvido. Ahora, solo sentirás placer – murmuro mientras lamo su mejilla. — ¿Sigo?

― Por favor… Amo…

Mi miembro se cuela, abriendo aquellas carnes prietas y juveniles, acompañado por los gemidos y mordisquitos que Niska no cesa de darme en el brazo. La joven parece poseer una vagina profunda y muy elástica, pues sigo empujando sin encontrar fondo.

― ¡Aaaamoooo! Diosssss… — chilla cuando mis testículos golpean sus apretadas nalgas.

― ¡La muy puta! ¡La tiene toda dentro y eso que era virgen! – exclama Maby, alargando la mano hasta la entrepierna de Katrina, la cual está más que ansiosa de esperar.

― Niska… Niska – la llamo de vuelta a este mundo, lamiéndole los labios. – Quiero que lleves la cuenta…

― ¿La cuenta? – farfulla, parpadeando.

― Voy a sacar mi pene para darte cinco vaivenes, cuatro suavitos y uno fuerte y profundo.

― Sssiii…

― Después, volveré a repetirlo, pero, en esa ocasión, te daré tres suaves y dos fuertes, y así seguiremos. ¿De acuerdo?

― Si, Amo… y llevo cuenta…

― Eso es. Empiezo.

Retraigo casi todo mi pene, a riesgo de sacarlo completamente, y doy cuatro lentos envites con solo mi glande introducido.

― Uno… dos… tres… cuatro… — murmura Niska.

Empujo casi de golpe, hasta meterla toda.

― cincooooOOOOOO…

Siento sus dedos clavados en mis hombros, como se contraen sus nalgas, y hasta los dedos de los pies. Eso le ha llegado al alma. Otra vez para atrás, muy suave, casi punteándola.

― Uno… dos… tres… ¡Cuatro!… ¡Oh, bendito! Cin… co… — se le quiebra la voz al contar, alterada por lo que siente su vagina, forzada a ese ritmo.

Me siento chapotear en su interior. Tengo que educar ese coño, pues es una joya. Como me aprieta en sus espasmos, y como me deja holgura cuando quiere más polla.

Dos suaves y tres profundos. Niska ni siquiera puede pronunciar el número cinco, anulado por un largo gemido. Sus caderas quieren partirme en dos. Está al límite.

Uno suave y cuatro hasta el fondo. Solo murmura “uno” y empieza a correrse, vibrando como unas maracas sordas. Pequeños quejidos complementan sus bruscos espasmos, a medida que introduzco mi polla con fuerza. Realizo círculos con mi pelvis cuando llego al fondo, antes de retraerme, incrementando así su orgasmo.

― Nene… nene, para… que se desmaya – me avisa Maby, realmente preocupada.

No hay ningún problema. Hay voluntarias dispuestas a relevarla. Sin darme cuenta, las demás chicas han ido terminando con sus placeres sáficos y se han reunido a nuestro alrededor. No sé si podré con todas, pero Ras asegura que si, que se ha visto en trances peores… ¡No me opongo en lo más mínimo!

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Me tengo que tomar libre el día siguiente. Hasta yo debo descansar. Por un momento, creí que me iban a comer. Estas chicas no tienen hartura ninguna, coño. ¿Amo? ¿Yo Amo? ¡Un huevo! Estaban ellas para obedecer, vamos… Eso si, muy atentas a proporcionarme líquido y azúcar, pero solo para que siguiera machacando sus entrepiernas. Menos mal que al haber overbooking, ellas mismas se ocupaban de alegrarse los bajos, unas a otras, pero, aún así, creo que me quedé dormido follando.

Víctor tiene la deferencia de llamarme para felicitarme, aunque a fecha pasada. No sé cómo se ha enterado de ello; supongo que Denisse se lo ha comentado, digo yo. Al mediodía, regresamos a la mansión, salvo Pam y Elke que trabajan en una nueva campaña de la agencia.

― ¿Cuándo te vas a inscribir en una autoescuela? – me pregunta Maby, sentada en el asiento del copiloto de Toyota.

― La semana que viene. Pienso sacarme el permiso como un cohete – le digo, riendo.

― ¡Hombre, tú me dirás! Llevas conduciendo desde los doce años.

― Solo en la granja – puntualizo.

― ¡Da igual! ¡Tractores, camiones, remolques, cosechadoras, y camionetas! ¡Has conducido casi de todo!

Me encojo de hombros. A ver, era necesario. Padre necesitaba la ayuda en el momento, no cuando cumpliera los dieciocho años. Miro por el retrovisor. Las tres perritas se sientan atrás, mirando el paisaje, y disfrutando del viaje, menos Katrina, que parece muy interesada en nuestra conversación. Siempre la sorprendo pretendiendo saber más cosas de mí, de mi niñez, de mi familia, de mis gustos, pero nunca me pregunta directamente.

Ya hace un mes largo que nos hemos instalado definitivamente en la mansión. Las obras previstas para reformar el ala fueron rápidas y precisas. El cuarto de juegos, como llaman a la nueva zona de ocio y relax que diseñamos, al lado de las escaleras de servicio, ha resultado ser un éxito. A veces, tenemos que especificar horarios para un uso compartido. Katrina se ha ganado un sitio en la mega cama redonda y se ha olvidado del suelo.

Por mi parte, estoy formando un par de hombres para dedicarse a visitar los clubes y mansiones. Siguiendo el consejo de Víctor, me he decidido por personal autóctono, del terruño. Los hermanos Josspin, los gerentes del Purgatorio, fueron tan amables de enviarme una selección de candidatos de toda su confianza, de los que he escogido a mis dos ayudantes en ciernes, Miguel y Enrique. Aún no hemos completado todas las visitas, pero pronto los podré dejar solos.

En cuanto aLa Facultad, pues hay que tener paciencia. Ya contamos con ocho protegidos, cuatro chicas y cuatro chicos, ninguno mayor de doce años, que se están adaptando muy bien. El personal también ha aumentado. Tenemos a dos educadores, un psicólogo, dos profesores, y una doctora internista, amén de Juni, nuestra gobernanta. Víctor quiere llegar a doce protegidos, como número base, para calibrar cuanto personal se necesita realmente.

Los chicos han sido debidamente escogidos. Están sanos, son hermosos, y son despiertos. Casi todos han sido sacados de zonas muy conflictivas, en guerra o llenas de miseria, por lo que su instinto de supervivencia es muy alto en todos ellos. El que no es listo, es astuto. Quizás a eso se refería Víctor. El caso es que aprenden rápido. Su nivel del idioma se incrementa a diario. Aprenden español e inglés para superarse, pues todo cuanto es importante para ellos, se habla o se dicta en estos dos idiomas. Aparte de estas lenguas, toman nociones de árabe y chino, como lenguas optativas, pero en menor grado. Los educadores preveen que, en cinco años, los protegidos se valdrán de tres lenguas, casi con naturalidad, y de cinco en su periodo universitario, contando con su lengua natal.

Llegamos a la mansión con el tiempo justo para sentarnos a la gran mesa del comedor. Anenka y Denisse ya están sentadas, frente a frente. Denisse inclina un poco la cabeza como saludo, al verme entrar. Anenka, portando uno de sus fastuosos kimonos orientales, me sonríe, cada día más encantadora.

― Así que ya eres legalmente un hombro, ¿no? – me dice, a modo de felicitación.

― Así es. Ya puedo votar – contesto, cogiendo un trozo de pan cortado.

― Esperaba una invitación – hace un mohín de enfado.

― Lo siento. Fue una fiesta muy privada – le digo, mientras mojo una sopa de pan en la salsa picante que rodea mi filete.

― Felicidades, Sergio – Denisse alza su copa de agua en un mudo brindis.

― Gracias, Denisse. Vi tu SMS con la felicitación.

― De nada. Bueno, ahora que están juntos, me gustaría hablarles del asunto de Lisboa – coloca los codos de su chaqueta sobre la mesa, posando una mano sobre el dorso de la otra, y nos mira a ambos.

― ¿Lisboa? – pregunta Anenka, cortando meticulosamente trocitos de carne.

― Víctor quiere abrir un nuevo club allí. Se estaba buscando un lugar adecuado – le comento.

― Así es – cabecea Denisse. – Hay varias opciones, pero necesitaría que alguno de ustedes se desplazara allí para echar un vistazo y decidir.

― ¿Contigo? – pregunto, con una sonrisa.

― No, debo viajar a Barcelona mañana mismo.

― Podemos ir los dos a Portugal – me sorprende Anenka. – Podríamos ver esas opciones. Me vendría bien un viaje.

― Eso sería perfecto. Recuerden que representan las dos facciones de esta organización – Denisse reparte su mirada entre los dos, mientras su acento sensual entra en mi sangre.

― Está bien – debo ceder. – Mañana temprano, podemos coger el Toyota y…

Denisse arruga su preciosa naricita y niega con la cabeza.

― ¿No? – me extraño.

― No conducirá, Sergio. No tiene permiso de conducción y ya es legalmente responsable. No hay necesidad de meterse en un problema legal, habiendo otras soluciones. Hasta que no se saque la licencia, dispondrá de chofer – su tono no deja resquicio para una respuesta. A mi lado, Maby intenta reprimir una risita.

― Vale, vale. Anenka, ¿te encargas tú de preparar el viaje, por favor?

― Por supuesto, Sergei.

No abro más la boca en el almuerzo, a pesar de que Denisse me mira inquisitivamente varias veces. Conozco a Maby y sé que no se ha quedado satisfecha, pero espera a que estemos solos para preguntarme:

― ¿Te parece buena idea viajar con Anenka?

― No me queda otra, Maby. Es la esposa del jefe y, además, la líder de la facción aliada. Debo confiar en ella, sino esto no resultará.

Nos encontramos en la sala de juegos. Ella sentada en uno de los divanes, con el mando de la tele en la mano, yo, mirando a través del gran ventanal que da a la piscina.

― Creo que ha aprendido hasta donde puede llegar en sus manipulaciones. Además, mañana solo vamos a dedicarnos a mirar locales.

― Recuerda… es como ir de compras – sonríe Maby. – Ella es una mujer, y, como todas nosotras, tendrá caprichos. No dejes que te encandile.

― Si, mami – respondo, inclinándome sobre ella y besando su nuca.

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Antes del amanecer, partimos de la mansión a bordo de una berlina Mercedes-Benz Clase E; una hermosa máquina blindada, de color crema, y con un V8 de 4.663 centímetros cúbicos de cilindrada. Todo un lujoso cohete. Waslo, nuestro chofer, un hombre de unos cuarenta años, fornido y de rasgos inalterables, desliza el asiento del copiloto lo más adelante posible, para dejar espacio a mis largas piernas. Se lo agradezco con un gesto. Al menos, viajaré cómodo.

Anenka, a mi lado, dormita, arropada por un liviano chal. No es que dentro del climatizado automóvil haga frío, – además, estamos en setiembre – pero, sin duda, es un gesto elegante y tranquilizador. La contemplo a placer. Por mucho que la odie, debo reconocer que su belleza y estilo son embriagadores. Me gustaría que llegáramos a un acuerdo, con el que pudiéramos dejar de vigilarnos mutuamente.

Tomamos café en Talavera dela Reina y, dos hora más tarde, paramos a desayunar cerca de Mérida. Cómo si me hubiera leído la mente, Anenka resulta de lo más distendida charlando. Amenizamos el viaje con una charla ligera y casi sincera. Cruzamos la frontera en Badajoz, y, desde allí, para el mediodía, llegamos a Lisboa, a través del puente 25 de Abril, que cruza la desembocadura del Tajo. Estoy loco por estirar las piernas. Además, nunca he estado en Lisboa.

Waslo se detiene a las puertas del Clube Naval de Lisboa, enla Doca de Belém. Bajo la elegante marquesina púrpura y dorada de la entrada, nos espera una mujer de unos treinta y cinco años, que se presenta, en un correcto castellano, como Fátima María Urides.

Se trata de una corredora de fincas que trabaja para la mejor inmobiliaria de Lisboa. Al parecer, ella nos llevara a visitar los diferentes edificios y nos servirá de guía e intérprete.

― Bueno, lo primero será almorzar, ¿no? – digo, tras las presentaciones.

― Por supuesto, señor Talmión. He pensado que podemos almorzar en el mismo Club Naval. Su restaurante es famoso y exquisito – sugiere Fátima, señalando el portero uniformado que se pasea ante la entrada.

― Llámeme Sergio, querida. Por mí, estupendo…

Fátima se mueve en el interior del encopetado club como pez en el agua. Parece que la conocen muy bien. ¿Acaso vende barcos también? Nos sientan a una amplia mesa, rodeada de varios divanes de la época colonial, frente a un gran ventanal, desde el cual tenemos una preciosa vista del río y el Monumento a los Descubrimientos.

Fátima nos explica un poco los distintos barrios de la ciudad, donde se ubican los edificios que nos interesan. El Bairro Alto, con su arquitectura original y sus locales de fado. Alfama es el barrio más antiguo de la ciudad, de origen árabe, aunque no dispone de oferta inmobiliaria. Belém, que es donde nos encontramos en este instante, es una zona turística en la misma desembocadura del Tajo, llena de nuevos monumentos y museos. Pronto nos habla de los barrios que nos interesan más, como Baixa-Chiado, el barrio más elegante y señorial de la capital. Es el centro comercial de la ciudad, donde se encuentrala Plaza do Comercio, la Rua Augusta y la Plaza da Figueira. A continuación, está Estrela-Alcantara, donde está el mirador de Santa Catalina, y el palacio de la Asamblea Da República. También es una zona de ocio, llena de discotecas y restaurantes. Marques de Pombal es el distrito financiero, que da comienzo en La Rotunda. Muchos edificios de oficinas, hoteles y bancos se ubican allí. Finalmente, la zona más exterior y nueva, llamada Parque de las Naciones, un barrio totalmente nuevo, construido en lo que fue el recinto de la Expo98. Allí se encuentra la Estaçaode Oriente, la principal estación de ferrocarril de Lisboa, o la torre Vasco de Gama, así como el Oceanario.

Mientras Fátima habla, la contemplo en silencio. Destila eficacia y mueve sus manos elegantemente, según explica. Posee unos ojos oscuros y vivaces, llenos de matices, algo rasgados, que quedan algo anulados por la afilada y agresiva nariz, sutilmente ganchuda. Una boca grande, de labios gruesos y sensuales, complementan su rostro, otorgándole un extraño atractivo que no puede llamarse belleza, pero que atrae las miradas. El cabello, cortado en melenita, se encrespa con la humedad del ambiente, formando una maraña rizosa que es mejor no peinar, sino moldear. Eso y el tono tostado de su piel, me hacen suponer que Fátima es portadora de algunos genes africanos.

El camarero deja tres bandejas en la mesa, llenas de diferentes frutos del mar: sardinas asadas, bacalao a la brás, berberechos, mejillones y mariscos varios, así como unos bogavantes en salsa picante, todo aderezado de patatas cocidas y verduras, aliñadas con aceite, aceitunas, y mucha cebolla. Entre propuestas y precios, tomamos un excelente café brasileño, acompañado de pastelitos secos de almendra y jenjibre.

Tras el almuerzo, damos un paseo por el Belém, para digerir lo que hemos tragado. Fátima lo ha propuesto así porque el primer inmueble no está lejos de allí, enla Rua SàoFrancisco Xavier. Allí, entre árboles frondosos, se levanta un doble chalet, con un extenso jardín y un bajo de trescientos metros cuadrados, libres y diáfanos. Pero está rodeado de viviendas cercanas, lo que no nos interesa lo más mínimo. Además, el local es pequeño, aunque se cuente con el jardín. Ni siquiera miro el piso superior. Fátima me mira y pregunta.

― ¿Qué buscan exactamente? Solo se nos ha requerido, locales por encima de los dos mil metros, o bien casas agrupadas que puedan unirse…

― Ah, Víctor y sus famosas pistas – ironiza Anenka.

― Estamos buscando un local para un club temático, Fátima. Necesitamos un gran espacio para las actividades comunes de los socios, como bailar, cenar, o reunirse, pero también necesitamos espacios privados, sean habitaciones, o reservados. Habrá que contar con posibles camerinos, almacén, cocina… ya sabe, todo eso.

― Comprendo. Entonces, podemos olvidarnos de unos cuantos locales que había dispuesto en Chiado. Con esas características, que recuerde, dispongo de tres posibilidades. Un hotel para derribar en Alcantara, dos plantas de oficinas consecutivas en Marques de Pombal, y, la que más promete, un terreno sin construir en el Parque de las Naciones.

Tanto Anenka como yo, rechazamos las oficinas, y nos decidimos por ojear primeramente el hotel. Nada más verlo, no me da buenas vibraciones. Hace esquina en una manzana, tiene cinco plantas y es muy viejo. Sin bajarnos del coche, le damos la vuelta a la manzana. Casi todos los locales bajos de la manzana son pequeños negocios, desde pizzerías, cafeterías, a tiendas de alimentación o perfumerías. Las plantas superiores son viviendas, y no hay apenas aparcamientos en la zona. Agito la cabeza y Anenka asiente, opinando en voz alta.

― Es estrecho y mal situado. Demasiados vecinos cerca.

Cuando llegamos al Parque de las Naciones, nos miramos. Aquello era otra cosa. Espacios abiertos, amplias avenidas. Los grupos residenciales estaban definidos y aislados, unos de otros. Edificios de oficinas con formas extrañas. Sin duda, han aprovechado los pabellones construidos parala Expo.Fátimaguió a Waslo, hasta detenerse a un lado de una carretera de nuevo asfalto. Señaló hacia lo alto de una colina.

― Aquello es el IPAM, el Instituto Portugués de Administraçao de Marketing. Estudios superiores universitarios. Y, aquello, – se giró, señalando, ahora, un lejano complejo de edificios, vallado y circundado por una carretera – es la Escola Superior de Actividades Imobilliarias, también estudios superiores. Todo lo que hay entre los dos centros, está en venta. Puedo parcelar o no, según me digan.

― Interesante – respondo.

― Si. Dos centros de estudios superiores que estarán cerrados por la noche – dice Anenka.

― Nada de vecinos y espacio para aparcar – sonrío.

― Es una zona de ocio y turismo, en franco desarrollo – aporta Fátima. – Por lo que los permisos de construcción y licencias son dinamizados por el ayuntamiento.

― Eso siempre es una ventaja – aprueba Anenka.

― Hay un buen acceso desde los otros barrios de la ciudad, así que no será un problema.

― Bien, lo que necesitamos es sentarnos y hacer números – sonríe Anenka.

― Me gustaría poder regresar a mi oficina y hablar con mi jefe. Solo dispongo de estimaciones sobre este terreno. Quizás pueda mejorar el precio de las parcelas – propone Fátima.

― Está bien. Supongo que habrá un buen hotel por aquí – Anenka toma las riendas, rápidamente.

― Si, señora. Le puedo recomendar el Sheraton Lisboa. Está cerca y dispone de un increíble Spa…

― Está bien. Nos quedaremos en él y Waslo la llevará a su oficina. Luego, nos reuniremos en el hotel y veremos las condiciones. ¿Qué le parece?

― Perfecto, señora. La llamaré en cuanto disponga de las tarifas y condiciones.

Nos subimos de nuevo al coche y nos dirigimos al hotel en cuestión. Debo decir que es una pasada. La zona está llena de hoteles, construidos para el evento de la Expo. Cada uno con una personalidad propia y espacio suficiente para su categoría. El Sheraton es hermoso, con formas neoclásicas y mobiliario exclusivo. Tomamos un par de habitaciones contiguas, – y otra para Waslo – desde las cuales tenemos impresionantes vistas de la ciudad.

Fátima no tarda en llamar y quedar para la cena. El hotel dispone de un restaurante gourmet bastante famoso, así que no tendremos que desplazarnos. Anenka, sonriente, se cuelga de mi brazo y me lleva a curiosear por las tiendas del hotel, donde nos compramos algo de ropa informal, pues no hemos traído nada. Nos duchamos y nos cambiamos, para bajar a la cafetería, – una monada de sitio – donde pedimos unos aperitivos.

― ¿Qué piensas del terreno, Sergei? – me pregunta, copa en mano.

― Me parece ideal. Un barrio nuevo, apartado y discreto. Tiene un montón de hoteles alrededor, una carretera que le une directamente con el centro de la ciudad – apruebo, mirándola a los ojos.

― Si, a mí también me gusta. Veremos que condiciones nos trae Fátima. ¿Qué te ha parecido ella?

― Una mujer muy eficiente y simpática.

― Te ha estado devorando con los ojos, todo el día – se ríe.

― ¿Ah, si? No lo he notado – me hago el indiferente.

― ¡Eres un creído! – sonríe ella, antes de acabar su copa. – No era la única que te miraba de reojo…

Es mi turno de mirarla con sorpresa. No creí que pronunciara aquella afirmación. No soy tonto. Me he dado cuenta de que lleva devorándome con los ojos durante todo el viaje, pero no ha hecho el más mínimo gesto de invadir mi espacio. Fátima aparece cuando Anenka pide su segundo Martini. La mujer se ha cambiado y se ha deshecho del traje de chaqueta y pantalón ancho que llevaba esta mañana. Ahora se la ve más coqueta, con un vestido que pone de relieve sus bonitas piernas y un cuerpo opulento.

― ¿Qué va a tomar, Fátima? – le pregunto, al sentarse a la mesa.

― Una cerveza, por favor. Traigo buenas noticias – comenta, con una sonrisa.

― ¿De veras? – Anenka siempre desconfía; es su naturaleza.

― Mi jefe se puso de acuerdo con el dueño del terreno. Necesita dinero con urgencia y ha rebajado bastante la cantidad que pide.

― Me parece bien – le digo, alargándole la botella de cerveza junto con una copa. — ¿Cuánto terreno hay, exactamente?

― Traigo una impresión de satélite – anuncia Fátima, sacando un pliego del bolso, que abre sobre la mesa. Señala con el dedo. – Veamos, el terreno abarca, en total, algo más de doscientas hectáreas. Está parcelado en cuatro áreas bastante amplias.

Queda evidente sobre el papel. La situación de la carretera, que corre paralelamente, de norte a sur, no predispone en la elección de las parcelas; todas disponen de total acceso. Miro a Anenka.

― Necesitaríamos dos parcelas. La edificación quedaría en el centro, lo demás sería aparcamiento – propongo.

― Si – Anenka es escueta.

― ¿De cuanto estamos hablando? – miro directamente a Fátima, anulando sus defensas. – La verdad, por favor.

― El dueño estaría dispuesto a vender por la mitad de lo que pidió, en un principio – contesta, casi sin pensarlo.

― O sea, que podríamos llevarnos las dos parcelas por el precio de una – se ríe Anenka.

― Un buen trato, ¿no? – levanto mi vodka, en un brindis mudo.

― ¿Entonces? – pregunta Fátima, aún insegura.

― Prepara la documentación, Fátima. Queremos dos parcelas, las más cercanas a la costa – alarga la mano Anenka para estrechar la de Fátima.

― Bueno, hechos los negocios, nos toca cenar – les digo.

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Hay que reconocer que el restaurante gourmet es de primera, así como la decoración del local. Detalles intimistas, luz tenue, obstáculos decorativos que prestan a esconder a los comensales… Nos sentimos muy a gusto en el espacio que nos han dedicado, justo detrás de unos macetones de lujuriosos ficus.

Junto a la ensalada caliente de recula, endivias, y queso carioco, aderezado de miel y frutos secos, y los suculentos dados de cordero en salsa de oporto dulce, nos hemos trasegado un par de botellas de vino verde, un vino joven y fresco de paladar. El alcohol desinhibe las lenguas, sobre todo la de Fátima, que nos acaba de contar toda su vida.

Prometida y casada, desde muy joven, con el heredero de una adinerada familia, pronto se sintió atrapada por la hipocresía de la alta sociedad. No le faltaba de nada, al precio de abandonar lo que la hacía feliz, sus amigos universitarios y su implicación en el Movimiento Verde. Con veinticinco años, ya había parido a sus dos hijos, Sara María, la mayor, y Eduardo, el menor.

Entonces, llegó el escándalo de Casa Pía y su marido fue acusado y encarcelado por corrupción infantil. El proceso se llevó toda su fortuna y Fátima tuvo que ponerse a trabajar para mantener a sus hijos. Sus suegros habían dejado el país, avergonzados. Gracias a sus contactos y su conocimiento del patrimonio, entró a trabajar en una gran inmobiliaria. Anenka, en un inusual gesto de comprensión, alarga la mano, sobre la mesa, para tomar la de Fátima. Por mi parte, pregunto que es el escándalo de Casa Pía.

― Casa Pía es una institución fundada por María I, en 1780, para recoger y ayudar mendigos y niños necesitados, tras el caos social del terremoto de 1755. En noviembre del 2002, un ex alumno de Casa Pía acusó de abusos sexuales a varias figuras públicas y a un funcionario de la institución, Carlos Silvino da Silva, conocido como “Bibi” – narra Fátima, tras un suspiro. – Tras las primeras investigaciones, se puso de manifiesto una red de pedofilia que incluía a diplomáticos, políticos, deportistas y hasta animadores de televisión. Por lo visto, esta red llevaba actuando desde los años setenta, suministrando a niños, sobre todo sordomudos, para fiestas y orgías. Incluso se los llevaban y traían a California para actuar en películas prohibidas. Varios funcionarios públicos intentaron denunciar estos hechos, en diversas ocasiones, pero fueron rápidamente acallados por altos miembros de distintos estamentos. Todo se desmoronó cuando la periodista Felicia Cabrita destapó todo, gracias a la denuncia de Joel, en el semanario Expresso y en el canal de televisión SIC.

― Bufff, vaya follón – dije.

― Mi orgulloso y pretencioso esposo fue uno de los imputados. El maricón nos dejó en la ruina y totalmente avergonzados. Mis hijos utilizan mi apellido, no el de su padre, para evitar que sus compañeros de colegio les relacionen.

― Pobre Fátima. Has debido pasarlo muy mal – Anenka le acaricia una mejilla suavemente.

― Soy una mujer pragmática y fuerte, Anenka – el vino la empuja a tutearnos. – Pero resulta muy duro, a veces.

― Venga, chicas, hace una noche magnífica. ¿Qué tal si nos tomamos la copa del postre en esos espléndidos jardines? – las animo, señalando con mi pulgar por encima del hombro.

― ¿Por qué no? – acepta Anenka. – Paseemos los tres…

Pido que nos sirvan tres copas de Napoleón calientes, en una mesa de la terraza que da a los grandes jardines que circundan el hotel. Girando el aromático coñac francés en las grandes copas de globo, recorremos el sendero de grava con pasos indolentes, enfrascados en una conversación que está subiendo de tono. Anenka le revela que nosotros hemos compartido cama, antes que los negocios, y que no se arrepiente, en absoluto, de ello, lo cual me arranca una sonrisa. Yo tampoco me arrepiento de haber retozado con ella, pues es tremenda.

Con una risita, Anenka le comenta algo al oído de la portuguesa, quien abre mucho la boca, al mirarme. Seguro que se ha chivado de mis dimensiones.

― Eres muy joven, Sergio – me dice, cogiéndose a mi brazo. — ¿Cuántos años tienes?

― Suficientes – le respondo, con una sonrisa lobuna.

― Si, supongo que es lo correcto – responde, pensativa.

Llegamos a una zona muy tupida, en la que las ramas de los árboles ocultan la mayor parte de la luminosidad que las farolas proyectan, creando rincones de insondables sombras. Anenka toma a Fátima de la mano y la atrae hasta uno de esos rincones. Apoya la espalda de la opulenta lusa contra el tronco de un árbol, y une sus labios con pasión. Fátima se queda unos segundos estática, con la copa entre las manos, sin saber cómo responder. Pero se recupera enseguida, abarcando la cintura de Anenka con su mano libre. Sus húmedas lenguas se traban, se aspiran mutuamente, se contorsionan con vida propia. Incluso puedo escuchar su deslizante sonido desde donde estoy, casi a cinco pasos de ellas.

Anenka se despega de Fátima, por un momento, y me mira. Levanta la mano con su copa, y me dice:

― ¿Me la aguantas un minuto, querido? Quiero meterle la mano entre las bragas…

Puede que alguno de ustedes no me lo perdone, pero ¿qué hubieran hecho? ¿Decirle que no e irme a mi habitación? Señores y señoras, el monje es Ras, no yo. Tomé la copa de su mano y me quedé observando, ahora más cerca.

― ¿Esto te lo esperabas? – me sopla Ras.

“¡Ni de coña! Y, la verdad, no sé qué hacer…”

― ¡No me jodas! ¿Qué que vas a hacer? ¡Pues follártelas! ¡A las dos!

“Pero, ya sabes que Anenka…”

― ¡Te he dicho que te la folles, no que la adoptes! ¡Ya sé que es una víbora traidora y que nos morderás a la mínima que pueda, pero eso no quita que sea una mujer! Ahora mismo tiene sus necesidades… no creo que esté pensando en cómo aumentar su participación, en este momento…

“No, tampoco lo creo.” La verdad es que no creo que ninguna de las dos piense en algo concreto. Anenka mantiene la falda de la portuguesa por encima de las caderas. Su mano se hunde en el coqueto culotte de encaje de Fátima, la cual levanta una rodilla para facilitar aún más el acceso a su vagina. Las bocas no se han separado ni un centímetro, traspasando saliva de una lengua a otra, y las caderas han comenzado su instintivo baile.

― ¿Te unes? – me pregunta Fátima mirándome por encima del hombro de Anenka, al tomar aire, entre jadeos.

Me acerco, aún con las copas en las manos, y me inclino sobre los anhelantes labios que me ofrece la opulenta mujer. Me los mordisquea, ansiosa, para después lamerlos e introducir su lengua. Anenka, sin soltarla, nos mira, sonriente. Noto como sus dedos retiran su copa de mi mano, para apurarla. Hay otra mano que noto y es la de Fátima, pero ella busca algo más duro que una copa. Se desliza por mi entrepierna, explorando y midiendo.

― Uuuuhhh… — gime al separar sus labios.

― Acábate el coñac, querida – le sopla Anenka. – Recupera fuerzas.

Me río y también apuro mi copa, justo antes de que la rusa me bese suavemente, como pidiéndome permiso.

― Creo que deberíamos subir a una de las habitaciones, damiselas – les propongo.

Una vez en la intimidad, Fátima se convierte en una vorágine de mujer, en una hembra totalmente desinhibida y necesitada de afecto y placer. Al quedarse desnuda, nos demuestra que supera cuanto hemos imaginado de su cuerpo. Debe machacarse a diario en un buen gimnasio porque, más que una corredora de fincas, tiene cuerpo de stripper de primera, de esas que realizan todo tipo de ejercicios en la barra fija.

Cae de rodillas ante mí, cuando me quito el boxer, como una sacerdotisa ante el sagrado ídolo de su dios. Me da la sensación de que está hambrienta de sexo, o más bien de una buena polla. Quizás lleva a plan bastante tiempo, aunque me extraña algo así de una mujer como ella. Pero, ¿Quién sabe? El caso es que no tarda en ocuparse de mi miembro con toda exquisitez, usando dedos, labios y lengua.

Mientras tanto, Anenka, totalmente desnuda, se pega a mi espalda, acariciando mis pectorales. Se pone de puntillas para decirme al oído.

― ¿Puedo?

― Por supuesto, Anenka, pero eso no signifique que te haya perdonado – contesto con un susurro.

― Intentaré ganarme tu perdón, cariño – y sé que lo conseguirá.

― ¡Dios! ¡Que podidamente bueno es esto! – exclama Fátima, deslizando sus labios por todo mi pene. Nos hace reír como niños.

La levanto de un manotazo y la pongo en cuatro en la cama, sin que sus pies toquen el suelo. Jadea por la impresión. No se espera mi ímpetu.

― Levanta esas nalgas – le digo. – ¡Te voy a traspasar!

― Con cuidado, cariño… hace mucho que no… hago esto…

― Pues debería ser pecado, con un cuerpo como ese – responde Anenka, colocando una rodilla sobre la cama.

― Ven, Anenka, túmbate ante mi boca… quiero comerte toda… ¡Joder! Llevo sin hacer esto desde la universidad.

Anenka se abre de piernas, sentándose ante ella y apoyando la espalda en el respaldar de la cama. Aferra el pelo de la portuguesa con una mano y le baja la cabeza hasta su entrepierna.

― Ya verás como no se te ha olvidado, querida – le dice.

Por mi parte, meto un dedo en la vagina de Fátima, explorándola. Está lo suficientemente mojada para mí, así que, con dos leves puntazos, su vagina se me abre totalmente. Su gemido repercute sobre el clítoris de Anenka, que me mira con complicidad, mordiéndose el labio fuertemente.

― Pártela en dos – me susurra, con los ojos entrecerrados por el placer y el morbo. – Bórrale el recuerdo del maricón de su esposo…

Y, con esas palabras, entro a fondo, como un matador con el estoque. Fátima cae sobre los senos de Anenka, empujada por mis caderas, chillando como una cerda. Se agita toda, sin control. Sus manos empuñan la ropa de la cama con fuerza.

― ¡Esto es la monda! ¡Se está corriendo con el primer pollazo! – exclama Anenka, mirándole la cara. Fátima tiene los ojos cerrados y no deja de temblar y farfullar. — ¿Te estás corriendo, cerda?

― Ssiii… — es apenas un silbido, que, finalmente, se convierte en una sonrisa, todo sin abrir los ojos.

― Parece que lo necesitaba – digo, retomando un suave vaivén.

Pero en cuanto Fátima se recupera, es Anenka quien empieza a demostrar que cede ante la gruesa lengua de la portuguesa. La hace gemir, contonearse, botar sobre sus nalgas, y tirarle de su rizado cabello. El respaldar no cesa de golpear contra la pared, con un ritmo infernal. Menos mal que la habitación que hay al otro lado, es la mía, que sino nos echarían del hotel.

― ¡JODIDA PUTA LUSA! – exclama Anenka, con un aullido. – ¡Me estás lle- llevando otra… vez… me co… corro… otra veeeeez…!

― Tenias razón… parece que no se le ha olvidado sus tiempos de universitaria – le digo con una risita, sin dejar de culear.

Fátima no tarde demasiado en derretirse otra vez bajo el martilleo de mi polla. Una vez las dos más tranquilas, me tumbo en la cama y dejo que jueguen entre ellas y conmigo; que lleven el control. Sé que a Anenka le encanta montarme y Fátima pronto aprende lo divertido que es sentarse sobre mi boca.

Casi tres horas después, las dos duermen en la cama, abrazadas y dormidas, felices y saciadas. La habitación está en penumbras, iluminada solo por el pálido fulgor de la luna. Estoy de pie, también desnudo, mirando hacia la ciudad, a través de la gran cristalera. Todo está en silencio, en calma.

― Creo que las cosas se están asentando, que todo va encajando.

― Puede que tengas razón, viejo.

― Anenka parece conformarse con lo que tiene, por el momento.

― Si, me ha susurrado varias veces que lo siente mucho.

― Ah, me encanta cuando las piezas encajan – el suspiro de Ras es casi cómico.

― A mí también, viejo.

¡Pobres ilusos de nosotros! ¿Quién podía sospechar que la más pura vorágine nos arrastraría como paja a viento?

Porque, debéis saber, infatigables lectores, que, apenas dos semanas después, estallaría la GUERRA…

CONTINUARA…