No sabría decir exactamente lo que pasó al salir del Club. Sabía que cuando llegó a la habitación 157 allí estaba su ropa, incluso su lencería. Sabía también que había notado el frío aire de la noche al salir, y que al sentarse en el coche un grito de dolor se escapó de su boca. Un recuerdo de Javier el “rompeculos”, se dijo, mientras apretaba los dientes para soportarlo.

Se despertó a la mañana siguiente tirada boca abajo en el sofá del salón, no había sido capaz de llegar al dormitorio, ni siquiera se había quitado la ropa. Le costó un mundo levantarse, pero lo hizo y se dirigió a la bañera. Al quitarse la ropa pudo ver como tenía las piernas y el pecho lleno de semen seco, así como las bragas. Tiró la ropa a un lado y se sumergió en el agua cálida. El cuerpo le seguía doliendo, pero el baño mitigaba el dolor.

Estuvo horas dentro del agua, hasta que se quedó helada, entonces salió y comenzó a secarse. Maldijo a los dioses cuando vio como sus tetas todavía soltaban chorros de leche, ¿Hasta cuándo iba a durar eso?

Pasó el resto del día tumbada en su cuarto, con las luces apagadas, dándole vueltas a la cabeza. Estuvo rememorando cada momento que había vivido la noche anterior, se acordó del miedo, las dudas, la inseguridad, el sentirse desvalida y abandonada, la sensación de ser un pedazo de carne… pero también se acordó de la excitación que sentía, la sumisión, la curiosidad y… el placer…

No podía negarlo, aunque lo intentaba con todas sus fuerzas y se decía a si misma que no, que era imposible, que simplemente era el fruto de la tensión a la que se había visto sometida no podía renegar de lo que había sentido. Se había excitado al sentirse dominada por Talía, por su ama, se había excitado al ser obligada a chuparle la polla a otro esclavo, le había excitado el miedo al castigo y sobre todo le había excitado el ser sometida. Recordaba como Javier y Rob la habían doblegado, le habían puesto en el lugar que le correspondía, que no era otro que el de una esclava y habían hecho de ella un mero juguete, una simple marioneta para su placer…

Aún sentía su culo palpitar de dolor, lo tenía irritado y enrojecido, pero ahora veía el sexo anal con otros ojos, había sentido un placer tan profundo… tan intenso… era completamente distinto a cualquier otra sensación que hubiera tenido antes, era un placer físico y mental, era como entregar hasta la última parte de su mente y de su alma, una entrega completa y total.

Se sorprendió a si misma acariciando su coño, con suavidad. Recorría con cuidado los pliegues de su sexo, mientras con su mente buceaba en sus recuerdos. No tardó en alcanzar el orgasmo, pero no se detuvo después, si no que continuó masturbándose hasta caer dormida de cansancio.

Su mente no abandonó los lujuriosos pensamientos mientras dormía, y se sumió en una retahíla de sueños húmedos que la hicieron sentirse culpable al despertar, culpable de no haberse acordado de su hija todavía, de haberla desplazado de su mente en favor de sus fantasías, ¿Cómo podía priorizar su placer por encima de la búsqueda de Lucía?

Entonces, su cerebro le jugó una mala pasada, una de esas jugarretas inconscientes en las que tu mente actúa por libre, que ocurren a veces y no podemos evitar y pensó en si Lucía también habría sido estrenada por Javier. La sola idea la aterrorizó y excitó a partes iguales, ¿es que se estaba volviendo loca? Apartó esa idea de su mente y a su pesar fue sustituida por otra, ¿realmente Javier podría estrenarla? ¿o su hija ya habría…?

¡No! Se obligó a pensar en otra cosa, cerró los ojos y respiró hondo, ¿qué podía hacer? Había perdido toda oportunidad de volver a entrar en el PomumVetitum, Talía le había dejado claro que no quería “esclavas de mercadillo”. Se planteó ir a la puerta del local hasta encontrarse con alguien, y recordó cómo le habían dado largas la primera vez. Entonces se le ocurrió algo. Era descabellado pero, ¿qué otra cosa podía hacer?

Se levantó y corrió a por su móvil, buscó en el historial de llamadas y encontró su número.

Un tono. Otro más. Y otro. Lorena estaba impaciente, paseando de un lado a otro del cuarto. Entonces una voz contestó.

– ¿Qué quieres?

– ¡Talía! Necesito hablar contigo.

– Te dije que desaparecieras de mi vista.

– ¡No me cuelgues, por favor! ¡Espera…! – Lorena escuchó como su interlocutora aguardaba en silencio – Necesito tu ayuda para encontrar a Lucía.

– No me importa, intenté ayudarte desinteresadamente y no he conseguido nada más que desprecio y desobediencia por tu parte. Pensaste que esto era un juego y me ninguneaste y dejaste en ridículo.

– Lo sé, y lo siento. Ya se que no vas a aceptar ayudarme por nada, que no quieres más esclavas de mercadillo.

– ¿Y qué me ofreces entonces?

– Si me ayudas seré tu esclava a tiempo completo, sin condiciones.

Talía dejó pasar unos segundos, sonreía tras el teléfono, pero Lorena no podía darse cuenta de ello.

– ¿Eres consciente de lo que me estás ofreciendo?

– Si.

– Convertirse en esclava no es un juego, no será como ayer. A mis esclavas les exijo obediencia absoluta y sumisión plena.

– Si.

– Me pertenecerás completamente, tu cuerpo, tu mente, tu placer… tu dolor… ¿Estás dispuesta a ello?

– Si… ama – Contestó Lorena.

– De acuerdo. Te dejo el día de hoy para que cierres cualquier asunto que tengas pendiente, mañana a primera hora pasaré a buscarte y serás trasladada a tu nueva residencia.

– Si, ama – Lorena tragaba saliva, consciente del paso que estaba dando y lo que suponía.

– No hace falta que prepares equipaje.

Y tras esa frase Talía colgó.

Lorena se quedó quieta con el teléfono en la mano durante quién sabe cuánto tiempo, ¿Qué acababa de hacer? ¿Realmente estaba preparada para convertirse en una esclava de verdad? Todo esto lo hacía por su hija, pero era consciente de que ya no era un “juego” de una tarde como lo había sido el día anterior, se había ofrecido como esclava a tiempo completo, y no sabía si habría forma de revertirlo ¿Qué pasaría cuando encontrase a Lucía?

Le empezó a doler la cabeza y evitó pensar en eso, problemas del futuro – se dijo – ahora lo importante era que volvía a tener un hilo que seguir en la búsqueda de su hija.

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Talía aparcó su coche en la puerta de la casa de Lorena, un enorme SUV plateado con las ventanas tintadas. Estaba satisfecha, todo estaba saliendo según había planeado. Había resultado bastante sencillo que Lorena se ofreciera ella misma como esclava, tenía todo planeado para llevarla a tomar esa decisión, pero la curiosidad de la mujer y la intervención de Javier y Rob habían acelerado y facilitado las cosas. Esa madurita era una sumisa de los pies a la cabeza, lo había notado desde el primer vistazo, y sólo hacía falta tocar las teclas pertinentes para despertar esa parte de su personalidad.

Le encantaba jugar con la mente de sus esclavas, moldearlas y pulirlas de tal manera que fuesen ellas las que creyesen que estaban decidiendo su destino, aunque realmente tenían el mismo poder de decisión que un perro al que le preguntas si quiere salir a la calle.

La joven bajó del auto y camino firme hasta la puerta de la casa.

Ding Dong.

Lorena se sobresaltó. Llevaba en un estado de nerviosismo desde el día anterior, no había pegado ojo y su cabeza había estado dando vueltas a su situación continuamente. Y ya estaba aquí, estaba a punto de cruzar el punto de no retorno, de abrirle la puerta a la que a partir de ahora sería su Ama (esa palabra resonaba en su mente, hacía eco y le producía un extraño vértigo en esos momentos), de entregarse totalmente a ella. Sentía miedo, nervios, curiosidad, ansiedad, deseo… Todos los sentimientos se arremolinaban en su estómago, sentía que iba a vomitar allí mismo, necesitaba gritar, cerrar los ojos, llorar, desaparecer, pero el único impulso que realmente sentía, el que dominaba a todos los demás, era una ansiedad por salir corriendo hacia la puerta y dejar entrar a su destino.

Intentó caminar recta y serena, ya no le dolía tanto el cuerpo como los días anteriores, agarró el pomo de la puerta y la abrió antes de que sus nervios la obligasen a esconderse en algún lugar de la casa.

Allí estaba ella, su ama, lucía unos sencillos vaqueros ajustados y una blusa negra, voluble y ligera, unas gafas de sol y unos botines de tacón.

– B-buenos días – saludó Lorena -. Pasa, por favor.

Pero antes de que acabase la frase Talía ya había entrado en la casa. Observó detenidamente el vestíbulo y entonces miró a Lorena de arriba a abajo. El tiempo parecía eterno para Lorena, no se atrevía a mirar a Talía a los ojos. No sabía si era sugestión al saber en lo que se estaba metiendo, pero la joven le imponía mucho más que en su anterior visita.

– Desnúdate – dijo Talía.

Lorena estaba preparada para eso, llevaba puesto un vestido florido de tirantes. Llevó su mano a uno de los tirantes y lo desanudó. Hizo lo propio con el otro, dejando que el vestido cayera a sus pies. Debajo del vestido estaba completamente desnuda. Talía sonrió para sus adentros, aunque no dejó entrever nada a su nueva esclava. Lorena se deshizo de sus sandalias y dio un paso al frente para liberarse del vestido por completo.

Talía se acercó a la mujer y la observó de arriba a abajo, acarició sus tetas y las sopesó. Unas gotitas de leche caían de los hinchados pezones. Introdujo la mano en su entrepierna y acarició su coño, comprobando su humedad, la rodeó y acarició su culo.

– Inclínate y separa tus nalgas – ordenó.

La esclava hizo lo que le decían sin dudar. Notaba como sus tetas, hinchadas todavía por las inyecciones que le pusieron, se balanceaban mientras se inclinó. Talía pasó un dedo desde el coño de Lorena hasta la raja del culo, y la pasó a través de ella. El ojete de Lorena estaba ligeramente enrojecido aún, pero ya no le molestaba. La joven volvió a situarse ante la mujer y, sujetándola de la barbilla le obligó a levantarse.

– Esta vez no es un juego – dijo, seria -. Si sales de esta casa conmigo no habrá marcha atrás, ¿Está claro?

– Si… – Talía taladró con la mirada a Lorena – …ama – finalizó ésta, al darse cuenta de su error. La joven suavizó la mirada.

– A partir de ahora te convertirás en mi esclava, 24 horas al día, 7 días a la semana. En cualquier lugar. En cualquier situación. Obedecerás cada una de mis órdenes sin rechistar, ¿Entendido?

– Si, ama.

– No permitiré rebeliones ni desobediencias por tu parte, y tampoco que salgas a curiosear – Lorena se sonrojó al escuchar esa acusación. se sabía culpable y quería remediar su error -. Por ello serás adiestrada.

Lorena levantó la mirada sorprendida y miró a su ama a los ojos. Al percatarse de su error bajó rápidamente la vista.

– ¿A-adiestrada? – Preguntó.

– No abras la boca si no eres preguntada. ¿Has entendido?

– Si, ama.

– Si. Adiestrada. Si vas a ser mi esclava tendrás que saber comportarte como tal, y estar preparada para atender todas y cada una de mis peticiones. Para ello seguirás un curso de adiestramiento. Hasta que no lo superes no continuaremos con la búsqueda de tu hija.

A Lorena le temblaron las piernas, ¿Cuánto tiempo podría ser eso? ¿Días? ¿Meses? ¿Años?

– Y ahora vamos, es hora de que empieces con tu nueva vida.

Talía se dirigió hacia la puerta. Lorena se agachó a coger el vestido.

– ¿Qué estás haciendo? – Le dijo la joven, volviéndose a mirar a su esclava.

– E-estoy cogiendo mi ropa…

– No necesitas tu ropa. Andando. – Talía le señaló la salida con la mano, el gesto severo de su cara indicaba a Lorena que no había opción a réplica.

Se le puso la carne de gallina, ¿pretendía que saliera desnuda a la calle? Cualquiera podría verla, llevaba muchos años viviendo en aquella casa, conocía a los vecinos y los vecinos la conocían a ella, siempre había sido una mujer respetable… – Pero ahora eres una esclava – le dijo una vocecita que salía de lo más profundo de su mente -, ya no eres la mujer respetable que una vez fuiste -. Sabía que se estaba entregando voluntariamente a aquella mujer, pero ilusamente había creído que eso no repercutiría en su vida privada – ¿Vida privada? ¡JA! -, veía como salir a la puerta de su casa desnuda era el primer paso de los muchos que tendría que dar a partir de ahora.

Avanzó lentamente, sin pensar y sin mirar a su ama. Abrió la puerta y la luz del sol bañó su piel desnuda, mientras que una ligera brisa la acarició distraídamente. Su piel se erizó ante la vergüenza y la excitación que sentía, alzó la vista y miró al despejado cielo que se mostraba ante ella.

– Camina hasta el coche plateado – Ordenó Talía.

Lorena puso un pie en el áspero suelo de la calle, y tras ese puso el otro. Era incómodo caminar así, podía notar cada imperfección del suelo en la planta de sus pies. Un paso más, y otro y después otro. No quiso mirar a los lados. No quiso comprobar si había alguien observando, el verlo con sus propios ojos habría sido demasiado.

Cuando llegó a la altura del coche sintió alivio, pero cuando intentó abrir la puerta trasera la encontró cerrada. El rubor acudió rápidamente a su cara, ¿Qué iba a hacer ahora? Se giro para buscar a Talía, que no había salido todavía de su casa, estaba ahí parada, observándola divertida. Ahora sí que miró a su alrededor, asustada. Había asumido que solamente sería un indecoroso camino hasta el vehículo pero, ¿por qué no le abría la puerta?

Vio como Talía cerraba lentamente la puerta de la casa y comenzaba a caminar con calma hacia el coche. Cada paso que daba se le hacía eterno. Cuando estaba a un par de metros de ella se paró y comenzó a rebuscar en su bolso.

– ¿Dónde habré metido las llaves? – preguntó con sorna – Mientras más prisa tienes por buscarlas más se esconden.

La cara de Lorena ardía, creyó que le iba a explotar de un momento a otro. Casi podía visualizar como Roberto, el anciano que vivía junto a su mujer, Violeta, en la casa de al lado, la observaba desde la ventana del salón, mientras llamaba a su mujer (¿Qué está haciendo la vecina, cariño? ¡Está loca!). Casi los podía oír en su cabeza. Casi podía ver también al chico de sus otros vecinos, Marco se llamaba, mirándola ansioso desde su habitación, estaba segura de que se estaría masturbando mientras la miraba, pues siempre la había mirado con deseo. Estaría asombrado e intrigado de por qué la soberbia madurita que vivía a su lado estaba desnuda en su jardín.

Ninguna de estas cosas estaban sucediendo, pero la avergonzada esclava no lo sabía y por su mente volaban todas las posibilidades.

– ¡Aquí están! – exclamó Talía sacando las llaves de su bolsillo – ¡Al final las tenía en el bolsillo! – Abrió el coche y Lorena se apresuró a entrar – ¿Dónde crees que vas, esclava? – El rubor que había subido a la cara de Lorena desapareció de golpe y se quedó pálida, estaba hablando a un volumen en el que cualquier persona que estuviese cerca habría oído llamarla esclava, y la vería obedecer sumisamente a continuación – ¿Crees que irás en el asiento de atrás tranquilamente mientras yo conduzco? ¿Qué crees que soy? ¿Tu taxista?.

Lorena salió del coche avergonzada y asustada, no sabía muy bien lo su ama quería que hiciera, así que simplemente se quedó ante ella, con la cabeza agachada. Talía se situó en la parte trasera del coche y abrió el maletero.

– Vamos, adentro – Dijo.

– ¿E-en el maletero?

– ¿No me has oído o es que eres corta de entendederas? Si, en el maletero, vamos.

Lorena avanzó dubitativa, casi trastabillándose. Se situó ante el portón trasero del coche y miró el interior del maletero, estaba recubierto con unas mantas acolchadas. En los lados colgaban correas y cuerdas, en cuyos extremos había grilletes de distintos tamaños, también acolchados por el interior.

La mujer entró donde le indicaba la joven. No le quedaba otra que colocarse hecha un ovillo pues, aunque el maletero era amplio, no era lo suficientemente grande como para estar estirada. Talía cogió las correas y comenzó a amarrar a su esclava con los grilletes. Lorena no hizo nada para evitarlo, pero estaba temblando aterrorizada ¿Dónde se estaba metiendo?

Los grilletes en sus muñecas, tobillos, cuello y cintura la mantenían casi inmóvil, en una posición bastante incómoda. A continuación, Talía le acarició suavemente la cara.

– Tengo que asegurarme de que no le pasa nada a mi nueva esclava durante el viaje, ¿Verdad?

La caricia continuó desde la cara hasta el cuello, para continuar por los pechos, pezones y vientre de la mujer. El cuerpo de Lorena reaccionó inmediatamente a la caricia de Talía pues, a pesar de la vergüenza y la humillación, la situación de salir desnuda a la vista de cualquiera la había excitado sin remisión. Se sentía completamente a merced de la joven, atada y desnuda como estaba, y notaba el contacto de su mano como si fuese lo único que existía en ese momento. Sabía el camino que había tomado la caricia y estaba deseando que llegara a su destino. Separó inconsciente sus muslos, o al menos lo intentó, pues las correas y grilletes no le permitían mucho movimiento.

Efectivamente Talía siguió con su caricia en dirección a la entrepierna de Lorena, pero en vez de continuar hasta su coño, simplemente lo bordeó y continuó su caricia por la cara interna del muslo. Al pasar la mano al lado del coño de Lorena pudo notar el calor que desprendía y un ligero gemido de decepción por parte de la mujer.

La joven recorrió la pierna de su esclava y al llegar al extremo abrió un pequeño compartimento en el maletero. Lorena no tardó en saber que había cogido. Una mordaza con un pene de plástico que fue obligada a tragar, y después le fue ajustada tras la nuca. No era muy grande (al menos no tanto como las pollas que tuvo que tragar en el Club), pero se le hacía bastante incómodo tener la boca ocupada de aquella manera.

Entonces Talía cerró el portón dejándola completamente aislada y a oscuras. Lorena pudo escuchar como su ama se montaba en el coche y arrancaba, alejándose del que había sido su hogar hasta entonces. Lo que la mujer no sabía era que nunca volvería a ver aquel lugar.

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Notó como el coche frenaba y se paraba, el viaje transcurrió durante un tiempo indeterminado para la percepción de Lorena, al principio intentó atender a los giros, baches y movimientos del coche para saber dónde se dirigían, pero en un par de minutos había perdido toda referencia.

El portón se abrió de repente dejando entrar una luz cegadora en el maletero. La mujer podía entrever la silueta de su ama a contraluz, que comenzó a liberar sus ataduras. Lorena bajó del maletero con los músculos entumecidos y entrecerrando los ojos aún, adaptándose al sol. Miró a su alrededor como pudo y vio que se encontraban en una amplia finca llena de jardines. El coche estaba aparcado en un camino asfaltado que atravesaba los jardines de tal manera que no se podía ver su comienzo, en cambio su final sí. Una enorme mansión se alzaba ante ellas.

La esclava se frotaba las muñecas en el lugar donde había tenido los grilletes mientras Talía cerraba el portón y el coche.

– Sígueme – dijo.

Y Lorena la siguió. La siguió por el camino de entrada hacia la casa, la siguió por la breve escalinata que había antes de la puerta principal, la siguió a través del doble portón de madera que daba entrada al lugar y entonces dejó de seguirla.

Dejó de seguirla porque no podía hacer otra cosa que mirar anonadada a su alrededor. Parecía que se encontraba en una película, pero no, allí estaba ella, de pie, desnuda, en un enorme vestíbulo con alfombras, murales, tapices, enormes lámparas que colgaban del techo… Eso no era una mansión, parecía un palacete. Dos accesos sin puerta, uno a cada lado del vestíbulo, daban acceso a otras salas, y ante ella se erigían unas amplias escaleras que llevaban al piso superior. ¿Quién era Talía realmente? En algún momento le había dicho que a El Club sólo tenían acceso personas de alto poder económico y social, pero no había pensado que Talía estuviese a ese nivel…

– ¿A qué estás esperando? – Talía se encontraba a mitad de las escaleras de subida, esperándola.

Lorena aceleró el paso para alcanzar a la joven, que continuó con la marcha.

– En el piso de arriba se encuentran los dormitorios – explicaba Talía -, tú dispondrás del tuyo propio, para las ocasiones en las que te haga falta utilizarlo – Esa frase dejó intrigada a Lorena, dejaba entrever que no en todas las ocasiones podría dormir en su cuarto -. Aquí está.

Talía se detuvo ante una sencilla puerta de madera, señalando con la mano el picaporte, indicando a su esclava que tenía permiso de entrar. Lorena abrió la puerta y vio un sencillo dormitorio con una cama en el centro, sin ventanas y con un pequeño armario empotrado. La cama era de hierro forjado estaba anclada a la pared y al suelo de forma que no se podía mover. A lo largo de la pared y en la cabecera y pies de la cama, había varias argollas que (no había que ser muy lista) servirían para encadenar a la esclava de igual manera que en el coche.

La dueña de la casa esperaba pacientemente en la puerta, dejando a su nueva esclava contemplar su cuarto, cosa que hizo con interés. Se acercó a la cama y tocó el colchón, parecía cómodo. A continuación se acercó al armario y lo abrió para ver el interior. Se llevó la mano a la boca al ver el interior, un gesto bastante cómico dada la mordaza que le impedía emitir cualquier sonido inteligible.

El armario se dividía en tres partes, en una había una barra con perchas, todas vacías. En otra había varios cajones, que más tarde vería que también estaban vacíos. Pero la que le llamó la atención fue la última zona. En ella había un completo arsenal de juguetes sexuales, penes de plástico de diferentes tamaños y colores, vibradores, grilletes, cadenas, fustas y látigos, mordazas, unas pequeñas pinzas que no quiso saber para qué servirían, cuerdas…

Un sudor frío comenzó a recorrer su nuca, bajando por su espalda, algunos de esos consoladores tenían un tamaño enorme, tanto de ancho como de largo, ¿Cómo podrían pensar que sería capaz de usar algo así?

– ¿Ves esos grilletes y ese collar? – Preguntó Talía. Lorena asintió – Esos serán los únicos objetos que podrás reconocer como de tu propiedad – la mujer observaba aquellos burdos trozos de hierro, pensando en las implicaciones de aquella afirmación -. Ponte los grilletes.

Lorena cogió los grilletes y los observó detenidamente, no pesaban mucho, pero tampoco eran ligeros. Estaban hechos de acero pulido y la parte interna recubierta de un acolchado para que no le saliesen heridas en la piel. El tacto era frío y suave constaban de una pequeña argolla para poder acoplar una cadena.

Se puso primero el grillete en la muñeca izquierda, escuchando un pequeño click que indicaba que estaba cerrado. Se observó la muñeca, el grillete se ajustaba perfectamente a ella, parecía hecho a medida. A continuación hizo lo propio con el grillete restante.

Lorena miró a Talía que la observaba impertérrita.

– Ahora el collar – la mujer cogió el collar, que era algo más fino que los grilletes, pero obviamente más grande para adaptarse al tamaño de su cuello. Le pareció que tenía un pequeño resplandor en la cara interna, pero no le dio importancia y se lo acercó al cuello – . Un momento – la detuvo la joven -. Quiero que entiendas que este es el último paso que vas a dar voluntariamente en tu vida. Si no te quieres poner ese collar todavía puedes no hacerlo, volveremos a entrar en el coche y te llevaré a tu casa de nuevo, nos olvidaremos de todo y no volverás a verme ni a tener contacto conmigo jamás. Volverás a cómo era tu vida antes de conocerme.

Lorena lo pensó. La última semana había sido un vaivén de emociones, la desaparición de Lucía, la aparición de Talía, el descubrimiento de un mundo nuevo, su jornada en El Club, el ofrecimiento de sumisión hacia Talía… Todavía podía olvidarse de todo aquello… Olvidarse de todo lo que había descubierto en los últimos días, los amos, los esclavos, El Club, las Pony Girl, las máquinas ordeñadoras, Javier el “rompeculos”… Y… y un nuevo mundo de placer, de orgasmos, de sumisión y de entrega… Las pistas sobre la localización de Lucía también se desvanecerían y sabía que, por lo que le había contado Talía y ella misma había visto con sus propios ojos, no habría manera de encontrarla.

Talía dejó escapar una amplia sonrisa en su rostro al ver cómo Lorena sellaba su entrega hacia ella y se ajustaba el collar al cuello. El mismo chasquido que sonó al ponerse los grilletes se reprodujo en esta ocasión, pero a la mujer le pareció un ruido lapidatorio, como el de un martillo golpeando en un yunque y forjando el último eslabón de la cadena que se ella misma se estaba poniendo.

Lorena bajó sus manos a la altura de su cintura y se situó frente a su ama, con la cabeza gacha en señal de sumisión. Ésta se acercó a ella y le acarició el pelo en un gesto paternal. La esclava se estremeció, cosa que no pasó desapercibida a Talía.

– Estás disfrutando de todo esto, ¿Verdad? – le dijo. Acto seguido pellizcó sin miramientos uno de los pezones de su esclava, haciéndola retorcerse y soltar un ahogado grito a través de la mordaza – Vamos, te enseñaré el resto de la casa y cuáles serán tus tareas.

Lorena caminaba tras su ama por la casa, mientras ésta le enseñaba la cocina, el salón, los baños, los dormitorios… ¡Incluso un gimnasio! Pasaron por delante de una puerta que estaba cerrada a cal y canto, y de la que Talía no hizo mención. Por último llegaron al cuarto de Talía. Era una estancia enorme y luminosa, con un baño a juego con el tamaño de la habitación.

– Este es mi dormitorio – Sentenció. Lorena miraba alrededor asombrada, parecía la habitación de una reina -. Ven aquí – ordenó la joven.

Acto seguido retiró la mordaza de la boca de su esclava, ante lo cual la mujer comenzó a mover la mandíbula de un lado a otro; la tenía acartonada.

– ¿Qué te parece tu nuevo hogar? – preguntó Talía.

– Es… Es maravilloso, ama.

– Tú serás la encargada de mantenerlo todo limpio y en perfecto estado – Lorena abrió los ojos por la sorpresa, por un lado la casa era enorme para hacerlo ella sola, y por otro… por otro creía que sus cometidos serían… distintos -. En el momento en el que vea que no haces bien tus tareas serás castigada, ¿Entendido?

– Si, ama.

– Te encargarás de despertarme por las mañanas y prepararme el desayuno, comida y cena. Cuando acabes tus tareas y yo no esté en casa, quiero que te ejercites en el gimnasio, una buena esclava tiene que estar en buena forma. Y si yo estoy en casa permanecerás a la espera de nuevas órdenes sin molestar, ¿Entendido?

– Si, ama – repitió Lorena, pensando que esto no era completamente lo que estaba esperando.

– También serás adiestrada para ser una buena esclava, yo seré quien te dará las nociones básicas – Lorena se puso nerviosa, eso daba a entender que el resto del entrenamiento correría a cargo de otra persona… -. Permanecerás completamente desnuda a no ser que se te ordene otra cosa, obviando por supuesto collar y grilletes. No tendrás permitido tener sexo con nadie sin mi permiso, ni siquiera tienes permiso para masturbarte – Lorena enrojeció, y un impertinente cosquilleo surgió en su entrepierna -. Tienes prohibido llegar al orgasmo sin pedir permiso, en caso contrario serás castigada ¿Te queda claro?

– Si, ama – La respiración de la esclava comenzó a tornarse más lenta y profunda.

– No tienes permiso para tomar ninguna decisión por ti misma. Sólo existes para obedecer a tu ama. Ya no tienes poder de elección, solamente existes para servir y para dar placer. Tu cuerpo no te pertenece, tu mente no te pertenece, ¿Entendido?

– Si, ama – Los pezones de Lorena estaban erizados, dejando caer lentamente gotitas de leche. El rubor dominaba su cara, las orejas le ardían, y su coño…

– Serás igual de servil con mis invitados como lo serás conmigo, les obedecerás y complacerás de manera que no tengan ninguna queja de ti, porque si tienen queja de ti, tienen queja de mí, y no quieres eso, ¿Verdad?

– N-no, ama – Lorena prestaba atención, pero cada vez le costaba más. La situación estaba comenzando a desbordarla.

– Serás entrenada por y para el placer. Tu boca, tu coño, tu culo – al escuchar esto la imagen de Javier vino a la mente de Lorena y, contrariamente a lo que quería pensar (“ya no tienes permitido pensar”), su cuerpo se estremeció -, tus tetas, sólo serán objetos a disposición de tu ama. Tú por completo sólo serás un objeto para servir a tu ama.

Talía observaba a Lorena, medía cuidadosamente sus reacciones y lo que veía la satisfacía. Aquella mujer era una sumisa de los pies a la cabeza…

Se acercó a un tocador y extrajo un pequeño dispositivo de uno de los cajones. Acto seguido se acercó a su esclava, acercó el dispositivo al collar y Lorena pudo escuchar un ligero PIP que surgió del mismo y notó un pequeño pinchazo en un lateral de su cuello.

El dispositivo era similar a un móvil, tenía una pantalla en la que comenzaron a aparecer datos.

– ¿Ves esto? – Preguntó Talía – Gracias a este cacharrito, que acabo de sincronizar con tu collar, puedo saber tu estado y tu localización en cualquier momento – Le enseñó la pantalla a la anonadada mujer. En ella aparecía la silueta de un cuerpo humano y diversos datos de cada zona: pulsaciones, temperatura corporal, nivel de la respiración, localización actual, agotamiento… -. Has notado un pequeño pinchazo en tu cuello, ¿Verdad?

– Si, ama. ¿Q-qué era?

– Se han introducido en tu torrente sanguíneo unas pequeñas nanomáquinas para controlar de mejor manera posible tu estado físico y mental.

– ¿Cómo…? ¿Para qué…? – Lorena comenzó a agitarse. Talía la miró de forma severa – ¿Qué vas a hacer con eso?

– El collar que llevas es un accesorio muy interesante… – dijo haciendo caso omiso a sus preguntas – Gracias a él puedo saber toda la información que necesito de ti, pero además, me permite hacer esto…

Talía tocó la pantalla y una fuerte descarga sacudió a Lorena desde el collar. La mujer gritó y cayó al suelo de rodillas.

– Creí haber dejado claro que no abrieses la boca si no eras preguntada – Lorena jadeaba en el suelo, acariciándose el cuello -. Levanta… ¡Levanta! – repitió la joven, al ver que la esclava tardaba en obedecer.

Volvió a tocar la pantalla un par de veces y una nueva descarga golpeó a la mujer, pero esta vez fue algo suave, casi como un toque de atención, pero fue suficiente para que la esclava se levantara casi de un salto. Tenía los ojos llorosos.

– Como verás, se puede regular la intensidad. Por tu bien, espero que no me obligues a usarlo – Lorena seguía frotándose el cuello, asustada.

Talía miró la pantalla, aquél aparato era maravilloso, podía ver como las pulsaciones de Lorena habían subido al recibir la descarga y cómo se estaba regulando al relajarse de nuevo, y también podía ver cómo la temperatura del coño de su esclava era más alta que la del resto de su cuerpo… Aquella zorra estaba cachonda a pesar de todo. Talía se sentó en la cama.

– Arrodíllate y ven hasta tu ama – Ordenó.

Lorena se tensó al momento y no tardó más de tres segundos en obedecer. Se acercó a gatas a su ama y se situó ante ella. La dolorosa sensación de las descargas en su cuello se había esfumado, ahora tenía la sensación de ser plenamente consciente de cada fibra de su cuerpo. Podía notar cómo los pelos de su nuca se erizaban, expectantes, cómo tenía los brazos y las piernas tensas por la espera, cómo su coño ardía y chorreaba. Una súbita vergüenza se apoderó de ella al notar incluso el aroma a sexo que se elevaba de su entrepierna, ¿También lo olería su ama? La miró de soslayo, sin mirarla.

– Quítame los zapatos.

La esclava retiró delicadamente primero un zapato y después el otro. Eran unos elegantes zapatos negros con un ligero tacón, sensual, sin ser atrevido. Los dejó perfectamente colocados a un lado.

Talía levantó el pie derecho y lo situó ante la cara de Lorena.

– Masajéalo.

La esclava tomó el pie entre sus manos. Talía llevaba puestas unas medias de nylon con motivos de pequeñas enredaderas, que hacían que el contacto fuese suave y delicado, Lorena se afanó en masajear como pudo, aunque nunca lo había hecho. Un ligero olor acre emanaba de los pies de Talía aunque, a pesar de resultar desagradable, no hacía más que encender a Lorena y hacerla sentir insignificante y sucia a los pies de su ama.

La esclava iba alternando entre los dos pies ante los gestos de Talía, y así estuvo cerca de media hora. En cierto momento Talía se levantó y, situándose al lado de Lorena, se deshizo de las medias en un movimiento grácil y sensual.

Lorena la miraba sin levantar la cabeza, viendo como después de las medias siguió la blusa, y después la falda. La respiración de la mujer se aceleró, le llegaba claramente el dulce aroma del coño de Talía, que estaba a escasos centímetros de su cara. Los recuerdos de su primer encuentro acudieron en tromba a su cabeza, aquel día comió un coño por primera vez en su vida, y para su sorpresa, lo había disfrutado. Lo había disfrutado tanto que la sola idea de repetirlo le aceleraba el pulso. No pudo evitar levantar la cabeza para observar el cuerpo de la joven que la tenía sometida, la que la había abierto la puerta a un mundo hasta ahora desconocido y prohibido.

Talía llevaba un conjunto de encaje morado claro, de tanga y sujetador de copa baja. Su figura era perfecta.

Cogió las medias que se había quitado y ató con ellas los brazos de Lorena a su espalda, a continuación volvió a sentarse en la cama. Nuevamente levantó un pie y lo situó ante el rostro de su esclava.

– Chúpalo.

Lorena, que esperaba tener que chupar otra cosa, se quedó confundida unos segundos pero estaba en tal estado de excitación que se repuso rápidamente y se dispuso a obedecer. Tímidamente acercó su lengua a los arreglados dedos de Talía, que lucían una manicura perfecta y estaban pintados de morado a juego con la ropa interior, y comenzó a lamer. Esperaba un sabor más fuerte pero, al igual que el olor, no era desagradable. La joven expuso la planta del pie y Lorena comenzó a lamerla, al principio con reticencias pero después con fruición. Llevaba su lengua del talón a los dedos, en un pie y en otro. Cuando su ama le ofrecía los dedos los lamía, los chupaba, se los introducía en la boca, los saboreaba. No dejó ni un centímetro de pie sin lamer.

– Suficiente – dijo Talía, mientras se levantaba. Con un rápido movimiento se deshizo del sujetador y a continuación se despojó del tanga -. ¿Habías hecho esto alguna vez?

– No, ama, nunca lo había hecho.

– ¿Te ha dado asco? ¿O has disfrutado? ¿Qué has sentido al hacerlo? Tienes permiso para hablar con libertad, esclava, quiero la verdad.

Lorena miró a su ama a los ojos, sopesando si de verdad tenía que ser sincera o si era mejor decir lo que su ama quería oír. Tras unos segundos llegó a la conclusión de que lo que realmente quería oír era la verdad. No creía que tuviese muchos momento para hablar con sinceridad en su nueva vida, así que aprovechó.

– Al principio… – Comenzó la mujer, dubitativa – Al principio sentí rechazo, no me resultan agradables los pies ajenos… el… el olor… – apartó ligeramente la mirada, avergonzada.

– Continúa – dijo Talía -, te pedí sinceridad y es lo que espero de ti.

– El olor era desagradable, aunque… no sé por qué… no me ha disgustado…

– ¿No te ha disgustado el olor de mis pies?

– No… incluso… incluso… – “me ha puesto cachonda” quiso decir, pero fue capaz de verbalizarlo.

Talía sabía perfectamente lo que estaba pasando por la cabeza de su esclava.

– ¿Has disfrutado haciéndolo? ¿Has disfrutado lamiéndome los pies?

Lorena apartó la mirada, pero no rehusó contestar.

– S-si, ama.

– ¿Si, qué?

– …Sí… He disfrutado lamiéndole los pies…, ama.

Lorena estaba cada vez más caliente, se sentía humillada y eso la estaba volviendo loca.

– Entonces tendrás que agradecerme que te haya permitido hacerlo, ¿No? Tienes que ser una esclava educada.

La mujer alzó la vista, ¿Quería que le dijera…? Si, claro que lo quería… Un paso más en la humillación, y van…

– M-muchas gracias, ama – dijo Lorena, entre dientes.

– ¿Muchas gracias por qué?

La mujer respiró hondo.

– Muchas gracias por dejarme lamerle los pies, ama – contestó la esclava.

Las palabras salían a trompicones de su boca, era curioso que le costase más trabajo decir esa frase que haberle lamido los pies a aquella joven.

– De nada – contestó Talía, divertida por la situación. Se sentó de nuevo en la cama, en el mismo lugar que antes -. Y si tan agradecida te sientes… ¿No deberías hacer algo por mí? ¿Para devolverme el favor?

Mientras pronunciaba esa frase, separó ligeramente las piernas. Los ojos de Lorena volaron al rosado coño de su ama. Estaba completamente depilado y brillaba por la humedad que rezumaba. La mujer se quedó paralizada, ahora sí, su ama estaba esperando que volviese a lamerle el coño y, para su vergüenza, Lorena también lo deseaba.

Se acercó de rodillas, era un poco difícil porque aún tenía las manos atadas a la espalda, y se inclinó hacia el regazo de Talía.

– ¡No, no, no! – canturreó la joven, parando el avance de Lorena con la mano – ¿Sin pedir permiso?

La mujer la miraba, una nueva humillación, un nuevo paso más en su descenso a los abismos.

– ¿M-me permite…? ¿Me permite que la… que la… lama… el… el … – Talía miraba con curiosidad – …coño, ama?

– ¿Quieres lamerme el coño?

– Si, ama.

– Podrás hacerlo, pero sólo si antes usas tu lengua en otro lugar – Talía se giró, poniéndose a cuatro patas y situando frente a la cara de su esclava su perfecto culo de ébano – ¿Quieres meter tu lengua en mi culo?

La mujer no daba crédito. Una lágrima resbaló por su mejilla. No podía esperar que dijese eso, que esas palabras saliesen de su boca, que la obligase a hacerlo, pero tener que pedirlo… verbalizarlo…

Pero sabía que no tenía opción, y que algo en el fondo de su alma le decía que tenía que hacerlo, que quería realmente hacerlo.

– Si, ama…Quiero… – ¿Por qué le costaba tanto decir las cosas? Ya le había comido el coño a aquella joven, incluso la había tenido a cuatro patas ante ella, aunque no había llegado a lamerle el culo, ¿por qué decirlo era tan difícil? – Quiero meter mi lengua en… – no iba a poder acabar la frase, no… – su culo…

Se estremeció. Al decir eso un escalofrío recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies, siendo perfectamente palpable el efecto que tuvo en su coño. Talía no dijo nada, simplemente se separó ligeramente las nalgas para mostrar al su esclava el pequeño manjar.

Lorena se inclinó ante el trasero de su ama y sacó la lengua lentamente. Las lágrimas descendían por sus mejillas, pero no era por lo que estaba haciendo, no era por sentirse humillada. Era porque lo estaba disfrutando. Se sentía culpable. ¿Cómo podía ella, una mujer respetable, estar disfrutando en esa situación? Sabía que las circunstancias la habían llevado hasta allí, el deseo de encontrar a Lucía, pero ¿De verdad tenía que disfrutar de ello?

Su lengua acarició el ano de Talía y pudo notar el tacto seco y rugoso. Recorrió el rosado agujero en movimientos circulares, degustando el peculiar olor y sabor que desprendía. No podía mantener bien el equilibrio sin manos, y acabó enterrando la cara entre las nalgas de la joven para no caer.

Poco a poco el sabor y el olor se disipó, ahora se había mezclado con el de su propia saliva (que por cierto había embadurnado su cara) y con el del coño de su ama, que tenía tan cerca… tan cerca…

Movía la lengua más rápido, con más soltura. El ojete de Talía se abría ligeramente debido al placer, palpitaba. Recordó lo que su ama le había pedido hacer.

Meter tu lengua en mi culo.

No lamer, ni chupar.

Meter.

Volvió a estremecerse.

Puso la lengua rígida y situó la punta en el agujero negro que tenía ante ella. Empujó ligeramente para vencer la leve presión que ofrecía el ojete y notó como éste cedía y abría paso a su lengua. La introdujo todo lo que pudo, notando como los músculos rectales de su ama presionaban y palpitaban alrededor de su lengua.

Talía gimió y movió las caderas adelante y atrás, indicando a Lorena lo que quería a continuación.

Y Lorena, espoleada por los gemidos de la joven, no puso objeción. Comenzó a meter y sacar su lengua en el culo de su ama, penetrándolo una y otra vez como si de una polla se tratase. Comenzó a dolerle la lengua, así que intercalaba las penetraciones con lamidas y besos.

Talía se agitaba, cada vez que su esclava metía la lengua echaba hacia atrás las caderas para lograr penetraciones más profundas, gemía, jadeaba. Separaba sus nalgas todo lo que podía, ofreciendo a Lorena una preciosa vista de su ano completamente expuesto, después la agarraba del pelo y la apretaba más contra su culo. En verdad estaba disfrutando del trabajo de su esclava.

Entonces, en un movimiento inesperado, la joven se tumbó, agitando aún las caderas por el placer, se puso bocarriba, se acercó al borde de la cama y se abrió de piernas.

– Está bien, puta, te has ganado tu premio – dijo mientras colocaba los muslos en los hombros de su esclava y cerraba las piernas tras su nuca.

Lorena se vio enterrada en el encharcado coño de Talía, atrapada entre sus piernas. El aroma de su sexo era poderosamente embriagador y se sumergió de buen grado en él, lo devoraba, lo degustaba y lo disfrutaba. Su mente se había ido y su excitación actuaba en su lugar, dejándose llevar por la lujuria.

Los gemidos de Talía inundaron la habitación, y no tardó mucho en alcanzar un sonoro y potente orgasmo que descargó en la cara de Lorena. Sin aflojar el nudo en el que tenía sujeta la cabeza de su esclava, alcanzó otro orgasmo más casi inmediatamente.

Pasaron unos minutos en los que la lengua de Lorena seguía lamiendo delicadamente el sexo de su ama, que seguía tumbada disfrutando de los últimos estertores de su orgasmo. Tras ese tiempo Talía soltó a la esclava y se levantó.

– Lo has hecho bien, perra – se agachó y le dio un suave beso en la frente que Lorena recibió con júbilo -. Ahora podrás ir a descansar, es suficiente para tu primer día, pero antes…

Talía obligó a Lorena a separarse de la cama y a pegar su cabeza al suelo. En esa posición, sus tetas quedaban colgando a la altura suficiente para que sus pezones rozasen el suelo, y su culo y coño quedaban totalmente expuestos a los deseos de su ama.

Lorena no hacía más que imaginar lo que venía a continuación y eso la ponía a cien. Talía se acercó al mueble a recoger algo y se acercó de nuevo a su esclava.

– Estás cachonda, ¿Verdad, puta?

– Si, ama – Lorena no contempló la posibilidad de mentir.

– ¿Has estado tan cachonda alguna vez?

– Uff… N-no, ama, nunca…

– ¿Y qué quieres que haga?

Talía comenzó a acariciar el coño de su esclava con un objeto de plástico.

Debe de haber cogido un consolador – pensó Lorena. Su respiración se aceleraba, quería sentirlo dentro, quería que la llenara quería…

– Quiero que me folle, ama.

No era ella la que hablaba, estaba segura de eso, ahora mismo no era capaz de controlarse a sí misma, era como si estuviese bajo los efectos del alcohol.

– ¿Quieres que te folle?

– Si, ama, por favor.

– ¿Quieres que te folle como la sucia perra que eres?

– Eeee… S-Si… quiero que me folle como… como… la sucia perra que sssoy.

Talía jugaba con el objeto en su coño, pero no llegaba a introducirlo en él. Lorena movía las caderas impaciente.

– Porque eso es lo que eres, ¿Verdad? Una sucia perra sumisa.

– Ssss-¡sí!, ¡Si, ama! – la mujer estaba perdiendo el control.

– En unos días has chupado coños, pollas, culos, has sido follada y enculada, y lo has disfrutado todas y cada una de las veces, ¿Cierto?

– Cierto, ama, l-lo he disfrutado.

– ¿Has disfrutado cuando me comías el coño?

– Si ama, he disfrutado *¡Ah!* – Talía introdujo el objeto en su coño y lo sacó – mientras le comía el coño.

– Y ¿has disfrutado obedeciéndome?

– Si, ama, he disfrutado obedeciéndola…

– ¿Disfrutaste cuando Javier empaló tu virgen culito?

La mención de Javier el “rompeculos” hizo que Lorena se estremeciese, pero sí, sabía que al final lo había disfrutado, casi más que cuando le follaron el coño.

– ¡Si! ¡Si! Lo disfruté, ama, ufff.

– Él también lo disfrutó. Y no me extraña: tienes un culo soberbio – Talía dejó de acariciar el coño de Lorena y situó el objeto a la entrada de su culo -, y quiero que esté preparado para cualquiera que quiera follarlo.

Haciendo un ligero esfuerzo, venció la resistencia que ofrecía el ojete de Lorena e introdujo de golpe lo que en realidad era un plug anal.

– ¡Ah! – gritó Lorena, mezcla de sorpresa y de dolor.

Talía le dio un pequeño azote y comenzó a desatarle los brazos.

– Ya puedes retirarte a tu habitación – dijo.

– ¿Y-Ya? – preguntó la esclava, confundida. Comenzó a incorporarse y a mover los brazos para recuperar la movilidad.

– ¿Algún problema? – Talía la miró fijamente, dándola a entender que no había lugar a réplica.

– N-no, ama, pero… ¿qué hago con… con esto? – preguntó, señalándose el trasero.

– Lo llevarás puesto en todo momento. Sólo te lo quitarás cuando hagas tus necesidades, momento en el que lo limpiarás y te lo volverás a introducir.

Lorena miraba incrédula, ¿la iba a dejar así de… de… cachonda? ¿y con aquello puesto?

– Como ya te he dicho (y no me gusta repetir las cosas dos veces), voy a entrenar tu culo para ser follado y dar placer, y para eso primero hay que acostumbrarlo a recibir objetos cada vez más grandes. Éste es el nivel dos del entrenamiento, pensé que gracias a la polla de Javier no haría falta empezar por el más pequeño, ¿No crees? – Lorena no contestó, estaba asimilándolo todo – Ahora quiero que vayas a tu cuarto y te des una ducha. Luego quiero que descanses bien.

Lorena estaba paralizada en medio de la habitación, no podía creerse que después de estar tan cachonda la dejase así.

– ¿A qué esperas? ¡Fuera!

La esclava se sobresaltó.

– ¡Si, ama! – respondió asustada, y salió a toda prisa de la habitación.

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Llegó a su cuarto casi a la carrera, quería encerrarse, gritar y llorar, pero lo que hizo fue obedecer y darse una ducha.

¿Qué he hecho para merecer esto? – pensaba – ¡He obedecido en todo! M-me he humillado y degradado ¡para nada!

“Tu placer no te pertenece, tu cuerpo no te pertenece” Le decía la vocecita dentro de su cabeza.

Gritó de rabia.

Se metió bajo el chorro de agua caliente mientras maldecía su suerte. Apoyó la frente contra la pared mientras las lágrimas de impotencia bajaban por sus mejillas. Comenzó a sollozar en silencio, se abrazó a si misma buscando algo de calor y comprensión, y… y lentamente comenzó a acariciarse.

No fue un acto consciente, simplemente su cuerpo demandaba ser atendido. Comenzó a acariciar su cuello, sus brazos, sus pechos. Jugueteó con sus sensibles pezones, los pellizcó y los estiró.

Una mano recorrió lentamente su abdomen, recorriendo la corta pero interminable distancia que la distanciaba de su coño. Cuando introdujo el primer dedo un gemido acudió inmediatamente a su boca, estaba al límite y no iba a tardar mucho en correrse. Introdujo un segundo dedo y un tercero. Notaba perfectamente como su culo se cerraba sobre el plug anal, y como se contraía sobre él a cada espasmo del orgasmo que se avecinaba.

Aumentó la velocidad, comenzó a gemir y a agitarse, ya venía, ya venía, ¡ya venAHHHHHHHHHH!

Un grito surgió de su boca cuando una enorme descarga recorrió su cuerpo. Cayó al suelo de la bañera gritando de dolor y agarrándose el cuello. Una tras otra se sucedían descargas eléctricas que la hacían retorcerse de dolor.

No pudo contar cuantas fueron, no supo cuánto tiempo estuvo tirada bajo el agua, pero al rato pararon, ¿Qué había pasado?

“Tienes prohibido llegar al orgasmo sin pedir permiso” resonó la voz de Talía en su cabeza.

Pensó en el collar, en las nanomáquinas, en el dispositivo de control… ¿Tanto control tenía sobre ella ahora?

Lloró. Lloró durante horas bajo la ducha hasta que se sintió agotada, momento en el cual salió, se secó y se metió en la cama, completamente desnuda.

No supo en qué momento se durmió, pero toda la noche soñó consigo misma desnuda y encerrada en una jaula, mientras desde fuera de ella, Talía, Zulema (aunque no sabía su aspecto, en el sueño sabía que era ella), Javier, Rob, Elsa, Lucía, su marido, sus vecinos, su familia, y todo el mundo la señalaba y se reía.

¿Dónde se había metido?