Los siguientes días transcurrieron dentro de la normalidad, salvo que Sofía y yo seguíamos teniendo nuestros encuentros sexuales de lo más variopinto, cuando estábamos solos, en el laboratorio y sino buscábamos encontrarnos en algún parque o en cualquier sitio apartado, intentando siempre que nadie nos viera juntos. Parecíamos amantes que mantienen sus encuentros en la clandestinidad. Seguíamos siendo de todo menos una pareja normal y atendiendo a las instrucciones de su padre para mantenerlo en secreto, resultaba cada vez más complicado.

Por otro lado yo no podía quitarme de la cabeza a Mónica, su madrastra, esa mujer que había conseguido hacerme ver entre sus brazos, sin importarme la diferencia de edad, ni que fuera la esposa de mi jefe o la madre de mi novia, pero es que toda ella era algo incontrolable. Naturalmente esto solo era en mi imaginación y en mis pensamientos.

A los pocos días recibí una llamada de la secretaria del jefe para que me personara de nuevo en su despacho.

− ¿Te ha llamado otra vez mi padre? – me preguntó Sofía al ver que me llamaban de las oficinas.

− Sí.

− ¡Qué pesadito!

− Mujer, él quiere lo mejor para ti y para la bodega. Seguro que quiere saber cómo va todo – dije.

− No empieces tú también con la charlita.

− Vale, cariño.

− Bueno, tú niégalo todo. No quiero una bronca con mi padre. – añadió dándome un beso con toda la pasión.

Llegué al despacho del jefe y su secretaria no me hizo esperar esta vez. Nada más entrar el jefe me recibió sorprendentemente de otra manera mucho más distendida y amable que la primera vez, algo que agradecí.

− Hola Víctor. – me dijo dándome la mano de forma cordial.

− Hola Ernesto – respondí.

− Hablé con mi hija sobre el asunto y está encantada, se la ve muy contenta y animada últimamente, supongo que en gran parte gracias a ti.

− No sé…

− Sí, seguro. Me ha dicho que está muy enamorada.

Lo cierto es que me sorprendió que mi chica le hubiera soltado eso a su padre y no porque no pudiera ser verdad, pero no me había dado cuenta hasta entonces, ni tampoco me lo había dicho nunca ella directamente. De momento solo habíamos jugado a nuestros “temas sexuales”, charlas, chistes y demás, pero no como el de una pareja enamorada, sino más bien sexualmente activa. En el fondo aquella chiquilla me estaba gustando cada vez más y era lógico que ambos nos fuéramos sintiendo más unidos en todos los sentidos. Ernesto continuó con su charla:

− Está claro que os necesito a los dos, por eso no me parece nada mal este noviazgo, al contrario, me gusta saber que es con alguien conocido y responsable como tú, pero siempre y cuando no os distraiga del trabajo.

− Por supuesto. – añadí.

Me quedé pensando en la palabra noviazgo y me sonó bastante fuerte, porque no me lo había planteado hasta entonces así, incluso la forma en la que lo soltó mi jefe sonaba a boda, banquete y todo lo que ello conllevaba.

− No había imaginado cómo podría ser mi yerno, porque he pensado que Sofía era muy joven todavía, aunque Mónica me ha hecho verlo de otra manera. – añadió Ernesto.

Evidentemente la conversación de hija y padre tuvo sus frutos, pero creo que la que hizo cambiar radicalmente el concepto de Ernesto sobre su pequeña fue la versión de su despampanante esposa.

− Yo respeto mucho a su hija, Ernesto. Me parece una chica fantástica. – dije envalentonado.

− Me alegro. Espero que ella se centre por fin y empiece a madurar contigo. Hasta ahora lo ha tenido todo muy fácil, le he dado todos los caprichos, pero necesita hacerse mayor, con alguien a su lado que le dé un buen asesoramiento, consejos… ya me entiendes.

− Claro. – respondí aunque por mi mente pasaron las veces que me metía mano o me masturbaba directamente en el laboratorio haciéndome estremecer. Para eso no necesitaba ningún tipo de consejo precisamente.

− Es importante que la parte vuestra se desarrolle en conjunto. Ella será mi sucesora en este negocio, eso está claro, pero supongo que necesitará un apoyo continuo por eso he pensado que tú eres el más adecuado a compartir esa responsabilidad.

Lo que podía sonar a charla por parte de mi jefe, no era otra cosa que un gran halago hacia mí, pues aunque me esforzaba, no sabía que mi labor y mis avances iban por tan buen camino, no solo con lo que respectaba a su hija, sino con mi formación técnica. La siguiente orden o consejo de mi jefe era la de formarme más. Me ordenó que empezara en la biblioteca de la bodega para empaparme con libros sobre el tema, enfocando mi profesión de “co-enólogo” junto a su adorada hija. Me entregó la llave y me indicó que no olvidase devolvérsela cuando hubiera terminado.

Quise complacerle y me colé en la biblioteca en cuanto salí de su despacho. Al entrar en aquella gran sala me quedé pasmado. Nunca había estado en aquel lugar repleto de libros, carteles, menciones, premios… y una enorme mesa, junto a varios ordenadores. Me puse a buscar en las estanterías para saber por dónde empezar aunque aquello se veía harto difícil. Me vi alucinando entre libros que hablaban sobre química, fundamentos de la enología, tratados de viticultura, manuales de cata, etc…. cuando de pronto unos pasos marcados por unos zapatos de tacón sobre la madera noble del suelo me hicieron volverme.

Era la preciosa Mónica que había entrado en aquella sala y se acercaba sonriente hacia donde yo estaba. La estancia era enorme lo que me permitía observar ese acercamiento durante un buen rato y disfrutar de aquella sensual imagen de nuevo. Mónica vestía una camisa sin mangas con un gran escote y con sus brazos morenos al descubierto adornados con unas cuantas pulseras, un vaquero claro muy ceñido y sus zapatos de ultra tacón. Aquellos muslos bien redondeados, sus prominentes caderas y sus adorables andares hicieron que tuviera otra erección al instante.

− Hola Víctor – dijo al llegar a mi altura, apoyando su mano sobre mi hombro y dándome un beso casi en la comisura de mis labios. Sus grandes pechos hicieron contacto con mi tórax, algo que hizo que mi polla creciera algo más bajo el pantalón. No sé si llegó a notarlo.

− Hola, Mónica. – respondí intentando no demostrar mi nerviosismo, pero ella lo debía de percibir

− Hoy te veo sin la bata – dijo mirando a continuación al bulto prominente que marcaban mis pantalones. – Estás muy guapo.

No sabía dónde meterme, pero ella lo trató con total normalidad, sin dejar de sonreír, seguramente orgullosa de haber conseguido ese efecto doble de vergüenza y empalme en un joven como yo.

− Veo que Ernesto te quiere machacar con libros. – dijo sin apartar la mano de mi hombro.

− Sí… bueno, no sé.

− Me alegro que por fin piense en alguien con cabeza.

Supongo que aquello iba por su hijastra, pero no quise contradecirla, solo podía observar el movimiento de aquellos gordezuelos labios hablándome y el intenso brillo de sus ojos, por no hablar del precioso canalillo que ofrecía su camisa.

− ¿Has pensado en algún título? – me preguntó.

Me giré y volví a mirar hacia arriba a aquella inmensa estantería repleta de libros sin saber por dónde empezar.

− Estoy un poco perdido, la verdad. – dije

− ¿Quieres que te ayude?

En ese momento apoyó sus tetas en mi espalda de una forma provocadora, pero yo no rechistaba, como si realmente no tuviera a aquel pibón pegado detrás de mí. Podía notar su calor, su olor y todo su cuerpo adherido a mi espalda.

− Déjame que te aconseje ese de ahí arriba.

Puso su cara pegada a la mía con la intención de señalarme un libro entre miles. Podía notar el calor de su carrillo izquierdo contra mi derecho, esa tersura de su piel, hasta el olor de su pintalabios muy cerca de mi boca. Aquello era demasiado. Mi polla seguía creciendo inconmensurable bajo mi pantalón.

− No sé cual me comentas. – dije sin apartar mi cara de la suya.

− Allí arriba, ¿no lo ves? – añadió pegando aún más su cara a la mía y sus tetas a mi espalda. Podía notar su pelvis pegada a mi culo y sus muslos entrelazados con los míos. ¡Dios!

− No sé cual. – respondí nervioso y excitado, embriagado con el olor de aquella mujer.

− Ese: “Prácticas enológicas”

Señaló uno de la tercera estantería y a continuación empujó una de las sillas hasta ponerla justo enfrente de la fila de libros que me había indicado.

− ¡Ven ayúdame! – me dijo sosteniendo mi mano y alzando uno de sus pies hasta la silla.

Esa pose, con su largo tacón sobre la silla y el otro en el suelo, era una invitación al paraíso del pecado. La imagen de ver sus piernas abiertas con aquellos jeans tan ceñidos, era algo que impactaba de lleno. Esa mujer era una provocación continua. Mis ojos fueron subiendo desde sus pies hasta sus pantorrillas, subiendo por los muslos hasta llegar a su entrepierna, donde se podía ver que los vaqueros se hundían ligeramente marcando su rajita. Mi polla dio otro de sus avisos. ¡Joder como me ponía mi suegra!

Se ubicó encima de la silla ayudado con mi mano, girando lentamente para ofrecerme un show de su cuerpo subido en un pedestal, donde sin duda debía estar aquella bellísima señora. En esa ocasión podía ver toda su figura desde abajo, sus piernas al completo y especialmente su redondo culo. Se sostuvo agarrada a mi mano tambaleante hasta que protestó.

− ¡Sostenme, hombre!… No quisiera matarme.

Mis manos se aferraron a sus pantorrillas viendo como los tacones estaban inseguros y tambaleantes sobre la silla.

− Agárrame más arriba o me caeré. – ordenó.

Subí las manos hasta sostener sus robustos muslos por encima de la rodilla, pero ella seguía estirándose sin poder alcanzar el libro deseado y yo temía que se cayera, por lo que subí mis manos más arriba, hasta casi el comienzo de su culo.

− Empújame un poco, que casi llego. – me animó.

La única forma de ayudarla era poniendo las manos sobre su grandioso culo y tras unos segundos de indecisión por mi parte, me lancé a empujar esa maravilla de trasero.

− Así mejor. – dijo sonriéndome desde allá arriba.

No sé cuánto tiempo transcurrió, ni lo que ella quería hacer durar ese momento, pero lo cierto es que yo me sentía feliz de poder estar así, aguantando el monumental culo de mi suegra, para que alcanzara no sé qué libro, ni tampoco me importaba demasiado el título. Cuando por fin dio con él, mis manos no querían abandonar su trasero.

− Ya lo tengo. Ayúdame a bajar- me dijo girándose sobre la silla.

Le entregué mi mano, pero ella dudaba y me indicaba que así no podría bajar con esos taconazos tan inestables sobre la silla. Subí mis manos por sus caderas hasta llegar a su estrecha cintura. Al verse más segura, ella se dejó caer y agarré aquel cuerpazo con todas mis fuerzas. Yo creo que ella también quería hacer más largo ese momento o al menos eso me parecía, cuando apoyó sus tetas de nuevo en mi cara y fue bajando lentamente con su cuerpo completamente pegado al mío. Por fin estuvo a mi altura y su boca estaba a poquísimos centímetros de la mía. La hubiera besado en ese instante, ¡Estaba preciosa!

− Estás fuerte – dijo acariciando mis brazos lentamente sin separar su cuerpo del mío.

− ¿Has encontrado algo? – era la voz de su marido que hizo aparición de repente en la biblioteca en el peor momento para mí.

Me separé como si esa mujer me hubiera quemado. No sé si él se percató, pero ella sí que se fijó en el bulto que mostraba mi pantalón. Rápidamente me tapé con el libro, muy apurado, disimulando mi erección.

− “Prácticas enológicas”, buena elección, Víctor. – dijo Ernesto quitándome el libro de forma brusca de las manos.

Por un momento, dudé sin saber qué responder, pues me imaginaba que ese hombre estaba enfadado conmigo, tras verme allí pegado literalmente al cuerpazo de su adorada señora. Pero ella, una vez más, sabía cómo manejar a su marido y me sacó del apuro.

− Bueno cariño, dejémosle solo.

A continuación ella se abrazó a la cintura de su esposo y llevándole con ella fueron abandonando aquella enorme sala. Esa mujer conseguía lo que quería de los hombres, en un abrir y cerrar de ojos, incluyendo a su marido. Yo no quité la vista de aquella diosa y su extraordinario culo, además de sus hipnotizantes andares. A última hora se volvió y me lanzó un guiño.

Tengo que confesar que no pude concentrarme en absoluto en la lectura de aquel libro, pues solo recordaba los momentos vividos con la madrastra de mi chica.

Tras media hora más o menos de lectura improductiva, cerré la biblioteca con la llave y me dispuse a devolvérsela al jefe. La secretaria ya se había marchado y llamé con los nudillos pero no recibí respuesta. Al abrir la puerta la escena que me encontré era asombrosa. Ernesto estaba sentado en su silla y su esposa a horcajadas sobre él, besándose desenfrenadamente mientras las manos del hombre sobaban aquel redondo culo embutido en unos ajustados jeans. Él abrió los ojos al verme.

− Perdón – dije descolocado.

− ¿Qué quieres? – preguntó el hombre en tono seco.

− No,… solo devolver la llave…

− Claro. Déjala ahí y cierra la puerta.

Posé la llave sobre una mesa y me giré dispuesto a abandonar su despacho aunque antes observé la mirada que me lanzaba ella subida frente al cuerpo de su marido y sus dos muslazos rodeándole. Me sonrió y me pareció ver como se relamía, no sé si para darme envidia, bien porque estaba cachondísima o por ambas cosas a la vez.

Tuve que meterme en el baño para hacerme una paja monumental en honor a aquella rubia alucinante, deslumbrante y descarada. Era difícil quitarse de encima la imagen de esa mujer sobre su esposo besándose desenfrenadamente, refregándose con ansiedad sobre la silla… sin duda además de preciosa, debía ser toda una bomba sexual.

Los siguientes días, después de mi jornada de trabajo acudía al despacho del jefe para pedir la llave de la biblioteca. A él parecía gustarle mi entusiasmo, mi profesionalidad y mi dedicación a esa lectura en la biblioteca, fuera de mi jornada de trabajo, pero lo que yo realmente ansiaba era volver a encontrarme con su mujer, sentirla de cerca y admirarla…

Mis deseos no tardaron en cumplirse cuando en una de mis lecturas aquella rubia hizo aparición, con otros pantalones ceñidos negros, una blusa blanca y sus siempre interminables tacones, para pegar sus tetas en mi nuca y abrazar mi pecho.

− ¿En qué andas metido hoy? – me preguntó con total confianza pudiendo notar su aliento ardiente junto a mi oreja.

A ella tampoco parecía importarle mucho el título del libro que estudiaba, sino más bien provocarme continuamente y jugar conmigo. Imagino que para una mujer madura, verse así de deseada por un joven, debía hacerla sentir más bella de lo que ya era. Para mí era todo un honor, ya que esa mujer me parecía inalcanzable (en todos los sentidos). En cada encuentro no podía evitar tampoco pensar en Sofía, pero luego me decía a mi mismo que no hacía nada malo al desear a su madre. Desear no es infidelidad, ¿verdad?

Ni que decir tiene que yo repetía mis visitas a la biblioteca siempre que podía, alegrando cada vez a mi mentor, jefe y casi suegro. Por otro lado, mi novia también seguía sorprendida por mi entrega y dedicación al tema, pero nunca se olvidaba de darme un repaso de los suyos cuando regresaba al laboratorio o los fines de semana cuando hacíamos nuestra escapada como dos amantes secretos. El resto de los días nos veíamos cada vez menos, ya que ella viajaba más de continuo a la ciudad para asistir a las clases en la universidad, momentos que aprovechaba yo para ir a la biblioteca donde sabía que tendría la visita de mi adorada y maciza rubia. Mónica y yo nos fuimos haciendo más y más cómplices, nuestra confianza era mutua, aunque lo cierto es que nunca me atreví a comentarle lo mucho que me atraía, incluso llegué a pensar que yo también era para ella algo más que el novio de su hijastra. Nos encontrábamos en la aquella gran sala de lectura a diario y a ella le gustaba exhibirse, mostrarme su sensualidad en sus gestos, sus andares, su vestimenta, sus piernas con cortas minifaldas o con su generosísimo escote. Unas veces me pasaba las tetas por la nuca, otras se apretaba contra mi espalda o hacía el truco de que la sostuviera en la silla para alcanzar un libro en una estantería que me quería mostrar, cuando lo que realmente quería era mostrarme todos sus atributos. En otras ocasiones me besaba con cierta efusividad en mis mejillas, pegando su cuerpo al mío y percibiendo mi más que considerable erección. Eran besos aparentemente fraternales, como los de una madre a su hijo, pero ambos sabíamos que eran algo más. Yo temía ser descubierto por su marido, ya que tantas veces juntos era un motivo por el que se pudiera sentir celoso. Se lo recordé a Mónica con cierto tacto y ella me dijo que no, que su marido confiaba en ella, además no pasaba nada realmente y ella sabía satisfacerle en todo Yo imaginaba que aquello de “sentirse satisfecho” con esa mujer debía ser grandioso.

Una de mis muchas tardes en la biblioteca, yo estaba frente a un ordenador buscando información de botellas de la competencia y se acercó Mónica por detrás, como tantas otras veces. Recuerdo que era un día caluroso de verano y esa preciosidad llevaba un vestido veraniego floreado, de mucho vuelo y finos tirantes, corto por encima de la rodilla y como remate en sus preciosos pies unas sandalias de tacón de color rojo.

− Hola Víctor, ¿Cómo estás? – dijo acercándose con sus salerosos andares hasta donde yo estaba.

Colocó sus manos sobre mis hombros, pegando sus tetas en mi espalda. La fina tela del vestido me permitía sentir su pecho más intensamente que otras veces. Además, el olor que emanaba aquella mujer me hacía creerme en otro mundo. Feliz y dichoso de tenerla tan cerca y con eso me conformaba, aunque ella siempre me regalaba algo más.

− Estoy buscando botellas de la competencia, de las más importantes para saber un poco su historia, ya sabes. – le comenté señalando el monitor.

− Claro. Déjame que te ayude, que eso también lo he buscado yo muchas veces y te enseño unas páginas.

Mónica se puso a mi lado y apoyando sus manos sobre la mesa se acercó para ver la pantalla pero mis ojos no separaban de sus tetas que en aquella pose parecían quererse salir por encima del escote. Tampoco pude evitar ver cómo el vestido se había subido ligeramente dándome una panorámica inédita de la parte trasera de sus muslos.

En ese instante, sin tiempo a que yo reaccionara, mi musa rubia se sentó sobre mis rodillas como si fuera la cosa más natural del mundo y empezó a teclear varias direcciones en el ordenador. Yo me quedé petrificado, alucinado al ver como aquella mujer me había cogido tanta confianza como para aterrizar su hermoso culo sobre mis rodillas y poder así admirarla desde tan cerca, tener su melena rubia rozando mi cara, su estrecha cintura a un palmo de mí, su trasero perfecto apoyado en mis piernas, ver a tan pocos centímetros la fina piel de sus hombros y la de sus piernas que al estar sentada ofrecían más porción de muslo. Tenerla encima era un sueño imposible.

− ¡Uy qué torpe soy! – me decía intentando escribir una dirección en el teclado.

− ¿Quieres que te ayude?

− Sí, Víctor, por favor, es que tengo las uñas tan largas que no escribo bien en este teclado tan pequeño. – dijo girando su cara y su gran sonrisa que me deshacían.

Era cierto que tenía unas uñas muy largas y preciosas por cierto, pintadas de un rojo intenso, pero me sonaba más a disculpa que otra cosa, pues otras veces la había visto teclear en su portátil sin ningún tipo de complicación.

− Dime qué dirección escribo – le pregunté.

− www… – comenzó a darme una dirección url, pero yo no llegaba al teclado.

− Uf, no llego contigo encima, Mónica. – dije pasando mis brazos por sus costados sin poder ver nada y sin alcanzar a la mesa con mis dedos, aunque no me incomodaba tenerla encima ni tampoco su peso, para mí era tener el mejor premio sobre mis rodillas..

− Ah, sí, espera.

En ese instante Mónica levantó el culo y pensé por un instante que se iba a apartar, pero lejos de eso, se volvió a sentar salvo que esta vez imprevisiblemente lo hizo ubicando su redondo culo directamente sobre mi paquete, que ya estaba bastante abultado. Unió su espalda pegándola a mi pecho y mi erección creció irremediablemente. No había duda de que ella lo había notado, pues mi pantalón fino de verano y su vestido igualmente fino no dejaban nada a la imaginación, podía notar el calor de su entrepierna contra mi cada vez más erguido pene.

− Perdón – dije tímidamente al saber que ella notaba esa dureza incrustada contra su sexo.

− No te preocupes. ¿Peso mucho? – dijo quitándole importancia.

− No, Mónica. – respondí mientras ella pegaba su espalda más contra mi pecho y removía sus muslos para ubicar bien mi polla que ya estaba entre ellos rozando directamente su abultada vulva que me parecía sentir palpitar.

− Adelante, escribe… – añadió y lo hizo con un ronroneo que me pareció cargado de excitación.

No acertaba a escribir la dirección, pero esta vez no por no llegar, sino que no podía concentrarme al tener a aquella diosa sentada sobre mis piernas, más bien con su coño directamente sobre mi verga. Al fin acerté a escribirla y ella se giró ligeramente para que pudiera leer en la pantalla, pero lo que yo veía era su hermoso rostro y su adorable escote que tenía a apenas cinco centímetros de mi boca. Me agarré a su estrecha cintura y disfrute de ese contacto casi directo de su piel, tan solo separado por la tela del fino vestido.

− Buenas tardes, don Ernesto quiere que vayan a su despacho. – nos anunció la secretaria que hizo su aparición en la biblioteca de repente.

Yo me llevé un susto de muerte y no sabía dónde meterme, pero en cambio Mónica ni se inmutó permaneciendo allí sentada sobre mí, sabiendo que la discreción de la otra mujer estaba asegurada. Madre mía, lo tenía todo controlado y en cambio yo hecho un flan, que no mi polla, que no había bajado ni un ápice.

̶ Dígale que ahora vamos. – añadió Mónica a la mujer que abandonó la sala meneando la cabeza.

Después de un rato, esa impresionante belleza que tenía sobre mí, se fue levantando lentamente sin que yo pudiera soltar su cintura ni dejar de admirar su espalda, su pelo, su olor y toda la energía que había depositado en mi regazo. Precisamente cuando se hubo levantado hacia allí dirigió la mirada.

̶ Creo que deberías bajar eso, antes de ir a ver a mi esposo. – dijo entre risas y desapareció con sus movimientos felinos dejándome con aquella tremenda empalmada.

Ya no cabía ninguna duda de que ella había notado la erección y todo el tiempo se había hecho la tonta, pero su juego era más que premeditado, consiguiendo llevarme al límite. Tras unos segundos de indecisión allí sentado como un pasmarote, pensé que no era buena idea hacer esperar mucho tiempo a Ernesto y me metí en el baño mojándome la cara y la nuca consiguiendo que la erección no fuera tan evidente aunque sí lo era una mancha húmeda en mi entrepierna, puede que debido a mis fluidos o posiblemente a los de ella también.

Acudí al despacho del jefe totalmente acojonado. Conociendo a aquel hombre, seguro que sospechaba que su mujer y yo estábamos teniendo demasiados encuentros en la biblioteca y ese último contacto fue realmente el sumun. Puse la carpeta delante de mí para ocultar en lo posible la humedad que había en mi entrepierna y me dispuse a acudir al encuentro de mi jefe y su esposa.

Al llamar y asomar mi cabeza, la imagen que vi era más que increíble: Ernesto sentado en su sillón y su esplendorosa mujer subida sobre su regazo de espaldas a él, justo en la misma posición en la que yo me había encontrado segundos antes con ella frente al monitor, pero en esta ocasión moviendo las caderas rítmicamente de una forma lasciva y sonriéndome maliciosamente al mismo tiempo. Él se removía en su sillón y ella parecía menear su culito rozándose con lo que ese hombre debía tener a tope debajo. Estaba a punto de darme la vuelta cuando ella me habló sin levantarse de los muslos de su marido.

̶ Pasa, Víctor.

̶ Si, pasa, y siéntate – añadió él manteniendo las manos en la estrecha cintura de aquella increíble criatura.

̶ Gracias – respondí aturdido y no viendo precisamente en su cara el enfado, sino de un enorme placer que le estaba proporcionando su esposa subida sobre él.

Me acerqué a la silla que estaba frente a su mesa intentando ocultar en todo momento la mancha que tenía en mis pantalones, así como el crecimiento de mi miembro que volvió a despertar de su letargo sorprendido por tenerles allí enfrente con aquellos movimientos, una sobre el otro, mirándome como si nada. Una cosa era ir cogiendo confianza y otra bien distinta era que estuvieran de esa guisa frente a mí. Mónica me sonreía de forma perversa balanceando su cuerpo sobre el de Ernesto que de vez en cuando cerraba los ojos, disfrutando… Me imaginaba su situación y la comprendía pues minutos antes había estado yo en esa pose y aunque su mujer no se movía tanto, me había trastornado tanto o más que a él. Envidié mucho a mi jefe en ese momento, pues quería ser yo el que estuviera debajo de ese cuerpazo y sentir de nuevo ese coño caliente y palpitante sobre mi polla.

̶ Veréis, os he hecho llamar porque quiero que hagamos una cena especial. – intervino Ernesto interrumpiendo mis lascivos pensamientos.

̶ ¿Una cena? – preguntó ella mordiéndose un labio y restregando su culo aun más contra el paquete de su esposo que ya debía estar a tope.

̶ Sí, dentro de unos días es el 20 cumpleaños de Sofía y quiero hacer una fiesta en casa para celebrarlo.

̶ ¡Qué buena idea! – añadió ella suspirando, pues se le notaba cachonda.

̶ Sí, creo que será el momento de daros mi bendición como pareja, veo que estáis muy unidos, por lo que ella me va contando… – sentenció él, dando un suspiro.

Su mirada lo decía todo y parecía muy seguro en lo que nos exponía. Lo de estar unidos su hija y yo era cierto, sobre todo enganchados cuando follábamos como conejos, aunque también era verdad que cada vez estábamos compartiendo más momentos aparte de los laborales y sexuales. Poco a poco se iba fraguando una unión de pareja. Ernesto tras esperar mi reacción continuó sin soltar la cintura y caderas de su señora, soltando un pequeño gruñido antes de continuar con su charla sin importarle demasiado que yo estuviera presente en su extraña y descarada postura.

̶ Quisiera que fuera tu presentación en casa. Con pocos invitados pero sí los más importantes. Mis padres, los abuelos maternos de Sofía, sus tíos, y el personal directivo de la bodega, puede que algún cliente, también.

̶ ¿Has pensado en algo? sólo quedan dos días para el cumple de Sofía – le comentó Mónica girando su cabeza y dándole un tierno beso a su esposo sin dejar de botar sobre él.

̶ No, se me ha ocurrido hace un rato, pero ya sabes que no soy muy bueno organizando eventos. ¿Os podéis encargar vosotros? Sé que os lleváis muy bien y eso es algo que agradezco, pues también puede que eso nos una más a todos.

Mónica miró a su marido y luego a mí que seguía inmóvil en mi asiento, recibiendo más y más sorpresas sin tiempo a poder asimilarlas. Ella tras mojarse de forma lasciva los labios, dio un par de saltitos sobre su esposo, me miró y luego añadió.

̶ Claro, Víctor y yo nos encargamos de todo. La fiesta, el catering, los regalos… ¿Verdad?

Mis ojos alucinaban al ver cómo saltaban sus tetas bajo el aprisionado escote de su vestido cada vez que ella botaba sobre su esposo.

̶ Perfecto, entonces, lo dejo en vuestras manos. ¿Estás de acuerdo, Víctor? – me interrogó Ernesto.

La pregunta del jefe me hizo carraspear y contestar casi con afonía:

̶ Sí, claro.

̶ Muy bien. Pues haced una bonita fiesta y por supuesto Sofía no puede saber nada. ¿De acuerdo?

̶ Claro. – contestamos ella y yo al unísono.

̶ Ah y quiero que le regales un anillo de compromiso. – apuntó el gran jefe con sus ojos clavados en los míos.

Eso último volvió a dejarme totalmente descolocado. Si ya tenía un montón de impresiones, aquella aumentaba aún más mi sorpresa.

̶ ¿De compromiso? – pregunté alucinado.

̶ Sí, claro. ¿Vas en serio con mi niña no? Me gustaría que le dieras la sorpresa de pedirle la mano delante de todos.

El tío iba súper lanzado y no niego que era cierto que yo estaba muy a gusto con su hija, cada vez más involucrados en nuestra relación y era una chica fantástica, no lo niego, pero no se me había ocurrido lo del compromiso todavía.

̶ ¿Y? – me inquirió impaciente Ernesto que al parecer ya tenía todo pensado por mí…

̶ Sí, esto… claro – añadí con un hilo de voz.

̶ Bueno, no digo que os caséis la semana que viene, pero si realmente quieres a mi hija como ella dice, podemos ir planeando algo más que un noviazgo y que vayáis intimando una pareja normal sin tener que esconderos.

Cuando dijo “intimar” indicaba que aquel hombre seguía sin sospechar todo lo que ya estaba haciendo su hija conmigo, pero lo de dejar de tener nuestra relación a escondidas me atraía más, eso era cierto. No sé ni cómo acepté, ya que todo estaba pensado en mi nombre, sin haberlo digerido, ni medio planificado, pero no quise hacerle el feo.

En ese momento Ernesto se quedó inmóvil, como si estuviera pensando algo, porque cerró los ojos, aunque más bien parecía estar disfrutando de lo lindo al tener el ardiente sexo de su esposa sobre el suyo, como yo lo tuve unos minutos antes. Luego abrió los ojos y tomó aire, para añadir.

̶ Está decidido entonces.

̶ ¡Qué bien! – dijo Mónica levantándose alegre, dando pequeños aplausos y dirigiéndose hacia mí.

Apoyó sus manos en mis hombros y me plantó dos de sus adorables besos en las mejillas, permitiéndome de paso, ver una vez más, la maravilla de su escote en toda su intensidad. Se mantuvo así, ligeramente doblada y apoyada sobre mis hombros, sin que yo pudiera moverme de la silla, permitiéndome durante unos cuantos segundos, aquella panorámica del valle de sus senos, tan fantástica.

̶ ¡Felicidades yerno! – me felicitó, dándome una caricia con el dorso de su fina mano sobre mi mejilla.

̶ Gracias – respondí todavía con el aturdimiento de todo lo que estaba sucediendo.

̶ Ahora pasas a formar parte de la gran herencia. – añadió la imponente rubia, pero esta vez para que no lo oyera su esposo, lo hizo pegando sus labios en mi oreja, en un sensual susurro dejando a la vista algo más de su pecho en esa postura semi doblada.

Reconozco que ese comentario podía resultar molesto en un principio, porque yo no veía mi relación con Sofía como la de un “braguetazo” precisamente, incluso recordaba las palabras de mi novia cuando hablaba de su madrastra como una arpía cazafortunas. Yo no quería verme así, pero pensándolo así en caliente, no era tan mala idea la convertirme en un rico heredero de gran un imperio. Además, teniendo a su madre ahí agarrada a mis hombros y viendo su delantera a escasos centímetros no me permitía razonar.

Mónica entonces se quedó muy cerca de mi cara, viendo mi reacción mostrándome un brillo de sus ojos, que parecía estar diciéndome “Fóllame”. Estaba tan cerca que hasta me pareció notar el calor de esos labios. Me removí en la silla, bastante incómodo por tener a su marido enfrente observando toda la operación. De pronto, cuando ella se incorporó lentamente para ponerse erguida, noté que algo caía sobre mi regazo. Bajé mi vista unos segundos y pude ver que eran unas braguitas negras hechas un gurruño sobre mis muslos. Levanté la vista, miré a su esposo que pareció no darse cuenta y luego a ella que me sonrió sibilinamente. En un acto reflejo oculté esa prenda con mi carpeta. ¿Fue un accidente fortuito?, ¿Realmente se le cayeron las bragas sobre mí y ella no se dio cuenta? No, aquello no era posible, ¿Quizás las dejó caer a propósito? Pero ¿Por qué? ¿Con tanto descaro?, ¿Cuando se las quitó?

Ernesto me hablaba, pero yo no hacía caso, tan solo intentaba ver alguna respuesta en los ojos de Mónica, que seguía metida en la charla como si tal cosa. Yo seguía pensando, incomprensiblemente, que quizás ella realmente no se había dado cuenta de que se cayeron sus braguitas sobre mis muslos. Durante unos segundos estuve desorientado. Decírselo no podía… ¿pero callarme?

̶ ¿Me escuchas, Víctor? – preguntó Ernesto

̶ Oh, sí claro. – respondí sin entender todo lo que había dicho.

̶ Pues eso, el anillo de compromiso corre por mi cuenta. – añadió firme.

̶ Pero yo… – protesté sin mucho ímpetu pues lo cierto es que no disponía de mucho capital para un anillo que pudiera estar a la altura de la familia, pero intenté luchar por mi orgullo durante unos segundos.

̶ Nada que discutir, Víctor. Déjalo también en manos de Mónica que sabrá encontrar algo bonito, ¿verdad cariño?

Me levanté todavía aturdido y fui a estrechar la mano de mi “casi” suegro, al que noté incómodo, porque al mirar su entrepierna vi el pantalón medio desabrochado. Entonces me di cuenta de todo… Al llegar al despacho de su marido antes que yo, ella debió quitarse las bragas que seguramente mojó estando conmigo. Luego cuando me los encontré al entrar, ella se había sentado sobre su esposo directamente sobre su polla y habían estado follando o sino casi… al menos restregando sus sexos delante de mí, sin cortarse absolutamente un pelo. Incluso recordé el momento en el que él se detuvo y cerró los ojos, que fue cuando debió correrse bajo ese volcán rubio. Cuando ella se levantó a darme la enhorabuena por mi compromiso, debió dejar caer la prenda, para que yo la ocultara… o como un regalo, vete a saber, porque todo era un lío y demasiado alucinante como para que tuviera una lógica.

Ella me sonrió al darse cuenta de que yo había sospechado lo sucedido y después le dio un beso en la boca a su marido. A renglón seguido me miró de arriba a abajo sabiéndose victoriosa en el aturdimiento mío y en el de su marido con su endiablado juego.

̶ Mañana quedamos para ir a la joyería. – añadió sonriendo pletórica.

̶ Vale.

̶ Yo te llamo. – añadió y me guiñó un ojo a espaldas de Ernesto.

Salí del despacho tapando con la carpeta el bulto que había formado bajo el pantalón, además de la mancha y por supuesto las diminutas braguitas de Mónica.

Me metí en los servicios y allí pude sacar esa pequeña prenda. La inspeccioné detenidamente. Era un pequeño tanga negro medio transparente con encajes de flores, muy pequeño y que apenas unos momentos antes había estado en la parte más íntima de esa impresionante mujer. La prenda estaba húmeda, sobre todo en la parte que debía tapar su rajita. Llevé el tanga a mi nariz y me quedé extasiado al embriagarme con su adorable aroma.

Esa noche, evidentemente la pasé prácticamente en vela, sin poder quitar a Mónica de mis pensamientos y aspirando el olor de sus braguitas que me quedé conmigo sobre mi almohada como uno de los mejores trofeos de ese día. En mi enésima paja pensando en la madurita de mis sueños, debí quedarme dormido

Juliaki

CONTINUARÁ…

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