Despedidas y bienvenidas.

 Sin títuloNota de la autora: Gracias a toodos, por vuestros ánimos y comentarios. De verdad, sin ustedes, los lectores, todo este trabajo no tendría ninguna razón de ser.

Envían sus comentarios más extensos o sus opiniones a: janis.estigma@hotmail.es

Ser esclavo de Katrina no es ningún paseo, no, señor. Es demasiado caprichosa y ansiosa, como para tener paciencia. Quiere las cosas al momento, a la voz de ¡ya! La noto encantada con lo que está pasando. Ha conseguido dos esclavas de cámara, como ella las denomina, y un esclavo que no esperaba, yo mismo.

Creo que todavía se está haciendo a la idea, de cómo utilizarme, y, sobre todo, cuándo. Seguro que ya está lamentando haberme aceptado tan rápidamente. Aunque ella sea mi Ama, su padre es mi patrón, y tendrá más trabajos para mí que me aparten de su lado, que primen sobre su voluntad.

Seguro que le está dando vueltas a todo esto, sentada en su asiento de primera, en el vuelo de regreso. Sasha, Niska y yo viajamos en turista, por supuesto. Me siento en medio de las dos, que visten con ropas deportivas compradas en el mismo aeropuerto. Están nerviosas, lo noto. No saben aún donde se dirigen, ni qué les espera.

―           Tranquilas, solo tenéis que obedecer al Ama, y vuestra vida será fácil – las tranquilizo, hablándoles en esa lengua eslava que ni siquiera reconozco con exactitud.

Me miran, asombradas de que pueda entenderlas.

―           Me llamo Sergio, o Sergei – me presento y ellas, impulsivamente, me aprietan las manos, buscando mi apoyo.

―           ¿Te has hecho esclava de ella? – pregunta Niska, intentando comprender lo que sucedió la tarde anterior.

―           Si.

―           ¿Voluntariamente?

―           Así es.

―           ¿Por qué? – pregunta Sasha. – Eras su guardaespaldas, eras libre…

―           Es difícil de explicar. Solo puedo deciros que, en este momento, necesito alguien que me controle. Ella parece disponer de la autoridad que busco.

―           Yo no comprendo cómo puedes entregarte – musita Niska.

―           Quizás desee experimentar el placer de la sumisión.

―           No hay placer en someterte a los caprichos de una cerda – dice Niska, muy bajito.

―           No hables así de tu ama, pequeña. Un día se te puede escapar y ella oírte. Te mataría a palos, ¿lo sabes, no?

Asiente, tragando saliva.

―           Os pido que guardéis mi secreto. Katrina no debe enterarse de que hablo vuestra lengua. Será nuestro secreto, ¿Si?

―           Nunca hemos hablado contigo – sonríe Sasha.

―           Os ha tocado vivir esto. Es malo, lo sé, pero dentro de lo malvado, no es lo peor. Katrina es una niña caprichosa, y, con tenerla contenta, bastará. Yo os ayudaré en lo que pueda, pero tenéis que someteros a ella, incondicionalmente. Estáis juntas, así que apoyaros en eso. Buscad fuerzas, la una en la otra – les acabo diciendo, y ellas bajan la cabeza.

Las cojo de las manos y las uno a la mía, sobre mi regazo, quedándonos los tres en silencio. Más tranquilas, me miran y me sonríen. Por mi parte, he descubierto cómo mantenerme calmo, cómo soportar las mezquindades que Katrina elabora para mí. Es simple, es como pasar el testigo; debo dejar salir ese despecho que acumulo tras sus humillantes atenciones; debo también hacer daño, buscar un objetivo sobre el que descargar mi rencor.

Antes de salir de Barcelona, encontré un objetivo perfecto. Cuando hoy levanten al señor Alexis de la cama, descubrirán todos los radios de sus ruedas destrozadas. Ya sé que es una niñería, pero me sentí bien al hacerlo.

Y así, llegamos a Madrid.

Katrina no dice mucho, sentada en el asiento del copiloto del Toyota. Mira distraídamente el paisaje. Las chicas esclavas viajan en el asiento trasero. Casi puedo imaginar las directrices que Katrina se está marcando, en su mente, con respecto a mí.

―           ¿Ama, ha pensado cómo lo vamos a hacer? – la sorprendo.

―           ¿A qué te refieres?

―           ¿Tendré que acatar los mandatos de su padre, o negarme en redondo, para servirla a usted?

―           Ah, eso… — suspira. Se nota que es un tema que no es de su gusto. – Lo he estado pensando. Aún no dispongo de la autonomía necesaria para oponerme a mi padre. Estás a su servicio, naturalmente.

―           Si, Ama Katrina.

―           Pero… procurarás venir a la mansión en cuanto acabes con tus obligaciones hacia mi padre, y te presentarás ante mí.

―           Si, mi Ama.

―           Así mismo, tu teléfono siempre estará dispuesto para mí, en cualquier momento.

―           Si, mi Ama. ¿Tendré que dormir cerca de usted?

―           No. De momento… regresarás a tu casa. ¿Vives con tu novia?

―           Si, Ama, y con mi hermana.

―           Bien, deberás seguir así, pero no quiero que te acuestes con…

―           Maby.

―           Si, con esa putilla – gruñe ella. ¿Sabe acaso que Maby y su padre…?

―           Así lo haré, mi Ama.

―           Buen perrito – alarga una mano y me pellizca una mejilla mientras conduzco.

Víctor nos está esperando cuando aparcamos ante la mansión. Besa a su hija y examina a las dos chicas, con parsimonia. Cuando da su beneplácito, Katrina ordena a dos de las criadas que las suban y bañen a fondo, para la visita médica posterior. Después, me deja a solas con mi jefe.

―           ¿Cómo ha ido todo por Barcelona?

―           Si ningún problema, señor Vantia.

―           Bien. ¿Cómo se ha portado Katrina?

―           ¿Cómo debería haberse comportado? – pregunto, mirándole.

―           Eres listo, Sergio – se ríe. – Ahora, vete a casa y descansa. Mañana hablaremos.

―           Gracias, señor Vantia. Debo ver a Katrina antes de irme. Recados de urgencia – me encojo de hombros, entrando en casa.

Tras subir las escaleras, le pregunto a una de las criadas, la cual empuja un carro con ropa de cama para lavar, dónde están los aposentos de la señorita Katrina. No es cosa de ir abriendo puertas, ni llamándola a voces, ¿no?

Llamo con los nudillos a la puerta indicada y su dulce voz me da permiso para entrar. Se sobresalta cuando comprueba que soy yo. Quizás creía que era una de las criadas. Está en ropa interior, sentada ante el gran espejo de un comodín moderno, parecido al que se suele ver en los camerinos de un teatro. Pero Katrina no trata de taparse, se pone en pie y se gira hacia mí.

Está increíble, con esa sensual lencería blanca.

―           Dime, perrito…

―           Regreso a mi casa, Ama. ¿Desea algo de mí? – “Aparte de que te dé por el culo, zorra”.

―           No, está bien – dice, agitando su mano con desgana. – Recuerda, nada de acostarte con tu novia. Pon cualquier excusa.

―           Si, mi Ama. Vendré mañana temprano.

―           No me despiertes si es temprano – y me da de nuevo la espalda.

Tiene los aires de una reina, la muy cabrona. Si hubiese nacido un par de siglos antes, habría sido una mujer imposible de contentar. Mi pene se estremece en su prisión de tela. “Tranquilito. Aún hay que aguantar”, me digo.

Paso delante del boudoir de Anenka. Me tienta la idea de llamar, pero inspiro fuerte y sigo hasta bajar a la planta baja y montarme en mi coche. Desde una de las grandes cristaleras, percibo a Víctor mirándome. ¿Me vigila? Me marcho a casa.

―           ¿Dónde has estado? – me pregunta Patricia, esa misma tarde, mientras la ayudo con sus deberes.

―           En Barcelona. Un viaje de trabajo.

―           ¿Te gustó?

―           He visto poco, solo el puerto. Patricia, presta atención a esa cuenta. Te has equivocado – la recrimino dulcemente.

―           No tengo la cabeza para mates, ahora mismo – dice, apoyando su frente contra mi hombro.

―           ¿Por qué?

―           Porque estás a mi lado y tiemblo de ganas…

―           Ahora no – le digo, pensando en lo que Katrina me ha prohibido.

No pienso hacerle el menor caso, sea con Maby, mi hermana o la madre y la hija. Me follaré a la que me apetezca, cuando quiera… pero, la verdad, no me apetece jugar con Patricia, con su madre viendo la tele un poco más allá.

―           Tienes que acabar tus deberes.

―           ¿Recuerdas que te lo debo?

―           Si. Dijiste que pensarías algo para mí – le respondo.

―           Ya lo he hecho. Creo que te gustará…

―           ¡Que susto me das, madre mía! – me río.

Pone cara de traviesa y saca su viperina lengua.

―           Mi madre tiene visita al dentista, a las seis. Estará fuera al menos hora y media – susurra, con total complicidad.

Toma mi mano y la posa sobre su rodilla desnuda. Su falda escolar está más subida de la cuenta. Coloca una de sus manos en mi nuca, inclinándome hasta su boca, y me mordisquea el labio inferior

―           Te quiero mucho, Sergi…

―           Yo también, canija. Ahora, sigue con tus deberes. Los quiero acabados para las seis, o sino, no habrá recompensa.

―           ¡Malo! – frunce la nariz, al levantarme del puff.

Dena está sentada en el sofá, con los pies recogidos bajo sus nalgas. Me abraza cuando me siento a su lado. En la tele dan uno de esos programas de invitados con problemas, el no se qué de Patricia… Un chico está contando que le perdona todo a su novia, sus infidelidades, el haberse quedado embarazada de otro chico, y que le haya quitado sus ahorros. Solo quiere que ella vuelva a su vida. Llora a moco tendido.

―           Ese tío es un candidato inmediato a que le quiten todos los órganos – comento.

Dena se ríe, acariciándome el hombro.

―           Esa niñata es una perla fina, pero el tío es un calzonazos. Seguro que le meterá el amante en la misma cama, con él y todo, Amo – contesta ella.

―           Me ha dicho Patricia que tienes dentista esta tarde.

―           Si, tiene que repasarme los empastes. Un fastidio. ¡Odio los dentistas!

―           ¿Quieres que me ocupe de la cena si vas a tardar? – me ofrezco.

―           No lo creo, a lo sumo un par de horas. ¿Vas a hacer algo especial para las chicas, Amo?

―           Pensaba en un puré de patatas al queso, acompañado de unas verduras a la plancha.

―           Mmmm… me apunto – se relame.

―           Vale, te bajaré un plato. ¿A Patricia le gusta eso?

―           Nada de nada. Ya le haré yo algo, Amo mío.

Aún no hemos hablado de lo que pasó el otro día, de los azotes que Patricia le dio, o de sus caricias. Ni madre, ni hija, parecen darle importancia. No, no es eso. Más bien, es como si no hubiera ocurrido. Quizás necesitan más tiempo. No haré preguntas, de momento.

Media hora más tarde, Dena se marcha y Patricia sale de su habitación. Yo la miro, desde el sofá. Ella me sonríe y antes de de meterse en el dormitorio de su madre, me dice:

―           Ahora te llamaré. Es una sorpresa.

Cabeceo, con una sonrisa en los labios. A saber lo que ha pensado esa pequeña viciosa. Apenas quince minutos después, su voz me reclama. Apago la tele y me dirijo al dormitorio. Las cortinas están echadas, oscureciendo la habitación. La lamparita de una de las mesitas está encendida, iluminando el gran plástico que Patricia ha colocado sobre la cama. Ella está tumbada en el centro, menuda, esbelta y, totalmente desnuda. Todo su cuerpo brilla con la capa de aceite corporal que se ha dado. Está preciosa, con el rostro inclinado a un lado y los ojos entornados. Tiene una carita de viciosa tal que mi pene responde inmediatamente. Su cuerpo, de pequeños senos inmaduros y estrechas caderas inocentes, me atrae con fuerza. Me sonríe de esa forma en que podría hacerme creer que es un pequeño súcubo brotado de los infiernos.

―           Ven aquí, Sergi… quiero frotarme y frotarme… contra ti – casi gime.

A ver, moralistas, catedráticos de la ética, y seguidores del sendero de la pureza… ¿Qué hubierais hecho todos vosotros? ¿Leerle el código moral de las jóvenes señoritas? ¡Pues no! Os habríais desnudado rápidamente, lo mismo que yo hice, y saltado sobre la cama, en plan tigre.

La beso, lamo toda su piel, que sabe a melocotón por el aceite comestible. Se escurre entre mis brazos cuando intento abrazarla. Es como una sensual anguila. Ella ríe y ríe, da pequeños gritos cuando la oprimo fuertemente. El aceite impregna el gran plástico, formando una pequeña bolsa en el centro, donde se recogen los regueros, y donde, sin querer, nos volvemos a impregnar de ellos, en un ciclo tan ardiente como nuestro deseo.

Patricia me aquieta, dejándome boca arriba; ella tumbada sobre mi pecho.

―           Déjame hacer a mí… por favor – me pide.

Mi polla está tan tiesa que me duele. Su esbelto cuerpo se desliza lentamente sobre mi pecho, mi vientre, y, finalmente, mi pene, una y otra vez. Sube, baja, y se frota en todas las direcciones posibles. Abre sus piernas y le acoge entre el calor de sus muslos. Patalea suavemente sobre él, con esos piececitos encantadores, cuando remonta su boca hasta mis labios. Se desliza como en un tobogán, su espalda contra mi pecho, exponiendo sus efímeras nalgas al suave encontronazo de mi glande, el cual esfuerzo en restregarlo contra toda su entrepierna. La aferro de los tobillos, abriéndola completamente, punteando su vagina con mi polla.

Patricia se queja de lo cabrón que soy. La torturo con eso, ya que no quiero metérsela. Todos estos juegos llevan a la culminación deseada. Me corro largamente sobre su pecho y vientre, exprimido por su cuerpo deslizante.

―           ¿Te ha gusta, vida? – me pregunta, mordiéndome un pezón.

―           Muchísimo, canija. ¿De dónde has sacado la idea?

―           De un relato de Internet. Lo leí y me gustó. Compré el plástico y el aceite, ayer.

―           ¿Y tú? ¿Has gozado?

―           Si, con tanto frote… dos veces…

―           Dos no… tres – digo, atrayéndola.

La siento sobre mi cara, deslizando mi lengua por su chochete tan humedecido como el plástico sobre el que estamos.

―           ¡Sergiiiiiii! – pronto está gritando.

Esa tarde, cuando las chicas regresan de uno de sus posados, me abrazan en grupo y me besan, en una maravillosa bienvenida. Cuando llegué del aeropuerto, ya se habían ido a trabajar, aunque sabían que ya había llegado, puesto que llamé a Maby, al aterrizar. Lo que me extraña es que Elke participe también en el abrazo. Me besa con la misma pasión que mi hermana, aunque, evidentemente, con algo más de timidez.

Pam comenta lo bien que lo pasaron cenando fuera y propone hacer algo de eso ese fin de semana. Creo que podría ser el momento ideal para incluir del todo a la noruega en nuestro pequeño club, ¿no?

Esa noche, mientras sodomizo a la delgadita Maby, casi en silencio, la mano de mi hermana se posa sobre mis nalgas, acariciándolas y haciendo ademán de empujar ella misma. Oigo su suspiro. Me echa de menos y yo a ella.

El pitido del recibo de un mensaje me despierta. Maby alarga la mano y toma el móvil, entregándomelo. Es un mensaje de Víctor. Son apenas las siete y cuarto de la mañana. ¿Qué querrá?

“No estaré en casa hoy. Anenka te dará instrucciones, no la despiertes temprano. V.V.”.

Me doy la vuelta y abrazo la cintura de mi hermana, sobre la propia mano de Elke, quien abre un ojo y me mira. Cuando comprueba que retomo el sueño, abrazado, me sonríe y cierra los ojos.

Una hora más tarde, estoy en el gimnasio, entrenando muy duro, intentando cansarme y desahogar la tensión que me llena. Tras otra hora de levantar pesos, de machacar el saco de arena, y jadear, haciendo flexiones, me ducho y me visto para ir a la mansión.

Son más de las once cuando llego. Pregunto por la señora y me dicen que está esperando en su boudoir. Katrina no ha dado aún señales de vida. No hay que hacer esperar a las señoras…

Ya se nota que Anenka me espera. Está recostada en el diván, tomando una taza de café, y leyendo la prensa financiera. Levanta sus bonitos ojos cuando me da permiso para entrar, y me sonríe, sin mover más que la taza para bajarla sobre la mesita. Vestir es una palabra compuesta para lo que ella lleva sobre su cuerpo. Digamos que una sutil y vaporosa negligée, de un verde casi difuminado por la transparencia, reposa sobre su cuerpo; tan corta y etérea que ni siquiera se puede considerar una prenda. No lleva sujetador y sus braguitas… bueno, digamos que lleva braguitas, punto.

―           ¿Qué tal, Sergei? Ayer esperé que pasaras a saludar.

―           Tenía un poco de prisa, señora – respondo, sin saber cómo actuar.

―           Vamos, vamos, estamos solos. Déjate de formalidades, semental. Acércate y saluda como es debido.

Me inclino sobre el diván y ella alza su boca, atrapando la mía. No me ha dejado elección, ni terreno para besarla en la mejilla. Saboreó esos labios jugosos que saben a café con leche. Me hace un hueco en el diván para que me siente.

―           He recibido un mensaje de tu marido, diciéndome que me darías instrucciones – la informo.

Me da en la nariz que mi ropa pronto va a estar en el suelo.

―           Claro, las instrucciones – sonríe ella, deslizando un dedo de afilada uña por mi muslo. – Las instrucciones son: quítate la ropa que te voy a comer…

¡Que hambre tiene la leona! Toma mi mano y se lleva, con descaro, uno de mis dedos a la boca, succionándolo con mucha suavidad.

―           Vamos, Sergei, quiero verte desnudo delante mía, de pie… Dame ese capricho, macho mío…

Así que lo hago. Lo mío es contentar a las mujeres. Lo que sea por verlas felices. No es que haga un striptease, pero le doy cierto morbo a quitarme la ropa. Mi cuerpo está cada vez más definido, depilado y cuidado. Anenka se relame y alarga la mano, intentando rozar mi pene. La esquivo, riéndome, y ella hace una mueca graciosa.

―           Ven… dame mi desayuno – me pide roncamente.

Así que la dejo juguetear con labios y lengua, incrementando la dureza de mi pene. Ya sabéis que no es inmediato, con el tamaño de mi órgano, la sangre debe afluir para llenarlo, alimentando músculos y venas, pero ella no tiene prisa, por lo que puedo ver. Me recuesta a su lado, apoderándose de mi glande.

Alargo una mano y rasgo su transparente salto de cama, con tanta facilidad que la oigo gemir. “Bruto”. Sonrío. Su cuerpo bronceado y terso me incita a pellizcarla. Lo hago suavemente, en los muslos, sobre el ombligo, los pechos y los pezones. Ella se agita e intenta esquivarme, pero no quiere soltar mi pene, en absoluto. Se queja suavemente del trato que le doy, pero sus ojos brillan, llenos de excitación y promesas.

―           Así, así… bien mojada – susurra al apartar sus labios de mi miembro.

―           ¿Hablas de mi polla o de ti? – bromeó.

―           De las dos – se ríe. — ¿Te acuerdas que te quedaste con las ganas de hacerme algo?

―           Si, de enfundarla en tu culito…

―           Me he estado preparando toda la noche para ti, garañón mío – Anenka se gira, mostrándome su trasero. Tiene algo metido en el ano, que abulta la tira del tanga. – Es un ensanchador. He dormido con él, esperando este momento. Ahora si me la puedes meter por el culito…

―           ¡Joder! ¡Que regalo de buena mañana!

La giro bruscamente y parto el tanga de un tirón. Ella se ríe y menea las nalgas, incitándome. Me está calentando demasiado. No sé si es bueno jugar así conmigo. Siento como el viejo se está desperezando en mi interior, atraído por el tufo del morbo. Con cuidado, tiro del ensanchador hasta sacarlo. Es grueso, casi como mi miembro, pero mucho más corto. “Puede que chilles aún, zorra”.

Le abro bien las nalgas. El esfínter está totalmente abierto y lleno de lubricante. No tengo que esperar a nada más. Apoyó la cabeza de mi ansiosa polla entre sus glúteos. Noto como Anenka respira más fuerte, excitada o asustada, no lo sé. Por un momento, me imagino que es Katrina la que tengo a tiro. Es el culito de esa perra rubia el que voy a traspasar. Una mueca de triunfo aparece en mi rostro. Entonces, empujo, sin piedad.

Anenka tiene que morder la tela del diván para no gritar. El espasmo que sufre su espalda y sus caderas me traen de vuelta. No es Katrina, es su madrastra. Dejo de profundizar con mi miembro, otorgándole tiempo a su intestino a acomodarse a mi medida.

―           ¡Pedazo… de cabrón! – murmura, pero noto como ella misma comienza a empujar.

―           ¿Preparada, Zarina?

―           Si…

Otro empujón, esta vez más comedido y controlado.

―           Joder… joder… me van a poner… puntos…

―           Venga, ánimo, Anenka, otro empujoncito y acabamos. ¿Puedes?

―           ¡HAZLO, HIJO DE PUTA… PERFÓRAME DE UNA VEZ… SACA MIS TRIPAAAASSS!

Menudo carácter saca la señora al darle por el culo. Por supuesto, no le hago caso. Inicio un ritmo suave, llevadero para ella. En un par de minutos, está babeando sobre el diván. Le martirizo el clítoris con una mano, mientras que, con la otra, le marco el ritmo de las caderas, tirándole de los oscuros rizos de su cabellera. Totalmente controlada y dirigida hacia la única meta, reventarla de gusto.

La llevo tres veces a lo más alto, al límite. Me implora correrse e intenta ella misma forzar el orgasmo, pero no la dejo. Mis dedos se detienen, mis caderas bajan el ritmo hasta un suave vaivén, e incremento la presión sobre su cabellera. Todo eso corta su ascensión hacia el goce buscado, dejándola entre jadeos, con los nervios a flor de piel.

Me maldice, me escupe, me amenaza, pero, entonces, incremento de nuevo el ritmo, llevándola al delirio. Grita, injuria, y suplica, con la misma pasión que antes… ¡Es una gozada follarla así!

Ya estoy a punto de llegar… No corto sus estímulos y le lleno el culito de semen, en unas pocas descargas. Un último pellizco en el clítoris casi la hace relinchar. Se muerde el labio con fuerza, apretando el culito y casi cortándome el riego de la polla. Su orgasmo es tan intenso que las lágrimas se escapan de sus ojos. Sin embargo, aún guardo algo para ella, aunque no tengo ni idea de dónde he aprendido eso. Me ha venido de sopetón, como un orgasmo.

Retraigo la polla de un tirón, raspando su intestino. Anenka, que aún está vibrando con los últimos espasmos de placer, abre los ojos y la boca, dolorida y sorprendida. En ese mismo instante, los dedos de mi mano derecha pinzan el nervio obturador, sobre el ramo anterior del mismo muslo, justo por debajo de la entrepierna. Lo hago con fuerza, pasando la mano por delante de su pubis, y produciéndole un calambre que agita sus caderas locamente, sin control. Sujeto a Anenka entre mis brazos, dejando que su cuerpo se agite espasmódicamente, en manos de un orgasmo totalmente nuevo y devastador para ella. Ni siquiera puede gritar, colapsada por la frenética respuesta de su cuerpo.

Reposo su cabeza lentamente sobre el diván, acariciándole las mejillas. Me visto mientras ella recupera el resuello y el control de sus piernas. Se apoya sobre una mano, mirándome.

―           ¿Qué ha… sido eso? ¿Qué… me has… hecho, Sergei…?

―           Creo que la llamaban la Pinza Cosaca. La usaban los verdugos de Catalina la grande para divertirse. El pinzamiento del nervio y del aductor activan una serie de espasmos que te llevan a un doloroso orgasmo.

―           ¿Por… qué?

―           Tú me has hecho un regalo precioso y yo te he hecho otro. Nadie volverá a hacerte experimentar este tremendo goce y dolor, salvo yo.

Me agacho y le doy un suave beso sobre su nariz. Aún respira agitadamente. La miró a los ojos.

―           ¿Cuáles son las instrucciones de tu marido, Anenka?

―           Servir de chofer a Katrina por un tiempo. Tienes que llevarla… a la universidad… privada, todos los días. Víctor volverá en una semana.

Joder. Tiene que ser un castigo divino. Habrá que hacer de tripas corazón… Cuando abro la puerta del boudoir, Anenka levanta la cabeza.

―           Sergei…

―           ¿Si?

―           Gracias – me sonríe.

Katrina no para de hablar mientras la llevo al campus Francisco de Vitoria, en Pozuelo de Alarcón. Está relativamente cerca de la mansión, y no se tarda apenas tomandola M30. Creo que, a pesar de lo bruja que es, está nerviosa y se desahoga, hablándome.

Me cuenta que está muy contenta con sus nuevas perras, lo obedientes y listas que son, lo rápidamente que aprenden, el interés que ponen cuando les habla. A veces, desearía que fueran un poquito más torpes, así podría castigarlas con la fusta. Hace tiempo que no le da una buena paliza a alguien, me dice, riéndose. La miro por el retrovisor.

Está preciosa. Se ha vestido de años 50 para su primer día de uni. Camisola sin botones, amarilla, rebeca roja por la cintura, y falda blanca, con raya escocesa roja, acampanada y de gran tamaño. Un gran bolso, compañero a sus zapatos, complementa el conjunto. Para llevar los libros, se supone, claro.

Pude ver el entusiasmo que demostraba con sus esclavas cuando me pasé a verla el día anterior, justo después de dejar a Anenka. Llamé y esperé su permiso. De nuevo creyó que era una de las doncellas, sin duda. Estaba tumbada en su cama, desnuda, y abierta, dejando que sus dos esclavas, tan desnudas como ella, le lamieran todo su cuerpo.

Cuando se dio cuenta de quien había entrado a su habitación, se tapó con la sábana, me obligó a ponerme de rodillas, y cerrar los ojos. Me golpeó media docena de veces con la fusta, en la espalda, pero no pronuncié ni un solo gemido.

―           ¡Tienes que avisar de tu llegada, gilipollas! ¡No solo llamar con los nudillos! – casi me escupió tras golpearme.

―           Si, Ama Katrina – le respondí, aún arrodillado.

―           ¡Dilo! Avísame… ahora.

―           ¿Puedo entrar, Ama Katrina? – alcé la voz.

―           ¡No! ¡Con más respeto, perro!

―           ¿Me da usted su permiso, Ama Katrina?

―           Mucho mejor. Así me gusta – dijo, apaciguándose algo, y cerrando con una mano su batín de seda. — ¿Lo recordarás?

―           Si, mi Ama.

―           Bien. Ahora, lame los dedos de mi pie, perro – se rió.

Me incliné y lamí sus preciosos y diminutos dedos descalzos, refrenándome para no cortárselos de un bocado. Mi espalda temblaba, aquejada de terribles deseos. Cuantos más deseos de sangre y violencia me asaltaban, más sacaba mi lengua para repasar bien sus pies, entre los dedos, las plantas, y los talones.

Con esos recuerdos en mente, llegamos al campus, pero, antes de entrar en su interior, Katrina me ordena parar debajo de un frondoso árbol, al lado de la carretera.

―           Me está consumiendo la ansiedad. Es un nuevo centro de estudios, de alto nivel. Tengo que enfrentarme a nuevos tutores y, sobre todo, a unas cuantas malas putas que lideraran el campus. Así que tengo que soltar adrenalina – me dice, de repente.

La verdad que no sé por dónde va, y lo nota en mi expresión, sin duda.

―           Vente aquí atrás, perrito mío, y me calmas con tu lengua. Vamos…

¡Puta, pécora, asquerosa meretriz! Pero me bajo del Toyota y me paso a los amplios asientos traseros. Ella ya me espera con la falda remangada y las bragas colgando de una sola pierna. Su expresión es ansiosa y sonriente. Por mucho que la odie, debo reconocer que no he visto mujer más perfecta que ella, hasta el momento. Mantiene su pubis totalmente rasurado, como si fuera aún una niña, pero tiene un diminuto tatuaje en vez del vello. Hasta que no estoy casi sobre él no lo distingo bien. Es el rostro del Demonio de Tasmania, de los toons dela Warner, señalando con un dedo, la vagina de Katrina.

―           Vamos, perrito… No dispongo de mucho tiempo – me anima.

Su vagina es pequeña y estrecha, como si nunca se hubiera acostado con un hombre. No me extrañaría que fuera, al mismo tiempo, puta y virginal. Decido hacérselo bien e intenso, con la lengua gorda, como lo llamo. A los tres minutos ya está gimiendo; a los cinco, grita, incontenible; a los siete, se corre sin remedio, aferrada a mi cabello.

―           ¡Buuuff! – exclama, incorporándose y mirándome a los ojos, mientras me relamo como un gato. – Lo has hecho muy bien, perrito.

Y se inclina para darme un beso en la frente. Arregla su ropa interior y su falda. Luego, abre la puerta y se despide con:

―           Recógeme esta tarde, Sergei.

El sábado, por la tarde, me llevo a las chicas de compras. Vamos a estrenar mi tarjeta. Pero, a mi manera. No saben donde las llevo y no paran de preguntarme. Me hago el sueco. Anenka me ha hablado de cierta tienda, muy especial, en la calle del Doctor Forquet, llamada Los Placeres de Lola.

Llevo a Maby del brazo. Detrás nuestra, Pam y Elke, también del brazo, susurran, entre risitas. Cuando me detengo delante de la tienda, las chicas se me quedan mirando, extrañadas.

―           ¿De compras, aquí? – pregunta Pam.

―           Exacto. El mejor sitio de Madrid para comprar la mejor lencería y los fetiches más idóneos para las féminas – hago de anuncio humano.

―           ¿Nos vas a invitar a lencería? – Elke no se ha recuperado aún del pasmo.

―           Porque vosotras lo valéis – hoy se me dan bien los anuncios. El de Loreal viene perfecto.

―           No se hable más. Necesito unas cosillas, la verdad sea dicha – dice Maby, tirando de mi brazo.

¡Dios! El interior es el paraíso de un fetichista de la femineidad. Hay corsés por todas partes, y ligueros de todos los estilos, medias de todos los colores… Un apartado entero, solo para tangas brasileños. Las chicas chillan de felicidad, lo que atrae, enseguida, la atención de una de las dependientas. Me entretengo mirando camisones y saltos de cama, tan vaporosos que el simple hecho de pasar ante ellos, los agita.

Maby me llama con una imperiosa señal. Han descubierto una sección de calzado femenino, con tacones supergigantes.

―           Estarías monísima con eso – la ánimo.

―           Si, claro, parecería la puta del barrio – rezonga ella, pero no aparta los ojos de una sandalia dorada, con una plataforma de doce centímetros. – Aunque… podría ponérmelos solo para ti…

Me mira, con un delicioso mohín travieso. Abro las manos y miro al techo. ¿Qué puedo decirle? Un poco más allá, Pam y Elke están detenidas ante una sección de juguetes, vibradores, y otros artículos para la felicidad de la mujer. Pam señala ciertas cosas y, a continuación, le comenta algo a su novia, al oído. Ésta se ruboriza y sonríe, tapándose la boca. No parece conocer la mitad de la parafernalia. Pobrecita, ya la irá descubriendo…

Tras saquear la tienda durante un par de horas, me las llevo a merendar a otro de los sitios preferidos de la guapa agente rusa, Le Pain Quotidien, en la calle de Fuencarral. Nos sentamos en una mesita de bistró francés, en la calle. Es una panadería, cafetería y tienda de delicatessen dulces, de origen belga. Nos chupamos los dedos con algunas de las muestras chocolateras que nos sirven, junto con el té y el café. Hemos dejado las compras en el coche, en un parking cercano.

Finalmente, las invito a dar un paseo, a pesar de la fría tarde, por la acera de La Castellana, mirando caros escaparates. Cada centenar de metros, cambio de chica para caminar agarraditos, entre risas. Incluso Elke se presta, encantada. Mirándola a los ojos, creo entender que está preparada y deseosa de cambiar su vida. Volvemos a casa, al anochecer.

Mientras preparo una cena frugal, las chicas no dejan de comentar la tienda de artículos femeninos. Ninguna de ellas la conocía y han quedado encantadas.

―           Bueno, podríais hacerme un pase privado, las tres, con todo lo que os habéis comprado, ¿no? – digo, soltando el primer torpedo, como en broma.

―           Para eso tendrías que pagarnos – se ríe Pam.

―           ¿Encima que yo he acoquinado las compras?

―           Bueno, en eso tiene razón – dice Elke.

―           ¡Aha! Una señorita con alma, he aquí – sonrío mientras aliño la ensalada tibia con nueces, pasas y queso.

―           ¡Eso, tú dale ánimos! – bromea mi hermana, dándole un pellizco a su novia.

―           No sé, yo por mí le haría un pase semanal, siempre que él me comprara cositas de estas – dice Maby, con aire muy serio.

―           ¡Putón! – la regaña Pam, intentando morderle el cuello. Maby se encoge, cosquillosa, y ríe.

Las tres musitan entre sí, sin que pueda escucharlas. Se ríen por lo bajito y se pellizcan, unas a otras. Reconozco cuando traman algo. Llevo las fuentes y los platos a la mesa. Pam abre la nevera y saca el agua fría. Pam coge varios vasos, y Elke, servilletas y cubiertos. Me miran, al preparar la mesa.

―           Está bien, Sergi… te haremos un pase después de la cena – me comunica Maby.

―           ¿Todas? – pregunto ilusionado.

―           Todas.

¡Que se joda Hugh Hefner y su mansión PlayBoy! ¡Yo tengo mi ático y mis chicas!

Me gustaría que mis palabras fueran fotografías instantáneas para poder haceros ver mejor la belleza de estas tres nínfulas, caminando sobre sandalias de vértigo – compré un par a cada una –, y vestidas solo con fina y sensual lencería. Me la ponen tan gorda que tengo que desabrocharme el pantalón para que respire.

Cuando terminan de mostrarme trapitos, se sientan a mi lado, en el sofá, riéndose y haciéndome cosquillas. Aún siguen en braguitas y sostenes, sin pudor, sin malos rollos, completamente desinhibidas.

―           ¡Sois diosas! ¡No hay más palabras para describiros! ¡Vivo con unas diosas! – exclamo.

―           ¡Tenedle envidia, mortales! ¡Vive con las hijas de Zeus! – sigue la broma Pam.

―           ¿Sabéis que podríamos hacer un Gran Hermano en Internet, colocando cámaras en el piso, y ganar una buena pasta? – punteó Maby.

―           Ya te digo. La gente pagaría por ver a este cabrón con suerte, viviendo con tres chicas como nosotras – grita mi hermana, revolviéndome el pelo.

―           Entonces, tendríais que hacer este desfile a diario. Porque, que sepáis, niñas, que esto produciría diez o doce infartos, seguro – las informo.

―           No me importa, siempre que tú estés para rematar – musita Maby antes de hundir su lengua en mi boca.

―           ¡Aaaala! – exclama Pam. Elke, cogida de su mano, se muestra muy atenta al beso.

―           ¿Eso es agradecimiento por los trapitos? – jadeo al separarnos.

―           Una primera entrega, cariño – me sonríe.

―           ¡Mira la enterada! – le dice Pam a su novia. – Se cree que es la única que sabe besar… Ven acá, hermanito, que te voy a dar yo también las gracias…

Me dejo caer en sus brazos y ella se inclina hasta devorar mis labios. Mientras, la mano de Maby no abandona mi muslo.

―           ¡Uuff! – resoplo, sin levantar la cabeza del regazo de mi hermana. – Me falta el aire…

Todas se ríen. Maby mira a Elke.

―           ¡Vamos, Elke! ¡No te cortes… ahora tú!

―           Si, cariño, besa a tu guapo cuñadito – la anima Pamela, empujando su cabeza con una mano.

Me encuentro justo debajo de ella y puedo ver su ansiosa mirada, solo para mí. Creo que lleva deseándolo varios días, incluso soñando con ello. Coloca su mano sobre mi mejilla, con delicadeza, y se inclina totalmente, echando su trasero casi desnudo, hacia atrás, para poder acceder a mi boca, con un beso del revés. Sus labios son muy cálidos y suaves. El beso comienza con pequeños pellizcos labiales, pero deslizo mi lengua rápidamente, y ella la acepta al instante. ¡Dios, como la succiona!

Maby y Pam baten palmas en su honor. Ella se ríe al levantar la cabeza, totalmente arrebolada.

―           ¿Te ha gustado, mi vida? – le pregunta Pam, tomando sus mejillas entre sus palmas y mirándola a los ojos.

―           Si… mucho… — susurra Elke, entre risitas.

―           ¿Quieres hacerlo otra vez? – es ahora Maby quien la incita.

―           Si…

He recuperado mi posición sentada y la estoy mirando a los ojos. Coloco una mano sobre los muslos de mi hermana, que está a mi lado, y me inclino hacia Elke. De repente, antes de tocarnos, se aferra a mi cuello. Su lengua me acaricia el paladar, entrando a toda velocidad. Me ha sorprendido.

―           Creo que se ha decidido – escucho decir a Pam, casi en mi oído. Pam se ríe y me acaricia el costado, como si me felicitara.

Cuando nos separamos, beso las pecas de Elke, con devoción. Ella me mira, sonrojada y emocionada.

―           ¿Jugamos a los “dos minutos”? – nos pregunta Maby, con su característica vivacidad.

―           ¿Dos minutos? – no conozco ese juego.

―           Es muy fácil. Dos de nosotros se besan durante dos minutos. Los otros dos pueden hacerles toda clase de caricias, salvo cosquillas ni pellizcos. Si separan los labios antes de los dos minutos, tienen que realizar una prueba o una orden de los otros. Si superan los dos minutos, hay cambio de pareja, siempre a suertes – explica Pam.

―           Parece divertido – acepto.

―           Muy divertido, ya veras. Te tienes que quitar los pantalones. Tienes ventaja con respecto a nosotras – advierte Maby.

―           No hay problema… — digo, poniéndome en pie y quitándome los pantalones. Una vez hecho, acomodo mi polla en los boxers para que pueda escaparse por el elástico cuando se ponga dura.

Recurro a la misma técnica que cuando sugestioné a Elke. Acerco el sillón de dos plazas hasta formar una cama con los dos muebles.

―           ¿Cómo lo hacemos? – pregunta Pam.

Me pongo de nuevo en pie. El proceso de selección tiene que ser totalmente a suertes, así que saco papel y bolígrafo del cajón bajo la tele y atrapo una de los saquitos de terciopelo donde alguna de la lencería nueva venía metida. Escribo los nombres de los cuatros y doblo los papelitos, introduciéndolos en el saquito. Perfecto. Hay que meter la mano y no se ve nada.

―           Uuuuuy… que nervios – se ríe Elke.

―           Por hablar, saca dos papelitos – le digo.

Mete la mano y saca el primero. Maby. Esta bate palmas. Repite la acción y desdobla el papel.

―           Yo – musita, mirando a Maby.

―           ¡Chachi! – exclama la morenita.

―           Vamos, las dos frente a frente – las empuja Pam.

Maby y Elke quedan a escasos centímetros, una de sus manos unidas, los dedos entrelazados. Sus rodillas dobladas miran en sentidos opuestos, como equilibrando sus cuerpos para compensar el beso, cuando comience. Se miran a los ojos, a la espera que conectemos el cronómetro de algún reloj.

―           ¿Cuál te pides? – me pregunta mi hermana, en un susurro.

―           Elke.

―           Vale.

―           ¡Tiempo! – exclamo, pulsando el cronómetro del móvil.

Las chicas cierran los ojos y unen sus labios. Sus lenguas ondulan, buscando afianzarse más. Me deslizo a la espalda de Elke y desabrocho su pequeño sujetador de nylon morado. Recorro con un dedo su columna vertebral, muy suavemente, y la noto estremecerse. Miro a mi hermana, la cual ha tomado la misma postura que yo. Está besando el cuello de Maby y pellizcándole los pezones.

Uso el dorso de mis dedos para dibujar arabescos en los costados y en el vientre de Elke, lo que le hace realizar como pequeños saltitos, usando solamente que los músculos de sus nalgas. Gime en el interior de la boca de Maby.

―           Son… cosquillas… — murmura, sin despegar los labios.

―           No, son lentas pasadas de mis dedos – le susurro en el oído.

Vuelve a atrapar la lengua de su compañera, como aceptando mi explicación. Recorro toda la longitud de sus largas piernas, con extrema delicadeza, notando su exquisita depilación. Rozo su entrepierna, casi oculta por su posición, notando la pulsación de su sexo…

El pitido de los dos minutos nos sobresalta a los cuatro.

―           ¡Coño! – mascullo.

El juego es genial. Tenéis que probarlo.

―           Venga, Maby, tú sacas nombres – le dice Pam.

Elke vuelve a salir nominada y, esta vez, Pam. Eso me hace mantenerme en mi puesto. Esta vez voy a bajarle las braguitas.

―           ¡Tiempo!

El juego se vuelve más sensual, las caricias más atrevidas. La ropa finalmente cae al suelo. La pareja que se besa ya no se queda estacionaria, sentada y con las manos aferradas, sino que se mueve, adopta nuevas posiciones, permitiendo a los otros tocar y profundizar. Nos ponemos a cuatro patas, o de rodillas, e incluso, en un par de ocasiones, en pie. Dedos que se cuelan, mordiscos cariñosos, lenguas ávidas, intentan realizar febriles fantasías que se nos ocurren en el momento. Dos minutos no dan para mucho, pero después de muchos “dos minutos”, estamos todos al borde del colapso orgásmico.

―           Necesito follar – gime Maby, colgada de mi cuello.

―           Pues corta el beso – le susurra Pam.

Ninguno lo ha hecho hasta el momento, no sé si por tonto orgullo, o porque nos da más morbo así.

―           ¿Nos vamos a la cama? – pregunto, mirándolas.

Elke se pone en pie, y sin decir nada, me tiende su mano. La tomo y ella me conduce al dormitorio.

―           Mira la mosquita muerta – escucho decir a Maby detrás. – Parece que ha perdido el miedo.

―           ¡Ssssshhh! – chista mi hermana.

Elke se recuesta sobre la gran cama, boca arriba. Me mira y abre sus muslos. Contemplo su coñito abierto y muy mojado. Sus ojos brillan en la penumbra.

―           Tómame… — susurra.

Maby y Pam se unen a nosotros. Se colocan una a cada lado de Elke, como sacerdotisas profanas en una inmolación. Pam desliza una almohada bajo los riñones de su novia y la besa en la mejilla.

―           Así estarás mejor, cariño.

―           Gracias, mi vida – le responde Elke, henchida de lujuria.

Mi polla apunta ya a ese coño que deseo con locura. Mi novia y mi hermana se han tumbado de bruces, muy atentas a la seudo desfloración. Me recuerdan a dos vampiresas esperando que su amo se sacie, antes de participar ellas en el banquete. Comienzo tan despacio que se vuelve desesperante. Elke gime y rebulle a cada centímetro que cuelo en su interior. No deja de mirarme y no veo ningún dolor en su expresión, solo ansiedad y placer.

Un poco más.

Es muy estrecha al pasar de los doce o quince centímetros. Me produce un enorme placer abrir ese conducto. Elke se contorsiona, se arquea, sujetada por las manos de sus amigas.

―           Sergio… la noto… dentro… ardeeee… — gime largamente.

Detengo mi penetración y la dejo acostumbrarse, pero no parece molesta, solo se agita, se frota incansablemente.

―           Se está corriendo, Sergi… como una loca – me informa Pam.

―           Joder – se la saco y contemplo como se desmadeja, jadeando.

―           Juguemos nosotros – sugiere mi hermana. – Ella tardará un rato…

Maby es más rápida que mi hermana. Se espatarra en el colchón, atrapa mi miembro y se lo introduce con una habilidad que envidiaría cualquier actriz porno. Pam se ríe y la pellizca, para, después, cabalgar su cara. Puedo escuchar los ansiosos lengüetazos de la morenita. Pam se retuerce y tira de sus pezones, con fuerza. Me abandono al paraíso y culeó con fuerza.

Me he corrido dos veces y he cambiado de pareja unas pocas de veces, cuando noto que me abrazan por detrás y me mordisquean la nuca.

―           Hola, cuñado…

Su mano me acaricia los testículos.

―           Hola, chica de la nieve – le contesto, girando el cuello y mordisqueando su barbilla.

Maby y Pam están comiéndome la polla, arrodilladas, y se apartan cuando ven lo que sucede. Se besan entre ellas y se derrumban, cansadas, dispuesta a ser de nuevo espectadoras.

―           ¿Podemos acabar lo que empezaste? – me dice la noruega al oído.

Ahora empuña mi polla con decisión, desde atrás. Me da un par de meneos, como para sopesarla en toda su magnitud.

―           ¿Ya no te da miedo, Elke?

―           “En todo lo malo, siempre hay algo de bueno” – me responde, aunque no sé si es conciente de que lo ha pronunciado en voz alta.

Tiro de una de sus manos, arrojándola de bruces ante mí. Veo la sonrisa ganadora en sus labios. Está bellísima en esa pose, como una muñeca arrojada a un rincón por una niña furiosa, la mejilla sobre la sábana, mirándome de reojo, los brazos casi fuera de la cama. Posee un culito pequeño y respingón, que pone de manifiesto al abrirse de piernas. La cubro y la penetro. Tengo la polla lo suficientemente mojada como para no dañarla. Entra en su coño hasta la mitad.

Pam se incorpora y le abre las nalgas, para evitar fricción. Maby aprovecha para darle un par de azotes que estremecen totalmente a Elke. Un tremendo gemido brota de sus labios. Pam me mira, sorprendida.

―           Te lo dije – le digo, solo con los labios.

Ella asiente. Sabe lo que tiene que hacer cuando estén a solas. Con otro azote de Maby, le meto más polla, en plan bestia. Su cuerpo casi bota sobre la cama. Se aferra a la cintura de su novia, gruñendo.

―           ¿Falta… mucha…? – pregunta con voz de niña.

―           No, mi vida, está casi toda – le contesta Pam.

―           Fóllame… Sergi… fóllame cuanto quieras – dice, cerrando los ojos.

Le doy caña, primero lento, haciéndome el camino; luego, aumento el ritmo e intento llegar con mis huevos a sus nalgas, pero aún no puedo. Falta un poco de polla por entrar. Maby le ha metido dos dedos en la boca, que Elke succiona como si fuera una goma de oxígeno, sin abrir los ojos.

Jadea y babea sobre esos dedos mientras agito su coñito como si fuera una batidora. Pam le mete un dedo en el culito y, en el momento en que Elke lo nota, tengo que mantenerme quieto porque la noruega toma mi relevo. Sus caderas se mueven tanto, sin control, que ella se folla sola, empalándose contra mi pene. Joder. Nunca he visto una mujer agitar así su pelvis. Es como un terremoto, como una bailarina de la danza del vientre con epilepsia aguda…

―           Se pone así cada vez que le meto un dedo en el culo – se ríe Pam.

―           ¡La ostia! ¿Qué hará cuando le metan una polla por ahí? – respondo.

―           No quiero ni saberlo…

Ese meneo me está volviendo loco. Me aferra, me succiona, me derrite. Los músculos vaginales trabajan a tope, enervados por los movimientos de la pelvis.

―           ¡Joder! ¡La puta que parió…! ¡Me matas, Elkeeee! Me corroooooo… putita… rubia – no puedo dejar de gritar.

Su rostro está crispado. Maby ha retirado sus dedos, por precaución. Sus ojos están fuertemente apretados. De pronto, su cuerpo se relaja.

―           ¡Toma, Pedrín! – exclama Maby, señalando el fuerte chorro de lefa que surge del aún traspasado coño de Elke.

Arrastra el semen que aún estoy deponiendo en su interior, como una riada de primavera. Siento los espasmos de su coño en mi sensible glande. Sus nalgas se estremecen.

―           Ay…Pamelita… Pamelaaaaaaaaa… — gime, aferrada a ella.

―           Goza, cielo. Déjate llevar por él – le acaricia el pelo mi hermana.

Nos quedamos quietos, recuperando la respiración, envueltos en los aromas sexuales que flotan en el dormitorio. Con un pequeño azote, saco lentamente mi polla de su vagina. Elke roza mi pubis con sus dedos, agradecida.

―           Este colchón se va a pudrir como sigamos así – dice Maby, mirando la gran mancha, y todos nos reímos.

Lunes por la tarde. Tengo que recoger a Katrina en el campus. Aparco el coche donde siempre y me bajo a esperar, contemplando las guapas chicas que cruzan de un lado para otro. Katrina aparece, charlando con una amiga, quizás. Hoy viste una minifalda estrecha, en un tono anaranjado, y un jersey Camberry, verde oliva. Unos cuellos de encaje blanco asoman por su cuello, signo de que lleva debajo una camisita. Lleva el rubio pelo recogido con una ancha felpa naranja, y calza manoletinas verdes. Toda una puta pija sonriente que, casi como un favor, me presenta a su amiga, al llegar a mi altura.

―           Sergei, esta es mi amiga Sabrina. Sabrina, mi acompañante Sergei. Hace las funciones de chofer y perro guardián.

―           Hola, Sergei – me dice Sabrina, mirándome de arriba abajo.

―           Hola, señorita – respondo, con la puerta abierta.

La tal Sabrina es una chica muy mona y algo mayor que Katrina. No creo que estén en la misma clase. Es castaña, el pelo en melenita corta, y con unos ojos marrones, algo saltones, que le prestan una mirada tristona. Tiene un buen culo que pone de manifiesto sus jeans al subir al alto Toyota.

―           Da unas vueltas por ahí, Sergei. Sabrina y yo tenemos que poner en claro ciertos asuntos – me ordena Katrina.

―           Si, mi Señora.

―           Bueno, ya puedes empezar – le dice Katrina a su amiga, con un tono netamente autoritario.

―           ¿Aquí? ¿Delante de él?

Aquello me escama. Echo una mirada por el espejo. Katrina se ha levantado la mini y aparta el tanga con un dedo.

―           Por supuesto. Sergei es de la familia, no dirá nada, ni mirará tampoco, ¿verdad, perrito?

―           Como usted diga, Señora.

―           Vamos, vamos, que me enfrío, bonita… cómete mi almejita y yo le hablaré a tu papaíto de nuestras vacaciones… — esa voz infantil de Katrina me carcome entero.

La amiga cede rápidamente e inclina su cabeza, metiendo toda su lengua en aquella vagina controladora. Lame con ganas, con deseo, haciendo que Katrina le revuelva el pelo mientras gime sordamente.

―           Así, así… cerdita mía, hazme gozar… tu papaíto estará muy orgulloso de ti, ya veras…

Sabrina se atarea sobre el clítoris. No es el primer coño que se come, y por su expresión, tampoco será el último. Cuando noto que Katrina está a punto, me dirijo de nuevo al campus.

―           Aaaaah… cerdita… que bien lo has hecho… — dice Katrina tras correrse, con la voz ronca de placer aún. – Déjame el coñito bien limpio, que ya llegamos.

Sabrina coge sus libros y me sonríe, al bajarse. Aún respira agitadamente.

―           Es la hija del decano. La he prometido llevarla de vacaciones a París, en Semana Santa. A cambio, me apoyará con mi ingreso en la fraternidad – me comenta cuando arranco de nuevo.

―           Muy inteligente, mi Ama – “Manipuladora y vanidosa”, eso es lo que es.

A finales de semana, regreso más temprano a casa. No tengo que recoger hoy a Katrina. Pienso comer algo en casa de Dena y pasar la tarde tranquilo.

Cuando abro con mis propias llaves, escucho algo que me hace suponer que el almuerzo se va a retrasar.

―           Tienes que chupármelo sin manos, tal y como lo hace Irene – dice la voz de Patricia.

―           Si, mi vida.

Me acerco a la sala comedor con cuidado. Dena está arrodillada en el suelo, las manos abiertas sobre el parqué, la bata desabrochada y bajada de los hombros, mostrando sus grandes senos. Patricia está ante ella, de pie. Viste su uniforme escolar. Con una mano, sostiene el borde la falda alzada, mostrando su pubis desnudo. Las bragas están bajadas hasta los tobillos. En su otra mano, levanta una gran regla de madera, con la que está azotando los hombros y pechos de su madre.

Esto empieza a ser algo constante. Patricia vuelve del colegio, caliente por lo que hace con Irene, y obliga a su madre a contentarla. Cada día, se muestra más autoritaria y cruel con Dena, lo que a ésta la vuelve aún más loca. Es un círculo vicioso, pero que muy vicioso.

Dena, siguiendo las órdenes de su hija, le toca el clítoris solo con la punta de su lengua, para luego atraparlo contra el filo de los dientes, y sorberlo con fuerza, en inspiraciones largas y profundas.

A las tres o cuatro veces, Patricia tiembla toda, los ojos cerrados. Golpea, sin ton ni son, con la regla, mientras gime como un cachorro.

―           ¡Lo… has aprendi… do…bien… putaaaaaa! ¡Siiigueee! ¡No se te ocurra… pa… rar… mamáááá…!

En silencio, doy media vuelta y vuelvo a salir. Mientras tomo el ascensor hacia el ático, me digo que es el momento de dejar que esta madre e hija emprendan el vuelo, en libertad. Se bastan ellas solas para amarse y atormentarse. Tendré que ir despegándome de ella. Al menos, les he enseñado cual era el camino de la felicidad. Eso no pueden negarlo, ¿no?

                                                 CONTINUARÁ…