Esclavitud determinante.

Sin título Nota de la autora: Mi más profundo agradecimiento a Germán_Becquer, Chronos, Jubilado, Shadow, Falowar y todos los o las demás que me han escrito y comentado. Sin vosotros, Sergio no estaría vivo. Gracias. Podéis contactarme en janis.estigma@hotmail.es

 

Siento una presencia en el dormitorio. Abro los ojos y reconozco a Dena en la penumbra. Debe de ser muy temprano. Me imagino lo que debe de estar mirando. Aparta la ropa de la cama, suavemente, descubriendo que su hija está tan desnuda como yo. La chiquilla aún tiene mi polla abrazada entre sus piernas. Se quedó dormida después de haberme ordeñado, usando todo su cuerpo, sin importarle el semen que la cubría.

Se sobresalta al descubrir que estoy despierto. Le señalo la puerta y ella sale del dormitorio, yo la sigo, desnudo. La veo retorcer sus manos, ansiosa de saber qué ha ocurrido. Le pido que prepare café mientras me doy una ducha rápida. Está a punto de decirme algo, pero lo piensa mejor y, asintiendo, conecta la cafetera.

Diez minutos más tarde, estamos los dos sentados a la pequeña barra de la codina, sorbiendo sendos cafés. Me he puesto mi viejo chándal y le pregunto por su padre. Por lo visto, se está recuperando bien y su hermana mayor se va a llevar al anciano matrimonio a su casa, para cuidarles. Es un alivio para Dena. No soporta más su inquietud.

―           ¿Qué ha ocurrido, Amo?

―           Bueno, las cosas han ido muy bien, ¿sabes? Patricia acabó confesándome su amor y, también, sus celos hacia ti.

Dena levantó sus cejas, sorprendida.

―           Si, así es. Al parecer, se muere cada vez que nos escucha follar, e incluso castigarte. Desearía ser ella la que reciba mis atenciones…

―           ¿La has desflorado, Amo? – musita, las manos contra su pecho.

―           No, Dena. Solo la dejé hacer sexo oral. Patricia comprende que aún no puede entregarse completamente. Es inviable.

Noto el suspiro de alivio de Dena. No sé si porque su hija sigue siendo aún virgen, o bien por no haberse perdido aún esa ocasión.

―           Patricia es muy especial, Dena, más de lo que puedes llegar a suponer. Es tan ardiente como tú, o incluso más, cuando asuma su sexualidad por completo. Pero no es una sumisa. Nada de eso. Aunque se haya entregado a mí y me haya ofrecido su cuerpo y su alma, creo que ha sido por amor o pasión, no por esa necesidad que tú puedes sentir de liberarte de tus actos, de las decisiones.

Asiente, indicándome que comprende lo que quiero decirle.

―           Quiero que seas muy conciente de que no sé dónde acabará esto, una vez comience. Patricia tomará sus propias decisiones y pueden hacerte daño, Dena.

Coge mi mano libre y me la besa, intentando sonreír.

―           Lo comprendo, Amo. Será lo que tenga que ser…

―           Te prometo que, ocurra lo que ocurra, procuraré que sintáis todo lo mejor de mí.

―           Con eso me basta, Amo – acerca su taburete y me ofrece sus labios.

La beso con largueza, intensamente, pero la aparto. Aún debo decirle más.

―           Patricia acabó confesándome lo que la hizo cambiar de actitud – los ojos de Dena mostraron su interés. – Todo se debe a su nueva amiga, Irene. La madre de esta chica es una mujer profundamente religiosa, que achaca cualquier cosa que ocurra a su alrededor a la presencia de Dios. Es una fanática religiosa, en otras palabras. Lleva varios años castigando a su hija, primero con castigos psicológicos, pero, a raíz de la muerte de su esposo, los castigos se han vuelto físicos. Creo que Irene se ha convertido en una dependiente de todo esto, como la única forma de cariño que obtiene de su madre. Según Patricia, llega a hacer las cosas mal solo para que madre le imponga un par de castigos a la semana.

―           ¡Por Dios, que fuerte! Es una niña…

―           Las marcas en el cuerpo de Irene atrajeron la atención de Patricia, su curiosidad, y trabaron amistad. Marcas de fusta, de varas de madera, de espinos… Por lo visto, la madre la fustiga con cualquier cosa…

―           Así que Patricia relacionó mis propias marcas con las de su amiga…

―           ¿Quién puede saber lo que pasa por la cabecita de tu hija? Pero, eso le hizo comprender que tú te entregas por amor, al igual que Irene… amores dañinos y extraños, pero que, por el momento, son su único referente real…

―           ¡Ay, Dios! ¿Qué estoy haciendo? – Dena comprendió dónde quería llegar.

―           Si, es lo que Irene le ha explicado a Patricia. Que el dolor que experimenta, es una muestra de afecto y que puede llegar a ser muy placentero. Tu hija parece estar tomando una actitud dominante con respecto a su amiga. Le cuenta lo que hacemos y la pone cachonda, y se meten el dedo, escondidas en ese cuarto del colegio, sobre las colchonetas. Se comen sus sándwiches mientras se cuentan lo que sucede en sus casas. Tienen buen cuidado de no hacerlo nunca por teléfono, ni por la red, para que no la descubramos, pero, a diario, intercambian estas historias.

Dena se lleva una mano a la boca, pero no sé si es por indignación, sorpresa, o si se ha puesto más caliente de lo que está. Ya no sé qué pensar de esta familia.

―           ¿Comprendes de dónde procede ese cambio que nos traía locos?

―           Si. Patricia ha encontrado en su amiga, el desahogo que necesitaba para calmar sus ansiedades.

―           Algo así, pero, ahora, Patricia ha ido un paso más lejos y le he dejado muy claro que esto no es un tema a compartir con Irene.

―           ¿Cómo puedes estar seguro de que no le dirá nada?

―           No lo hará, confía en mí.

―           Está bien, Amo.

―           Ya no necesita usar a Irene, pues ha conseguido lo que ansiaba, a mí…

―           ¿La dejará?

―           No lo sé, pero si cambiará de actitud. Creo que se acabaron las reuniones en el cuarto de las colchonetas, pero también puede traerla a casa… ¿no?

―           ¿Aquí, para desahogarse? – se asombra.

―           ¡Es broma, tonta! – me río al ver su rostro. – Pero cualquier cosa puede surgir de la mente de tu hija. Tenlo en cuenta, Dena.

La dejo rumiando el asunto. Subo a preparar el desayuno de mis chicas. Elke aún no ha probado mis famosas tortitas.

A media mañana, recibo una llamada de Víctor. Se interesa por mi salud y cuando le contesto que estoy mejor, me invita a almorzar a su mansión. “Es mejor que vengas solo”, me dice.

¿Qué voy a decirle? Pues, si, señor, y lo que mande usted, por supuesto. Maby se irrita, pensaba pasar el día conmigo.

―           Al menos, podrías llevarme contigo a casa de Víctor – se enfurruña, los brazos cruzados, mientras me peino ante el espejo del baño.

―           El jefe ha dicho que vaya solo, textualmente.

―           Ya, para disfrutar de las golfas que tiene en esa mansión – bufa, cada vez más molesta.

Me giro rápidamente, sorprendiéndola. La atrapo por uno de los brazos, sacándola del cuarto de baño, casi a rastras.

―           ¿Esto va a ser así cada vez que tenga que ir a casa de mi jefe? ¿Una escenita pueril de celos?

―           Sergi, yo…

―           ¡Eres mi sumisa! ¡Tú no me recriminas nada!

La tiro sobre el sofá. Elke y Pamela, que están repasando un catalogo sobre la mesa de la cocina, nos miran, sorprendidas.

―           ¡Pam!

―           ¿Si, Sergio?

―           Quiero que tengas a esta golfa todo el día en cueros, haciendo cosas en la casa. Cuando no tenga nada más que limpiar o arreglar, la pones a que os haga las uñas a Elke y a ti, o que os lama los pies, u os coma el coño… Lo que queráis, ¿entendido?

―           Si, Sergio.

―           ¡Pórtate severamente u ocuparás su lugar cuando regrese!

―           Si, Sergio, así lo haré.

Maby me mira con lágrimas en los ojos, suplicante. No se atreve a decir nada, pero le gustaría tirarse a mis pies, e implorar mi perdón. He sido demasiado blando con ellas, es hora de que aprendan. Cuando me marcho del piso, Maby está desnuda, barriendo el comedor. No osa levantar la cabeza para despedirse.

Antes de llegar a la mansión, el cielo se ha cerrado en nubes oscuras y ominosas. Empieza a llover, de manera furiosa, como si hubiera un tío cabreado, de pie sobre las nubes, arrojando cubos y cubos de agua fría sobre los pobres mortales. Los limpias de la camioneta no dan abasto y veo menos que un gato de escayola, aún siendo la una del mediodía.

Uno de los chicos de Víctor está esperándome en el aparcamiento, empuñando un gran paraguas negro, para acompañarme. Todo un detalle, si, señor. Víctor me saluda en el gran vestíbulo. Me palmea la espalda, me coge por los hombros y mira mi rostro. El moratón ya está casi difuminado, pero mi nariz está aplanada.

―           ¡Ouch! Aún no comprrendo cómo te caíste por esas escalerras…

―           Es que soy un patoso, señor Vantia.

―           Respecto a esa cosa en la que has venido…

―           ¿La camioneta?

―           Si, esa cosa… no vuelvas a traerla – me sonríe, empujándome pasillo adelante.

―           ¿Ah, no? ¿Uso el transporte público? – intento no parecer demasiado mordaz.

―           No. Más tarde, antes de marcharte, te llevarás uno de los coches de mi garaje.

―           Señor Vantia, yo no… — me deja sin habla.

―           Nada, nada, tengo muchos y sin moverse del sitio. No pienses que te vas a llevar un Lamborgini o el Aston Martin, eh. No, uno más normalito – se ríe como un niño grande.

Me conduce hasta el invernadero, donde destaca Anenka, de pie entre hileras de macetas llenas de orquídeas, petunias y rosas, como la reina de todas ellas. Apura una copa de Martini con elegancia y va vestida de forma sencilla: una rebeca Burdeos, un polo de cuello vuelto y manga larga, en un beige roto, y unos pantalones de montar oscuros, con las adecuadas botas. Al girarse hacia mí, brilla en su cuello una costosa pieza de orfebrería. Me sonríe más con los ojos que con los labios.

―           Sergei, querido, que alegría verte tras esa horrible caída – se dirige hacia mí, alzando su mano con un gesto natural y aristocrático.

No me queda más que inclinarme y besar su dorso. Una agente del KGB con maneras aristocráticas, ¡que ironía!

―           Espero que te encuentres bien – me dice, cogiéndose de mi brazo y caminando hasta donde se encuentra su marido, que me está sirviendo una copa.

―           Si, madame, totalmente recuperado. Solo fue un mal tropiezo…

―           Sin embargo, no es eso lo que he escuchado. Una fractura en el brazo, costillas rotas, daño interno, la nariz…

Nos giramos hacia la nueva voz. Katrina ha hecho su entrada y mis tripas se retuercen al verla. La perra viene más hermosa que nunca, joder… Su pelo rubio le cae divinamente a los lados de su preciosa cara, brillante y lacio, dispuesto como casual y algo despeinado. Sus ojos, hoy más oscuros, como si reflejaran el estado apático del día, brillan, divertidos. Su piel luce un poco más bronceada que hace unos días y… bufff… ¿Qué puedo decir de su sonrisa? Sé que es una mala puta y todo eso, pero su sonrisa me derrite, como si irradiara simpatía y donaire con solo curvar aquellos labios. Viste un floreado vestido, más primaveral que de invierno, que deja sus bien torneados y bronceados brazos a la vista. Calza una botas vaqueras, de caña alta, que terminan justo sobre el dobladillo del vestido.

Hago una breve inclinación para que no pueda ver la mirada asesina que le echo. Víctor la toma de la mano.

―           ¿Almorzamos? – nos pregunta.

No he comido nunca langosta, pero es lo que hay, junto a otros moluscos y crustáceos. Comida de ricos, supongo. Las salsas que nos sirven con las colas de langosta están riquísimas, unas saladas, otras dulces, picantes y ácidas, o cremosas y edulcoradas. Anenka se ríe cuando me ve mojar pan en la salsera.

¿Qué pasa? Soy de campo…

―           He pensado incorporarme ya al Años 20 – dejo caer.

―           ¿Te sientes recuperado? – pregunta Anenka.

―           Me aburro en casa. No es un trabajo pesado y con tener un poco de cuidado… – respondo.

―           Mientras no vuelvas a bajar al sótano – bromea Katrina, alzando su copa y pidiendo más vino.

―           Si, claro – sonrío con una mueca.

―           Bueno, tenía pensado algo distinto, más relajado – interviene su padre. – Me gustaría que, durante unos días, acompañaras a mi hija, como protector, ya sabes.

Katrina me sonríe abiertamente cuando la miro de reojo.

―           Debe hacer un rápido viaje a Barcelona y será bueno que la acompañes.

―           Por supuesto, señor Vantia.

―           No hay prisa por volver al Años 20. Konor está al cargo, ¿no?

Es todo un sutil mensaje de mi jefe. Me hace comprender que hay que darle un poco de cancha al gerente.

―           Claro. Me encantará ir a Barcelona, nunca he estado en la ciudad condal.

―           ¿Contenta, cariño? – se gira Víctor hacia su hija.

―           Si, papi, mucho – responde sin quitar sus ojos de mí. Dios, que loba…

―           Todo ha sido sugerencia de ella, Sergei – suspira Anenka. – Por lo visto, se siente fatal por como te trató cuando os conocisteis y piensa compensártelo.

―           No era necesario, señorita Vantia – la muy puta, ¿qué tiene pensado?

―           Katrina, por favor, somos más o menos de la misma edad, ¿no? – responde, con un tono de lo más encantador.

“¡Estoy atrapado!”

Media hora más tarde, gracias a todos los santos del cielo, Víctor me acompaña al garaje, para hacerme entrega de uno de los coches pertenecientes a Staxter, el holding tapadera de Vantia.

―           Mira, Sergio, sé que la cosa no empezó con buen pie, pero debes entender a mi hija – me dice, mientras caminamos por una de las galerías, a solas. – Katrina ha crecido sola, siempre rodeada de doncellas y ayas, prestas a obedecer cada uno de sus caprichos.

―           Soy conciente de ello, señor.

―           Incluso en la residencia estudiantil, en Paris, le permití llevarse una chacha, como ayuda de cámara. No sabe vivir sin esas compañías que cuidan de sus detalles cotidianos, ¿comprendes?

Me limito a mover la cabeza mientras descendemos unas estrechas escaleras, medio ocultas el fondo de la galería. Se trata de un paso subterráneo, surcado por varios grandes tubos en el techo.

―           Ahora, debido a circunstancias imprevistas, no dispone de nadie que la sirva. Mis doncellas están habituadas a mis preferencias y las de Anenka, y no satisfacen, de ninguna manera, a Katrina.

―           Una lástima – mascullo.

Me mira y sonríe levemente.

―           En Barcelona, dispongo de una casa de acogida para chicas inmigrantes, donde permanecen mientras arreglamos su estatus legal en el país y las educamos en ciertas cuestiones. Quiero que la acompañes hasta allí, que la cuides y protejas, con tu vida si es necesario. Katrina elegirá una o dos chicas de su agrado, y os volveréis inmediatamente. ¿Entendido?

―           Perfectamente, señor Vantia. ¿Es cierto que Katrina me eligió personalmente?

―           Algo así. Me comentó que quería disculparse contigo, el mismo día del incidente. Le prometí que arreglaría un encuentro contigo, pero después, sucedió el accidente. Por eso ella misma sugirió que fueras su acompañante en este viaje.

Miedo me da esa idea. El subterráneo nos lleva, directamente, al garaje. Fuera, sigue lloviendo con intensidad. Al subir una corta rampa, Víctor abre los brazos, mostrando su orgullo.

―           Bienvenido a mi pequeña colección – exclama al encenderse numerosos tubos fluorescentes en el alto techo.

Aquello no es un garaje, no, señor… es un maldito hangar para aviones. Debe de estar enterrado en el suelo, porque no se ve nada que se parezca a una estructura así, al lado de la mansión. Es una nave industrial, con soportes metálicos para el techo, al no disponer de pilares centrales. En su interior, sobre un suelo de ferro gres, color chocolate, descansan más de una treintena de vehículos.

Hay un poco de todo. Dos Porsche y un Lamborgini, el ya mencionado Aston Martin, un Hammer, amarillo y negro, un par de Harley, dos Ferrari, un lujoso Roll’ s Royce, un par de Jaguar, relucientes, y varios 4×4 de varias marcas. En el extremo más alejado, como relegados a otra dimensión, se encuentran varias furgonetas y coches de alta gama. Cerca de las tres grandes puertas de entrada, una gran limusina, color crema, tiene las puertas abiertas. Un hombre está revisando su equipamiento.

―           ¡Ostia bendita! – dejo escapar. — ¡Es un sueño!

―           Una de mis pasiones. Hay coches aquí que no han pisado jamás una carretera…

―           Que desperdicio – bromeo.

―           Bien. Puedes llevarte uno de aquellos – dice, señalando los más lejanos, de alta gama – o bien, una furgoneta, si te viene mejor.

―           Preferiría mejor uno de esos 4×4 japoneses, si no le incomoda.

―           Llévate el Land Cruisier de Toyota, está falto de kilómetros – me indica.

Contemplo el monstruo oscuro, casi tan alto como yo. Está reluciente y nuevo.

―           ¿De verdad? – pregunto, acercándome al vehículo.

―           Por supuesto, Sergio. Los 4×4 los utilizan más mis hombres que yo. ¡Yadia! – el hombre que se ocupa de la limusina alza la cabeza. – Comprueba si el Toyota tiene el seguro activado, ¿vale?

―           Si, señor Vantia – responde, dirigiéndose a un terminal, dispuesto en una de las paredes.

―           Bien, hecho. Ahora, volvamos con las damas- Yadia, deja el Land Cruisier delante de la entrada principal de la casa, por favor.

―           Enseguida, señor.

―           Señor Vantia – le pregunto, mientras nos dirigimos de nuevo hacia el paso subterráneo. — ¿Qué pasará con mi camioneta?

―           Bueno, puedes darle un besito ahora y despedirte de ella. Va a emprender un largo sueño de descanso – se ríe a carcajadas.

¡Que jefe más cabrón!

Anochece cuando regreso al piso. Maby está sentada en el suelo, sobre la alfombra, desnuda y con la espalda apoyada en el asiento del sofá. Pam y Elke la flanquean, una a cada lado. Maby sopla sobre los dedos de ambas, alternativamente, secando la laca de las uñas.

―           Veo que os habéis entretenido – digo, al saludarlas.

―           ¿Un buen almuerzo, Sergi? – me pregunta Pam.

―           Demasiado marisco. No me gusta mucho la langosta – confieso.

―           ¡Coño, que nivel! – se ríe.

―           ¿Ha dado problemas? – pregunto, señalando con la barbilla a Maby, la cual me mira, suplicante.

―           No, ninguno. Se ha portado como una buena perrita. Ha limpiado el piso, nos ha pintado las uñas de los pies y nos ha comido el coñito dos veces a cada una, ¿verdad, Elke? – informa mi hermana, mostrando que no lleva bragas bajo su camisón.

―           Si, si, dos veces – sonríe Elke.

―           Mírala – señalo a Elke. — ¡Que bien se aclimata la noruega!

Las dos se ríen, tapándose la boca con la mano.

―           ¡Vamos, perrita! ¡En pie y tirando pa la cama! A ver si sabes hacer que te perdone – le digo, con un gesto.

Maby se levanta de un salto, con una gran sonrisa, y corre al dormitorio.

―           No preparéis cena – les digo a las chicas sentadas. – Hoy vamos a salir a cenar. Vamos a mojar mi nuevo coche.

―           ¿Tienes un nuevo coche? – se sorprende Pamela.

―           Regalo de mi jefe.

―           No te estarás acostando con él, ¿no? – me suelta, con una carcajada.

―           Envidiosa – le escupo, alzando la nariz y dirigiéndome al dormitorio.

Maby me está esperando, totalmente abierta y metiéndose un dedo. Está muy encharcada, toda la tarde sometida a la humillación y caprichos de sus compañeras, sin poder tocarse. No quiere preliminares, solo mi polla en su interior. ¿Cómo negarse?

Se corre al segundo punterazo, mordiéndome el hombro. La acabo de ensartar, sin demasiados miramientos. Jadea y chilla, agitándose como una mariposa traspasada por el alfiler de un entomólogo. Baja su mano y atrapa mi polla, intentando empujarla para meterla del todo, pero eso detona un nuevo y largo orgasmo.

Jadeando, me susurra al oído, mientras casi mastica mi pabellón auricular.

―           Ahora por el culito, amor mío… toda por el culito… hasta el fondo…

En verdad, no sé decir que no a una mujer tan hermosa…

Las chicas quedan encantadas con el Toyota. Incluso mi hermana, ante su novia, me informa que pretende probar conmigo los amplios asientos traseros. Elke ni se inmuta por ello. La cosa va cada vez mejor. Maby se sube delante, pero cuando todas están a bordo, se me ocurre una travesura.

―           Niñas mías… hay que estrenar este vehículo como Dios manda… ¡Quitaros las bragas! ¡Las tres! – impongo con voz de mando, mirando a Elke.

Se miran un segundo y luego obedecen. Todas llevan falda. Les digo que las pongan en la cajonera que hay bajo el asiento trasero y los tres tangas quedan allí sepultados.

―           ¡Que vuestras nalgas toquen el cuero! – y ellas alzan sus falditas, dejando las piernas completamente al aire. – Muy bien. Estáis preciosas.

Se ríen, excitadas. Las llevo a cenar a Casa Lucio, cerca de la plaza San Andrés, un sitio exclusivo que Víctor me ha recomendado. Con solo deslizar su nombre, obtenemos una mesa, un sábado por la noche. Cosa de magia. Las chicas están embobadas con la carta. Esta noche, lo mejor de lo mejor, me digo.

Casi en los postres, recibo un mensaje. Es la confirmación de los billetes de avión para Barcelona, el lunes a las nueve de la mañana. Les cuento lo que me ha pedido mi jefe y que no sé cuanto tiempo voy a estar en Barcelona. Puede que un par de días, por lo que sospecho.

Me hacen preguntas sobre Katrina, pues según les ha dicho Maby, es una belleza malcriada.

―           Si, una perra bien alimentada, eso es lo que es – se miran al comprobar que no me cae nada bien.

―           ¿Te ha pasado algo con ella, Sergio? – pregunta Maby.

―           No, en absoluto – niego enseguida. – Solo que es un poco borde y engreída. Aún no sé como nos vamos a llevar en ese viaje.

―           Solo tienes que sonreírle como sabes hacer – sugiere Pam.

―           Ya… ya.

Sigue lloviendo. La lluvia golpea contra la balconada del piso de Dena, en suaves ráfagas, mientras follamos en la cama. Es domingo, de mañana y temprano. La he despertado en silencio para retozar. En este momento, estamos desnudos, yo boca arriba, ella cabalgándome; yo azotándole los senos con una mano, ella gimiendo como una perra.

La puerta se entreabre despacio. Patricia aparece, con los ojos brillantes, vestida con su pijama infantil, de dos piezas y ositos.

―           ¿Puedo mirar? – pregunta dulcemente.

Los ojos de Dena muestran pánico, pero no dejo de azotarlas y ni siquiera puede responder.

―           Súbete a la cama, canija – le digo, palmeando a mi lado.

Se tumba de bruces, los codos sobre el colchón, las manos en las mejillas. Levanta un pie, que se balancea al mismo ritmo que su madre se deja caer sobre mi polla.

―           ¿Te duele, mami?

―           No… ya no…

Tras un par de minutos, abandona su pose y repta hasta mí. Me da varios besos en los labios, y se gira, quedando recostada contra mi hombro y mirando a su madre, de costado.

―           Dale más fuerte – me susurra.

Los pechos de Dena ya están enrojecidos. El nuevo azote, más duro, arranca un gemido de los labios de la mujer, que coloca sus manos en la nuca para ofrecer mejor sus pechos.

―           ¿Le gusta? – se sorprende Patricia.

―           Mucho – le digo, pellizcando fuertemente un largo pezón.

―           ¡Que largos son! – comenta Patricia, fijándose en ellos. — ¿Se lo has puesto tú así?

―           No, ya los tenía…

―           Mami, ¿puedo tirar de uno? – pregunta con tal candor que me pone malo.

―           Si, cariño…

Dena casi no puede hablar, entre el placer que le estoy dando y la vergüenza de tener a su hija delante. Sus ojos están turbios, su rostro sofocado, y la boca entreabierta. No sé qué es lo que le está dando más placer de cuanto siente, en este momento.

Patricia se arrodilla y palpa suavemente el pezón, comprobando su dureza. Tira de él con algo más de fuerza y, finalmente, lo retuerce, imitándome. Al parecer, le gusta escuchar gemir a su madre. Se apodera del otro también, y trata de juntarlos. Dena cierra los ojos.

―           Muérdelos – sugiero suavemente. La chiquilla me mira, con mirada traviesa. Con un movimiento de cabeza, le indico que puede hacerlo.

Patricia se mete uno en la boca y, tras succionarlo un poco, lo mordisquea. Su madre se estremece totalmente. Debe de estar sintiendo un morbo total, por su expresión.

―           ¡Puta, desnuda a tu hija! – le exijo, tomándola por sorpresa.

Patricia, con una risita, levanta los brazos para dejar que su madre le saque la camiseta del pijama, dejando sus tetitas al aire.

―           Dena, te llamaré puta y a ti, Patricia, putilla, pues eres la más pequeña.

―           Si… si – palmotea la chiquilla.

―           ¿Si, qué? – pregunto, dándole un azote sobre el pantalón del pijama.

―           ¿Amo? – levanta una ceja.

―           Para ti, aún no… solo Señor… con respeto, de usted…

―           Si, Señor…

Dena pone a su hija de pie para bajarle el pantalón del pijama. Aprovecha para besar el vientre plano de su hija y deslizar un dedo por las bragas.

―           Patr… putilla, ya estás mojada – se sorprende Dena.

―           Si, puta mayor. Hace rato que os escucho – le sonríe Patricia.

―           ¿Quieres besarla? – dejo caer la pregunta, sin indicar para quien va. La niña recoge el testigo.

Abraza el cuello de su madre y se inclina lentamente. Se miran a los ojos, hasta que Dena, con un ronco suspiro, cierra los párpados y abre la boca, aceptando la de su hija. Patricia se hunde entre aquellos labios, evidentemente, con ganas de probarlos. Me salgo de Dena y me incorporo sobre mis codos. La escayola del brazo derecho me molesta. Contemplo como se devoran mutuamente las bocas, hasta que Patricia va empujando la cabeza de su madre hacia abajo, hasta conseguir colocarla a cuatro patas. Entonces, se vuelve hacia mí y me pregunta:

―           ¿No piensas pegarle en el culo hoy?

―           ¿Por qué debería castigarla? – me río flojamente.

―           Da igual el motivo, ¿no? Quiero azotarla yo…

Observo como los ojos de Dena, quien me está mirando, apoyada sobre los codos, pierden la compostura por un momento. Creo que ha experimentado un micro orgasmo de un solo segundo, al escuchar esas palabras. Para una mentalidad de esclava como la que ha asumido Dena, que su propia hija se convierta en su dominante, o en su dueña, tiene que ser realmente morboso.

―           ¿Quieres azotar a tu madre?

―           No, quiero machacar las nalgas de esta puta. ¿No hemos quedado que ella es una puta y yo una putilla? – dice, riéndose.

―           Si.

―           Pues eso. ¿Puedo?

―           Si lo deseas – agito una mano, como desentendiéndome. – Hay una fusta en el armario.

Patricia salta de la cama y abre el armario. Es como una gacela.

―           ¡No te muevas de ahí, puta! – le grita a su madre.

Encuentra el flagelo de cuero y la prueba con la palma de su mano. Se nota que le duele porque aparta la mano con viveza, y sonríe ladinamente.

―           ¿Cómo vas a compensarme?

―           No lo sé – se detiene, mirándome. – Pídeme lo que quieras.

―           No, debe salir de ti.

―           Déjame pensarlo un rato, pero te aseguro que será algo de lo que no te olvidarás fácilmente.

―           Está bien. Veinte golpes, ni uno más, y la compensas de alguna forma…

Patricia asiente, comprendiendo. Se coloca ante su madre y le obliga a poner la cabeza sobre la ropa de cama, las nalgas bien levantadas.

―           Así, puta, muy bien. Los vas a contar tú, ¿verdad?

―           Si – musita Dena.

―           ¡Empieza! – exclama Patricia, sin darle tiempo a otra cosa. Deja caer la fusta con fuerza sobre la nalga izquierda.

Dena gime roncamente y dice, en voz alta:

―           Uno, gracias, putilla.

Patricia sonríe y apunta a la nalga derecha.

―           Dos, gracias, putilla…

Al de dieciocho, sus nalgas están muy rojas y Patricia jadea, pues no ha mantenido ningún ritmo. Su rostro está tan rojo como el culo de su madre.

―           ¡Diecinueve! – aúlla Dena. – Gracias… mi putilla…

El de veinte cae sobre sus riñones, consiguiendo que su espalda se rinda y caiga de bruces en la cama.

―           Veinte… gracias… Patricia…

La jovencita cae de rodillas, sollozando y besando las marcas cárdenas de las nalgas.

―           ¡Perdona, mamá, perdóname! Te he hecho daño…

―           Cálmala – le digo.

―           ¿Cómo? – se gira hacia mí y puedo ver su congoja.

―           Pasa tu lengua por su coño, suavemente. Ayúdala a olvidarse del dolor…

―           No… no hace falta… cariño… estoy bien, de verdad – musita Dena, llevando una mano hacia atrás y acariciándole el pelo.

―           No, mamá… he querido hacerte daño… castigarte… lo siento ¡No era yo! ¡De veras! No era yo… — sus disculpas son casi histéricas.

Introduce su nariz entre las nalgas de su madre, intentando acceder a la hinchada vagina materna. Se ayuda de sus dedos para apartar los glúteos, para disponer de más espacio para su boca. Finalmente, hunde su rostro entre las nalgas, con voracidad, con verdaderas ansias. Es como si quisiera volver al sitio de donde procede, volver al útero.

Dena ya está gritando como una loca, corriéndose con pasión y descontrol. Creo que sentir la lengua de su hija en su interior ha activado una cadena de orgasmos que no desea parar.

Patricia no deja de lamer y succionar, como si se fuera a acabar el mundo, como si se tratase de su tabla de salvación.

Me levanto de la cama y tomo mi ropa. Yo no pinto nada allí, en ese momento; mejor me voy…

Buen madrugón para el lunes. Me levanto a las cinco y media de la madrugada. Ducha y café, antes de ponerme en marcha para recoger a Katrina. La zorra debe de tener un mal despertar porque no cesa de gruñirle a la pobre criadita que lleva su maletita. Eso si, está deslumbrante, a pesar del madrugón. Perfecta hasta el mínimo detalle.

―           ¿Billetes, pasta, documentos? – recito antes de que se suba al Toyota, en una cantinela que me enseñó mi madre para viajar.

Me sonríe y me enseña más de media pierna al subirse al coche.

―           ¿Esos son tus buenos días? – bromea.

―           Buenos días, Katrina. ¿Billetes, pasta, documentos? ¿Los llevas? – vuelvo a repetir, sin importarme.

―           Que si, pesado.

―           Bien.

El navegador me da instrucciones para encontrar el camino del aeropuerto. Cuando tomo la autovía pertinente, le pregunto:

―           ¿Tienes idea de cuanto tiempo vamos a estar en Barcelona?

―           El que sea necesario, Sergei. No tenemos billetes de vuelta, así que no te preocupes. Tú conduce.

La miro de mala manera, con un reojo que mata. Estoy a punto de soltar el volante y saltar sobre ella, rajarle el vientre y follarme sus tripas. ¡Os lo juro! Creo que lo veo todo rojo. Reacciono cuando un claxon me llama al orden. Me he despistado. Cuando la miro de nuevo, ella me sonríe con sorna.

No debo sucumbir a esa rabia que me invade. Me deja un regusto a bilis en la boca y el cuerpo lleno de adrenalina. Mis manos y mis rodillas tiemblan. Nunca me he sentido así; nunca nadie me ha llevado a esos límites. Comprendo, finalmente, que Katrina vuelve loco de rabia a Rasputín. ¿Por qué?

―           ¿Te pasa algo, Sergei? – pregunta ella con su clásico retintín.

―           Nada, nada… he dormido mal, eso es todo.

―           ¿Pesadillas?

―           Nervios. No he volado nunca – digo como excusa, aunque es cierto. No he subido nunca a un avión.

―           Vaya. Hoy vas a tener una experiencia gratificante – se ríe.

―           Eso espero – “O puedo cometer un crimen, zorra”.

No hablamos nada más hasta llegar a la puerta de las instalaciones. Katrina se baja y dejo el Toyota en el aparcamiento por días. Cuando me reúno con ella, tiene una expresión de fastidio que tira para atrás.

―           ¡Vamos! ¡No puedo estar esperando entre tanto…! – busca la palabra adecuada. Menos mal que no la encuentra.

Ella es quien me guía en los pasos necesarios. Yo estoy más perdido que Tarzán en una zapatería. Pasamos el control de equipaje y Katrina me conduce a la sala VIP, donde nos sirven café y nos entregan la prensa.

¡Si, hombre! ¡Como que la perra va a viajar en turista! ¡Clase Business y con todo el peloteo necesario!

Se anuncia nuestro embarque por megafonía y Katrina se pone en pie. Con lentitud, estiraza su traje sastre sobre su cuerpo. El traje, de inmejorable manufactura, en un color avellana, se le pega como una segunda piel, atrayendo las miradas de muchos de los pasajeros. Katrina se pone en marcha, dejando su maletita atrás. Cuando voy a llamar su atención, caigo en lo idiota que soy. ¡No la ha olvidado! ¡Quiere que yo se la lleve!

“Si, bwana. Negrito lo hará”.

Recorremos el pasillo neumático que nos lleva hasta la puerta del aparato y una bonita azafata nos indica nuestros asientos. Por supuesto, la ventana para ella. Coloco mi bolsa y su maleta en el hueco sobre nuestras cabezas y me siento. Ella me mira de arriba abajo, como si se diera cuenta, en ese momento, de la forma en que voy vestido.

―           Podrías haberte puesto un traje – me dice, arrugando un poco su deliciosa nariz.

Tengo que decir que llevo un jersey verde oliva Heritage que me ha costado un pulmón, sin estrenar, y debajo un polo beigeLa Martinaque me ha regalado mi hermana. Unos vaqueros Lois y unos Castellanos complementan el conjunto. ¡Estoy hecho todo un pijo, joder! Pues a la señora no le gusta. ¡Que va!

―           No sabía que iríamos a la ópera – gruño.

―           Para ser mi acompañante, siempre tienes que ir bien vestido. Si tu guardarropa no dispone de lo necesario, te lo compraré. ¿Está claro?

¡A ver si no es pa matarla! Me guardo la pulla en la garganta, tragándomela con esfuerzo, y asiento, dándole la razón. Es bonito pensar que solo con alargar la mano, puedo romperle ese maravilloso cuello en un par de segundos.

Me aferro a la butaca y compruebo que llevo abrochado el cinturón de seguridad cuando el aparato empieza a vibrar a moverse lentamente. Ella se ríe de mi impresión, con una risa clara y jodidamente preciosa, que atrae la atención de los demás pasajeros. Cuando el avión se lanza por la pista, incrementando la velocidad, me siento como un niño en su primera atracción de feria.

―           ¡Genial! – exclamo con demasiada emotividad, lo que atrae hasta mí a una de las azafatas, una rubita que parece estar rodando un spot de clínica dental. Coño, con la deslumbrante sonrisa.

―           ¿Ocurre algo, señor?

―           Si. Por favor, dile al capitán que vuelva a despegar otra vez – le digo, guiñando un ojo. – Me ha hecho cosquillitas en la barriga.

Katrina ahoga un bufido por mi ordinariez, pero la azafata me devuelve el guiño. Más simpática ella…

―           ¿Sabes a qué vamos a Barcelona? – me pregunta mi diva rubia, tras servirnos una bandeja con un mini desayuno, solo apto para modelos famélicas.

―           Algo me dijo tu padre sobre elegir damas de compañía – yo mismo alucino con lo bien que me ha quedado.

―           Si, exactamente. Necesito un servicio permanente.

―           Pero, ¿si te lo hacen todo? Debes pasar buena parte del día en el gimnasio, para quemar calorías – os juro que lo pregunté con buena fe.

―           ¿Me estás llamando gorda, imbécil?

―           No, no, por Dios… ¡Que gorda, ni que narices! Lo que digo es que algo tienes que hacer para mantener ese cuerpo perfecto, ¿o es un regalo divino?

Mi lisonja hace efecto y me toca la rota nariz con un dedito.

―           Tenemos un gimnasio muy adecuado, una piscina de primera, caballos y un entrenador personal. Además, siempre he tenido una figura esbelta.

―           No, si ya se ve…

―           Así que tienes diecisiete años, ¿cierto? – me pregunta bebiendo su zumo de piña.

―           Pues si.

―           No comprendo por qué mi padre me ha dejado en manos de un tipo que es más joven que yo. ¿Tanta experiencia tienes?

―           Tu padre no es quien me ha escogido – digo, saliéndome por la tangente.

―           La verdad es que no parece que tengas esa edad, en absoluto. Das la impresión de tener veintitantos – sigue, como si no me hubiera escuchado.

―           Medir dos metros ayuda mucho.

―           Tener la nariz partida también – sus ojos chispean, divertidos.

―           También. Gracias sean dadas al genio de las escaleras.

Una nueva carcajada nos anima los oídos.

―           Eres un tipo gracioso – me palmea en el hombro.

“Y tú la mayor guarra de Madrid”.

―           Gracias, pero no hay color a tu lado. Yo podría desnudarme ahora mismo aquí, delante de todo el pasaje, y solo me mirarían para tirarme por la portezuela. En cambio, tú… solo tienes que reírte y todos te busquen con los ojos.

―           Buenos genes, buena educación, buena ropa… las tres Bes – recita ella, levantando los dedos. No, si no tiene ni chispa de vanidad, que va…

Por muchos parabienes que ella hiciera o que yo disimulara, la única sensación que recorre mis dedos, como calambres, es la de estrangularla. Tengo que aflojar las mandíbulas porque, a poco que me distraigo, mis dientes se aprietan como un cepo para osos, amenazando con romperse.

En vez de buscar temas de conversación, mi mente se empeña en repasar las cien formas de asesinar a una mujer. Me extasío con imaginarme humillándola, violándola, torturándola, destrozándola… Si ella fuera la salvación dela Humanidad, yo sería un nuevo Poncio Pilatos.

Tales son mis sentimientos, las ansias que asaltan mi cuerpo. Tengo que combatir duro para mantener mis manos quietas sobre mi regazo, intentando disimular la erección que me asalta, debido a las imágenes creadas en mi mente. Debo frenar a Rasputín hasta que salgamos del avión; hasta que pueda respirar aire fresco y puro. No puedo dejarle dirigir mi destino. Katrina no puede morir, ahora que estoy empezando a caerle bien a su padre.

En ese momento, la voz del capitán resuena sobre nosotros, anunciando que sobrevolamos Barcelona y que, en breve, aterrizaremos. La maniobra de descenso es aún más apreciada que la del despegue, y me calma totalmente. Después, todo se vuelve frenético. Maletas, desembarco, pasillos, cintas transportadoras…

Un tipo de grandes patillas velludas y cabello castaño demasiado largo, nos espera, con un pequeño cartel sobre su pecho que solo dice: “Katrina”.

Tampoco viste traje.

―           Soy yo. Él es Sergei – dice Katrina, en búlgaro, creo. Aún no distingo bien los idiomas eslavos.

―           Dynos – se presenta, en la misma lengua. – Tengo el coche fuera.

Prefiero hacerme el tonto. Siempre viene bien guardarse algo en la manga. Katrina me tira de la manga cuando sigue al subordinado. Cargado con mi bolsa y su maletita roja, la sigo, silbando por lo bajo. De la que se ha librado, Dios.

El barrio dela Barceloneta. Eso ha dicho Dynos al aparcar. Un barrio recuperado al mar, en el siglo XVI, habitado por pescadores y comerciantes. Un barrio pegado al gran puerto de Barcelona. El sitio ideal para mantener una casa de chicas traídas ilegalmente.

Nuestro guía nos introduce en un edificio de cinco plantas, con la pintura de la fachada algo deteriorada. En la portería no hay ninguna señora barriendo, con una bata y un pañuelo en la cabeza, no, señor. Hay dos tipos sentados, uno bajo las escaleras, en una silla, leyendo el periódico. El otro está de pie, apoyando un hombro contra el habitáculo de los contadores. Ambos visten chaquetillas holgadas para cubrir sus armas. Ambos tienen bigote, y ambos hablan transilvano o lo que sea.

Presumo que todo el edificio pertenece a la organización.

―           ¿Podremos quedarnos aquí o tendremos que ir a un hotel? – pregunta Katrina, abriendo el antiguo ascensor central, de hierro colado. Sin duda, el edificio tiene más de cien años.

―           La última planta es para usted. No duerme nadie allí, solo las visitas importantes – contesta Dyno, pulsando el cuarto botón.

―           Perfecto. Mi guardaespaldas dormirá en una habitación cercana.

―           Si, señorita Vantia.

El ascensor nos deja ante unas cristaleras por las que puede ver un amplio estudio de danza, con espejos en las paredes, barras fijas para sostener a las bailarinas, y suelo de madera pulida. ¿Esa es la tapadera? ¿Una escuela de danza? Ingenioso.

Una señora de mediana edad, empuja una silla de ruedas, que transporta a un tipo realmente momificado. Tendrá sesenta años o más, delgado y muy tieso contra el respaldo. Viste un elegante traje de raya diplomática, con fondo azul clásico y raya amarillenta. Detrás de unas antiguas gafas de recia montura, unos ojos absolutamente vivos nos miran, curiosos. Dynos le presenta. Es el señor Alexis, el gerente.

―           Es un honor atender la petición de una Vantia – el hombre momia se expresa en un perfecto castellano, con solo un pequeño acento, tomando la mano de Katrina.

―           La fama de sus caballerizas le honra, señor Alexis – responde ella. — ¿Cuántas tiene, en este momento?

―           Tenemos una veintena, pero algunas son desechables, por embarazo o deterioro.

―           ¿Puede reunir a las mejores en esa aula de danza? Les diré unas palabras.

―           Por supuesto. Enseguida las traen. ¿Desea algo entre tanto?

―           No, gracias, estoy perfectamente por el momento.

Katrina entra la sala de baile y la sigo. Se sienta en la banqueta del piano y me quedo detrás. Estoy intrigado. ¿Va a ser una subasta, un muestreo, un show para que ella escoja? ¿Quién sabe?

En diez minutos, llega una docena de chicas. Es evidente que las han pedido que se peinen, pero no más. No están maquilladas, tampoco visten ropas adecuadas. Son como amas de casa, solo que ninguna supera los veinticinco años, por lo que puedo ver.

Katrina, con aplomo, se pone en pie y avanza hasta el centro de la sala. Las mira atentamente.

―           ¿Habláis el español? – pregunta en voz alta, utilizando el castellano.

Hay gestos de duda en algunas. Sin duda, aún están aprendiendo el idioma.

―           ¿Inglés? – casi todas asienten.

Entonces, Katrina empieza a hablar, mirándolas y moviendo secamente sus manos. Las chicas tienen la vista clavada en ella. Parece que lo que les está diciendo es importante y decisivo, pero mi inglés es pésimo. No entiendo más que algunas palabras. “trabajo, duro, cinco años” y poco más. Cuando termina, vuelve a sentarse en la banqueta. Las chicas se miran, unas a otras, nerviosas. Veo como algunas se lamen los resecos labios.

―           ¿Qué les has dicho? – pregunto, inclinándome un poco sobre ella.

―           ¿No sabes inglés?

―           No.

Katrina me mira, el ceño fruncido.

―           ¿Qué clase de acompañante he escogido? No importa. No es de tu incumbencia lo que le haya dicho a esas perras.

―           Está bien, señorita – ya no quiero demostrarle confianza.

―           Si, es mejor que demuestres respeto, al menos hasta que te eduque como debe ser.

―           Si, señorita Vantia.

―           De todas formas, para que lo sepas, les he prometido que no pasaran hambre, ni frío, ni tendrán que abrirse de piernas para ningún hombre. También les he dicho que soy muy estricta y que las cosas se hacen como yo las digo, esté o no equivocada.

―           Entendido, señorita.

―           Se lo están pensando. Las que estén dispuestas a probar, darán un paso adelante, y yo escogeré a dos de ellas.

―           Que fácil…

―           Eres muy irónico, Sergei, y la ironía suele cansarme.

Toque de atención de la perra. Directo y elegante. Otra cosa no, pero Katrina tiene mucha clase, a pesar de su corta edad.

Dos chicas dan un paso al frente, con timidez. Veo como sus hombros tiemblan, inseguros. Sin duda, no quieren acabar como putas y se aferran a esta oportunidad. No sé yo qué es peor. Finalmente, otras tres más, se ofrecen. Cinco en total. Katrina vuelve a ponerse en pie y avanza hacia sus voluntarias.

Pasea por delante de ellas, luego por detrás. Las palpa y las examina, como si fuera ganado. Incluso comprueba sus dientes y encías. Al cabo de un rato, señala a una chica alta y rotunda, de cabello rubio, no muy largo. Parece ser de las mayores del lote, quizás veinticuatro años. La chica se coloca al lado del piano. No osa levantar los ojos del suelo. Su barbilla no deja de temblar.

Con un dedo sobre los labios, Katrina hace una última ronda de inspección y señala a una chica morena, de semblante gitano, con largos cabellos negros rizados. Es esbelta y bajita, pero muy joven. Para mí que ni siquiera ha cumplido los dieciocho.

―           Las demás, podéis marcharos – dice Katrina, con un par de secas palmadas. Las chicas salen por la doble puerta de la sala de danza.

Aún no sé cual es su criterio para haberlas escogido. Son jóvenes porque todas las que estaban presentes eran jóvenes. No son demasiado atractivas, pero tampoco feas. Una morena, otra rubia, una bajita y flaca, la otra alta y opulenta. No sé lo que busca.

―           ¿De qué país venís? – pregunta en un idioma eslavo que las chicas comprenden, y, lo mejor de todo, yo también.

―           Republica Checa – contesta la rubia.

―           Hungría – la morena.

Katrina sigue con su interrogatorio. La checa tiene veinticinco años y era secretaria de un político que estafó a muchos ciudadanos. Cuando le metieron en la cárcel, ella se quedó sin trabajo, ni posibilidad de encontrar alguno. Siendo una mujer con estudios universitarios, decidió emigrar a Europa, en busca de una oportunidad.

La húngara tiene mi edad y, efectivamente, es una Romaní de las llanuras. Está orgullosa de su raza y solo un compendio de casualidades la ha traído a España. Tiene una educación muy básica.

Dynos está esperándonos cuando salimos de la sala. Nos acompaña al piso superior, a nuestros aposentos. Las chicas caminan detrás de nosotros, como corderos que se dirigen al matadero. Un gran y lujoso dormitorio para Katrina, con baño propio, y un buen escritorio. Una cama individual y raquítica para mí, en una habitación contigua, que parece más un armario que otra cosa.

Katrina me llama a su habitación.

―           Quiero que te quedes aquí. Voy a empezar a educarlas y, al principio, pueden ponerse ariscas y rebeldes – me dice.

Así que me siento en la silla del escritorio y contemplo el espectáculo.

La primera orden de Katrina es “¡Toda la ropa en el suelo!” Las chicas obedecen con rapidez, quedándose desnudas, intentando tapar sus desnudeces con las manos. Entonces, Katrina mete la mano en su maleta y saca una corta fusta de cuero, con la que aparta, de forma contundente, las manos femeninas.

“Una zorra preparada”.

Las revisa minuciosamente. La checa tiene unos senos formidables, seguramente operados. Parecen obuses a punto de dispararse. Posee unas caderas anchas y un trasero imponente. Sin duda, fue la amante de ese político caído en desgracia, y su puesto de secretaria una mera falacia. La joven húngara parece más un potrillo asustado, en cambio. Tiembla asustada, sin estar acostumbrada a estas cuestiones, y sus tensos músculos se mueven bajo la morena piel. Su nariz resopla demasiado rápido.

Me levanto de la silla y me acerco, como si quisiera mirarlas más de cerca. Katrina está inspeccionando sus pubis. Ninguna de ellas va arreglada. La húngara tiene una selva completa allí abajo, con sus monos y todo.

―           Cerdas – musita Katrina.

“Encima que son poco más que esclavas, quieres que estén arregladitas para ti. Esto es la monda…”. Atrapo en el aire a la húngara cuando salta sobre Katrina, en respuesta a un seco fustazo en el muslo. Sabía que estaba cerca del límite. Intenta revolverse en mis brazos, pero es inútil.

―           ¡Tenemos una fierecilla! – se ríe Katrina. hablándome en castellano.

―           Ha sido por el golpe, señorita – digo, mientras inmovilizo a la gitana.

―           ¿Es que no va a soportar un simple golpecito?

―           Los romaníes son orgullosos por naturaleza.

―           ¿Cómo sabes de los romaníes? – Katrina me mira con curiosidad.

―           Leo mucho, señorita Vantia – se ríe.

De repente, encara a la húngara y, usando su lengua, la conmina a postrarse de rodillas. La joven obedece, aterrada.

―           ¡Tú también! – le grita a la checa, que cae postrada, a su lado. — ¡A ver, putas! ¡Os voy a comentar como será vuestra vida a partir de este momento! No tendréis más objetivo que servirme a mí, a todas horas, todos los días. Me vestiréis, me bañaréis, me peinaréis, cuidaréis de mis ropas, me serviréis en todo, y, cuando me acueste, dormiréis a los pies de mi cama… ¿Entendido?

―           Si, señorita – contestan las chicas arrodilladas.

―           ¡Mi título es de Ama! ¡Ama Katrina! – grita, soltándoles un par de fustazos.

―           Si, Ama Katrina – sollozan.

―           A cambio de todo eso, os vestiré, os alimentaré y os protegeré. Pero tenéis que cumplir todas mis órdenes, si no os degradaré a sucios animales de compañía.

―           Si, Ama Katrina.

―           Ahora, gatead por la habitación, que vea como os movéis.

Las chicas, sorbiendo sus lágrimas, avanzan sobre pies y rodillas. Katrina les golpea suavemente en las nalgas para hacer que contoneen más sus traseros.

―           Así, muy bien, perritas – su tono es jocoso. Se lo está pasando bien. – Venid aquí, limpiad mis zapatos con vuestras lenguas.

La húngara se lleva otro azote, cuando no se mueve rápidamente. Cada una se ocupa de un zapato, pasando sus lenguas, las cabezas amorradas, los culos expuestos.

―           A ver, puta tetona, ¿cómo te llamas?

―           Sasha, Ama – contesta educadamente cuando Katrina le levanta la barbilla con la fusta. Esta parece que ya ha pasado por algo parecido a esto, porque se amolda muy rápidamente.

―           Sasha, está bien… me gusta. ¿Y tú?

―           Bereniska… — un fustazo cae sobre su hombro. — ¡Ay! ¡Bereniska, Ama!

Katrina sonríe.

―           Ese nombre no me gusta. Te llamaré Niska.

―           Si, Ama Katrina – responde la gitanilla.

―           ¡Suficiente, perras! – exclama la joven, apartando sus pies de las lenguas limpiadoras. – Cuando lleguemos a Madrid, os pondré collar de perras y os marcaré mi inicial a fuego…

Las pobres chicas se echaron a temblar y a llorar, mientras Katrina se reía.

―           Tiene que darles algo de esperanza, señorita Vantia — le susurro en español.

―           ¿Qué dices? – se vuelve hacia mí, los ojos fulgurantes.

―           No debe quitarles de golpe sus pocas esperanzas…

―           ¿Qué sabrás tú de esclavos? – y me llevo un fustazo en el pecho.

―           Sé que una persona no puede vivir sin soñar, sin esperanza – no me he movido ni un milímetro con el golpe y compruebo que eso no le ha gustado.

―           ¡A mí que me importa si no tienen! ¡Cuando se rompan, pediré otras a papá! – y me da otro golpe, al que tampoco expreso dolor.

―           Pero, entonces, no será una buena Ama, ya que no gozará de su sumisión, de su control… — le digo con mucha suavidad.

―           ¿De qué hablas? – se planta debajo de mis narices, con voz sibilante.

―           Todo Amo debe conseguir que su esclavo se entregue completamente, y si es por su propia voluntad, mucho mejor. Es la esencia del arte. Machacar un esclavo hasta convertirle en un zombi que solo obedece por la inercia de los golpes, no es nada divertido, ¿o no?

―           ¿Qué sabrás tú, patán? Jamás has sido Amo…

―           No… pero me siento esclavo… — musito, en un intento de frenar los impulsos homicidas de Rasputín.

Ella da un paso hacia atrás, mirándome a los ojos.

―           ¿Esclavo? ¿Esclavo de quién?

Mi garganta se colapsa, impidiendo que exprese lo que pretendo. Es un tiro a ciegas para tomar a Rasputín por sorpresa, pero noto que he enfadado tanto al Viejo, que me quiere dañar. Creo que voy en la dirección correcta. Algo parece estar arañando mi pecho desde el interior, intentando salir con fuerza. Quiere devorarla a toda costa. Trato de impedirlo de cualquier forma y solo puedo caer de rodillas, atrapando mis manos bajo mis muslos.

Katrina malinterpreta este acto, pero me viene de perlas.

―           ¿De mí? – se asombra. — ¿Quieres ser mi esclavo?

Asiento con un murmullo. Mis tripas rugen ante esa afirmación. Mi espalda se comba en un esfuerzo de levantarme, pero me quedo de rodillas. Katrina es un ama en ciernes, pero, por ahora, tiene más pajaritos que experiencia. Lo único que sabe es humillar y lo hace sin freno, sin control. Es lo que intento aprovechar en mi beneficio. Creo que es la única forma de someter a Rasputín.

Debo doblegar sus deseos, sus ansias, y no puedo aprender a llevar ese control sin someterme yo mismo a una adecuada sumisión. Sin embargo, al mismo tiempo, debo controlar a mi posible Amo… Por eso creo que Katrina es la indicada. Es dura y cruel, pero carece de una experiencia adecuada para someterme completamente. Tengo que domarme a mí mismo, utilizando la la vanidosa autoridad de Katrina.

―           Si, mi Señora – agacho la cabeza cuanto puedo. – Me ofrezco como su esclavo. Me ha hechizado con su belleza y su autoridad. Acépteme y conviértase en mi Ama, por favor…

Casi puedo escuchar el alma de Rasputín gritar como un poseso dentro de mi cabeza. Se niega a entregarse; él debía doblegarla, no al revés.

“No puedo permitírtelo, Viejo. Si tú la dominas, me dominarás también a mí, y no pienso perder ni mi mente, ni mi cuerpo”.

―           ¿Es por la paliza? – Katrina me coloca la fusta sobre un hombro, como si fuera el remedo de un caballero medieval.

―           Si… — susurro. – Me dí cuenta de que la amaba desde el momento en que entró en la biblioteca. Su autoridad me impactó, Señora – la presión de Rasputín comienza a disminuir, como si se enquistara en mi interior, huyendo de aquello que le repudia.

―           ¿Te ofreces como mi esclavo? ¿Sin condiciones? – aún no se lo cree.

―           Sin condiciones, Ama Katrina. Suyo para siempre – me inclino y beso sus zapatos.

                                                                      CONTINUARÁ.