Sin título3La liberación.

Sin título Nota de la autora: comentarios y opiniones más extensas o personales, pueden enviarlas a Janis.estigma@hotmail.es

Termino de hablar, por teléfono, con Maby, quien está en casa tras una larga sesión de modelaje. Me encuentro en la habitación que Pavel me ha preparado, en el club. Se encuentra casi al final de las habitaciones de las chicas, por lo que no está al paso de ninguna. Maby se queja de que estoy muy distanciado estos días. Le cuento que son cosas del trabajo, que es temporal.

―           Lo que tienes que hacer es meterte en la cama con Elke. Ella también lo está pasando mal, Pam está lejos y lleva más tiempo ausente que yo. Es bueno que la consueles…

―           Tienes razón, cariño. Es que soy muy egoísta cuando se trata de ti – escucho su tono y me imagino el puchero que está haciendo. Esa chiquilla es capaz de arrancar un suspiro de la estatua de Stalin.

―           Venga, iros a la camita, niñas. Hasta mañana, bonita…

―           Hasta mañana. Te quiero, nene.

Llevo dos noches durmiendo aquí, y no sé cuantas más tendré que hacerlo, pero es la única forma que conozco de vigilar los pasos de Konor. Llaman discretamente a la puerta. Es Mariana. Asoma su cabecita rubia y sonríe, casi con timidez.

―           Pasa, pasa – la invito, dejando el móvil sobre la mesita de noche. Estoy metido en la cama, desnudo, pero tapado por la ropa de cama.

Mariana viste un pantaloncito de pijama, no mucho más grande una braga, y una camiseta que deja su ombligo al aire. Calza unas casi planas chinelas, con plumas de fantasía.

―           Vas a pillar frío, preciosa. Métete aquí debajo – le digo, alzando mis mantas y haciéndole un hueco en la estrecha cama.

Mariana sonríe, agradecida por la confianza y el interés que le demuestro y, descalzándose, se desliza a mi lado, buscando mi calor.

―           He estado hablando con algunas chicas – susurra, apoyando una mano sobre mi pecho. – Existen varias teorías sobre las desapariciones, pero, la mayoría está de acuerdo que están traficando con chicas, sea como esclavas o como sacos de órganos.

―           Bufff… eso es ponerse en lo peor – trato de quitarle hierro al asunto, más que nada, para no asustarla, pero son las mismas conclusiones a las que he llegado.

―           He preguntado por Erzabeth, como me dijiste. Nadie la escuchó decir que tuviera un nuevo destino. Vinieron a por ella, de madrugada, y desapareció.

―           El Años 20 es un club con mucha demanda, un club de paso. Necesita muchas chicas nuevas, por lo que no hay habituales. Todas son movidas de uno a otro club – mi explicación es realista, pero no convence a ninguno de los dos.

―           Así es. Estamos acostumbradas a que una amiga ya no esté al día siguiente, movida a otro lugar con urgencia, pero siempre llaman o escriben, buscando despedirse o que le enviemos algo que, seguramente, han dejado atrás con las prisas. Estas no lo hacen. Ni siquiera responden a nuestras llamadas. Han desaparecido, Sergei. Lo sabemos.

Tiene razón. No puedo discutirle ese punto.

―           ¿Estáis seguras de que son hombres de Konor, quienes se las llevan?

―           Las chicas los han visto en, al menos, tres ocasiones – me dice, trazando círculos sobre mi pecho desnudo, con su dedo. Ya no me mira a la cara, pendiente de cómo se eriza mi pezón. – Las chicas se están poniendo histéricas.

―           No es para menos, coño.

―           Sergei… ¿puedo dormir contigo? Estoy asustada – me implora con voz casi infantil.

―           Es una cama estrecha para dos, Mariana.

―           Pero podría dormir sobre ti – susurra, tumbándose sobre mi pecho y abarcándome con sus piernas. Su sonrisa es juguetona, sus ojos claros y limpios me transmiten la alegría que siente en este momento.

―           Pero, te podrías caer durante la noche – le digo, con una sonrisa.

―           No, si me abrazas fuerte – bromea, a su vez.

―           Es una opción, pero también podría meter esta barra de carne en tu coñito y dejarte anclada sobre mí – mi mano mueve mi pene para hacerlo rozar contra sus nalgas, bajo las mantas.

Ella se ríe y se contorsiona. Me besa, lamiendo mi labio.

―           Haz lo que quieras… soy tuya.

Me encantan esas palabras. No hay nada que me ponga más cachondo que la entrega incondicional de una mujer. No tardo demasiado en dejarla desnuda, entre besos y caricias. Mariana no deja de frotarse contra mi cuerpo, de rozar su cálida y mojada entrepierna contra mi tieso miembro.

―           Deja que me la meta yo – jadea sobre mi boca.

La dejo hacer a su manera. Mariana aparta las mantas y lleva su mano atrás, aferrando mi polla con su manita y empalándose lentamente. Introduce solo que la punta, el glande, y se recuesta de nuevo sobre mí, besándome dulcemente.

―           Déjame acostumbrarme a esa cosa, Sergei… es lo más grande que me han metido nunca…

―           Te la has metido tú, chiquilla – la sermoneo en broma.

―           Sergei…

―           ¿Si?

―           Cállate – e introduce su lengua hasta mi paladar.

Mueve sus caderas lentamente, con pericia, contrayéndolas para deslizarse sobre mi glande. Sus rodillas aprietan mis flancos. La noto auparse unos centímetros y luego descender sus nalgas para empotrarse contra mi pene, todo sin moverse ni un ápice del lugar que ocupa sobre mi pecho.

Con cada contracción, introduce un poco más de polla en su interior, jadeando de placer y tensión. Le está costando. Parece mentira que sea prostituta, siendo tan estrecha, pero recuerdo que ella tiene un rol que atrae a muchos hombres. Representa una colegiala victoriana, una chiquilla virginal y sin noción de sexo, que sus amantes deben educar y pervertir.

Me pregunto si esa estrecha vagina será una disposición natural o bien un órgano bien entrenado…

―           ¿Entrará toda? – le pregunto en un susurro.

―           Lo hará… aunque… me salga por la… boca – contesta con voz entrecortada.

―           Una chica valiente…

“El que faltaba. Cállate y únete”.

―           Es una puta angelical, Sergio.

Tiene razón, como siempre. Esa es la definición, una puta angelical. Todo en ella es suavidad y dulzura, con una pizca de inocencia, pero folla con pericia y conocimiento. Sin duda, tendrá buenos clientes.

―           Uuuuhhh… Sergei… no puedo… mássss… — jadea, separándose de mi boca, dejando un hilo de baba uniendo nuestros labios. – No he… conseguido entrar…la toda… y… estoy… es…stoy a punto… de… de…

Correrse, por supuesto, cosa que hace con el estremecimiento más grande de caderas que haya visto jamás. Hace temblar mi polla y mis muslos, por contacto. Gime largamente a escasos centímetros de mi boca, echándome su cálido aliento a la cara. Huele a manzana. Contemplo como sus párpados tiemblan con un espasmo, sin cerrarse del todo, acusando el orgasmo.

―           No te muevas, descansa – musito, peinando sus largos cabellos rubios. – Respira y tómate tu tiempo. No empezaré a moverme hasta que me lo digas.

―           Gracias, Sergei… eres muy atento conmigo…

Sin embargo, no pasa de un minuto cuando es ella misma la que está friccionándose conmigo, de nuevo. Esta vez, su sonrisa es traviesa, de niña consentida. Parece disponer de nuevas fuerzas que la empujan a clavarse más y más, entre gemidos desaforados, nada contenidos.

Llega un momento en que no dispone de impulso para empalarse más profundamente. Me lo hace saber con un gemidito que incendia mi mente. Con un rugido, la aferro de las nalgas y con un brusco movimiento, la coloco debajo de mí, abriéndola al máximo.

No es miedo lo que leo en su mirada, sino la más pura aceptación, el enorme deseo de entregarse, de fundirse con mi cuerpo. Empujo con fuerza y urgencia. Los últimos centímetros horadan su coñito, golpeando su cerviz, cortándole el aliento.

―           ¿Toda? – musita con voz de pajarillo.

―           ¡Toda, putilla! ¡Te la has tragado toda con ese coñito de princesa de cuento!

Ella sonríe, orgullosa. Me mira a los ojos, y siento sus manos sobre mis mejillas.

―           Sergei… no puedo moverme… me aprisionas… totalmente… traspasada… quiero que me… folles duro… lo más duro… que puedas…sin pararte… aunque grite… ¿Comprendes?

―           Te haré daño, Mariana.

―           No importa… es lo que deseo… ¿lo harás?

No contesto. Tomo retroceso con mi pene y empujo con fuerza.

―           Ooouch… — se queja, pero sin dejar de sonreírme.

La embisto de nuevo, sin dejar de mirarla. Otra vez. Con más fuerza. Mariana llora, pero sus ojos no se apartan de los míos, y su sonrisa parece eterna. Incremento el ritmo, más rápido y más profundo; más fuerte, más brutal… Mariana ya está gritando, pero sus piernas se enroscan a las mías, manteniéndose unida.

¿Por qué las mujeres gustan del dolor cuando se entregan totalmente? ¿Es algo escrito en sus genes, desde los albores dela Humanidad? ¿Eso que Dios dijo de que vivirás para sufrir? ¿O era lo de parirás con dolor?

Desvarío mientras la desfondo. Le tapo la boca para que no despierte a toda la planta. Ni siquiera habla, solo aúlla como una sirena, sus uñas clavadas en mi espalda. Tiene la misma expresión de éxtasis total que una de esas monjas beatas arrodilladas en el patio del convento, con las rodillas llenas de sangre de arrastrarse sobre las piedras.

Verla así incrementa mi morbo, lo que me lleva a estallar de gozo. Me corro en su interior sin que ella abandone ese estado. Creo que está encadenando tantos orgasmos que no la dejan bajar de la cresta de la ola. Se la saco, algo asustado. Podría darle algo malo si sigo. La escucho tomar aire con desesperación y se pasa casi un minuto jadeando, bajando sus niveles a un estado más normal.

―           ¿Estás bien? – le pregunto.

―           Oh, Sergei… como nunca antes… — me abraza la nuca, besándome una y mil veces. – Si pudiera… si me atreviera…

―           Puedes decirlo, Mariana.

―           ¡Te entregaría mi vida! – estalla, entre lágrimas.

―           Sssshhh… lo sé, pequeña, lo sé, pero tu vida no es tuya. Tienes a tu hermana y a tu madre, que dependen de ti, que cuentan contigo… Debes pagar tu deuda.

―           Si, si – afirma ella, moviendo la cabeza.

Paso un brazo debajo de ella, acomodándome en el colchón y atrayéndola contra mi pecho. Se acurruca allí, como una gatita feliz, pues casi ronronea. Murmura un buenas noches casi ininteligible, y se duerme. Contemplo su hermoso rostro mientras hago planes.

Según Basil, el jefe ha salido de viaje para Francia, tardará un par de días en volver. Últimamente, Víctor está haciendo muchos viajes a ese país. No es asunto mío, pero hay algo que no me gusta.

―           Parecen reuniones secretas de estado. El zar Alejandro III era muy aficionado a ellas…

¿Por qué Ras tiene siempre razón? Me pone de los nervios. Parece como si Víctor estuviese participando en una conspiración. Una de las criadas me comunica que la señora me invita a desayunar en el invernadero. ¿Cómo resistirse a eso? Por lo menos, Katrina está en el campus.

La temperatura es ideal en el interior del invernadero. El sol primaveral atraviesa los grandes paneles de cristal, creando un clima interior suave y agradable. Anenka está sentada a una mesa de jardín que sustituye al velador de hierro forjado en el que desayunamos Víctor y yo unos días atrás. La hermosa mujer viste un kimono de seda tan liviano que sus grabados son casi transparentes. El butacón en el que me siento, está forrado con una tela clara, y es bastante cómodo.

―           Sergio, querido, ¿cómo estás esta mañana?

―           Bien, señora, ¿y usted? – pregunto mientras una de las criadas nos sirve café en las tazas.

―           Divina, como siempre – se ríe, mientras mira a la criada alejarse.

Escojo uno de los bollos que se exponen en la bandeja.

―           ¿Qué tal Katrina? – me pregunta.

―           Bien, dentro de lo que cabe. Una persona de sus características supone siempre unos esfuerzos…

―           ¿Lo dices por su vanidad y egocentrismo… o bien, por tu faceta de esclavo?

El bollo se detiene a un milímetro de mi boca abierta.

―           Anenka lo sabe.

“¿De verdad?”, ironizo mentalmente.

―           Por ambas cosas.

―           ¿Cómo has podido caer en sus garras, Sergio? – sus ojos me miran con lástima.

―           Katrina es muy bella y autoritaria, Anenka.

―           Pero… ¡No te ofrece nada, en absoluto! ¡Solo dolor y miseria! Sé como destroza a la gente, a las criadas, a los sirvientes,… ¡Destruye por placer!

Tiene razón. Katrina no tiene límite, ni objetivo, es puro vicio, pura destrucción… la pura perversión de anular, controlar, y dominar, mueve su vida. Claro que no puedo explicarle los motivos de haberme puesto bajo sus agudos tacones.

―           ¡Ni se te ocurra!

―           Sergio, – murmura Anenka, tomando mi mano a través de la mesa, como una pareja de enamorados – te he ofrecido veladamente muchas cosas, pero ahora lo voy a hacer de forma clara. Deja a esa niña y vente conmigo. Ella te absorberá, te anulará, y no puedo permitirlo.

―           ¿Quieres que sea tu amante? – pregunto, alzando una ceja.

―           Mucho más que eso, Sergio. Las cosas no van bien últimamente. Víctor anda metido en problemas, y los bandos se van definiendo. Pronto, todos tendremos que elegir con cual quedarnos. Quédate conmigo, a mi lado… juntos podemos hacer grandes cosas…

―           Pero… yo no soy nadie… tengo diecisiete años… no cuento para nada – muevo las manos, las palmas abiertas. Aparento más inocencia que nunca.

―           Eso es lo que me gusta de ti – repone ella, poniéndose en pie y acuclillándose a mi lado. Su mano acaricia mi mejilla. – Deja que yo me ocupe de las cosas difíciles. Tú solo tienes que estar a mi lado, atento a nuestro amor y necesidad. Serás mi fuerza interior, mi motivo de conquista.

―           Bueno, aquí parece que se está gestando una usurpación de poder. Puede que te lo esté pidiendo por amor o pasión, pero ésta tiene un peligro que quema.

“Siempre lo he sabido. Anenka es muy peligrosa, porque no muestra nunca sus cartas.”

―           ¿Qué piensas hacer?

“Cubrirme las espaldas”.

―           Tengo miedo, Anenka – musito, bajando los ojos.

―           ¿Miedo? ¿Tú? – se asombra la agente. — ¿De quién?

―           De Katrina. No me perdonará que la abandone. Tiene gente a sus órdenes. No me caí por unas escaleras hace un mes…

―           Lo sé.

―           ¿Lo sabes? – me asombro.

―           No son sus hombres, son los míos. Ella no dispone de efectivos. Cuando me pidió que le diera una lección a un chico, pensé que era alguien de su entorno, un amigo, un antiguo novio… no a ti. Pero, ya estaba hecho.

Empiezo a ver donde llegan los garras de esta mujer, y, de paso, empiezan a encajar ciertas piezas.

―           Así que tienes a tu propia gente, entre las filas de los efectivos de tu marido…

―           No soy la única. Existen más facciones. De hecho, Víctor ha ido a entrevistarse con una de ellas. Pero, más que una facción, me decanto por una protección. Erijo muros defensivos, en prevención de la guerra que se avecina – su mirada es dura, calculadora.

―           Comprendo. Te quedas atrás, atrincherada, y contemplas como los demás se hacen pedazos. Al final, saldrás y aniquilaras a todos tus enemigos, ya debilitados.

―           Veo que entiendes de estrategia, querido – me besa suavemente, antes de ponerse en pie. — ¿Qué decides, Sergio?

―           No me queda más remedio que arriesgarme – murmuro.

―           ¿Dejaras a esa malcriada de Katrina y te unirás a mí?

―           Si, señora – contesto, mirándola intensamente.

―           ¿Me juraras respeto y lealtad?

―           Si, señora.

―           ¿Me servirás atentamente? – me pregunta, subiéndose a horcajadas sobre mi regazo.

―           Si, señora.

—           ¿De verdad se lo cree?

“Creo que si. Es algo egocéntrica.”

―           ¿Me harás el amor todos los días? – sus manos se atarean en mi bragueta.

―           Si, señora.

―           ¿Me amarás solo a mí, cariño?

―           Si, señora…

Sus labios cubren los míos, con una pasión invasora, con un empuje que arrastra cualquier duda, cualquier oposición. Solo existe esa hembra y su boca, y sus senos, y su trasero… y…

Esa misma noche, de madrugada, Pavel me despierta. Normalmente, le habría escuchado al entrar en mi cuarto, pero los excesos se pagan. Me he pasado todo el día atrapado por las exigencias de Anenka y Katrina; de una a otra, como una máquina de millón…

Así que estoy en pleno sueño de los benditos, cuando los dedos de Pavel se clavan en mi hombro.

―           Despierta, Sergio, despierta…

―           ¿Qué pasa? Pavel… ya te he dicho que no follo… — respondo, aún dormido.

―           ¡No, payaso! ¡Los hombres de Konor!

―           ¿Qué? ¿Dónde?

―           Se llevan otras dos niñas.

―           ¿A quienes? – ya estoy vistiéndome a toda velocidad.

―           Dos nuevas, ucranianas. Ni me han despertado para comunicármelo. Esto se está poniendo feo si actúan tan impunemente…

―           Tienes razón. Es hora de pararlos. Pavel…

―           ¿Si?

―           No me has visto. No sabes donde estoy.

―           Entendido. Ten cuidado, Sergio.

Lo bueno de tener la habitación cerca de la escalera de incendios, es que estoy abajo, metido en el Toyota, mucho antes que ellos. Hay una furgoneta, con el motor en marcha, cerca de la puerta trasera del club. Cinco minutos más tarde, tres tipos salen por la puerta; dos de ellos con sus manos sobre los hombros de las dos chicas, que parecen preocupadas, y el otro porta sus bolsas de viaje. Se suben todos a la furgoneta y se ponen en camino.

Les sigo sin prisas. No hay apenas tráfico. Tengo el Toyota preparado desde hace días, cargado de gasolina y efectos necesarios. Pronto tomamos la carretera hacia Talavera de la Reina. Sin duda, nos dirigimos a Machera. Efectivamente, luego dirección Cáceres, y después, un par de carreteras secundarias, hasta Cedillo y Machera. Cruzan la frontera al amanecer, cerca de una localidad portuguesa llamada Perais. Después se desvían a una camina secundaria y, más tarde, a un camino rural. Tengo que dejarles más espacio para que no me vean, pero no pienso perderles. He estado cinco horas siguiéndoles.

Finalmente, me llevan hasta una gran finca, con un enorme cortijo solariego, de paredes encaladas y un enorme patio de piedras romas. Tomó mis binoculares y me instaló cómodamente en las ramas de una vieja encina. No tengo que esperar mucho para contar los hombres que puede haber allí. Veo, al menos a seis. Estos no son campesinos, van armados.

―           ¡Ni lo pienses, idiota! Ya sabes que hay diferentes facciones en la organización. ¿Cómo sabes que estos hombres no pertenecen a Anenka?

―           Joder…

―           Ahora no puedes ponerte en evidencia. Tienes que nadar entre las aguas. Llama a Basil y deja que se ocupen de esto los hombres de Víctor. Ni siquiera tienes que llevarte el mérito, si no quieres.

Es un buen consejo. Nadie debe saber que los he seguido. Siempre tendré tiempo de contárselo todo a mi jefe, en persona. Mientras dilucido lo que voy a hacer, uno de los hombres saca a una docena de chicas al patio, para que tomen el sol y hagan un poco de ejercicio. Doy un respingo cuando me parece reconocer aquel cuerpo menudo. Apuro al máximo los binoculares y los apoyo en la rama para detener el tembleque de mi pulso.

¡Es Erzabeth! ¡No hay duda!

Saco mi móvil y llamo a Basil. En tres palabras, le informo de donde estoy, de lo que he visto, y de lo que hay que hacer. Me dice que no me mueva del sitio y que le comunique cualquier cambio que ocurra. Estos tíos son profesionales, coño.

Una docena de chicas, sacadas poco a poco del club y reunidas en aquel sitio olvidado. ¿Qué pretenden hacer con ellas? descarto el tráfico de órganos, porque sin duda ya estarían muertas y despedazadas. ¿Un burdel? No, demasiado alejado. ¡Para follar no hay que conducir hasta el lugar donde Cristo perdió el mechero!

Mucha vigilancia, chicas muy controladas, eso equivale a muchos beneficios. ¿Trata de blancas? Podría ser. ¿Estarían reuniendo una partida para subastarla?

¡Que cabrones! Todo son beneficios. Las chicas ya eran traídas a España por la organización de Víctor. Solo tienen que sacarlas lentamente y venderlas. Sin denuncias por desaparición, sin gastos, sin apenas riesgos. ¿Cuánto tiempo habrían estado haciendo esto?

Decido desayunar mientras espero. Menos mal que esos tipos decidieron parar antes de cruzar la frontera… Estoy famélico.

He tenido que esconder el Toyota. ¡Patrullan el perímetro! ¿Dónde quedaron aquellos matones que se entretenían viendo los dibujos animados? Han pasado dos veces por donde estoy escondido, desde entonces. Al principio, creí que me habían descubierto, pero no, es algo rutinario. Al parecer, su patrón no les deja aburrirse.

Me vibra el móvil. Es la hora del almuerzo. Son los refuerzos. He quedado con ellos a un kilómetro de la finca, para que no nos puedan ver. Vienen en dos 4×4 como el mío, diez tipos que parecen que saben lo que tienen que hacer.

El cabecilla sube conmigo a echar un vistazo. Le indico donde creo que hay vigilancia y la frecuencia de la patrulla. El tío es una máquina militar. Desarrolla la estrategia al paso. Nos reunimos con los demás, y él les explica, en búlgaro, lo que tienen que hacer.

Lo primero es ocuparse de la patrulla, para no dejar nadie a sus espaldas. Van montados en un Jeep militar, bastante viejo, pero robusto. Queda poco para la siguiente pasada. Uno de ellos se tumba en medio del camino, sin armas. Los demás toman posiciones.

La emboscada es rápida y perfecta. El jeep se detiene ante el caído. El acompañante desciende, apuntando con su AK47. No se fía, pero no le sirve de nada. Los disparos con silenciadores los siegan. Estos tíos sienten poco respeto por la vida.

Dos de los hombres se suben al vehículo y continúan con el recorrido, como si no hubiera ocurrido nada. Los demás se despliegan hacia el cortijo, tomando rutas ya preestablecidas.

Media hora más tarde, todo ha acabado. He sido un mero espectador. No han dejado ninguno con vida. No les hacía falta, las pruebas son palpables, pero solo conducen a Konor. Me gustaría estar seguro de quien está detrás.

Estoy escuchando como el líder ordena, a cuatro de sus hombres, utilizar la furgoneta y otros vehículos que se encuentran en el patio el cortijo, para desplazar a las chicas de nuevo a Madrid, cuando mi móvil vuelve a vibrar. Le echo un ojo. Es Patricia. ¿Qué querrá ahora?

―           Dime, canija – bromeó.

―           Sergio, ¿Dónde estás? – su voz suena rara.

―           Estoy fuera de Madrid, ¿por qué?

―           Algo pasa en el ático.

―           ¿A qué te refieres? – mi piel se eriza.

―           Se escuchan gritos y voces. ¿Es que se están peleando?

Solo están Maby y Elke. Jamás se pelearían entre ellas…

―           Está bien. Ya me ocupo yo, pero si la cosa se pone peor, llama a la poli.

―           Vale, Sergi. Ven pronto… no me gusta esto…

―           Está bien.

Cuando cuelgo, llamo a los móviles de mis chicas, pero no hay respuesta. A la cuarta intentona, salta el mensaje de que el número marcado está desconectado. Joder, joder…

―           ¿Es grave?

―           No lo sé, Ras, pero me da mal rollo. Salimos ya para Madrid.

Acabo de cruzar la frontera cuando recibo un mensaje. Tengo que aparcar en la cuneta porque me tiemblan las manos cuando veo que es una foto.

―           Lo ha hecho. Te lo dije…

Katrina está sentada en nuestro sofá, sonriendo a la cámara. Tiene las piernas cruzadas y lleva un elegante vestido. A sus pies, desnudas, maniatadas y amordazadas, se arrastran Elke y Maby. Tienen marcas de fustazos en sus cuerpos.

―           ¿Qué vas a hacer?

―           No lo sé. El único que puede controlarla es su padre y está en algún sitio del suelo galo. No queda más remedio que encomendarse a los dioses y apretar el pedal – golpeo el volante.

―           Tienes que calmarte. Ahora mismo, eres la única posibilidad de las chicas. Así que tienes que llegar entero a la ciudad.

―           Si, si… me calmo… — inspiro lentamente, controlando la respiración. Un par de minutos así y mi tensión se relaja.

Arranco de nuevo y sigo camino. Llamo a Patricia. Le digo que olvide lo de la policía, que ya he hablado con ellas.

―           ¿Qué pasaba?

―           Una pelea entre modelos – le comento, quitándole importancia.

―           Menudo susto – se ríe.

―           Llegaré en un par de horas. Tranquila.

―           ¿Cuándo vas a venir a verme? Llevas días sin asomar.

―           Trabajo, canija. Pero te prometo que muy pronto.

―           Está bien…

¿Qué ha inducido a Katrina a dar ese paso?, pienso al colgar. Hace días que no estoy en casa. ¿Será por Anenka? ¿Lo habrá descubierto? La última vez no fuimos muy discretos, que digamos.

―           Eso es una represalia. No puede tocar a Anenka y te castiga con tus chicas.

―           Pues ha ido demasiado lejos. Se acabó – murmuro, con los dientes apretados.

―           ¿De verás? – Ras parece alegrarse un montón. — ¿Dejaras que me encargue de ella?

―           Aún no sé qué voy a hacer, pero te garantizo que podrás domarla durante un rato.

―           Aprieta ese pedal, coño… no seas marica…

A pesar de mi preocupación, tengo que reírme, aunque sea histéricamente.

La última foto que Katrina me envía, llega cuando me encuentro a cinco kilómetros del ático. En ella, Maby es violada por uno de los gorilas de Konor. Mi chica sigue con la mordaza de bola puesta. Es la treceava fotografía que recibo, y juro que va a pagar por cada una de ellas. No sé lo que se piensa esa loca. Se creerá intocable por quien se papaíto, o por los matones que tiene a su alrededor… ¡Que equivocada está! Tendría que pensar en otras posibilidades, pero, cuanto más me acerco al piso, más cabreado estoy. Ya no discurro fino, solo quiero pegarle a alguien, a ella si puede ser…

He tardado algo menos de cuatro horas en regresar, arriesgándome a todo, pero he arañado casi una hora al camino. Me he dado cuenta que Katrina debe de saber que estoy fuera, seguramente hasta el lugar exacto, y por eso se ha atrevido a meterse en mi casa. Puede que ni siquiera me espere tan pronto. Mejor. Le voy a meter un puño por ese coñito virgen y va a parecer un polo de Frigo.

No soy tan tonto como para aparecer como el Séptimo de Caballería. No sé quien hay en el ático, por lo que tomo un camino secundario. Primero, a la azotea de la comunidad, situada más baja que la nuestra propia, y en un lateral del edificio. Pero, desde allí, siendo un poco ágil, se puede llegar a la nuestra, y, ahora, yo soy ágil, ¿no?

Bien, no hay nadie. Desciendo las escalerillas del lavadero en silencio. Arriesgo una mirada. Hay un tipo cocinando algo, de espaldas a mí. ¿Dónde están los demás? ¿En el dormitorio? No lo pienso más, es mi oportunidad. Cuando el matón nota mi presencia, estoy a tres pasos de él. Incrusto mi pie en sus costillas, en un aplastante mae geri, que le lanza contra la nevera. Debe de pesar sus buenos noventa kilos, pero lo he desplazado con facilidad, pues no reprimo mi fuerza en lo más mínimo. Ni siquiera hemos hecho mucho ruido, salvo el salvaje encontronazo contra el frigorífico, que le ha hecho rebotar de nuevo hacia mí. Aferró lo primero que tengo al alcance y que resulta ser el mango de la sartén donde el tipo estaba friéndose un par de huevos. Mala suerte para él. El aceite hirviendo jode bastante.

Le parto la sartén en la cabeza, con un seco golpe, derramando todo el aceite sobre él. Yo también pillo repaso, pero me da igual. Ahora si hemos hecho ruido y la puerta del baño se abre. Otro matón eslavo surge con prisas, abrochándose el pantalón. Es el que estaba violando a mi niña. ¡Que gusto me voy a dar!

Echa su mano a la espalda y sus ojos se abren con sorpresa. Os apuesto lo que queráis a que se ha quitado la pistola para cagar y la ha olvidado allí. Lo siento, baby. Recurre a los puños. Es grande y fuerte, pero yo tengo mucha mala leche. Freno sus dos primeros golpes y le piso los dedos del pie derecho, mejor dicho, se los aplasto. No le doy tiempo ni a gritar. Con su pie aún bajo el mío, empujo con fuerza su pecho, desequilibrándole totalmente. Escucho crujir el empeine. Uuy, luxación de tobillo, lo siento.

La patada que recibe en la boca, ya en el suelo, le deja más quieto que un gato ante una jaula de canarios.

―           ¿Qué coño estáis haciendo, imbéciles? – resuena la voz de Katrina desde el dormitorio. – Estaba durmiendo…

―           Oh, puedes seguir haciéndolo, Ama. Estos ya no harán ruido en un rato – trato de ser irónico al entrar en el dormitorio, pero mi cara parece haberse congelado en una mueca.

―           Sergei… ¿Cómo…? – se asombra ella.

Katrina está tumbada en la gran cama, entre mis dos chicas, las cuales, desnudas, tienen las manos y pies atados a los cabeceros, en X. Maby está de bruces y Elke boca arriba. Katrina, vestida con una negligée que creo que es de mi hermana, trata de ponerse en pie. Jamás ha visto una mirada como la que yo tengo en este momento. Nunca me ha visto enfadado, de hecho, nunca ha visto a nadie enfadado como yo.

―           ¡No se te ocurra tocarme, perro! – exclama, quedándose a gatas en la cama. — ¡Te ordené que no te acostaras con nadie!

Me río de lo histérica que suena. La aferro de su largo cabello y la saco de la cama, de un fuerte tirón. Chilla y patalea, pero la sostengo ante mí, a pulso, como si no pesara nada. Un par de suaves guantazos la aquietan. Me mira, los ojos chispeando de furia.

―           ¿De quien ha sido esta sutil idea?

―           ¡¡MIA!! – me grita. Al menos es valiente.

Siento como una insana alegría recorre todo mi cuerpo, saturando mi cerebro con imágenes de dolor y sangre. Rasputín se retuerce de placer en mi interior, queriendo comenzar. “Aún no, aún no, Ras”.

Mis chicas me miran, cohibidas por mi expresión. Ni siquiera chistan, esperando a ver lo que sucede. La siento en el suelo, de forma brusca.

―           ¡Te han estado siguiendo, espiando! ¡Os grabaron… a Anenka y a ti! ¡Le has jurado lealtad! ¡Me has abandonado! – me grita, mirándome, la barbilla levantada.

―           ¿Y te extraña, zorra? Eres una puta miserable y cobarde… no te mereces tener a nadie sirviéndote… ¿Por qué no te has enfrentado a tu madrastra? No puedes con ella, ¿verdad? Es una hembra demasiado dura e inteligente para ti, curtida como agente del KGB… — casi escupo las palabras.

―           ¿KGB? – se le abren los ojos.

―           Jajaja… ¿No lo sabías? Ah, olvidaba que a ti, no te cuentan nada… solo eres una niña malcriada, un pedazo de carne mimado, que solo sirve siquiera para la adoren.

―           Pero… pero… si ella me dijo…

―           ¿Si? ¿Qué te dijo Anenka? ¿Te animó a castigarme? ¿Te prestó sus hombres para que te sintieras poderosa? ¿Te hizo partícipe de un poco de su poder? Pobre criatura… ha estado jugando contigo desde el principio.

Katrina aprieta los labios, tragándose las recriminaciones. Le estoy restregando lo que aún no puede asimilar. Si tuviera láser en los ojos, nos habría achicharrado a todos.

―           No te apures – le digo, apartándome de ella y desatando a mis chicas, que se abrazan a mí, entre lágrimas y gemidos. – También me engañó a mí, al principio.

Me siento en la cama, consolándolas, sin quitar la vista de Katrina, quien contempla, despectiva, nuestras muestras de cariño.

―           ¿Estáis bien, vidas mías? ¿Os ha hecho daño esta puta rubia?

―           He pasado mucho miedo… Sergi… nos han… han… — Maby no puede acabar la frase.

Elke ni siquiera me habla, solo llora, el rostro escondido en mi pecho. Lo ha tenido que pasar muy mal, conociendo su fobia a los hombres.

―           Nenas… nenas… necesito que recuperéis los ánimos. Vamos, chicas. Esos tíos están tumbados afuera y no van a estar inconscientes mucho tiempo. Tengo que atarlos… ¿Podéis vigilar a esa puta?

Maby cabecea, secándose las lágrimas, y aferra la cabeza de Elke, acariciándole la cara.

―           Cuidado con ella, está loca y desesperada.

―           Si, Sergi, ya no me va a sorprender – frunce el ceño la morenita.

―           Así me gusta. Elke, vístete y tráele algo de ropa a Maby. ¿Puedes?

―           Si, si… ahora mismo – y sale disparada hacia el vestidor.

Utilizo unas cuantas bridas, que me sobraron del bricolaje del vestidor, para atar pies y manos de los dos hombres, aún inconscientes. Escucho los reniegos de Elke y me asomo al vestidor. Toda la ropa está tirada por el suelo. Hay zapatos, bragas, calcetines, vestidos y camisetas, pantalones y blusas, por todas partes. Algunas tablas están arrancadas y rotas.

―           ¿Qué ha pasado aquí?

―           Tu amiga entro en fase de destrucción aquí dentro – me dice Elke, rebuscando entre el caos. – Solo gritaba que no teníamos derecho a esto y golpeaba todo. Sergi, ¿Quién es esa loca?

Me río al ver su mirada inocente.

―           La hija de mi jefe.

―           Dios… ¿Ella fue la que azotó?

―           Si. Me ofrecí como su esclavo… hasta hoy…

Volvemos al dormitorio. Me acuclillo ante Katrina.

―           Ah, Katrina, Katrina… ¿Qué voy a hacer contigo?

―           ¿Soltarme? Imbécil, ya te has divertido bastante. Le diré a papá que te de un cheque y te irás de casa – está recuperando su arrogancia.

―           Si, si… eso después… quiero ver si he comprendido bien tus pasos. ¿De qué conoces a Konor?

―           ¿Qué Connor? ¿Un americano?

―           No lo conoce.

―           Los tipos que enviaste a darme una paliza… ¿Quién te los prestó?

Katrina gira la cara, negándose a hablarme. “Ras, pégale”. Comparto su alegría en el momento en que conecta con mi cerebro para adueñarse de mi brazo. La bofetada es de aúpa. La saliva de su boca salta por el aire. Ni siquiera atina a quejarse, aturdida. Mis chicas miran la escena atentamente, mientras se visten.

―           Anenka, fue Anenka… — contesta, escupiendo algo de sangre.

Esto cuadra con lo que me contó la esposa traidora. Así que por una regla de tres, si utiliza a hombres de Konor, éste o es socio de ella, o trabaja para ella.

―           Te lo dije…

―           ¡A la mierda con tanto “te lo dije”, Ras! – estallo.

Me jode que tenga siempre la razón, y me jode aún más haber hecho el gilipollas con Anenka.

―           Posee un entrenamiento que ni tú, ni yo, superamos.

―           Vale, sigamos.

―           ¿Le pego otra vez?

―           Espera a que por lo menos le formule la pregunta, ¿no? – Katrina me mira como si estuviera loco, hablando solo. — ¿Has dicho que me has estado siguiendo y espiando?

―           ¡Vete a la mierda!

La nueva bofetada me toma por sorpresa, aún siendo mía la mano. Los ojos de Katrina ya no desprenden tanta ira. El miedo está ganando. Esa princesa nunca ha recibido daño, solo lo ha causado. Se derrumbará muy pronto.

―           Eso significa que ya sabias que tenía otros asuntos con mujeres, antes de mi declaración a Anenka, que fue ayer mismo.

Katrina aparta la mirada. De nuevo, Rasputín es más rápido que yo. Esta vez es un golpe seco sobre un seno, que la retuerce en el suelo. Espera unos segundos y la pone de nuevo sentada, recurriendo a un buen tirón de pelo.

―           ¡Me lo dijo Anenka! – exclama, tras jadear un tanto.

―           Coño con la zorrona de Anenka. ¿Es que todo lo que dijo era mentira?

―           Todo, todo, no, pero casi… Katrina, ¿Anenka te contaba cada vez que yo estaba con ella?

―           ¡Si! ¡Venía a regodearse! Me ponía enferma escuchándola, pero sabía como despertar mi interés… puta rusa… se burlaba de mí, de que no sabía controlar a mi esclavo – Katrina escupe su ira y su frustración. – Me decía cómo debería castigarte… que te cediera a ella para castigarte… pero no podía… no podía dejar que ella te hiciera daño…

Vaya, eso no me lo espero. Prácticamente, es una declaración de amor en una niña tan malcriada como Katrina. Sin embargo, ahora comprendo el típico doble juego de espías. Anenka es una maestra en todo eso. Usaba a Katrina para alterarme, para enfurecerme, mientras ella procurarme atraerme. Todo un acicate. Pero lo que me pregunto es ¿por qué me quiere a su lado? ¿Qué tengo yo de especial? ¿Le gustaré de verdad?

―           Bien, Katrina. Aquí se acaba nuestra relación ama/esclavo. Lo comprendes, ¿verdad?

Katrina asiente, el pelo sobre la cara y sorbiendo sus lágrimas.

―           Pero debo castigarte por todo esto. Ya verás que bien te lo vas a pasar, a partir de ahora. ¡Quitadle ese trapito y ponedle unas bragas a esta puta! No quiero que se me resfríe – le digo a mis chicas. – Vamos a tener una linda esclavita en casa…

Katrina casi se pone en pie de un salto, mirándome enloquecida. Un nuevo guantazo la envía directamente sobre la cama. Miro a mis chicas y veo en sus ojos que no les hace mucha gracia la noticia, al menos hasta que les explico cómo va a ir la cosa.

―           La quiero en bragas todo el día. Tiene que arreglar todo lo que ha destrozado, además de la limpieza del apartamento. No la pongáis a hacer de comer que os envenena. No sabe ni untar una tostada con mantequilla.

Maby se ríe.

―           Pero se puede escapar – aventura Elke, aún novata en estos menesteres.

―           No se escapará. Pienso hacer que su padre me la entregue.

―           ¿QUÉ? – casi grita la búlgara, tumbada y sangrando por la nariz.

―           Vosotras os encargaréis de su educación – les dije a mis chicas.

―           ¿De toda su educación? – puntualizó Maby.

―           De toda. Pam se incorporará también cuando llegue.

―           Guay – dice Maby, dándole un codazo a su compañera, que enrojece por cuanto ello implica.

―           ¡SERGEI! – grita Katrina, histérica. — ¡No puedes hacer esto! ¡Eres mío! ¡Mi esclavo!

―           Perdiste ese derecho con tus locuras. ¡Venga, que empiece por el vestidor! – Me acerco a la cama y pongo a Katrina en pie.

―           ¿Y ya está? ¿Qué hay de mí?

―           Después, Ras – le digo, contemplando como Maby le quita el veleidoso camisón, dejándola desnuda.

Busco mi móvil y llamo a Basil. Me informa que todos los hombres de Konor han caído, pero no hay señal de él por ningún lado. ¡Mierda! Eso no es bueno. Casi seguro que Konor es el único que puede atestiguar que Anenka está metida en el ajo. No creo que esa perra inteligente cometa errores de ese calibre. Si no encontramos a Konor, no tendré pruebas para incriminarla. Le pregunto si sabe cuando regresa el jefe y me alegra saber que a media mañana llegará.

―           Tengo a dos de los hombres de Konor en mi apartamento, junto con Katrina. ¿Podrías mandarme a alguien que se los llevara? No, Katrina se quedará conmigo hasta mañana, al menos. Bien. Les espero, la dirección es…

Bueno, ha sido un día interesante, me digo. Me dirijo al vestidor. Pienso darme una ducha y cambiarme de ropa, si es que encuentro algo que ponerme. Katrina está recogiendo pares de zapatos y colocándolos en su sitio. Maby está a su lado, indicándole a quienes pertenecen y dónde se sitúan. La rubia perfecta tiene las nalgas enrojecidas. Sin duda se ha negado a recoger y Maby tiene la mano larga, lo reconozco.

―           ¿Qué vamos a hacer con ella?

―           Tengo ciertos caprichos.

―           Cuenta… cuenta.

―           Sabemos que es virgen, ¿no? Y que espera a su príncipe…

―           Jajaja… en vez de un príncipe, ¿qué tal un campesino?

―           Piensa tú en algo que te guste, pero no la quiero muerta… tengo que hacer un pacto con su padre…

Elke gira el cuello y me mira, con la ceja levantada.

―           ¿Si? – le pregunto.

―           ¿Hablas con él?

―           ¿Con Rasputín?

―           Si.

―           Así es.

―           Antes no lo hacías.

―           No, se había fusionado conmigo, pero hemos vuelto a la fase de piloto y copiloto – me rió.

―           Es… escalofriante… es como si estuvieras poseído.

―           No, para mí es como… — sigo tras pensarlo. – ¿Sabes esa imagen de un demonio pequeñito sobre un hombro y un angelito en el otro?

―           Si.

―           Pues imagina que el demonio, harto de tanta discusión, ha violado y devorado al angelito, y, ahora, solo le llevo a él, gordo y lujurioso, sentado sobre mi hombro. Así es como me siento – le digo con una gran sonrisa.

Aún no ha amanecido y ya estoy despierto. Tengo muchas cosas en que pensar. Maby y Elke están aferradas a mí, tan desnudas como yo bajo las mantas. Antes de dormirnos, curé sus golpes y las mimé adecuadamente. Katrina está durmiendo en el suelo, a un lado de la gran cama, sobre una alfombra y con una manta. Le he atado un tobillo a uno de los pies de la cama. Ese va a ser su lugar, de ahora en adelante.

Suena mi móvil, sobre la mesita. Me inclino para cogerlo y Maby se despierta.

―           Mmmm… Sergio, ¿qué…?

―           Ssshhh… duérmete, cariño… ¿Si?

Es Basil. Me comenta que ha hablado con el jefe y quiere que vaya a recogerlo al aeropuerto. Me dice el vuelo y la hora de llegada. Me parece genial. Así seré el primero en hablar con él, sin que nadie le cuente milongas, a no ser que Anenka ya le haya llamado.

―           ¿Y si no acepta tu trato?

―           ¿Te refieres a Katrina?

―           Si.

―           Ya veremos.

Me levanto, incapaz de dormir más. Me calzó las deportivas y mi viejo chándal, y salgo a la terraza. Comienzo a hacer rutinas de ejercicios: abdominales, dorsales, flexiones y estiramientos. Realizo varias katas, aumentando progresivamente la velocidad de los movimientos.

¡Je! Es como en las pelis de Van Damne, entrenando mientras sale el sol… ¡pero yo soy más guapo!

Una hora más tarde, me ducho y hago el desayuno. Despierto a las chicas con un par de palmadas y le doy un golpe de talón a la nueva perrita, que ya estaba despierta y mirándome con ojos asesinos.

―           Venga, dormilonas, a desayunar, que me tengo que ir al aeropuerto a por el jefe. Traed a Katrina para que coma algo.

Las chicas se envuelven en sus batas y desatan el tobillo de Katrina, que está solo con sus braguitas. No le permiten ponerse nada más, y sus pezones se erizan con el frío.

―           ¿Vas a ver a mi padre? – me pregunta Katrina, nada más entrar al salón cocina.

―           ¡A callar, esclava! – la sermonea Maby. – Responde cuando te lo pida el amo.

Desmenuzo un par de tostadas en un bol y añado café y leche. Lo coloco en el suelo y la miro fijamente.

―           Ese es tu desayuno, Katrina.

―           ¿En el suelo? – gime. – No, gracias. No desayunaré.

―           Está bien. No tomaras otra cosa hasta el almuerzo, y se te volverá a servir en el suelo, de nuevo. Tendrás un bol con agua siempre a tu disposición, pero tendrás que tomarla como todos los alimentos, de rodillas y con las manos a la espalda.

―           ¡Jamás! – exclama, llena aún de orgullo.

―           Entonces te debilitaras y caerás enferma, y no me resultaras placentera, así que te entregaré a los mendigos del parque, para que se caliente por las noches.

―           ¡No te atreverás, perro!

Esta vez, la bofetada se la arrima Maby, dejándole los dedos bien señalados.

―           ¡Aquí la única perra que hay eres tú, cacho puta! – la zarandea de los pelos, con fuerza. – Sergi nos ha contado a lo que le has sometido y te aseguro que nos ha dado unas ganas locas de educarte, guarra.

―           Si, espera a que venga Pam y se lo contemos – sonríe Elke.

―           ¡Y ahora, come! – Katrina es obligada a arrodillarse ante el bol de plástico. La mano de Maby le impulsa la cabeza hacia abajo, metiéndole la nariz en el café con leche.

Pero Katrina se niega. Alzo los hombros, aún es pronto para domar su orgullo, pero no tengo prisa. Me siento a desayunar, las chicas me imitan. Katrina queda a cuatro patas en el suelo, las manos a los lados del bol. Su cuerpo se estremece, aterrido.

―           Voy a recoger a tu padre al aeropuerto. Le contaré ciertos manejos tuyos. Tu destino se trazará hoy, de la forma que sea.

No me contesta. Se limita a sentarse sobre sus talones y mirarnos.

―           Mantened la calefacción en veintidós grados. No quiero que se muera de frío. Una muda de bragas al día. Si tiene que ir al baño, que mantenga la puerta abierta. Ponedla a hacer faenas, aunque tendréis que enseñarla a realizarlas. No sabe hacer ni una “O” con un canuto.

Las chicas se ríen.

―           Ah, y, sobre todo, mano dura – recomiendo.

El 747 de Air France se detiene frente a los cristales de la alta galería dela T4. Espero ante la puerta de desembarque. Detrás de mí, otro chofer espera para hacerse cargo del equipaje y de los otros miembros de la comitiva del jefe. Tras unos minutos, Víctor Vantia aparece por la puerta, elegante y altivo. Tiene el semblante serio. Detrás de él, un par de guardaespaldas y un consejero. Me saluda con un apretón de manos.

―           Sador, tú con nosotros. Los demás, recoged el equipaje y seguidnos con Iván – les indica. – Parece que has destapado una pequeña olla de grillos, Sergio…

―           Si, así parece.

Caminamos hacia los aparcamientos.

―           Basil me ha puesto al corriente. La culpabilidad de Konor ha quedado demostrada – me dice.

―           Si, señor, pero… ha huido.

―           Ya aparecerá.

―           Señor, no sé como decirle esto – me giro hacia el guardaespaldas que nos sigue. El jefe capta mi intención.

―           Sador, déjanos más espacio, por favor – le ordena, y el matón deja varios metros de distancia entre nosotros y él.

―           Konor está asociado a alguien de la mansión. En un principio, creí que era Katrina, pues recibí una paliza a indicación suya y…

―           ¿Tus famosas escaleras del sótano? – enarca una ceja.

―           Si.

―           ¿Solo por aquellas palabras en la biblioteca?

―           Así es.

―           Dios, ¿Qué voy a hacer con ella? – se lamenta, poniendo su mano en mi brazo.

―           Ya llegaremos a eso – le digo, saliendo de la terminal. – Allí está el Toyota… El caso es que ella no es la culpable.

Le miro a los ojos y él me entiende enseguida.

―           Mi esposa, ¿verdad?

―           No tengo pruebas, señor Vantia, pero todas las evidencias apuntan a que es así. Katrina le pidió unos hombres para que me dieran aquella paliza, y eran hombres de Konor. Siempre han sido hombres de Konor… y, finalmente, me ha ofrecido un puesto a su lado, pero es su palabra contra la mía.

Nos detenemos junto al 4×4. El guardaespaldas sube atrás por indicación de su patrón.

―           No dispones de pruebas, pero se agradece la advertencia. Hace tiempo que vengo sospechando de algo así. Anenka adquiere poder en la sombra. ¿Sabías que fue agente del KGB? – me pregunta.

―           No, señor, ¿una espía? – me hago el tonto. No puedo decir que me lo confesó a la primera de cambio.

―           Si, aunque no llegó a trabajar en operaciones de campo. El KGB se disolvió con la caída de Rusia. Habrá que vigilarla de cerca.

―           Si, señor Vantia.

―           Lo has hecho muy bien, Sergio. Me siento muy agradecido. Has descubierto un agujero en el negocio y puesto en jaque a una facción disidente.

―           Gracias, señor, era mi obligación.

―           Me diste muy buena impresión cuando Maby te presentó. Me dijiste que eras un chico resolutivo y es cierto.

―           Señor Vantia, eso no es todo…

Me mira, intrigado y aturdido. Demasiadas cosas han pasado en su ausencia. Le cuento cuanto ha sucedido con su hija, desde el día en que la conocí. Veo como su rostro se transmuta, pasando por diferentes fases: enfado, ira, decepción, y hasta vergüenza. Le dejo empaparse de todo, respetando su silencio, hasta que llegamos a la mansión.

―           ¿Dónde está ahora? – me pregunta, poniendo una mano sobre mi hombro.

Estamos en el aparcamiento. El guardaespaldas se marcha, dejándonos solos. Basil nos espera, en las escaleras de entrada.

―           En mi casa, controlada por Maby y una amiga.

―           No sé qué decirte, Sergio. No he sabido educarla, solo la he mimado, entregándole cuanto me pedía. Últimamente, me estaba preocupando por su manera de tratar al servicio. No debí acceder a que trajera esas chicas de Barcelona…

―           Son sus esclavas, señor.

―           ¿Dices que está limpiando los desperfectos que organizó en tu casa? – aún se asombra.

―           Si. Señor Vantia, me gustaría educar a su hija, durante una temporada. Enseñarle respeto y obediencia, mostrarle el valor de las cosas, ya sabe.

―           Me parece que ya es muy tarde para ella. Su orgullo es desmedido – suspira mi jefe, al llegar ante las escaleras.

―           No se preocupe. Creo que puedo hacerlo. Descubrí muchos de sus puntos débiles bajo sus órdenes.

Se queda un momento mirando la fachada de la mansión, meditando mi propuesta. De repente, se gira hacia mí y me sonríe. Casi queda a mi altura, puesto que está subido a un escalón. Me abraza y me palmea la espalda.

―           Sergio, nunca conseguí que mi hija inclinara la cabeza y reconociera uno solo de sus errores. Haz lo que tengas que hacer, te lo debe – me dice, mirándome a los ojos.

―           Entonces… ¿ahora podré tenerla para mí?

El comentario de Ras enciende mi sangre. Katrina es, oficialmente, nuestra esclava…

                                                                CONTINUARÁ…