Sin títuloSé que hay muchos lectores a los que incomodan los relatos largos, del mismo modo que otros opinan a favor de los mismos. En alguna ocasión he partido un relato en varios episodios, pero siempre si conseguía que cada parte tuviera un mínimo contenido erótico-porno. Al escribir “Sorpresas de esposas” intenté escribir una versión corta del relato, pero a la media página lo tuve que dejar, incapaz de hilar la historia. Cuando comencé a escribir este relato, no pensaba que pudiera ser muy largo, pero, al hilvanar la trama, fueron surgiendo situaciones imprevistas que han hecho que se alargue. Espero que tengáis la suficiente paciencia para leerlo entero y que lo disfrutéis tanto como ya al escribirlo.

Gracias

EL JUEGO DE LOS MENSAJES

Estaba cómodamente tumbado en el sofá de mi casa, leyendo el periódico, cuando Susi me llamó desde el dormitorio. Intenté hacerme el remolón, pero ella insistió tanto que, aun de mala gana, acabé por acudir. Ella se encontraba allí, de pie, frente al ordenador, y con cara seria.

– ¿Has visto el mensaje que hemos recibido?

Me acerqué a la pantalla y leí el siguiente texto:

 

Hola Susi, hace tiempo que no se nada de ti pero te recuerdo a ti y los buenos momentos. 
Me gustaría que nos vieramos.

Ponte en contacto conmigo, contestame

Angel

 

La miré y le hice un gesto, como diciendo “¡Tú me dirás!”.

– No entiendo qué significa esto, no conozco a ningún Angel – replicó ella, como justificándose.

– ¿No será alguien del Zylom? – le contesté, refiriéndome al programa de Internet en el que ella solía jugar a cartas y donde eran habituales las charlas entre jugadores.

– Ya sabes que no chateo con nadie del Zylom. Hablamos mientras se juega la partida, pero nunca doy nuestra dirección de correo a nadie.

– Pues no sé, a lo mejor es una equivocación. Ya nos ha pasado otras veces, que recibimos mensajes de personas que se equivocan en la dirección del E-mail. Anda, déjalo estar.

Pero Susi casi ni me había escuchado. Se mantenía pensativa, sin dejar de mirar la pantalla, como intentando encontrar la explicación al enigma.

– Vamos, no le des importancia – insistí de nuevo, dándole un besito en la nuca, y por fin ella pareció salir del trance.

– Vale, pero no me gustan estas cosas, me cabrean – me contestó, aún molesta, y no muy convencida de querer dejar de pensar en ello.

Volví al sofá, pero ya no a leer el periódico, sino a meditar sobre el tema. En realidad era la segunda vez que Susi leía ese mismo mensaje. El primero lo había recibido 6 días antes. Sin embargo aquél lo leyó y se deshizo de él, eliminándolo, tanto de la bandeja de entrada como de la papelera. Seguramente el haberlo recibido por segunda vez es lo que tanto le había fastidiado.

Yo también conocía el contenido de ese primer correo, sencillamente porque lo había mandado yo mismo desde una dirección de correo que ella no conocía., haciéndome pasar por el tal Angel. Era el principio de una especie de juego con el que quería intentar conocer un poquito más de mi esposa, más concretamente, de una cierta etapa de la vida de Susi.

Llevaba más de un año divorciado de mi primera mujer, cuando invité a Susi a una fiesta social a la que podía acudir con una pareja. Ella era amiga de un primo mío, a la que yo había visto alguna que otra vez, estando aún casado. Ella también había tenido una relación estable y duradera con un chico, que tuvo como fruto una niña, pero al año de ese nacimiento él la dejó plantada, quedando ella en una situación complicada para salir adelante con comodidad. Habían pasado varios años desde entonces. Cuando la llamé para invitarle a la fiesta me dijo que si conseguía dejar a la niña con su cuñada, vendría conmigo, cosa que finalmente sucedió.

Desde ese día nos vimos tres o cuatro veces más, y en ellas charlamos de muchas cosas, de nuestras vivencias y también de nuestras relaciones sentimentales. Así supe que tras romper con el padre de su hija había tenido un par de relaciones sexuales más, de las de solo follar, sin sentimientos amorosos. Una de ellas con un tío algo violento al que, tras unos meses, prefirió dejar. La otra, más reciente y breve, fue con el dueño de un bar de copas, un tal Angel. Hablábamos de temas sexuales con fluidez, y así, sin yo pretenderlo, supe, entre otras cosas, que no le gustaba demasiado lo de chupar una polla, aunque lo había hecho alguna vez, y que había también practicado sexo anal, pero poco, porque había resultado algo doloroso.

Tras un par de meses sin vernos, volvimos a salir y poco después a intimar, y curiosamente, a partir de ese momento, ella pareció querer evitar hablar de la etapa entre el momento en que rompió con su ex y cuando empezamos a vernos nosotros. Y cuando empezamos a follar su actitud resultó pasiva y melindrosa. El día que quise ir más allá de la habitual penetración me sorprendió negándose tanto al sexo oral como al anal, aduciendo que no le gustaba y que nunca lo había hecho. Eso me extrañó y le recordé que no era so lo que me había dicho cuando empezamos a vernos. Ella se sorprendió y tras un tira y afloja, tuvo que reconocer que sí, que lo había hecho, aunque remarcando que había sido sólo una vez, y con su ex, no con sus posteriores rolletes. A mi me extrañaba que en esas dos relaciones, que ella mismo calificaba de puso sexo, no hubiera habido algo más que una simple penetración vaginal.

En realidad me daba la impresión de que quería hacerme ver que era recatadilla y “tradicional” en lo que a conducta sexual se refería. El caso es que desde entonces cualquier mención a ese periodo de su vida, nunca tuvo respuesta de ella, por más que en varias ocasiones intenté sacar algún detalle, y eso empezó a obsesionarme un poco.

Dudaba que el juego que había iniciado pudiera tener éxito alguno, pero al menos me permitiría divertirme viendo las reacciones de mi esposa, si seguía adelante con él.

Tras ese primer mensaje, el misterioso “Angel”, o sea yo, envió unos cuantos PPS, todos ellos sexualmente subiditos de tono. Susi se encargaba de eliminarlos cuando le aparecían como no leídos, y nunca los mencionaba si aparecían como leídos previamente por mí. La verdad es que yo efectivamente empezaba a divertirme viendo el comportamiento de mi esposa antes los mensajes del falso Angel.

Un par de semanas después, lancé un ataque más fuerte, con el siguiente mensaje, conscientemente no del todo bien escrito, igual que el anterior, para evitar levantar sospechas en ella:

 

Que pasa chica, que me ignoras. Queria saber de ti que nos vieramos para  recordar viejos tiempos en el local y como nos va ahora, lo ultimo que se es que estabas recién casada o apunto de hacerlo. Te he llamado al movil que tengo tuyo de la ultima vez que nos vimos pero me sale no operativo. Por lo menos me queda el recuerdo del pasado de los bueno polvos que esnifabamos y de los buenos polvos que luego echabamos y de la inolvidable mamada. Perdona si te he molestado. Adios

Angel

 

Lo de mencionar la cocaína era intencionado. Cuando salíamos con algunos de los amigos que ella me había presentado, era frecuente ponerse unas rayitas. Yo lo probé ahí por primera vez, lo admito, pero me di cuenta que a ella le gustaba bastante. Uno de esos amigos me contó que la coca la conseguían normalmente en el bar de Angel, con lo que yo suponía que cuando ella estuvo con él, las esnifadas debían ser algo normal. Esa mención y la del local, deberían ser suficientes para que Susi se pispara, si es que no lo había hecho ya con el primer mensaje, de quien podía ser el misterioso Angel. Lo de la mamada era, por supuesto, un farol.

De nuevo el primer mensaje ella lo hizo desaparecer, sin decirme nada, pero dos días después lo volví a mandar. Al llegar a casa del trabajo, miré nuestro correo en mi ordenador y vi que ella no lo había aún leído. Entonces fui yo quien intervino:

– Susi, parece que hay nuevas noticias de tu amigo misterioso.

– ¡No!, ¡No me digas que ha vuelto a enviar el mensaje! – se le escapó.

– ¿Es que ya lo había mandado antes?- le contesté, haciéndome el sueco.

Susi dudó un poco, pero no tenía más remedio que admitirlo:

– Bueno sí, pero lo eliminé. Mira, no quiero recibir mensajes de ese individuo.

– ¡Vaya! ¿Es que sabes ya quien es? – seguía yo acorralándola.

– Debe ser Angel, el del bar de copas, aquel con el que me enrollé una vez. No sé quien le ha podido dar nuestra dirección de correo. Seguramente ha debido ser Juan, pero me da igual, no voy a contestar.

Juan era un amigo suyo de aquella época, al que hacía tiempo que no veíamos. Ella siguió:

– Ese tío no es buena gente, creo que incluso ha estado en la cárcel.

– Pues no sé entonces como te liaste con él. Además parece que se acuerda mucho de ti y de las cosas que hacíais. – respondí con retintín, intentando llevar la conversación a mi terreno.

– ¿Lo ves? – Replicó Susi, que se iba enfadando – Por eso lo borré, para que no te hagas pajas mentales. Estuvimos liados, sí, pero lo de la mamada es un invento, ya sabes que yo eso no lo hago. ¿Te das cuenta de que es un cabronazo? Mira, no te pongas a pensar cosas raras, me enrollé una vez y ya está. No quiero que ahora salga a flote el pasado y te comas el coco.

– A mi no me importa lo que hayas hecho antes de estar conmigo – le dije – pero lo que sí me gustaría es saber algo de esa etapa de tu vida de la que nunca me quieres contar nada.

– Es que yo no quiero hablar de esa etapa. Ahora estoy contigo y estoy feliz, nada más.

– Bueno, pues creo que deberías contestarle y decirle que nos deje en paz.

– No pienso hacerlo, si lo hago seguro que a va aseguir incordiando. De verdad, cariño, que ese tío es chungo.

– Pues entonces le contestaré yo, al fin y al cabo él debe saber que los mensajes los leemos ambos. Le diré que nos deje en paz y que tú no quieres contestar.

– Haz lo que quieras. Tú sabrás.

Estaba claro, que, tal y como suponía, del juego no iba a sacar nada, pero me seguía divirtiendo hacer creer a mi esposa que uno de sus ex amantes la acosaba con mensajitos obscenos y observar las reacciones que ella tenía.

El mensaje que envié fue este:

 

Soy el marido de Susi y sólo quiero que sepas que ella ha leído todos tus mensajes y no te contesta simplemente porque no quiere saber nada de ti y además no tiene un buen recuerdo tuyo.

Por lo tanto haz el favor de quitarnos de tu lista de envíos de Pps y similares y deja de mandarnos más mensajes y menos atribuyéndole a ella cosas que no hace.

 

Dos días después mandé, como Angel, otro PPs, para mantener la atención de ella, y una semana más tarde envié el que pensaba que ya sería el último, igualmente mal escrito.

 

Haber chico, Susi y yo nos líamos y dos que se enrollan follan vale. si es por lo de esnifar te dire que a tu chica le gustaban más las rayitas que el barro al guarro y si es por lo de la mamada fue difícil conseguirlo pero con unas cuantas copas y  nieve ya está, y lo goce, asi como el trio y alguna otra cosita mas. Siento que te joda, pero es asi.

Adios

Angel

 

Tal y como suponía, ella se deshizo del mensaje de inmediato. Lo volví mandar al día siguiente y ocurrió lo mismo. Estaba claro que Susi no quería que yo lo viera. Esperé unos días y lo mandé por tercera vez, pero en esta ocasión entré de inmediato en nuestro correo y lo abrí, para que a ella le apareciera como ya leído por mí.

Al llegar a casa por la noche, no hizo falta que yo le dijera nada, ella misma me asaltó de inmediato, toda furibunda e indignada.

– ¿Has visto el gilipollas ese, el mensaje que nos ha mandado?

– Si, cada vez va siendo más explicito en sus comentarios – contesté con fina ironía.

– ¡Que no, Mariano! ¡Coño, que no es verdad lo que dice! ¿Pero es que no te das cuenta de que lo que quiere es jodernos?

– Pues no lo sé. Yo tampoco veo muy claras sus intenciones, pero tampoco sé por qué iba a mentir. ¿O es que no follasteis?- pregunté, jugando mis últimas cartas.

– Bueno… ¡Sí, joder! Estábamos enrollados, pero lo demás … Eso se lo inventa, lo hace para malmeter. Es un cabronazo.

– Ya, claro, destapando tu oculta etapa sexual. ¿Quieres un poquito de coca, a ver si te calmas? – volví a ironizar.

– Muy gracioso, hombre – contestó con mirada asesina.

– ¿Ahora me vas a contar que tampoco le dabais a la farlopa?

De nuevo tardó en contestar, sintiéndose algo acorralada.

– Bueno, vale, eso también. ¡Coño, ya lo sabías tú! – Y quiso cambiar el tercio – Mira, lo que hay que hacer es cambiar el correo electrónico. Así no podrá escribir más.

– De eso nada. – y volví a lo que me interesaba – A lo mejor sólo quiere que le contestes.

– Ni hablar, eso es lo que el quiere y no le voy a dar el gustazo. ¡Que le den! – terminó, manteniéndose inflexible.

Y yo creí que así había acabado el juego, ya no tenía sentido seguir mandando mensajitos, pues Susi se había puesto el caparazón, como siempre, y su pasado seguía escondido en él. Hasta que una semana más tarde recibí un mensaje en mi móvil.

 

Hola, soy Angel, un amigo de tu mujer. Me gustaría hablar contigo de unas cuantas cosas. Llámame.

 

Lógicamente el mensaje me sorprendió. Ahora resultaba que un Angel salía a escena, sin tener yo nada que ver con ello. Lo primero que pensé es que era cosa de Susi, que de algún modo se había enterado de mi juego y me estaba devolviendo la moneda, pero pronto me di cuenta de que algo no cuadraba, porque había un número de móvil de por medio, para mí desconocido, y una invitación a llamar a ese móvil. Si llamaba, ¿quien iba a seguir el juego? ¿Un compinche suyo? Luego me vino a la cabeza una idea aún más absurda ¿Y si fuera el ex de Susi el que me llamaba?

Sólo había una manera de comprobarlo, aunque reconozco que la idea no me entusiasmaba. Llamé, muy nervioso, al número desde el que provenía el mensaje y una voz masculina me contestó. Me identifiqué y le expuse el motivo de la llamada. El me confirmó que era Angel, y que, efectivamente, quería verme. Quedamos en un local de copas para la tarde siguiente, sin hablar de nada más.

Al colgar, mis nervios e intriga se desbordaban. Ahora resultaba que aparecía el autentico Angelito. Como no creo en casualidades, supuse que, de alguna manera, él se había enterado de mi juego y que probablemente estaba cabreado. No solo Susi, sino un buen amigo nuestro, que también conocía a Angel, estaba al tanto de lo de los mensajes, pero nadie sabía que yo era el autor ¿Por qué quería hablar entonces conmigo? No lo entendía y estuve tentado de no acudir a la cita, pero la curiosidad me pudo, y al día siguiente me presenté en el lugar donde habíamos quedado.

En la entrada del garito me recibió un hombre de color, ya curtido en años, calvo y alto. Le dije que quería ver a Angel y él, con un simple ademán, me hizo seguirle hasta una puerta, al fondo del local. Le seguí, con cierta desconfianza, preguntándome qué coño hacia allí. Atravesamos un pasillo, bajamos una escalera y finalmente entramos en una estancia, bastante grande, iluminada con luz artificial. Me dejó allí y se fue, sin decirme ni una sola palabra. Mientras esperaba, examiné la habitación. Había una zona a la derecha con una pequeña barra de bar y una vitrina repleta de bebidas. En otra zona observé un equipo de música, una televisión, varios estantes con DVDs y cojines en el suelo. Me acerqué y vi que había tanto Cds musicales como películas en DVD. Al fondo de la habitación había un sofá gris de tres plazas, con reposabrazos grandes, y adosado a él, otro sillón a juego. En medio, una mesa rectangular bajita. La luz, indirecta, provenía de varias lámparas encastradas en una especie de canalón, cerca del techo y apuntando a él, creando un ambiente muy relajante. En la mesa observé un pequeño recipiente rectangular de cristal del que sobresalían varios objetos finos y cilíndricos. Eran los típicos turulos que se emplean para esnifar. Me senté en un extremo del sofá, esperando a Angel.

Al cabo de unos diez minutos, apareció un hombre de unos 40 años, algo gordo y ciertamente corpulento, con una barba mal afeitada y una vestimenta muy sencilla, compuesta de jeans y camiseta blanca. Tenía el pelo oscuro y algo largo y las cejas llamativamente pobladas. No me pareció un tipo muy atractivo, la verdad, y además, al acercarse a mi, me inundó un desagradable olor a sudor.

Se sentó en el sillón gris, adosado al otro extremo del sofá en el que yo esperaba, me observó fijamente unos segundos, examinándome, y poniéndome aún más nervioso con su mirada, Finalmente esbozó una breve sonrisa y me habló secamente:

– Hola, yo soy Angel. ¿Cuál es tu nombre?

Al hablarme, me percaté de que le faltaba algún que otro diente o bien los tenía rotos, no sabía muy bien qué. Me presenté:

– Soy Mariano, el marido de Susi.

– Eso ya lo sé, lo que no conocía era tu nombre. Te preguntarás por qué estas aquí, aunque tengo la sensación de que algo te imaginas.

Y tenía razón, claro. Los mensajes inventados por mí, en su nombre, tenían que tener algo que ver con esa cita. Angel prosiguió:

– Bien, como te dije, tengo que hablar contigo, pero creo que es mejor que te sirva antes una copa.

Eso lo dijo con algo de sorna, como avisándome que lo iba a necesitar. Mis nervios aumentaban, tal vez debería haberle pedido una tila, pero para nada quería aparecer como un melindroso y le pedí un whisky con hielo. El se sirvió un cubata, e inició el siguiente relato:

 

Bien, hace dos días mi encargado me dijo que una tal Susi preguntaba por mí en el local. Yo, al principio, no sabía quien podía ser. Desde la parte superior del local, donde yo me encontraba, espié la mesa en la que ella estaba sentada y fue entonces cuando reconocí a la bella mujer de pelo moreno y largo, a tu esposa. Venía muy bien vestida, con un traje negro por encima de las rodillas y medias también negras. El traje era escotadillo y mostraba el comienzo de sus buenas tetas. Estaba muy guapa y sugerente, pero me extrañaba su presencia y su interés, pues hacía años que no sabía nada de ella.

 

No me gustó el tono en el que empezó a hablar Angel, con esa mención a los pechos de Susi. Pero lo que menos me gustó era que Susi hubiera ido allí. Angel siguió:

 

Muy intrigado bajé a saludar, pero en el rictus de su cara vi pronto que no le alegraba, precisamente, volver a verme. Le saludé y ella, de inmediato, comenzó a increparme:

– Hola, bien como verás te he hecho caso y aquí estoy, pero solo para decirte que eres un cabrón, enviándome esos mensajes ofensivos.

No entendía nada de lo que me decía, pero me gustaba su presencia y su mosqueo. No recordaba haber visto nunca a Susi cabreada, más bien lo contrario, era una tía simpática y cachonda, siempre de buen humor. Antes de contestar, le ofrecí una copa, que ella no rehusó, y le serví un cubata de whisky. Luego me senté junto a ella, deseoso de saber qué era eso de los mensajes y qué demonios tenía que ver yo con ellos. Le seguí el juego y le pregunté:

– ¿Por qué dices que son ofensivos?

– ¡Ja! ¿Y lo preguntas? Primero me escribes diciendo que hace mucho que no sabes nada de mí y que quieres que nos veamos para recordar viejos tiempos. Y luego, no contento con eso, me vienes con que lo pasaste de puta madre conmigo, follando y drogándonos. ¿No es para cabrearse, coño?

Por unos momentos tuve el impulso de acabar de inmediato la conversación, negando toda participación en eso, pero sus palabras me hicieron recordar la etapa en la que estuvimos ella y yo liados, y me pareció una buena idea seguirle la corriente.

– Bueno, no dirás que no lo pasamos bien, y que nos echamos buenos polvos, con las narices repletas de coca. ¿O no?

Ella se paró a reflexionar un buen rato, se bebió la mitad de su cubata y luego me dijo algo que me sorprendió mucho.

– De acuerdo, eso es cierto, pero coño, no puedes ir enviando mensajes a un correo personal, diciendo también que si te la he chupado o que si hemos hecho un trío y cosas similares.- bebió otro trago de su copa y siguió – Joder Angel, que los mensajes enviados a ese correo, que, por cierto, no sé cómo coño has conseguido, los lee también mi marido.

La cosa se ponía interesante. Unos mensajes falsos en los que supuestamente yo hablaba explícitamente de temas sexuales con Susi. Hay que reconocer que lo cosa era intrigante y maliciosa. Me empezó a parecer sumamente morbosa la presencia de Susi allí, con esas ideas en la cabeza. Cada vez me acordaba más de los momentos que pasé con ella y me estaban entrando unas ganas enormes de repetirlos en aquellos momentos. Y seguí indagando:

– ¿Pero es que a tu marido nunca le has contado lo nuestro?

– Bueno, él sabe algunas cosas, pero sin detalles. Nunca he querido contarle los pocos excesos de aquella época de mi vida tan jodida.

Y empezó a contarme cosas de su vida actual, de lo bien que estaba contigo, mientras yo me entretenía en atisbar lo que podía de sus tetas y, sobretodo lo que podía ver de sus muslos, imaginándome poner mis manos sobre ellos y subirlas hacia arriba por el interior de la falda.

 

Lo más normal es que le hubiera dado una hostia, pero ni se me ocurrió. Estaba muy aturdido por el hecho de que Susi hubiera estado allí y las sensaciones que Angel describía respecto de ella comenzaban a dar un tinte morboso al asunto, haciendo que, sin querer, me pusiera en su papel. El continuó su relato:

 

El caso es que ella se explayó lo que quiso, dejándome claro que de seguir con los mensajitos podría desestabilizar un tanto vuestra relación sentimental. En esos momentos reconozco que me importaban poco los mensajes y vuestra vida. Lo único que me apetecía, y no te molestes por ello, era follarme a tu cabreada y preciosa esposita, aunque conseguirlo se me antojaba imposible en esos momentos, con ella ya casada y tan feliz. Tenía que conseguir que pudiéramos volver a vernos más adelante y buscar entretanto una estrategia. Como no quería que se fuese aún, quise serenarla y le dije:

– Vale, tienes razón, seguramente no debí hacerlo, pero tenía ganas de volver a verte e insisto en que sería bonito recordar viejos tiempos. No lo haré más, pero ya que estas aquí, me gustaría que charláramos otro rato, como buenos amigos. Al fin y al cabo tantos años dan para mucho. ¿Te echo otra copa? – Terminé, viendo que había apurado con bastante rapidez su bebida. Ella se lo pensó unos instantes, pero accedió:

– Está bien. Ponme otra, por favor. Igual que la de antes.

Y le serví la segunda copa, bastante más cargada de alcohol. Estaba mucho más tranquila e igual de radiante. Me preguntó cómo me iba a mí y le conté los sucesos de mis últimos años y los problemas que había tenido para mantener el bar, sobretodo en los dos años que había estado en la cárcel por temas de drogas. Fue entonces cuando me preguntó:

– ¿Sigues distribuyendo polvo aquí, en el bar?

– ¡Sí claro! – le contesté – el local deja beneficios, pero lo que más deja es el trapicheo de cocaína. – y entonces, sin buscarlo, tuve, posiblemente, la mejor idea de la tarde.

– ¿Quieres una rayita, como en los viejos tiempos?

Ella tardó en contestar, pero en seguida noté en sus ojos que realmente le apetecía meterse algo de nieve. En el poco tiempo que había estado allí, ya se había bebido un cubata y medio y se había fumado varios cigarrillos. En eso no había cambiado y en la atracción por la cocaína, parecía que tampoco.

– No sé, se hace tarde. – se interrumpió, algo azorada y como con miedo de aceptarla, pero al final claudicó – Bueno, vale, hace tiempo que no le doy ese gusto al cuerpo. Una loncha no me vendría mal, estoy un poco nerviosa.

Le dije que me siguiera a esta misma estancia, le ofrecí una tercera copa, tan cargada como la anterior, y preparé dos rayas de la cocaína más pura que tenía, una para ella, bien gruesa, y otra para mí. Susi se lanzó a ella con tanto frenesí que estuve tentado de prepararle otra, pero me contuve. Quería ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, viendo que ella estaba cada vez más suelta y alegre. Empecé a pensar que tal vez no era tan descabellado buscar el modo de tirármela esa misma tarde Nos sentamos juntos en el sofá y seguimos hablando.

Ella sentía mucha curiosidad por los amigos comunes que habíamos tenido. Le conté lo que sabía de ellos y pronto comenzamos a rememorar, cada vez entre más risas, episodios singulares que habíamos compartido con ellos.

 

En ese momento Angel tuvo que atender a su móvil, lo que me permitió desconectar de la atracción que su relato me estaba provocando. Parecía que, efectivamente, Susi podía haber estado allí, pero me parecían improbables las reacciones de ella que Angel me describía. A él le encontraba, por otra parte, ciertamente desagradable, pero había que reconocer que relataba muy bien. Quería que siguiera, me parecía estar en el intermedio de una película que estaba tomando un rumbo ciertamente morboso. Terminada su conversación telefónica, se puso otra copa y prosiguió:

 

Como te decía estuvimos hablando un buen rato de los amigos comunes y le pregunté si quería ver algunos videos que tenía de aquella época. Ella miró el reloj, sin estar muy segura de qué hacer. Entonces le dije:

– Venga, nos metemos otro tirito y lo vemos. No dura mucho, apenas un cuarto de hora.

Al oír lo del tirito, creo que sus dudas desaparecieron del todo y, sonriendo, dijo:

– Vale, pero que sea como la anterior. Estuvo genial.

Los efectos del alcohol y la droga eran cada vez más evidentes, se notaba que ella quizás ya no estaba acostumbrada. La llevé frente a esa televisión, apagué las luces, menos una pequeñita que dejaba una penumbra relajante, y nos acomodamos entre los cojines. Al sentarse ella sobre sus talones, estirando las piernas, su falda subió más, alegrándome la vista mostrando buena parte de sus muslos.

Me encendí un porro y en cuanto ella sintió el olor tampoco pudo evitar pedirme que le pasara el canuto. Yo me arrimé y la cogí del hombro, sin que ella mostrara rechazo alguno. Reímos, comentando las escenas inocentes del pasado que aparecían en la pantalla, en las que ella aparecía también alguna que otra vez.

Casi al final de la cinta le avisé:

– Prepárate porque lo que viene ahora, no te lo esperas.

– ¿Qué es? – preguntó curiosa, mientras aspiraba profundamente el porro que le acababa de pasar.

– Es una sorpresa – le dije para dejarla intrigada.

La imagen se oscureció mostrando una escena nocturna en un jardín con una piscina y varias personas cayendo una tras otra en el agua. Tu esposa no tardó mucho en reconocer el momento y el lugar.

– ¡No! ¡Ay no! No me digas que es el chalet de Jorge.

– Pues sí, es el chalet y aquella nochevieja.

Ella me miró, incrédula.

– Lo grabasteis. No me digas que habéis sido tan cabrones.

Le sonreí y le dije que siguiera viendo lo que ya sabía que venía después. La gente desnudándose, tirándose unos a otros a la piscina, aprovechando para magrearse un poco. El que manejaba la cámara fue pasando inflexible por todos los miembros de aquella panda, hasta que también le tocó el turno a Susi. Allí estaba ella, completamente desnuda, a la vista de todos los amigos.

-¡Joder! Quita eso ¿no ves que estoy en bolas?

– Ya mujer, y ahora me dirás que te de la cinta.

– ¡Qué cerdo! A saber las pajas que te habrás hecho mirándola.

No hice caso de la pregunta. Le pasé de nuevo el canuto y me arrimé más.

– Reconoce que aquella noche estuvo bien – le susurré al oído sugerentemente, besándole luego la oreja y el cuello.

– ¡Ahhh, sí! – dijo Susi suspirando – Fue una noche auténtica – y expiró lentamente el humo del cigarro, sin pasármelo de nuevo, y con la vista perdida en el techo de la salita.

Supe que ese era el momento y mis manos se pusieron en marcha, una acariciando las tetas de Susi por fuera del vestido, y la otra haciendo lo que llevaba imaginando toda la noche, reptar por sus muslos, por debajo de la falda. Cuando sobrepasé el encaje superior de las medias, tocando la tierna carne de sus muslos, tu mujer protestó, gimiendo levemente:

-Uhhmm, que haces Angel, estate quitecito, – pero en lugar de obstaculizarme el paso, lo que hizo fue separar un poco las piernas, ofreciéndose a mis caricias

– Estoy recordando esa noche y me pongo cachondo – volví a susurrarle, mientras mi mano ya estaba bajo el escote, tanteando por encima del sujetador los pezones abultados y excitados, y mis dedos habían alcanzado sus bragas, comprobando el calor que desprendía el chochito de tu esposa. Mantuve un rato de silencio, dejando que ella se impregnara de los efectos del porro, que seguía sin compartir conmigo. Luego continué:

– Me acuerdo del polvo que echamos en el jardín, ocultos tras el boj, con el miedo y el morbo de que nos viera alguien.

– Es verdad – me contestó ella, pasándome por fin el canuto, ya bastante consumido – sobretodo de que nos cazara in fraganti tu novia, que andaba por allí cerca. Aquello fue la leche.

– Con mi novia fue peor lo del coche. ¿Recuerdas? – Y me tomé otra pausa, sin cesar de acariciarla – Era de madrugada y estábamos en tu coche. Te pedí, medio en broma, que me la chuparas, que me ponía mucho esa situación, pero, por supuesto, no quisiste.

Ya en esos momentos tanto sus tetas como su coño eran completamente míos. Gimió dulcemente cuando mis dedos se posaron en su clítoris, antes de contestar:

– Ya, pero recuerda que conseguiste que te la sacara del pantalón y te la meneara. Estabas como loco, mientras te masturbaba.

– Claro, porque sabía que mi novia andaba por allí cerca y nos podía descubrir. Por eso cuando apareció por la puerta de salida del bar y se acercó, el morbo me pudo y me corrí. ¡Uff, que gusto me dio! Fue una paja memorable.

– ¡Menudo cabrón! A mi me pringaste con tu espeso semen. ¡Que asco! Eyaculaste un montón y no sabía donde coño limpiarme la mano.

Susi gimió de nuevo al alcanzarle yo de nuevo su mojado botoncito. Estaba muy excitada. Yo me había ya sacado la polla, completamente tiesa, y abandonando mis caricias en sus senos, le cogí una mano y la llevé a mi verga, incitándola a repetir lo de aquella noche. Tu querida esposa la agarró con suavidad y me empezó a pajear.

¡Ahh! No veas el gustazo de sentir de nuevos esos finos dedos deslizarse por mi rabo y apretármelo. Qué morbo tener a Susi ahí, toda para mí. De repente ella abandonó tan rico trabajo y se incorporó.

– ¿Sabes donde me limpié al final la mano, justo antes de que llegara tu novia y pudiera pillarme? – me dijo, mirando primero mi polla erguida y luego directamente a mis ojos. Con un gesto le di a entender que no tenia ni idea y ella siguió:

– Pues en el coño. Me restregué la mano por el chichi y lo dejé empapado y húmedo de tu semen. Cuando llegué a casa tenía las bragas pegadas al coño – y dicho esto se echó una preciosa risita, se levantó y regresó al sofá.

Yo también reí y me acerqué de nuevo a ella, convencido de que follármela era sólo cuestión de minutos.

– ¿Me pones otra rayita de esas? -me suplicó, poniendo el gesto de una niña que está haciendo una travesura.

– Claro – contesté, y le preparé otra lonchita, abundante y larga. Ella la esnifó con ansia y se tumbó en el sofá. Yo me acerqué y le levanté la falda, dejando al descubierto sus muslos y sus bragas blancas y húmedas. Se las bajé, contemplando su hermoso chocho, abierto y a mi disposición. Cogí otra bolsita de coca y comencé a entretenerme en desparramar la nieve por encima de su raja.

– ¿Qué me haces, cerdo? – me dijo ella, sorprendida.

– Esta es para mí. Voy a ponerte la coca en el coño. Tú no digas nada y déjate llevar. Ya verás como te gusta.

Y con mis dedos comencé a esparcirla por dentro de sus abultados labios mayores, sobre los menores, por su orificio vaginal y especialmente sobre el clítoris. La escasez de pelos en el coño de tu mujer facilitaba la tarea. Ella gemía y movía la pelvis de cuando en cuando, mientras yo la masturbaba, removiendo la nieve que, inevitablemente, se humedeció inmediatamente.

– Uhmm. ¿Pero qué coño estoy haciendo?- dijo después de un hondo suspiro de placer.

– Recordando viejos tiempos, tesoro. ¿No es a eso a lo que habías venido?- le contesté, insistiendo en su clítoris, y haciéndola gemir de nuevo, antes de que me insultara, rendida ya a mí:

– Eres un cabrón, Angel. Yo había venido aquí a echarte la bronca, y mira ahora – volvió a gemir mientras mis dedos recorrían toda su raja por completo – Estoy jodida ¿Cómo puedo estar haciéndole esto a mi marido?

– Que coño más delicioso tienes – le contesté sin mencionar su comentario, acercando mis labios a su encendido chochito. Por supuesto que la nieve ya no se podía esnifar, con lo mojada que ella estaba, pero no era eso lo que yo buscaba. Mi idea era comerme su deliciosa raja, empolvada de coca de la mejor calidad.

 

Angel interrumpió la narración, para encenderse un cigarro. Sabía lo que me iba a decir a continuación, que se había comido el coño de mi mujer y que se la había follado después, y seguramente otras muchas cosas más. En realidad todo me parecía tan absurdo que ya no creía ni que Susi hubiera estado allí, aunque de algún modo Angel sí había tenido conocimiento de los mensajes. Lo que no entendía es por qué se ensañaba conmigo, intentando joderme con esa historia ridícula. Pero reconozco que la narración resultaba interesante y las imágenes que pintaba de mi mujer me tenían extrañamente excitado. De modo que le dejé que siguiera contando su inventado guión original.

 

Cuando iba a iniciar la tarea de comerme el coño de tu esposa, llamaron a la puerta de la habitación. No iba a hacer caso, pero insistieron y no tuve mas remedio que incorporarme y ver lo que pasaba. Mi encargado, el que te ha recibido en el local, me indicó que un proveedor estaba abajo y que tenía prisa. ¡Mierda! Me había olvidado esa cita, con la emoción del momento, pero no tenía mas remedio que atenderle, pues era vital para mi negocio, ya te puedes imaginar el por qué.

Intenté despacharle rápidamente pero, por desgracia, la cosa se alargó más de lo previsto y regresé a donde había dejado a Susi, veinte minutos después. Estaba cabreado, temiendo que tu bomboncito ya no estuviera allí. Pero lo que sin duda no esperaba fue lo que me encontré. Allí seguía Susi, toda desnuda, de rodillas sobre uno de los asientos del sofá, con su rostro apoyado en el otro asiento, y Fredy, mi encargado, también en bolas, follándola lentamente por detrás, como un perro a una perra. Totalmente sorprendido, me fui acercando lentamente a ellos, percatándome en primer lugar de que Fredy se movía muy despacio, y después de que lo que él estaba realmente haciendo era encularla. Creo que no quería lastimarla, y por eso su ritmo era lento, pero continuo, metiendo y sacando en toda su extensión su negra polla, envuelta por un llamativo condón amarillo.

Me pregunté por unos instantes qué coño había pasado ahí, pero pronto le resté importancia. Me resultaba muy excitante ver a mi encargado, un colega colombiano que conocí en la cárcel en la que estuve preso, dándole por el culo a tu mujer. Era de película, un tiazo negro sodomizando morbosamente a tu tierna esposita blanca. Mi polla creció, meneándomela a medida que me acercaba al sofá, y me preparé para follarme yo también a tu mujercita. Me desnudé, me puse un condón y me acoplé por debajo de Susi, boca arriba en el sofá. Fredy se frenó unos instantes, para dejar que me colocara, y ella abrió en ese momento los ojos fugazmente, cerrándolos de nuevo, dispuesta a recibir también mi verga. Situé mi polla a la entrada de su coño y ella misma fue bajando poco a poco su cuerpo para dejarse penetrar.

Joder, qué gustazo me dio sentir la estrechez del chocho de tu esposa y sus continuos suspiros, durante el largo rato que tardó en deslizarse mi verga dentro de ella. Una vez hundida del todo, Fredy, impaciente, reinició sus movimientos, pero yo preferí quedarme un rato quieto, disfrutando de esa morbosa sensación de placer que produce la posesión de una mujer casada y aparentemente fiel a su esposo. La boca de tu Susi estaba a la altura de la mía y la besé con fuerza, recibiendo de ella el regalo de corresponderme con igual frenesí.

Poco después, ambos nos follábamos a tu esposita sin contemplaciones, recibiendo uno tras otro sus gemidos, en cada embestida. Fredy y yo peleábamos por apoderarnos de sus grandes tetas, que colgaban como dos apetitosos racimos, y de los cachetes de su trasero. La cabalgábamos con buen ritmo, pero frenándonos cuando sus gemidos se acentuaban, porque no queríamos que se corriera demasiado pronto. Nos gustaba verla, así, tan caliente, tan abandonada al placer que le ofrecíamos los dos machos, tan sometida a ambos.

Llevábamos ya un buen rato follándola, cuando Fredy me indicó con un gesto que abandonáramos nuestra bella presa. Al salirnos, dejamos a Susi boca arriba, semitumbada en el sofá, con cara desencajada. Mi encargado se sirvió una copa de ron y yo apuré un sorbo de mi bebida. Susi nos miraba sorprendida, sin decir nada, aunque se notaba en su cara que estaba preguntándose qué es lo que pasaba. Fueron un par de minutos de silencio, que rompió tu mujercita con unas palabras que tanto Fredy como yo queríamos oír:

– Vamos, no me dejéis así. Por favor, necesito vuestros rabos.

En el tiempo que estuve con ella, jamás había visto a Susi sexualmente tan anhelante. Ambos entendíamos su necesidad y nos acercamos de nuevo a ella, viendo como se le iluminaba la cara, al observar nuestras pollas tiesas dirigiéndose a ella, listas para poseerla de nuevo.

– ¡Eso es, venga! Necesito que me folléis ya. – nos volvió a suplicar, agarrando con sus manos nuestras vergas y atrayéndonos a ella.

Fredy levantó a Susi y se tumbó boca arriba a lo largo del sofá, poniéndola a ella tumbada sobre él, también boca arriba, y apuntó a su ano, por el que parecía tener autentica predilección, dejando de nuevo a mi alcance su coño. Antes de volver a follarme a tu deliciosa chica, me entretuve un rato en lamerle el chocho, algo que deseaba haber hecho antes de la interrupción. Uhmm, qué mojada y caliente estaba su rajita, y que delicioso aroma a hembra desprendía todo su coño. Ella quería mi polla en su interior y tiró pronto de mis pelos hacia arriba, instándome a joderla de una puta vez.

Qué quieres que te diga, volvimos a enloquecerla, la hicimos gemir como una desesperada, pero esta vez moviéndonos con mucha más rudeza que antes, sobándole con fuerza los pechos y sus endurecidos pezones, con ganas también nosotros de corrernos disfrutando de tu bella mujercita.

El problema es que a mi no me gusta correrme en el condón, de modo que me salí y me lo quité, esperando que Fredy me dejara ocupar su privilegiado aposento. Sin embargo él era el que llevaba la voz cantante y no estaba por la labor. No era cosa de incomodarle. Fredy se alzó del sofá y con Susi aun boca arriba, se arrodilló a la altura e sus muslos, la atrajo de las caderas hacia él y volvió a encularla, dejándome con las ganas. Pero había otras opciones. Sus tetas aparecían grandes y seductoras y me apetecía hacerme una cubana hasta correrme entre ellas, algo que casi conseguí una vez cuando nos enrollamos.

Me arrodillé en el sofá y envainé mi verga entre sus globos, apretándolos con mis manos, gozando el contacto de su carne sobre ella. Casi no hacía falta que yo me moviera para pajearme, Fredy embestía cada vez con más violencia, moviendo el cuerpo de Susi de arriba a abajo, favoreciendo mi propia masturbación. Tu esposa gemía, a veces gritaba, enloquecida, y fue entonces cuando se produjo lo más inesperado de la noche. Puso sus manos sobre mi trasero y me atrajo hacia ella. Parecía que me invitaba a algo que jamás conseguí durante nuestra relación y que, conociendo a tu chica, ni se me había pasado por la cabeza hasta ese momento. Arrimé la punta de mi verga a sus labios y de inmediato los entreabrió, franqueando la entrada y confirmando lo inesperado. No podía creérmelo, pero era cierto, tu mujer me quería chupar la polla, me la quería mamar, quería enterrarla en su boca. Era una invitación morbosa e irrechazable y el simple pensamiento de que en unos minutos podría estar follándomela por la boca me excitó aún más si cabe, poniendo mi rabo en su máxima erección. Has de saber que mi polla es bastante corta, pero tiene un grosor muy considerable. Si hubiera enculado a Susi, como era mi deseo, seguramente le habría hecho daño, pero metérsela entere los labios tampoco iba a ser tarea fácil.

Empecé por el glande, lo más sencillo, aprovechando que Fredy había hecho una pausa en sus embestidas. Tu mujercita abrió entonces los ojos y me lanzó una preciosa mirada de ánimo, al tiempo que renovaba su empuje en mi trasero para metérsela. Yo me dejé llevar, contemplando como su boquita se iba distendiendo, conforme mi pollón se introducía lentamente entre sus labios. Era una visión de lo más morboso, que se agudizó cuando su lengua se puso a jugar deambulando por toda la carne que ya estaba en su interior.

Y así, poco a poco, se la fue introduciendo entera, regalándome el goce de disfrutar de su humedad y calor. El golpe definitivo lo dio mi colega, cuando inició de nuevo la follada. Un fuerte tirón de las caderas de mi negro encargado, hizo que mi verga se hundiera, por fin y por completo, en la boca de tu querida Susi. Por unos instantes los fuertes movimientos de Fredy arrastraron de arriba a abajo el cuerpo de tu esposa y el mío, como si fueran uno solo, hasta que conseguí mantenerme firme, apoyando una de mis piernas en el suelo. De esta manera conseguí follármela por la boca sin esfuerzo, sin tener siquiera que moverme, pues los preciosos labios de Susi se deslizaban por mi rabo, desde la punta hasta los huevos, al compás del ritmo que imponía Fredy, follándosela con un ímpetu creciente.

Yo le acariciaba dulcemente el pelo, mientras que ella me arañaba el culo y la espalda, casi fuera de si. Era tan delicioso sentir como tu encantadora esposa se encendía siendo poseída por sus dos machos, que sentí la inminencia de mi corrida. Pero yo no era el único que iba a venirme, Fredy bufaba a mis espaldas acelerando las embestidas, y Susi gemía ahogadamente, bajo el poder de mi polla en su boca, ambos listos también para alcanzar su orgasmo.

Un desgarrador grito de Fredy, coincidiendo con el último tirón hacia él del cuerpo de Susi, anunció su corrida. Ella también se corría, y era tan morboso escuchar los gritos de su orgasmo perderse en su boca, taponada por completo por mi verga, que yo tampoco pude aguantarme y me corrí como un cerdo, soltando mi leche en su garganta, entre deliciosos espasmos. Cuando Fredy aflojó la presión, mi polla retrocedió y buena parte de mi eyaculación se quedó en su paladar, mientras se sucedían los gritos ahogados de tu esposa, en el orgasmo más largo e intenso que jamás he contemplado en una mujer.

Unos instantes después los sonidos de los tres orgasmos se habían apagado. Yo saqué mi polla, con el glande aún embadurnado de semen, y me limpié esparciéndolo por el rostro de tu mujercita, marcándole una A de Angel. Susi, atrapada todavía bajos los efectos del placer, mostraba los labios semiabiertos, con mi lefa aún en el interior de su boca, salvo un hilillo de leche que escapaba de sus labios resbalando por su mejilla y manchando el brazo del sofá, el mismo brazo en el que tú estas ahora mismo apoyándote.

Eché mi cuerpo ligeramente hacia atrás y mi culo rozó algo. Me giré y observé sobre la tripa de Susi un preservativo amarillo, hecho un higo, y unas gotas de sudor que caían de la frente de mi satisfecho encargado, quien aún sujetaba con sus manazas la cintura de Susi. Y también comprobé, con sorpresa, que en algún momento había cambiado de agujero, pues su larga polla estaba oculta por completo en el sexo de tu mujer.

Asombrado, viendo como deslizaba su verga, ya sin condón, fuera del cuerpo de tu mujer, me di cuenta de que se había corrido a pelo en el coño de tu esposita. La retiró despacio, saboreando las paredes de ese chochito que acababa de follarse. La piel oscura de su verga relucía de fluidos blanquecinos, de su propio semen y de los fluidos de Susi. Cuando terminó de sacarla, unas gotas de semen comenzaron a asomarse al exterior del coño. Fredy me miró, apretó los dientes y la volvió a penetrar con fuerza y hasta el fondo, dos veces seguidas más, como intentando conseguir que su leche se quedara ahí dentro para siempre, y provocando un gritito más de ella.

Nos vestimos y la dejamos allí, pues debíamos atender el local. Una media hora más tarde regresé con ánimo de volvérmela a tirar, ahora por el culo, pero ya no estaba allí. En realidad ni la vi marcharse.

 

Angel calló por fin, después de su larga y fantástica historia. No me apetecía ponerle a parir por contarme esa sarta de mentiras, poniendo a Susi de protagonista. Lo que seguía sin entender era el motivo de su comportamiento. ¿Qué coño le habíamos hecho nosotros, para querer jodernos de ese modo? Eso era lo que quería saber.

– ¿Porqué me has contado todo esto? ¿Tanto te gusta hacer daño a la gente? – le pregunté, haciendo tiempo para que me bajara la erección, que el muy cerdo me había provocado, y poder marcharme de allí.

Angel, se tomó su tiempo antes de contestar, y lo hizo tras un largo trago de su bebida:

– Pues mira, tío, lo he hecho porque tengo la sospecha de que tú eres el autor de los misteriosos E-mails que recibía Susi de mi parte. Y puesto que parece que tienes tanta curiosidad por saber cosas de tu mujer, me ha parecido una muy buena idea contarte todo lo que pasó el otro día. Sé que hay muchos hombres a los que les excita conocer las aventuras sexuales de sus esposas antes de conocerlas, y después también, sobretodo cuando no consiguen de ellas lo que sexualmente les gustaría, y las imaginan como hembras en celo con otros hombres, sin pensar que la culpa es de ellos mismos, porque no son capaces de ponerlas lo suficientemente cachondas. No me extrañaría nada que ahora mismo tengas tu pito tieso, después de todo lo que te he contado.

Tuve que reconocer, en mi interior, que en eso no se equivocaba. Había captado perfectamente mis ideas y sensaciones. También había tenido la polla a punto de explotar mientras le escuchaba, aunque en ese momento mi erección iba bajando. Angel continuó:

– Si no has sido tú, sólo sacarás en limpio hasta donde puede llegar tu mujercita y lo cornudo que ha sido capaz de hacerte. Y si has sido tú, que es lo más seguro, no sólo habrás tenido unos lindos cuernos, sino que además te tocará pensar en lo estúpido que has sido conduciendo a Susi a mi local. Porque sí que es cierto que follábamos y también que nos dábamos unas buenas esnifadas de coca, pero en lo de la mamada y el trío te columpiaste. Nunca conseguí que me la chupara, y eso que lo intenté varias veces en el tiempo que estuvimos enrollados, y por supuesto, nunca hicimos un trío. Y ya ves, ahora Susi se lo ha montado con dos tíos a la vez, que se la han follado por todos sus agujeros a placer. Una mentira hecha realidad. ¡Qué gilipollas!

Ahora que ya estaba en disposición de marcharme, sí que contesté:

– Mira, me da igual lo que pienses. Susi me ha hablado más de una vez de ti, y me ha dicho que eres un tío bastante despreciable. Evidentemente nos quieres joder, y te has inventado todas estas mentiras para hacerlo. Ahora pensaras que yo voy ir corriendo a mi esposa, todo cabreado, para echarle en cara lo que tú dices que ella ha hecho, pero Susi es incapaz no ya de ponerme de los cuernos, sino de hacer todas esas guarradas. La conozco bien desde hace tiempo. No sé como demonios has sabido lo de los mensajes, puede que en efecto Susi o un amigo nuestro, y tuyo, que conocía el tema, se hayan dirigido a ti para pedirte que nos dejaras en paz. El resto es, por supuesto, obra de tu imaginación.

El permanecía quieto, mirándome fijo a los ojos, sin decir ni mu. Me levanté y me fui de allí, pero antes de salir del cuarto le oí decirme:

– Ten cuidado, igual que he conseguido tu número de móvil, también tengo el suyo, y puede que la llame un día de estos, ofreciéndole unos cubatas y Lady Pura. Te aseguro que no se me resistirá.

Regresé a casa y allí estaba Susi, jugando, como siempre, su partida de cartas por Internet. Me recibió contenta y cariñosa, como siempre. ¡Cómo demonios iba a ser verdad el relato de Angel! Yo venía muy caliente y con ganas de follar. Por la noche, en los preliminares, logré que me cogiera la polla con sus manos y mientras ella me pajeaba, no pude reprimirme en indagar:

– Susi, que bien lo haces. Oye, ¿le has hecho alguna vez una paja a alguien?

– Te la estoy haciendo a ti ahora mismo, amor ¿no?

– Me refiero a una paja completa y a otro que no sea yo. No sé, al padre de tu hija, o a alguno de tus rolletes.

Me miró con cara extrañada, pero contestó con aparente naturalidad:

– Pues no, que yo recuerde, pero ¿a qué viene eso?

– No sé, se me ha ocurrido, ya sabes, curiosidad.

Me calló la boca con un beso y seguimos la faena.

Pensé que si realmente hubiera estado con Angel y hubieran hablado del episodio entre ellos y la novia de él, en el coche, su reacción habría sido otra, sin duda. Estaba claro que Angel era un fantasmón y un indeseable.

Un par de semanas más tarde, varios compañeros del trabajo charlábamos de lo que dicen que sucede en las fiestas de despedidas de solteras con los boys. Yo les dije que tenía una presentación con varias fotos de una de esas fiestas y que se las pasaría por correo electrónico. Por desgracia no las encontré, y las daba ya por perdidas cuando recordé que ese era uno de los PPs fuertes que había mandado en su día a Susi desde el falso correo de Angel. Entré en la dirección de correo para recuperarlas y allí, para mi sorpresa, me encontré, entre varios anuncios publicitarios, dos mensajes cuyo remitente firmaba como Susi. Lo primero que comprobé es que los mensajes no provenían de la dirección de correo que compartíamos mi esposa y yo, sino de otra completamente distinta que yo no conocía. Un ligero hormigueo me entró en el estómago y la imagen de Angel, que había olvidado ya por completo, reapareció.

En el primer mensaje Susi aceptaba quedar con Angel, pidiéndole que contestara para acordar el lugar de la cita. El mensaje era de unos días antes de mi cita con él. Por supuesto, ella nunca obtuvo respuesta a ese mensaje.

Pero el que más me intrigaba era el siguiente, cuya fecha comprobé que era justo un día antes del día en que me vi yo con Angel. Contenía el siguiente texto:

 

Hola Angel, no tenía intención de escribirte, pero ayer no tuve oportunidad de hablarte antes de irme del local. Aún no dejo de preguntarme cómo pasó lo que pasó, pero voy a intentar olvidarlo cuanto antes. Lo que sí te pido es que, por favor, en ningún caso se entere mi marido. Tienes que prometerme que vas a guardar total discreción y que no vas a volver a molestarnos. Espero que seas comprensivo y te guardes para ti lo de ayer.

Adios

Susi

 

Me quedé de piedra al leerlo. Las palabras de mi mujer confirmaban que, efectivamente, ella había estado en el bar con él, pero lo peor es que daban a entender que realmente había sucedido algo allí, algo que ella no quería que yo supiera. En realidad lo que ella decía era poco específico, con lo que no podía estar seguro de si tenía algo que ver o no con la historia de Angel. Sin embargo comencé a tener ya una gran desazón, ansiando y temiendo saber qué coño era a lo que se refería Susi. Durante un buen rato apenas pude pensar, pues por un lado me asaltaban las imágenes que tan bien me había descrito Angel, y se me hacían cruelmente reales, y por otro lado me torturaba intentando convencerme de que todo lo que él me había contado era imposible, de que Susi nunca podía haber hecho algo así.

Tras esos primeros instantes de absoluto desasosiego, me serené, y mis esfuerzos se centraron en ver la manera de poder conseguir más información de mi mujer, sin tener que preguntarle directamente a ella, por supuesto. Tenía una doble ventaja sobre Susi, la primera que ella no sabía que el que leía el E-Mail era yo y no Angel, y la segunda que podía de algún modo chantajearla, visto su temor a que yo llegara a saber los detalles de esa tarde con su antiguo rollo.

Mi mente calenturienta echaba humo. Si el mensaje lo estuviera leyendo el auténtico Angel, y su relato hubiera sido cierto ¿Qué tipo de contestación podía dar a mi esposa para obligarla a hablar sobre lo que quería ocultarme? Tras cavilar un rato, pensé que lo ideal era indagar sobre lo que el propio Angel no sabía, es decir como había llegado a montárselo el negro con ella. Debía aprovecharme del poder de chantaje que tenía, y contesté así:

 

Que tal guapisima. Siento mucho haber tardado en responderte, no he podido hacerlo antes. Será difícil que yo olvide lo que disfrutamos ayer contigo, pero no te preocupes, guardaré el secreto y te juro que no os volveré a molestar. Eso sí, hay algo que te quiero pedir: me gustaría saber como consiguió Freddy llegar a encularte. Se lo he preguntado pero el muy cabrón no me quiere decir nada. Joder, tienes que contarme con detalle qué coño pasó, ¿vale?

Un beso ahí, donde más me gusta

Angel.

 

Mandé el E-Mail, con no muchas esperanzas de obtener respuesta, pero no tuve que esperar mucho. A la mañana siguiente, en la oficina, revisé el correo de “Angel” y ahí aparecía la respuesta de Susi.

 

Eres un cabronazo. No sé si fiarme de ti, la verdad, ni sé qué interés morboso tienes en saber eso, pero creo que no me queda más remedio que contarte lo que pasó, aunque no comprendo por qué no lo hace tu coleguita.

Bueno, no sé que me ocurría, pero estaba superbien. Supongo que la bebida y la coca tuvieron mucho que ver en todo. Me habías dejado ahí tirada, después de manosearme el chichi restregándome la nieve. No sé si era por efecto de la coca en mi coño o por qué, pero el caso es que me encontraba tan caliente que empecé a masturbarme, y mientras lo estaba haciendo, de repente, una maravillosa lengua comenzó a lamerme el chochito. Creí que eras tú y me abandoné al placer, a disfrutar ese momento. Cuando estaba a punto de venirme, te agarré de la cabeza para apretarte contra mi sexo y, al notar la falta de pelo, me di cuenta de que no eras tú y di un respingo, sobresaltada.

El negrazo que me estaba comiendo la raja, abandonó entonces lo que hacía y se retiró. No dijo nada, sólo sacó un sobre del bolsillo y me ofreció otro tirito. Yo, por supuesto, acepté encantada y encendida, pero, el muy cabrón, se sentó a mi lado, se sacó del pantalón la polla y preparó la raya con cuidado sobre ella, instándome luego a esnifarla. Su verga estaba semi-erecta, pero ya aparecía larga y atractiva. Cuando terminó de prepararla, la nieve sobre su oscura picha producía un contraste realmente irresistible. Esnifé e, increíblemente, me lancé a chupar después los restos de polvo que quedaron sobre la piel de su verga, hasta que él acabó metiéndola sin mayores problemas en mi boca.

Me hizo chupársela un buen rato, y así fui notando, con agrado, como se le iba endureciendo, mientras él gruñía de gusto. Yo estaba cada vez más fuera de mí, me ardía el coño y necesitaba un buen rabo para calmarlo. Le pedí, le supliqué, sin más, que me follara. Siguió sin hablarme, simplemente se puso un condón y me giró con violencia para ponerme boca abajo sobre el sofá y penetrarme por detrás, sólo que no buscó mi coño, si no que se dirigió directamente a mi ano, escupiendo varias veces en él y masajeando y lubricando el orificio un buen rato. Yo tenía tanta necesidad de polla que no me opuse a sus esfuerzos por lubricarme el ano y aunque la polla de tu colega no es muy gruesa, sí es larga, y cuando comenzó a penetrarme me dolió. Hacía años que nadie me perforaba por ahí e intenté tímidamente oponerme y retirarme, pero me retuvo de las caderas hacia él y procedió a encularme, ya sin compasión.

Pese al dolor inicial, me fue gustando sentir ese trozo de carne dentro de mí, pero lo que yo seguía ansiando era que me follara por el coño. En eso apareciste tú, y cuando vi que te disponías a hacer lo que yo tanto necesitaba, sentí un escalofrío en mi interior, anticipándome al momento en que me metieras ese gordo pollón que te gastas. Reconozco que fue un polvo brutal y que los dos os portasteis como buenos machos, pero la follada final que me propinó ese negro amigo tuyo fue sencillamente genial, tan ruda, tan violenta. Estaba tan caliente que hasta me apeteció meterme en la boca tu pollón, pero ¡joder!, podías haberte corrido fuera ¿no? Me la dejaste llena de semen, aunque te contaré un secreto, ésta ha sido la única vez que un tío se ha corrido en mi boca, y supongo que por la excitación, el alcohol o las drogas, decidí cometer una ultima travesura y me tragué toda tu leche, en vez de escupirla. Ahora me da asco pensar en ello, pero en ese momento hasta me gustó. Ya ves, tú te has llevado el premio, cabrón.

Bueno, espero haber satisfecho tu curiosidad, y también espero que cumplas con tu parte y que nadie más que nosotros sepa lo que pasó. Debes comprenderlo, ha sido un episodio loco que si llegara a oídos de mi marido, podría traerme serios problemas, y tú ya sabes lo mal que lo he pasado antes.

Un besito

Susi

 

Leí el mensaje varias veces, línea a línea, como si no quisiera creer que fuera cierto lo que estaba averiguando, y a cada nueva lectura más me cabreaba, y a la vez, más tiesa tenía mi polla. ¡Joder!, si hasta se despedía con un besito, la cabrona. Qué cierto es eso de que a una mujer nunca se la conoce bien del todo. El caso es que yo había conseguido por fin mi objetivo de saber algo más de la enigmática etapa de Susi, antes de estar conmigo. Pero a la vez ese estúpido e inocente juego, iniciado por mi mismo, me había llevado a ser un enorme y excitado cornudo, y mientras mi esposa ahí, tan tranquila.

Bueno, quizás no tan tranquila, porque por la mañana me había comentado, un tanto preocupada, que llevaba unos días de retraso en la venida de la regla. Y me estaba acordando de las palabras de Angel y de la imagen de la polla de Freddy abandonando el coño de mi mujer, tras llenárselo de leche, sin usar condón. ¿Será posible que …?

FIN