Desde mi juventud conservo un trauma. Todos los sábados por la mañana, a las diez en punto era despertado para ayudar a limpiar la casa. Era una chorrada, cuarenta minutos a lo sumo pero tenía que hacerse en ese justo momento y a menudo con una resaca espantosa. Cada vez que me levantaba con la boca pastosa y un montón de enanitos bailando la conga en el interior de mi cráneo me juraba a mí mismo que cuando fuese un ente independiente limpiaría cuando me diese la gana. Y así fue, durante un breve espacio de tiempo la suciedad y el desorden dominaron felizmente en mi vida.
Y como nada es para siempre llego ella. Es guapa, lista, dulce, me hace reír y no sé por qué extraña razón me encuentra irresistible. Pero entre todas estas virtudes tiene un gran inconveniente, tiene la puñetera manía de limpiar los sábados.
De nuevo me veo transportado a mi adolescencia, madrugando para frotar, clavándoseme el  insidioso  ruido del aspirador en mi cabeza resacosa. Ella parece no darse cuenta de mi profundo sufrimiento y me mandingonea  llevándome de un sitio a otro de la casa con el trapo o la fregona y reprendiéndome por lo chapucero que soy o por no limpiar el baño con una gran sonrisa de satisfacción en mi cara.
Pero este sábado iba a ser distinto. Desperté con la determinación… no, con la firme determinación de que hoy no iba a limpiar los cristales, de que no me agacharía a quitar el polvo de los rodapiés,  de que no retorcería la fregona, en fin de que hoy sería el guarro que una vez llegué a ser.

 

La primera media hora la gané remoloneando en la cama y haciendo caso omiso de los toques a retreta que me hizo la parienta. Cuando vi que lo estiraba demasiado y que se avecinaba bronca me levanté y me dirigí a la cocina para desayunar. Me tomé mi tiempo y me demoré todo lo posible, para cuando terminamos eran las once de la mañana.
-Vamos, rápido hay que limpiarlo todo antes de ir a comer a casa de mi madre, así que levanta el culo de la silla de una vez.
Yo me levanto y la sigo dócilmente hasta la habitación. La ventana ya está abierta y el aire fresco de la mañana despeja un poco mi cabeza dolorida aumentando mi determinación.
-Saca las sábanas que hay que mudar la cama. –ordena mi novia mientras coge el edredón para sacudirlo.
Yo, me dirijo al armario y saco las sábanas limpias y dejándolas encima de la cama me largo al baño aprovechando que ella está de espaldas.
-Pero ¿Qué haces? ¿A dónde coño vas? Vuelve aquí ahora mismo. –me grita  con las sábanas en la mano.
Yo la ignoro, descargo mi vejiga y me lavo las manos con parsimonia. Cuando vuelvo a la habitación ella me está esperando con la sábana bajera en la mano, y con una mueca de disgusto en la cara. Yo ensayo una sonrisa inocente intentando que se relaje y no se enfade demasiado. El truco está en mantener el nivel de cabreo lo más bajo posible y hacer que todo parezca casual.
Me pongo al otro lado de la cama aparentemente dispuesto a ayudarla a hacer la cama. Ella me lanza la sábana y yo la agarro sólo durante un instante para luego soltarla haciendo que el tejido vuelva revotado y arrugado a las manos de mi novia.
 
-Deja de hacer el tonto.
Yo sonrió y le devuelvo una sonrisa maliciosa. Ella resopla y pone morros, sabe que va ser una mañana dura.
-Cómo lo sueltes esta vez te rompo el alma.
Yo sin decir ni mu recojo la sábana esta vez con diligencia pero cuando se dispone a encajar el elástico en la esquina del colchón, yo fingiendo estirar la sábana para encajarla en mi esquina tiro de ella con fuerza  consiguiendo que se le escape de las manos y quede el pedazo de algodón inerte y arrugado esta vez de mi lado de la cama.
Si las miradas matasen, en estos momentos me estaría friendo el cerebelo, pero yo la ignoro y haciendo un leve gesto de contrariedad, vuelvo a coger la sábana. Esta vez se la lanzo yo a ella pero se me escapa, vaya por Dios y voy a darle  con ella en la cara.
Ahora está realmente enfadada y ahora es cuando empieza lo divertido. Frunce esos exquisitos labios y me grita diciéndome que deje de hacer el gilipollas. Yo no la hago ni caso y me dedico a hacerle muecas intentando que sonría. Gano el duelo y en pocos segundos esta apretando los labios para no sonreír. El resultado es una media sonrisa y unos morritos que me ponen a cien.
Finalmente la sábana bajera está colocada. Mientras ella va a por la otra sábana, yo finjo quitar con diligencia imaginarias motas de polvo de la sábana ya colocada. Mi novia hace un gesto de resignación y me lanza la sábana. Esta vez la tiene cogida con tal fuerza entre sus que sus nudillos están blancos. Así que finjo no darme cuenta y cojo la sábana que me lanza  sin dar problemas.
-¿Qué tal por ahí?
-Cuelga –respondo lacónico.
-Ya lo sé que cuelga idiota, –responde soltando un gritito de desesperación –te pregunto si cuelga mucho.
-No sé, no he visto como está por ahí. –digo con toda la lógica del mundo.
Ella opta por ignorarme y coloca la sábana sin hacerme más preguntas, yo la estiro por mi lado y me quedo quieto de pie viendo como ella la remete por su lado debajo del colchón.

 

-Mete la sábana debajo del colchón, ¿O es que tengo que decírtelo todo?
Obedezco y la meto de cualquier manera, ella lo ve y apartándome con un empujón lo hace ella misma agachándose y mostrando todo el esplendor de su trasero.
Cuando se da la vuelta, me pilla observándola y pone los ojos en blanco y va por el edredón.
-Una pregunta ¿Por qué, si tenemos edredón, ponemos sábana?
-Para no mancharlo –responde ella pacientemente.
-Tenemos tres fundas para el edredón, sigo sin ver cuál es la diferencia entre lavar las sábanas y lavar el edredón.
-La diferencia es que lo digo yo y punto. –responde ella lanzándome el edredón.
Esta vez pasa de darme indicaciones y coloca el cobertor ella misma. Craso error. Cuando se pone de mi lado y se da la vuelta satisfecha por el trabajo realizado, la empujo con un leve golpe de mi barriga y desequilibrada cae sobre la cama arrugando el edredón.
Se levanta como un resorte y con la bata entreabierta me ataca con furia. Yo la abrazo divertido y espero a que se calme. Con rapidez meto mis manos dentro de la bata tocando su piel desnuda y provocándole un escalofrío.
-Cabrón tienes las manos frías –es lo único que logra decir antes de que le tape la boca con un beso.
Sin dejar de besarla recorro su espalda con mis manos, continúo por sus axilas y sus brazos aprovechando para quitarle la bata y dejarla totalmente desnuda a excepción de un minúsculo tanga.
El aire fresco que entra por la ventana acaricia su cuerpo poniéndole la carne de gallina y endureciéndole los pezones. La abrazo de nuevo y la beso mientras sus pezones se clavan en mi torso.

 

Un nuevo empujón y ella se deja caer sobre la cama sin ningún gesto de lucha. Aparto su pelo y le beso la oreja, la mandíbula, el cuello y  las axilas hasta llegar a sus pechos. Los recorro con la lengua los chupo y los mordisqueo  con suavidad arrancándole los primeros gemidos.
Mis manos acarician con suavidad el interior de sus piernas y la mata de pelo de su pubis, las suyas cuelgan inertes por encima de su cabeza.
Mi boca va bajando poco a poco por su vientre, le beso el ombligo haciéndole cosquillas y acabo en sus piernas. Le beso los muslos que cuelgan del borde de la cama y me arrodillo separándole las piernas con suavidad.  Aparto el tanga y acerco mi boca a su sexo. Ella responde con un respingo apretando mi cabeza entre sus piernas. Su vulva se hincha y enrojece casi instantáneamente al contacto con mi lengua. Con mi mano tiro de  la piel con suavidad dejando su clítoris a la vista, lo chupo y lo golpeo con mi lengua, ella gime y abre las piernas instintivamente para hacer su sexo más accesible a mis juegos.
Me levanto y me quito la ropa, ella observa con detenimiento mi tremenda erección sin decir nada. Me inclino y le levanto las piernas para quitarle el tanga. Le beso los pies mientras meto mi polla entre sus muslos. Gime y mueve sus piernas con suavidad acariciándome el miembro con sus muslos y excitándome aún más.
Sin previo aviso separo sus piernas y penetro en su sexo sediento y húmedo de un solo golpe hasta el fondo. Ella gime y me rodea con sus piernas. Durante unos segundos no lo muevo disfrutando del calor de su coño y de la hermosura de su cuerpo desnudo. Poco a poco mis caderas empiezan a moverse lentamente en su interior. Mi polla entra y sale casi por completo con cada movimiento, cada vez un poco más rápido. Mi novia gime y me pide más, me abraza y clava sus uñas en mi espalda.  
A punto de correrme saco mi polla y cogiéndola por las piernas le doy la vuelta y tiro de ella hasta que su culo esta en el borde de la cama otra vez.  Acaricio su espalda y la beso dejando que mi pene roce su culo y sus piernas. Poco a poco voy bajando con mi lengua por el hueco de su columna  hasta su culo. No puedo evitar morderlo con fuerza, blanco y redondo, es como si estuviese mordiendo la luna llena. Ella grita de dolor y me insulta pero al instante lo está moviendo y agitando sensualmente para incitarme. Le pego otro mordisco y separo los cachetes para tener una visión de su sexo caliente y rebosante de jugos que me atraen con su aroma como el néctar de una flor. Primero los pruebo con la punta de la lengua, luego los chupo golosa y ruidosamente. Aparto mi cara y acaricio sus labios hipersensibles con mis dedos, ella gime y se revuelve, yo adelanto los dedos,  atrapo su clítoris entre ellos y lo masajeo consiguiendo que se le escape un grito. Sin darle cuartel la penetro con dos de mis dedos tan profundo y tan rápido de lo que soy capaz. Con cada empujón ella levanta la cabeza y ambos podemos ver su expresión de placer a través del espejo del armario.
Unos segundos después se corre, su cuerpo se pone rígido y mis dedos notan como su vagina vibra y se inunda de fluidos pero yo apenas me doy cuenta disfrutando de la visión de sus mejillas arreboladas y un gesto de profundo placer en su cara con los ojos cerrados y sus pequeños dientes blancos mordiéndose el labio inferior.

 

Excitado por el reflejo del espejo la vuelvo a penetrar, ella me recibe  separando las piernas y bajando el torso. Me vuelvo loco y agarrándola por las caderas la embisto con violencia.
Ella gime y me insulta volviendo la cabeza para mirarme a los ojos mientras nos corremos los dos prácticamente a la vez. Incapaz de parar de golpe sigo penetrándola con  mi polla aún dura alargando su orgasmo.
Aún estamos sobre la cama tumbados y jadeantes cuando llaman al teléfono.
Es el suegro, la parte final de mi plan, aunque lo esperaba un pelín más tarde:
-Hola, Paco ¿Qué tal? –respondo al teléfono intentando calmar la respiración.
-Bien, algo aburrido. ¿Qué tal si vamos a tomar un vermut antes de comer?
-Por mi perfecto –respondo instantáneamente con una sonrisa de oreja a oreja. –Nos vestimos y estamos ahí en veinte minutos.
-¿Se puede saber qué coño hacéis desnudos a las doce del mediodía? No me lo digas, prefiero no saberlo. –Dice mi suegro intentando salir del aprieto -De acuerdo, en media hora en el bar de la esquina.
Me levanto  y me dirijo al baño. Antes de entrar,  me giro y veo el cuerpo desnudo de  mi novia sudoroso y espléndido,   enmarcado por un torbellino de ropa de cama sucia y arrugada. Yo sonrío y ella me contesta con una peineta:
-¡Que te den!  En cuanto volvamos te voy a hacer limpiar toda la casa con el cepillo de dientes. Y no voy a volver a chupártela en tres semanas. –grita mientras yo tarareo una canción en la ducha y simulo que no la oigo.
 
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