Amanecí con una resaca terrible y dudando que fuera real lo que mis ojos habían visto por aquella ventana la noche anterior. Tal vez había sido un sueño, pero entonces ¿por qué la maceta del pasillo lucia maltrecha? y ¿por qué las huellas de tierra se apuntaba al cuarto de mi prima?.

Dejando estos pensamientos para momentos de mayor claridad mental, me fui a desayunar. Al lado, mi padre me miraba con una cara de pocos amigos. Anita también apareció, me miro con ternura:

– Primito, ¿te sientes bien?… pregunto preocupada.

– Sí, es solo un pequeño dolor de cabeza… respondí con malestar.

– Juan Daniel… ya tienes edad para cuidarte y no te puedo prohibir que tomes… agrego mi padre, mientras en mi cabeza yo me decía: nooo, es muy temprano para regaños. Sabía que cuando decía mi nombre completo era porque venía una reprimenda.

– Si, está bien, sé que se me paso un poco la mano con los tragos… respondí tratando de cortar aquel sermón que me iba a dar más dolor de cabeza.

Mientras tanto Anita miraba con graciosa solemnidad aquella conversación entre padre e hijo.

– Es bueno que lo reconozcas hijo, y espero que en el futuro te midas mejor… sentencio mi viejo.

– Creo que suficiente castigo tiene con su malestar, mírenle la cara… intervino mi madre intentando terminar con esa conversación, pero más bien termino avivándola.

– Si pobrecito… agrego mi primita dulcemente tratando de salvarme.

– ¿Pobrecito?, imagínate que casi entra a tu cuarto, estaba tan ebrio que no sabía dónde quedaba el suyo… dijo mi padre, poniéndome al descubierto.

Anita me miro intrigada y con un pequeño brillo de fascinación en los ojos… habría adivinado que yo la había observado o simplemente le gustaba la idea de que yo hubiera entrado a su cuarto…

– Ay papa… fue un pequeño error de cálculo… fue lo primero que se me ocurrió decir.

– Error de cálculo y de dirección… imagínate el espectáculo que se hubiera llevado tu pobre primita viéndote en ese estado (si supiera que el espectáculo me lo lleve yo)… suerte que no llegara a mayores… replico mi padre algo enojado.

– Si, que suerte… susurro Anita de mala gana.

– Bueno me voy a trabajar… ahhh, hijo creo que sería de provecho que le enseñaras algo de matemáticas a tu prima, para que cuando comiencen sus clases no esté tan perdida con los números.

– Si, está bien… respondí más animado viendo que ahora se me abría una nueva puerta que podía aprovechar para intimar más con mi primita, y no solo pensaba enseñarle matemáticas…

A ella tampoco le desagrado la idea y acepto inmediatamente, al parecer tenía muchas ganas y disposición de “aprender” muchas cosas. A partir de esa mañana ella me sonreía con más confianza y hasta con mas coquetería, diría yo.

Mi madre definió los horarios de enseñanza: le daría clases a Anita por las mañanas, mientras mi madre iba de compras al mercado… este sería prácticamente el único momento en que estaríamos solos.

Pienso que mi madre quería evitar las miradas lujuriosas que de seguro le daban todos los vendedores del mercado a nuestra dulce e “inocente” prima. También le daría clases por las tardes, pero con mi madre rondando por allí sería difícil intentar hacer algo.

Le dictaría clases a Anita en un cuarto de estudio que teníamos en el segundo piso de la casa, el cual usaba yo normalmente para mis actividades académicas. Lo bueno es que tenía privacidad allí, rara vez mi madre subía a interrumpirme, usualmente, como toda madre, me llamaba a gritos.

La primera clase transcurrió como me lo imaginaba: la tensión sexual era evidente, yo le rosaba los senos con mis codos y notaba como estos se erizaban rápidamente. Mientras Anita a su vez, reaccionaba clavándome sus pezones en mi brazo, quizás también para ver como reaccionaba.

Ese día no ocurrió nada, parecía que ambos nos mediamos a ver hasta dónde estábamos dispuestos a avanzar… estuve a punto de besarla pero sonó el timbre, como quien dice: salvado por la campana. Me parece que los dos terminamos acalorados…

– A la mañana siguiente no se me escaparía… me dije y así fue…

Anita llego al segundo piso con una falda corta, un polo delgado y apretado… como para no dejar de ver sus senos. Con esa vestimenta parecía dispuesta a avanzar más ese día. Se sentó a mi lado y yo no podía concentrarme con semejantes melones a la vista… se me hacía agua a la boca…

Justamente quise tomar un poco de agua, pero con lo distraído que estaba, empuje el vaso… termine derramando el agua por toda la mesa.

– Oh… que torpe soy… dije disculpándome.

– No te preocupes, yo lo limpio… me respondió Anita sonriendo, seguro había notado mi nerviosismo.

Se paró frente a mí, yo me aleje un poco del escritorio para darle espacio… pero por mi torpeza (y para mi suerte) la silla giro y Anita tropezó cayendo en mi silla, entre mis piernas, casi en la misma posición en que habíamos estado en la piscina… ella dándome la espalda y sus jugosas nalgas contra mi ingle…

– Discúlpame… atine a decir.

– No, no importa… me respondió Anita algo nerviosa y sin moverse de su posición.

– Vaya… esta posición me parece conocida… le dije acalorándome.

– Si… también recuerdo esta posición… respondió agitada.

Lentamente mis manos comenzaron a rodear su pequeña cintura, simulando lo ocurrido días antes en la piscina… Anita ansiosa giro hacia mí, me miro con angustia y deseo… nos besamos… no me rehuía, al contrario me buscaba con vehemencia…

El contacto con sus atributos físicos me calentó la sangre y mi verga comenzó a crecer, no lo pensé dos veces, la aleje un poco, me baje el cierre y saque mi pene. Ella no se asustó, parecía saber lo que venía y estaba preparada, con rapidez alejo su falda… su conchita estaba apresada por una blanca tanguita.

Anita se paró un poco, y con su conchita recorrió temblorosa la longitud de mi pene. Este contacto la excito tanto que no sabía qué hacer para metérsela. Presurosa y casi sin pensar, Anita busco donde apoyar sus pies, encontrando en el escritorio un asidero.

Yo la seguía como podía, intentando conservar el equilibrio, jalonee su tanguita, hasta que llegue a romper el elástico de una de sus piernas, dejando al descubierto su pubis mojado. Acto seguido, ella busco con su labios vaginales aquel órgano masculino que la excitaba tanto, transformando a aquella dulce niña en una loca ninfómana.

– Tranquila, más despacio… le decía pero no me hacía caso, Anita estaba ansiosa.

Sujete sus nalgas por debajo, levantándola un poco, ella a su vez se ayudó apoyándose contra el escritorio… deje caer su pubis lentamente sobre mi pene, hasta que al fin hizo diana… sus labios se abrieron dejando entrar a aquel nuevo inquilino, ella se estremeció con este contacto… seguí bajando

su cuerpo contra el mío… y ella lanzaba sus primeros quejidos:

– Ayyy… ouuu…. más despacio… que lo tienes más grueso… más grueso que mi dedo… ayyy….

Y en efecto parecía que lo único que había profanado aquel agujero no había sido más que un dedo, ya que su carne se abría con dificultad ante la entrada de mi verga. Intente proceder más lentamente, pero cuando ya tenía la mitad metida, Anita se movió, quizás por ansiedad, y yo perdiendo el equilibrio la deje caer sobre mi… desgarrando su vagina completamente, entrando de lleno toda mi verga…

– Oucchhhh… ayyyyayyy… uffff… exclamo adolorida mi joven primita.

Intento subir, pero perdió el equilibrio y volvió a caer, recorriendo casi toda mi verga. Repitió esta operación un par de veces más, y yo la deje actuar porque me excitaba ver como ella sola se penetraba, queriendo huir, pero terminando nuevamente clavada… hasta que apreté sus muslos contra mí, apresándola para que no subiera nuevamente.

– Quédate quieta… acostúmbrate a sentirla en tus entrañas… le susurre al oído.

– Si, si… lo que tú digas primito… ufff… ufff… respondía obediente Anita.

La mantuve así un rato mientras una de mis manos jaloneaba sus endurecidos senos. Anita me dejaba obrar a gusto, seguro que estaba más preocupada por la estaca que tenía hundida en su conchita…

– Uhmmm… me estas partiéndooo… ayyy… se quejaba ella.

Comencé a subirla y bajarla lentamente, esta fricción era agradable, sentía su cálida, húmeda y estrecha conchita abrirse… pero la posición era dificultuosa, así que decidí voltearla… Anita me siguió, se paró y

nuevamente se sentó sobre mi verga, quejándose menos que la primera vez.

– Uffff… que dura la tienesss… ooohhhh… comenzaba gemir mi prima.

Ahora estábamos frente a frente, con mis manos bajo sus muslos comencé a subirla y bajarla, ella me abrazaba del cuello y sus senos me apretaban el pecho…

– Uhmmm… Juannn… nunca había sentido esto… ooohhhh… exclamaba excitada Anita.

– ¿Te gusta?… me atreví a preguntarle.

– Siii… sigueee por favor… sigueee… uhmmm… me imploraba mi prima.

La subí al escritorio, la eche en el mueble, le abrí las piernas, y nuevamente le introduje mi masa de carne en su velludo pubis… ahora sí, me dije… y comencé a penetrarla con menos dificultad…

– Ohhhh… soy tuyaaa… uhmmmm…. gemía Anita completamente sometida.

Vaya que esta niña tenía una arrechura guardada desde hacía tiempo, ya que gemía como loca, a veces me miraba con angustia y dolor, pero seguía gimiendo y pidiendo…

– Ahhhhhhh… asiiii, asiii, primitooo… uhmmm… exclamaba loca de placer.

Me parecía injusto que sus preciosos senos, que saltaban dificultosamente, estuvieran apresados por aquel débil polo, yo quería verlos… intente liberarlos, con la excitación del momento no me medí, y tire con fuerza, rasgando la tela…

– No importa… sigueee… sigueee… ella presa de la pasión, término de abrir el polo para que no ofreciera resistencia a mis propósitos.

Desenganche como pude su brasiere, sus redondos senos asomaron, coronados por dos estupendos pezones endurecidos. Esta visión me excito más, ahora estaba a full… incremente mi ritmo… sus senos bailaban armoniosamente al compás de mis arremetidas:

– Ayyy… mas despaciooo… que revientooo… ohhhhh…

Y en efecto reventó… reventó en un orgasmo terrible, que hizo que yo también me viniera… saque rápido mi verga y desparrame mi liquido sobre su vientre…

– Ahhhh… ohhh… uffff… exclamo Anita satisfecha.

Permaneció un rato sobre el escritorio, lucia como si le hubieran dado una paliza… cuando al fin se pudo mover, se sentó sobre el escritorio, me jalo hacia ella, busco mis labios y me beso… Le devolví el beso, me abrazo del cuello y me susurro al oído:

– ¿Por qué demoraste tanto?… otro día más y hubiera tenido que meterme una zanahoria… me confeso con angustia.

– ¿En serio?… le pregunte entre risas.

– Si… tal vez… pero no te burles… me dijo un avergonzada al darse cuenta de lo que había dicho.

– ¿Cómo fue que te animaste a que sucediera esto?… le pregunte.

Sentía curiosidad de saber la forma en que se habían desarrollado las cosas para ella, yo tenía mi punto de vista pero quería su versión de las cosas, por lo sucedido, quizás al final yo no me aprovechaba de ella sino ella de mí, o simplemente éramos victimas de nuestros deseos.

Me explico que después de lo que paso en la piscina me sentí un poco acalorada (arrecha seria la palabra más adecuada, pensé yo), cuando te fuiste a la fiesta no podía dormir pensando en lo que había pasado… así que fui a la cocina a tomar agua, pero en el camino escuche un ruido que salía del cuarto de tus padres, me acerque a su puerta y escuche unos gemidos, sentí curiosidad… dijo inocentemente.

– Genial, lo único que me faltaba, enterarme de la vida sexual de mis padres… dije con desgano.

Este relato funciono como un inhibidor natural, inmediatamente mi verga se puso flácida… ella lo noto:

– ¿Qué paso?… ahhh… yo sé cómo pararla de nuevo… me dijo con una sonrisa pícara.

– No me digas que… que también viste eso… ¡diablos!… replique desganado.

– Sí, pero…

No termino su frase porque inmediatamente cogió mi pene por la base y comenzó a besarle su cabeza, primero tímidamente y luego con más confianza… yo absorto al verla actuar, intentaba dejar de pensar en mis padres.

– ¿Cómo se hacía?… ahhh si, ya me acorde… se decía Anita a sí misma.

Luego saco su lengua, y la paso por la comisura de la cabecita de mi pene, que aun tenia líquidos seminales. Sin mayores aspavientos, se tragó mi leche, la saboreo como quien por primera vez prueba un manjar… ver esto hizo que me olvidara de todo lo demás…

– Sabe un poco raro… un poco meloso pero… no es desagradable… se explicaba ella misma.

Acto seguido procedió a insertar la cabecita de mi pene entre sus labios, apresándolo torpemente, luego se fue insertando centímetro a centímetro aquella verga que crecía nuevamente en su boca…

– Despacio… le dije… hazlo como si se tratara una paleta dulce…

– Si, tienes razón… pero también tengo que mover aquí… me dijo Anita obedientemente.

Deslizando su mano por la base de mi pene comenzó a pajearme, mientras sus labios se movían con más confianza desde la cabeza hasta la mitad de mi verga… ohhh yo estaba en las nubes… la niña aprendía rápido y parecía fascinada con aquel juguete nuevo…

– ¡Mierda! se me viene… trate de advertirle.

Pero fue muy tarde, una avalancha de leche invadió su joven boca, esa boquita de la que nunca había escuchado salir una sucia palabra, ahora se llenaba de mis tibios y blanquecinos líquidos.

Anita se alejó un poco intentado tragar el líquido que se depositaba rápidamente en su garganta, mientras mi pene seguía escupiendo semen, bañando sus labios, su mentón, salpicando sus hermosos senos… pensé que se ahogaría, pero se tragó todo lo que pudo y me miro sorprendida:

– ¡Vaya! no pensé que fuera tanto… dijo maravillada.

Después se pasó la lengua por sus labios que aún estaban melosos por mi leche y agrego:

– ¡Mira! ¡me has manchado toda!… dijo absorta mirándose los senos.

Sin aspavientos cogió parte del semen que yacía en su quijada y se lo metió a la boca… Al verla así pensé que, tal vez en su inocencia, Anita creía que debía tragarse todos los líquidos que salían de mi verga… esta erótica imagen hizo que mi maltrecha verga intentara pararse de nuevo… ella lo noto… pero sabía que si seguíamos en eso podrían descubrirnos:

– Creo que es mejor que me cambie, en cualquier momento puede llegar tu madre… me dijo un poco temerosa, devolviéndome a la realidad.

– Si, tienes razón… respondí resignado.

Anita se bañó y se cambió rápidamente… me hubiera gustado entrar a la ducha con ella, pero no quería abusar de mi suerte y ser descubierto tan pronto… teniendo todo un verano por delante, debía ser paciente y no ponerme en evidencia.

Después Anita se dispuso a lavar su falda manchada con mis líquidos seminales… pero el sonido de la puerta le advirtió de la llegada mi madre… así que Anita oculto su ropa lo más rápido que pudo y se dirigió a la sala a ver a mi madre para no levantar sospechas.

– Y bien sobrinita ¿qué has aprendido hoy día?… pregunto inocentemente mi madre.

– Uy tía… aprendí de todo… respondió Anita mirándome con una sonrisa cómplice y luego de reojo me lanzo una fugaz mirada a mi entrepierna.

– ¿Cómo qué?… insistió mi madre.

Que curiosa la vieja, me decía yo, temiendo que a mi primita se le escapase algo:

– Bueno… sobre tamaños… dimensiones… profundidad… decía Anita recordando todo lo que había visto y lo que habíamos puesto en práctica esa mañana.

– Espero que te haya sido provechoso… agrego mi madre.

– Sí, mucho… dijo complacida Anita.

– Ahora ayúdame a preparar el almuerzo… le pidió mi madre.

Después se la llevo para la cocina, yo aún seguía cansado por la “clase” que le había dado a mi primita… y pensando que más le enseñaría los días siguientes, para su provecho y el mío….

Continuara…

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