EL CLUB 9

Sin títuloSalieron de casa de Eliseo entre discusiones y amenazas. Una vez vestidos, Santino había exigido los videos, que se borraran, pero Eliseo le dijo que los videos ya se encontraban alojados online. Fue Sarah quien tuvo que calmarlo y, entre empujones, hacerlo salir. Los padres de Eliseo y sus hermanastras llegarían pronto, y no podían seguir ahí, aunque Santino amenazó inútilmente con revelarles a ellos la verdad. Del trabajo de ciencias sociales, ni siquiera existía una introducción.

Llegaron a su casa, Santino entró refunfuñando, directamente a su recamara. Ni siquiera saludo a su madre, que los miró extrañados.

– Es por el trabajo final de ciencias sociales, no salió muy bien – le mintió Sarah – Y en parte fue su propia culpa.

– Está molesto consigo mismo – aseguró su madre, sin imaginar las verdaderas razones.

– Supongo que hablaré con él – le tranquilizó Sarah – Bajamos en unos minutos.

– Apenas estoy terminando la cena – dijo su madre, con un ademán de brazos extendidos que señalaba el gran trabajo que quedaba por delante en la cocina – Yo les llamo.

Sarah subió al segundo piso; dormían en recamaras separadas, aunque durante el día normalmente compartían en el cuarto de Sarah. Se dirigió a la recamara de Santino, que estaba con seguro.

– ¡Abre! – gritó Sarah, golpeando la puerta.

– ¡Largo! – dijo Santino

– No seas ridículo – dijo Sarah, girando los ojos, era casi gracioso ver a su hermano así de molesto – Ábreme.

Tuvo que insistir un par de minutos más antes de que Santino abriera.

Ella entró, procurando colocar de nuevo el pestillo del seguro, el cuarto era ordenado y limpio, como Santino, miró la computadora encendida. Se acercó a Santino, que escribía rápidamente en el navegador.

– Así que piensas demandar a tu mejor amigo – dijo Sarah, sonriendo, en el navegador estaban abiertas varias páginas web sobre violaciones a la privacidad.

– No es mi amigo.

Sarah se mojó los labios, sentía como si estuviese hablando con un niño.

– Debe considerarte su amigo si te incluyó en esto.

Santino dejó el ordenado, fastidiado.

– ¿Qué es “esto”? ¿Qué es lo que Eliseo y tú llaman “esto”? Es que de verdad no lo entiendo.

Sarah giró los ojos, ¿de verdad era tan complicado entenderlo?

– Creo que es como un grupo de amigos…

– Aja…

– Que se reúnen…

– ¿A follar?

Sarah lo miró, pensativa.

– Es como un grupo de swingers.

– ¿Y te parece correcto?

– Salvo por el hecho de que él lo hizo em…obligatorio, no le veo realmente lo malo.

Santino hizo la cabeza hacía atrás, rendido.

– De verdad que debes estar bromeando.

– Santino, dime entonces qué tiene de malo.

– Que está mal.

– ¿Qué está mal?

Santino no pudo responderle de inmediato.

– Son cosas que están prohibidas.

– Nadie ha prohibido las orgias.

– ¡Ahora le llamas orgias!

– ¡Eso es lo que son! Santino, ¿tienes cinco años?

– ¿Cuántos chicos de nuestra edad se ponen a pensar en orgias?

– Creo que muchos, pero pocos se atreven a hacerlo.

Santino descompuso su rostro, horrorizado.

– A ver, ¿o sea que crees que toda esta mierda es parte de tu “liberación sexual”?

– Que idiota eres Santino.

– Es que eso parece.

Sarah se sentó en la orilla de la cama; su hermano regresó al teclado de la computadora. La chica se mojaba los labios, pensativa. Sentía temor de revelarle a su hermano que, personalmente, ella estaba de acuerdo en pertenecer a lo que fuera que estuviera creando Eliseo. Entre los nerviosismos y los gritos intercambiados hacía horas, parecía haber entendido la intención del muchacho: crear un club, un grupo de amigos sin inhibiciones, sin tabúes, dispuestos a disfrutar hoy para siempre de la vida sexual normalmente reprimida. Eliseo y sus hermanastras lo habían conseguido, ¿por qué no podrían ellos?

Pero Santino era obstinado, prefería sentirse aturdido por la supuesta traición de su amigo que ver el beneficio que se hallaba detrás de aquella trampa: una oportunidad única, que cualquier muchacho de su edad moriría por tener. Sabía que nadie podría hacerlo entrar en razón, excepto ella.

Se puso de pie, se acercó a su hermano. Miró la pantalla, sonrió, le causaba gracia ver cómo Santino seguía investigando sobre cómo demandar a tu amigo. Se inclinó, detrás de él.

– No puedes demandar a tu amigo sólo por invitarte a petenece…

– ¿A pertenecer a qué, Sarah, caramba? ¿Crees que podremos ir, tomar una taza de café y follar entre todos? ¿Crees que de eso se trata?

– Es precisamente de eso de lo que se trata.

– Eliseo está forzando a sus hermanastras a hacer eso, siempre lo odiaron y él siempre las odio. ¿Crees que no intenta hacer lo mismo con nosotros?

Sarah se desesperó. Su tono de voz cambió.

– ¿A qué le tienes miedo Santino? ¿Tienes miedo de llegar a casa de Eliseo y que Blanca te chupe la verga? – aquello hizo saltar de su asiento a Santino, quien giró la vista hacia su hermana, con una mirada atónita; pero la chica continuó, sin inquietarse con sus propias palabras – ¿Tienes miedo de que te sobe las bolas mientras Pilar te besa? Mientras le tocas el culo, mientras me miras desnuda saltando felizmente sobre la verga de Eliseo. Dime qué tiene de malo eso, porque yo soy capaz de ir, pero sólo me pregunto si tú serás lo suficiente aguafiestas para negarte a participar.

Santino intentaba responderle, pero nadie puede hablar fácilmente con las mandíbulas temblándole.

– Dime entonces, Santino, ¿qué es exactamente lo que te hace enfadar? Te están invitando a vivir el sueño de cualquier adolescente y te pones a llorar como si alguien te hubiese obligado a meter tu verga en Pilar. Además, yo también disfruté con Blanca, no me cuesta admitirlo, y tengo muchas ganas de volver a repetirlo.

Santino raras veces era capaz de contradecir el fuerte carácter de su hermana. A fin de cuentas, nadie lo conocía mejor que él, y aunque siempre habían sido distintos en su manera de ser, ahora Sarah estaba dispuesta a sorprenderlo. Miró a su entrepierna, y sonrió satisfecha al ver cómo su hermano trataba de ocultar su erección. Llevó sus manos a los hombros de su hermano, quien reprimió sus deseos de salir corriendo de ahí. Estaba temblando, por lo que Sarah decidió continuar.

– Quizás te de miedo hacer algo que siempre has deseado – dijo, mientras sus manos se deslizaban sobre los pechos de Santino – A mi me sucedía eso, pero estoy dispuesta a cambiarlo.

Un último impulso hizo que sus manos cayeran sobre su entrepierna, faltaba poco para que sus manos apretaran la verga de Santino bajo la tela, pero decidió mantener el suspenso.

– ¿Hoy tienes miedo?

– Sarah…

– No quiero que me digas otra cosa, sólo dime si debo continuar o regresar al pasado.

– Sarah esto no tie…

– Sólo responde.

– ¿Qué quieres?

– ¿Qué crees?

– Está mal.

– Yo no le veo lo malo.

Las manos de Sarah desabotonaron el pantalón de su hermano, él intentó detenerla, pero bastó un poco de esfuerzo para que cediera. Entonces pudo bajarle la bragueta, permitiéndole a su mano deslizarse bajo los pantalones y apropiarse del endurecido falo del muchacho.

– Qué tenemos aquí – murmuró Sarah, masajeando suavemente la verga de su hermano a través de sus cálidos calzoncillos – Creo que Pilar no terminó bien su trabajo.

– Sarah… – repitió Santino, idiotamente.

Pero la chica no cesó, deslizó la silla giratoria hacía ella, quedando de frente a su hermano. Sin dejar de mirarlo, descendió hasta caer de rodillas ante él. Santino aprovechó aquello para intentar incorporarse, pero bastó que Sarah le colocara las manos en las rodillas para detenerlo.

– El seguro de la puerta – dijo él

Ella sonrió.

– Ya está puesto – dijo, mientras sus manos deslizaban los pantalones de su hermano hacía abajo.

Aquello no relajó del todo al muchacho, su respiración se intensificaba conforme Sarah dejaba escapar su endurecida verga entre la ranura de sus calzoncillos. Se sentía completamente incomodo con aquella situación, pero no podía salir de ahí, el hecho de que la cálida mano de su hermana rodeara el tronco de su falo lo mantenía pegado a su asiento.

Ni siquiera sintió realmente cuando la boca de Sarah engulló por completo su glande. Era como si simplemente estuviera sintiendo el viento de una mañana fresca sobre su verga desnuda. Fue sólo cuando la lengua de su hermana rozó la punta de su verga que pareció entender lo que estaba sucediendo.

Su hermana, Sarah, le estaba chupando el pene. Una incomodidad total invadió la mente de Santino. No se atrevió a decir nada, ni pudo moverse. Sarah parecía completamente segura, como la de un ladrón de tiendas que sale del supermercado seguro de no haber sido visto por las cámaras. Ella no se atrevía a detenerse a mirarlo ni a decir nada, únicamente se limitó a seguir chupándole la verga a su hermano.

Sarah se había llevado una buena sorpresa; no sólo lo largo sino lo grueso de aquel falo la sorprendió. Excitado y desde aquella perspectiva, el pene de su hermano era mucho más grande de lo imaginado. Pero no importaba, necesitaba convencerlo, si él insistía en aquello, podría echar a perder lo que Eliseo había construido. Y ella deseaba mucho a Blanca, y a Pilar.

– Saarraaah – alcanzó por fin a balbucear Santino, aterrorizado como si ella le estuviese arrancando el falo.

Pero ella no respondió; sacó la verga de su boca y deslizó sus labios hacia abajo, besando una tras otra vez el tronco de Santino antes de llegar a sus bolas. Ahí el muchacho sintió la cálida sensación de los labios de Sarah chupándole las bolas.

Ella se sacó el testículo de su boca, miró hacia arriba, directamente encontrándose con los ojos del muchacho.

– Quiero que me folles – dijo

Santino iba a decir algo, pero Sarah no quiso arriesgarse y salió.

– No quiero una sola palabra más. No quiero escuchar tus estupideces. Di “sí”, y me recuesto en tu cama para que me la metas todo lo que gustes. Di “no” y nos olvidamos de esto para siempre. Así que déjate de lloriqueos y responde.

Santino la miró, estupefacto. Y, apretando sus labios, tomó una decisión.

– Está bien.

Sarah encendió el reproductor de música de su hermano, a un volumen medio. Lentamente, comenzó a desnudar por completo a su hermano, quien permaneció impávido mientras su endurecida verga señalaba a su hermana. No se atrevía a tocarla, parecía esperar su autorización para follarsela.

Sarah le regaló una sonrisa, mientras comenzaba a desvestirse la blusa y el pantalón de mezclilla. Buscaba provocarlo, y por eso cuando terminó de deslizarse sus bragas hasta el suelo, se lanzó sobre la cama de su hermano, boca abajo y con las caderas alzadas, ofreciendo su culo al excitado falo de Santino.

Aquello funcionó, por supuesto, y Santino se colocó tras la muchacha. Rozó suavemente sus piernas, hasta llegar a la zona de sus glúteos y tomarla por las caderas.

– Sarah…

– ¡Basta ya Santino, y hazlo!

Santino creía estar soñando cuando su verga se perdió entre las nalgas de su hermana, deslizándose lenta pero firmemente entre los labios vaginales de Sarah. Penetrarla fue lo más extraño que había sentido nunca; comparado con aquello, parecía que lo de Pilar jamás había sucedido. Por un momento pensó en esperar alguna indicación de Sarah, pero, al no escuchar nada de ella, decidió comenzar a embestirla suavemente.

Una tras otras, los lentos mete y saca de Santino comenzaron a tener su efecto en Sarah. Su entrecortada voz le pedía que continuara, y Santino decidió que obedecería. Entonces fue aumentando la intensidad de aquellos embates, Sarah giró el cuello para mirarlo con unos ojos que el muchacho no supo cómo interpretar. Y entonces comprendió: su hermana estaba disfrutando aquello, y él también.

Poco a poco, la tensión fue diluyéndose por el placer que emanaba. Santino se sintió libre de saborear con sus manos las curvas de su esbelta hermana. Sus dedos apretujaron sus nalgas sin dejar de follarla, y después se deslizaron hacia adelante, sobre su espalda, antes de bajar a conocer las duras y firmes tetas de Sarah. Buscó los pezones de la chica, antes de caer en la cuenta de que ya los tenía entre sus dedos, y que se trataban de suaves espacios de piel lisa y rosada.

Se sentía en el cielo, mientras Sarah se dedicaba a hacer de aquello lo más excitante posible para su hermano. Su coño apretaba la verga de su hermano, mientras ella misma trataba de soportar aquellas embestidas sin aumentar demasiado sus cada vez más escandalosos gemidos.

Pero era difícil, Santino estaba desatado. Su hermano, hasta hacía unos minutos moralista y retrógrado, ahora se la estaba follando intensamente. Sarah comprendió que no iba a aguantar mucho aquellas arremetidas sin empezar a gritar como una loca; la verga de su hermano no era nada pequeña, y su coño no era tan experimentado como para soportar aquel placer tranquilamente. Su respiración estaba agitada, y la de Santino, respirando sobre su espalda, aún más.

La embestía como si fueran un par de perros callejeros, y aunque lo disfrutaba, decidió que era mejor no arriesgarse. Detuvo como pudo a su hermano. Este, la miró asustado, cómo si esperara que ella le dijese que aquello había sido un terrible error.

No fue así; Sarah sólo quería tomar un poco el timón de aquello. Lo recostó sobre la cama, y se colocó sobre él. Sería mucho más fácil coger sin gemir tan fuerte si era ella quien llevaba el ritmo.

Aquello le dio la oportunidad a Santino de divertirse con sus tetas, cosa que a Sarah le agradó. Se inclinó hacia él para que su boca pudiera alcanzar sus pezones. Siguió saltando sobre su verga, mientras las manos de su hermano se deslizaban, dibujando el perímetro de sus curvas desde sus tetas hasta su culo.

Llegando ahí, las manos de Santino parecieron olvidarse de todo, y apretujaron con firmeza las nalgas de su Sarah, como un hambriento defendiendo el último jamón. Las puntas de sus dedos rozaban peligrosamente la arrugada zona de su esfínter, y la piel de la chica se estremeció.

Dio un gran salto sobre la verga de su hermano, con tal de los dedos de este se alejaran un poco de aquella zona. Si bien se estaba tirando a su propio gemelo, eso no la hacía sentirse menos incomoda con el tema de su ano.

Santino pareció no notar aquello, y siguió disfrutando los hábiles sentones con los que Sarah se clavaba su falo. Parecía haberse relajado lo suficiente como para comenzar a sonreír. Aquello alegro a Sarah, que le respondió de la misma manera.

De pronto, un fuerte sonido hizo saltar los nervios de ambos. Era el tono de llamada entrante de Sarah. El teléfono estaba en su blusa, y lo alcanzó rápidamente. Pidió a Santino que guardara silencio, colocándole su mano sobre su pecho, y contestó. Temía que fuera su madre, llamándoles a la comida.

– Sarah

Sarah reconoció la voz, pero no parecía buena idea hablar con Eliseo en ese preciso momento. Santino intentó incorporarse de nuevo, pero la mano de Sarah lo detuvo, y sus caderas volvieron a menearse sobre él.

– Estoy un poco ocupado Vero – dijo Sarah

– ¿Estas con Santino? – preguntó extrañado Eliseo.

– Si, pero dime rápido que necesitas – su hermano se había recostado de nuevo, más tranquilo, mientras ella se encargaba de mover lentamente sus caderas, tratando de reprimir sus gemidos y respiraciones aceleradas.

– Bueno, más que nada una disculpa. Y saber cómo están.

– Creo que no hay ningún problema. Espero verte pronto. – dijo, esperando que entendiera la indirecta.

– Entonces, ¿has platicado ya con él?

– Sí, creo que no hay problema con la profesora sobre eso.

A Sarah se le estaba dificultando realmente hablar tranquilamente con la verga de su hermano dentro de su coño. Tenía ganas de suspirar por el placer provocado por su lentos aunque profundos movimientos. Estaba a punto de colgar, pero Eliseo se adelantó.

– Entiendo. Quizás sería bueno vernos, todos, y platicarlo.

– Yo también estoy de acuerdo en eso. – aquella frase llamó la atención de Santino, pero ella lo tranquilizó guiñándole un ojo y cayendo de nuevo sobre su erecto falo.

– Bueno, entonces te dejo.

– Sale Vero, nos vemos.

Colgó, y lanzó el celular lejos. Era hora de terminar con aquello. Estaba demasiado caliente, y sabía que Santino también.

Tenía ganas de correrse, de modo que aumentó los movimientos y fuerza de sus caderas. Aquello tensó el cuerpo del muchacho, que la tomó por las caderas tratando en vano de detenerla. El mismo no pudo evitar aumentar el tono de su agitada respiración, debido al ajetreo que su hermana estaba provocando sobre su verga.

Pudo ver los dientes de Sarah apretándose, en un intento de soportar el tremendo placer de aquello, hasta que de pronto, como si hubiese sentido un disparo por la espalda, la chica se detuvo tensa antes de dejarse caer rendida sobre el muchacho.

Casi se desmaya cuando sintió los movimientos de Eliseo. Ella se había corrido ya, pero él no, de modo que Sarah tuvo que soportar las nuevas embestidas del muchacho. Aquello era demasiado, y Sarah ahogaba como podía los gritos de placer que deseaba dejar escapar. Rogó por que aquella avalancha de delicia terminara, y sus deseos parecieron ser escuchados cuando sintió el caliente semen de su hermano escapando dentro de su coño.

Ambos parecieron desinflar sus pulmones, agotados y sudorosos. Las tetas de Sarah se unieron al pecho de su hermano cuando cayó desplomada sobre él, estaban agotados. Se mantuvieron más de un minuto así, mientras recuperaban el aliento.

Entonces Sarah se incorporó, sólo un poco, lo suficiente para tomar el rostro de su hermano y besar sus labios.