Mi boca estaba seca, mis piernas temblaban, todo mi cuerpo se sentía raro y mi orgullo totalmente traicionado. ¡Y fíjate!, yo que había estado preocupado por estar haciendo “rozamientos” con su madre. No supe qué más decir, estaba totalmente K.O. Permanecí no sé cuanto tiempo sentado en la tumbona observando la foto de mi novia desnuda siendo “devorada” con total entrega por ese tipo del que apenas sabía nada.

− No quiero hacerte daño Víctor, pero tenías que saberlo. – añadió Mónica que seguía con su diminuto conjunto de tanga y sostén, ambos semi transparentes, pegando sus tetas en mi espalda y masajeando mi nuca y mis hombros con sus deliciosos dedos.

Yo permanecía con el móvil mirando aquella foto sin acabar de creérmelo. Por más que recapacitaba no podía dar crédito a ese engaño por parte de Sofía.

− Puede que esto tenga una explicación y la foto sea algo diferente a lo que parece- dije absurdamente.

Mónica suspiró, acarició mi brazo sin decir nada, pero dando a entender que la evidencia era demasiado clara como para dudar de ella, por mucho que yo me empeñase en negarlo.

− Sigue pasando las fotos. – añadió sin dejar de acariciar mi brazo.

No podía creer que hubiera más. Al hacerlo todavía era más alucinante descubrir nuevas sorpresas. En la siguiente instantánea aparecía Sofía chupándole la polla al tipo, follando sobre él en otra, a lo perrito en la siguiente, con una enorme corrida sobre sus tetas y muchas otras posturas inimaginables que hubiera negado segundos antes. Todas las fotos parecían tomadas con una cámara a distancia con un gran zoom. La más impactante de todas era ella a cuatro patas y su compañero follándole el culo. ¡Nunca me había permitido perforarle ese agujerito! Ahora ese Jorge, en la foto, tenía toda su polla dentro.

− ¡Pedazo de zorra! – dije furioso viendo esa última imagen.

− Lo siento mucho Víctor. Lamento que sea yo quien te lo haya mostrado. – me repetía Mónica apesadumbrada.

Miré a esa rubia que estaba medio desnuda y admiré una vez más ese cuerpo, pensando en que yo no lo había catado guardando las formas y el tipo, precisamente por respeto a mi novia y ahora era ella la que me la pegaba con su amigo y en todas las posturas impensables incluyendo esa de la sodomización, la que más daño me hizo, sin duda. Volví a fijarme en esa foto de la espalda de mi novia, sus curvas, su redondo culo y la polla de ese tipo clavada al completo en su agujerito prohibido.

− Mónica, ¿Estas fotos? ¿Cómo las tienes? – dije desconsolado.

− Verás, las mandé sacar yo. Sospechaba algo y… al final decidí contratar los servicios de un detective privado.

Mientras yo la miraba alucinado, ella me seguía explicando que había tomado la determinación de espiar a su hijastra cuando notó algo raro en sus comportamientos y su intuición femenina le decía que había algo más y debía estar liada con ese chico cuando estaban solos en la ciudad. Sus sospechas se hicieron realidad con las fotos, pero no se había atrevido a decirle nada a su esposo porque sería el gran disgusto de su vida y no quería hacerle daño. También dudó en la cosa de no contármelo para no hacerme el daño que ahora estaba sintiendo, pues me apreciaba mucho, pero se sentía obligada a hacerlo, precisamente cuando yo no quise tener sexo con la mujer más sensual del planeta por respeto a mi novia.

− No me lo puedo creer. – dije con mis ojos húmedos.

Más que sentirme engañado por mi novia, lo que realmente sentía era no haberme percatado de nada. Nunca sospeché ni lo más mínimo, además Sofía siempre me daba unas buenas dosis de sexo, por lo que aun me parecía más increíble que también se las diera a ese tipo, al que odiaba con todas mis fuerzas en ese mismo momento. Yo, minutos antes, me había sentido fatal por juguetear con su madre pero esto era un desfase total y un dolor grandísimo.

− Se acabó todo. – sentencié muy apenado.

− No Víctor. ¡En absoluto! – me recriminó ella con un tono de enfado.

− ¿Cómo que no?, ¿Te parece que esto no sea el fin con la zorra de mi novia?

− Bueno, ahora en caliente puede que estés furioso… triste…

− Mónica, en caliente y en frío. ¡Soy un puto cornudo!

Me besó tiernamente en la mejilla como queriendo apagar esa furia que me invadía por dentro. Me volví para ver su preciosa cara, que me sonreía intentando apaciguar la angustia mientras sus manos seguían masajeando mis hombros y acariciando mi cara. Yo tenía claro que era el fin definitivo con Sofía.

− ¿Realmente querrás romper con todo porque ella te ha puesto los cuernos?

− ¿Te parece poco motivo? – le repuse volviendo a ver esa foto de la sodomización de mi novia a cargo de ese despreciable tipejo.

Mónica seguía con sus caricias y notaba su pecho pegado en mi costado. Me dijo:

− Mira, te voy a decir una cosa. No te interesa romper tu relación con Sofía. Piensa solo en ti. Ella es tu mejor motivo para hacer el trabajo que más te gusta y que perderías en el momento que anunciaras tu ruptura. Perderías también la confianza de Ernesto, todo tu futuro aprendizaje y él además, te despediría inmediatamente. ¿Es lo que realmente quieres?

Alcé la vista para volver a ver su preciosa cara que asentía para confirmar que lo que acababa de decirme no era ninguna tontería.

− ¿Me estás diciendo que mire a otro lado? – le interrogué cargado de rabia.

− Te estoy diciendo que tienes más que perder que ganar si la dejas. Tu puesto de trabajo, tu futuro en esta profesión y perder parte de una buena fortuna si no te casas con Sofía.

− Pero ella me ha engañado, Mónica. Yo no puedo hacer como si nada hubiera pasado – protestaba yo mirando sus grandes ojos.

− ¡Devuélvele la moneda!

Al principio no entendía a lo que se refería, pero ella acercó su boca a la mía y me plantó un beso haciendo que nuestros labios se cruzasen por primera vez durante unos segundos. Fue un beso tierno, pero al mismo tiempo comenzaron a arrancar dentro de mí muchos sentimientos, como el hecho de hacer borrar de mi mente, por un instante, la imagen de Sofía, gracias a aquella mujer, con la que era fácil olvidarse de todo.

− Sofía necesita la misma medicina. – me reafirmó mi rubia favorita tras ese maravilloso beso.

− Pero ¿Cómo? No entiendo…

− Ven.

En ese instante Mónica se levantó tirando de mi mano y yo fui detrás, hipnotizado por los andares de su endiablado cuerpo. Por un momento, el movimiento de sus caderas y su culo, acompañado por el sonido de sus tacones me hizo sentirme en otro mundo. No sabía dónde me llevaba pero ya no eran las imágenes del móvil lo que tenía enfrente sino la silueta de la mujer más deseada del mundo que caminaba de aquella forma tan arrebatadoramente atrayente. Mi polla estaba empezando a despertar de su letargo momentáneo y me preguntaba a mi mismo cómo era posible que me estuviera excitando en ese instante, tras la dura noticia, pero esa rubia era la perdición y la lujuria personificada.

Llegamos a su habitación y se puso frente a mí, observándome en silencio, sosteniendo mis manos entre las suyas. En ese instante me sonrió de una forma muy lasciva, pasando la punta de su lengua por los dientes para preguntarme.

− Víctor, ¿Yo te gusto?

− ¿Cómo?

− ¿Te parezco atractiva?

Tardé un rato en contestar pero mi polla iba tomando cada vez más firmeza bajo mi slip.

− ¿Bromeas? Eres preciosa. – dije lo evidente.

− ¡Desnúdame!

− ¡Pero… Mónica!

Sin decir nada más, mi adorada rubia se dio la vuelta y me señaló los corchetes de su sostén para que los desabrochara.

− Yo… – todavía, en mi fuero interno guardaba las formas, aunque ya no tenía motivos por los que no tendría que abalanzarme a por ese soñado manjar de una vez por todas.

Mónica pegó su espalda a mi pecho uniendo también su cara a la mía para decirme en un susurro suave y sensual:

− ¡Vamos, desnúdame, lo estás deseando… y yo también. Estoy cachondísima!

Mi polla estaba de nuevo completamente empalmada y por un momento parecía que me había olvidado que el mundo girase a nuestro alrededor, solo estábamos ella y yo.

Solté como un autómata los corchetes del sujetador y ella se giró sujetándolo con sus manos contra su pecho. De pronto separó sus brazos y la prenda cayó al suelo dejándome ante mis ojos las dos grandiosas tetas al natural. Eran dos enormes globos, bastante erguidos pese a su tamaño, con la caída natural de un pecho perfecto. Ese par de tetas tan bien puestas estaban coronadas con dos enormes y puntiagudos pezones que se veían apetitosos.

− ¡Dios, Mónica! – alcancé a decir.

− ¿Te gustan? – dijo poniendo sus brazos estirados a los costados de aquellas perfectas protuberancias mamarias que se alzaron aún más ante mí.

− Me encantan.

− Pues continúa… dijo señalando sus braguitas.

− Mónica…

Puso su mano en mi boca para que no continuara hablando, tan solo cuando la retiró me dio otro beso, esta vez más largo. Después empujó mis hombros hasta quedarme de rodillas frente a ella.

− Ahora la zorra de tu novia se está tirando a su amiguito. Ese tipo le estará partiendo el culo y tú aquí dudando… – me repetía esa mujer impresionante, para sacarme de mi nube.

− ¿Estás segura? – dije en el último intento por ser racional.

− Yo seré tu puta. Toda tuya. – añadió acariciando sus grandes pechos y meneando las caderas.

No era solo una venganza, sino una dulce y deseada venganza. Era la oportunidad que tantas veces había soñado y ahora ofrecida con todos los motivos. Vale que fuera un cornudo, pero si uno tiene que plantearse una venganza con la puta de su novia, ¿Con quién mejor que con esa mujer que además era su madre? ¡Dios, aquello además de gustarme me producía un morbo brutal!

Agarré su tanga por los costados y fui bajando por sus portentosos muslos, disfrutando de la vista que iba quedando una vez que la prenda se enrollaba en ellos. Su sexo abultado estaba ante mí por primera vez y me pareció divino, con una rajita sonrosada, ligeramente húmeda y una mata de vello fino adornándolo alrededor de forma perfecta. Su aroma me llegó enseguida y mis fosas nasales captaron aquel hermoso olor a hembra cachonda.

Acaricié sus muslos y ella tiraba de mi pelo para que me levantara. Sus ojazos me miraron hipnotizantes. Me puse frente a frente de esa mujer tan deseada y que tenía ante mí, aunque no me lo acabara de creer, ¡Completamente desnuda!

− ¿Todavía piensas que ella no se lo merece? – dijo acariciando la cara interna de sus muslos.

Yo estaba petrificado, pero ella, una hembra cachonda y experta, supo cómo hacerme despertar de mi sueño, para acercar su mano a mi entrepierna y acariciar mi miembro por encima de la tela del calzoncillo. ¡Qué gusto sentir su mano acariciando por fin mi polla!

Luego me miró a los ojos y no hizo falta que le diera permiso. Su mirada era de deseo total y mis ganas, más todavía. Me bajó de sopetón mi última prenda quedándome en bolas igual que ella. Miró a mi polla atentamente, la acarició suavemente esta vez directamente, estando los dos desnudos frente a frente. Me sonrió y se mordió el labio inferior.

− Es como lo había imaginado. – dijo acariciando lentamente mi glande con su pulgar.

− ¿Te gusta?

− No veas cómo lo he deseado, Víctor. – terminó diciendo por lo que mi polla dio un espasmo entre sus dedos.

La mano de Mónica comenzó una acompasada paja mientras nuestras miradas se cruzaban incesantemente llenas de deseo. Mónica se pegó a mí, uniendo sus tetas a mi pecho y sin dejar de masturbarme, me besó alejando de mi cabeza argumentos absurdos ni nada que no nos permitiese continuar con todo aquel momento anhelado por ambos.

− Ahora podrás cumplir tu venganza, Víctor. Soy toda tuya. – añadió pegando más su cuerpo desnudo al mío en un abrazo soñado.

Sus labios volvieron al ataque contra los míos y esta vez no fue corto, sino que el beso se convirtió en todo un morreo, donde nuestras lenguas y nuestros labios no dejaban de retorcerse entre sí. Mi polla aprisionada entre nuestros cuerpos estaba a tope. Mis manos sostuvieron su barbilla y besé a esa mujer con todas mis ganas, sabiendo que era por fin mi sueño hecho realidad. A esas alturas me importaba poco haber sabido de la infidelidad de mi novia, yo tenía lo mejor ante mí, a su anhelada y preciosa madre, entregada por entero para mí.

Giré su cuerpo, para ponerla de espaldas a mí. Acaricié ese culazo y lo apreté entre mis dedos. Luego pegué mi cuerpo al suyo, sintiendo su espalda en mi pecho y mi polla sustentada entre esos glúteos divinos. Besé su cuello, aprisioné por primera vez aquellas enormes tetas en vivo, pellizqué sus grandes pezones, acaricié sus caderas y pasé mis dedos por su abultada vulva haciéndola temblar de gusto. Pasó su mano por mi nuca y pegó su boca a mi oreja.

− ¿Tiene ella unas tetas como estas? – preguntó con su susurro

− En absoluto. – dije amasando aquellas voluminosas masas de carne suave y blanda.

Su sonrisa se veía como una victoria y en cierto modo, era entendible, tenía que luchar con una hija con la que no había conseguido congeniar y para colmo tener la competencia frente a su marido, de modo que ahora estaba disfrutando con su yerno y devolviendo su venganza particular, tanto a su hijastra en gran competitividad pero también a su marido, ciego por no haber comprendido tantas veces su postura, y sobre todo por no haberla sabido valorar y poner en el sitio de madre que se merecía. Yo me preguntaba si ese hombre la había sabido amar en todos los sentidos.

Mónica se sentó en la cama y abrió las piernas de par en par ofreciéndome la mejor visión de su sexo. Era una invitación a la que no podría resistirme y sin preguntar, me arrodille entre aquellos muslos para meter mi cabeza frente a su inflamada raja que pedía ser devorada y eso fue lo que hice. El aroma que emanaba aquel cuerpo y especialmente su sexo era la mejor droga a la que uno pudiera engancharse. Chupé, lamí, besé, mordí… saciando mi hambre y mi sed, devorando con pasión aquel chochito anhelado con todas mis ganas, algo que ella agradecía acariciando mi pelo y gimiendo como si la fueran a matar. Me gustaba verla temblar y cómo me apretujaba el pelo con sus dedos en señal del gusto que le estaba proporcionando.

A los pocos segundos entró en trance y no me imaginé que mi lengua hubiera hecho tan buen trabajo y en tan poco tiempo. Un primer orgasmo le llevó a dejar caer su espalda sobre la cama, con su cuerpo desnudo echado por completo mientras mi lengua seguía enfrascada de lleno en su delicioso coño y mis manos abarcaban sus caderas, sus tetas, sus muslos…

− ¡Dios, Víctor, qué gusto! – me repetía dentro de aquel trance.

Cuando por fin me separé de aquel delicioso manjar, me quedé observando detenidamente su maravilloso cuerpo y aproveché para acariciar cada centímetro de sus muslos, dibujando sus piernas, sus pantorrillas, los pliegues de sus ingles… pero ella debía estar tan deseosa como yo de devorarme. Se incorporó ordenando que me levantara, permaneciendo ambos allí de pie, al borde de la cama, tan solo admirando nuestros respectivos cuerpos desnudos.

− Ahora quiero comer yo- me dijo mientras su mano acariciaba suavemente mi polla.

Luego se arrodilló y mirándome a los ojos se metió la punta en la boca, mordió ligeramente mi glande y después se la fue introduciendo lentamente, hasta que increíblemente toda mi polla desapareció dentro de su boca. No me lo podía creer. Ella me miró y separó sus labios lentamente haciendo un sonido de chapoteo cuando mi verga salió al completo quedando embadurnada de mis fluidos y de su abundante saliva.

− Ella tampoco te la chupa así, ¿verdad?

− ¡Nooo…! – contesté al tiempo que empujaba su cabeza para que siguiera con la deliciosa mamada.

En ese momento ya nada me impedía tener a esa mujer a mi entera disposición, primero por su propio ofrecimiento y el hecho de seguir su consejo y vengarme de mi novia con ella misma. De ese modo agarré su cabeza con rudeza e hice que se tragara todo mi tronco sin rechistar, hasta provocarle incluso una pequeña arcada, debido a los impulsos que le profería en su cabeza contra mi miembro, pero de nuevo agarré su pelo clavando toda mi dureza hasta lo más profundo de su garganta. ¡Qué delicia tenerla entera metida en su boca!

La saqué sosteniendo su pelo fuertemente echándolo hacia atrás hasta notar el brillo de sus ojos.

− ¿Te ha gustado? – le dije.

− Me gusta esta venganza y ser tu puta – añadió agitada, para volver a tragarse mi verga por entero.

Metí mi polla cada vez a más velocidad en aquella acogedora boca, pero veía que no podría continuar por más tiempo así, porque acabaría corriéndome en pocos segundos, de modo que separé de nuevo su cabeza aguantando su cabellera bruscamente. El tirón le hizo dar un pequeño alarido.

− ¡Eres una auténtica zorra! – dije sin pensar, totalmente desbocado.

Al ver su cara, noté que no solo no le molestó en absoluto, sino que le gustó que le dijera aquella frase. Me sonrió por haber conseguido su propósito que era el mismo que el mío y ya no sabíamos muy bien si todo era fruto de la propia venganza o del deseo descontrolado que ambos teníamos. Me miró a los ojos de la forma más lasciva mordiéndome los huevos ligeramente mientras su mano me pajeaba, para luego pasar a recorrer con sus labios aquel trozo de carne duro, para luego dedicarse de lleno al glande, chupándolo, apretándolo con su boca. Me encantaba ver esos preciosos labios rodeando mi verga y esa dedicación que le estaba dando. Yo estaba al límite y tiré de nuevo de su pelo separándola. No quería correrme en su boca. Necesitaba meterla en ese chochito.

Me miró sorprendida y acercó su boca de nuevo la polla dispuesta a tragársela de lleno con todas sus ganas, pero la detuve.

− ¡Quiero follarte! – le dije sosteniendo su cabeza con mis manos antes de que se tragara mi sable de nuevo.

Mónica se puso de rodillas sobre la cama y lentamente fue avanzando a gatas hasta el cabecero muy despacio, ofreciéndome la visión de su culazo en movimiento y su coño empapado aprisionado entre sus muslos a medida que ese fantástico cuerpo gateaba sobre las sábanas.

− ¡No huyas que te voy follar! – anuncié dando un par de meneos a mi polla que seguía que estaba completamente lubricada.

− ¡No me entrará en mi chochito! – dijo poniéndose con las piernas abiertas y tapando su sexo de forma inocente pero totalmente retadora, mientras apoyaba su espalda en el cabecero.

− ¡Voy a partirte en dos! – le anuncié totalmente excitado.

− ¡No, por favor, Víctor! – repetía con voz ronca y ojos de asustada.

Estaba claro. Aquello no era precisamente una negación, sino una provocación. Estaba jugando conmigo, pero esa forma suya de hacerlo, me ponía aun más cachondo de lo que ya estaba. Sabía cómo manejar a un hombre y llevarle al límite.

− ¿No quieres que te parta ese coño? – dije con ese lenguaje que me excitaba y sabía que a ella también.

− Es muy estrecho… me respondió con un mohín de niña buena.

Aquello era demasiado. Agarré los labios de aquel coño exquisito con mis dedos y le pellizqué haciendo que emitiera un pequeño gritito, mientras mi boca se comía la suya en besos, lamidas, intercambio de lenguas y hasta pequeños mordiscos.

− ¡Qué cachonda estoy, Víctor…! – dijo mirándome con aquellos ojos llenos de placer.

− Yo también. Me tienes loco.

− ¿Ella no es como yo?

− No, nunca me pasó lo que me pasa contigo.

− A mí tampoco. Nunca me he comportado así – dijo como si quisiera disculparse.

Mis dedos jugaban con su sexo, estaba empapado y sus jadeos indicaban el nivel de excitación que tenía. Estaba convencido que su marido no le daba lo que se merecía.

− ¡Fóllame, cabrón! – dijo acariciando mis pectorales y pellizcando mis pezones.

− ¿Estás caliente, zorrita?

− ¡Sí, Víctor!

− ¡Voy a follarte en tu cama, como nadie ha hecho nunca. Voy a partirte ese coño y me voy a correr dentro! – dije eufórico y excitado.

Sonrió notándose en su cara la felicidad y el deseo de que cumpliese con esos avisos, sabiendo que por fin se cumpliría el sueño de ambos, echar el polvo de nuestras vidas y para más morbo, en su propia cama.

− Date la vuelta putita.

Mónica, la que hasta ahora había sido mi jefa y dominaba la situación había pasado a ser mi obediente y sumisa amante que se disponía a recibir su dosis de carne. Se puso de rodillas de espaldas a mí, apoyando sus manos en el cabecero de la cama.

Adherí mi pecho a su espalda mordiendo su cuello, diciéndole al oído lo puta que era y lo mucho que la deseaba. Su boca se giró para atrapar la mía al tiempo que mis manos acariciaban y pellizcaban sus pechos.

− ¡Métemela ya por Dios! – rogaba entre hipidos.

Ubiqué la punta de mi glande en la entrada de su vulva que la recibió impregnándola aun más de la lubricación que ya tenía.

− ¿Lista? – le dije mordiendo el lóbulo de su oreja.

− Sí, hazlo Víctor, demuéstrale a esa zorrita cómo se folla.

Por mi cabeza pasó por un momento la imagen de mi novia follando con su compañero y esa manera de alentarme su madre, era demasiado para mí. Moví mi pelvis ligeramente hacia atrás y de un golpe fuerte y certero, le metí toda mi polla hasta el fondo sosteniéndome con fuerza en sus caderas.

Los dos dimos un largo suspiro y un jadeo prolongado a continuación al sentir el placer que nos proporcionaba estar unidos por fin. Toda mi polla estaba aprisionada completamente en aquel coño que era realmente estrecho y que se aferraba de forma asombrosa. La saqué lentamente hasta que quedó sola la punta de mi polla en su interior y después de darle un azotazo a ese maravilloso culo, haciéndola gritar, le pegué otro empellón, penetrándola con fuerza, haciendo que Mónica tuviera que agarrarse más fuerte al cabecero si no quería golpearse. A partir de ese momento empecé a follármela como un poseso, con todas mis ganas, sintiendo el placer que me proporcionaba su coño aferrado a mi verga que entraba y salía de aquel estrecho y delicioso agujero. Mónica, además apretaba su culo y seguía el compás de nuestra cabalgada haciendo más placentera la unión de nuestros sexos, totalmente entregados al placer. Ya no había remordimientos, ni miedos, ni casi diría que venganza, sino follar y follar con mi amada y deseada suegra.

En un momento mi polla abandonó aquella acogedora cueva y ella aprovechó para cambiar de postura. Me tumbó en la cama y se puso en cuclillas delante de mí, dándome la espalda. Nunca había tenido esa postura y me encantó, no solo por la forma tan profunda en cómo se colaba mi polla en el interior de ese coño, sino la vista de su espalda y su extraordinario culazo saltando sobre mi polla. ¡Otra imagen para enmarcar!

No podía aguantar mucho más, porque era demasiado intenso ese momento, intenso el contacto e intenso el placer como para que no me corriera de inmediato.

− Voy a correrme, Mónica. – le avisé.

Ella se giró por completo, de manera habilidosa se salió de encima de mí durante un segundo. Por un momento pensé que quería que soltase todo fuera, pero su intención no era otra que darse la vuelta y de esa forma se insertó de nuevo sobre mí, esta vez cara a cara.

− ¡Sí, Víctor, córrete dentro! – dijo y continuó cabalgando como una auténtica amazona sobre mi tiesa verga.

− ¿Dentro? – le pregunte sorprendido.

− Esa zorrita no te deja que te corras dentro, ¿no? Conmigo puedes hacerlo. Me encantará sentir tu semen caliente en mi interior.

Aquello era demasiado, no hizo falta mucho más, solo ver su cara viciosa, sus tetas botando sin parar y ese coño apretándose contra mi polla, era un auténtico frenesí. Me agarré a su culo, mordí uno de sus pezones y apreté mi pelvis para indicarle que ya era el momento. Ella permaneció quieta y de pronto el primer chorro salió disparado por el interior de aquel coño deseado. No sé cuantas veces más disparó mi polla en su interior, pero me corrí en abundancia, más que nunca. Notaba como emanaban borbotones en aquel agujero ardiente con nuestros cuerpos insertados.

− Guau, dijo ella sonriendo y apoyando su cuerpo desnudo sobre el mío.

Nos besamos mezclando labios y lenguas mientras mi polla seguía dando espasmos y seguía inundando su coño. Nunca había sentido nada igual y era cierto que mi chica no me había dejado nunca correrme dentro por miedo a quedar embarazada, pero en cambio su madre no puso ningún reparo y no solo eso, sino que le gustaba retarme para vaciarme dentro de su chochito.

− ¡Qué maravilla, Víctor!, ¡Qué bien follas! – me dijo acariciando mi pecho y dándome besitos por la cara y jugando con nuestras lenguas.

− Tú también, Mónica, mejor aún de lo que había imaginado.

− ¿Te gustó correrte dentro de tu putita? – preguntó sonriendo.

− Sí, mucho.

Mónica se incorporó lentamente y pude ver como nuestros sexos se separaban formando un hilo con los restos de la corrida que acababa de inundar su chochete. Se arrodilló a mi lado y empezó a chuparme lentamente mi verga, dejándola completamente limpia. Pasaba su lengua lentamente por el frenillo, luego sus labios, mordía suavemente por toda su largura y luego volvía de nuevo a engullirla mirándome fijamente a los ojos. No tardó en ponerse dura de nuevo con ese buen repaso que me estuvo dando. Me sonrió.

− ¿Ya estás en forma de nuevo? – preguntó sorprendida por mi rápida reacción.

Me sorprendió a mí mismo esa pronta recuperación. Era lógico, hasta cierto punto, debido a mi juventud y evidentemente no podría ser lo mismo que con su esposo, pero supongo que la culpable en gran parte había sido esa lengua y esos labios que despertaron a esa verga sedienta de más y más sexo con su diva soñada.

Me incorporé y la tumbé en la cama mirándole fijamente a los ojos. Ella abrió sus piernas y me rodeó con ellas mi cintura. Estaba más que dispuesta a recibir de nuevo mi polla en su interior. Nada más acercar la punta un nuevo escalofrío recorrió mi espalda y de golpe volví a metérsela hasta el fondo. Su gemido era casi un grito al sentirla y yo de verla a ella gozar y de admirar su cuerpo disfruté follándomela de nuevo, sin volver a pensar en mi novia, en mi jefe ni en nada.

Mis movimientos se aceleraban viendo como ella se mordía el labio y acariciaba mi espalda. Mi polla desaparecía una y otra vez en su interior y me gustaba sentirla de lleno cada vez. Ella de pronto se agarró a mis pectorales arañándome ligeramente, para después soltar un pequeño grito y un gemido prolongado después. Se estaba corriendo de nuevo mientras mi pelvis seguía incesantemente golpeando contra su coño. El sonido de nuestros cuerpos chocando marcaba el ritmo para seguir disfrutando de un polvo maravilloso y salvaje.

La besé mientras se corría y ella al tiempo se aferraba a mi culo, clavándome sus uñas y poniendo los ojos en blanco. Verla así, debajo de mí, era demasiado y no pude aguantar más.

− ¡Me corro, Mónica! – le dije

− ¿Donde quieres hacerlo ahora? ¿En mis tetas? ¿En mi cara?

No me imaginaba aquello, pues era demasiado, me estaba proponiendo correrme en su cara sin que apenas me hubiera repuesto de la sorpresa anterior. Deseaba hacerlo en todas las partes de su cuerpo, quería estar follando hasta desfallecer, pero de momento me levanté, incorporándome de un salto sobre la cama y ella se sentó al borde. Ver su cara sonriente fijándose detenidamente en mi polla era algo muy fuerte. Me agarró suavemente por los huevos y yo empecé a pajearme frente a su boca. El primer chorro salió disparado chocando contra su ceja izquierda, el derecho sobre su mejilla, el tercero en su labio y el resto dentro de su boca vaciándome al completo.

Me encantó ver su cara de felicidad con mi corrida, mientras ella volvía a limpiarme la verga con su lengua y sus labios dejándola resplandeciente. Nuestras miradas permanecían fijas la una en la otra, sin mediar palabra, solo hablándonos con el deseo que reflejaban nuestros ojos.

Tras acabar su espléndida tarea de dejarme limpito, se levantó al baño para lavarse la cara, pues la verdad es que la dejé completamente impregnada con semejante corrida sobre su cara. Yo me quedé tumbado, desnudo sobre aquella enorme cama, intentando asimilar todo lo sucedido. Había follado a esa mujer que deseaba con todas mis ganas y aun estando casi exhausto, mi polla empezaba a despertar dispuesta a seguir jugando. ¡Era todo increíble!

Mientras ella se lavaba en el baño, aproveché para coger su móvil, que estaba sobre la mesita y volver a mortificarme viendo las malditas fotos de mi novia y su amante. Observar esas poses de mi novia con un extraño me hacía sentir fatal, sintiendo como una bola en el estómago y la más impactante, ver la de mi chica siendo penetrada por detrás, esa era, sin duda, la más humillante de todas. Aunque resultara algo masoca por mi parte, me reenvié las fotos a mi propio móvil, en parte para recordar lo puta que era mi novia y también por si ella me lo pudiera negar en algún momento en el futuro. Desde luego esto no podría callármelo eternamente.

A los pocos minutos apareció Mónica que salía del baño, ofreciéndome su armoniosa desnudez y haciéndome olvidar todas las penas en un instante. ¡Era impresionante esa mujer!

− Víctor, no te tortures. – dijo al verme con su teléfono, completamente irritado con las fotos.

Ella me quitó el móvil de mis dedos y tirando de mí, me hizo levantarme de la cama.

− ¿Dónde me llevas, Mónica?

− Ven, vamos a darnos un baño en la piscina.

Mónica caminaba delante de mí, ofreciéndome la visión de su cuerpo desnudo y sus gráciles movimientos, con un giro fantástico de sus caderas y la vista de ese culo redondo que parecía llamarme a cada paso. Esa visión consiguió que mi polla volviese a ponerse dura por momentos. Cuando llegamos a la piscina ella se giró sonriendo al ver esa tremenda empalmada.

− ¡Madre mía, qué gusto verte siempre dispuesto! – dijo acariciando mi polla con sus dedos.

Luego nos metimos en el agua y allí nos refrescamos, nos acariciamos, nos besamos, esta vez sin que hubiera nada que nos impidiera dejarnos llevar por nuestros impulsos más ardientes. Palpé aquel culazo a placer, sobé sus tetas, mordí sus labios, acaricié su inflamada vulva. Ella agarró mi polla con sus dedos y empezó a pasar la punta por esa rajita, incluso metiendo la punta y sácandola, a modo de juego cachondo, pero encendiéndonos mutuamente cada vez más.

− ¿Te encuentras mejor? – dijo dándome otro beso delicioso en mis labios.

− Sí, contigo se olvida uno de todo.

− Vaya, que bien. Eso es lo importante, ahora ella podrá estar disfrutando, pero tú más, ¿no te parece lo justo?

− Sí, Mónica, pero es duro esto de soportar unos cuernos. No creo que pueda seguir con esta farsa.

− Bueno, tú se los estás devolviendo, cariño. – añadió apretando con sus dedos mi glande y pasándolo sin cesar por su vulva bajo el agua, algo que me hacía estremecer de gusto.

− No soporto la idea de ser un cornudo.

− Ahora ella también lo es y tú no perderás todos tus privilegios.

− ¿Y la imagen de ese tío rompiéndole el culo?, es algo que… ¡Me enerva! – dije furioso.

− Ah, ¿Quieres un culito para desahogarte?. Aquí tienes el mío.

En ese momento Mónica se dio la vuelta poniendo su trasero en pompa, agarrándose los glúteos con las manos para separar ambos y ofrecerme la vista de su agujerito posterior.

− ¡Vamos! ¿no quieres un culo para ti solo? – me invitaba ella con ese aire seductor aparentemente inocente.

− ¿Estás segura?

− Serás el primero.

− ¿En serio, Mónica?

− Claro que sí. Te lo has ganado, me matas de gusto. Ahora mismo lo que más quiero… es, ¡Que me folles el culo!

Ubiqué mi polla en ese agujerito que bajo el agua me ofrecía la oportunidad de penetrarlo con mayor facilidad. Me abracé a sus tetas y mantuvo sus piernas separadas mientras ella se agarraba al borde de la piscina.

− Pártele el culo a tu putita – insistía ella.

Ese fue el pistoletazo de salida, primero para meterle la polla en su coño una vez más haciendo que ella se agarrara más fuerte. Sabía que tendríamos que estar lubricados para esa nueva aventura, pero sabía que bajo el agua todo sería mucho más sencillo. Saqué mi polla, mordí su cuello y volví a preguntarle.

− ¿Estás lista?

− ¡Adelante! – dijo en un largo suspiro.

Metí mi glande con suma facilidad y me encantó verlo insertado en ese nuevo espacio divino. Mónica emitía pequeños gemidos al sentirla. Me agarré a sus tetas y noté como sus manos se aferraban con fuerza al borde de la piscina. Entonces avancé unos centímetros más, notando la estrechez de ese agujerito delicioso. Otra vez, mirando su espalda y su culo abrazando mi polla me vino a la mente la imagen de Sofía, algo que me hizo sentir de nuevo esa rabia interior. Entonces apreté con fuerza mi pelvis y me dejé caer sobre el maravilloso cuerpo de mi suegra para insertarla hasta lo más profundo toda mi verga, de una sola embestida. Un grito intenso salió de la garganta de Mónica en una mezcla de placer y dolor, que unido a sentirme aprisionado por la estrechez de su agujero posterior, consiguieron que todo mi cuerpo temblara de placer. Saqué mi polla hasta casi la punta y le metí un segundo pollazo en aquel delicioso trasero, hasta que mis huevos chocaron de nuevo contra la parte posterior de sus muslos. Y así empecé un ritmo continuo, frenético y desesperado, mientras ella se retorcía entre gemidos y gritos, presa de un enorme placer. Veía su espalda y la asimilaba a la de mi novia en aquella foto, algo que volvía a encenderme más y a empujar con más fuerza sobre mi adorada suegra, hasta casi hacerla caer. Los traqueteos y el movimiento del agua, hacían la imagen de una máquina bien engrasada y nuestros cuerpos tensados en cada golpe de mi polla sobre su ano.

No pude aguantar más y me corrí en su interior, al oírle tantos gritos y gemidos, que me contagió haciendo que yo también los diera, en una mezcla de placer, venganza y rabia convertida en un folleteo de su culo de lo más bestial. Los últimos impulsos eran casi imperceptibles, mientras un chorro salía de mi polla para inundar ese estrecho conducto que seguía aprisionándome el miembro.

Cuando nos separamos, ella se volvió y me besó con toda la pasión, acariciándome la espalda, el pelo, mientras yo también lo hacía con sus tetas y su culo.

− ¡Víctor, qué maravilla!

− ¡Ha sido una pasada! – añadí feliz.

− ¡Cómo me has follado el culo!

− A mí también me ha encantado.

− Es solo tuyo, en exclusiva. ¿Te gusta el culo de tu putita?

− Claro – respondí para darle un morreo con todas las ganas.

− ¿A que suena bien esto de vengarse? – me preguntó cuando nuestras bocas se separaron.

− Sí. Sobre todo si es contigo. – añadí mordiendo aquellos gordezuelos labios.

Cuando nos dimos cuenta de la hora que era y que Ernesto podría volver en cualquier momento, recogimos la ropa y nos despedimos con otro largo y apasionado beso. El sabor de su boca y de su lengua, era algo increíble que perduró durante un buen rato en mi paladar.

Toda la noche estuve dándole vueltas a lo vivido en ese día tan especial, intentando poner en orden mi cabeza y en una balanza todas las cosas que tendría que valorar por interesantes o interesadas y las miles de preguntas que me hacía en todo este trance. ¿Mi trabajo?, ¿Mi novia?, ¿Mi futuro?, ¿Mi herencia…? ¿Realmente me compensaba seguir con la puta de Sofía? ¿Me quería ella realmente? ¿Debía olvidarlo todo y pasar página como si nada hubiera ocurrido? o quizás ¿Mandar a todos a la mierda y de paso perderme otra vez estar con mi amada suegra?

Al día siguiente, el de la fiesta, acudí con mi cabeza todavía torturándome a cada paso, pero decidí asistir e intentar hablar con Sofía, quería saber de su boca que era lo que quería de mí. Si iba a considerarme un pelele, no estaba dispuesto, pero callarme tampoco me parecía la solución a algo que me quemaba por dentro. Podría ser mi fin con ella, la bodega, Mónica… pero tendría estaba dispuesto a romper con todo.

Cuando llegué a la mansión de mi jefe, ya había un montón de invitados en la fiesta. Ernesto, precisamente, fue el primero en saludarme, luego me presentó a unos cuantos clientes, a parte de su familia, hasta que vi aparecer a Mónica. Llevaba el vestido marrón que compramos el día anterior y que ceñía a su cuerpo como una segunda piel, remarcando sus vertiginosas curvas y haciendo que todos los hombres desviaran la vista a semejante pibón. Yo el primero. Ella fue saludando sonriente a cada grupo de invitados hasta llegar a donde yo estaba.

− ¡Qué guapo, Víctor! – dijo agarrando mi mano y observando mi vestimenta con aquel traje azul que realmente me sentaba muy bien.

− Tú también, Mónica. ¡Estás deslumbrante! – respondí en bajito para que no me oyera su marido.

− Gracias. Ven, vamos a bailar. – dijo tirando de mi mano.

Yo miré a su marido que me dio su aprobación a sacar a su esposa a la pista, sin sospechar aparentemente nada de lo que ambos teníamos entre manos. Pobrecito, él era otro cornudo como yo.

− Lo pasamos bien ayer, verdad cariño – me dijo en un susurro en mi oído.

− Sí, fue algo inolvidable. – respondí acariciando su cintura, bajando hasta notar la curva que marcaba el comienzo de su culo. Notaba sus tetas en mi pecho y eso hizo que mi polla se endureciera casi de inmediato..

− Gracias. Todavía siento palpitar mi culito. Tú ¿Cómo estás? – pregunto aprisionando mi polla entre nuestros cuerpos.

− Confundido. – respondí nervioso y excitado al mismo tiempo.

− Oye, no te quiero ver decaído. No se te ocurra romper con todo esto. Recuerda que es tu mejor momento para mantener tu trabajo, tus conocimientos, tu futuro en esta empresa y… ¡Tenerme a mí!

Mónica se ofrecía como parte del capital que podría perder si echaba todo por la borda, sin embargo yo seguía con un gran dolor en el pecho y eso no me permitía dejar pasar todo como si nada.

− ¿Dónde está Sofía? – le pregunté a Mónica.

− Está cambiándose. Se ha quedado sorprendidísima cuando lo ha visto todo, con esta fiesta que ni sospechaba.

Justo en ese momento apareció en escena mi novia en aquel jardín repleto de gente. Estaba resplandeciente, con un vestido azul de brillo, muy corto, mostrando sus piernas y estilizando su figura delgada con unos zapatos de tacón. Su espalda morena estaba al aire, se había maquillado con un rojo intenso en sus labios y llevaba su pelo recogido en un gracioso moño. Estaba realmente preciosa.

− Hola cariño – dijo acercándose hasta mí y besándome en los labios, por primera vez, en público.

− Hola. – respondí a su beso bastante tenso, pero sin saber todavía qué hacer.

− ¡Vaya sorpresa! Estoy alucinada. ¡Gracias amor! Por fin podemos estar juntos sin tener que escondernos, ¿No?

− Sí – dije escudriñando en el brillo de aquellos ojos la traición.

− En cierto modo se acabará el morbo de nuestros encuentros peligrosos. – dijo sonriente dándome un piquito y un pellizco en mi culo.

Mi primera idea era la de montar un pollo allí mismo, delante de todo el mundo, decirle a esa cara de niña buena, lo puta que podía llegar a ser, que se follaba a todo bicho viviente, sacar toda mi rabia, mandarles a todos a la mierda, de paso, pero al volver mi vista y observar la sonrisa de Mónica, me costaba romper con esa parte, además de poder perder mi trabajo y toda mi formación a nivel profesional. “Mente fría” – me repetía a mí mismo mientras seguía bailando con mi adúltera novia.

Ernesto aprovechó un momento para hacer una seña y entregarme el famoso anillo de pedida con cierto disimulo. Me giré y tenía a Sofía justo pegada a mí que abrió los ojos como platos al ver lo que tenía entre mis manos. Apenas tuve tiempo de abrir la cajita cuando ella soltó unas lágrimitas de emoción.

− ¿Pero, Víctor?

− Sofía… yo… tú…

Sin poder articular más palabras se agarró a mi cuello y me besó con toda la pasión haciéndome tambalear sosteniendo su cuerpo. Respondí al abrazo y al beso, sin poder evitar ese sabor dulce y delicioso de su lengua, sentir su olor, tener su cuerpo pegado y dejarnos llevar como otras tantas veces. Cuando abrimos los ojos, todos los invitados rompieron en un sonoro aplauso y Sofía se acarició el dedo con su nueva sortija de pedida. No hubo más palabras, justo en el momento en el que yo iba a pedirle explicaciones, los invitados nos separaron, llenándonos de felicitaciones, besos, palmaditas y abrazos.

El último en darme la enhorabuena fue mi suegro, que además me pegó un abrazo intenso dentro de la tremenda confusión que yo tenía en mi cabeza.

− ¡Felicidades yerno! Bienvenido a esta familia.

− Gracias – respondí aturdido.

− Gracias a ti por cuidar de mi hija y respetarla. Espero que la hagas muy feliz y que aprenda esos valores que tienes, hoy la veo y me parece menos niña. Espero que se convierta en una mujer… ¡En tu mujer!

Las palabras de mi suegro me escocían, pero al tiempo no me veía con fuerzas de romper con todo y decirle la zorra que tenía por hija. Él seguía empeñado en que su hija era un cielo, una dulce niñita sin mácula, sin pecado alguno, quizás hasta pensara que era virgen y no lo que realmente era, una puta de tomo y lomo, una comepollas, que le había regalado su culito a su compañero antes que a mí. Las fotos malditas volvían a mi mente sin cesar.

− Gracias también por hacer feliz a mi esposa. – dijo al terminar su abrazo.

En ese momento no supe qué responder y es que tampoco estaba muy seguro a lo que se refería con esa frase.

− Mónica te admira mucho… me lo ha dicho y que eres un gran chico. Además te ha cogido cariño, casi como a un hijo. Bueno, se puede decir que casi es tu mamá política y gracias a vuestra nueva amistad, conseguirás unir más a esta familia, algo que me hace mucha falta, que me hace tremendamente feliz y estar mucho más orgulloso de ti. .- añadió mi jefe

Este tipo me dejaba totalmente flipado. Con lo listo que era para los negocios y para averiguar los pormenores de la bodega, estaba totalmente ciego con respecto a las mujeres de su familia, muy putas ambas, por cierto.

Yo sin embargo no me sentía bien, seguía mareado, aturdido y furioso. No soportaba llevar semejante cornamenta. Me envalentoné, tomé un copa de vino casi de un trago, dispuesto a encontrarme con mi novia y decirle a la cara lo zorra que era y plantarle en su sus morros todo lo que había descubierto con su compañero de universidad. La busqué entre todos los invitados pero no la localizaba, cuando se cruzó Mónica conmigo de nuevo, la vi aparecer con aquel vestido ceñido y su movimiento de caderas y mi polla dio su obligado respingo bajo mi pantalón. Era algo instintivo, pero es que esa mujer me volvía loco.

− Hola guapo. Tengo ganas de que me vuelvas a romper el culito con esa polla – dijo en un susurro en mi oreja, metiendo su pierna entre las mías con cierto disimulo.

− ¡Mónica, por favor!

− ¿Acaso no quieres?

Aquella mujer era la bomba y conseguía excitarme cada vez más. Cuando quise reaccionar y contestarle algo, desapareció entre un grupo de invitados. Entonces fue cuando vi a Sofía. Estaba de espaldas hablando con un grupo de clientes muy importantes de la bodega. Esperé pacientemente a que terminara para pedirle cuentas y saber de su boca de puta lo que podría contarme. Observé su figura de espaldas, desde donde yo estaba, se la veía muy sexy con ese vestido azul corto, sus largas piernas, sus tacones, aquella espalda al aire, su moño recogido y el gracioso tatuaje de una tortuga sobre su nuca. ¡Estaba radiante!… pero ¡Un momento!… ¿El tatuaje?…

Recuerdo perfectamente cuando la vi la primera vez en la bodega y se agarró el pelo, y descubrí aquel bonito tatuaje. ¡No era posible!

Saqué mi móvil y empecé a visionar las famosas fotos del engaño una vez más, empezando por la famosa de mi novia a cuatro patas sodomizada por su compañero, cuando certifiqué que no aparecía su tatuaje en la foto. Amplié la imagen y comprobé que efectivamente no estaba, pero es que indagando más, tampoco aparecían sus dos inconfundibles lunares en su culito, justo en la parte interna de su cachete derecho. ¡La chica de la foto no era Sofía! Pasé el resto de las fotos y tampoco aparecían ninguna de esas pruebas, pero para colmo, fijándote con detenimiento se veía que eran fotos retocadas por ordenador.

− Hola cariño – me sonrió mi novia al verme allí tras ella.

− Hola.

− Gracias por esta fiesta tan especial. Soy muy feliz. Te quiero – dijo dándome un beso tierno.

No sabía dónde meterme, pero entonces me di cuenta de que todo había sido todo un engaño, todo minuciosamente preparado y urdido por mi pérfida suegra. Lo primero que pensé era ir donde estaba para decirle lo muy puta que era, por haberme puesto en esa situación tan al límite, pero luego lo fui meditando y pensé, como ella misma me había orientado y aconsejado, hacer la vista gorda para aprovecharme de las ventajas de todo esto.

Abracé a mi novia en ese baile y me sentí aliviado al saber que todo era mentira, aunque por otro me torturaba la idea de haber sido yo el que la engañaba, ¡con su madrastra! Ahora mi alivio se convertía en remordimientos los que me pesaban por dentro.

− Cariño, acompáñame. – me dijo mi chica tirando de mi mano sin que todavía pudiese reaccionar.

Nos perdimos entre el grupo de invitados, metiéndonos en la casa y escaleras arriba llegamos a su habitación. En aquella estancia nos dimos un abrazo.

− ¡Sofía! – dije mirando aquellos ojos de enamorada.

− Me has hecho muy feliz, Víctor – dijo ella besándome con toda la pasión.

Pese a mi incertidumbre, respondí a ese beso con todas mis ganas, agarrado a su estrecha cintura y disfrutando de los placeres de su lengua jugueteando con la mía. La que momentos era antes la adúltera había pasado a ser la cornuda.

− ¿Sabes? No llevo braguitas bajo el vestido – me dijo agarrándome por la nuca con su cara prácticamente pegada a la mía.

− Sofía, por favor… no me tientes que abajo hay más de cien invitados… tu padre…

− ¿No te pone?

− Sofía, ¿Me estás diciendo que follemos aquí mientras todo el mundo está en la fiesta allá abajo?

− No. Exactamente quiero… ¡Que me folles el culo!

− ¿Cómo? – pregunté alucinado.

− Sí, quiero regalártelo, te lo has ganado – sentenció en una frase que me sonaba familiar.

− Pero ¿Estás segura?

− Te lo mereces cariño, has sido tan bueno conmigo y ahora, que mi padre siga pensando que soy su niñita, pero me produce un morbo terrible que me partas el culo estando él y mi madrastra allí abajo.

No daba crédito a lo que oía, me parecía estar soñando de nuevo. Pero ella no estaba por la labor de poner dudas, trabas o impedimentos a lo que tenía más que decidido. Se apoyó en el marco de la ventana que ofrecía una vista de todo el jardín en el que los invitados parecían muy entretenidos. Levantó su vestido hasta ponerlo por su cintura, certificando que no llevaba ropa interior bajo ese sexy vestido. Su culo se me ofreció en pompa ante mi atónita mirada y mi polla no tardó en ponerse completamente dura bajo mi pantalón.

− Vamos, no quieres ¿partirme el culito? – añadió meneando sus caderas de forma provocativa.

Sabía que todo era una locura y que posiblemente los remordimientos seguirían torturando mi mente, en una confusión total de engaños, líos y dos mujeres ardientes que acabarían con mi racionalidad. Me bajé los pantalones y saqué a escena mi polla que palpitaba deseosa de un nuevo juego y un nuevo agujero donde meterse. Las primeras gotas salían por la punta y las esparcí por toda su longitud. Me acerqué hasta el cuerpo de mi novia y agarrado a su cintura pasé el glande por su chochito que ardía. Mi cabeza quedaba por encima de la de ella y podía ver a toda la gente allá abajo en el jardín. Era cierto, la situación no podía ser más morbosa.

Metí mi polla en el coño de Sofía sin ninguna dificultad, haciendo que nuestros cuerpos chocaran y mis huevos rebotaran en su culo tras la embestida.

− Cariño, por ahí no, ¿no quieres estrenar mi culo? – insistía ella con una provocación total.

− Sí, pero no querrás que te haga daño.

− En este momento no me importa. Solo quiero regalarte mi culito y que me lo folles. Es mi regalo. – dijo entre susurros con mi polla bailando en un suave baile dentro de su ardiente coño.

Se la saqué y ubiqué la punta en el orificio posterior que estaba sonrosadito y se veía súper estrecho. No me veía capaz de traspasar esa puerta. Llené mis dedos de saliva y embadurné mi polla y el pequeño agujero, en el que pude insertar un dedo. Sofía ronroneaba como una gatita y se le notaba muy excitada, agarrada a las cortinas de la ventana de su habitación y observando a los invitados allá abajo. ¡Cómo le gustaba el riesgo a esa chica!

Puse mi glande en la puerta del paraíso y con un pequeño impulso colé la punta dentro de ese orificio, algo que hizo que ella emitiese un pequeño grito.

− Schhsss, nos van a oir – le dije en su oído apoyándome sobre su cuerpo.

− No me cabe. – decía ella entre hipidos.

− ¡Relájate putita! – dije sin pensar.

Pensando que Sofía se iba a molestar, esa frase mía pareció encantarle y me regaló una sonrisa moviendo su trasero dispuesta a recibir el resto de la ración. Me agarré a sus caderas y fui avanzando con lentitud, intentando que ella se fuera adaptando al gran cacho de carne que se introducía en su ano por primera vez… para mí era la segunda en menos de 24 horas.

− ¡Qué gusto! – decía ella en un reprimido gemido.

Ese fue el indicativo para seguir avanzando hasta que cuando quise darme cuenta tenía toda mi polla metida en ese culito virgen.

− ¡Me matas, Víctor! – repetía ella ahogando sus gritos en las cortinas de la ventana.

− ¿Te duele?

− ¡Sí! ¡Pero el gusto es mayor! – dijo en un gemido intenso.

Levanté la vista y vi a través de los cristales la silueta de Mónica paseando entre los invitados, insinuándose y ofreciendo sus mejores virtudes. Al verla sentí una mezcla de celos, rabia, excitación… todo a la vez. En ese momento saqué mi polla hasta dejar solo la punta dentro del culito de Sofía, observar la redondez de su trasero, para luego volver a ver a Mónica tonteando con otros clientes y de un golpe fuerte le metí toda mi polla a mi chica en su culo.

− ¡Ayyy!, ¡Dios! – repetía ella entre sollozos y gritos y su boca tapada por la tela de las cortinas.

Aquello era una maravilla y mi tensión acumulada se concentró en mi polla que volvió a salir para entrar como un bestia de nuevo contra ese culo que empecé a follarme como un demente, solo agarrado a las caderas, mientras veía como las manos de mi chica se aferraban a las cortinas. Ya no había vuelta a atrás y ambos parecíamos disfrutar con algo increíblemente placentero, mezcla de dolor y de placer, ahogando nuestros gemidos aprovechando que la orquesta tocaba un rock a todo volumen. Siguiendo ese ritmo sonoro seguí metiendo mi polla una y otra vez dentro del culito de Sofía, hasta no poder aguantar más y correrme en su interior sin pedirle tan siquiera avisarla. ¡Qué polvazo!

Aun pude ver la figura curvilinea de Mónica en el jardín cuando mi polla seguía escupiendo chorros dentro de ese inexplorado lugar. Cuando me separé de ese culito, las piernas de Sofía temblaban y un reguero de semen se deslizaba por la cara interna de sus muslos.

Sofía se volvió y me besó con pasión. Sabía que le había gustado y que estaba dispuesta a repetirlo a partir de ese instante, solo viendo esa cara de felicidad. Pero vi en esos ojos, una vez más, algo más que pasión, realmente los ojos de enamorada.

A partir de ese momento me di cuenta que tenía dos opciones: Decir la verdad a mi novia, contándole que me había follado a su madre, que había urdido un perverso plan, decirle también que le había roto el culo antes que a ella o de lo contrario hacer como si nada ocurriera, seguir trabajando en lo que más me gusta, convertirme en un reconocido profesional, pertenecer a una de las más envidiadas herencias de la provincia y tener a dos mujeres insaciables, ardientes, que me volvían completamente loco. Evidentemente me quedé con la segunda opción y seguí besando a mi novia para después bajar a la fiesta como si nada hubiera ocurrido.

FIN

Juliaki

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